En Llamas: Un (Enardecido) Argumento A Favor Del Green New Deal — Naomi Klein / On Fire: The Case for the Green New Deal by Naomi Klein

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Si no has leído mucho más de la autora, esta es una buena introducción a su visión del movimiento climático. Pero como acababa de leer su libro anterior sobre el movimiento, “Esto lo cambia todo”, encontré el nuevo libro menos interesante. “En llamas” reimprime dos capítulos del libro anterior, quizás con algunos cambios menores, aunque, de ser así, no aparentes de inmediato. Otros ensayos son discursos pronunciados en varios países, incluidos Gran Bretaña y Australia, con menos atractivo fuera de esas naciones en particular.
Lo que sí me gustó fue su versión del Green New Deal al final. Ella presenta un buen caso de por qué se necesita un esfuerzo serio para combatir el cambio climático y por qué debe incluir a todos en la sociedad, desde el gobierno hacia abajo. Sin embargo, todavía no estoy convencido de que necesitemos del socialismo “democrático” para luchar contra el cambio climático y que los conservadores deban ser excluidos de las soluciones. Ningún cambio importante en las políticas será duradero si la izquierda se lo mete en la garganta a todos los demás. Es demasiado fácil para la parte contraria revertirlos en el futuro.
Finalmente, es útil que ella se refiera a la historia del New Deal original de FDR. Pero ella no parece ver mucho papel para el sentimiento nacional o el patriotismo, que fue un gran punto de venta del enfoque de Roosevelt. En cambio, Klein parece imaginar una serie de GND que suceden en varios países pero son impulsados por élites cosmopolitas y las masas “despiertas”, al igual que una revolución socialista internacional. Esto es idealista, pero no estoy seguro de cuán realista sea, dado que los movimientos exitosos en el pasado combinaron una perspectiva internacional con una que también era nacional.
Me encantaría ver a Klein encontrar un lugar en el movimiento climático para las personas que aman a su país tanto como se preocupan por el mundo y también para las personas que se inspiran en los logros pasados y las filosofías de nuestros propios países occidentales tanto como ellos. son por las tradiciones de los pueblos indígenas que tanto admira Klein.
Pero vale la pena leer este libro solo por la hábil crítica de Klein del doomerismo del libro de Nathaniel Rich “Perdiendo la Tierra”. Rich afirma erróneamente que finales de la década de 1980 fue el mejor momento para luchar contra el cambio climático, ignorando el ascenso del capitalismo extremo y una cultura de la codicia-es-bueno impulsada por la globalización y la desregulación cuyo bello ideal era Ayn Rand. Rich afirma que “nosotros” (es decir, usted y yo, no Exxon y el gobierno de EE.UU.) Perdimos esta oportunidad única en la vida de salvar el clima en 1988-89 porque éramos demasiado egoístas o miopes para hacer cambios importantes en nuestro vidas de los consumidores. Está equivocado y Klein culpa a las compañías petroleras y los gobiernos que controlan, y ofrece la esperanza de que la gente común pueda y se movilice por una economía limpia y justa.
Un panfleto decente de treinta y tantos páginas, extendido en trescientas páginas, que se repite, con hechos dispersos, a veces interesantes, que no llevan a ninguna conclusión.

El enfoque del Green New Deal con respecto a la crisis climática, que parte de la base del compromiso con la sociedad, no es nuevo. Este tipo de marco basado en la «justicia climática» (en contraposición a la «acción climática», más genérica) lleva muchos años utilizándose a escala local, y sus orígenes se remontan a los movimientos de justicia medioambiental de Latinoamérica y Estados Unidos. Y el concepto de un Green New Deal ha formado parte de los programas de un puñado de pequeños partidos verdes de todo el mundo.
Hay otra cosa que ha cambiado desde que se lanzó aquel llamamiento hace una década. Antes, cuando los movimientos sociales y los Gobiernos de países pequeños exigíamos este tipo de cosas, parecía que gritábamos ante un vacío político. No contábamos con ningún cómplice en los Gobiernos de los países más ricos del planeta que estuviera dispuesto a plantearse este tipo de enfoque de emergencia para hacer frente a la crisis climática. Lo único que se ofrecía eran mecanismos de mercado de efecto derrame, y cuando aparecía una recesión económica, incluso esas proposiciones insuficientes e inadecuadas se evaporaban.
Pero, hoy, ya no es ese el caso. Ahora existe un nuevo bloque de políticos en Estados Unidos, Europa y el resto del mundo, algunos tan solo diez años mayores que los jóvenes activistas reunidos en las calles, que están preparados para traducir la urgencia de la crisis climática en políticas concretas y para unir los puntos entre las múltiples crisis de nuestro tiempo. Entre esta nueva generación política destaca Alexandria Ocasio-Cortez, quien, a los veintinueve años, se convirtió en la mujer electa para el Congreso de Estados Unidos más joven de la historia.

No todas las políticas climáticas deben desarticular el capitalismo o, de lo contrario, deban ser ignoradas (tal como algunos críticos han afirmado absurdamente). Necesitamos todas las acciones posibles para reducir las emisiones, y las necesitamos ya. Pero lo que sí significa, tal como el IPCC ha confirmado con tanta vehemencia, es que no lograremos nuestro objetivo a menos que estemos dispuestos a abrazar un cambio sistémico económico y social.
El objetivo de esta fortificación de Europa y del mundo anglosajón es evidente: convencer a las personas de que permanezcan donde están, por muy lamentables que sean sus condiciones, por muy letales que resulten. En esta visión del mundo, la emergencia no radica, pues, en el sufrimiento de las personas, sino en su incómodo deseo de huir de dicho sufrimiento.
Esa es la razón que permitió, apenas unas horas después de la masacre de Christchurch, que Donald Trump se desentendiera ante el aumento de la violencia de la extrema derecha y desviara la atención inmediatamente hacia la «invasión» migrante en la frontera del sur de Estados Unidos para así declarar una «emergencia nacional», con lo cual podía liberar miles de millones para construir un muro fronterizo.
Los motores que impulsan las migraciones masivas son complejos: la guerra, la violencia entre bandas, la violencia sexual, una pobreza cada vez mayor. Una cosa está clara, y es que las alteraciones climáticas están intensificando todas esas otras crisis que no harán sino agravarse a medida que aumente el calor. Pero en lugar de ayudar, los países más ricos del planeta parecen resueltos a empeorar la crisis en todos los frentes.

La crisis de la costa del Golfo abarca muchas cosas: corrupción, desregularización y la adicción a los combustibles fósiles, pero, en el fondo, ilustra sobre todo las consecuencias terriblemente peligrosas de una convicción de nuestra cultura: que poseemos un conocimiento y un control de la naturaleza tan profundos que podemos manipularla y rediseñarla libremente, y que el riesgo al que sometemos a los sistemas naturales que nos sostienen es mínimo. Pero, tal como el desastre de BP ha puesto de manifiesto, la naturaleza siempre es más impredecible de lo que los modelos matemáticos y geológicos más sofisticados son capaces de imaginar. Al testificar ante el congreso, Hayward, de BP, dijo que «las mejores mentes y los expertos más cualificados están trabajando» en la crisis, y que «quizá a excepción del programa espacial de la década de 1960, es difícil pensar en la constitución de un equipo de mayor volumen y competencia técnica en un mismo lugar en tiempos de paz».
La corriente de la negación no muestra signos de calmarse. Los políticos de Luisiana se opusieron con indignación al alto temporal que Obama impuso a las perforaciones en aguas profundas, acusándolo de destruir el único sector importante que quedaba en pie ahora que la pesca y el turismo estaban en crisis.

Los negacionistas no decidieron que el cambio climático es una conspiración de la izquierda porque descubrieron un complot socialista encubierto. La idea les viene de fijarse atentamente en lo que debería hacerse para reducir las emisiones al drástico y acelerado ritmo que exige la climatología. Han llegado a la conclusión de que solo podremos alcanzar dicho objetivo si reorganizamos radicalmente los sistemas económicos y políticos de formas totalmente opuestas a su sistema de creencias «de libre mercado».
Responder al cambio climático exige que rompamos todas las reglas del manual de estrategia del libre mercado y que lo hagamos a la máxima brevedad posible. Tendremos que reconstruir la esfera pública, revertir privatizaciones, relocalizar grandes parcelas de la economía, reducir el consumo excesivo, recuperar la planificación a largo plazo, regular e imponer impuestos contundentes a las corporaciones e incluso tal vez nacionalizar algunas de ellas, recortar el gasto militar y reconocer nuestras deudas con el sur global. Naturalmente, las esperanzas de que todo esto ocurra serán nulas a menos que venga acompañado de un esfuerzo masivo y transversal por reducir drásticamente la influencia de las corporaciones sobre los procesos políticos, lo cual significa, como mínimo, que las elecciones se financien con fondos públicos y que se elimine el estatus de «persona» de las corporaciones ante la ley. En pocas palabras: el cambio climático fortalece los argumentos preexistentes de prácticamente todas las exigencias progresistas y las unifica bajo un programa coherente cuyos cimientos son un claro imperativo científico.
Algunos miembros del bando a favor del clima están presionando con fuerza contra la estrategia del apaciguamiento.
Los valores culturales están empezando a cambiar. Los líderes jóvenes de hoy quieren cambiar las políticas, pero comprenden que, antes de que eso ocurra, debemos enfrentarnos a los valores subyacentes de avaricia e individualismo desenfrenados que crearon la crisis económica. Y, para ello, lo primero es personificar, del modo más manifiesto posible, unas formas radicalmente distintas de tratarse unos a otros y de interactuar con el mundo natural.
Este intento deliberado de cambiar los valores culturales no tiene nada que ver con la «política del estilo de vida» y tampoco pretende distraer de las luchas «reales». Porque en el turbulento futuro que ya hemos convertido en inevitable, la creencia firme en la igualdad de derechos de todas las personas y en la capacidad de una profunda empatía serán lo único que separe a la humanidad del salvajismo. El cambio climático, con su fecha límite inamovible, puede actuar como catalizador de esta profunda transformación social y ecológica.
Porque, después de todo, la cultura es fluida. Puede cambiar; ya lo ha hecho muchas veces a lo largo de la historia.

Que a muchos nos cueste tantísimo comprender el cambio climático es que vivimos en la cultura del presente perpetuo, una cultura que se separa deliberadamente del pasado que nos creó y del futuro que estamos moldeando con nuestras acciones. El cambio climático significa que lo que hicimos generaciones atrás nos afectará de forma inexorable no solo en el presente, sino también durante muchas generaciones futuras. Estos marcos temporales son un lenguaje que muchos hemos desaprendido en estos tiempos digitalizados.
La cuestión no es juzgar a nadie ni fustigarnos a nosotros mismos por nuestra superficialidad, desarraigo o el debilitado estado de nuestra capacidad de atención, sino reconocer que la mayoría de los que vivimos en los centros urbanos y en los países ricos somos el producto de un proyecto industrial que está vinculado íntima e históricamente a los combustibles fósiles y al cual las tecnologías digitales convirtieron en supernova.
El precio de la energía solar ha caído un 90 %, y actualmente constituye una opción más viable para la electrificación que el carbón, especialmente porque requiere menos infraestructura y se presta mejor al control comunitario. Muchas comunidades lo están exigiendo, pero en India, como en otros lugares, el principal obstáculo es el nexo existente entre los grandes intereses gubernamentales y los grandes intereses del carbono: cuando la gente puede generar su propia electricidad instalando paneles en el techo, e incluso enviar esa energía a una microrred, deja de ser cliente de las gigantescas empresas de servicios públicos para convertirse en su competidora. No es de extrañar que se pongan tantos obstáculos: nada les gusta más a las corporaciones que un mercado cautivo.
Es este tinglado el que el movimiento en favor de los derechos indígenas y la justicia climática amenaza con derribar.

Al Green New Deal le queda mucho camino por recorrer antes de que todo el mundo vea en él su futuro. Ya se han cometido errores, y aún se cometerán más, pero ninguno de ellos es tan importante ni puede hacernos olvidar lo que este proyecto político en rápido crecimiento está haciendo realmente bien.
Habrá que someter al Green New Deal a la vigilancia y a la presión constantes de expertos que sepan exactamente qué va a hacer falta para reducir nuestras emisiones con la rapidez que exige la ciencia, así como de aquellos movimientos sociales que llevan décadas soportando la peor parte de la contaminación y las falsas soluciones climáticas. Pero en esta permanente vigilancia, también debemos tener cuidado, porque deberíamos evitar que los árboles nos impidan ver el bosque; es decir, el hecho de que este programa es un potencial salvavidas que todos tenemos la responsabilidad sagrada y moral de materializar.
Los críticos del Green New Deal plantean un montón de argumentos acerca de por qué todo esto está condenado al fracaso. La parálisis política en Washington es real. Incluso en un mundo donde los republicanos negacionistas del cambio climático fueran barridos del poder, seguiría habiendo un montón de demócratas centristas convencidos de que sus electores no tenían el menor interés en un cambio radical. Los planes son costosos, y lograr que se aprobaran los presupuestos sería un esfuerzo hercúleo.
Se nos dice que una línea de acción preferible sería avanzar en políticas climáticas que atrajeran a mucha gente de la derecha, como pasar del carbón a la energía nuclear, o establecer un pequeño impuesto sobre el carbono que devolviera los ingresos en forma de «dividendo» a todos los ciudadanos.
El principal problema de estos enfoques gradualistas es que simplemente no pueden lograr su objetivo.
Esta sombría visión de la humanidad —que no somos más que una colección de individuos atomizados y familias nucleares, incapaces de hacer nada valioso y empeñados únicamente en hacernos la guerra unos a otros— ha dominado de forma absoluta el imaginario de la opinión pública durante mucho tiempo. No es de extrañar que muchos de nosotros creamos que nunca podremos afrontar con éxito el reto climático.
Pero más de treinta años después podemos afirmar, con la misma certeza con la que sabemos que los glaciares se derriten y las capas de hielo se desintegran, que también esa ideología de «libre mercado» se está desvaneciendo. En su lugar, está surgiendo una nueva visión de lo que la humanidad puede llegar a ser. Surge de las calles, de las escuelas, de los lugares de trabajo e incluso de las sedes de los Gobiernos. Es una visión que afirma que somos todos nosotros, juntos, quienes conformamos el tejido de la sociedad.
Y cuando el futuro de la vida está en juego, no hay nada que no podamos lograr.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/02/09/no-logo-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2015/08/27/la-doctrina-del-shock-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2015/12/06/esto-lo-cambia-todo-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2018/01/25/decir-no-no-basta-naomi-klein-no-is-not-enough-resisting-trumps-shock-politics-and-winning-the-world-we-need-by-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2019/05/31/vallas-y-ventanas-despachos-desde-las-trincheras-del-debate-sobre-la-globalizacion-naomi-klein-fences-and-windows-dispatches-from-the-front-lines-of-the-globalization-debate-by-naomi-kle/

https://weedjee.wordpress.com/2019/06/16/la-batalla-por-el-paraiso-puerto-rico-y-el-capitalismo-del-desastre-naomi-klein-the-battle-for-paradise-puerto-rico-takes-on-the-disaster-capitalists-by-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2021/09/25/en-llamas-un-enardecido-argumento-a-favor-del-green-new-deal-naomi-klein-on-fire-the-case-for-the-green-new-deal-by-naomi-klein/

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If you haven’t read much else by Klein, this is a good intro to her take on the climate movement. But since I had just read her earlier book on the movement, “This Changes Everything,” I found the new book less interesting. “On Fire” reprints two chapters from the earlier book, perhaps with some minor changes, though if so, not immediately apparent ones. Other essays are speeches given in various countries including Britain and Australia with less appeal outside of those particular nations.
What I did like was her take on the Green New Deal at the very end. She makes a good case for why a serious effort to fight climate change is needed and why it needs to include everyone in society, from the government on down. However, I’m still not convinced that we require “democratic” socialism to fight climate change and that conservatives need to be excluded from solutions. No major policy changes will be long lasting if the left just shoves them down the throat of everyone else. It’s too easy for the opposing party to reverse them in the future.
Finally, it’s helpful that she refers back to the history of FDR’s original New Deal. But she doesn’t seem to see much role for national feeling or patriotism, which was a huge selling point of Roosevelt’s approach. Instead, Klein seems to imagine a series of GNDs that happen in various countries but are driven by cosmopolitan elites and the “woke” masses, much like an international socialist revolution. This is idealistic but I’m not sure how realistic it is, given that successful movements in the past combined an international outlook with one that was also national.
I’d love to see Klein find a place in the climate movement for people who love their country as much as they care about the world and also for people who are inspired by the past accomplishments and philosophies of our own Western countries as much as they are by the traditions of the indigenous peoples that Klein so admires.
But this book is worth reading alone for Klein’s skillful critique of the doomerism of Nathaniel Rich’s book “Losing Earth.” Rich wrongly asserts that the late 1980s were the best time to fight climate change, ignoring the ascendance of extreme capitalism and a culture of greed-is-good driven by globalization and deregulation whose beau ideal was Ayn Rand. Rich claims that “we” (meaning you and me, not Exxon and the US govt) missed this once-in-a-lifetime chance to save the climate in 1988-89 because we were too selfish or shortsighted to make major changes in our consumer lives. He’s wrong and Klein places the blame where it belongs, with oil companies and the governments they control, and offers hope that ordinary people can and will mobilize for an economy that’s both clean and fair.
A decent thirty-something page pamphlet, stretched to three hundred pages, repeating itself, with scattered, sometimes interesting facts which do not lead to any conclusions.

The Green New Deal’s approach to the climate crisis, based on a commitment to society, is not new. This type of framework based on ‘climate justice’ (as opposed to the more generic ‘climate action’) has been in use at the local level for many years, and its origins can be traced back to environmental justice movements in Latin America and the United States. And the concept of a Green New Deal has been on the programs of a handful of small green parties around the world.
There is something else that has changed since that appeal was launched a decade ago. Before, when the social movements and the governments of small countries demanded this kind of thing, it seemed that we shouted before a political vacuum. We did not have an accomplice in the governments of the richest countries on the planet who was willing to consider this type of emergency approach to face the climate crisis. All that was offered were spillover market mechanisms, and when an economic recession struck, even those insufficient and inappropriate propositions evaporated.
But, today, that is no longer the case. Now there is a new bloc of politicians in the United States, Europe and the rest of the world, some only ten years older than the young activists gathered in the streets, who are prepared to translate the urgency of the climate crisis into concrete policies and to unite the points between the multiple crises of our time. Among this new political generation stands out Alexandria Ocasio-Cortez, who, at the age of twenty-nine, became the youngest woman elected to the United States Congress in history.

Not all climate policies should dismantle capitalism, or else should be ignored (as some critics have absurdly asserted). We need all possible actions to reduce emissions, and we need them now. But what it does mean, as the IPCC has so vehemently confirmed, is that we will not achieve our goal unless we are willing to embrace systemic economic and social change.
The goal of this fortification of Europe and the Anglo-Saxon world is clear: to convince people to stay where they are, no matter how dire their conditions, no matter how lethal they may be. In this vision of the world, the emergency does not lie, therefore, in the suffering of people, but in their uncomfortable desire to flee from such suffering.
That is the reason that allowed, just hours after the Christchurch massacre, Donald Trump to ignore the increase in violence from the extreme right and immediately divert attention to the migrant “invasion” on the southern border of the United States. United to declare a “national emergency”, thereby freeing up billions to build a border wall.
The engines that drive mass migration are complex: war, gang violence, sexual violence, increasing poverty. One thing is clear, and that is that climatic changes are intensifying all those other crises that will only get worse as the heat increases. But instead of helping, the richest countries on the planet seem determined to make the crisis worse on all fronts.

The Gulf Coast crisis encompasses many things: corruption, deregulation and addiction to fossil fuels, but at its core, it illustrates above all the terribly dangerous consequences of a conviction in our culture: that we have knowledge and control of nature so deep that we can freely manipulate and redesign it, and that the risk we put to the natural systems that sustain us is minimal. But, as the BP disaster has revealed, nature is always more unpredictable than the most sophisticated geological and mathematical models can imagine. Testifying before Congress, Hayward of BP said that “the best minds and the most qualified experts are at work” on the crisis, and that “perhaps with the exception of the space program of the 1960s, it is difficult to think about the constitution of a team of greater volume and technical competence in one place in peacetime.
The stream of denial shows no signs of abating. Louisiana politicians outraged Obama’s halt to deepwater drilling, accusing him of destroying the only major sector left standing now that fishing and tourism were in crisis.

The deniers did not decide that climate change is a conspiracy of the left because they uncovered a covert socialist plot. The idea comes from paying close attention to what should be done to reduce emissions at the drastic and accelerated pace demanded by the weather. They have concluded that we can only achieve this goal if we radically reorganize economic and political systems in ways totally contrary to their “free market” belief system.
Responding to climate change requires that we break all the rules of the free market strategy manual and that we do so as soon as possible. We will have to rebuild the public sphere, reverse privatizations, relocate large chunks of the economy, reduce overconsumption, regain long-term planning, regulate and impose heavy taxes on corporations and perhaps even nationalize some of them, cut military spending. and acknowledge our debts to the global south. Of course, hopes of all of this happening will be nil unless it is accompanied by a massive and cross-cutting effort to drastically reduce the influence of corporations over political processes, which means, at the very least, that elections are financed with public funds. and that the “person” status of corporations is eliminated before the law. Simply put, climate change strengthens the pre-existing arguments for virtually all progressive demands and unifies them under a coherent program whose foundations are a clear scientific imperative.
Some members of the pro-climate camp are pushing hard against the appeasement strategy.
Cultural values are beginning to change. Today’s young leaders want to change policy, but understand that before that happens, we must confront the underlying values of greed and unbridled individualism that created the economic crisis. And to do this, the first thing is to personify, in the most manifest way possible, radically different ways of treating each other and interacting with the natural world.
This deliberate attempt to change cultural values has nothing to do with “lifestyle politics” and is not intended to distract from “real” struggles. Because in the turbulent future that we have already made inevitable, the firm belief in the equal rights of all people and in the capacity for deep empathy will be the only thing that separates humanity from savagery. Climate change, with its fixed deadline, can act as a catalyst for this profound social and ecological transformation.
Because, after all, culture is fluid. You can change; It has already done it many times throughout history.

That many of us find it so difficult to understand climate change is that we live in the culture of the perpetual present, a culture that deliberately separates itself from the past that created us and the future that we are shaping with our actions. Climate change means that what we did generations ago will inexorably affect us not only in the present, but also for many generations to come. These time frames are a language that many of us have unlearned in these digitized times.
The point is not to judge anyone or to whip ourselves for our superficiality, rootlessness or the weakened state of our attention span, but to recognize that most of us who live in urban centers and in rich countries are the product of a industrial project that is intimately and historically linked to fossil fuels and which digital technologies made supernova.
The price of solar energy has fallen by 90%, and it is now a more viable option for electrification than coal, especially since it requires less infrastructure and is better suited to community control. Many communities are demanding it, but in India, as elsewhere, the main obstacle is the nexus between big government interests and big carbon interests: when people can generate their own electricity by installing roof panels, and even sending that energy to a microgrid stops being a client of the gigantic public services companies to become their competitor. It’s no wonder so many roadblocks are put in place – corporations like nothing more than a captive market.
It is this scam that the movement for indigenous rights and climate justice threatens to topple.

