True Crime: La Fascinación Del Mal — Vicente Garrido Genovés / True Crime: The Fascination Of Evil True by Vicente Garrido Genovés (spanish book edition)

El libro enfoca el crimen desde la perspectiva de las artes saliéndose de la tónica habitual del autor podemos atestisguar que, es una lectura edificante para todos los públicos, incluso para los que ya conocen la temática.
Es un libro largo y extenso con diversos recuadros y una lectura gratificante.

El interés que despierta el true crime viene de antiguo, de ahí que siempre haya estado muy presente en nuestra cultura, tanto en diversos tipos de periodismo, como en la literatura y el cine.
El incremento del true crime ha venido acompañado asimismo, cuando no precedido, de un desarrollo extraordinario de la novela negra, policial y criminal, que también ha expandido sus horizontes hacia una novela de «no ficción», es decir, la recreación literaria de hechos criminales reales que «estrenó» como subgénero dentro de la literatura criminal Truman Capote con A sangre fría en 1965. Es cierto que a la de Capote la siguieron otras obras de mérito, como La canción del verdugo, de Norman Mailer, pero me atrevo a decir que son pocas en comparación con las que han surgido en el siglo XXI.
Sin duda hay varias razones que explican este crecimiento sin precedentes. La primera es que el asesinato y otros crímenes violentos —como la agresión sexual— ofrecen una narración altamente dramática, donde los elementos del suspense y del misterio crean una historia que atrapa al espectador —o lector— con ciertos elementos que todos conocemos: el orden social se quiebra por el asesinato, hay una investigación para identificar y detener al autor, y finalmente la justicia se restaura mediante el castigo del culpable; o bien se frustra porque no se ha hallado al asesino o porque la resolución deja dudas, presenta ángulos oscuros y no es satisfactoria.
Una segunda y poderosa razón es que los true crime actuales han expandido mucho su foco y, junto con este guion clásico de crimen-autor-justicia, ahora la propia realidad social exige que la cultura popular tome en consideración otros tipos de delincuencia que cada vez se estiman más dañinos, como la cometida por gente con poder económico o por instituciones o autoridades del Estado.
Un tercer argumento, relacionado con el anterior, es que el true crime probablemente se haya convertido en el medio más agudo con el que hacer una comprobación continua de las libertades, los derechos y las obligaciones de la democracia, al ofrecer una crítica compleja y elaborada de todos los aspectos y condicionantes de una determinada realidad o fenómeno criminal: cuando un caso llega al gran público, ya sea en una obra de ficción basada en hechos reales o en un documental, existe la posibilidad de plantear cuestiones y enfoques que, por su complejidad, no tienen cabida en un informativo de treinta minutos en la televisión convencional.
Una cuarta razón es que el true crime no sólo aporta crítica social a las condiciones que dan lugar a un crimen o a la intervención del sistema judicial, sino que también nos acerca al aspecto humano, a la psicología y las experiencias de los protagonistas.

Tal como afirman los criminólogos Sandberg y Ugelvik, «observar un asesinato en la vida real es emocionalmente perturbador, pero contemplar un asesinato en una obra [producto cultural] nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la naturaleza de la violencia humana».
En efecto, no es de extrañar que escritores y ensayistas de todas las épocas mostraran su predilección por la obra true crime y por la ficción criminal.
Desde hace unos años estamos asistiendo a una explosión de productos literarios y, sobre todo, audiovisuales true crime, a lo que sin duda ha contribuido de manera muy poderosa la arrolladora aparición de plataformas de televisión de pago y streaming. Esto hace del documental audiovisual un producto cultural privilegiado para analizar determinados fenómenos asociados al hecho criminal (qué dicen los asesinos, cómo son tratadas las víctimas, cómo funcionan la policía y los tribunales, etcétera) y su repercusión en el público. No nos puede sorprender el favor que la gente otorga al documental, ya que su propia concepción, que hace uso de múltiples recursos —la entrevista, imágenes de archivo de lugares donde ocurrieron los hechos—, se aviene muy bien a representar algo tan complejo y con tantas aristas como el crimen, en cualesquiera de sus dominios: la investigación para capturar al asesino, el proceso y el juicio, el estudio de su psicología y su motivación para el crimen, los efectos en las víctimas y en la comunidad, etcétera. Se podría decir, sin lugar a dudas, que la sociedad crea su opinión acerca del crimen de acuerdo con cómo los medios de comunicación y las obras true crime lo representan.
¿Qué nos dicen las obras literarias y audiovisuales true crime acerca del crimen y de las formas en que la sociedad responde ante los delitos más graves, como las agresiones o abusos sexuales, homicidios y asesinatos? ¿Qué aspectos de la cultura y la sociedad donde se producen los crímenes quedan patentes o se representan en él? O, en palabras más sencillas: ¿qué imagen o radiografía de la sociedad queda reflejada en la obra true crime analizada?.

Algunas de las cuestiones específicas sobre las que el true crime nos permite reflexionar son las siguientes:
• ¿Qué delitos son los más representados en nuestra cultura?
• ¿Cómo se representa a las víctimas? ¿Existen categorías de víctimas, de acuerdo con la etnia, el sexo o el estatus social?
• Nos proyecta hacia el futuro alternativo con la imaginación: ¿qué habría pasado si alguno de los protagonistas hubiera actuado de forma diferente?
• ¿Nos ofrece una versión nítida de lo sucedido, de tal manera que la historia «queda cerrada» a satisfacción de la audiencia?
En muchos sentidos, los temas de reflexión de un true crime son muy parecidos a los del thriller policíaco o la novela negra: informa de una visión de lo humano, en su sentido más amplio.

