La Crisis De La Democracia: ¿Adónde Pueden Llevarnos El Desgaste Institucional Y La Polarización? — Adam Przeworski / Crises of Democracy by Adam Przeworski

El contexto en el cual debemos situar la crisis actual de las instituciones representativas. Las elecciones rara vez ofrecen muchas opciones: la mayor parte del tiempo, quien se desempeña en el cargo de gobierno sigue el mismo paradigma de políticas que el que seguirían sus opositores derrotados, con no más de algunas diferencias menores para los electorados particulares. Pero, una vez más, como consecuencia de la ofensiva neoliberal, la totalidad del espectro de opciones en materia de políticas se desplazó hacia la derecha, mientras que el ingreso de cerca de la mitad de los asalariados siguió estancado en las últimas décadas. Los individuos aprendieron que votan, los gobiernos cambian y sus vidas siguen siendo las mismas.
La búsqueda de soluciones mágicas no es la única reacción posible ante el descontento con las instituciones representativas tradicionales. La otra es el llamado a la “democracia directa”. El “populismo” tiene al menos dos variantes: “participativa” y “delegativa”. El populismo participativo es la demanda de autogobierno; el populismo delegativo es la demanda de ser gobernado bien por otros. En tanto fenómeno político, la primera variante es saludable pero inconsecuente, mientras que la segunda es peligrosa para la democracia.
El populismo participativo tiene sus raíces en Rousseau, quien creía que “el pueblo” –en ese singular tan característico del siglo XVIII– debía gobernarse a sí mismo. La agenda del populismo participativo consiste en reformas institucionales que darían más potencia a “la voz del pueblo”.
Por justificada que sea la insatisfacción populista con las instituciones representativas vigentes y por saludable que puedan ser las diferentes formas de democracia directa, ninguna de esas medidas es más que un paliativo. Pueden restaurar cierta confianza en las instituciones democráticas, pero se lanzan contra lo ineludible: el mero hecho de que cada uno de nosotros debe ser gobernado por otra persona y que ser gobernado implica políticas y leyes que a algunas personas no les agradan. Algunas personas estarían disconformes con cualquier decisión, aun si se tomaran con la participación completa, igualitaria y efectiva de los ciudadanos. No existe cosa tal como “gente” o “pueblo” en singular, y la gente, en plural, tiene diferentes intereses, valores y normas. Es más, cabe preguntarse si es verdad que las personas quieren gobernarse. Algunas, sin duda, sí, pues de otro modo, no existirían los políticos, pero ¿ocurre lo mismo con la mayoría o, incluso, con muchos?
La alternativa a gobernarnos es ser gobernados por otros, pero ser bien gobernados.

