Orden De Embargo: Una Historia Real De Blanqueo De Dinero, Asesinatos Y Resistencia Frente A Vladímir Putin — Bill Browder / Freezing Order: A True Story of Money Laundering, Murder, and Surviving Vladimir Putin’s Wrath by Bill Browder

(2018) En Madrid hacía un frío poco habitual para finales de la primavera. Yo había volado allí para reunirme con José Grinda, el fiscal jefe anticorrupción de España, y compartir con él pruebas de que el dinero negro relacionado con el asesinato de mi abogado ruso, Serguéi Magnitski, se había usado para comprar propiedades de lujo a lo largo de toda la Costa del Sol española. La reunión estaba prevista para las once de la mañana siguiente, que en España es una hora temprana.
Volví con los dos policías que me aguardaban. Esperaba que me arrestasen formalmente, pero no se comportaron como los policías de las películas. No me pusieron unas esposas, ni me registraron, ni me quitaron mis cosas. Sencillamente, me dijeron que les siguiera. Bajamos las escaleras sin decirnos una sola palabra.
—Señor Browder, el secretariado general de la Interpol en Lyon nos acaba de enviar un mensaje. Nos han ordenado que le pongamos en libertad. La orden de detención no es válida.
Mi estado de ánimo se elevó al momento.

Este libro cuenta la historia de la Ley Magnitsky, las trágicas circunstancias que rodearon su creación y el papel que ha tenido en la congelación de activos de lavado de dinero que van desde Rusia y Vladimir Putin hasta bancos y países de todo el mundo. La historia, que transcurre durante más de 20 años desde que el abogado Sergei Magnitsky, parte de un equipo de Hermitage Capital Management, originalmente con sede en Rusia, descubrió un reembolso de impuestos fraudulento de $230 millones en 2006, cuenta su lucha por encontrar la verdad. La Ley, iniciada después del encarcelamiento injusto de 358 días y la eventual muerte de Magnitsky en Rusia, es una forma en que los países pueden rastrear y enjuiciar el dinero lavado a través de los bancos de su país. Actualmente, 34 países diferentes cuentan con esta Ley y se han impuesto más de 500 sanciones en virtud de la ley.
Llena de detalles y un enfoque claro, esta historia real es una que cada uno de nosotros necesita leer. Al explicar algunos de los matices del lavado de dinero, uno comprende más acerca de la política que interviene en las políticas y leyes de un país, incluidas las influencias que han afectado la política de EE.UU. durante los últimos seis años. Al conocer los riesgos que han corrido los valientes para encontrar la verdad, uno se da cuenta de la importancia que tiene para todos cuestionarnos más y seguir clamando por justicia. Este libro bien vale su tiempo en un testamento a la voluntad humana.
Sí, el libro se lee rápido y como una novela. Sin embargo, fue muy confuso con todos los nombres rusos y cómo las personas están conectadas entre sí. Nunca he escrito un libro, pero viendo cómo esto puede resultar confuso para los ojos del profano, una sugerencia de comenzar cada capítulo con un diagrama de todos los personajes (digo personajes porque algunos de ellos parecen tan ficticios, que es el punto , ¿verdad? Qué exagerado es todo esto.) y la relación que tienen con Browder/historia en línea.
Me gustó mucho Notificación Roja, su primer libro. Y aprecia todo el trabajo que ha hecho Bill Browder para abrir los ojos del mundo a la corrupción del gobierno ruso. Este libro me pareció muy apresurado. Esto podría deberse a una razón: tal vez Browder necesite obtener esta información AHORA, en caso de que le suceda algo.
Una de las razones por las que me gustó Notificación Roja fue el toque personal que le dio Browder: cómo se interesó en Rusia, por qué estaba interesado en los mercados, mucha información sobre su vida personal (dos matrimonios, cómo conoció a su segunda esposa, etc.) ). Y sí, había un capítulo dulce sobre la pérdida de su madre, puedo apreciarlo, y era muy necesario porque, seamos sinceros, incluso las personas ricas pierden a sus seres queridos. Pero esa humanidad que tanto brilló en Red Notice simplemente no está en Orden de embargo. Creo que es porque el elenco de personajes es más amplio, hay más gente involucrada y la prisa por sacar este libro al público. Todo sacrificó algo aquí.
Por último, mi mayor problema, Bill Browder revela esto en el libro, es la cantidad grotesca de dinero y cómo los hombres blancos de mediana edad manejan el mundo, estas personas mega, egoístas y ultra ricas. Es elitismo masculino blanco. Había tan pocas mujeres en el libro y menos minorías (¿había alguna en absoluto???), que simplemente se volvió imposible de identificar para mí. Básicamente me aburrí leyendo sobre el abuso insano del dinero.
Respeto a Bill Browder, que ha asumido la noble causa de enfrentarse a los responsables de la muerte de Sergei Magnistsky. Reconoce que tiene dinero y conexiones en este mundo que la persona normal no tiene. Supongo que lo que quería era que Bill Browder hablara más sobre esto: ¿cómo se siente acerca del dinero que ha ganado? ¿Ve la absoluta asimetría de esto en el mundo?
Además de Browder, hay héroes en este libro: Boris Nemastov, por nombrar uno. Y aprecio todos los elogios que le dio Bill Browder. Necesitamos más de ellos en el mundo.