El true crime nos enseña mucho sobre el funcionamiento del sistema de justicia, su procedimiento, su a veces incompresible proceder, su lentitud, pero también sobre la perseverancia de investigadores y jueces. En contra de lo que sucede en las series de pura ficción y entretenimiento como CSI, Ley y Orden, Bones, Anatomía de Grey, Hawái Cinco-0, etcétera, es difícil que al terminar nos deje un sentimiento de que el mundo es justo, de una clausura donde el mal es castigado y el orden natural de las cosas queda restablecido. Al contrario, aunque se produzca un cierre nítido en cuanto a la culpabilidad del acusado, los motivos para quedarse rumiando y preguntarse cómo no se hicieron las cosas mejor suelen ser la nota dominante.
El criminólogo Mark Seltzer escribió que «el true crime tiene su propio clima», y con ello quería referirse a que el relato de los crímenes manifiesta siempre la realidad social en la que se concibió. Los lugares o espacios físicos donde sucedieron son parte de esa realidad, y podemos decir metafóricamente que se «impregnan» del horror que acompañó el asesinato. Quizá el ejemplo más evidente sea lo que vino a significar el Londres neblinoso de calles estrechas de finales del siglo XIX, cuando actuó Jack el Destripador. Toda la cultura popular que surgió como consecuencia del nacimiento de ese icono del criminal que fue el Destripador para la sociedad industrial (el «monstruo» desconocido que asalta sexualmente —aun sin violarlas— y mata a mujeres) hizo que los lectores y turistas que acudían (y acuden) al barrio de Whitechapel —donde actuó el asesino— de algún modo «revivieran» de nuevo los crímenes.
En otras palabras, la cultura popular (las novelas, obras de teatro, películas) y los medios crean los «fantasmas» que pueblan los espacios del horror del crimen y perviven a lo largo del tiempo. Ésa es la razón de la existencia del turismo del crimen, ya sea en las calles de Londres, Nueva Orleans…

En Conan Doyle no sólo tenemos al creador del inmortal Sherlock Holmes, lo que por sí solo le coloca en un lugar destacado en la historia de la literatura criminal, sino que existen en él otras dos vertientes que lo relacionan directamente con este libro. La primera es que, al igual que otros escritores de su género —y de otros—, él también escribió relatos donde presentaba y daba su punto de vista sobre crímenes reales. La segunda es que, en varias ocasiones, se implicó de forma más o menos directa en el esclarecimiento de sucesos luctuosos, y en este cometido el creador imitaba a su personaje literario, lo cual no debe sorprendernos en demasía porque, como han apuntado varias personas que conocieron bien al escritor británico, Sherlock Holmes tenía mucho de Conan Doyle. Una apreciación que resulta reforzada por el hecho sobradamente conocido de que Doyle, como estudiante de medicina, fue uno de los discípulos predilectos del doctor Joseph Bell, cuyas dotes deductivas fueron el modelo en el que aquél basó la descripción de la peculiar inteligencia detectivesca de la que Holmes hacía gala.
Que Poe y Conan Doyle se sintieran atraídos por el crimen real no deja de ser hasta cierto punto lógico en escritores de ficciones policiales, al igual que su interés por desarrollar métodos más precisos para capturar a los criminales, en el caso de Poe mediante el énfasis en los principios del razonamiento riguroso que mostraba Dupin en sus aventuras, un sistema que Doyle llevó a su máxima expresión en Sherlock Holmes y su célebre «ciencia de la deducción».
También es significativo que los dos grandes creadores de la literatura policial promovieran el progreso de la razón, la ciencia y el método como forma de resolver los crímenes al tiempo que tenían tan gran interés en los espíritus y otros fenómenos de ultratumba; pero no debe extrañarnos, porque en el siglo XIX coexistió una visión romántica de la existencia que jugaba con todo lo misterioso que la muerte podría atribuir a la vida, con un mundo cada vez más atento a la ciencia como guía del progreso, sobre todo a partir de que Darwin publicara El origen de las especies (1859) y diera un golpe mayúsculo a la religión como rectora del destino del hombre. Por otra parte, Doyle vivió en un tiempo en que la ciencia se creía capaz de poder aplicar sus métodos a los fenómenos del espíritu o paranormales, por lo que no debe resultarnos tan extraño que el creador del detective científico y materialista por excelencia creyera al final de su vida que la razón podría desentrañar los misterios del más allá.

Así como Capote creó la moderna narrativa true crime en la ficción, este libro de Ellroy debe considerarse un ejemplo modélico del género autobiográfico true crime, pues, si bien en el pasado ha habido exconvictos que han contado su vida en el crimen, su interés se derivaba sobre todo de la anécdota criminal, y apenas podíamos entrar en la cabeza de quien escribía; quedábamos a merced de lo que él quisiera contarnos sobre su vida o las razones para hacer lo que hizo. Al poner el cadáver de su madre en el centro de la historia, por el contrario, Ellroy crea un true crime que gira una y otra vez sobre los motivos, existenciales o absurdos, de los diferentes personajes que se relacionaron con ella, y consigue volverla a la vida mediante el examen de los mil ángulos que nos presenta sobre lo sucedido, mientras que retrata con avidez y dureza la sociedad en la que esa mujer fue juzgada y asesinada.