Crisis de la democracia es un fracaso, pero interesante e instructivo. El autor, el consumado neobernsteiniano Adam Przeworski, tiene un estilo nítido y lógico, la humildad apropiada para hacer predicciones («especialmente sobre el futuro», como dicen) y dominio de la literatura. En cambio, su fracaso apunta al de la propia disciplina (la suya de la ciencia política).
Este fracaso está encarnado en la estructura quimérica del propio libro. Adoptando un enfoque admirablemente multimetodológico, Przeworski examina varios estudios de casos de fracaso o supervivencia democrática, luego observa las tendencias existentes, luego ofrece un análisis racionalista a priori de cuándo las facciones deberían encontrar razonable actuar dentro de los límites constitucionales, luego se encoge de hombros y dice es cautelosamente pesimista y no tiene idea. Ninguno de estos es malo, pero lo que inquieta y justifica el levantamiento de hombros de Przeworski es el grado en que los análisis de casos pasados resultan inútiles para tratar las preocupaciones actuales.
Cada uno de los análisis de casos ofrecidos al principio se refiere a una crisis aguda dentro de la esfera política, que claramente se evitó o claramente no se evitó. En el caso familiar de la Alemania de la década de 1930, los derechistas utilizaron medios constitucionales para declarar una dictadura; en la década de 1970 en Chile, los líderes políticos formalmente dispuestos a negociar y jugar dentro del sistema constitucional no pudieron contener a sus seguidores, y la disputa constitucional proporcionó a los derechistas en el ejército una cobertura para simplemente imponer una dictadura económica y política; en la década de 1950 en Francia, De Gaul resolvió un estancamiento político actuando como un dictador en el sentido de Cincinnatus: entró, impuso el orden y luego se fue en poco tiempo a una república reconstituida; en los Estados Unidos de la década de 1960, Nixon violó la ley, luego insistió en que era metafísicamente imposible para él violar la ley y luego se resignó, en ambos sentidos, a la ignominia. Todos estos se refieren a vacui jurum en la parte superior del sistema político en medio de una violencia espontánea generalizada en la parte inferior, y que se resuelven en la instalación, o no, de un dictador personal. Los líderes militares juegan papeles cruciales, aunque solo sea en no actuar. Este modelo de «crisis constitucional» podría aplicarse con tanta facilidad a la declaración de dictadura de Mussolini de 1925, la «destitución» australiana de 1975 y numerosos, pero, de manera crucial, lejos de todos, casos positivos y negativos de cambio de régimen.
Como he argumentado en otra parte, el resultado electoral disputado de Estados Unidos en última instancia tenía más en común con las teorías de conspiración recurrentes sobre las elecciones estadounidenses (Diebold, certificados de nacimiento, piratas informáticos rusos, lo que sea) que con una crisis constitucional real… pero con un resultado más cercano y un igualmente titular inmoral pero más competente, podría haber sido de otra manera. Los futuros cambios de régimen, o la falta de ellos, podrían ocurrir en varias direcciones. El modelo de crisis constitucional aún puede ser apropiado.
Pero lo que Przeworski observa en sus tendencias a largo plazo es bastante diferente. Se destacan dos factores: primero, el lento crecimiento combinado con una creciente desigualdad de ingresos se han combinado durante décadas, produciendo, por primera vez en el Occidente moderno, percepciones populares y razonables de que las vidas no mejorarán en términos generacionales. En segundo lugar, las instituciones intermediarias, sobre todo los sindicatos y los partidos, están en declive.
Los episodios previos de polarización y lucha ideológica -a favor y en contra de la democracia, ya favor y en contra de varias cosas que la democracia u otros tipos de régimen podrían lograr- ocurrieron en el contexto de la política institucionalizada. La Iglesia Católica, los movimientos obreros, los militares y varios partidos penetraron y organizaron la vida social de una manera que nuestra sociedad de «boliche solo» difícilmente puede acercarse. La gente de hoy está dividida, amargada e ideológica, pero cuando lo está, lo está como parte de un pasatiempo institucionalizado, en la medida en que lo está, a través del consumo mediático individual. El espectáculo reemplaza a la lucha.
Przeworksi señala que las elecciones deben tener algo en juego, pero no demasiado: demasiado poco, si la gente siente que votar no hace ninguna diferencia y que el sistema no responde a sus preocupaciones; demasiado, si los perdedores entendieran el resultado como una amenaza existencial. Lo que podría haber agregado es que las tendencias -tendencias que, sin duda, han sido exageradas- desde el conflicto económico polarizado en líneas de propiedad hasta el conflicto cultural polarizado en líneas educativas resultan en apuestas que son demasiado y demasiado pequeñas al mismo tiempo. Demasiado poco, porque las condiciones de vida se colocan fuera de los límites de la discusión política; demasiado, porque cada elección se plantea como una amenaza y una lucha entre no planes de acción sino entre la legitimidad de la identidad. Los conflictos distributivos, por ser cuantitativos y consecuencialistas, se prestan al menos a la posibilidad de compromiso, donde todos salen igualmente insatisfechos; las cuestiones culturales casi siempre se presentan como una lucha entre derechos no negociables. Y mientras que en una era de crecimiento estos compromisos económicos podrían ser menos insatisfactorios por la creencia de que la batalla por el próximo pastel sería más grande, tal posibilidad no existe hoy. Este pesimismo podría ser aún más agudo si afrontáramos, tan pronto como sea necesario, el hecho de que el precio «verdadero» de la energía debe ser mucho más alto que el precio del mercado.
En consecuencia, Przeworski se preocupa mucho más por las subordinaciones crónicas de la democracia que por las agudas, como la que persigue el PiS en Polonia. Pero incluso esto me parece demasiado estrictamente político, en el sentido de centrarse en la estructura formal del estado: lo que revelan las tendencias a largo plazo es una debilidad creciente no solo en el gobierno democrático sino también en la sociedad democrática. Los viejos modelos totalitarios que informan tanto nuestra imaginación sobre la «negación» de la democracia eran, de hecho, modelos que suponían una sociedad altamente movilizada en la que la gente común presionaba, informaba, delegaba y participaba en la vida cívica y organizativa: un espejo de la ideología ideológica de la democracia, visión de su propio yo ideal. La derecha radical populista, cuando trata de ofrecer lo que Viktor Orban orgullosamente llama «democracia iliberal», está siguiendo este modelo, si no la estructura política totalitaria o incluso tradicionalmente autoritaria. Pero si el crecimiento sigue siendo lento y su concentración constante, y la sociedad civil vaciada, lo que puede amenazar a la democracia puede que no sean parodias de ella, sino algo más parecido al mundo premoderno, con sus jerarquías francas, clientelismo y aquiescencia resignada más desde el escepticismo. que las cosas podrían ser cualquier cosa diferente al respaldo ideológico activo. Diagnosticar -y, tal vez, evitar- algo como esto no es algo que nuestros análisis históricos tradicionales de la política democrática puedan ser adecuados.

