La Aurora Cuando Surge — Manuel Astur / The Aurora When It Arises by Manuel Astur (spanish book edition)

Más o menos una semana después de que mi padre muriera, comencé una libreta nueva. En la primera página no escribí un pensamiento, ni una idea de cuento, ni observación alguna, ni siquiera un intento de verso; simplemente describí lo que tenía delante de mí en ese momento: un prado pequeño y verde con la hierba demasiado alta—era junio—, una mesa de madera gastada por la lluvia que necesitaba lija y aceite, un fresno, un bosquecillo de avellanos repleto de espíritus modestos, un hórreo antiguo como el esqueleto de una ballena varada en un playa desconocida de la historia, un montón de macetas bastante descuidadas y llenas de malas hierbas, un tendejón cochambroso que sabe Dios cómo había resistido el último invierno, un pequeño limonero en una gran maceta con las hojas algo mohosas pues me lo había dejado olvidado a la sombra, el valle al fondo como unas manos bebiendo de la fuente; recuerdo que la niebla bajaba en procesión de la cima de las montañas.
Hoy hace un año que mi padre murió. Volvió al todo como una ola después de estallar en medio del océano. Como una hoja al humus de la tierra en mitad de un bosque. Como el desconocido que construyó esta casa hace siglos y el desconocido que levantó el hórreo. Volvió como el primero que decidió quedarse a vivir en este valle y comenzó a talar los árboles, como un recuerdo, como cuando antes de dormirte escuchas que alguien dice tu nombre, como volveré yo. Regresó a donde siempre hemos estado, a los momentos en los que no pasa nada.

Es un libro al que volver siempre, moderno y a la vez heredero de los románticos europeos y los poetas asiáticos más clásicos. No es una novela. No tiene trama como tal. Es un relato de viaje y del duelo personal por el padre perdido pero no es sólo eso, es mucho más. Es ligero y perpetuo, es Manuel Astur si ya le habéis leído: delicado, sincero, preciso.
Pequeño Grand Tour por Italia, pequeño diario de duelo, pequeñas descripciones y digresiones, pequeños soliloquios y poemas.
El autor simultanea de manera exquisita poesía y prosa. Lo hace con firmeza para acabar meciéndote en cada una de sus páginas. Te dirán que es un libro de viaje por Italia, un homenaje a su padre…, pero no, es mucho más que eso. Es un viaje, a través de los detalles que pasan más desapercibidos, al centro holístico de uno mismo.

El mar rompe contra las primeras montañas de los Alpes, de donde cuelgan palacios y pueblos de colores, engarzados en la Vía Aurelia como un collar. Conducimos con las ventanillas bajadas, dejando que entre el aire, disfrutando del aroma de infinitas vacaciones antiguas, cuando sólo unos pocos afortunados sabían lo que esto significaba. Hay adolescentes en motorino que se juegan un poco la vida en cada curva para impresionar a la chica que llevan detrás y que no grita ni protesta, y que se agarra a la cintura de él tomándoselo muy en serio porque podría estar enamorada. Hay millonarios de pelo blanco y ropa blanca y dientes blancos en descapotables rojos que se han ganado ser felices al menos durante un rato. Hay viejos Fiat Panda y triciclos cargados de cajas de madera conducidos por paisanos que no recuerdan lo que es un enfado. Hay señoras morenas con joyas gordas y doradas que calzan tacones y fueron hermosas de jóvenes. Algunos veraneantes hacen las primeras compras, o tal vez no son veraneantes, pero todo aquí es siempre la primera vez. La gente pasea; la gente discurre. Nadie tiene prisa; es el mundo sin prisa.
Mi sensibilidad regresa al panal de mi memoria como una abeja, como una abeja con las patas traseras cargadas del polen del presente. Y de camino, poliniza todos los instantes sucesivos, que explotan, que florecen, que tienen sentido.
Frente a las casas en las que hace un siglo había ancianas sentadas en sillitas, ahora hay tiendas de lujo que venden bolsos que cuestan más dinero del que aquellas ancianas pudieron necesitar en toda su vida. Donde niños con las rodillas llenas de postillas jugaban con un balón hecho de trapos, ahora pasean personas vestidas de blanco como si estuvieran en Ibiza. En el lugar en que las mujeres reparaban las redes de pesca, hay terrazas donde se beben botellas de champán a la hora del ocaso. En el pequeño puerto de agua cristalina donde había barcas de pescadores, ahora hay tres yates que son más grandes que el pueblo mismo. Y en uno de ellos, de cinco plantas, hay unas chicas en biquini bailando al son de música fea.

