Los Que Susurran — Orlando Figes / The Whisperers: Private Life in Stalin’s Russia by Orlando Figes

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Es una obra releída varías veces, más que emotiva, pemite conocer, de primera mano, los testimonios de docenas de víctimas del sistema de represión soviético (aunque no todas ellas se reconozcan com tales). Excelente el trabajo de condensación de las miles de horas de entrevistas hechas por diferentes equipos.

La premisa subyacente del libro es que todo el material de fuente primaria escrito y impreso de la era de Stalin es tan poco fiable que la única forma y la mejor manera de entenderlo es entrevistar a las personas que lo experimentaron. Al entrevistar personas, también existe la oportunidad de abordar las imprecisiones y omisiones y también de investigar más a fondo. Entonces, después de recibir unas increíbles entrevistas de 1500 (!!!) con la asistencia de varias Sociedades Conmemorativas que se formaron para este fin en Rusia después de Glasnost, Figes finalmente puede contar la historia «real» de lo que sucedió.
No soy un experto en el tema, y ​​honestamente, dado los libros de Solzhenitsyn y Ginzburg y otros, no puedo imaginar que el libro de Figes contenga algo nuevo, en el sentido más amplio. Es solo que Figes tiene esta asombrosa fuente de 1500 entrevistas personales para trabajar como material de origen, por lo que, de otras maneras, tal vez por el contrario, casi todo en el libro es información nueva y original e interesante.
El libro está muy bien escrito. Está organizado muy estrecha y cronológicamente por cientos y cientos de historias personales durante el período previo a la Guerra Civil, a los gulags, la muerte de Stalin y los efectos persistentes del estalinismo. El libro también investiga psicológicamente cómo la población trató y percibió las acciones de Stalin.
Figes es un apasionado de su tema. Él dedica el libro a la familia de su madre que salió o murió (?) En la Alemania nazi (Figes es judía). Entonces, aunque él nunca menciona esto per se, estoy seguro de que esta es la razón por la que es tan apasionado con este tema y el libro: comprende la importancia de documentar de forma precisa y completa los crímenes de Stalin contra la humanidad, «nunca más».
Frustrante, el pueblo ruso es increíblemente reacio a hablar sobre la inhumanidad que ocurrió en una escala increíblemente gigantesca hace 50-60 años por temor a represalias, a pesar de que están al final de sus vidas y ha transcurrido medio siglo. Una vez que la gente muere, sus historias y la historia del Terror muere con ellos. Las historias personales parecen tentadoramente fáciles de conseguir, pero elusivas y vagas. Esto también debe haber motivado a Figes.
Una preocupación que tuve fue que al seleccionar a quién entrevistar y al seleccionar qué entrevista incluir en el libro, sé que el libro debe haber sido parcial de alguna manera. Por otro lado, el panorama general de Stalin y los gulags es tan bien conocido y la información, como las 1500 entrevistas tan escasas, que uno tiene que apreciar el libro como lo que es: ¡revolucionario!
PD: Aunque las primeras 100-200 páginas de la Guerra Civil fueron realmente muy buenas, tuve dificultades para dejar de leerlas una vez que Stalin apareció a fines de la década de 1920.

Figes es un escritor consumado y un maestro de su oficio, por lo que es un hecho que este libro es un placer de leer. Otros críticos han notado que Figes saca de la oscuridad las historias de varias familias y las presenta de tal manera que recrean para nosotros algo del humor de la Rusia estalinista (o, más precisamente, la Unión Soviética, incluyendo como lo hizo Bielorrusia, Ucrania, y los diversos stans) y la miríada de inconvenientes diarios, humillaciones, injusticias y terrores que impuso a sus ciudadanos durante varias décadas. Para cualquiera que desee comprender la mentalidad rusa y desear comprender por qué los rusos parecen ocupar con frecuencia un universo mental y emocional diferente de los que vivimos en Occidente, este libro es vital.
Una sociedad entera fue embrutecida por Stalin y sus colaboradores y las peores brutalidades ocurrieron en las mentes de las personas. Como resultado, ciento cuarenta millones de personas llevan las cicatrices hasta el día de hoy. Lo triste es que la mayoría de los resultados son insignificantes y, por lo tanto, casi irrelevantes, excepto por el hecho de que los resultados globales pueden ser devastadores. Incluso hoy en día, cuando las ciudades más grandes de Rusia han logrado una apariencia superficial de éxito económico, la psique rusa permanece bloqueada en la congelación. Los rusos saben, sin esperanza de contradicción, que todo y todos son corruptos. Las personas comunes son peones, incapaces de alterar los resultados. Los rusos son personas supremamente fatalistas porque su historia los ha moldeado de esta manera. Stalin se aprovechó de este rasgo y lo reforzó con su propio tipo de represión. En Occidente, nos sorprende oír a la gente rememorar los «buenos viejos tiempos» del sistema soviético; en Rusia parece perfectamente razonable porque una nación entera fue entrenada desde la más tierna infancia para olvidar la realidad y recordar solo la versión oficial del pasado.
Como Figes describe la forma en que la sociedad soviética fomentaba todos los peores y más insignificantes impulsos de la naturaleza humana, solo podemos estremecernos y sentirnos agradecidos de que no vivimos en asignaciones cuadradas de diez metros de espacio comunal en las que algún anciano o antiguo campesino ha sido nombrado mini-zar sobre todos los demás, monitoreando el uso del inodoro, discutiendo sobre el uso de una sola bombilla, y eliminando astutamente los escasos restos de comida que podrían haber sido almacenados en el armario comunal para evitar el hambre del mañana. Se anima a los niños a denunciar a los padres; nadie puede confiar en nadie más; el arresto y la detención arbitrarios siempre es una posibilidad; y los venal e hipócrita asumen posiciones de poder mientras que los competentes son fusilados como «saboteadores».
Este maravilloso libro abre historias familiares individuales y nos muestra cómo las vidas de las personas comunes se desarrollaron durante un tiempo de terror e injusticia aburrida. El autor revela cómo los individuos se enfrentaron adquiriendo trucos mentales y hábitos de comportamiento que permitían la supervivencia física a expensas de la conciencia. Los humanos son a menudo maestros del autoengaño y en la Unión Soviética el autoengaño se elevó al poder de la psique nacional. Una vez que uno ha leído este libro, uno comprende por qué incluso hoy los rusos que andan por las calles de Moscú o San Petersburgo parecen estar encerrados en occidentales: raramente miran hacia arriba, nunca sonríen, siempre usan el tradicional pellizco cuando Militzia u otro uniformado tipos están cerca. Y el enfoque ruso desvergonzadamente autodestructivo para el (des) servicio del cliente también se explica en estas páginas: todo es una lucha, un juego de suma cero en el que las pequeñas victorias son todo lo que se puede esperar. La oportunidad de ser grosero con un extranjero o engañarlos en una transacción monetaria es simplemente irresistible. ¿Cuándo otra vez se puede presentar tal oportunidad?
Del mismo modo, las supersticiones profundamente primitivas que recorren toda la cultura rusa, como las que atraviesan la vida en el campo italiano, son una consecuencia inevitable de una mentalidad que acepta un papel muy insignificante para el individuo. Alguien, algo, siempre está por encima de controlar el resultado. Todo lo que uno puede hacer es encogerse de hombros y esperar que no sea tan malo, sea lo que sea. El pasado siempre fue mejor, el zar siempre es bueno y amable, y la vida es terrible, pero se puede mejorar de vez en cuando con una copiosa cantidad de vodka y (para los afortunados) shashlik. Zazdarovia!

