Espectros Del Capitalismo — Arundhati Roy / Capitalism: A Ghost Story by Arundhati Roy

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Arundhati Roy es una excelente ensayista, y en esta colección de trabajos que exploran los puntos más bajos de la entrada de la India al estatus de potencia mundial, su modelo económico de ‘brote’ y su guerra brutal en Cachemira, evoca imágenes y evoca los crímenes del nuevo orden mundial en la ‘democracia más grande del mundo’ con gran efecto. Al hacerlo, camina por una línea muy fina entre presentar a la India contemporánea, vorazmente capitalista, con sus enormes desigualdades de riqueza, su brutal represión de la disidencia y su élite que se engrandece a sí misma como algo ridículo y una plaga para la humanidad. Lo escalofriante de casi todos los casos que recorren la colección es que cada pieza fue escrita antes de que Modi y el BJP tomaran el poder como un partido de derecha populista, ultranacionalista y estrechamente comunalista.
Cerca de la mitad del libro (solo hay 96 páginas, más las notas finales) está dedicado al ensayo del título, que enmarca el crecimiento de las principales corporaciones de la India y su enorme concentración de riqueza en un pequeño número de manos en la historia de Nueva York. El capitalismo mundial, el crecimiento de las principales corporaciones estadounidenses a fines del siglo XIX, y luego el papel de esas familias de barones ladrones en el apoyo a un sistema global que sostiene un mundo neoliberal y centrado en los Estados Unidos: las fundaciones Ford, Rockefeller y Carnegie. Es un caso convincente basado en el mantenimiento de un sistema global que favorece la riqueza de unos pocos y la deuda de muchos, y se asemeja en muchos aspectos al fabuloso Never Let a Serious Crisis Go To Waste de Phillip Mirowski, actuando casi como un caso localizado estudio del movimiento neoliberal que expone. En otro lugar, investiga hasta qué punto las campañas anticorrupción se convierten en críticas al Estado que facilitan la privatización. Puede que no haya mucha economía aquí, pero hay una cantidad impresionante de economía política.
Junto a eso, la otra vertiente es un análisis: el estado de la India estaba en contra de los pobres, los pueblos tribales colectivamente (los adivasi) y en Cachemira. Estos relatos son sombríos y desgarradores, y encajan con su trabajo anterior en campañas contra las represas y el trabajo por la justicia para los pobres en un sistema que mantiene su estado oprimido. Vemos la forma en que cualquier forma de resistencia rural a la codicia corporativa se reempaqueta como « terrorismo » maoísta, cómo se militariza Cachemira, pero que esto no puede reprimir la resistencia voluntaria y la bondad de la gente y cómo cualquier intento de proporcionar una voz independiente para estos pueblos. está sellado. Dentro de este grupo de ensayos mucho más breves hay dos que consideran el destino de los hombres encargados de dirigir el ataque de 2001 al Parlamento indio; esta es una historia de corrupción judicial (sería demasiado educado llamarlo ineptitud), manipulación del sistema legal por parte del estado y sus lacayos en la fuerza policial y también por un complejo mediático que se entrelaza con el régimen de poder. El resultado fue la ejecución de un hombre para el que no había pruebas claras de su participación, excepto que había estado involucrado anteriormente en la política radical de Cachemira.
A través de todas estas piezas se encuentra la sensación de un estado que sirve solo a los intereses de su élite (que es lo que hacen los estados) pero que lo hace de una manera que niega los principios básicos de igualdad e inclusión que son la base profesada del liberalismo ( democracias burguesas. Ahí radica el principal problema de la colección; el sentido que lo atraviesa. Ésta es una colección de ensayos independientes; cada uno en sí mismo elegantemente elaborado y evocador de un sentido, de un lugar, de una política, de una emoción, pero apenas unida.
Este es un problema menor en general: los ensayos transmiten un sentido de opresión, una élite egoísta que desprecia a la gran masa de personas entre las que viven, dispuesta a usar el poder del Estado para brutalizar a esas personas y mantenerlas en la servidumbre de pobreza. Al cerrar la colección con una transcripción de una charla a la Universidad Popular vinculada a Occupy Wall Street, el lector debería salir de la presumida complacencia de que estos sistemas de opresión existen solo en India: Roy ha expuesto una forma específicamente india que puede tomar, pero sus tentáculos de calamar vampiro se pueden encontrar en casi todas partes. A pesar de algunos momentos frustrantes, esta es una maravillosa colección de ensayos que sin duda realmente molesta al estado indio y sus seguidores; qué mejor razón para tomar nota.

