Interpretar La Revolución Rusa: El Lenguaje Y Los Símbolos De 1917 — Orlando Figes / Interpreting the Russian Revolution: The Language and Symbols of 1917 by Orlando Figes & Boris Kolonitskii

6BEB09BB-E966-4BE0-A6B2-E117F1AD7484
El autor hace un excelente trabajo de profundización en los detalles y desarrolla «la historia de fondo» que proporciona el color real de los eventos y hace que este período de tiempo sea extremadamente interesante. Además cuenta con un anexo de ilustraciones.
Este libro de Orlando Figes y Boris Kolonitskii examina cómo el lenguaje y los símbolos fueron utilizados e influenciados en el curso de la revolución rusa.
El libro es particularmente bueno para examinar cómo circulaban los rumores acerca de la familia imperial en torno a Petrogrado y Rusia, especialmente sobre una supuesta relación entre la zarina y Rasputín y sobre cómo socavaron la confianza del pueblo en el zar.
El libro también es muy bueno para examinar cómo los símbolos y las palabras significaban diferentes cosas para diferentes segmentos de la sociedad rusa, y cómo los bolcheviques evitaban específicamente tratar de definir públicamente lo que cada símbolo y palabra significaba para ellos, y por lo tanto dejar que la población creyera que algo definido como, los bolcheviques también lo creían y lo apoyaban. Figes y Kolonitskii al final del libro detallan cómo esta tendencia a dejar que las personas definan algo por sí mismas llevó a mucha gente a definir ciertas palabras de manera bastante amplia, lo que llevó a represalias contra ciertas personas que se definieron como demasiado ricas o educadas que incluso los bolcheviques no habría perdonado.
Desafortunadamente, este libro tiene algunos problemas metodológicos. En ciertos puntos, Figes apoya su argumento con nada más que una cita de su propio libro, que es una práctica muy dudosa en trabajos académicos. El libro, también en su primer capítulo sobre rumores, no aclara que la evidencia objetiva específica de cómo los rumores generalizados sobre la familia imperial solo se publican después de la revolución de febrero de 1917. Los autores asumen que debido a que esta explosión de literatura anti-imperial ocurrió justo después de que el zar fue depuesto, debe haber sido difundida por el boca a boca antes de febrero de 1917. Es una suposición razonable, pero no la apoyan bien, y también no deje en claro que esta evidencia publicada viene después de febrero de 1917, no antes.
De lo contrario, sin embargo, este es un libro muy bueno y extremadamente legible, a diferencia de otras obras del género posmodernista.

El lenguaje de la revolución se componía de muchas expresiones y dialectos que complicaron enormemente la política en 1917. Las palabras claves y los símbolos podían tener significados diferentes o sugerir estrategias distintas a los miembros de un mismo partido. Muchos bolcheviques de base, por ejemplo, seguían cantando la «Marsellesa» en 1917, considerándola una canción solidaria con todos los socialistas, aunque el mismo Lenin la considerase un himno «burgués» y prefiriese cantar la «Internacional» como una canción más genuinamente bolchevique. Estas diferencias de interpretación eran el resultado de las tradiciones culturales de la clandestinidad revolucionaria, en la cual se habían desarrollado las tendencias del movimiento socialdemócrata. Para los líderes no fue tarea fácil convencer a estas tendencias de renunciar a sus tradiciones particulares, para unirse sobre la base de un único sistema simbólico centralizado. Los principales partidos se enfrentaron a este problema durante 1917.
En este sentido, la lucha por el poder no se definió solamente por la competición entre sistemas de símbolos rivales. También se definió por la lucha interna.
Los partidos eran conscientes de que el lenguaje que ellos utilizaban para extender estos valores sería acogido y traducido por el pueblo para sostener y legitimar tradiciones e ideales populares que a menudo eran muy diferentes a los suyos. La fuente misma del poder de la intelectualidad —haber creado el lenguaje político de la revolución— fue a la vez la causa de su propia fragilidad en la Revolución Rusa de 1917.

