Utopía Avenue — David Mitchell / Utopia Avenue by David Mitchell

Dean corre por Charing Cross Road, toma la calle Manette, pasa por delante de la librería Foyles y se mete por el callejón de debajo del pub Pillars of Hercules. Su cuerpo se ha olvidado del dolor de la caída que acaba de tener hace un momento. Pasa junto a unos barrenderos que están vaciando cubos de basura en un camión en la calle Greek, llega corriendo por el medio de la calzada hasta Soho Square, donde provoca una desbandada de palomas, está a punto de perder el equilibrio por segunda vez cuando dobla la esquina para tomar la calle Frith y sube dando brincos las escaleras de la clínica hasta llegar a la recepción, donde hay un conserje leyendo el Daily Mirror. MUERE DONALD CAMPBELL.
El sótano del 2i’s Coffee Bar del 59 de la calle Old Compton es un tugurio oscuro, húmedo y caluroso. Sobre el escenario hecho con tablones y cajas de leche cuelgan dos bombillas desnudas. Las paredes exudan humedad y el techo gotea. Sin embargo, hace solo cinco años, el 2i’s era uno de los escaparates de músicos nuevos más de moda del Soho: en él empezaron sus carreras Cliff Richard, Hank Marvin, Tommy Steele y Adam Faith. Esta noche el escenario lo ocupa la banda Archie Kinnock’s Blues Cadillac, que se compone de Archie Kinnock a la voz y la guitarra rítmica; Larry Ratner, bajista; un tipo con chaleco que toca una batería demasiado grande para el escenario; y un guitarrista alto y flaco de aspecto extravagante, piel rosada, pelo rojizo y ojos rasgados. Están tocando el viejo éxito de Archie Kinnock «Lonely as Hell». Al cabo de un rato Dean puede ver que el Blues Cadillac está perdiendo no una rueda, sino dos. Archie Kinnock está borracho, drogado o ambas cosas. Se dedica a gemir lamentaciones blueseras por el micro…