La realidad es tozuda y, después del crimen, O. J. no paró de meterse en líos. Tuvo que hacer frente a numerosos pleitos y mostró una tendencia a la violencia que no se le conocía antes de que se supiera que golpeaba repetidamente a Nicole. Nuestra hipótesis es que, una vez que O. J. abandonó la práctica deportiva de élite, que le exigía una gran disciplina personal para mantener su nivel excepcional, perdió la vida estructurada que le proporcionaba un control personal que, después de dejar el fútbol, ya no fue capaz de conservar. El O. J. que se casa con Nicole y comenta eventos deportivos para ESPN, hace anuncios para televisión y alguna que otra película, aparece en talk-shows… empieza a beber y a disfrutar de todo lo conseguido y algo en él se corrompe para siempre: decide que será quien quiera ser y no está dispuesto a que la gente que depende de él le lleve la contraria. Una vez eliminada Nicole, ya nadie va a poder demostrarle al mundo que ella lo rechazó, ¡al gran O. J.!, y abandonó como a un don nadie para acostarse con un camarero en una casa que O. J. había comprado. Era demasiado.

La relación existente entre la ley y la literatura viene de muy antiguo; desde hace siglos, incontables escritores se han ocupado en sus obras de expresar sus opiniones o las de su sociedad acerca de las causas del crimen y de la naturaleza de los criminales.

Es muy difícil asegurar que un sujeto se ha convertido en un asesino o un violador porque ha querido imitar a ciertos sujetos que han sido objeto de atención en los medios. Quizá muchos de ellos habrían actuado igual, aunque más tarde o con ciertas variaciones. Los factores individuales son importantes: es la interacción entre la sociedad en la que vive, el tipo de cultura que sigue y los factores personales los que finalmente explican el efecto copycat. Sin embargo, sí se puede concluir también que hay constancia de que algunos asesinos múltiples han actuado teniendo muy en cuenta el ejemplo de otros asesinos que los precedieron.

En los crímenes de toda una familia por motivos o razones absurdos —banales— absolutamente desproporcionados en el resultado final. Sin embargo, esa banalidad no está al alcance de cualquiera. Sólo unos pocos tienen la psicología necesaria para atravesar esa ventana al infierno.

Spotlight forma parte de la mejor tradición del cine de denuncia liberal (Todos los hombres del presidente, Los papeles de Washington) y, a pesar de que, sin duda, narra un triunfo de la libertad de expresión y de los derechos de los niños a ser protegidos de la pederastia de la Iglesia católica, también nos deja claro que el camino es muy largo. El cardenal Law, en cuyo mandato se produjo todo, fue enviado a la magnífica iglesia de Santa María de la Mayor, en Roma, lo que no parece un gran castigo por parte de la jerarquía del Vaticano. Pero los signos de los tiempos han cambiado en estos últimos diez años. El reportaje de investigación del Globe y, sobre todo, la película supusieron un aliciente para que salieran a la luz muchas otras víctimas ocultas. Sacha Pfeiffer —esta vez la verdadera, periodista de Spotlight— indicó que «desde que se estrenó la película muchas más víctimas se presentaron por primera vez y muchos sobrevivientes nos dijeron que el filme estaba teniendo un efecto empoderador en ellos».
Spotlight presenta con mucho rigor cómo se produce el abuso y se mantiene en el tiempo. El proceso psicológico por el que un sacerdote se degrada abusando de sus alumnos (en la escuela, la iglesia o el seminario) es muy parecido al de otros muchos pederastas: uno se convence de que ese afecto forma parte de la preocupación e interés que él tiene en la vida del niño, de tal forma que, al final, el balance para éste es positivo: «Quiero a este niño, y seguro que Dios no desaprueba este amor que le manifiesto». Es un modo particularmente eficaz de resolver la disonancia cognitiva entre ser un ministro de Dios y un pederasta. El caso de The Keepers es diferente: el padre Maskell es un psicópata de libro, un desalmado en toda la extensión de la palabra, y parece que tuvo éxito a la hora de juntarse con otros de su calaña, lo que convirtió al instituto Keough en una auténtica ratonera para las adolescentes. Las agresiones que relatan Jean y Teresa son de una violencia inusual. Un caso tan grave de vejación hacia las jóvenes bien merecía un documental de la calidad de The Keepers.

Para Jablonka, ese encuentro con la muerte de Läetitia es un misterio, lo puede comprender en algunos momentos y no en otros, en un estado mental parecido al que tenía Janet Malcolm cuando afirmó que la madre de Michelle «no pudo haberlo hecho [matar a su marido], pero tenía que haberlo hecho», para él es duro ver como toda su energía tan admirablemente invertida en sobrevivir a sus duras condiciones de crecimiento se difuminó en cuestión de horas, como si tirara lo conseguido al basurero. Al fin cree encontrar la solución: «…pues bastó con que Laëtitia captara la índole de la relación entre el señor Patron y Jessica para que su vida diera un vuelco, para que se sintiera como a los tres años, colgada en el vacío, para que comprendiera que la mentira lo había gangrenado todo, que la violencia aún estaba allí, agazapada y asquerosa, en el sofá del salón, en el cuarto que había compartido con su melliza, en las sonrisas, en los grandes principios, los consejos, los juegos de naipes, las navidades, las vacaciones en caravana. El hombre que te ha enseñado todo, que tiene que protegerte, se lo cobra en especie. […] El abuso sexual que el señor Patron ejerció sobre Jessica, durante años también y necesariamente debilitó a Laëtitia». Esa traición en los últimos padres adoptivos, ese ver a su melliza ultrajada… puede que finalmente la quebrara.
Sin embargo, hay veces que juzgamos mal, que una chica puede sentirse algo especial porque un tipo malo la corteje, sobre todo cuando se lleva una cierta fractura en la propia identidad; una mala decisión, la compañía de un asesino y la muerte que no distingue a quien selecciona. Ella es ciega y va a hacia delante, a lomos en esa ocasión de Meilhon.

