¿Derrotó El Smartphone Al Movimiento Ecologista? — Jorge Riechmann Fernández / Did the Smartphone Beat the Ecologist Movement? by Jorge Riechmann Fernández (spanish book edition)

E90B9598-50E3-437B-9B9D-2B74D80ED2FD
Interesante reflexión del libro donde expone nos movemos como sonámbulos. “Una noción reveladora es la de sonambulismo tecnológico. […] Caminamos dormidos voluntariamente a través del proceso de reconstrucción de las condiciones de la existencia humana [por la tecnología]
Caminamos como durmientes que no quisieran ser despertados, aparentemente presos de nuestra incapacidad de mirar de verdad hacia el futuro, de percibir los problemas nuevos (o las nuevas aristas de problemas muy viejos).
Imaginar que Apple y Siemens son perdurables y la naturaleza perecedera es un error banal.
Hay que insistir en ello: aunque a menudo se emplea la retórica de “salvar el planeta”, este seguirá adelante, con seres humanos o sin ellos. La Tierra no nos necesita a nosotros: nosotros necesitamos a la Madre Tierra. La vida como fenómeno biológico es extremadamente resistente (los biólogos hablan en este contexto de resiliencia, con un término que toman prestado de la psicología): ni siquiera la peor catástrofe imaginable causada por seres humanos —”antropogénica”, por emplear un adjetivo que oímos a veces—, una guerra nuclear generalizada, acabaría con las formas más sencillas de vida, y la evolución continuaría luego su curso. Las bacterias seguirán ahí: son las posibilidades de vida buena para los seres humanos.

Hoy la cuestión no es solo que la economía mundial pueda caer en un estado permanente de lento crecimiento (tesis del “estancamiento secular”), circunstancia que provoca sudores fríos en sociedades que han convertido el crecimiento económico en palanca y contenido del progreso; sino que, más allá de esto, los efectos combinados de dinámicas como la escasez de energía y materiales, el calentamiento global y la degradación ecosistémica pueden dar lugar a verdaderas rupturas históricas. Todo sugiere que se avecinan convulsiones de desconocida magnitud para las que nuestras sociedades distan de estar preparadas.
Hoy, el “sentido común” dominante tiende a dar por sen­­tado que la tecnificación de la producción seguirá adelante sin trabas, de manera que el trabajo se convertirá en una suerte de bien escaso, y que el problema será si acaso la inexistencia de demanda solvente para consumir lo que produzcan los robots.
En el segundo decenio del siglo XXI, en el promedio global, cada unidad de trabajo humano viene respaldada por más de 90 unidades de trabajo proporcionado por las energías fósiles (carbón, petróleo y gas natural); en los países enriquecidos esa cifra se multiplica por cuatro (¡una relación de 360 a uno!). Ahora que avanzamos hacia tiempos de descenso energético, cuando vamos ne­­cesariamente a contar con muchos menos “esclavos energéticos”, la cuestión del trabajo humano se planteará de forma bien distinta. ¿Nos hacemos cargo de la realidad, o seguimos fantaseando con la digitalización liberadora y la automatización total?.

