Verdad: Una Breve Historia De La Charlatanería — Tom Phillips / Truth: A Brief History of Total Bullsh*t by Tom Phillips

La contradicción más llamativa de nuestra civilización es la veneración fundamental por la verdad que profesamos y el profundo desprecio hacia ella que practicamos.
VILHJALMUR STEFANSSON
Si el negocio de las noticias tuvo unos orígenes humildes, la situación no tardó en cambiar, expandiéndose con rapidez en una industria que modelaba en profundidad nuestras sociedades y nuestra visión del mundo. Eso no significa, sin embargo, que se tornase mucho más fiable. Desde el Gran Engaño de la Luna de 1835 (cuando el periódico neoyorquino Sun causó sensación en toda la nación con una serie de artículos totalmente inventados sobre cómo el famoso astrónomo sir John Herschel había descubierto una compleja civilización que vivía en la Luna) hasta una sarta de estupideces sobre las bañeras, los diarios de Hitler y el infame asesino en serie de gatos que acechaba Croydon, muchas de las cosas que hemos leído sobre lo que sucede en el mundo han sido majaderías.
Si hay algo que todo el mundo sabe sobre los políticos es que mienten. Los líderes de nuestras grandes naciones no siempre son sinceros con nosotros. Aunque puede que esto no haga justicia a algunos (pocos) políticos, las falsedades del arte de gobernar se merecen un capítulo específico. En «Mentir en el Estado», examinaremos las innobles artes del engaño político: desde la manipulación hasta las teorías de la conspiración, los encubrimientos fallidos o la propaganda en tiempos de guerra.

Un libro llamado Verdad probablemente abordaría temas como noticias falsas, rumores maliciosos y errores atroces. Pero eso no es de lo que se trata La verdad de Tom Phillips. Su libro es una colección de anécdotas que no se suman a una teoría potencial. Son historias mixtas que pueden colocarse libremente en cubos/capítulos, pero que caen fácilmente en otros. Son divertidos, pero en realidad nada más. El libro no es ni riguroso ni científico. Es más divertido que nada serio. Y se trata más de la codicia que de la verdad.
Phillips es un verificador de datos, por lo que se gana la vida con mentiras. Ha llegado a la conclusión de que todo el mundo lo hace, durante todo el día. La diferencia aquí es que las mentiras se convirtieron en verdades que hieren a las personas. Él dice que hay dos tipos: mentirosos absolutos y bullsh-ers habituales. Los ejemplos de ambos son abundantes.
En lo que respecta a la teoría, Phillips cita bucles de retroalimentación, a los que llama bucles charlatanería, mediante los cuales una oración falsa puede aparecer, por ejemplo, en una página de Wikipedia. El hecho falso podría entonces aparecer en un artículo de periódico o revista. Finalmente, ese artículo podría ser citado más tarde en la página de Wikipedia para probar su veracidad. Pero en esta era de la posverdad (en la que Phillips no entra), todo el mundo lo sabe.
Las historias están construidas para ser divertidas o sorprendentes. A Phillips le gusta dispersar palabras de cuatro letras para facilitar el proceso, sin agregar ninguna sustancia a las historias. Se me hace difícil citar grandes líneas aquí, porque a diferencia de los libros, a los servicios de revisión no les gustan particularmente las palabrotas. Sobre todo cuando no aportan nada y son totalmente evitables.
Phillips es bastante simplista y suelto, lo cual está bien para lo que resulta ser este tipo de libro. Aquí está su opinión sobre que a Benjamin Franklin no se le permitió contribuir a la Declaración de Independencia:
“Quiero decir, no me malinterpreten, la Declaración tal como está es un trabajo sólido, pero no se destaca exactamente por sus bromas. No podría haber estado mal incluir un par de bromas allí para aligerar el ambiente”.
Dice muy poco con muchas palabras. Por ejemplo, en lugar de solo escribir Reino Unido, escribe «En el país del Reino Unido…» No es una mentira, solo falta de edición, muy evidente en todo momento. Entre capítulos, hay cinco páginas en blanco o casi en blanco, sumando 60 páginas sin ningún contenido.
Benjamin Franklin es el héroe descarado del libro. Aparece en muchos capítulos. Era un bromista, un asesino verbal y un desacreditador de fraudes. Nada seco y aburrido sobre Franklin, y Phillips logra terminar el libro con una última historia de Franklin en la que (por una vez) él es el bueno.
Gran parte del libro tiene que ver con el fraude. Hombres y mujeres malos que defraudan a sus semejantes con reclamos, historias y ofertas escandalosas. Inventaron países enteros donde los ríos goteaban oro, o pidieron prestados millones basados en un tesoro de bonos que nunca existieron. Hay minas sin valor promovidas, comerciantes de estafas que roban fortunas y estafadores en abundancia con sus diversos modus operandi salpicados por Truth. Los cartógrafos copiaron cadenas montañosas en mapas africanos donde no existían, porque alguien con credibilidad callejera las colocó allí una vez. Permanecieron allí durante casi un siglo, y varios aventureros afirmaron haberlos escalado.
PT Barnum hace acto de presencia. Todos sabían que estaba perpetrando fraudes, pero pagaron por el valor del entretenimiento y obtuvieron el valor de su dinero.
El libro es casi aleatorio en su selección de cuentos, hay tanto para elegir. En un capítulo completo sobre el rey Jaime I y su obsesión con los juicios de brujas, hasta 50.000 británicos obviamente inocentes fueron condenados, encarcelados y/o ejecutados, hace 500 años. Sin embargo, Phillips pasa por alto que sucedió lo mismo en la década actual, ya que Erdogan encarceló a 300,000 personas en Turquía por intentar asesinarlo después de que alguien intentara sacarlo con un dron en una ceremonia al aire libre. El perpetrador probablemente ni siquiera estaba entre los cientos de miles de vidas que fueron sacrificadas por la paranoia de Erdogan, al igual que James I asumió su cacería de brujas porque los daneses le dijeron que todos sabían que las brujas eran responsables del mal tiempo de Escocia. Lo mismo, de verdad. Sólo seis veces más grande en estos días.