En la India, los trescientos millones de personas que pertenecemos a las nuevas clases medias surgidas después de las «reformas» del Fondo Monetario Internacional (FMI) —el libre mercado— convivimos con los espíritus del inframundo, los poltergeists de los ríos muertos, los pozos secos, las montañas calvas y los bosques desnudos; con los fantasmas de los doscientos cincuenta mil campesinos que se suicidaron acosados por las deudas y de los ochocientos millones de personas que se han empobrecido y han sido desposeídas para hacernos sitio a nosotros. Y que sobreviven con menos de 20 rupias indias al día, es decir, unos 30 céntimos de euro.
La era de la Privatización de todo ha hecho que la economía de la India sea una de las de mayor crecimiento del mundo. Sin embargo, como con cualquier otra colonia a la antigua usanza, algunas de sus principales exportaciones son sus minerales. Las nuevas megacorporaciones de la India, Tata, Jindal, Essar, Reliance, Sterlite, son las que han conseguido alcanzar los primeros puestos junto a la espita que chorrea el dinero extraído de las entrañas de la tierra. Para los hombres de negocios, es como un sueño hecho realidad: poder vender algo por lo que no tienen que pagar.
La otra fuente principal de riqueza corporativa procede de sus reservas de tierra. Por todo el mundo, autoridades locales débiles y corruptas han ayudado a los brókeres de Wall Street, a las corporaciones de la industria agrícola y a billonarios chinos a hacerse con enormes extensiones de terreno. (Por supuesto, esto implica hacerse también con el agua). En la India, la tierra de millones de personas está siendo vendida o cedida a corporaciones privadas en nombre del «interés público» con el fin de usarla para zonas económicas especiales.
Cada nuevo escándalo de corrupción que se hace público en la India deja pálido al anterior. En el verano de 2011 surgió el escándalo del espectro 2G. Nos enteramos de que las corporaciones se habían hecho con 40 000 millones de dólares de dinero público colocando a un espíritu amigo como ministro de Comunicaciones e Información, que redujo enormemente el precio de las licencias para el espectro de telecomunicaciones 2G y las subastó de manera ilegal, de forma que se las quedaran sus compadres. Las conversaciones telefónicas grabadas que se filtraron a la prensa dejaban al descubierto cómo una red de industrialistas y sus empresas tapadera, ministros, periodistas en altos cargos y un presentador de televisión habían estado implicados en propiciar ese robo a plena luz del día.
La privatización y la venta ilegal de espectros de telecomunicaciones no conllevan la guerra, el desplazamiento de poblaciones y la devastación ecológica. Pero la privatización de las montañas, ríos, bosques y selvas de la India sí. Quizá porque no tiene la sencilla claridad de un escándalo de contabilidad hecho y derecho, o quizá porque todo se está llevando a cabo en nombre del «progreso» de la India, este tema no tiene el mismo impacto en la opinión de las clases medias.

Las fuerzas armadas tienen la experiencia suficiente para saber que el uso de la fuerza coercitiva no puede desarrollar por sí solo la ingeniería social que los planificadores de la India tienen en mente, ni manejarla. La guerra contra los pobres es una cosa. Pero para el resto de nosotros, la clase media, los trabajadores de cuello blanco, los intelectuales, los «creadores de opinión», tiene que haber un «manejo de la percepción». Y para esto debemos centrar nuestra atención en el exquisito arte de la filantropía corporativa.
Últimamente, los principales conglomerados mineros se han vuelto hacia las artes: el cine, las instalaciones y la avalancha de festivales literarios que han sustituido a la obsesión de los años noventa por los concursos de belleza.
La empresa Vedanta, que en la actualidad extrae bauxita del corazón de las tierras pertenecientes a la antigua tribu dongria kondh, patrocina un concurso cinematográfico llamado «Crear felicidad» para jóvenes estudiantes de cine, a los que ha encargado la creación de películas sobre el desarrollo sostenible. El lema de esta empresa es: «Extraer felicidad».
El Grupo Jindal publica una revista de arte contemporáneo y apoya a algunos de los principales artistas de la India (que por supuesto trabajan con acero inoxidable).