Nos prometen el Internet de las cosas, la producción robotizada y la digitalización total… pero en el mejor de los casos tendremos quizá una buena Edad Media.
Por favor, ¡no seamos tan crédulos! La cuestión no estriba en manifestar optimismo o pesimismo: se trata, antes que nada, de analizar la realidad sin hacernos trampas en el solitario. La cultura dominante se ha situado —y nos ha situado a todas y a todos— fuera de la realidad. Basta con reflexionar un rato sobre clima y energía para darse cuenta de ello… Nuestras sociedades petrodependientes y biocidas no deberían reprimir esta reflexión a comienzos del Siglo de la Gran Prueba.
Lo que está en juego con las nanotecnologías y la biología sintética es mucho más que un balance entre beneficios y riesgos: se trata de una intensa transformación del modelo social de relación con la naturaleza, con la materia inanimada y con los seres vivos, a partir de cierta visión de la vida, la sociedad y la tecnociencia vinculada a criterios capitalistas de productividad y beneficio privado. Yo diría que la verdadera opción se sitúa entre una técnica al servicio del Buen Vivir o la vida buena (para algunos, entre quienes me cuento, concebida de forma no antropocéntrica), que acepta nuestra ecodependencia e interdependencia, así como los límites de la condición humana, frente a una tecnología al servicio de la dominación que no reconoce ninguna clase de límites.
Hoy seguimos creando dioses al por mayor —aunque sea en la versión degradada de las películas de Hollywood sobre superhéroes Marvel— y encima los biólogos sintéticos se disponen a darlo todo para intentar crear esa lombriz… Que los dioses (los de antes) nos cojan confesados.

Un superaparato técnico que tiende a sustituir a toda otra realidad (en 2015, con más de 7.300 millones de dispositivos, el número de teléfonos móviles superó por primera vez el número de personas en el mundo).
Vivimos en un mundo donde lo tanático campa por sus respetos, fuera de todo control. Llámenlo transhumanismo si lo prefieren, para no emplear la expresión pulsión de muerte. Todo indica que los horrores del siglo XXI harán pequeño cuanto la humanidad conoció en el pasado.
Vivimos ya en un mundo intensamente distópico; pero parece que la inmensa mayoría de nosotras y nosotros no alcanza a imaginar la distopía extrema, potenciada hasta lo indecible, del mundo hacia el que vamos.
Desde la irrupción del Internet móvil distribuido (smartphones y tablets y…), vivimos en un mundo hiperconectado, que nos satura de informaciones hasta la extenuación. Los asesores financieros explican cosas como que “el mercado se mueve cada vez más a ritmo de tuits, de informaciones a corto plazo. Un ejemplo es lo que ocurrió tras el brexit, donde se castigó a compañías que no tenían un solo euro de negocio en Reino Unido. En el mercado hay tanta información que a los inversores no les da tiempo a analizarla a fondo. Tenemos más información que nunca en la historia, pero al mismo tiempo ese exceso de datos provoca que las cosas no se analicen tanto…”.
En resumen, no hay otros límites al crecimiento de Internet que el del propio suministro energético al sistema. Esto hace de Internet algo único.
Hay varias formas de limitar la demanda de datos, alguna de las cuales resultan más prácticas que otras. Podríamos ilegalizar el uso del vídeo y volver a hacer de Internet un medio de intercambio de texto e imágenes. Podríamos limitar la velocidad de las conexiones inalámbricas de Internet. O podríamos aumentar los precios de la energía, que podrían afectar también a las alternativas fuera de línea y así equilibrar el terreno de juego. […] Limitar la demanda implicaría también que algunas actividades en línea volviesen a hacerse fuera de línea, siendo el vídeo en directo (en streaming) el candidato número uno. Es bastante fácil imaginar alternativas fuera de línea que ofrezcan ventajas similares con mucho menor consumo de energía, tales como videotecas públicas…