La Guerra Civil no fue tan sólo un combate militar contra los ejércitos Blancos: fue una guerra revolucionaria contra los intereses privados de la antigua sociedad. Para combatir a los Blancos, los bolcheviques desarrollaron su primera versión de la economía planificada (comunismo de guerra), que se convertiría en el modelo de los Planes Quinquenales de Stalin. Trataron de erradicar el comercio y la propiedad privados (incluso se proyectó reemplazar el dinero con el racionamiento universal); confiscaron las cosechas de los campesinos para alimentar a las ciudades y a los soldados; reclutaron a millones de personas para los ejércitos de trabajadores que se usaban en el «frente económico» para talar árboles que se usarían como combustible, para construir caminos y reparar vías férreas; impusieron formas experimentales de trabajo colectivo, alojando a los trabajadores en barracones construidos junto a las fábricas; libraron una guerra contra la religión, persiguiendo a sacerdotes y creyentes y clausurando cientos de iglesias; y silenciaron todo disenso y oposición a la Dictadura del Proletariado. En el «frente interno» de la Guerra Civil, los bolcheviques desencadenaron una campaña de terror (el «Terror Rojo») contra «la burguesía» —ex funcionarios zaristas, terratenientes, comerciantes, campesinos kulaks, pequeños comerciantes y la antigua intelligentsia —, cuyos valores individualistas los convertían en potenciales partidarios de los Blancos y otros «contrarrevolucionarios». Los bolcheviques creían que esta violenta purga de la sociedad era un atajo para alcanzar la utopía comunista.
En la primavera de 1921, las políticas instrumentadas por el comunismo de guerra habían arruinado la economía soviética y condenado al hambre a gran parte del campesinado.
Aproximadamente unas cien mil personas fueron encarceladas o deportadas, y quince mil murieron durante la represión. Pero Lenin también advirtió que, para aplacar la oleada de revueltas populares y para lograr que los campesinos reanudaran el suministro de alimentos a las ciudades, no bastaba con combatirlas: los bolcheviques tendrían que abandonar las aborrecidas políticas del comunismo de guerra y volver a instaurar el libre comercio. Tras haber derrotado al Ejército Blanco, los bolcheviques no tuvieron más remedio que rendirse ante al campesinado.

Los bolcheviques consideraban que la educación era la clave para la creación de una nueva sociedad. Por medio de las escuelas y ligas comunistas para niños y jóvenes (los Pioneros y el Komsomol), procuraban adoctrinar a la generación siguiente, instaurando en ella el nuevo estilo de vida colectivo. Tal como declaró en 1918 uno de los teóricos de la educación soviética:
Debemos convertir a los niños y jóvenes en una generación de comunistas. Los niños, como blanda cera, son muy maleables, y es necesario moldearlos como buenos comunistas (…) Debemos rescatar a los niños de la dañina influencia de la familia (…) Debemos nacionalizarlos. Desde los primeros días de su corta vida, deben encontrarse bajo la benéfica influencia de las escuelas comunistas… Obligar a la madre a entregar su niño al Estado soviético: ésa es nuestra tarea.

La misión primordial de la escuela soviética era alejar a los niños de la familia «pequeño-burguesa», cuya adhesión a la vida privada tendía a socavar el cultivo de los instintos sociales, e inculcarles los valores comunales de una sociedad comunista.
Muchas familias experimentaron una creciente brecha generacional durante la década de 1920: las costumbres y hábitos de la antigua sociedad siguieron predominando en el espacio hogareño privado, donde reinaban los mayores, pero los niños y los jóvenes estaban cada vez más expuestos a la influencia de la propaganda soviética difundida a través de la escuela, de los Pioneros y del Komsomol. Para la generación mayor, la situación planteaba un dilema moral: por un lado, querían transmitir a sus hijos las tradiciones y creencias familiares; por otro, tenían que educarlos como ciudadanos soviéticos.
En casi todas las familias, los abuelos eran los principales transmisores de los valores tradicionales. La abuela, en particular, desempeñaba un papel especial, ya que asumía la responsabilidad de la crianza de los niños y el manejo del hogar, cuando ambos padres trabajaban, o funcionaba como auxiliar en el caso de que la madre no cumpliera una jornada laboral de tiempo completo.

Stalin manipuló estas ideas románticas hablando de la Guerra Civil como «el período heroico» y de la Unión Soviética como un Estado en constante lucha contra los enemigos capitalistas dentro del país y en el exterior. Creó el «temor a la guerra» de 1927, llenando la prensa soviética de falsas historias sobre «espías» británicos y «planes de invasión» de la Unión Soviética, y usó ese miedo para abogar por el arresto masivo de potenciales «enemigos» («monárquicos» y «ex pueblo»). También usó la amenaza de la guerra para respaldar sus argumentos destinados a establecer el Plan Quinquenal y a incrementar y reforzar las fuerzas armadas. La NPE, argumentaba, era un medio demasiado lento para lograr armamentos industriales, y no suficientemente seguro para garantizar abastecimiento de cereales en caso de guerra. La concepción de Stalin del Plan Quinquenal se basó enteramente en la lucha incesante contra el enemigo. En el curso de sus luchas políticas contra Bujarin por el control del Partido en 1928-1929, Stalin lo acusó de haber suscrito la peligrosa opinión de que la lucha de clases disminuiría con el tiempo y de que los «elementos capitalistas» podían reconciliarse con un sistema socialista (Bujarín afirmaba que la lucha continuaría en el plano económico).
El ataque contra los comerciantes privados fue la primera batalla de una nueva guerra revolucionaria. Miles de hombres NPE fueron encarcelados o expulsados de sus hogares. Hacia finales de 1928, más de la mitad de los 400.000 comercios privados registrados en 1926 habían sido aniquilados por los impuestos o clausurados por la policía; para fines de 1929, sólo quedaba uno de cada diez. Las nuevas restricciones impuestas a los lishentsi hicieron aún más dura la vida de las familias de los hombres NPE. Las tarjetas de racionamiento (introducidas en 1928) les eran negadas, y por lo tanto se veían obligados a comprar sus alimentos en los pocos comercios privados que quedaban, en los que los precios experimentaron una subida dramática. Cada vez con mayor frecuencia, sus familias eran desalojadas de las viviendas estatales, y a sus hijos se les prohibía el acceso a escuelas y universidades soviéticas.