Algo está ocurriendo: en muchas democracias maduras se da un estallido de sentimientos “antiestablishment”, “antisistema”, “antiélite”, “populistas”. Después de casi un siglo en que los mismos partidos de siempre dominaron la política democrática, nuevos partidos surgen como hongos después de la lluvia, mientras que el apoyo a los tradicionales se debilita. En muchos países, la participación electoral decae hasta llegar a niveles sin precedentes históricos. La confianza en los políticos, los partidos, los órganos parlamentarios y los gobiernos está disminuyendo. Incluso el apoyo a la democracia como sistema de gobierno se ha atenuado. Las preferencias populares en lo que hace a la política difieren en forma radical. Aún más: los síntomas no son solo políticos. La pérdida de confianza en las instituciones se extiende a los medios, los bancos, las corporaciones privadas, incluso las iglesias. Los individuos con diferentes enfoques políticos, valores y culturas se perciben, cada día más, como enemigos: están dispuestos a cometer actos reprensibles contra el prójimo.
Los sindicatos perdieron buena parte de su capacidad de organizar y disciplinar a los trabajadores y, con ella, su monopolio del poder. Los partidos socialistas perdieron sus raíces clasistas y, con ellas, su peculiaridad ideológica y política. El efecto más visible de estos cambios es el marcado descenso en la participación del ingreso proveniente del empleo en el valor agregado y, al menos en los países anglosajones, el pronunciado incremento de la desigualdad en los ingresos. Combinado con la desaceleración del crecimiento, el aumento de la desigualdad lleva a que muchos ingresos se estanquen y a que la movilidad del ingreso disminuya.
¿Es condición para la coexistencia de la democracia y el capitalismo la mejora sostenida de las condiciones materiales de amplios sectores de la población, ya sea debida al crecimiento o al aumento de la igualdad? La historia indica que, en los países económicamente desarrollados, las democracias tienen raíces sólidas y son inmunes a las crisis económicas o de otro tipo, incluso las de gran magnitud. De todos modos, cabe preguntarse si la historia es una guía confiable para el futuro.
El segundo motivo que puede dar origen a crisis de la democracia es inherente a la competencia política. El sueño de todos los políticos radica en conquistar el poder y conservarlo para siempre. Sería poco razonable esperar que partidos rivales se abstengan de hacer lo que esté a su alcance para mejorar su ventaja electoral, y quienes están en ejercicio de cargos de gobierno cuentan con todo tipo de instrumento para defenderse de la voz del pueblo.