Escucho un lamento. Nunca antes había escuchado un lamento parecido. En realidad, es un grito ronco que se convierte en lloriqueo y súplica. Primero es violento, desesperado, pero enseguida parece arrepentirse y baja demasiado, hasta humillarse. Si dice algo, es en un idioma que no conozco. Se repite siempre igual, y se oye tan fuerte que por un momento estoy seguro de que se trata de una grabación. Pero no: es un bulto cubierto de capas de ropa negra. Lleva falda larga y una capucha inmensa que le tapa la cabeza y oculta su rostro. Está postrada, de rodillas, con la frente contra el suelo sucio de esta callejuela vacía y tiene los brazos extendidos. Las manos juntas y abiertas, esperando una limosna. Se me pasa por la cabeza la idea de que si no le doy una moneda me maldecirá, pero más miedo me da que sepa que existo, y acelero el paso sintiéndome un poco ridículo. Hasta hacía un momento la calle estaba fresca, mojada por la tormenta que descargó esta mañana; después de sus lamentos parece que hubieran escupido miles de personas.
Tengo su grito metido en la cabeza, su melodía miserable y peligrosa. No me deja en paz el resto del día.
Ahora, en la cama, lo sigo escuchando.
Se me ocurre que tal vez sólo yo la vi, que tal vez fuera la muerte.
La piazza del Duomo de Pienza es una caja de aire limpio que el sonido de mis pasos atraviesa gozoso como un pájaro. Hubo un tiempo en el que este pueblo se llamaba Corsignano y era pobre y miserable, pero el papa Pío II, que nació aquí, lo rehízo de arriba abajo según los ideales de la época, construyó su palacio de verano y una catedral magnífica y le cambió el nombre. Con su raciocinio y perfección renacentista, en medio de estos campos luminosos, tan alejado de todo—al menos lo suficiente como para que a las rutas turísticas no les merezca la pena venir hasta aquí—, esta plaza tiene algo de pozo fresco, de patio encalado que una señora pobre conserva como los chorros del oro. Este Dios es menos severo y mira con agrado nuestras pequeñas pasiones y pecados. Es un Dios jubilado al que le gusta ver la brisa moviendo los álamos y meter los pies cansados en el arroyo.

No resulta difícil llegar a la conclusión de que si recuerdo tanto mi infancia, si en cualquier momento el sabor de un helado de fresa, o la luz amarilla del ocaso metiendo sus dedos ancianos entre la hierba seca, o el olor de los eucaliptos después de una llovizna imprevista me transporta a mi niñez, es debido a que aquel niño es huérfano y tiene miedo y quiere regresar a casa.

Acabo de recordar uno de mis cuentos tradicionales favoritos:
Había en China un ermitaño famoso por su sabiduría que vivía retirado del mundo en una montaña escarpada. Un día que estaba paseando por un sendero junto a un barranco, despreocupado, dejándose llevar por el destino como una bellota por el río que había al fondo, se cruzó con un gran tigre hambriento. A un lado tenía la pared de roca y a otro, el precipicio, así que el monje se subió a un pequeño cerezo que crecía justo al borde del abismo. El tigre comenzó a trepar tras él. El ermitaño siguió subiendo hasta la última rama y ya no podía seguir avanzando. El tigre estaba a escasos centímetros de él. Al ermitaño sólo le quedaba elegir cómo morir: devorado por el tigre o destrozado contra las rocas. Entonces, se fijó en que había unas cuantas cerezas en el extremo de la rama en la que estaba. Extendió la mano, las cogió y se las llevó a la boca. Se sintió muy alegre, estaban riquísimas.

—El aburrimiento no existe, hijo. Si te aburres es que no estás prestando atención—me dijo mi padre al ver lo bien que lo había pasado en el túnel. Mi padre consideraba que a los niños hay que hablarles como a adultos, porque aunque no dominen el sentido exacto de las palabras, lo comprenden todo, y esa semilla crecerá dentro de ellos.

Hemos venido a Augusta porque no teníamos por qué venir. Nadie nunca ha dicho nada de este pueblo. Augusta es como la hermana pobre y feúcha de Ortigia. También está en una bahía, también sus calles son estrechas y llenan hasta los bordes una península. Pero al otro lado de la bahía hay una inmensa refinería y en sus calles no hay ni palacios ni casas señoriales, sino construcciones bajas de ladrillo, donde viven personas humildes que te miran al pasar como los tramoyistas de teatro mirarían a un espectador que se hubiera colado entre bambalinas.
Ese Madrid que llegué a amar dejó de existir hace años, o tal vez ya no existo yo, no lo sé, pero de nuevo estoy en una terraza de paredes lisas, aunque esta vez da a una plaza repleta de coches, luces y mesas que parece que haya colocado un tornado. De nuevo el cielo es naranja, de nuevo el viento es caliente y trae bocinas, risas y llantos y de nuevo siento la náusea que sólo puede producir la auténtica libertad: la que te permite vivir o matarte como te dé la gana. Aquí, en Palermo, como en aquel Madrid, todo está por hacer y nadie parece tener prisa por acabar. La fiesta es fiesta porque nadie recuerda cómo comenzó.