La monarquía rusa siempre había basado su poder en la autoridad divina. Era más que «el derecho divino de los reyes». En su propaganda —y en la mente de muchos de sus súbditos campesinos— el Zar era más que un gobernante ordenado por Dios: era un dios en la tierra. La creencia popular de la naturaleza sagrada del Zar sostuvo a la autoridad de la monarquía hasta que esta creencia se derrumbó repentinamente en la última década de su existencia. Dos acontecimientos estuvieron en el fondo del derrumbamiento: la masacre del «Domingo Sangriento» en 1905, que conmovió profundamente, sin llegar a destruir, la creencia popular en el «Zar benévolo»; y varios rumores de corrupción sexual y de traición en la corte que se extendieron por Rusia durante la Primera Guerra Mundial.
Los informes de sus agentes en provincias, correspondientes a los primeros cinco meses de 1917, una encuesta detallada encargada por el Comité Temporal de la Duma llegó a la conclusión de que la propagación de «historias licenciosas y rumores» sobre Rasputín y la Emperatriz «alemana» habían hecho más que ninguna otra cosa para socavar la creencia de los campesinos en la naturaleza sagrada de la monarquía. Los mismos Romanov opinaban lo mismo. Sin duda les vino bien culpar de su catástrofe a la propagación de habladurías falsas y maliciosas, pues esto hizo que su caída pareciese innecesaria y fuera de control.
Los comerciantes callejeros se enriquecieron con la venta de folletos como «Los secretos de los Romanov», «La vida y aventuras de Grigorii Rasputín» y «La Zarina y Rasputín», de los cuales se vendieron entre 25.000 y 50.000 ejemplares de cada uno. Incluso existía una novela «histórica» sobre el tema que tuvo grandes ventas.
Y también había que contar con las postales obscenas —dibujos de la Zarina desnuda yaciendo con Rasputín; los cabarets y circos, sátiras, obras de teatro y farsas, con títulos sugestivos como «Las orgías nocturnas de Rasputín». Ésta provocó gran hilaridad entre el público con sus insinuaciones sexuales (Protopopov: «Rasputín tiene gran talento».
El público ruso no estaba acostumbrado al tipo de erotismo barato que se podía encontrar en cualquier cine o teatro de los barrios bajos de Occidente y para la sensibilidad pública rusa una gran parte pareció pornografía barata (y sin duda lo era). Hubo varias peticiones para prohibir actuaciones y a veces se producían trifulcas en cines y teatros. Los empleados de los locales apelaron al Ministro de Justicia, Alejandro Kerenski, para que emplease mano dura con los «hombres de negocios sin vergüenza» que se aprovechaban de la alegría del pueblo proyectando películas, hechas en dos o tres días, sobre el sucio tema de la monarquía derrocada. Durante 1917 se implantó poco a poco la censura. Se omitieron algunas de las escenas más ofensivas —aunque es interesante señalar que a menudo era porque las escenas en cuestión ofendían el código moral y político, aparte del sexual. Por ejemplo, el Comité Provisional para la Regulación de la Vida Teatral en Moscú ordenó a la productora cinematográfica de I. G. Libkin que omitiese las escenas de su película Las Fuerzas Ocultas en las cuales Rasputín «daba una lección de humildad» en los baños a un grupo de damas de la alta sociedad.

El efecto político de todos estos escándalos fue múltiple. Los rumores sirvieron para empañar la imagen de la corte, para desacralizar a la monarquía y privarla de todas sus pretensiones de autoridad divina, así como del respeto de sus ciudadanos. La risa y la burla le quitaron el poder al Zar; y esto se simbolizó con su impotencia sexual, la cual, según los chismes, había llevado a la Zarina a los brazos de Rasputín. Un hombre que ni gobernaba ni satisfacía a su mujer no se podía tomar en serio como zar.
Resulta imposible imaginarse la Revolución de Febrero sin oír la «Marsellesa» ni ver la bandera roja. Pero no debemos considerarlos meros adornos, aportando color a la revolución. Eran importantes símbolos políticos y tuvieron un papel primordial en determinar la lucha. Lo cierto es, que hubo una amplia gama de símbolos culturales, de ritos y festivales, que ayudaron a convertir la revolución en lo que fue. Debemos estudiarlos con más detalle como instrumentos de la política revolucionaria y no como su reflejo pasivo.
La idea de destruir para renovar estaba en el fondo de esta revolución simbólica. Al igual que los festivales revolucionarios franceses, la iconoclastia de la Revolución de Febrero obedecía a la ley de la purga. Intentaba barrer lo superfluo, la excesiva riqueza y decadencia de la monarquía, no solamente para terminar con el privilegio, sino en un intento de asegurar la restauración de un modelo más puro y sencillo de la sociedad. Se decía que renunciar al lujo y al estatus, demostrado con la moda espartana del uniforme militar del soldado raso (llevado por Kerenski y más adelante por los bolcheviques) o la adopción de formas democráticas de saludo personal («Ciudadano-Ministro», «Camarada Kerenski», etc.) eran virtudes revolucionarias. Esta simplificación era más que una tendencia democrática. Era un proyección de la república ideal sobre la cultura, la vida diaria y las costumbres de la revolución.