El fenómeno de la fascinación que ejerce el true crime (extensible a la ficción criminal) podemos encontrar diferentes explicaciones. De entre todas, la peor es la que zanja el asunto asegurando que «nos gusta el morbo», porque es un argumento circular que nada explica: nos fascina el true crime porque su contenido es morboso, y el ser humano es naturalmente morboso, por eso le fascina el true crime. Como es evidente, no hemos adelantado nada, y esa visión simplista obedece al enorme desconocimiento de la profunda conexión existente entre el ser humano y la violencia, o el mal si se prefiere. Este mal incita a una violencia ilegítima que provoca un grave sufrimiento en un número indeterminado de personas, generalmente más de una, porque siempre hemos de contar con las familias de las personas afectadas por el acto violento o maligno. Por lo demás, en esta opinión del true crime hay una visión frívola del género, como si sólo pudiera ofrecer «escapismo y entretenimiento», como afirmaba Jean Murley.
El primer hecho básico de la existencia: el ser humano es un ser finito orientado a la muerte. Leer y reflexionar sobre casos criminales nos ayuda a experimentar y tratar con la muerte y la destrucción (daño, menoscabo, etcétera) de forma vicaria, lo que se vincula con nuestra pulsión esencial de supervivencia. En otras palabras: el true crime nos ayuda a vivir situaciones de peligro y de aniquilación sin necesidad de experimentar realmente ese peligro
El true crime nos recuerda que seguimos enfrentados al misterio de nuestra existencia, a la radicalidad de que somos frágiles y en cualquier momento pereceremos, y que no podemos crear una burbuja de seguridad con la ciencia, la razón o las leyes.
Junto con la muerte, la peor pesadilla del ser humano es que el mundo no tenga sentido, que todo dependa del arbitrio y del capricho del azar o de un destino que no podamos controlar, que la justicia no sea un fenómeno natural de la vida, que muchas veces sufran los inocentes y los culpables no paguen sus crímenes, que ni la fe en la ciencia o en Dios (que parece ausente) sirva para mitigar la angustia que se deriva del «hecho de la existencia» de Yalom, de la falta de sentido, de la tensión entre encontrarse arrojado a un universo indiferente y sin propósito, y a pesar de ello querer encontrar un sentido a nuestra existencia como individuo en este planeta.
Ésta es la segunda razón de por qué nos fascina el true crime: nos permite una y otra vez enfrentarnos a lo que podríamos llamar «el lamento de Job». Un lamento que siempre tenemos presente porque constituye una realidad de la existencia: la gente no obtiene lo que se merece, el mundo no es «un lugar justo».

El true crime no sólo nos obliga a la introspección, también llevamos nuestra reflexión hacia los actos morales de los otros, a preguntarnos cuál es su calidad humana, qué uso hacen ellos de la libertad, cómo gestionan ellos (y nosotros) las emociones fundamentales (la empatía, la ira, la responsabilidad, el sentido de la justicia, la tolerancia, la compasión, la valentía…). Y, por supuesto, en esa mirada hacia el «yo» yace también ese invitado «interior» que todos tenemos: el lado oscuro, la sombra de la que hablaba Jung, es decir, nuestra capacidad latente de hacer cosas claramente inmorales y dañinas.
En resumen: «Nos gustan las historias macabras porque hay algo macabro dentro de nosotros». Ésta era también la opinión de Janet Malcolm: «El asesinato es un crimen que todos hemos cometido en nuestra imaginación», hay pues algo «macabro» en todos nosotros que dirige nuestra atención a ver esa realidad donde se nos pone a prueba. David Buss, el psicólogo evolucionista, ya nos dijo que el asesinato ha sido fundamental en la historia de nuestra especie y, como Malcolm, que casi todo el mundo ha deseado alguna vez matar a alguien.
El true crime nos permite juzgar y valorar a quienes nos representan o nos sirven en la vida publica, o aquellas instituciones que han de velar por el bienestar de todos. Con ello nos acercamos a la última necesidad existencial mencionada por Yalom: la soledad radical en la que vivimos existencialmente. El true crime se presenta como uno de los relatos más poderosos para que la sociedad y el ciudadano se miren al espejo de la vida pública. Todas las cuestiones —y son muchas— que afectan al modo en que regulamos nuestra vida en común afectan a esta necesidad vital, la de querer protegernos del hecho existencialmente cierto de que estamos solos.
¿El que queramos sentirnos parte de algo «más grande», como dijo Yalom, de un movimiento, subcultura o grupo para así no sentirnos seres mediocres e insignificantes… justifica nuestros crímenes?…

En realidad, no hay una única explicación para comprender el atractivo del true crime, en cada uno de nosotros habrá un clic especial, una razón que nos cale más hondo. Como parte de su trabajo en el periodismo de investigación, Rachel Monroe recogió historias de mujeres que habían dedicado buena parte de sus vidas a relacionarse con el mundo del crimen, no como autoras, sino por distintas vías, como la investigación forense, la defensa de condenados, la policía y la prestación de un servicio mediante una relación estrecha con criminales o con víctimas. En el proceso de conocer a estas mujeres, Monroe aprendió a comprender mejor el mundo que la rodeaba. Porque el crimen no sólo fascina a los individuos, sino que es la cultura la que de forma repetida eleva al estatus de fenómeno sensacional un determinado crimen, o eleva a los altares de la celebridad a un asesino. «Esas obsesiones colectivas se suelen despreciar como algo desagradable y sensacionalista. Pero las historias de asesinatos que contamos, así como las formas en las que las contamos, tienen un impacto político y social, y merece la pena que las tomemos en serio.
Necesitamos y nos atrae el true crime del mismo modo o por las mismas razones que vemos en el teatro Muerte de un viajante, en el cine Chinatown o leemos El extranjero o La dama de blanco. O, como escribió Edmundo Paz a propósito del genio de la ciencia ficción Philip K. Dick, podríamos decir que los relatos true crime nos apasionan porque «se hacen las preguntas obsesivas de Dick: ¿qué significa ser humano?, y ¿qué es la realidad?».