The Green New Deal has a long way to go before the whole world sees their future in it. Mistakes have already been made, and more will be made, but none of them are that important nor can they make us forget what this rapidly growing political project is doing really well.
The Green New Deal will have to be subjected to constant vigilance and pressure from experts who know exactly what it will take to reduce our emissions with the speed required by science, as well as from those social movements that have been bearing the brunt of it for decades. pollution and false climate solutions. But in this permanent vigilance, we must also be careful, because we should avoid that the trees prevent us from seeing the forest; that is, the fact that this program is a potential lifesaver that we all have a sacred and moral responsibility to realize.
Critics of the Green New Deal make a lot of arguments about why this is all doomed. The political paralysis in Washington is real. Even in a world where climate change denier Republicans were swept from power, there would still be plenty of centrist Democrats convinced that their constituents had no interest in radical change. The plans are expensive, and getting the budgets approved would be a Herculean effort.
We are told that a preferable course of action would be to advance climate policies that attract a lot of people on the right, such as moving from coal to nuclear power, or establishing a small carbon tax that returns income in the form of a ‘dividend’. to all citizens.
The main problem with these gradualist approaches is that they simply cannot achieve their goal.
This grim vision of humanity – that we are nothing more than a collection of atomized individuals and nuclear families, incapable of doing anything of value and bent solely on making war on each other – has dominated the public imagination for a long time. weather. It is no wonder that many of us believe that we will never be able to successfully meet the climate challenge.
But more than thirty years later we can affirm, with the same certainty with which we know that glaciers are melting and ice sheets are disintegrating, that this “free market” ideology is also fading. Instead, a new vision of what humanity can become is emerging. It emerges from the streets, from schools, from workplaces and even from the headquarters of governments. It is a vision that affirms that it is all of us, together, who make up the fabric of society.
And when the future of life is at stake, there is nothing we cannot achieve.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/02/09/no-logo-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2015/08/27/la-doctrina-del-shock-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2015/12/06/esto-lo-cambia-todo-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2018/01/25/decir-no-no-basta-naomi-klein-no-is-not-enough-resisting-trumps-shock-politics-and-winning-the-world-we-need-by-naomi-klein/

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La Batalla Por El Paraíso. Puerto Rico Y El Capitalismo Del Desastre — Naomi Klein / The Battle For Paradise: Puerto Rico Takes on the Disaster Capitalists by Naomi Klein

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Lectura altamente recomendada para los que quieran conocer el trabajo de investigación que hizo la reconocida periodista canadiense Naomi Klein durante su visita a Puerto Rico, después del huracán María. En este libro la periodista nos cuenta de forma ágil y sencilla los dos enfoques, totalmente antagónicos, para la recuperación de la Isla. Por un lado está el pueblo que piensa en María como una oportunidad para crear un Puerto Rico menos dependiente y por el otro están los millonarios norteamericanos que quieren aprovecharse del desastre para convertir Puerto Rico en su paraíso privado y de paso evadir impuestos. Encontré muy interesante y objetiva la visión que presenta una persona totalmente ajena a la situación de la Isla. El rigor de su investigación plantea de forma honesta y sincera los problemas del pueblo puertorriqueño para salir adelante no solo en el desastre, también en su batalla para impedir que la Isla siga siendo un campo de experimentación estadounidense, está vez económico donde lo único que necesitan es conseguir echar a los puertorriqueños.

Al igual que a todo Puerto Rico, el huracán María sumió al pequeño pueblo montañoso de Adjuntas en la penumbra total. Cuando los habitantes salieron de sus hogares para evaluar la magnitud de los daños, se encontraron no solo sin energía eléctrica ni agua, sino también totalmente aislados del resto de la isla. Todas las calles estaban obstruidas, ya fuera por montañas de lodo que se habían deslizado desde los picos adyacentes o por ramas y árboles caídos. Sin embargo, en medio de esta devastación existía un lugar luminoso. No tienes que renunciar a tu ciudadanía estadounidense y ni siquiera irte técnicamente de Estados Unidos para poder escapar a sus leyes y regulaciones y a los fríos inviernos de Wall Street. Solo tienes que trasladar el domicilio fiscal de tu compañía a Puerto Rico y disfrutarás de unos impuestos corporativos alucinantemente bajos, de un 4 %, una fracción ínfima de lo que las grandes corporaciones pagan incluso después del recorte contributivo recientemente aprobado por Donald Trump. Cualquier dividendo que pague una compañía radicada en Puerto Rico a sus residentes también está libre de impuestos, gracias a una ley aprobada en 2012, denominada la Ley 20. Los invitados a las conferencias también se enteraron de que si cambian su residencia a Puerto Rico no solo podrán surfear cada mañana sino también beneficiarse de cuantiosas ventajas impositivas personales. Gracias a una cláusula en el código de rentas internas federal, los ciudadanos estadounidenses que se mudan a Puerto Rico pueden evitar pagar impuestos federales sobre los ingresos generados en Puerto Rico.

La doctrina del shock como estrategia política no es solo cínica y oportunista: «es cruel», como me dijo entre lágrimas Mónica Flores. Cuando se obliga a las personas a ser testigos de cómo se les arrebatan sus recursos compartidos para venderlos, cuando les es imposible detenerlo porque están demasiado ocupados intentando sobrevivir, los capitalistas del desastre que han invadido a Puerto Rico están reforzando la parte más traumatizante del desastre al que vienen a explotar: el sentido de impotencia. Por ahora, estas versiones diametralmente opuestas de la utopía están avanzando en sus propios mundos y a sus propios pasos: una, montada sobre los shocks y otra, a pesar de estos. No obstante, ambas están ganando poder de manera veloz y, con tanto en juego en los meses y años venideros, el choque es inevitable.

Invitada a Puerto Rico, Naomi Klein pasó una semana recorriendo la isla en enero de 2018. Ella informa sobre sus hallazgos aquí. En resumen, encontró comunidades resilientes en el interior que sobrevivieron gracias a la cooperación mutua y las fuentes de energía renovables (eólica y solar), mientras que las de la costa sur, incluso las cercanas a las centrales eléctricas convencionales, carecían de electricidad. Ella documenta una batalla recurrente en el territorio de los EE. UU .: la batalla entre las fuerzas que defienden los intereses de los residentes locales y las que trabajan para obtener los máximos beneficios de convertirla en un patio de recreo para los ricos. Últimamente a estos últimos se han unido emprendedores de bitcoin.

El libro fue escrito a toda prisa y, por lo tanto, carece de las citas que benefician a un trabajo producido en un horario más tranquilo. Sin embargo, informa con precisión y la información que imparte es una contribución vital para comprender la situación en una isla caribeña de la que Estados Unidos es responsable.

Y a pesar del estatus de Puerto Rico como territorio de los Estados Unidos, el gobierno de los Estados Unidos ha hecho muy poco para ayudar a los ciudadanos estadounidenses de esta hermosa isla. Si bien la ausencia de asistencia de los Estados Unidos ha sido lo suficientemente mala, existe un contingente más malicioso en el trabajo. Naomi Klein apunta a ellos, capitalistas del desastre, en su nuevo libro, La batalla por el paraíso: Puerto Rico se enfrenta a los capitalistas del desastre. En él, Klein presenta un fuerte argumento para luchar contra las influencias externas egoístas que tratan de ganar dinero a costa de las comunidades locales puertorriqueñas traumatizadas. ¿Le suena familiar esta situación? Debería porque es esencialmente otra colonización de Puerto Rico por los Estados Unidos.

En este libro de 96 páginas, Naomi Klein le da a su lector una breve lección de historia, así como las razones por las cuales los puertorriqueños serían (¡y deberían!) Ser escépticos con los actores externos (págs. 25-32). Mientras que los residentes puertorriqueños de toda la vida se desentienden de los restos de María, el gobernador y otros jugadores interesados atraen a los ricos de los EE. UU. De la parte continental de EE. UU. Ofreciendo importantes recortes de impuestos para mudarse allí: exenciones fiscales que los residentes no pueden aprovechar pp. 18-19). A menudo referidos como “puertopianos”, estos ricos libertarios buscan vivir libres de impuestos (y cuidados) en Puerto Rico, mientras se ven a sí mismos como salvadores de la asediada isla y sus residentes (pp. 15-25). Como explica Klein, “En febrero de 2018, [el gobernador de Puerto Rico] le dijo a una audiencia de negocios en Nueva York que María había creado un” lienzo en blanco “en el que los inversores podían pintar el mundo de sus sueños” (p. 25); No importa los más de tres millones de personas que ya lo llaman hogar. Klein explica cómo Puerto Rico estaba en una posición tan vulnerable, incluso antes del golpe del huracán María, con la importación de una cantidad asombrosa de combustibles fósiles (pp. 5-7) y alimentos (pp. 32-37), mientras que también incurría en una enorme deuda después de la recesión económica mundial de 2008 (47-51). Estas deficiencias se deben en gran parte al legado del colonialismo y la economía de plantación.

Además, las situaciones y los eventos en Puerto Rico en los últimos doce años lo han hecho particularmente vulnerable a las tácticas de “doctrina de choque”. Según Klein, el fenómeno de la doctrina del shock es la “explotación deliberada de los estados de emergencia para impulsar una agenda radical pro-corporativa” (p. 45). Klein explica cómo Puerto Rico es el ejemplo más claro de esto desde que Katrina golpeó a Nueva Orleans en 2005 (pp. 43-53). Pero Klein también es intencional al dar ejemplos inspiradores de cómo algunos residentes locales están aprovechando las alianzas de colaboración, las energías renovables (págs. 8-11) y las prácticas agrícolas innovadoras (págs. 37-43) para desafiar las desigualdades existentes, las estructuras insostenibles y las malignas. Influencias exteriores. Es este espíritu empresarial lo que Klein fomenta en Puerto Rico, ya que es una oportunidad para que transformen su hogar en el paraíso sostenible que ellos mismos imaginan (pág. 12). A través de la organización y la fuerza, podrán superar a los “puertopianos” que buscan reubicar la isla (págs. 30-32). Si bien el libro de Klein explora solo una faceta de los efectos de María en Puerto Rico: los capitalistas del desastre que miran a Puerto Rico en su vulnerable estado post-María, es un tema imperativo que abordar. Solo una breve introducción (aunque necesaria), el libro ofrece una base sólida para comprender el capitalismo de los desastres, el fenómeno de la doctrina del shock y cómo Puerto Rico fue susceptible a algo más que el daño del huracán cuando María golpeó.

Esta es una lectura rápida y valiosa para cualquier persona interesada en Puerto Rico, los efectos del colonialismo y / o los desastres naturales, o el empoderamiento de los puertorriqueños locales para liderar los esfuerzos de reconstruir cómo les parezca. Es información accesible para la mayoría de las personas, incluso aquellos que no tienen conocimiento sobre ninguno de estos temas o la historia de Puerto Rico.

Otros libros de Naomi Klein en el blog:

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Highly recommended reading for those who want to know the research work that the renowned Canadian journalist Naomi Klein did during her visit to Puerto Rico, after Hurricane Maria. In this book the journalist tells us in an agile and simple way the two approaches, totally antagonistic, for the recovery of the Island. On the one hand is the people who think of Maria as an opportunity to create a less dependent Puerto Rico and on the other there are the North American millionaires who want to take advantage of the disaster to turn Puerto Rico into their private paradise and, in passing, evade taxes. I found the vision presented by a person completely alien to the situation of the Island very interesting and objective. The rigor of his research honestly and sincerely raises the problems of the Puerto Rican people to get ahead not only in the disaster, but also in their battle to to prevent the Island from continuing to be an American experimentation field, this time is economical where all they need is to get Puerto Ricans out. As with all of Puerto Rico, hurricane Maria plunged the small mountainous village of Adjuntas into total gloom. When the inhabitants left their homes to assess the magnitude of the damage, they found themselves not only without electricity or water, but also totally isolated from the rest of the island. All the streets were obstructed, either by mountains of mud that had slipped from adjacent peaks or by branches and fallen trees. However, in the midst of this devastation there was a bright place. You do not have to give up your US citizenship and not even technically leave the United States to escape its laws and regulations and the cold winters of Wall Street. You just have to move your company’s fiscal domicile to Puerto Rico and enjoy astonishingly low corporate taxes of 4%, a tiny fraction of what large corporations pay even after the tax cut recently approved by Donald Trump. Any dividend paid by a company based in Puerto Rico to its residents is also free of taxes, thanks to a law passed in 2012, called Law 20. The guests at the conferences also learned that if they change their residence to Puerto Rico they will not they can only surf every morning but also benefit from numerous personal tax advantages. Thanks to a clause in the federal internal revenue code, US citizens who move to Puerto Rico can avoid paying federal taxes on income generated in Puerto Rico.

The doctrine of shock as a political strategy is not only cynical and opportunistic: “it is cruel,” as Monica Flores tearfully told me. When people are forced to witness how their shared resources are taken from them to sell, when it is impossible to stop them because they are too busy trying to survive, the disaster capitalists who have invaded Puerto Rico are reinforcing the most traumatic part of the disaster. to which they come to explode: the sense of impotence. For now, these diametrically opposed versions of the utopia are advancing in their own worlds and their own steps: one, mounted on the shocks and another, despite these. However, both are gaining power quickly and, with so much at stake in the months and years ahead, the clash is inevitable.

Invited to Puerto Rico, Naomi Klein spent a week touring the island in January 2018. She reports her findings here. Briefly, she found resilient communities in the interior surviving thanks to mutual cooperation and renewable power sources (wind and solar) while those on the southern coast, even those near conventional power plants, lacked electricity. She documents a recurring battle on the U.S. territory: the battle between forces defending the interests of local residents, and those working to reap maximum profits from turning it into a playground for the wealthy. Lately the latter have been joined by bitcoin entrepreneurs.

The book was written in haste, and thus lacks the citations benefiting a work produced on a more sedate schedule. Nevertheless, it reports accurately, and the information it imparts is a vital contribution to understanding the situation in a Caribbean island for which America is responsible.

And despite Puerto Rico’s status as a territory of the United States, the US government has done embarrassingly little to assist the American citizens of this beautiful island. While the absence of US assistance has been bad enough, there is a more malicious contingent at work. Naomi Klein takes aim at them – disaster capitalists – in her new book, The Battle for Paradise: Puerto Rico Takes on the Disaster Capitalists. In it, Klein makes a strong argument for fighting against selfish outside influences trying to make a buck on the backs of traumatized local Puerto Rican communities. Does this situation sound familiar? It should because it is essentially another colonization of Puerto Rico by the US.

In this 96-page book, Naomi Klein gives her reader a short history lesson as well as reasons why Puerto Ricans would (and should!) be skeptical of outside actors (pp. 25-32). While lifelong Puerto Rican residents dig out from under the wreck of Maria, the governor and other self-interested players court the rich from the mainland US by offering major tax breaks to move there – tax breaks that residents do not get to take advantage of (pp. 18-19). Often referred to as “Puertopians,” these wealthy libertarians seek to live tax- (and care-) free in Puerto Rico, all the while seeing themselves as saviors of the embattled island and its residents (pp. 15-25). As Klein explains, “In February 2018, [the governor of Puerto Rico] told a business audience in New York that Maria had created a ‘blank canvas’ on which investors could paint their very own dream world” (p. 25); never mind the over three million people who already call it home. Klein explains how Puerto Rico was in such a vulnerable position, even before Hurricane Maria hit, with importing a staggering amount of fossil fuels (pp. 5-7) and food (pp. 32-37) while also incurring an enormous debt after the global economic downturn of 2008 (47-51). These deficiencies are in large part due to the legacy of colonialism and the plantation economy.

In addition, situations and events in Puerto Rico over the last twelve years have made it particularly vulnerable to “shock doctrine” tactics. According to Klein, the phenomenon of the shock doctrine is the “deliberate exploitation of states of emergency to push through a radical pro-corporate agenda” (p. 45). Klein lays out how Puerto Rico is the most distinct example of this since Katrina hit New Orleans in 2005 (pp. 43-53). But Klein is also intentional in giving inspirational examples of how some local residents are harnessing collaborative partnerships, renewable energies (pp. 8-11), and innovative agricultural practices (pp. 37-43) to challenge existing inequities, untenable structures, and malignant outside influences. It is this entrepreneurial spirit that Klein encourages in Puerto Rico as this is an opportunity for them to transform their home into the sustainable paradise that they themselves envision (p. 12). Through organization and strength, they will be able to overcome the “Puertopians” who seek to resettle the island (pp. 30-32). While Klein’s book explores only one facet of the effects of Maria on Puerto Rico – disaster capitalists setting their sights on Puerto Rico in its vulnerable post-Maria state – it is an imperative issue to address. Only a brief (although necessary) introduction, the book offers a firm foundation to understanding disaster capitalism, the shock doctrine phenomenon, and how Puerto Rico was susceptible to more than just hurricane damage when Maria struck.

This is a quick and worthwhile read for anyone interested in Puerto Rico, the effects of colonialism and/or natural disasters, or the empowerment of local Puerto Ricans to lead the efforts of rebuilding how they see fit. It’s accessible information to most anyone, even those with no knowledge on any of these topics or the history of Puerto Rico.

Many other books by Naomi Klein in the blog:

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Vallas Y Ventanas. Despachos Desde Las Trincheras Del Debate Sobre La Globalización — Naomi Klein / Fences and Windows: Dispatches from the Front Lines of the Globalization Debate by Naomi Klein

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Pensé que este era un libro bastante interesante. A diferencia de No Logo, que tiene una tesis central que guía cada uno de los capítulos, Fences y Windows son una colección de artículos y ensayos que Naomi Klein escribió para The Globe and Mail, The New York Times, The Nation, The LA Times, The Guardian. Lo que me gustó del libro es la diversidad de temas, y cómo Klein aclara el vínculo común entre ellos. Por lo tanto, el TLCAN está vinculado con la fiebre aftosa y la falta de vivienda en Ontario, hasta el 11 de septiembre, y el motivo por el cual los partidos políticos de izquierda que quieren centralizar el poder no entienden lo que hacen los activistas antiglobalización. Mientras leía esto, varias personas me dijeron: “Oh, me gustó más No Logo” (o más comúnmente, de hecho, “Oh, un amigo mío dijo que les gustaba No Logo mejor …”). Aunque me gustan los dos. No Logo se escribió en un momento en que las personas como yo empezaban a tomar conciencia del “movimiento” (ese vago término que todo Klein confiesa usar). A lo largo de algunos años, y después de haberlo perforado en nuestras cabezas, “el mundo es tan diferente ahora” debido a que sabes qué sucede en ti cuando sabes cuándo, las personas como yo somos un poco más conscientes de lo básico. Problemas y ahora están tratando de entender más de los detalles. Creo que este libro hizo un buen trabajo al explicar la noción de pro democracia en lugar de la antiglobalización, del poder descentralizado y local en lugar de centralizado y distante, y de cómo estos mega acuerdos comerciales nos están perjudicando. Porque, sinceramente, creo que hay muchas personas como yo que saben lo suficiente sobre los hechos básicos para saber que el fundamentalismo capitalista está creando una mayor desigualdad en nuestro mundo, pero están un poco confusos sobre cómo se desarrollan esas grandes fuerzas económicas. Vallas y ventanas desmitificaron eso un poco.

Este libro contiene excelentes comentarios sobre estrategias, políticas y demostraciones masivas contra el mundo real. Plantea las preguntas correctas (¿quién tiene el poder? ¿Quién lo ejerce? ¿Quién lo disfraza?) Y las respuestas correctas (las personas antes que las ganancias).
El camino del mundo
Para Naomi Klein, el mundo está dominado por corporaciones transnacionales e inversionistas que controlan a los gobiernos. Estos gobiernos responden a las necesidades de los primeros, no de las personas que los eligieron: viviendas asequibles, medicamentos, agua limpia, tierras limpias, alimentos básicos, educación, fuentes de energía sostenibles e investigación científica independiente.
Como dijo alguien en Praga, el comunismo y el capitalismo tienen algo en común. Ambos centralizan el poder en manos de unos pocos. La globalización y el libre comercio son impulsados por las empresas. La riqueza liberada por ellos está atorada en la parte superior. Para el resto, hay estancamiento salarial, erosión de servicios básicos, de libertad y libertades civiles.
Estrategias
La resistencia al libre comercio parcial y su globalización no deberían ocurrir dentro de un gran movimiento unificado, una centralización coordinada, porque en el menor tiempo sería “incorporada por intereses especiales”. Pequeñas unidades de activistas, grupos independientes deben enfocarse en temas simples y cruciales. Solo esos pueden ser efectivos.
Las políticas
Las políticas deben centrarse en la aplicación de los derechos humanos universales, la democracia real, los derechos y registros laborales y ecológicos, las libertades civiles, la libertad de expresión (internet) y la investigación independiente (por ejemplo, alimentos Frankenstein).
El FMI y el Banco Mundial deben ser ferozmente atacados o su doctrina, que quita el poder a las comunidades, se lo da a un gobierno central, que lo entrega a las empresas a través de la privatización (V.Shiva).
Otro objetivo debería ser la OMC, que hace que los derechos de propiedad intelectual relacionados con el comercio se conviertan seriamente en un punto central frente a los miles de millones de personas hambrientas.
Este libro extremadamente duro (“para los capitalistas de Kamikaze, el terrorismo es solo otra oportunidad de aprovechar”) es una lectura obligada para todos aquellos que desean salvar el planeta y la humanidad.

Los manifestantes de Seattle no están en contra de la globalización. Han sido afectados por el virus de la globalización, al igual que los legisladores del comercio que asisten a las reuniones oficiales. Es más, si este movimiento es «anti» algo, es antimultinacionales, y se opone al argumento de que lo que es bueno para las empresas —menos regulación, más movilidad, más acceso— se convierta de por sí en bueno para todos los demás.
La confrontación no se está produciendo entre globalizadores y proteccionistas, sino entre dos visiones radicalmente distintas de la globalización. Una ha ostentado el monopolio durante los últimos diez años. La otra acaba de presentarse en sociedad.
El activismo que llamó la atención de todo el mundo en Seattle está floreciendo más allá de sus propios límites, habiendo dejado de ser un movimiento contrario al poder de las multinacionales para convertirse en una lucha por la liberación de la propia democracia.

El comunismo y el capitalismo han enseñado que los dos sistemas tienen una cosa en común: ambos concentran el poder en las manos de unos pocos y ambos tratan a las personas como si fueran infrahumanas. Allí donde el comunismo las veía como productoras potenciales, el capitalismo las ve como consumidoras potenciales; donde el comunismo las privaba de su precioso capital, el capitalismo las ha sobrealimentado, convirtiendo Praga en un parque temático de la Revolución de Terciopelo.
La experiencia de crecer con la desilusión de ambos sistemas explica por qué muchos de los activistas que estaban detrás de los acontecimientos de esta semana se consideraban anarquistas, y por qué sentían una conexión intuitiva con los campesinos, o los pobres de las ciudades en los países en vías de desarrollo, luchando contra inmensas instituciones y burocracias sin rostro como el FMI y el Banco Mundial.
¿La globalización favorece realmente a la democracia? Depende del tipo de globalización que creemos. El sistema actual se limita a ubicar la toma de decisiones en instituciones opacas y no representativas, pero hay otras opciones posibles. Aquí, y en el resto del mundo, la democracia es una opción que exige vigilancia y renovación constantes.

Los defensores del libre mercado quieren que nos creamos la simple fórmula comercio = democracia.
La globalización debía consistir en la apertura e integración globales, pero nuestras sociedades se están volviendo cada día más cerradas, más cautelosas, más necesitadas de mayor seguridad y poder militar para mantener un statu quo injusto.
La globalización debía también consistir en un nuevo sistema de igualdad entre las naciones. Íbamos a reunimos y acordar vivir bajo unas mismas reglas, o al menos eso fue lo que se dijo. Pero es más evidente que nunca que los grandes actores siguen creando e imponiendo las reglas, y con frecuencia imponiéndolas a todo el mundo excepto a sí mismos, ya se trate de los subsidios agrarios y del acero o de los aranceles de importación.
Estas desigualdades y asimetrías, siempre latentes bajo la superficie, hoy son inevitables.

La seguridad real no puede ser acordonada. Está entrelazada con nuestro tejido social más básico, desde la oficina de correos a la sala de urgencias, desde el metro hasta las reservas de agua, desde las escuelas a la inspección alimentaria. La infraestructura —esa cosa aburrida que nos mantiene unidos— no es irrelevante en el grave asunto de enfrentarse al terrorismo. Es la base de nuestra seguridad futura.
Las cuestiones que propiciaron las manifestaciones del Primero de Mayo ya no son marginales. La preocupación por los alimentos, la ingeniería genética, el cambio climático, la desigualdad de ingresos, los fallidos programas de privatización: todos estos temas asoman a las primeras páginas de la prensa. Pero algo va francamente mal cuando las manifestaciones parecen desarraigadas, alejadas de los urgentes problemas cotidianos. Significa que el espectáculo de representar un movimiento se está confundiendo con el trabajo menos atractivo de crear uno.

