Cervantes Para Cabras, Marx Para Ovejas — Pablo Santiago Chiquero / Cervantes For Goats, Marx For Sheep by Pablo Santiago Chiquero (spanish book edition)

Es fácil acordarse del lugar, pues este nunca pasó por alto para los numerosos escritores, periodistas, arrieros de afición juglar o cronistas locales que alguna vez pusieron por escrito o glosaron esta verídica y memorable historia. Sucedió en Abra, un pequeño pueblo (mil quinientas almas tendría entonces, hoy muchas menos) cuyas casas, blancas y pobres, se extendían en una encrucijada poco transitada entre las provincias de Córdoba y Granada. Allí, hace mucho tiempo, en los años treinta del pasado siglo, había un pastor de los de ovejas merinas, cabras moteadas, redil antiguo y perros ladradores. El pastor no tenía hacienda, así que nada la consumía, ni sus zapatos rotos, ni su camisa más roída que sucia, ni los mendrugos de pan que solía llevar en su zurrón para entretener el tiempo; tampoco la camisa y los pantalones nuevos, heredados de su difunto padre, que de añadidura se ponía los domingos.
No fueron las desnudeces de Conchita las que terminaron de curar a Mateo de su melancolía. Conchita temía que aquellos juegos prohibidos condenaran su alma al fuego eterno; no le preocupaba tanto su virginidad, que ya estaba perdida, sino su integridad moral y el momento en que tuviese que enfrentarse en el confesionario a don Jacinto, el párroco de Abra, que era una ventosa sacando pecados. Por estas razones, la muchacha decidió poner fin a los juegos y dar por curado a Mateo. Este, a decir verdad, llevaba cuatro semanas ejerciendo su oficio sin dar señales de querer volver a recluirse en su habitación, así que ya no había más razones que la tentación y la lujuria para seguir con la cura.Para Conchita también fue doloroso poner fin al tratamiento, del que había disfrutado tanto como el enfermo. Pero hizo de tripas corazón y no permitió que Mateo volviese a ponerle una mano encima, no al menos hasta la noche de bodas, que aún ni se veía en el horizonte.

En un pueblecito de Córdoba, y en los albores de la República, un pastor de cabras y ovejas descubre que la mejor manera de salir de su estado ‘encamado’ consiste en leer. Primero el Quijote, y luego el Capital. Nada menos.
Un libro interesante, divertido, inteligente, con personajes pintorescos y situaciones que deambulan entre el (su)realismo mágico y la cotidianidad de una España que estaba a punto de desangrarse a tiros. Una historia sencilla y a la vez imposible, escrita de una forma tremendamente amena, con momentos emocionantes y que da para pensar (y mucho) sobre lo fácil que podría ser feliz.
El pastor Mateo lee a sus cabras y ovejas. Nada menos que El Quijote y a Marx. Vida rural humilde en un pueblo de Córdoba en la España pre guerra civil. Se dibujan en el libro el cura, el maestro, el terrrateniente, las prostitutas, todos bien encasillados en sus papeles de aquella España, ya dividida ideologicamente y que el autor se encarga de remarcar con demasiado impetú.
Libro con muchas ediciones y cuya lectura resulta amena y con tintes cinematográficos, recuerda un poquito a la película de Cuerda.
Libro que elogia el hábito de la lectura y que recomiendo para salir de esta negrura literaria actual.
Un libro precioso, original, entrañable y delicado.
He adorado la manera de compaginar el Quijote con la narración y que lo haya hecho tan bien que me hayan entrado ganas de releerlo!!!
España profunda y miserable con los personajes más tiernos que me he encontrado en mucho tiempo.
Un canto de amor a los libros, a la amistad y, ante todo, al inconformismo, que me ha dejado una sensación de júbilo y tristeza maravillosa. Una de esas historias que te devuelven las ganas de cambiar el mundo, si no, de cambiarte a ti. Un gran libro.