Mi padre me enseñó a detenerme. Mi padre me obligaba a detenerme de vez en cuando. Tenía que estar una hora tumbado sobre la cama. Podía dormir si quería, podía hacer lo que me diera la gana, pero tenía que hacerlo sin hacer. Me enseñó a no hacer nada. Y con ello me enseñó a ser por siempre.
—Estoy aquí, papá. Estoy aquí exactamente.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2021/01/21/san-el-libro-de-los-milagros-manuel-astur-san-the-book-of-miracles-by-manuel-astur-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/12/09/la-aurora-cuando-surge-manuel-astur-the-aurora-when-it-arises-by-manuel-astur-spanish-book-edition/

——————————

A week or so after my father died, I started a new notebook. On the first page I did not write a thought, not a story idea, not an observation, not even an attempt at a verse; I simply described what I had in front of me at that moment: a small, green meadow with grass too high—it was June—a rain-worn wooden table that needed sandpaper and oil, an ash tree, a grove of hazelnut trees full of modest spirits, an old granary like the skeleton of a whale stranded on a beach unknown in history, a lot of rather neglected pots full of weeds, a filthy tendeon that God knows how it had resisted last winter, a small lemon tree in a large flower pot with slightly moldy leaves because I had forgotten it in the shade, the valley in the background like hands drinking from the fountain; I remember the mist coming down in procession from the top of the mountains.
A year ago today my father died. He returned to the whole like a wave after breaking out in the middle of the ocean. Like a leaf to the humus of the earth in the middle of a forest. Like the stranger who built this house centuries ago and the stranger who built the granary. He came back as the first one who decided to stay and live in this valley and began to cut down the trees, as a memory, like when before falling asleep you hear someone say your name, like I’ll be back. He returned to where we have always been, to the moments when nothing happens.

It’s a book to always return to, modern and at the same time heir to the European romantics and the most classic Asian poets. It is not a novel. It has no plot as such. It is a story of travel and personal mourning for the lost father but it is not only that, it is much more. He is light and perpetual, he is Manuel Astur if you have already read him: delicate, sincere, precise.
Little Grand Tour of Italy, little diary of mourning, little descriptions and digressions, little soliloquies and poems.
The author exquisitely combines poetry and prose. He does it firmly to end up rocking you on every page of him. They will tell you that it is a travel book through Italy, a tribute to his father…, but no, it is much more than that. It is a journey, through the details that go unnoticed, to the holistic center of oneself.

The sea breaks against the first mountains of the Alps, where palaces and colorful villages hang, linked in the Via Aurelia like a necklace. We drive with the windows down, letting the air in, enjoying the scent of endless old vacations, when only a lucky few knew what this meant. There are teenagers in motorino who risk their lives a little in each curve to impress the girl behind them and who does not scream or protest, and who grabs his waist taking it very seriously because she could be in love with her. There are millionaires with white hair and white clothes and white teeth in red convertibles who have earned to be happy at least for a while. There are old Fiat Pandas and tricycles loaded with wooden boxes driven by countrymen who don’t remember what an anger is. There are dark-haired ladies with fat gold jewelry who wear high heels and were beautiful when they were young. Some vacationers make their first purchases, or maybe they are not vacationers, but everything here is always the first time. People walk; people run. Nobody is in a hurry; It is the world in no hurry.
My sensitivity returns to the honeycomb of my memory like a bee, like a bee with its hind legs loaded with the pollen of the present. And along the way, it pollinates all the successive moments, that explode, that flourish, that make sense.
In front of the houses where a century ago there were old women sitting in little chairs, now there are luxury shops that sell bags that cost more money than those old women could ever need in their entire lives. Where children with scabbed knees played with a ball made of rags, now people dressed in white walk around as if they were in Ibiza. In the place where the women repaired the fishing nets, there are terraces where bottles of champagne are drunk at sunset. In the small port with crystal clear water where there used to be fishing boats, there are now three yachts that are bigger than the town itself. And in one of them, with five floors, there are some girls in bikinis dancing to the sound of ugly music.