Tanta ha sido la preocupación por la falsedad a lo largo de la historia que se ha ideado una extraordinaria variedad de formas de identificar a los mentirosos. Los Vedas de la antigua India propusieron un método basado en el lenguaje corporal, alegando que el mentiroso «no contesta las preguntas o sus respuestas son evasivas, dice tonterías, restriega el dedo gordo del pie contra el suelo y se estremece, su rostro pierde el color, se frota las raíces del pelo con los dedos e intenta por todos los medios salir de la casa…». También en la India, unos siglos después, existía un método basado en el peso: al acusado de mentir lo ponían en una balanza con un contrapeso exacto. Acto seguido lo retiraban y daban un breve discurso a la balanza exhortándola a revelar la verdad, tras lo cual la persona volvía a colocarse en ella. Si era más ligera que antes, era inocente; si pesaba igual o más, era culpable.
Todo el mundo ha oído hablar de las mentiras blancas o piadosas (ficciones sociales inofensivas con la finalidad de que todos nos llevemos bien y no nos matemos los unos a los otros), pero ¿sabías que existen mentiras de otros colores? Las «mentiras amarillas» son aquellas que se cuentan por bochorno, vergüenza o cobardía, para ocultar un error. Las «mentiras azules» son todo lo contrario, mentiras que restan importancia a tus logros y las dices por modestia. Las «mentiras rojas» podrían ser las más interesantes de todas; son mentiras que se dicen sin intención de engañar.

