El Capitalismo Funeral: La Crisis O La Tercera Guerra Mundial — Vicente Verdú / Funeral Capitalism: The Crisis Or World War III by Vicente Verdú (spanish book edition)

1) El optimismo de libros previos de Verdú se desvanece de golpe ante la crisis global (lo que desmiente su necio, para el caso, optimismo utópico previo [el caso más sangrante, su fe en la interconectividad digital, cuando ahora sabemos lo deprimente que son Facebook, Twitter, Instagram, YouTube…]).
2) «Pérdida del valor del esfuerzo»:
Esto es tan verdadero como falso, pues por una parte tienes una generación de ninis (con educación de mierda y sin salidas más sueldos de mierda, precariedad, vivienda cada vez más prohibitiva, a ver quién se motiva [en Galiza, las opciones siguen siendo las históricas: caciquismo, fariña o emigración]) y por otra de gente quemada (burnout syndrome, que le pasa mucho a los programadores informáticos).
3) «El deterioro de la educación»:
En España, esto es especialmente grave por el tipo de funcionario-Papa que tenemos, que por muy mal que lo haga de ahí no lo mueve ni Elohim; lo mal que se han amoldado a las nuevas tecnologías (que las usan, como con Moodle o para pedir trabajitos en equipo usando YouTube, pero mal, vamos, pues lo primero espera de todo estudiante que sea un ingeniero de software y lo segundo es ridículo y lamentable). Negocios como el de TreeHouse y Lambda School sólo pueden ir a más en una situación tan decadente.
4) «La corrupción»:
Como única especie consciente de su tiempo limitado en la tierra y bajo el mandato del dinero, lo raro sería que no hubiera corrupción (el problema, que no se persiga ni se castigue lo suficiente, apoyado con los votos a los de siempre [o simplemente por el hecho de votar] como para reducirla drásticamente).
5) «Trivialización de la moral»:
Necesitaría releer el libro para entender a qué se refiere justamente, pero probablemente se le pueda aplicar el punto anterior (y una mejor educación).
6) «El aumento de la injusticia y la desigualdad»:
Las minorías nunca lo han tenido mejor que ahora (hasta el punto de la discriminación positiva), y nunca ha habido tan pocos pobres en la historia, si bien la desigualdad entre clase media y ricos ha ido a peor (en California, por ejemplo, por el precio del alquiler, están huyendo como apestados) y sigue al alza.
7) «El menosprecio de los maestros»:
La mayoría son investigadores por elección y pedagogos por obligación, y tratan al alumno como quieren como funcionarios por derecho divino que parecen sentirse, repiten como loros lo que no saben crear desde el talento.
8) «Insatisfacción laboral»
Esto no es nuevo pero sí que va a peor, en la mayoría de países y sectores. Ya decía Bertrand Russell, de familia adinerada, en un libro de hace casi 100 años, que el mantra de que el trabajo «dignifica» (si ganas pasta haciendo lo que quieres, que es la excepción a la regla general) fue vendido por los aristócratas ociosos a los esclavos (digo, clases bajas) para que produjesen más y se rebelasen menos.
9) «La congelación salarial y la superexplotación de los más débiles, la destrucción del planeta, el camelo del arte, el regular apaleamiento de las focas.»:
Todo junto y ya acabó. La congelación salarial sé que no sé da para informáticos, pero para la mayoría de profesional sí, a la vez que sube todo lo demás; con lo de la superexplotación de los más débiles no sé si se refiere a los trabajadores de Zara en Bandgladesh (la queja, en nuestro mundo donde el dinero es reina y las celebrities son los nuevos dioses, es superficial, pues al menos pueden ganar algo porque, si no fuera por tipos como Amancio, esos que ganan un miseria no ganarían ni esa miseria…).