El mundo tiene ahora a una nueva clase de héroe, que escucha más que habla, que predica con enigmas en lugar de con certezas, un líder que no enseña su cara, que dice que su máscara es en realidad un espejo.
Durante años, los miembros de este movimiento de movimientos nos hemos alimentado de los símbolos de nuestros oponentes: sus marcas, sus rascacielos de oficinas, sus cumbres para salir en la foto. Los hemos utilizado como eslóganes en manifestaciones, como áreas de interés, como herramientas de educación popular. Pero estos símbolos nunca han sido objetivos reales: han sido las palancas, los asideros. Los símbolos han sido sólo ventanas. Es hora de pasar por ellas.

Otros libros de la autora comentados:

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https://weedjee.wordpress.com/2014/02/09/no-logo-naomi-klein/

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I thought this was a pretty good book. Unlike No Logo, which has a central thesis that guides each of the chapters, Fences and Windows is a collection of articles and essays that Naomi Klein wrote for The Globe and Mail, The New York Times, The Nation, The LA Times, The Guardian. What I liked about Fences and Windows is the diversity of topics, and how Klein makes clear the common link between them. So we have NAFTA linked up to foot-and-mouth disease linked up to homelessness in Ontario linked up to September 11th linked up to why left-wing political parties that want to centralize power are missing the point that anti-globalization activists make. While reading this, various people said to me, “Oh I liked No Logo better,” (or more commonly, in fact, “Oh a friend of mine said they liked No Logo better…”). I like them both though. No Logo was written at a time when people like me were beginning to become aware of “the movement” (that vague catch-all term that Klein herself confesses to using). A few years along, and after having had it drilled into our heads that “the world is so different now” due to you-know-what happening on you-know-when, people like me are a little bit more aware of the basic issues and are now seeking to understand more of the details. I think this book did a good job of explaining the notion of pro-democracy rather than anti-globalization, of power that is decentralized and local rather than centralized and distant, and of how exactly these mega trade deals are hurting us. Because truthfully, I think there are a lot of people like me who know enough of the basic facts to know that capitalist fundamentalism is creating greater inequality in our world, but are a little hazy on how all those big economic forces play themselves out. Fences and Windows demystified that a bit.

This book contains superb comments on strategies, policies and mass demonstrations against the actual way of the world. It poses the right questions (who holds power? who exercises it? who disguises it?) and the right answers (people before profits).
The way of the world
For Naomi Klein, the world is dominated by transnational corporations and investors, who control governments. These governments respond to the needs of the former, not of the people who elected them: affordable housing, medicines, clean water, clean land, basic food, education, sustainable energy sources and independent scientific research.
As someone in Prague said, `communism and capitalism have something in common. They both centralize power in the hands of a few.’ Globalization and free trade are corporate-driven. The wealth liberated by them is stuck at the top. For the rest, there is wage stagnation, erosion of basic services, of freedom and civil liberties.
Strategies
Resistance to biased free trade and its globalization should not occur within a big unified movement, a coordinated centralization, because it would in the shortest of time being `incorporated by special interests’. Small units of activists, independent groups should focus on simple, crucial issues. Only those can be effective.
Policies
The policies should focus on the application of universal human rights, real democracy, labor and ecological rights and records, civil liberties, freedom of speech (internet) and independent research (e.g., Frankenstein food).
The IMF(ired) and the World Bank should fiercely be attacked or their doctrine, which takes power away from communities, give it to a central government, who gives it to the corporations through privatization (V.Shiva).
Another target should be the WTO, which dead seriously makes trade-related intellectual property rights its focus point in the face of billions of hungry people.
This extremely hard-hitting book (`for Kamikaze Capitalists, terrorism is just another opportunity to leverage’) is a must read for all those wanting to save the planet and mankind.

The protesters in Seattle are not against globalization. They have been affected by the globalization virus, as have trade legislators who attend official meetings. Moreover, if this movement is “anti” something, it is anti-multinational, and opposes the argument that what is good for business-less regulation, more mobility, more access-becomes good for everyone else. .
The confrontation is not taking place between globalizers and protectionists, but between two radically different visions of globalization. One has held a monopoly for the last ten years. The other has just appeared in society.
The activism that drew the attention of everyone in Seattle is flourishing beyond its own limits, having ceased to be a movement contrary to the power of multinationals to become a struggle for the liberation of democracy itself.

Communism and capitalism have taught that the two systems have one thing in common: both concentrate power in the hands of a few and both treat people as if they were subhuman. Wherever communism saw them as potential producers, capitalism sees them as potential consumers; where communism deprived them of their precious capital, capitalism has supercharged them, turning Prague into a theme park of the Velvet Revolution.
The experience of growing up with the disillusionment of both systems explains why many of the activists behind this week’s events considered themselves anarchists, and why they felt an intuitive connection with the peasants, or the poor of the cities in the countries. in the process of development, fighting against immense institutions and faceless bureaucracies like the IMF and the World Bank.
Does globalization really favor democracy? It depends on the kind of globalization we believe. The current system is limited to placing decision-making in opaque and non-representative institutions, but there are other possible options. Here, and in the rest of the world, democracy is an option that demands constant vigilance and renewal.

The free market advocates want us to create the simple trade = democracy formula.
Globalization should consist of global openness and integration, but our societies are becoming increasingly closed, more cautious, more in need of greater security and military power to maintain an unjust status quo.
Globalization should also consist of a new system of equality among nations. We were going to meet and agree to live under the same rules, or at least that was what was said. But it is more evident than ever that the big players continue to create and enforce the rules, and often impose them on everyone except themselves, whether it be agricultural subsidies and steel or import tariffs.
These inequalities and asymmetries, always latent beneath the surface, are now inevitable.

Actual security can not be cordoned off. It is intertwined with our most basic social fabric, from the post office to the emergency room, from the subway to water reserves, from schools to food inspection. The infrastructure – that boring thing that holds us together – is not irrelevant in the serious matter of facing terrorism. It is the basis of our future security.
The issues that prompted the May Day demonstrations are no longer marginal. Concerns about food, genetic engineering, climate change, income inequality, failed privatization programs: all these issues appear in the front pages of the press. But something is really wrong when the manifestations seem uprooted, away from the urgent daily problems. It means that the spectacle of representing a movement is being confused with the less attractive job of creating one.

The world now has a new kind of hero, who listens rather than speaks, who preaches with enigmas instead of with certainties, a leader who does not show his face, who says that his mask is really a mirror.
For years, the members of this movement of movements have fed on the symbols of our opponents: their brands, their office skyscrapers, their summits to appear in the photo. We have used them as slogans in demonstrations, as areas of interest, as tools of popular education. But these symbols have never been real objectives: they have been the levers, the handles. The symbols have been only windows. It’s time to go through them.

Many other books by Naomi Klein commented:

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Decir No No Basta — Naomi Klein / No Is Not Enough: Resisting Trump’s Shock Politics and Winning the World We Need by Naomi Klein

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La primera parte del libro trata del “No” en el título, no de la avaricia, las mentiras y los nefastos planes de Trump para destruir las instituciones de nuestra democracia. Aunque ya hemos aprendido mucho a través de la prensa, es beneficioso repetir el peligro que representa Trump para que no nos deslicemos y deslicemos, sin darse cuenta, a la normalización de su régimen.
El núcleo del libro se refiere a la pregunta que nos pesa: cómo resistir a Trump e impedir que se convierta en dictador, y cómo desafiar “la ideología capitalista” de los miembros de su gabinete, que entiende que cualquier acción que mejore la situación mundial el calentamiento pone en peligro su “necesidad desesperada” de empapar el globo con petróleo. Esta es de hecho una pregunta preocupante, que por ahora, al menos, no tiene respuesta.
La tarea más importante para los estadounidenses, según Klein, es tomar conciencia de los métodos maliciosos de Trump para tratar de controlarnos. Las dos palabras importantes aquí son “caos” y “choques”. Klein está exactamente en el blanco cuando dice que “[s] una vez que asumió el cargo [de Trump] nunca permitió que la atmósfera de caos y crisis se detuviera. Los atropellos llegan tan rápido y furiosos que muchos de ellos están luchando por encontrar su lugar …” . Este tipo de ataque, dice Klein, “se ha sentido un poco como estar parado frente a una de esas máquinas de pelota de tenis”. ¡Qué metáfora tan apropiada! El propósito de los shocks es desorientarnos tanto que no podamos responder con eficacia.
La resistencia debería y ha seguido los tratamientos de choque de Trump. Klein elogia la marcha de las mujeres, la marcha de los científicos, indivisible.org y la judicatura, que valientemente se opusieron a la prohibición de viajar de Trump. Sin embargo, advierte Klein, si hay un ataque terrorista, es probable que el Presidente anule las decisiones judiciales, rodee a sus enemigos y declare el estado de emergencia. Klein pregunta si los tribunales reunirán el coraje para hacer frente a la “histeria pública”. En mi opinión, este es un escenario imaginario. Puede que se demuestre que estoy equivocado, pero sigo creyendo que los tribunales son valientes y confiables y que Trump no puede prevalecer tan fácilmente sobre la Constitución.
En la más oscura predicción de Klein, ve a Erik Prince, el fundador de Blackwater, quien, según los informes, había estado en contacto con uno de los compinches de Putin, como el nuevo punto de Trump en caso de que Trump tenga en mente crear una milicia privada para fines de vigilancia. e interrogación. Esta es una KGB, o una pesadilla de Stasi. De nuevo, creo que esta es una fantasía que encaja quizás con algunas de las dictaduras latinoamericanas que Klein visitó y escribió sobre Estados Unidos. Pero, por supuesto, puedo estar equivocado.
Lo que nos puede salvar, según Klein, es el Manifiesto Leap creado por su grupo en Canadá, una plataforma sin partido y sin país, que apunta a abordar “las crisis del cambio climático, la desigualdad y el racismo en conjunto”. No veo el poder redentor de este Manifiesto. Por supuesto, consiste en nobles ideas de imparcialidad, justicia, decencia y compasión, pero muchos en todo Estados Unidos, en todo el mundo y a lo largo de los siglos han expresado estas ideas con claridad y elocuencia. Siempre es bueno y correcto recordarnos estas ideas, pero ¿cómo van a ayudarnos cuando Trump desate su tiranía negra?
Lo que es sorprendente y decepcionante es que Klein no incluye a la prensa entre los resistentes. Periodistas del NYT, el Washington Post, el Atlántico, MSNBC, CNN y otras organizaciones están haciendo un trabajo notable y minucioso como perros guardianes durante la presidencia de Trump. Están investigando todos sus movimientos y estados de ánimo, revelando sus planes secretos, exponiendo sus mentiras y volcando algunos de sus planes. ¿Por qué Klein no les da crédito?
Para luchar contra Trump, necesitamos todo lo que Klein menciona: protestas, plataformas, el poder judicial. Pero también necesitamos la prensa y los líderes valientes.
Fue Mandela el único que se enfrentó al gobierno del Apartheid. Fue Gobachov (con la ayuda de Reagan) quien derribó el Muro de Berlín y así puso fin a la dictadura comunista en Alemania Oriental. Y fue Churchill quien, con elocuencia y coraje, se enfrentó a Hitler cuando muchos en el gabinete británico apoyaron el apaciguamiento.
Aquí hay un dilema para todos nosotros.

El libro parte de que vivimos en un estado de shock cuando en noviembre de 2016 llegó Trump.
Trump y sus principales asesores confían en lograr el tipo de reacción descrito por Bortnowska; que intentan imponer una doctrina del shock a escala nacional. Su objetivo es una guerra sin cuartel a la esfera de lo público y al interés común, ya sea en cuestión de normativa anticontaminación o de programas contra el hambre. En su lugar tendremos poder sin restricciones y total libertad de acción para las grandes empresas. Es un programa tan provocativamente injusto y tan manifiestamente corrupto que solo puede sacarse adelante apoyándose en una política de «divide y vencerás» en lo racial y en lo sexual, combinada con un espectáculo constante de distracción mediática. Y, por supuesto, lo están respaldando con un aumento drástico del gasto de guerra y una escalada dramática de los conflictos bélicos en múltiples frentes, de Siria a Corea del Norte, acompañados de disquisiciones presidenciales como que «la tortura funciona».
Los pilares fundamentales del proyecto político y económico de Trump son: la deconstrucción del Estado regulador; una ofensiva total contra el Estado del bienestar y los servicios sociales (justificada en parte con un discurso belicoso que instiga el miedo racial y ataca a las mujeres por ejercer sus derechos); el desencadenamiento de una fiebre por los combustibles fósiles nacionales (que pasa por ignorar los estudios científicos sobre el clima y neutralizar gran parte de la burocracia gubernamental); y una guerra de civilizaciones contra los inmigrantes y el «terrorismo islamista radical» (en un número creciente de escenarios, nacionales y extranjeros).
Además de suponer una amenaza evidente para quienes ya son los más vulnerables, este proyecto entraña una visión que generará con toda seguridad una ola tras otra de crisis y shocks. Shocks económicos, a medida que estallen las burbujas del mercado, infladas gracias a la desregulación; shocks de seguridad, cuando nos alcancen las represalias por las políticas antiislamistas y las agresiones en el exterior…
Es simplemente un producto de las élites.

Es absolutamente cierto que el sistema está corrupto. Es una ciénaga. Y la gente lo sabe. Sabe que la reescritura de las reglas en favor de un reducido grupo de intereses corporativos y del 1 % ha sido un proceso bipartidista; que fue Bill Clinton quien desreguló la banca, preparando el escenario para el colapso financiero de 2008, y que fue Obama quien decidió no procesar a los banqueros, y que, con casi total seguridad, la candidata demócrata que compitió con Trump no habría actuado de otra forma.
The Apprentice lanzaba a millones de espectadores el reclamo publicitario central de la teoría del libre mercado, diciéndoles que dar rienda suelta a su lado más egoísta e implacable, de hecho, haría de ellos héroes, de los que crean puestos de trabajo y alimentan el crecimiento. No seas buena persona, sé un cabronazo. Así es como ayudarás a la economía y, lo que es más importante, a ti mismo.
En temporadas posteriores, la crueldad subyacente en el programa adquiría tintes aún más sádicos. El equipo ganador vivía en una lujosa mansión, bebiendo champán en tumbonas hinchables en una piscina, llevados en limusinas a conocer a famosos. Al equipo perdedor lo deportaban a tiendas de campaña en el patio trasero, apodado «el camping Trump».
Dirige el mundo como un espectáculo, derrotar a la rampante derecha pseudopopulista no es una pura cuestión de estrategia electoral, que no basta con encontrar a los candidatos adecuados. Exige estar dispuesto a entablar una batalla de ideas —durante las elecciones y, lo que es más importante, entre elecciones— que desmonte la visión del mundo, corrosiva y profundamente bipartidista, basada en la adoración de la riqueza, que fue lo que causó en primer término la indignación del electorado.
A menos que los progresistas aprendan a apelar a la rabia justificada ante los grotescos niveles de desigualdad que se dan ahora mismo, la derecha va a seguir ganando. No va a venir ningún superhéroe iluminado a salvarnos de los malos instalados en el poder. Ni Oprah, ni Zuckerberg ni Elon Musk.
Vamos a tener que salvarnos nosotros mismos, uniéndonos como nunca lo hemos hecho. Sanders fue una opción pero se diluyó…

Los impulsores acérrimos del libre mercado o «libertarios» (como los multimillonarios hermanos Koch se describen a sí mismos) gravitan hacia los momentos de cataclismo porque la realidad no apocalíptica es un terreno inhóspito para sus ambiciones antidemocráticas.
Ser rápidos es de suma importancia, ya que los periodos de shock son temporales por naturaleza. Igual que Bremer, los líderes ebrios de shock y los que los financian procuran seguir el consejo que Maquiavelo da en El príncipe: «Las injurias deben perpetrarse todas al a vez, a fin de que sintiéndolas menos, ofendan menos». La lógica es bastante sencilla: las personas reaccionan ante los cambios secuenciales o graduales; en cambio, si se les acribilla con decenas de cambios provenientes de todos los flancos a la vez, lo esperable es que la población no tarde en sentirse agotada y sobrepasada y termine tomándose la amarga medicina (recordemos que Poland, en su descripción de la terapia del shock, dice que transcurre en «años de perro»).
Los planes que se están construyendo para vencer al trumpismo, sea cual sea su origen, van mucho más allá de encontrar a un salvador progresista que se presente a presidente para luego ofrecerle un apoyo ciego. Al contrario: las comunidades y los movimientos se están uniendo para configurar las políticas centrales que los políticos que buscan nuestro apoyo deben adoptar.
Los programas populares se están convirtiendo en los líderes que los políticos van a tener que seguir.

El estado de shock se produce cuando se interrumpe una historia, cuando no tenemos ni idea de lo que ocurre. Pero en estas páginas hemos visto muchos casos que demuestran que Trump no supone una ruptura en absoluto, sino más bien la culminación —la conclusión lógica— de un montón de cuentos peligrosos que nuestra cultura lleva mucho tiempo contándonos. Que la codicia es buena. Que el mercado manda. Que en la vida lo que importa es el dinero. Que los hombres blancos son mejores que el resto. Que la naturaleza está ahí para que la saqueemos.
Durante décadas, las élites han utilizado el poder del shock para imponer pesadillas. Donald Trump cree que podrá hacerlo una y otra vez y que mañana habremos olvidado lo que dijo ayer (y que él negará haber dicho); que nos abrumará con sus acciones, y que finalmente nos dispersaremos, nos rendiremos y dejaremos que se quede con todo lo que quiera.
Pero, como hemos visto, las crisis no siempre llevan a las sociedades a dar un paso atrás y rendirse. También tenemos una segunda opción, la de unirnos para hacer frente a una amenaza común y grave, y dar un salto evolutivo.

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The first part of the book deals with the “No” in the title–no to Trump’s greed, lies, and his nefarious plans to destroy our democracy’s institutions. Although we have already learned a lot of it through the press, it is beneficial to repeat the danger that Trump poses so that we do not slip and slide–unawares–to normalizing his regime.
The core of the book concerns the question that hangs over all of us–how to resist Trump and prevent him from becoming a dictator, and how to challenge “the capitalist ideology” of his cabinet members, who understands that any action that ameliorates global warming endangers their “desperate need” to soak the globe with oil. This is indeed a troubling question, which is for now, at least, unanswerable.
The most important task for Americans, according to Klein, is to become aware of Trump’s malicious methods of attempting to control us. The two important words here are “chaos” and “shocks.” Klein is exactly on target when she says that “[s]ince taking office [Trump’s] never allowed the atmosphere of chaos and crisis to let up. The outrages come so fast and furious that many of are understandably struggling to find their footing…”. This kind of attack, Klein says, “has felt a little like standing in front of one of those tennis ball machines”. What an apt metaphor! The purpose of the shocks is to so disorient us that we won’t be able to respond effectively.
Resistance should and has followed Trump’s shock treatments. Klein praises the women’s march, the scientists march, indivisible.org, and the judiciary, who bravely opposed Trump’s travel ban. However, Klein warns, if there is a terrorist attack, the President is likely to override court decisions, round up his enemies, and declare a state of emergency. Klein questions whether the courts would muster the courage to stand up to “public hysteria”. To my mind, this is an imaginary scenario. I may be proven wrong, but I still believe that the courts are brave and trustworthy and that Trump cannot trump the Constitution so easily.
In Klein’s darkest prediction she sees Erik Prince, the founder of Blackwater, who, reportedly, had been in touch with one of Putin’s cronies, as Trump’s new point person in case Trump has it in mind to create a private militia for the purpose of surveillance and interrogation. This is a KGB, or a Stasi nightmare. Again, I think this is a fantasy that fits perhaps some of the Latin America dictatorships Klein visited and wrote about rather than America. But, of course, I may be wrong.
What can save us, according to Klein, is the Leap Manifesto her group created in Canada, a platform without a party and without a country, that aims to address the “crises of climate change, inequality, and racism together”. I fail to see redeeming power of this Manifesto. Of course, it consists of noble ideas of fairness, justice, decency, and compassion, but many across America, across the globe, and across the centuries have expressed these ideas with clarity and eloquence. It is always good and right to remind us of these ideas, but how are they going to help us when Trump unleashes his black tyranny?
What is surprising and disappointing is that Klein does not include the press among the resisters. Journalists from the NYT, the Washington Post, the Atlantic, MSNBC, CNN, and other organizations are now doing a remarkable, painstaking work as watch dogs over Trump’s presidency. They are investigating his every move and mood, revealing his secret plans, exposing his lies, and upending some of his schemes. Why doesn’t Klein give them credit?
To fight Trump we need everything Klein mentions–protests, platforms, the judiciary. But we also need the press and brave leaders.
It was Mandela who alone stood up to the government of Apartheid. It was Gobachov (with Reagan’s help) who brought down the Berlin Wall and thus put an end to the communist dictatorship in East Germany. And it was Churchill who, with eloquence and courage, faced up to Hitler when many in the British cabinet supported appeasement.
Here’s a quandary for all of us.

The book starts from the fact that we live in a state of shock when Trump arrived in November of 2016.
Trump and his top advisers are confident of achieving the kind of reaction described by Bortnowska; who try to impose a doctrine of shock on a national scale. Its objective is an all-out war in the public sphere and in the common interest, whether in terms of antipollution regulations or anti-hunger programs. Instead we will have unrestricted power and total freedom of action for large companies. It is a program so provocatively unfair and so manifestly corrupt that it can only be carried forward by relying on a policy of “divide and conquer” racially and sexually, combined with a constant spectacle of media distraction. And, of course, they are backing it with a drastic increase in war spending and a dramatic escalation of wars on multiple fronts, from Syria to North Korea, accompanied by presidential disquisitions like “torture works.”
The fundamental pillars of Trump’s political and economic project are: the deconstruction of the regulatory state; a total offensive against the welfare state and social services (justified in part by a bellicose speech that instigates racial fear and attacks women for exercising their rights); the unleashing of a fever by national fossil fuels (which passes by ignoring scientific studies on climate and neutralizing much of the government bureaucracy); and a war of civilizations against immigrants and “radical Islamist terrorism” (in a growing number of national and foreign scenarios).
In addition to posing an obvious threat to those who are already the most vulnerable, this project entails a vision that will surely generate wave after wave of crises and shocks. Economic shocks, as market bubbles burst, inflated by deregulation; security shocks, when we reach reprisals for anti-Islamist policies and aggressions abroad …
It is simply a product of the elites.

It is absolutely true that the system is corrupt. It is a swamp. And people know it. He knows that the rewriting of the rules in favor of a small group of corporate interests and 1% has been a bipartisan process; that it was Bill Clinton who deregulated the bank, setting the stage for the financial collapse of 2008, and that it was Obama who decided not to prosecute the bankers, and that, almost certainly, the Democratic candidate who competed with Trump would not have acted Another way.
The Apprentice launched to millions of viewers the central advertising claim of the free market theory, telling them that giving free rein to their most selfish and implacable side, in fact, would make them heroes, those who create jobs and fuel growth . Do not be a good person, be a bastard. This is how you will help the economy and, most importantly, yourself.
In later seasons, the cruelty underlying the program acquired even more sadistic overtones. The winning team lived in a luxurious mansion, drinking champagne on inflatable loungers in a pool, brought in limousines to meet celebrities. The losing team was deported to tents in the backyard, nicknamed “the Trump campsite.”
Direct the world as a spectacle, defeat the rampant right-wing pseudo-populist is not a pure question of electoral strategy, it is not enough to find the right candidates. It demands to be willing to engage in a battle of ideas-during the elections and, more importantly, between elections-that dismantles the corrosive and deeply bipartisan view of the world, based on the worship of wealth, which was what caused first term the indignation of the electorate.
Unless progressives learn to appeal to justified anger at the grotesque levels of inequality that occur right now, the right will continue to win. No enlightened superhero will come to save us from the bad guys in power. Neither Oprah, nor Zuckerberg nor Elon Musk.
We are going to have to save ourselves, uniting as we have never done before. Sanders was an option but it was diluted …

The staunch promoters of the free market or “libertarians” (as the billionaire Koch brothers describe themselves) gravitate toward moments of cataclysm because the non-apocalyptic reality is a terrain inhospitable to their antidemocratic ambitions.
Being quick is of the utmost importance, since periods of shock are temporary in nature. Like Bremer, the leaders who are drunk with shock and those who finance them try to follow the advice that Machiavelli gives in The Prince: “The insults must be perpetrated all at once, so that feeling them less, they will offend less.” The logic is quite simple: people react to sequential or gradual changes; On the other hand, if they are riddled with dozens of changes coming from all sides at once, it is expected that the population will soon be exhausted and overworked and end up taking the bitter medicine (remember that Poland, in its description of the therapy of shock, says it takes place in “dog years”).
The plans that are being built to defeat trumpism, whatever their origin, go far beyond finding a progressive savior who presents himself to the president and then offers him blind support. On the contrary: communities and movements are coming together to shape the central policies that politicians seeking our support must adopt.
Popular programs are becoming the leaders that politicians are going to have to follow.

