El Equipo De Stalin: Los Años Más Peligrosos De La Rusia Soviética De Lenin A Jruschov — Sheila Fitzpatrick / On Stalin’s Team: The Years of Living Dangerously in Soviet Politics by Sheila Fitzpatrick

Trata el periodo que va desde la muerte de Lenin a la defenestración de Jrushchov teniendo en cuenta la gestión colectiva del estado soviético, con Stalin como puntal pero siempre apoyándose en un grupo (cambiante) de colaboradores. Sus avatares, lealtades, traiciones, odios, amistades… Original y ameno. En conjunto muy interesante, aunque haya que conocer, ni que sea de forma somera, la historia soviética del periodo.
Una historia muy interesante del politburó de la URSS, principalmente durante el reinado de Stalin. Escrito por un historiador profesional que pretende, y consigue, que el texto sea legible también para los no profesionales. Contiene muchas sorpresas, al menos para mí, en el sentido de que las personas a menudo eran diferentes de cómo se representaban convencionalmente. También hay mucha información sobre el carácter de Stalin, su soledad, sus tácticas al tratar con adversarios, etc. Sin embargo, confirma que Stalin era un asesino en masa despiadado, p. durante la colectivización de la agricultura, las purgas de los años 30, la migración forzada de poblaciones nacionales enteras de las que se sospechaba que habían simpatizado con los nazis. A principios de la década de 1950, parecía que Stalin se volvió completamente paranoico y que las grandes purgas estaban en su mente nuevamente, esta vez amenazando con matar a algunos de sus colaboradores más leales, como Molotov. Sin embargo, murió de un ataque al corazón antes de que el plan pudiera ejecutarse. Luego, el libro continúa, mostrando que el liderazgo colectivo ejercido por el politburó hizo un trabajo mucho mejor que el de Stalin, incluida la denuncia de los muchos crímenes de este último. Hubiera sido útil un registro con los nombres y una breve descripción de los personajes recurrentes.
Fitzpatrick ofrece una perspectiva importante y a menudo pasada por alto sobre cómo Stalin ejerció un poder tan brutal, sin precedentes y, a menudo, errático durante casi tres décadas, desde la década de 1920 hasta su muerte. Lo hizo manipulando a su círculo íntimo, elogiándolos y criticándolos alternativamente, siempre asegurándose de que su principal lealtad fuera hacia él y eliminando a cualquiera cuya estatura pareciera, aunque sea momentáneamente, rivalizar con la suya. Sus asesores pueden haber tenido una gran autoridad en áreas como la seguridad, la agricultura y la industria, incluso en los asuntos del partido, pero en última instancia, todos dependían de la buena voluntad de Stalin.
¿Quiénes fueron los miembros principales de este equipo que, cayendo en desgracia y en desgracia, sobrevivieron en gran medida a los años de Stalin —a diferencia de millones de otras víctimas, desde burócratas del partido hasta campesinos— que sufrieron la muerte o el gulag? Vyacheslav Molotov, Anastas Mikoyan, Georgy Malenkov, Laventy Beria, Lazar Kaganovich, Grigory Ordzhonikidze, Klim Voroshilov y, más tarde, Nikita Khrushchev. Esta es solo una lista parcial de figuras que entraron y salieron del liderazgo en estos años. Sobre el equipo de Stalin, basado en una extensa investigación de archivo de los registros del Partido Comunista Soviético, puede ser el nirvana para los kremlinólogos, pero bastante desalentador para el lector en general, para quien muchos de los nombres son relativamente desconocidos.
El intenso enfoque en las minucias de las relaciones entre grupos transmite efectivamente la cualidad claustrofóbica de trabajar dentro del círculo íntimo de Stalin. Pero también sofoca la narrativa más amplia de lo que significaron las políticas de Stalin para el país y el mundo, cuando las llevan a cabo subordinados tan celosos, cada uno tratando de superar al otro en lealtad a su líder. Cierto, figuras como Molotov y Beria tenían más libertad para cuestionar e incluso disentir de algunas de las propuestas de Stalin. Por otro lado, solo podían preservarse a sí mismos y a sus carreras implementando políticas tan importantes como la colectivización forzosa de la agricultura, que condujo a una hambruna horrible en Ucrania, y firmando la tortura y ejecución que marcó el Gran Terror de finales de la década de 1930.
El punto culminante para el liderazgo colectivo puede haber sido la Segunda Guerra Mundial, cuando Stalin necesitaba todo el apoyo político después de juzgar mal a Hitler y presidir un desastre militar sin precedentes en 1941, hasta que el avance alemán se estancó ante Moscú y la victoria decisiva en Stalingrado en 1941. 1942. Este también habría sido el único momento en que el equipo podría haberse unido y derrocado colectivamente a Stalin. Su combinación de lealtad y miedo, sin embargo, fue demasiado grande y el momento pasó.
La llegada de la Guerra Fría y la creciente paranoia de Stalin aplastaron cualquier esperanza de un verdadero deshielo político a fines de la década de 1940. Por primera vez, además, las diferencias de Stalin con los miembros de su equipo amenazaron sus carreras e incluso sus vidas. El ejemplo más notorio fue el arresto de la esposa judía de Molotov, quien fue encarcelada y exiliada hasta la muerte de Stalin.
Fitzgerald retrata a un Stalin disminuido pero peligroso en los años de la posguerra, alguien que odiaba estar solo, pero procedió a arrestar e interrogar a miembros de su propia familia extendida. Como resultado, Stalin se volvió aún más dependiente de su círculo político interno para acompañarlo en cenas nocturnas borrachas mientras todavía tenían responsabilidades en los asuntos gubernamentales y del partido. No sorprende que la fatiga crónica y la mala salud los afectaran a todos.
La paranoia de Stalin alcanzó su punto máximo en el momento en que se inventó el complot del doctor en 1952, pero afortunadamente murió antes de que sus planes pudieran implementarse. El equipo ejecutó a Beria, el jefe de la policía secreta a quien los demás más temían, pero Fitzgerald argumenta que el liderazgo colectivo demostró su fuerza y resistencia al continuar operando con eficacia hasta que la campaña antipartido de Jruschov expulsó a sus rivales a fines de la década de 1950.

