La historia secreta de los jesuitas — Edmon Paris / The Secret History of the Jesuits by Edmond Paris

Este es un libro que podría considerarse algo polémico por las opiniones y como en todo este tipo de libros me ha parecido interesante.
La paradoja de la Orden ha continuado por 400 años: una Orden que se esfuerza por ser “intelectual”, pero que, a la vez, siempre ha defendido la disposición más estricta dentro de la Iglesia Romana y la sociedad.
Ignacio comprendió, con más claridad que cualquier otro líder previo a él, que la mejor forma de elevar a un hombre a cierto ideal es convirtiéndose en amo de su imaginación. ‹Inculcamos en él fuerzas espirituales que difícilmente podrá eliminar después›, fuerzas más perdurables que todos los principios y las doctrinas más sublimes. Estas fuerzas pueden salir a la superficie nuevamente, a veces después de años en que ni siquiera se han mencionado, y llegan a ser tan poderosas que la voluntad, incapaz de ponerles obstáculos, tiene que seguir su irresistible impulso».
El jesuitismo se extendió junto con la Inquisición moderna: mientras que la Inquisición dislocaba el cuerpo, los Ejercicios espirituales quebrantaban los pensamientos bajo la máquina de Loyola».

La Constitución de la Compañía de Jesús fue al fin redactada y, en 1540, Pablo III la aprobó en Roma. Los jesuitas se pusieron a la disposición del papa, prometiéndole obediencia incondicional. El campo de acción de la nueva Orden eran la enseñanza, la confesión, la predicación y las obras de caridad. No obstante, no excluían el trabajo misionero en otros países, ya que en 1541 Francisco Javier y dos compañeros partieron de Lisboa para evangelizar en el Lejano Oriente. En 1546 se inició el aspecto político de su carrera, cuando el papa escogió a Laínez y a Salmerón para que lo representaran ante el Concilio de Trento como “teólogos pontificios”.
«Luego, el Papa empleó a la Orden sólo en forma temporal. Pero ésta desempeñó sus funciones con tanta prontitud y celo que, ya bajo Pablo III, estaba firmemente establecida en toda clase de actividades selectas y se había ganado la confianza de la Curia para siempre»
Los jesuitas deseaban imponer este absolutismo monárquico en la Iglesia Romana, y lo mantuvieron en la sociedad civil ya que debían ver a los soberanos como representantes temporales del Santo Padre, la verdadera cabeza del cristianismo. Mientras los monarcas fueran totalmente dóciles a su amo común, los jesuitas eran sus más fieles partidarios. Pero si esos gobernantes se rebelaban, los jesuitas eran sus peores enemigos.
Los 33.000 miembros oficiales de la Sociedad trabajan en todo el mundo como su personal; son oficiales de un ejército verdaderamente secreto, que en sus tropas cuenta con líderes de partidos políticos, oficiales de alto rango, generales, magistrados, médicos, catedráticos, etc… Todos ellos se esfuerzan por llevar a cabo, en su propia esfera, el Opus Dei, la obra de Dios, que en realidad son los planes del papado.

En realidad uno no puede imputar la decadencia de España únicamente a esta Orden. «Sin embargo, es verdad que la Compañía de Jesús, junto con la Iglesia y otras órdenes religiosas, aceleraron su caída; mientras más rica se hacía la Orden, más pobre era España, tanto así que cuando Carlos II falleció, en las arcas del estado no había suficiente dinero para pagar por las 10.000 misas que generalmente se decían por la salvación del alma de un monarca fallecido».
«La lucha histórica entre el catolicismo y el protestantismo no se libró en el sur de Europa, sino en Europa central: Francia, Holanda, Alemania y Polonia. Por tanto, estos países fueron el principal campo de batalla para la Sociedad de Jesús».
«Dondequiera que los jesuitas lograban echar raíces, seducían a grandes y pequeños, a jóvenes y ancianos. Muy pronto las autoridades empezaban a consultarles respecto a asuntos importantes; sus donaciones comenzaban a llegar y, en poco tiempo, ocupaban todos los colegios y escuelas, los púlpitos de la mayoría de las iglesias, los confesionarios de la gente más influyente y de más alto nivel. Como confesores a cargo de la educación de todas las clases de la sociedad, y consejeros y amigos íntimos de miembros del concilio, su influencia crecía de día en día, y, no esperaron mucho para ejercerla en asuntos públicos. Lucerna y Fribourg eran los centros principales.
Hoy, el artículo 51 de la Constitución suiza prohíbe que la Sociedad de Jesús celebre actividades culturales o educativas en el territorio de la Confederación, y todo esfuerzo para abolir esa ley siempre se ha rechazado.