El true crime muestra ambos aspectos —la bondad y la maldad— con infinitos ejemplos.
Detrás de los asesinos más temibles —los seriales y los múltiples en un solo acto, como Breivik o Tarrant— subyace tanto el deseo de vivir un nuevo relato que redefina su identidad como de experimentar el placer estético de sentir la violencia en sus manos para cosificar a las víctimas. Es un «nuevo relato» donde el sujeto se siente todopoderoso, liberado de las ataduras morales.
En esa nueva identidad, el narcisismo ocupa un gran protagonismo, sobre todo en los asesinos múltiples en un solo acto; en algunos casos, ese trastorno puede ser un acompañante de la psicopatía, de tal modo que a la insensibilidad emocional, falta de empatía y falta de conciencia de ésta se une la convicción de sentirse superior a los demás, una creencia que, si resulta contrariada —es decir, si los otros actúan en contra de sus deseos y lo desvalorizan, agravian o humillan—, provoca la llamada «herida narcisista», y con ello la posibilidad de una violencia letal, pues la venganza es el combustible emocional primigenio. Sin embargo, no es habitual que el asesino múltiple sea un psicópata: en el primero predomina el trastorno narcisista de la personalidad, una vida marcada por la soledad existencial y el fracaso, y un resentimiento feroz contra determinadas personas, grupos o la sociedad entera.
En relación con los asesinos en serie, la psicopatía es prácticamente la norma, y pesa más la falta de empatía y conciencia, la incapacidad para vincularse afectivamente con los demás y la necesidad de experimentar emociones que sólo pueden surgir de los planes de «caza» y la ejecución del crimen, si bien en algunos casos el narcisismo puede ser también muy relevante, generalmente en los que buscan reconocimiento y fama (el Zodíaco es el mejor ejemplo).
Muchos actos de maldad son también producto de malas decisiones, de un mal uso de la libertad, de un sistema moral corrupto, de motivos banales… No hace falta ser un psicópata, si bien el narcisismo es un rasgo muy presente.
La mirada que nos ofrece el true crime no es cristalina y pura como la nieve. Hay un creador detrás, y eso significa que impone su perspectiva, como Janet Malcolm dejó claro en El periodista y el asesino. Jean Marley ha escrito que «el true crime siempre ficcionaliza, enfatiza, exagera, interpreta, construye y crea la “verdad”, y cada relación que se establece entre los hechos está mediatizada y comprometida».

El true crime es una forma de mirar que nos perturba y fascina. Y no es de extrañar. La vida está en juego.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2015/03/08/perfiles-criminales-vicente-garrido/

https://weedjee.wordpress.com/2015/07/29/el-secreto-de-breton-vicente-garrido-patricia-lopez/

https://weedjee.wordpress.com/2021/08/24/true-crime-la-fascinacion-del-mal-vicente-garrido-genoves-true-crime-the-fascination-of-evil-true-by-vicente-garrido-genoves-spanish-book-edition/

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The book focuses on crime from the perspective of the arts, departing from the author’s usual tone, we can attest that it is an edifying reading for all audiences, even for those who already know the subject.
It is a long and extensive book with several boxes and a rewarding read.

The interest that true crime arouses comes from old, hence it has always been very present in our culture, both in various types of journalism, as in literature and cinema.
The increase in true crime has also been accompanied, if not preceded, by an extraordinary development of the noir, police and criminal novel, which has also expanded its horizons towards a «non-fiction» novel, that is, the literary recreation of facts. Real criminals that Truman Capote «premiered» as a subgenre in criminal literature with In Cold Blood in 1965. It is true that Capote’s was followed by other works of merit, such as The Executioner’s Song, by Norman Mailer, but I dare say that they are few compared to those that have emerged in the 21st century.
There are certainly several reasons for this unprecedented growth. The first is that murder and other violent crimes – such as sexual assault – offer a highly dramatic narrative, where elements of suspense and mystery create a story that captures the viewer – or reader – with certain elements that we all know: order social bankruptcy for the murder, there is an investigation to identify and arrest the perpetrator, and finally justice is restored through the punishment of the guilty; Either he gets frustrated because the murderer has not been found or because the resolution leaves doubts, presents dark angles and is not satisfactory.
A second and powerful reason is that current true crimes have greatly expanded their focus and, along with this classic crime-perpetrator-justice script, now social reality itself demands that popular culture take into consideration other types of crime that are increasingly they are considered more harmful, such as those committed by people with economic power or by institutions or State authorities.
A third argument, related to the previous one, is that true crime has probably become the most acute means with which to make a continuous verification of the freedoms, rights and obligations of democracy, by offering a complex and elaborate critique of all the aspects and conditioning factors of a certain reality or criminal phenomenon: when a case reaches the general public, whether in a work of fiction based on real events or in a documentary, there is the possibility of raising questions and approaches that, due to their complexity, they have no place in a thirty minute newscast on conventional television.
A fourth reason is that true crime not only contributes social criticism to the conditions that give rise to a crime or the intervention of the judicial system, but also brings us closer to the human aspect, the psychology and the experiences of the protagonists.

