No Puedo Más: Cómo Se Convirtieron Los Millenials En La Generación Quemada — Anne Helen Petersen / Can’t Even: How Millennials Became the Burnout Generation by Anne Helen Petersen

«Los millennials no tienen la menor opción». Este fue el título de un artículo de Annie Lowrey, publicado tras varias semanas de cuarentena a raíz de la expansión generalizada de la COVID-19, en el que detallaba la gran cantidad de formas en que la generación de los millennials está realmente jodida. «Los millennials accedieron al mercado laboral durante la peor recesión desde la Gran Depresión —escribía—. Cargados de deudas, incapaces de acumular riqueza y atrapados en trabajos sin futuro y con bajas prestaciones, nunca han obtenido la seguridad económica de la que disfrutaron sus padres, sus abuelos o incluso sus hermanos mayores». Y ahora, justo cuando deberían estar alcanzando sus «años de mayores ingresos», se enfrentan a un «cataclismo económico más grave que la Gran Recesión, lo que casi garantiza que serán la primera generación en la historia moderna de Estados Unidos que terminará siendo más pobre que sus padres».
Durante décadas, la precariedad ha sido una forma de vida para millones de personas y comunidades en Estados Unidos y en todo el mundo. Vivir en la pobreza, o como un refugiado, es estar supeditado a ello. La cuestión es que este no fue el relato que nos vendieron a los millennials —sobre todo a los blancos y de clase media— con respecto a nosotros mismos. Al igual que las generaciones que nos precedieron, fuimos criados en una dieta de meritocracia y excepcionalismo: la idea de que cada uno de nosotros rebosaba potencial y que para activarlo solo necesitábamos trabajar duro y a conciencia. Si nos esforzábamos, fuera cual fuera nuestra situación actual en la vida, encontraríamos estabilidad.
Mucho antes de la expansión de la COVID-19, los millennials empezaron a asumir lo vacío que era en realidad este relato, lo profundamente fantasioso y deprimente que resultaba.

Está escrito por una estadounidense, con los datos y cultura de allí. No es un relato, son datos contados como si fuera un artículo de un dominical. Da muchas pistas de cómo los millenials (descendientes de los boomers) estamos quemados, cómo está todo monetizado y el tiempo de ocio no se aprovecha. Lo cierto es que la perspectiva es muy EEUU donde no hay Seguridad Social, pensiones ni casi sindicatos en las empresas. Aún así, todo es perfectamente extrapolable a Europa y hay claros ejemplos de que vamos por el mismo camino.
Los millennials se graduaron en medio de una recesión. Ingresaron a la fuerza laboral contra el ruido de fondo constante de los boomers que se jactaban de su propia mentalidad de arranque «git-r-done» que elidía cualquier tipo de reconocimiento de cuán diferentes eran los salarios frente al costo de vida para su generación. Los millennials son un producto de estilos de crianza helicóptero alimentados por la noción de «crear currículos» y vidas llenas de actividades extracurriculares que podrían poner brillo en futuras solicitudes universitarias. Esa mentalidad de «universidad a toda costa» ha dejado a muchos con una deuda agobiante junto con una mentalidad ansiosa de adicto al trabajo. Ahora solo están tratando de ganarse la vida a duras penas a pesar del aumento de los trabajadores subcontratados, los consultores bien pagados que recortan trabajos y salarios, la economía de trabajos temporales, el capitalismo desenfrenado y, para que no lo olvidemos, «saludar con la mano» todo esto.
Y aún así son descartados como la «generación más perezosa». Vale Boomer.
Los problemas aquí no son exclusivos de los Millennials: el trabajo SE HA vuelto más horrible, las redes sociales han creado una sensación de FOMO omnipresente al convertir las comidas, las vacaciones y las experiencias en un trabajo curatorial consciente de sí mismo. Nos vende la idea de que «si trabajas lo suficiente», el éxito te encontrará mientras nos quemamos hasta convertirnos en pequeñas protuberancias. Y no es nada que no hayamos escuchado antes, desde artículos de opinión eruditos hasta tomas calientes de Twitter y una gran cantidad de memes de Internet. Y, lamentablemente, no hay mucho en el camino de las soluciones aquí, más una sensación de consuelo en ser visto mientras se aboga, al más puro estilo millennial, por una vaga acción política.
Si bien el libro no me sorprendió, Anne Helen Petersen todavía tiene uno de los mejores boletines informativos con Culture Study. Semanalmente piensa en todo lo que toca en el libro, así como en la cultura de los hermanos, las reuniones hasta la muerte, la carga mental de ser «la mamá» y el trabajo invisible de las familias mientras todos luchan con la nueva realidad de la FMH (y eso es solo en el último mes).