Las señales de que podríamos estar experimentando una crisis incluyen:
– la rápida erosión de los sistemas de partidos tradicionales;
– el ascenso de partidos y actitudes xenófobas, racistas y nacionalistas, y
– la mengua del apoyo a “la democracia” en encuestas de opinión pública.

El instinto indica comenzar con la economía, y allí es donde empiezo. En líneas generales, los desarrollos económicos de las décadas pasadas pueden caracterizarse mediante tres transformaciones que generaron dos efectos. Esas transformaciones son:
– decaimiento de las tasas de crecimiento de los países que ya estaban desarrollados;
– aumento de la desigualdad del ingreso entre individuos y hogares, así como una participación decreciente de la mano de obra en la industria manufacturera, y
– descenso del empleo en la industria e incremento del sector de los servicios, en especial de los puestos laborales con bajos salarios.

Elegimos nuestros gobiernos mediante comicios. Los partidos proponen políticas y presentan candidatos; nosotros votamos; alguien es declarado ganador de acuerdo con reglas preestablecidas; el ganador ocupa el cargo en el gobierno que estaba en disputa; el perdedor se va a su casa. A veces, se presentan problemas técnicos, pero, en general, el proceso opera sin tropiezos. Nos gobiernan durante algunos años y luego tenemos la oportunidad de decidir si queremos conservar en el cargo a quienes lo ocupan en la actualidad o si queremos expulsar a esos canallas. Todo es tan rutinario que lo damos por sentado.
El milagro de la democracia reside en que fuerzas políticas en conflicto obedezcan los resultados de la votación. Personas armadas obedecen a quienes no están armadas. Las autoridades arriesgan su control de los cargos gubernamentales llamando a elecciones. Los perdedores aguardan su oportunidad de acceder a los cargos. Los conflictos se regulan, se procesan de conformidad con reglas y resultan, de ese modo, limitados. Esto no es consenso, pero tampoco caos: solo conflicto regulado, conflicto sin derramamiento de sangre. Sin embargo, este mecanismo no siempre funciona.

La democracia funciona correctamente cuando las instituciones representativas configuran los conflictos, los absorben y los regulan de acuerdo con reglas. Las elecciones fracasan como mecanismo para procesar conflictos cuando sus resultados no tienen consecuencia alguna para las vidas de las personas o bien cuando quienes ocupan los cargos de gobierno abusan de su ventaja al punto de volver los actos electorales no competitivos. Una vez elegidos, los gobiernos deben estar en condiciones de gobernar, pero no pueden pasar por alto las opiniones de minorías con posturas muy definidas. Cuando los conflictos son intensos y una sociedad se encuentra altamente polarizada, encontrar políticas aceptables para todas las fuerzas políticas mayores es difícil y puede resultar imposible. Los errores de cálculo, ya sean de parte de los gobiernos o de diferentes grupos que se oponen a ellos, desencadenan derrumbes institucionales. Cuando los gobiernos pasan por alto la oposición a sus políticas, cuando interpretan toda oposición como subversiva, emprenden una represión injustificada, arrojan a los grupos opositores fuera del ámbito institucional: la oposición se convierte en resistencia. Cuando algunos grupos de la oposición se rehúsan a aceptar políticas que son el resultado de la aplicación de las reglas institucionales, a los gobiernos puede no quedarles más opción que recurrir a la represión para mantener el orden público. Encontrar el equilibrio adecuado entre concesión y represión entraña una elección sutil. Los fracasos son inevitables.