The state of shock occurs when a story is interrupted, when we have no idea what happens. But in these pages we have seen many cases that show that Trump does not suppose a rupture at all, but rather the culmination – the logical conclusion – of a pile of dangerous stories that our culture has been telling us for a long time. That greed is good. That the market sends. That in life what matters is money. That white men are better than the rest. That nature is there for us to loot it.
For decades, elites have used the power of shock to impose nightmares. Donald Trump believes that he will be able to do it again and again and that tomorrow we will have forgotten what he said yesterday (and that he will deny having said); that will overwhelm us with your actions, and that we will finally disperse, surrender and let you stay with everything you want.
But, as we have seen, crises do not always lead societies to step back and surrender. We also have a second option, to unite to face a common and serious threat, and take an evolutionary leap.

Esto Lo Cambia Todo — Naomi Klein / This Changes Everything: Capitalism vs. the Climate by Naomi Klein

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Con el subtítulo del capitalismo contra el clima y ahora que está de moda París con su cumbre del cambio climático , me parece un magnífico, donde el negocio llama al negocio. Ahora la versión oficial sería: La mayoría de las proyecciones sobre el cambio climático presuponen que los cambios futuros —las emisiones de gases de efecto invernadero, los incrementos de las temperaturas y otros efectos como el aumento del nivel del mar— se producirán de forma gradual. Una determinada cantidad de emisiones se traducirá en una cantidad dada de subida de la temperatura que conducirá a su vez a una cierta cantidad de suave aumento gradual del nivel del mar. Sin embargo, el registro geológico referido al clima muestra momentos en los que una modificación relativamente pequeña de un elemento climático provocó alteraciones bruscas en el sistema en su conjunto. Dicho de otro modo, impulsar las temperaturas mundiales hasta más allá de determinados umbrales podría desencadenar cambios abruptos, impredecibles y potencialmente irreversibles que tendrían consecuencias enormemente perturbadoras y a gran escala. Llegados a ese punto, incluso aunque no vertiéramos CO2 adicional alguno a la atmósfera, se pondrían en marcha procesos imparables.

La economía mundial está elevando su ya de por sí arriesgada apuesta y está pasando de las fuentes convencionales de combustibles fósiles a versiones aún más sucias y peligrosas de las mismas: betún de las arenas bituminosas de Alberta, petróleo extraído mediante la perforación de aguas oceánicas profundas, gas obtenido por fracturación hidráulica (o fracking), carbón arrancado a base de detonar montañas, etcétera.
Mientras tanto, cada nuevo desastre natural «sobrealimentado» por toda esta dinámica genera toda una serie de instantáneas que recalcan la ironía de un clima que es cada vez más inhóspito incluso para las mismas industrias que más responsables han sido de su calentamiento. Así se vio, por ejemplo, durante las históricas inundaciones de 2013 en Calgary.
Convivir con esta especie de disonancia cognitiva es simplemente una parte más del hecho de que nos haya tocado vivir este discordante momento de la historia, en el que una crisis que tanto nos hemos esforzado por ignorar nos está golpeando en plena cara y, aun así, optamos por doblar nuestra apuesta precisamente por aquellas cosas que son la causa misma de la crisis.
Hay formas de evitar este desalentador futuro o, cuando menos, de hacerlo mucho menos aciago. El problema es que todas ellas implican también cambiarlo todo. Para nosotros, grandes consumidores, implican cambiar cómo vivimos y cómo funcionan nuestras economías, e incluso cambiar las historias que contamos para justificar nuestro lugar en la Tierra. La buena noticia es que muchos de esos cambios no tienen nada de catastróficos. Todo lo contrario: buena parte de ellos son simplemente emocionantes.

El volumen del mercado de derivados climáticos se disparó multiplicándose por cinco: de un valor total de 9.700 millones a 45.200 millones de dólares). Las compañías de reaseguros internacionales están recaudando miles de millones de dólares en beneficios, procedentes en parte de la venta de nuevos tipos de planes de protección a países en vías de desarrollo que apenas han contribuido a crear la crisis climática actual, pero cuyas infraestructuras son sumamente vulnerables a los efectos de la misma.8
Y, en un arrebato de sinceridad, el gigante de la industria armamentística Raytheon explicó que «es probable que crezcan las oportunidades de negocio de resultas de la modificación del comportamiento y las necesidades de los consumidores en respuesta al cambio climático». Entre tales oportunidades se incluye no solo una mayor demanda de los servicios privatizados de respuesta a los desastres que ofrece la compañía, sino también «la demanda de sus productos y servicios militares ante la posibilidad de que aumente la preocupación por la seguridad a consecuencia de las sequías, las inundaciones y los temporales debidos al cambio climático».

Mucho más aterrador es el hecho de que un nutrido grupo de analistas situados dentro de la línea científica dominante hoy en día opinen que la trayectoria de emisiones que estamos siguiendo actualmente nos dirige hacia un ascenso de la temperatura media mundial superior a esos 4 °C. En 2011, la (por lo general) sobria Agencia Internacional de la Energía (AIE) publicó un informe con una serie de proyecciones que venían a indicar que nos encaminamos en realidad hacia un calentamiento global de unos 6 °C (10,8 °F). Y según las palabras del propio economista en jefe de la AIE, «cualquier persona, incluso un alumno de primaria, sabe que esto tendrá implicaciones catastróficas para todos nosotros».

Los tres pilares de las políticas de esta nueva era son bien conocidos por todos nosotros: la privatización del sector público, la desregulación del sector privado y la reducción de la presión fiscal a las empresas, sufragada con recortes en el gasto estatal. Mucho se ha escrito sobre los costes reales de tales políticas: la inestabilidad de los mercados financieros, los excesos de los superricos y la desesperación de los pobres, cada vez más prescindibles para el sistema, así como el deterioro de las infraestructuras y los servicios públicos. Muy poco se ha dicho, sin embargo, de cómo el fundamentalismo del mercado ha saboteado sistemáticamente desde el primer momento nuestra respuesta colectiva al cambio climático, una amenaza que empezó a llamar a nuestra puerta justo cuando esa otra ideología alcanzaba su cenit.
Y lo ha saboteado, fundamentalmente, porque el dominio sobre la vida pública en general que la lógica del mercado conquistó en ese periodo hizo que las respuestas más directas y obvias para abordar el problema del clima parecieran heréticas desde el punto de vista político imperante.

Afirmar que el cambio climático es una conspiración dirigida a robarle la libertad a Estados Unidos es un ejercicio de tibieza y mesura comparado con el nivel general con el que se emplean el Instituto Heartland y sus colaboradores. En el transcurso de este congreso de dos días de duración, oigo comparar el ecologismo moderno con prácticamente todos los episodios de crímenes en masa recogidos a lo largo de la historia humana: desde la Inquisición católica hasta la Alemania nazi, pasando por la Rusia estalinista. Me entero también de que la promesa de campaña que hiciera Barack Obama para apoyar a las refinerías de biocombustibles de propietarios locales viene a ser algo muy parecido al plan autárquico con el que el Camarada Mao pretendía instalar «una caldera de hierro en el patio de todas las casas» (según Patrick Michaels, del Instituto Cato); de que el cambio climático es «un pretexto para instaurar el nacionalsocialismo» (según el exsenador republicano y exastronauta Harrison Schmitt, refiriéndose a los nazis); y de que los ecologistas son como los sacerdotes aztecas, dispuestos sacrificar a innumerables personas para aplacar a los dioses y cambiar el tiempo (según palabras de Marc Morano, de nuevo).

El geólogo australiano Bob Carter se pregunta incluso si se está produciendo realmente un calentamiento, mientras que el astrofísico Willie Soon admite que sí se ha producido cierto incremento térmico, pero asegura que no tiene nada que ver con las emisiones de gases de efecto invernadero, sino que obedece en realidad a fluctuaciones naturales en la actividad del sol. Patrick Michaels (del Instituto Cato) les lleva la contraria al reconocer que es el CO2 el que de hecho está impulsando las temperaturas al alza, pero insiste en que las repercusiones de ese aumento son tan nimias que no deberíamos «hacer nada» al respecto. El desacuerdo es el alma de todo encuentro intelectual, pero en la conferencia del Heartland, un material tan descaradamente contradictorio como ese no suscita debate alguno entre los negacionistas: ni uno solo de ellos intenta defender su posición frente a la de los otros participantes, ni se esfuerza por dirimir quién está verdaderamente en lo cierto. De hecho, mientras los ponentes presentan sus gráficos sobre las temperaturas, da la impresión de que varios miembros del público (en el que predominan los asistentes de edad avanzada) se están quedando dormidos.

Uno de los hallazgos más interesantes de los múltiples estudios recientes de las percepciones sobre el clima es la conexión clara que existe entre la negativa a aceptar la base científica del cambio climático, por un lado, y el disfrute de privilegios sociales y económicos, por el otro. Los negadores del cambio climático no son solo conservadores, sino que, en su inmensa mayoría, son también blancos y varones, y ese es un grupo social con ingresos superiores a la media. Y sus miembros tienen también mayores probabilidades que otros adultos de sentirse muy seguros y convencidos de sus puntos de vista, por muy demostrablemente falsos que sean. En un muy comentado trabajo académico sobre este tema (que lleva el memorable título de «Cool Dudes», traducible como «Tipos impasibles», pero también como «Tipos estupendos»), los sociólogos Aaron McCright y Riley Dunlap descubrieron que, dentro del grupo de los varones blancos conservadores, los que decían estar muy seguros de su opinión sobre el calentamiento global tenían seis veces más probabilidades de creer que el cambio climático «nunca se producirá» que el resto de las personas adultas encuestadas.

Los negacionistas han ganado… el primer asalto, al menos. No me refiero a la batalla sobre la ciencia del clima; de hecho, su influencia en ese ámbito está ya muy de capa caída. Pero los negadores —y el movimiento político del que surgieron— han ganado la batalla sobre los valores que deben regir nuestras sociedades. Su ideal —que la codicia debe guiar nuestros pasos, o que, por citar al ya desaparecido economista Milton Friedman, «el gran error» fue «creer que es posible hacer el bien con el dinero de otras personas»— ha rehecho sustancialmente nuestro mundo durante las pasadas cuatro décadas y ha diezmado prácticamente todo poder que pudiera servirle de contrapeso. La ideología extrema del libre mercado se ha blindado en nuestras sociedades gracias a las duras condiciones políticas que acompañaron a los préstamos que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) concedieron en su momento y que tanto necesitaban los países receptores. Esa ideología dio forma al modelo de desarrollo orientado a la exportación que dejó repartidas por el mundo en vías de desarrollo múltiples zonas de libre comercio, y se incorporó también a incontables acuerdos comerciales.

Cuando los Gobiernos nacionales comenzaron a reunirse para debatir respuestas al cambio climático, fueron importantes y contundentes las voces que se alzaron desde los países en vías de desarrollo subrayando que lo fundamental del problema radicaba en el estilo de vida altamente consumista que predominaba en Occidente. En un discurso de 1989, por ejemplo, el entonces presidente de la India, R. Venkataraman, argumentó que la crisis medioambiental global era consecuencia del «consumo excesivo de toda clase de materiales» por parte de los países desarrollados y de la «industrialización a gran escala [de dichos países] destinada a sostener sus propios estilos de vida».Si los países ricos consumiesen menos, todo el mundo estaría más seguro.

Con la implantación del sistema del libre comercio internacional y de la producción deslocalizada como norma, las emisiones no solo trasladaron su foco de unos países a otros, sino que se multiplicaron. Como ya he mencionado, con anterioridad al auge de la era neoliberal, el crecimiento de las emisiones globales se había ido ralentizando y había pasado de unas tasas de incremento del 4,5% anual en la década de 1960 a aproximadamente un 1% por año en los noventa. Pero la entrada en el nuevo milenio marcó un acusado cambio de tendencia: entre 2000 y 2008, la tasa de crecimiento alcanzó el 3,4% anual, disparándose por encima de las proyecciones más pesimistas del IPCC en aquel entonces.
Para combatir el cambio climático, tenemos la necesidad real de iniciar una «relocalización» de nuestras economías, y de reflexionar sobre qué estamos comprando y cómo lo estamos haciendo, y sobre cómo se produce lo que compramos. Pero la regla más básica del actual derecho mercantil internacional es que no se puede favorecer lo local o nacional sobre lo global o foráneo. Y ¿cómo podemos siquiera abordar la idea de la necesidad de incentivar las economías locales vinculando las políticas de creación de empleos verdes locales con las de fomento de las energías limpias cuando eso está simplemente prohibido por la política comercial? […] Si no tenemos en cuenta cómo está estructurada hoy la economía, nunca llegaremos realmente a la verdadera raíz del problema.

Como todos sabemos, la evolución del gasto público está siguiendo justamente el sentido contrario en casi todos los países del mundo menos en un puñado de las llamadas economías emergentes caracterizadas por un elevado ritmo de crecimiento. En América del Norte y Europa, la crisis económica que comenzó en 2008 sigue utilizándose como pretexto para rebajar la ayuda exterior y practicar recortes en los programas y las políticas relacionadas con el clima en el propio país. Por toda la Europa del sur se ha dado marcha atrás en políticas y regulaciones medioambientales diversas; el caso más trágico de todos ha sido el de España, que, ferozmente presionada para llevar a cabo la aplicación de políticas de austeridad, ha recortado drásticamente las subvenciones a los proyectos de renovables, lo que ha impulsado una vorágine de suspensiones de pagos y cierres de proyectos de producción de energía solar y de parques eólicos. También en el Reino Unido, durante el Gobierno de David Cameron, se han reducido las ayudas a las energías renovables.
Entonces, si damos por sentado que muchos Estados están sin blanca y que no es probable que recurran a la «flexibilización cuantitativa» (es decir, a la impresión de dinero).
Y aunque la demanda de renovables aumenta, el porcentaje de lo que las compañías de combustibles fósiles gasta en aquellas no deja de disminuir: en 2011, la mayoría de las «grandes» dedicó a las energías alternativas menos del 1 % de sus gastos totales. Solo Chevron y Shell gastaron en ellas un (por otra parte discretísimo) 2,5%. En 2014, Chevron redujo más aún su esfuerzo de gasto en ese sector. Según Bloomberg Businessweek, el personal de una división de renovables de esa compañía que casi había duplicado los beneficios que se le habían fijado como objetivo fue informado de que «la financiación de su iniciativa iba a agotarse», por lo que se le instaba «a buscar empleo en otra parte». Chevron también decidió vender negocios que habían desarrollado proyectos verdes para Gobiernos de diferentes niveles y para administraciones de distritos escolares. Antonia Juhasz, observadora de la industria petrolera, ha señalado en ese sentido que «uno no lo diría viendo su publicidad, pero lo cierto es que las grandes empresas petroleras del mundo o bien han desinvertido todo lo que tenían en energías alternativas, o bien han reducido significativamente esas inversiones para duplicarlas en la búsqueda y explotación de fuentes cada vez más peligrosas y destructivas de petróleo y gas natural».

Existe, además, una correlación simple y directa entre riqueza y emisiones: tener más dinero significa por lo general volar, conducir o incluso salir a navegar más a menudo, y requerir de suministro de electricidad y energía para más de un domicilio particular. Un estudio sobre los consumidores alemanes indica que los hábitos de viaje de la clase más acomodada tienen un impacto sobre el clima un 250% mayor que los de sus conciudadanos de ingresos más bajos.
Eso significa que todo intento de gravar la extraordinaria concentración de riqueza que se produce en la cima de la pirámide económica de nuestras sociedades (como tan convincentemente ha documentado Thomas Piketty.

La lección que cabe extraer de todo esto no es que la gente no quiera aceptar sacrificios ante la crisis climática, sino que se ha hartado de esta cultura del sacrificio asimétrico que pide a los individuos que paguen precios más elevados por opciones supuestamente verdes, mientras que las grandes empresas eluden tales regulaciones y, no solo se niegan a modificar su conducta, sino que continúan yendo a la carga con más actividades contaminantes. A la vista de este panorama, es perfectamente lógico que muchas personas pierdan buena parte de aquel entusiasmo que caracterizó los primeros tiempos del movimiento climático y que manifiesten que no harán más sacrificios hasta que las soluciones políticas que se pongan sobre la mesa sean percibidas como justas. Esto no significa que a la clase media vaya a salirle de balde todo esto. Para financiar los programas sociales imprescindibles para una transición que, además, sea justa, habrá que subir los impuestos de toda la población, salvo la más pobre. Pero si los fondos así recaudados se destinan a programas y servicios que reduzcan la desigualdad y consigan que las vidas de todos sean menos inseguras y precarias, las actitudes ciudadanas hacia los impuestos muy posiblemente variarán.

Si alguna lección cabe extraer de tan tremenda oportunidad perdida, es la siguiente: si queremos una acción climática de la escala y el ritmo requeridos por las circunstancias externas, la izquierda va a tener que aprender rápidamente de la derecha. Los conservadores han conseguido que la acción climática se estanque e, incluso, retroceda en medio de la crisis económica porque han reducido la cuestión del clima a una cuestión de economía; es decir, han antepuesto la necesidad urgente de proteger el crecimiento y el empleo en tiempos difíciles (¿¡cuándo no lo son!?) a todo lo demás. Los progresistas lo tendrían muy fácil para hacer lo mismo. Bastaría con que mostrasen que las soluciones reales a la crisis del clima son también nuestra mayor esperanza para construir un sistema económico más estable y equitativo, que refuerce y transforme el ámbito público, que genere abundante empleo digno y que ponga freno a la codicia de la gran empresa privada.
Las políticas que se limiten simplemente a intentar aprovechar el poder del mercado —gravando ligeramente o poniendo topes livianos al carbono, pero nada más… por no molestar— no serán suficientes. Si queremos estar a la altura de un desafío que nos obliga a modificar los cimientos mismos de nuestra economía, necesitaremos echar mano de todas las herramientas políticas que se guardan en los talleres de la democracia.

El terreno de la energía renovable es igualmente prometedor, sobre todo, porque genera más empleos por unidad de energía producida que los combustibles fósiles. En 2012, la Organización Internacional del Trabajo calculaba que unos 5 millones de puestos de trabajo se habían creado ya en el sector en todo el mundo, y eso solamente con los dispersos e inadecuados niveles actuales de compromiso de los Estados con la reducción de emisiones.10 Si se adecuara la política industrial a las recomendaciones derivadas de las proyecciones actuales de la ciencia del clima, el suministro energético procedente de la energía eólica, la solar y otras renovables (la geotérmica y la mareomotriz, por ejemplo) generaría un número elevadísimo de empleos en todos los países; concretamente, en todo lo relacionado con la fabricación, la construcción, la instalación, el mantenimiento y el funcionamiento de esos equipos y redes.
Estudios parecidos en Canadá han concluido que, con una inversión de 1.300 millones de dólares (la cantidad que el Gobierno canadiense se gasta en subvenciones a las compañías del petróleo y el gas), podrían crearse entre 17.000 y 20.000 puestos de trabajo en energías renovables, transportes públicos o eficiencia energética; esto es, entre seis y ocho veces más.
“Ninguna empresa privada en el mundo quiere quedarse sin negocio y cerrar; su objetivo es expandir su mercado. De ahí que, si hubiera que utilizar el gas natural como combustible de transición a corto plazo, tendría que ser una transición dirigida muy de cerca por la ciudadanía y orientada al interés de esta: los beneficios obtenidos con las ventas actuales deberían reinvertirse en tecnologías renovables para el futuro, y el sector debería tener restringida la libertad para permitirse el crecimiento exponencial que está experimentando actualmente gracias al boom del gas de esquisto (el que se extrae mediante fracturación hidráulica).
La solución no pasaría en ningún caso por la nacionalización energética sobre la base de los modelos existentes. Las grandes compañías petroleras de propiedad estatal (como la brasileña Petrobras, la noruega Statoil o Petrochina) son tan voraces en su búsqueda de depósitos de carbono de alto riesgo como sus competidoras directas privadas. Y en ausencia de un plan de transición creíble para aprovechar los beneficios de tales empresas poniéndolos al servicio del cambio hacia la energía renovable, el hecho de que el Estado sea un accionista principal de esas compañías tiene profundos efectos corruptores, pues genera una adicción a los petrodólares fáciles que dificulta aún más si cabe la introducción por parte de los dirigentes políticos de medidas que perjudiquen la rentabilidad de los combustibles fósiles.

Es verdad que el mercado es un motor fantástico de innovación tecnológica y que, si nada ni nadie coarta su capacidad, los departamentos de I+D seguirán ideando nuevos e impresionantes métodos para conseguir que los módulos solares y los aparatos eléctricos sean más eficientes, pero, al mismo tiempo, las fuerzas del mercado también impulsarán nuevas e innovadoras formas de sacar combustibles fósiles de fuentes de muy difícil acceso, como el subsuelo de los fondos oceánicos o los lechos duros de esquistos bituminosos, y esas innovaciones sucias harán que las verdes resulten esencialmente irrelevantes desde la perspectiva del cambio climático.

Pocos lugares de la Tierra encarnan más gráficamente que Nauru los resultados suicidas de haber basado nuestras economías en la extracción contaminante. Por culpa de la minería del fosfato, Nauru lleva medio siglo desapareciendo de dentro hacia fuera; y ahora, por culpa de nuestra minería colectiva de combustibles fósiles, está desapareciendo de fuera hacia dentro.
Pero lo que la historia de Nauru nos indica a las claras es que no existe nada que esté en medio de la nada; no hay nada que no «importe» ni nada que de verdad no desaparezca nunca.

Aunque desarrollado bajo la égida del capitalismo, hoy en día Gobiernos de todas las ideologías se adhieren a ese modelo de agotamiento de recursos como ruta hacia el desarrollo, y esa es la lógica que el cambio climático pone profundamente en cuestión.
El extractivismo es una relación no recíproca con la Tierra que está basada en la dominación: se trata simplemente de tomar sin dar nada a cambio. Es lo contrario de la administración o tutela responsable (stewardship), que consiste también en tomar, sí, pero preocupándonos al mismo tiempo de que la regeneración y la vida futura continúen. El extractivismo es la mentalidad de quienes, para sacar de la Tierra lo que buscan de ella, no tienen reparos en descabezar las cimas de montañas o en deforestar bosques primarios. Es reducir la vida a objetos para su uso por otras personas, sin darle integridad ni valor propio, convirtiendo ecosistemas vivos complejos en «recursos naturales», o montañas en «sobrecapa» (como llama la industria minera a los bosques, las rocas y los arroyos que se interponen a sus objetivos de excavadoras).

Lejos de percibir el cambio climático como una oportunidad para defender su utopía socialista (eso que tanto temen los negacionistas del cambio climático), SYRIZA prefirió no hacer mención alguna al mismo.
El propio líder del partido, Alexis Tsipras, así me lo reconoció abiertamente en una entrevista: «Somos un partido que siempre ha tenido el medio ambiente y el cambio climático entre nuestros temas de interés central, pero tras estos años de depresión en Grecia, nos hemos olvidado del cambio climático». Por lo menos, franqueza no le falta.