Antes de que el término «millennial» quedara definitivamente vinculado a nuestra generación, otras denominaciones habían competido por colgar una etiqueta a los millones de personas que habían nacido después de la generación X. Cada una de ellas nos da una idea de cómo se nos definía en la imaginación popular: estaba la «generación Yo», que se refería sin ambages a lo que se percibía como egocentrismo puro y duro, y se hablaba también de «eco boomers», una referencia al hecho de que la inmensa mayoría de nuestros padres eran miembros de la más numerosa (y más influyente) generación que ha existido en la historia de Estados Unidos.
El nombre «millennial» —y gran parte de la ansiedad que aún lo envuelve— apareció a mediados de la primera década de 2000, cuando una primera oleada de nosotros accedíamos al mercado laboral. Nos sermoneaban diciendo que nuestras expectativas eran demasiado altas y nuestra ética de trabajo, demasiado baja. Habíamos llevado una vida muy protegida y éramos unos ingenuos, no se nos había inculcado una educación sobre el funcionamiento real del mundo. Estas concepciones se han ido consolidando alrededor de nuestra generación, sin prestar apenas atención a nuestro modo de afrontar y capear la Gran Recesión, a las deudas estudiantiles que soportamos y a lo inaccesibles que se han vuelto muchas de las metas de la vida adulta.
En realidad, los millennials son la peor pesadilla de los boomers porque, en muchos casos, fuimos en el pasado el sueño de sus mejores intenciones. Y cuando se habla de boomers y millennials, con frecuencia desaparece esta conexión: el hecho de que los boomers sean, en muchos sentidos, responsables de nosotros, tanto de una forma literal (como padres, profesores e instructores) como figurada (como creadores de las ideologías y el entorno económico que acabarían moldeándonos).
Durante años, los millennials y los integrantes de la generación X se han irritado ante las críticas de los boomers, pero poco podían hacer al respecto. Los boomers nos superaban con creces en número y nos tenían rodeados: nuestros padres eran boomers, así como muchos de nuestros jefes, profesores y superiores en el lugar de trabajo.

No todos los boomers eran yuppies —ni mucho menos—, pero la forma de actuar de estos últimos nos da una perspectiva de las inquietudes más generales de la clase media de la generación del baby boom. Fueron tomando forma a lo largo de los años setenta, se propagaron en los años ochenta y se hicieron omnipresentes en los noventa. En ocasiones se culpa del fin de la prosperidad al «gran gobierno» y a una mala comprensión de la competencia mundial. Se agudizaba durante pequeñas recesiones económicas, y las «recuperaciones» ofrecían tan solo un ligero alivio. Algunos boomers lograron aferrarse al estatus de clase de sus padres, mientras que otros se integraron en lo que llegaría a conocerse como «la clase media en retroceso», también llamada clase media trabajadora, cuyos empleos y seguridad de clase se habían puesto en peligro y, luego, en muchos casos, fueron completamente destruidos. Pero, para esta generación, la cuestión que al mismo tiempo los estimulaba y enervaba seguía siendo la misma: ¿dónde ha ido a parar nuestra seguridad y por qué no podemos recuperarla?…