Técnicamente, los «asentamientos especiales» no eran un sistema de encarcelamiento (las deportaciones masivas eran llevadas a cabo por oficiales administrativos que estaban más allá de la jurisdicción de la justicia), pero, a partir de la primavera de 1931, fueron controlados por los órganos del OGPU, que era responsable de la explotación de su trabajo forzado. Los exiliados de los «asentamientos especiales» debían entrevistarse con la policía una vez por mes. Matei Berman, jefe del sistema Gulag, afirmaba que las condiciones en esos asentamientos eran peores que en los campos de trabajo. Se empleaba a los hombres en extenuantes jornadas de trabajo intensivo en aserraderos y minas, mientras que las mujeres y niños cumplían tareas menos pesadas. Casi no se les suministraba alimento: apenas unas hogazas de pan para todo el mes. Cuando sucumbían a la enfermedad o la extenuación, se los dejaba morir, simplemente, como les ocurrió a cientos de miles durante el invierno de 1931-1932.
El Gulag era más que una fuente de mano de obra para proyectos como el canal del mar Blanco: el Gulag era una forma de industrialización en sí mismo. El primer complejo industrial del sistema Gulag fue la fábrica de pulpa y pasta de papel de Vishlag, un conjunto de campos de trabajo ubicados sobre la ribera del río Vishera, en los Urales. El complejo se creó en 1926 como una vasta red de aserraderos administrados por SLON, pero no fue hasta el verano de 1929, cuando el bolchevique latvio Eduard Berzin quedó a cargo de los trabajos de construcción, que el campo empezó a desarrollar actividades industriales. La pureza de las aguas del Vishera llevó al Politburó a elegir el lugar para la producción de ese papel de alta calidad que apareció a principios de la década de 1930, cuando las publicaciones más prestigiosas, como la Gran Enciclopedia Soviética, se imprimían en papel de la fábrica de Vishlag. Hacia 1930, los campos de Vishlag tenían una población de veinte mil prisioneros (entre ellos el escritor Varlam Shalamov). De ellos, doce mil trabajaban en los aserraderos y dos mil en fábricas pequeñas (de ladrillos o celulosa).
Los ciudadanos soviéticos no tardaron en protestar contra la escasez y la inestabilidad de los precios. Escribieron miles de quejas al gobierno para protestar por la corrupción y la ineficiencia, a las que vinculaban con los privilegios de la nueva élite de burócratas. Y al mismo tiempo había muchos ciudadanos que perseveraban con la esperanza de ver consumada la utopía comunista antes de morir. Durante la década de 1930, el régimen soviético se sostuvo sobre esta idea. Se persuadió a millones de personas para que creyeran que las desventuras y penurias de su vida cotidiana eran un sacrificio necesario para construir una sociedad comunista. El trabajo esforzado de hoy tendría su recompensa en el futuro, cuando la «buena vida» soviética llegara a todos.

Los años de posguerra fueron testigos de la consolidación de un nuevo tipo de «clase media» soviética ilustrada. Desde 1945 hasta 1950, el número de estudiantes de universidades y escuelas superiores se duplicó, dando origen a una joven clase profesional de técnicos y gerentes que se convertirían en los principales funcionarios y beneficiarios del sistema soviético en el transcurso de las décadas siguientes. Esta nueva élite era diferente de los cuadros soviéticos de la década de 1930: sus miembros habían recibido una buena educación con un enfoque menos ideológico y además gozaban de una mayor estabilidad. Sus calificaciones profesionales no sólo les garantizaban cargos jerárquicos dentro del sistema soviético, sino que además les proporcionaban casi absoluta inmunidad contra la posibilidad de ser relegados a causa de cualquier impureza ideológica o de clase. La capacidad profesional empezó a ocupar el lugar de los valores proletarios dentro de los principios gobernantes de la élite soviética.
La creación de esta clase profesional fue una política deliberada del régimen estalinista, que reconocía la necesidad de un estrato social más amplio y fiable formado por ingenieros, administradores y gerentes, tanto para competir con las economías capitalistas como para estabilizar el sistema soviético, proporcionándole una base social más sólida. El régimen necesitaba el respaldo de una clase media leal para no ser aplastado por la generalizada presión social que, después de 1945, empezó a exigir reformas políticas; y el medio más directo de conseguir esa lealtad era dar satisfacción a las aspiraciones burguesas del pueblo. Esta nueva burguesía soviética fue recompensada con empleos seguros y bien pagados, apartamentos privados y con los placeres domésticos de un hogar confortable. En los primeros años de posguerra, había pocos productos de consumo que pudieran responder a esas aspiraciones, pero, igual que en la década de 1930, abundaban las promesas de «una buena vida». La propaganda, la literatura y el cine soviético conjuraban una imagen de la felicidad personal y material que aguardaba a aquellos que estudiaran con ahínco y trabajaran diligentemente.

En el mundo literario soviético, el ataque contra los judíos adquirió la forma de una campaña contra los «cosmopolitas». Este término había sido acuñado por el crítico literario del siglo XIX Visarion Belinsky para referirse a los escritores («cosmopolitas sin raíces») que carecían o rechazaban todo carácter nacional. La palabra reapareció durante los años de la guerra, cuando el nacionalismo ruso y los sentimientos antisemitas estaban en ascenso. Por ejemplo, en noviembre de 1943, Fadeiev atacó al escritor judío Ehrenburg por proceder de «ese círculo de la intelligentsia que entiende el internacionalismo en un sentido cosmopolita vulgar, y que no logra superar su servil admiración hacia todo lo extranjero». A partir de 1945, el término apareció cada vez con más frecuencia en las publicaciones literarias soviéticas.
La campaña contra los «cosmopolitas» empezó cuando Fadeiev reenvió a Stalin una carta que había recibido de una oscura periodista (Natalia Begicheva) en diciembre de 1948. Originalmente escrita como denuncia a la MVD, la carta afirmaba que existía un grupo de «enemigos» activos dentro de la esfera literaria, y citaba como líderes de este «grupo antipatriótico» a siete críticos y escritores, de los cuales sólo uno no era judío. Presionado por Stalin, Fadeiev pronunció un discurso en la Unión de Escritores el día 22 de diciembre. Atacó a un grupo de críticos teatrales, nombrando a cuatro de los seis judíos denunciados por Begicheva (Altman, Borshchagovski, Gurvich e Iuzovski), quienes, según alegó Fadeiev, «trataban de desacreditar nuestro teatro soviético». Fue un discurso relativamente moderado: aparentemente, Fadeiev era reticente a desempeñar el papel de verdugo al servicio de Stalin. Fadeiev había sido antes un hombre decente, pero había quedado reducido al penoso estado de un alcohólico tembloroso por las concesiones morales que se había visto obligado a hacer. Stalin mantuvo la presión utilizando la colaboración de Pravda para atacar a Fadeiev por no haber sido suficientemente vigilante y no haber actuado contra los «cosmopolitas».

