Gente Casi Perfecta. El Mito De La Utopía Escandinava — Michael Booth / The Almost Nearly Perfect People: Behind the Myth of the Scandinavian Utopia by Michael Booth

El libro es muy interesante y se hace muy divertido de leer debido al peculiar humor del escritor. Con su punto de vista nos habla de su experiencia conociendo estos países que a todos nos llama la atención de algún modo, poniendo sobre la mesa lo bueno y lo malo.
Simplemente sorprendido por la amplitud y profundidad del conocimiento del autor de cada uno de estos países tan diversos: logró excavar bajo la propaganda y el giro (a menudo muy orquestado y cuidadosamente controlado), y descubrir mucho más de la experiencia “real” de vivir en estas tierras oscuras ya menudo inhóspitas.
Algunas cosas pequeñas me molestaron sobre el libro. En primer lugar, ciertamente tengo la sensación de que la familiaridad ha generado desprecio, por lo que la mayoría de la desaprobación de Booth está dirigida específicamente a los daneses. Si visitas Dinamarca para experimentar el estilo de vida mucho más relajado del país, mejores modales, una comida muy superior y una arquitectura más bonita que la de Estocolmo, gran parte de los comentarios de púas dirigidos exclusivamente a sus compañeros daneses parecían ideados y, a veces, limitaban a las uvas agrias.
En una vena similar, Booth a menudo se refiere a las “reformas” implementadas en el sistema de bienestar sueco, comparándolas favorablemente con lo que parece considerar el derroche público danés. Pero no ve más allá del giro neoliberal y ve que el sistema de salud sueco semiprivatizado se está desmoronando, las Escuelas Libres están drenando enormes cantidades de dinero público a manos privadas mientras realizan abismalmente, incluso hemos visto el espectáculo de pesadilla de los enfermos la gente muere literalmente mientras pide al servicio de emergencia (privatizado) que envíe una ambulancia (privatizada), y en general los principales ganadores de los cambios han sido un pequeño grupo de compañías y personas, mientras que la carga fiscal general sobre la gran mayoría no ha sido suficiente. Cambió significativamente, a cambio de resultados mucho peores.
En cualquier caso, en general me gustó la mirada perceptiva de Booth en la sociedad escandinava, y disfruté especialmente de los capítulos suecos. Como parte de la clase media británica que se autodecina (las ciudades, las costumbres y las instituciones británicas corren por sí solas, como un hábito arraigado), es una sorpresa que los suecos estén totalmente convencidos de la abrumadora superioridad de – Bueno, básicamente todo es sueco. Se considera que esto es cierto incluso cuando la evidencia muestra lo contrario. Entonces, si está dispuesto a apretar los dientes y aceptar conferencias frecuentes sobre esa base (y se le ve que cuestiona ligeramente esta tesis causará un resentimiento y un mal presentimiento apenas ocultos, casi la única vez que verá un sueco visiblemente molesto). Los otros aspectos positivos de la sociedad escandinava (consenso, buena ética de trabajo, conflicto mínimo, vida civilizada aunque aburrida de la ciudad) se combinarán para brindarle una existencia escandinava bastante agradable, contenta, pero en su mayoría poco interesante. El libro de Booth constituye una herramienta útil y divertida. cebador.

Los países nórdicos conforman cinco países ubicados en el norte de Europa: Dinamarca, Finlandia, Suecia, Noruega e Islandia. Como postula el autor Michael Booth, a pesar del hecho de que estos países a menudo se encuentran entre los más altos del mundo en términos de calidad de vida (con Dinamarca casi siempre se considera el país “más feliz” del mundo), la mayoría de la gente sabe poco sobre ellos o qué diferencia hay ellos. En su casa de Dinamarca, por ejemplo, dice que la gente puede discutir los asuntos de otros países, pero duda que cualquiera en el Congreso de los Estados Unidos pueda nombrar al Ministro de Asuntos Exteriores de Dinamarca. O desafía al lector a nombrar a alguien, a cualquiera, de Finlandia. En este libro, él viaja por estos cinco países, explorando sus curiosidades culturales, y tratando de aprender un poco sobre lo que los hace funcionar.
Uno de los puntos más importantes de este libro es que explora las diferentes culturas de estos países a través de sus propios ojos y escribe como tal. Debido a esto, la escritura a menudo puede ser bastante graciosa. Booth comparte algunos chistes alegres que los residentes de un país tienen a expensas de otros. O su incómoda experiencia de visitar una sauna finlandesa por primera vez. Pero, aparte del humor, se percibe el orgullo que muchas personas sienten en sus países. Un ejemplo memorable son las celebraciones del Día de la Constitución que tienen lugar el 17 de mayo en Noruega, donde las personas se visten de maneras que invocan una imagen romántica del pasado. Booth nota cómo los inmigrantes en Noruega, a pesar de tener poca o ninguna conexión con esta historia, la abrazan con entusiasmo.
Los asuntos más serios también son importantes. Booth dedica algo de tiempo a observar el terrorífico ataque terrorista del extremo derecho noruego Anders Behring Breivik en 2011 y el efecto que tuvo en el país. Sorprendentemente, tan terrible como fue el ataque, no hubo muchos cambios permanentes. No se implementó una nueva seguridad y la vida continuó. Booth también explora algunos de los aspectos de los famosos estados de bienestar de los países nórdicos y cómo funciona. He encontrado la sección sobre Suecia en este sentido más interesante. En Suecia, Booth ve un sistema al que se refiere como “totalitarismo benigno” donde el gobierno sueco interviene fuertemente en la vida de sus ciudadanos, incluso interfiriendo en la crianza de los hijos. Existe un debate si esto solo crea demasiada dependencia del estado y ahoga al individuo o si lo libera de las preocupaciones, lo que le permite volverse verdaderamente individualista.
Uno de los objetivos de este libro, como lo indica el título, es mirar más allá de la imagen utópica que estos países han tenido en algún momento. No están sin problemas. Esto fue especialmente evidente en Islandia, donde los años de mala gestión económica culminaron en una grave crisis financiera a finales de la década de 2000. También se pregunta si el sistema actual de bienestar es sostenible a largo plazo sin cambios. Dinamarca y Suecia ya tienen un sistema tributario que la mayoría de los estadounidenses, por ejemplo, consideraría absolutamente absurdo. Todos estos países también enfrentan la situación, como muchos otros países también están experimentando, de una población que envejece. En su propia casa de Dinamarca, también señala problemas en educación, salud y una fuerza laboral cada vez más perezosa.
Aunque la mayor parte de este libro es bastante interesante, encuentro que a veces la propia opinión de Booth se presenta demasiado como un hecho. Claro, esto está bien al mirar los aspectos culturales. No tiene miedo de expresar su propia opinión de lo que es grande y lo que encuentra es bastante odioso. Sin embargo, parece que a veces intenta hacer agujeros en las cosas que aprendió de las entrevistas con expertos. Muchas veces en este libro habla con personas relacionadas con universidades y otros profesionales similares. Seguramente hay ideas que valen algo. También lanza críticas de cosas como partidos políticos de derecha y personas con las que parece no estar de acuerdo.
Aprender sobre los países nórdicos es especialmente prudente hoy. Por ejemplo, en su campaña para presidente de los Estados Unidos, Bernie Sanders a menudo ha adoptado el llamado “Modelo Nórdico” como algo que Estados Unidos debería emular. Ciertamente, hay cosas interesantes que aprender sobre lo que ha funcionado y lo que no de estos países. Aún así, además del contenido serio, este es un vistazo entretenido a cinco países europeos y lo recomendaría a aquellos que deseen aprender un poco sobre el mundo que los rodea.

Lo que hace que esta obsesión que existe actualmente por lo nórdico sea tan inverosímil es que durante el siglo XX las influencias culturales populares tendieron a fluir sobre todo en dirección opuesta. Si te relacionas con hombres escandinavos de una cierta edad, por ejemplo, es casi seguro que la conversación en algún momento gire en torno a diferentes escenas de los Monty Python. Las mujeres, mientras tanto, compartirán recuerdos con ojos llorosos del elenco masculino de Retorno a Brideshead o del tiempo pasado en Londres trabajando como au pairs. Todos estarán familiarizados con Arriba y abajo, Trevor Eve y Not the Nine O’Clock News, y creerán firmemente que Keeping Up Appearances es un documental sobre la vida inglesa.
Varias personas —incluidos algunos daneses y, en particular, muchos suecos— se mostraron verdaderamente desconcertados ante la idea de despertar el más mínimo interés en alguien fuera de Escandinavia. «¿Por qué crees que la gente querrá saber de nosotros?», preguntaban. «¿Qué es lo que pueden esperar?». «Somos todos muy aburridos y tiesos». «Seguro que en el mundo hay gente más interesante sobre la que escribir. ¿Por qué no vas al sur de Europa?». Al parecer, los escandinavos tienden a verse a sí mismos un poco como lo hacemos nosotros, es decir, asépticos contenedores de reciclaje: funcionales y nobles, pero rebosantes de una insulsez infatigable que suele desalentar otras indagaciones más profundas. Industriosos, confiables y políticamente correctos, los escandinavos son los notarios de la fiesta, cinco países que disfrutan de Gobiernos locales liberal-demócratas, trabajadores sociales prestos a apuntar con su dedo acusador y cenizos sin sentido del humor.

