La Stoa: Historia De Un Movimiento Espiritual — Max Pohlenz / Die Stoa: Geschichte Einer Geistigen Bewegung by Max Pohlenz

La filosofía estoica ocupa un lugar especial en la historia de la filosofía griega. Grecia fue el origen de una reflexión sobre la experiencia que desde la mirada al «mar de las mil voces», a la naturaleza, al lenguaje, a la violencia, a la maldad, pasó también a la amistad, al amor, a la filantropía como una forma de entender, de comunicar, de vivir.
Después de la filosofía de Platón y Aristóteles que determina, en muchos aspectos teóricos y prácticos, el pensamiento y la cultura, surge una serie de reflexiones, de «filosofías» que, como el epicureísmo y el estoicismo, pretenden dar un nuevo aire al sentido y horizonte del vivir.
Estos planteamientos que expresan lo que los historiadores llaman el helenismo, no pretenden tanto teorizar, o sea, mirar el mundo y la naturaleza desde la experiencia, sino desde el sentimiento y la percepción del propio cuerpo y de su estar y ser en él.
Al estoicismo le preocupó, sobre todo, la instalación en la vida personal, en la sociedad, en el universo. Una forma, pues, de «globalizar», como ahora se dice.

Quizás sea la exposición del pensamiento de la primera stoa lo más interesante de un libro de consulta obligada. El estoicisimo es, sin duda, una de las corrientes de la ética más influyentes en la historia del pensamiento occidental. Algo tediosos los capítulos dedicados a la lógica y a la física estoica.
Probablemente el trabajo más extenso y completo sobre el tema de la Stoa. Pohlenz es quizás el mejor hombre que jamás haya escrito sobre él. El libro es una de sus principales obras.

La palabra ϑαυμάζειν significa originariamente «considerar con atención, perseguir con interés personal el curso de las cosas». Pero los helenos no solo son individuos oculares, individuos que captan con agudeza una imagen externa; también quieren contemplar la esencia de las cosas. Nunca aceptan los hechos dados como algo evidente. Se «maravillan», ven problemas, quieren comprender, preguntan por el de dónde y el por qué, tras lo individual divisan lo universal, lo genérico que determina su esencia, ordenan las particularidades en un contexto general, exigen una ley universal que se extiende sobre los distintos fenómenos y los reúne en una unidad superior. No solo buscan la utilidad práctica; para ellos, la mirada cognoscitiva, la ϑεωρία, es un fin en sí mismo. En la Hélade también existen las personalidades independientes que no se contentan con seguir creyendo y transmitiendo lo tradicional, sino que se forman su propia imagen del mundo y, en esta medida, hacen posible el progreso del común de las gentes.
Esta configuración espiritual permitió los helenos fundar la ciencia y la filosofía occidentales.
Una nueva actitud, mediante la autonomización de las personalidades, se extendió a la vida práctica de todo el pueblo, encontró su expresión teórica gracias a los sofistas, los «maestros de astucia vital», que se ofrecían para educar en la virtud política, en la πoλιτιϰὴ ἀρετή, y para dar al individuo la capacidad de acreditarse e imponerse en la vida pública. Protágoras, su representante más antiguo, no pensaba en romper con la moral tradicional; pero, cuando buscaba mostrar que desde el punto de vista práctico todo dependía de imponer el propio punto de vista subjetivo, y cuando, en consecuencia, declaró al hombre como la medida de todas las cosas, la juventud que acudía a sus lecciones solo escuchó la llamada a liberarse de toda autoridad religiosa y política válida hasta ese momento. La habitual apelación de los sucesores de Protágoras a la physis humana y al derecho natural de los más fuertes sirvió para apuntalar las inclinaciones personales egoístas, sin que no obstante se ahogara así el antiguo sentimiento comunitario y la conciencia moral fundamentada en él.
Tal era el arte de la vida que ahora proclamaba un ateniense. La vida espiritual helena se encontraba de nuevo ante una grave crisis. Y si en el siglo V la polis aún había sido lo suficientemente fuerte para poner un dique al individualismo en expansión, ahora, tras su colapso, amenazaba con imponerse una visión del mundo que ponía sin ambages la propia utilidad por encima de la común. Sabemos de la apasionada oposición que Epicuro encontró incluso entre antiguos seguidores. Pero ¿quién podía oponerse de manera efectiva a su doctrina, que realmente surgía de una situación espiritual transformada? Las escuelas de Platón y Aristóteles no eran lo bastante flexibles para acomodarse a las necesidades de los nuevos tiempos. Tuvieron que llegar otros hombres, también enraizados en la nueva época, que, como esta demandaba, indicaran al individuo el camino hacia la eudaimonia, pero que al mismo tiempo pudieran despertar un nuevo sentimiento comunitario.