Era 1989, el mismo año en que cayó el Muro de Berlín. Tres años después entré a trabajar en el departamento de Europa del Este del banco de inversiones americano Salomon Brothers en Londres. Las oportunidades eran tan grandes en aquella parte del mundo que en 1996 me trasladé a Moscú para poner en marcha un fondo de cobertura llamado Hermitage Fund. Lo llamé así por el Museo del Hermitage en San Petersburgo, donde Rusia mantiene sus tesoros artísticos más preciados.
Llevar el fondo no fue algo fácil. Las empresas en las que invertí fueron desvalijadas por oligarcas rusos y funcionarios corruptos.
Mis compatriotas de los mercados financieros aceptaban sin rechistar todo eso como el coste inevitable de hacer negocios con Rusia, y nadie decía nada. Pero yo no podía aceptar que un grupito de personas pudieran robárselo prácticamente todo a todo el mundo y se salieran con la suya. Me parecía como lo de mi flauta, pero a una escala mucho mayor. Decidí luchar.
Yo no pretendía detener por completo los robos. Simplemente, tenía que crear la presión suficiente para que hubiera un cambio mínimo. Las acciones de las empresas estaban tan infravaloradas que cualquier mejora haría que su valoración subiera estratosféricamente.
Este enfoque de hacer denuncias públicas resultó ser notablemente provechoso, y el Hermitage Fund se convirtió en uno de los fondos de inversión libre que mejores resultados obtenían del mundo. En la cima de mi carrera, era responsable de 4500 millones de dólares invertidos en valores rusos.
Pero, por supuesto, desenmascarar a los oligarcas corruptos no me hizo demasiado popular en Rusia. Y llegó un momento en que mis actos condujeron a una serie de desastrosas consecuencias.
En noviembre de 2005, Putin declaró que yo era una amenaza para la seguridad nacional y me expulsó de Rusia.
Para proteger los activos de mis clientes, mi equipo liquidó las propiedades del fondo en Rusia. También evacué a mi equipo y sus familias, incluyendo nuestro oficial jefe de operaciones, Ivan Cherkasov, y nuestro jefe de investigación, Vadim Kleiner, a Londres, y esta evacuación resultó clarividente.
Dieciocho meses más tarde, nuestra oficina en Moscú fue asaltada por docenas de oficiales del Ministerio del Interior ruso, dirigidos por un tal teniente coronel Artem Kuznetsov. Al mismo tiempo, el Ministerio del Interior también tomó por asalto la oficina de mi abogado en Moscú. Los artículos que se llevaron incluían los sellos y certificados para nuestras empresas de inversiones, que probaban nuestra propiedad.
En junio de 2008 uno de ellos, Serguéi Magnitski, descubrió que los delincuentes habían utilizado nuestras empresas robadas y sus falsas demandas para solicitar un reintegro de impuestos fraudulento de 230 millones de dólares. Era la misma cantidad de impuestos que habían pagado nuestras empresas en 2006, después de liquidar nuestros holdings en Rusia. La solicitud de reintegro fue aprobada en un solo día, la Nochebuena de 2007, y el reembolso se pagó dos días después. Una gran cantidad fue transferida a un oscuro banco ruso llamado Universal Savings Bank. En conjunto era la devolución de impuestos más cuantiosa de toda la historia de Rusia.
El Universal Savings Bank era propiedad de una figura enigmática llamada Dmitri Klyuev, y en realidad no se podía llamar «banco». Estaba clasificado como el 920.º de mayor tamaño de Rusia, con una sola sucursal y un capital total de 1,5 millones de dólares. Era más bien una empresa fantasma especializada en blanquear dinero negro que una institución financiera legítima.

