Alce Negro Habla: Historia De Un Sioux — John G. Neihardt / Black Elk Speaks: Being the Life Story of a Holy Man of the Oglala Sioux by John G. Neihardt

Un gran testimonio de una época no demasiado lejana en el tiempo. el testimonio de primera mano de un indio de la nación Sioux protagonista y testigo de la historia no oficial. Muy interesante y recomendable.
Abuelo, Gran Espíritu, mírame una vez más en la tierra e inclínate para escuchar mi débil voz. Tú viviste primero, y eres más viejo que toda necesidad, más viejo que toda oración. Todas las cosas te pertenecen: los bípedos, los cuadrúpedos, las alas del aire y todas las cosas verdes que viven. Has puesto los poderes de los cuatro cuartos para que se crucen entre sí. El buen camino y el camino de las dificultades has hecho cruzar; y por donde pasan el lugar es santo. Día tras día, para siempre, eres la vida de las cosas.
Por eso estoy enviando una voz Gran Espíritu, mi Abuelo, sin olvidar nada que hayas hecho, las estrellas del universo y las hierbas de la tierra.
Tú me dijiste, cuando aún era joven y podía esperar, que en la dificultad enviara una voz cuatro veces, una por cada cuarto de la tierra, y me escucharías.
Hoy envío una voz para un pueblo desesperado.
Me has dado una pipa sagrada, ya través de ella debo hacer mi ofrenda. Lo ves ahora.
Desde occidente me has dado la copa de agua viva y el arco sagrado, el poder de hacer vida y de destruir. Me has dado un viento sagrado y una hierba de donde vive el gigante blanco — el poder de limpieza y curación. La estrella del alba y la flauta, las has dado desde el oriente; y del sur, el aro sagrado de la nación y el árbol que había de florecer. Al centro del mundo me has llevado y me has mostrado la bondad y la belleza y la extrañeza de la tierra verde, la única madre — y allí las formas espirituales de las cosas, como deben ser, me las has mostrado a mí y He visto. En el centro de este aro sagrado has dicho que debo hacer florecer el árbol.
Con lágrimas corriendo, oh Gran Espíritu, Gran Espíritu, mi Abuelo, con lágrimas corriendo debo decir ahora que el árbol nunca ha florecido. Un anciano lamentable, me ves aquí, y me he alejado y no he hecho nada. Aquí en el centro del mundo, donde me llevaste cuando era joven y me enseñaste; aquí, viejo, estoy de pie, y el árbol está seco, ¡abuelo, mi abuelo!
Nuevamente, y tal vez la última vez en esta tierra, recuerdo la gran visión que me enviaste. Puede ser que alguna pequeña raíz del árbol sagrado aún viva. Nútrelo entonces, para que pueda echar hojas y florecer y llenarse de pájaros cantores. Escúchame, pero no por mí, sino por mi pueblo; Soy viejo. ¡Escúchame para que puedan volver una vez más al aro sagrado y encontrar el buen camino rojo, el árbol protector!
En el dolor estoy enviando una voz débil, Oh Seis Poderes del Mundo. Escúchame en mi dolor, porque es posible que nunca vuelva a llamar. ¡Oh, haz que mi gente viva!» -Black Elk, en Harney Peak.
El libro es una pieza fascinante de la historia. Es la historia de vida de un hombre santo nativo americano llamado Black Elk, contada en 1931 a un poeta de Nebraska. Black Elk relata su juventud a mediados del siglo XIX, cuando las batallas y masacres llevaron a los sioux y otras tribus a áreas de tierra cada vez más pequeñas. Los colonos rompieron repetidamente los tratados hechos con el gobierno estadounidense para que la tierra pudiera ser explotada para obtener oro u otros recursos. Por lo tanto, es una triste historia de cómo la forma de vida de los nativos americanos fue brutalmente reprimida, al mismo tiempo que proporciona información sobre las actividades religiosas y sociales antes y durante esta represión. Black Elk explica en detalle las visiones que tuvo de la recuperación de su pueblo. Es este aspecto en el que se centra la edición que leí en la propaganda y la introducción. No me sorprendió saber que el libro era popular en la década de 1960, cuando la espiritualidad indígena era de particular interés. Como lector bastante prosaico, me interesaba más como historia, en particular sobre cómo Black Elk y su gente interactuaban con su entorno. Nunca antes había leído un relato de mediados del siglo XIX contado desde la perspectiva de los nativos americanos, y contrasta notablemente con la narrativa del crecimiento económico y el cambio tecnológico que domina las historias de este período. Una narrativa autobiográfica llamativa y amena.