Los millennials, han interiorizado la necesidad de encontrar un trabajo que se corresponda con las expectativas de sus padres (estable, con un salario decente e identificable como un «buen empleo»), que resulte impresionante de cara a sus compañeros (en una empresa «guay») y que cumpla con lo que se les ha vendido como el objetivo último de toda esa optimización en la infancia: dedicarse a algo que les apasione, lo que de una forma natural les conducirá a obtener «mejores resultados en la vida».
Para los millennials, Facebook moldeó (y echó a perder) gran parte de nuestra vida social cuando éramos adolescentes o teníamos veintipocos años. Pero en nuestros días la mayoría de los millennials que conozco han dejado de usarlo. Facebook es tóxico, Facebook es político, y es muy difícil ignorar el modo en que la empresa ha explotado nuestra información personal. La mayoría de mis amigos millennials han empezado a utilizarlo exclusivamente por los grupos: privados, públicos y secretos, orientados como pódcasts, aficiones o debates sobre temas de interés.
Un porcentaje de millennials jóvenes todavía usa Snapchat; Twitter continúa siendo la elección obligada para muchos escritores, académicos y empollones; Pinterest tiene sus propias atracciones psicológicas; las comunidades de Reddit tienen un tirón adictivo; LinkedIn es como Twitter, pero para gente con un máster en Administración de Empresas. Sin embargo, la plataforma de medios de comunicación sociales más abiertamente responsable del desgaste es Instagram, por ilógico que esto pudiera parecer: hace tiempo que el atractivo de Instagram estriba en ser un Facebook sin la parte dramática, una síntesis de lo que lo hacía verdaderamente interesante al principio, es decir, imágenes bonitas. Pero la producción de esas imágenes elaboradas es agotadora. Y lo mismo podría decirse para los que las miran: un scroll interminable de vidas que no solo parecen más fascinantes que la propia, sino también más equilibradas, más armadas. El feed de Instagram se convierte en una lección constante y discreta sobre cómo uno aún no ha solucionado su propia mierda.

Cada vez que los millennnials me hablaban de su relación con el ocio, me repetían lo mismo: está rota. El ocio, tradicionalmente, era el tiempo para «hacer lo que uno quisiera», las ocho horas diarias que no se dedicaban al trabajo ni al descanso. La gente desarrollaba todo tipo de intereses, desde caminar sin rumbo a construir maquetas de avión. Lo importante era que no lo hacía para sacarse más partido, para resultar más deseable, para expresar su estatus social ni para conseguir algo de dinero extra. Se hacía por placer. Y por eso resulta tan irónico que los millennials, a quienes se estereotipa como la generación que más se mira el ombligo, hayan perdido de vista qué significa hacer algo simplemente por el puro placer de hacerlo.
Nuestro ocio pocas veces resulta reconfortante o divertido, y casi nunca lo elegimos nosotros mismos.

El agotamiento envuelve nuestra relación actual con el capitalismo. Condiciona e infecta cada una de nuestras interacciones; atormenta cada decisión. Nos embota y nos aplana; nos resulta tan familiar que nos olvidamos de tenerle miedo. Solo ahora estamos empezando a ver sus efectos a largo plazo y a tomarlos seriamente en consideración. Y esto quiere decir que es hora de actuar.
No tengo una lista de medidas específicas para vosotros. Intento, en la medida de mis capacidades, mostrarlo en lugar de contarlo.
No tenemos que valorarnos a nosotros mismos y a los demás en función de la cantidad de trabajo que realizamos. No tenemos que sentirnos resentidos con nuestros padres o abuelos por haber tenido las cosas más fáciles que nosotros. No tenemos que ceder a la idea de que el racismo o el sexismo estarán siempre con nosotros. Podemos llegar a la espectacular y radical conclusión de que cada uno de nosotros es valioso por el simple hecho de ser. Podemos sentirnos mucho menos solos, mucho menos agotados, mucho más vivos. Pero darse cuenta de que la forma de llegar hasta ahí no es trabajando más conlleva un montón de esfuerzo.
Los millennials han sido denigrados y mal caracterizados, se nos ha culpado de no saber hacer frente a situaciones que nos llevan al fracaso. Pero si tenemos el aguante, las aptitudes y los medios para machacarnos trabajando hasta lo indecible, también tenemos la fuerza para pelear. Nuestros ahorros son escasos, y más aún nuestra estabilidad. Apenas podemos contener nuestra ira. Somos un montón de cenizas ardiendo, un mal recuerdo de nuestro mejor yo. Subestimadnos si queréis: nos queda muy poco que perder.