He escrito en otra parte que recibí el consejo de que era una buena idea leer las obras de Mitchell en orden, simplemente comenzar desde el principio. Ese fue el mejor consejo que me dieron sobre la obra de un escritor específico. Sí, a muchos les encantará este libro independiente, lo entiendo, pero sospecho que muchos necesitarán investigar un poco porque las piezas habituales del rompecabezas de Mitchell que son referencias a sus escritos anteriores están esparcidas a lo largo de este viaje de lectura. Los lectores primerizos de Mitchell no entenderán algunos asentimientos y guiños bastante sutiles, Chetwynd Mews, ¿alguien? Un personaje principal, Jasper De Zoet, es una pieza obvia de un rompecabezas. Entonces, lo que hace que esta historia de rock and roll sea en su mayoría genérica se ve atenuada por lo que los admiradores de Mitchell han llegado a conocer y amar, sus grandes pretensiones súper novedosas. Me gustan sus pretensiones súper novedosas, pero me gusta la música bastante pretenciosa y estaría dispuesto a bailar con ese tipo de arquitectura.
¿Me gustó esta novela? Sí, lo hice, pero no creo que esté cerca de sus otras novelas solo por inventiva. Para mí, es solo otra historia de rock and roll con la originalidad y, en el mejor de los casos, las pretensiones de una súper novela. Estos serán obvios para los lectores veteranos de Mitchell. Ahora espero que David Mitchell escriba esa novela operística que estoy seguro de que una vez dijo que estaba interesado en escribir. Creo que encontraría eso mucho más interesante que la música rock de los años 60. No encuentro nada particularmente interesante en una estrella de rock llena de LSD cantando en la esquina de una fiesta en algún lugar «¿ya lo tienes?» incluso si es un guiño y un guiño a algunas (ciertamente) muy buenas investigaciones sobre la época. Prefiero las piezas del rompecabezas de la estrella de rock de fantasía guitarrista Jasper De Zoet mucho más para ser honesto. Sospecho que podría estar en minoría en este asunto.
Se lo recomiendo a aquellos que quieran una novela muy amena sobre la escena musical de finales de los 60.
Recomiendo a aquellos a los que les gusta investigar esas oscuras referencias a la historia de la música.
También se lo recomiendo a aquellos que conocen su historia musical.
Esta novela no es diferente, ya que hay muchos huevos de Pascua en todas partes. Pero en su conjunto no aporta nada a su obra que no supiéramos ya de trabajos anteriores.
Hablemos de trama, porque hay muy poco. Al final del día, esta es la historia de la formación de una banda, la avenida Utopía titular. Sigue a Dean Moss, posiblemente el personaje principal y bajista de U.A. También está Elf Holloway, la pianista y valiente heroína de algunos capítulos. Jasper De Zoet (sí, leíste bien, fans de Mitchell) que escribe canciones y toca la guitarra para rivalizar con Hendrix; sirve como enlace principal a las historias anteriores de Mitchell por razones obvias. Ah, y luego está Griff, el baterista, que bien podría no existir en absoluto porque no es un personaje POV ni es realmente fundamental para la historia de ninguna manera.
El personaje de Griff, en realidad, encarna muchos de los problemas que tuve con esta novela. Porque, no me malinterpreten, aunque fue una lectura divertida para la mayoría de las casi 600 páginas, le faltaba peso. No hay un impulso narrativo, simplemente seguimos a estos personajes mientras irrumpen en la escena musical de la década de 1960. Esta novela se sintió más como un proyecto de pasión para David Mitchell, quien claramente está enamorado del apogeo del rock and roll, los cantantes folk de Laurel Canyon y los nombres. También soy un gran admirador de esta era de la música, así que puedo identificarme. Pero al final del libro me seguía preguntando: ¿Por qué?
No es realmente algo que no hayamos visto hacer antes. Defender las artes, si bien es admirable, y reconocer el poder de la música («Si una canción planta una idea o un sentimiento en una mente, ya ha cambiado el mundo», dice un personaje) es anticuado. Entonces, aunque no me desagradó este libro ni tuve problemas particulares con él, hizo muy poco para inspirarme. Aunque diría que definitivamente podría haberse afeitado al menos 100-150 páginas.
Tal vez al centrarme únicamente en el personaje de Jasper, desarrollar más una trama para conectar con sus trabajos anteriores y empujar la historia hacia adelante de esa manera, me hubiera atraído más. Más bien, seguimos a la banda a través de situaciones que alimentan sus creaciones artísticas (también conocidas como composición, que Mitchell muestra bastante con su propia composición en esta novela), y luego termina. Los personajes en realidad no crecen ni cambian, simplemente experimentamos la vida con ellos durante un par de años. Es un viaje divertido pero no cambia la vida y definitivamente no es el trabajo más fuerte de Mitchell.

Les Cousins toma su nombre de una película francesa, pero todo el mundo a quien Elf conoce lo pronuncia en inglés o le quita el artículo. Bajo su discreto letrero, la puertecita del club está encajada entre el restaurante italiano del 49 de la calle Greek y la tienda de reparación de transistores de al lado. Elf baja los peldaños empinados, echando vistazos a los pósteres de Bert Jansch y John Renbourn, apóstoles del revival folk. La neblina de voces, nicotina y hachís se hace más densa. Al pie de la escalera espera Nobby, un exfusilero que cobra las entradas y ayuda de vez en cuando a subir las escaleras a algún borracho.

