¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? — Zygmunt Bauman / Does the Richness of the Few Benefit Us All? by Zygmunt Bauman

Este es otro interesante breve libro de este autor polaco para reflexionar en referencia a un tema muy actual y cuyo objetivo es crear conciencia.
En la historia del mundo ya no es noticia que la desigualdad tiende a multiplicarse y a extenderse de manera cada vez más rápida (como atestigua la cita del Evangelio de San Mateo al principio de este ensayo). Y en los últimos años el persistente problema de la desigualdad ha vuelto al centro del debate público, convirtiéndose en el objeto de apasionados debates, desde perspectivas novedosas, espectaculares, chocantes o esclarecedoras.
El 20 por ciento de la población mundial posee el 86 por ciento de los bienes y servicios producidos en todo el mundo, mientras que el 20 por ciento más pobre consume sólo el 1, 3 por ciento del total. En la actualidad, casi quince años después, esas cifras han empeorado: el 20 por ciento más rico de la población consume el 90 por ciento de los bienes producidos, mientras que el 20 por ciento consume el 1 por ciento. También se estima que las veinte personas más ricas del mundo tienen recursos iguales a los recursos de los mil millones más pobres.

Hemos de recordar a Cotzee, la afirmación de que nuestro mundo debe dividirse en entidades económicas competitivas porque eso es lo que pide la naturaleza, es exagerada. Las economías competitivas aparecieron porque decidimos crearlas. La competencia es un sustituto sublimado de la guerra. La guerra no es en absoluto inevitable. Si queremos la guerra, podemos elegir la guerra; pero si queremos la paz, también podemos elegir la paz. Si deseamos la rivalidad, elegiremos la rivalidad. Sin embargo, en vez de ello podemos elegir la colaboración amistosa.

Son aceptadas como «obvias» (es decir, que no necesitan pruebas), pero podrían ser debatidas:
-El crecimiento económico es la única manera de hacer frente y de superar todos los desafíos y los problemas que genera la coexistencia humana.
-El crecimiento continuo del consumo, o más precisamente una acelerada rotación de nuevos objetos de consumo, es quizás la única manera, o en todo caso la principal y más eficaz, de satisfacer la búsqueda humana de la felicidad, la desigualdad entre los hombres es natural, y adaptar las oportunidades de la vida humana a esta regla nos beneficia a todos, mientras que intentar paliar sus efectos nos perjudica a todos.
-La competitividad (con sus dos caras: el reconocimiento del que se lo merece y la exclusión/degradación del que no se lo merece) constituye de manera simultánea una condición necesaria y suficiente de la justicia social así como de la reproducción del orden social.

El «crecimiento económico» señala la creciente opulencia de unos pocos, a la vez que una caída abrupta en el nivel de vida y la autoestima de un gran número de personas. Lejos de ser la solución universal para los problemas sociales más importantes, difíciles y desgarradores, el «crecimiento económico», por lo que sabemos por nuestra experiencia colectiva, cada vez más desagradable, parece ser la principal causa de la persistencia y de la agravación de esos problemas.
La teoría económica moderna predice que los mercados puros funcionan de una forma que beneficia al conjunto de la economía. Pero fueron los incentivos perversos los que llevaron a los bancos a inyectar cantidades descontroladas de crédito en la economía global. Con ello se enriqueció una generación de financieros, pero sólo gracias a la expansión de un tipo de actividad que ahogó la «economía real»… El dinero fluyó hacia las fusiones, los fondos de capital, las propiedades y una diversidad de formas de actividad especulativa y de ingeniería industrial y financiera que produjo una acumulación de fortunas más por la transferencia de lo ya existente que por la creación de nueva riqueza, negocios y empleos.
«La desregulación y la desmutualización (de las instituciones financieras y crediticias) resultó ser otro chollo para los que estaban a la cabeza de la industria financiera, y les proporcionó mayores salarios, comisiones y bonificaciones», mientras reducían todavía más los ya pequeños activos de millones de «beneficiarios del crédito» que vivían y trabajaban en la economía real, pero que dependían de sus movimientos para mantener su medio de vida.

La desigualdad social persiste en los países ricos porque seguimos creyendo en los principios de la injusticia, y puede resultar algo chocante para la gente darse cuenta de que podría haber algo erróneo en gran parte del entramado ideológico en el que vivimos.
El mundo que ha caído en esta trampa se vuelve inhóspito para confiar en la solidaridad humana y la cooperación amistosa. Ese mundo devalúa y desprecia la confianza mutua y la lealtad, la ayuda mutua, la cooperación desinteresada y la pura amistad. Por esta razón, crece de una manera fría, ajena y poco atractiva; como si fuésemos personas non gratas en el territorio de otro (pero ¿de quién?), esperando la orden de desalojo que ya ha sido enviada por correo o que ya se encuentra en el buzón de salida. Nos sentimos rodeados de rivales, competidores en un juego de superación que no acaba nunca, un juego en el que darse la mano no suele diferenciarse de ir esposado y en el que el abrazo amistoso se confunde frecuentemente con el encarcelamiento.

