El Libro De Los Anhelos — Sue Monk Kidd / The Book of Longings by Sue Monk Kidd

Soy Ana. Fui la esposa de Jesús, hijo de José de Nazaret. Yo a él lo llamaba Amado, y él, entre risas, me llamaba Truenecillo. Decía que dentro de mí se oía un estruendo cuando estaba dormida, un sonido como el de un trueno que llegara desde muy lejos, pasado el valle de Nahal Zipori o incluso desde mucho más allá del Jordán. No dudo de que él oyese algo. Durante toda mi vida, en mis entrañas habitó la llama de un anhelo que surgía en forma de nocturnos para gemir y entonar su canto durante toda la noche. De entre las bondades de mi esposo, la que más adoraba yo era que inclinase su corazón sobre el mío en nuestro fino camastro de paja y se quedara escuchando. Lo que él oía era mi vida, que imploraba nacer.
Hasta ese momento, yo me consideraba simplemente rara: una alteración de la naturaleza. Una desviación. Una maldición. Hacía mucho tiempo que sabía leer y escribir, y poseía la inusual capacidad para componer historias con las palabras, para descifrar lenguas y textos, para captar significados ocultos, para tener en la cabeza unas ideas enfrentadas sin que supusiera el menor conflicto.

Lee esto por pura curiosidad. Lo terminé con decepción. En primer lugar, Sue Monk Kidd escribe maravillosamente. El lenguaje figurativo es vívido y original. Es un placer leer una frase que ha escrito. Sin embargo, para un libro que fue «bien investigado», estaba descontento por algunas de las inexactitudes flagrantes. Doy la bienvenida a la corrección o conversación si se ofrece. No soy un aficionado a la historia ni un experto bíblico, pero creo que conozco el Nuevo Testamento lo suficientemente bien como para estar molesto por algunas de las inexactitudes. A menos que lo haya leído incorrectamente, ella dio a entender que Jesús fue asesinado a la edad de 30 años. Tenía 33. ¡Juan el Bautista y Jesús eran primos! Mary conocía bien a la madre de John, sin embargo, en el libro no hay indicios de ello y al principio lo tratan como un extraño para todos. Otros han mencionado que incluso el uso del nombre Jesús es una ligera inexactitud ya que esa es la versión GRIEGA de su nombre.
Además, nunca se dijo descaradamente, pero tuve la abrumadora sensación a lo largo del libro de que Ana misma no creía en la divinidad de su esposo. Me doy cuenta de que este es un libro escrito sobre el Jesús humano, pero en última instancia tiene fallas en el sentido de que si vas a escribir un libro sobre su esposa… ¿no sería ella también creyente? Siento que no puedes abordar esta historia de manera creíble sin que su propia esposa sea realmente una discípula. En cambio, parece ser más una discípula de Sophia e Isis. Ahora, no estoy diciendo que una mujer necesita seguir a su esposo y estar de acuerdo con su esposo en todas las cosas. Tampoco digo que no crea en una Diosa que también influye en nuestras vidas. Sin embargo, para esta historia… se sintió extremadamente fuera de lugar.
Además, me doy cuenta de que se suponía que este era un libro sobre ella. Sobre la mujer que fue la esposa de Cristo. Sin embargo, ella estuvo ausente durante la totalidad de su ministerio. Ella estuvo ausente por los milagros, los sermones, las enseñanzas… ¡la resurrección! Siento que esto es una falla en la escritura. Es casi como si se estuviera acobardando por asumir el desafío de cómo Su esposa REALMENTE se habría sentido, respondido y actuado mientras todo eso estaba sucediendo. Es una evasión. Al final, ella pasa tiempo con María, Marta y Lázaro, pero evita siquiera MENCIONAR que Lázaro fue resucitado de entre los muertos.
Si bien era un tema atrevido y una idea para asumir y formar una historia… creo que el libro no cumplió con la tarea. Como dije antes, me decepcionó mucho.
PD Parte de mi revisión definitivamente puede verse como «subjetiva».
Mucha investigación histórica, política, cultural y religiosa entró en la escritura de esta historia. El arte de escribir de Sue Monk Kidd realmente brilla en su desarrollo de personajes (incluso varios menores), así como en su escritura altamente descriptiva. Su «Nota del autor», leída por la propia Kidd, continúa explicando su razonamiento vacilante de elegir la posibilidad de que Jesús tuviera una esposa y cómo habría sido esta mujer; sin embargo, la mayor parte de esta historia se centra en el pensamiento independiente de Ana y su amor por escribir para dar voz a las mujeres.
Algunos problemas quisquillosos que he incluido:
1. ¿Por qué tanta gente tiene que sufrir para mantener a Ana a salvo?
2. ¿Por qué Ana tiene que ser engañosa con Jesús, a pesar de que Él no ha sido más que bondadoso con ella, incluso salvándole la vida?
3. ¿Por qué se da una razón débil para explicar por qué Ana no ayuda a preparar el cuerpo de su propio esposo para el entierro? Ya que ella siempre deja en claro que ella es Su esposa, ¡esto hubiera sido muy esperado de ella!
La verdadera «tarjeta de dibujo», que creo que atrajo a la mayoría de los lectores, es que el personaje principal, Ana, fue escrito como la esposa de Jesús. Tenía muchas ganas de amar esta historia, pero personalmente, me resultó difícil entender esta premisa general, especialmente porque una gran cantidad de investigaciones apuntan al hecho de que Jesús no se casó hasta el momento de Su muerte. Si se pudiera mencionar a María Magdalena al menos cinco veces en los Evangelios, ¡usted pensaría que la esposa de Jesús obtendría una mención de honor! Esta habría sido una buena ficción histórica, pero si era tan imperativo escribir esta historia durante la época de la antigua Palestina, entonces mantener a Ana como la hermana de Judas habría sido más aceptable, en mi opinión.