Las grandes organizaciones del movimiento verde convencional que mantienen fuertes filiaciones empresariales no niegan la realidad del cambio climático, por supuesto (muchas dedican grandes esfuerzos a acrecentar nuestro nivel de alarma sobre ese tema). Pero, aun así, muchos de esos grupos han impulsado sistemática y agresivamente aquellas respuestas al cambio climático que suponen una carga menos pesada (cuando no un beneficio directo) para los mayores emisores de gases de efecto invernadero del planeta, aun cuando algunas de esas políticas representen un detrimento directo para las comunidades que tratan de combatir sobre el terreno la expansión de los combustibles fósiles. En vez de proponer políticas que traten los gases de efecto invernadero como peligrosos contaminantes que requieren de regulaciones claras y efectivas que restrinjan las emisiones y favorezcan las condiciones propicias para una transición completa hacia las energías renovables, esas organizaciones han promovido intrincados sistemas basados en mecanismos de mercado que han tratado los mencionados gases como si fueran poco menos que abstracciones tardocapitalistas que se pueden comprar y vender (agrupadas en paquetes, incluso), con las que se puede especular y que se pueden mover de un lado a otro del globo con la misma facilidad que las divisas o los títulos de deuda basura.
Y muchos de esos mismos grupos ecologistas han abogado por el gas natural (uno de los principales combustibles fósiles) como supuesta solución al cambio climático, pese a que existen pruebas de que el metano que se libera con su extracción (sobre todo, a través del proceso de fracturación hidráulica) es un factor que puede influir en el incremento de los niveles de calentamiento del planeta en las próximas décadas hasta cotas catastróficas irrecuperables.

Las soluciones climáticas basadas en «mecanismos de mercado» que tantas de esas grandes fundaciones patrocinan y que muchos colectivos e individuos del movimiento verde también han hecho suyas han proporcionado un inestimable servicio al sector de los combustibles fósiles en su conjunto. Para empezar, han conseguido alterar lo que empezó como un debate franco y directo sobre la necesidad de abandonar progresivamente el consumo de esos combustibles y convertirlo, a base de inyectarle toda una nueva jerga especializada, en un asunto tan enrevesado que la cuestión del clima ha terminado resultando demasiado compleja y arcana para que los legos en la materia puedan comprenderla y seguirla. Este hecho ha debilitado seriamente el potencial para construir un movimiento de masas capaz de hacer frente a contaminadores muy poderosos.
El nuevo ecologismo no acepta la inevitabilidad de esa dicotomía excluyente y ha demostrado que, en muchos casos cruciales, es una falacia». En vez de tratar de prohibir las actividades dañinas, como la propia organización de Krupp había ayudado a conseguir con el DDT, el EDF se dedicaría a partir de entonces a firmar acuerdos de colaboración con empresas contaminadoras —«coaliciones de antiguos enemigos», las llamó él— para convencerlas de los ahorros de costes y los nuevos mercados que podrían descubrir si optaban por la senda de lo verde. Con el tiempo, Walmart, McDonald’s, FedEx y AT&T suscribieron colaboraciones destacadas con este «pionero» legendario del ecologismo.
El EDF decía sentirse orgulloso de anteponer los «resultados» a la ideología, pero lo cierto es que, bajo el liderazgo de Krupp, la organización adoptó un posicionamiento muy ideológico; eso sí, su ideología era el «pensamiento de grupo» (groupthink en inglés) dominante en aquel entonces, que priorizaba las soluciones privadas basadas en mecanismos de mercado por considerarlas inherentemente superiores a las meramente regulatorias.

No cuestiono las buenas intenciones de estos autodenominados pragmáticos en su deseo de proteger la Tierra de un calentamiento catastrófico. Pero entre los radicales del Instituto Heartland, que reconocen que el cambio climático representa una profunda amenaza para nuestros sistemas económico y social, y que por ello niegan su realidad científica, y quienes aseguran que el cambio climático precisa solamente de retoques menores en nuestro modo habitual de hacer las cosas y que, por lo tanto, se pueden permitir creer que sí es un fenómeno real, no está muy claro quiénes viven más engañados.

Durante un tiempo, a raíz del estreno/publicación en 2006 de Una verdad incómoda de Al Gore, dio la impresión de que el cambio climático iba a inspirar por fin la formación del movimiento transformador de nuestra era. La creencia general en la existencia y la gravedad del problema era elevada y el tema parecía omnipresente. Pero cuando se echa la vista atrás hacia esos años, lo que resulta realmente extraño es que toda aquella energía parecía proceder del nivel más alto de la sociedad. Durante la primera década del nuevo milenio, el diálogo sobre el clima fue algo sorprendentemente privativo de la élite, un tema típico de los grupos de debate de Davos y de las efectistas Conferencias TED, o de números «verdes» especiales de Vanity Fair, o de famosos y famosas llegando a la gala de los Oscar en vehículos híbridos. Pero tras toda esa fanfarria y espectáculo, no había prácticamente un movimiento mínimamente discernible como tal.

Para muchos ecologistas del movimiento verde convencional, Branson parecía un sueño hecho realidad: un multimillonario llamativo, adorado por los medios de comunicación, que saltaba a la palestra para mostrar al mundo que las compañías que mantenían líneas de negocio intensivas en el consumo de combustibles fósiles podían liderar el camino hacia un futuro verde usando el lucro mismo como la herramienta de transformación más potente. Alguien que, además, para demostrar que iba en serio, estaba poniendo impactantes cantidades de su propio dinero sobre la mesa. Como Branson explicó a la revista Time, «si el Estado no puede, tendrán que ser las propias empresas privadas [las que lo hagan]. Tenemos que convertir esto en una situación en la que todas las partes implicadas salgan ganando». En el fondo, eso era lo que organizaciones como el EDF llevaban diciendo desde la década de los ochenta: así justificaban su colaboración con los grandes contaminadores y sus intentos de implantación de los mercados de carbono. Pero nunca antes había habido una figura individual como aquella dispuesta a usar su propio imperio multimillonario como campo de pruebas. El propio relato personal de Branson sobre el impacto de aquella exposición de PowerPoint que le hizo personalmente Gore también parecía confirmar la idea —muy querida en numerosos círculos del movimiento verde— de que, para transformar la economía y alejarla de los combustibles fósiles, no hacía falta enfrentarse a los ricos y los poderosos, sino simplemente aproximarse a ellos con suficientes argumentos y datos persuasivos que apelaran a su conciencia humana.
Branson no era el primer gran filántropo verde. Ahí estaban ya hombres como el financiero Jeremy Grantham, que apoya económicamente a gran parte del movimiento ecologista estadounidense y británico —y que ha becado numerosas investigaciones académicas relacionadas con el tema— con recursos procedentes de Grantham, Mayo, Van Otterloo & Co., la gestora de inversiones de la que él es cofundador. Pero estos financiadores tendían a mantenerse entre bastidores, lejos del foco público. A diferencia de Branson, Grantham no ha tratado en ningún momento de convertir su propia firma financiera en demostración viva de que la búsqueda de ganancias económicas a corto plazo es perfectamente compatible con el aquietamiento de sus inquietudes personales individuales ante un colapso ecológico.

Tomemos el caso de Warren Buffett, por ejemplo. Durante un tiempo, también él parecía estar presentándose como candidato para el papel de «Gran Esperanza Verde», como, por ejemplo, cuando en 2007 declaró que «existe una probabilidad muy elevada de que el calentamiento global sea grave» y que, aunque haya una probabilidad también de que no lo sea, «hay que construir el arca antes de que empiece a llover. Si hay que equivocarse, que sea por defecto, a favor del planeta. Creemos un margen de seguridad para cuidar del único planeta que tenemos».14 Pero pronto quedó claro que Buffett no estaba interesado en aplicar esa lógica a sus propios activos empresariales. Todo lo contrario: Berkshire Hathaway se ha esforzado cuanto ha podido para garantizar que el diluvio llegue y descargue con la máxima virulencia.
Buffet es propietario de varias compañías suministradoras de electricidad y energía producida mediante la combustión de carbón y posee importantes cuotas accionariales en ExxonMobil y en el gigante de las arenas bituminosas Suncor. En 2009, Buffett hizo además su anuncio más significativo en ese sentido: su firma compraría por 26.000 millones de dólares la parte que aún no poseía de la compañía ferroviaria Burlington Northern Santa Fe (BNSF). Buffet calificó aquel acuerdo de adquisición (la mayor compra en la historia de Berkshire Hathaway) de «apuesta por el país». Pero era también una apuesta por el carbón: BNSF es una de las principales transportistas de ese mineral en Estados Unidos y uno de los más potentes motores impulsores de la tendencia a ampliar las exportaciones de carbón a China.
Bill Gates mantiene un parecido cortafuegos entre sus palabras y su dinero. Aunque él ha declarado públicamente la gran preocupación que le produce el cambio climático, la Fundación Gates tenía en diciembre de 2013 al menos 1.200 millones de dólares invertidos en dos gigantes del petróleo, BP y ExxonMobil, y esa no es más que la punta del iceberg de su cartera en activos del sector de los combustibles fósiles.
El enfoque adoptado por Gates con respecto a la crisis climática tiene muchos elementos en común con el de Branson. Cuando Gates tuvo su particular epifanía sobre el cambio climático, él también se apresuró a aventurarse por la senda de la búsqueda de un invento tecnológico futuro capaz de solucionar el problema de manera directa y eficaz, en vez de detenerse a valorar las respuestas viables que, por mucho que cuestionen el orden económico dominante, ya existen y son una realidad aquí y ahora.

Pensar que el capitalismo, y solo el capitalismo, puede salvar al mundo de una crisis creada por el propio capitalismo ha dejado de ser ya una teoría abstracta y ha pasado a convertirse en una hipótesis puesta a prueba una y mil veces en el mundo real. Así que podemos por fin dejar a un lado la teoría y examinar a fondo los resultados. Y a la vista están: los famosos y los conglomerados mediáticos que supuestamente se habían apuntado a promover los estilos de vida verdes porque eran lo más chic del momento y que los abandonaron hace tiempo por la siguiente moda pasajera; los productos verdes relegados al fondo de las estanterías de los supermercados en cuanto se presentaron los primeros signos de recesión; los emprendedores capitalistas que se suponía que iban a patrocinar un interminable desfile de innovaciones, pero que se han quedado muy lejos de eso; el mercado de emisiones carbónicas, lacrado por el fraude y por los ciclos de expansión y contracción, y que ha fracasado miserablemente en el empeño de reducir dichas emisiones; el sector del gas natural que supuestamente iba a servirnos de puente hacia las renovables y que, sin embargo, ha terminado devorando gran parte del mercado que habría correspondido a esas otras energías alternativas; y, sobre todo, el desfile de multimillonarios que iban a inventar una nueva forma de capitalismo ilustrado, pero que decidieron que, pensándolo mejor, el viejo capitalismo de siempre era demasiado rentable como para renunciar a él sin más.

Richard Branson acertó al menos en una cosa: nos mostró la clase de modelo audaz que tiene alguna oportunidad de funcionar en el apretado marco temporal que tenemos por delante y que es el consistente en desviar las ganancias obtenidas por nuestras industrias más sucias hacia el esperanzador y colosal proyecto de limpiar lo que ellas han ensuciado. Pero si algo ha demostrado Branson es que nada de eso sucederá de forma voluntaria o apelando al honor de nadie. Tendrá que ser legislado aplicando la dureza regulatoria, las subidas de impuestos y el encarecimiento de los cánones de explotación a los que esos sectores se han opuesto sin tregua.
Tras el crac de los mercados y ante los niveles cada vez más siniestros de desigualdad que se registran en nuestras sociedades, la mayoría de nosotros nos hemos dado ya sobrada cuenta de que los oligarcas forjados por la era de la desregulación y las privatizaciones en masa no van a usar su inmensa riqueza para salvar el mundo por el bien colectivo. Y, aun así, nuestra fe en las maravillas de la técnica perdura, anclada en esa especie de cuento de superhéroes que anida en nuestra conciencia y que nos hace tener fe en que, en el último instante, los mejores y más brillantes de nuestros cerebros vendrán a salvarnos del desastre.
He aquí el porqué de las esperanzas que muchos depositan en la geoingeniería y he aquí también lo que no deja de ser la más poderosa forma de pensamiento mágico que persiste en nuestra cultura.

Hace al menos medio siglo que circulan por el mundo de la ciencia y la tecnología planes diseñados para intervenir deliberadamente en el sistema climático a fin de contrarrestar los efectos del calentamiento global. De hecho, cuando el Comité Asesor en Ciencia del presidente de Estados Unidos publicó en 1965 el ya mencionado informe en el que advertía a Lyndon B. Johnson de la existencia del cambio climático, los autores del texto no aludieron a la posibilidad de rebajar las emisiones. Las únicas soluciones potenciales consideradas fueron métodos tecnológicos como la modificación de las nubes y el vertido de partículas reflectantes en los océanos.
Y mucho antes de que fuera considerada un arma potencial contra el calentamiento global, la modificación de las condiciones meteorológicas fue estudiada como posible arma a secas.

Así es como funciona la doctrina del shock: en el clima de desesperación que se vive en las crisis de verdad, toda oposición prudente y sensata a las que hasta entonces nos parecían conductas de alto riesgo se viene abajo y estas pasan temporalmente a resultarnos aceptables. Solo cuando no estamos inmersos en esos ambientes de crisis urgente, podemos evaluar racionalmente los aspectos éticos y los riesgos futuros vinculados al despliegue de las tecnologías de la geoingeniería en el contexto de una posible situación rápidamente cambiante.

No todos los defensores de la geoingeniería desestiman los graves peligros que los trabajos en ese campo podrían propiciar. Pero muchos se encogen de hombros y se limitan a recordarnos que la vida es riesgo, y que, del mismo modo que la geoingeniería está intentando arreglar un problema creado por la industrialización, seguro que habrá también alguna solución futura que resuelva los problemas que termine generando la geoingeniería.
Una versión de ese argumento del «ya lo arreglaremos más adelante» que ha cobrado cierto impulso y favor últimamente es la formulada por el sociólogo francés Bruno Latour. Él arguye que la humanidad no ha aprendido bien las lecciones del cuento moral prototípico sobre los peligros de jugar a ser Dios: el Frankenstein de Mary Shelley. Según Latour, la verdadera lección de la obra de Shelley no es, como se entiende habitualmente, que «no debemos importunar a la madre naturaleza», sino, más bien, que no debemos huir de los embrollos tecnológicos…
Si alguna ventaja tiene la geoingeniería, es que encaja perfectamente en nuestro más trillado relato cultural, ese en el que tantos de nosotros hemos sido adoctrinados por las religiones organizadas y que el resto hemos absorbido a partir de prácticamente todas las películas de acción realizadas en Hollywood. Me refiero a aquel que nos hace creer que, en el último momento, siempre habrá unos cuantos (los que de verdad importan) que nos salvaremos. Y puesto que nuestra religión laica es la tecnología, no será ningún dios quien nos salve, sino Bill Gates y su banda de supergenios de Intellectual Ventures. Escuchamos versiones particulares de ese relato cada vez que un anuncio publicitario nos cuenta que el carbón está a punto de convertirse en una fuente de energía «limpia», o que el carbono generado a partir de la explotación de las arenas bituminosas pronto será absorbido del aire y enterrado en las profundidades de la tierra, o que podremos atenuar la luz del poderoso sol como si no fuera otra cosa que una lámpara de araña con un dispositivo regulador de la intensidad luminosa. Y si alguno de los planes de la hornada actual no funciona, ese mismo relato nos invita a no preocuparnos y a pensar que alguna solución llegará justo a tiempo, aunque sea en el último instante posible.

El espíritu de Blockadia está presente y es visible incluso en las partes donde más duramente se deja sentir la represión del régimen chino; concretamente, en la zona donde los pastores de la Región Autónoma de Mongolia Interior se han rebelado contra los planes de las autoridades para convertir su región (rica en reservas de combustibles fósiles) en la «base energética» del país. «Cuando hace viento, terminamos cubiertos de polvo de carbón porque la mina es a cielo abierto. Y el nivel del acuífero no deja de descender año tras año —explicó el pastor Wang Wenlin a Los Angeles Times—. Ya no tiene sentido seguir viviendo aquí.» Los lugareños no han dejado de organizar numerosas protestas por toda la región, acciones valientes a las que el Estado ha respondido con una feroz represión que se ha saldado con la muerte de varios participantes en manifestaciones en el exterior de las minas y en bloqueos a los camiones de transporte del carbón.
Si la política energética de Obama consiste en apoyar «todas las opciones» (algo que, en la práctica, significa avanzar a toda máquina con la extracción de combustibles fósiles, complementada marginalmente por aportaciones de las energías renovables), Blockadia está respondiendo con una filosofía con la que no está dispuesta a transigir y que consiste en «no dar opción al extractivismo». Es una filosofía basada en el simple principio de que ya es hora de dejar de extraer venenos de las profundidades y de pasar (a toda velocidad) a propulsar nuestras vidas con las abundantes energías presentes en la superficie de nuestro planeta.

Otro factor que traspasa barreras es, por supuesto, el cambio climático; porque, si bien sigue habiendo bastantes personas que tienen la fortuna de vivir en lugares que no están (todavía) bajo la amenaza directa de la fiebre de las formas extremas de obtención de energía, nadie está a salvo de las consecuencias reales de unas condiciones meteorológicas cada vez más extremas ni del estrés psicológico de fondo que supone el saber que es muy posible que, cuando seamos viejos —y nuestros hijos pequeños hayan crecido—, el clima será significativamente más adverso y peligroso que el que disfrutamos en la actualidad. Como un vertido de petróleo que se extiende desde el mar hacia los pantanales costeros, las playas, los lechos fluviales y el propio fondo marino, y cuyas toxinas van repercutiendo en los ciclos vitales de incontables especies, las zonas de sacrificio creadas por nuestra dependencia colectiva de los combustibles fósiles están cerniéndose y expandiéndose sobre la Tierra como si de grandes sombras se trataran. Tras dos siglos fingiendo que podríamos poner en cuarentena los daños colaterales de este sucio hábito nuestro, endilgando los riesgos a otros, hoy ese juego se ha acabado: ahora todos estamos en la zona de sacrificio.

Durante décadas, el movimiento ecologista habló el lenguaje prestado de la evaluación de riesgos, y colaboró diligentemente con socios de la empresa privada y de la administración pública para tratar de hallar un equilibrio entre la reducción de los peligrosos niveles de contaminación y la necesidad de rentabilidad y crecimiento económicos. Esos supuestos sobre la existencia de unos niveles aceptables de riesgo se asumieron hasta tal punto que terminaron formando la base del debate oficial sobre el cambio climático. En aquella época se analizaba fríamente la acción necesaria para salvar a la humanidad del riesgo (muy real) de un caos climático frente al riesgo que dicha acción plantearía para el crecimiento del PIB, como si el crecimiento económico fuese a tener alguna importancia cuando el planeta estuviera convulsionado por una cadena de desastres meteorológicos en serie.
Pero la evaluación de riesgos ya no tiene cabida en Blockadia: se ha quedado al otro lado de las protecciones policiales y las barricadas. Y ha sido sustituida por un resurgimiento del principio de la precaución, que viene a decir que, cuando la salud humana y el medio ambiente corren un riesgo significativo, no hace falta contar con una certeza científica absoluta antes de actuar. Además, la carga de la prueba de que una determinada práctica es segura no debería recaer nunca sobre las personas o los colectivos que podrían ser dañados por la misma.
Blockadia está volviendo las tornas e insiste en que le corresponde a la industria demostrar que sus técnicas son seguras, algo que, en esta nueva era de formas extremas de obtención de energía, resulta sencillamente indemostrable para esas empresas. Por citar las palabras de la bióloga Sandra Streingraber: «¿Pueden ustedes aportar algún ejemplo de un ecosistema sobre el que se haya descargado un aluvión de venenos sin que de ello hayan resultado consecuencias terribles e inesperadas para los seres humanos?».
Las compañías productoras de combustibles fósiles, en definitiva, ya no tratan con esas grandes organizaciones del ecologismo convencional a las que podían callar con una donación generosa o con un programa de compensaciones de emisiones de carbono con el que tranquilizar sus conciencias. Las comunidades locales a las que se enfrentan ahora no tienen como objetivo principal de su lucha el sacar una mejor tajada de esas empresas, ya sea en forma de puestos de trabajo locales, mayores ingresos por cánones de extracción o mejores niveles de seguridad. Lo que cada vez más pretenden esas comunidades es simplemente decir que no. No al oleoducto. No a las perforaciones en el Ártico. No a los trenes cargados de carbón o petróleo. No a los transportes pesados. No a las terminales portuarias para la exportación. No a la fracturación hidráulica. Y no porque no quieran ninguna de esas cosas «al lado de sus casas», sino, como bien dicen los activistas franceses anti-fracking, porque no las quieren ni ici, ni ailleurs, «ni aquí ni en ninguna parte». En suma: nada de nuevas fronteras que conquistar para la economía del carbono.
La conservación «depende del afecto», y si cada uno de nosotros amara el lugar en el que vive lo suficiente como para defenderlo, no habría crisis ecológica alguna y no se daría por perdido ningún sitio consignándolo a la categoría de zona de sacrificio.91 Simplemente, no nos quedará más alternativa que adoptar métodos no venenosos para satisfacer nuestras necesidades.
Esta nitidez moral, después de tantas décadas de compadreo ecologista-empresarial, está suponiendo un auténtico shock para las industrias extractivas. El movimiento climático ha establecido por fin cuáles son sus puntos no negociables. Y esta fortaleza no solo está generando y consolidando una amplia y combativa resistencia frente a las compañías más responsables de la actual crisis del clima, sino que, también está consiguiendo para el movimiento ecologista algunas de las victorias más significativas que haya conseguido en décadas.

El llamamiento a «respetar los tratados» tiene que ir mucho más allá de una simple campaña para recaudar dinero destinado a financiar litigios en los tribunales. Los no nativos tendremos que ser aquellos buenos socios dispuestos a compartir tierras que nuestros antepasados se comprometieron a ser (por tratado) y no fueron; tendremos, pues, que cumplir las promesas que ellos hicieron, y que van desde proporcionar atención sanitaria y educación hasta generar oportunidades económicas que no hagan peligrar el derecho a vivir conforme a los modos de vida tradicionales. Porque las únicas personas que tendrán verdaderamente el poder de decir no al desarrollismo sucio a largo plazo serán aquellas que vean alternativas reales y esperanzadoras a su alcance. Y esto vale no solo para las cuestiones de política interna de los países ricos, sino también para las relaciones entre los países del norte posindustrial adinerado y el sur, que actualmente está en vías de rápida industrialización.

Se podría poner en práctica un cóctel de políticas que incluyera cualquiera de las medidas ya comentadas en el apartado «Quien contamina paga»: desde un impuesto sobre las transacciones financieras hasta la eliminación de las subvenciones a las compañías productoras de combustibles fósiles.
Lo que no podemos esperar es que las personas a quienes menor responsabilidad cabe atribuir por la crisis actual vayan a pagar toda la factura (o siquiera la mayor parte de la misma), porque con eso solo garantizaríamos que terminen yendo a parar a nuestra atmósfera común cantidades catastróficas de carbono. Al igual que el llamamiento a respetar los tratados y otros acuerdos para compartir la tierra con los pueblos indígenas que suscribimos en su momento, el cambio climático nos obliga también a comprobar cómo unas injusticias que muchos creían enterradas para siempre en el pasado están incidiendo en nuestra vulnerabilidad compartida al colapso climático global.
Ahora que muchas de las mayores reservas inaprovechadas de carbono yacen en el subsuelo de territorios controlados por algunos de los pueblos más pobres del planeta, y que las emisiones aumentan más rápidamente en las que, hasta fecha reciente, eran algunas de las zonas más desfavorecidas del mundo, no queda ya ninguna salida creíble hacia delante que no pase por enmendar las verdaderas raíces de la pobreza.

Solo los movimientos sociales de masas pueden salvarnos. Porque sabemos hacia dónde se encamina el sistema actual si no se le pone coto ni control. También sabemos, añadiría yo, cómo abordará ese sistema la realidad de los desastres relacionados con el clima: especulando con ellos e intensificando la barbarie para segregar a los perdedores de los ganadores. Para llegar a esa distopía, bastará con que sigamos embalados por el camino que ya llevamos. La única variable que falta por dilucidar es si emergerá algún poder que actúe como contrapeso que bloquee esa senda y que despeje al mismo tiempo el paso a otras sendas alternativas hacia destinos más seguros para todos nosotros. Si eso llega suceder, en fin, eso lo cambiará todo.

