Diarios De La Revolución De 1917 — Marina Tsvietáieva / Earthly Signs: Moscow Diaries, 1917-1922 by Marina Tsvetaeva

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Sus diarios me dieron una idea del carácter y la personalidad de la poetisa, así como una visión micro-cósmica del caos, la incertidumbre y el miedo que muchos rusos sintieron durante la Revolución Rusa y la Guerra Civil.
Tsvetaeva era una mujer melancólica. Esto es evidente en su poesía, pero se muestra vívidamente en su lechería. No atrapada en el romance y el drama de la revolución, Tsvetaeva se preocupó por cosas más básicas: la seguridad, la comida y la inquietante preocupación por la seguridad de su familia. Este es un hilo común en todo el diario, ya que viaja desde Crimea a Moscú a otros lugares. Los rostros, las conversaciones y las preocupaciones de quienes se cruzan en su camino están documentados meticulosamente, junto con sus propias reflexiones y pensamientos. Un pasaje en particular me impactó, mientras Tsetaeva medita sobre el dolor que inflige la guerra, escribiendo: «Una hija cuyo padre ha sido asesinado – es huérfana. Una esposa cuyo esposo fue asesinado es una viuda. Pero una madre cuyo hijo ha sido ¿delicado?» Esto es bastante representativo de los pensamientos que ocupan la mayoría del libro.
Gran parte del poder de los diarios es el resultado de la misma Tsvetaeva, sin duda.

Moscú. Negrura. A la ciudad se puede entrar con un salvoconducto. Yo tengo uno, del todo distinto, pero es igual. (Para la vuelta en tren a Feodosia: esposa de lugarteniente). Tomo un coche de alquiler. El artesano, por supuesto, ha desaparecido. Parto. El cochero está locuaz, yo ausente, el empedrado lleno de baches. Tres veces se nos acercan con linternas. — «¡El salvoconducto!». — Se lo extiendo. Me lo devuelven sin haberlo visto. El primer tañido. Son cerca de las cinco y media. Comienza a clarear. (¿O lo parece?). Las calles desiertas, desertadas. No reconozco el camino, no lo conozco (me lleva dando un gran rodeo), tengo la impresión de ir siempre a la izquierda, como a veces una idea en el cerebro. Algo atravesamos y por algo huele a heno. (¿Pero quizá, pienso, sea — la plaza Sénnaia, y de ahí — el heno?). Suenan disparos en los puestos de guardia: alguien no se rinde.
Ni una vez — en las niñas. Si S. no está, no estaré yo, y por tanto, ellas tampoco. Alia sin mí no vivirá, no querrá, no podrá.

La estación. Gris y ondulante. La tierra — como el cielo en los cuadros de batallas. Aun a lo lejos me asusto, tomo a mi compañero del brazo.
—¡¿Qué es?!
N, forzando una sonrisa:
—Es la gente, Marina Ivánovna, está esperando subir.
Nos acercamos: túmulos y cúmulos de sacos, en los intervalos: duelos, suspiros, pañuelos. Casi no hay hombres: la cotidianidad de la Revolución, como cualquier otra, pesa sobre las mujeres: antaño — los haces, ahora — los sacos. (La cotidianidad es un saco: agujereado. Y pese a todo lo cargas).
Rostros desconfiados se vuelven hacia nosotros.
—¡Señores!
—¡Han devorado Moscú, y ahora quieren devorar la aldea!
—¡Han desvalijado a los campesinos!

Hay en nuestro Comisariado una vieja solterona — flaca — con un lazo — enamorada de sus hermanos-médicos mayores, a quienes consigue chocolate gracias a las tarjetas para los niños, — marrullera, buscapleitos, que, por cierto, sabe idiomas («cuestión de familia»), etcétera. Cuando se entera de que alguien ha caído enfermo, — con una seguridad inquebrantable — y como cortando algo con la mano — declara: «La contagiaron». O bien, «lo contagiaron» según se trate de un alguien femenino o masculino.
Tifus y ciática — para ella todo es sífilis.
Psicosis de solterona.
Y hay otra — rolliza, novata, nieta de la abuela, amiga de mi negro-blanco, provinciana. Una muchachita conmovedora. Hace muy poco llegó de Rybinsk. En casa se quedaron la abuela y el hermanito. Un doble e inagotable pozo de felicidad.
—Nuestra abuela es así: no soporta a los niños pequeños. A uno de pecho no lo cogería por nada en brazos: huelen, dice, y dan molestias. Pero cuando crecen — bueno. Los acicala, los enseña. A mí me crió desde los cinco años.