A don Albino, como queda dicho, lo sustituyó don Lázaro. Este llegó a finales de agosto, cuando el curso estaba a punto de comenzar, y todos vieron con curiosidad y cierto respeto cómo tomaba posesión de la casa del maestro, una sencilla construcción de una planta, ni más pobre ni más rica que las otras del pueblo, colindante con el aula y la pista de arena que constituían la escuela de Abra. Durante los primeros días, fueron muchos los que le tuvieron miedo, tal era la sombra alargada que había dejado don Albino. Pero Lázaro pronto dio muestras de una dulzura y una suavidad de carácter que en Abra no se conocía en maestro de escuela. Y sin apenas conocerlo hablaron maravillas de él, tantas que a don Jacinto, el sacerdote, le agarraron unos celos que persistieron muchos años.
Aquellos fracasos no desanimaron al maestro. Él seguía leyendo los clásicos durante las salidas campestres, y en el aula trataba de inculcarles aquello que sería más necesario en sus vidas, es decir, los primeros rudimentos de la lectura y la aritmética y un ingenio no tan romo para diferenciar entre lo bueno y lo malo. Resignado a ser el único lector de Abra, el maestro volvió a sus largas tardes de antepatio y canario silbón, durante las que leía hasta la caída de la tarde, hasta que alguien se acercaba a él y le advertía que se haría cisco los ojos…
Ya había perdido Lázaro la esperanza de encontrar un buen lector en Abra, alguien con quien compartir libros y tertulia, cuando escuchó hablar por primera vez de Mateo, el cabrero encamado.

Dicen los que conocieron de primera mano esta historia de cabras y libros, que el sol y el vino le debieron de hacer muy bien a Mateo, porque después de cuatro días había recuperado parte del buen color que es afín al oficio, y se le abrió tanto el apetito, que la buena mujer tuvo que recurrir a la caridad de sus vecinas e incluso sacrificar un cabrito para terminar de restablecer a su hijo. Este, poco a poco, entre capítulo y capítulo, mientras ya don Quijote había llegado a Barcelona y se acercaba el final de tan peregrina historia, retomó leves pero importantes actividades del pasado.
Mateo, acompañando a su rebaño y saludando a sus sorprendidos vecinos, que no se esperaban verlo levantado, comenzó su nueva vida de lector cabrerizo o cabrerizo lector, que no se sabe muy bien si fue una cosa o la otra lo que le hizo ganar fama en la comarca y andando el tiempo lo convirtió en el pastor más nombrado de los periódicos y las radios nacionales.

Fue en septiembre de 1931, animado por aquella carta de Juan Ramón Jiménez en el que se le tildaba de «pastor quijotesco», cuando Mateo decidió ampliar los horizontes literarios de Abra, los suyos y los de su audiencia en los días de mercado. Sus habituales oyentes ya conocían los pasajes más graciosos y de mayor sabiduría del Quijote, así que no había nada que impidiera comenzar con otras lecturas.En primer lugar, como no podía ser de otra forma, Mateo leyó a sus vecinos, de un volumen prestado de la biblioteca de Lázaro, algunos poemas de Juan Ramón, al hilo de los cuales, orgulloso y dándose importancia, Mateo releía las palabras epistolares que el poeta había escrito sobre él. Los poemas, muy bien recitados, fueron recibidos con silencio y respeto, e incluso se pudo ver alguna que otra lágrima entre las muchachas más jóvenes, pero no tuvieron ni de lejos el éxito que Lázaro había cosechado con el Caballero de la Triste Figura.