Mi madre creía que era culpa de Lilit, un demonio femenino con las garras de un búho y las alas de un ave carroñera que iba en busca de recién nacidos a los que matar o, en mi caso, a los que corromper con tendencias contranaturales. Vine al mundo durante un violento aguacero de invierno. Las ancianas que asistían a los partos se negaron a salir de su casa por mucho que mi padre, hombre de posición elevada, hubiera enviado a buscarlas. Mi angustiada madre se sentó en su silla de parto sin nadie que le aliviara los dolores ni nadie que nos protegiese de Lilit con las oraciones y amuletos correspondientes, así que recayó en su criada Sipra la tarea de bañarme en vino, agua, sal y aceite de oliva, envolverme en unas bandas de paño y acomodarme en una cuna donde Lilit me encontraría.
Las historias de mis padres se abrieron paso hasta la carne de mi carne y el hueso de mis huesos. No se me había ocurrido que mis capacidades hubieran sido intencionadas, que Dios quisiera concederme aquellas bendiciones a mí. A Ana, una muchacha de tempestuosos rizos negros y los ojos del color de los nubarrones de tormenta.

Maldije el mundo que Dios había creado. ¿Acaso no se le podía haber ocurrido algo mejor que esto? Maldije a mis padres por comerciar conmigo sin tener en cuenta mis sentimientos, y a Natanael de Jananías por su displicencia, por su aire despectivo, ese gorro violeta tan ridículo: ¿qué trataba de compensar al ponerse aquella protuberancia tan altísima? Maldije al rabí Ben Sira, cuyas palabras aleteaban por las sinagogas de Galilea como si las llevasen los ángeles: para el padre, «una hija será su ruina. Vale más maldad de varón que bondad de mujer».
El día en que mi madre anunció que la ceremonia de mis esponsales tendría lugar treinta días más tarde, cosí treinta esquirlas de marfil en un paño de tela de color azul claro. Desde entonces, cada día quitaba una. Ahora, sola en la azotea de la casa, tenía los ojos clavados en el paño con la frialdad en el ánimo que me generaba la escasa cantidad de esquirlas restantes. Ocho.
Era la hora del crepúsculo. La hosquedad no era algo que surgiera en mí de forma natural —la ira, sí; la pasión y la testarudez, siempre—, pero allí sentada, tuve un fuerte sentimiento de pérdida. Había regresado un par de veces a casa de Tabita, pero me habían negado la entrada. Aquel mismo día, mi madre me había informado de que habían enviado a mi amiga a vivir con unos parientes en la aldea de Yafia, al sur de Nazaret. Estaba segura de que jamás volvería a verla.
Me daba miedo no volver a ver tampoco a Jesús. Lo único que veía era la espalda de Dios.

