Los Colores De Nuestros Recuerdos — Michel Pastoureau / Les Couleurs De Nos Souvenirs by Michel Pastoureau

El color no es un ejercicio fácil. No sólo porque a lo largo de los siglos sus definiciones han ido variando según las épocas y sociedades, sino porque, incluso limitándose al periodo contemporáneo, el color no se percibe de la misma manera en los cinco continentes. Cada cultura lo concibe y lo define según su entorno natural, su clima, su historia, sus conocimientos, sus tradiciones. En este ámbito, el saber occidental no es una verdad absoluta, sino sólo un saber más entre otros. Por añadidura, esos saberes ni siquiera son unívocos.
Hay multitud de recuerdos visuales que no conservamos en tonos definidos, ni siquiera en blanco y negro, ni en blanco, negro y gris. No; andan perdidos en nuestra memoria y son sobre todo incoloros. Pero cuando los evocamos, cuando los hacemos brotar con una intención definida, es como si los pasásemos a limpio formal y cromáticamente a la vez: nuestra memoria aclara los contornos, fija las líneas, y nuestra imaginación se encarga de dotarlos de colores, colores que quizá nunca tuvieron.

En este libro recorre los colores a través de sus recuerdos: el traje beige de Miterrand, el maillot amarillo del tour, el verde administrativo de unas aulas que nunca se construyeron, el verde como su color favorito, las banderas, su odio por el oro y el dorado por el recuerdo de la abuela de un compañero. A través de anécdotas de su infancia y juventud enlaza historias y curiosidades sobre los colores haciendo que el lector reflexione sobre su propia experiencia con los colores, su percepción sobre ellos, sus gustos o su total indiferencia hacia ellos. Leyendo a Pastoureau te paras a pensar en los colores que te rodean en tu casa, los colores de la ropa en tu armario, los colores que jamás te has atrevido a ponerte, tu vocabulario para hablar sobre colores y la limitación lingüística que existe para ser capaces de expresar cómo es un color en realidad y qué nos transmite. Nos hace reflexionar sobre como es completamente imposible conocer, entender o incluso aproximarse a la percepción que otra persona tiene de un color.
Pastoureau es muy francés y muy digno, casi snob, pero tiene un sentido del humor muy inteligente y, sobre todo, no le da ningún miedo decir todo lo que piensa. En la época de la corrección y de «mejor me callo que seguro que me caen por todos lados» se agradece leer a alguien que sencillamente dice lo que piensa siendo lo que piensa muy interesante.
El premio Médicis de ensayo en 2010, realiza un recorrido por su memoria profesional, tanto como profesor como en sus trabajos de asesor en producciones cinematográficas como El nombre de la rosa. Su visión de la época medieval ha pretendido recuperar la idea de que durante esta época oscura tuvieron lugar algunos de los advenimientos con mayor repercusión en la actualidad: la concepción del tiempo, la organización de la jornada o la disposición de las ciudades.
A partir de algunos recuerdos de su infancia, como los cuentos de Blancanieves o Caperucita Roja, Pastoureau redefine su interés por los animales y los colores, protagonistas simbólicos en estos relatos tan antiguos y tan presentes en nuestra cosmovisión moderna que resulta imposible que no tengamos cada uno nuestra propia opinión al respecto: «Los colores poseen la asombrosa cualidad de ser de la incumbencia de todo el mundo […] No dudan en decir cuáles son sus colores preferidos, en meterse con los que no les gustan, en asociar un color con una idea, otro con una emoción, con un sentimiento».

André Breton permanecerá para siempre asociado a un determinado tono de color amarillo en mis recuerdos y, junto con él, el movimiento surrealista en su conjunto. Para siempre jamás, el surrealismo es amarillo para mí, de un hermoso amarillo espléndido y misterioso.
Cuando rondaba los cuarenta años me interesé por las rayas, por su historia y su simbología en las sociedades europeas. Les dediqué varios de mis seminarios en la Escuela Práctica de Estudios Superiores, los cuales acabaron por engendrar un libro editado por Seuil en 1991.