As the criminologists Sandberg and Ugelvik state, «watching a murder in real life is emotionally disturbing, but watching a murder in a work [cultural product] offers us an opportunity to reflect on the nature of human violence.»
Indeed, it is not surprising that writers and essayists of all ages showed their predilection for true crime and criminal fiction.
For some years now, we have been witnessing an explosion of literary products and, above all, true crime audiovisuals, to which the overwhelming appearance of streaming and pay television platforms has undoubtedly contributed in a very powerful way. This makes the audiovisual documentary a privileged cultural product to analyze certain phenomena associated with the criminal act (what the murderers say, how the victims are treated, how the police and the courts work, etc.) and its repercussion on the public. We cannot be surprised by the favor that people give to documentary, since their own conception, which makes use of multiple resources – the interview, archive images of places where the events occurred -, is very well suited to represent something so complex and with as many edges as crime, in any of its domains: the investigation to capture the murderer, the process and the trial, the study of his psychology and his motivation for the crime, the effects on the victims and the community, and so on. It could be said, without a doubt, that society creates its opinion about crime according to how the media and true crime works represent it.
What do true crime literary and audiovisual works tell us about crime and the ways in which society responds to the most serious crimes, such as sexual assault or abuse, homicide and murder? What aspects of the culture and society where the crimes take place are evident or represented in it? Or, in simpler words: what image or radiography of society is reflected in the analyzed true crime work?.

Some of the specific questions that true crime allows us to reflect on are the following:
• What crimes are the most represented in our culture?
• How are victims represented? Are there categories of victims, according to ethnicity, sex or social status?
• He projects us into the alternative future with his imagination: what would have happened if one of the protagonists had acted differently?
• Does it offer us a clear version of what happened, in such a way that the story «is closed» to the satisfaction of the audience?
In many ways, the themes of reflection of a true crime are very similar to those of the police thriller or the black novel: it informs a vision of the human, in its broadest sense.

True crime teaches us a lot about the functioning of the justice system, its procedure, its sometimes incomprehensible procedure, its slowness, but also about the perseverance of investigators and judges. Contrary to what happens in pure fiction and entertainment series such as CSI, Law and Order, Bones, Grey’s Anatomy, Hawaii Five-0, etc., it is difficult that at the end it leaves us with a feeling that the world is fair, of a closure where evil is punished and the natural order of things is restored. On the contrary, even if there is a clear closure regarding the guilt of the accused, the reasons for lingering ruminating and wondering how things were not done better are usually the dominant note.
Criminologist Mark Seltzer wrote that «true crime has its own climate,» and by this he wanted to refer to the fact that the narrative of crimes always manifests the social reality in which it was conceived. The places or physical spaces where they happened are part of that reality, and we can say metaphorically that they are «permeated» with the horror that accompanied the murder. Perhaps the most obvious example is what the foggy London of narrow streets came to mean in the late 19th century, when Jack the Ripper acted. All the popular culture that arose as a consequence of the birth of that icon of the criminal who was the Ripper for industrial society (the unknown «monster» who sexually assaults – even without raping them – and kills women) made readers and tourists who came (and they go) to the Whitechapel neighborhood – where the murderer acted – somehow «relived» the crimes again.
In other words, popular culture (novels, plays, movies) and the media create the «ghosts» that populate the spaces of crime horror and persist over time. That is the reason for the existence of crime tourism, be it on the streets of London, New Orleans …

In Conan Doyle we not only have the creator of the immortal Sherlock Holmes, which alone places him in a prominent place in the history of criminal literature, but there are other two aspects that relate him directly to this book. The first is that, like other writers of his genre — and others — he also wrote stories in which he presented and gave his point of view on real crimes. The second is that, on several occasions, he was more or less directly involved in the clarification of sad events, and in this task the creator imitated his literary character, which should not surprise us too much because, as several people have pointed out who knew the British writer well, Sherlock Holmes had a lot of Conan Doyle. An appreciation that is reinforced by the well-known fact that Doyle, as a medical student, was one of Dr. Joseph Bell’s favorite disciples, whose deductive gifts were the model on which he based the description of the peculiar detective intelligence of the that Holmes boasted.
That Poe and Conan Doyle were attracted to real crime is still logical to a certain extent in police fiction writers, as is their interest in developing more precise methods to capture criminals, in Poe’s case through emphasis on the principles of rigorous reasoning displayed by Dupin in his adventures, a system that Doyle took to its fullest expression in Sherlock Holmes and his celebrated «science of deduction».
It is also significant that the two great creators of police literature promoted the progress of reason, science and method as a way to solve crimes while having such great interest in spirits and other phenomena from beyond the grave; But it should not surprise us, because in the 19th century a romantic vision of existence coexisted that played with everything mysterious that death could attribute to life, with a world increasingly attentive to science as a guide to progress, especially to after Darwin published The Origin of Species (1859) and dealt a major blow to religion as the rector of man’s destiny. On the other hand, Doyle lived in a time when science believed itself capable of applying its methods to phenomena of the spirit or paranormal, so it should not be so strange that the creator of the scientific and materialist detective par excellence believed in the end of his life that reason could unravel the mysteries of the afterlife.

Just as Capote created the modern true crime narrative in fiction, this book by Ellroy should be considered an exemplary example of the autobiographical genre true crime, because, although in the past there have been ex-convicts who have recounted their life in crime, their interest is It derived above all from the criminal anecdote, and we could hardly enter the head of the writer; we were left at the mercy of what he wanted to tell us about his life or the reasons for doing what he did. By putting the corpse of his mother at the center of the story, on the contrary, Ellroy creates a true crime that turns again and again on the motives, existential or absurd, of the different characters that were related to her, and manages to turn her to life by examining the thousand angles she presents us with what happened, while avidly and harshly portraying the society in which that woman was tried and killed.