Parece que necesitamos que se produzcan catástrofes para reconocer y admitir (desgraciadamente de manera: retrospectiva, sólo retrospectiva…) que podían producirse. Es un pensamiento escalofriante, quizás el que más. ¿Podemos refutarlo? Nunca lo sabremos si no lo intentamos: una y otra vez, y cada vez con más fuerza.

This is another interesting short book by this Polish author to reflect on a very current topic and whose goal is to raise awareness.
In the history of the world it is no longer news that inequality tends to multiply and spread more and more rapidly (as the quotation from the Gospel of Saint Matthew attests at the beginning of this essay). And in recent years the persistent problem of inequality has returned to the center of public debate, becoming the subject of passionate debates, from novel perspectives, spectacular, shocking or enlightening.
20 percent of the world’s population owns 86 percent of the goods and services produced worldwide, while the poorest 20 percent consume only 1.3 percent of the total. Today, almost fifteen years later, these figures have worsened: the richest 20 percent of the population consumes 90 percent of the goods produced, while 20 percent consumes 1 percent. It is also estimated that the twenty richest people in the world have resources equal to the resources of the poorest 1 billion.

We must remind Cotzee, the claim that our world must be divided into competitive economic entities because that is what nature asks for, it is exaggerated. Competitive economies appeared because we decided to create them. Competition is a sublimated substitute for war. War is not inevitable at all. If we want war, we can choose war; but if we want peace, we can also choose peace. If we want rivalry, we will choose rivalry. However, we can choose friendly collaboration instead.

They are accepted as “obvious” (that is, they do not need proof), but they could be debated:
– Economic growth is the only way to face and overcome all the challenges and problems generated by human coexistence.
-The continuous growth of consumption, or more precisely an accelerated rotation of new objects of consumption, is perhaps the only way, or in any case the main and most effective, of satisfying the human search for happiness, the inequality between men is natural, and adapt the opportunities of human life to this rule benefits us all, while trying to alleviate its effects harms us all.
-The competitiveness (with its two faces: the recognition of who deserves it and the exclusion / degradation of those who do not deserve it) simultaneously constitutes a necessary and sufficient condition of social justice as well as the reproduction of social order.

“Economic growth” points to the growing opulence of a few, as well as an abrupt fall in the standard of living and self-esteem of a large number of people. Far from being the universal solution to the most important, difficult and harrowing social problems, “economic growth”, as far as we know from our collective experience, increasingly unpleasant, seems to be the main cause of the persistence and aggravation of those problems.
Modern economic theory predicts that pure markets work in a way that benefits the economy as a whole. But it was perverse incentives that led banks to inject uncontrolled amounts of credit into the global economy. This enriched a generation of financiers, but only thanks to the expansion of a type of activity that drowned the “real economy” … Money flowed towards mergers, capital funds, property and a variety of forms of speculative activity and of industrial and financial engineering that produced an accumulation of fortunes more for the transfer of what already exists than for the creation of new wealth, businesses and jobs.
“Deregulation and demutualization (of financial and credit institutions) turned out to be another bargain for those at the head of the financial industry, and it provided them with higher salaries, commissions and bonuses,” while further reducing already small assets of millions of “credit beneficiaries” who lived and worked in the real economy, but who depended on their movements to maintain their livelihood.

Social inequality persists in rich countries because we continue to believe in the principles of injustice, and it may be shocking for people to realize that there may be something wrong in much of the ideological framework in which we live.
The world that has fallen into this trap becomes inhospitable to rely on human solidarity and friendly cooperation. That world devalues ​​and despises mutual trust and loyalty, mutual help, selfless cooperation and pure friendship. For this reason, it grows in a cold, alien and unattractive way; as if we were people non grata in the territory of another (but whose?), waiting for the eviction order that has already been sent by mail or that is already in the outbox. We feel surrounded by rivals, competitors in a game of overcoming that never ends, a game in which shaking hands does not usually differ from being handcuffed and in which the friendly hug is frequently confused with imprisonment.

It seems that we need catastrophes to occur to recognize and admit (unfortunately in a retrospective, only retrospective …) way that could occur. It is a chilling thought, perhaps the most. Can we refute it? We will never know if we do not try: over and over again, and with increasing force.

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