Los éxitos de la Sociedad de Jesús en Europa y en tierras más lejanas, aunque intercalados con infortunios, le permitieron mantener una posición preponderante por mucho tiempo. Pero, como ya se ha dicho, el tiempo no le favoreció. A medida que evolucionaban las ideas y el progreso de las ciencias liberaba las mentes, a la gente común y a los monarcas les resultaba más difícil aceptar el control de los defensores de la “teocracia”.
Además, debido a sus éxitos, éstos cometieron abusos que dañaron internamente a la Sociedad. Como vimos, se involucraron profundamente en la política en detrimento de los intereses de la nación. Y, pronto su actividad devoradora se hizo sentir también en la economía.
«Los Padres participaban demasiado en asuntos ajenos a la religión: comercio, bolsa de valores y liquidación de bancarrotas. El Colegio Romano, que debía ser el modelo intelectual y moral de todos los colegios jesuitas, mandaba hacer grandes cantidades de telas en Macerata y las vendía a bajo precio en ferias.

La Revolución Francesa, y luego el Imperio, le dieron nuevamente a la Compañía una credibilidad inesperada. Fue una reacción defensiva contra las ideas nuevas que estaban surgiendo en las antiguas monarquías.
Napoleón I describió a la Sociedad como «muy peligrosa; nunca se permitirá su existencia en el Imperio». Pero, cuando triunfó la Santa Alianza, los nuevos “monarcas” no despreciaron la ayuda de los absolutistas para conseguir otra vez la estricta obediencia del pueblo.

Un documento secreto del juicio de Wilhelmstrasse aclara el siguiente punto: «Al estudiar la evolución del antisemitismo en los Estados Unidos, notamos que el número de oyentes de los programas radiales del Padre Coughlin, conocido por su antisemitismo, supera los 20 millones».
¿Debemos recordar las acciones del jesuita Walsh, agente del papa, decano de la facultad de ciencias políticas en la Universidad de Georgetown, criadero político de la diplomacia estadounidense, y celoso propagandista de la política alemana?
En aquel tiempo, el general de la Sociedad de Jesús era, casualmente, Halke von Ledochowski, ex general del ejército austríaco. Sucedió al prusiano Wernz en 1915.
¿Acaso el R. P. Fessard olvidó también lo que La Croix escribió durante la guerra, diciendo en especial: «Nada se ganará con la intervención de tropas del otro lado del canal y del Atlántico?».

Franco, líder “autorizado” y Caballero de la Orden de Cristo, confirmó la confabulación entre el Vaticano y los nazis. Según Reforme, la prensa del dictador español (Franco) publicó lo siguiente el 3 de mayo de 1945, el día en que Hitler murió:
«Adolfo Hitler, hijo de la Iglesia Católica, falleció mientras defendía al cristianismo. Es, pues, comprensible que no se hallen palabras para lamentar su muerte, cuando se hallaron tantas para exaltar su vida. Sobre los restos mortales se yergue su victoriosa imagen moral. Con la palma del mártir, Dios le da a Hitler los laureles de la victoria».
Esta oración fúnebre en honor del líder nazi —y un desafío a los aliados vencedores— la expresó la Santa Sede misma, encubierta bajo el disfraz de la prensa de Franco. Fue un comunicado del Vaticano proclamado vía Madrid.
Por supuesto, el héroe desaparecido merecía la gratitud de la Iglesia Romaná y ella no trataba de ocultado. Él le había servido fielmente: todos los que la iglesia señalaba como sus adversarios, experimentaban las consecuencias. Y este buen “hijo” admitía prontamente lo que le debía a su Santísima Madre, y en especial a los soldados de ésta en el mundo.
«Aprendí mucho de la Orden de los Jesuitas», dijo Hitler. «Hasta ahora no ha existido en la Tierra nada más grandioso que la organización jerárquica de la Iglesia Católica. Yo transferí a mi partido mucho de esta organización… Les diré un secreto… Fundaré una Orden… En la “fortaleza” de mi Orden, formaremos una juventud que hará temblar al mundo… Hitler luego se detuvo, explicando que no podía decir más».
Hitler no le otorgó los laureles del jesuitismo a su jefe de propaganda; sin embargo, respecto al jefe de la Gestapo comentó con sus amigos: «Puedo ver a Himmler como a nuestro Ignacio de Loyola».