Todos los lugares influían en los desplazamientos y las acciones de la muchedumbre. Todos sabían que deberían ir al Nevsky Prospekt o al Palacio Tauride, porque eran los lugares a donde iban los manifestantes. Los traslados de la multitud no eran «espontáneos»: continuaban una tradición ya establecida, un código de protesta espacio-cultural de la capital.
Las canciones de febrero fueron símbolos revolucionarios que estaban por encima de las diferencias de partido. Los anarquistas recogían gustosos una canción de los mencheviques. Era posible que los social revolucionarios se reuniesen alrededor de una bandera roja enarbolada por los bolcheviques. Es significativo que la «Internacional» rara vez fuese entonada durante los Días de Febrero, a pesar de ser el himno del partido de los socialistas. Aún no era muy conocida. Las tradiciones culturales comunes de la resistencia revolucionaria unían a la gente en la calle, a pesar de la pertenencia a diferentes partidos. Si alguien sin afiliación a un partido cantaba una canción de protesta, los activistas suponían que era de los suyos. A la inversa, los símbolos y las canciones revolucionarias se las apropiaron otros, como el movimiento estudiantil. Se convirtieron en parte de la cultura general de la protesta urbana.
Las banderas rojas y los emblemas eran cruciales para la organización de las manifestaciones callejeras en 1917. Los portaestandartes eran un punto de encuentro para la multitud y una diana para la policía. El pulso entre el gentío y la policía se determinó en muchas ocasiones por las banderas, su defensa y su captura.
Las banderas y los emblemas a veces se elaboraban con antelación y, otras se improvisaban. Los activistas compraban tela roja, utilizaban manteles de terciopelo o, incluso, una falda roja.

Para la multitud de 1917, el águila bicéfala simbolizaba al gobierno imperial y tomar el control sobre la imagen del águila era una fuerte señal de la victoria del pueblo. La iniciativa para esta revolución simbólica vino de abajo. Ya el 28 de febrero, la gente había estado «asando águilas» —un chiste popular refiriéndose a la quema y fundición de monogramas zaristas. La multitud también bajó y destruyó varias águilas estadounidenses. En un intento desesperado de salvar a sus emblemas de un destino similar, los extranjeros colocaron en sus estatuas y edificios carteles con el ruego, por ejemplo, de: «Esta águila es italiana». Pero esto no disuadió a la multitud.
El cambio de nombres públicos y personales es una aspecto importante de la revolución simbólica. Aunque se asocian más al estado soviético, la disolución de títulos monárquicos y nombres después de febrero fue un anticipo de las revoluciones onomásticas de los bolcheviques. También parte de este período la idea de que los dirigentes revolucionarios deben ser inmortalizados en los nombres de lugares o calles. Tan pronto como el 3 de marzo, la Duma municipal de Ekaterinoslav ordenó que la plaza central de la ciudad debería llamarse como el presidente de la Duma estatal, M. V. Rodzianko.

Antiguo Nombre → Nuevo Nombre
Tsarevich → Ciudadano
Pablo I → República
Alejandro II → Amanecer de la Libertad
Mikhail Fedorovich → El Hombre Libre
Alejandro III → Libertad
La Emperatriz Catalina → Rusia Libre
Nicolás II → Veche
Gran Duque Nilolaevich → Resurgimiento

El culto a Kerenski animó la aparición de cultos a dirigentes rivales en 1917 —entre los que destacan los de Kornilov y Lenin. No se exagera al decir que el creciente distanciamiento entre derecha e izquierda se expresó políticamente en la competitividad entre estos dos cultos.
Las expresiones utilizadas por los marxistas y populistas para hablar de clase con frecuencia se entremezclaban en estas canciones, que combinaban a partes iguales la idea de la lucha de clases o la lucha social con la idea de una batalla moral o política entre todas las fuerzas de la revolución y las fuerzas ocultas del Antiguo Régimen:

Canción
«La Marsellesa de los trabajadores»
Identificación
La Clase Trabajadora(rabochhi narod); El pueblo Hambriento (liud golodnyi)
Concepto del Enemigo
Zar vampiro (Tsarvampir)

Canción
«La Internacional»
Identificación
Todos los hambrientos y esclavos del mundo (ves’ mir golodnyhh i narod)
Concepto del Enemigo
Parásitos, Perros de presa y verdugos (svora psov i pachei)

Durante 1917, la palabra grazhdane se extendió por el campo como un término de identidad para los campesinos. Cada vez más, las resoluciones y peticiones de los pueblos empezaban con las palabras, «Nosotros los ciudadanos» (My grazhdane) de tal y cual pueblo, en vez de la antigua frase, «Nosotros los campesinos» (My kresúane).
En cuanto a los impuestos, con los que ejercerían sus deberes cívicos, los campesinos interpretaban el concepto de la sociedad como una familia de la manera que más conviniese a sus intereses. Casi todos los campesinos reconocían la necesidad de dar de comer al ejército, donde sus hijos y hermanos luchaban por la madre patria, pero muy pocos estaban de acuerdo en dar de comer a las ciudades. A pesar de los esfuerzos de los propagandistas urbanos, no se sentían afines a los trabajadores, cuyas huelgas y jornadas de ocho horas consideraban los culpables de los crecientes problemas del ejército y de la escasez de artículos fabricados.
El nuevo idioma de la ciudadanía se interpretaba de nuevo para acomodar las necesidades revolucionarias y sociales de los propios campesinos. Lejos de negar la idea del Estado y su poder coercitivo, los campesinos la reconstruían e invertían para servir a sus propios intereses y a sus ideales morales y religiosos de la justicia social. Finalmente, el lenguaje del socialismo se comprendió en estos términos religiosos.
Por lo tanto, el idioma seguía siendo un problema fundamental para la misión democrática en los pueblos, incluso después de haber intentado durante ocho meses construir una nueva cultura política nacional. Los dirigentes de la Revolución de Febrero habían iniciado un discurso público de democracia, expuesto a los campesinos a través de periódicos, folletos y propaganda oral. Pero las «transcripciones ocultas» que los campesinos hacían de este discurso público daban un significado muy diferente a muchos de sus términos. Aunque eliminar las distinciones entre clases, resolver conflictos sociales y crear una nación de ciudadanos había sido el objetivo principal de este discurso, la manera en que los campesinos lo recibieron solamente sirvió para reforzar estas divisiones sociales. El lenguaje, más que nunca, definió la identidad de los campesinos y les unió contra las clases instruidas de las ciudades.

Todas las revoluciones se representan en ocasiones como una lucha maniquea entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, el futuro y el pasado. Las revoluciones «crean un nuevo mundo» —en palabras de la «Internacional»— colocando la verdad y la justicia en lugar del mal; la libertad, en lugar de la opresión; la fraternidad, en lugar de la «amargura eterna». El avance hacia este «futuro brillante» se representa en esos momentos como un último esfuerzo heroico, la «última y decisiva batalla» de la revolución, en la cual el pueblo debe unirse para derrocar a sus enemigos, las «fuerzas ocultas» del pasado.
Imágenes tan opuestas pueden servir para enfocar la unión.
La palabra «pogromo» podía significar tanto un ataque contra los judíos, como un asalto a la propiedad. El régimen zarista tenía que tener cuidado de que la incitación a uno, no se desbordase hacia el otro. Los dirigentes de una huelga o de una manifestación eran muy conscientes de que en ciertas regiones, como los distritos mineros de la cuenca del Don y Ekaterinsolav en Ucrania, era probable que aquéllas se transformasen en pogromos.

Los bolcheviques se adueñaron del sistema simbólico de la revolución, incluso de las imágenes del enemigo. Pero utilizaron este sistema simbólico de manera diferente que los social revolucionarios y mencheviques de 1917, al enfatizar que sus palabras estaban pensadas para la acción. Los social revolucionarios y los mencheviques, conscientes del potencial violento de sus símbolos, intentaron mantenerlos en el ámbito de palabras: sencillamente como símbolos. Pero Lenin hablaba el idioma de la guerra civil. En «¿Cómo organizar la competición?», escrito en diciembre de 1917, hacía un llamamiento para una «guerra a muerte contra los ricos, los holgazanes y los parásitos».
Se debía dejar a cada aldea y ciudad desarrollar sus propios medios para:
limpiar la tierra rusa de toda la chusma, de pulgas canallas, de acomodados chinches, etc. En un lugar, encarcelarán una docena de hombres ricos, una docena de sinvergüenzas, media docena de obreros que hacen el vago […] En otro lugar, les pondrán a limpiar letrinas. En un tercero, recibirán etiquetas amarillas [como las que recibían las prostitutas] después de un período en la cárcel, para que todos sepan que son dañinos y puedan vigilarles. En el cuarto, uno de cada diez holgazanes será fusilado. Cuanto más variedad, mejor […] pues solamente la práctica puede inventar los mejores métodos de lucha.