Cuando Stalin deseaba ganar tiempo en una negociación con extranjeros, a veces replicaba que la cuestión se sometería al examen de su Politburó. Los diplomáticos no se tomaban estas palabras al pie de la letra, pues daban por sentado —con razón— que la decisión final sería de Stalin. Pero esto no quiere decir que no existiera de verdad un Politburó al que este consultara, un equipo de compañeros con los que colaborase. Este equipo —formado en todo momento por cerca de una docena de personas, siempre hombres— surgió en la década de 1920, luchó contra los grupos opositores encabezados por León Trotski y Grigori Zinóviev tras la muerte de Lenin, y permaneció unido durante tres décadas, lo cual es llamativo: como un fénix, logró sortear amenazas tan peligrosas como las Grandes Purgas, la paranoia de los últimos años de Stalin y los azares de la transición posestalinista. Treinta años de unión, en política, suponen un período muy largo, incluso en climas políticos menos letales que los de la Unión Soviética estalinista. El equipo se desmanteló definitivamente en 1957, cuando uno de sus miembros (Nikita Jrushchov) se convirtió en el nuevo jefe y se libró de todos los demás.
El equipo, el régimen y el país estuvieron en peligro durante la segunda guerra mundial, con un año y medio de derrotas y retiradas casi ininterrumpidas, hasta que la situación se invirtió, en el invierno de 1942-1943. Los que deberían haber sido años de triunfo, tras imponerse en la guerra, volvieron a ser años de riesgo para los diversos miembros del equipo. En la transición posestalinista, el equipo se apresuró a eliminar a uno de sus componentes, Beria, por su ambición evidente y su desdén hacia el gobierno colectivo, así como por miedo: se creía que poseía datos comprometedores sobre los demás. Por lo demás, el equipo se mantuvo más o menos intacto hasta 1957, cuando Jrushchov mostró tal ambición y falta de genuina colegialidad que los otros dieron pasos para contenerlo.
Stalin perdió en la cuestión de la toponimia. En 1961, Stalingrado pasó a llamarse Volgogrado, y el mismo destino correspondió a Stálino, en Ucrania (hoy Donetsk), y la capital tayika de Stalinabad (hoy Dushambé). En la Rusia de Putin aún hay polémica al respecto de si Volgogrado debería recuperar el nombre anterior para hacer hincapié en su pasado heroico, como emplazamiento de la batalla de Stalingrado, en la segunda guerra mundial. El nombre de Stalin no corre riesgo de desaparecer de la conciencia rusa. Pero los nombres de los otros miembros del equipo, salvo quizá los de Mólotov y Voroshílov, probablemente se habrán olvidado con la próxima generación.