Entre las diversas causas por las que el Vaticano decidió iniciar la Primera Guerra Mundial —convenciendo al emperador Francisco José de Austria para que “castigara a los serbios”—, la principal, como vimos, fue asestar un golpe decisivo a la Iglesia Ortodoxa, su odiada rival por siglos.
Más allá de la pequeña nación serbia, el objetivo del Vaticano era Rusia, tradicional protectora de los creyentes ortodoxos en los Balcanes y en el oriente.
Pierre Dominique escribió:
«Para Roma esto fue muy importante: la victoria de la monarquía apostólica sobre el zarismo podría considerarse como la victoria de Roma sobre el cisma del oriente».

A pesar de lo que nos enseña la historia —que no se conoce bien o se olvida muy pronto—, el que dice ser el “vicario de Cristo” necesariamente debe encarnar, ante los ojos de mucha gente, el ideal de amor y fraternidad que enseña el evangelio. ¿No es eso lo que esperan la lógica y los sentimientos?
Pero, los hechos nos muestran que tal suposición debe desaparecer; hemos visto suficientes evidencias. Sin embargo, la iglesia es prudente —como se nos recuerda a menudo— y rara vez actúa sin tomar precauciones para cuidar las apariencias. Bonne renommee vaut mieux que ceinture doree (una buena reputación es mejor que un cinto de oro), dice el proverbio. Pero, es mejor aún poseer ambos. El Vaticano, que es inmensamente rico, se guía por esta máxima. Su codicia política de poder siempre adopta pretextos “espirituales” y humanitarios, proclamados “urbi et orbi” (en ciudad y mundo) mediante una intensa propaganda financiada por el cinto dorado; y la “buena reputación”, preservada de ese modo, mantiene el ingreso del oro a ese cinto.
El Vaticano no se aparta de esa línea de conducta; y, cuando la actitud de su jerarquía revela su verdadera posición en asuntos internacionales, mantiene viva la leyenda de su imparcialidad absoluta publicando encíclicas solemnes y ambiguas y otros documentos pontificales. La era hitleriana incrementó esos ejemplos.

Los jesuitas contaban con un camuflaje astuto, declaraban su inocencia y se mofaban de las “intrigas siniestras” que, según ellos, les atribuía sin fundamento la imaginación trastornada de sus enemigos. Sin embargo, tuvieron más validez la hostilidad unánime de la opinión pública hacia ellos, en todas partes y en todas las épocas, y la inevitable reacción a sus intrigas, que causaron su expulsión de todos los países, aun de los más católicos.
Las 56 expulsiones, contando sólo las principales, constituyen un argumento incuestionable. Es suficiente para demostrar la naturaleza maligna de la Orden.
La Compañía, al perfeccionar la concentración de poder en las manos del Soberano Pontífice, en realidad trabaja para sí misma. El papa, aparente beneficiario de ese trabajo, podría repetir las palabras famosas: «Yo soy su jefe; por tanto, los sigo».