La campaña «anticosmopolita» abrió las puertas al antisemitismo en la Unión Soviética. El antisemitismo tenía una larga historia en la Rusia imperial. Después de 1917, siguió existiendo, especialmente en las clases bajas urbanas, cuyo resentimiento contra los comerciantes judíos fue un factor de importancia en el odio popular hacia la NPE, un sentimiento que Stalin había explotado durante su ascenso al poder. La gran indiferencia demostrada por la clase baja durante las purgas de la década de 1930 se originó en parte en la percepción de que los líderes del Partido, que habían sido las principales víctimas del Terror, eran todos «judíos». Pero, en general, antes de la guerra el gobierno soviético hizo serios intentos de dejar claro que el antisemitismo era una reliquia del pasado zarista, y los judíos soviéticos tuvieron un período relativamente tranquilo, sin sufrir discriminación ni hostilidad.
La situación cambió con la ocupación alemana de la Unión Soviética. La propaganda nazi liberó la fuerza latente del antisemitismo en Ucrania y en Bielorrusia, donde una proporción importante de la población no judía apoyó silenciosamente la aniquilación de los judíos y participó colaborando activamente en el arresto de aquellos que fueron ejecutados o deportados a los campos de concentración. Incluso en las remotas regiones orientales de la retaguardia soviética, se produjo una explosión de antisemitismo, a medida que los soldados y civiles que eran evacuados desde las regiones occidentales de la Unión Soviética llegaban a esas zonas y transmitían el odio generalizado hacia los judíos.
En la posguerra, con la adopción del nacionalismo ruso como ideología dominante del régimen estalinista, los judíos fueron rotulados de «ajenos y extranjeros», y de potenciales «espías» y «enemigos», aliados de Israel y de Estados Unidos. Borshchagovski recuerda la atmósfera de «¡matemos a los judíos!» que se desarrolló bajo el disfraz de la campaña «anticosmopolita:

“Sin raíces”, «cosmopolita» y «antipatriota» eran palabras útiles para las Centenas Negras [856] (máscaras tras las que se escondía el antiguo término despectivo yid). Quitarse la máscara y pronunciar esa vieja y querida palabra era algo muy arriesgado: los miembros de las Centenas Negras eran cobardes, y el antisemitismo estaba severamente castigado por el Código Penal.

El lenguaje de los funcionarios que intensificaron la campaña contra los judíos también estaba enmascarado. Entre 1948 y 1953, decenas de miles de judíos soviéticos fueron arrestados, despedidos de sus empleos, expulsados de sus universidades o desalojados por la fuerza de sus casas, pero nunca les dijeron (ni tampoco se mencionaba en los expedientes y registros burocráticos) que la razón que motivaba esas acciones estaba vinculada a sus orígenes étnicos. Oficialmente, al menos, esa discriminación era ilegal en la Unión Soviética.
Antes de la guerra, la mayoría de los judíos de las ciudades rusas importantes sólo eran parcialmente conscientes de sí mismos como judíos. Provenían de familias que habían dejado atrás la tradicional vida judía de los shtetl para adoptar la cultura urbana de la Unión Soviética. Habían cambiado su judaísmo y la etnicidad judía por una nueva identidad basada en los principios del internacionalismo soviético. Se consideraban «ciudadanos soviéticos», y estaban completamente inmersos en la sociedad soviética, donde habían alcanzado posiciones vedadas a los judíos antes de 1917, aun cuando conservaban sus costumbres, hábitos y creencias judías en la intimidad de sus propios hogares. Las campañas antisemitas de los años de posguerra obligaron a estos judíos a volver a verse como judíos.
Miles de judíos fueron arrestados, expulsados de sus empleos y de sus hogares, y deportados como «parásitos sin raíces» de las principales ciudades a regiones remotas de la Unión Soviética. Stalin ordenó la construcción de un vasto conjunto de nuevos campos de trabajo en el este, donde serían enviados todos los judíos. En toda la Unión Soviética la gente maldecía a los judíos. Los pacientes se negaban a ser atendidos por médicos judíos, que fueron perseguidos y se les impidió ejercer su profesión y, en muchos casos, fueron obligados a trabajar de obreros. Se difundieron rumores de que los médicos mataban a los bebés en los hospitales. La gente escribió a los periódicos solicitando a las autoridades soviéticas que «eliminaran» a los «parásitos», que los «exiliaran de las grandes ciudades, donde hay tantos de esos cerdos».
Y en medio de esa histeria colectiva, murió Stalin.
La muerte de Stalin aumentó sus esperanzas de ser liberados. Pero cuando Beria declaró una amnistía el 27 de marzo, ésta sólo fue para los prisioneros cuyas sentencias fueran inferiores a los cinco años (principalmente delincuentes comunes). Las condiciones empeoraron aún más en Gorlag. Se alargó la jornada laboral, se obligó a los prisioneros a trabajar en medio de la escarcha y la helada, y las raciones se redujeron al mínimo. Los guardias empezaron a tratar a los prisioneros con calculada crueldad. Alentaban a los prisioneros comunes que quedaban para que discutieran con los «políticos», y después reprimían a estos últimos con brutal violencia. Más de veinte «políticos» fueron asesinados por los guardias entre los meses de marzo y mayo. Como en otros campos en los que se produjeron rebeliones, las provocaciones de los guardias sin duda tenían como objetivo preservar el sistema del Gulag. Beria había dicho claramente que se proponía desmantelarlo, liberando a todos los prisioneros salvo a los criminales más peligrosos, de manera que a menos que se demostrara que la liberación de los «políticos» implicaba un peligro para la sociedad, decenas de miles de guardias y administradores del Gulag se quedarían sin empleo.
Los prisioneros que formaban parte de los comités de huelga y de los círculos de conspiradores de Gorlag no estaban de acuerdo con respecto a qué debían hacer. Algunos estaban a favor de una sublevación.

Las familias tenían una milagrosa capacidad de supervivencia, a pesar de las enormes presiones que debieron soportar durante el reinado de Stalin. La familia emergió de los años del terror como la única institución estable de una sociedad en la que casi todos los puntales tradicionales de la existencia humana —(la comunidad del vecindario, la aldea y la iglesia) se habían debilitado o habían sido destruidos. Para muchas personas, la familia representaba la única clase de relación en la que podían confiar, el único lugar en el que experimentaban alguna sensación de pertenencia, e hicieron esfuerzos extraordinarios para reunirse con sus familiares.

A pesar de los años que había pasado en los campos de trabajo, Vladimir seguía siendo un inquebrantable leninista; seguía creyendo que las políticas de Stalin instrumentadas a principios de la década de 1930 (la colectivización de la agricultura y el programa de industrialización de los Planes Quinquenales) eran en esencial correctas. El mismo había desempeñado un papel importante en la ejecución y aplicación de esas políticas. En su opinión, sólo a fines de la década de 1930 Stalin había dejado de ser un comunista. Para Vladimir, el proceso del regreso era simplemente cuestión de hacer retroceder el reloj. Volvió a ingresar en el Partido, que reconoció retroactivamente su afiliación desde 1921. También volvió a su antigua esfera laboral, y fue designado subdirector de la Administración de Combustible y Energía de Moscú en 1956. Incluso le asignaron un automóvil con chófer y una dacha próxima a la que los Majnach tenían antes en Serebrianyi Bor. Pero Vladimir no había asimilado los cambios sociales que se habían producido desde su arresto. Venía de la generación de campesinos que habían ascendido hasta convertirse en la élite soviética a principios de la década de 1930.