La primera vez que fui a hablar con Alce Negro sobre los sioux oglalas lo encontré sentado, solo, bajo un techo hecho de ramas de pino cerca de su cabaña situada en una colina pelada a unos tres kilómetros al oeste de la oficina postal de Manderson.
Me habían dicho que Alce Negro era familia del gran jefe Caballo Loco y que lo había conocido íntimamente; así que fui a verle, acompañado de mi hijo y de un intérprete, sin más esperanza que la de conversar un rato con quien había conocido, en profundidad, a tan insigne personaje. No estaba muy seguro ni siquiera de poder llegar a hablar con él, pues, de camino, el intérprete me dijo que había llevado esa misma mañana allí a una escritora sin ningún tipo de éxito.
Cuando conocí a Alce Negro estaba ya casi ciego. Ahora la ceguera es total, hecho del cual me informó sin darle apenas importancia y sin ningún sentimiento aparente de tristeza. ¿Pensará acaso que así se ha liberado ya «de la oscuridad de los ojos» y está un poco más cerca del mundo real de sus visiones?.
Alce Negro es analfabeto, pero los lectores más atentos me concederán que no por ello es un hombre menos educado en el sentido más vital del término, un sentido que parece ir perdiéndose en esta época excesivamente progresista. Pues ¿cómo podríamos describir a un hombre educado, aparte de decir que en su conciencia la experiencia racial ha sido recapitulada hasta lograr construir una personalidad apabullante? Y sin duda en Alce Negro podemos hallar la cultura de un pueblo en todo su esplendor.
Las conversaciones empezaban cada día después del desayuno, y se prolongaban con frecuencia hasta altas horas de la noche. Había de vez en cuando breves intervalos de descanso, cuando el anciano, sin decir nada o sin excusarse por ello, se tumbaba en el suelo, reposaba la cabeza sobre el
brazo y se dormía de modo casi instantáneo. Unos pocos minutos después se despertaba, visiblemente repuesto de la fatiga, y proseguía su relato como si no lo hubiera interrumpido. Casi siempre estaban presentes algunos «pelos largos» amigos de Alce Negro, algunos mucho mayores que él y, si se terciaba, colaboraban en la narración con sus propios recuerdos.

Soy lakota del grupo oglala. El nombre de mi padre fue Alce Negro, y su padre lo llevó antes que él, y el padre de su padre, de modo que soy el cuarto que se llama así. Era hechicero, como varios de sus hermanos. Él y el padre del gran Caballo Loco fueron primos, porque tuvieron al mismo abuelo. El nombre de mi madre era Vaca Blanca Ve; su padre se llamaba Niégate-a-Ir, y su madre, Muchas Plumas de Águila. Recuerdo a los dos. Los pawnees mataron al padre de mi padre cuando yo era demasiado pequeño como para entenderlo, y su madre, Mujer Águila Roja, falleció poco después.
Nací en la Luna de los Árboles Crujientes (diciembre) junto al río Little Powder, durante el Invierno…
Los chiquillos jugábamos a la guerra después de una gran cacería. Nos alejábamos un poco de la aldea, construíamos tipis de hierba y simulábamos que aquel era nuestro campamento y que éramos enemigos de nuestro pueblo. Teníamos un consejero. Y cuando oscurecía, nos ordenaba que fuésemos a robar una porción de la carne seca de los mayores. Nos tendía un palo del que teníamos que morder. Si lo que arrancábamos era mucho, teníamos que conseguir un buen pedazo de carne; si no, la porción que teníamos que robar era menor. Después nos dirigíamos reptando al lugar de los mayores. Cuando regresábamos sin que nos pillasen, celebrábamos un festín estupendo y bailábamos, y hablábamos de peleas y contábamos nuestras hazañas
como los guerreros. En cierta ocasión recuerdo que, al no poder contar proeza alguna, me arrastré hasta un árbol inclinado, contiguo a un tipi, de las ramas del cual colgaba carne. Me atraía una lengua de bisonte que se reflejaba a la luz de la luna. Trepé hasta arriba, pero, cuando estaba a punto de cogerla, el dueño del tipi chilló.
Durante el verano siguiente, contando yo once años (1874), tuvimos noticia de que se avecinaban nuevos problemas. Nuestra partida había estado acampada junto al Split-Toe Creek, en las Black Hills, y desde allí nos trasladamos hacia el Spring Creek y después al Rapid Creek donde se desborda en la pradera. Aquella tarde, justo antes de la puesta del sol, se alzó en el oeste un nubarrón tormentoso, y poco antes de que el viento embistiese, enjambres de golondrinas de cola hendida volaron sobre nosotros. Parecían formar parte de mi visión y suscitaron en mí una sensación extraña. Los chiquillos intentaron apedrear a las golondrinas y me apenó que lo hicieran, pero no pude decírselo. Cogí una piedra y fingí que iba a arrojarla, pero no lo hice. Las golondrinas me parecían sagradas. Nadie acertó sobre ninguna y cuando reflexioné comprendí que era imposible que lo lograsen.

