Los 10 mitos del nacionalismo catalán — Joaquín Leguina /Ten Myths From Catalonia Nacionalism by Joaquín Leguina (spanish book edition)

Este es un muy interesante libro, disecciona perfecta, aunque someramente, la trayectoria y el comportamiento de los distintos partidos políticos que han dado lugar al esperpento nacionalista y a su trágico totalitarismo.
Que pena de tiempo perdido. Si los políticos se hubiesen dedicado a trabajar en lugar de expoliar al país física y moralmente que diferente sería todo.

En Cataluña, el castellano es, además de la lengua común, la lengua materna del 55 % de los catalanes, frente 31,6 %, que tiene el catalán. La clase política de primera línea presenta otro perfil: según solventes estudios de hace pocos años, tan sólo el 7 % de los parlamentarios reconoce el castellano como su “identidad lingüística”. Una circunstancia poco compatible con lo que normalmente sucede con las colonias: los colonizados son los que mandan. Como tampoco lo es que Cataluña sea la región con mayor PIB de España, que el presidente de la Comisión de Exteriores de la metrópoli sea un nacionalista catalán o que el presidente de la Generalitat y otros cincuenta y cinco altos cargos de la Generalitat cobren más que el presidente del Gobierno. Y, si se mira la trama social, la fabulación nacionalista todavía resulta más extravagante. Cerca del 70 % de los catalanes, que en primera y segunda generación proceden de otras partes de España, ocupan las partes más bajas de la pirámide social y viven en el extrarradio de las ciudades, mientras que los “colonizados” habitan en los mejores barrios. También aquí la lengua empeora las cosas, al menos si nos importa la igualdad.

El nombre de Cataluña aparece por primera vez a fines del siglo XI y comienzos del siglo XII, al mismo tiempo que los primeros textos literarios en catalán, dos siglos después de que el conde de Barcelona, Wifredo el Velloso, consiguiera unir los condados de la entonces llamada Marca Hispánica.
   Desde el siglo XIII Cataluña constituiría, con Aragón, Valencia y Baleares, la Corona de Aragón. Corona de Aragón y Corona de Castilla se unieron por medio del matrimonio de los Reyes Católicos, formando la llamada —y reconocida como tal en los documentos de la época— Monarquía de Espanya. No se trata de la unidad nacional, sino de la unión de dos territorios que ya eran gobernados por los Trastámara desde comienzos del siglo XV. Durante aquel reinado se incorporaron a las Coronas de Castilla y Aragón los reinos de Granada, Navarra y América y las plazas norteafricanas. También se consolidaron las posesiones italianas de la Corona de Aragón.
La atribución de un carácter global a todos los españoles es cosa que se viene realizando desde antiguo aunque sea de maneras diferentes. Sin embargo, puede afirmarse también que en nuestro siglo se ha multiplicado tal clase de caracterizaciones globales, y que incluso de una peculiar teoría dogmática sobre el origen y el modo de ser de los españoles se ha pretendido sacar elementos suficientes para revolucionar toda la Historia de España, o, mejor dicho, para destruir todas las interpretaciones de ella, conocidas hasta el día.
Los trabajos de Caro Baroja acerca de lo castizo, al contrario de los de Unamuno o Castro, muestran su rechazo a conceder entidad sustantiva a las identidades nacionales, más allá de los símbolos patrióticos y de las emociones políticas.

Los nacidos en democracia fuimos educados en una visión irónica de las naciones. Al menos, de la nación española. No se dice que el nacionalismo español no exista; no lo he conocido. Mis libros escolares —magníficos manuales de la editorial Vicens-Vives, que aún consulto— eran siempre ponderados y dejaban poco margen al estremecimiento telúrico. No menos sobrios eran mis maestros: la batalla de Covadonga fue una pelea a pedradas; el Cid, un mercenario; la Conquista, una gran empresa con no pocas sombras y la Guerra de la Independencia una buena bronca por una mala causa. Una educación descreída que, sumada a la irritación que seguía produciendo la España franquista, y la construcción europea, nos convenció de que las identidades nacionales eran cosa del pasado. El problema era que en otras partes del país el proceso era el contrario. Si en Madrid nos preguntábamos sobre el alcance de la unión dinástica de los Reyes Católicos, en Barcelona se celebraba, sin empacho ni sonrojo, el milenario de la nación catalana. Si para los políticos capitalinos acudir al desfile del 12 de octubre era un «coñazo» (Rajoy dixit), para el establishment del Principado santiguarse ante la estatua de Rafael Casanova, héroe improbable y mártir imposible, era acto solemne y aduana patriótica. Una especie de derecho de crédito generado durante la dictadura facultaba al nacionalismo catalán a empapuzar de «identidad» a sus administrados.