Entre las instituciones que han sido financiadas, han recibido capital inicial o reciben el apoyo de la Fundación Rockefeller, se encuentran la ONU, la CIA, el Consejo de Relaciones Internacionales (CFR, por sus siglas en inglés), el museo más extraordinario de Nueva York, el Museum of Modern Art, y por supuesto, el Rockefeller Center de Nueva York (donde hubo que destruir el mural de Diego Rivera porque maliciosamente mostraba a capitalistas disolutos y a un aguerrido Lenin. La libertad de expresión se había tomado el día libre).
Rockefeller fue el primer hombre en Estados Unidos cuya fortuna alcanzó los miles de millones y el hombre más rico del mundo. Era partidario de la abolición de la esclavitud, apoyaba a Abraham Lincoln y era abstemio. Creía que el dinero que poseía le había sido concedido por Dios, lo que debe de haber sido bastante agradable para él.
Aquí van algunos versos de uno de los primeros poemas de Pablo Neruda, titulado «Standard Oil Company»:
Sus obesos emperadores
viven en New York, son suaves
y sonrientes asesinos,
que compran seda, nylon, puros,
tiranuelos y dictadores.
Compran países, pueblos, mares,
policías, diputaciones,
lejanas comarcas en donde
los pobres guardan su maíz
como los avaros el oro:
la Standard Oil los despierta,
los uniforma, les designa
cuál es el hermano enemigo,
y el paraguayo hace su guerra
y el boliviano se deshace
con su ametralladora en la selva.
Un presidente asesinado
por una gota de petróleo,
una hipoteca de millones
de hectáreas, un fusilamiento
rápido en una mañana
mortal de luz, petrificada,
un nuevo campo de presos
subversivos, en Patagonia,
una traición, un tiroteo
bajo la luna petrolada,
un cambio sutil de ministros
en la capital, un rumor
como una marea de aceite,
y luego el zarpazo, y verás
cómo brillan, sobre las nubes,
sobre los mares, en tu casa,
las letras de la Standard Oil
iluminando sus dominios.

Dado que el Banco Mundial prácticamente dirige las políticas económicas del Tercer Mundo desde hace mucho, coaccionando y abriendo los mercados de un país tras otro a las finanzas globales, se podría decir que la filantropía corporativa ha resultado ser el negocio más visionario de todos los tiempos.
Las fundaciones financiadas a base de fondos corporativos administran, intercambian y canalizan su poder, colocando a sus piezas de ajedrez en el tablero mediante un sistema de clubs de élite y comités de expertos cuyos miembros se solapan y salen y entran por medio de un sistema de puertas giratorias. Contrariamente a las varias teorías conspirativas que circulan, en especial entre los grupos de izquierdas, no hay nada secreto, satánico o masónico en este sistema. No es muy distinto de la forma en que las corporaciones usan empresas pantalla y cuentas en paraísos fiscales para transferir y administrar su dinero, excepto que la divisa es poder, no dinero.
El equivalente transnacional del CFR es la Comisión Trilateral, instituida en 1973 por David Rockefeller, el antiguo asesor estadounidense de seguridad nacional Zbigniew Brzezinski (miembro fundador de los muyahidines afganos, antecesores de los Talibanes), el Chase Manhattan Bank y otras eminencias particulares. Su propósito era crear un vínculo duradero de amistad y cooperación entre las élites de Norteamérica, Europa y Japón.

Las fundaciones financiadas a base de donaciones corporativas son quienes más apoyan económicamente las ciencias sociales y las artes, financiando cursos y programas de becas en estudios sobre el desarrollo, sobre la comunidad, estudios culturales, ciencias del comportamiento y derechos humanos. Cuando las universidades estadounidenses abrieron sus puertas a alumnos de otros países, llegaron en tropel cientos de miles de estudiantes, hijos de las élites del Tercer Mundo. A quienes no podían permitirse pagar los costes se les concedieron becas. Hoy en día, en países como la India y Pakistán casi no hay ninguna familia entre las clases medias altas que no tenga algún hijo que ha estudiado en Estados Unidos.
A un siglo de su inicio, la filantropía corporativa representa una parte tan integral de nuestra vida como la Coca-Cola. Existen ya millones de organizaciones sin ánimo de lucro, muchas de ellas vinculadas a las fundaciones más grandes mediante un bizantino laberinto financiero. Entre todas, este sector «independiente» posee activos por valor de casi 450 000 millones de dólares. La mayor de todas es la Fundación Gates, con 21 mil millones, seguida por la Lilly Endowment (16 000 millones) y la Ford (15 000 millones).
A medida que el Fondo Monetario Internacional impuso ajustes estructurales y obligó a los Gobiernos a recortar el gasto público en sanidad, educación, cuidado infantil y desarrollo, las ONG fueron llegando a ocupar el terreno vacío.
La transformación de la idea de justicia en la industria de los derechos humanos ha sido un golpe conceptual en el que las ONG y las fundaciones han desempeñado un papel fundamental. El estrecho foco sobre los derechos humanos permite un análisis basado en atrocidades cometidas en el que se puede bloquear una visión más amplia, de forma que ambas partes de un conflicto —digamos, por ejemplo, los maoístas y el Gobierno indio, o el Ejército israelí y Hamas— pueden ser regañadas como Violadoras de Derechos Humanos. Así, el que las corporaciones mineras se estén apoderando de tierras y las continuadas anexiones de territorio palestino por parte del Estado de Israel se convierten en notas a pie de página que tienen muy poco peso en el discurso. Esto no quiere decir que los derechos humanos no tengan importancia. La tienen, pero no constituyen un prisma lo suficientemente preciso para observar, para comprender ni de lejos las enormes injusticias del mundo en que vivimos.
Otro golpe conceptual tiene que ver con la implicación de las fundaciones en el movimiento feminista. ¿Por qué la mayor parte de las organizaciones de mujeres y feministas «oficialistas» de la India mantiene una amplia distancia respecto a formaciones como, por ejemplo, la Krantikari Adivasi Mahila Sanghatan (la Organización Revolucionaria de Mujeres Adivasi, con 90 000 miembros), que lucha contra el patriarcado en sus propias comunidades y contra el desplazamiento que sufren en el bosque de Dandakaranya a manos de las empresas mineras? ¿Por qué será que el desplazamiento y expulsión de millones de mujeres de tierras que eran suyas y en las que trabajaban no se considera un tema feminista?…