Los primeros cinco minutos después de haber conocido a un danés, este por lo general te espetará algo como: «Esto no es más que una pequeña tierra. Solo somos algo más de cinco millones de personas, y la verdad es que todos nos parecemos bastante». Seguramente añadirán que en su país no hay montañas ni cascadas, y que es posible cruzarlo en coche de arriba abajo en cuatro horas. Pero, al cabo de un tiempo —que puede ir desde los cinco minutos a un año, dependiendo del danés en cuestión—, comenzarás a detectar el firme orgullo que late por debajo de la humildad superficial del «vaya…, muchas gracias». Será entonces cuando mencionen como si nada su industria de turbinas eólicas líder en el mundo, la ausencia de pobreza en Dinamarca, sus sistemas gratuitos de educación y sanidad y las generosas prestaciones sociales. Te contarán que son las personas más de fiar e igualitarias del mundo, el hecho de que el mejor restaurante del mundo es danés y, sí, es probable que también surja el tema de los vikingos.
Los daneses parecen tener una facilidad totalmente fuera de lo común para entenderse unos con otros independientemente de la edad, la clase social o la actitud. La igualdad es algo que aprenden enseguida.
Por desgracia, la puntuación de los daneses en términos de salud es particularmente mala. Según un estudio reciente de la Fundación Mundial de la Investigación contra el Cáncer, tienen las mayores tasas de cáncer del mundo (326 casos por cada 100.000 personas, comparados con los 260 del Reino Unido, que ocupa el decimosegundo puesto). También tienen el promedio de vida más bajo de todos los países nórdicos y los mayores niveles de consumo de alcohol, por delante incluso de los célebres borrachines finlandeses.
—Sí, las estadísticas sanitarias danesas dejan bastante que desear…, lo cierto es que desconciertan a casi todo el mundo —añadió riéndose el profesor Wilkinson—. Mucha gente sugiere que son los altos niveles de tabaquismo los que ocasionan esto. Hay un abismo enorme entre estos estudios relativos a la felicidad y la auténtica salud.

Ahora mismo veo un gran problema en Dinamarca. Estamos en medio de un proceso histórico. Podemos pasar del tradicional estado de bienestar igualitario nórdico a uno francés o alemán más continental basado en una sociedad de dos niveles: aquellos que trabajan y aquellos que se encuentran fuera del mercado laboral. [La derecha] no ve ningún problema en el modelo continental, con la desigualdad que trae aparejada, pero yo sí. Me preocupa enormemente que el modelo tradicional se hunda, como en Gran Bretaña, porque eso planteará problemas para el capital social y la confianza, y provocará un aumento de la criminalidad, entre otras cosas. Desaparecerán nuestras ventajas comparativas en esas áreas, y la única manera de ganar a Alemania es teniendo una sociedad más igualitaria.
No obstante, Dinamarca realmente ya no es la sociedad sin clases que Pedersen y otras figuras de izquierda afirman que es. La proporción de la población danesa que se considera que está por debajo de la línea de pobreza casi se ha duplicado, del 4 por ciento al 7,5 por ciento, en los últimos diez años. La élite cada vez se concentra más en reductos residenciales, la mayoría de los cuales se encuentran en Copenhague y alrededores.
Dinamarca no está sola en esto. Finlandia se enfrenta a desafíos similares, y la migración urbana es quizá más acusada en Suecia, donde en la actualidad casi el 40 por ciento de la población vive en las tres principales ciudades: Gotemburgo, Malmö y Estocolmo. Hoy en día, grandes áreas del norte de Suecia están despobladas, abandonadas y en gran medida desprovistas de toda presencia ciudadana. Hay dos razones para ello: en primer lugar, Suecia es un país cuya densidad de población es mucho menor (dispone de una masa territorial diez veces superior a la danesa, pero de menos del doble de población) y, en segundo lugar, en los últimos cien años el impulso industrial ha tenido mucha más fuerza en Suecia. La única que parece registrar una tendencia a la inversa es Noruega; su colosal riqueza petrolífera y una larga tradición de descentralización de Oslo —el derecho a recibir una variedad de servicios independientemente de dónde vivas en el país está bendecido por la ley— han ayudado a mantener las provincias noruegas relativamente bien pobladas y con una infraestructura razonable.
La estadística que define a Dinamarca ha de ser su tasa impositiva. Los daneses tienen los impuestos más altos del mundo, tanto directos como indirectos. Son los que más pagan por los productos en las tiendas (42 por ciento más que la media europea, en algunos casos más incluso que los noruegos), por los coches, por la comida en los restaurantes (hasta un 150 por ciento más), y todo ello debido a los impuestos. En Dinamarca, los libros son artículos de lujo.
Si tienes una casa en propiedad, lo normal es que digas adiós con la manita a alrededor de un 5 por ciento de lo que te quede en concepto de impuestos inmobiliarios. Según un informe reciente de Deloitte, si se tienen en cuenta los costes crediticios, el canon del agua, la calefacción, las reformas, etc., por el hecho de poseer un hogar los daneses pagan un 70 por ciento más que la media europea. Y, si utilizan electricidad, el Gobierno añade un 76,5 por ciento a la factura.
Si te compras un coche nuevo, calcula que deberás añadir un 180 por ciento al importe de compra. Los impuestos sobre la gasolina (75 por ciento) y de circulación (alrededor de 700 euros al año) también se encuentran entre los más elevados del mundo.
El IVA (que en Dinamarca recibe el nombre de MOMS) es el 25 por ciento y se aplica a todo lo que se compre, incluyendo la comida y los libros infantiles, aunque no los periódicos.
Pero las cosas no acaban aquí. Hace un par de años, el Gobierno quiso introducir un «impuesto a la grasa» en productos que consideraba perjudiciales para la salud de sus ciudadanos, como el beicon y la mantequilla. Sin embargo, lo que muchos daneses hicieron fue conducir hasta Alemania o Suecia para comprar esta clase de productos, y el impuesto fue derogado.
Así, la carga total directa o indirecta que soporta el contribuyente danés oscila entre el 58 por ciento y el 72 por ciento. Dicho de otro modo, a los daneses se les permite decidir el destino de un tercio del dinero que ganan.
Una anomalía curiosa sobre los supuestamente cuidadosos y parsimoniosos luteranos daneses son sus titánicos niveles de deuda privada, los más elevados del mundo. Aunque la deuda nacional de Dinamarca es relativamente modesta (la mitad de la media europea), de acuerdo con un reciente aviso del FMI, el pueblo danés se ha endeudado a sí mismo.
Dinamarca es un país plagado de impuestos terriblemente altos. En consecuencia, todo el mundo hace lo que puede para trampear sus impuestos […]. Mi conclusión sobre este asunto es que existe la imposibilidad moral de que todos estos impuestos e imposiciones deban continuar. Su peso es tan enorme que los nativos tienen motivos para desear la llegada de un invasor más que la defensa de su país; porque tienen muy poco, o ninguna propiedad, que perder.
Parece que los daneses se comportan de un modo parecido a los griegos y, sin embargo, son capaces de mantener una imagen intachable.

Los daneses se enorgullecen de su informalidad: los hombres rara vez llevan corbata, profesores y alumnos se tutean, los políticos ya acudían en bici al Parlamento mucho antes de que se pusiera de moda… Pero, aun así, como cualquier otra raza del planeta, no dejan de tener sus reglas sociales y procedimientos formales. Incluso cuando parece que se encuentran en una situación de máxima informalidad, a menudo se trata de una que está altamente ritualizada. De hecho, es en esta clase de situaciones en las que el extranjero nunca debe bajar la guardia, porque aquí reside precisamente la trampa: es posible que ya hayan servido la cerveza, pero antes de darle un trago habrás de esperar a que el anfitrión levante su vaso y diga skål; puede que en el mismo bufet haya pan de centeno y salmón, pero el salmón siempre se come con pan blanco; y, por lo que más quieras, no preguntes a qué se dedicó el tío abuelo Oluf durante la guerra.
La Navidad es el acontecimiento más ceremonioso del calendario danés.
Sin embargo, su amor por la bandera en realidad no es tan siniestro como podría parecer a primera vista. A pesar de que en los últimos años la Dannebrog se ha visto ligeramente contaminada por el nacionalismo xenófobo del Partido Popular Danés (hace un tiempo trataron, sin éxito, de aprobar una ley para colocar la bandera danesa en las matrículas de los coches), los daneses no ven su pasión por la bandera como un gesto nacionalista. No es más que, bueno, hyggelig.
¿Qué consideran los daneses que les hace felices? Un estudio reciente llevado a cabo por un periódico del país aportaba las siguientes ideas: el 74 por ciento citó como su mayor fuente de felicidad pasar tiempo con los amigos; el segundo lugar, con un 70 por ciento de menciones, lo ocupó la familia; viajar al extranjero obtuvo un poco sorprendente tercer puesto; los deportes tuvieron prioridad sobre comer o ver la televisión (ya, seguro). Aunque, claro, otra encuesta reveló que un nada desdeñable 54 por ciento de los daneses no teme a la muerte… ¿Es posible que este sea su secreto?.

Islandia es más escandinavo que la propia Escandinavia. Fue poblado por fugitivos —seamos sinceros: criminales— procedentes del oeste de Noruega, junto con los esclavos sexuales escoceses e irlandeses que recogieron durante su travesía hacia el oeste. Todavía hablan una versión del nórdico antiguo que es mucho más pura que las lenguas escandinavas del pasado. Tan pura es la raza que genetistas de todo el mundo hace tiempo que acuden a Islandia para estudiarla.
Islandia tiene la tasa de natalidad más alta de Europa y hace mucho que es un modelo de igualdad de género. Fue el primer país del mundo en tener una mujer presidente (y encima madre soltera: Vigdís Finnbogadóttir, elegida en 1980). Los hombres islandeses son los que más viven del mundo, con una esperanza de vida de 78,9 años, pero las mujeres son aún más longevas; llegan a vivir, de media, hasta la edad de 82,8 años. Los islandeses, además, compran más libros por persona que nadie en el mundo.
Después de todo, gran parte del éxito de los países nórdicos se ha atribuido a tres factores clave: su homogeneidad, su igualitarismo y su cohesión social, e Islandia presumía de poseer de todos ellos en abundancia, y en algunos casos en un grado muy superior al de sus hermanos nórdicos.
Los daneses tienen una expresión sobre los islandeses que es anterior a la crisis económica, pero que ahora resulta más oportuna que nunca: «Calzan unos zapatos que les quedan demasiado grandes, y continuamente tropiezan con los cordones».
En 2001, la organización anticorrupción de la UE, el Grupo de Estados contra la Corrupción (GRECO) advirtió de que, en Islandia, los «estrechos vínculos entre el Gobierno y la comunidad empresarial podrían generar oportunidades para la corrupción». Un buen ejemplo de hasta qué punto están entrelazados el Gobierno, los medios de comunicación y las empresas en Islandia es el caso del proyecto de ley vetado de la propiedad de los medios.
Los islandeses no tienen ningún problema con sus paradojas. Hay un personaje en un programa satírico muy popular que se supone que representa al típico hombrecillo islandés de largas patillas que tiene una opinión para cualquier cosa. Comienza sus discursos atacando algo y cuando termina, está diciendo exactamente lo opuesto. Así son los islandeses.
Aproximadamente cada diez años, se pregunta al pueblo islandés qué opina sobre los elfos o la «gente oculta», como los llaman ellos, y las respuestas en general son uniformes. En 1998, una encuesta reveló que el 54,4 por ciento dijo que creía en los elfos. Otra, realizada en 2007, reveló que el 32 por ciento veía como «posible» la existencia de la gente oculta, el 16 por ciento dijo que era «probable» y el 8 por ciento estaba seguro de que los elfos existían. Muchos islandeses se sintieron incluso capaces de especificar en qué clase de elfo creían: el 26 por ciento creía en los elfos de las flores…