A finales de los años cincuenta del siglo XIX, la Renaixença (así se llamó el movimiento) trató de importar los fenómenos nacionalistas que el romanticismo, para desgracia de los europeos, había extendido por toda Europa. Los autores de la Renaixença pusieron en el primer plano de sus reivindicaciones la lengua (salvo alguna poesía durante los años treinta de aquel siglo XIX, en Cataluña se publicó poco en catalán). Ese cambio lingüístico a favor del catalán tendría a la larga una importancia capital, pues iba a convertirse en el palo del pajar del nacionalismo: «No diexis morir la lengua si vols que visca la patria; honra ton bressol y honrarás ta bandera», diría Lluís G. de Pons en el discurso con el cual inauguró els Jocs Florals de 1861. Como observa Pere Anguera, de quien hemos tomado esta cita, que se mencionen patria y bandera tampoco debe llamar a engaño, ya que entonces todo seguía aún inserto en la mitología españolista.
El arte, la literatura, las concepciones jurídicas, el ideal político y económico de Cataluña han iniciado la obra exterior, la penetración pacífica en España, la transfusión a las otras nacionalidades españolas y el organismo del Estado que las gobierna. El criterio económico de los catalanes en las cuestiones arancelarias ha triunfado hace años.
En abril de 1901, como resultado de la fusión entre Unió Regionalista y la Lliga de Catalunya, nació la Lliga Regionalista de Catalunya. La Lliga era una formación conservadora que no se declaró independentista «por no ponerse fuera de la ley». En las siguientes elecciones celebradas ese mismo año la Lliga obtendría 6 diputados (de los 44 que se eligieron en Cataluña). El catalanismo político se hacía así parlamentario.
Aparte de los 6 diputados catalanistas, obtuvo un escaño un partido que pronto daría mucho que hablar: el que dirigía Alejandro Lerroux, «el emperador del Paralelo». Los restantes 37 escaños se los repartieron los partidos turnantes: el liberal y el conservador.

Pau Casals habló en la sede de la ONU en Nueva York y dijo lo siguiente:
Soy catalán, actualmente de una provincia de España. Pero ¿qué fue Cataluña? Cataluña fue la primera nación del mundo. Os diré por qué: Cataluña tuvo el primer Parlamento, mucho antes que Inglaterra; Cataluña acogió los inicios de las Naciones Unidas; todas las autoridades de Cataluña del siglo XI se encontraron en una ciudad de Francia que entonces era catalana para hablar de Paz: ¡en el siglo XI! Paz en el mundo y en contra de las guerras. Eso era Cataluña.

Emotivo discurso, lástima que todo en él fuera falso. Pero así funcionan los mitos.

Según los nacionalistas, la agresión más añosa recibida por Cataluña a manos de Castilla se remonta, según esa mitología romántica, al siglo XV y tiene como hito el Compromiso de Caspe (1412), que se produjo a raíz de que Martín el Humano quedó sin descendencia al fallecer su hijo Martín el Joven. La dinastía quedó así sin heredero, lo cual provocó la convocatoria en Caspe de los representantes de los reinos que componían la Corona de Aragón. Los reunidos tomaron la decisión de poner al frente de la dinastía a Fernando de Antequera, entonces regente de Castilla. Fueron Bofarull y Balaguer, ya citados aquí, quienes «descubrieron» el Compromiso de Caspe como «gran agravio» y «una conspiración» contra Cataluña, pero la obra canónica de este mito fue escrita por Domènech i Montaner en un estilo novelado, a la cual tituló La iniquidad de Caspe (1930).
Como ha dejado escrito Vicens Vives, «en Caspe no hubo ninguna iniquidad, porque la proclamación de Fernando era la única salida posible al problema planteado».
El mito de Caspe ha perdido vigencia con el tiempo. También el levantamiento, pero siguen vivos otros dos mitos: el de 1714 y el de la Guerra Civil (1936-1939).

El himno oficial de Cataluña se titula precisamente así: Els segadors. ¿Pero de qué segadores nos habla y qué Cataluña era aquella «triunfante» que «volverá a ser rica y plena»?
Se trata de un motín campesino y popular provocado por el hambre y por la obligación de alojar en sus casas a los soldados de Felipe IV. El motín tuvo lugar el día del Corpus de 1640 y durante él se sumaron a los campesinos desplazados hasta Barcelona buena parte de las capas populares de la ciudad. Asesinaron al virrey y asaltaron las casas de los miembros de la Audiencia. También los notables de la ciudad sufrieron los ataques de una muchedumbre que gritaba «¡Viva el rey de España! ¡Mueran los traidores!”. La ira popular y los asaltos se extendieron durante bastante tiempo a Vic, Gerona y otros muchos lugares.
En efecto, en diciembre de 1640 el enviado de la Generalitat al Ampurdán escribía a los diputados que no se podían visitar sin soldados los pueblos y villas de Cataluña… «porque en esta tierra todos los que vamos a tratar cosa de la Generalitat, somos, según ellos, unos traidores».