Esta terrible crisis se ha forjado en el fracaso integral de la democracia representativa de la India, en la que las cámaras legislativas están compuestas por políticos delincuentes y millonarios que han dejado de representar a su gente. Estamos hablando de una democracia en la que no existe una sola institución democrática que sea accesible a la gente normal. No se dejen engañar por el ondear de banderas. Estamos asistiendo a la desmembración de la India en una guerra de protectorados que es tan letal como cualquiera de las batallas de los señores de la guerra de Afganistán, solo que hay mucho más en juego, mucho más.

Esta terrible crisis se ha forjado en el fracaso integral de la democracia representativa de la India, en la que las cámaras legislativas están compuestas por políticos delincuentes y millonarios que han dejado de representar a su gente. Estamos hablando de una democracia en la que no existe una sola institución democrática que sea accesible a la gente normal. No se dejen engañar por el ondear de banderas. Estamos asistiendo a la desmembración de la India en una guerra de protectorados que es tan letal como cualquiera de las batallas de los señores de la guerra de Afganistán, solo que hay mucho más en juego, mucho más.

Que Obama decida cambiar su postura sobre Cachemira una vez más depende de varios factores: cómo evolucione la guerra en Afganistán, cuánta ayuda necesite Estados Unidos de Pakistán y si el Gobierno de la India se va de compras este invierno a adquirir aviones de combate. (Un pedido de diez Boeing C-17 Globemaster III, por valor de 5,8 mil millones de dólares, entre otros enormes contratos que están en proyecto, podría asegurar el silencio del presidente estadounidense). Pero es probable que ni el silencio de Obama ni su intervención hagan que la gente de Cachemira suelte las piedras de las manos.
Los nacionalistas indios y el Gobierno parecen pensar que pueden fortalecer su idea de una India resurgente a base de una combinación de acoso y aviones Boeing.
La guerra en Cachemira se presenta al mundo como una batalla entre una democracia laica e inclusiva y los islamistas radicales. ¿Qué deberíamos pensar entonces del hecho de que el mufti Bashiruddin, llamado el gran mufti de Cachemira (por cierto, un cargo fantasma) —que ha pronunciado los discursos más abominables incitando al odio y ha emitido una fetua tras otra con la intención de presentar a Cachemira como una demoníaca sociedad monolíticamente wahabí— sea en realidad un clérigo nombrado por el Gobierno? Se detiene a los chavales que hablan por Facebook, pero nunca al Gran Mufti. ¿Qué deberíamos pensar del hecho de que el Gobierno indio mire hacia otro lado cuando dinero de Arabia Saudí (ese socio inalterable de Estados Unidos) está llegando a raudales a las madrazas de Cachemira? ¿En qué difiere esto de lo que hizo la CIA en Afganistán hace tantos años? Aquella triste historia creó a Osama Bin Laden, Al-Qaeda y a los talibanes. Ha diezmado Afganistán y Pakistán. ¿Qué pesadilla va a desencadenar esto?
El balón de fútbol político de toda la vida no va a ser tan fácil de controlar. Y además es radioactivo. Hace pocos días, Pakistán probó un misil nuclear táctico de corto alcance con el fin de protegerse contra amenazas de «escenarios cambiantes». Hace dos semanas, la policía de Cachemira hizo públicas unas «recomendaciones de supervivencia» para una guerra nuclear. Aparte de aconsejar a la gente que construyera sótanos a prueba de bombas equipados con baño y con capacidad para acoger a toda su familia durante dos semanas, comentaba: «Durante un ataque nuclear, los conductores deberían salir a toda prisa de sus coches y correr hacia la explosión con el fin de evitar ser aplastados por sus vehículos, que al momento empezarán a dar vueltas de campana». Y advertía a todo el mundo de que cabía «esperar cierta desorientación inicial, pues la onda expansiva de la explosión puede derribar y hacer desaparecer muchos rasgos prominentes que nos resultaban familiares».