Pasada la comisión científica, que en tan buen lugar y fama había dejado a Mateo, nuestro cabrero volvió a su antiguo y peligroso empeño de recuperar a Conchita, la muchacha a la que ni la ciencia ni las lecturas conseguían sacar de su cabeza. A Mateo, no se crean, aquella obsesión por Conchita empezaba a incordiarle: por momentos, él hubiese preferido dejar las cosas como estaban, encapricharse de otra muchacha y pasar la vida lo mejor posible, dedicado a su nuevo amor y a la difusión de las virtudes de El Quijote y las ideas de Marx. Pero las caricias que Conchita le propinó en el pasado para sacarlo de su letargo debieron de ser muchas y muy buenas, pues no había momento del día en el que el recuerdo de Conchita, aunque fuese en los traspatios de su pensamiento, no lo acompañase. Un día, a Mateo le dio por pensar que Conchita quizá hiciese con Antonio Piedrahíta las mismas sabias cosas que había hecho con él.

En octubre de 1935 Mateo visitó dos veces a Lázaro en Abra. Las dos veces partió por la tarde, cuando había terminado sus faenas en la ínsula Esperanza y llegó al pueblo con la noche cerrada. Pasaba las noches en casa de Lázaro, tumbado sobre la otomana donde el maestro leía en los días de lluvia, y volvía a la comuna agrícola antes del amanecer, cuando aún era de noche y el cárabo, ululando en los árboles, espantaba las caballerías de los últimos clientes de La Venta del Buitre.Los primeros fríos, que aquel año llegaron recios y madrugadores, no le habían sentado bien al maestro. También puede que hubiese sido la ausencia de Mateo, la falta de un amigo con el que hablar. En ambas ocasiones, Mateo lo encontró más fofo, más cegato y torpe de movimientos. Había recibido dos cartas con sendas negativas de dos universidades, la Central de Madrid y la Universidad de Granada, y aquellos dos rechazos, sabiendo que ya no era el más joven, lo habían llenado de amargura.

Aunque a Mateo le hizo bien el viaje, durante su trascurso se le puso un cierto aire quijotesco. Estaba flaco, con la barba crecida y el semblante muy serio, acentuado por la camisa oscura y el brazalete negro. Él mismo se sonreía de pensar que, montado sobre su rocín huesudo y de paso torpe, debía de componer una figura muy triste, como el propio don Quijote. La gente lo tomaba por un vendedor de biblias o un buhonero. En Camponubes, por ejemplo, se dirigió a un campesino pobre, que cavaba una huerta muy pequeña, ganada a un terraplén.
Tú eres un hombre sabio; también uno de esos que siempre consiguen lo que quieren.
Al final sí hubo guerra. Fue una guerra como todas las demás, larga, sangrienta, caprichosa e incomprensible. Cuando estalló la contienda, cuando desde Abra, o tal vez desde La Venta del Buitre, un colono trajo la noticia de no sé qué ejércitos sublevados en no sé que parte de Marruecos, a Mateo le pareció inexplicable el no haber tenido una respuesta para Maribel la tarde en la que paró en el burdel de vuelta de su viaje por la comarca, el no haber previsto desde hacía meses, incluso años, la llegada de aquel conflicto y aquellas luchas. Cuando llegan, las cosas se ven siempre muy claras, y esa aún más. Para Mateo, no obstante, desde que comenzó a leer, desde que se convirtió en un cabrero con letras, la guerra había sido algo individual y quijotesco, una lucha pacífica que se emprende en solitario por una causa o un ideal, contra una injusticia o unos molinos de viento. Con aquel tipo de guerra que comenzó entonces, Mateo no había contado.Aquello era demasiado prosaico para su mundo de cabras y ovejas lectoras.

