Plegaria En El Asedio — Damir Ovčina / Kad Sam Bio Hodža by Damir Ovčina

No has hecho la mili, no estás casado, no tienes hijos. Verás, nosotros somos aquí la autoridad. No estás en casa. Es raro que aparecieras precisamente ayer, así como que no tengas ni idea de lo que sucede y tal. Hay muchos espías, fingen no saber nada e informan de dónde están las posiciones y tal. Veo que eres decente, así que no te haremos nada. Quédate en ese piso donde estás hasta que todo este lío se resuelva y sepamos quién va adónde y cómo. Hasta entonces, todas las mañanas a las siete y al mediodía tienes que presentarte aquí en el cuartel general. ¿Me has entendido?
¿No hay forma alguna de que me vaya a casa?.
Ya veremos cuando comprobemos quién es tu padre y tal. No vaya a estar él metido en algo, a ver si es alguien en política y está contra nosotros.
Retumba la puerta del portal. Sobresaltado hago memoria de quién soy y dónde estoy, de lo que ha pasado, y qué golpes son esos abajo. Consigo ponerme lo imprescindible y empiezo a contar. Delante del bloque alguien grita por un megáfono que todos salgan inmediatamente de los pisos y esperen. Abro. Salgo a la puerta. Los ancianos vecinos, originarios de algún pueblo de Croacia, silenciosos, en pijama debajo de la bata, de pie, apoyados en la pared pintada con pintura oleosa azul. Las gafas puestas. Les pregunto cómo están, la mujer se lleva una mano a la cara, el hombre dice que él está bien teniendo en cuenta los tiempos que corren, pero que su esposa está muy, muy débil, que ellos no pueden soportar esto, que va a pedir que los dejen regresar al lugar del que vinieron en los años sesenta para construir esta ciudad. Le trae a ella una silla y una manta y me cuenta que aquellos eran buenos tiempos, que se construía, que él trabajó en la construcción del edificio de correos del barrio de Malta, del edificio de la empresa Elektroprivreda, del de la escuela de Grbavica…

Ciertamente se distingue por su estilo único, que recuerda a un guión de algún tipo de película y que logra una cierta objetividad de los hechos presentados, pero a pesar de esta narración fáctica, a veces es poético al mismo tiempo, especialmente cuando describe lo que se calla, lo que no se nombra y lo que sucede entre dos. Eso es especial. Pero, 530 páginas así, así que hay que ser Ovčina para leerlo sin desviarse, sin perder el hilo, la concentración, la motivación,… Entonces no solo no sabes lo que estás leyendo, sino que te da la impresión de que nada esta pasando. Y no soy un lector mimado y superficial, sé que no lo soy.
En cuanto al tema en sí, dice que no me atraen los temas bélicos, sobre todo de esta lamentable guerra, por la cual aún hoy no llevamos una vida digna de un ser humano, y más cuando sabes que las escenas descritas son más el resultado de eventos reales que imaginarios. A pesar de mi nombre y apellido, realmente no tenía ningún problema con eso, las patologías están presentes en la guerra en todos los lados, al igual que la humanidad. Entonces, por ese lado, no tengo quejas, la solución técnica simplemente se volvió monótona para mí y simplemente no quería intimidarme más.
De alguna manera aguanté hasta el final sin derramar una sola lágrima. Muchas veces quise vomitar, pero no llorar, porque la escritora mantiene tal ritmo de narración que junto con la protagonista temes, vives minuto a minuto y simplemente no tienes tiempo para llorar o lo que te gustaría. . «Olvidas cómo».
El final me tocó, lloré todo lo que guardé dentro de mí mientras duró el peligro. Lágrimas de alegría.
El estilo de Ovčina es único, nadie escribe como él, en Bosnia ni en ningún otro lugar. La suya es una escritura llena de omisiones, de espacios en blanco; Ovčina parece rehuir los verbos y, de esta forma, arrojarnos a un mundo de acciones implícitas, de esquirlas de oraciones que se precipitan hacia un sentido hondo, directo, crudo…, y a su vez confieren al texto un ritmo que nos arrastra como lectores a una experiencia real y orgánica de los acontecimientos, vistos a través de los ojos de un joven de diecisiete años que se abisma atónito al infinito mar de horror que es la guerra, y que, entre sus furiosas olas, logrará hallar resquicios de esperanza, tablas de salvación.
Ovčina escribe de tal manera que el lector deja de percibir la estructura formal de las frases, las oraciones van desdibujándose, perdiéndose de vista, para dejar paso a la historia que se filtra a través de ellas, primero como un manantial, luego como un arroyo y, finalmente, transformada en un vertiginoso torrente de presente inmediato, de supervivencia interior, de emociones, de miedos, de horror y humanidad, que nos arrollará. Solo está lo que está sucediendo. Y nosotros ante ello. El objetivo es, tal vez, secuestrar al lector, arrastrarlo a su infierno y hacerlo sin artificios, con el mínimo imprescindible de medios narrativos.