En el principio fue el equipo de Lenin. Vladímir Ilyich Lenin era el capitán, como lo venía siendo desde 1903, cuando los revolucionarios marxistas rusos se escindieron en dos grupos, bolcheviques y mencheviques. La facción de Lenin adoptó el apelativo de bolcheviques, o grupo mayoritario, calificando a su oposición de «minoritaria» (mencheviques). Pero la realidad era otra: los bolcheviques eran menos numerosos que los mencheviques y fue Lenin —el más intransigente y menos conciliador de los líderes del partido— quien provocó la división. No se admitían discusiones sobre la capitanía bolchevique: quien no quería someterse a Lenin debía irse a otro lugar. Lenin y otros muchos revolucionarios se refugiaron en Europa en los años anteriores a la primera guerra mundial, huyendo de la policía secreta zarista; en su equipo había otros émigrés como Grigori Zinóviev y el joven Nikolái Bujarin lo bastante atrevidos como para discutir con Lenin sobre la teoría del imperialismo y el capitalismo de Estado.
El disgusto de Lenin tenía que ver con el desacuerdo en la cuestión de las nacionalidades, el único tema en el que Stalin afirmaba ser un experto de primer orden. La recién formada Unión Soviética incluía territorios en el Cáucaso —las futuras repúblicas de Georgia, Armenia y Azerbaiyán— que ya habían formado parte del viejo imperio ruso y quedaron incorporadas al Estado revolucionario con distintos grados de voluntariedad. La más reticente había sido Georgia; en los primeros años de la década de 1920 era candente la cuestión de si debía conservar su condición de república autónoma o bien sumarse a una Federación Transcaucásica. Stalin era el principal defensor de la Federación; Lenin la respaldaba, pero sin hacer caso omiso, como Stalin, de la inquietud de los bolcheviques georgianos que se oponían a la idea. Cuando llegó la noticia de que Sergó Ordzhonikidze, aliado de Stalin en la región, había atacado a uno de los adversarios locales, Lenin se enfureció. Era como si, con la enfermedad, hubiera regresado a los códigos de honor y decoro de su respetable educación provinciana, allá en la década de 1880.
Lenin no era el único que se inquietaba por la posible muerte de la democracia revolucionaria. Desde luego, todos los bolcheviques defendían el control centralizado de un partido único, pero estaban acostumbrados a un grado notable de independencia por el que el partido acogía multitud de opiniones; en la práctica, esto se traducía también en una considerable autonomía local. El Partido Bolchevique estaba habituado a hacer la revolución, pero ahora que estaba en el poder, debía modificar su modus operandi. El proceso se denominó «burocratización» y todos los líderes bolcheviques afirmaron estar en contra de ese cambio y se culparon mutuamente de que ocurriera.

Stalin y su equipo no parecían salvajes de la política soviética. Stalin y Mólotov adoptaron un estilo público que un historiador ha descrito con acierto como de «moderación militante»: duro, pero no tan estridente como el empleado por sus adversarios. Por lo general dejaban que fueran otros —Zinóviev y Kámenev en la lucha contra Trotski, Rýkov y Bujarin en el enfrentamiento posterior con Zinóviev y Kámenev— los que manejaran el hacha con más violencia. Sin lugar a dudas, era una táctica calculada; pero con ella ganaron muchos admiradores en el partido. Nikita Jrushchov, que conoció a Stalin al acudir como joven delegado ucraniano a los congresos del partido celebrados en Moscú a mediados de la década de 1920, quedó impresionado por su compromiso con la unidad del partido y la relativa tolerancia con la que lidiaba con sus adversarios, preferible, a su entender, a la polémica estridente con que la Oposición se manejaba; creía que Stalin poseía un «espíritu democrático».
Los líderes soviéticos advertían a la población que debía prepararse para una nueva intervención militar de las potencias capitalistas, que ansiaban terminar el trabajo que habían empezado durante la guerra civil. No está claro que ellos mismos se lo creyeran al pie de la letra, pero no hay duda de que estaban extraordinariamente nerviosos, en particular Voroshílov, el ministro de Defensa, que no cesaba de avisar a sus colegas de que las fuerzas armadas no contaban con la financiación debida y les aguardaba un desastre «si nuestros enemigos [extranjeros] descubren» la penosa condición del ejército. A Stalin, siempre atento a la seguridad, le inquietaba que los enemigos pudieran recibir en efecto esa información, porque el Politburó tenía muchas fugas.
Exiliar a Trotski no resultó nada sencillo. Stalin entendía que había traicionado al partido, pero a los ojos de Europa, Trotski personificaba la amenaza comunista, de modo que Alemania, el destino preferido por este, se negó a acogerlo. Como último recurso se eligió Turquía. El 11 de febrero de 1929, Trotski cruzó la frontera soviética de camino a Estambul y abandonó su patria para siempre. Se lo había tratado sin piedad, aunque no se hubiera optado por la propuesta extrema de Menzhinski: su ejecución como traidor. Según le explicó Mólotov a un admirador mucho tiempo después, a Trotski no se le podía matar en 1929, pues ello habría mancillado la reputación del partido.

En los primeros años de la década de 1920, buena parte de la vida social del equipo tenía lugar en el Kremlin, donde los antiguos revolucionarios, con sus esposas e hijos, iban entrando y saliendo de los modestos apartamentos de cada familia. No era muy distinto de los días de antaño, de pisos compartidos o catres tendidos dondequiera que hubiera una cama o un simple suelo. Los Mólotov eran una excepción a esta costumbre; en ocasiones, las esposas de los otros lanzaban comentarios mordaces sobre los gustos burgueses de Polina. Más adelante, se añadieron las dachas como centro de la vida social del equipo, en particular la de Stalin en Zubalovo, que no distaba mucho de las dachas de los Mikoyán, Voroshílov y Svanidze (Aliosha Svanidze era cuñado de Stalin por su primer matrimonio). Stalin recibía con agrado la compañía, tanto para sí mismo como para sus hijos, Vasili (Vasia) y Svetlana.