Tanto la Unión Europea como la Eurozona ofrecen blancos atractivos para los populistas. Por un lado, no hay un sujeto, no hay un “el pueblo” singular que les sea posible representar. Es más, ambas instituciones están aún más alejadas de los pueblos en plural que sus respectivos gobiernos. La crítica de que están gobernadas por élites extranjeras, a menudo entendidas como “alemanas”, es plausible. En consecuencia, las demandas de aislamiento y proteccionismo resultan atractivas.
Como reza un dicho polaco, “un pesimista es un optimista informado”. Mi pesimismo respecto del futuro es moderado. No creo que la supervivencia de la democracia esté en peligro en la mayoría de los países, pero no termino de identificar qué podría sacarnos de la situación actual de descontento. Sucesos políticos contingentes, como el resultado de futuras elecciones, no la aliviarán. Esta crisis no es solo política: tiene raíces profundas en la economía y la sociedad. Y es eso lo que me resulta inquietante.

The context in which we must place the current crisis of representative institutions. Elections rarely offer many options: most of the time, whoever serves in government follows the same policy paradigm as their defeated opponents would, with no more than a few minor differences for particular constituencies. But once again, as a consequence of the neoliberal offensive, the entire spectrum of policy options shifted to the right, while the income of about half of wage earners remained stagnant in recent decades. Individuals learned that they vote, governments change, and their lives remain the same.
The search for magical solutions is not the only possible reaction to discontent with traditional representative institutions. The other is the call for «direct democracy.» “Populism” has at least two variants: “participatory” and “delegative”. Participatory populism is the demand for self-government; delegative populism is the demand to be governed well by others. As a political phenomenon, the first variant is healthy but inconsequential, while the second is dangerous for democracy.
Participatory populism has its roots in Rousseau, who believed that «the people» – in that singular so characteristic of the eighteenth century – should govern itself. The participatory populist agenda consists of institutional reforms that would give more power to “the voice of the people”.
However justified populist dissatisfaction with existing representative institutions may be, and however healthy the different forms of direct democracy may be, none of these measures is more than a palliative. They can restore some confidence in democratic institutions, but they run against the inescapable: the very fact that each of us must be governed by someone else, and that being governed implies policies and laws that some people do not like. Some people would be unhappy with any decision, even if it were made with the full, equal and effective participation of citizens. There is no such thing as «people» or «people» in the singular, and people in the plural have different interests, values, and norms. Moreover, it is worth asking if it is true that people want to govern themselves. Some, without a doubt, yes, because otherwise, politicians would not exist, but does the same happen with the majority or even with many?
The alternative to governing ourselves is to be governed by others, but to be well governed.