The reality is stubborn and, after the crime, O. J. did not stop getting into trouble. He had to face numerous lawsuits and showed a tendency to violence that was not known to him before it was known that he repeatedly beat Nicole. Our hypothesis is that, once OJ abandoned elite sports practice, which required great personal discipline to maintain his exceptional level, he lost the structured life that provided him with personal control that, after leaving football, was no longer able to conserve. The OJ who marries Nicole and comments on sporting events for ESPN, makes television commercials and the odd movie, appears on talk shows … he starts drinking and enjoying everything he has achieved and something in him is corrupted forever: he decides that He will be whoever he wants to be and is not willing for the people who depend on him to contradict him. Once Nicole is eliminated, no one will be able to show the world that she rejected him, the great O. J. !, and left as a nobody to sleep with a waiter in a house that O. J. had bought. It was too much.

The relationship between law and literature goes back a long way; For centuries, countless writers have engaged in their works to express their opinions or those of their society about the causes of crime and the nature of criminals.

It is very difficult to assure that a subject has become a murderer or a rapist because he has wanted to imitate certain subjects who have been the object of attention in the media. Perhaps many of them would have acted the same, although later or with certain variations. Individual factors are important: it is the interaction between the society in which he lives, the type of culture he follows, and personal factors that ultimately explain the copycat effect. However, it can also be concluded that there is evidence that some multiple murderers have acted taking into account the example of other murderers who preceded them.

In the crimes of a whole family for absurd – banal – motives or reasons absolutely disproportionate in the final result. However, that banality is not available to everyone. Only a few have the psychology to get through that window to hell.

Spotlight is part of the best tradition of liberal denunciation cinema (All the President’s Men, The Washington Papers) and, despite the fact that, without a doubt, it narrates a triumph of freedom of expression and the rights of children to Being protected from the pedophilia of the Catholic Church also makes it clear that the road is very long. Cardinal Law, in whose mandate it all happened, was sent to the magnificent church of Santa Maria de la Mayor, in Rome, which does not seem like a great punishment on the part of the Vatican hierarchy. But the signs of the times have changed in the last ten years. The Globe’s investigative report and, above all, the film were an incentive for many other hidden victims to come to light. Sacha Pfeiffer – this time the real one, a journalist for Spotlight – said that «since the film was released many more victims came forward for the first time and many survivors told us that the film was having an empowering effect on them.»
Spotlight rigorously presents how abuse occurs and is sustained over time. The psychological process by which a priest degrades himself by abusing his students (in school, church or seminary) is very similar to that of many other pedophiles: one is convinced that this affection is part of the concern and interest that he has in the child’s life, in such a way that, in the end, the balance for him is positive: «I love this child, and surely God does not disapprove of this love that I manifest to him.» It is a particularly effective way to resolve the cognitive dissonance between being a minister of God and a pedophile. The Keepers case is different: Father Maskell is a book psychopath, a soulless in every sense of the word, and it seems that he succeeded in getting together with others of his ilk, which made Keough High School a real mousetrap for teenage girls. The attacks reported by Jean and Teresa are of unusual violence. Such a serious case of mistreatment of young women well deserved a documentary of The Keepers quality.

In reference to Jablonka, that encounter with the death of Läetitia is a mystery, she can understand it in some moments and not in others, in a mental state similar to that of Janet Malcolm when she said that Michelle’s mother «could not have done it [kill her husband], but he should have done it ”, it is hard for him to see how all his energy so admirably invested in surviving his harsh growing conditions faded in a matter of hours, as if he were throwing his achievements into the trash can. In the end, she believes she has found the solution: «… it was enough for Laëtitia to grasp the nature of the relationship between Mr. Patron and Jessica for her life to turn around, for her to feel like she was three years old, hanging in the void, to that he understood that the lie had gangrenous everything, that the violence was still there, crouched and disgusting, on the living room sofa, in the room he had shared with his twin, in the smiles, in the great principles, the advice, the card games, Christmas, caravan holidays. The man who has taught you everything, that he has to protect you, charges him in kind. […] The sexual abuse that Mr. Patron exerted on Jessica, for years too and necessarily weakened Laëtitia ». That betrayal in the last adoptive parents, that seeing her twin outraged hers… it may finally break her.
However, there are times when we misjudge, that a girl can feel something special because a bad guy woos her, especially when she has a certain fracture in her own identity; a bad decision, the company of a murderer and the death that does not distinguish who she selects. She is blind and is going forward, on this occasion on Meilhon’s back.

We can find different explanations for the phenomenon of fascination exercised by true crime (extendable to criminal fiction). Among all of them, the worst is the one that settles the matter by ensuring that «we like morbid», because it is a circular argument that explains nothing: we are fascinated by true crime because its content is morbid, and human beings are naturally morbid, for that fascinates him the true crime. As is evident, we have not advanced anything, and this simplistic vision is due to the enormous ignorance of the deep connection between human beings and violence, or evil if you prefer. This evil incites illegitimate violence that causes serious suffering in an undetermined number of people, generally more than one, because we always have to count on the families of the people affected by the violent or malicious act. For the rest, in this opinion of true crime there is a frivolous vision of the genre, as if it could only offer «escapism and entertainment», as Jean Murley put it.
The first basic fact of existence: the human being is a finite being oriented towards death. Reading and reflecting on criminal cases helps us to experience and deal with death and destruction (damage, impairment, etc.) in a vicarious way, which is linked to our essential drive for survival. In other words: true crime helps us to live situations of danger and annihilation without the need to really experience that danger.
True crime reminds us that we are still faced with the mystery of our existence, with the radical nature that we are fragile and at any moment we will perish, and that we cannot create a security bubble with science, reason or the law.
Along with death, the worst nightmare of the human being is that the world has no meaning, that everything depends on the will and the whim of chance or a destiny that we cannot control, that justice is not a natural phenomenon of life, that many times the innocent suffer and the guilty do not pay for their crimes, that neither faith in science or in God (which seems absent) serves to mitigate the anguish that derives from the «fact of existence» of Yalom, from the lack of of meaning, of the tension between being thrown into an indifferent and purposeless universe, and despite this wanting to find a meaning to our existence as an individual on this planet.
This is the second reason why true crime fascinates us: it allows us to face again and again what we might call «Job’s lament.» A regret that we always keep in mind because it is a reality of existence: people do not get what they deserve, the world is not «a fair place.»