Yo tenía catorce años de edad. La comida abundaba y los muchachos podíamos jugar sin temor. Los soldados nos miraban, y a veces mi padre y mi madre hablaban de aquellos de los nuestros que se habían ido a la Tierra de la Gran Madre con Toro Sentado y Agalla, y ansiaban estar allí con ellos. Habíamos acampado cerca de la agencia de Nube Roja, que estaba cerca de
la Ciudad de los Soldados. Lo que ocurrió aquel verano no es una leyenda.
El padre y la madre de Caballo Loco trajeron su cadáver a nuestro campamento en un carro. Lo metieron en una caja, y me dijeron que tuvieron que cortarlo en dos porque la caja no era bastante larga. La colocaron en una narria y se fueron solos hacia el este y el norte. Vi a los dos ancianos yendo solos con el cadáver de su hijo. Nadie los siguió. Se fueron solos, y aún puedo verlos, marchándose. El caballo que tiraba de la narria era rucio. El padre de Caballo Loco montaba un bayo cara blanca con las patas traseras blancas. Su madre iba en una yegua parda a la que acompañaba un potrillo bayo.
Aquellos ancianos jamás revelaron el lugar al que llevaron el cuerpo de su hijo. Nadie sabe hoy dónde reposa, pues sus padres también murieron. Mucho se ha hablado de dónde está, y algunos dicen que saben dónde es, aunque no quieran decirlo, y muchos otros creen que está en algún paraje situado junto al Bear Creek, en las Badlands.

Había desaparecido el miedo que me había dominado durante tanto tiempo, y cuando las nubes tormentosas aparecían me alegraba de verlas, porque era como si los parientes vinieran a visitarme. Todo se me antojaba bueno, hermoso y amable.
Antes de que nada de esto ocurriera, los chamanes apenas me hablaban, pero ahora se me acercaban porque les interesaba charlar conmigo de mi visión.
Desde entonces en adelante madrugué para ver cómo despuntaba el lucero del alba. La gente sabía que lo hacía, y muchos se levantaban para acompañarme, y cuando salía, exclamábamos:
—¡He aquí la estrella del entendimiento!.

Una vez en Pine Ridge comprobé que todo estaba como había visto desde la nube. Los lakotas se habían reunido, porque era la fecha del tratado (1889) por el cual los wasichus adquirieron otra parte de nuestra tierra, la que había entre los ríos Smoky Earth (el White) y Good (el Cheyenne). Yo había estado ausente unos tres años y no supe nada de aquellas tonterías hasta entonces.
El tipi de mi madre se hallaba exactamente en el lugar en que lo había visto desde la nube, y había otras personas acampadas en el mismo lugar en que las había visto.
Mis padres se alegraron de verme y mi madre lloró a causa de su felicidad. Yo también lloré. Se suponía que ya era todo un hombretón, pero las lágrimas brotaron igualmente. Mi madre me contó que había soñado una noche que yo regresaba en una nube, pero que no podía quedarme. Así que yo también le conté lo de mi visión.
Medité mucho sobre la visión. Las seis aldeas parecían designar a los Seis Antepasados que yo había contemplado, mucho tiempo atrás, en el Tipi del Arco Iris en Llamas; había ido a la sexta, que era la del Sexto Antepasado, el Espíritu de la Tierra, pues yo había de representarle en el mundo. Me preguntaba si el Wanekia sería el hombre rojo de mi gran visión, el que se convirtió en bisonte y después en la hierba de los cuatro rayos, la hierba del lucero del alba del entendimiento. Supuse que los doce hombres y las doce mujeres serían las lunas del año.