La lucha por el control de este sistema de símbolos definió el conflicto político entre partidos socialistas rivales en 1917. El premio era enorme, pues no había alternativa capaz de movilizar el apoyo de las masas. En ocasiones, la pelea simultánea por los símbolos intensificaba estos conflictos. Por ejemplo, el 10 y 18 de junio, en la crisis de julio o durante los Días de Octubre, cuando el lema de entonces, «¡Todo el poder a los Soviets!», en sí mismo agravó la tensión; o el período posterior a Octubre, cuando la rivalidad entre la «Internacional» y la «Marsellesa» acompañó y empeoró el conflicto político entre los bolcheviques y sus adversarios socialistas. Sin embargo, en otros momentos, compartir un sistema de símbolos permitía a los socialistas olvidarse de sus diferencias y unirse bajo la bandera roja y la «Marsellesa» para luchar contra el enemigo «contrarrevolucionario» (por ejemplo, durante la crisis de Kornilov).
En algunos aspectos, el lenguaje de símbolos de la revolución servía de puente hacia el pasado. Podía reinterpretar viejas mentalidades con un nuevo discurso político.
El lenguaje simbólico de la revolución contribuyó de muchas maneras a determinar estos conflictos. Las palabras y los símbolos actuaron como un código de comunicación para sancionar o legitimar los actos del pueblo, para articular sus metas y sus quejas, para identificar durante la contienda al «nosotros» y el «ellos», al «pueblo» y a sus «enemigos». Las señales de este código eran infinitamente variadas y se interpretaban de diferentes maneras. Sin embargo, había un discurso dominante que unificó todos estos idiomas en un lenguaje común de justicia social y ése fue el lenguaje de los socialistas. El suyo no era un discurso de compromiso. Se había desarrollado en la clandestinidad como un lenguaje de lucha, un léxico de batalla que pedía al pueblo que destruyera a sus opresores. En última instancia, quizás sea lo que nos ayude a explicar por qué la Revolución Rusa fue tan violenta.

711BA92A-BE94-4F3E-B13B-7E4FDD6EB274

The author does an outstanding job drilling into the details and developing ‘the backstory’ that provides the real color of the events and makes this timespan extremely interesting. It also has an annex of illustrations.
This book by Orlando Figes and Boris Kolonitskii examines how language and symbols were used in and influenced the course of the Russian revolution.
The book is particularly good examining how rumors circulated around Petrograd and Russia about the Imperial family, especially a supposed relationship between the Tsarina and Rasputin and how they undermined the people’s confidence in the Tsar.
The book is also very good in examining how symbols and words meant different things to different segments of Russian society, and how the Bolsheviks specifically avoided trying to publically define what each symbol and word meant to them, and therefore let the population believe that whatever they defined something as, the Bolsheviks believed that too and supported it. Figes and Kolonitskii at the end of the book detail how this tendency to let people define something for themselves led to many people defining certain words quite broadly, which led to reprisals against certain people that were defined as too rich or too educated that even the Bolsheviks would not have condoned.
Unfortunately, this book does have some methodological problems. At certain points, Figes supports his argument with nothing more than a citation from his own book, which is a highly dubious practice in scholarly works. The book also in its opening chapter on rumors, doesn’t make clear that specific factual evidence of how widespread rumors about the Imperial family is only published evidence from AFTER the February 1917 revolution. The authors assume that because this explosion of anti-Imperial literature occured right after the Tsar was deposed, it must have been wide spread via word of mouth before February 1917. It’s a reasonable assumption, but they don’t support it well, and also do not make it clear that this published evidence comes after February 1917, not before.
Otherwise however, this is a very good book and extremely readable, unlike other works of the post-moderism genre.