La rehabilitación era importante porque devolvía significado a sus vidas y a sus convicciones políticas. A pesar de las injusticias que habían padecido, muchas personas todavía sostenían firmemente su compromiso con los ideales soviéticos. Esa convicción daba sentido a sus vidas, y —tal vez también a sus sacrificios. Muchos incluso se enorgullecían de que su trabajo en los campos hubiera contribuido a la causa soviética, como en el caso de Alexandre Degtiarev, un especialista del Instituto de Agricultura Lenin, quien explicó lo siguiente al periodista Anatoli Zhukove, en la década de 1970:
Extraje con mis propias manos tantos metales preciosos en el campo de trabajo que podría haberme convertido en multimillonario. Ésa fue mi contribución al sistema comunista. Y el factor más importante que aseguró mi supervivencia en esas penosas condiciones fue la inquebrantable e inagotable fe en nuestro Partido Leninista y en sus principios humanistas. El Partido me dio la fuerza necesaria para soportar todas esas duras pruebas. El Partido mantenía con vida nuestro espíritu y nuestra conciencia, nos ayudaba a luchar. La reincorporación a las filas comunistas fue el acontecimiento más feliz de mi vida.

Durante el período de la glasnost de finales de la década de 1980, cuando el papel de los administradores del Gulag comenzó a ser tema de debate en los medios de comunicación, muchos antiguos guardias enviaron cartas a ex prisioneros para pedirles que dejaran constancia de que los habían tratado bien. Uno de esos guardias era Mijail Iusipenko, nacido en 1905 en el seno de una familia de braceros sin tierra de Akmolinsk. Iusipenko sólo recibió tres años de escolarización antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, pues con la partida de su padre al frente de batalla, el niño debió salir a trabajar. Su padre nunca volvió de la guerra. Durante la década de 1920, Iusipenko trabajó en el campo para ayudar a su madre y sus hermanos pequeños. Luego perdió a su esposa y dos hijos durante la hambruna de 1931. A partir de 1934, Iusipenko fue empleado del Partido en Karaganda, centro administrativo de los campos del Gulag en la región de Kazajstán. Pronto fue reclutado por la NKVD y nombrado subcomandante del campo de trabajo del ALZhIR, cerca de Akmolinsk. Durante los cinco años que trabajó en el campo, desde 1939 y 1944, Iusipenko violó supuestamente a una gran cantidad de prisioneras, aunque no se realizó ninguna investigación del caso; aun así, esos rumores empezaron a inquietar a Iusipenko en los años del deshielo de Kruschev. Entre 1961 y 1988, escribió a varios cientos de ex prisioneros, incluyendo a muchos hijos de mujeres liberadas del ALZhIR que ya habían muerto, para pedirles que dejaran testimonio escrito de su buen comportamiento. Recibió respuesta de veintidós de esas mujeres, quienes escribieron diciendo que lo recordaban como un hombre bueno y decente, al menos comparado con muchos otros guardias del ALZhIR. Muchos de esos testimonios provenían justamente de mujeres que según se decía habían sido violadas por él. En 1988, después de que un artículo aparecido en el periódico Leninskaia Smena sugiriera que era culpable de abusos sexuales, Iusipenko envió esos testimonios a los editores de varias publicaciones locales y nacionales, así como a las oficinas del Partido en Kazajstán, junto con un extenso comentario destinado a «corregir los hechos históricos».

Durante décadas, la vida en el Gulag fue objeto de infinidad de rumores, leyendas y mitos que por lo general tenían como protagonistas a gente famosa que se creía había sido ejecutada en Moscú mucho tiempo antes, pero que alguien afirmaba haber visto en algún campo de trabajo remoto. Al menos cuatro mujeres, por ejemplo, me describieron exactamente la misma escena, a saber, que la primera vez que pudieron mirarse en un espejo después de muchos años confinadas, lo primero que habían visto reflejado era la cara de su propia madre. Incluso tan tempranamente como en la década de 1970, yo identificaba relatos orales que se correspondían al detalle con incidentes descritos por Solzhenitsin en Archipiélago Gulag, o en otros libros de memorias. Ahora [en 1992], los relatos sobre la vida en los campos se han vuelto tan populares que resulta mucho más difícil registrar la memoria oral. La enorme cantidad de información que emana de las personas muchas veces parece surgir de la inmolación de los recuerdos personales, hasta el punto de que por momentos da la sensación de que todo lo que cuentan les ha sucedido a ellos personalmente.
Muchos supervivientes del Gulag afirman haber sido testigos de escenas descritas en libros de Ginzburg, Solzhenitsin o Shalamov; dicen reconocer a los guardias de la NKVD mencionados en esos textos, e incluso haber conocido a los mismos autores en los campos, cuando los registros demuestran claramente que no es posible.

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It’s a work that I’ve reread, more than emotive, allowing to know, at first hand, the testimonies of dozens of victims of the Soviet repression system (although not all of them are recognized as such). Excellent the work of condensation of the thousands of hours of interviews made by different teams.

The underlying premise of the book is that all the written and printed, primary source material from the Stalin era is so unreliable that the only way and best way of understanding it is by interviewing people who experienced it. By interviewing people there is also an opportunity to address inaccuracies and omissions and also to probe further. So after getting an amazing 1500 (!!!) interviews with the assistance of several Memorial Societies that formed for this purpose in Russia after Glasnost, Figes is able to finally tell the «real» story of what happened.
I’m not an expert on the topic, and honestly, given books by Solzhenitsyn and Ginzburg and others, I can’t imagine that Figes’ book contains anything new, in the larger sense. It’s just that Figes has this amazing source of 1500 personal interviews to work with as source material, so, in other ways, perhaps to the contrary, almost everything in the book is new and original and interesting information.
The book is exceedingly well written. It is organized very tightly and chronologically by hundreds upon hundreds of personal stories during the run up to the Civil War, to the gulags, the death of Stalin, and the lingering affects of Stalinism. The book also probes psychologically how the population dealt with and perceived Stalin’s actions.
Figes is passionate about his subject. He dedicates the book to his mother’s family who came out of or died (?) in Nazi Germany (Figes is Jewish). So even though he never mentions this per se, I’m sure this is the reason he is so passionate about this subject and the book–he understands the importance of accurately and completely documenting Stalin’s crimes against humanity, «never again».
Frustratingly, the Russian people are unbelievably still reluctant to talk about the inhumanity that happened on an unbelievably gargantuan scale 50-60 years ago for fear of reprisal, even though they are at the very end of their lives and half a century has passed. Once people die, their stories and the history of the Terror dies with them. The personal stories seem tantalizingly easy to get, yet elusive and vanishing. This must also have motivated Figes.
One concern I had was that by selecting who to interview and by selecting which interview to include in the book, I know that the book must have been biased in some way. On the other hand, the big picture of Stalin and the gulags is so well known and information such as the 1500 interviews so scarce, that you have to appreciate the book for what it is–groundbreaking!
PS While the first 100-200 pages on the Civil War were really, really good, I had a hard time putting it down once Stalin made an appearance in the late 1920’s.

