Construir Al Enemigo Y Otros Escritos — Umberto Eco

Interesante libro sobre los aspectos concernientes al mundo que nos rodea y que siempre son de agradecer a todo ello nos adentra en diferentes aspectos dando montones de pinceladas como el sabe hacer dando visiones globales.

Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo. Véase la generosa flexibilidad con la que los naziskins de Verona elegían como enemigo a quienquiera que no perteneciera a su grupo, con tal de reconocerse como tales. Pues bien, en esta ocasión no nos interesa tanto el fenómeno casi natural de identificar a un enemigo que nos amenaza como el proceso de producción y demonización.
Los enemigos son distintos de nosotros y siguen costumbres que no son las nuestras.
Uno diferente por excelencia es el extranjero. Ya en los bajorrelieves romanos los bárbaros aparecen barbudos y chatos, y el mismo apelativo de bárbaros, como es sabido, hace alusión a un defecto de lenguaje y, por lo tanto, de pensamiento.
Ahora bien, desde el principio se construyen como enemigos no tanto a los que son diferentes y que nos amenazan directamente (como sería el caso de los bárbaros), sino a aquellos que alguien tiene interés en representar como amenazadores aunque no nos amenacen directamente, de modo que lo que ponga de relieve su diversidad no sea su carácter de amenaza, sino que sea su diversidad misma la que se convierta en señal de amenaza.
La humanidad no ha sabido renunciar (por lo menos en parte) al apego a sus propios olores, sabores, sonidos y placeres del tacto, ni tampoco a producir fuego por fricción. Quizá debía dejarle su generación a los dioses, que nos lo habrían dado, solo de vez en cuando, en forma de rayo.

La elección de una batalla antievolucionista y de una defensa de la vida que llega hasta el embrión parece, más bien, una alineación en las posiciones del protestantismo fundamentalista.
He dicho que en esta intervención mía no pretendía tomar parte en las disputas actuales, sino solo dar razón del pensamiento de Tomás de Aquino, con quien la Iglesia de Roma puede hacer lo que quiera.

Entender el ambiente —y el choque que se creaba entre el Grupo 63 y otros sectores de la cultura italiana— sirve para descifrar también una serie de reacciones a menudo furiosas y de apasionadas controversias.
Al principio, alguien habló del Grupo 63 como de un movimiento de jóvenes turcos que intentaban expugnar los baluartes del poder cultural con acciones provocadoras. Pues bien, si algo distinguía a la neovanguardia de la de principios de siglo era que nosotros no éramos unos bohemios que vivían en buhardillas e intentaban desesperadamente publicar su poesía en la gaceta local. Cada uno de nosotros, a sus treinta años, ya había publicado uno o dos libros.
No fue una polémica contra el establishment, fue una rebelión desde dentro del establishment, un fenómeno sin duda nuevo con respecto a las vanguardias históricas. Si es verdad que los vanguardistas históricos eran incendiarios que habían de morir como bomberos, el Grupo 63 fue un movimiento que nació en el cuartel de los bomberos, donde luego algunos acabaron como incendiarios. El grupo expresaba una forma de alegría, y eso hacía sufrir al escritor que, por definición, había de ser un sufridor.

Internet, naturalmente, representa, sin intentos de censura, el máximo del ruido asociado a la nula información. O mejor: primero, si se recibe alguna información no se sabe si es fidedigna; segundo, intenten buscar una información en Internet: solo nosotros, hombres de estudio, trabajando diez minutos, empezamos a filtrar y encontrar el dato que nos interesa. Todos los demás usuarios se quedan fijos en un blog, en un porno específico, etc., y tampoco navegan mucho más, porque navegar no permite recoger una información fidedigna.
Tenemos, por lo tanto, una censura voluntaria por efecto de ruido —y es lo que sucede en el mundo televisivo, en la creación de los escándalos políticos, etc.— y una censura involuntaria pero fatal, allá donde por razones de por sí absolutamente legítimas (inversiones publicitarias, ventas, etc.) el exceso de información se traduce en ruido. Esto (pasando ahora del tema de la comunicación al tema de la ética) ha creado también una psicología y una ética del ruido. ¿Quiénes son los imbéciles que van por la calle con los auriculares del iPod en las orejas?.
Son personas que ya no consiguen vivir fuera del mundo del ruido. Por este motivo los restaurantes, ya ruidosos de por sí por la concurrencia de clientes, sueltan aún más ruido mediante, a veces, dos televisores encendidos, y música; y si les pedimos que los apaguen, nos miran como si estuviéramos locos. Esta necesidad intensa de ruido tiene una función de droga e impide focalizar lo que sería verdaderamente fundamental. Redi in interiorem hominem: sí, al final un buen ideal para el universo de la política de mañana y de la televisión todavía seguiría siendo san Agustín.
Solo habiendo silencio funciona el único y verdadero medio de información que es el bisbiseo. Todo pueblo, aun oprimido por el más censor de los tiranos, ha conseguido saber siempre todo lo que sucede en el mundo a través del bisbiseo. Los editores saben que los libros que se han convertido en best sellers no han llegado a serlo por la publicidad o por la reseñas, sino por un término que en francés es el bouche à oreille, en inglés word of mouth.