The language of the revolution consisted of many expressions and dialects that greatly complicated politics in 1917. Keywords and symbols could have different meanings or suggest different strategies to members of the same party. Many grass-roots Bolsheviks, for example, continued to sing the «Marseillaise» in 1917, considering it a song of solidarity with all socialists, although Lenin himself considered it a «bourgeois» hymn and preferred to sing the «International» as a more genuinely Bolshevik song. . These differences of interpretation were the result of the cultural traditions of the revolutionary underground, in which the tendencies of the social democratic movement had developed. For the leaders it was not easy to convince these tendencies to renounce their particular traditions, to unite on the basis of a single centralized symbolic system. The main parties faced this problem during 1917.
In this sense, the struggle for power was not defined solely by the competition between rival symbol systems. It was also defined by internal struggle.
The parties were aware that the language they used to extend these values ​​would be welcomed and translated by the people to sustain and legitimize popular traditions and ideals that were often very different from their own. The very source of the power of the intelligentsia – having created the political language of the revolution – was at the same time the cause of their own fragility in the Russian Revolution of 1917.

The Russian monarchy had always based its power on divine authority. It was more than «the divine right of kings.» In his propaganda – and in the minds of many of his peasant subjects – the Tsar was more than a ruler ordained by God: he was a god on earth. The popular belief in the sacred nature of the Tsar held the authority of the monarchy until this belief suddenly collapsed in the last decade of its existence. Two events were at the bottom of the collapse: the massacre of «Bloody Sunday» in 1905, which shook deeply, without destroying, the popular belief in the «benevolent Czar»; and several rumors of sexual corruption and treason in court that spread through Russia during the First World War.
The reports of their agents in the provinces, corresponding to the first five months of 1917, a detailed survey commissioned by the Temporary Committee of the Duma concluded that the spread of «licentious stories and rumors» about Rasputin and the «German Empress» They had done more than anything else to undermine the peasants’ belief in the sacred nature of the monarchy. The same Romanov felt the same. No doubt it suited them to blame their catastrophe on the spread of false and malicious gossip, for this made their fall seem unnecessary and out of control.
The street merchants were enriched by the sale of brochures such as «The Secrets of the Romanovs», «The Life and Adventures of Grigorii Rasputin» and «The Zarina and Rasputin», of which between 25,000 and 50,000 copies of each were sold. There was even a «historical» novel about the subject that had great sales.
And you also had to count on obscene postcards – drawings of naked Zarina lying with Rasputin; the cabarets and circuses, satires, plays and farces, with suggestive titles such as «Rasputin’s nocturnal orgies». This caused great hilarity among the public with their sexual advances (Protopopov: «Rasputin has great talent».
The Russian public was not used to the kind of cheap eroticism that could be found in any theater or theater in the western slums and for Russian public sensibility a large part seemed cheap pornography (and certainly it was). There were several requests to ban performances and sometimes there were brawls in cinemas and theaters. The employees of the premises appealed to the Minister of Justice, Alejandro Kerenski, to use a firm hand with «businessmen without shame» who took advantage of the joy of the people by showing films, made in two or three days, on the dirty subject of the overthrown monarchy. During 1917 the censorship was implanted little by little. Some of the most offensive scenes were omitted – although it is interesting to note that it was often because the scenes in question offended the moral and political code, apart from the sexual one. For example, the Provisional Committee for the Regulation of Theatrical Life in Moscow ordered the film producer of IG Libkin to omit the scenes from his film The Hidden Forces in which Rasputin «gave a lesson of humility» in the bathrooms to a group of ladies of high society.

The political effect of all these scandals was multiple. The rumors served to tarnish the image of the court, to desacralize the monarchy and deprive it of all its pretensions of divine authority, as well as the respect of its citizens. Laughter and mockery took away the power of the Tsar; and this was symbolized by her sexual impotence, which, according to the gossip, had brought the Zarina into the arms of Rasputin. A man who neither ruled nor satisfied his wife could not be taken seriously as a Tsar.
It is impossible to imagine the February Revolution without hearing the «Marseillaise» or seeing the red flag. But we should not consider them mere ornaments, adding color to the revolution. They were important political symbols and had a primary role in determining the struggle. The truth is that there was a wide range of cultural symbols, rites and festivals, which helped turn the revolution into what it was. We must study them in more detail as instruments of revolutionary politics and not as their passive reflection.
The idea of ​​destroying to renew was at the bottom of this symbolic revolution. Like the French revolutionary festivals, the iconoclasm of the February Revolution obeyed the law of the purge. He tried to sweep away the superfluous, the excessive wealth and decadence of the monarchy, not only to end the privilege, but in an attempt to ensure the restoration of a purer and simpler model of society. It was said to give up luxury and status, demonstrated by the Spartan fashion of the military uniform of the private (carried by Kerensky and later by the Bolsheviks) or the adoption of democratic forms of personal salutation («Citizen-Minister», «Comrade Kerensky, «etc.) were revolutionary virtues. This simplification was more than a democratic trend. It was a projection of the ideal republic on culture, daily life and the customs of the revolution.

