Como El Aire Que Respiramos. El Sentido De La Cultura — Antonio Monegal / Like The Air We Breathe The Sense Of Culture by Antonio Monegal (spanish book edition)

La literatura y las otras artes son drogas saludables. Ayudan a vivir y combinan los efectos de otros psicotrópicos: estimulan, evaden, aguzan la percepción, generan modificaciones y revelaciones cognitivas. Puesto que, de momento, el tráfico de estas sustancias no está penado, procuro, como misión personal, contagiar esta adicción a mis alumnos y a mis hijos. Sin embargo, no quiero hablar sólo de este tipo de cultura, sino de aquella que afecta a la vida de todos, incluso la de quienes creen no tener nada que ver con ella, porque este ensayo no alude a una vivencia particular, sino que se centra sobre todo en la dimensión colectiva de la cultura. El tema que me ocupa es el de su relevancia social.
La amenaza a la cultura se deriva de un par de errores de apreciación. El primero es el de aquellos que creen que se puede prescindir de la cultura, que es un accesorio más o menos lujoso, que complementa o decora los aspectos primordiales de la vida, los realmente importantes, que son, como todo el mundo sabe, la salud, el amor y, ante todo, el dinero. Podríamos llamarlo la amenaza neoliberal, porque sólo cuenta lo que genera ganancias tangibles, pero también tiene una faceta populista, que considera que la cultura está al servicio de los intereses de una elite.

Interesante el enfoque que le da Monegal a la cultura, sin arrancarle las ramas de lo social, lo político y lo económico; algo que, para él, está completamente adherido y hacerlo es prácticamente imposible. Pese a que no da un significado concreto, sí te argumenta el por qué: la cultura está en permanente cambio y en permanente estudio, no se puede plantar sobre la mesa una definición perfilada, mucho menos pretender que sea la permanente e indiscutible.
Para Monegal, la cultura va, sobre todo, de la mano de la memoria. Perder una u otra supone perderlo todo; mediante paralelismos, establece unas relaciones bidireccionales donde muestra que, pese a creer abordarla, le es imposible por el continuo foco de estudio que le sitúa.
Para Monegal, lo cultural es político y trata de justificar por qué merece ser subvencionada públicamente la cultura más que aclararnos qué es cultura y dónde se ponen los límites. También me he topado con muchas contradicciones y con un “buenismo” propio de estos tiempos, en los que se pretende fomentar la inclusión, sea como sea, mientras que, a su vez, el autor distingue constantemente entre cultura catalana y española que son, aparentemente, excluyentes.

No faltan motivos para dudar del valor de eso que llamamos cultura. Ni todas las razones por las que está bajo sospecha son atribuibles al pensamiento neoliberal y al materialismo de nuestro tiempo.
La supuesta supremacía cultural de Occidente se construye sobre la hegemonía política y económica que autoriza a establecer la jerarquía del valor. El elitismo cultural es indisociable de otras formas más elementales de distinción social que estratifican a productores y receptores. Cuando Virginia Woolf pone como condición para que la mujer escriba el disponer de una habitación propia, además de una reivindicación feminista, expone una diferenciación de clase. A Steiner le llama la atención el clamoroso silencio de Eliot sobre el Holocausto, pero lo que sí dice Eliot es tan preocupante como lo que calla: sostiene que «es una condición esencial de la preservación de la calidad de la cultura de la minoría el que continúe siendo una cultura minoritaria». Cuestiona así una de las premisas que fundamentan el valor social de la cultura como motor de progreso: el supuesto de que, al democratizar el acceso a las formas más elevadas de producción cultural a través de la educación, se eleva el nivel del conjunto de la sociedad. Para Eliot esta expansión de los beneficios de la cultura la devalúa inevitablemente. Sólo quienes están cualificados pueden participar de su exigente valor, pero la aristocracia del espíritu ha llegado a esta privilegiada posición gracias, en gran medida, a ventajas materiales y sociales concretas que Eliot obvia. Como lo hacen todos cuantos cantan las alabanzas del canon occidental: Harold Bloom no confronta la excelencia de los autores y obras que selecciona con las hegemonías políticas y el orden social que fueron su caldo de cultivo y que permiten que reconozcamos su singularidad. Ni se asoma a los espacios de exclusión, desatendidos, dando por supuesto que, si no están en el centro del canon y él no los conoce, es porque no se lo merecen.