La inquietud por las noticias falsas, especialmente entre las élites preocupadas por no ser ya los guardianes de la información; la falta de confianza en los medios de comunicación profesionales, en contraste con la confianza excesiva en la información transmitida por alguien a quien conoces personalmente; los temores generalizados a los efectos del exceso de información; el desdén hacia las personas con «adicción a las noticias». Todas estas son características destacadas de nuestros miedos alrededor de la información del siglo XXI, pero cada una de ellas era también moneda corriente en el siglo XVII. Con frecuencia exactamente con las mismas palabras.
Pensemos de entrada en la adicción a las noticias. Los alemanes inventaron enseguida un término para designarla, Neuigkeitssucht, que significa literalmente «adicción a las noticias o novedades», y que describían como la «horrible curiosidad de ciertas personas por leer y oír cosas nuevas». En los Países Bajos, los individuos obsesionados con las últimas noticias eran ridiculizados por su adicción.
El café, al igual que el periódico, era un fenómeno novedoso y aterrador. El primer café de Londres fue fundado por un inmigrante griego en 1652 y alcanzó enseguida un éxito arrollador. Rápidamente proliferaron los imitadores y, en unas cuantas décadas, los cafés se convirtieron en un elemento esencial de la vida de la ciudad. En ellos no solo se bebía café, sino que, para el horror de la clase dirigente, también tenían lugar discusiones muy intensas sobre política. ¡Puede que algunos aprovecharan esas discusiones para propagar fake news! Aquello era insostenible.
El 29 de diciembre de 1675, el rey Carlos II decidió que hasta ahí habían llegado y emitió «una proclamación para la supresión de los cafés», en la que se advertía que «en esos establecimientos, y con motivo de las reuniones allí celebradas, se inventan y se difunden noticias falsas, maliciosas y escandalosas, para la difamación del gobierno de Su Majestad, y para la perturbación de la paz y la tranquilidad del reino».
Las leyes de concesión de licencias de prensa en Inglaterra dejaron de tener efecto en 1695, y el resultado fue una segunda explosión de medios de comunicación. Esto trajo consigo todos los problemas que seguimos percibiendo en los medios actuales. En 1734, el Craftsman ya había identificado uno de los problemas estructurales clave de la prensa, a saber, su tendencia a copiarse unos de otros hasta que se pone en marcha un bucle de retroalimentación de charlatanería a todo trapo: «Cuando una información falsa se cuela en un periódico, suele propagarse por todos ellos, a menos que sea desmentido a tiempo por aquellos que estén familiarizados con las circunstancias particulares».

A pesar de que definitivamente no hay ningún arrecife de oro en medio de Australia, otros numerosos equipos de búsqueda trataron de localizarlo en las décadas subsiguientes, y hasta la fecha, cada pocos años, alguien asegura haber descubierto la ubicación del Arrecife de Lasseter que, repitamos una vez más, no existe.
Puede que Lasseter creyera de veras en su arrecife; es difícil explicar por qué, si se hubiera tratado de un simple timo, persistió en su búsqueda mucho después de que se rindieran todos los demás. Al igual que muchos de quienes contaban historias falsas de tierras inexistentes, puede que simplemente estuviera equivocado y luego redoblara su falsa creencia, debido al entusiasmo, a la vergüenza o al simple sesgo de confirmación.
No es el único. De hecho, uno de los relatos más increíbles de disparates geográficos de toda la historia pertenece a un hombre que no tenía ninguna excusa para la falsedad de sus afirmaciones y, no obstante, actuaba persistentemente como si se tratase de certezas.