La mitificación del 11 de septiembre de 1714 como hito en la historia de Cataluña y jornada en la que se recuerda la pérdida de un pasado constitucional frente a una monarquía absolutista nació, como ya se ha visto, con la Renaixença a finales del siglo XIX.
El 11 de septiembre de 1891, un pequeño grupo de simpatizantes de la Unió Catalanista organizó el primer acto ante la estatua del conseller en cap Rafael Casanova. Con los años, esta celebración se ha convertido en tradición. La elección de la fecha tuvo en su origen notables detractores dentro del catalanismo político, como Prat de la Riba, que la consideraba símbolo de la decadencia nacional, o Pere Coromines, que se negaba a mitificar la defensa de un modelo político monárquico.
En cualquier caso, el dramatismo y los sufrimientos que provocaron el cerco y asedio de Barcelona son incuestionables. El asedio duró un año y tres meses en una ciudad que ya había sufrido sitios hacía poco tiempo. En efecto, durante 1697 fue asediada y tomada por los franceses. En 1705 la tomaron los austracistas, después de lanzar sobre la ciudad más de 6.000 bombas. En abril de 1706 fue otra vez sitiada, esta vez por los borbónicos, que no pudieron tomarla.
El incuestionable patetismo de aquel sitio y del consiguiente asalto no autorizan, sin embargo, un relato maniqueo como el montado por el nacionalismo catalán. ¿Qué ocurrió realmente?
Aquella batalla formó parte de una guerra no entre españoles y catalanes, sino que fue producto de una lucha sucesoria, tras la muerte de Carlos II en 1700, entre los borbónicos, partidarios del duque de Anjou (nieto de Luis XIV de Francia y futuro Felipe V), y los partidarios de Carlos de Habsburgo.
Del lado de Carlos se alinearon austriacos, británicos, holandeses, portugueses y dentro de España buena parte de la Corona de Aragón —Cataluña incluida—, aunque las autoridades catalanas habían mostrado en un inicio fidelidad al duque de Anjou, que era quien figuraba como heredero en el testamento del Hechizado (así se denominó a Carlos II). Que esto es verdad lo demuestran los elogios que recibió el pretendiente Borbón cuando viajó a Barcelona para satisfacer las aspiraciones catalanas y se casó con su primera esposa en el monasterio de Vilabertrán (Gerona).
1714 se ha convertido hoy en paradigma de la felicidad perdida, y la Cataluña anterior a 1714 se nos presenta como un mundo ideal que sólo está en el imaginario de la voluntad política distorsionadora de la historia. […] Si algo pone en evidencia la guerra de Sucesión es que hubo muchas Cataluñas y, desde luego, muchas Españas, y que el conflicto nunca fue bipolar (Cataluña contra España, ni España contra Cataluña), sino multipolar y, desde luego, nunca fue el producto de la fatalidad de una naturaleza de diferencias insalvables. Las diferencias, como las similitudes, más que la naturaleza, las construye y deconstruye la historia.

En la redacción del Título VIII de la Constitución, base sobre la cual habría de edificarse después el Estado autonómico, la propuesta socialista para regular la distribución de competencias entre el Estado y las autonomías se recogía en tres listas detalladas y claras: la de las atribuidas en exclusiva al Estado para que legislara sobre ellas y las ejecutara, otra de competencias compartidas, y una tercera con las materias sobre las que las nacionalidades y regiones tendrían competencia exclusiva para legislar y ejecutar; tal reparto competencial reproducía la sistemática de los artículos 14, 15 y 16 de la Constitución de la II República.
Esa propuesta hubiera evitado muchos problemas posteriores. ¿Por qué no prosperó? Evidentemente, porque a los nacionalistas no les interesaba una Constitución «cerrada».
La tensión nacionalista, las dudas y los correspondientes vaivenes son, a mi juicio, las causas que llevaron a una redacción del Título VIII de la Constitución, que, como aquellas fincas a las que se refería una famosa ley agraria franquista, sigue siendo «manifiestamente mejorable». En efecto, el texto del mentado Título VIII está lleno de agujeros y no exento de ambigüedades, lo cual permitió que los Estatutos pudieran incrementar la relación de las competencias exclusivas de las Comunidades Autónomas; pero con el inconveniente de un mayor grado de indeterminación en la asignación competencial a cada uno de los niveles estatal o autonómico, fuente esta de muchos de los conflictos competenciales posteriores.
Cuando en el año 2000 el PP alcanzó la mayoría absoluta, Aznar cambió de actitud en asuntos autonómicos —y también en otros— e, «impasible el ademán», dejó de escuchar a los nacionalistas (o quizá, simplemente, dejó de escuchar).

Los Países Catalanes— que sobrepasa los límites del Principado.
   Las líneas básicas eran las siguientes: 
   1. Configuración de la personalidad catalana: explicación y potenciación de los ejes básicos de «nuestra personalidad colectiva».
   2. La divulgación de la historia y del hecho nacional catalán: difusión de los «acontecimientos cruciales de nuestra historia y de nuestros personajes históricos».
   3. El nuevo concepto de nación dentro del marco europeo: Catalunya (Països Catalans), como nación europea emergente. La Europa sin fronteras ha de ser una Europa que reconozca a naciones como Cataluña.
   4. El descubrimiento de un potencial futuro: Catalunya (Països Catalans), como centro de gravedad del sur de la Comunidad Económica Europea (CEE).
   5. Un memorial de agravios: «Catalunya es una nación discriminada que no puede desarrollar libremente su potencial cultural y económico». Descubrimiento, constatación y divulgación de los hechos discriminatorios y carencias de forma contundente y sistemática.
   6. La sensibilización colectiva: «Catalunya es un pueblo que camina en busca de su soberanía dentro del marco europeo».
   7. Revitalizar el concepto de Catalunya como una sociedad civil viva, cohesionada, con conciencia de pertenencia y generadora de riqueza.
   8. Ejercer plenamente la soberanía en todos aquellos espacios donde «tengamos» competencias.