Hermanos, es este un invierno muy cruel. Las mujeres y los niños mueren de hambre y de frío. Si estuviéramos en verano, os recomendaría combatir hasta el final. Pero no podemos. Tenemos que pensar en las mujeres y los niños, en los males que sufren. Así pues, debemos aceptar la paz. Yo me comprometo a que los soldados no maltraten a nadie.
Todos estuvimos de acuerdo, porque tenía razón. Levantamos el campamento al día siguiente y bajamos desde el O-ona-gazhee a Pine Ridge, donde ya había muchísimos lakotas. Y también muchísimos soldados. Formaban dos líneas con los fusiles sostenidos verticalmente delante de ellos,
mientras pasábamos hacia nuestro campamento. Y así acabó todo.
No supe entonces hasta qué punto todo había concluido. Si vuelvo la vista atrás desde las cumbres de mi edad ya anciana, aún puedo ver mujeres y niños masacrados, amontonados o esparcidos a lo largo de aquella cañada retorcida, con tanta claridad como los vi con mis propios ojos cuando era joven. Y veo asimismo que algo más murió en el barro ensangrentado y quedó enterrado durante la ventisca. Allí murió el sueño de un pueblo. Era un sueño hermoso.
Y yo, a quien tan gran visión se concedió en la juventud…, ya me ves ahora como un viejo digno de compasión que nada hizo, pues el aro de la nación se rompió y se ha disgregado. Ya no hay centro alguno y el árbol sagrado ha muerto.

A great testimony of a time not too distant in time. the first-hand testimony of an Indian of the Sioux Nation protagonist and witness of unofficial history. Very interesting and recommended.
Grandfather, Great Spirit, once more behold me on earth and lean to hear my feeble voice. You lived first, and you are older than all need, older than all prayer. All things belong to you — the two-leggeds, the four-leggeds, the wings of the air and all green things that live. You have set the powers of the four quarters to cross each other. The good road and the road of difficulties you have made to cross; and where they cross the place is holy. Day in and day out, forever, you are the life of things.
Therefore I am sending a voice Great Spirit, my Grandfather, forgetting nothing you have made, the stars of the universe and the grasses of the earth.
You have said to me, when I was still young and could hope, that in difficulty I should send a voice four times, once for each quarter of the earth, and you would hear me.
Today I send a voice for a people in despair.
You have given me a sacred pipe, and through this I should make my offering. You see it now.
From the west you have given me the cup of living water and the sacred bow, the power to make life and to destroy. You have given me a sacred wind and and an herb from where the white giant lives — the cleansing power and the healing. The daybreak star and the pipe, you have given from the east; and from the south, the nation’s sacred hoop and the tree that was to bloom. To the centre of the world you have taken me and showed the goodness and the beauty and the strangeness of the greening earth, the only mother — and there the spirit shapes of things, as they should be, you have shown to me and I have seen. At the centre of this sacred hoop you have said that I should make the tree to bloom.
With tears running, O Great Spirit, Great Spirit, my Grandfather, with tears running I must say now that the tree has never bloomed. A pitiful old man, you see me here, and I have fallen away and have done nothing. Here at the centre of the world, where you took me when I was young and taught me; here, old, I stand, and the tree is withered, Grandfather, my Grandfather!
Again, and maybe the last time on this earth, I recall the great vision you sent me. It may be that some little root of the sacred tree still lives. Nourish it then, that it may leaf and bloom and fill with singing birds. Hear me, but not for myself, but for my people; I am old. Hear me that they may once more go back to the sacred hoop and find the good red road, the shielding tree!
In sorrow I am sending a feeble voice, O Six Powers of the World. Hear me in my sorrow, for I may never call again. O mkae my people live!» -Black Elk, at Harney Peak.
The book is a fascinating piece of history. It is the life story of a Native American holy man named Black Elk, as told in 1931 to a Nebraskan poet. Black Elk recounts his youth during the mid-19th century, when battles and massacres drove the Sioux and other tribes into smaller and smaller areas of land. Treaties made with the American government were repeatedly broken by settlers so that land could be exploited for gold or other resources. It is thus a sad story of how the Native American way of life was brutally repressed, while also providing insight into religious and social activities before and during this repression. Black Elk explains in detail the visions he had of his people’s recovery. It is this aspect that the edition I read focuses on in the blurb and introduction. It did not surprise me to learn that the book was popular in the 1960s, when indigenous spirituality was of particular interest. As a rather prosaic reader, I was most interested in it as history, in particular of how Black Elk and his people interacted with their environment. I hadn’t read an account of the mid-19th century told from a Native American perspective before, and it makes a striking contrast to the narrative of economic growth and technological change that dominates histories of this period. A striking and readable autobiographical narrative.