Ante los fieles, los discípulos de Loyola procuran ocultar la dureza de un sistema cada vez más totalitario. La prensa católica, bajo el control directo de ellos, presenta una inspiración variada para dar a sus lectores la impresión de ser independiente, de estar abierta a ideas “nuevas”. Los Padres, que se adaptan a todo según les convenga, de buena gana utilizan esas artimañas que engañan sólo a los soñadores. Pero, detrás de todo esto, el eterno jesuita observa atentamente. Respecto a éste, un autor escribió: «La intransigencia es innata en él. Puede cambiar rápidamente, gracias a su astucia, pero sólo sobresale en su obstinación».
Entre 1939 y 1945, la tormenta mató a 57 millones de personas, destruyendo y arruinando a Europa.
Debemos estar vigilantes. Otra catástrofe, y aun peor, puede estar oculta en esas mismas nubes. Los rayos quizá caigan otra vez, lanzando al mundo a “abismos que la sabiduría humana puede prever”, pero de los cuales, si permite que lo arrojen a ellos, ningún poder lo podrá rescatar.
A pesar de lo que los voceros de Roma puedan decir, no fue el “anticlericalismo” lo que nos motivó a estudiar con diligencia la política del Vaticano, o la de los jesuitas, y denunciar sus motivos y métodos de trabajo. Más bien, vimos la necesidad de revelar a la gente las artimañas de fanáticos que no se detienen ante nada para lograr sus objetivos —el pasado lo ha demostrado muchas veces.
Hemos visto que, en el siglo XVIII, las monarquías europeas se unieron para demandar la represión de esta Orden malvada. En la actualidad, ella puede tramar en paz sus intrigas, ya los gobiernos democráticos no parece preocuparles.
El peligro al que se expone el mundo, debido a esta Compañía, es mucho mayor hoy que en la época del “pacto de familia”, y peor aun que cuando estallaron las dos guerras mundiales.

This is a book that could be considered controversial by opinions and as in all this type of books I found interesting.
The paradox of the Order has continued for 400 years: an Order that strives to be “intellectual”, but that, at the same time, has always defended the strictest disposition within the Roman Church and society.
Ignacio understood, more clearly than any other leader before him, that the best way to elevate a man to a certain ideal is to become the master of his imagination. , more lasting forces than all the most sublime principles and doctrines. These forces can surface again, sometimes after years in which they have not even been mentioned, and they become so powerful that the will, unable to put obstacles in its way, has to follow its irresistible impulse. ”
Jesuitism spread along with the modern Inquisition: while the Inquisition dislocated the body, the Spiritual Exercises broke the thoughts under Loyola’s machine. ”

The Constitution of the Society of Jesus was finally drafted and, in 1540, Paul III approved it in Rome. The Jesuits made themselves available to the pope, promising him unconditional obedience. The field of action of the new Order was teaching, confession, preaching and works of charity. However, they did not exclude missionary work in other countries, since in 1541 Francisco Javier and two companions left Lisbon to evangelize in the Far East. In 1546 the political aspect of his career began, when the pope chose Lainez and Salmeron to represent him before the Council of Trent as “pontifical theologians”.
«Then, the Pope used the Order only temporarily. But it carried out its functions with such promptness and zeal that, already under Paul III, it was firmly established in all kinds of select activities and had won the confidence of the Curia forever »
The Jesuits wanted to impose this monarchical absolutism on the Roman Church, and they kept it in civil society since they had to see the sovereigns as temporary representatives of the Holy Father, the true head of Christianity. While the monarchs were totally docile to their common master, the Jesuits were their most loyal supporters. But if those rulers rebelled, the Jesuits were their worst enemies.
The 33,000 official members of the Society work all over the world as their staff; they are officers of a truly secret army, which in its troops has leaders of political parties, high-ranking officers, generals, magistrates, doctors, professors, etc … All of them strive to carry out, in their own sphere, the Opus Dei, the work of God, which are really the plans of the papacy.