Tampoco el mundo actual se parece mucho al de finales de la década de 1980. El cambio climático, como hemos visto, saltó a la agenda pública en un ambiente de apoteosis del liberalismo económico y de triunfalismo de quienes anunciaban el «fin de la historia»: un momento ciertamente inoportuno. Pero se ha convertido en un asunto de vida o muerte en una coyuntura histórica muy distinta. Muchas de las barreras que paralizaron entonces una respuesta seria a la crisis están hoy sensiblemente desgastadas. La ideología del libre mercado ha quedado desacreditada tras décadas de desigualdad y corrupción crecientes, que le han restado buena parte de su anterior poder persuasivo (aunque no de su poder político y económico). Y las diversas formas de pensamiento mágico en las que tantas (y muy preciosas) energías se habían malgastado —desde la fe ciega en los milagros tecnológicos hasta el culto a los multimillonarios benevolentes— también están perdiendo su anterior influjo con bastante rapidez. Poco a poco, somos muchos los que vamos cayendo en la cuenta de que nadie va a venir a salvarnos de esta crisis, y de que, para que se produzca algún cambio, el liderazgo tendrá que brotar desde abajo, desde las propias bases de la sociedad.
Por otro lado, también estamos significativamente menos aislados los unos de los otros de lo que estábamos incluso hace tan solo una década. Las nuevas estructuras edificadas sobre los escombros del neoliberalismo —los medios sociales, las cooperativas de trabajadores, los mercados de frutas y hortalizas directas del productor, los bancos locales de bienes compartidos, etcétera— nos han ayudado a encontrar comunidades donde hasta hace poco no existía nada más que la fragmentación característica de la vida posmoderna.

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With the subtitle of capitalism against the climate and now that Paris is in fashion with its climate change summit, it seems to me a magnificent one, where the business calls the business. Now the official version would be: Most projections on climate change presuppose that future changes – greenhouse gas emissions, increases in temperatures and other effects such as sea level rise – will occur gradually . A certain amount of emissions will result in a given amount of temperature rise that will in turn lead to a certain amount of gentle gradual rise in sea level. However, the geological record referred to the climate shows moments in which a relatively small modification of a climatic element caused abrupt changes in the system as a whole. In other words, boosting global temperatures beyond certain thresholds could trigger abrupt, unpredictable and potentially irreversible changes that would have enormously disturbing and large-scale consequences. At that point, even if we did not pour any additional CO2 into the atmosphere, unstoppable processes would start up.

The world economy is raising its already risky bet and is moving from conventional sources of fossil fuels to even more dirty and dangerous versions of them: bitumen from the oil sands of Alberta, oil extracted by drilling deep ocean waters , gas obtained by hydraulic fracturing (or fracking), coal started by detonating mountains, etcetera.
Meanwhile, each new natural disaster “overfed” by all this dynamics generates a series of snapshots that emphasize the irony of a climate that is increasingly inhospitable even for the same industries that have been most responsible for its warming. This was seen, for example, during the historic 2013 floods in Calgary.
Living with this kind of cognitive dissonance is simply one more part of the fact that we have had to live this jarring moment in history, in which a crisis that we have tried so hard to ignore is hitting us in the face and, even so, We chose to double our bet precisely for those things that are the very cause of the crisis.
There are ways to avoid this daunting future or, at least, to make it much less unfortunate. The problem is that all of them also involve changing everything. For us, big consumers, they involve changing how we live and how our economies work, and even changing the stories we have to justify our place on Earth. The good news is that many of these changes are not catastrophic at all. Quite the opposite: a good part of them are simply exciting.

The volume of the market of climatic derivatives shot up multiplying by five: from a total value of 9,700 million to 45,200 million dollars). International reinsurance companies are raising billions of dollars in profits, coming in part from the sale of new types of protection plans to developing countries that have barely contributed to creating the current climate crisis, but whose infrastructures are highly vulnerable to the effects of it.8
And, in an outburst of sincerity, arms industry giant Raytheon explained that “business opportunities are likely to grow as a result of changing behavior and consumer needs in response to climate change.” Such opportunities include not only increased demand for privatized disaster response services offered by the company, but also “the demand for its military products and services in the face of increased security concerns as a result of droughts, floods and storms due to climate change ».

Much more frightening is the fact that a large group of analysts located within the dominant scientific line today think that the trajectory of emissions that we are currently following directs us towards a rise in the global average temperature above that 4 ° C. In 2011, the (usually) sober International Energy Agency (IEA) published a report with a series of projections that came to indicate that we are really heading towards a global warming of about 6 ° C (10.8 ° F) ). And according to the IEA’s own chief economist, “anyone, even a primary student, knows that this will have catastrophic implications for all of us.”

The three pillars of the policies of this new era are well known to all of us: the privatization of the public sector, the deregulation of the private sector and the reduction of fiscal pressure on businesses, borne by cuts in state spending. Much has been written about the real costs of such policies: the instability of financial markets, the excesses of the superrich and the desperation of the poor, increasingly dispensable for the system, as well as the deterioration of infrastructure and public services . Very little has been said, however, of how market fundamentalism has systematically sabotaged our collective response to climate change from the start, a threat that began to knock on our door just as that other ideology reached its zenith.
And it has sabotaged it, fundamentally, because the dominance over public life in general that the logic of the market conquered in that period made the most direct and obvious responses to address the climate problem seem heretical from the prevailing political point of view.

To affirm that climate change is a conspiracy aimed at stealing freedom from the United States is an exercise of lukewarmness and moderation compared to the general level with which the Heartland Institute and its collaborators are employed. In the course of this two-day conference, I hear modern environmentalism compared to practically all episodes of mass crimes collected throughout human history: from the Catholic Inquisition to Nazi Germany, to Stalinist Russia. I also learn that Barack Obama’s campaign promise to support local-owned biofuels refineries is very similar to the autarchic plan with which Comrade Mao intended to install “an iron boiler in the courtyard of all the houses »(according to Patrick Michaels, from the Cato Institute); that climate change is “a pretext to establish National Socialism” (according to former Republican ex-senator Harrison Schmitt, referring to the Nazis); and that the ecologists are like the Aztec priests, willing to sacrifice countless people to placate the gods and change the time (according to Marc Morano’s words, again).

The Australian geologist Bob Carter wonders whether a warming is actually taking place, while astrophysicist Willie Soon admits that there has been some thermal increase, but says that it has nothing to do with greenhouse gas emissions, but that actually obeys to natural fluctuations in the activity of the sun. Patrick Michaels (of the Cato Institute) contradicts them by recognizing that it is CO2 that is actually driving upward temperatures, but insists that the repercussions of this increase are so insignificant that we should not “do anything” about it. Disagreement is the soul of every intellectual encounter, but in the Heartland conference, a material as blatantly contradictory as that does not provoke any debate among the deniers: not one of them tries to defend his position against the other participants, nor He strives to settle who is truly right. In fact, while the presenters present their graphs on the temperatures, it gives the impression that several members of the public (in which the elderly assistants predominate) are falling asleep.

One of the most interesting findings of the multiple recent studies of climate perceptions is the clear connection between the refusal to accept the scientific basis of climate change, on the one hand, and the enjoyment of social and economic privileges, on the other hand, other. The climate change deniers are not only conservatives, but, in their immense majority, they are also white and male, and that is a social group with higher than average incomes. And its members are also more likely than other adults to feel very confident and convinced of their views, however demonstrably false they may be. In a much-commented academic work on this subject (which bears the memorable title of “Cool Dudes”, translatable as “Impassive Types”, but also as “Super Dudes”), sociologists Aaron McCright and Riley Dunlap discovered that, within the group Of conservative white males, those who said they were very sure of their opinion on global warming were six times more likely to believe that climate change “will never happen” than the rest of the adult respondents.

The deniers have won … the first round, at least. I do not mean the battle over climate science; in fact, its influence in that area is already very much in the doldrums. But the deniers – and the political movement from which they emerged – have won the battle over the values ​​that should govern our societies. His ideal – that greed must guide our steps, or that, to quote the now defunct economist Milton Friedman, “the big mistake” was “to believe that it is possible to do good with other people’s money” – has substantially remade our world during the past four decades and has decimated virtually all power that could serve as a counterweight. The extreme ideology of the free market has been shielded in our societies thanks to the harsh political conditions that accompanied the loans that the World Bank and the International Monetary Fund (IMF) granted at the time and which the recipient countries so badly needed. That ideology shaped the export-oriented development model that left multiple free trade zones scattered throughout the developing world, and was also incorporated into countless trade agreements.

When national governments began to meet to discuss responses to climate change, the voices that rose from the developing countries were important and compelling, stressing that the fundamental issue was the highly consumerist lifestyle that predominated in the West. In a 1989 speech, for example, the then president of India, R. Venkataraman, argued that the global environmental crisis was a consequence of “excessive consumption of all kinds of materials” by developed countries and “industrialization” large scale [of those countries] destined to sustain their own lifestyles. “If rich countries consumed less, everyone would be more secure.

With the implementation of the system of international free trade and delocalised production as a rule, emissions not only moved their focus from one country to another, but multiplied. As I have already mentioned, before the neoliberal era, the growth of global emissions had slowed down and had gone from growth rates of 4.5% per year in the 1960s to approximately 1% per year in the nineties. But the entry into the new millennium marked a sharp change in trend: between 2000 and 2008, the growth rate reached 3.4% per year, shooting above the most pessimistic projections of the IPCC at that time.
To combat climate change, we have a real need to initiate a “relocation” of our economies, and to reflect on what we are buying and how we are doing it, and on how what we buy is produced. But the most basic rule of current international trade law is that you can not favor the local or national over the global or foreign. And how can we even address the idea of ​​the need to incentivize local economies by linking local green job creation policies with those of fostering clean energy when that is simply prohibited by commercial policy? […] If we do not take into account how the economy is structured today, we will never really reach the real root of the problem.

As we all know, the evolution of public spending is following precisely the opposite direction in almost all the countries of the world except in a handful of so-called emerging economies characterized by a high rate of growth. In North America and Europe, the economic crisis that began in 2008 continues to be used as a pretext to reduce foreign aid and cut the programs and policies related to climate in the country. Throughout southern Europe, there has been a reversal of diverse environmental policies and regulations; the most tragic case of all has been that of Spain, which, fiercely pressured to carry out the application of austerity policies, has drastically cut subsidies to renewable projects, which has driven a whirlwind of suspensions of payments and closures of projects for the production of solar energy and wind farms. Also in the United Kingdom, during the Government of David Cameron, aid to renewable energies has been reduced.
Then, if we assume that many States are without a target and that they are not likely to resort to “quantitative easing” (that is, to the printing of money).
And although the demand for renewables increases, the percentage of what fossil fuel companies spend on those is constantly decreasing: in 2011, most of the “big” companies devoted less than 1% of their total expenses to alternative energies. Only Chevron and Shell spent on them (at least discreetly) 2.5%. In 2014, Chevron further reduced its spending effort in that sector. According to Bloomberg Businessweek, the staff of a renewables division of that company that had almost doubled the profits that had been targeted was informed that “the funding of their initiative was going to run out,” so he was urged “to look for a job elsewhere. ” Chevron also decided to sell businesses that had developed green projects for governments of different levels and for school district administrations. Antonia Juhasz, observer of the oil industry, has pointed out in that sense that “one would not say seeing its publicity, but the truth is that the big oil companies of the world either have divested everything they had in alternative energies, or they have significantly reduced those investments to double them in the search and exploitation of increasingly dangerous and destructive sources of oil and natural gas.

There is also a simple and direct correlation between wealth and emissions: having more money usually means flying, driving or even going out to sail more often, and requiring the supply of electricity and energy for more than one private home. A study of German consumers indicates that the travel habits of the wealthiest class have an impact on climate 250% greater than those of their fellow citizens with lower incomes.
That means that any attempt to tax the extraordinary concentration of wealth that occurs at the top of the economic pyramid of our societies (as Thomas Piketty has so convincingly documented).

The lesson that can be drawn from all this is not that people do not want to accept sacrifices in the face of the climate crisis, but that they have had enough of this culture of asymmetric sacrifice that asks individuals to pay higher prices for supposedly green options, while the big companies avoid such regulations and, not only refuse to modify their behavior, but they continue to carry the burden with more polluting activities. In view of this panorama, it is perfectly logical that many people lose much of that enthusiasm that characterized the early days of the climate movement and that they will not make more sacrifices until the political solutions put on the table are perceived as fair. . This does not mean that all this is going to come out of the middle class. To finance the essential social programs for a transition that, moreover, is fair, we will have to raise the taxes of the entire population, except for the poorest. But if the funds thus raised are allocated to programs and services that reduce inequality and make everyone’s lives less insecure and precarious, citizen attitudes toward taxes will very likely vary.

If any lesson can be drawn from such a tremendous lost opportunity, it is this: if we want a climatic action of the scale and rhythm required by external circumstances, the left will have to learn quickly from the right. The conservatives have managed to stall the climate action and, even, back in the middle of the economic crisis because they have reduced the climate issue to a question of economy; that is, they have put the urgent need to protect growth and employment in difficult times (when they are not!) to everything else. Progressives would have it easy to do the same. It would be enough to show that the real solutions to the climate crisis are also our greatest hope to build a more stable and equitable economic system, that reinforces and transforms the public sphere, that generates abundant decent employment and that curbs the greed of the large private company.
Policies that simply try to take advantage of the power of the market – by tapping lightly or by putting light caps on carbon, but nothing more … by not bothering – will not be enough. If we want to live up to a challenge that forces us to change the very foundations of our economy, we will need to use all the political tools that are stored in the workshops of democracy.

The terrain of renewable energy is equally promising, above all, because it generates more jobs per unit of energy produced than fossil fuels. In 2012, the International Labor Organization estimated that some 5 million jobs were already created in the sector worldwide, and that only with the dispersed and inadequate current levels of commitment of the States with the reduction of emissions. 10 If the industrial policy were adapted to the recommendations derived from the current projections of climate science, the energy supply from wind, solar and other renewable energies (geothermal and tidal, for example) would generate a very high number of jobs in all countries; specifically, in everything related to the manufacture, construction, installation, maintenance and operation of these equipment and networks.
Similar studies in Canada have concluded that, with an investment of 1,300 million dollars (the amount that the Canadian Government spends on subsidies to oil and gas companies), could create between 17,000 and 20,000 jobs in renewable energy, public transport or energy efficiency; that is, between six and eight times more.
“No private company in the world wants to run out of business and close; Your goal is to expand your market. Hence, if natural gas were to be used as a transition fuel in the short term, it would have to be a transition that is very closely targeted by citizens and oriented to the interest of the latter: the benefits obtained with current sales should be reinvested in renewable technologies for the future, and the sector should have restricted the freedom to allow the exponential growth that it is currently experiencing thanks to the shale gas boom (which is extracted by hydraulic fracturing).
The solution would not under any circumstances pass through energy nationalization based on existing models. Large state-owned oil companies (such as Brazil’s Petrobras, Norway’s Statoil or Petrochina) are as voracious in their search for high-risk carbon deposits as their private direct competitors. And in the absence of a credible transition plan to take advantage of the benefits of such companies by putting them at the service of the change towards renewable energy, the fact that the State is a major shareholder of these companies has profound corrupting effects, as it generates an addiction to the easy petrodollars that make it even more difficult for politicians to introduce measures that harm the profitability of fossil fuels.

It is true that the market is a fantastic engine of technological innovation and that, if nothing or nobody limits its capacity, the R & D departments will continue to devise new and impressive methods to make solar modules and electrical appliances more efficient, but At the same time, market forces will also drive new and innovative ways of extracting fossil fuels from very difficult sources, such as the subsoil of the ocean floor or the hard beds of oil shale, and these dirty innovations will make the green ones turn out to be essentially irrelevant from the perspective of climate change.

Few places on Earth embody more graphically than Nauru the suicidal results of having based our economies on polluting extraction. Because of phosphate mining, Nauru has been disappearing from the inside out for half a century; and now, because of our collective mining of fossil fuels, it is disappearing from the outside inwards.
But what the Nauru story clearly tells us is that there is nothing in the middle of nowhere; there is nothing that does not “matter” or anything that really never disappears.

Although developed under the aegis of capitalism, nowadays governments of all ideologies adhere to this model of depletion of resources as a route to development, and that is the logic that climate change puts profoundly in question.
Extractivism is a non-reciprocal relationship with the Earth that is based on domination: it is simply about taking without giving anything in return. It is the opposite of stewardship, which also consists in taking, yes, but at the same time worrying that regeneration and future life will continue. Extractivism is the mentality of those who, to get what they want from Earth, have no qualms about decapitating mountain tops or deforesting primary forests. It is reducing life to objects for use by other people, without giving it integrity or self-worth, turning complex living ecosystems into “natural resources,” or mountains into “overlays” (as the mining industry calls forests, rocks, and streams that stand in the way of your bulldozer targets).

Far from perceiving climate change as an opportunity to defend its socialist utopia (something that climate change deniers fear so much), SYRIZA preferred not to mention it.
The leader of the party, Alexis Tsipras, admitted to me openly in an interview: “We are a party that has always had the environment and climate change among our central issues, but after these years of depression in Greece, we we have forgotten about climate change ». At least, frankness is not lacking.

The large organizations of the conventional green movement that maintain strong business affiliations do not deny the reality of climate change, of course (many devote great efforts to increase our level of alarm on that issue). But even so, many of these groups have systematically and aggressively pushed those responses to climate change that pose less of a burden (if not a direct benefit) to the greatest emitters of greenhouse gases on the planet, even though some of these policies represent a direct detriment to communities trying to fight on the ground the expansion of fossil fuels. Instead of proposing policies that treat greenhouse gases as dangerous pollutants that require clear and effective regulations that restrict emissions and favor conditions conducive to a complete transition to renewable energies, these organizations have promoted intricate systems based on mechanisms of market that have treated the aforementioned gases as if they were little more than late-capitalist abstractions that can be bought and sold (grouped in packages, even), with which one can speculate and move from one side of the globe to the other with the same ease that currencies or junk debt securities.
And many of these same environmental groups have advocated natural gas (one of the main fossil fuels) as a supposed solution to climate change, despite the existence of evidence that the methane that is released through its extraction (especially through the hydraulic fracturing process) is a factor that can influence the increase of global warming levels in the coming decades to irrecoverable catastrophic levels.

The climate solutions based on “market mechanisms” that so many of these large foundations sponsor and that many collectives and individuals of the green movement have also endorsed have provided an invaluable service to the fossil fuel sector as a whole. To begin with, they have managed to alter what started as a frank and direct debate on the need to progressively abandon the use of these fuels and convert it, by injecting a whole new specialized jargon, into such a convoluted issue that the climate issue has ended up being too complex and arcane so that the laymen in the matter can understand it and follow it. This fact has seriously weakened the potential to build a mass movement capable of dealing with very powerful polluters.
The new environmentalism does not accept the inevitability of this exclusive dichotomy and has shown that, in many crucial cases, it is a fallacy. ” Instead of trying to ban harmful activities, as the Krupp organization itself had helped to achieve with DDT, the EDF would then engage in signing collaboration agreements with polluting companies – “coalitions of former enemies”, he called them he- to convince them of the cost savings and new markets that they could discover if they opted for the green path. Over time, Walmart, McDonald’s, FedEx, and AT & T subscribed outstanding collaborations with this legendary “pioneer” of environmentalism.
The EDF claimed to be proud of putting the “results” before the ideology, but the truth is that, under the leadership of Krupp, the organization adopted a very ideological position; Of course, their ideology was the dominant “group thought” (groupthink in English) at that time, which prioritized private solutions based on market mechanisms, considering them inherently superior to the purely regulatory ones.

I do not question the good intentions of these self-styled pragmatists in their desire to protect the Earth from catastrophic warming. But among the radicals of the Heartland Institute, who recognize that climate change represents a profound threat to our economic and social systems, and that therefore deny their scientific reality, and who say that climate change requires only minor adjustments in our usual way of doing things and that, therefore, they can allow themselves to believe that it is a real phenomenon, it is not very clear who live the most deceived.

For a time, following the release / publication in 2006 of An Inconvenient Truth by Al Gore, it seemed that climate change was finally going to inspire the formation of the transforming movement of our era. The general belief in the existence and the seriousness of the problem was high and the subject seemed omnipresent. But when you look back at those years, what is really strange is that all that energy seemed to come from the highest level of society. During the first decade of the new millennium, the dialogue on climate was something surprisingly exclusive to the elite, a typical theme of the Davos debate groups and the TED Conferences, or special “green” issues of Vanity Fair, or of celebrities and celebrities arriving at the Oscar gala in hybrid vehicles. But after all that fanfare and show, there was practically no minimally discernible movement as such.

For many environmentalists of the conventional green movement, Branson seemed a dream come true: a striking billionaire, adored by the media, who jumped to the fore to show the world that companies that maintained lines of business intensive in the consumption of fossil fuels they could lead the way to a green future using profit itself as the most powerful transformation tool. Someone who, in addition, to show that he was serious, was putting shocking amounts of his own money on the table. As Branson explained to Time magazine, “if the State can not, they will have to be private companies [the ones that do it]. We have to turn this into a situation in which all the parties involved win ». In the end, this was what organizations such as the EDF had been saying since the 1980s: they justified their collaboration with the big polluters and their attempts to implement carbon markets. But never before had there been an individual figure like that willing to use his own multi-million dollar empire as a testing ground. Branson’s own personal account of the impact of that PowerPoint presentation made personally by Gore also seemed to confirm the idea – very dear in many circles of the green movement – that in order to transform the economy and away from fossil fuels, it did not it is necessary to confront the rich and the powerful, but simply to approach them with sufficient arguments and persuasive data that appeal to their human conscience.
Branson was not the first great green philanthropist. There were already men like the financier Jeremy Grantham, who financially supports a large part of the US and British environmental movement – and who has received numerous scholarship related to the subject – with resources from Grantham, Mayo, Van Otterloo & amp; Co., the investment manager of which he is co-founder. But these funders tended to stay behind the scenes, far from the public focus. Unlike Branson, Grantham has never tried to turn his own financial firm into a living demonstration that the pursuit of short-term economic gain is perfectly compatible with the quieting of his individual personal concerns in the face of an ecological collapse.

Take the case of Warren Buffett, for example. For a while, he also appeared to be running for the role of “Great Green Hope”, as, for example, when in 2007 he declared that “there is a very high probability that global warming is serious” and that, although there is a probability also that it is not, “you have to build the ark before it starts to rain. If you have to make a mistake, let it be by default, in favor of the planet. We create a margin of safety to take care of the only planet we have. “14 But it soon became clear that Buffett was not interested in applying that logic to his own business assets. Quite the opposite: Berkshire Hathaway has worked hard to ensure that the flood reaches and discharges with maximum virulence.
Buffet is the owner of several companies that supply electricity and energy produced through the combustion of coal and owns significant shares in ExxonMobil and the oil sands giant Suncor. In 2009, Buffett also made his most significant announcement in that regard: his firm would buy for 26,000 million dollars the part it did not have yet of the railway company Burlington Northern Santa Fe (BNSF). Buffett called that acquisition agreement (the largest purchase in the history of Berkshire Hathaway) a “bet on the country.” But it was also a commitment to coal: BNSF is one of the main carriers of this mineral in the United States and one of the most powerful drivers of the trend to expand coal exports to China.
Bill Gates maintains a similar firewall between his words and his money. Although he has publicly declared that climate change is a major concern, in December 2013 the Gates Foundation had at least 1.2 billion dollars invested in two oil giants, BP and ExxonMobil, and that is just the tip of the iceberg. of its portfolio in assets of the fossil fuel sector.
The approach adopted by Gates regarding the climate crisis has many elements in common with that of Branson. When Gates had his particular epiphany about climate change, he also hastened to venture on the path of finding a future technological invention capable of solving the problem directly and effectively, instead of stopping to assess the viable answers that, however much they question the dominant economic order, they already exist and are a reality here and now.