Las obras en Kensington Road ralentizan su avance. Jasper y Mecca miran las tiendas, las oficinas, las colas de gente que espera el autobús, los autobuses de dos pisos llenos de seres humanos leyendo o durmiendo o sentados con los ojos cerrados, las filas de casas con el estucado ennegrecido por el hollín, las antenas de televisión que criban el aire sucio en busca de señales, los hoteles baratos y las casas de vecinos de ventanas mugrientas, las entradas de las estaciones de metro que se tragan a cientos de personas por minuto, los puentes del ferrocarril, el Támesis de color marrón, esa mesa patas arriba que es la Central Eléctrica de Battersea, el humo que sale de sus tres chimeneas en funcionamiento, los parques enfangados donde los narcisos se marchitan alrededor de estatuas de gente olvidada, los cráteres de las bombas, donde juegan niños harapientos entre charcos sucios y montones de escombros, un caballo huesudo que tira de la carreta de un trapero, un pub llamado The Silent Woman cuyo letrero muestra a una mujer a la que le falta la cabeza, una vendedora de flores en silla de ruedas, los anuncios de cigarrillos Dunhill, de Campamentos de Colonias Pontins, de un concesionario de la British Leyland, las lavanderías concurridas donde los clientes miran fijamente a las máquinas, los bares de la cadena Wimpy, las casas de apuestas, los patios adonde no llega el sol y donde la ropa tendida nunca se seca, las fábricas de gas, los huertos, los locales de pescado frito con patatas, las iglesias cerradas a cal y canto en cuyos cementerios duermen los adictos entre los muertos.
—Nina Simone en el Ronnie Scott’s —dice Elf. La Bestia cruza traqueteando una aldea llamada Handcross—. Yo tenía diecisiete años. Mis padres nunca me habrían dejado ir sola al Soho, pero Imogen y un chico de la iglesia me escoltaron hasta la Guarida de Satán. Ya llevaba desde los quince escapándome al Folk Barge de Richmond, pero Nina Simone jugaba en una liga superior. Muy superior. Flotaba por el Ronnie Scott’s como Cleopatra en su barcaza. Vestido orquídea negro. Perlas grandes como guijarros. Se sentó y anunció «Soy Nina Simone», como desafiándote a que le llevaras la contraria. Y nada más. Ni «Gracias por venir» ni «Es un honor estar aquí».

Utopia Avenue empieza su actuación con «Any Way the Wind Blows». Elf canta y toca la guitarra acústica; Griff se limita a las escobillas, salvo en la parte de la canción donde le dieron el botellazo en el Brighton Poly, cuando golpea el bombo, hace girar una baqueta en el aire y la caza al vuelo como una majorette. El segundo tema es la canción nueva que está componiendo Elf, «Mona Lisa Sings the Blues». La toca al piano. Dean la apoya al bajo, mientras que Jasper se marca un solo en la parte intermedia. Las mujeres escuchan con atención la letra, que cambia en cada ensayo. Griff recupera sus baquetas para tocar una versión enérgica de «I Put a Spell on You», con Dean cantando y Elf improvisando al piano. Algunos de los invitados más jóvenes se ponen a bailar, así que la banda alarga la versión. Jasper toca un solo con aires de saxo en la Stratocaster. Cuando levanta la vista, ve bailar a los novios. «Si supiera ser envidioso, envidiaría a esos dos; ambos tienen familia y se tienen el uno al otro». Bea también está bailando, con un estudiante alto, moreno y apuesto, aunque ahora mira a Jasper, que le cede el solo a Dean para que toque una línea de bajo percusivo. Clive y Miranda Holloway se quedan sentados. A Jasper le gustaría poder descifrar la expresión del padre de Elf. Ha puesto la mano encima de la de su mujer, así que quizá vuelva a estar tranquilo. «La música conecta». Los Glossop están sentados en sus sillas cruzados de brazos, rígidos y disgustados de forma obvia incluso para Jasper. «La música no puede conectar a todo el mundo…».

Los componentes de Utopia Avenue desembarcan por la pasarela en Hoek van Holland. Un arcoíris partido se eleva sobre los almacenes y los muelles. Levon lleva una maleta en cada mano. Jasper y Dean cargan con sus guitarras. Los amplificadores, teclados y batería se los suministrarán en los estudios de televisión y en el Paradiso, de manera que Griff y Elf solo llevan sus bolsas de viaje. Entran en la nueva zona de aduanas del puerto de Hoek van Holland. A Jasper lo tranquiliza el diseño del lugar, la tipografía de los letreros, el sonido del idioma holandés y los hábitos faciales de la gente que habla. Llega al frente de la cola y entrega su pasaporte holandés. El fornido agente de aduanas examina la fotografía de Jasper y luego le mira el pelo con el ceño fruncido.