Me asombraba que la sublevación de Judas no hubiese tenido hasta la fecha ninguna consecuencia aparente para mi padre. De todas formas, ahora se me ocurría que el tetrarca lo atacaría sin previo aviso, en un momento en que pudiera causar la mayor de las humillaciones. El semblante de mi madre estaba tenso de preocupación, y podía ver que ella pensaba lo mismo.

El día en que entré en la casa de Jesús, su familia formaba una piña silenciosa de pie en el patio mientras observaba cómo Lavi guiaba la carreta que nos llevaba a mi tía y a mí con nuestras pertenencias a través de la cancela. Eran cuatro: otros dos hombres además de Jesús y dos mujeres, una de las cuales apoyaba la mano sobre un vientre de embarazada apenas perceptible.

Entramos en Jerusalén a través del templo, por la Puerta Dorada, cruzamos el atrio de los gentiles y nos lanzamos a las estrechas y tortuosas calles abarrotadas de peregrinos por la Pascua. Miré hacia el oeste y atisbé la torre de Mariamna. El humo del altar del templo formaba un dosel fino y mustio que quedaba suspendido en lo alto, teñido del repugnante olor de las entrañas quemadas de los animales. No veía nada.
Fuimos abriéndonos paso entre el gentío en la ciudad alta con una lentitud insoportable. «Vamos. Vamos. ¡Vamos!». Una sensación desesperada y ansiosa me azotaba en el pecho.
—¡Allí! —exclamé—. Allí está la torre. —Sobresalía en la esquina del palacio de Herodes y se alzaba en el hedor y la humareda neblinosa.
Doblamos una esquina, otra después, y nos topamos de bruces con una muchedumbre que formaba unas filas a ambos lados de la calle y en los tejados sobre esta. Me pregunté si nos habríamos tropezado con alguna lapidación. Busqué a alguna pobre mujer acusada de adulterio o de robo que estuviese agachada y sola en medio de la calle: yo conocía bien ese terror. Sin embargo, aquel gentío no parecía enardecido de ira. Tenían un aspecto aturdido y consternado, poseídos por un silencio contranatural. No sabía qué estaba sucediendo, ni tampoco tenía tiempo para preguntarlo. Me abrí paso entre ellos a empujones hacia la calle, decidida a llegar al palacio y obtener noticias sobre Jesús.

—Estoy aquí, Amado. Camino detrás de ti —le dije a voces en arameo.
El centurión se retorció en la silla para girarse y me miró, pero no dijo nada.
La mayor parte de los espectadores había apretado el paso por delante de nosotros hacia la Puerta Geneth que conducía al Gólgota, demasiado impaciente como para esperar al hombre que avanzaba con pasos tan lentos y agónicos, uno detrás de otro. Eché un vistazo a mi espalda y vi que los pocos que quedábamos caminando con él éramos mujeres. ¿Dónde estaban aquellos discípulos suyos? ¿Los pescadores? ¿Los hombres? ¿Acaso éramos nosotras, las mujeres, las únicas con un corazón del tamaño suficiente como para contener semejante angustia?
De repente, un grupito de mujeres se unió a mí, dos a mi derecha, dos a mi izquierda. Una me cogió de la mano y la apretó. Me sorprendí al ver que era mi suegra. Tenía el rostro humedecido y el semblante hecho añicos.
—Ana, ay, Ana —me dijo.
A su lado, María, la hermana de Lázaro, ladeó la cabeza hacia mí y me lanzó una mirada de apoyo.
A mi otro lado, una mujer me rodeó la cintura con la mano y me dio un abrazo.
Un soldado estaba clavando una placa de madera de pino sobre la cabeza de Jesús y se divertía con ello.
—¿Qué dice? —preguntó María de Magdala.
—Jesús de Nazaret, rey de los judíos —leí. Estaba escrito en hebreo, en arameo y en latín, no fuera a ser que la burla se le escapara a alguien.
Una voz se alzó a nuestra espalda:
—¡Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo!
—A otros ha salvado… ¿y no se puede salvar él? —exclamó otra voz.
Salomé rodeó con el brazo la cintura de María y atrajo a su madre a su lado.
—Que Dios se lo lleve rápido —dijo.
«Y ¿dónde está Dios?», me daban ganas de gritar. ¿No se suponía que debía implantar su reino ahora? Y la gente, ¿por qué no iniciaba una revuelta tal y como se esperaba Judas? En cambio, se mofaban de Jesús.
—¡Si eres el Mesías, baja de la cruz y sálvate a ti mismo! —vociferó un hombre.