El 2 de octubre, el Ministerio del Interior ruso abrió casos criminales contra los dos abogados de Hermitage que habían huido a Londres. A cada uno de ellos se le acusó de utilizar poderes falsos como abogados para presentar querellas criminales sobre el robo de nuestras empresas. Les dijeron que era ilegal que ellos representaran a nuestras empresas, ya que estas ya no nos pertenecían. El Ministerio del Interior en realidad estaba diciendo que la única persona que tenía derecho a denunciar el robo de un coche era la persona que lo había robado.

El blanqueo de dinero se considera generalmente un delito sin víctimas y sin rostro. Pero en este caso sí que tenía una víctima, Serguéi, y nosotros teníamos los rostros petulantes y sonrientes de los oficiales de policía que se habían aprovechado del delito que Serguéi había expuesto y por el que lo mataron.
Cuando la gente se imagina a un oficial de policía ruso, piensan en hombres con uniformes anticuados y conduciendo coches policiales Lada de la época soviética. Pero no era ese el caso del comandante Karpov y el teniente coronel Kuznetsov.
No llevaban uniforme, preferían llevar trajes de diseño italianos y caros relojes suizos. Karpov era especialmente descarado. En VKontakte, la versión rusa de Facebook, iba poniendo fotos de las fiestas a las que asistía y las vacaciones que disfrutaba, en los meses posteriores al asesinato.

La base de datos había sido obtenida por una ONG recién formada llamada Proyecto de Informe de Crimen Organizado y Corrupción (OCCRP por sus siglas en inglés). Era una confederación flexible de periodistas de investigación que se centraba en la corrupción en Europa del Este y Rusia. Lo llevaban desde una serie de oficinas centrales modestas en Sarajevo y Bucarest. Cuando oí hablar de ellos por primera vez, me parecieron más bien una fachada para blanquear dinero que una organización anticorrupción, pero resultó que eran genuinos.
La OCCRP tenía un hombre en Chisinau, la capital de Moldavia, que había conseguido obtener un archivo policial que contenía la base de datos de las transferencias por cable de la Banca de Economii, que la OCCRP luego compartió con Bill Alpert y con nosotros.
Ese archivo era un descubrimiento crucial. Por nuestra parte, Vadim solo había conseguido trazar la pista del dinero hasta la frontera rusa, con dos excepciones: los 11 millones de dólares que habían terminado en Suiza y una cantidad mucho mayor, 55 millones, que habían acabado en dos empresas moldavas con cuentas en la Banca de Economii.
Con una organización típica del blanqueo de dinero, la propiedad es como una muñeca rusa matrioshka. Abres la empresa fantasma y encuentras otra, que luego conduce a otra, y a otra, y así sucesivamente. Cuando introduces un nombre real, noventa y nueve veces de cada cien pertenece a un alcohólico en paro, o a un instructor de yoga itinerante, o a alguna otra persona al azar dispuesta a proporcionar su pasaporte a cambio de unos cuantos cientos de dólares. No saben que se convierten en propietarios nominales de empresas fantasmas que pueden blanquear millones, y a veces hasta miles de millones de dólares.
Al principio, Vadim supuso que Denis Katsiv era solo uno más de esos don nadie. Pero cuando Vadim introdujo su nombre en Yandex, la versión rusa de Google, descubrió que Denis Katsiv era hijo de Piotr Katsiv, funcionario importante del gobierno ruso.