El pan. El gesto. Dar. Tomar. Nada de esto habrá allá. Por eso todo lo que se desprende del dar y del tomar — es mentira. El pan mismo — es mentira. Nada, construido sobre el pan, sobrevivirá (mezclado con levadura — no subirá). La masa de nuestros sentimientos de pan al contacto con la gélida temperatura de la Inmortalidad se bajará inevitablemente.
Ni siquiera vale la pena hacer la mezcla.
Tomar — es vergonzoso, ¡no!, dar — es vergonzoso. Quien toma, ya que toma, deja claro que no tiene; quien da, ya que da, deja claro que tiene. Evidente confrontación entre el tener y el no tener…
Habría que dar de rodillas, como piden los mendigos.
Por fortuna, de este pudor de la dádiva sólo están dotados los pobres. (¡La delicadeza de su don!). Los ricos se limitan a un segundo de vacilación antes de dar… sus honorarios a un médico.
La gratitud: de la admiración a la impugnación.

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Her diaries did give me some insight into the character and personality of the poet, as well as a micro-cosmic view into the chaos, uncertainty and fear that many Russians felt during the Russian Revolution and the Civil War.
Tsvetaeva was a melancholy woman. This is apparent in her poetry, but it is vividly shown in her dairy. Not caught up in the romance and drama of the revolution, Tsvetaeva instead was concerned with more basic things: safety, food, and the nagging worry of the safety of her family. This is a common thread throughout the diary as she travels from the Crimea to Moscow to elsewhere. The faces, conversations and concerns of those who cross her path are meticulously documented, along with her own reflections and thoughts. One passage in particular struck me, as Tsetaeva meditates on the grief that war inflicts, writing, «A daughter whose father has been killed – is an orphan. A wife whose husband has been killed is a widow. But a mother whose son has been killed?» This is fairly representative of thoughts that occupy the majority of the book.
Much of the power of _Earthly Signs_ is the result of Tsvetaeva herself, to be sure.

Moscow. Blackness. The city can be entered with a safe conduct. I have one, quite different, but it’s the same. (For the train return to Feodosia: lieutenant’s wife). I take a rental car. The artisan, of course, has disappeared. Birth. The coachman is talkative, I am absent, the pavement is bumpy. Three times they approach us with lanterns. – «The safe-conduct!» – I’m extending it. They return it to me without having seen it. The first sound It’s close to five thirty. It begins to clear. (Or do you think?) The deserted streets, deserted. I do not recognize the road, I do not know it (it takes me a long way round), I have the impression of always going to the left, as sometimes an idea in the brain. Something went through and something smells like hay. (But maybe, I think, be – the Sénnaia square, and from there – the hay?). Shots are fired in the guard posts: someone does not give up.
Not once – in girls. If S. is not there, it will not be me, and therefore, neither will they. Alia without me will not live, will not, can not.

The station. Gray and undulating. The earth – like the sky in the battlefields. Even in the distance I get scared, I take my partner’s arm.
-What is it?!
N, forcing a smile:
– It’s the people, Marina Ivanovna, waiting to go up.
We approach: tumuli and sack clusters, in the intervals: duels, sighs, handkerchiefs. There are almost no men: the daily routine of the Revolution, like any other, weighs on women: once – you make them, now – sacks. (Everyday life is a bag: bored, and in spite of everything you charge).
Distrustful faces turn towards us.
-Sirs!
-They have devoured Moscow, and now they want to devour the village!
– They have robbed the peasants!

There is in our Commissariat an old spinster – skinny – with a tie – in love with her brothers-older doctors, who get chocolate thanks to the cards for children, – bullshit, troublemakers, who, by the way, knows languages ​​(«question of family »), etcetera. When she learns that someone has fallen ill, – with unwavering security – and like cutting something with her hand – she declares: «They infected her». Or, they «caught it» depending on whether it was a female or a male.
Typhus and sciatica – for her everything is syphilis.
Spinster psychosis
And there is another – plump, novice, granddaughter of the grandmother, friend of my black-white, provincial. A touching little girl. He recently arrived from Rybinsk. The grandmother and the little brother stayed at home. A double and inexhaustible well of happiness.
-Our grandmother is like this: she does not support small children. I would not take one of my breasts for anything in my arms: they smell, he says, and they cause discomfort. But when they grow up – good. The groom, teaches. He raised me since he was five years old.

Bread. The gesture. Give. Drink. None of this will be there. That is why everything that comes from giving and taking – is a lie. The bread itself – it is a lie. Nothing, built on bread, will survive (mixed with leaven – it will not rise). The mass of our feelings of bread in contact with the icy temperature of Immortality will inevitably come down.
It’s not even worth mixing.
Take – it’s shameful, no! Give – is shameful. Who takes, since it takes, makes clear that it does not have; who gives, since he gives, makes clear that he has. Evident confrontation between having and not having …
It would be necessary to kneel, as the beggars ask.
Fortunately, only the poor are endowed with this modesty of the gift. (The delicacy of his gift!). The rich are limited to a second of hesitation before giving … their fees to a doctor.
Gratitude: from admiration to challenge.

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