A media tarde, veintidós meses, una semana y un día después de la muerte de Jesús, el estruendo de la lluvia sobre el tejado de la biblioteca me despertó de una cabezada extraña e involuntaria. Sentía la cabeza colmada y confusa, como si la tuviese rellena de montones de lana recién esquilada. Levanté la mejilla del escritorio y miré a mi alrededor: ¿dónde estaba? Cayo, el mismo que en tiempos me ayudó a meterme en un ataúd y clavó la tapa, había construido no hacía mucho una segunda sala en la biblioteca para que pudiese disponer de un scriptorium y de un espacio para los cubículos que contuviesen los rollos manuscritos de la colección, pero en aquellos primeros y confusos segundos del despertar, no reconocí mis nuevos alrededores. Sentí una brizna de pánico dentro de mí, y acto seguido, por supuesto, recuperé la orientación y supe dónde estaba.
Meto la mano en mi bolso y saco el retrato de momia que encargué hace ya tantos años, como un regalo para Jesús con la intención de que conservara mi recuerdo. Lo observamos las tres durante unos instantes: mi rostro pintado sobre una tabla de madera de tilo. Me lo llevé a Galilea para dárselo, pero llegué demasiado tarde. Siempre lamentaré aquella tardanza.
Envuelvo el retrato en el último resto del manto de Jesús y lo deslizo en la tinaja pensando maravillada en cómo el recuerdo de mi esposo se ha conservado tres décadas después de su muerte. A lo largo de estos últimos años, Lavi me ha traído algunas noticias desde Alejandría sobre los seguidores de Jesús, que no desaparecieron después de su muerte, sino que aumentaron en número.

El sol se desliza para abandonar el cielo y se eleva su luz en un dorado oscuro. Miro muy lejos, en la distancia, y canto:
—Soy Ana. Fui la esposa de Jesús de Nazaret. Soy una voz.

I am Ana. I was the wife of Jesus, son of Joseph of Nazareth. I called him Amado, and he, between laughs, called me Little Thunder. He said that there was a rumble inside me when I was asleep, a sound like thunder coming from far away, past the Nahal Zipori valley or even from far beyond the Jordan. I don’t doubt that he heard something. Throughout my life, in my guts lived the flame of a longing that arose in the form of nocturnal to moan and sing his song throughout the night. Of my husband’s kindnesses, the one I adored the most was that he leaned his heart over mine on our thin straw bed and listened. What he heard was my life, which begged to be born.
Until then, I considered myself simply weird: an alteration of nature. A deviation. A curse. He had been literate for a long time, and he had the unusual ability to compose stories with words, to decipher languages and texts, to grasp hidden meanings, to hold conflicting ideas in his head without the slightest conflict.