Frente a las tertulias económicas sin fin, frente a los artículos de miles de analistas financieros, contra los admonitorios discursos sobre los pecados del sistema y sus terribles secuaces, hay que decir que continuar interpretando esta Gran Crisis en términos economicistas no es otra cosa que una actitud banal. Tan infantil como achacar los males que padece nuestro mundo al materialismo rampante, la desalmada conducta de los poderosos o la pérdida de religiosidad en las grandes ciudades.
En el primer supuesto, los economistas se erigen en los indiscutibles sabios del crash. En el segundo, regresa el colorista mito de un Dios bíblico que castiga el descarrío de la Humanidad mediante plagas y sevicias, empezando por la quiebra del rico y la general miseria de todos los demás.
La incomparable ventaja de estas explicaciones radica en que, como en los cuentos infantiles, son comprensibles para la muchedumbre. La realidad se simplifica y perfila a la manera de una fábula.
El malestar social, el malestar de la cultura, el notorio desprestigio de la época que se vivía a comienzos del siglo XX y la misma ansiedad intelectual hacia «otro mundo posible», se hallaban presentes tanto entonces como en las vísperas de la actual calamidad.
En general, el siglo XXI, desde su famoso estreno milenarista repleto de inquietantes profecías, ha venido flirteando con la amenaza fantasma, el riesgo creciente, la certeza de que «algo muy grande —y trágico— tenía que pasar».
La corrupción (política, económica, religiosa, deportiva, municipal), la proclamada pérdida de valores en la juventud, la decadencia de la escuela, de la justicia, de la moral pública, la degradación hiperconsumista, el hiperindividualismo, el relativismo, la muerte del planeta, los videojuegos, el apaleamiento de las focas, han sido tenidos por denotaciones muy aciagas.

Antes se decía «la verdad os hará libres», pero luego se vio que, en estos tiempos, la verdad ata. De hecho, a cada nuevo sondeo que se realizaba sobre la confianza que inspiraban las instituciones, desde la política al periodismo, desde la Iglesia a la justicia, su valor descendía un poco más. La lenidad convertida en medio ambiente permitía, además, decir esto y aquello, sostener una teoría y la otra sin que, en medio de la indiferencia, apareciera un contraventor.
A comienzos del siglo XXI los valores tecnológicos (los valores punto.com) multiplicaron por cientos o por miles su valor durante algunas semanas. Bastaron, sin embargo, otros quince días para rebajar su cotización a menos de la mitad. Entre uno y otro punto no sucedió nada tan tremendo que justificara la oscilación; sólo se vio afectada la simulación. Cambió la luz de una radiante prosperidad así como lo tenebroso ocupa ahora, en pocos meses, el lugar del esplendor.
En consecuencia nadie puede saber cabalmente qué será al fin más cierto: si el valor que poseían los títulos hace un mes, la cota intermedia o el ínfimo precio de la crisis. Pero tampoco debe importar a efectos de verdad/verdad. Los valores traducen un índice que ya no se refiere a lo real, sino a lucubraciones trabadas entre sí dentro de las propias o ensimismadas especulaciones financieras. En definitiva, después de este desplome nadie osará pronunciar sentencia sobre el precio efectivo de una acción porque la realidad hace tiempo que ha sido desprendida de pertinencia y patina sobre una superficie celada. Lo verificable ha sido sustituido por lo imaginado y el mundo por su reflejo operacional.
Y no sólo en las operaciones financieras. Los productos cotidianos ganan o pierden a través de las tendencias, los políticos ganan o pierden según sus deslices, el arte adquiere, o no, relevancia a través de sus conspiraciones internas entre el galerista, el comisario, el crítico y el marchand. En la economía, en el arte, en la política, en la identidad, lo estructural, la alquimia interna, va supliendo a un patrón más o menos objetivo y referencial.