Entre finales del siglo XIX y mediados del siglo XX, según modalidades y ritmos que varían de un país a otro, varios uniformados abandonan uno a uno el negro por el azul marino: los marinos, los guardas forestales, los policías, los bomberos, los aduaneros, los carteros, algunos militares, la mayor parte de los internos de educación secundaria, los escultistas y boy scouts, los primeros deportistas e incluso, en fechas más recientes, cierto número de eclesiásticos. Por supuesto, no es que el uniforme de todos esos personajes se vuelva sistemáticamente azul marino; hay numerosas excepciones. Pero el azul marino se convierte poco a poco, entre 1880 y 1960, en el color dominante de quienes llevan uniforme, en lugar del negro, por una u otra razón, en Europa y en Estados Unidos. Pronto los imitarán los civiles: desde 1920, pero sobre todo después de 1950, muchos hombres abandonan sus tradicionales trajes, chaquetas o pantalones negros a favor de una vestimenta azul marino, sobre todo en entretiempo. La americana es el símbolo más patente de esta revolución que, a ciencia cierta, pasará a la posteridad como uno de los grandes acontecimientos indumentarios y cromáticos del siglo XX.
A partir de los años ochenta, muchos jóvenes occidentales empezaron a apartarse del vaquero para recurrir a ropa de diferente corte, confeccionada con otros tejidos de textura y colores más variados. Efectivamente, en los vaqueros, a pesar de los intentos realizados en los años sesenta y setenta para diversificar los colores, seguía predominando el azul y sus diferentes tonalidades (como sigue ocurriendo hoy en día). Pero mientras que en Europa Occidental el uso del vaquero se hallaba en retroceso (a partir de los años ochenta, el último grito en los ambientes en boga era no llevarlos), se convirtió en una prenda contestataria en los países comunistas –e incluso en los musulmanes–, símbolo de cierta apertura hacia Occidente, sus libertades, sus modas, sus códigos y sus sistemas de valor.
Dicho esto, si hacemos balance, reducir la historia y la simbología del vaquero a las de un atuendo libertario o contestatario es abusivo, si no falso. Su color se lo prohíbe: una prenda azul nunca es subversiva. Se trata de una indumentaria masculina de trabajo en sus orígenes, que poco a poco se va convirtiendo en una prenda para el tiempo libre y cuyo uso se extiende a las mujeres y luego a todas las clases y categorías sociales en su conjunto. Los jóvenes no han gozado en ningún momento de su monopolio, ni siquiera en las décadas más recientes. Cuando se miran las cosas de cerca, es decir, cuando hacemos el esfuerzo de considerar el conjunto de los vaqueros que se llevaron en Norteamérica y en Europa entre el fin del siglo XIX y el principio del XX, nos damos cuenta de que el vaquero es un atuendo corriente que viste a la gente corriente, que no busca realzarse ni rebelarse, y aún menos transgredir nada de nada, sino que simplemente desea llevar un pantalón sólido, sobrio y funcional. En resumen, una prenda neutra.

El verde es ya en la Edad Media el color emblemático de las farmacias, porque la farmacopea proviene en su mayor parte del mundo vegetal. Sin embargo, hasta mediados del siglo XIX, los boticarios usan diversos símbolos para su comercio (cuernos de animales, imágenes de santos sanadores). Hay que esperar a 1880 para que hagan su aparición las primeras cruces verdes en Francia, asociadas a la obligación que se les impuso a partir de entonces a los farmacéuticos de señalar su establecimiento con un símbolo específico. La cruz evoca entonces la idea de socorro, de cuidado, de asistencia. La encontramos ya en el atuendo de las órdenes religiosas hospitalarias, fundadas en el siglo XII para dar socorro a los peregrinos cristianos que circulaban por tierras islámicas. La encontramos en los escudos de armas de numerosas instituciones de caridad del Antiguo Régimen. Y la adoptamos para crear el símbolo de la Cruz Roja durante la Convención de Ginebra en 1863-1864 (es posible que la influencia de la bandera suiza –cruz blanca sobre fondo rojo– tuviese algo que ver con la génesis del símbolo). Las farmacias italianas se alinearon con este modelo y lo conservaron. Prefirieron el color de la sangre al de la farmacopea, la idea de los cuidados y los apósitos a la de los medicamentos, las pociones y la fitoterapia.