Desde la Gran Depresión, la fabricación de armas y la exportación de la guerra han sido métodos clave a través de los cuales Estados Unidos ha estimulado su economía. Hace poco, bajo el mandato del presidente Obama, Estados Unidos firmó un acuerdo de armamento con Arabia Saudí por valor de 60 000 millones de dólares. Estados Unidos espera vender miles de proyectiles antibúnker a los Emiratos Árabes Unidos. Ha vendido aviones de combate por valor de 5.000 millones de dólares a mi país, la India; mi país, que tiene más gente pobre que todos los países más pobres de África juntos. Todas esas guerras, desde los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki a Vietnam, Corea y América Latina, se han cobrado millones de vidas, y todas se hicieron para proteger el American way of life.
Hoy ya sabemos que el American Way of Life, el modelo al que el resto del mundo se supone que debe aspirar, ha resultado en que 400 personas posean la fortuna de la mitad de la población de Estados Unidos. Ha tenido como resultado que a miles de personas se les haya expulsado de sus hogares y de sus empleos mientras el Gobierno rescataba a bancos y corporaciones; solo la America International Group (AIG) recibió 182.000 millones de dólares.
El Gobierno de la India adora la política económica de Estados Unidos. Como resultado de veinte años de economía de libre mercado, hoy día 100 de las personas más ricas poseen activos por valor de un cuarto del producto nacional bruto, en tanto que el 80 por ciento de la población vive con menos de medio dólar al día. 250.000 campesinos abocados a una espiral de muerte se han suicidado. A esto lo llamamos progreso y nos consideramos una superpotencia.

Aquí van algunas ideas —algunos pensamientos «pre-revolucionarios» que se me han ocurrido— para que las pensemos juntos.
Queremos acabar con este sistema que produce desigualdad.
Queremos acabar con la acumulación desaforada de riqueza y propiedades por parte de individuos al igual que de corporaciones.
Como acabadoras de este sistema, exigimos:
– Uno: el final de la propiedad cruzada en el mundo de los negocios. Por ejemplo, los fabricantes de armas no pueden poseer cadenas de televisión, las corporaciones mineras no pueden ser dueñas de periódicos, las empresas no pueden financiar universidades, las farmacéuticas no pueden controlar los fondos públicos de salud.
– Dos: los recursos naturales y las infraestructuras esenciales, es decir, la provisión de agua y electricidad, la sanidad y la educación, no pueden ser privatizados.
– Tres: todo el mundo debe tener derecho a vivienda, educación y atención sanitaria.
– Cuatro: los hijos de los ricos no pueden heredar la fortuna de sus padres.
Esta lucha ha despertado nuestra imaginación. En algún momento del proceso, el capitalismo redujo el concepto de justicia para que significara solo «derechos humanos», y la idea de soñar con la igualdad se convirtió en una blasfemia. No estamos luchando para juguetear con la reforma de un sistema que debe ser sustituido por otro.

Una de las responsabilidades
de los artistas en general, y del escritor
en particular, es cuestionarlo todo».
Arundhati Roy

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Arundhati Roy is a fine essayist, and in this collection of work exploring the underbelly of India’s entry to global power status, its ‘gush up’ economic model and its brutal war in Kashmir she conjures up images and evokes the crimes of the new world order in the ‘world’s largest democracy’ to great effect. In doing so, she walks a fine line between presenting contemporary, voraciously capitalist India with its huge inequalities of wealth, its brutal suppression of dissent and its self-aggrandising élite as ludicrous and a blight on humanity. The chilling thing about almost all of the case that runs through the collection is that every piece was written before Modi and the BJP took power as a populist, ultra nationalist, narrowly communalist party of the right.
Close to a half the book (there are only 96 pages, plus end notes) is taken up with the title essay, which frames the growth of India’s major corporations and their enormous concentration of wealth in a small number of hands in the history of New World capitalism – the growth of US major corporation in the late 19th century – and then the role of those robber baron families in the support for a global system that sustains a neo-liberal, US-centric world – the Ford, Rockefeller and Carnegie Foundations. It is a compelling case based in the maintenance of a global system that favours the wealth of the few and the debt of the many, and parallels in many ways Phillip Mirowski’s fabulous Never Let a Serious Crisis Go To Waste , acting almost as a localised case study of the neo-liberal movement he exposes. Elsewhere, she investigates the extent to which anti-corruption campaigns become critiques of the state that facilitate privatisation. There may not be much economics here, but there is an impressive amount of political economy.
Alongside that, the other strand is an analysis is the Indian state’s on-going was against the poor, the tribal peoples collectively (the Adivasi) and in Kashmir. These accounts are grim and harrowing, and fit with her earlier work on anti-dam campaigns and work for justice for the poor in a system that maintains their down-trodden status. We see the way that any form of rural resistance to corporate greed is repackaged as Maoist ‘terrorism’, how Kashmir is militarised but that this cannot suppress the wilful resistance and kindness of the people and how any attempt to provide an independent voice for these peoples is stamped out. Within this group of much shorter essays there are two that consider the fate of men charged with master-minding the 2001 attack on the Indian Parliament; this is a tale of judicial corruption (it would be too polite to call it ineptitude), manipulation of legal system by the state and its lackeys in the police force and also by a media complex that is interwoven with the régime of power. The upshot was the execution of a man for whom there was no clear evidence of his involvement, except that he had former involvement in Kashmiri radical politics.
Running through all of these pieces is a sense of a state that serves only the interests of its élite (which is what states do) but that does so in a way that denies basic principles of equality and inclusion that is the professed basis of liberal (bourgeois) democracies. Therein lies the major problem with the collection; the sense that runs through it. This is a collection of independent essays; each in itself elegantly crafted and evocative of a sense, of a place, of a politics, of an emotion but barely held together.
This is a minor problem over all: the essays convey a sense of oppression, a self-serving élite contemptuous of the vast mass of the people amongst whom they live, willing to use state power to brutalise those people and keep them in the servitude of poverty. In closing the collection with a transcript of a talk to the People’s University linked to Occupy Wall Street reader should be dragged out of a smug complacency that these systems of oppression exist only in India: Roy has exposed a specifically Indian form it may take, but its vampire squid tentacles may be found most everywhere else. Despite some frustrating moments, this is a wonderful collection of essays that no doubt really annoys the Indian state and its hangers on – what better reason to take notice.