All the places influenced the movements and the actions of the crowd. Everyone knew that they should go to the Nevsky Prospekt or the Tauride Palace, because they were the places where the protesters went. The movements of the crowd were not «spontaneous»: they continued an established tradition, a space-cultural protest code of the capital.
The songs of February were revolutionary symbols that were above the differences of the party. The anarchists gladly picked up a song from the Mensheviks. It was possible for the social revolutionaries to gather around a red flag raised by the Bolsheviks. It is significant that the «International» was rarely sung during the February Days, despite being the anthem of the socialist party. I was not very well known yet. The common cultural traditions of the revolutionary resistance united people on the street, despite belonging to different parties. If someone without a party affiliation sang a protest song, the activists assumed it was theirs. Conversely, symbols and revolutionary songs were appropriated by others, such as the student movement. They became part of the general culture of urban protest.
Red flags and emblems were crucial for the organization of street demonstrations in 1917. The standard bearers were a meeting point for the crowd and a target for the police. The pulse between the crowd and the police was determined many times by the flags, their defense and their capture.
Flags and emblems were sometimes made in advance and others were improvised. Activists bought red cloth, used velvet tablecloths or even a red skirt.

For the crowd of 1917, the double-headed eagle symbolized the imperial government and taking control over the image of the eagle was a strong signal of the victory of the people. The initiative for this symbolic revolution came from below. Already on February 28, people had been «roasting eagles» – a popular joke referring to the burning and smelting of tsarist monograms. The crowd also went down and destroyed several American eagles. In a desperate attempt to save their emblems from a similar fate, foreigners placed posters on their statues and buildings with the request, for example, of: «This eagle is Italian.» But this did not dissuade the crowd.
The change of public and personal names is an important aspect of the symbolic revolution. Although they are associated more with the Soviet state, the dissolution of monarchical titles and names after February was a foretaste of the onomastic revolutions of the Bolsheviks. Also part of this period is the idea that revolutionary leaders should be immortalized in the names of places or streets. As early as March 3, the municipal Duma of Ekaterinoslav ordered that the central square of the city should be named as the president of the state Duma, M. V. Rodzianko.

Old Name → New Name
Tsarevich → Citizen
Paul I → Republic
Alejandro II → Sunrise of Liberty
Mikhail Fedorovich → The Free Man
Alejandro III → Libertad
Empress Catherine → Free Russia
Nicholas II → Veche
Grand Duke Nilolaevich → Resurgence

The cult of Kerensky encouraged the appearance of cults to rival leaders in 1917 – among which those of Kornilov and Lenin stand out. It is not exaggerated to say that the growing distancing between right and left was expressed politically in the competitiveness between these two cults.
The expressions used by Marxists and populists to talk about class were often interspersed in these songs, which combined equally the idea of ​​class struggle or social struggle with the idea of ​​a moral or political battle between all the forces of the revolution and the hidden forces of the Old Regime:

Song
«The Marseillaise of workers»
ID
The Working Class (rabochhi narod); The Hungry People (liud golodnyi)
Enemy Concept
Zar vampire (Tsarvampir)

Song
«The International»
ID
All the hungry and slaves of the world (see ‘mir golodnyhh i narod)
Enemy Concept
Parasites, prey dogs and executioners (svora psov i pachei)