El primer semáforo parisino se colocó en la rotonda de los bulevares Sébastopol y Saint-Denis; era rojo por completo. El verde sólo apareció a principio de los años treinta. Mientras tanto, los semáforos bicolores habían llegado a los Estados Unidos: Salt Lake City, 1912; Cleveland, 1914; Nueva York, 1918.
¿Por qué se eligieron esos dos colores, el rojo y el verde, para reglamentar la circulación, primero en el mar, después en los raíles y por último en la carretera? El rojo, está claro, es el color del peligro y de la prohibición desde épocas antiguas (ya lo es, más o menos, en la Biblia), pero durante siglos el verde no tuvo nada que ver con el permiso o el «dejar pasar». Por el contrario, desempeña el papel de color del desorden, de la transgresión, de todo lo que va en contra de las reglas y de los sistemas establecidos. Tampoco se piensa en él como contrario del rojo, como podrían serlo el blanco (desde siempre) y el azul (desde mediados de la Edad Media). Pero la clasificación de los colores cambia a lo largo del siglo XVIII, cuando se imponen las teorías de Newton, que descubrió el espectro unas décadas antes, tras lo cual se difunde en el mundo de los conocimientos la oposición entre colores primarios y colores complementarios. El rojo, color primario, tiene como complementario a partir de ese momento el verde. Los dos colores comienzan a formar pareja y, como el rojo es el color de la prohibición, el verde, su complementario, casi su contrario, se va convirtiendo poco a poco en el del permiso. Primero en el mar y luego en la tierra, entre 1780 y 1840, se toma la costumbre de «dar luz verde» para autorizar el paso. Se instaura una nueva historia de los códigos cromáticos. El verde se convierte en símbolo de «dejar pasar», e incluso de libertad. Aún lo es, hoy en día.

1.El blanco y el negro son colores en toda regla.
2.Sólo existen seis colores básicos: el negro, el blanco, el rojo, el azul, el amarillo y el verde.
3.Luego vienen los cinco colores de segunda fila, a los que se llama erróneamente «semicolores»: gris, marrón, rosa, violeta y naranja.
4.Todas las demás tonalidades son sólo matices o matices de matices.
A pesar de los progresos tecnológicos de las tres últimas décadas, a pesar de la existencia de bancos de datos cada vez más numerosos y efectivos, a pesar de los millones, o incluso billones, de imágenes digitales que pueden consultarse a distancia, el porvenir no me parece tan radiante y colorido como dicen. Lo que ganamos por un lado, normalmente lo perdemos por otro. Los responsables de las colecciones públicas, los titulares de derechos de las imágenes y los apóstoles fanáticos de las nuevas tecnologías piensan a veces con ingenuidad que consultar una obra de arte o un documento antiguo en la pantalla del ordenador exime de tomar contacto con el original. Bajo el pretexto de que la obra o el documento ha sido digitalizado, y de que se puede obtener su reproducción a partir de una base de datos, limitan el acceso o bien prohíben la consulta directa. En lo referente a los problemas de color (y otros), resulta dramático. Gran número de aspectos, de atributos o de parámetros no pueden consultarse en la pantalla de un ordenador. Un ejemplo simple nos lo proporciona la oposición entre lo mate y lo brillante. Durante siglos, los pintores europeos jugaron con esa oposición para construir sus cuadros, diferenciar las zonas y los planos, crear sentidos o producir efectos estéticos.