La Ley Magnitski, sin embargo, era otro asunto muy distinto. La ley que me había costado tanto que se aprobara quedaba en peligro, de repente. A Trump le costaría mucho derogarla, porque se requería un acta del Congreso, pero podía negarse fácilmente a añadir nuevos nombres a la lista Magnitski. O peor aún, quitar a algunos de los que ya estaban.
La Administración saliente de Obama tenía unos temores similares. Después de la victoria de Trump, pero antes de su investidura, añadieron cinco nombres más a la Lista Magnitski, incluyendo a Andréi Pavlov. Este había sido uno de nuestros objetivos más valiosos, ya desde el principio. Había representado un papel fundamental en casi todo lo ocurrido, desde orquestar los juicios en colusión de los tribunales que se habían usado en el fraude de 230 millones y aparecer en Mónaco al lado de Dmitri Klyuev, hasta amenazar a Alexander Perepilichni. Pero como no era funcionario del gobierno ruso ni tampoco un pintoresco exconvicto, había conseguido pasar por debajo del radar. Pero ya no sería así.
La Administración saliente también pasó la Ley Global Magnitski por la línea de meta, y el presidente Obama la firmó y la convirtió en ley el 23 de diciembre. Con esto se frustraban los esfuerzos de Putin para hacerla fracasar o para eliminar el nombre de Serguéi de ella.
Más ampliamente, el Gobierno de Estados Unidos anunció un nuevo montón de sanciones y expulsó a varias docenas de diplomáticos rusos como respuesta a las interferencias de Rusia en las elecciones de Estados Unidos. Cuando Washington hace algo así, Moscú responde. ¿Tú sancionas a algunos de los nuestros? Pues nosotros sancionamos a los tuyos.

Sabíamos con toda seguridad que Putin quería que el presidente fuese Trump y no Hillary Clinton. También sabíamos que las afirmaciones que contenía el expediente tenían el potencial de costarle a Trump la presidencia, ya fueran verdad o no. También era enormemente probable que los rusos conocieran ese expediente, según se había ido preparando.
La forma más fácil que tenían los rusos de disminuir la potencia de su expediente era insertar en él deliberadamente información falsa. Como resultado, unos pocos de esos «hechos» quedarían recogidos en el expediente que, con el tiempo, podría ser desestimado. Y eso permitiría a los rusos y, no casualmente, al propio Trump, asegurar que todo lo que contenía el expediente era falso, aunque una parte de ello resultase ser cierta. Entonces él y todos sus portavoces podían señalar el expediente y gritar: «¡Noticias falsas!». Y no andarían equivocados.

La Ley Magnitski canadiense era un gran hito. No es que los rusos comprasen muchas villas en Toronto o mantuvieran su dinero en bancos de Montreal, pero era posible que otros países siguieran el ejemplo canadiense. Muchas naciones o bien eran demasiado orgullosas o bien demasiado antiamericanas para seguir a Estados Unidos, pero no se puede ser anticanadiense. Sabía que ese movimiento abriría las compuertas de par en par y que una cascada de países más adoptarían pronto leyes Magnitski propias. Al parecer, Putin también lo sabía.
La tarde del 19 de octubre, mientras planeaba un viaje de celebración a Ottawa para mí y la familia Magnitski, recibí un mensaje automático de la Aduana y Patrulla Aduanera de Estados Unidos (CBP por sus siglas en inglés). Decía: «Ha habido un cambio reciente en el estatus de su petición. Por favor, regístrese en la web Trusted Traveler para más información».
Hay leyes Magnitski en treinta y cuatro países distintos: Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Australia, los veintisiete países de la Unión Europea, Noruega, Montenegro y Kosovo. Y sin tener en cuenta los territorios británicos de ultramar y los protectorados británicos de Gibraltar, Jersey, Guernsey, las Islas Vírgenes Británicas, y las Islas Caimán. Nueva Zelanda y Japón están manos a la obra.
Se ha sancionado a más de quinientos individuos y entidades usando estas leyes. En Rusia estas incluyen a Dmitri Klyuev, Andréi Pavlov, Pavel Karpov, Artem Kuznetsov y Olga Stepanova y su marido, junto con otros treinta y cinco rusos implicados en el falso arresto, tortura y asesinato de Serguéi, así como el fraude de 230 millones de devolución fiscal.
Pero no solo a rusos. Las sanciones Magnitski se han aplicado también a los asesinos saudíes responsables del asesinato y desmembramiento del periodista Jamal Khashoggi; a los funcionarios chinos que establecieron los campos de concentración uigures en Xinjiang, a los generales de Birmania responsables del genocidio rohinyá, a los hermanos Gupta, que desvalijaron al Gobierno sudafricano, y a cientos de otros actos criminales similares.
Por cada persona u organización que ha sido sancionada, hay miles de violadores de los derechos humanos y cleptócratas que esperan aterrorizados a ver si serán los próximos sancionados.
la Ley Magnitski ha alterado la conducta de posibles asesinos y ladrones y ha servido para disuadirlos.
No puedo devolver a la vida a Serguéi, y por eso llevo una pesada carga que nunca desaparecerá. Pero su sacrificio no ha sido en vano. Ha salvado y continuará salvando muchas, muchas vidas.
Si Rusia llega a ser alguna vez realmente democrática, los futuros rusos se basarán en esos monumentos legales para construir monumentos físicos a un auténtico héroe: Serguéi Magnitski.
Por ahora, sin embargo, la lucha continúa.