Los buenos timadores se adaptan a las culturas en las que operan; de hecho, son productos de estas. Si Demara encontró las lagunas legales en los Estados Unidos de la década de 1950, Vladimir Gromov hizo otro tanto en el Estado soviético de las décadas de 1920 y 1930.
La Unión Soviética de Stalin podría no parecer de entrada un lugar ideal para ganarse la vida como estafador y, de hecho, si juzgamos la vida de Gromov atendiendo a parámetros insignificantes, como el hecho que fuera sentenciado a muerte a sus treinta y seis años, habría sido más prudente buscar una profesión alternativa. Por otra parte, si la juzgamos por el hecho de que lograra que le conmutasen su sentencia de muerte por la escritura de una obra teatral sobre un romance entre un bolchevique y una bella capitalista a la que doblaba la edad, que le envió al fiscal general adjunto de la URSS, entonces las cosas parecen un poco más halagüeñas para Gromov.
Gromov intuía que el clima de temor, burocracia opresiva y rigidez ideológica de los primeros años de Stalin era de hecho propicio para la explotación, que logró practicar a mansalva, apareciendo bajo una amplia gama de disfraces como un experto ingeniero o un aclamado arquitecto, amasando por el camino una pequeña fortuna.
Se percató de que la sed insaciable de documentación de la burocracia soviética dejaba el sistema con muy poca capacidad para comprobar realmente la validez de las resmas de papel que acumulaba.
Su modus operandi habitual consistía en establecer credenciales falsas con la ayuda de documentos falsos, y usarlas para conseguir un puesto de alto rango en una industria estatal, idealmente en un lugar remoto del Imperio soviético. Obviamente necesitaba un anticipo de su salario y el pago por adelantado de sus gastos de viaje. Para cuando la mina de carbón de Vladivostok se percatara de que su ingeniero jefe nunca había llegado a presentarse, Gromov estaría en algún otro lugar, empezando ya en un nuevo «empleo».
El logro supremo de las estafas de Gromov consistió en ser nombrado para ocupar el excelso puesto de ingeniero-arquitecto de una nueva e importante conservera de pescado próxima a la frontera entre Kazajistán y China. Puede que esta no te parezca de entrada la misión más glamurosa del mundo, pero, en la Unión Soviética de los años treinta, era un cargo realmente importante. Tanto que Gromov consiguió convencer al comisario de suministros, Anastas Mikoian, para que le enviase la ingente suma de un millón de rublos, mediante la ingeniosa táctica de pedirle dos millones de rublos. (Para que te hagas una idea de cuánto era, el salario medio anual por aquel entonces era de poco más de mil quinientos rublos.)
La fábrica de conservas kazaja fue la cima de su carrera, pero, desgraciadamente para Gromov, supuso también su perdición. El motivo fue que cometió el clásico error de abandonar sus métodos acreditados, a saber: el método consistente en largarse antes de que alguien le descubriera. En esa ocasión, Gromov sintió que había encontrado algo tan estupendo que decidió seguir adelante y abrazar plenamente su identidad falsa como ingeniero-arquitecto. Posiblemente, al igual que Demara, tan solo deseara echar raíces y convertirse de veras en la persona que fingía ser. Tal vez el poder y el dinero se le subieran a la cabeza. Alexopoulos sugiere que «quizá Gromov cesase de ser un impostor hacia 1934, no porque hubiera interiorizado o llegado a creer sus propias mentiras, sino porque viera que quienes le rodeaban en el monumental proyecto de construcción de Glavryba no eran esencialmente diferentes de él».

Las mentiras políticas llevan con nosotros tanto tiempo como, en fin, la política (no está claro cuándo inventamos exactamente la política, pero es seguro afirmar que fue hace mucho tiempo). Por poner solo un ejemplo, uno de los mentirosos más notables de la historia fue un tipo llamado Titus Oates, que en 1678 logró poner a Inglaterra y a Escocia en un estado de feroz histeria anticatólica durante tres años sobre la base de ciertas mentiras extremadamente transparentes.
En todo caso, es importante no exagerar lo inusual que era eso. Durante buena parte de nuestra historia, conseguir que los británicos caigan en la histeria anticatólica ha sido prácticamente tan difícil como lograr que un perro se ponga como loco con su propia cola. No obstante, es de destacar que, durante varios años, las personas más influyentes del país fuesen esclavas de un hombre que se había ordenado a sí mismo como vicario asegurando falsamente ser graduado por Cambridge, y después había pasado la mayor parte de la década siguiente huyendo de varios cargos de perjurio y sodomía.