La política no es un componente explícito en ninguna de las acepciones habituales del concepto de cultura. Más bien al contrario, en el uso más corriente y restringido la cultura es vista como algo que está fuera de la política, al margen: un espacio de evasión de los conflictos. Sin embargo, ninguna de las tres maneras principales de entender la cultura es ajena a la dimensión política. Tanto la concepción de la cultura como civilización como el conjunto específico de mitos, valores y pautas de conducta mediante el cual una comunidad se organiza e identifica a sí misma constituyen modelos ideológicos que movilizan actuaciones políticas. Incluso el supuesto oasis de obras y creadores ejemplares, junto con las instituciones que regulan, difunden y perpetúan su legado, son una medida, según explica Eagleton, que a la vez encarna y evalúa una manera de vivir. El doble carácter descriptivo y prescriptivo de la producción simbólica, que contrapone lo real y lo deseable, la predispone a las intervenciones críticas y a la carga de potencial político.
Es un instrumento político porque está al alcance y forma parte de la vida de todos los ciudadanos. Usamos la palabra cultura en estos dos sentidos: para significar la totalidad de una forma de vida—los significados comunes; para significar las artes y el conocimiento—los procesos especiales de descubrimiento y esfuerzo creativo. Algunos escritores reservan la palabra para uno u otro de estos significados; yo insisto en ambos y en la importancia de su conjunción.

Una concepción patrimonial, que privilegia la alta cultura, a otra más instrumental y próxima a la perspectiva antropológica. Es la diferencia entre preguntarse para qué sirve la cultura o preguntarse qué hace. La primera pregunta lleva implícita un juicio, subraya la utilidad y justifica el valor por la bondad de los fines. La segunda es descriptiva y neutral: reconoce la importancia de la cultura por su operatividad, porque cumple una función central en todo lo que somos y hacemos. La primera pregunta se formula a la defensiva, desde la paradójica posición de un elitismo acomplejado, que intenta hacer apología de algo que es percibido como socialmente irrelevante u obsoleto, porque se apoya en su definición más restringida. La segunda da por sentado que hablamos de un pilar fundamental e inescapable de nuestra existencia y que el objetivo es comprender el porqué y el cómo de esta centralidad. Preguntarse qué hace la cultura es desplazar el debate desde el cuestionamiento del valor hacia la determinación del sentido.

En lugar de plantear el problema como una dicotomía entre alta cultura y cultura de masas, conviene atender a los procesos de interconexión entre los dos espacios y de discriminación dentro de cada uno de ellos, poniendo en evidencia un panorama más complejo. Desde el punto de vista que interesa a este ensayo, si tenemos en cuenta la hegemonía inapelable de la cultura de masas y, en consecuencia, su función en la construcción social de sentido, con mayor impacto sin duda que la literatura o el arte, merece que se le conceda un tratamiento adecuado a su papel efectivo, al margen de nociones de prestigio o canonicidad.
La solución a los problemas de carácter cultural pasa por la cultura. Hay también problemas económicos, ecológicos, sanitarios, criminales, políticos, y la respuesta a casi todos ellos depende de factores culturales. La conversación entre culturas es un valor fundamental de la ética cosmopolita que Appiah reivindica, porque de este intercambio nos beneficiamos todos. Por esta vía conocemos al otro, nos acercamos, y aquí la literatura, el cine, el arte y la música tiene un papel decisivo, pero además aprendemos unos de otros, nos prestamos mutuamente ideas, prácticas y modelos. Nuevos recursos para enfrentarnos a nuevos desafíos. Ante cualquier crisis, la salida quizá se encuentre en opciones de las que no disponemos pero que nos puede ofrecer o sugerir un repertorio ajeno. ¿Cómo cambiar el mundo, cómo ampliar nuestro imaginario y el horizonte de lo posible sin abrirnos a las aportaciones de los extraños, de los que ahora son nuestros vecinos y de quienes nos hablan desde lejos? Aceptamos su trabajo, compramos sus productos, comemos su comida, ¿por qué no íbamos a preguntarnos por su cultura? Hemos hablado de hibridación y de los riesgos de la globalización para la preservación de las particularidades distintivas, pero, por otro lado, esta conversación polifónica nos invita a imaginar la ascensión de una cultura común o, por lo menos, de una cultura con valores compartidos, que ponga de relieve las alianzas sin renunciar a las diferencias.