Los dioses fueron los primeros capitalistas de Grecia, y sus templos, las instituciones dinerarias más antiguas del mundo. Así, los tesoros formados en el templo con los donativos regulares de los fieles quedaban al cuidado de los sacerdotes, que, con su superior conocimiento del mundo, sabían incrementarlos de muchos modos. Los templos de Oriente, atestados de diezmos y ofrendas, eran auténticas centrales que monopolizaban la circulación dineraria y actuaban a manera de instituciones bancarias concediendo préstamos e hipotecas.
En coherencia con ello, las primeras monedas de Grecia procedieron del templo y no del Estado. Los términos de diferentes lenguas europeas que designan al dinero (moneda, moneta, monnate, money, münze) proceden de Moneta, nombre con el que se conocía a la diosa Juno, y en cuyo templo se acuñaba la moneda romana. Más aún, dinero y templo han estado originariamente unidos a través de los sacrificios sagrados.
Todos venimos y vamos a la banca, todos estamos endeudados. No solamente han desaparecido los símbolos del dinero (el oro, la sal, las pieles), también los signos (papel-moneda) que se referían al dinero-signo. El principio expiatorio del dinero no aparece cosificado en una moneda marcada. Sólo queda la banca como una taimada formación tan cercana a la maternidad como a la lengua de la psicoterapia. No es inconsecuente así que aquellos edificios bancarios, templos donde se entronizaba al dios, hayan virado hacia un interior de cristales amnióticos… muy próximos al mundo de las clínicas privadas. Y esto es así porque la colosal presencia de la banca es hoy, especialmente en tiempos de «bancarrota», la versión de una oquedad simbólica.

Lo masculino se feminiza y lo femenino se masculiniza, hasta llegar al paso ideológico e hiperfeminista del sexo al género. No será, según esta teoría, la genitalidad ni tampoco la funcionalidad hormonal la que decida la sexualidad de cada uno, sino la elección personal a través del género elegido culturalmente.
Si el capitalismo tuvo su pilar inaugural en el comercio y el comercio en la estructura libidinal del dinero, signo de la represión de la mujer y su tratamiento como mercancía, ¿qué transformación puede registrar el sistema cuando la mujer pasa de objeto a sujeto y de moneda de intercambio a activo intercambiador?
Todos los hundimientos (del sistema, del imperio, de la normalidad, de la masculinidad) llegan por donde menos se espera.
A la globalización, pues, corresponde esta suerte de Guerra no Mundial sino Global, no explosiva sino implosiva, depresiva. Una Depresión tan extrema o profunda, tan acaparadora y sofisticada como requieren las aplicaciones electrónicas del camuflaje y en un camuflaje donde ella misma se incluye hasta hacer pasar lo bélico por lo económico y lo económico por lo tectónico sin más. ¿Fin del capitalismo o fase de transformación? ¿Crisis o metamorfosis?: Guerra de las Galaxias filmada en el espejo de la especulación.

Cada burbuja que estalla resulta ser así más grave que la anterior, puesto que el miedo al riesgo no lo alivia ninguna cantidad agregada de liquidez, por grande que sea. Más bien se produce entonces ese tipo de fenómeno del Japón durante los años noventa. Tras la reiterada explosión de las burbujas llega una bajada continuada de los precios y un retroceso no menos persistente y tenaz del crédito. La detención, en fin, del crédito y de la inversión: el paro. El grado cero de la actividad.
Con este crash mundial asistimos así por primera vez al accidente de los accidentes, al accidente mismo del tiempo. La hiperconcentración del tiempo real y el pase al tiempo mundial del presente especular.
A través de la intercomunicación, a través de la interactividad, se ha llegado a crear la posibilidad del accidente absoluto. La actual crisis mundial sería, por tanto, la primera representación de esta tragedia perfecta: la emergencia para toda la Humanidad.
Esta película de terror va plasmándose sobre una pantalla planetaria donde se suceden los spots del fin del mundo. Unos más y otros menos, los impactos van consiguiendo convertir el miedo en el pringue primordial.