Son muchas las cosas que no sabemos y también son muchas las que creemos saber que quizá no sepamos en realidad, solo que por desgracia simplemente no sabemos lo que no sabemos en realidad.
El problema de que muchas de las cosas que creemos saber resulten descansar sobre cimientos frágiles tampoco se limita a la historia. En la actualidad, la ciencia está atravesando una «crisis de replicación», en la que estamos descubriendo que un montón de conocimientos que creíamos bien fundados es posible que sean en realidad plenamente ilusorios. Todo esto es fruto a la postre de uno de los elementos fundacionales del «método científico» (nota para los sociólogos de la ciencia: sí, ya sé que no existe tal cosa como un método científico en singular; perdonadme la vida). Se trata del hecho de que los experimentos científicos están diseñados para permitir que cualquiera los reproduzca. Por eso se enseña a los alumnos a describir sus intentos de demostrar que Newton tenía razón con la forma clásica de Objetivos, Métodos, Resultados, Conclusión.
El problema estriba en que muchas veces nadie se molesta en realidad en reproducir los principales experimentos. Esto se debe en parte a las estructuras de incentivos en la ciencia: nadie consigue las grandes becas ni los puestos en las universidades prestigiosas a base de copiar lo que alguien ha hecho con anterioridad. Si quieres progresar en el mundo académico, necesitas trabajos nuevos y originales que expandan nuestro conocimiento. Por desgracia, esto significa que nadie se molesta en comprobar de nuevo muchas de las cosas que pensábamos que constituían nuestros conocimientos actuales.
Esto es especialmente grave en el campo de la psicología, donde ciertos esfuerzos recientes a gran escala por reproducir un montón de estudios muy citados y ampliamente referenciados han desembocado en la inquietante conclusión de que en torno al cincuenta por ciento de ellos no pueden reproducirse realmente; podrían haber sido simplemente hallazgos casuales desde el primer momento. Lo más interesante es que, en el fondo, parece que los expertos en el campo tienen la sospecha de que los resultados son poco fiables. Los experimentadores ofrecieron a un gran grupo de expertos no conectados con el estudio un mercado de apuestas, donde podían apostar por cuáles de los experimentos creían que podrían reproducirse y cuáles no.
En su búsqueda de la verdad, los miembros de la comisión hicieron algo que, hasta donde sabemos, nadie había hecho jamás en la historia de la ciencia. Llevaron a cabo los primeros ensayos clínicos ciegos y controlados con placebo del mundo. En el jardín trasero de la casa del autor principal del estudio, los comisionados inventaron una parte bastante sustancial del método científico cuando —utilizando por vez primera el concepto de experimento ciego de una forma muy literal— llevaron de paseo a un sujeto con los ojos vendados y le hicieron abrazar árboles supuestamente «magnetizados» (antes de acabar desmayándose). Mediante este y otros experimentos controlados, demostraron de manera concluyente que las teorías de Mesmer eran patrañas.
Podrías pensar que, a la hora de poner por escrito sus hallazgos, habrían sentido la tentación de alardear de ese triunfo de la verdad sobre la charlatanería. Pero, en vez de ello, adoptaron un tono muy diferente: casi celebraban los errores de Mesmer, que se les antojaban harto más fascinantes que la prosaica verdad.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/08/28/humanos-una-breve-historia-de-como-la-hemos-pifiado-tom-phillips-humans-a-brief-history-of-how-we-fucked-it-all-up-by-tom-phillips/

https://weedjee.wordpress.com/2022/12/06/verdad-una-breve-historia-de-la-charlataneria-tom-phillips-truth-a-brief-history-of-total-bullsht-by-tom-phillips/

The most striking contradiction of our civilization is the fundamental veneration for the truth that we profess and the deep contempt for it that we practice.
VILHJALMUR STEFANSSON
If the news business had humble beginnings, it did not take long for the situation to change, rapidly expanding into an industry that profoundly shaped our societies and our vision of the world. That does not mean, however, that it became much more reliable. From the Great Moon Hoax of 1835 (when the New York Sun newspaper caused a nation-wide sensation with a series of wholly fabricated articles about how famed astronomer Sir John Herschel had discovered a complex civilization living on the Moon) to a string of From rubbish about bathtubs, Hitler’s diaries, and the infamous cat serial killer stalking Croydon, a lot of what we’ve read about what’s going on in the world has been bullshit.
If there’s one thing everyone knows about politicians, it’s that they lie. The leaders of our great nations are not always honest with us. Although this may not do justice to some (few) politicians, the falsehoods of statecraft deserve a specific chapter. In Lying in the State, we’ll examine the ignoble arts of political deception: from manipulation to conspiracy theories to failed cover-ups to wartime propaganda.