La guía en esta encrucijada peligrosa no la podemos encontrar sólo en descubrimientos o inventos milagrosos, ni mucho menos dejándonos llevar por la atracción fatal del consumo. Las posibles salidas pasan por cambiar las reglas del juego, por transgredir la lógica del sistema, es decir, por un cambio de cultura. No podemos prescindir de imaginar utopías y resistirnos a futuros distópicos. Nos faltan soluciones para muchos problemas, inquietudes y preguntas pendientes. Quizá nos hace falta incluso hacernos las preguntas adecuadas. Hemos avanzado mucho en ciertos campos, pero el mundo continúa estando desarreglado. Faltan respuestas a los desastres del capitalismo, al retroceso social evidente, a la desigualdad, a la discriminación, a las guerras y al terrorismo, a los flujos de poblaciones que huyen de la miseria y la violencia, a la destrucción del planeta y a otras consecuencias devastadoras del maltrato de la naturaleza. Cada uno sirve al proyecto común como puede y sabe. Y dado que el vestido también es cultura, acabo con una metáfora. Los que nos dedicamos a las artes y las humanidades cultivamos un saber más o menos antiguo, con la tarea humilde de rescatar, de un armario polvoriento, prendas de ropa y retales en desuso para ver si, con algunos retoques y alteraciones, combinando elementos diversos, podemos volver a ponerlos de moda, producir nuevas indumentarias que puedan servir para vestirnos hoy, porque seguimos desnudos frente al mundo.

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Literature and the other arts are healthy drugs. They help to live and combine the effects of other psychotropics: they stimulate, evade, sharpen perception, generate modifications and cognitive revelations. Since, at the moment, the trafficking of these substances is not penalized, I try, as a personal mission, to spread this addiction to my students and my children. However, I do not want to speak only of this type of culture, but of the one that affects everyone’s life, even that of those who believe they have nothing to do with it, because this essay does not allude to a particular experience, but rather focuses above all on the collective dimension of culture. The issue that concerns me is its social relevance.
The threat to culture stems from a couple of misjudgments. The first is that of those who believe that culture can be dispensed with, that it is a more or less luxurious accessory, that complements or decorates the essential aspects of life, the really important ones, which are, as everyone knows, the health, love and, above all, money. We could call it the neoliberal threat, because only what generates tangible profits counts, but it also has a populist facet, which considers that culture is at the service of the interests of an elite.

The approach that Monegal gives to culture is interesting, without ripping out the social, political and economic branches; something that, for him, is completely adhered to and doing it is practically impossible. Although it does not give a specific meaning, it does give you an argument as to why: culture is constantly changing and under permanent study, you cannot plant a defined definition on the table, much less pretend that it is permanent and indisputable.
For Monegal, culture goes, above all, hand in hand with memory. Losing one or the other means losing everything; Through parallelisms, he establishes bidirectional relationships where he shows that, despite believing to approach it, it is impossible for him due to the continuous focus of study that places him.
For Monegal, the cultural is political and tries to justify why culture deserves to be publicly subsidized more than clarifying what culture is and where the limits are set. I have also come across many contradictions and a «goodness» typical of these times, in which inclusion is intended to be promoted, whatever it may be, while, in turn, the author constantly distinguishes between Catalan and Spanish culture, which are, apparently exclusive.

There is no lack of reason to doubt the value of what we call culture. Not all the reasons why it is under suspicion are attributable to the neoliberal thinking and materialism of our time.
The supposed cultural supremacy of the West is built on the political and economic hegemony that authorizes the establishment of the hierarchy of value. Cultural elitism is inseparable from other more elementary forms of social distinction that stratify producers and receivers. When Virginia Woolf makes it a condition for women to write to have their own room, in addition to a feminist claim, she exposes a class differentiation. Steiner is struck by Eliot’s resounding silence on the Holocaust, but what Eliot does say is just as worrying as what he is silent about: he maintains that «it is an essential condition of preserving the quality of minority culture that continue to be a minority culture. Thus, it questions one of the premises underlying the social value of culture as an engine of progress: the assumption that, by democratizing access to the highest forms of cultural production through education, the level of the whole of society is raised. society. For Eliot, this expansion of the benefits of culture inevitably devalues it. Only those who are qualified can partake of its demanding value, but the aristocracy of the spirit has reached this privileged position thanks, in large measure, to concrete material and social advantages that Eliot ignores. As does all those who sing the praises of the Western canon: Harold Bloom does not confront the excellence of the authors and works that he selects with the political hegemonies and the social order that were their breeding ground and that allow us to recognize their uniqueness. Neither he nor he looks at the spaces of exclusion, neglected, assuming that, if they are not in the center of the canon and he does not know them, it is because they do not deserve it.