I hear a wail. I had never heard such a cry before. It is actually a hoarse cry that turns into a whimper and a plea. At first he is violent, desperate, but immediately he seems to repent and lowers himself too much, until he humiliates himself. If he says anything, it’s in a language I don’t know. It repeats itself over and over again, and it’s so loud that for a moment I’m sure it’s a recording. But no: it is a bundle covered in layers of black clothing. She wears a long skirt and a huge hood that covers her head and hides her face. She is prostrate, on her knees, her forehead against the dirty ground of this empty alley, her arms outstretched. Hands together and open, waiting for alms. The idea crosses my mind that if I don’t give her a coin she’ll curse me, but I’m more afraid that she knows I exist, and I speed up my pace, feeling a little ridiculous. Until a moment ago the street had been cool, wet from the storm that hit this morning; after her laments it seems that thousands of people have spat.
I have her scream stuck in my head, her miserable and dangerous melody. She won’t leave me alone the rest of the day.
Now, in bed, I still listen to it.
It occurs to me that perhaps only I saw it, that perhaps it was death.
The Piazza del Duomo in Pienza is a box of clean air that the sound of my footsteps passes through joyfully like a bird. There was a time when this town was called Corsignano and it was poor and miserable, but Pope Pius II, who was born here, rebuilt it from top to bottom according to the ideals of the time, built his summer palace and a magnificent cathedral and changed the name. With its reasoning and Renaissance perfection, in the middle of these luminous fields, so far from everything—at least enough so that it is not worthwhile for the tourist routes to come here—this square has something of a cool well, a patio whitewash that a poor lady preserves like the jets of gold. This God is less severe and looks with favor on our little passions and sins. He is a retired God who likes to watch the breeze stir the aspens and dip his weary feet in the creek.

It is not difficult to come to the conclusion that if I remember my childhood so much, if at any moment the taste of strawberry ice cream, or the yellow light of sunset dipping its old fingers into the dry grass, or the smell of eucalyptus after an unexpected drizzle transports me to my childhood, it is because that child is an orphan and is afraid and wants to return home.

I just remembered one of my favorite traditional tales:
There was in China a hermit famous for his wisdom who lived secluded from the world on a steep mountain. One day when he was walking along a path next to a ravine, carefree, letting himself be carried away by destiny like an acorn by the river that was at the bottom, he came across a large hungry tiger. On one side he had the rock wall and on the other the precipice, so the monk climbed up a small cherry tree that grew just on the edge of the abyss. The tiger began to climb after him. The hermit continued to climb to the last branch and could not go any further. The tiger was inches from him. The hermit only had to choose how to die: devoured by the tiger or smashed against the rocks. Then he noticed that there were a few cherries at the end of the branch he was on. He reached out, took them, and brought them to his mouth. He felt very happy, they were delicious.

«Boredom doesn’t exist, son. If you’re bored, it’s because you’re not paying attention”, my father told me when he saw how much fun I had had in the tunnel. My father believed that children should be spoken to as adults, because even if they don’t master the exact meaning of words, they understand everything, and that seed will grow within them.

We have come to Augusta because we did not have to come. No one has ever said anything about this town. Augusta is like Ortigia’s poor and homely sister. She too is in a bay, her streets too are narrow and fill a peninsula to the brim. But on the other side of the bay there is an immense refinery and in its streets there are neither palaces nor stately homes, but rather low brick buildings, where humble people live who look at you as you pass by like theater stagehands would look at a spectator who had sneaking behind the scenes.
That Madrid that I came to love ceased to exist years ago, or maybe I no longer exist, I don’t know, but once again I am on a terrace with smooth walls, although this time it overlooks a square full of cars, lights and tables that It looks like a tornado has been planted. Again the sky is orange, again the wind is hot and honks, laughs and cries and again I feel the nausea that only true freedom can produce: the one that allows you to live or kill yourself as you please. Here, in Palermo, as in that Madrid, everything remains to be done and nobody seems to be in a hurry to finish. The party is a party because no one remembers how it started.

My father taught me to stop. My father forced me to stop from time to time. He had to spend an hour lying on the bed. He could sleep if he wanted, I could do whatever I wanted, but he had to do it without doing. He taught me to do nothing. And with it he taught me to be forever.
“I’m here, dad. I am here exactly».

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2021/01/21/san-el-libro-de-los-milagros-manuel-astur-san-the-book-of-miracles-by-manuel-astur-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/12/09/la-aurora-cuando-surge-manuel-astur-the-aurora-when-it-arises-by-manuel-astur-spanish-book-edition/

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.