A book called Truth would likely tackle issues like fake news, malicious rumor and egregious error. But that’s not what Tom Phillips’ Truth is about. His book is a collection of anecdotes that don’t add to a potential theory. They are mixed stories that can very loosely be placed in buckets/chapters, but easily fall into others. They are amusing, but really nothing more. The book is neither rigorous nor scientific. It is more fun than anything serious. And it is more about greed than truth.
Phillips is a fact-checker, so he lives lies for a living. He has come to the conclusion that everyone does it, all day long. The difference here is that the lies became truths that hurt people. He says there are two kinds: outright liars and habitual bullsh-ers. Examples of both are plentiful.
As far as theory goes, Phillips cites feedback loops, which he calls bulls—t loops, by which a false sentence can appear on say, a Wikipedia page. The false fact might then appear in a newspaper or magazine article. Finally, that article might later be cited on the Wikipedia page to prove its truthiness. But in this post-truth age (which Phillips does not get into), everybody knows that.
The stories are built up to be funny or amazing. Phillips likes to scatter fourletter words to help that along, without adding any substance to the stories. It does make it hard for me to quote great lines here, because unlike books, review services don’t particularly like them cuss words. Especially when they add nothing and are totally avoidable.
Phillips is quite glib and loose, which is okay for what turns out to be this kind of book. Here is his take on Benjamin Franklin not being allowed to contribute to the Declaration of Independence:
“I mean, don’t get me wrong, the Declaration as it stands is a solid piece of work, but it’s not exactly noted for its banter. It couldn’t have hurt to chuck a couple of gags in there to lighten the mood.”
He says very little with a lot of words. For example, instead of just writing UK, he writes “In the country of the United Kingdom…” It’s not a lie, just a lack of editing, much in evidence throughout. Between chapters, there are five blank or nearly blank pages, adding 60 pages of no content at all.
Benjamin Franklin is the unabashed hero of the book. He pops up in many chapters. He was a practical joker, a verbal assassin and a debunker of frauds. Nothing dry and dull about Franklin, and Phillips manages to end the book with one last Franklin story in which (for once) he is the good guy.
A lot of the book has to do with fraud. Bad men and women defrauding their fellow beings with outrageous claims, stories and offers. They made up whole countries where the rivers dripped gold, or borrowed millions based on a trove of bonds that never existed. There are worthless mines promoted, ripoff traders stealing fortunes, and con men galore with their various modi operandi sprinkled throughout Truth. Cartographers copied mountain ranges onto African maps where none existed, because someone with street cred put them there once. They remained there for nearly a century, and several adventurers claimed to have climbed them.
PT Barnum makes an appearance. Everyone knew he was perpetrating frauds, but they paid for the entertainment value, and got their money’s worth.
The book is almost random in its selection of tales, there being so much to choose from. In an entire chapter on King James I and his obsession with witch trials, as many as 50,000 obviously innocent Brits were convicted, jailed and/or executed, 500 years ago. Yet Phillips misses that the same thing has happened this current decade, as Recep Erdogan imprisoned 300,000 people across Turkey for attempting to assassinate him after someone tried to take him out with a drone at an outdoor ceremony. The perpetrator was probably not even among the hundreds of thousands of lives that were sacrificed to Erdogan’s paranoia, much as James I took on his witch hunt because the Danes told him everyone knew witches were responsible for Scotland’s bad weather. Same thing, really. Just six times bigger these days.

Such has been the preoccupation with falsehood throughout history that an extraordinary variety of ways of identifying liars has been devised. The Vedas of ancient India proposed a method based on body language, arguing that the liar «does not answer questions or his answers are evasive, he talks nonsense, rubs his big toe on the ground and shudders, his face loses its color, rubs the roots of his hair with his fingers and tries by all means to get out of the house…». Also in India, a few centuries later, there was a method based on weight: the accused of lying was placed on a scale with an exact counterweight. Then they removed it and gave a brief speech to the scales urging it to reveal the truth, after which the person was placed on it again. If it was lighter than before, it was innocent; if he weighed the same or more, he was guilty.
Everyone has heard of white or white lies (harmless social fictions with the aim that we all get along and not kill each other), but did you know that there are lies of other colors? The «yellow lies» are those that are told out of embarrassment, shame or cowardice, to hide an error. Blue lies are just the opposite, lies that downplay your accomplishments and are told out of modesty. The «red lies» might be the most interesting of all; They are lies that are told without the intention of deceiving.