To think that capitalism, and only capitalism, can save the world from a crisis created by capitalism itself has ceased to be an abstract theory and has become a hypothesis tested a thousand times in the real world. So we can finally put the theory aside and thoroughly examine the results. And in sight are: the celebrities and the media conglomerates that supposedly had aimed to promote green lifestyles because they were the most chic of the moment and that they left them long ago for the next fad; the green products relegated to the bottom of supermarket shelves as soon as the first signs of recession appeared; the capitalist entrepreneurs who were supposed to sponsor an endless parade of innovations, but who have fallen far short of that; the carbon emissions market, closed by fraud and cycles of expansion and contraction, and which has failed miserably in the effort to reduce these emissions; the sector of natural gas that was supposed to serve as a bridge to renewable energies and that, nevertheless, ended up devouring a large part of the market that would have corresponded to these other alternative energies; and, above all, the parade of billionaires who were going to invent a new form of enlightened capitalism, but who decided that, thinking about it, the old capitalism was always too profitable to renounce it without further ado.

Richard Branson made at least one thing: he showed us the kind of audacious model that has some chance to work in the tight time frame that lies ahead of us, which is to divert the profits obtained by our dirtiest industries to the hopeful and colossal project to clean up what they have messed up. But if anything has shown Branson is that none of that will happen voluntarily or appealing to anyone’s honor. It will have to be legislated by applying the regulatory hardness, the tax increases and the increase in the fees of exploitation to which those sectors have opposed without truce.
After the crash of the markets and the increasingly sinister levels of inequality that are registered in our societies, most of us have already realized that the oligarchs forged by the era of deregulation and mass privatizations are not They will use their immense wealth to save the world for the collective good. And, even so, our faith in the wonders of the technique endures, anchored in that kind of tale of superheroes that nests in our conscience and that makes us have faith that, at the last moment, the best and brightest of our brains they will come to save us from disaster.
Here is the reason for the hopes that many place in geoengineering and here too what is still the most powerful form of magical thinking that persists in our culture.

At least half a century ago, plans designed to deliberately intervene in the climate system to counteract the effects of global warming circulate in the world of science and technology. In fact, when the Advisory Committee on Science of the President of the United States published in 1965 the aforementioned report in which he warned Lyndon B. Johnson of the existence of climate change, the authors of the text did not allude to the possibility of reducing emissions . The only potential solutions considered were technological methods such as the modification of clouds and the discharge of reflective particles in the oceans.
And long before it was considered a potential weapon against global warming, the modification of weather conditions was studied as a possible weapon to dry.

This is how the doctrine of shock works: in the climate of despair that is experienced in the crisis of truth, any prudent and sensible opposition to what until then seemed high-risk behaviors collapses and these temporarily become acceptable. Only when we are not immersed in these urgent crisis environments can we rationally evaluate the ethical aspects and future risks linked to the deployment of geoengineering technologies in the context of a rapidly changing situation.

Not all geoengineering advocates dismiss the serious dangers that work in this field could cause. But many shrug their shoulders and just remind us that life is risky, and that, just as geoengineering is trying to fix a problem created by industrialization, there will certainly be some future solution to solve the problems that end up generating geoengineering
A version of that “we’ll fix it later” argument that has gained some momentum and favor lately is that formulated by the French sociologist Bruno Latour. He argues that humanity has not learned well the lessons of the prototypical moral tale about the dangers of playing God: Mary Shelley’s Frankenstein. According to Latour, the real lesson of Shelley’s work is not, as is commonly understood, that “we must not bother Mother Nature”, but, rather, that we should not flee from the technological entanglements …
If geoengineering has any advantage, it fits perfectly into our most trite cultural narrative, the one in which so many of us have been indoctrinated by organized religions and the rest we have absorbed from practically all the action films made in Hollywood . I mean the one that makes us believe that, at the last moment, there will always be a few (those that really matter) that will save us. And since our secular religion is technology, it will not be any god who saves us, but Bill Gates and his band of supergenios of Intellectual Ventures. We hear particular versions of that story every time a commercial tells us that coal is about to become a source of “clean” energy, or that the carbon generated from the exploitation of the tar sands will soon be absorbed from the air. and buried in the depths of the earth, or that we can dim the light of the mighty sun as if it were nothing other than a chandelier with a regulating device of luminous intensity. And if any of the plans of the current batch does not work, that same story invites us not to worry and to think that a solution will arrive just in time, even at the last possible moment.

The spirit of Blockadia is present and is visible even in the parts where the repression of the Chinese regime is most strongly felt; Specifically, in the area where the pastoralists of the Autonomous Region of Inner Mongolia have rebelled against the authorities’ plans to convert their region (rich in fossil fuel reserves) into the country’s “energy base”. “When it’s windy, we end up covered in coal dust because the mine is open pit. And the level of the aquifer does not stop decreasing year after year, “Pastor Wang Wenlin explained to the Los Angeles Times. It does not make sense to continue living here. “The locals have not stopped organizing numerous protests throughout the region, courageous actions to which the State has responded with a fierce repression that has resulted in the death of several participants in demonstrations in the region. outside of the mines and in blockages to the coal transport trucks.
If Obama’s energy policy consists of supporting “all options” (something that, in practice, means moving forward with the extraction of fossil fuels, supplemented marginally by contributions from renewable energies), Blockadia is responding with a philosophy with which it is not willing to compromise and which consists of “not giving extractive option”. It is a philosophy based on the simple principle that it is time to stop extracting poisons from the depths and passing (at full speed) to propel our lives with the abundant energies present on the surface of our planet.

Another factor that goes beyond barriers is, of course, climate change; because, although there are still many people who have the fortune to live in places that are not (yet) under the direct threat of the fever of the extreme forms of obtaining energy, nobody is safe from the real consequences of weather conditions Increasingly extreme and the underlying psychological stress of knowing that it is very possible that when we are old and our young children have grown up, the climate will be significantly more adverse and dangerous than we currently enjoy. Like an oil spill that extends from the sea to the coastal marshes, beaches, river beds and the seabed itself, and whose toxins are affecting the life cycles of countless species, the sacrifice areas created by our collective dependence of fossil fuels are hovering and expanding over the Earth as if they were big shadows. After two centuries pretending that we could quarantine the collateral damage of this dirty habit of ours, laying the risks on others, today that game is over: now we are all in the zone of sacrifice.

For decades, the environmental movement spoke the borrowed language of risk assessment, and collaborated diligently with partners in private enterprise and public administration to try to strike a balance between reducing the dangerous levels of pollution and the need for profitability and economic growth. These assumptions about the existence of acceptable levels of risk were assumed to such an extent that they ended up forming the basis of the official debate on climate change. At that time, the necessary action to save humanity from the (very real) risk of a climate chaos was analyzed coldly against the risk that such action would pose for GDP growth, as if economic growth were to have some importance when the planet was convulsed by a chain of serial meteorological disasters.
But the risk assessment has no place in Blockadia: it has remained on the other side of the police protection and the barricades. And it has been replaced by a resurgence of the precautionary principle, which goes to say that when human health and the environment run a significant risk, it is not necessary to have absolute scientific certainty before acting. In addition, the burden of proof that a certain practice is safe should never fall on people or groups that could be harmed by it.
Blockadia is turning the tables and insists that it is up to the industry to demonstrate that its techniques are safe, something that, in this new era of extreme forms of obtaining energy, is simply unprovable for these companies. To quote the words of biologist Sandra Streingraber: “Can you provide any example of an ecosystem on which a flood of poisons has been discharged without resulting in terrible and unexpected consequences for human beings?”
The companies that produce fossil fuels, in short, no longer deal with those large organizations of conventional environmentalism that could be silenced by a generous donation or a program of carbon offsets to reassure their consciences. The local communities they face now do not have the main objective of their struggle to get a better slice of these companies, either in the form of local jobs, higher income from extraction fees or better levels of security. What these communities increasingly seek is simply to say no. Not the pipeline. No to drilling in the Arctic. No trains loaded with coal or oil. Not to heavy transports. No to port terminals for export. No to hydraulic fracturing. And not because they do not want any of those things “next to their houses”, but, as the anti-fracking French activists say, because they do not want them, neither, nor ailleurs, “neither here nor anywhere”. In sum: no new frontiers to conquer for the carbon economy.
Conservation “depends on affection”, and if each of us loved the place where he lives enough to defend it, there would be no ecological crisis and no site would be lost, consigning it to the category of slaughter area.91 Simply, we will have no alternative but to adopt non-poisonous methods to meet our needs.
This moral clarity, after so many decades of ecclesiastical-business compadreo, is a real shock for the extractive industries. The climate movement has finally established what its non-negotiable points are. And this strength is not only generating and consolidating a broad and combative resistance against the most responsible companies of the current climate crisis; it is also achieving for the environmental movement some of the most significant victories that it has achieved in decades.

The call to “respect treaties” has to go far beyond a simple campaign to raise money to finance litigation in the courts. The non-natives will have to be those good partners willing to share land that our ancestors promised to be (by treaty) and were not; We will therefore have to fulfill the promises that they made, ranging from providing health care and education to generating economic opportunities that do not endanger the right to live in accordance with traditional ways of life. Because the only people who will truly have the power to say no to long-term dirty developmentalism will be those who see real and hopeful alternatives at their fingertips. And this applies not only to the domestic policy issues of the rich countries, but also to the relations between the countries of the wealthy post-industrial north and the south, which is currently in the process of rapid industrialization.

A cocktail of policies could be put into practice that included any of the measures already mentioned in the section “Who pollutes pays”: from a tax on financial transactions to the elimination of subsidies to companies producing fossil fuels.
What we can not hope for is that the people to whom less responsibility can be attributed for the current crisis will pay the entire bill (or even most of it), because with that we would only guarantee that they end up going to our common atmosphere catastrophic amounts of carbon. Like the call to respect the treaties and other agreements to share the land with the indigenous peoples that we signed at the time, climate change also forces us to see how injustices that many believed buried forever in the past are affecting our shared vulnerability to global climate collapse.
Now that many of the largest untapped reserves of carbon lie in the subsoil of territories controlled by some of the poorest people on the planet, and that emissions increase more rapidly in what, until recently, were some of the most disadvantaged areas of the world. world, there is no longer any credible way forward that does not go through to amend the true roots of poverty.

Only social movements of the masses can save us. Because we know where the current system is heading if it is not checked or controlled. We also know, I would add, how that system will deal with the reality of climate-related disasters: speculating with them and intensifying barbarism to segregate the losers of the winners. To get to that dystopia, it will be enough for us to continue packed along the path we have already taken. The only variable that remains to be elucidated is whether a power will emerge that acts as a counterweight that blocks that path and at the same time clears the way to other alternative paths towards safer destinations for all of us. If that happens, in the end, that will change everything.

Nor is the current world much like that of the late 1980s. Climate change, as we have seen, jumped to the public agenda in an atmosphere of apotheosis of economic liberalism and triumphalism of those who announced the “end of history” : a certainly inopportune moment. But it has become a matter of life or death at a very different historical juncture. Many of the barriers that then paralyzed a serious response to the crisis are today noticeably worn out. The ideology of the free market has been discredited after decades of growing inequality and corruption, which have subtracted much of its previous persuasive power (though not from its political and economic power). And the various forms of magical thinking in which so many (and very precious) energies had been wasted – from blind faith in technological miracles to the cult of benevolent billionaires – are also losing their earlier influence quite quickly. Little by little, there are many of us who are realizing that nobody is going to come to save us from this crisis, and that, in order for any change to take place, the leadership will have to sprout from below, from the very foundations of the society.
On the other hand, we are also significantly less isolated from each other than we were even just a decade ago. The new structures built on the rubble of neoliberalism – social media, workers ‘cooperatives, producers’ direct fruit and vegetable markets, local shared-property banks, etc. – have helped us find communities where until recently there was no nothing more than the characteristic fragmentation of postmodern life.

La doctrina del Shock — Naomi Klein / The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism by Naomi Klein

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Este libro es un desafío contra la afirmación más apreciada y esencial de la historia oficial: que el triunfo del capitalismo nace de la libertad, que el libre mercado desregulado va de la mano de la democracia. En lugar de eso, demostraré que esta forma fundamentalista del capitalismo ha surgido en un brutal parto cuyas comadronas han sido la violencia y la coerción, infligidas en el cuerpo político colectivo así como en innumerables cuerpos individuales. La historia del libre mercado contemporáneo —el auge del corporativismo, en realidad— ha sido escrita con letras de shock.

Del shock y de la conmoción surgen miedos, peligros y destrucciones inaprensibles para la mayor parte de la gente, para elementos y sectores específicos de la sociedad de la amenaza, o para los dirigentes.

La relación entre los enormes beneficios de las empresas y las grandes catástrofes, pensé que me hallaba frente a un cambio radical en la forma en que la «liberalización» de mercados se desarrollaba en todo el mundo.

El miedo y el desorden como catalizadores de un nuevo salto hacia delante son las bases del nuevo capitalismo.

Entre el tráfico de armas, la privatización de los ejércitos, la industria de la reconstrucción humanitaria y la seguridad interior, el resultado de la terapia de shock tutelada por la administración Bush después de los atentados es, en realidad, una nueva economía plenamente articulada. Nació en la era Bush, pero existe independientemente de una administración concreta y seguirá funcionando.

La ideología cambia continuamente de forma, de nombres y de identidades. Friedman se consideraba un «liberal», pero sus discípulos estadounidenses, que relacionaban el liberalismo con elevados impuestos y hippies, tendieron a identificarse como «conservadores», «economistas clásicos», «defensores del libre mercado», y más tarde, seguidores de las «reaganomics» o del «laissez-faire» . En la mayor parte del mundo, son conocidos como neoliberales, pero a menudo se utilizan los términos «libre mercado» o, sencillamente, «globalización». Únicamente desde mediados de los años noventa, este movimiento intelectual dirigido por los think tanks de extrema derecha con los que Friedman trabajó durante varios años —como Heritage Foundation, Cato Institute o American Enterprise Institute— empezó a autodenominarse «neoconservador», un enfoque que ha enrolado toda la potencia del ejército y de la maquinaria militar al servicio de los propósitos del conglomerado empresarial.
Todas estas reencarnaciones comparten un compromiso para con una trinidad política: la eliminación del rol público del Estado, la absoluta libertad de movimientos de las empresas y un gasto social prácticamente nulo. Una de las características del Estado corporativista es que suele incluir un sistema de vigilancia agresiva (de nuevo, organizado mediante acuerdos y contratos entre el gobierno y las grandes empresas), encarcelamientos en masa, reducción de las libertades civiles y a menudo, aunque no siempre, tortura.

La tortura es más que una herramienta empleada para imponer reglas no deseadas a una población rebelde. También es una metáfora de la lógica subyacente en la doctrina del shock.
La tortura, o por utilizar el lenguaje de la CIA, los «interrogatorios coercitivos», es un conjunto de técnicas diseñado para colocar al prisionero en un estado de profunda desorientación y shock, con el fin de obligarle a hacer concesiones contra su voluntad.

Los creyentes de la doctrina del shock están convencidos de que solamente una gran ruptura —como una inundación, una guerra o un ataque terrorista— puede generar el tipo de tapiz en blanco, limpio y amplio que ansían. En esos períodos maleables, cuando no tenemos un norte psicológico y estamos físicamente exiliados de nuestros hogares, los artistas de lo real sumergen sus manos en la materia dócil y dan principio a su labor de remodelación del mundo.

Las tres formas de shock convergieron en los cuerpos de los ciudadanos latinoamericanos y en el cuerpo político de la zona, desatando un huracán sin fin de destrucción y reconstrucción mutuamente reforzadas, eliminación y creación, en un ciclo monstruoso. El choque del golpe militar preparó el terreno de la terapia de shock económica.
El shock de las cámaras de tortura y el terror que causaban en el pueblo impedían cualquier oposición frente a la introducción de medidas económicas. De este laboratorio vivo emergió el primer Estado de la Escuela de Chicago, y la primera victoria de su contrarrevolución global. Pinochet de Chile como Argentina fueron el terror en grado absoluto.
El proyecto de la Escuela de Chicago en América Latina se construyó literalmente sobre los centros de tortura secretos en los que desaparecieron miles de personas que creían en un país diferente.

La industria de la coca desempeñó un papel significativo en la reactivación de la economía de Bolivia y la remisión de la inflación (un hecho reconocido actualmente por los historiadores, pero jamás mencionado por Sachs en sus explicaciones de cómo sus reformas vencen a la inflación). Sólo dos actos después de la «bomba atómica» lanzada sobre la economía boliviana, las exportaciones ilegales de droga generaban más ingresos para el país que todas sus exportaciones legales juntas, y, según las estimaciones, unas 350.000 personas se ganaban la vida dedicándose a algún aspecto del comercio de la droga. El «milagro boliviano» lanzó de inmediato a Sachs al estrellato en los círculos del poder financiero y catapultó su carrera académica como experto más destacado en economías golpeadas por la crisis, lo que, en los años siguientes, le llevaría a Argentina, Perú, Brasil, Ecuador y Venezuela.
Las alabanzas vertidas sobre Sachs no estaban motivadas simplemente por el hecho de que se hubiera logrado contener la inflación en un país pobre, sino porque había conseguido lo que tantos habían juzgado imposible: había contribuido a organizar una transformación radical de signo neoliberal dentro de los confines de una democracia. Bolivia demostró que la terapia de shock podía ser impuesta en un país que acababa de celebrar unas elecciones, pero no evidenció que pudiese ser aceptada democráticamente o sin represión; en realidad, volvió a ser una prueba evidente de lo contrario. Lo que hizo Paz y algunos llamaron “política vudú”, simplemente fue mentir. El estilo característico de las actuaciones de las juntas militares del Cono Sur: para que el régimen pudiera imponer una terapia económica de shock, era necesario que desaparecieran ciertas personas (aunque sólo fuera de forma temporal). Y, si bien en el caso boliviano las desapariciones fueron, sin duda, menos brutales, cumplieron el mismo fin al que habían contribuido en las dictaduras vecinas en la década de los setenta.

Toda historia (y las que se cuentan sobre los países en transición con aún más razón) tiene gran parte de mito. Pero la que habitualmente se narra sobre lo acontecido en Polonia y China mejora con mucho la realidad. En Polonia, la democracia fue empleada como arma contra los «mercados libres» en la calle y en las urnas. En China, por su parte, el impulso del capitalismo sin restricciones arrolló a la democracia en la plaza de Tiananmen, pero el shock y el terror desataron uno de los booms inversores más lucrativos y sostenidos de la historia moderna. Un nuevo milagro nacido de una masacre.

La terapia de shock siempre tiene mucho de escenificación dramática de cara al mercado: ahí radica parte del fundamento teórico sobre el que se sustenta. La Bolsa adora esos momentos con un fuerte componente de gestión, y promocionados a bombo y platillo, que disparan los precios de las acciones y que suelen venir propiciados por la salida a bolsa de una compañía importante, por el anuncio de una gran fusión o por el fichaje de un presidente ejecutivo de gran fama por parte de una empresa importante. Cuando los economistas instan a los países a anunciar un paquete de medidas de terapia de shock generalizada, su consejo se basa en parte en la conveniencia de imitar esos acontecimientos dramáticos de los mercados y provocar una estampida (aunque, en ese caso, en lugar de vender acciones de una empresa, lo que se vende es un país entero). La respuesta esperada es simple: «¡Compren participaciones argentinas!», «¡Compren bonos bolivianos!». Un enfoque más lento y cuidadoso podría resultar menos brutal, pero privaría al mercado de esas burbujas especulativas durante las que se gana dinero de verdad. La terapia de shock siempre supone una apuesta destacada en un juego de azar, pero en Sudáfrica no salió bien: el grandilocuente gesto de Mbeki no logró atraer inversiones a largo plazo y propició únicamente apuestas especulativas que acabaron devaluando aún más la moneda.

La corrupción ha sido un elemento tan habitual de estas fronteras contemporáneas como lo fue durante las fiebres del oro coloniales. Como los acuerdos de privatización más significativos se firman siempre en medio del tumulto generado por una crisis económica o política, no impera casi nunca en esos momentos un marco legislativo claro ni unas autoridades reguladoras efectivas: el ambiente es caótico y los precios son tan flexibles como los dirigentes políticos. Lo que hemos estado viviendo durante tres décadas ha sido un capitalismo de frontera, una frontera que ha ido cambiando constantemente de ubicación, de crisis en crisis, trasladándose tan pronto como la ley se ha ido poniendo al día de la situación en cada nuevo lugar.

La historia de la crisis asiática suele concluir en ese punto: el FMI intentó ayudar, pero la cosa no funcionó. Incluso la propia auditoría interna del FMI llegó a esa misma conclusión. La Oficina de Evaluación Independiente del Fondo concluyó que los ajustes estructurales exigidos fueron «desacertados» y «más amplios de los aparentemente necesarios», además de «no cruciales para la resolución de la crisis». También advirtió de que «la crisis no debería utilizarse como una oportunidad para imponer un amplio programa de reformas sólo porque la influencia durante ese momento es muy elevada y con independencia de lo justificables que puedan ser sus méritos». En un apartado especialmente contundente de aquel informe interno, la Oficina acusaba al Fondo de haber actuado cegado hasta tal punto por la ideología del libre mercado que el simple hecho de considerar algo tan lógico como la instauración de controles sobre los flujos de capitales había resultado institucionalmente inimaginable. «Si ya era una herejía sugerir que los mercados financieros no estaban distribuyendo el capital mundial de un modo racional y estable, contemplar [la posibilidad de establecer controles de capitales] constituía sencillamente un pecado mortal».
Lo que pocos estaban dispuestos a admitir por aquel entonces era que, si bien el FMI le falló (y de qué manera) al pueblo de Asia, no decepcionó en absoluto a Wall Street.

Durante los años noventa, muchas empresas que tradicionalmente habían fabricado sus propios productos con plantillas numerosas y estables se pasaron al que terminó conociéndose como el modelo Nike: no poseer fábrica alguna, producir los artículos mediante una complicada red de contratistas y subcontratistas, e invertir los recursos en diseño y marketing. Otras empresas optaron por el modelo alternativo, el de Microsoft: mantener un centro de control férreo de los accionistas/empleados que llevan a cabo las «competencias básicas» de la empresa y recurrir a temporales para todo lo demás, desde la gestión de la sala de correo hasta redactar un código. Algunos bautizaron como “multinacionales huecas”sometidas a reestructuraciones radicales, sin apenas contenido tangible.

Con la guerra contra el terror, los neoconservadores no renunciaron a sus objetivos económicos: encontraron un nuevo modo, todavía más eficaz, de conseguirlos. Por supuesto, estos tiburones de Washington están comprometidos con el papel imperialista de Estados Unidos en el mundo y de Israel en Oriente Medio. Sin embargo, resulta imposible separar el proyecto militar —guerras interminables en el extranjero y un Estado de la seguridad en casa— de los intereses del complejo del capitalismo del desastre, que ha generado una industria multimillonaria basada en esos supuestos. En ningún lugar se ha visto más clara la fusión entre los objetivos políticos y los económicos que en los campos de batalla de Irak.
El caos en Irak trajo otra consecuencia de la que se ha hablado poco: cuanto más tiempo transcurría, más se privatizaba la presencia extranjera hasta el punto de llegar a crear un nuevo paradigma de guerra y de respuesta a las catástrofes humanas.
En este punto surtió pleno efecto la ideología de la privatización radical que centraba el anti-Plan Marshall. La inquebrantable negativa de la administración Bush a dotar de personal a la guerra en Irak (con tropas o con empleados civiles bajo su control) tuvo unos beneficios claros para su otra guerra: la de subcontratar el gobierno de Estados Unidos. Esta cruzada, que dejó de ser el tema central de la retórica pública de la administración, ha seguido siendo una obsesión permanente entre bastidores y ha tenido mucho más éxito que
todas las batallas más públicas juntas.
Dado que Rumsfeld diseñó la guerra como una invasión justo a tiempo, con soldados para desempeñar únicamente funciones de combate básicas, y que eliminó 35.000 puestos de trabajo en los departamentos de Defensa y de Asuntos de Veteranos en el primer año del despliegue en Irak, el sector privado se quedó para rellenar los huecos en todos los niveles.[46] En la práctica, el significado de esta configuración fue que mientras Irak se sumía en el caos, una industria de guerra privatizada todavía más elaborada tomó forma para apoyar al ejército (tanto en el terreno, en Irak, como en Estados Unidos, en el Walter Reed Medical Center).