Politics is not an explicit component in any of the usual meanings of the concept of culture. Quite the contrary, in the most common and restricted use, culture is seen as something that is outside of politics, on the margin: a space for avoiding conflicts. However, none of the three main ways of understanding culture is foreign to the political dimension. Both the conception of culture as civilization and the specific set of myths, values and behavior patterns through which a community organizes and identifies itself constitute ideological models that mobilize political actions. Even the supposed oasis of exemplary works and creators, together with the institutions that regulate, disseminate and perpetuate their legacy, are a measure, as Eagleton explains, that both embodies and evaluates a way of life. The double descriptive and prescriptive character of symbolic production, which opposes what is real and what is desirable, predisposes it to critical interventions and the burden of political potential.
It is a political instrument because it is within reach and forms part of the life of all citizens. We use the word culture in these two senses: to mean the totality of a way of life—the common meanings; to signify the arts and knowledge—the special processes of discovery and creative effort. Some writers reserve the word for one or the other of these meanings; I insist on both and on the importance of their conjunction.

A heritage conception, which privileges high culture, to another more instrumental and close to the anthropological perspective. It is the difference between wondering what culture is for and wondering what it does. The first question implies a judgment, underlines the usefulness and justifies the value by the goodness of the ends. The second is descriptive and neutral: it recognizes the importance of culture for its operability, because it plays a central role in everything we are and do. The first question is formulated defensively, from the paradoxical position of a self-conscious elitism, which tries to defend something that is perceived as socially irrelevant or obsolete, because it is based on its most restricted definition. The second assumes that we are talking about a fundamental and inescapable pillar of our existence and that the objective is to understand the why and how of this centrality. To ask what culture does is to shift the debate from the questioning of value to the determination of meaning.

Instead of posing the problem as a dichotomy between high culture and mass culture, it is convenient to attend to the processes of interconnection between the two spaces and of discrimination within each one of them, revealing a more complex panorama. From the point of view that interests this essay, if we take into account the unappealable hegemony of mass culture and, consequently, its function in the social construction of meaning, with greater impact without a doubt than literature or art, it deserves that his effective role be given adequate treatment, regardless of notions of prestige or canonicity.
The solution to problems of a cultural nature passes through culture. There are also economic, ecological, health, criminal, political problems, and the answer to almost all of them depends on cultural factors. The conversation between cultures is a fundamental value of the cosmopolitan ethic that Appiah defends, because we all benefit from this exchange. In this way we get to know each other, we get closer, and here literature, cinema, art and music play a decisive role, but we also learn from each other, we lend each other ideas, practices and models. New resources to face new challenges. In the face of any crisis, the way out may be found in options that we do not have but that someone else’s repertoire can offer us or suggest. How to change the world, how to expand our imagination and the horizon of what is possible without opening ourselves to the contributions of strangers, of those who are now our neighbors and of those who speak to us from afar? We accept their work, we buy their products, we eat their food, why shouldn’t we ask about their culture? We have talked about hybridization and the risks of globalization for the preservation of distinctive particularities, but, on the other hand, this polyphonic conversation invites us to imagine the rise of a common culture or, at least, of a culture with shared values , which highlights alliances without giving up differences.

The guide at this dangerous crossroads cannot be found only in miraculous discoveries or inventions, much less letting ourselves be carried away by the fatal attraction of consumption. The possible exits go through changing the rules of the game, by transgressing the logic of the system, that is, by changing the culture. We cannot do without imagining utopias and resisting dystopian futures. We are missing solutions to many outstanding problems, concerns, and questions. Perhaps we even need to ask ourselves the right questions. We have come a long way in certain fields, but the world is still messed up. There is a lack of answers to the disasters of capitalism, to the evident social backwardness, to inequality, to discrimination, to wars and terrorism, to the flows of populations fleeing misery and violence, to the destruction of the planet and to other consequences devastating mistreatment of nature. Each one serves the common project as he can and knows how. And since dress is also culture, I end up with a metaphor. Those of us who dedicate ourselves to the arts and humanities cultivate a more or less ancient knowledge, with the humble task of rescuing, from a dusty closet, disused clothing and remnants to see if, with some touch-ups and alterations, combining diverse elements , we can make them fashionable again, produce new clothing that can serve to dress us today, because we are still naked in front of the world.

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