Un hombre con dos pistolas y una metralleta, guerrera de camuflaje y boina gris con escarapela delante de la casa en la calle Splitska. Detrás de él dos tipos con camisa verde. Uno con las cuatro eses en el sombrero. El otro con una bayoneta muy larga y la ametralladora, como en las películas de partisanos, apoyada en la valla. Sonríen y preguntan por qué estamos tan alicaídos. Formamos una fila. Delante de la puerta de entrada, sacos de arena apilados. Era un supermercado y ahora es el cuartel general sobre el que ondea una bandera negra con escarapela junto a otra tricolor con la cruz serbia dorada. El comandante saluda. El de las pistolas, malhumorado, dice que en el cementerio judío hay que afianzar las posiciones con bloques de hormigón, con sacos, con todo. Nos señala con la mano sin mirarnos y dice que nos matarán si un compañero de trabajo decide cambiar de bando en esta guerra. Los dos de la camisa verde ríen, uno señala la bayoneta y dice, aquí estamos, haremos lo que haya que hacer. El sol todavía oculto tras el monte Trebević. En la calle Radnička cruzamos por debajo de la vía rápida y luego entre las casas alineadas en el monte hacia el viejo cementerio de un pueblo muy antiguo. Han mandado a esos dos con nuestro comandante, cuyo apellido elogian.

Las ventanas y las puertas acristaladas de los locales en el edificio de la derecha rotas. En la tienda de ultramarinos en la entrada a la izquierda está escrito en alfabeto cirílico Protección Civil. Nos mandan a un edificio nuevo de cinco plantas al otro lado de la vía rápida. En la planta baja una tienda con la bandera con letras. Nadie dentro. En las escaleras un hombre de unos sesenta años con gafas de cristales gruesos tuerce un poco la boca y menea la cabeza. El problema está en un piso de la cuarta planta.
La mujer y la hija se quedaron y el marido parece que está en el otro lado. Lo llamaron para que volviera aquí.

Del mercado hacia el río tres tipos con variantes diversas de uniformes de camuflaje y fusiles de asalto. En el balcón encima del supermercado una mujer cierra la puerta. Día nublado. El jefe delante de nosotros. El músico y yo lo seguimos. Carreras de un lado a otro de la calle Bratstva i jedinstva. A la derecha veo entre los contenedores un fragmento de Sarajevo al otro lado del río Miljacka. Los árboles altos en el paseo Wilson. Una bala impacta en el contenedor. Corremos debajo de los árboles a la calle Marijana Baruna. El músico me indica que estamos delante de su casa. Señala con la punta de la barbilla el centro de la fachada donde se encuentra su piso. Se entra por el otro lado. Todas las ventanas y puertas de los balcones cerradas. Delante de la entrada uno con uniforme y fusil en el regazo. Mi compañero de veras preocupado. Se lleva la mano a la parte izquierda del pecho y simula palpitaciones. El jefe nos conduce hacia el otro lado. El músico respira aliviado.
Desde la Zagrebačka un coche cuesta arriba. Son las dos y media de la madrugada. Día del levantamiento de los pueblos y nacionalidades de la República Socialista de Bosnia y Herzegovina y de Croacia. Ya no es día festivo oficial. La radio enumera nombres de personas, números de teléfono, direcciones, mensajes, peticiones. Noche silenciosa y cálida.