El lunes la banda fue a grabar al Estudio C de los Turk Street Studios, que quedaban a un paseo de su hotel. Empezaron con dos temas ya bastante cerrados de Elf: «Chelsea Hotel #939», un vals en clave de blues sobre su alojamiento en Nueva York, y «What’s Inside What’s Inside», una canción de amor con cítaras, dulcémele de los Apalaches y un solo de flauta interpretado por un amigo de Max que tocaba en la Orquesta Sinfónica de San Francisco. Terminaron a las diez de la noche, cenaron en un restaurante chino y se metieron en la cama. Ayer la banda grabó una versión rutilante de «Who Shall I Say Is Calling?» en el curso de la mañana y luego una composición de ocho minutos de Jasper titulada «Timepiece» que incluía el tictac amplificado de un reloj y campanillas, Elf al clavecín, un solo de guitarra de doce cuerdas grabado al revés, una superposición de voces etéreas y unas grabaciones que había hecho Mecca el lunes de una campana tocando a difuntos, el mar y una estación terminal de trenes. Hoy, el último día entero que pasan en San Francisco, lo han dedicado a grabar dos temas nuevos de Dean: uno lleno de riffs titulado «I’m A Stranger Here Myself» y otro más cósmico y místico, «Eight Of Cups». Más que en ninguna de sus sesiones de Fungus Hut, Dean, Elf y Jasper se dedican a ofrecer y aceptar sugerencias tanto para las canciones propias como para las ajenas. Griff escucha con atención cada tema nuevo que le presentan los compositores, y para la tercera o la cuarta vez que lo oye ya le está poniendo la pista de la percusión.
—El ácido es como una caja de bombones sorpresa. —Dean y su anfitrión están sentados en el suelo de la habitación de Jerry, sobre unos cojines que rodean una mesilla hecha con una plancha de madera sin desbastar—. Diez rayas de la misma coca te provocan el mismo subidón. Diez porros de la misma hierba te dan el mismo colocón. Diez viajes de LSD de la misma potencia, en cambio, son diez viajes distintos. Todo depende de dónde tengas la cabeza, así que tómalo solo si estás tranquilo. Este viaje no tiene asiento eyectable.

Todas las bandas se separan —escribe Levon Frankland en sus memorias—, pero casi todas vuelven a reunirse. Solo hace falta tiempo y un descubierto en el plan de jubilación». Cuando Jasper, Griff y yo disolvimos Utopia Avenue en 1968, estábamos absolutamente convencidos de lo que hacíamos. Nuestro amigo y compañero de banda había muerto de un disparo en un atraco a una tienda de comestibles de San Francisco, y no teníamos ánimos para continuar. Al día siguiente la calamidad aumentó nuestro dolor cuando un incendio en los Turk Street Studios nos arrebató el último trabajo de Dean. Pensamos que un álbum de Utopia Avenue que no tuviera el talento musical, la voz y las composiciones de Dean sería un producto fraudulento. Por tanto, durante medio siglo, Utopia Avenue fue la excepción que confirmó la Regla de Frank­land. Así pues, ¿cómo es posible que ahora, cincuenta y un años después de nuestro último concierto, yo esté escribiendo este texto de carátula (como solía llamarse) para un nuevo álbum de Utopia Avenue.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/05/17/la-casa-del-callejon-david-mitchell-slade-house-a-novel-by-david-mitchell/

https://weedjee.wordpress.com/2022/12/05/utopia-avenue-david-mitchell-utopia-avenue-by-david-mitchell/