Read this out of genuine curiosity. Finished it with disappointment. First off, Sue Monk Kidd writes beautifully. Figurative language is vivid and original. It’s a delight to read a sentence she has written. However, for a book that was “well researched” I was disgruntled by some of the blatant inaccuracies. I welcome correction or conversation if it’s offered. I’m no history buff or biblical expert, but I believe I know the New Testament well enough to be annoyed at some of the inaccuracies. Unless I read it incorrectly – she implied that Jesus was killed at the age of 30. He was 33. John the Baptist and Jesus were cousins! Mary knew John’s mother well, yet in the book there is no indication of such and he’s initially treated as a stranger to all. Others have mentioned, even the use of the name Jesus is a slight inaccuracy as that is the GREEK version of his name.
Furthermore, it was never blatantly said, but I had this overwhelming sense throughout the book that Ana herself did not believe in her husband’s divinity. I realize this is a book written about the human Jesus, but that’s ultimately flawed in that if you’re going to write a book about his wife…would she not too be a believer? I feel that you can’t believably broach this story without his own wife truly being a disciple. Instead she’s seems to be more a disciple of Sophia and Isis. Now, I’m not saying a woman needs to follow her husband and agree with her husband in all things. I feel my independence strongly. Nor am I saying that I don’t believe in a Goddess who also influences our lives. However, for this story…it felt extremely off the mark.
Also, I realize this was suppose to be a book about her. About the woman who was the wife of Christ. Yet, she was absent for the entirety of his ministry. She was absent for the miracles, the sermons, the teachings…the resurrection! I feel that this is a fault in the writing. It’s almost as if it is COWERING from taking on the challenge of how His wife would REALLY have felt, responded and acted as all of that was going on. It’s a cop-out. At the end, she spends time with Mary, Martha, and Lazarus, yet it shys away from even MENTIONING Lazarus being brought back from the dead.
While it was a daring topic and idea to take on and form into a story…I think the book fell gravely short of the task. As I said before, I was very disappointed.
P.S. Some of my review can definitely be seen as “subjective”.
Much historical, political, cultural and religious research went into the writing of this story. Sue Monk Kidd’s writing craft really shines in her development of characters (even several minor ones) as well as her highly descriptive writing. Her «Author’s Note», read by Kidd herself, goes on to explain her hesitant reasoning of choosing the possibility of Jesus having a wife and what this woman would have been like; however, the majority of this story focuses on Ana’s independent thinking and her love of writing to give women a Voice.
Some nit-picky issues I have included:
1. Why do so many people have to suffer to keep Ana safe?
2. Why does Ana have to be deceitful to Jesus, even though He has been nothing but kind to her, even saving her life?
3. Why is a weak reason given to explain why Ana doesn’t assist in preparing her own husband’s body for burial? Since she always makes it clear that she is His wife, this would have been highly expected of her!
The real «drawing card», which I believe pulled in most readers, is that the main character, Ana, was written as the wife of Jesus. I really wanted to love this story, but personally, I found it hard to wrap my head around this overall premise, especially since copious amounts of research point to the fact that Jesus was unmarried up until the time of His death. If Mary Magdalene could be mentioned at least five times in the Gospels, you would think Jesus’s wife would get an honorable mention! This would have been a fine historical fiction, but if it was so imperative to write this story during the time of ancient Palestine, then keeping Ana as Judas’s sister would have been more palatable, in my opinion.

My mother believed it was Lilith’s fault, a female demon with the claws of an owl and the wings of a scavenger, searching for newborns to kill or, in my case, corrupt with unnatural tendencies. She came into the world during a violent winter downpour. The old women who attended the births refused to leave their house no matter how much my father, a man of high position, had sent for them. My distraught mother sat in her delivery chair with no one to ease her pain and no one to protect us from Lilith with prayers and amulets, so it fell to her maid Sipra to bathe me in wine, water, salt, and oil. olive oil, wrap me in cloth bands and accommodate me in a cradle where Lilith would find me.
The stories of my parents found their way into the flesh of my flesh and the bone of my bones. It hadn’t occurred to me that my abilities had been intentional, that God wanted to grant those blessings to me. To Ana, a girl with stormy black curls and eyes the color of storm clouds.

She cursed the world that God had created. Couldn’t he have come up with something better than this? I cursed my parents for trading with me without taking my feelings into account, and Natanael de Jananias for his indifference, for his contemptuous air, that ridiculous violet cap: what was he trying to compensate for by putting on that towering protuberance? I cursed Rabbi Ben Sira, whose words fluttered through the synagogues of Galilee as if carried by angels: for the father, “a daughter will be his ruin. She is worth more the evil of a man than the goodness of a woman».
On the day my mother announced that my betrothal ceremony would take place thirty days later, I sewed thirty shards of ivory into a pale blue cloth. Since then, every day he removed one. Now, alone on the roof of the house, she had her eyes fixed on the cloth with the coldness in my mood generated by the small number of remaining shards. Eight.
It was the hour of twilight. Sullenness was not something that came naturally to me—anger, yes; passion and stubbornness, always—but sitting there, I felt a strong sense of loss. I had returned to Tabita’s house a couple of times, but they had denied me entry. Earlier that day, my mother had informed me that my friend had been sent to live with relatives in the village of Yafia, south of Nazareth. She was sure that she would never see her again.
I was afraid that I would not see Jesus again either. All she saw was the back of God.

She amazed me that the Judas uprising had so far had no apparent consequences for my father. In any case, it now occurred to me that the tetrarch would attack him without warning, at a time when he could cause the greatest humiliation. My mother’s face was tight with concern, and I could see that she was thinking the same thing.