De todos los pueblos nórdicos, solo los noruegos conmemoran su mayoría de edad nacional con tanto fervor. Gastan alrededor de 30 millones de coronas en sus bunader (cada uno puede llegar a pagar hasta 70.000 coronas… ¡por un solo traje!). Aun así, las razones históricas de estas excéntricas celebraciones resultan opacas. La separación de Dinamarca y la redacción de la Constitución noruega en 1814, que es lo que se supone que celebran este día, en realidad no fue más que el punto de partida de un esfuerzo largo, lento y bastante discreto para liberarse de la atadura sueca que no culminó en la independencia total hasta 1905. Pero, incluso entonces, lo cierto es que no puede decirse que los noruegos escaparan del tiránico yugo de Estocolmo.
La cobertura de los ataques de Breivik también se hizo eco de numerosas organizaciones, activistas y blogueros noruegos de derechas, poniendo de relieve lo que parecía ser una alarmante subcultura de islamofobia en el país: desde grupos de Facebook a gente que se negaba a subir en taxis conducidos por musulmanes, pasando por la llamada escuela de Eurabia, la cual estaba convencida de que el Gobierno formaba parte de una conspiración desde principios de los años setenta en la que participaban distintos Gobiernos europeos sedientos de petróleo para permitir que los musulmanes tomaran el control de Europa y así apaciguar a las naciones de la OPEP (hay quien realmente cree esto, y el hecho de que Noruega sea uno de los mayores productores de petróleo del mundo, en cambio, parece escapárseles).
Noruega nunca ha mirado a Oslo de la misma manera que los daneses miran a Copenhague o los suecos a Estocolmo. Además, Dinamarca y Suecia se han reflejado y definido entre sí, a través de su historia compartida de conflictos y rivalidad, pero Noruega ha tendido a ocuparse de sus propios asuntos, separada mediante las enormes barreras físicas de las montañas y el mar.
Esta descentralización, junto con un elevado respeto por el entorno natural, son las dos claves para comprender a los noruegos.
El descubrimiento en 1969 de lo que resultaron ser unas reservas colosales de petróleo en los territorios noruegos del mar del Norte ha moldeado a la sociedad noruega contemporánea más que ningún otro factor individual (para mejor, pero también, como veremos más adelante, para peor). Este oro negro afecta casi a diario las vidas de todos los noruegos. El éxito de la Noruega moderna —de su estado de bienestar, de su prácticamente inigualable nivel de vida y de su sólida infraestructura regional, de sus servicios y de los innovadores museos desde el punto de vista arquitectónico— radica, en gran medida, en el petróleo.
Este país de poco más de cinco millones de habitantes posee hoy en día el mayor fondo soberano de inversiones del mundo. Y no me refiero a per cápita, sino en términos absolutos. Superó a Abu Dabi al alcanzar los 600.000 millones de dólares en 2011, y continúa aumentando. El fondo asciende actualmente a 617.000 millones de dólares, y de forma conservadora se calcula que rebasará el billón antes de que finalice esta década. Para poner esto en perspectiva, los noruegos podrían liquidar cómodamente la deuda nacional griega dos veces, pero, crucialmente, hasta la fecha han acatado las advertencias de sus economistas de no emplear el dinero dentro de sus propias fronteras, y se han limitado a usar un mero 4 por ciento anual para invertir el resto en otras partes del mundo.
Creo que es justo decir que los noruegos no vienen de alta cuna. Noruega siempre ha sido el pariente pobre, en desventaja económica y oprimido del triunvirato escandinavo; un páramo rural cuya población arañaba una existencia llena de penurias en terrenos estériles —tan solo el 2,8 por ciento del suelo noruego es cultivable— y peligrosos mares, a menudo enfrentándose a las adversidades casi insuperables que entrañan su clima y su topografía.
En 2011 hallaron dos charcos gigantes que contenían el oro suficiente para llenar hasta mil millones de barriles en el mar de Barents, y ahora, con el conveniente derretimiento de la capa de hielo (¿me pregunto cómo habrá pasado?), los noruegos también han calculado con gran codicia que bajo el Ártico yacen 90.000 millones de barriles de crudo. Y, si todo esto no fuera suficiente para atravesar los largos y oscuros inviernos, Noruega es, además, el quinto mayor productor de gas del mundo; se estima que el gas alcanzará más de la mitad de la producción de petróleo noruega en un par de años.
Dos cosas: la primera es que los padres fundadores del fondo tuvieron muy claro que querían evitar a toda costa el mal holandés. Podríamos destruir la economía muy fácilmente; necesitamos una economía orientada a la exportación capaz de sobrevivir sin petróleo, porque si destruyes tus posibilidades de competir en el mundo, no puedes estar seguro de que las recuperarás cuando se agote el petróleo. Tradicionalmente hemos sido un país muy pobre con un patrón de consumo frugal y una población establecida alrededor de las costas —continuó—. Noruega en realidad no formaba parte de Europa, hasta el punto de que no había un sistema feudal al estilo europeo, la gente vivía de forma independiente, no en pueblos ni en ciudades. La gente está conectada a la naturaleza más que a la cultura. Es una mentalidad distinta, ¿no te parece?.
Tampoco ha sido inmune a su influencia corruptora, y señala que los noruegos trabajan un 23 por ciento de horas al año menos que antes del boom del petróleo, hacen más vacaciones (cinco semanas en lugar de cuatro), disfrutan de más bajas por enfermedad (en este aspecto están en lo más alto de la liga europea) y se jubilan antes (a los 63,5 años). Cita un informe de la OCDE sobre Noruega que estipulaba que la riqueza petrolífera del país «ha distorsionado la relación entre el trabajo y el tiempo libre».
Noruega sí parece haber sido especialmente negligente con su capacidad para hacer cosas. Se desindustrializó a un ritmo mucho más rápido que la mayoría de sus socios comerciales y hoy en día menos del 10 por ciento del PIB se genera con la fabricación, comparado con el casi 20 por ciento en Suecia. El petróleo y el gas ascienden a más de la mitad del valor de las exportaciones de Noruega, mientras que el pescado y las armas constituyen la mayor parte del resto, lo que explica por qué es probable que hace mucho que no compras nada con la etiqueta de «Fabricado en Noruega».
La OCDE ha advertido de que el mayor desafío al que se enfrenta Noruega es mantener el incentivo para trabajar, estudiar e innovar de su población. Hoy, casi el 10 por ciento de los puestos de trabajo noruegos es desempeñado por extranjeros, sobre todo la clase de trabajos —pelar plátanos, eviscerar pescado, fregar suelos de hospitales (según Sætre casi la mitad del personal de limpieza del país es extranjero)— que los noruegos no querrían ver ni en pintura.
Sætre no quería pintar una imagen demasiado distópica de su patria. A Noruega le van realmente bien las cosas, y los miedos sobre lo que podrá ocurrir cuando se agote el petróleo se están posponiendo hacia el futuro. Sin embargo, al final se agotará, y una economía en la que el sector público representa el 52 por ciento del PIB dejará de ser viable.
—Los noruegos tendrán que adaptarse a la nueva situación. Probablemente deberá reducirse el estado de bienestar y la gente tendrá que salir adelante con un menor número de servicios gubernamentales. Otra cuestión es qué hará la comunidad empresarial y a qué tipo de empleos podrá acceder la población.
Sætre también advierte del poder colosal que el lobby del petróleo tiene en Noruega, con su propaganda anti cambio climático y el lavado de cara de las actividades de su industria en países encabezados por dudosos regímenes, como Angola, Kazajistán y Argelia. La industria del petróleo controla la política exterior noruega, según Sætre, y afirma que «nos aísla y nos convierte en un país asocial». Como resultado, Noruega ha sido dejada de lado en Europa y se ha vuelto cada vez más proteccionista. El autor identifica lo que él percibe como una influencia perniciosa y cada vez mayor de Statoil en la vida noruega. La compañía se está convirtiendo en un elemento dominante en la esfera cultural noruega, por ejemplo, concediendo becas enormes a jóvenes artistas y músicos. El truco reside en que estos artistas y músicos han de firmar un contrato prometiendo que no van a criticar a la compañía.
Nadie quiere trabajar en una fábrica, o ser ingeniero, todo el mundo quiere ser famoso… Se suele dar el mundo por sentado. No hay nada en juego. En realidad no importa si mañana aparezco por el trabajo, porque de todas formas las cosas avanzarán. La baja por enfermedad está en alza, y lleva siendo así desde los años noventa, y no porque la gente se resfríe más, sino porque de verdad sienten que no importa.

Un sueco, un danés y un noruego naufragan en una isla desierta. El sueco encuentra una concha mágica que, al frotarla, concede un deseo a cada uno. «Quiero irme a casa, a mi bungalow grande y cómodo con el Volvo, el reproductor de vídeo y los muebles sofisticados de Ikea», dice el sueco, e inmediatamente desaparece. «Quiero volver a mi pisito acogedor en Copenhague, sentarme en el sofá con los pies sobre la mesa y estar con mi atractiva novia y un pack de seis cervezas rubias», dice el danés, y sale volando. El noruego, después de pensar un rato sobre el problema, frota la concha y dice: «Qué solo estoy… Desearía que mis dos amigos volvieran».