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It is easy to remember the place, because it was never overlooked by the many writers, journalists, minstrel hobby muleteers or local chroniclers who once wrote down or commented on this true and memorable story. It happened in Abra, a small town (1,500 souls then, today much less) whose houses, white and poor, stretched out on a little-traveled crossroads between the provinces of Córdoba and Granada. There, a long time ago, in the thirties of the last century, there was a herder of merino sheep, spotted goats, an old sheepfold and barking dogs. The shepherd had no farm, so nothing consumed him, not his torn shoes, not his shirt more worn than dirty, not even the crusts of bread that he used to carry in his bag to while away the time; neither did the new shirt and pants, inherited from his late father, which he also wore on Sundays.
It wasn’t Conchita’s nudity that finished curing Mateo of his melancholy. Conchita feared that those forbidden games would condemn her soul to eternal fire; She was not so concerned about his virginity, which was already lost, but about his moral integrity and the moment in which he would have to face Don Jacinto, the priest of Abra, who was a sucker taking out sins, in the confessional. For these reasons, the girl decided to put an end to the games and consider Mateo cured. To tell the truth, he had been practicing his trade for four weeks without showing signs of wanting to go back to seclusion in his room, so there were no more reasons than temptation and lust to continue with the cure. For Conchita it was also painful to end to the treatment, which he had enjoyed as much as the patient. But she bit the hell out of it and didn’t allow Mateo to lay a hand on her again, at least not until their wedding night, which was not yet in sight on the horizon.

In a small town in Córdoba, and at the dawn of the Republic, a shepherd of goats and sheep discovers that the best way to get out of his ‘bedridden’ state is to read. First Don Quixote, and then Capital. Nothing less.
An interesting, funny, intelligent book, with colorful characters and situations that wander between (his) magical realism and the daily life of a Spain that was about to bleed to death by gunshots. A simple and at the same time impossible story, written in a tremendously entertaining way, with exciting moments and that makes you think (and a lot) about how easy it could be to be happy.
Pastor Mateo reads to his goats and sheep. Nothing less than Don Quixote and Marx. Humble rural life in a town of Córdoba in pre-civil war Spain. The priest, the teacher, the landowner, the prostitutes are drawn in the book, all well classified in their roles in that Spain, already ideologically divided and that the author is in charge of highlighting with too much impetus.
Book with many editions and whose reading is enjoyable and with cinematographic overtones, it reminds a little of Cuerda’s movie.
Book that praises the habit of reading and that I recommend to get out of this current literary blackness.
A beautiful, original, endearing and delicate book.
I have adored the way of combining Don Quixote with the narration and that he has done it so well that I have wanted to reread it!!!
Deep and miserable Spain with the most tender characters I’ve met in a long time.
A love song to books, to friendship and, above all, to nonconformity, which has left me with a wonderful feeling of joy and sadness. One of those stories that makes you want to change the world, if not, to change yourself. An amazing book.

Mr. Albino, as has been said, was replaced by Mr. Lázaro. This one arrived at the end of August, when the course was about to begin, and everyone watched with curiosity and a certain respect as he took possession of the teacher’s house, a simple one-story building, neither poorer nor richer than the others in the school. town, adjoining the classroom and the sand track that constituted the Abra school. During the first days, there were many who were afraid of him, such was the elongated shadow that Don Albino had left. But Lázaro soon showed signs of a sweetness and softness of character that Abra did not know of in a school teacher. And without even knowing him they spoke wonderful things about him, so much so that Don Jacinto, the priest, was seized with jealousy that persisted for many years.
Those failures did not discourage the teacher. He still read the classics on picnics, and in the classroom he tried to instill in them what would be most needed in their lives, that is, the first rudiments of reading and arithmetic and a not-so-blunt wit to differentiate between the good and the bad. the bad. Resigned to being the only reader of Abra, the teacher returned to his long afternoons in the forecourt and whistling canary, during which he read until late afternoon, until someone approached him and warned him that he would squint his eyes…
Lázaro had already lost hope of finding a good reader in Abra, someone with whom he could share books and get together, when he first heard about Mateo, the bedridden goatherd.