La decadencia de esta industria se atribuye a su incapacidad para adaptarse a las peticiones del mercado: coche más pequeño, más ecológico y más eficiente. La decadencia del automóvil, especialmente americano, es paralela a la definitiva conclusión de un mundo. El final de un mundo físico y ruidoso en beneficio de lo intangible y sigiloso. El declive del petróleo y la victoria del litio. El litio de la pila y el farmacológico: ¿cabe imaginar mayor signo de la Depresión?.
¿Final del capitalismo? El capitalismo hace años que ha dejado de ser un sistema determinado y sus condiciones forman parte de la condición misma de la Humanidad. Si estuviéramos asistiendo a la muerte de un sistema determinado se abriría la ocasión para probar con otro u otros más. El funeral del capitalismo es sin distinción el fin de una época, puesto que lo fracasado no es un orden de desarrollo económico o social sino el desarrollo del orden conocido.
De este modo, toda respuesta a la situación por venir adquiere caracteres absurdos. El organismo que se hallaría en trance de aparecer no se parece a nada. Las medidas que se toman, tan parecidas al cuerpo que quieren sanar, no son otra cosa que la expresión de una triste redundancia, las provocadas repeticiones del moribundo ante su fin, las convulsiones iguales del animal que con la pretensión de respirar dibuja los estertores de su defunción y que buscando acaso incorporarse acentúa el fracaso de su corporeidad.

El actual sistema de representación política vale tan poco, es tan ignorante, ineficiente y corrupto como para haberse revelado cómplice, antes y después, de todos los intermediarios improductivos unos, estafadores otros, que han llevado al desempleo, la miseria y la desesperanza de medio mundo sin que todavía acierte a afrontarlo ni aplicarle solución.

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1) The optimism of Verdú’s previous books suddenly vanishes in the face of the global crisis (which belies his foolish, for that matter, previous utopian optimism [the most bloody case, his faith in digital interconnectivity, when we now know how depressing are Facebook, Twitter, Instagram, YouTube…]).
2) «Loss of value of effort»:
This is as true as it is false, because on the one hand you have a generation of ninis (with a shitty education and no exits plus shitty salaries, precariousness, increasingly prohibitive housing, let’s see who is motivated [in Galiza, the options are still the historical ones: caciquismo, fariña or emigration]) and another of burned people (burnout syndrome, which happens a lot to computer programmers).
3) “The deterioration of education”:
In Spain, this is especially serious because of the type of functionary-Pope that we have, who no matter how badly he does it, not even Elohim moves him; how poorly they have adapted to new technologies (that they use them, like with Moodle or to ask for teamwork using YouTube, but wrong, come on, because the first thing is expected of every student to be a software engineer and the second is ridiculous and unfortunate). Businesses like TreeHouse and Lambda School can only go further in such a rundown situation.
4) «Corruption»:
As the only species aware of its limited time on earth and under the mandate of money, the strange thing would be that there was no corruption (the problem, that it is not persecuted or punished enough, supported with the votes of the usual [or simply by the fact of voting] to reduce it drastically).
5) «Trivialization of morals»:
I’d need to reread the book to understand exactly what he’s referring to, but the above point (and better education) probably applies to it.
6) “The increase in injustice and inequality”:
Minorities have never had it better than now (to the point of positive discrimination), and there have never been so few poor people in history, although the inequality between the middle class and the rich has worsened (in California, for example, for the price of the rent, they are fleeing like plague-ridden) and it continues to rise.
7) «The contempt of teachers»:
Most of them are researchers by choice and pedagogues by obligation, and they treat the student as they want, like officials by divine right who seem to feel, repeat like parrots what they do not know how to create from talent.
8) “Job dissatisfaction”
This is not new but it is getting worse, in most countries and sectors. Bertrand Russell, from a wealthy family, already said in a book almost 100 years ago, that the mantra that work «dignifies» (if you earn money doing what you want, which is the exception to the general rule) was sold by the idle aristocrats to the slaves (I say, lower classes) so that they would produce more and rebel less.
9) «The wage freeze and the super-exploitation of the weakest, the destruction of the planet, the bluff of art, the regular beating of the seals.»:
All together and it’s over. I know that the salary freeze is not for computer scientists, but for the majority of professionals it is, while everything else goes up; With regard to the super-exploitation of the weakest, I don’t know if it refers to the Zara workers in Bangladesh (the complaint, in our world where money is queen and celebrities are the new gods, is superficial, because at least they can earn something because, if it weren’t for guys like Amancio, those who earn a pittance wouldn’t even earn that pittance…).