During 1917, the word grazhdane spread across the countryside as a term of identity for the peasants. Increasingly, the resolutions and petitions of the peoples began with the words, «We the citizens» (My grazhdane) of such and such a people, instead of the old phrase, «We the peasants» (My kresúane).
As for the taxes, with which they would exercise their civic duties, the peasants interpreted the concept of society as a family in the way that best suited their interests. Almost all the peasants recognized the need to feed the army, where their children and brothers fought for the mother country, but very few agreed to feed the cities. Despite the efforts of the urban propagandists, they did not feel close to the workers, whose strikes and eight-hour days considered them to be responsible for the growing problems of the army and the shortage of manufactured goods.
The new language of citizenship was interpreted again to accommodate the revolutionary and social needs of the peasants themselves. Far from denying the idea of ​​the state and its coercive power, peasants reconstructed and invested it to serve their own interests and their moral and religious ideals of social justice. Finally, the language of socialism was understood in these religious terms.
Therefore, the language continued to be a fundamental problem for the democratic mission of the people, even after having tried for eight months to build a new national political culture. The leaders of the February Revolution had started a public discourse of democracy, exposed to the peasants through newspapers, brochures and oral propaganda. But the «hidden transcriptions» that the peasants made of this public discourse gave a very different meaning to many of its terms. Although eliminating distinctions between classes, resolving social conflicts and creating a nation of citizens had been the main objective of this discourse, the way the peasants received it only served to reinforce these social divisions. Language, more than ever, defined the identity of the peasants and united them against the educated classes of the cities.

All revolutions are sometimes represented as a Manichean struggle between good and evil, light and darkness, the future and the past. Revolutions «create a new world» – in the words of the «International» – placing truth and justice instead of evil; freedom, instead of oppression; fraternity, instead of «eternal bitterness.» The advance towards this «bright future» is represented at that time as a last heroic effort, the «last and decisive battle» of the revolution, in which the people must unite to overthrow their enemies, the «hidden forces» of the past .
Images so opposite can serve to focus the union.
The word «pogrom» could mean either an attack on the Jews or an assault on property. The Tsarist regime had to be careful that incitement to one did not overflow into the other. The leaders of a strike or of a demonstration were well aware that in certain regions, such as the mining districts of the Don Basin and Ekaterinsolav in Ukraine, they were likely to turn into pogroms.

The Bolsheviks appropriated the symbolic system of the revolution, including the images of the enemy. But they used this symbolic system differently than the Social Revolutionaries and Mensheviks of 1917, emphasizing that their words were meant for action. The social revolutionaries and the Mensheviks, aware of the violent potential of their symbols, tried to keep them in the realm of words: simply as symbols. But Lenin spoke the language of civil war. In «How to organize the competition?», Written in December 1917, he called for a «war to the death against the rich, the lazy and the parasites.»
Each village and city should be allowed to develop its own means to:
clean the Russian soil of all the rabble, of fleas rogue, of accommodated bed bugs, etc. In one place, a dozen rich men will be imprisoned, a dozen scoundrels, half a dozen workers who are lazy … In another place, they will put them to clean latrines. In a third, they will receive yellow labels [such as those received by prostitutes] after a period in jail, so that everyone knows they are harmful and can keep an eye on them. In the fourth, one in ten loafers will be shot. The more variety, the better […] then only the practice can invent the best fighting methods.

The struggle for control of this system of symbols defined the political conflict between rival socialist parties in 1917. The prize was enormous, as there was no alternative capable of mobilizing the support of the masses. On occasion, the simultaneous fight over the symbols intensified these conflicts. For example, on June 10 and 18, during the July crisis or during the October Days, when the slogan at the time, «All Power to the Soviets!», In itself aggravated the tension; or the period after October, when the rivalry between the «International» and the «Marseillaise» accompanied and worsened the political conflict between the Bolsheviks and their socialist adversaries. However, at other times, sharing a system of symbols allowed the socialists to forget their differences and to unite under the red flag and the «Marseillaise» to fight against the «counterrevolutionary» enemy (for example, during the Kornilov crisis).
In some aspects, the language of symbols of the revolution served as a bridge to the past. I could reinterpret old mentalities with a new political discourse.
The symbolic language of the revolution contributed in many ways to determining these conflicts. The words and symbols acted as a communication code to sanction or legitimize the acts of the people, to articulate their goals and their complaints, to identify during the contest the «we» and the «they», the «people» and their » enemies». The signals of this code were infinitely varied and interpreted in different ways. However, there was a dominant discourse that unified all these languages ​​into a common language of social justice and that was the language of the socialists. His was not a compromise speech. It had developed underground as a fighting language, a battle lexicon that asked the people to destroy their oppressors. Ultimately, it may be what helps us explain why the Russian Revolution was so violent.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.