Crisipo es el primer pensador del que el arte ha conservado la imagen del filósofo docente. Se le representaba sentado, con la vestimenta descuidada, acompañando sus lecciones con vivaces movimientos de manos. Debemos imaginarnos sus lecciones orales libres de todo adorno, centradas exclusivamente en la materia. No fue un educador al que los oyentes eligieran como modelo de vida, pero los atrapaba mediante la agudeza de su ingenio. Y con esta dialéctica condujo victoriosamente, en tiempos difíciles, la lucha contra los académicos y contra los herejes de su escuela.
Aún hizo más por la Stoa. Bajo la presión de las objeciones de los adversarios, así como por la estricta trabazón lógica de su pensamiento, se vio obligado en muchas ocasiones a apartarse de Zenón y de Cleantes, y en algunos campos dio fundamentos totalmente nuevos a la teoría estoica. Sin lugar a dudas, se sentía muy superior a sus condiscípulos, incluido Cleantes. Sin embargo, resistió la tentación de presentarse como fundador de una nueva escuela, como hizo Aristón.
Si consideramos la historia externa de la Stoa en el siglo III a. C. llama la atención en particular lo siguiente: mientras que los seguidores de Epicuro, casi sin excepción, eran naturales de la propia Grecia o de las costas de Asia menor colonizadas por los griegos, de los estoicos más importantes, excepto Dionisio y Aristón, que se separaron ambos de la escuela oficial, casi únicamente Cleantes provenía de suelo primigeniamente helénico. Todos los demás venían de la periferia de Grecia, de regiones en las que no había una población helena pura. La Stoa fue el lugar en el que pudieron calmar el anhelo, despertado por el contacto con la espiritualidad helénica, de una visión del mundo clara. La Stoa se convirtió en el centro espiritual de los mezclados pueblos del helenismo y un hombre próximo a la Stoa, Eratóstenes, fue quien encontró la formulación clásica del nuevo sentimiento vital cuando, en oposición explícita a Aristóteles, afirmó que el valor del hombre no lo decidía el ser heleno o bárbaro, sino la actitud interna y las obras.
Los dos fundadores de la Stoa, Zenón con toda seguridad y Crisipo con toda probabilidad, eran de sangre semita.
Ya en el siglo IV existía un género literario específico dedicado a divulgar la filosofía en general o la visión particular del mundo del autor. La mayoría de los escolarcas de escuela de la Stoa escribieron Protreptikoi de este tipo para acceder a audiencias más amplias y para convencerlas de que su doctrina era la mejor guía para la vida.

Dos tendencias contrapuestas en intensa lucha entre sí dominaban la explicación del mundo del siglo IV. La herencia de la filosofía jónica, que descubrió el concepto de physis y que con su ayuda había explicado el mundo dado a nuestros sentidos a partir de un fundamento unitario, fue conservada por Demócrito, que con su atomismo elaboró una concepción del mundo estrictamente monista-materialista. Al mismo tiempo, Platón situó el verdadero ser en el reino inmaterial del espíritu y de los valores, reduciendo la corporalidad a mera forma apariencial de este ser. También él quería comprender el mundo a partir de un fundamento originario unitario, pero para explicar los fenómenos no pudo menos que admitir, junto con la fuerza primigenia inmaterial, un sustrato en el que se materializaba de alguna manera el verdadero ser. Aristóteles debilitó el rasgo dualista así introducido en la imagen del mundo, en la medida en que consideró que en el ámbito del mundo visible la materia y la forma inmaterial siempre estaban unidas. Pero como principio supremo mantuvo la pura forma del nous que se piensa a sí mismo.