El sistema escolar finlandés atrae a pedagogos de todo el mundo deseosos de conocer sus secretos: según los baremos internacionales, los finlandeses tienen el mejor sistema educativo del mundo. Además, en la actualidad cuentan con la tercera economía más competitiva. En el último par de años, Newsweek, el Legatum Institute y la revista Monocle han calificado al país o a su capital como el mejor lugar del planeta para vivir, sin excepción. En la actualidad, Finlandia dispone de los ingresos per cápita más altos de Europa occidental, y es la única economía de la eurozona que ha conservado la calificación AAA que otorgan esas fastidiosas agencias de calificación. Los finlandeses están considerados el pueblo menos corrupto de la tierra (obtuvieron el primer puesto junto con los daneses y los neozelandeses en el último sondeo realizado por Transparencia Internacional).
Los finlandeses son gente de fiar. Además, tienen un sentido del humor más seco que el Sáhara, cargado de una ironía profundamente subestimada.
Los tres medicamentos más recetados en el país, el primero era un fármaco antipsicótico, el segundo era insulina y el tercero era otro tratamiento antidepresivo o antipsicótico. Según un informe que leí en inglés en una página de noticias finlandesa, cientos de miles de finlandeses están enganchados a la benzodiazepina, un medicamento para combatir el insomnio y la ansiedad. Resulta todavía más preocupante que sigan teniendo la tercera tasa más elevada de posesión de armas del mundo (después de Estados Unidos y Yemen), el índice más alto de asesinatos de Europa occidental y que sean célebres por el imprudente consumo de alcohol y por su afición al suicidio.
Al contrario que en Suecia o Dinamarca —ambos han aportado al mundo un puñado de buenos cineastas, músicos, escritores y, de un tiempo a esta parte, series de televisión—, la producción cultural finlandesa ha peleado por ampliar su ámbito de actuación más allá del Báltico.
Los finlandeses están todavía más obsesionados con las casas de verano (mökki; tienen 470.000) que los daneses o los suecos; que también defienden los largos permisos parentales después del parto (la madre y el padre disponen de un año a compartir entre ambos); y la gran mayoría es atea. En contadas ocasiones ponen un pie dentro de alguna de sus espartanas iglesias luteranas, igual que sucede en el resto de Escandinavia.
La sauna ocupa un lugar central en la vida social y el tiempo de ocio finlandeses. Hay una por cada dos personas en el país, más saunas que coches (más de 2,5 millones). La sauna es el principal lugar de reunión, un espacio para la relajación física con familia y amigos de ambos géneros. A la vez. Desnudos. Como un bar o un salón municipal. Pero desnudos.
La reticencia finlandesa también podría interpretarse como timidez. La palabra finlandesa para «tímido», ujo, carece de las connotaciones negativas que sí tiene en otras lenguas, y lo mismo sucede con las diversas palabras que significan «tímido» en el resto de la región nórdica.
En algunos sentidos, es posible considerar a los finlandeses como hiperescandinavos. Como ya hemos descubierto, los suecos, los daneses y los noruegos se autocensuran de acuerdo con la Ley de Jante: no se debe presumir de los logros o posesiones personales, no debes pensar que eres mejor que nadie, y así sucesivamente. Sin embargo, los finlandeses llevan este tipo de modestia a un nivel totalmente nuevo, hasta el punto de que muchos afirman que afecta negativamente a su economía exportadora.
En 2007, en una encuesta de la Unión Europea en la que participaron casi 30.000 personas, el 27 por ciento de los finlandeses admitió que beber de esta manera —consumir cinco o más bebidas en una sola sesión— era su modo habitual de beber alcohol (solo fueron superados por el 34 por ciento de los irlandeses). No se trata de que los finlandeses beban más que el resto de nosotros a lo largo del año, sino de que tienden a engullirlo de una sola sentada.
Los daños que el alcohol ha causado a los finlandeses no son solo autoinfligidos. De acuerdo con el Estudio Global sobre Homicidio realizado en 2011 por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, el índice de homicidios intencionales de Finlandia duplica al de Dinamarca, cuya población tiene un tamaño similar (2,3 muertes por cada 100.000 habitantes en Finlandia a diferencia de las 0,9 por cada 100.000 en Dinamarca; la cifra británica es 1,2 y la de Estados Unidos, 5,0).
Sin embargo, en ocasiones es posible tener la impresión de que los finlandeses están casi orgullosos de tener la reputación de borrachos y violentos (la cuestión del suicidio no les hace tanta gracia).
La adopción finlandesa del euro significó una enorme ruptura con Suecia, que por supuesto mantuvo su corona. Los finlandeses estuvieron orgullosos de ser el primer país en adoptar la moneda común, gracias a la diferencia horaria. Dicho esto, la rivalidad cocida a fuego lento entre ambos es aireada por todo lo alto cada año en unas pruebas atléticas que se celebran entre los dos países: Suomi-Ruotsi-maaottelu (literalmente, la «Internacional Finlandia-Suecia»).
Las mujeres finlandesas son dominantes —me confesó un entusiasmado Roman Schatz, defensor acérrimo de esta especie—. Tradicionalmente, en las granjas finlandesas la mujer era la jefa de todo lo que sucedía en la casa, incluidos los hombres, y los hombres estaban allí para encargarse de todo lo que estaba fuera. Ningún hombre finlandés decidía nada jamás sin consultárselo a su mujer. Los hombres friegan los platos. En Finlandia no existen las amas de casa: nadie puede permitirse vivir de un solo salario. Las mujeres no se quedan en casa dando el pecho, tienen sus propias carreras y cuentas bancarias.
Defienden una sociedad que es sorprendentemente pluralista y liberal, puedes pertenecer a la minoría sexual, política o religiosa que quieras, pues te van a dejar en paz. La libertad de expresión es máxima: nadie se mete en ningún problema por decir lo que piensa. Es una cultura verdaderamente abierta.
Todo muy escandinavo, pero nunca debe subestimarse la influencia cultural y política de Rusia y, en los últimos años, Finlandia cada vez ha dirigido su atención más allá del Báltico, a Estonia y hacia la UE, para el comercio, la camaradería y el alcohol barato.

La tradicional fiesta sueca del cangrejo de río —la kräftsvika— es uno de los pocos días de desorden público que los suecos se autorizan a sí mismos, una rara ocasión de alegría no vigilada en la que se permiten desatar su espíritu vikingo, que el resto del tiempo permanece durmiente. Se celebra cada año a mediados de agosto como el último hurra del verano antes de que se imponga la lobreguez del invierno. Y no tiene sentido pasar de puntillas sobre el hecho de que todo el mundo está completamente cogorza.
El miedo a ser ridiculizados está reflejado en una de las palabras clave que los suecos emplean para definirse a sí mismos: duktig. Se traduce literalmente como «listo, ingenioso», pero se trata de un tipo específico de ingenio sueco: una listeza responsable y diligente, así como puntual, respetuosa de las leyes e industriosa. Estamos hablando de una capacidad de seriedad al estilo japonés más que de la idea de alardear de ser listo.
Estocolmo es excepcionalmente bello, la capital más impresionante de toda Escandinavia; es como un cruce entre Edimburgo y Venecia. Al menos, esta es la impresión que da desde el paseo marítimo, pero detrás del esplendor granítico se esconde una adusta zona de hormigón no muy distinta a Croydon. Tal y como lo expresa en su libro Andrew Brown, el centro de Estocolmo «fue reconstruido y deshumanizado casi íntegramente en los años sesenta». Es un lugar brutal y sin alma. El motivo de que sea así es algo misterioso: Suecia emergió de la Segunda Guerra Mundial del todo indemne. Aquí no hubo bombardeos. Sentado en un banco en el exterior de la Kulturhuset (Casa de la Cultura).
Los suecos tienen una reputación a nivel global de estar sexualmente liberados, pero muchos cronistas, visitantes e incluso los propios suecos dicen que se trata de una idea en gran medida injustificada; lo cierto es que lo que algunos perciben como «sensualidad» sueca es atribuible a una serie de factores.
En primer lugar, la despenalización de la industria del porno sueca en los años sesenta fue el reflejo de una medida llevada a cabo por los daneses más o menos al mismo tiempo, y tuvo el efecto de convertir las industrias pornográficas sueca y danesa en líderes mundiales. Después está el enfoque supuestamente relajado de los suecos hacia la desnudez en la sauna, en la playa, etc. (que, de nuevo, tiene bastante poco que ver con mantener relaciones sexuales).
Los importantes avances de Suecia en pos de la igualdad de género también podrían haber confundido a los observadores ocasionales, haciéndoles creer que las suecas eran especialmente desenfadadas en otros ámbitos, pero estas medidas fueron implementadas principalmente con el objetivo de que más mujeres accedieran al mercado laboral.
Suecia es uno de los más países más seguros, desarrollados y ricos del mundo, pero no es la primera vez que oigo este tipo de historias sobre la colonia de Rosengård, que es hacia donde nos dirigimos. Para los daneses de derechas, Rosengård y su población inmigrante del casi 90 por ciento han venido a simbolizar todo lo malo de la política inmigratoria de puertas abiertas sueca. Si creyéramos los rumores que circulan sobre este lugar, estaríamos ante un cuchitril regido por el crimen, un barrio hundido y sin esperanza donde el país arrea a los inmigrantes somalíes, iraquíes y afganos, denegándoles cualquier esperanza de obtener una vida o ingresos decentes.
En Suecia, la autosuficiencia y la autonomía lo son todo. Cualquier clase de deudas, ya sean emocionales, un favor o dinero en metálico, han de evitarse a toda costa.
Suecia ha tenido un dedicado Ministerio de Igualdad de Género (recientemente fusionado con el Ministerio de Educación) encargado de supervisar la legislación destinada a eliminar la discriminación en el lugar de trabajo, incorporar más mujeres al mercado laboral y asegurarse de que en cada anuncio de un producto de limpieza apareciera un hombre con cubo y fregona en vez de una mujer. En parte como resultado, Suecia dispone actualmente de uno de los subsidios parentales más generosos del mundo, con dieciséis meses de permiso y el 80 por ciento del salario garantizado por ley; los padres pueden disponer de ellos como quieran hasta que el niño cumpla ocho años. El padre tiene dos de estos meses asignados en exclusiva para él. «El permiso de papá», como se conoce coloquialmente, fue introducido en 1995, y actualmente el 85 por ciento de los padres suecos se beneficia de él.
Mientras tanto, los hombres suecos están considerados los menos machistas del mundo. Una encuesta de 2009 realizada por la Universidad de Oxford reveló que los hombres suecos ayudan más en las tareas del hogar que los de cualquier otra nación.
—No soy optimista con Suecia— coincide Ulf Nilson—. Necesitamos abrir este sistema que resulta tan rígido; el estado de bienestar es demasiado burocrático. El sistema invierte en demasiadas personas. La estrategia fiscal es la principal clave de todo. Yo vivo en Francia y allí, en el caso de que ganara 100.000 coronas al mes, quizá me quitarían 30.000. Aquí, te quitan 50.000, pero no hay ninguna duda de que la sanidad francesa es mejor. Entonces, ¿nos están tomando el pelo? Sí, nos están tomando el pelo. El hecho de que haya miles de personas que podrían estar trabajando, pero que en lugar de eso viven del paro, desde luego no es nada bueno. Este sistema de dependencia no es bueno. Yo me marché de Suecia y me hice millonario a base de trabajar. Aquí nunca podrías hacer algo así. Tengo la sensación de haber escapado, de haber tenido suerte.
Suecia sí parece estar sentada sobre una bomba demográfica. Es el único país del mundo en el que las personas mayores de ochenta años conforman más del 5 por ciento de la población (el promedio global es del 1 por ciento). Casi el 20 por ciento de los suecos tiene más de sesenta y cinco años, lo que convierte a Suecia en el país más viejo de Escandinavia, y el octavo del mundo. Según las predicciones del Banco Mundial, para 2040 un tercio de los suecos habrá superado la edad de jubilación. Sin embargo, Suecia, como os podéis imaginar, está bien preparada (a diferencia de, pongamos, Italia, que está bien jodida a este respecto). Posee un sistema estatal de pensiones muy desarrollado que se espera que sea capaz de hacer frente a los desafíos demográficos futuros; el FMI clasificó a Suecia en séptima posición en términos de su actual cuidado de los ancianos y su preparación futura para prestar cuidados a una población envejecida.
Destaca que muchos de los suecos con los que hablas hacia la producción cultural de su país. Siempre he tenido a Suecia como el hogar de pesos pesados como Strindberg y Bergman, así como de todos esos autores inmensamente populares como Astrid Lindgren, Henning Mankell y, por supuesto, Stieg Larsson. Desde Jenny Lind, la soprano sueca adorada por Hans Christian Andersen, a ABBA y Robyn, Suecia también ha enviado grandes cantantes y cantautores populares a un mundo agradecido.
En cualquier caso, comentarios como este de Åke Daun no eran en absoluto atípicos:
—La cultura no es importante en Suecia. Nuestro fuerte es la creatividad técnica, no la artística.
Era de la opinión de que la autoimagen de Suecia estaba más dedicada a tener éxito como fabricante de rodamientos de bolas, cremalleras y fósforos de seguridad.