In India, the three hundred million people who belong to the new middle classes that emerged after the «reforms» of the International Monetary Fund (IMF) – the free market – live with the spirits of the underworld, the poltergeists of the dead rivers, the dry wells, bald mountains and bare forests; with the ghosts of the 250,000 peasants who committed suicide beset by debt and the 800 million people who have become impoverished and dispossessed to make room for us. And who survive on less than 20 Indian rupees a day, that is, about 30 euro cents.
The era of Privatization of Everything has made India’s economy one of the fastest growing in the world. However, as with any other old-fashioned colony, some of its main exports are its minerals. India’s new mega-corporations, Tata, Jindal, Essar, Reliance, Sterlite, are the ones that have managed to reach the top positions next to the spigot that drips the money extracted from the bowels of the earth. For businessmen, it is like a dream come true: to be able to sell something for which they do not have to pay.
The other main source of corporate wealth comes from its land reserves. Around the world, weak and corrupt local authorities have helped Wall Street brokers, agricultural industry corporations and Chinese billionaires seize huge tracts of land. (Of course, this means getting hold of the water as well.) In India, the land of millions of people is being sold or transferred to private corporations in the name of the «public interest» in order to use it for special economic zones.
Every new corruption scandal that goes public in India leaves the previous one pale. In the summer of 2011, the 2G spectrum scandal emerged. We learned that corporations had seized $ 40 billion of public money by placing a friendly spirit as Minister of Communications and Information, who greatly reduced the price of 2G telecom spectrum licenses and illegally auctioned them , so that their compadres will keep them. The recorded telephone conversations that were leaked to the press revealed how a network of industrialists and their front companies, ministers, journalists in high positions and a television presenter had been implicated in causing this robbery in broad daylight.
Privatization and illegal sale of telecommunications spectrum does not lead to war, population displacement, and ecological devastation. But the privatization of the mountains, rivers, forests and jungles of India does. Perhaps because it does not have the simple clarity of a full-fledged accounting scandal, or perhaps because everything is being carried out in the name of «progress» in India, this issue does not have the same impact on the opinion of the middle classes.

The armed forces are experienced enough to know that the use of coercive force alone cannot develop and handle the social engineering that Indian planners have in mind. The war against the poor is one thing. But for the rest of us, the middle class, the white-collar workers, the intellectuals, the ‘opinion makers’, there has to be ‘perception management’. And for this we must focus our attention on the exquisite art of corporate philanthropy.
Lately, the major mining conglomerates have turned to the arts: cinema, installations and the flood of literary festivals that have replaced the 1990s obsession with beauty pageants.
Currently mining bauxite from the heartlands of the ancient Dongria Kondh tribe, Vedanta Company sponsors a film competition called «Create Happiness» for young film students, who have been commissioned to create development films. sustainable. The motto of this company is: «Extract happiness».
The Jindal Group publishes a contemporary art magazine and supports some of India’s leading artists (who of course work with stainless steel).