La ética griega es «eudemonista». Esta palabra tiene desde Kant un sentido negativo, porque no se la ha entendido y porque no ha sido sentida al modo griego. Así pues, lo primero de todo será aclarar el concepto.
La sensibilidad fundamental de los griegos no se expresa en el «tú debes», sino en el «tú puedes». Para ellos nada significa un ser en sí; solo adquiere sentido cuando se pone al servicio de un determinado fin. Toda planta y todo animal portan en sí una determinación que satisfacen cuando llevan a la madurez las disposiciones que por naturaleza habitan en su interior. De igual modo, el hombre tan solo debe desarrollar plenamente su peculiar esencia para alcanzar el mejor estado que le es posible, la arete, y en ella también debe residir su eudaimonia. La palabra proviene de la esfera religiosa e indica originariamente que el hombre tiene un buen daimon por el que es guiado. La antigua creencia pensaba el daimon fuera del hombre; más adelante se lo encontró en el propio pecho. Incluso cuando palideció esta representación, la palabra mantuvo una resonancia profunda y solemne. En él reside el sentimiento subjetivo de felicidad. Pero la eudaimonia está tan alejada de la suerte externa, la eutychia, como de la mera alegría por la prosperidad.

La Stoa nació de la crisis que, tras la quiebra de los Estados libres, afectó a la vida espiritual griega. Como sustituto de la polis, Zenón señaló a la gran comunidad de la humanidad, dentro de la cual el individuo tenía que satisfacer su determinación y alcanzar su eudaimonia. Aceptaba el Estado concreto, pero no tenía ninguna relación interna con él. Fue el heleno Panecio quien subrayó por primera vez esta relación. Gracias a él, la actitud cívicoestatal penetró en la Stoa, en particular en la romana, y bajo Augusto podía parecer que en el Imperio tenían que amalgamarse internamente el sentido romano del Estado y la visión estoica de mundo. Pero precisamente entonces la evolución alcanzó un momento crítico. Pues, por mucho que Augusto, en tanto que romano, se esforzara en conservar externamente la forma constitucional de los antepasados, su principado significó, en efecto, el fin de la libera res publica y exigió asumir otra actitud frente al Estado.
La Stoa influyó decisivamente sobre el mundo antiguo a lo largo de medio milenio. Con su fe en el primado del logos en el cielo y sobre la tierra y con su mensaje de que el hombre, con sus propias fuerzas, puede dominar todo destino y satisfacer su determinación, ofreció a semitas, helenos y romanos, a hombres de Estado, esclavos y emperadores, el asidero moral y religioso que demandaban. No era un sistema teórico, sino un arte de la vida, un movimiento espiritual, que influyó más allá de sus seguidores declarados. Su prestigio científico era inquebrantable aún a finales del siglo II, y experimentó un triunfo cuando el gobernante del Imperio se declaró partidario de la Stoa de palabra y con los hechos. Pero pocas generaciones después desapareció como poder vivo y a duras penas sus teorías continuaban existiendo, como en sombras, en los debates de las escuelas filosóficas que aún sobrevivían.

La filosofía tampoco quedó al margen del espíritu de los tiempos. En la época imperial, la impronta religiosa que Posidonio había dado a la Stoa partiendo de su fe individual se comunica a toda la escuela y despierta el anhelo de una relación personal vital con Dios. Pero la representación de la divinidad y la piedad siguen estando determinadas en la Stoa por una sensibilidad cósmica panteísta y por el pensamiento racional. Los nuevos tiempos influyeron de manera muy diferente sobre las corrientes filosóficas que desde sí mismas conllevaban una religiosidad emparentada con estos nuevos tiempos. Debe mencionarse, sobre todo, a los neopitagóricos.
El rechazo del materialismo, la fe en un ser suprasensible y la esperanza en un más allá mejor que equilibra todas las imperfecciones terrenales, la renuncia al propio conocimiento en favor de una revelación que debía traer paz y tranquilidad a unos espíritus pasmados y sacudidos por las dudas; la demanda de una relación personal con un Dios personal al que uno podía acercarse como a un padre amoroso, la desaparición de la confianza en la propia fuerza moral y el anhelo de la remisión de los pecados y la redención, toda la sensibilidad religiosa de estos hombres…, todo ello, en conjunto, hizo que los poderes espirituales dominantes en el helenismo perdieran su fuerza de atracción y tuvieran que ceder el paso a una nueva sensibilidad y a una nueva visión del mundo. Pero las ideas fundamentales del estoicismo demostraron ser lo bastante fuertes como para seguir actuando también dentro de la transformada actitud vital y para asegurarle una posición firme.