Había «algo magnífico y valiente en la idea política de una purga general»; era una «misión histórica universal», ante la cual la culpa o la inocencia individuales eran una trivialidad. El comentario procede, ni más ni menos, de Bujarin, a punto de convertirse en una de las víctimas de las Grandes Purgas. Quizá realmente no lo veía así —a fin de cuentas, lo dijo en una de sus múltiples súplicas a Stalin—, pero que pensara que Stalin y el equipo lo veían de ese modo ya es relevante de por sí. A juzgar por esta carta, Bujarin no estaba seguro de si se trataba (o Stalin entendía que se trataba) de un ataque preventivo ante una guerra inminente, o bien de una iniciativa «democrática» que ayudaría a la gente corriente a librarse de los cargos públicos indignos (por eminentes que pudieran ser).
Nunca tendremos una respuesta definitiva a la pregunta de qué se pretendía lograr con las Grandes Purgas. Lo que cabe aseverar con un mínimo de certeza es que, en la medida en que hubo una intención política firme, esa intención era la de Stalin. El equipo fue en pos, Mólotov al menos con cierta convicción, pero sus miembros no fueron la causa original, sino los ejecutores (y víctimas potenciales). Lo vivieron con miedo, como el resto de la élite política soviética. Sin embargo, como en el caso de la colectivización, también hubo cierto grado de admiración por el atrevimiento de Stalin. ¿Qué otra persona se habría atrevido a poner en marcha algo tan colosal, dramático y arriesgado? Mólotov estaba en lo cierto cuando, al volver la vista atrás, afirmó que solo Stalin. Para el equipo, las Grandes Purgas fueron el episodio más reciente en la historia de las batallas del partido, que había empezado con la revolución y la guerra civil y prosiguió con la colectivización. Pertenecían a un partido revolucionario y lo propio de los revolucionarios era luchar contra sus enemigos. En este caso, los enemigos estaban dentro del partido, y no solo fuera; pero esto también tenía precedentes claros: el equipo de Stalin había pasado casi diez años combatiendo contra los bandos internos.
Era característico del modus operandi de Stalin desplazar a un nuevo trabajo a las figuras destacadas antes de detenerlas, cabe suponer que con el fin de situarlas entre extraños, en un contexto desconocido. El nuevo puesto de Chubar suponía una degradación radical: dirigir la construcción de un complejo industrial de producción de celulosa en los Urales. Desde allí llamó a Stalin llorando y defendiendo su inocencia. A Jrushchov, que por casualidad estaba en el despacho de Stalin a esa hora y era amigo de Chubar, le reconfortó oír a Stalin expresarse con calidez y simpatía: Chubar se librará, pensó Jrushchov. Pero fue detenido al día siguiente.

El 3 de mayo de 1939 se hizo venir al Kremlin a Litvínov, al que se reprochó que sus medidas de seguridad colectiva no obtenían los resultados deseables. Fue una discusión acalorada, y se ha dicho que Mólotov le gritó: «¡Usted se piensa que somos todos tontos!». Zhdánov y Beria también se mostraron muy críticos con los métodos elegidos por Litvínov. De resultas de todo ello, ya entrada la noche se envió un telegrama a todos los embajadores, informándoles de que Litvínov cedía su puesto a Mólotov, que lo compaginaría con la jefatura de gobierno. Esto supuso un giro crucial en la posición internacional del Kremlin. Litvínov había intentado armar una alianza anglo-francesa contra Alemania, y ahora, perdida esa esperanza, Stalin y su equipo estaban listos para intentar la alternativa.

El Buró del Presidium del Comité Central, presidido por Malenkov, se reunió en dos ocasiones el 2 de marzo, a mediodía y a las ocho de la noche, en el sitio habitual: el despacho de Stalin en el Kremlin. El único punto del día fue la salud de Stalin. El 3 de marzo se reunieron de nuevo por dos veces, y en esta ocasión debatieron sobre las notas de prensa y la convocatoria de un pleno del Comité Central. Mólotov y Mikoyán, al igual que Voroshílov y Kaganóvich (pero no Andréyev) se reincorporaron plenamente al equipo y asistieron a todas las reuniones. La noche del 4 al 5 de marzo, el grupo había pasado a ocuparse del tema verdaderamente crucial: quién formaría parte del nuevo gobierno (sin Stalin) y cómo se organizaría. Hubo propuestas de Beria y Malenkov, según el recuerdo de Mólotov, todo muy bien elaborado y según los procedimientos más correctos.
Había que afrontar en público el asunto del legado de Stalin. Aunque la amnistía aprobada por Beria en 1953 no cubría a los presos políticos, en 1954 empezaron a ser liberados individualmente del Gulag. Las víctimas —más a menudo, las esposas y los hijos de víctimas relevantes— comenzaban a regresar y solicitaban a determinados miembros del equipo que les ayudaran en la rehabilitación política y les proporcionaran apartamentos en Moscú. Natalia Rýkov, exiliada nada más acabar la universidad, tras la detención de su padre, fue una de ellas: volvió a Moscú en 1956. Su madre había muerto en la cárcel. Voroshílov y Mólotov hicieron oídos sordos a sus súplicas, pero Mikoyán le encontró una habitación en un apartamento compartido. Años después, cuando por casualidad se encontró con Mólotov y Polina en el metro, saludó a Polina sin cruzar ni media palabra con Mólotov. También regresó Johnny (John-Reed) Svanidze…
Los antiguos exiliados y prisioneros volvían con historias horripilantes de la experiencia vivida. Algunos regresaron como cruzados, con voluntad de hacer pública su historia de la represión estalinista. Los dos que tuvieron un mayor impacto en el equipo fueron Olga Shatunóvskaya y Alekséi Snégov, dos «viejos bolcheviques» que habían tenido bastante relación con varios miembros del equipo. Fueron detenidos en las Grandes Purgas y pasaron casi veinte años en el Gulag.