Crises of Democracy is a failure, but an interesting and instructive one. The author, accomplished neo-Bernsteinian Adam Przeworski, has a crisply logical style, appropriate humility in making predictions («especially about the future,» as they say,) and mastery of the literature. Instead, its failure points to that of the discipline (his of political science).
This failure is embodied in the chimeric structure of the book itself. Taking an admirably multimethodological approach, Przeworski examines several case studies of democratic failure or survival, then he looks at existing trends, then he offers some a priori rationalist analysis of when factions should find it reasonable to act within constitutional bounds, then he shrugs and says he’s cautiously pessimistic and has no idea. None of these are bad, but what disturbs, and justifies Przeworski’s upturned shoulders, are the degree to which past case analyses prove unhelpful for dealing with present concerns.
Each of the case analyses offered at the beginning concerns an acute crisis within the political sphere, which was either distinctly averted or distinctly not so. In the familiar case of 1930s Germany, rightists used constitutional means to declare a dictatorship; in 1970s Chile, political leaders formally willing to strike bargains and play within the constitutional system could not restrain their supporters, and constitutional dispute provided rightists in the military cover to simply impose economic and political dictatorship; in 1950s France, De Gaul resolved a political impasse by acting as a dictator in the Cincinnatus sense – coming in, imposing order, then leaving in short order to a reconstituted republic; in 1960s America, Nixon broke the law, then insisted it was metaphysically impossible for him to break the law, then resigned, in both senses, to ignominy. All of these concern vacui jurum at the top of the political system amid widespread spontaneous violence at the bottom, and which are resolved in the installation, or not, of a personal dictator. Military leaders play crucial roles, if only in not acting. This «constitutional crisis» model could be applied with as much facility to Mussolini’s 1925 declaration of dictatorship, the 1975 Australian «Dismissal,» and numerous – but, crucially, far from all – positive and negative cases of regime change.
As I’ve argued elsewhere, America’s disputed election result ultimately had more in common with recurrent conspiracy theories concerning American elections (Diebold, birth certificates, Russian hackers, whatever) than a real constitutional crisis… but with a closer result and an equally immoral but more competent incumbent, it could have been otherwise. Future regime changes, or lack of them, could occur in various directions. The constitutional crisis model may still be apposite.
But what Przeworski looks at in his long-term trends is quite different. Two factors stand out: first, sluggish growth combined with increasing income inequality have combined for decades, producing, for the first time ever in the modern West, popular and reasonable perceptions that lives will not improve in generational terms. Second, intermediary institutions – most importantly unions and parties – are in decline.
Previous episodes of polarization and ideological struggle – for and against democracy, and for and against various things democracy or other regime types could achieve – happened in the context of institutionalized politics. The Catholic Church, the labor movements, the military, and various parties penetrated and organized social life in a way that our «bowling alone» society can hardly approach. People today are divided and bitter and ideological, but when they are so, they are so as part of a hobby institutionalized, to the extent that it is at all, through individual media consumption. Spectacle replaces struggle.
Przeworksi notes that elections must have something, but not too much, at stake – too little, if people feel that voting makes no difference and the system is not responsive to their concerns; too much, if the losers would understand the result as an existential threat. What he might have added is that the trends – trends which, to be sure, have been exaggerated – from economic conflict polarized along property ownership lines to cultural conflict polarized along education lines results in stakes that are simultaneously too much and too little. Too little, because living conditions are placed outside of the bounds of political discussion; too much, because every election is phrased as a threat to and struggle between not plans of action but between the legitimacy of identity. Distributional conflicts, because they are quantitative and consequentialist, lend themselves to at least the possibility of compromise, where every leaves equally dissatisfied; cultural issues almost always present themselves as a fight between non-negotiable rights. And while in an age of growth these economic compromises could be made less dissatisfying by the belief that the battle over the next pie would be bigger, no such possibility exists today. This pessimism might be even more acute were we to face up, as quickly as we need to, to the fact that the «true» price of energy needs to be much higher than the market prices it.
Przeworski accordingly places much more concern on chronic rather than acute subordinations of democracy, such as that pursued by PiS in Poland. But even this seems to me too much of a narrowly political, in the sense of focusing on the formal structure of the state – what the long-term trends reveal is increasing weakness in not just democratic government but democratic society. The old totalitarian models which so inform our imaginations of the «negation» of democracy were in fact models that presumed a highly mobilized society in which ordinary people pressured, informed, delegated, and were embedded in civic and organizational life – a mirror of democracy’s ideological vision of its own ideal self. The populist radical right, when it tries to offer what Viktor Orban proudly calls «illiberal democracy,» is following this model, if not the totalitarian or even traditionally authoritarian political structure. But if growth continues to be sluggish and its concentration unabated, and civil society hollowed out, what may threaten democracy may not be parodies of it but something more redolent of the premodern world, with its frank hierarchies, clientelism, and resigned acquiescence more from skepticism that things could be anything different than active ideological endorsement. Diagnosing – and, perhaps, avoiding – something like this is not something which our traditional historical analyses of democratic politics may be well suited.