Among the institutions that have been funded, have received seed money or are supported by the Rockefeller Foundation, are the UN, the CIA, the Council on International Relations (CFR, for its acronym in English), the most extraordinary museum in New York, the Museum of Modern Art, and of course, New York’s Rockefeller Center (where Diego Rivera’s mural had to be destroyed because it maliciously depicted dissolute capitalists and a fierce Lenin. Freedom of expression had taken the day off).
Rockefeller was the first man in America whose fortune reached the billions and the richest man in the world. He was a supporter of the abolition of slavery, supported Abraham Lincoln and was a teetotaler. He believed that the money he owned had been given to him by God, which must have been quite nice to him.
Here are some verses from one of Pablo Neruda’s first poems, entitled «Standard Oil Company»:
Their obese emperors
They live in New York, they are soft
and smiling assassins,
who buy silk, nylon, cigars,
tyrants and dictators.
They buy countries, peoples, seas,
policemen, councils,
distant regions where
the poor keep their corn
like the greedy gold:
Standard Oil wakes them up,
uniforms them, designates them
what is the enemy brother,
and the Paraguayan makes his war
and the bolivian unravels
with his machine gun in the jungle.
An assassinated president
for a drop of oil,
a mortgage of millions
hectares, a firing squad
quick in a morning
mortal of light, petrified,
a new prison camp
subversives, in Patagonia,
a betrayal, a shooting
under the oil moon,
a subtle change of ministers
in the capital, a rumor
like a tide of oil,
and then the claw, and you will see
how they shine, above the clouds,
over the seas, in your home,
the letters of the Standard Oil
illuminating their domains.

Given that the World Bank practically directs Third World economic policies for a long time, coercing and opening the markets of one country after another to global finance, it could be argued that corporate philanthropy has turned out to be the most visionary business of all time. .
Foundations financed by corporate funds manage, exchange and channel their power, putting their chess pieces on the board through a system of elite clubs and committees of experts whose members overlap and leave and enter through a system of revolving doors. Contrary to the various conspiracy theories circulating, especially among left-wing groups, there is nothing secret, satanic or Masonic in this system. It’s not much different from the way corporations use shell companies and offshore accounts to transfer and manage their money, except that currency is power, not money.
The transnational equivalent of the CFR is the Trilateral Commission, established in 1973 by David Rockefeller, the former US national security adviser Zbigniew Brzezinski (a founding member of the Afghan mujahideen, forerunners of the Taliban), the Chase Manhattan Bank, and other prominent individuals. Its purpose was to create a lasting bond of friendship and cooperation between the elites of North America, Europe and Japan.

Foundations funded by corporate donations are the major financial supporters of the social sciences and the arts, funding courses and scholarship programs in development studies, community studies, cultural studies, behavioral science, and human rights. When American universities opened their doors to students from other countries, hundreds of thousands of students, children of Third World elites, came in droves. Those who could not afford to pay the costs were awarded scholarships. Today, in countries like India and Pakistan, there is hardly any family among the upper middle classes that does not have a child who has studied in the United States.
A century after its inception, corporate philanthropy is as much a part of our lives as Coca-Cola. There are already millions of non-profit organizations, many of them linked to the largest foundations through a Byzantine financial maze. Together, this «independent» sector has assets of almost $ 450 billion. The largest of all is the Gates Foundation, with $ 21 billion, followed by the Lilly Endowment ($ 16 billion) and Ford ($ 15 billion).
As the International Monetary Fund imposed structural adjustments and forced governments to cut public spending on health, education, childcare and development, NGOs gradually came to fill the empty space.
The transformation of the idea of justice in the human rights industry has been a conceptual blow in which NGOs and foundations have played a fundamental role. The narrow focus on human rights allows an analysis based on atrocities committed in which a broader view can be blocked, so that both parties to a conflict – say, for example, the Maoists and the Indian Government, or the Israeli Army and Hamas – can be scolded as Human Rights Violators. Thus, the fact that mining corporations are seizing land and the continued annexations of Palestinian territory by the State of Israel become footnotes that carry very little weight in the discourse. This is not to say that human rights are unimportant. They do, but they do not constitute a sufficiently precise prism to observe, to understand by far the enormous injustices of the world in which we live.
Another conceptual blow has to do with the involvement of foundations in the feminist movement. Why do most of the ‘official’ feminist and women’s organizations in India maintain a wide distance from formations such as the Krantikari Adivasi Mahila Sanghatan (the Adivasi Women’s Revolutionary Organization, 90,000 members), fighting against patriarchy in their own communities and against displacement in the Dandakaranya forest at the hands of mining companies? Why is it that the displacement and expulsion of millions of women from lands that were theirs and on which they worked is not considered a feminist issue? …

This terrible crisis has been forged in the complete failure of the representative democracy of India, in which the legislative chambers are made up of rogue politicians and millionaires who have stopped representing their people. We are talking about a democracy in which there is no single democratic institution that is accessible to normal people. Don’t be fooled by the waving of flags. We are witnessing the dismemberment of India in a war of protectorates that is as lethal as any of the battles of the warlords of Afghanistan, only there is much more at stake, much more.

This terrible crisis has been forged in the complete failure of the representative democracy of India, in which the legislative chambers are made up of rogue politicians and millionaires who have stopped representing their people. We are talking about a democracy in which there is no single democratic institution that is accessible to normal people. Don’t be fooled by the waving of flags. We are witnessing the dismemberment of India in a war of protectorates that is as lethal as any of the battles of the warlords of Afghanistan, only there is much more at stake, much more.