Dean runs down Charing Cross Road, up Manette Street, past Foyles Bookshop and into the alley below the Pillars of Hercules pub. His body has forgotten the pain from the fall he just had a moment ago. He walks past some street sweepers emptying rubbish bins into a lorry on Greek Street, runs across the middle of the road to Soho Square, where he causes a swarm of pigeons, is about to lose his balance a second time when he turns He turns the corner into Frith Street and bounces up the stairs of the clinic until he reaches reception, where a concierge is reading the Daily Mirror. DONALD CAMPBELL DIES.
The basement of 2i’s Coffee Bar at 59 Old Compton Street is a hot, humid, dark dump. Two bare light bulbs hang above the stage made of planks and milk crates. The walls exude moisture and the ceiling leaks. Yet just five years ago, 2i’s was one of Soho’s hottest new musician showcases, where Cliff Richard, Hank Marvin, Tommy Steele and Adam Faith began their careers. Tonight the stage is occupied by the band Archie Kinnock’s Blues Cadillac, which is made up of Archie Kinnock on vocals and rhythm guitar; Larry Ratner, bassist; a guy in a vest playing a drum kit too big for the stage; and a tall, skinny guitarist with an extravagant appearance, pink skin, reddish hair, and slanted eyes. They’re playing the old Archie Kinnock hit «Lonely as Hell.» After a while Dean can see that the Blues Cadillac is missing not one wheel, but two. Archie Kinnock is drunk, drugged or both. He dedicates himself to moaning bluesy lamentations into the microphone…

David Mitchell quotes one famous rock musician saying that “writing about music is like dancing about architecture.” I had read this quote before and that there was some debate as to who said it.

Whoever said it may have had a point depending on one’s view on the topic of writing about music. Writing about any of the arts in general is fraught with danger. Aesthetic values are a very individual pursuit, as is reading and then reviewing a book on Goodreads. I was telling some work colleagues who are immersed in film and TV culture about a novel I recently finished and explained the length; rather long, the prose; deeply thought provoking; and the final outcome; a youthful pursuit of the arts and spirituality. “That author wrote all that for just that?” blurted out one colleague. Yeah, the author did write all “that for just that” and I personally loved that. Maybe it was dancing to architecture. So can this be applied to Utopia Avenue? Mitchell admits it as such by his use of that metaphor and if he is nothing else he is at least honest about that. His long tome is just a generic rock and roll band story and for vast parts of the story is mere dancing to architecture.

I have written elsewhere that I received advice that it was a good idea to read Mitchell’s works in order, just start at the very beginning. That was the best advice ever given to me about a specific writer’s oeuvre. Yes, many will love this as a stand-alone book, I understand that, but I suspect that plenty will need to do a bit of research because the usual Mitchell jigsaw puzzle pieces that are references to his past writings are littered throughout this reading journey. First time Mitchell readers will not understand some rather subtle nods and winks, Chetwynd Mews anybody? One major character, Jasper De Zoet, is an obvious jigsaw puzzle piece. So what makes this rock and roll story mostly generic is tempered with what Mitchell’s admirers have come to know and love, his great big uber novel pretensions. I like his uber novel pretensions but then I like some rather pretentious music and will willingly dance to that kind of architecture.
Did I like this novel? Yes I did but I don’t think it is anywhere near his others novels for inventiveness alone. For me it is just another rock and roll story with the originality, and at its best, the uber novel pretences. These will be obvious to long time readers of Mitchell. I now hope that David Mitchell writes that operatic novel I am sure he once said he was interested in writing. I think I would find that much more interesting than the rock music of the 60’s. I find nothing particularly interesting about an LSD riven rock star singing in the corner of a party somewhere “have you got it yet?” even if it is a nod and a wink to some (admittedly) very good research on the era. I prefer the puzzle pieces of the fantasy rock star guitar player Jasper De Zoet much more to be honest. I just might be in a minority on this matter I suspect.
I recommend this to those that want a very readable novel about the late 60’s music scene.
I recommend to those that like to research those obscure references to music history.
I also recommend it to those that know their music history.
This novel is no different, in that there are many Easter eggs throughout. But as a whole it doesn’t add anything to his oeuvre that we didn’t already know from previous works.
Let’s talk plot, because there is very little. At the end of the day, this is the story of the formation of a band, the titular Utopia Avenue. It follows Dean Moss, arguably the lead character and bassist for U.A. There’s also Elf Holloway, the pianist and spunky heroine of some chapters. Jasper De Zoet (yes, you read that right, Mitchell fans) who writes songs and plays guitar to rival Hendrix; he serves as the main link to Mitchell’s previous stories for obvious reasons. Oh, and then there is Griff the drummer who might as well not exist at all because he is neither a POV-character nor really seminal to the story in any way.
Griff’s character, actually, embodies a lot of the issues I had with this novel. Because, don’t get me wrong, while it was a fun read for a majority of the nearly 600 pages, it lacked weight. There’s no narrative drive—we simply follow along as these characters break into the music scene of the 1960s. This novel felt more like a passion project for David Mitchell who clearly is infatuated with the heyday of rock’n’roll, Laurel Canyon folk singers, and name-dropping. I am a huge fan of this era of music too, so I can relate. But by the end of the book I just kept asking myself: Why?
It’s not really something we haven’t seen done before. Defending the arts, while admirable, and recognizing the power of music («If a song plants an idea or a feeling in a mind, it has already changed the world,» one character says) is old hat. So while I didn’t dislike this book or have particular problems with it, it did very little to inspire. Though I’d argue he definitely could’ve shaved off 100-150 pages at least.
Maybe by focusing solely on Jasper’s character, developing more of a plot to connect to his previous works, and pushing the story forward that way, I would’ve been more compelled by it. Rather, we follow the band through situations that fuel their artistic creations (aka songwriting — which Mitchell shows off quite a bit with his own songwriting in this novel), and then it ends. Characters don’t really grow or change, we just experience life with them for a couple years. It’s a fun ride but not life-changing and definitely not Mitchell’s strongest work.