Pasqual Maragall nunca expresó con claridad de dónde salió la necesidad de un nuevo Estatuto con el cual se pretendió nada menos que meter por la ventana del Estatuto lo que no cabía por la puerta de la Constitución. O, en otras palabras: se pretendió cambiar la Constitución desde un Estatuto. ¿Para qué? Para otorgarle a Cataluña un estatus especial dentro de un federalismo «asimétrico». Un federalismo que no se parecía a ninguno de los conocidos, porque ni en los EE. UU. ni en Alemania ni en ningún otro federalismo existen «asimetrías» como las que se pretendía colar en aquel desgraciado Estatuto.
¿Y qué opinaban de este disparate las gentes normales y corrientes del PSOE? Puedo contar lo que opinaban en privado, aunque algunos hubo —pocos— que sí opinamos en público oponiéndonos. Pero ninguno, absolutamente ninguno, pudo opinar sobre el texto de aquel proyecto de ley en los órganos internos del partido porque «el mando» no dio ocasión. Ni el Comité Federal ni el Grupo parlamentario debatieron el asunto. Probablemente tampoco la Comisión Ejecutiva. Nadie pidió explicación alguna acerca de por qué Zapatero se había pasado por el arco del triunfo los acuerdos de Santillana.

“Espanya nos roba» me viene a la cabeza el nombre de Félix Millet. Millet es el «ciudadano que nos honra» (en 2008 Montilla le dio este título). También se le otorgó la Creu de Sant Jordi (Pujol) y la llave de Barcelona (Maragall). Era la quintaesencia de la cultura oficial catalana. Una persona de bien. Empero, a Millet se le acusa de haber «distraído» entre 20 y 30 millones del Palau de la Música. En esto Millet era un digno representante de la Cataluña que no responde ante los ciudadanos, ni siquiera ante Dios ni ante la Historia. Sólo responde ante sí misma.
Millet sostenía que en Cataluña «siempre han mandado cuatrocientas familias», cuyos miembros fueron franquistas leales (y prácticos) para pasarse luego, sin cambiarse de desodorante, a servir al nacionalismo con «alma, corazón y vida». Tenían, en efecto, convicciones firmes, pero cambiantes.
Tampoco el PSC está libre de culpa en este asunto. Por ejemplo, Bartomeu Muñoz, alcalde de Santa Coloma de Gramenet, hizo colla con Maciá Alavedra y Lluís Prenafeta (íntimos amigos de Pujol) y tienen un proceso abierto por malversación. Es lo que tiene el «hecho diferencial»: mientras que en otros lugares de España los corruptos de un partido roban solos, en Cataluña «afanan» todos juntos.
Mas para enriquecerse, ahí está la saga de los Pujol. Una familia «milagrosamente» enriquecida.

El discurso demagógico lo primero que hace es pervertir las palabras. Éste es el caso de la frase «derecho a decidir». ¿Quién no desea poder decidir? Pero decidir es un verbo transitivo que necesita obligatoriamente de un objeto directo para que su significado sea completo y, en este caso, ese complemento directo no aparece por ninguna parte.
Estos términos («derecho a decidir») se empezaron a usar en 2003 en Euskadi, dentro del proceso que se llamó Plan Ibarretxe y se utilizaron estas palabras para ocultar las que no se querían usar: «derecho de autodeterminación» o, mejor, «derecho a la secesión unilateral», que es, en realidad, lo que los nacionalistas reivindican ahora.
Vayamos, pues, al «derecho de autodeterminación».
¿Existe un derecho de autodeterminación en Cataluña?
Está establecido —lo explican bien José M. Ruiz Soroa y Alberto Basaguren (en La secesión en España)— que la autodeterminación sólo se refiere a los pueblos «dependientes», es decir, a quienes se hallan en situación colonial o bajo invasión militar. La Declaración de Viena de 1993 es muy clara a este respecto: «Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación», y negárselo constituye «una violación de los derechos humanos»; pero esto no significa avalar acciones encaminadas «a quebrantar o menoscabar, total o parcialmente, la integridad territorial o la unidad política de Estados soberanos que […] estén dotados de un Gobierno que represente a la totalidad del pueblo perteneciente al territorio, sin distinción de ningún tipo».
O, en palabras de Álvarez Junco: «La autodeterminación no se deriva de que minorías nacionales territorializadas existentes hoy dentro de un Estado tengan derecho a la independencia política; sólo lo tendrán aquellas que carezcan de instituciones democráticas o sean tratadas de forma discriminatoria. Aceptada esta distinción, queda claro el significado del derecho de autodeterminación y la situación en que debe hallarse un pueblo para ser titular del mismo».

El Estado no conserva intacta ninguna de sus grandes funciones específicas. Ni acuñar moneda (pasó al BCE), ni guardar fronteras y aduanas (suprimidas las internas del continente por Schengen; compartidas las exteriores), ni la de una verdadera política exterior (las diplomacias han iniciado su fusión lenta en el SEAE), ni la de hacer individualmente la guerra.
En estos años de crisis, el despojo de las competencias ha sido de vértigo. Sobre todo en la economía, que es precisamente la motivación del independentismo catalán de nuevo cuño. Todos los instrumentos clásicos de política económica están transferidos o se están transfiriendo a la UE:
1) El monetario y financiero, o el manejo del tipo de interés y la cantidad de dinero en circulación. También la supervisión bancaria.
2) El cambiario, o manejo del tipo de cambio.
3) El fiscal, o presupuesto e impuestos.
4) El comercio exterior, la tarifa exterior común, las decisiones comunes en la OMC.
5) Incluso el mercado laboral, la Seguridad Social y las políticas de empleo y sociales (de la edad de jubilación a las pensiones) se van equiparando a rebufo de la crisis.