In fact one can not impute the decline of Spain solely to this Order. “However, it is true that the Society of Jesus, together with the Church and other religious orders, hastened its fall; the richer the Order became, the poorer Spain was, so much so that when Charles II died, in the coffers of the state there was not enough money to pay for the 10,000 Masses that were usually said for the salvation of the soul of a deceased monarch. ” .
“The historical struggle between Catholicism and Protestantism was not fought in southern Europe, but in central Europe: France, the Netherlands, Germany and Poland. Therefore, these countries were the main battlefield for the Society of Jesus ».
“Wherever the Jesuits managed to take root, they seduced young and old, both young and old. Very soon the authorities began to consult them on important matters; their donations began to arrive and, in a short time, they occupied all the schools and schools, the pulpits of the majority of the churches, the confessionals of the most influential and highest-level people. As confessors in charge of the education of all classes of society, and counselors and close friends of council members, their influence grew from day to day, and they did not wait long to exercise it in public matters. Lucerne and Friborg were the main centers.
Today, Article 51 of the Swiss Constitution prohibits the Society of Jesus from holding cultural or educational activities in the territory of the Confederation, and every effort to abolish that law has always been rejected.

The successes of the Society of Jesus in Europe and in more distant lands, although interspersed with misfortunes, allowed him to maintain a preponderant position for a long time. But, as has already been said, time did not favor him. As ideas evolved and the progress of the sciences freed minds, ordinary people and monarchs found it more difficult to accept the control of the defenders of the “theocracy.”
In addition, due to their successes, they committed abuses that internally damaged the Society. As we saw, they were deeply involved in politics to the detriment of the interests of the nation. And, soon his devouring activity was also felt in the economy.
«The Fathers participated too much in matters unrelated to religion: trade, stock exchange and liquidation of bankruptcies. The Roman College, which was to be the intellectual and moral model of all the Jesuit schools, ordered large quantities of cloth to be made in Macerata and sold at low prices at fairs.

The French Revolution, and then the Empire, once again gave the Company an unexpected credibility. It was a defensive reaction against the new ideas that were emerging in the old monarchies.
Napoleon I described the Society as “very dangerous; its existence in the Empire will never be allowed ». But when the Holy Alliance triumphed, the new “monarchs” did not despise the help of the absolutists to get again the strict obedience of the people.

A secret document of the Wilhelmstrasse trial clarifies the following point: “In studying the evolution of anti-Semitism in the United States, we note that the number of listeners of Father Coughlin’s radio programs, known for his anti-Semitism, exceeds 20 million.”
Should we remember the actions of Jesuit Walsh, agent of the pope, dean of the faculty of political science at Georgetown University, political breeding ground for American diplomacy, and zealous propagandist of German politics?
At that time, the general of the Society of Jesus was, coincidentally, Halke von Ledochowski, former general of the Austrian army. He succeeded the Prussian Wernz in 1915.
Did R. P. Fessard also forget what La Croix wrote during the war, saying in particular: “Nothing will be gained by the intervention of troops on the other side of the canal and the Atlantic?”

Franco, leader “authorized” and Knight of the Order of Christ, confirmed the collusion between the Vatican and the Nazis. According to Reforme, the press of the Spanish dictator (Franco) published the following on May 3, 1945, the day Hitler died:
«Adolf Hitler, son of the Catholic Church, died while defending Christianity. It is understandable, then, that there are no words to regret his death, when so many were found to exalt his life. On the mortal remains stands its victorious moral image. With the palm of the martyr, God gives Hitler the laurels of victory ».
This funeral oration in honor of the Nazi leader – and a challenge to the winning allies – was expressed by the Holy See itself, disguised under the guise of the Franco press. It was a statement from the Vatican proclaimed via Madrid.
Of course, the missing hero deserved the gratitude of the Roman Church and she did not try to hide it. He had faithfully served him: all those whom the church pointed out as his adversaries, experienced the consequences. And this good “son” readily admitted what he owed to his Blessed Mother, and especially to her soldiers in the world.
“I learned a lot from the Order of the Jesuits,” said Hitler. “Until now, nothing greater than the hierarchical organization of the Catholic Church has existed on Earth. I transferred a lot of this organization to my party … I will tell you a secret … I will found an Order … In the “fortress” of my Order, we will form a youth that will shake the world … Hitler then stopped, explaining that he could not say more ».
Hitler did not give the laurels of Jesuitism to his propaganda chief; However, with regard to the Gestapo chief, he commented with his friends: «I can see Himmler as our Ignacio de Loyola».