(2018) In Madrid it was unusually cold for late spring. I had flown there to meet with José Grinda, Spain’s chief anti-corruption prosecutor, and share with him evidence that black money related to the murder of my Russian lawyer, Sergei Magnitsky, had been used to buy luxury properties throughout the country. of the entire Spanish Costa del Sol. The meeting was scheduled for eleven o’clock the next morning, which in Spain is an early hour.
I returned with the two policemen who were waiting for me. I expected to be formally arrested, but they didn’t behave like the cops in the movies. They didn’t put handcuffs on me, they didn’t search me, they didn’t take my things. They simply told me to follow them. We went downstairs without saying a word to each other.
‘Mr Browder, the Interpol General Secretariat in Lyon has just sent us a message. We have been ordered to release him. The arrest warrant is invalid.
My mood instantly lifted.

This book tells the story of the Magnitsky Act, the tragic circumstances that surround its creation, and the role that it has had in freezing money laundering assets trailing from Russia and Vladimir Putin to banks and countries across the world. The tale, winding over 20 years from the 2006 finding of a fraudulent $230 million tax refund by lawyer Sergei Magnitsky, part of a team from Hermitage Capital Management, originally based in Russia, tells of their fight to find the truth. The Act, initiated after the 358 day long wrongful incarceration and eventual death of Magnitsky in Russia, is one means that countries can track and prosecute monies laundered through their country’s banks. Currently, 34 different countries have this Act in place and over 500 sanctions have been made under the law.
Filled with detail and clear focus, this true story is one each of us needs to read. In explaining some of the nuances of money laundering, one understands more about the politics that go into a country’s policies and laws, including the influences that have affected US policy over the last six years. In learning about the risks that brave people have made to find truth, one realizes the importance for all of us to question more and continue to clamor for justice. This book is well worth your time in a testament to human will.
Yep, the book reads quickly and like a novel. However, it was so confusing with all the Russian names and how the people are connected to one another. I’ve never written a book, but seeing how this could get confusing to the layman’s eyes, a suggestion of starting off each chapter with a diagram of all the characters (I say characters because some of them seem so fictional- which is the point, right? How over the top this all is.) and the relationship they have to Browder/storyline.
I really liked Red Notice, his first book. And appreciate all the work that Bill Browder has done to open the world’s eyes to the corruption of the Russian government. This book seemed very rushed to me. This might be for a reason – maybe Browder needs to get this info out NOW, in case something happens to him.
One of the reasons I liked Red Notice was the personal touch Browder gave it – how he got interested in Russia, why he was interested in the markets, lots of info about his personal life (two marriages, how he met his second wife, etc). And yes, there was a sweet chapter about the loss of his mother – I can appreciate that – and it was well needed because let’s face it, even rich people lose their loved ones. But that humanity that shone so greatly in Red Notice is just not there in Freezing Order. I think it’s because the cast of characters is wider, more people involved and the rush to get this book out into the public. It all sacrificed something here.
Lastly, my biggest issue — Bill Browder reveals this in the book – is the grotesque amount of money and how white middle-aged men run the world — these mega, egotistical, ultra rich people. It is white male elitism. There were so few women in the book and fewer minorities (were there any at all???), that it just became unrelatable for me. Basically I got bored reading about the insane abuse of money.
I respect Bill Browder, who has taken on a noble cause of taking on those responsible for Sergei Magnistsky’ death. He recognizes that he has money and connections in this world that the normal person does not have. I guess what I wanted was for Bill Browder to open up more about this: how does he feel about the money he has earned? Does he see the absolute lopsidedness of this in the world?
Besides Browder, there are heroes in this book: Boris Nemastov to name one. And I appreciate all the kudos that Bill Browder gave to him. We need more of them in the world.