Las señales de combate entre la cúspide siempre provocaban comentarios negativos entre las bases y, además, Jrushchov no era especialmente popular en el país. Para los intelectuales, era grosero; entre las capas populares abundaba el resentimiento por los viajes al extranjero, tan publicitados, y las recepciones a visitantes exteriores («organizar banquetes con el dinero del pueblo»), y había quien temía que aspirara a la dictadura. Así pues, la expulsión del Grupo Antipartido no se recibió con entusiasmo. Hubo un raro espaldarazo en una carta anónima de Pravda, que ensalzaba la acción por haber saldado cuentas con los filosemitas, como debía haberse hecho tiempo atrás.
En el mundo clandestino de la opinión popular, expresado ilegalmente en octavillas y pintadas, la reacción fue singularmente negativa y a menudo se enlazaba con un intenso enfado por los privilegios de la élite, reflejo de la decepción ante el hecho de que la mejora económica que se había prometido no parecía llegar. Ahora que se habían unido a la hermandad de las víctimas, los líderes caídos —no necesariamente populares por sí mismos— habían adquirido entre los desafectos un aura de martirio. «Mólotov y Malenkov son gente del partido de toda la vida; han hecho mucho por la gente; ahora los han aplastado como a cucarachas.» Malenkov solo quería que el pueblo pudiera vivir con decencia. «Parece que a Mólotov y los otros los han echado por preocuparse por el pueblo.
Aún no estaba claro, ni para la opinión pública ni entre la élite del partido, si se trataba de una victoria política definitiva. A fin de cuentas, los perdedores seguían siendo miembros del partido con empleos gubernamentales (como Malenkov en 1955) y quizá volverían a presentar batalla. Visto con más perspectiva, sin embargo, parece que estamos ante el fin de una era.
Este grupo había sobrevivido a Stalin durante más de cuatro años y había logrado una transición exitosa que, en el invierno de 1952-1953, muy pocos confiaban en que ocurriera. Pero ahora, tras funcionar durante un período asombrosamente largo, de casi treinta años, los días del equipo habían llegado a su fin.