True crime not only forces us to introspection, we also take our reflection towards the moral acts of others, to ask ourselves what their human quality is, what use they make of freedom, how they (and we) manage fundamental emotions ( empathy, anger, responsibility, a sense of justice, tolerance, compassion, courage…). And, of course, in that gaze towards the «I» also lies that «inner» guest that we all have: the dark side, the shadow of which Jung spoke, that is, our latent capacity to do things that are clearly immoral and harmful.
In short: «We like macabre stories because there is something macabre within us.» This was also the opinion of Janet Malcolm: «Murder is a crime that we have all committed in our imagination», there is therefore something «macabre» in all of us that directs our attention to see that reality where we are put to the test. David Buss, the evolutionary psychologist, has already told us that murder has been central to the history of our species and, like Malcolm, that almost everyone has ever wanted to kill someone.
True crime allows us to judge and value those who represent us or serve us in public life, or those institutions that must ensure the welfare of all. This brings us closer to the last existential need mentioned by Yalom: the radical loneliness in which we existentially live. True crime is presented as one of the most powerful stories for society and citizens to look at themselves in the mirror of public life. All the issues — and there are many — that affect the way we regulate our life together affect this vital need, that of wanting to protect ourselves from the existentially true fact that we are alone.
Does the fact that we want to feel part of something «bigger», as Yalom said, of a movement, subculture or group so as not to feel mediocre and insignificant beings … justify our crimes? …

In reality, there is no single explanation to understand the appeal of true crime, in each of us there will be a special click, a reason that penetrates us deeper. As part of her work in investigative journalism, Rachel Monroe collected stories from women who had dedicated a good part of their lives to interact with the world of crime, not as authors, but through different channels, such as forensic investigation, defense of convicted persons, the police and the provision of a service through a close relationship with criminals or victims. In the process of meeting these women, Monroe learned to better understand the world around her. Because crime not only fascinates individuals, but it is culture that repeatedly elevates a certain crime to the status of a sensational phenomenon, or elevates a murderer to the altars of celebrity. ‘These collective obsessions are often dismissed as unpleasant and sensational. But the murder stories we tell, as well as the ways we tell them, have a political and social impact, and are worth taking seriously.
We need and are attracted to true crime in the same way or for the same reasons that we see in the Death of a Salesman theater, in the Chinatown cinema or we read The Stranger or The Lady in White. Or, as Edmundo Paz wrote about the science fiction genius Philip K. Dick, we could say that we are passionate about true crime stories because “Dick’s obsessive questions are asked: what does it mean to be human? reality?».

The true crime shows both aspects – goodness and badness – with infinite examples.
Behind the most fearsome murderers – serials and multiples in a single act, such as Breivik or Tarrant – lies both the desire to live a new story that redefines their identity and to experience the aesthetic pleasure of feeling violence in their hands to objectify to the victims. It is a «new story» where the subject feels almighty, freed from moral ties.
In this new identity, narcissism occupies a great role, especially in multiple murderers in a single act; In some cases, this disorder can be a companion of psychopathy, in such a way that emotional insensitivity, lack of empathy and lack of awareness of it are joined by the conviction of feeling superior to others, a belief that, if it is contradicted —That is, if others act against your wishes and devalue, aggravate or humiliate you — it causes the so-called «narcissistic wound,» and with it the possibility of lethal violence, since revenge is the original emotional fuel. However, it is not usual for the multiple murderer to be a psychopath: in the former, narcissistic personality disorder predominates, a life marked by existential loneliness and failure, and a fierce resentment against certain people, groups or the entire society.
In relation to serial killers, psychopathy is practically the norm, outweighing the lack of empathy and awareness, the inability to bond with others and the need to experience emotions that can only arise from «hunting» plans. and the execution of the crime, although in some cases narcissism can also be very relevant, generally in those who seek recognition and fame (the Zodiac is the best example).
Many acts of evil are also the product of bad decisions, a bad use of freedom, a corrupt moral system, banal motives … You don’t have to be a psychopath, although narcissism is a very present trait.
The look that true crime offers us is not crystalline and pure like snow. There is a creator behind it, and that means imposing the perspective of him, as Janet Malcolm made clear in The Journalist and the Killer. Jean Marley has written that «true crime always fictionalizes, emphasizes, exaggerates, interprets, constructs and creates the ‘truth’, and every relationship that is established between the facts is mediated and compromised».

True crime is a way of looking that disturbs and fascinates us. And no wonder. Life is at stake.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2015/03/08/perfiles-criminales-vicente-garrido/

https://weedjee.wordpress.com/2015/07/29/el-secreto-de-breton-vicente-garrido-patricia-lopez/

https://weedjee.wordpress.com/2021/08/24/true-crime-la-fascinacion-del-mal-vicente-garrido-genoves-true-crime-the-fascination-of-evil-true-by-vicente-garrido-genoves-spanish-book-edition/

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