The first time I went to talk to Black Elk about the Oglala Sioux, I found him sitting alone under a roof made of pine boughs near his cabin on a bare hill about two miles west of the Manderson post office.
I had been told that Black Elk was related to the great chief Crazy Horse and that he had known him intimately; so I went to see him, accompanied by my son and an interpreter, with no other hope than to talk for a while with the person he had known, in depth, such a distinguished character. I wasn’t sure I would even get to talk to him, because on the way, the interpreter told me that he had taken a writer there that same morning without any success.
When I met Black Elk he was almost blind. Now the blindness is total, a fact of which he informed me lightly and without any apparent feeling of sadness. Does he think that he has already freed himself «from the darkness of the eyes» and is a little closer to the real world of his visions?
Black Elk is illiterate, but the most attentive readers will grant me that he is not for that reason a less educated man in the most vital sense of the term, a sense that seems to be losing in this excessively progressive age. For how can we describe an educated man, other than to say that in his consciousness the racial experience has been recapitulated into an overwhelming personality? And without a doubt in Elce Negro we can find the culture of a people in all its splendor.
The conversations began each day after breakfast, and often lasted until late at night. There were now and then brief intervals of rest, when the old man, without saying anything or apologizing for it, lay down on the floor, resting his head on the
arm around him and fell asleep almost instantly. A few minutes later he woke up, visibly recovered from the fatigue, and he continued his story as if he hadn’t interrupted. Almost always there were some «long hairs» friends of Black Elk, some much older than him, and, if necessary, they collaborated in the narration with their own memories.

I am a Lakota of the Oglala group. My father’s name was Black Elk, and his father took it before him, and his father’s father, so I’m the fourth named Black Elk. He was a sorcerer, like several of his brothers. He and the father of the great Crazy Horse were cousins, because they had the same grandfather. My mother’s name was Vaca Blanca Ve; her father was called Refuse-to-Go, and her mother, Many Eagle Feathers. I remember both of them. The Pawnee killed my father’s father when I was too young to understand, and his mother, Red Eagle Woman, died soon after.
I was born on the Crackling Trees Moon (December) by the Little Powder River, during Winter…
We kids used to play war after a big hunt. We would move a little away from the village, build tipis of grass and pretend that this was our camp and that we were enemies of our people. We had a counselor. And when it got dark, he ordered us to go and steal a portion of the dried meat of the elders. He held out a stick for us to bite on. If what we started was a lot, we had to get a good piece of meat; if not, the portion we had to steal was less. Then we headed crawling to the place of the elders. When we got back without being caught, we would have a wonderful feast and dance and talk about fights and tell of our deeds.
like the warriors. On a certain occasion I remember that, not being able to count any feat, I crawled to a leaning tree, next to a tipi, from the branches of which hung meat. I was drawn to a bison tongue reflecting in the moonlight. I climbed to the top, but as I was about to grab it, the owner of the tipi yelled.
During the following summer, when I was eleven years old (1874), we received word that new trouble was brewing. Our party had been camped by Split-Toe Creek in the Black Hills, and from there we moved down to Spring Creek and then to Rapid Creek where it overflows into the prairie. That afternoon, just before sunset, a thundercloud rose in the west, and just before the wind picked up, swarms of cloven-tailed swallows flew over us. They seemed to be part of my vision and gave me a strange feeling. The boys tried to stone the swallows and I was sorry they did, but I couldn’t tell them. I picked up a stone and pretended I was going to throw it, but I didn’t. Swallows seemed sacred to me. No one was right about any of them and when I thought about it I realized that it was impossible for them to succeed.