It veers with the period from the death of Lenin to the defenestration of Khrushchev, taking into account the collective management of the Soviet state, with Stalin as a mainstay but always relying on a (changing) group of collaborators. His ups and downs, loyalties, betrayals, hatred, friendships… Original and entertaining. Altogether very interesting, although it is necessary to know, not even briefly, the Soviet history of the period.
A very interesting history of the politburo of the USSR, mostly during Stalin’s reign. Written by a professional historian who aims, and succeeds, to make the text readable also for non-professionals. It contains many surprises, at least for me, in that people were often different from how they got to be depicted conventionally. There’s also plenty of information on Stalin’s character, his loneliness, his tactics when dealing with adversaries etc. It does however confirm that Stalin was a ruthless mass murderer, e.g. during the collectivization of agriculture, the purges of the 1930’s, the forced migration of whole national populations that were suspected of having sympathized with the Nazi’s. In the early 1950’s it seemed Stalin became completely paranoid and that great purges were on his mind again, this time threatening to kill some of his most loyal collaborators, such as Molotov. He died, of a heart attack, before the plan could be executed though. The book then continues, showing that the collective leadership exercised by the politburo did a much better job than Stalin, including the denouncing of the latter’s many crimes. A register with the names and short description of the recurring characters would have been useful.
Fitzpatrick offers an important and often overlooked perspective on how Stalin wielded such unprecedented, brutal, and often erratic power for almost three decades, from the 1920s to his death. He did so by manipulating his inner circle, alternately praising and criticizing them, always ensuring that their chief loyalty was to him, and cutting down anyone whose stature seemed, even momentarily, to rival his own. His advisers may have held great authority in such areas as security, agriculture, and industry — even party affairs — but ultimately, they were all dependent on Stalin’s good will.
Who were the chief members of this team who, falling in and out of favor, largely survived the Stalin years — unlike millions of other victims, from party apparatchiks to peasants— who suffered death or the gulag? Vyacheslav Molotov, Anastas Mikoyan, Georgy Malenkov, Laventy Beria, Lazar Kaganovich, Grigory Ordzhonikidze, Klim Voroshilov, and later, Nikita Khrushchev. This is only a partial list of figures that cycled in and out of the leadership in these years. On Stalin’s Team, based on extensive archival research of Soviet Communist Party records, may be nirvana for Kremlinologists, but rather daunting for the general reader for whom many of the names are relatively unfamiliar.
The intense focus on the minutia of inter-group relations effectively conveys the claustrophobic quality of working within Stalin’s inner circle. But it also smothers the larger narrative of what Stalin’s policies meant for the country, and the world, when carried out by such zealous subordinates, each trying to outdo the other in loyalty to their leader. True, figures like Molotov and Beria had more latitude to question and even dissent from some of Stalin’s proposals. On the other hand, they could only preserve themselves, and their careers, by implementing such major policies as the enforced collectivization of agriculture, which led to a horrific famine in Ukraine, and signing off on the torture and execution that marked the Great Terror of the late 1930s.
The highpoint for the collective leadership may have been World War II, when Stalin needed every bit of political support after misjudging Hitler and presiding over an unprecedented military disaster in 1941, until the German advance stalled before Moscow and the turning-point victory at Stalingrad in 1942. This also would have been the only moment when the team could have united and collectively ousted Stalin. Their combination of loyalty and fear, however, was too great and the moment passed.
The coming of the Cold War and Stalin’s increasing paranoia crushed any hopes of a genuine political thaw in the late 1940s. For the first time, moreover, Stalin’s differences with his team members threatened their careers and even their lives. The most notorious example was the arrest of Molotov’s Jewish wife, who was imprisoned and exiled until Stalin’s death.
Fitzgerald portrays a diminished but dangerous Stalin in the postwar years, someone who hated to be alone, yet proceeded to arrest and interrogate members of his own extended family. As a result, Stalin became even more dependent on his inner political circle to accompany him in drunken late-night dinners while they still had responsibilities running party and government affairs. It comes as no surprise that chronic fatigue and ill health plagued them all.
Stalin’s paranoia peaked at the time of the concocted Doctor’s Plot in 1952, but fortunately he died before his plans could be implemented. The team executed Beria, the secret police chief whom the others feared most, but Fitzgerald argues that the collective leadership proved its strength and resilience by continuing to operate effectively until Khrushchev’s Anti-Party campaign ousted his rivals in the late 1950s.

When Stalin wished to buy time in a negotiation with foreigners, he sometimes replied that the matter would be submitted to his Politburo for examination. The diplomats did not take these words at face value, assuming – rightly so – that the final decision would be Stalin’s. But this does not mean that there was not really a Politburo that he consulted, a team of colleagues with whom he collaborated. This team—consisting of about a dozen people at any one time, always men—emerged in the 1920s, fought opposition groups led by Leon Trotsky and Grigory Zinoviev after Lenin’s death, and remained united for three decades, which is striking: like a phoenix, he managed to avoid threats as dangerous as the Great Purges, the paranoia of the last years of Stalin and the hazards of the post-Stalinist transition. Thirty years of union, in politics, is a very long period, even in political climates less lethal than those of the Stalinist Soviet Union. The team was dismantled for good in 1957, when one of its members (Nikita Khrushchev) became the new boss and got rid of all the others.
The team, the regime and the country were in danger during the Second World War, with a year and a half of almost uninterrupted defeats and withdrawals, until the situation was reversed, in the winter of 1942-1943. What should have been years of triumph, after winning the war, turned out to be years of risk for the various members of the team. In the post-Stalin transition, the team was quick to eliminate one of its members, Beria, because of his apparent ambition and disdain for collective rule, as well as fear: he was believed to have compromising data on the others. . Otherwise, the team remained more or less intact until 1957, when Khrushchev showed such ambition and lack of genuine collegiality that the others took steps to contain him.
Stalin lost on the question of toponymy. In 1961, Stalingrad was renamed Volgograd, and the same fate befell Stálino in the Ukraine (today Donetsk) and the Tajik capital of Stalinabad (today Dushanbe). In Putin’s Russia there is still controversy over whether Volgograd should revert to its former name to emphasize its heroic past as the site of the World War II battle of Stalingrad. Stalin’s name is not in danger of disappearing from Russian consciousness. But the names of the other members of the team, except perhaps Molotov and Voroshilov, will probably be forgotten with the next generation.