In the face of the endless economic gatherings, in the face of the articles by thousands of financial analysts, against the warning speeches about the sins of the system and its terrible henchmen, it must be said that continuing to interpret this Great Crisis in economic terms is nothing more than a trivial attitude. As childish as blaming the evils that our world suffers from rampant materialism, the heartless behavior of the powerful or the loss of religiosity in the big cities.
In the first assumption, economists stand as the undisputed wise men of the crash. In the second, the colorful myth of a biblical God who punishes humanity’s misguidance through plagues and cruelty returns, beginning with the bankruptcy of the rich and the general misery of all the rest.
The incomparable advantage of these explanations is that, as in children’s stories, they are understandable to the crowd. Reality is simplified and outlined in the manner of a fable.
The social malaise, the malaise of the culture, the notorious loss of prestige of the time that was lived at the beginning of the 20th century and the same intellectual anxiety towards «another possible world», were present both then and on the eve of the current calamity. .
In general, the 21st century, since its famous millenarian premiere full of disturbing prophecies, has been flirting with the phantom threat, the growing risk, the certainty that “something very big —and tragic— had to happen”.
Corruption (political, economic, religious, sports, municipal), the proclaimed loss of values in youth, the decline of schools, of justice, of public morals, hyper-consumer degradation, hyper-individualism, relativism, death of the planet, video games, the beating of seals, have been considered very unfortunate denotations.

Before it was said «the truth will set you free», but then it was seen that, in these times, the truth binds. In fact, with each new survey that was carried out on the confidence inspired by institutions, from politics to journalism, from the Church to justice, its value fell a little more. The leniency converted into an environment also made it possible to say this and that, to support one theory and the other without an opponent appearing in the midst of indifference.
In the early 21st century, technology stocks (dot.com stocks) multiplied their value by hundreds or thousands for a few weeks. However, another fifteen days were enough to lower its price to less than half. Between one point and another nothing happened so tremendous as to justify the oscillation; only the simulation was affected. The light of a radiant prosperity has changed, just as the gloomy now occupies, in a few months, the place of splendor.
Consequently, no one can fully know what will be more certain in the end: whether the value that the titles had a month ago, the intermediate level or the negligible price of the crisis. But it shouldn’t matter for truth/truth purposes either. The values translate an index that no longer refers to the real, but to lucubrations linked to each other within their own or self-absorbed financial speculations. In short, after this collapse no one will dare to pass judgment on the effective price of a share because reality has long since been detached from relevance and skids on a closed surface. The verifiable has been replaced by the imagined and the world by its operational reflection.
And not only in financial operations. Everyday products win or lose through trends, politicians win or lose according to their missteps, art acquires relevance, or not, through its internal conspiracies between the gallery owner, the curator, the critic and the dealer. In the economy, in art, in politics, in identity, the structural, the internal alchemy, it substitutes a more or less objective and referential pattern.