It was 1989, the same year the Berlin Wall fell. Three years later I went to work in the Eastern Europe department of the American investment bank Salomon Brothers in London. The opportunities were so great in that part of the world that in 1996 I moved to Moscow to start a hedge fund called the Hermitage Fund. I named it after the Hermitage Museum in Saint Petersburg, where Russia keeps its most precious art treasures.
Carrying the fund was not an easy thing. The companies I invested in were robbed by Russian oligarchs and corrupt officials.
My compatriots in the financial markets accepted all this without question as the inevitable cost of doing business with Russia, and nobody said anything. But I couldn’t accept that a small group of people could steal practically everything from everyone and get away with it. It seemed to me like my flute, but on a much larger scale. I decided to fight.
I did not intend to completely stop the thefts. I simply had to create enough pressure so that there was minimal change. The companies’ stocks were so undervalued that any improvement would send their valuation skyrocketing.
This approach to public exposure turned out to be remarkably profitable, and the Hermitage Fund became one of the best-performing hedge funds in the world. At the height of my career, I was responsible for $4.5 billion invested in Russian securities.
But of course exposing corrupt oligarchs didn’t make me too popular in Russia. And there came a time when my actions led to a series of disastrous consequences.
In November 2005, Putin declared that I was a threat to national security and expelled me from Russia.
To protect my clients’ assets, my team liquidated the fund’s holdings in Russia. I also evacuated my team and their families, including our chief operations officer, Ivan Cherkasov, and our chief investigator, Vadim Kleiner, to London, and this evacuation was prescient.
Eighteen months later, our Moscow office was raided by dozens of Russian Interior Ministry officials, led by a certain Lieutenant Colonel Artem Kuznetsov. At the same time, the Ministry of Internal Affairs also stormed my lawyer’s office in Moscow. Items taken included stamps and certificates for our investment companies, proving our ownership.
In June 2008 one of them, Sergei Magnitsky, discovered that criminals had used our stolen companies and their bogus claims to claim a fraudulent $230 million tax refund. It was the same amount of taxes that our companies had paid in 2006, after liquidating our holdings in Russia. The refund request was approved in a single day, Christmas Eve 2007, and the refund was paid two days later. A large amount was transferred to an obscure Russian bank called Universal Savings Bank. Altogether it was the largest tax refund in the entire history of Russia.
Universal Savings Bank was owned by an enigmatic figure named Dmitri Klyuev, and it couldn’t really be called a «bank.» It was ranked as the 920th largest in Russia, with only one branch and total capital of $1.5 million. It was more of a shell company specializing in laundering dirty money than a legitimate financial institution.

On October 2, the Russian Interior Ministry opened criminal cases against the two Hermitage lawyers who had fled to London. Each of them was accused of using bogus powers as attorneys to file criminal complaints about the theft of our businesses. They were told that it was illegal for them to represent our companies, since they no longer belonged to us. The Home Office was actually saying that the only person who had the right to report a car stolen was the person who had stolen it.

Money laundering is generally considered a victimless and faceless crime. But in this case he did have a victim, Sergei, and we had the smug, smiling faces of the police officers who had taken advantage of the crime Sergei had exposed and killed him for.
When people picture a Russian police officer, they think of men in old-fashioned uniforms driving Soviet-era Lada police cars. But that was not the case with Major Karpov and Lieutenant Colonel Kuznetsov.
They wore no uniform, preferring to wear designer Italian suits and expensive Swiss watches. Karpov was especially cheeky. On VKontakte, the Russian version of Facebook, he would post photos of parties he attended and vacations he enjoyed in the months after the murder.

The database had been obtained by a newly formed NGO called the Organized Crime and Corruption Reporting Project (OCCRP). It was a loose confederation of investigative journalists focusing on corruption in Eastern Europe and Russia. It was run from a series of modest headquarters in Sarajevo and Bucharest. When I first heard about them, they seemed more like a front for money laundering than an anti-corruption organization, but it turned out that they were genuine.
The OCCRP had a man in Chisinau, the capital of Moldova, who had managed to obtain a police file containing the Banca de Economii wire transfer database, which the OCCRP then shared with Bill Alpert and us.
That file was a crucial discovery. For our part, Vadim had only managed to trace the money to the Russian border, with two exceptions: the $11 million that had ended up in Switzerland and a much larger amount, $55 million, that had ended up in two Moldovan companies with bank accounts. in the Bank of Economy.
With a typical money laundering organization, ownership is like a Russian matryoshka doll. You open the shell company and find another, which then leads to another, and another, and so on. When you enter a real name, ninety-nine times out of a hundred it belongs to an unemployed alcoholic, or a traveling yoga instructor, or some other random person willing to give up their passport in exchange for a few hundred dollars. Little do they know that they become nominal owners of shell companies that can launder millions, and sometimes even billions of dollars.
At first, Vadim assumed that Denis Katsiv was just one of these nobodys. But when Vadim entered his name into Yandex, the Russian version of Google, he discovered that Denis Katsiv was the son of Pyotr Katsiv, a senior official in the Russian government.