En Escandinavia, es una realidad. Estas son las tierras de las oportunidades. Existe una mayor movilidad social en los países nórdicos que en Estados Unidos o en Gran Bretaña y, a pesar del colectivismo y de la interferencia del Estado en la vida de las personas que viven aquí, en el norte hay una libertad mucho mayor para ser la persona que quieres ser y para hacer las cosas que quieres hacer. En una encuesta reciente de Gallup, solo el 5 por ciento de los daneses dijo que no podría cambiar su vida si lo quisiera.
Los colegios son cruciales para esta movilidad social. La autonomía habilitada por un sistema educativo gratuito y de alta calidad es igual de importante, si no más, que la igualdad económica de la región y las extensas redes de protección del estado de bienestar. En Escandinavia, la educación estándar no solo es la mejor del mundo, sino que las oportunidades que presenta están disponibles para todos, libres de cargos. Son los cimientos de la excepcionalidad nórdica.
Hay quién podrá argumentar que la realidad de la autonomía nórdica es que eres libre… para ser nórdico.
A Escandinavia le cuesta en particular integrar a sus inmigrantes no occidentales. En las últimas dos décadas, el ingreso familiar promedio de los inmigrantes no europeos ha disminuido en comparación con el de los suecos nacidos en Suecia. En la actualidad ganan un 36 por ciento menos al mes comparado con el 21 por ciento menos que percibían en 1991.
No obstante, de todos los países del norte, y por irónico que puede parecer dada la retórica incendiaria de sus políticos de derechas durante la última década, diría que es Dinamarca quien parece liderar el camino hacia una sociedad nórdica multiétnica propiamente integrada. Los inmigrantes daneses están menos segregados que los que se encuentran en Suecia; tradicionalmente han estado más extendidos por las provincias y se mezclan más con la población indígena. Esto ha originado que los daneses hayan tenido que enfrentarse de un modo más directo a los retos de la integración, pero también han llevado a cabo mayores progresos.
La Unión Nórdica, que ha puesto en marcha el comercio entre los cinco países, coordinado una efectiva cooperación de «poderes blandos» en términos de ayuda extranjera y se ha esforzado en correr un tupido velo sobre los conflictos históricos y promover vínculos culturales entre los países miembros. En este momento en el que los pueblos nórdicos no suman seis millones de personas, como ocurría en la época de Ørsted, sino veinticinco, una verdadera unión tendría todavía más peso. ¿Es posible que el siguiente paso sea la unidad total, la verdadera integración económica y militar de los cinco países de la Unión Nórdica: Dinamarca, Suecia, Islandia, Noruega y Finlandia?
Aunque en los últimos años esta idea ha sido ampliamente debatida en los medios de comunicación escandinavos —hay quien ha sugerido los Estados Federados de Escandinavia como alternativa nórdica a la tambaleante UE—, de momento no parece que vaya a suceder.

The book is very interesting and it becomes very fun to read due to the writer’s peculiar humor. With his point of view, he tells us about his experience in getting to know these countries that somehow call our attention, putting the pros and the cons on the reading.
Simply amazed by the breadth and depth of the author’s knowledge of each of these very diverse countries: he’s managed to dig beneath the (often very orchestrated and carefully controlled) propaganda and spin, and uncover much more of the ‘real’ experience of living in these dark and often inhospitable lands.
A few small things bothered me about the book. Firstly, I certainly got the feeling that familiarity has bred contempt – so most of Booth’s disapprobation is aimed specifically at the Danes. As I Love Denmark to experience the country’s much more relaxed lifestyle, better manners, vastly superior food, and nicer architecture than Stockholm, much of the barbed commentary aimed exclusively at his fellow Danes seemed contrived and sometimes bordering on sour grapes.
In a similar vein, Booth often refers glowingly to the ‘reforms’ implemented in the Swedish welfare system – comparing them favorably to what he seems to consider Danish public profligacy. But he fails to look beyond the neoliberal spin and see that the semi-privatized Swedish health system is falling apart, the Free Schools are draining massive amounts of public money into private hands while performing abysmally, we’ve even seen the nightmare spectacle of sick people quite literally dying while begging the (privatized) emergency service to send a (privatized) ambulance , and in general the major winners from the changes have been a small band of companies and individuals, while the overall tax burden on the vast majority hasn’t changed significantly, in return for much worse results.
In any case, overall I liked Booth’s perceptive look at Scandinavian society – and particularly enjoyed the Swedish chapters. As an incomer from the self-deprecating British middle-class (self-reflexively running down British towns, mores and institutions as a matter of ingrained habit) it comes as something of a shock that Swedes are totally and unshakeably convinced of the overwhelming superiority of – well basically everything Swedish. This is held to be true even when the evidence shows otherwise. So if you’re willing to grit your teeth and accept frequent lectures on that basis (and being seen to even slightly question this thesis will cause barely hidden resentment and bad feeling – almost the only time you’ll see a Swede visibly annoyed) then the other positive aspects of Scandinavian society (consensus, good work ethic, minimal conflict, civilized if rather boring city life) will all combine to give you a pretty nice, contented, but mostly unexciting Scandinavian existence – and Booth’s book forms a useful and amusing primer.

The Nordic countries make up five countries located in northern Europe: Denmark, Finland, Sweden, Norway, and Iceland. As author Michael Booth posits, despite the fact that these countries often rank highest in the world in terms of quality of life (with Denmark almost always being rated the “happiest” country in the world), most people know little about them or what differentiates them. In his home of Denmark, for example, he says that people can discuss the affairs of other countries, but doubts anyone in the U.S. Congress could name the Danish Foreign Minister. Or he challenges the reader to name someone, anybody, from Finland. In this book, he travels around these five countries, exploring their cultural curiosities, and trying to learn a bit about what makes them tick.
One of the strongest points of this book is that he explores the different cultures of these countries through his own eyes and writes as such. Because of this, the writing can often be quite funny. Booth shares some lighthearted jokes the residents of one country have at the expense of others. Or his uncomfortable experience of visiting a Finnish sauna for the first time. But, aside from the humor, you get a sense of the pride many people take in their countries. One memorable example is the Constitution Day celebrations that take place on May 17 in Norway where people dress up in ways that invoke a romantic image of the past. Booth notes how immigrants to Norway, despite little to no connection to this history, heartily embrace it.
More serious matters are also of importance. Booth dedicates some time at looking at the horrific terrorist attack of the extreme-right wing Norwegian Anders Behring Breivik in 2011 and the effect it had on the country. Surprisingly, as terrible as the attack was, there was not a lot of permanent change. There was no new security put in place and life went on. Booth also explores some of the aspects of the Nordic countries’ famous welfare states and how that works. I found the section on Sweden in this regard most interesting. In Sweden, Booth sees a system he refers to as “benign totalitarianism” where the Swedish government heavily intervenes in the lives of its citizens, even interfering in parenting. There is debate if this just creates too much dependency on the state and stifles the individual or if it releases the individual from worries allowing him or her to become truly individualistic.
One objective of this book, as the title implies, is looking past the utopian image these countries sometime have. They are not without problems. This was especially apparent in Iceland where years of economic mismanagement culminated in a severe financial crisis in the late 2000s. He also wonders whether the current system of welfare is sustainable in the long run without changes. Denmark and Sweden already have a tax system that most Americans, for example, would find absolutely preposterous. All of these countries also face the situation, as many other countries are also experiencing, of an aging population. In his own home of Denmark he also notes problems in education, healthcare, and an increasingly lazy workforce.
Though most of this book is pretty interesting, I do find that sometimes Booth’s own opinion is presented too much as fact. Sure, this is fine when looking at the cultural aspects. He is not afraid to express his own opinion of what is great and what he finds is rather odious. However, it seems like he sometimes tries to poke holes in things he learned from interviews with experts. Many times in this book he talks with people associated with universities and other such professionals. Surely there ideas are worth something. He also throws in criticisms of things like right-wing political parties and people he just seems to disagree with.
Learning about the Nordic countries is especially prudent today. For example, in his campaign for President of the United States, Bernie Sanders has often espoused the so-called “Nordic Model” as something America should emulate. There are certainly interesting things to learn about what has worked and what has not from these countries. Still, besides the serious content, this is an entertaining look at five European countries and I would recommend this to those looking to learn a little bit about the world around them.