El negro no es el color que engendra mayor número de supersticiones. El verde le lleva mucha delantera en este papel. Algunas personas no llevarían por nada en el mundo una prenda de ese color. Otras rechazarían una esmeralda regalada, piedra que se dice trae mala suerte. Otras nunca subirían a un barco cuyo casco fuese verde o, incluso, que luciese simplemente varios elementos pintados de verde. Varias fobias relacionadas con el verde han pasado a la posteridad. Por ejemplo, la de Michel Le Tellier (1603-1685), padre de Louvois, secretario de Estado en la guerra y luego canciller, probablemente el personaje más poderoso de Francia tras el rey y muy por encima de Colbert: su temor al verde era tal que lo prohibió en todas sus residencias, cambió el color de sus escudos de armas (llevaban un lagarto de sinople como figura heráldica) y prohibió que lo llevasen los diferentes regimientos que combatían por Luis XIV, incluso a los regimientos extranjeros. Pero más famosa aún es la fobia de Schubert, que se hizo proverbial. El gran músico afirmaba que estaba «dispuesto a ir hasta el fin del mundo para huir de ese color maldito». La corta vida de Schubert, muerto en 1828, a la edad de treinta y un años, es una sucesión tal de penas, fracasos y sufrimientos que es legítimo preguntarse si aquel miedo al verde, color que es imposible evitar del todo, no estaría justificado.
En el siglo XIX, la fatalidad del verde sigue de actualidad. Pero su causa no es tanto el verdete a base de cobre y de vinagre como el que se hace a base de arsénico. Se sirven entonces de productos sacados de esta sustancia simple para fabricar tintes y pinturas verdes que se usan en la decoración, el mobiliario, la indumentaria y ciertos objetos de la vida cotidiana. Dichos productos, a menudo inodoros y sin sabor, son extremadamente peligrosos, pues bajo el efecto de la humedad el arsénico tiende a evaporarse. Esto causó numerosos accidentes y un aumento de la desconfianza que inspiraba el color verde. Es posible que Napoleón fuera su víctima en Santa Helena. Ningún historiador serio cree ya que el emperador se envenenase por propia voluntad, pero muchos historiadores señalan que las habitaciones de la casa en la que vivía estaban tapizadas de verde –su color preferido–, el peligroso «verde Schweinfurt», fabricado en 1814 por disolución de virutas de cobre en arsénico. Eso explicaría, sin duda, la presencia de restos de arsénico en el pelo y bajo las uñas del difunto emperador.