Concern about fake news, especially among elites concerned that they are no longer the gatekeepers of information; lack of trust in the professional media, in contrast to excessive trust in information transmitted by someone you know personally; widespread fears of the effects of information overload; disdain for people with «news addiction.» These are all salient features of our fears around 21st century information, but each was also commonplace in the 17th century. Often with exactly the same words.
Let’s think first of news addiction. The Germans quickly invented a term for it, Neuigkeitssucht, which literally means «news or novelty addiction,» and which they described as the «horrible curiosity of certain people to read and hear new things.» In the Netherlands, individuals obsessed with breaking news were ridiculed for their addiction.
Coffee, like the newspaper, was a new and terrifying phenomenon. London’s first café was founded by a Greek immigrant in 1652 and quickly became a runaway success. Imitators quickly proliferated, and within a few decades, cafés became an essential element of city life. In them not only coffee was drunk, but, to the horror of the ruling class, very intense discussions about politics also took place. Some may have taken advantage of these discussions to spread fake news! That was untenable.
On December 29, 1675, King Charles II decided that they had gone as far as they had gone and issued «a proclamation for the suppression of cafes», in which he warned that «in these establishments, and on the occasion of the meetings held there, false, malicious, and scandalous news are invented and spread, for the defamation of His Majesty’s government, and for the disturbance of the peace and tranquility of the kingdom.»
Press licensing laws in England ceased to have effect in 1695, and the result was a second media explosion. This brought with it all the problems that we continue to perceive in today’s media. By 1734, the Craftsman had already identified one of the key structural problems with the press, namely its tendency to copy each other until a feedback loop of full-blown quackery is set in motion: «When false information is sneaks into a newspaper, it tends to spread through all of them, unless it is disproved in time by those who are familiar with the particular circumstances.

Although there is definitely no gold reef in the middle of Australia, numerous other search teams tried to locate it in the decades that followed, and to this day, every few years, someone claims to have discovered the location of Lasseter Reef which, let us repeat once again, it does not exist.
Lasseter may have really believed in his reef; it’s hard to explain why, if he had been a simple scam, he would persist in searching for him long after everyone else had given up. Like many who told false stories of nonexistent lands, he may have simply been wrong and then doubled down on his false belief, due to enthusiasm, embarrassment, or simple confirmation bias.
He’s not the only one. In fact, one of the most incredible accounts of geographical nonsense in all of history belongs to a man who had no excuse for the falsity of his claims and yet persistently acted as if they were certainties.

Good con artists adapt to the cultures in which they operate; in fact, they are products of these. If Demara found the loopholes in the United States of the 1950s, Vladimir Gromov did the same in the Soviet state of the 1920s and 1930s.
Stalin’s Soviet Union might not at first seem like an ideal place to make a living as a con man, and in fact, if we judge Gromov’s life on insignificant parameters, such as the fact that he was sentenced to death at the age of thirty-six, it would have been wiser to seek an alternative profession. On the other hand, if we judge her by the fact that she managed to get her death sentence commuted to writing a play about an affair between a Bolshevik and a beautiful capitalist twice her age, which she sent to the attorney general deputy of the USSR, then things look a little more rosy for Gromov.
Gromov sensed that the climate of fear, oppressive bureaucracy and ideological rigidity in Stalin’s early years was in fact conducive to exploitation, which he managed to practice at large, appearing under a wide range of guises as a skilled engineer or acclaimed architect, amassing along the way a small fortune.
He realized that the Soviet bureaucracy’s insatiable thirst for documentation left the system with little ability to actually check the validity of the reams of paper it accumulated.
His usual modus operandi was to establish false credentials with the help of false documents, and use them to secure a high-ranking position in a state-owned industry, ideally in a remote part of the Soviet Empire. He obviously needed an advance on his salary and advance payment of his travel expenses. By the time the Vladivostok coal mine realized that his chief engineer had never shown up, Gromov would be somewhere else, already starting a new «job.»
The crowning achievement of Gromov’s swindles was his appointment to the lofty post of engineer-architect for a major new fish cannery near the Kazakhstan-China border. This may not seem like the most glamorous assignment in the world at first, but in the Soviet Union of the 1930s, it was a really important job. So much so that Gromov managed to convince the supply commissar, Anastas Mikoian, to send him the enormous sum of one million rubles, by the ingenious tactic of asking him for two million rubles. (To give you an idea of how much it was, the average annual salary back then was just over fifteen hundred rubles.)
The Kazakh cannery was the pinnacle of his career, but unfortunately for Gromov, it was also his undoing. The reason was that he made the classic mistake of abandoning his established methods, namely, the method of getting out before someone discovered him. On that occasion, Gromov felt that he had found something so stupendous that he decided to go ahead and fully embrace his false identity as an engineer-architect. Possibly, like Demara, he just wanted to put down roots and truly become the person he pretended to be. Maybe the power and the money went to his head. Alexopoulos suggests that «perhaps Gromov ceased to be an impostor by 1934, not because he had internalized or come to believe his own lies, but because he saw that those around him at the monumental Glavryba construction project were not essentially different from him.»