What makes this obsession that currently exists for the Nordic is so implausible is that during the twentieth century popular cultural influences tended to flow especially in the opposite direction. If you relate to Scandinavian men of a certain age, for example, it is almost certain that the conversation at some point revolves around different scenes of Monty Python. The women, meanwhile, will share memories with tearful eyes of the male cast of Return to Brideshead or of the time spent in London working as au pairs. Everyone will be familiar with Up and Down, Trevor Eve and Not the Nine O’Clock News, and will firmly believe that Keeping Up Appearances is a documentary about English life.
Several people – including some Danes and, in particular, many Swedes – were genuinely baffled by the idea of ​​awakening the slightest interest in anyone outside of Scandinavia. “Why do you think people will want to know about us?” They asked. «What can they expect?». “We are all very bored and stiff.” «Surely there are more interesting people in the world to write about. Why do not you go to southern Europe? ” Apparently, the Scandinavians tend to see themselves a bit like we do, that is, aseptic recycling containers: functional and noble, but overflowing with an indefatigable insipidity that often discourages other deeper inquiries. Industrious, reliable and politically correct, the Scandinavians are the notaries of the party, five countries that enjoy liberal-democratic local governments, social workers ready to point their finger accusing and ash with no sense of humor.

The first five minutes after you met a Dane, he will usually say something like, “This is just a little land. We are just over five million people, and the truth is that we all look a lot like each other. ” Surely they will add that in their country there are no mountains or waterfalls, and that it is possible to cross it by car from top to bottom in four hours. But after a while – which can range from five minutes to a year, depending on the Danish in question – you will begin to detect the firm pride that beats beneath the superficial humility of the “oh … thank you very much”. It will be then when they mention as if nothing their world’s leading wind turbine industry, the absence of poverty in Denmark, their free education and health systems and the generous social benefits. They will tell you that they are the most legit and egalitarian people in the world, the fact that the best restaurant in the world is Danish and, yes, it is likely that the subject of the Vikings will also arise.
The Danes seem to have a totally uncommon facility to understand each other regardless of age, social class or attitude. Equality is something they learn right away.
Unfortunately, the Danish score in terms of health is particularly bad. According to a recent study by the World Foundation for Cancer Research, they have the highest cancer rates in the world (326 cases per 100,000 people, compared to 260 in the United Kingdom, which occupies the twelfth place). They also have the lowest average life of all the Nordic countries and the highest levels of alcohol consumption, ahead of even the famous Finnish drunkards.
“Yes, the Danish health statistics leave something to be desired … the fact is that they baffle almost everyone,” added Professor Wilkinson, laughing. Many people suggest that it is the high levels of smoking that cause this. There is a huge gap between these studies regarding happiness and real health.

Right now I see a big problem in Denmark. We are in the middle of a historical process. We can move from the traditional Nordic egalitarian welfare state to a more continental French or German one based on a two-tier society: those who work and those who are outside the labor market. [The right] does not see any problem in the continental model, with the inequality that comes with it, but I do. I am deeply concerned that the traditional model will sink, as in Great Britain, because that will pose problems for social capital and trust, and will cause an increase in crime, among other things. Our comparative advantages will disappear in those areas, and the only way to win Germany is to have a more egalitarian society.
However, Denmark really is no longer the classless society that Pedersen and other leftist figures claim to be. The proportion of the Danish population that is considered to be below the poverty line has almost doubled from 4 percent to 7.5 percent in the last ten years. The elite is increasingly concentrating on residential strongholds, most of which are in Copenhagen and surrounding areas.
Denmark is not alone in this. Finland faces similar challenges, and urban migration is perhaps most pronounced in Sweden, where today almost 40 percent of the population lives in the three main cities: Gothenburg, Malmö and Stockholm. Today, large areas of northern Sweden are depopulated, abandoned and largely devoid of any citizen presence. There are two reasons for this: firstly, Sweden is a country whose population density is much lower (it has a territorial mass ten times higher than Danish, but less than twice the population) and, secondly, in the In the last hundred years, the industrial impulse has been much stronger in Sweden. The only one that seems to register a reverse trend is Norway; its colossal oil wealth and Oslo’s long tradition of decentralization – the right to receive a variety of services regardless of where you live in the country is blessed by law – have helped keep the Norwegian provinces relatively well populated and with reasonable infrastructure.
The statistic that defines Denmark must be its tax rate. The Danes have the highest taxes in the world, both direct and indirect. They pay the most for the products in stores (42 percent more than the European average, in some cases even more than Norwegians), for cars, for food in restaurants (up to 150 percent more), and all this due to taxes. In Denmark, books are luxury items.
If you have a house in property, the normal thing is that you say goodbye with the hand to about 5 percent of what you have left in concept of real estate taxes. According to a recent report by Deloitte, if you take into account credit costs, water fees, heating, reforms, etc., by owning a home the Danes pay 70 percent more than the European average. And, if they use electricity, the Government adds 76.5 percent to the bill.
If you buy a new car, calculate that you must add 180 percent to the purchase amount. Taxes on gasoline (75 percent) and circulation (around 700 euros a year) are also among the highest in the world.
VAT (which in Denmark is called MOMS) is 25 percent and applies to everything that is bought, including children’s food and books, but not newspapers.
But things do not end here. A couple of years ago, the government wanted to introduce a “fat tax” on products that it considered harmful to the health of its citizens, such as bacon and butter. However, what many Danes did was to drive to Germany or Sweden to buy this class of products, and the tax was repealed.
Thus, the total direct or indirect burden borne by the Danish taxpayer ranges between 58 percent and 72 percent. In other words, the Danes are allowed to decide the fate of a third of the money they earn.
A curious anomaly about the supposedly careful and parsimonious Danish Lutherans are their titanic levels of private debt, the highest in the world. Although Denmark’s national debt is relatively modest (half of the European average), according to a recent announcement by the IMF, the Danish people have borrowed themselves.
Denmark is a country plagued by terribly high taxes. As a result, everyone does what they can to cheat their taxes […]. My conclusion on this matter is that there is a moral impossibility that all these taxes and impositions must continue. Its weight is so enormous that the natives have reasons to wish the arrival of an invader more than the defense of their country; because they have very little, or no property, to lose.
It seems that the Danes behave in a similar way to the Greeks and, nevertheless, they are able to maintain an impeccable image.

Danes take pride in their informality: men rarely wear a tie, teachers and students are tutored, politicians already cycled to Parliament long before it became fashionable … But even so, like any other race on the planet, they do not stop having their social rules and formal procedures. Even when it seems that they are in a situation of maximum informality, it is often one that is highly ritualized. In fact, it is in this kind of situation that the foreigner must never let his guard down, because here lies precisely the trap: it is possible that they have already served the beer, but before giving him a drink you will have to wait for the host to raise your glass and say skål; There may be rye bread and salmon in the same buffet, but salmon is always eaten with white bread; and, for what you want, do not ask what Grandpa Oluf dedicated himself during the war.
Christmas is the most ceremonious event in the Danish calendar.
However, his love for the flag is not really as sinister as it might seem at first glance. Although in recent years the Dannebrog has been slightly contaminated by the xenophobic nationalism of the Danish People’s Party (some time ago they tried, unsuccessfully, to pass a law to place the Danish flag on the license plates of cars), Danes do not see their passion for the flag as a nationalist gesture. It’s just, well, hyggelig.
What do the Danes think makes them happy? A recent study carried out by a newspaper in the country provided the following ideas: 74 percent cited as their greatest source of happiness spending time with friends; the second place, with 70 percent of mentions, was occupied by the family; traveling abroad got a little surprising third place; sports took precedence over eating or watching television (ya, sure). Although, of course, another survey revealed that a not inconsiderable 54 percent of Danes are not afraid of death … Is it possible that this is their secret?.