El Parlamento de Cataluña, en el proceso de construcción de un Estado independiente para la nación catalana, considera fundamental trabajar para la proyección internacional de la realidad política, económica y social del país, y también fomentar el establecimiento de relaciones permanentes con la comunidad internacional». De este modo, en materia de política exterior, el Parlamento catalán considera prioritario: «Adoptar una estrategia de diálogo y colaboración constante con las instituciones europeas, especialmente con la Comisión Europea y el Parlamento Europeo, establecer relaciones bilaterales con las autoridades de los Estados que tienen más influencia en la comunidad internacional, y establecer una interlocución permanente con la Organización de las Naciones Unidas y los organismos que de ella dependen, para facilitar el reconocimiento internacional de las decisiones que el pueblo de Cataluña tome sobre su futuro colectivo».

Lo aquí reproducido en cursiva muestra con claridad la preocupación que el aislamiento suscita entre los líderes de las huestes soberanistas, pero cuando esa deriva aislacionista se les muestra con argumentos jurídicos o con declaraciones del mismo contenido, ellos salen por peteneras diciendo, por ejemplo, que «no se concibe una Europa sin Cataluña». Vayamos a ello.
La historia reciente de Europa está plagada de guerras y matanzas provocadas por culpa de las «identidades», ya fueran étnicas, religiosas… y, sobre todo, nacionales, pero fijemos la atención sólo en el siglo XX. La Gran Guerra (1914-1918), cuyo centenario se conmemora en estos días, constituyó el mayor desastre del siglo XX y está en el origen de la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, cuando el presidente norteamericano Wilson llegó a Europa, después de que su país hubiera intervenido decisivamente en la derrota austro-germana, traía en la cartera sus célebres Catorce puntos, con los cuales se proponía resolver los problemas europeos sustituyendo los imperios multiétnicos por Estados pretendidamente homogéneos.
Pues bien, por encima y más allá de los argumentos económicos, jurídicos y políticos contra la secesión está el primer derecho de cualquier ciudadano: el de no ser expulsado de su propio país, el derecho a mantener su nacionalidad. Y un Estado decente tiene como primera y principal obligación la de defender ese derecho. Nadie puede arrebatarle a cualquier español su nacionalidad, su derecho a seguir siéndolo y a vivir donde le parezca dentro de su país.

Por suerte, en los últimos tiempos se ha ido construyendo un corpus de doctrina inequívocamente contraria al separatismo que es preciso difundir y apoyar aquí y acullá, porque en este asunto no existe nada inexorable y las opiniones de los catalanes, como las de cualquier ser humano, no son fijas, sino variables, y dependen en buena medida de la capacidad de convicción que demuestre la sociedad civil no-separatista en Cataluña, pero también en el resto de España. Sin ánimo de tomar a Antonio Machado por un oráculo, aunque sea parafraseada, una cita suya viene aquí al pelo: «No está el mañana en el ayer escrito».

This is a very interesting book, it dissects perfectly, although briefly, the trajectory and the behavior of the different political parties that have given rise to the nationalist grotesque and its tragic totalitarianism.
What a waste of lost time. If the politicians had dedicated themselves to work instead of plundering the country physically and morally, how different everything would be.

In Catalonia, Spanish is, in addition to the common language, the mother tongue of 55% of Catalans, versus 31.6%, which has Catalan. The political class of the first line presents another profile: according to solvents studies of a few years ago, only 7% of parliamentarians recognize Castilian as their “linguistic identity”. A circumstance little compatible with what normally happens with the colonies: the colonized are those who rule. Nor is it that Catalonia is the region with the highest GDP in Spain, that the president of the Metropolitan Commission of the metropolis is a Catalan nationalist or that the president of the Generalitat and another fifty-five senior officials of the Generalitat charge more than the president of the Government. And, if you look at the social fabric, the nationalist fabulation is even more extravagant. Nearly 70% of Catalans, who in first and second generation come from other parts of Spain, occupy the lower parts of the social pyramid and live in the outskirts of cities, while the “colonized” inhabit the best neighborhoods . Here, too, language makes things worse, at least if we care about equality.

The name of Catalonia appears for the first time at the end of the 11th century and the beginning of the 12th century, at the same time as the first literary texts in Catalan, two centuries after the Count of Barcelona, ​​Wifredo el Velloso, managed to unite the counties of the then called Marca Hispánica.
From the XIII century Catalonia would constitute, with Aragon, Valencia and the Balearic Islands, the Crown of Aragon. Corona de Aragón and Corona de Castilla were united by means of the marriage of the Catholic Kings, forming the call -and recognized as such in the documents of the time- Monarchy of Espanya. It is not about national unity, but about the union of two territories that were already governed by the Trastámara from the beginning of the 15th century. During that reign the kingdoms of Granada, Navarra and America and the North African squares were incorporated to the Crowns of Castile and Aragon. The Italian possessions of the Crown of Aragon were also consolidated.
The attribution of a global character to all Spaniards is something that has been carried out since ancient times, albeit in different ways. However, it can also be affirmed that in our century such global characterizations have multiplied, and that even from a peculiar dogmatic theory about the origin and way of being of the Spaniards, it has been tried to extract enough elements to revolutionize the whole History of Spain, or, rather, to destroy all interpretations of it, known until the day.
The works of Caro Baroja about the castizo, unlike those of Unamuno or Castro, show their refusal to grant substantive entity to national identities, beyond the patriotic symbols and political emotions.