Hoy los sociólogos advierten frente al enganche constante que experimenta cada vez más gente, sobre todo a través de los dispositivos móviles, y acuñan neologismos como FOMO (Fear Of Missing Out, el miedo a perderse), infoxicación (intoxicación informativa) o nomofobia (el miedo a estar sin móvil).
No sabemos soportar la soledad y el aburrimiento: es el problema de la “habitación de Pascal” sobre el que ya hace tiempo llamé la atención… Creo que esa incapacidad es la razón de fondo que explica cómo el smartphone se ha convertido en el miembro más imprescindible del cuerpo humano, tan poco tiempo después de comenzar a comercializarse. Y así, para preservar el Internet móvil mercantilizado que nos promete constante distracción y compañía, así, para salvar ese perverso orden de prioridades, devastaremos la biosfera y destruiremos el mundo humano.
Nomofobia, ya lo decíamos antes: el miedo a estar sin teléfono móvil. Como nos resulta (parafraseando a Frederic Jameson) más fácil imaginarnos el final del mundo que el final del smartphone, todo indica que la devastación de la biosfera —y con ella la autoaniquilación del ser humano— va a proseguir hasta sus últimas consecuencias (o quizá —si hay mucha suerte— solo hasta las penúltimas…). No es una fatalidad —depende de lo que hagamos y dejemos de hacer, y somos animales con libre albedrío—, pero es lo que desgraciadamente va a suceder.
Hay cuatro claves para entender el “lado oscuro” de Internet, sintetiza Andrew Keen. “Internet está agravando la desigualdad entre ricos y pobres; está contribuyendo a largo plazo a la crisis del paro, con máquinas inteligentes que sustituyen incluso el trabajo especializado de la clase media; está creando una economía de la vigilancia, donde somos el producto, convertidos en datos que Google y Facebook venden a otras compañías para hacer publicidad; y nos está volviendo peor informados, más ignorantes y narcisistas”. Pero existe al menos una quinta clave, que resulta letal: Internet, la World Wide Web malinterpretada como cumbre de la civilización humana, está echando gasolina al fuego de la hybris humana y nos está llevando a una fijación de prioridades sociales desastrosa.

Interesting reflection of the book where he exposes we move like sleepwalkers. «A revealing notion is that of technological somnambulism. […] We walk asleep voluntarily through the process of reconstructing the conditions of human existence [by technology]
We walked like sleepers who did not want to be awakened, apparently prisoners of our inability to really look to the future, to perceive new problems (or the new edges of very old problems).
Imagine that Apple and Siemens are enduring and perishable nature is a banal error.
We must insist on this: although the rhetoric of «saving the planet» is often used, it will continue, with or without human beings. Earth does not need us: we need Mother Earth. Life as a biological phenomenon is extremely resistant (biologists speak in this context of resilience, with a term borrowed from psychology): not even the worst catastrophe imaginable by human beings – «anthropogenic», to use an adjective we hear sometimes, a generalized nuclear war, would end the simplest forms of life, and evolution would then continue its course. The bacteria will remain there: they are the possibilities of a good life for human beings.

Today the question is not only that the world economy can fall into a permanent state of slow growth (thesis of «secular stagnation»), a circumstance that causes cold sweats in societies that have turned economic growth into the lever and content of progress; but beyond this, the combined effects of dynamics such as shortages of energy and materials, global warming and ecosystem degradation can give rise to real historical ruptures. Everything suggests that seizures of unknown magnitude are approaching, for which our societies are far from prepared.
Today, dominant «common sense» tends to assume that the technification of production will go ahead unhindered, so that work will become a kind of scarce good, and that the problem will be if any lack of solvent demand to consume what the robots produce.
In the second decade of the 21st century, in the global average, each unit of human work is supported by more than 90 work units provided by fossil fuels (coal, oil and natural gas); in enriched countries that figure is multiplied by four (a ratio of 360 to one!). Now that we are moving towards times of energetic descent, when we are going to necessarily have many less «energetic slaves», the question of human work will be posed very differently. Are we taking charge of reality, or are we still fantasizing about liberating digitalisation and total automation?