Political lies have been with us as long as, well, politics (it’s not clear exactly when we invented politics, but it’s safe to say it was a long time ago). To take just one example, one of the most notorious liars in history was a guy named Titus Oates, who in 1678 managed to put England and Scotland into a state of ferocious anti-Catholic hysteria for three years on the basis of some extremely transparent lies.
In any case, it’s important not to exaggerate how unusual that was. For much of our history, getting the British into anti-Catholic hysteria has been about as difficult as getting a dog to go crazy with its own tail. Remarkably, however, for several years the most influential people in the country were in thrall to a man who had ordained himself vicar by falsely claiming to be a Cambridge graduate, and then spent most of the next decade fleeing various charges of perjury and sodomy.

There are many things that we do not know and there are also many things that we think we know that we may not really know, only unfortunately we simply do not know what we do not really know.
The problem that so much of what we think we know turns out to rest on fragile foundations isn’t limited to history, either. Science is currently going through a «replication crisis,» in which we are discovering that a lot of what we thought was well-founded may actually be downright illusory. All this is ultimately the result of one of the foundational elements of the «scientific method» (note to sociologists of science: yes, I know there is no such thing as a singular scientific method; forgive me). It’s about the fact that scientific experiments are designed to allow anyone to reproduce them. That is why students are taught to describe their attempts to prove that Newton was right in the classic form of Objectives, Methods, Results, Conclusion.
The problem is that many times no one really bothers to reproduce the main experiments. This is due in part to the incentive structures in science: no one gets big scholarships or positions at prestigious universities by copying what someone else has done before. If you want to progress in the academic world, you need new and original works that expand our knowledge. Unfortunately, this means that no one bothers to recheck many of the things that we thought constituted our current knowledge.
This is especially acute in the field of psychology, where recent large-scale efforts to reproduce a host of highly cited and widely referenced studies have led to the disturbing conclusion that about fifty percent of them cannot really be reproduced; they could have just been chance finds all along. What is most interesting is that, deep down, it seems that experts in the field suspect that the results are unreliable. The experimenters offered a large group of experts not connected to the study a betting market, where they could bet on which of the experiments they thought could be reproduced and which could not.
In their search for the truth, the members of the commission did something that, to the best of our knowledge, no one had ever done in the history of science. They conducted the world’s first blinded, placebo-controlled clinical trials. In the backyard of the study’s lead author, the commissioners invented a fairly substantial part of the scientific method when—for the first time using the concept of a blind experiment in a very literal way—they took a blindfolded subject for a walk. and they made him hug supposedly «magnetized» trees (before he ended up passing out). Through this and other controlled experiments, they conclusively proved that Mesmer’s theories were hogwash.
You might think that, when it came to writing down his findings, they would have been tempted to boast about this triumph of truth over quackery. But instead they took a very different tone: they almost celebrated Mesmer’s mistakes, which they found far more fascinating than the prosaic truth.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/08/28/humanos-una-breve-historia-de-como-la-hemos-pifiado-tom-phillips-humans-a-brief-history-of-how-we-fucked-it-all-up-by-tom-phillips/

https://weedjee.wordpress.com/2022/12/06/verdad-una-breve-historia-de-la-charlataneria-tom-phillips-truth-a-brief-history-of-total-bullsht-by-tom-phillips/

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