The gods were the first capitalists of Greece, and their temples, the oldest monetary institutions in the world. Thus, the treasures formed in the temple with the regular donations of the faithful were left in the care of the priests, who, with their superior knowledge of the world, knew how to increase them in many ways. The temples of the East, packed with tithes and offerings, were authentic centers that monopolized money circulation and acted as banking institutions granting loans and mortgages.
Consistent with this, the first Greek coins came from the temple and not from the state. The terms of different European languages that designate money (coin, moneta, monnate, money, münze) come from Moneta, the name by which the goddess Juno was known, and in whose temple the Roman coin was minted. Furthermore, money and temple have been originally linked through sacred sacrifices.
We all come and go to the bank, we are all in debt. Not only have the symbols of money (gold, salt, skins) disappeared, but also the signs (paper money) that referred to the money-sign. The expiatory principle of money does not appear reified in a marked coin. Only banking remains as a devious formation as close to motherhood as it is to the language of psychotherapy. It is not inconsequential that those bank buildings, temples where the god was enthroned, have turned towards an interior of amniotic crystals… very close to the world of private clinics. And this is so because the colossal presence of banking is today, especially in times of «bankruptcy», the version of a symbolic hollow.

The masculine is feminized and the feminine masculinized, until reaching the ideological and hyperfeminist transition from sex to gender. It will not be, according to this theory, the genitalia nor the hormonal functionality that decides the sexuality of each one, but the personal choice through the culturally chosen gender.
If capitalism had its inaugural pillar in commerce and commerce in the libidinal structure of money, a sign of the repression of women and their treatment as merchandise, what transformation can the system register when women go from object to subject and from exchange currency to exchange asset?
All collapses (of the system, of the empire, of normality, of masculinity) come from where it is least expected.
To globalization, then, corresponds this kind of War, not World but Global, not explosive but implosive, depressive. A Depression as extreme or deep, as all-encompassing and sophisticated as the electronic applications of camouflage require and in a camouflage where it includes itself to the point of passing the warlike for the economic and the economic for the tectonic without further ado. End of capitalism or phase of transformation? Crisis or metamorphosis?: Star Wars filmed in the mirror of speculation.

Each bubble that bursts thus turns out to be more serious than the previous one, since the fear of risk is not relieved by any added amount of liquidity, no matter how large. Rather, then, that kind of phenomenon occurs in Japan during the 1990s. After the repeated bursting of the bubbles comes a continued drop in prices and a no less persistent and tenacious decline in credit. The arrest, in short, of credit and investment: unemployment. The zero degree of activity.
With this world crash, we thus witness for the first time the accident of accidents, the very accident of time. The hyperconcentration of real time and the passage to world time of the specular present.
Through intercommunication, through interactivity, the possibility of absolute accident has been created. The current world crisis would therefore be the first representation of this perfect tragedy: the emergency for all of Humanity.
This horror movie takes shape on a planetary screen where the spots of the end of the world take place. Some more and others less, the impacts are managing to turn fear into the primordial goo.

The decline of this industry is attributed to its inability to adapt to market demands: smaller, greener and more efficient car. The decline of the automobile, especially American, is parallel to the definitive conclusion of a world. The end of a physical and noisy world in favor of the intangible and stealthy. The decline of oil and the victory of lithium. Battery and pharmacological lithium: can we imagine a greater sign of Depression?.
End of capitalism? Capitalism has ceased to be a determined system for years and its conditions are part of the very condition of Humanity. If we were witnessing the death of a certain system, the opportunity would open up to try another or others. The funeral of capitalism is without distinction the end of an era, since what has failed is not an order of economic or social development but the development of the known order.
In this way, any response to the situation to come acquires absurd characteristics. The organism that would be in the process of appearing does not resemble anything. The measures that are taken, so similar to the body that they want to heal, are nothing more than the expression of a sad redundancy, the provoked repetitions of the dying person before his end, the equal convulsions of the animal that with the pretense of breathing draws the rattles of his death and perhaps seeking to join accentuates the failure of his corporeality.

The current system of political representation is worth so little, it is so ignorant, inefficient and corrupt as to have revealed itself as an accomplice, before and after, of all the unproductive intermediaries some, swindlers others, who have led to unemployment, misery and despair of the world without yet being able to confront it or apply a solution to it.

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