Bueno, Bata Živojinović es un fenómeno, pero también él ha comprendido cuál es ahora el bando correcto. Afortunadamente para nosotros, no están cerca ni él, ni Ljubiša Samardžić, ni Boris Dvornik, ni ninguno de estos actores que en aquella película partisana corrían veloces monte arriba.
Cargamos. Pasado el mediodía. Las balas impactan en las cercanías. El sol hacia Ilidža. Nubes estiradas y finas se deslizan hacia el este. Me vuelvo hacia ellas y veo entre los edificios un poco del verdor de las montañas. Verano tardío. El olor de la montaña desciende hasta el río. El asfalto ardiente, la tierra cuarteada.

Muchas mujeres de negro. Algún vecino con su uniforme viejo y dos con uniforme de camuflaje. También el pope con uniforme. Yo también de negro. Calor. La tierra dura, retumba. Se me pasan por la mente aquellos versos. El pope maquinalmente a lo suyo, y todo el mundo a casa. Los niños asoman detrás de la valla. No es el momento de llorar a ancianos. Nosotros tres a pie hasta casa. Un Pinzgauer lleno de heridos de Trnovo vuela al hospital. Delante de nuestra casa está puesta la mesa con comida y aguardiente. Explosiones en Treskavica. Gente alrededor de la mesa y el ambiente se relaja con rapidez. La hierba huele. A todos les extraña que vuelva a Grbavica. Me ha traído hasta la Zagrebačka un hombre que trabaja en la escuela. Ahora voy abajo a enfrentarme al piso vacío.

You haven’t done military service, you’re not married, you don’t have children. You see, we are the authority here. You’re not at home. It’s weird that you showed up just yesterday, as well as having no idea what’s going on and such. There are a lot of spies, they pretend not to know anything and report where the positions are and such. I see you’re decent, so we won’t do anything to you. Stay on that floor where you are until this whole mess is sorted out and we figure out who’s going where and how. Until then, every morning at seven and noon you have to report here at headquarters. Do you understand me?
Is there no way for me to go home?
We’ll see when we check who your father is and such. He is not going to be involved in something, let’s see if he is someone in politics and is against us.
He bangs the portal door. Startled, I remember who I am and where I am, what has happened, and what blows those below are. I manage to put on the essentials and start counting. In front of the block someone yells through a megaphone for everyone to immediately get out of the flats and wait. I open. I go out the door. The elderly neighbors, originally from some Croatian village, silent, in pajamas under the robe, standing, leaning against the wall painted with blue oil paint. The glasses on. I ask them how they are, the woman puts a hand to her face, the man says that he is fine considering these times, but that his wife is very, very weak, that they cannot bear this, that he is going to ask to be allowed to return to where they came from in the 1960s to build this city. He brings her a chair and a blanket and tells me that those were good times, that they were building, that he worked on the construction of the post office building in the Malta neighborhood, the Elektroprivreda company building, the Grbavica school building…

It’s certainly distinguished by its unique style, reminiscent of a script for some kind of movie and achieving a certain objectivity of the facts presented, but despite this factual narration, it is sometimes poetic at the same time, especially when describing what is silent, what is not named and what happens between two. That’s special. But, 530 pages like that, so you have to be Ovčina to read it without getting sidetracked, without losing the thread, concentration, motivation,… Then not only do you not know what you’re reading, but you get the impression that nothing it’s happening And I am not a pampered and superficial reader, I know I am not.
As for the subject itself, he says that I am not attracted to war themes, especially this unfortunate war, for which even today we do not lead a life worthy of a human being, and even more so when you know that the scenes described are more the result real events than imaginary ones. Despite my first and last name, I really had no problem with that, pathologies are present in war on all sides, just like humanity. So on that side I have no complaints, the technical solution just got monotonous for me and I just didn’t want to be intimidated anymore.
Somehow I made it to the end without shedding a single tear. Many times I wanted to vomit, but not cry, because the writer maintains such a rhythm of narration that together with the protagonist you fear, you live minute by minute and you simply do not have time to cry or what you would like. . «You forget how.»
The end touched me, I cried everything I kept inside me while the danger lasted. Happiness tears.
Ovčina’s style is unique, nobody writes like him, in Bosnia or anywhere else. His is a writing full of omissions, of blank spaces; Ovčina seems to shun verbs and, in this way, throw us into a world of implicit actions, of fragments of sentences that rush towards a deep, direct, crude meaning…, and in turn give the text a rhythm that drags us as readers to a real and organic experience of events, seen through the eyes of a seventeen-year-old who plunges in astonishment into the infinite sea of horror that is war, and who, among its furious waves, will manage to find glimmers of hope, boards of salvation.
Ovčina writes in such a way that the reader stops perceiving the formal structure of the sentences, the sentences fade away, disappearing from sight, to make way for the story that seeps through them, first like a spring, then like a stream and, finally, transformed into a vertiginous torrent of the immediate present, of inner survival, of emotions, of fears, of horror and humanity, that will overwhelm us. There is only what is happening. And we before it. The goal is, perhaps, to kidnap the reader, drag him to his hell and do it without artifice, with the bare minimum of narrative means.