Les Cousins takes its name from a French movie, but everyone Elf meets either pronounces it in English or takes the article from her. Beneath his discreet sign, the club’s little door is wedged between the Italian restaurant at 49 Greek Street and the transistor repair shop next door. Elf walks down the steep steps, glancing at posters of Bert Jansch and John Renbourn, apostles of the folk revival. The haze of voices, nicotine, and hash thickens. Waiting at the bottom of the stairs is Nobby, a former rifleman who collects tickets and occasionally helps a drunk up the stairs.

Works on Kensington Road slow him down. Jasper and Mecca look at the shops, the offices, the queues of people waiting for the bus, the double-decker buses filled with human beings reading or sleeping or sitting with their eyes closed, the rows of soot-blackened stucco houses, the television masts that sift through the dirty air for signals, the cheap hotels and tenement houses with grimy windows, the entrances to tube stations that swallow hundreds of people a minute, the railway bridges, the Thames brown, that upturned table that is Battersea Power Station, the smoke rising from its three working chimneys, the muddy parks where daffodils wither around statues of forgotten people, the bomb craters where they play ragged children among dirty puddles and piles of rubble, a bony horse pulling a ragman’s cart, a pub called The Silent Woman whose sign depicts a woman he likes. Head high, a flower girl in a wheelchair, advertisements for Dunhill cigarettes, for Camps of Colonias Pontins, for a British Leyland dealer, the busy laundromats where customers stare at the machines, the chain bars Wimpy, the betting houses, the patios where the sun doesn’t reach and where the laundry never dries, the gas factories, the orchards, the fish and chip joints, the shuttered churches in whose cemeteries they sleep addicts among the dead.
«Nina Simone at Ronnie Scott’s,» Elf says. The Beast clatters through a village called Handcross. I was seventeen. My parents would never have let me go to Soho alone, but Imogen and a boy from church escorted me to Satan’s Lair. I had been running away to the Folk Barge in Richmond since I was fifteen, but Nina Simone was playing in a higher league. Very superior. She floated down Ronnie Scott’s like Cleopatra on her barge. Black orchid dress. Large pearls like pebbles. She sat down and announced, «I’m Nina Simone,» as if daring you to contradict her. And nothing more. Neither «Thank you for coming» nor «It’s an honor to be here».