Iceland is more Scandinavian than Scandinavia itself. It was populated by fugitives – let’s face it: criminals – from western Norway, along with the Scottish and Irish slaves they picked up during their journey westward. They still speak a version of Old Norse that is much purer than the Scandinavian languages ​​of the past. So pure is the breed that geneticists from all over the world have long come to Iceland to study it.
Iceland has the highest birth rate in Europe and has long been a model of gender equality. It was the first country in the world to have a woman president (and above single mother: Vigdís Finnbogadóttir, elected in 1980). Icelandic men are the ones who live the most in the world, with a life expectancy of 78.9 years, but women are even longer lived; they come to live, on average, until the age of 82.8 years. Icelanders also buy more books per person than anyone else in the world.
After all, much of the success of the Nordic countries has been attributed to three key factors: homogeneity, egalitarianism and social cohesion, and Iceland presumed to have all of them in abundance, and in some cases to a much greater degree to that of his Nordic brothers.
The Danes have an expression on the Icelanders that is previous to the economic crisis, but that now is more opportune than never: “They wear shoes that are too big, and continuously stumble with the laces”.
In 2001, the anti-corruption organization of the EU, the Group of States against Corruption (GRECO) warned that, in Iceland, the “close links between the Government and the business community could create opportunities for corruption”. A good example of the extent to which the Government, the media and companies in Iceland are intertwined is the case of the bill banned from ownership of the media.
The Icelanders have no problem with their paradoxes. There is a character in a very popular satirical program that is supposed to represent the typical Icelandic man with long sideburns who has an opinion for anything. He begins his speeches by attacking something and when he finishes, he is saying exactly the opposite. That’s how Icelanders are.
Approximately every ten years, the Icelandic people are asked what they think about the elves or the “hidden people”, as they call them, and the answers in general are uniform. In 1998, a survey revealed that 54.4 percent said they believed in elves. Another, conducted in 2007, revealed that 32 percent saw the existence of hidden people as “possible”, 16 percent said it was “probable” and 8 percent were certain that elves existed. Many Icelanders even felt able to specify what kind of elf they believed in: 26 percent believed in the elves of flowers …

Of all the Nordic peoples, only the Norwegians commemorate their national majority with such fervor. They spend around 30 million crowns in their bunader (each can pay up to 70,000 crowns … for a single suit!). Even so, the historical reasons for these eccentric celebrations are opaque. The separation of Denmark and the drafting of the Norwegian Constitution in 1814, which is what they are supposed to celebrate this day, was really only the starting point of a long, slow and quite discreet effort to get rid of the Swedish attachment that did not culminate in total independence until 1905. But, even then, the truth is that it can not be said that the Norwegians escaped the tyrannical yoke of Stockholm.
The coverage of Breivik’s attacks also echoed numerous right-wing Norwegian organizations, activists and bloggers, highlighting what appeared to be an alarming subculture of Islamophobia in the country: from Facebook groups to people who refused to come up on top. taxis driven by Muslims, passing through the so-called school of Eurabia, which was convinced that the Government was part of a conspiracy since the early seventies in which various European governments thirsty for oil to allow Muslims to take control of Europe and thus appease the OPEC nations (some people really believe this, and the fact that Norway is one of the world’s biggest oil producers, on the other hand, seems to escape them).
Norway has never looked at Oslo in the same way that the Danes look at Copenhagen or the Swedes look at Stockholm. In addition, Denmark and Sweden have reflected and defined each other, through their shared history of conflict and rivalry, but Norway has tended to deal with its own affairs, separated by the enormous physical barriers of the mountains and the sea.
This decentralization, together with a high respect for the natural environment, are the two keys to understanding the Norwegians.
The discovery in 1969 of what turned out to be colossal oil reserves in the Norwegian territories of the North Sea has shaped contemporary Norwegian society more than any other single factor (for the better, but also, as we will see later, for the worse) . This black gold affects almost every day the lives of all Norwegians. The success of modern Norway – of its welfare state, its virtually unparalleled standard of living and its strong regional infrastructure, its services and innovative museums from the architectural point of view – lies, to a large extent, in the Petroleum.
This country of just over five million inhabitants today has the largest sovereign wealth fund in the world. And I do not mean per capita, but in absolute terms. It surpassed Abu Dhabi when it reached 600 billion dollars in 2011, and continues to increase. The fund currently amounts to 617,000 million dollars, and conservatively it is estimated that it will exceed one trillion before the end of this decade. To put this in perspective, the Norwegians could comfortably settle the Greek national debt twice, but, crucially, to date they have heeded the warnings of their economists not to use the money within their own borders, and have simply used a mere 4 percent per year to invest the rest in other parts of the world.
I think it’s fair to say that Norwegians do not come from high birth. Norway has always been the poor relative, economically disadvantaged and oppressed of the Scandinavian triumvirate; a rural wasteland whose population scratched an existence full of hardship on sterile land – only 2.8 percent of Norwegian soil is arable – and dangerous seas, often facing the almost insurmountable adversities that its climate and topography entail.
In 2011 they found two giant puddles that contained enough gold to fill up to a billion barrels in the Barents Sea, and now, with the convenient melting of the ice sheet (I wonder how it happened?), The Norwegians have also calculated with great greed that 90,000 million barrels of oil lie beneath the Arctic. And, if all this were not enough to go through the long dark winters, Norway is also the fifth largest producer of gas in the world; It is estimated that the gas will reach more than half of Norwegian oil production in a couple of years.
Two things: the first is that the founding fathers of the fund were very clear that they wanted to avoid Dutch disease at all costs. We could destroy the economy very easily; We need an export-oriented economy capable of surviving without oil, because if you destroy your chances of competing in the world, you can not be sure that you will recover them when oil runs out. Traditionally, we have been a very poor country with a pattern of frugal consumption and a population settled around the coasts, “he continued. Norway was not really part of Europe, to the point that there was no European style feudal system, people lived independently, not in towns or cities. People are connected to nature more than culture. It’s a different mentality, do not you think?
Nor has he been immune to his corrupting influence, noting that Norwegians work 23 percent fewer hours a year than before the oil boom, take more vacations (five weeks instead of four), enjoy more sick leave ( in this aspect they are at the top of the European league) and retire before (at 63.5 years). He cites an OECD report on Norway that stipulated that the country’s oil wealth “has distorted the relationship between work and free time.”
Norway does seem to have been especially negligent with its ability to do things. It deindustrialized at a much faster pace than most of its trading partners and today less than 10 percent of GDP is generated by manufacturing, compared to almost 20 percent in Sweden. Oil and gas amount to more than half the value of Norwegian exports, while fish and arms make up most of the rest, which explains why it is likely that you have not bought anything with the label for a long time. of «Made in Norway».
The OECD has warned that the biggest challenge facing Norway is to maintain the incentive to work, study and innovate its population. Today, almost 10 percent of Norwegian jobs are held by foreigners, especially the kind of jobs – peeling bananas, eviscerating fish, scrubbing hospital floors (according to Sætre almost half of the country’s cleaning staff is foreign) – that Norwegians would not want to see or paint.
Sætre did not want to paint a too dystopian image of his homeland. Norway is doing really well, and fears about what may happen when oil runs out are being postponed to the future. However, in the end it will be exhausted, and an economy in which the public sector represents 52 percent of GDP will no longer be viable.
-The Norwegians will have to adapt to the new situation. The welfare state should probably be reduced and people will have to get ahead with a smaller number of government services. Another question is what the business community will do and what kind of jobs the population will be able to access.
Sætre also warns of the colossal power that the oil lobby has in Norway, with its propaganda against climate change and the washing of its industry’s activities in countries headed by dubious regimes, such as Angola, Kazakhstan and Algeria. The oil industry controls Norwegian foreign policy, according to Sætre, and states that “it isolates us and makes us an asocial country.” As a result, Norway has been neglected in Europe and has become increasingly protectionist. The author identifies what he perceives as a pernicious and growing influence of Statoil in Norwegian life. The company is becoming a dominant element in the Norwegian cultural sphere, for example, granting huge scholarships to young artists and musicians. The trick is that these artists and musicians have to sign a contract promising that they will not criticize the company.
No one wants to work in a factory, or be an engineer, everyone wants to be famous … The world is usually taken for granted. There is nothing at stake. It does not really matter if I appear for work tomorrow, because things will move forward anyway. The sick leave is on the rise, and has been like this since the nineties, and not because people catch more cold, but because they really feel that it does not matter.

A Swede, a Danish and a Norwegian are shipwrecked on a desert island. The Swede finds a magic shell that, by rubbing it, grants a wish to each one. “I want to go home, to my big and comfortable bungalow with the Volvo, the video player and the sophisticated Ikea furniture,” says the Swede, and immediately disappears. “I want to go back to my cozy apartment in Copenhagen, sit on the sofa with my feet on the table and be with my attractive girlfriend and a pack of six blond beers,” says the Dane, and goes flying. The Norwegian, after thinking about the problem for a while, rubs the shell and says: “I’m just … I wish my two friends would come back”.