In the beginning was the Lenin team. Vladimir Ilyich Lenin was the captain, as he had been since 1903, when the Russian Marxist revolutionaries split into two groups, Bolsheviks and Mensheviks. Lenin’s faction adopted the name Bolsheviks, or majority group, calling their opposition a «minority» (Mensheviks). But the reality was different: the Bolsheviks were less numerous than the Mensheviks and it was Lenin – the most intransigent and least conciliatory of the party leaders – who caused the division. Discussions about the Bolshevik captaincy were not allowed: whoever did not want to submit to Lenin had to go elsewhere. Lenin and many other revolutionaries took refuge in Europe in the years before the First World War, fleeing from the Tsarist secret police; in his team were other émigrés such as Grigory Zinoviev and the young Nikolai Bukharin who were bold enough to argue with Lenin about the theory of imperialism and state capitalism.
Lenin’s annoyance had to do with the disagreement on the question of nationalities, the only subject on which Stalin claimed to be a leading expert. The newly formed Soviet Union included territories in the Caucasus—the future republics of Georgia, Armenia, and Azerbaijan—that had already been part of the old Russian empire and were incorporated into the revolutionary state with varying degrees of voluntariness. The most reticent had been Georgia; in the early 1920s the question of whether it should retain its status as an autonomous republic or join a Transcaucasian Federation was a burning one. Stalin was the main defender of the Federation; Lenin supported it, but without ignoring, like Stalin, the uneasiness of the Georgian Bolsheviks who opposed the idea. When the news came that Sergo Ordzhonikidze, Stalin’s ally in the region, had attacked one of the local opponents, Lenin was furious. He was as if, with the disease, he had returned to the codes of honor and decorum of his respectable provincial upbringing back in the 1880s.
Lenin was not alone in worrying about the possible death of revolutionary democracy. Of course, all Bolsheviks advocated centralized control by a single party, but they were accustomed to a remarkable degree of independence whereby the party welcomed a multitude of opinions; in practice, this also translated into considerable local autonomy. The Bolshevik Party was used to making revolution, but now that it was in power, it had to change its modus operandi. The process was called ‘bureaucratization’ and all the Bolshevik leaders claimed to be against such a change and blamed each other for its occurrence.

Stalin and his team did not seem wild about Soviet politics. Stalin and Molotov adopted a public style that one historian has rightly described as «militant restraint»: tough, but not as strident as that employed by their opponents. They usually let others—Zinoviev and Kamenev in the fight against Trotsky, Rykov and Bukharin in the later confrontation with Zinoviev and Kamenev—wield the ax more violently. Without a doubt, it was a calculated tactic; but with her they won many admirers in the match. Nikita Khrushchev, who met Stalin as a young Ukrainian delegate to party congresses in Moscow in the mid-1920s, was impressed by his commitment to party unity and the relative tolerance with which he dealt with his opponents. , preferable, in his opinion, to the strident polemic with which the Opposition handled itself; he believed that Stalin possessed a ‘democratic spirit’.
Soviet leaders warned the population to prepare for a new military intervention by the capitalist powers, who were eager to finish the job they had started during the civil war. It is not clear that they themselves believed it literally, but there is no doubt that they were extraordinarily nervous, in particular Voroshilov, the Defense Minister, who kept warning his colleagues that the armed forces did not have funding was due and disaster awaited «if our [foreign] enemies discover» the army’s dire condition. Stalin, ever mindful of security, worried that enemies might actually receive such information, because the Politburo had many leaks.
Exiling Trotsky was not easy at all. Stalin understood that he had betrayed the party, but in the eyes of Europe, Trotsky personified the communist threat, so Germany, Trotsky’s preferred destination, refused to take him in. Turkey was chosen as a last resort. On February 11, 1929, Trotsky crossed the Soviet border on his way to Istanbul and left his homeland forever. He had treated him mercilessly, even though he had not opted for Menzhinsky’s extreme proposal: his execution as a traitor. As Molotov explained to an admirer much later, Trotsky could not be killed in 1929, as it would have tarnished the party’s reputation.

In the early 1920s, much of the team’s social life took place in the Kremlin, where former revolutionaries, with their wives and children, drifted in and out of each family’s modest apartments. It wasn’t much different from the days of yore, of shared flats or cots spread out wherever there was a bed or a bare floor. The Molotovs were an exception to this custom; sometimes the wives of the others made scathing comments about Polina’s bourgeois tastes. Later, dachas were added as the center of the team’s social life, in particular Stalin’s in Zubalovo, which was not far from the Mikoyan, Voroshilov and Svanidze dachas (Aliosha Svanidze was Stalin’s brother-in-law by his first marriage). Stalin welcomed the company, both for himself and for his children, Vasili (Vasia) and Svetlana.