Definir el color de modo unívoco es un ejercicio imposible. Ya lo he señalado al comenzar este libro, deseo insistir en ello al terminar. Para las ciencias humanas, todo es cultural, estrechamente cultural. Hagamos, pues, por última vez un poco de historia y recordemos a modo de conclusión cómo a lo largo de los siglos el color se ha ido definiendo sucesivamente como una materia, luego como una luz y, al final, como una sensación. Nuestros saberes y nuestros comportamientos actuales son en parte herencia de esta triple definición.
En varias familias de lenguas, la etimología de la palabra que designa el color da fe de que primero fue pensada y considerada como una materia, un envoltorio que recubre los seres y las cosas. Es, sobre todo, el caso de las lenguas indoeuropeas. La palabra latina color, por ejemplo, de donde provienen los términos para designar el color italiano, francés, español, portugués e inglés, tiene vínculos con la gran familia del verbo celare, que significa «ocultar», «recubrir», «disimular»: el color es lo que esconde, lo que recubre, lo que viste. Es una realidad material, una película, una segunda piel o una segunda superficie que disimula el cuerpo. En griego encontramos la misma idea: la palabra jroma deriva de la palabra jros, «piel», «superficie corporal». Lo mismo ocurre con las lenguas germánicas: el término alemán Farbe, para limitarnos a un solo ejemplo, proviene del germánico común *farwa, que significa «forma», «piel» «envoltorio». Otras lenguas, en absoluto indoeuropeas, conducen a una idea parecida: el color parece ser en su origen una materia, un envoltorio, una película.
La triada primitiva blanco-rojo-negro ejerció su predominio desde el neolítico (e incluso desde antes) hasta el corazón de la Edad Media; luego se llevó a cabo el ascenso de los otros tres colores. Dicha mutación tuvo lugar entre el siglo XII y el siglo XIV. Desde entonces las cosas no han evolucionado. A pesar del progreso de la ciencia y de las teorías psicoquímicas, a pesar del descubrimiento del espectro, a pesar de la distinción entre colores primarios y colores complementarios, a pesar del ocasional rechazo a considerar el blanco y el negro como colores por derecho propio, Occidente sigue viviendo con un sistema de seis colores: blanco, rojo, negro, verde, amarillo, azul. Ésos son los que los niños y adultos citan en primer lugar cuando se les pide por la calle que nombren colores. Los que vienen después –el naranja, el rosa, el violeta, el marrón, el gris– sólo son semicolores o, mejor aún, colores «de segunda fila». ¿Y después? Después ya no hay nada, o al menos no colores de verdad, susceptibles de aislar y categorizar, sólo tonalidades y tonalidades de tonalidades.
Así es, a grandes rasgos, la evolución de los colores en Europa y Occidente.
Las diferencias entre las sociedades son fundamentales y deben ser constantemente tenidas en cuenta, aun si, a lo largo de los años, Occidente tiende a imponer en todo el planeta una buena parte de sus saberes, de sus prácticas y de sus sistemas de valores. Hoy en día, casi en todo el mundo, existen seis colores básicos, heredados de un pasado unas veces lejano, otras veces mucho más cercano. Es imposible definirlos porque, contrariamente a los colores de segunda fila, no tienen referente natural ni objetivo. Los términos que los designan no son concretos ni motivados.
Demos por última vez la palabra al filósofo Ludwig Wittgenstein. Es el autor de una frase que quizá sea la más importante que se ha escrito nunca a este respecto. Parece ser la más conveniente para cerrar este libro de recuerdos cuyo único y escurridizo objeto es el color: «A la pregunta “¿Qué significan las palabras ‘rojo’, ‘azul’, ‘negro’, ‘blanco’?”, podemos, desde luego, señalar cosas que tienen estos colores –¡pero nuestra capacidad para explicar los significados de estas palabras no va más allá!–».

Color is not an easy exercise. Not only because its definitions have varied over the centuries according to the times and societies, but also because, even limited to the contemporary period, color is not perceived in the same way on the five continents. Each culture conceives it and defines it according to its natural environment, its climate, its history, its knowledge, its traditions. In this area, Western knowledge is not an absolute truth, but only one more knowledge among others. In addition, this knowledge is not even univocal.
There are many visual memories that we do not keep in definite tones, not even in black and white, or in black, white and gray. Nope; they are lost in our memory and are mostly colorless. But when we evoke them, when we make them sprout with a defined intention, it is as if we were cleaning them up formally and chromatically at the same time: our memory clarifies the contours, fixes the lines, and our imagination is in charge of endowing them with colors, colors that maybe they never had.