The Magnitski Law, however, was quite another matter. The law that had cost me so much to pass was suddenly in jeopardy. Trump would have a hard time repealing it, because an act of Congress was required, but he could easily refuse to add new names to the Magnitski list. Or worse yet, remove some of those who were already there.
The outgoing Obama Administration had similar fears. After Trump’s victory, but before his inauguration, they added five more names to the Magnitski List, including Andrei Pavlov. This had been one of our most valuable goals, right from the start. He had played a central role in almost everything that had happened, from orchestrating the collusion trials of the courts that had been used in the 230 million fraud and appearing in Monaco at the side of Dmitri Klyuev, to threatening Alexander Perepilichni. But since he was neither a Russian government official nor a colorful ex-con, he had managed to slip under the radar. But it wouldn’t be like that anymore.
The outgoing Administration also passed the Global Magnitski Act across the finish line, and President Obama signed it into law on December 23. This frustrated Putin’s efforts to make it fail or to remove Sergei’s name from it.
More broadly, the US government announced a new raft of sanctions and expelled several dozen Russian diplomats in response to Russian interference in US elections. When Washington does something like this, Moscow responds. Do you sanction some of ours? Well, we penalize yours.

We knew for sure that Putin wanted Trump to be president and not Hillary Clinton. We also knew that the claims contained in the dossier had the potential to cost Trump the presidency, whether they were true or not. It was also highly probable that the Russians knew about this file, as it had been prepared.
The easiest way for the Russians to diminish the potency of their dossier was to deliberately insert false information into it. As a result, a few of those «facts» would be on the record, which could eventually be dismissed. And that would allow the Russians and, not coincidentally, Trump himself, to ensure that everything in the dossier was false, even if part of it turned out to be true. Then he and all of his mouthpieces could point to the file and yell, «Fake news!» And they would not be wrong.

The Canadian Magnitski Act was a great milestone. Not that the Russians bought many villas in Toronto or kept their money in banks in Montreal, but it was possible that other countries would follow the Canadian example. Many nations were either too proud or too anti-American to follow America, but you can’t be anti-Canadian. He knew that such a move would throw the floodgates wide open and that a cascade of other countries would soon adopt Magnitski laws of their own. Apparently, Putin knew it too.
On the afternoon of October 19, while planning a celebratory trip to Ottawa for myself and the Magnitski family, I received an automated message from the United States Customs and Border Protection (CBP). It read: “There has been a recent change in the status of your petition. Please register on the Trusted Traveler website for more information.
There are Magnitski laws in thirty-four different countries: the United States, Canada, Great Britain, Australia, the twenty-seven countries of the European Union, Norway, Montenegro and Kosovo. And without taking into account the British Overseas Territories and the British Protectorates of Gibraltar, Jersey, Guernsey, the British Virgin Islands, and the Cayman Islands. New Zealand and Japan are at work.
More than five hundred individuals and entities have been sanctioned using these laws. In Russia these include Dmitri Klyuev, Andrei Pavlov, Pavel Karpov, Artem Kuznetsov, and Olga Stepanova and her husband, along with thirty-five other Russians implicated in Sergei’s false arrest, torture, and murder, as well as the $230 million fraud. tax refund.
But not only Russians. The Magnitski sanctions have also been applied to the Saudi assassins responsible for the murder and dismemberment of journalist Jamal Khashoggi; to the Chinese officials who set up the Uyghur concentration camps in Xinjiang, to the Burmese generals responsible for the Rohingya genocide, to the Gupta brothers who ransacked the South African government, and to hundreds of other such criminal acts.
For every person or organization that has been sanctioned, there are thousands of human rights violators and kleptocrats waiting in terror to see if they will be sanctioned next.
the Magnitski Law has altered the behavior of would-be murderers and thieves and has served to deter them.
I cannot bring Sergei back to life, and so I carry a heavy burden that will never go away. But his sacrifice has not been in vain. He has saved and will continue to save many, many lives.
If Russia ever becomes truly democratic, future Russians will build on those legal monuments to build physical monuments to a true hero: Sergei Magnitsky.
For now, however, the fight continues.

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