La guerra en Irak sirvió finalmente para crear un modelo de economía, y no precisamente el Tigre en el Tigris del que hablaron los neoconservadores. Se trata de un modelo de guerra y reconstrucción privatizadas, y que no tardó mucho en ser exportado. Hasta Irak, las fronteras de la cruzada de Chicago las imponía la geografía: Rusia, Argentina, Corea del Sur. Ahora ya se puede abrir una nueva frontera en cualquier lugar donde suceda el siguiente desastre.

La corporación (CH2M Hill) era una multimillonaria contratista en Irak, pagada para llevar a cabo la esencial función del gobierno de supervisar a los contratistas. En Sri Lanka, después del tsunami, no sólo construyó puertos y puentes, sino que también fue «responsable de la gestión global del programa de infraestructuras». En la Nueva Orleáns del post Katrina, a esta corporación se le concedieron 500 millones de dólares para construir casas-FEMA y simular una alerta y estar preparada para hacer lo mismo en el próximo desastre. Una maestra en la privatización del Estado en circunstancias extraordinarias estaba ahora haciendo lo mismo bajo condiciones normales. Si Irak fue un laboratorio de radical privatización, la fase de prueba estaba claramente aquí.

En el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, de 2007, sin embargo, líderes políticos y de corporaciones estaban perplejos por el estado de los acontecimientos que parecía infringir esa sabiduría convencional. Se dio a conocer como el «dilema de Davos», que el columnista del Financial Times Martin Wolf describió como «el contraste entre la molesta política y la economía ventajosa en el mundo». Como él expresó, la economía se había enfrentado a «una serie de shocks: la quiebra de la Bolsa después del año 2000; las atrocidades terroristas del 11 de septiembre de 2001; las guerras en Irak y Afganistán; fricciones respecto a las políticas estadounidenses; una subida repentina de los precios reales del petróleo hasta niveles no vistos desde los años setenta; el cese de las negociaciones de Doha [de las conversaciones de la OMC] y el enfrentamiento respecto a las ambiciones nucleares de Irak». Y todavía se encontraba «en un período dorado de crecimiento compartido en términos generales». Dicho francamente, el mundo se dirigía al infierno; no había estabilidad alguna a la vista y la economía global estaba rogando su aprobación. Poco después, Lawrence Summers, antiguo secretario del Tesoro de Estados Unidos, señaló la «casi completa desconexión» entre la política y el mercado como «algo salido de Dickens. Hablas con expertos en relaciones internacionales y es el peor de todos los tiempos. Luego hablas con potenciales inversores y estamos en uno de los mejores momentos»
Las grandes empresas de ingeniería que consiguen jugosos contratos al margen de la oferta previa tras guerras y desastres naturales, crecieron un 250% entre 2001 y abril de 2007. La reconstrucción es ahora un negocio tan grande que cada nueva destrucción es recibida con la emoción de una apasionada e inicial oferta de valores públicos: 30.000 millones para la reconstrucción de Irak, 13.000 millones para la reconstrucción tras el tsunami, 100.000 millones para Nueva Orleans y la Costa del Golfo y 7.600 millones para el Líbano.

La receta de guerra mundial infinita es la misma que la administración Bush ofreció como un prospecto de negocios en el naciente complejo del capitalismo del desastre después del 11 de septiembre. No es una guerra que pueda ser ganada por un país porque no se trataba de ganar. La finalidad es crear «seguridad» dentro de los Estados fortaleza reforzados por conflictos infinitos de baja intensidad fuera de sus murallas. En cierto modo, es el mismo objetivo que tienen las compañías de seguridad privada en Irak: cerrar bien el perímetro y proteger la zona de seguridad. Bagdad, Nueva Orleans y Sandy Springs vislumbran un tipo de futuro cercado construido y dirigido por el complejo del capitalismo del desastre. En Israel, sin embargo, este proceso está más avanzado: un país entero se ha transformado en un comunidad fortificada rodeada por gente dejada fuera viviendo de manera permanente en zonas desprotegidas. Esto es lo que la sociedad parece cuando ha perdido su incentivo económico para la paz y se invierte en exceso en enfrentamiento y en la obtención de beneficios en una eterna y fracasada guerra contra el terror. Una parte se asemeja a Israel. La otra parte a Gaza.
El caso de Israel es extremo, pero el tipo de sociedad que está creando puede que no sea única. El complejo del capitalismo del desastre prospera en condiciones de un desgastado conflicto de baja intensidad. Éste parece ser el punto de llegada en todas las zonas del desastre.
Los palestinos no son los únicos así catalogados en el mundo: millones de rusos también se han convertido en un excedente en su propio país, por lo que muchos huyen de sus hogares con la esperanza de encontrar un trabajo y una vida digna en Israel. Aunque los bantustanes originales han sido desmantelados en Sudáfrica, el único de los cuatro pueblos que vive en chabolas de barrios bajos de rápida expansión es también un excedente en la nueva Sudáfrica neoliberal.[49] Este deshacerse de entre el 25% y el 60% de la población ha sido el sello de la cruzada de la Escuela de Chicago desde que los «pueblos de la miseria» empezaron a crecer rápidamente en el Cono Sur en los años setenta. En Sudáfrica, Rusia y Nueva Orleans, los ricos construyen muros a su alrededor. Israel ha llevado este proceso un paso más lejos: construye muros alrededor de los peligrosos pobres.

En América Latina, el primer laboratorio de la Escuela de Chicago, la reacción ha tomado una forma mucho más esperanzadora. No está dirigida contra los débiles o vulnerables sino que apunta directamente contra la ideología que es la base de la exclusión económica. Y a diferencia de la situación en Rusia y en Europa oriental, existe un irreprimible entusiasmo por probar ideas que fueron subvertidas en el pasado. La protección más importante con la que se ha dotado América Latina en previsión de futuros shocks (y, por tanto, para protegerse también de la doctrina del shock) fluye de la emergente independencia del continente respecto a las instituciones financieras de Washington como consecuencia de una integración mucho mayor entre los gobiernos regionales. (ALBA Alternativa Bolivariana para las Américas).

El FMI, un paria en tantos países en los que ha tratado las crisis como si fueran oportunidades de hacer negocio, está empezando a marchitarse. El Banco Mundial se enfrenta a un futuro igualmente sombrío. En abril de 2007, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, reveló que había suspendido todos los créditos del banco y declarado al representante de la institución en Ecuador persona-non grata, un paso extraordinario. Dos años antes, explicó Correa, el Banco Mundial había utilizado un crédito de cien millones de dólares para mataR un proyecto de ley que hubiera redistribuido los beneficios del petróleo entre los más pobres del país. «Ecuador es una nación soberana y no toleraremos la extorsión de esta burocracia internacional», dijo. Al mismo tiempo, Evo Morales anunció que Bolivia abandonaría el tribunal de arbitraje del Banco Mundial, el estamento que permite a las empresas multinacionales demandar a los gobiernos por medidas que les hacen perder beneficios. «Ni los gobiernos de América Latina, ni creo que tampoco los del mundo, ganan jamás esos juicios. Siempre ganan las multinacionales», dijo Morales.

Otro magnífico libro de esta investigadora canadiense para poder entender los movimientos acontecidos con lo que unos han llamado crisis y son engaños de grandes beneficios para corporaciones y así un largo etc. Sus libros me parecen muy recomendables.

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This book is a challenge against the most appreciated and essential affirmation of official history: that the triumph of capitalism is born of freedom, that the deregulated free market goes hand in hand with democracy. Instead, I will show that this fundamentalist form of capitalism has emerged in a brutal birth whose midwives have been violence and coercion, inflicted on the collective political body as well as innumerable individual bodies. The history of the contemporary free market – the rise of corporatism, in fact – has been written with shock letters.

From shock and shock arise fears, dangers and unlearnable destructions for most of the people, for specific elements and sectors of the society of the threat, or for the leaders.

The relation between the enormous profits of the companies and the great catastrophes, I thought that I was facing a radical change in the way in which the “liberalization” of markets was developing all over the world.

Fear and disorder as catalysts of a new leap forward are the foundations of the new capitalism.

Between the arms trade, the privatization of armies, the industry of humanitarian reconstruction and internal security, the result of the shock therapy supervised by the Bush administration after the attacks is, in fact, a new fully articulated economy. It was born in the Bush era, but it exists independently of a specific administration and will continue to function.

Ideology changes continuously in form, names and identities. Friedman considered himself a “liberal,” but his American disciples, who linked liberalism with high taxes and hippies, tended to identify themselves as “conservatives,” “classical economists,” “free-market advocates,” and later followers of the «Reaganomics» or «laissez-faire». In most of the world, they are known as neoliberals, but the terms “free market” or, simply, “globalization” are often used. Only since the mid-1990s, this intellectual movement led by the right-wing think tanks with which Friedman worked for several years – such as the Heritage Foundation, the Cato Institute or the American Enterprise Institute – began to call itself “neoconservative”, an approach that has enlisted all the power of the army and military machinery to serve the purposes of the business conglomerate.
All these reincarnations share a commitment to a political trinity: the elimination of the public role of the State, the absolute freedom of movement of companies and a practically zero social expenditure. One of the characteristics of the corporatist state is that it usually includes an aggressive surveillance system (again, organized through agreements and contracts between the government and large companies), mass incarceration, reduction of civil liberties and often, but not always, torture.

Torture is more than a tool used to impose unwanted rules on a rebel population. It is also a metaphor for the logic underlying the doctrine of shock.
Torture, or using the language of the CIA, the “coercive interrogations,” is a set of techniques designed to place the prisoner in a state of profound disorientation and shock, in order to force him to make concessions against his will.

The believers in the doctrine of shock are convinced that only a major rupture – such as a flood, a war or a terrorist attack – can generate the kind of blank, clean and broad tapestry they crave. In those malleable periods, when we do not have a psychological north and are physically exiled from our homes, the artists of the real dip their hands in the docile matter and give beginning to their work of remodeling the world.

The three forms of shock converged in the bodies of Latin American citizens and in the political body of the area, unleashing an endless hurricane of mutually reinforcing destruction and reconstruction, elimination and creation, in a monstrous cycle. The shock of the military coup paved the way for economic shock therapy.
The shock of the torture chambers and the terror they caused in the town prevented any opposition to the introduction of economic measures. From this living laboratory emerged the first State of the Chicago School, and the first victory of its global counterrevolution. Pinochet of Chile as Argentina were terror in absolute degree.
The project of the Chicago School in Latin America was built literally on secret torture centers in which thousands of people who believed in a different country disappeared.

The coca industry played a significant role in the reactivation of the Bolivian economy and the remission of inflation (a fact currently recognized by historians, but never mentioned by Sachs in his explanations of how his reforms beat inflation). Only two acts after the “atomic bomb” launched on the Bolivian economy, illegal drug exports generated more income for the country than all its legal exports combined, and, according to estimates, some 350,000 people made their living by dedicating themselves to some aspect of the drug trade. The “Bolivian miracle” immediately sent Sachs to stardom in the circles of financial power and catapulted his academic career as the leading expert in economies hit by the crisis, which, in the following years, would take him to Argentina, Peru, Brazil , Ecuador and Venezuela.
The praises poured on Sachs were not motivated simply by the fact that inflation had been contained in a poor country, but because it had achieved what so many had deemed impossible: it had helped to organize a radical transformation of neoliberalism within the confines of a democracy. Bolivia showed that shock therapy could be imposed in a country that had just held an election, but it did not show that it could be accepted democratically or without repression; in fact, it was again evident proof of the contrary. What Paz did and some called “voodoo politics” was simply lying. The characteristic style of the actions of the military juntas of the Southern Cone: so that the regime could impose an economic therapy of shock, it was necessary that certain people disappear (even if only temporarily). And, although in the Bolivian case the disappearances were undoubtedly less brutal, they fulfilled the same purpose that they had contributed to in neighboring dictatorships in the 1970s.

All history (and those that are told about the countries in transition with even more reason) has a great part of myth. But the one that is usually narrated about what happened in Poland and China improves reality a lot. In Poland, democracy was used as a weapon against “free markets” on the street and at the polls. In China, for its part, the unrestrained drive of capitalism overwhelmed democracy in Tiananmen Square, but shock and terror unleashed one of the most lucrative and sustained investor booms in modern history. A new miracle born of a massacre.

Shock therapy always has a lot of dramatic staging for the market: that’s part of the theoretical foundation on which it is based. The stock market loves those moments with a strong management component, and promoted to hype and saucer, which trigger the prices of the shares and that are usually caused by the flotation of a major company, by the announcement of a large merger or by the signing of an executive president of great fame by a major company. When economists urge countries to announce a package of generalized shock therapy measures, their advice is based in part on the desirability of mimicking these dramatic market events and causing a stampede (though, in that case, instead of sell shares of a company, what is sold is a whole country). The expected response is simple: «Buy Argentine shares!», «Buy Bolivian bonds!». A slower and more careful approach might be less brutal, but it would deprive the market of those speculative bubbles during which real money is made. Shock therapy is always a major bet in a game of chance, but in South Africa it did not go well: Mbeki’s grandiloquent gesture failed to attract long-term investments and led only to speculative bets that ended up further devaluing the currency.

Corruption has been as common a feature of these contemporary borders as it was during colonial gold fevers. As the most significant privatization agreements are always signed in the midst of the turmoil generated by an economic or political crisis, there is hardly ever a clear legislative framework or effective regulatory authorities: the environment is chaotic and prices are as flexible as the political leaders. What we have been living for three decades has been a frontier capitalism, a border that has been constantly changing location, from crisis to crisis, moving as soon as the law has been updated of the situation in each new place.

The history of the Asian crisis usually ends at that point: the IMF tried to help, but it did not work. Even the IMF’s own internal audit came to that same conclusion. The Independent Evaluation Office of the Fund concluded that the required structural adjustments were “unfounded” and “broader than apparently necessary”, in addition to “not crucial for the resolution of the crisis”. He also warned that “the crisis should not be used as an opportunity to impose a broad program of reforms just because the influence during that time is very high and regardless of how justifiable their merits may be.” In a particularly forceful section of that internal report, the Office accused the Fund of having acted blinded to such an extent by the ideology of the free market that the mere fact of considering something as logical as the establishment of controls on capital flows had resulted institutionally unimaginable “If it was already a heresy to suggest that the financial markets were not distributing world capital in a rational and stable way, contemplating [the possibility of establishing capital controls] was simply a mortal sin.”
What few were willing to admit at the time was that while the IMF failed (and in what way) the people of Asia, it did not disappoint Wall Street at all.

During the 1990s, many companies that had traditionally manufactured their own products with numerous and stable templates went to what became known as the Nike model: not own any factory, produce the items through a complicated network of contractors and subcontractors, and invest the resources in design and marketing. Other companies opted for the alternative model, that of Microsoft: maintaining a tight control center for shareholders / employees who carry out the company’s “core competencies” and resorting to temporary ones for everything else, from the management of the room mail to write a code. Some called them “hollow multinationals” subjected to radical restructuring, with hardly any tangible content.

With the war against terror, the neoconservatives did not renounce their economic objectives: they found a new, even more effective, way to achieve them. Of course, these Washington sharks are committed to the imperialist role of the United States in the world and of Israel in the Middle East. However, it is impossible to separate the military project – endless wars abroad and a home security state – from the interests of the disaster capitalism complex, which has generated a multi-billion dollar industry based on those assumptions. Nowhere has the fusion between political and economic objectives been clearer than in the battlefields of Iraq.
The chaos in Iraq brought another consequence of which little has been said: the more time passed, the more the foreign presence was privatized to the point of creating a new paradigm of war and response to human catastrophes.
At this point the ideology of radical privatization that centered the anti-Marshall Plan had full effect. The unwavering refusal of the Bush administration to staff the war in Iraq (with troops or civilian employees under its control) had clear benefits for its other war: to outsource the US government. This crusade, which ceased to be the central theme of the administration’s public rhetoric, has remained a permanent behind-the-scenes obsession and has been much more successful than
all the most public battles together.
Given that Rumsfeld designed the war as a just-in-time invasion, with soldiers to perform only basic combat functions, and that he eliminated 35,000 jobs in the departments of Defense and Veterans Affairs in the first year of deployment in Iraq, the The private sector stayed to fill in the gaps at all levels. [46] In practice, the meaning of this configuration was that while Iraq was plunging into chaos, an even more elaborate privatized war industry took shape to support the army (both in the field, in Iraq, and in the United States, in the Walter Reed Medical Center).

The war in Iraq finally served to create a model of economy, and not precisely the Tiger in the Tigris that the neo-conservatives talked about. It is a model of privatized war and reconstruction, and it did not take long to be exported. Up to Iraq, the borders of the Chicago crusade were imposed by geography: Russia, Argentina, South Korea. Now you can open a new border anywhere the next disaster happens.

The corporation (CH2M Hill) was a multimillion-dollar contractor in Iraq, paid to carry out the essential role of the government in supervising contractors. In Sri Lanka, after the tsunami, it not only built ports and bridges, but was also “responsible for the overall management of the infrastructure program”. In the New Orleans of the post Katrina, this corporation was granted 500 million dollars to build houses-FEMA and simulate an alert and be prepared to do the same in the next disaster. A teacher in the privatization of the State in extraordinary circumstances was now doing the same under normal conditions. If Iraq was a laboratory of radical privatization, the testing phase was clearly here.

At the World Economic Forum in Davos, Switzerland, in 2007, however, political and corporate leaders were perplexed by the state of events that seemed to infringe on that conventional wisdom. It became known as the “Davos dilemma,” which Financial Times columnist Martin Wolf described as “the contrast between the annoying politics and the advantageous economy in the world.” As he put it, the economy had faced “a series of shocks: the bankruptcy of the stock market after 2000; the terrorist atrocities of September 11, 2001; the wars in Iraq and Afghanistan; frictions with respect to US policies; a sudden rise in real oil prices to levels not seen since the 1970s; the cessation of the Doha negotiations [of the WTO talks] and the confrontation over Iraq’s nuclear ambitions ». And he was still “in a golden period of shared growth in general terms.” Said frankly, the world was headed to hell; there was no stability in sight and the global economy was begging for its approval. Shortly thereafter, Lawrence Summers, former Secretary of the Treasury of the United States, pointed to the “almost complete disconnection” between politics and the market as “something out of Dickens. You talk to experts in international relations and it is the worst of all time. Then you talk to potential investors and we are in one of the best moments »
The big engineering companies that get juicy contracts outside the previous offer after wars and natural disasters, grew by 250% between 2001 and April 2007. The reconstruction is now such a big business that each new destruction is received with the emotion of a passionate and initial offer of public values: 30,000 million for the reconstruction of Iraq, 13,000 million for reconstruction after the tsunami, 100,000 million for New Orleans and the Gulf Coast and 7,600 million for Lebanon.

The recipe for infinite world war is the same as the Bush administration offered as a business prospect in the nascent disaster capitalism complex after September 11. It is not a war that can be won by a country because it was not about winning. The purpose is to create “security” within the fortress states reinforced by infinite conflicts of low intensity outside their walls. In a way, it’s the same goal that private security companies in Iraq have: close the perimeter well and protect the security zone. Baghdad, New Orleans and Sandy Springs envision a type of future enclosure built and directed by the disaster capitalism complex. In Israel, however, this process is more advanced: an entire country has been transformed into a fortified community surrounded by people left outside living permanently in unprotected areas. This is what society seems when it has lost its economic incentive for peace and invests excessively in confrontation and in obtaining benefits in an eternal and unsuccessful war against terror. A part resembles Israel. The other part to Gaza.
The case of Israel is extreme, but the type of society you are creating may not be unique. The complex of disaster capitalism thrives in conditions of a worn-out conflict of low intensity. This seems to be the point of arrival in all areas of the disaster.
The Palestinians are not the only ones cataloged in the world: millions of Russians have also become a surplus in their own country, so many flee their homes in the hope of finding a job and a decent life in Israel. Although the original Bantustans have been dismantled in South Africa, the only one of the four peoples living in slums of rapidly expanding slums is also a surplus in the new neoliberal South Africa. [49] This ridding of between 25% and 60% of the population has been the hallmark of the Chicago School Crusade since the “peoples of misery” began to grow rapidly in the Southern Cone in the 1970s. In South Africa, Russia and New Orleans, the rich build walls around them. Israel has taken this process a step further: build walls around the dangerous poor.

In Latin America, the first laboratory of the Chicago School, the reaction has taken a much more hopeful form. It is not directed against the weak or vulnerable but points directly against the ideology that is the basis of economic exclusion. And unlike the situation in Russia and Eastern Europe, there is an irrepressible enthusiasm to try ideas that were subverted in the past. The most important protection with which Latin America has been provided in anticipation of future shocks (and, therefore, also to protect itself from the doctrine of the shock) flows from the emerging independence of the continent from the financial institutions of Washington as a consequence of a much greater integration among regional governments. (ALBA Bolivarian Alternative for the Americas).

The IMF, a pariah in so many countries in which it has treated crises as if they were opportunities to do business, is beginning to wither. The World Bank faces an equally bleak future. In April 2007, the president of Ecuador, Rafael Correa, revealed that he had suspended all the bank’s credits and declared the representative of the institution in Ecuador persona-non grata, an extraordinary step. Two years earlier, Correa explained, the World Bank had used a credit of one hundred million dollars to kill a bill that would have redistributed the benefits of oil among the country’s poorest. “Ecuador is a sovereign nation and we will not tolerate the extortion of this international bureaucracy,” he said. At the same time, Evo Morales announced that Bolivia would leave the arbitration tribunal of the World Bank, the body that allows multinational companies to sue governments for measures that make them lose profits. “Neither the governments of Latin America, nor do I believe that those of the world, ever win those judgments. The multinationals always win, “said Morales.

Another magnificent book by this Canadian researcher to understand the movements that occurred with what some have called crises and are deceptions of great benefits for corporations and so on. All books are very recommendable to me.

No Logo: El Poder De Las Marcas — Naomi Klein / No Logo by Naomi Klein

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Sin duda esta novela de esta canadiense de Toronto, es un libro de cabecera sobre la globalización de las marcas y su poca o nada de ética por momentos o siempre, antes el producto se hacía en fábricas y ahora es la marca como identificación con un cliente satisfecho, el bombardeo publicitario como sí fuésemos cucarachas y megaempolios familiares como WallMart vendiendo productos familiares y segundas versiones de productos comprometidos, además alimentando las zonas de procesamiento de exportaciones (ZPE) como Cavite en Filipinas o maquilas de Ciudad Juárez, con contratos tipos Mcjobs desde MacDonald que es precariedad, por eso las empresas pasan de generadoras de empleo a generadoras de riqueza y es por la temporalidad, forma de no repartir beneficios como Microsoft, la huelga de UPS y por encima de todo creando miedo en el empleado y es preocupante la bonanza del sector servicios precario sobre el industrial en los llamados países desarrollados, además la política de las empresas de invertir mucho en universidades y al final se analizan 3 empresas Nike que sin empresas supo moverse en los suburbios afroamericanos y está muy imbricada en la sociedad aunque su crisis aupó Adidas, Shell (Dutch) con el hundimiento de una plataforma a 150 km de Escocia y no haciéndolo por presión popular nos recuerda que sí podemos hacer cosas. Recomendadisima traducción aparte.

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A great novel by Naomi Klein a canadian writer from Toronto, essential in reference with worldwide process from big enterprises an no ethic in policies as common use, from ancient times products made in factories and from now on logo is a motto as satisfaction from customers, we’re victims from raid in different mass medias as cockroaches ( marketing process) besides familiar gathering in entreprise as WallMart and stricted rules in order to family and second vers from different products and global process going to Processing Export Zones as Cavite in Phillipines or maquilas in Ciudad Juárez Mexico, worker deals aka Mcjobs, from McDonald Corp, a buzzword precariousness and temps around the world in order to split profits and companies from employment focus to ritzy spots, examples as Microsoft, strikes as UPS believing fear in workers, a thing is sure and preoccupaying moving from industrial to service sectors in the development countries. Company has universities as labs in their thoughts. Finally talking about Nike a Company without factories and associated to well fitness, origin in the afroamerican suburbs and entwined to society when it was shaked from crisis Adidas was origin from booming expansion, example as Shell (Dutch) in order to sinking a petróleo platform nearest to Scot coasts no possible due to Greenpeace actions and population pressure is a keepsakes we can do it …times are changing. Recommended and mistakes in the spanish translation. Enjoy an essential book in the times we’re running.