I was fourteen years old. Food was plentiful and we boys could play without fear. The soldiers watched us, and sometimes my father and mother spoke of those of us who had gone to the Land of the Great Mother with Sitting Bull and Gall, and longed to be there with them. We had camped near the Red Cloud agency, which was close to
the City of Soldiers. What happened that summer is not a legend.
Crazy Horse’s father and mother brought his body to our camp in a cart. They put it in a box, and told me they had to cut it in two because the box wasn’t long enough. They placed her in a narria and went alone to the east and north. I saw the two old men going alone with the body of their son. Nobody followed them. They left by themselves, and I can still see them, leaving. The horse that pulled the nose was gray. Crazy Horse’s father rode a white-faced bay with white hind legs. His mother was on a brown mare accompanied by a bay foal.
Those elders never revealed the place where they took the body of their son. Nobody knows today where he rests, because his parents also died. Much has been said about where it is, and some say they know where it is, even if they don’t want to say it, and many others believe it is somewhere along Bear Creek in the Badlands.

The fear that had dominated me for so long had disappeared, and when the storm clouds appeared I was glad to see them, because it was as if relatives came to visit me. Everything seemed good, beautiful and kind.
Before any of this happened, the shamans barely spoke to me, but now they approached me because they were interested in chatting with me about my vision.
From then on I got up early to see how the morning star would rise. The people knew that I was doing it, and many got up to accompany me, and when I left, we exclaimed:
«Here is the star of understanding!»

Once at Pine Ridge I found that everything was as I had seen it from the cloud. The Lakotas had come together, because it was the date of the treaty (1889) by which the Wasichus acquired another part of our land, the one between the Smoky Earth (the White) and the Good (the Cheyenne) rivers. I had been away for about three years and didn’t know anything about this nonsense until then.
My mother’s tipi was exactly where I had seen it from the cloud, and there were other people camped in the same place I had seen them.
My parents were happy to see me and my mother cried because of her happiness. I cried too. She was supposed to be a big man by now, but the tears welled up anyway. My mother told me that she had dreamed one night that I came back on a cloud, but that she couldn’t stay. So I also told him about my vision.
I thought a lot about the vision. The six villages seemed to designate the Six Ancestors that I had contemplated, long ago, in the Tipi of the Rainbow in Flames; I had gone to the sixth, which was that of the Sixth Ancestor, the Spirit of the Earth, since I was to represent him in the world. I wondered if the Wanekia was the red man of my great vision, the one who became a bison and then the grass of the four rays, the grass of the morning star of understanding. I assumed that the twelve men and twelve women would be the moons of the year.

Brothers, this is a very cruel winter. Women and children die of hunger and cold. If we were in summer, I would recommend you fight until the end. But we can not. We have to think about women and children, about the ills they suffer. So we must accept peace. I promise that the soldiers will not mistreat anyone.
We all agreed, because he was right. We broke camp the next day and came down from the O-ona-gazhee to Pine Ridge, where there were already a great many Lakota. And also many soldiers. They formed two lines with their rifles held vertically in front of them,
as we passed towards our camp. And so it all ended.
I did not know then to what extent everything had concluded. If I look back from the heights of my old age, I can still see women and children butchered, heaped, or scattered along that twisted ravine as clearly as I saw them with my own eyes when I was young. And I also see that something else died in the bloody mud and was buried during the blizzard. There the dream of a people died. It was a beautiful dream.
And I, to whom such a great vision was granted in youth…, you see me now as an old man worthy of compassion who did nothing, because the ring of the nation was broken and has disintegrated. There is no longer any center and the sacred tree has died.

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