They promise us the Internet of things, robotic production and total digitization … but in the best of cases we will have a good Middle Ages.
Please, do not be so gullible! The question is not to express optimism or pessimism: it is, first of all, to analyze reality without cheating on the solitary. The dominant culture has been located – and has placed us all and all – out of reality. It is enough to reflect for a while on climate and energy to realize it … Our petro-dependent and biocidal societies should not repress this reflection at the beginning of the Century of the Great Test.
What is at stake with nanotechnologies and synthetic biology is much more than a balance between benefits and risks: it is an intense transformation of the social model of relationship with nature, with inanimate matter and with living beings, starting from of a certain vision of life, society and technoscience linked to capitalist criteria of productivity and private benefit. I would say that the real option is between a technique at the service of Good Living or a good life (for some, among whom I count, conceived in a non-anthropocentric way), which accepts our ecodependence and interdependence, as well as the limits of the condition human, in front of a technology at the service of domination that does not recognize any kind of limits.
Today we continue to create gods wholesale – even in the degraded version of Hollywood films about Marvel superheroes – and synthetic biologists are ready to give everything to try to create that worm … May the gods (the former) catch us confessed.

A technical super gizmo that tends to replace all other reality (in 2015, with more than 7.300 million devices, the number of mobile phones exceeded the number of people in the world for the first time).
We live in a world where the commodity campaign for its respects, out of all control. Call it transhumanism if you prefer, not to use the expression death drive. Everything indicates that the horrors of the 21st century will make small what humanity knew in the past.
We already live in an intensely dystopian world; but it seems that the immense majority of us and we can not imagine the extreme dystopia, potentiated to the unspeakable, of the world to which we are going.
Since the irruption of the distributed mobile Internet (smartphones and tablets and …), we live in a hyperconnected world, which saturates us with information until exhaustion. The financial advisors explain things like «the market is moving more and more at the rate of tweets, of short-term information. An example is what happened after the brexit, where companies that did not have a single euro of business in the United Kingdom were punished. There is so much information in the market that investors do not have time to analyze it thoroughly. We have more information than ever in history, but at the same time that excess of data causes that things are not analyzed so much … «.
In summary, there are no other limits to the growth of the Internet than the power supply to the system itself. This makes the Internet something unique.
There are several ways to limit the demand for data, some of which are more practical than others. We could make the use of video illegal and re-use the Internet as a means of exchanging text and images. We could limit the speed of Internet wireless connections. Or we could increase energy prices, which could also affect offline alternatives and thus balance the playing field. […] Limiting the demand would also mean that some online activities would be taken offline again, with the live video (streaming) being the number one candidate. It is quite easy to imagine offline alternatives that offer similar advantages with much lower energy consumption, such as public video libraries …

Today, sociologists warn against the constant hitch that more and more people are experiencing, especially through mobile devices, and coined neologisms such as FOMO (Fear Of Missing Out, the fear of getting lost), infoxication (information intoxication) or nomophobia (the fear of being without a cell phone).
We do not know how to endure loneliness and boredom: it is the problem of the «Pascal room» about which I drew attention a long time ago … I think that this inability is the underlying reason that explains how the smartphone has become the most essential of the human body, so soon after starting to market. And so, to preserve the commercialized mobile Internet that promises us constant distraction and company, so, to save that perverse order of priorities, we will devastate the biosphere and destroy the human world.
Nomophobia, as we said before: the fear of being without a mobile phone. As it turns out (paraphrasing Frederic Jameson) it is easier to imagine the end of the world than the end of the smartphone, everything indicates that the devastation of the biosphere – and with it the self-annihilation of the human being – will continue to its ultimate consequences (or perhaps -If there is much luck- only until the penultimate …). It is not a fatality – it depends on what we do and stop doing, and we are animals with free will – but that is what is unfortunately going to happen.
There are four keys to understanding the «dark side» of the Internet, synthesizes Andrew Keen. «The Internet is aggravating the inequality between rich and poor; it is contributing in the long term to the unemployment crisis, with intelligent machines that substitute even the specialized work of the middle class; is creating an economy of surveillance, where we are the product, converted into data that Google and Facebook sell to other companies to advertise; and it is making us worse informed, more ignorant and narcissistic. » But there is at least a fifth key, which is lethal: Internet, the World Wide Web misinterpreted as the summit of human civilization, is pouring gasoline into the fire of human hybris and is leading us to a disastrous social priority setting.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.