There was «something magnificent and courageous in the political idea of a general purge»; it was a «universal historical mission,» before which individual guilt or innocence was trivial. The comment comes from none other than Bukharin, about to become one of the victims of the Great Purges. Perhaps he really didn’t see it that way—after all, he said so in one of his many pleas to Stalin—but that he thought Stalin and the team saw it that way is relevant in itself. Judging by this letter, Bukharin was not sure whether it was (or Stalin understood it to be) a pre-emptive strike against an impending war, or a «democratic» initiative that would help ordinary people get rid of the charges. unworthy publics (however eminent they might be).
We will never have a definitive answer to the question of what the Great Purges were intended to accomplish. What can be asserted with a minimum of certainty is that, to the extent that there was a firm political intention, that intention was Stalin’s. The team went after it, Molotov at least with some conviction, but its members were not the original cause, but the perpetrators (and potential victims). They lived through it in fear, like the rest of the Soviet political elite. However, as in the case of collectivization, there was also a certain amount of admiration for Stalin’s audacity. Who else would have dared to launch something so colossal, dramatic and risky? Molotov was right when he, looking back, he stated that only Stalin. For the team, the Great Purges were the most recent episode in the history of the party’s battles, which had begun with revolution and civil war and continued with collectivization. They belonged to a revolutionary party and the characteristic of revolutionaries was to fight against their enemies. In this case, the enemies were inside the party, and not just outside; but this, too, had clear precedents: Stalin’s team had spent almost ten years fighting internal factions.
It was characteristic of Stalin’s modus operandi to move leading figures to a new job before arresting them, presumably in order to place them among strangers, in an unknown context. Chubar’s new post entailed a radical demotion: directing the construction of an industrial complex for the production of cellulose in the Urals. From there he called Stalin crying and defending his innocence. Khrushchev, who happened to be in Stalin’s office at that hour and was a friend of Chubar, was comforted to hear Stalin express himself with warmth and sympathy: Chubar will get away, Khrushchev thought. But he was arrested the next day.

On May 3, 1939, he summoned Litvinov to the Kremlin, who was reproached that his collective security measures were not achieving the desired results. It was a heated discussion, and Molotov is said to have yelled at him: «You think we’re all fools!» Zhdanov and Beria were also highly critical of Litvinov’s chosen methods. As a result of all this, late at night a telegram was sent to all the ambassadors, informing them that Litvínov was handing over his post to Molotov, who would combine him with the head of government. This marked a crucial shift in the international position of the Kremlin. Litvinov had tried to put together an Anglo-French alliance against Germany, and now, that hope lost, Stalin and his team were ready to try the alternative.

The Bureau of the Presidium of the Central Committee, chaired by Malenkov, met twice on March 2, at noon and at 8 p.m., in the usual place: Stalin’s office in the Kremlin. The only point of the day was Stalin’s health. On March 3 they met again twice, and this time they discussed the press releases and the convening of a Central Committee plenary session. Molotov and Mikoyan, like Voroshilov and Kaganovich (but not Andreyev), fully rejoined the team and attended all the meetings. On the night of March 4-5, the group had turned to the truly crucial issue: who would be part of the new government (without Stalin) and how it would be organized. There were proposals from Beria and Malenkov, according to Molotov’s recollection, all very well prepared and following the most correct procedures.
The matter of Stalin’s legacy had to be faced in public. Although the amnesty approved by Beria in 1953 did not cover political prisoners, in 1954 they began to be released individually from the Gulag. The victims—most often the wives and children of relevant victims—began to return, asking certain members of the team to help them with political rehabilitation and to provide them with apartments in Moscow. Natalia Rýkov, exiled as soon as she finished university, after the arrest of her father, was one of them: she returned to Moscow in 1956. Her mother had died in prison. Voroshilov and Molotov turned a deaf ear to her pleas, but Mikoyan found her a room in a shared apartment. Years later, when he happened to meet Molotov and Polina on the subway, he greeted Polina without exchanging a word with Molotov. Johnny (John-Reed) Svanidze also returned…
Former exiles and prisoners returned with horrifying stories of their experience. Some returned as crusaders, willing to go public with their story of Stalinist repression. The two who had the greatest impact on the team were Olga Shatunóvskaya and Aleksei Snégov, two «Old Bolsheviks» who had had a good relationship with various members of the team. They were arrested in the Great Purges and spent almost twenty years in the Gulag.

Signs of combat at the top always provoked negative comments at the bottom, and besides, Khrushchev was not particularly popular in the country. To intellectuals, he was rude; resentment abounded among the popular strata over the highly publicized foreign trips and receptions for foreign visitors («organizing banquets with the people’s money»), and some feared that he aspired to dictatorship. Thus, the expulsion of the Anti-Party Group was not received with enthusiasm. There was a rare accolade in an anonymous Pravda letter, extolling the action as settling accounts with the Philosemites, as should have been done long ago.
In the underground world of popular opinion, illegally expressed in leaflets and graffiti, the reaction was singularly negative and often laced with intense anger at elite privilege, reflecting disappointment that the economic improvement being promised did not seem to arrive. Now that they had joined the brotherhood of the victims, the fallen leaders—not necessarily popular themselves—had taken on an aura of martyrdom among the disaffected. «Molotov and Malenkov are lifelong party people; they have done a lot for the people; now they have squashed them like cockroaches.” Malenkov just wanted the people to be able to live decently. “It seems that Molotov and the others have been fired for caring about the town.
It was not yet clear, either in public opinion or among the party elite, whether this was a definitive political victory. After all, the losers were still party members in government jobs (like Malenkov in 1955) and might fight again. Seen with more perspective, however, it seems that we are facing the end of an era.
This group had survived Stalin for more than four years and had achieved a successful transition that, in the winter of 1952-1953, very few expected would happen. But now, after operating for an astonishingly long period of nearly thirty years, the team’s days were over.

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