Figes is an accomplished writer and a master of his craft, so it is a given that this book is a pleasure to read. Other reviewers have noted that Figes pulls from obscurity the stories of several families and sets them out in such a way as to recreate for us something of the mood of Stalinist Russia (or, more accurately, the Soviet Union – including as it did Belarus, Ukraine, and the various stans) and the myriad daily inconveniences, humiliations, injustices, and terrors it imposed on its citizens for several decades. For anyone wishing to understand Russian mentality and wishing to understand why it is that Russians so often seem to occupy a different mental and emotional universe from those of us in the West, this book is vital.
An entire society was brutalized by Stalin and his collaborators and the worst brutalities occurred within people’s minds. As a result, one hundred and forty million people bear the scars to this day. What is so sad is that most of the tiem the results are petty and therefore almost beyond notice – except for the fact that the overall results can be devastating. Even today, when the larger cities in Russia have achieved a superficial veneer of economic success, the Russian psyche remains locked in deep-freeze. Russians know, without hope of contradiction, that everything and everyone is corrupt. Ordinary people are pawns, unable to alter outcomes. Russians are supremely fatalistic people because their history has shaped them in this way. Stalin both took advantage of this trait and reinforced it with his own thuggish brand of repression. In the West we are astonished to hear people harking back to the «good old days» of the Soviet system; in Russia it seems perfectly reasonable because an entire nation was trained from earliest childhood to forget reality and remember only the official version of the past.
As Figes describes the way in which Soviet society encouraged all the worst and most petty impulses of human nature, we can only shudder and feel thankful that we do not live in ten-meter squared allocations of communal space in which some old crone or ancient peasant has been appointed mini-tsar over everyone else, monitoring the use of the toilet, arguing over the use of a single light-bulb, and craftily removing what scant morsels of food might have been stored in the communal closet against tomorrow’s hunger. Children are encouraged to denounce parents; no one can trust anyone else; arbitrary arrest and detention is always a possibility; and the venal and hypocritical assume positions of power while the competent are shot as «wreckers.»
This marvelous book opens up individual family histories and shows us how ordinary people’s lives unfolded during a time of terror and dull injustice. The author reveals how individuals coped by acquiring tricks of mind and habits of behavior that permitted physical survival at the expense of conscience. Humans are frequently masters of self-deception and in the Soviet Union self-deception was raised to the power of national psyche. Once one has read this book, one understands why even today Russians walking in the streets of Moscow or St Petersburg seem shut-in to Westerners: rarely looking up, never smiling, always wearing the traditional pinched-in face when the Militzia or other uniformed types are nearby. And the mindlessly self-defeating Russian approach to customer (dis)service is likewise explained within these pages: everything is a struggle, a zero-sum game in which petty victories are all that can ever be hoped for. The opportunity to be rude to a foreigner or cheat them in a currency transaction is simply irresistable. When again may such an opportunity present itself?
Likewise the deeply primitive superstitions that run throughout Russian culture, like those that run through Italian country life, are an inevitable consequence of a mentality that accepts a very insignificant role for the individual. Someone, something, is always above controlling the outcome. All one can do is shrug and hope that it won’t be too bad, whatever it is. The past was always better, the Tsar is always good and kind, and life is terrible but can be ameliorated from time to time with a copious quantity of vodka and (for the fortunate) shashlik. Zazdarovia!

The Civil War was not just a military combat against the White armies: it was a revolutionary war against the private interests of the old society. To combat the Whites, the Bolsheviks developed their first version of the planned economy (war communism), which would become the model of Stalin’s Five Year Plans. They tried to eradicate private commerce and property (even money was projected to be replaced with universal rationing); they confiscated the crops of the peasants to feed the cities and the soldiers; they recruited millions of people for the armies of workers who were used on the «economic front» to cut down trees that would be used as fuel, to build roads and repair railroads; they imposed experimental forms of collective work, housing the workers in barracks built next to the factories; they waged a war against religion, persecuting priests and believers and closing hundreds of churches; and they silenced all dissent and opposition to the Dictatorship of the Proletariat. On the «internal front» of the Civil War, the Bolsheviks unleashed a campaign of terror (the «Red Terror») against «the bourgeoisie» – former Tsarist officials, landowners, merchants, Kulak peasants, small merchants and the ancient intelligentsia -, whose individualistic values ​​made them potential supporters of the Whites and other «counterrevolutionaries.» The Bolsheviks believed that this violent purge of society was a shortcut to achieve the communist utopia.
In the spring of 1921, policies implemented by war communism had ruined the Soviet economy and condemned much of the peasantry to hunger.
Approximately one hundred thousand people were imprisoned or deported, and fifteen thousand died during the repression. But Lenin also warned that, in order to appease the wave of popular revolts and to get the peasants to resume the supply of food to the cities, it was not enough to fight them: the Bolsheviks would have to abandon the abhorred policies of war communism and reinstate the free trade. After defeating the White Army, the Bolsheviks had no choice but to surrender to the peasantry.

The Bolsheviks considered that education was the key to the creation of a new society. Through the communist schools and leagues for children and young people (the Pioneers and the Komsomol), they sought to indoctrinate the next generation, establishing in it the new collective lifestyle. As one of the theorists of Soviet education declared in 1918:
We must turn children and young people into a generation of communists. The children, like soft wax, are very malleable, and it is necessary to mold them as good communists (…) We must rescue the children from the harmful influence of the family (…) We must nationalize them. From the first days of their short life, they must be under the beneficial influence of the communist schools … Forcing the mother to give her child to the Soviet State: that is our task.

The primary mission of the Soviet school was to alienate children from the «petty-bourgeois» family, whose attachment to private life tended to undermine the cultivation of social instincts, and to inculcate in them the communal values ​​of a communist society.
Many families experienced a growing generational gap during the 1920s: the customs and habits of the old society continued to predominate in the private home space, where the elders reigned, but children and young people were increasingly exposed to the influence of the Soviet propaganda diffused through the school, the Pioneers and the Komsomol. For the older generation, the situation posed a moral dilemma: on the one hand, they wanted to transmit their family traditions and beliefs to their children; on the other, they had to educate them as Soviet citizens.
In almost all families, grandparents were the main transmitters of traditional values. The grandmother, in particular, played a special role, since she assumed the responsibility of raising the children and managing the home, when both parents worked, or worked as an assistant in the event that the mother did not fulfill a working day of full time.

Stalin manipulated these romantic ideas by speaking of the Civil War as «the heroic period» and of the Soviet Union as a state in constant struggle against the capitalist enemies within the country and abroad. He created the «fear of war» of 1927, filling the Soviet press with false stories about British «spies» and «invasion plans» of the Soviet Union, and used that fear to advocate the mass arrest of potential «enemies» ( «Monarchists» and «former people»). He also used the threat of war to back up his arguments aimed at establishing the Five-Year Plan and increasing and strengthening the armed forces. The NPE, he argued, was a medium too slow to achieve industrial armaments, and not secure enough to guarantee supply of grain in case of war. Stalin’s conception of the Five-Year Plan was based entirely on the incessant struggle against the enemy. In the course of his political struggles against Bukharin for control of the Party in 1928-1929, Stalin accused him of having subscribed to the dangerous view that the class struggle would diminish over time and that the «capitalist elements» could be reconciled with a socialist system (Bukharin said that the struggle would continue on the economic plane).
The attack on private traders was the first battle of a new revolutionary war. Thousands of NPE men were imprisoned or expelled from their homes. By the end of 1928, more than half of the 400,000 private businesses registered in 1926 had been annihilated by taxes or shut down by the police; by the end of 1929, only one in ten remained. The new restrictions imposed on the Lishentsi made the lives of the families of the NPE men even harder. The ration cards (introduced in 1928) were denied to them, and therefore they were forced to buy their food in the few private shops that remained, in which prices experienced a dramatic rise. Increasingly, their families were evicted from state housing, and their children were barred from access to Soviet schools and universities.