Those born in democracy were educated in an ironic vision of nations. At least, of the Spanish nation. It is not said that Spanish nationalism does not exist; I have not met him. My schoolbooks -magnific manuals from the Vicens-Vives publishing house, which I still consult- were always considered and left little room for the telluric shuddering. No less sober were my teachers: the battle of Covadonga was a fight with stones; El Cid, a mercenary; the Conquest, a great company with not a few shadows and the War of Independence a good fight for a bad cause. An unbelieving education that, added to the irritation that continued to produce Francoist Spain, and European construction, convinced us that national identities were a thing of the past. The problem was that in other parts of the country the process was the opposite. If in Madrid we asked ourselves about the scope of the dynastic union of the Catholic Monarchs, in Barcelona the millennium of the Catalan nation was celebrated without embarrassment or blushing. If for capital politicians attending the parade on October 12 was a “coñazo” (Rajoy dixit), for the establishment of the Principality to cross themselves before the statue of Rafael Casanova, improbable hero and impossible martyr, it was solemn act and patriotic customs. A kind of credit right generated during the dictatorship empowered Catalan nationalism to empambrazar of “identity” to its administered.

At the end of the fifties of the 19th century, the Renaixença (the movement was called) tried to import the nationalist phenomena that romanticism, unfortunately for Europeans, had spread throughout Europe. The authors of the Renaixença put language in the foreground of their claims (except for some poetry during the thirties of that 19th century, in Catalonia, little was published in Catalan). That linguistic change in favor of Catalan would have a major importance in the long run, since it was to become the stick of the haystack of nationalism: “It does not die the language to die if you visit the country; honor ton bressol and you will honor the flag, “would say Lluís G. de Pons in the speech with which he inaugurated the Jocs Florals of 1861. As Pere Anguera observes, from whom we have taken this appointment, mention should be made of homeland and flag should not call deceit, since then everything was still inserted in the Spanish mythology.
Art, literature, juridical conceptions, the political and economic ideal of Catalonia have begun the external work, the peaceful penetration in Spain, the transfusion to the other Spanish nationalities and the organism of the State that governs them. The economic criterion of the Catalans in the tariff issues has triumphed years ago.
In April 1901, as a result of the merger between Unió Regionalista and Lliga de Catalunya, the Lliga Regionalista de Catalunya was born. The Lliga was a conservative formation that did not declare itself independentista “by not putting itself out of the law”. In the next elections held that year the Lliga would get 6 deputies (out of the 44 that were elected in Catalonia). Political Catalanism thus became parliamentary.
Apart from the 6 Catalan deputies, a seat won a party that would soon give a lot to talk about: the one directed by Alejandro Lerroux, “the Emperor of the Parallel”. The remaining 37 seats were shared by the swinging parties: the liberal and the conservative.

Pau Casals spoke at the UN headquarters in New York and said the following:
I am Catalan, currently from a province in Spain. But what was Catalonia? Catalonia was the first nation in the world. I’ll tell you why: Catalonia had the first Parliament, long before England; Catalonia welcomed the beginnings of the United Nations; all the authorities of Catalonia in the eleventh century met in a city in France that was then Catalan to talk about Peace: in the eleventh century! Peace in the world and against wars. That was Catalonia.

Emotional speech, pity that everything in it was false. But that’s how myths work.

According to the Nationalists, the most ancient aggression received by Catalonia at the hands of Castile goes back, according to that romantic mythology, to the 15th century and has as a milestone the Commitment of Caspe (1412), which was produced as a result of which Martín el Humano was left without offspring at the death of his son Martin the Younger. The dynasty was thus left without an heir, which led to the convocation in Caspe of the representatives of the kingdoms that made up the Crown of Aragon. The meeting took the decision to put Fernando de Antequera at the head of the dynasty, then regent of Castile. It was Bofarull and Balaguer, already mentioned here, who “discovered” the Caspe Compromise as “great grievance” and “a conspiracy” against Catalonia, but the canonical work of this myth was written by Domènech i Montaner in a fictional style, to the which entitled The Iniquity of Caspe (1930).
As Vicens Vives has written, “in Caspe there was no iniquity, because the proclamation of Fernando was the only possible solution to the problem.”
The myth of Caspe has lost its validity over time. Also the uprising, but two other myths are still alive: the one of 1714 and the one of the Civil War (1936-1939).

The official anthem of Catalonia is titled as follows: Els segadors. But what harvesters do we speak of and what Catalonia was that “triumphant” that “will be rich and full again”?
It is a popular peasant mutiny caused by hunger and the obligation to house the soldiers of Felipe IV in their homes. The mutiny took place on the day of the Corpus of 1640 and during it joined the peasants displaced to Barcelona most of the popular strata of the city. They murdered the viceroy and assaulted the houses of the members of the Audiencia. Also the notables of the city suffered the attacks of a crowd that shouted “Long live the King of Spain! Death to the traitors! “Popular anger and assaults extended for a long time to Vic, Gerona and many other places.
In fact, in December 1640, the envoy of the Generalitat to Ampurdán wrote to the deputies that the towns and villages of Catalonia could not be visited without soldiers … «because in this land all of us who are going to deal with the Generalitat, we are, according to them, traitors. ”