In this book he goes through the colors through his memories: Mitterrand’s beige suit, the yellow jersey of the tour, the administrative green of some classrooms that were never built, green as his favorite color, the flags, his hatred for gold and the gold one for the memory of a colleague’s grandmother. Through anecdotes from his childhood and youth, he links stories and curiosities about colors, making the reader reflect on his own experience with colors, his perception of them, his tastes or his total indifference towards them. Reading Pastoureau you stop to think about the colors that surround you in your house, the colors of the clothes in your closet, the colors that you have never dared to wear, your vocabulary to talk about colors and the linguistic limitation that exists to be able to express how a color really is and what it conveys to us. It makes us reflect on how it is completely impossible to know, understand or even approach the perception that another person has of a color.
Pastoureau is very French and very dignified, almost snobbish, but he has a very intelligent sense of humor and, above all, he is not afraid to say what he thinks. In times of correction and «I’d better keep quiet, I’m sure they’ll fall everywhere» it’s nice to read someone who simply says what he thinks being what he thinks is very interesting.
The Médicis prize for essay in 2010, takes a tour of his professional memory, both as a teacher and in his advisory work on film productions such as The Name of the Rose. His vision of medieval times has sought to recover the idea that during this dark age some of the events with the greatest impact today took place: the conception of time, the organization of the day or the layout of cities.
From some memories of his childhood, such as the stories of Snow White or Little Red Riding Hood, Pastoureau redefines his interest in animals and colors, symbolic protagonists in these stories so ancient and so present in our modern worldview that it is impossible that we do not have each one our own opinion about it: «Colours have the amazing quality of being everyone’s business […] They don’t hesitate to say what their favorite colors are, to pick on those they don’t like, to associate a color with an idea, another with an emotion, with a feeling».

André Breton will forever remain associated with a certain shade of yellow in my memories and, along with it, the Surrealist movement as a whole. Forever and ever, surrealism is yellow to me, a beautiful splendid and mysterious yellow.
When I was around forty years old I became interested in stripes, their history and their symbology in European societies. I dedicated several of my seminars at the Practical School of Higher Studies to them, which eventually spawned a book edited by Seuil in 1991.

Between the end of the 19th century and the middle of the 20th century, according to modalities and rhythms that vary from one country to another, various soldiers one by one abandoned black for navy blue: sailors, forest rangers, police officers, firefighters, customs officers, postmen, some military men, most high school boarders, scouts and boy scouts, early sportsmen and even, more recently, a number of churchmen. Of course, it’s not like all those characters’ uniforms systematically turn navy blue; there are numerous exceptions. But little by little, between 1880 and 1960, navy blue became the dominant color for those who wore uniforms, instead of black, for one reason or another, in Europe and the United States. Civilians will soon imitate them: since 1920, but especially after 1950, many men abandon their traditional black suits, jackets or trousers in favor of navy blue clothing, especially in mid-season. The jacket is the most obvious symbol of this revolution that, for sure, will go down in history as one of the great clothing and color events of the 20th century.
Starting in the 1980s, many young Westerners began to move away from jeans to resort to clothing of different cuts, made with other fabrics with more varied textures and colors. Indeed, in jeans, despite the attempts made in the 1960s and 1970s to diversify colors, blue and its different shades continued to predominate (as is still the case today). But while in Western Europe the use of jeans was in decline (from the 1980s, the last cry in fashionable circles was not to wear them), it became a rebellious garment in the communist countries -and even in the Muslims–, a symbol of a certain openness towards the West, its freedoms, its fashions, its codes and its value systems.
That said, if we take stock, reducing the history and symbology of the cowboy to that of a libertarian or anti-establishment outfit is abusive, if not false. Its color forbids it: a blue garment is never subversive. It is a question of a male work clothing in its origins, which little by little is becoming a garment for free time and whose use extends to women and then to all social classes and categories as a whole. Young people have never enjoyed their monopoly, not even in recent decades. When we look at things closely, that is, when we make the effort to consider the set of cowboys that were worn in North America and Europe between the end of the 19th century and the beginning of the 20th, we realize that the cowboy is an ordinary outfit that dresses ordinary people, who do not seek to enhance or rebel, and even less to transgress anything at all, but simply want to wear solid, sober and functional pants. In short, a neutral garment.