Technically, the «special settlements» were not a system of incarceration (mass deportations were carried out by administrative officers who were beyond the jurisdiction of justice), but, as of the spring of 1931, they were controlled by the organs of the OGPU, which was responsible for the exploitation of their forced labor. The exiles of the «special settlements» had to meet with the police once a month. Matei Berman, head of the Gulag system, claimed that the conditions in those settlements were worse than in the labor camps. Men were employed in strenuous days of intensive work in sawmills and mines, while women and children performed less heavy tasks. Almost no food was supplied: just a few loaves of bread for the whole month. When they succumbed to illness or exhaustion, they were left to die, simply, as happened to hundreds of thousands during the winter of 1931-1932.
The Gulag was more than a source of labor for projects such as the White Sea Canal: the Gulag was a form of industrialization in itself. The first industrial complex of the Gulag system was the Vishlag pulp and pulp mill, a group of work camps located on the banks of the Vishera River in the Urals. The complex was created in 1926 as a vast network of sawmills managed by SLON, but it was not until the summer of 1929, when the Bolshevik Latvian Eduard Berzin was in charge of the construction work, that the field began to develop industrial activities. The purity of the waters of the Vishera led the Politburo to choose the place for the production of that high quality paper that appeared in the early 1930s, when the most prestigious publications, such as the Great Soviet Encyclopedia, were printed on paper. the Vishlag factory. By 1930, the fields of Vishlag had a population of twenty thousand prisoners (among them the writer Varlam Shalamov). Of them, twelve thousand worked in the sawmills and two thousand in small factories (of bricks or cellulose).
Soviet citizens were quick to protest against the scarcity and instability of prices. They wrote thousands of complaints to the government to protest corruption and inefficiency, which they linked to the privileges of the new elite of bureaucrats. And at the same time there were many citizens who persevered with the hope of seeing the communist utopia consummated before dying. During the 1930s, the Soviet regime stood on this idea. Millions of people were persuaded to believe that the misfortunes and hardships of their daily lives were a necessary sacrifice to build a communist society. Today’s hard work would pay off in the future, when the Soviet «good life» reached everyone.

The post-war years witnessed the consolidation of a new type of enlightened Soviet «middle class». From 1945 to 1950, the number of students in universities and colleges doubled, giving rise to a young professional class of technicians and managers who would become the main officials and beneficiaries of the Soviet system over the course of the following decades. This new elite was different from the Soviet cadres of the 1930s: its members had received a good education with a less ideological approach and also enjoyed greater stability. Their professional qualifications not only guaranteed them hierarchical positions within the Soviet system, but also gave them almost absolute immunity against the possibility of being relegated because of any ideological or class impurity. Professional capacity began to take the place of proletarian values ​​within the governing principles of the Soviet elite.
The creation of this professional class was a deliberate policy of the Stalinist regime, which recognized the need for a larger and more reliable social stratum consisting of engineers, administrators and managers, both to compete with capitalist economies and to stabilize the Soviet system, providing it with a most solid social base. The regime needed the support of a loyal middle class to avoid being crushed by the widespread social pressure that, after 1945, began to demand political reforms; and the most direct means of achieving that loyalty was to satisfy the bourgeois aspirations of the people. This new Soviet bourgeoisie was rewarded with safe and well-paid jobs, private apartments and the domestic pleasures of a comfortable home. In the early post-war years, there were few consumer products that could respond to these aspirations, but, as in the 1930s, promises of «a good life» abounded. Soviet propaganda, literature and cinema conjured up an image of the personal and material happiness that awaited those who studied hard and worked diligently.

In the Soviet literary world, the attack against the Jews took the form of a campaign against the «cosmopolitans.» This term had been coined by nineteenth-century literary critic Visarion Belinsky to refer to writers («cosmopolitans without roots») who lacked or rejected any national character. The word reappeared during the years of the war, when Russian nationalism and anti-Semitic sentiments were on the rise. For example, in November 1943, Fadeiev attacked the Jewish writer Ehrenburg for coming from «that circle of the intelligentsia which understands internationalism in a vulgar cosmopolitan sense, and which fails to overcome its servile admiration for everything foreign.» Beginning in 1945, the term appeared more and more frequently in Soviet literary publications.
The campaign against the «cosmopolitans» began when Fadeiev sent Stalin a letter he had received from a dark journalist (Natalia Begicheva) in December 1948. Originally written as a denunciation to the MVD, the letter stated that there was a group of «enemies» assets within the literary sphere, and cited as leaders of this «anti-patriotic group» seven critics and writers, of which only one was not Jewish. Pressed by Stalin, Fadeiev made a speech at the Union of Writers on December 22. He attacked a group of theater critics, naming four of the six Jews denounced by Begicheva (Altman, Borshchagovski, Gurvich and Iuzovski), who, Fadeiev claimed, «tried to discredit our Soviet theater.» It was a relatively moderate discourse: apparently, Fadeiev was reluctant to play the role of executioner in Stalin’s service. Fadeyev had been a decent man before, but he had been reduced to the painful state of an alcoholic shaking from the moral concessions he had been forced to make. Stalin maintained the pressure by using Pravda’s collaboration to attack Fadeiev for not being sufficiently vigilant and not having acted against the «cosmopolitans».

The «anti-cosmopolitan» campaign opened the doors to anti-Semitism in the Soviet Union. Anti-Semitism had a long history in imperial Russia. After 1917, it continued to exist, especially in the urban lower classes, whose resentment against Jewish merchants was a major factor in the popular hatred of the NPE, a sentiment that Stalin had exploited during his rise to power. The great indifference shown by the lower class during the purges of the 1930s originated in part from the perception that the Party leaders, who had been the main victims of the Terror, were all «Jews.» But, in general, before the war the Soviet government made serious attempts to make it clear that anti-Semitism was a relic of the Tsarist past, and the Soviet Jews had a relatively quiet period, without suffering discrimination or hostility.
The situation changed with the German occupation of the Soviet Union. Nazi propaganda released the latent force of anti-Semitism in Ukraine and in Belarus, where a significant proportion of the non-Jewish population silently supported the annihilation of the Jews and participated actively in the arrest of those who were executed or deported to the concentration camps . Even in the remote eastern regions of the Soviet rear, there was an explosion of anti-Semitism, as soldiers and civilians who were evacuated from the western regions of the Soviet Union arrived in those areas and transmitted widespread hatred towards Jews.
In the postwar period, with the adoption of Russian nationalism as the dominant ideology of the Stalinist regime, the Jews were labeled as «aliens and foreigners,» and potential «spies» and «enemies,» allies of Israel and the United States. Borshchagovsky recalls the atmosphere of «kill the Jews!» That developed under the guise of the anti-cosmopolitan campaign:

«Without roots», «cosmopolitan» and «unpatriotic» were useful words for the Black Hundreds [856] (masks behind which the old Yid derogatory term was hidden). Removing the mask and pronouncing that old and dear word was very risky: the members of the Black Hundreds were cowards, and anti-Semitism was severely punished by the Penal Code.