Whether Obama decides to change his stance on Kashmir once again depends on several factors: how the war in Afghanistan unfolds, how much help the United States needs from Pakistan, and whether the Indian government is going shopping this winter for fighter jets. (An order for ten Boeing C-17 Globemaster IIIs, worth $ 5.8 billion, among other huge contracts that are in the pipeline, could ensure the silence of the US president.) But neither Obama’s silence nor his intervention is likely to cause the people of Kashmir to drop the rocks.
Indian nationalists and the government seem to think they can strengthen their idea of a resurgent India with a combination of harassment and Boeing planes.
The war in Kashmir is presented to the world as a battle between a secular and inclusive democracy and radical Islamists. What then should we make of the fact that the Mufti Bashiruddin, called the Grand Mufti of Kashmir (by the way, a phantom office) – who has made the most abominable speeches inciting hatred and has issued one fatwa after another with the intention of presenting to Kashmir as a demonic monolithically Wahhabi society – is it actually a government-appointed clergyman? Kids talking on Facebook are arrested, but never the Grand Mufti. What should we make of the fact that the Indian government looks the other way when money from Saudi Arabia (that unchanging partner of the United States) is pouring into the madrasahs of Kashmir? How is this different from what the CIA did in Afghanistan so many years ago? That sad story created Osama Bin Laden, Al-Qaeda and the Taliban. It has decimated Afghanistan and Pakistan. What nightmare is this going to trigger?
The political soccer ball of a lifetime is not going to be so easy to control. And it is also radioactive. A few days ago, Pakistan tested a short-range tactical nuclear missile in order to protect itself against threats from «changing scenarios.» Two weeks ago, the Kashmir police issued «survival tips» for nuclear war. Aside from advising people to build bomb-proof basements equipped with bathrooms and capable of accommodating their entire family for two weeks, he commented: ‘During a nuclear attack, drivers should rush out of their cars and rush to the explosion in order to avoid being crushed by their vehicles, which at the moment will begin to spin. And he warned everyone that «some initial disorientation could be expected, as the blast wave from the explosion can knock down and obliterate many prominent features that were familiar to us».

Since the Great Depression, the manufacture of arms and the export of war have been key methods through which the United States has stimulated its economy. Recently, under President Obama, the United States signed an arms deal with Saudi Arabia worth $ 60 billion. The United States hopes to sell thousands of bunker shells to the United Arab Emirates. It has sold $ 5 billion worth of fighter jets to my country, India; my country, which has more poor people than all the poorest countries in Africa combined. All of those wars, from the bombings on Hiroshima and Nagasaki to Vietnam, Korea and Latin America, have claimed millions of lives, and they were all done to protect the American way of life.
Today we know that the American Way of Life, the model the rest of the world is supposed to aspire to, has resulted in 400 people owning the fortune of half the population of the United States. It has resulted in thousands of people being driven from their homes and jobs while the government bailed out banks and corporations; the America International Group (AIG) alone received $ 182 billion.
The Government of India loves the economic policy of the United States. As a result of twenty years of free market economy, today 100 of the richest people own assets worth a quarter of the gross national product, while 80 percent of the population lives on less than half a dollar a day. 250,000 peasants heading for a death spiral have committed suicide. We call this progress and we consider ourselves a superpower.

Here are some ideas – some «pre-revolutionary» thoughts that have occurred to me – for us to think about together.
We want to end this system that produces inequality.
We want to end the unbridled accumulation of wealth and property by individuals as well as corporations.
As finishers of this system, we require:
– One: the end of cross-ownership in the business world. For example, arms manufacturers cannot own television networks, mining corporations cannot own newspapers, companies cannot finance universities, pharmaceutical companies cannot control public health funds.
– Two: natural resources and essential infrastructure, that is, the provision of water and electricity, health and education, cannot be privatized.
– Three: everyone should have the right to housing, education and health care.
– Four: the children of the rich cannot inherit their parents’ fortune.
This fight has sparked our imaginations. At some point in the process, capitalism reduced the concept of justice to mean only «human rights,» and the idea of dreaming of equality became blasphemous. We are not fighting to tinker with the reform of one system that must be replaced by another.

One of the responsibilities
of artists in general, and of the writer
in particular, it is questioning everything.
Arundhati Roy

5 pensamientos en “Espectros Del Capitalismo — Arundhati Roy / Capitalism: A Ghost Story by Arundhati Roy

  1. Wow David, you know whole lot more about Indian politics than me. Very impressive indeed. Much of what you highlighted I believe is sadly true and some I myself am unsure about. There are parts are such that I’d rather not delve into because politics really isn’t something I comprehend too well. An impressive post indeed.

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