Green is already in the Middle Ages the emblematic color of pharmacies, because the pharmacopoeia comes mostly from the plant world. However, until the middle of the 19th century, apothecaries used various symbols for their trade (animal horns, images of holy healers). We had to wait until 1880 for the first green crosses to appear in France, associated with the obligation imposed on pharmacists from then on to mark their establishment with a specific symbol. The cross then evokes the idea of help, care, assistance. We already find it in the attire of the hospitable religious orders, founded in the 12th century to help Christian pilgrims traveling through Islamic lands. We find it on the coats of arms of numerous charitable institutions of the Old Regime. And we adopted it to create the Red Cross symbol during the Geneva Convention in 1863-1864 (it is possible that the influence of the Swiss flag – white cross on a red background – had something to do with the genesis of the symbol). Italian pharmacies aligned themselves with this model and kept it. They preferred the color of blood to that of the pharmacopoeia, the idea of care and dressings to that of medicines, potions and herbal medicine.

The first Parisian traffic light was placed at the roundabout of the Sébastopol and Saint-Denis boulevards; it was completely red. Green only appeared in the early thirties. Meanwhile, bicolor traffic lights had arrived in the United States: Salt Lake City, 1912; Cleveland, 1914; New York, 1918.
Why were these two colors, red and green, chosen to regulate traffic, first at sea, then on the rails and finally on the road? Red, of course, has been the color of danger and prohibition since ancient times (it already is, more or less, in the Bible), but for centuries green had nothing to do with permission or «letting go.» ». On the contrary, it plays the role of the color of disorder, of transgression, of everything that goes against the rules and established systems. Nor is it thought of as the opposite of red, as white (always) and blue (since the middle of the Middle Ages) could be. But the classification of colors changes throughout the 18th century, when the theories of Newton prevail, who discovered the spectrum a few decades earlier, after which the opposition between primary colors and complementary colors is spread in the world of knowledge. Red, the primary color, has green as its complement from that moment on. The two colors begin to form a pair and, as red is the color of prohibition, green, its complement, almost its opposite, gradually becomes the color of permission. First at sea and then on land, between 1780 and 1840, the custom of «giving the green light» to authorize passage is taken. A new history of color codes is established. Green becomes a symbol of «letting go» and even freedom. It still is, today.

1.Black and white are full-fledged colors.
2.There are only six basic colors: black, white, red, blue, yellow and green.
3.Then come the five second-row colors, mistakenly called «semi-colors»: gray, brown, pink, violet, and orange.
4.All other shades are just shades or shades of shades.
Despite the technological progress of the last three decades, despite the existence of increasingly numerous and effective databases, despite the millions, or even billions, of digital images that can be consulted remotely, the future will not I find it as radiant and colorful as they say. What we gain on one side, we usually lose on the other. Those responsible for public collections, image rights holders and fanatic apostles of new technologies sometimes naively think that looking at a work of art or an old document on a computer screen exempts them from coming into contact with the original. Under the pretext that the work or document has been digitized, and that its reproduction can be obtained from a database, they limit access or prohibit direct consultation. When it comes to color (and other) issues, it’s dramatic. A large number of aspects, attributes or parameters cannot be viewed on a computer screen. A simple example is provided by the opposition between matte and glossy. For centuries, European painters played with this opposition to build their paintings, differentiate areas and planes, create meanings or produce aesthetic effects.