Something is happening: in many mature democracies there is an outburst of “anti-establishment”, “anti-system”, “anti-elite”, “populist” sentiments. After almost a century in which the same old parties dominated democratic politics, new parties are springing up like mushrooms after the rain, while support for the traditional ones is weakening. In many countries, voter turnout is falling to historically unprecedented levels. Trust in politicians, parties, parliamentary bodies and governments is declining. Even support for democracy as a system of government has dimmed. Popular preferences when it comes to politics differ radically. Even more: the symptoms are not only political. The loss of trust in institutions extends to the media, banks, private corporations, even churches. Individuals with different political views, values and cultures are increasingly perceived as enemies: they are willing to commit reprehensible acts against others.
The unions lost much of their ability to organize and discipline workers and, with it, their monopoly on power. The socialist parties lost their class roots and, with them, their ideological and political peculiarity. The most visible effect of these changes is the marked decline in the share of employment income in value added and, at least in the Anglo-Saxon countries, the sharp increase in income inequality. Combined with slowing growth, rising inequality leads to stagnation of many incomes and declining income mobility.
Is a condition for the coexistence of democracy and capitalism the sustained improvement of the material conditions of large sectors of the population, whether due to growth or increased equality? History indicates that, in economically developed countries, democracies have solid roots and are immune to economic or other crises, even large ones. Still, one wonders if history is a reliable guide to the future.
The second reason that can give rise to a crisis of democracy is inherent in political competition. The dream of all politicians lies in conquering power and keeping it forever. It would be unreasonable to expect rival parties to refrain from doing what they can to improve their electoral advantage, and those in government positions have all kinds of instruments to defend themselves against the voice of the people.

Signs that we might be experiencing a crisis include:
– the rapid erosion of traditional party systems;
– the rise of xenophobic, racist and nationalist parties and attitudes, and
– The decline in support for “democracy” in public opinion polls.

Instinct is to start with the economy, and that’s where I start. In general terms, the economic developments of the past decades can be characterized by three transformations that generated two effects. Those transformations are:
– declining growth rates in countries that were already developed;
– rising income inequality between individuals and households, as well as a declining share of labor in manufacturing, and
– decline in employment in industry and increase in the service sector, especially low-wage jobs.

We choose our governments through elections. Parties propose policies and present candidates; we vote; someone is declared the winner according to pre-established rules; the winner occupies the position in the government that was in dispute; the loser goes to his house. Sometimes there are technical issues, but overall the process runs smoothly. They govern us for a few years and then we have the opportunity to decide if we want to keep those who are currently in office or if we want to expel these scoundrels. Everything is so routine that we take it for granted.
The miracle of democracy lies in the fact that conflicting political forces obey the results of the vote. Armed people obey those who are not armed. The authorities risk their control of government positions by calling elections. The losers await their opportunity to access the charges. Conflicts are regulated, processed according to rules, and thus limited. This is not consensus, but it is not chaos either: just regulated conflict, conflict without bloodshed. However, this mechanism does not always work.

Democracy works correctly when representative institutions configure conflicts, absorb them and regulate them according to rules. Elections fail as a mechanism to process conflicts when their results have no consequences for people’s lives or when those who hold government positions abuse their advantage to the point of making electoral acts non-competitive. Once elected, governments must be in a position to govern, but they cannot ignore the opinions of minority groups with very defined positions. When conflicts are intense and a society is highly polarized, finding policies acceptable to all major political forces is difficult and may be impossible. Miscalculations, whether on the part of governments or of different groups that oppose them, trigger institutional collapses. When governments ignore opposition to their policies, when they interpret all opposition as subversive, engage in unwarranted repression, throw opposition groups out of the institutional arena: opposition becomes resistance. When some opposition groups refuse to accept policies that are the result of the application of institutional rules, governments may be left with no choice but to resort to repression to maintain public order. Finding the right balance between concession and repression involves a subtle choice. Failures are inevitable.

Both the European Union and the Eurozone offer attractive targets for populists. On the one hand, there is no subject, there is no singular «the people» that it is possible for them to represent. Moreover, both institutions are even further removed from the peoples in the plural than their respective governments. The criticism that they are ruled by foreign elites, often understood as “German”, is plausible. Consequently, the demands for isolation and protectionism are attractive.
As the Polish saying goes, “a pessimist is an informed optimist”. My pessimism about the future is moderate. I do not think that the survival of democracy is in danger in most countries, but I am not sure what could get us out of the current situation of discontent. Contingent political events, such as the outcome of future elections, will not alleviate it. This crisis is not just political: it has deep roots in the economy and society. And that is what I find disturbing.

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.