The mythification of September 11, 1714 as a milestone in the history of Catalonia and a day in which the loss of a constitutional past in front of an absolutist monarchy was born, as we have seen, with the Renaixença at the end of the 19th century.
On September 11, 1891, a small group of sympathizers of the Unió Catalanista organized the first act before the statue of the conseller in cap Rafael Casanova. Over the years, this celebration has become a tradition. The election of the date had in its origin notable detractors within the political catalanismo, like Prat of the Riba, that considered it symbol of the national decay, or Pere Coromines, that refused to mitificar the defense of a monarchical political model.
In any case, the drama and suffering that caused the siege and siege of Barcelona are unquestionable. The siege lasted a year and three months in a city that had suffered sites a short time ago. In fact, during 1697 it was besieged and taken by the French. In 1705 the Austrians took it, after throwing over 6,000 bombs on the city. In April 1706 it was again besieged, this time by the Bourbons, who could not take it.
The unquestionable pathos of that site and the consequent assault do not authorize, however, a Manichean story as mounted by Catalan nationalism. What really happened?
That battle was part of a war not between Spaniards and Catalans, but was the product of a successory struggle, after the death of Charles II in 1700, among the Bourbons, supporters of the Duke of Anjou (grandson of Louis XIV of France and future Philip V), and the supporters of Charles of Habsburg.
On the side of Charles were aligned Austrians, British, Dutch, Portuguese and within Spain much of the Crown of Aragon – including Catalonia – although the Catalan authorities had shown at first loyalty to the Duke of Anjou, who was listed as an heir in the testament of the Bewitched (as Carlos II was called). That this is true is shown by the praise he received the Bourbon suitor when he traveled to Barcelona to meet the Catalan aspirations and married his first wife in the monastery of Vilabertrán (Gerona).
1714 has become today a paradigm of lost happiness, and Catalonia before 1714 appears to us as an ideal world that is only in the imaginary of the distorting political will of history. […] If there is any evidence of the War of Succession, there were many Catalonians and, of course, many Spains, and that the conflict was never bipolar (Catalonia against Spain, nor Spain against Catalonia), but multipolar and, from then, it was never the product of the fatality of a nature of insurmountable differences. Differences, such as similarities, rather than nature, builds and deconstructs history.

In the wording of Title VIII of the Constitution, the basis on which the autonomic State was to be built later, the socialist proposal to regulate the distribution of powers between the State and the autonomies was included in three detailed and clear lists: that of those attributed exclusively to the State to legislate on them and execute them, another of shared competences, and a third with the matters on which the nationalities and regions would have exclusive competence to legislate and execute; such division of competence reproduced the systematics of articles 14, 15 and 16 of the Constitution of the Second Republic.
That proposal would have avoided many later problems. Why did not he prosper? Evidently, because the nationalists were not interested in a “closed” Constitution.
The nationalist tension, the doubts and the corresponding swings are, in my opinion, the causes that led to a drafting of Title VIII of the Constitution, which, like those farms to which a famous Francoist agrarian law referred, remains “manifestly improvable”. Indeed, the text of the aforementioned Title VIII is full of holes and not without ambiguities, which allowed the Statutes to increase the list of exclusive competences of the Autonomous Communities; but with the drawback of a greater degree of indeterminacy in the allocation of powers to each of the state or autonomous levels, the source of many of the subsequent jurisdictional conflicts.
When in 2000 the PP reached an absolute majority, Aznar changed his attitude in autonomic matters – and also in others – and, “impassive gesture”, stopped listening to the nationalists (or perhaps, simply, stopped listening).

The Catalan Countries – that surpasses the limits of the Principality.
The basic lines were the following:
1. Configuration of the Catalan personality: explanation and empowerment of the basic axes of «our collective personality».
2. Dissemination of the history and the Catalan national event: dissemination of the «crucial events of our history and our historical figures».
3. The new concept of nation within the European framework: Catalonia (Països Catalans), as an emerging European nation. Europe without borders must be a Europe that recognizes nations such as Catalonia.
4. The discovery of a future potential: Catalonia (Països Catalans), as the center of gravity of the south of the European Economic Community (EEC).
5. A memorial of grievances: “Catalonia is a discriminated nation that can not freely develop its cultural and economic potential”. Discovery, verification and dissemination of discriminatory facts and shortcomings in a forceful and systematic way.
6. Collective awareness: “Catalonia is a people that walks in search of its sovereignty within the European framework.”
7. Revitalize the concept of Catalonia as a living, cohesive civil society, with a sense of belonging and generating wealth.
8. Fully exercise sovereignty in all those spaces where we “have” competences.

Pasqual Maragall never expressed clearly where the need for a new Statute came up with which he intended nothing less than to put through the window of the Statute what could not fit through the door of the Constitution. Or, in other words: it was intended to change the Constitution from a Statute. For what? To grant Catalonia a special status within an “asymmetric” federalism. A federalism that did not resemble any of the known, because neither in the US. UU neither in Germany nor in any other federalism there are “asymmetries” such as those that were intended to breed in that unfortunate Statute.
And what did the ordinary people of the PSOE think about this nonsense? I can tell you what they thought in private, although there were some – very few – who did agree with us in public. But none, absolutely none, could comment on the text of that bill in the internal organs of the party because “the command” did not give occasion. Neither the Federal Committee nor the Parliamentary Group discussed the matter. Probably neither the Executive Commission. No one asked for an explanation about why Zapatero had gone through the triumph of the Santillana agreements.