The Finnish school system attracts pedagogues from all over the world eager to learn its secrets: according to international standards, Finns have the best educational system in the world. In addition, they currently have the third most competitive economy. In the last couple of years, Newsweek, the Legatum Institute and Monocle magazine have rated the country or its capital as the best place on earth to live, without exception. At present, Finland has the highest per capita incomes in Western Europe, and it is the only economy in the eurozone that has retained the AAA rating given by these annoying rating agencies. The Finns are considered the least corrupt people on earth (they took first place along with the Danes and New Zealanders in the latest survey conducted by Transparency International).
The Finns are reliable people. In addition, they have a drier sense of humor than the Sahara, charged with a deeply underestimated irony.
The three most prescribed drugs in the country, the first was an antipsychotic drug, the second was insulin and the third was another antidepressant or antipsychotic treatment. According to a report I read in English on a Finnish news page, hundreds of thousands of Finns are hooked on benzodiazepine, a medication to combat insomnia and anxiety. It is even more worrisome that they continue to have the third highest rate of possession of weapons in the world (after the United States and Yemen), the highest murder rate in Western Europe and that they are famous for the reckless consumption of alcohol and their hobby. to suicide.
Unlike in Sweden or Denmark – both have brought to the world a handful of good filmmakers, musicians, writers and, for some time now, television series – Finnish cultural production has fought to expand its scope of action beyond of the Baltic.
The Finns are even more obsessed with the summer houses (mökki, they have 470,000) than the Danes or the Swedes; that they also defend long parental leave after childbirth (mother and father have one year to share between them); and the vast majority is atheist. They rarely set foot inside any of their Spartan Lutheran churches, as they do in the rest of Scandinavia.
The sauna occupies a central place in Finnish social life and leisure time. There is one for every two people in the country, more saunas than cars (more than 2.5 million). The sauna is the main meeting place, a space for physical relaxation with family and friends of both genders. Both. Naked Like a bar or a municipal hall. But naked.
Finnish reluctance could also be interpreted as timidity. The Finnish word for “timid”, owl, lacks the negative connotations that it does have in other languages, and the same goes for the various words that mean “timid” in the rest of the Nordic region.
In some ways, it is possible to consider Finns as hyperscandinavians. As we have already discovered, the Swedes, the Danes and the Norwegians are self-censoring according to the Law of Jante: you should not presume personal achievements or possessions, you should not think that you are better than anyone, and so on. However, the Finns take this kind of modesty to a whole new level, to the point that many claim that it negatively affects their export economy.
In 2007, in a survey of the European Union involving almost 30,000 people, 27 percent of Finns admitted that drinking in this way-consuming five or more drinks in a single session-was their usual way of drinking alcohol ( they were only surpassed by 34 percent of the Irish). It is not about the Finns drinking more than the rest of us throughout the year, but that they tend to gobble it up in one sitting.
The damage that alcohol has caused to the Finns is not only self-inflicted. According to the Global Study on Homicide conducted in 2011 by the United Nations Office on Drugs and Crime, Finland’s intentional homicide rate is twice that of Denmark, whose population is similar in size (2.3 deaths per 100,000 inhabitants in Finland as opposed to 0.9 per 100,000 in Denmark, the British figure is 1.2 and the United States, 5.0).
However, it is sometimes possible to get the impression that the Finns are almost proud of having a reputation as drunks and violent (the question of suicide is not so funny).
The Finnish adoption of the euro meant a huge break with Sweden, which of course kept its crown. The Finns were proud to be the first country to adopt the common currency, thanks to the time difference. That said, the rivalry simmered between the two is aired every year in athletic events that are held between the two countries: Suomi-Ruotsi-maaottelu (literally, the “Finland-Sweden International”).
Finnish women are dominant, “confessed an enthusiastic Roman Schatz, a staunch defender of this species. Traditionally, in the Finnish farms the woman was the boss of everything that happened in the house, including the men, and the men were there to take care of everything that was outside. No Finnish man ever decided anything without consulting his wife. Men scrub the dishes. In Finland there are no housewives: nobody can afford to live on a single salary. Women do not stay at home breastfeeding, they have their own careers and bank accounts.
They defend a society that is surprisingly pluralistic and liberal, you can belong to the sexual, political or religious minority that you want, because they will leave you alone. The freedom of expression is maximum: nobody gets into any problem by saying what he thinks. It is a truly open culture.
All very Scandinavian, but the cultural and political influence of Russia should never be underestimated and, in recent years, Finland has increasingly turned its attention beyond the Baltic, to Estonia and to the EU, for trade, camaraderie and alcohol cheap.

The traditional Swedish crayfish party – the kräftsvika – is one of the few days of public disorder that the Swedes authorize themselves, a rare occasion of unguarded joy in which they are allowed to unleash their Viking spirit, the rest of time it remains dormant. It is celebrated every year in mid-August as the last hurray of summer before the gloom of winter sets in. And it does not make sense to tip over the fact that everyone is completely on spree.
The fear of being ridiculed is reflected in one of the key words that the Swedes use to define themselves: duktig. It literally translates as “clever, ingenious”, but it is a specific type of Swedish ingenuity: a responsible and diligent, as well as punctual, respectful of the laws and industrious. We are talking about a capacity for seriousness in the Japanese style rather than the idea of ​​bragging about being smart.
Stockholm is exceptionally beautiful, the most impressive capital of all of Scandinavia; It’s like a cross between Edinburgh and Venice. At least, this is the impression given from the promenade, but behind the granite splendor lies a grim concrete area not unlike Croydon. As stated in his book Andrew Brown, the center of Stockholm “was rebuilt and dehumanized almost entirely in the sixties.” It is a brutal place without a soul. The reason for this is something mysterious: Sweden emerged from the Second World War completely unscathed. There were no bombings here. Sitting on a bench outside the Kulturhuset (House of Culture).
Swedes have a global reputation for being sexually liberated, but many chroniclers, visitors and even Swedes themselves say that it is a largely unjustified idea; what is certain is that what some perceive as Swedish “sensuality” is attributable to a series of factors.
First, the decriminalization of the Swedish porn industry in the 1960s was a reflection of a measure carried out by the Danes at about the same time, and had the effect of turning the Swedish and Danish pornographic industries into world leaders . Then there is the supposedly relaxed approach of the Swedes towards nudity in the sauna, on the beach, etc. (Which, again, has little to do with having sex).
Sweden’s significant strides towards gender equality could also have confused occasional observers, making them believe that Swedes were especially carefree in other areas, but these measures were implemented mainly with the aim of more women accessing the labor market. .
Sweden is one of the safest, most developed and richest countries in the world, but it is not the first time I hear this kind of stories about the Rosengård colony, which is where we are headed. For right-wing Danes, Rosengård and its almost 90 percent immigrant population have come to symbolize all the bad things about Sweden’s open-door immigration policy. If we believed the rumors circulating about this place, we would be before a hovel governed by crime, a sunken and hopeless neighborhood where the country harries Somali, Iraqi and Afghan immigrants, denying them any hope of a decent life or income.
In Sweden, self-sufficiency and autonomy are everything. Any kind of debt, whether emotional, a favor or money in cash, should be avoided at all costs.
Sweden has had a dedicated Ministry of Gender Equality (recently merged with the Ministry of Education) in charge of overseeing legislation aimed at eliminating discrimination in the workplace, incorporating more women into the labor market and making sure that in every announcement of a cleaning product would appear a man with bucket and mop instead of a woman. Partly as a result, Sweden currently has one of the most generous parental benefits in the world, with sixteen months of leave and 80 percent of the salary guaranteed by law; Parents can dispose of them as they wish until the child turns eight. The father has two of these months assigned exclusively to him. “Dad’s permission,” as it is known colloquially, was introduced in 1995, and currently 85 percent of Swedish parents benefit from it.
Meanwhile, Swedish men are considered the least sexist in the world. A 2009 survey conducted by the University of Oxford revealed that Swedish men help more in housework than any other nation.
“I’m not optimistic with Sweden,” agrees Ulf Nilson. We need to open this system that is so rigid; The welfare state is too bureaucratic. The system invests in too many people. The fiscal strategy is the main key of everything. I live in France and there, if I earn 100,000 crowns a month, maybe 30,000 would be taken away from me. Here, they take away 50,000, but there is no doubt that French health is better. So are you kidding us? Yes, they are kidding us. The fact that there are thousands of people who could be working, but instead live on unemployment, is certainly not good. This system of dependence is not good. I left Sweden and became a millionaire based on work. You could never do something like that here. I have the feeling of having escaped, of having been lucky.
Sweden does seem to be sitting on a demographic bomb. It is the only country in the world in which people over eighty years old make up more than 5 percent of the population (the global average is 1 percent). Almost 20 percent of Swedes are over sixty-five years old, which makes Sweden the oldest country in Scandinavia, and the eighth in the world. According to the predictions of the World Bank, by 2040 one third of Swedes will have reached retirement age. However, Sweden, as you can imagine, is well prepared (unlike, say, Italy, which is well fucked in this regard). It has a highly developed state pension system that is expected to be able to cope with future demographic challenges; the IMF ranked Sweden seventh in terms of its current care of the elderly and its future preparation to care for an aging population.
Stresses that many of the Swedes with whom you talk to the cultural production of their country. I’ve always had Sweden as the home of heavyweights such as Strindberg and Bergman, as well as all those immensely popular authors like Astrid Lindgren, Henning Mankell and, of course, Stieg Larsson. From Jenny Lind, the Swedish soprano worshiped by Hans Christian Andersen, to ABBA and Robyn, Sweden has also sent great popular singers and songwriters to a grateful world.
In any case, comments like this one from Åke Daun were not atypical at all:
-The culture is not important in Sweden. Our strength is technical creativity, not artistic creativity.
He was of the opinion that Sweden’s self-image was more dedicated to succeeding as a manufacturer of ball bearings, zippers and safety matches.

In Scandinavia, it is a reality. These are the lands of opportunities. There is greater social mobility in the Nordic countries than in the United States or Great Britain and, despite collectivism and state interference in the lives of the people who live here, in the north there is a much greater freedom to be the person you want to be and to do the things you want to do. In a recent Gallup poll, only 5 percent of Danes said they could not change their lives if they wanted to.
Schools are crucial for this social mobility. The autonomy enabled by a free and high quality educational system is just as important, if not more, than the economic equality of the region and the extensive welfare state protection networks. In Scandinavia, standard education is not only the best in the world, but the opportunities it presents are available to all, free of charge. They are the foundations of Nordic exceptionality.
There are those who can argue that the reality of Nordic autonomy is that you are free … to be Nordic.
Scandinavia has a particular difficulty integrating its non-Western immigrants. In the last two decades, the average family income of non-European immigrants has decreased compared to that of Swedes born in Sweden. They currently earn 36 percent less per month compared to 21 percent less than they received in 1991.
However, of all the countries of the North, and ironic as the incendiary rhetoric of their right-wing politicians may seem during the last decade, I would say that it is Denmark that seems to lead the way towards a properly integrated Nordic multi-ethnic society. Danish immigrants are less segregated than those in Sweden; traditionally they have been more extended by the provinces and they mix more with the indigenous population. This has meant that the Danes have had to face the challenges of integration more directly, but they have also made greater progress.
The Nordic Union, which has launched trade between the five countries, coordinated an effective cooperation of “soft powers” in terms of foreign aid and has endeavored to spread a veil over historical conflicts and promote cultural ties between countries members. At this time when the Nordic peoples do not add up to six million people, as happened in Ørsted’s time, but twenty-five, a true union would have even more weight. Is it possible that the next step is the total unity, the real economic and military integration of the five countries of the Nordic Union: Denmark, Sweden, Iceland, Norway and Finland?
Although in recent years this idea has been widely debated in the Scandinavian media – there are those who have suggested the Federated States of Scandinavia as a Nordic alternative to the faltering EU – at the moment it does not seem to be happening.

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2 pensamientos en “Gente Casi Perfecta. El Mito De La Utopía Escandinava — Michael Booth / The Almost Nearly Perfect People: Behind the Myth of the Scandinavian Utopia by Michael Booth

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