Joyce es un típico exponente de la decadencia moderna, una célula purulenta e infecciosa también para nuestra literatura. ¿Por qué? Pues porque con su anticlasicismo se ha puesto en contraste con los caracteres de la latinidad antigua y moderna, contra los cuales ha adoptado una actitud satírica. Joyce otorga a su revuelta un carácter impuro y subversivo al quitar a Roma Universa del altar, para poner en él al ídolo dorado del internacionalismo judaico; internacionalismo que desde hace muchos años controla demasiadas iniciativas del pensamiento moderno.
Joyce está en contra de toda la latinidad, tanto contra la civilización imperial como contra la civilización católica; es interesadamente antilatino. Sus pullas contra Roma y el papado, soltadas con indigno talante de payaso, serían menos molestas si no se vislumbrara en ellas una larvada forma de seducción hacia los hijos de Israel.

¿Por qué la fascinación de las islas? No tanto porque sean un lugar que, como dice la palabra misma, está aislado del resto del mundo: Marco Polo o Giovanni Pian del Carpine encontraron en ilimitadas tierras firmes lugares separados del civil consorcio. Es porque, hasta el siglo XVIII, cuando fue posible determinar las longitudes, una isla se podía encontrar por azar y, como Ulises, se podía huir de ella, pero no había manera de volverla a encontrar. Desde los tiempos de san Brandán (y hasta Gozzano) una isla siempre fue una insula perdita.
Eso explica la fortuna y la fascinación de ese género de libros, muy populares entre los siglos XV y XVI, que fueron los islarios, registro de todas las islas del mundo, tanto las islas conocidas como aquellas a las que aludían solo vagas leyendas.

WikiLeaks ha demostrado ser un escándalo aparente en lo que tiene que ver con los contenidos, mientras que ha sido y será algo más en cuanto a las formas, pues, como veremos, ha inaugurado una nueva época histórica.
Un escándalo es aparente cuando lleva al nivel del discurso público lo que todos sabían y comentaban de forma más privada, eso que no pasaba del nivel del chismorreo, por decirlo de alguna manera, solo por razones de hipocresía (por ejemplo, los cotilleos sobre un adulterio).
Todo dosier elaborado por unos servicios secretos (de cualquier nación) está hecho con material que ya es de dominio público. Las «extraordinarias» revelaciones estadounidenses sobre las noches de juerga de Berlusconi referían lo que desde hacía meses podía leerse en cualquier periódico italiano (excepto dos), y las manías de sátrapa de Gaddafieran desde hacía tiempo tema —por lo demás bastante manido— para los caricaturistas.
La regla por la que los expedientes secretos deben confeccionarse solo con noticias ya conocidas es esencial para la dinámica de los servicios secretos, y no solo en este siglo.
Ni siquiera los cuartos oscuros del Poder pueden escapar a la monitorización de un pirata informático, y, por lo tanto, la relación de monitorización deja de ser unidireccional y se vuelve circular. El Poder controla a todos y cada uno de los ciudadanos pero cada ciudadano, o en su lugar el pirata que se erige en su vengador, puede conocer todos los secretos del Poder.
Y aunque la gran masa de los ciudadanos no esté en condiciones de examinar y evaluar la cantidad de material que el pirata captura y difunde, aquí se dibuja un nuevo papel para la prensa (y ya lo está desempeñando en estos días): en lugar de dar cuenta de las noticias importantes —y antaño decidían los gobiernos cuáles eran las noticias de verdad importantes, al declarar una guerra, devaluar una moneda, firmar una alianza—, ahora decide autónomamente qué noticias deben volverse importantes y cuáles pueden ser calladas, negociando incluso (como ha sucedido) con el poder político qué «secretos» revelados comunicar y cuáles dejar a un lado.
Es evidente que, en el futuro, los Estados ya no podrán encomendar ninguna información reservada a Internet: sería como ponerla en un cartel pegado en la esquina de la calle. Pero es igualmente evidente que, con las actuales tecnologías de interceptación, es vano esperar poder mantener relaciones reservadas por teléfono. Nada más fácil, además, que descubrir si y cuándo un jefe de Estado ha viajado en avión para contactar con un colega suyo, por no hablar de esa verbena popular para manifestantes en que se han convertido los G8.
La tecnología avanza a paso de cangrejo, es decir, hacia atrás. Un siglo después de la revolución de las comunicaciones gracias al telégrafo sin cables, Internet ha restablecido un telégrafo con cables (telefónicos). Las cintas de vídeo (analógicas) permitieron a los estudiosos de cine explorar una película paso a paso, recorriéndola hacia delante y hacia atrás, descubriendo así todos sus secretos de montaje, mientras que ahora los DVD (digitales) permiten solo saltar por capítulos, y es decir, solo por macrosegmentos. Ahora con la alta velocidad se va en tren desde Milán a Roma en tres horas mientras que con el avión, entre un desplazamiento y otro, se necesitan por lo menos tres horas y media. Así pues, no es extraordinario que también la política y la técnica de las comunicaciones gubernamentales vuelvan a los correos a caballo, a encuentros entre las nieblas de un baño turco, a mensajes entregados en la alcoba por alguna condesa de Castiglione.

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