The day I walked into Jesus’ house, his family stood in a silent huddle on the patio as they watched Lavi guide the cart that carried my aunt and me with our belongings through the gate. There were four of them: two other men besides Jesus and two women, one of whom rested her hand on a barely perceptible pregnant belly.

We enter Jerusalem through the temple, through the Golden Gate, through the Court of the Gentiles and into the narrow winding streets packed with Passover pilgrims. I looked to the west and glimpsed the tower of Mariamna. The smoke from the temple altar formed a thin, musty canopy that hung overhead, tinged with the revolting odor of burned animal entrails. I did not see anything.
city with excruciating slowness. «Let’s go. Let’s go. Let’s go!». A desperate and anxious feeling whipped through my chest.
-Over there! I exclaimed. There is the tower. It jutted out from the corner of Herod’s palace and towered over the stench and misty smoke.
We turned one corner, then another, and ran headlong into a crowd that formed lines on both sides of the street and on the rooftops above it. I wondered if we had stumbled upon any stoning. I looked for some poor woman accused of adultery or theft who was crouched and alone in the middle of the street: I knew that terror well. However, this crowd did not seem inflamed with anger. They looked dazed and dismayed, possessed by an unnatural silence. He didn’t know what was going on, nor did he have time to ask. I pushed through them and out into the street, determined to get to the palace and get news about Jesus.

«I’m here, Beloved.» I walk behind you,” I called out to him in Aramaic.
The centurion twisted in his chair to turn around and looked at me, but he didn’t say anything.
Most of the spectators had hurried ahead of us toward the Geneth Gate that led to Golgotha, too impatient to wait for the man who advanced with such slow, agonized steps, one after another. I glanced behind me and saw that the few of us left walking with him were women. Where were those disciples of his? Fishermen? The men? Were we women the only ones with a heart big enough to contain such anguish?
Suddenly a small group of women joined me, two to my right, two to my left. One took my hand and squeezed it. I was surprised to see that she was my mother-in-law. Her face was damp and her countenance shattered.
«Ana, oh, Ana,» she told me.
Beside her, María, Lázaro’s sister, cocked her head at me and gave me a look of support.
On my other side, a woman put her hand around my waist and gave me a hug.
A soldier was nailing a pine wood plate to Jesus’ head and amused himself with it.
-What does it say? Mary of Magdala asked.
«Jesus of Nazareth, King of the Jews,» I read. It was written in Hebrew, Aramaic, and Latin, lest the mockery escape anyone.
A voice rose behind us:
«If you are the king of the Jews, save yourself!»
«He has saved others… and can’t he save himself?» another voice exclaimed.
Salome put her arm around Maria’s waist and pulled her mother to her side.
«God take him quickly,» she said.
«And where is God?» I wanted to scream. Wasn’t he supposed to implant his kingdom now? And the people, why didn’t they start a revolt as Judas expected? Instead, they mocked Jesus.
«If you are the Messiah, come down from the cross and save yourself!» a man yelled.

In the middle of the afternoon, twenty-two months, a week and a day after the death of Jesus, the sound of rain on the roof of the library woke me up from a strange and involuntary nod. His head felt full and confused, as if it were stuffed with mounds of freshly sheared wool. I raised my cheek from the desk and looked around: where was I? Gaius, the same one who once helped me into a coffin and nailed the lid down, had not long ago built a second room in the library so that he could have a scriptorium and a space for the cubicles containing the manuscript scrolls. the collection, but in those first confused seconds of waking, I didn’t recognize my new surroundings. I felt a wisp of panic inside me, and then, of course, I regained my bearings and knew where he was.
I reach into my bag and pull out the mummy portrait I commissioned all those years ago, as a gift to Jesus to keep my memory. The three of us look at it for a few moments: my face painted on a plank of lime wood. I took it to Galilee to give it to him, but I arrived too late. I will always regret that delay.
I wrap the portrait in the last remnant of Jesus’ cloak and slide it into the jar, marveling at how the memory of my husband has been preserved three decades after his death. Over the last few years, Lavi has brought me some news from Alexandria about the followers of Jesus, who did not disappear after his death, but increased in number.

The sun slips out of the sky and its light rises in dark gold. I look far away, into the distance, and I sing:
—I’m Ana. I was the wife of Jesus of Nazareth. I am a voice.

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