Those who knew this story of goats and books first-hand say that the sun and the wine must have done Mateo very good, because after four days he had recovered part of the good color that is related to his trade, and the so much appetite, that the good woman had to resort to the charity of her neighbors and even sacrifice a kid to finish restoring her son. Little by little, between chapter and chapter, while Don Quixote had already arrived in Barcelona and the end of such a strange story was nearing, he resumed minor but important activities from the past.
Mateo, accompanying his flock and greeting his surprised neighbors, who did not expect to see him up, began his new life as a goatherd reader or goatherd reader, who does not know very well if it was one thing or the other that made him gain fame. in the region and over time, he became the most mentioned pastor in national newspapers and radios.

It was in September 1931, encouraged by that letter from Juan Ramón Jiménez in which he was branded a «quixotic shepherd», when Mateo decided to broaden Abra’s literary horizons, his own and those of his audience on market days. His usual listeners already knew the funniest and most wise passages of Don Quixote, so there was nothing to prevent him from starting with other readings. First of all, how could it be otherwise, Mateo read to his neighbors, from a borrowed volume from Lázaro’s library, some poems by Juan Ramón, following which, proud and giving himself importance, Mateo reread the epistolary words that the poet had written about him. The poems, very well recited, were received with silence and respect, and even the occasional tear could be seen among the younger girls, but they did not have anywhere near the success that Lázaro had reaped with the Knight of the Sad Figure.

After the scientific commission, which had left Mateo in such a good place and fame, our goatherd returned to his old and dangerous endeavor to recover Conchita, the girl whom neither science nor reading could get out of his head. Mateo, don’t believe it, that obsession with Conchita was beginning to bother him: at times, he would have preferred to leave things as they were, fall in love with another girl and spend his life as well as possible, dedicated to his new love and to spreading the virtues of Don Quixote and the ideas of Marx. But the caresses that Conchita gave him in the past to get him out of his lethargy must have been many and very good, because there was no moment of the day in which the memory of Conchita, even if it was in the backyards of his thoughts, was not with him. One day, Mateo got the idea that Conchita might do the same wise things with Antonio Piedrahíta that she had done with him.

In October 1935, Mateo visited Lázaro twice in Abra. Both times he left in the afternoon, when he had finished his work on the Esperanza Island and arrived at the town after dark. He spent the nights at Lázaro’s house, lying on the ottoman where the teacher read on rainy days, and returned to the agricultural commune before dawn, when it was still night and the owls, howling in the trees, frightened off the cavalry of the last customers of La Venta del Buitre. The first cold weather, which that year came strong and early risers, had not been good for the teacher. It may also have been Mateo’s absence, the lack of a friend to talk to. On both occasions, Mateo found him more flabby, more blind and clumsy in his movements. He had received two negative letters from two universities, the Central University of Madrid and the University of Granada, and those two rejections, knowing that he was no longer the youngest, had filled him with bitterness.

Although the trip was good for Mateo, during the course of it he took on a certain quixotic air. He was skinny, with a full beard and a very serious countenance, accentuated by the dark shirt and black armband. He himself smiled to think that, mounted on his bony hack and clumsy step, he must compose a very sad figure, like Don Quixote himself. People took him for a bible seller or a peddler. In Camponubes, for example, he addressed a poor peasant who was digging a very small orchard, reclaimed from an embankment.
You are a wise man; also one of those who always get what they want.
In the end there was war. It was a war like all the others, long, bloody, capricious and incomprehensible. When the conflict broke out, when from Abra, or perhaps from La Venta del Buitre, a settler brought the news of I don’t know what armies were in revolt in I don’t know what part of Morocco, it seemed inexplicable to Mateo that he hadn’t had an answer for Maribel the afternoon he stopped at the brothel on his way back from his trip through the region, for not having foreseen for months, even years, the arrival of that conflict and those struggles. When they arrive, things are always very clear, and that even more so. For Mateo, however, since he began to read, since he became a goatherd with letters, war had been something individual and quixotic, a peaceful struggle undertaken alone for a cause or an ideal, against an injustice or some windmills. With that kind of war that began then, Mateo had not counted. That was too prosaic for his world of reading goats and sheep.

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