The language of the officials who intensified the campaign against the Jews was also masked. Between 1948 and 1953, tens of thousands of Soviet Jews were arrested, dismissed from their jobs, expelled from their universities or forcibly evicted from their homes, but never told (nor was it mentioned in the bureaucratic files and records) that the reason that motivated those actions was linked to their ethnic origins. Officially, at least, that discrimination was illegal in the Soviet Union.
Before the war, most Jews in major Russian cities were only partially aware of themselves as Jews. They came from families that had left behind the traditional Jewish life of the Shtetl to adopt the urban culture of the Soviet Union. They had changed their Judaism and Jewish ethnicity for a new identity based on the principles of Soviet internationalism. They considered themselves «Soviet citizens,» and were completely immersed in Soviet society, where they had reached positions that were forbidden to Jews before 1917, even though they kept their Jewish customs, habits and beliefs in the privacy of their own homes. The anti-Semitic campaigns of the post-war years forced these Jews to see themselves as Jews again.
Thousands of Jews were arrested, expelled from their jobs and their homes, and deported as «rootless parasites» from major cities to remote regions of the Soviet Union. Stalin ordered the construction of a vast array of new labor camps in the east, where all Jews would be sent. Throughout the Soviet Union people cursed the Jews. The patients refused to be looked after by Jewish doctors, who were persecuted and prevented from practicing their profession and, in many cases, were forced to work as laborers. Rumors spread that doctors killed babies in hospitals. People wrote to the newspapers asking the Soviet authorities to «eliminate» the «parasites,» to «exile them from the big cities, where there are so many of those pigs.»
And in the midst of that collective hysteria, Stalin died.
The death of Stalin increased his hopes of being liberated. But when Beria declared an amnesty on March 27, it was only for prisoners whose sentences were less than five years (mainly common criminals). The conditions worsened even more in Gorlag. The workday was extended, the prisoners were forced to work in the midst of frost and frost, and the rations were reduced to a minimum. The guards began to treat the prisoners with calculated cruelty. They encouraged the remaining common prisoners to argue with the «politicians,» and then repressed the latter with brutal violence. More than twenty «politicians» were killed by the guards between the months of March and May. As in other camps in which rebellions took place, the guards’ provocations undoubtedly aimed at preserving the Gulag system. Beria had clearly said that he intended to dismantle it, freeing all prisoners except the most dangerous criminals, so unless it was shown that the release of «politicians» posed a danger to society, tens of thousands of guards and Gulag administrators would lose their jobs.
The prisoners who were part of the strike committees and Gorlag conspirator circles did not agree on what to do. Some were in favor of an uprising.

The families had a miraculous ability to survive, despite the enormous pressures they had to endure during Stalin’s reign. The family emerged from the years of terror as the only stable institution of a society in which almost all the traditional props of human existence – (the neighborhood community, the village and the church) had been weakened or destroyed. For many people, the family represented the only kind of relationship they could trust, the only place where they experienced any sense of belonging, and made extraordinary efforts to reunite with their families.

Despite the years he had spent in the labor camps, Vladimir remained an unwavering Leninist; he still believed that Stalin’s policies implemented in the early 1930s (the collectivization of agriculture and the industrialization program of the Five-Year Plans) were essentially correct. It had played an important role in the implementation and application of these policies. In his opinion, only in the late 1930s had Stalin stopped being a communist. For Vladimir, the process of returning was simply a matter of turning back the clock. He returned to join the Party, which retroactively recognized his affiliation since 1921. He also returned to his former labor camp, and was appointed deputy director of the Moscow Fuel and Energy Administration in 1956. He was even assigned a car with a driver and a nearby dacha to which the Majnachs had before in Serebrianyi Bor. But Vladimir had not assimilated the social changes that had taken place since his arrest. It came from the generation of peasants who had risen to become the Soviet elite in the early 1930s.

Rehabilitation was important because it restored meaning to their lives and political convictions. Despite the injustices they had suffered, many people still firmly held their commitment to Soviet ideals. That conviction gave meaning to their lives, and – perhaps also to their sacrifices. Many were even proud that their work in the fields had contributed to the Soviet cause, as in the case of Alexandre Degtiarev, a specialist at the Lenin Agricultural Institute, who explained the following to the journalist Anatoli Zhukove in the 1970s:
I extracted with my own hands so many precious metals in the field that I could have become a multimillionaire. That was my contribution to the communist system. And the most important factor that ensured my survival in these painful conditions was the unwavering and inexhaustible faith in our Leninist Party and its humanistic principles. The Party gave me the necessary strength to withstand all those hard tests. The Party kept alive our spirit and our conscience, helped us to fight. The reincorporation to the communist ranks was the happiest event of my life.

During the glasnost period of the late 1980s, when the role of the Gulag administrators began to be the subject of debate in the media, many former guards sent letters to ex-prisoners asking them to record that the They had treated well. One of those guards was Mikhail Iusipenko, born in 1905 into a family of landless braceros from Akmolinsk. Iusipenko only received three years of schooling before the outbreak of the First World War, because with the departure of his father at the front of the battle, the boy had to go to work. His father never came back from the war. During the 1920s, Iusipenko worked in the field to help her mother and younger siblings. Then he lost his wife and two children during the 1931 famine. From 1934, Iusipenko was an employee of the Party in Karaganda, the administrative center of the Gulag camps in the region of Kazakhstan. He was soon recruited by the NKVD and appointed subcommander of the ALZhIR labor camp, near Akmolinsk. During the five years he worked in the field, from 1939 and 1944, Iusipenko allegedly violated a large number of prisoners, although no investigation of the case was conducted; even so, those rumors began to worry Iusipenko in the years of the thaw of Khrushchev. Between 1961 and 1988, he wrote several hundred former prisoners, including many children of women released from ALZhIR who had already died, to ask them to leave written testimony of his good behavior. He received a response from twenty-two of these women, who wrote that they remembered him as a good and decent man, at least compared to many other ALZhIR guards. Many of these testimonies came precisely from women who were said to have been raped by him. In 1988, after an article in the Leninskaia Smena newspaper suggested that he was guilty of sexual abuse, Iusipenko sent these testimonies to the editors of several local and national publications, as well as to the Party offices in Kazakhstan, along with an extensive Comment intended to «correct historical events».

For decades, life in the Gulag was the subject of countless rumors, legends and myths that usually had as protagonists famous people believed to have been executed in Moscow long before, but who claimed to have seen in some field of remote work. At least four women, for example, described exactly the same scene to me, namely that the first time they could look in a mirror after many confined years, the first thing they had seen reflected was the face of their own mother. Even as early as the 1970s, I identified oral accounts that corresponded to detail with incidents described by Solzhenitsin in the Gulag Archipelago, or in other memoirs. Now [in 1992], stories about life in the camps have become so popular that it is much harder to record oral memory. The enormous amount of information that emanates from people often seems to arise from the immolation of personal memories, to the point that at times it gives the feeling that everything they tell has happened to them personally.
Many survivors of the Gulag claim to have witnessed scenes described in books by Ginzburg, Solzhenitsyn or Shalamov; they say they recognize the NKVD guards mentioned in those texts, and even have met the same authors in the fields, when the records clearly show that it is not possible.

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