Utopia Avenue begins its performance with «Any Way the Wind Blows». Elf sings and plays acoustic guitar; Griff sticks to the brushes, except for the part of the song where he gets bogged down at Brighton Poly, when he hits the bass drum, spins a drumstick in the air and catches it like a majorette. The second track is the new song Elf is writing, «Mona Lisa Sings the Blues.» He plays it on the piano. Dean backs her up on bass, while Jasper solos in the middle. The women listen carefully to the lyrics, which change with each rehearsal. Griff retrieves his drumsticks to play a spirited version of «I Put a Spell on You,» with Dean singing and Elf improvising on piano. Some of the younger guests start dancing, so the band lengthens the version. Jasper plays a sax-like solo on the Stratocaster. When she looks up, she sees the bride and groom dancing. «If he knew how to be envious, he would envy those two; They both have families and they have each other.” Bea is dancing too, with a tall, dark, handsome student, though she is now looking at Jasper, who gives Dean the solo to play a percussive bass line. Clive and Miranda Holloway remain seated. Jasper wishes he could read Elf’s father’s expression. He has put his hand on top of his wife’s, so maybe he will be calm again. «Music connects». The Glossops sit in their chairs with their arms crossed, stiff and disgusted in ways that are obvious even to Jasper. «Music can’t connect everyone…»

The members of Utopia Avenue disembark on the catwalk at Hoek van Holland. A broken rainbow rises over warehouses and docks. Levon carries a suitcase in each hand. Jasper and Dean carry their guitars. Amps, keyboards and drums will be provided at the TV studios and at the Paradiso, so Griff and Elf only carry their travel bags. They enter the new customs area of the port of Hook of Holland. Jasper is put at ease by the layout of the place, the typography of the signs, the sound of the Dutch language, and the facial habits of the people he speaks to. He comes to the front of the queue and hands over his Dutch passport. The burly customs agent examines Jasper’s photograph, then frowns at his hair.

On Monday the band went to record in Studio C at Turk Street Studios, which was a short walk from their hotel. They began with two already tight Elf tracks: «Chelsea Hotel #939,» a bluesy waltz about their New York lodging, and «What’s Inside What’s Inside,» a zither-infused love song, Appalachian dulcimer and a flute solo performed by a friend of Max’s who played in the San Francisco Symphony Orchestra. They finished at ten o’clock at night, had dinner in a Chinese restaurant and went to bed. Yesterday the band recorded a scintillating version of «Who Shall I Say Is Calling?» in the course of the morning and then an eight-minute composition by Jasper entitled «Timepiece» which featured an amplified ticking of a clock and chimes, Elf on harpsichord, a twelve-string guitar solo recorded backwards, an overlay of ethereal vocals and some recordings that Mecca had made on Monday of a bell ringing for the dead, the sea and a train terminal. Today, their last full day in San Francisco, they’ve dedicated to recording two new Dean songs: a riff-heavy one called «I’m A Stranger Here Myself» and a more cosmic and mystical one, «Eight Of Cups.» More than in any of their Fungus Hut sessions, Dean, Elf and Jasper are dedicated to offering and accepting suggestions for both their own songs and those of others. Griff listens intently to every new song the songwriters come up with, and by the third or fourth time he hears it he’s laying down the percussion track.
«Acid is like a surprise box of chocolates.» Dean and his host are sitting on the floor of Jerry’s room, on cushions surrounding a small table made from rough plank. Ten lines of the same coke give you the same high. Ten joints of the same weed give you the same high. Ten trips of LSD of the same potency, on the other hand, are ten different trips. It all depends on where your head is, so take it only if you’re calm. This trip does not have an ejection seat.

All the bands break up, writes Levon Frankland in his memoirs, but almost all of them get back together. It just takes time and an overdraft in the retirement plan.» When Jasper, Griff and I broke up Utopia Avenue in 1968, we absolutely believed what we were doing. Our friend and bandmate had been shot dead in a grocery store holdup in San Francisco, and we didn’t have the heart to continue. The next day the calamity increased our pain when a fire at Turk Street Studios took Dean’s latest work from us. We felt that a Utopia Avenue album without Dean’s musical talent, voice and compositions would be a fraudulent product. Thus, for half a century, Utopia Avenue was the exception that confirmed Frankland’s Rule. So how is it that now, fifty-one years after our last concert, I’m writing this cover art (as it used to be called) for a new Utopia Avenue album?.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/05/17/la-casa-del-callejon-david-mitchell-slade-house-a-novel-by-david-mitchell/

https://weedjee.wordpress.com/2022/12/05/utopia-avenue-david-mitchell-utopia-avenue-by-david-mitchell/

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.