La escuela estoica dejó de existir en el siglo III. Pero su espíritu sobrevivió. Sus conocimientos y métodos lógicos, su consideración religiosa de la naturaleza y sus principios éticos hacía tiempo que se habían integrado en la conciencia general hasta el punto de que su influencia en la posteridad estaba asegurada, en la medida en que la espiritualidad antigua poseyera, en general, fuerza vital.
Algunas ideas estoicas llegaron a la patrística por el camino del cristianismo más antiguo. En general, sin embargo, el espíritu de la Stoa, exclusivamente dirigido a este mundo, era demasiado diferente de la actitud trascendental de la Edad Media como para poder influir en lo más interior de los hombres.
Pero entonces llegó el Renacimiento, que buscaba una posición completamente nueva frente al mundo y la naturaleza y que, como guía en su camino, recurrió a la Antigüedad. En un primer momento, en Italia, el redescubierto Platón atrajo a los espíritus a su camino, y, si bien ayudó a romper las cadenas de la escolástica, sin embargo, hizo que la mirada volviera a dirigirse al mundo suprasensible. Pero al mismo tiempo se continuó leyendo a los latinos y los textos conocidos desde hacía tiempo alcanzaron ahora de golpe una vida completamente distinta. De las destellantes sentencias y máximas de Séneca irradió una luz y un calor que atrapaba al corazón y a la cabeza, y Petrarca alabó con efusivas tonalidades los escritos filosóficos de Cicerón, no solo porque ofrecían decisivas enseñanzas, sino también porque insuflaban un auténtico entusiasmo.
La Stoa presentaba la peculiar ventaja de que permitía evitar una ruptura con el cristianismo. Incluso la fe de Erasmo en la soberanía de la razón quería seguir siendo, en efecto, una philosophia Christi. Los miembros de ambas confesiones buscaron realizar el ideal de un cristianismo humanista de coloración estoica. El Enquiridión de Epícteto, que ahora se difundió en innumerables ediciones y traducciones, fue muy alabado por su contenido ético, incluso por un hombre como Pascal, el cual veía en la confianza en la propia fuerza una superbe diabolique.

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Stoic philosophy occupies a special place in the history of Greek philosophy. Greece was the origin of a reflection on the experience that from looking at the «sea of a thousand voices», at nature, at language, at violence, at evil, also passed to friendship, love, philanthropy. as a way of understanding, of communicating, of living.
After the philosophy of Plato and Aristotle that determines, in many theoretical and practical aspects, thought and culture, a series of reflections arises, of «philosophies» that, like Epicureanism and Stoicism, seek to give a new air to the meaning and horizon of living.
These approaches that express what historians call Hellenism, do not seek to theorize, that is, to look at the world and nature from experience, but from the feeling and perception of one’s own body and of being and being in it.
Stoicism was concerned, above all, with installation in personal life, in society, in the universe. A way, then, of “globalizing”, as they say now.

Perhaps it is the exposition of the thought of the first stoa that is the most interesting thing in a compulsory reference book. Stoicism is, without a doubt, one of the most influential currents of ethics in the history of Western thought. Somewhat tedious the chapters devoted to logic and stoic physics.
Probably the most extensive and complete work on the subject of the Stoa. Pohlenz is perhaps the best man who has ever written about him. The book is one of his main works.

The word ϑαυμάζειν originally means «to consider attentively, to pursue with personal interest the course of things.» But the Hellenes are not only ocular individuals, individuals who acutely capture an external image; they also want to contemplate the essence of things. They never accept the given facts as self-evident. They «wonder», they see problems, they want to understand, they ask where from and why, behind the individual they see the universal, the generic that determines its essence, they order the particularities in a general context, they demand a universal law that extends on the different phenomena and unites them in a superior unity. They are not just looking for practical utility; for them, the cognitive gaze, the ϑεωρία, is an end in itself. In Hellas there are also independent personalities who are not satisfied with continuing to believe and transmit the traditional, but who form their own image of the world and, to this extent, make possible the progress of common people.
This spiritual configuration allowed the Hellenes to found Western science and philosophy.
A new attitude, through the autonomization of personalities, spread to the practical life of all the people, found its theoretical expression thanks to the sophists, the «masters of vital cunning», who offered to educate in political virtue, in the πoλιτιϰὴ ἀρετή, and to give the individual the ability to prove himself and impose himself in public life. Protagoras, his oldest representative, did not think of breaking with traditional morality; but, when he sought to show that from the practical point of view everything depended on imposing one’s subjective point of view, and when, consequently, he declared man to be the measure of all things, the youth who attended his lectures only heard the call to free itself from all religious and political authority valid until that moment. The habitual appeal of the successors of Protagoras to the human physis and the natural right of the strongest served to shore up personal egotistical inclinations, without, however, thus stifling the ancient community feeling and the moral conscience based on it.
Such was the art of life now proclaimed by an Athenian. The Hellenic spiritual life was once again facing a serious crisis. And if in the fifth century the polis had still been strong enough to put a dam on expanding individualism, now, after its collapse, it threatened to impose itself a worldview that unequivocally put one’s own utility above the common. We know of the passionate opposition that Epicurus encountered even among his former followers. But who could effectively oppose his doctrine, which actually arose from a changed spiritual situation? The schools of Plato and Aristotle were not flexible enough to accommodate the needs of the new times. Other men had to arrive, also rooted in the new era, who, as it demanded, would indicate to the individual the path to eudaimonia, but who at the same time could awaken a new community feeling.