Black is not the color that breeds the greatest number of superstitions. Green is far ahead in this role. Some people wouldn’t wear a garment of that color for anything in the world. Others would reject an emerald given as a gift, a stone that is said to bring bad luck. Others would never board a ship whose hull was green, or even simply sport various elements painted green. Several phobias related to green have passed into posterity. For example, that of Michel Le Tellier (1603-1685), father of Louvois, secretary of state at war and then chancellor, probably the most powerful figure in France after the king and far above Colbert: his fear of green was such that he prohibited it in all his residences, changed the color of his coats of arms (they wore a lizard of sinople as a heraldic figure) and prohibited the different regiments that fought for Louis XIV, even foreign regiments, from wearing it. But even more famous is Schubert’s phobia, which became proverbial. The great musician affirmed that he was «willing to go to the end of the world to flee from that cursed color.» The short life of Schubert, who died in 1828, at the age of thirty-one, is such a succession of sorrows, failures and suffering that it is legitimate to wonder if that fear of green, a color that is impossible to completely avoid, might not be justified. .
In the 19th century, the fatality of green is still current. But its cause is not so much the verdigris based on copper and vinegar as the one made with arsenic. Products derived from this simple substance are then used to make green dyes and paints that are used in decoration, furniture, clothing and certain objects of daily life. These products, often odorless and tasteless, are extremely dangerous, since under the effect of humidity the arsenic tends to evaporate. This caused numerous accidents and increased distrust of the color green. It is possible that Napoleon was his victim at Saint Helena. No serious historian believes anymore that the emperor poisoned himself of his own free will, but many historians point out that the rooms of the house in which he lived were upholstered in green – his favorite color – the dangerous “Schweinfurt green”, manufactured in 1814 by dissolution of copper shavings in arsenic. That would undoubtedly explain the presence of traces of arsenic in the hair and under the nails of the late emperor.

Defining color unambiguously is an impossible exercise. I have already pointed it out at the beginning of this book, I want to insist on it at the end. For the human sciences, everything is cultural, narrowly cultural. Let us, then, do a bit of history for the last time and let us remember by way of conclusion how over the centuries color has been successively defined as a matter, then as a light and, finally, as a sensation. Our current knowledge and behaviors are in part a legacy of this triple definition.
In several families of languages, the etymology of the word that designates the color attests that it was first thought and considered as a matter, a wrapper that covers beings and things. It is, above all, the case of the Indo-European languages. The Latin word color, for example, from which the Italian, French, Spanish, Portuguese and English terms for color come, has ties to the great family of the verb celare, which means «to hide», «to cover», «to conceal» : color is what it hides, what it covers, what you saw. It is a material reality, a film, a second skin or a second surface that hides the body. In Greek we find the same idea: the word jroma derives from the word jros, «skin», «body surface». The same goes for Germanic languages: the German term Farbe, to limit ourselves to a single example, comes from Common Germanic *farwa, meaning ‘form’, ‘skin’, ‘wrapping’. Other languages, not at all Indo-European, lead to a similar idea: color seems to be originally a matter, a wrapper, a film.
The primitive triad white-red-black exercised its predominance from the Neolithic (and even before) until the heart of the Middle Ages; then the rise of the other three colors took place. This mutation took place between the twelfth century and the fourteenth century. Since then things have not evolved. Despite the progress of science and psychochemical theories, despite the discovery of the spectrum, despite the distinction between primary colors and complementary colors, despite the occasional refusal to consider black and white as colors in their own right, The West continues to live with a six-color system: white, red, black, green, yellow, blue. Those are the ones that children and adults cite first when asked on the street to name colors. Those that come later – orange, pink, violet, brown, gray – are only semi-colors or, better still, “second-tier” colors. And then? Then there is nothing, or at least no real colors, that can be isolated and categorized, only shades and shades of shades.
This is, broadly speaking, the evolution of colors in Europe and the West.
The differences between societies are fundamental and must be constantly taken into account, even if, over the years, the West has tended to impose a good part of its knowledge, practices and value systems on the entire planet. Today, almost everywhere in the world, there are six basic colors, inherited from a past that is sometimes distant, other times much closer. It is impossible to define them because, contrary to second-row colors, they have no natural or objective reference. The terms that designate them are not specific or motivated.
Let us give the word for the last time to the philosopher Ludwig Wittgenstein. He is the author of a sentence that is perhaps the most important that has ever been written on this subject. It seems to be the most convenient to close this memory book whose sole and elusive object is color: «To the question “What do the words ‘red’, ‘blue’, ‘black’, ‘white’ mean?”, we can, Of course, pointing to things that have these colors – but our ability to explain the meanings of these words goes no further!.

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