Among the various causes for which the Vatican decided to start the First World War -convening the Emperor Franz Joseph of Austria to “punish the Serbs” – the main cause, as we saw, was to deliver a decisive blow to the Orthodox Church, its hated rival for centuries.
Beyond the small Serbian nation, the goal of the Vatican was Russia, a traditional protector of Orthodox believers in the Balkans and in the East.
Pierre Dominique wrote:
“For Rome this was very important: the victory of the apostolic monarchy over Tsarism could be considered as the victory of Rome over the schism of the East.”

In spite of what history teaches us -that is not well known or forgotten very soon-, the one who claims to be the “vicar of Christ” must necessarily embody, in the eyes of many people, the ideal of love and fraternity that teach the gospel. Is not that what logic and feelings expect?
But, the facts show us that such an assumption must disappear; We have seen enough evidence. However, the church is prudent – as we are often reminded – and rarely acts without taking precautions to keep up appearances. Bonne renommee vaut mieux that ceinture doree (a good reputation is better than a golden belt), says the proverb. But, it is even better to have both. The Vatican, which is immensely rich, is guided by this maxim. Their political greed for power always adopts “spiritual” and humanitarian pretexts, proclaimed “urbi et orbi” (in city and world) through an intense propaganda financed by the golden belt; and the “good reputation”, preserved in this way, keeps the entrance of gold to that belt.
The Vatican does not depart from that line of conduct; and, when the attitude of its hierarchy reveals its true position in international affairs, it keeps alive the legend of its absolute impartiality by publishing solemn and ambiguous encyclicals and other pontifical documents. The Hitler era increased those examples.

The Jesuits counted on a clever camouflage, declared their innocence and mocked the “sinister intrigues” that, according to them, unfoundedly attributed to them the deranged imagination of their enemies. However, the unanimous hostility of public opinion towards them, everywhere and in all times, and the inevitable reaction to their intrigues, which caused their expulsion from all countries, even the most Catholic, were more valid.
The 56 expulsions, counting only the main ones, constitute an unquestionable argument. It is enough to demonstrate the malign nature of the Order.
The Company, in perfecting the concentration of power in the hands of the Sovereign Pontiff, actually works for itself. The pope, apparently beneficiary of that work, could repeat the famous words: “I am your boss; therefore, I follow them ».

Before the faithful, the disciples of Loyola try to hide the harshness of an increasingly totalitarian system. The Catholic press, under the direct control of them, presents a varied inspiration to give its readers the impression of being independent, of being open to “new” ideas. The Fathers, who adapt themselves to everything according to their convenience, willingly use those tricks that deceive only the dreamers. But, behind all this, the eternal Jesuit observes carefully. Regarding this one author wrote: “Intransigence is innate in him. It can change quickly, thanks to its cunning, but it only excels in its obstinacy ».
Between 1939 and 1945, the storm killed 57 million people, destroying and ruining Europe.
We must be vigilant. Another catastrophe, and even worse, may be hidden in those same clouds. The rays may fall again, throwing the world into “abysses that human wisdom can foresee”, but of which, if it allows them to throw it at them, no power can rescue it.
Despite what the spokesmen of Rome may say, it was not “anticlericalism” that motivated us to diligently study Vatican policy, or that of the Jesuits, and denounce their motives and methods of work. Rather, we saw the need to reveal to people the tricks of fanatics who do not stop at anything to achieve their goals – the past has proven it many times.
We have seen that, in the eighteenth century, the European monarchies united to demand the repression of this evil Order. At present, she can plot their intrigues in peace, and democratic governments do not seem to worry them.
The danger to which the world is exposed, due to this Company, is much greater today than at the time of the “family pact”, and even worse than when the two world wars broke out.

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