Chrysippus is the first thinker of whom art has preserved the image of the teaching philosopher. He is represented seated, in careless clothing, accompanying his lessons with lively movements of his hands. We must imagine his oral lessons free from all embellishment, focused exclusively on the subject. He was not an educator whom listeners chose as a model for life, but he gripped them through the sharpness of his wit. And with this dialectic he victoriously led, in difficult times, the fight against the academics and against the heretics of his school.
He did even more for the Stoa. Under the pressure of the objections of opponents, as well as by the strict logical interlocking of his thought, he was forced on many occasions to depart from Zeno and Cleanthes, and in some fields gave entirely new foundations to Stoic theory. . Undoubtedly, he felt far superior to his fellow students, including Cleanthes. However, he resisted the temptation to present himself as the founder of a new school, as Aristo did.
If we consider the external history of the Stoa in the 3rd century BC. C. draws particular attention to the following: while the followers of Epicurus, almost without exception, were natives of Greece itself or the coasts of Asia Minor colonized by the Greeks, of the most important Stoics, except Dionysius and Aristo, Since both separated from the official school, almost only Cleanthes came from originally Hellenic soil. All the rest came from the periphery of Greece, from regions where there was no pure Hellenic population. The Stoa was the place where they could calm the longing, awakened by contact with Hellenic spirituality, for a clear worldview. The Stoa became the spiritual center of the mixed peoples of Hellenism and a man close to the Stoa, Eratosthenes, was the one who found the classic formulation of the new vital feeling when, in explicit opposition to Aristotle, he affirmed that the value of man is not Hellenic or barbarian being decided, but the internal attitude and the works.
The two founders of the Stoa, Zeno most certainly and Chrysippus most likely, were of Semitic blood.
Already in the fourth century there was a specific literary genre dedicated to disseminating philosophy in general or the author’s particular vision of the world. Protreptikoi of this type were written by most Stoa school scholars to gain access to wider audiences and to convince them that their doctrine was the best guide to life.

Two opposing tendencies in intense conflict with each other dominated the explanation of the world of the fourth century. The heritage of Ionian philosophy, which discovered the concept of physis and with its help had explained the world given to our senses from a unitary foundation, was preserved by Democritus, who with his atomism elaborated a strictly monistic conception of the world. materialistic. At the same time, Plato placed the true being in the immaterial realm of spirit and values, reducing corporeality to a mere appearance of this being. He also wanted to understand the world from a unitary original foundation, but to explain the phenomena he could not help but admit, together with the immaterial original force, a substratum in which the true being materialized in some way. Aristotle weakened the dualistic trait thus introduced into the world image, to the extent that he considered that in the realm of the visible world, matter and immaterial form were always united. But as a supreme principle he kept the pure form of the nous that thinks itself.

Greek ethics is «eudemonistic.» This word has had a negative meaning since Kant, because it has not been understood and because it has not been felt in the Greek way. So, the first thing to do is clarify the concept.
The fundamental sensibility of the Greeks is not expressed in the «you must», but in the «you can». For them nothing means a being in itself; It only acquires meaning when it is put at the service of a certain purpose. Every plant and every animal carries in itself a determination that they satisfy when they bring to maturity the dispositions that by nature inhabit within them. In the same way, man only has to fully develop his peculiar essence to reach the best possible state, the arete, and in it must also reside his eudaimonia. The word comes from the religious sphere and originally indicates that man has a good daimon by which he is guided. The old belief thought the daimon outside of man; later it was found on his own chest. Even as this performance faded, the word retained a deep and solemn resonance. In it resides the subjective feeling of happiness. But eudaimonia is as far removed from external luck, eutychia, as it is from mere joy at prosperity.