“Espanya (Spain) steals us” comes the name of Felix Millet. Millet is the “citizen who honors us” (in 2008 Montilla gave him this title). He was also awarded the Creu de Sant Jordi (Pujol) and the key of Barcelona (Maragall). It was the quintessence of the official Catalan culture. A good person. However, Millet is accused of having “distracted” between 20 and 30 million from the Palau de la Música. In this Millet was a worthy representative of Catalonia who does not answer before the citizens, not even before God or before History. It only responds to itself.
Millet argued that in Catalonia “they have always sent four hundred families”, whose members were loyal (and practical) Francoists to move on, without changing deodorant, to serve nationalism with “soul, heart and life”. They had, in effect, strong convictions, but changing.
Nor is the PSC free of guilt in this matter. For example, Bartomeu Muñoz, mayor of Santa Coloma de Gramenet, made colla with Maciá Alavedra and Lluís Prenafeta (intimate friends of Pujol) and have an open trial for embezzlement. This is what the “differential fact” has: while in other parts of Spain the corrupt of a party steal alone, in Catalonia they “hustle” together.
But to get rich, there is the saga of the Pujol. A family “miraculously” enriched.

The demagogic discourse first thing is to pervert the words. This is the case with the phrase “right to decide”. Who does not want to be able to decide? But to decide is a transitive verb that necessarily needs a direct object so that its meaning is complete and, in this case, that direct object does not appear anywhere.
These terms (“right to decide”) began to be used in 2003 in Euskadi, within the process that was called Plan Ibarretxe and these words were used to hide those that did not want to use: “right of self-determination” or, better, ” right to unilateral secession “, which is, in fact, what nationalists now claim.
Let’s go, then, to the “right of self-determination”.
Is there a right of self-determination in Catalonia?
It is established, as explained by José M. Ruiz Soroa and Alberto Basaguren (in La Secession in Spain), that self-determination refers only to “dependent” peoples, that is, to those who are in a colonial situation or under military invasion. The Vienna Declaration of 1993 is very clear in this respect: “All peoples have the right to self-determination”, and to deny it constitutes “a violation of human rights”; but this does not mean endorsing actions aimed “at violating or undermining, totally or partially, the territorial integrity or political unity of sovereign States that […] are endowed with a Government that represents the entire population of the territory, without distinction of any kind ».
Or, in the words of Álvarez Junco: “Self-determination does not derive from the fact that territorialized national minorities existing today within a State have the right to political independence; only those who lack democratic institutions or are treated in a discriminatory way will have it. Once this distinction has been accepted, the meaning of the right of self-determination and the situation in which a people must find themselves to be the holder of it is clear “.

The State does not keep intact any of its great specific functions. Neither coin (passed to the ECB), nor keep borders and customs (suppressed the internal ones of the continent by Schengen, shared the exterior ones), neither the one of a true foreign policy (the diplomacies have initiated their slow fusion in the EEAS), nor the to make war individually.
In these years of crisis, the divestment of powers has been vertigo. Especially in the economy, which is precisely the motivation of the new Catalan independence movement. All the classic instruments of economic policy are transferred or are being transferred to the EU:
1) The monetary and financial, or the management of the interest rate and the amount of money in circulation. Also banking supervision.
2) The exchange, or management of the exchange rate.
3) The prosecutor, or budget and taxes.
4) Foreign trade, common external tariff, common decisions in the WTO.
5) Even the labor market, Social Security and employment and social policies (from the retirement age to pensions) are equated with the crisis.

The Parliament of Catalonia, in the process of building an independent State for the Catalan nation, considers it essential to work for the international projection of the political, economic and social reality of the country, and also to foster the establishment of permanent relations with the international community » . Thus, in matters of foreign policy, the Catalan Parliament considers it a priority: “To adopt a strategy of constant dialogue and collaboration with the European institutions, especially with the European Commission and the European Parliament, to establish bilateral relations with the authorities of the States that they have more influence in the international community, and establish a permanent dialogue with the United Nations Organization and the agencies that depend on it, to facilitate international recognition of the decisions that the people of Catalonia make about their collective future. ”

What is reproduced here in italics clearly shows the concern that the isolation raises among the leaders of the sovereignist hosts, but when that isolationist drift is shown with legal arguments or with statements of the same content, they come out as peteneras, saying, for example, that «A Europe without Catalonia is not conceived». Let’s go to it.
The recent history of Europe is plagued by wars and massacres provoked by “identities”, be they ethnic, religious … and, above all, national, but let us fix attention only in the 20th century. The Great War (1914-1918), whose centenary is commemorated in these days, was the greatest disaster of the twentieth century and is at the origin of the Second World War. Well, when the American president Wilson arrived in Europe, after his country had intervened decisively in the Austro-Germanic defeat, he brought in his portfolio his famous Fourteen points, with which he proposed to solve European problems by substituting multiethnic empires for States supposedly homogeneous.
Well, above and beyond the economic, legal and political arguments against secession is the first right of any citizen: not to be expelled from his own country, the right to maintain his nationality. And a decent state has as its first and main obligation to defend that right. Nobody can take from any Spaniard his nationality, his right to remain so and to live where he feels within his country.

Fortunately, in recent times a corpus of doctrine has been built unequivocally contrary to separatism that must be disseminated and supported here and there, because in this case there is nothing inexorable and the opinions of Catalans, like those of any human being They are not fixed, but variable, and depend to a large extent on the capacity for conviction demonstrated by non-separatist civil society in Catalonia, but also in the rest of Spain. Without wishing to take Antonio Machado for an oracle, even if it is paraphrased, a quote from him comes here to the hair: “Tomorrow is not written yesterday”.

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2 pensamientos en “Los 10 mitos del nacionalismo catalán — Joaquín Leguina /Ten Myths From Catalonia Nacionalism by Joaquín Leguina (spanish book edition)

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