A man with two pistols and a submachine gun, a camouflage tunic and a gray beret with a cockade in front of the house on Splitska Street. Behind him two guys in green shirts. One with the four s’s on the hat. The other with a very long bayonet and the machine gun, like in partisan movies, leaning against the fence. They smile and ask why we are so downcast. We form a line. In front of the front door, sandbags are stacked. It was a supermarket and now it is the headquarters over which a black flag with a cockade flies along with another tricolor with the golden Serbian cross. The commander salutes. The one with the guns, grumpy, says that in the Jewish cemetery you have to secure your positions with concrete blocks, with sacks, with everything. He waves at us without looking at us and says that we will be killed if a co-worker decides to change sides in this war. The two in the green shirts laugh, one points to the bayonet and says, here we are, we’ll do what we have to do. The sun still hidden behind Mount Trebević. On Radnička street we cross under the expressway and then between the houses lined up on the hill towards the old cemetery of a very old village. They have sent those two with our commander, whose last name they praise.

The windows and glass doors of the premises in the building on the right broken. In the grocery store at the entrance to the left is written in Cyrillic alphabet Civil Protection. They send us to a new five-story building on the other side of the freeway. On the ground floor a store with the flag with letters. Nobody inside. On the stairs a man in his sixties with thick glasses twists his mouth slightly and shakes his head. The problem is in a flat on the fourth floor.
The wife and daughter stayed and the husband seems to be on the other side. They called him to come back here.

From the market to the river three guys with different variants of camouflage uniforms and assault rifles. On the balcony above the supermarket a woman closes the door. Cloudy day. The boss in front of us. The musician and I followed him. Races from one side to the other of Bratstva i jedinstva street. To the right I see a fragment of Sarajevo on the other side of the Miljacka River among the containers. The tall trees on the Wilson walk. A bullet hits the container. We run under the trees to Marijana Baruna Street. The musician tells me that we are in front of his house. He points with the tip of his chin to the center of the façade where his flat is located. He enters from the other side. All windows and balcony doors closed. In front of the entrance one with a uniform and a rifle on his lap. My partner really worried. He puts his hand to the left side of his chest and simulates palpitations. The boss leads us to the other side. The musician breathes a sigh of relief.
From the Zagrebačka a car uphill. It’s half past two in the morning. Day of uprising of the peoples and nationalities of the Socialist Republic of Bosnia and Herzegovina and of Croatia. It is no longer an official holiday. The radio lists people’s names, phone numbers, addresses, messages, requests. Silent and warm night.

Well, Bata Živojinović is a phenomenon, but he too has understood which side is right now. Fortunately for us, neither he, nor Ljubiša Samardžić, nor Boris Dvornik, nor any of these actors who ran fast up the mountain in that partisan film are nearby.
We load. Past midday. Bullets hit nearby. The sun towards Ilidža. Thin, stretched clouds glide to the east. I turn towards them and see between the buildings a bit of the green of the mountains. late summer. The smell of the mountain descends to the river. The burning asphalt, the cracked earth.

Many women in black. Some neighbor with his old uniform and two with camouflage uniform. Also the priest in uniform. I also in black. Heat. The hard earth, rumbles. Those verses go through my mind. The pope automatically went about his business, and everyone home. The children peek out from behind the fence. This is not the time to mourn the elderly. The three of us walk home. A Pinzgauer full of wounded from Trnovo flies to the hospital. In front of our house the table is set with food and liquor. Explosions in Treskavica. People around the table and the atmosphere quickly relaxes. The grass smells. Everyone is surprised that he returns to Grbavica. A man who works at the school brought me to Zagrebačka. Now I go downstairs to face the empty floor.

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.