The Stoa was born from the crisis that, after the bankruptcy of the free States, affected the Greek spiritual life. As a substitute for the polis, Zeno pointed to the great community of humanity, within which the individual had to satisfy his determination and attain his eudaimonia. He accepted the concrete state, but had no internal relationship with it. It was the Hellenic Panethius who first underlined this relationship. Thanks to him, the civic-state attitude penetrated the Stoa, particularly the Roman one, and under Augustus it might seem that the Roman sense of the state and the Stoic worldview had to be internally amalgamated in the Empire. But precisely then the evolution reached a critical moment. For, no matter how much Augustus, as a Roman, strove to externally preserve the constitutional form of his ancestors, his principality meant, in effect, the end of the libera res publica and required a different attitude towards the state.
The Stoa had a decisive influence on the ancient world for half a millennium. With his faith in the primacy of the logos in heaven and on earth and with his message that man, with his own strength, can dominate all destiny and satisfy his determination, he offered Semites, Hellenes and Romans, statesmen , slaves and emperors, the moral and religious support they demanded. It was not a theoretical system, but an art of life, a spiritual movement, which was influential beyond its declared followers. Its scientific prestige was unshakable even at the end of the second century, and it experienced a triumph when the ruler of the Empire declared himself a supporter of the Stoa in word and deed. But a few generations later it disappeared as a living power and its theories barely continued to exist, as if in shadows, in the debates of the philosophical schools that still survived.

Philosophy was not left out of the spirit of the times either. In imperial times, the religious imprint that Posidonius had given to the Stoa from his individual faith is communicated to the whole school and awakens the longing for a vital personal relationship with God. But the representation of divinity and piety are still determined in the Stoa by a pantheistic cosmic sensibility and by rational thought. The new times influenced in a very different way on the philosophical currents that from themselves carried a religiosity related to these new times. Mention must be made, above all, of the Neopythagoreans.
The rejection of materialism, the faith in a supersensible being and the hope in a better afterlife that balances all earthly imperfections, the renunciation of self-knowledge in favor of a revelation that was supposed to bring peace and tranquility to minds stunned and shaken by Doubts; the demand for a personal relationship with a personal God whom one could approach as a loving father, the disappearance of confidence in one’s moral strength and the longing for the remission of sins and redemption, all the religious sensitivity of these men…, all of this, taken together, made the dominant spiritual powers in Hellenism lose their force of attraction and had to give way to a new sensitivity and a new vision of the world. But the fundamental ideas of Stoicism proved to be strong enough to continue to act also within the changed life attitude and to secure a firm footing for it.

The Stoic school ceased to exist in the third century. But his spirit survived. His knowledge and logical methods, his religious consideration of nature and his ethical principles had long since been integrated into the general consciousness to the point that his influence on posterity was assured, insofar as the ancient spirituality possessed, in usually life force.
Some Stoic ideas reached Patristics by way of older Christianity. In general, however, the spirit of the Stoa, directed exclusively to this world, was too different from the transcendental attitude of the Middle Ages to be able to influence the innermost beings of men.
But then came the Renaissance, seeking a completely new position vis-à-vis the world and nature, and turning to Antiquity as a guide on its way. At first, in Italy, the rediscovered Plato drew the spirits to his way, and, if he helped to break the chains of scholasticism, he nevertheless turned the gaze back to the supersensible world. But at the same time he continued to read the Latins and the long-known texts now suddenly took on a completely different life. Seneca’s sparkling dictums and maxims radiated a light and warmth that gripped heart and head, and Petrarch effusively praised Cicero’s philosophical writings, not only because they offered decisive teachings, but also because they breathed genuine enthusiasm.
The Stoa had the peculiar advantage of avoiding a break with Christianity. Even Erasmus’s faith in the sovereignty of reason wanted to remain, in effect, a philosophia Christi. Members of both denominations sought to realize the ideal of a Stoic-colored humanistic Christianity. Epictetus’s Enchiridion, now spread in innumerable editions and translations, was highly praised for its ethical content, even by a man like Pascal, who saw in confidence in one’s own strength a superbe diabolique.

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