«Millennials don’t have a choice.» This was the title of an article by Annie Lowrey, published after several weeks of quarantine in the wake of the widespread spread of COVID-19, in which she detailed the myriad of ways millennials are really screwed up. «Millennials entered the job market during the worst recession since the Great Depression,» she wrote. Burdened with debt, unable to accumulate wealth, and stuck in dead-end, low-benefit jobs, they have never obtained the financial security enjoyed by their parents, grandparents, or even older siblings. And now, just as they should be reaching their «top earning years,» they are facing an «economic cataclysm more severe than the Great Recession, almost guaranteeing that they will be the first generation in modern American history to end up more poorer than his parents.
For decades, poverty has been a way of life for millions of people and communities in the United States and around the world. To live in poverty, or as a refugee, is to be subjected to it. The thing is, this wasn’t the story millennials—particularly white and middle-class people—were sold about ourselves. Like the generations that came before us, we were raised on a diet of meritocracy and exceptionalism: the idea that each of us was brimming with potential and that all we needed to do to activate it was to work hard and conscientiously. If we worked hard, whatever our current situation in life, we would find stability.
Long before the spread of COVID-19, millennials began to realize how empty this story really was, how deeply fanciful and depressing it was.

It is written by an American, with data and culture from there. It is not a story, it is data told as if it were a Sunday article. It gives many clues about how we millennials (descendants of the boomers) are burned out, how everything is monetized and leisure time is not used. The truth is that the perspective is very much the US, where there is no Social Security, pensions, and almost no unions in the companies. Even so, everything can be perfectly extrapolated to Europe and there are clear examples that we are on the same path.
Millennials graduated in the midst of a recession. They entered the workforce against the constant background noise of boomers boasting of their own «git-r-done» bootstrapping mentality that elided any sort of acknowledgement of how different wages vs cost of living was for their generation. Millennials are a product of helicopter parenting styles fuelled by the notion of «raising resumes» and packed lives filled with extracurricular activities that might put a sheen on future college applications. That «college-at-any-cost» mentality has left many with crippling debt paired with an anxious workaholic mindset. Now they’re just trying to eke out a semblance of a living in spite of the rise of contract workers, high paid consultants shaving jobs and wages, the gig economy, unchecked capitalism and, lest we forget, «waves hand» all this.
And still they’re dismissed as the «laziest generation.» OK Boomer.
The problems here are not unique to Millennials – work HAS gotten shittier, social media has created a sense of pervasive FOMO while turning meals, vacations and experiences into self-conscious, curatorial labour. We’re sold the idea of «if you just work hard enough» success will find you while burning ourselves down to tiny nubs. And it’s nothing we haven’t heard before from erudite think pieces to Twitter hot takes and an abundance of internet memes. And sadly there’s not much in the way of solutions here – more a sense of solace in being seen while advocating for, in peak millennial fashion, vague political action.
While the book didn’t knock me out, Anne Helen Petersen still has one of the best newsletters out there with Culture Study. She’s weekly thinking through everything she touches on in the book as well as bro culture, getting meeting’ed to death, the mental load of being «the Mom» and the invisible work of families as everyone struggles with the new WFH reality (and that’s just in the last month).

Before the term «millennial» was definitively linked to our generation, other denominations had competed to put a label on the millions of people who were born after generation X. Each one of them gives us an idea of how we were defined in the popular imagination: there was the «Me generation», which unequivocally referred to what was perceived as pure and simple egocentrism, and there was also talk of «eco boomers», a reference to the fact that the vast majority of our parents they were members of the largest (and most influential) generation in American history.
The name «millennial»—and much of the anxiety that still surrounds it—appeared in the mid-2000s, when a first wave of us entered the job market. They lectured us that our expectations were too high and our work ethic too low. We had led a very sheltered life and we were naive, we had not been educated about the real workings of the world. These conceptions have been consolidated around our generation, with little attention paid to our way of facing and weathering the Great Recession, to the student debts that we carry and how inaccessible many of the goals of adult life have become.
In reality, millennials are the boomers’ worst nightmare because, in many cases, we were once the dream of their best intentions. And when talking about boomers and millennials, this connection often disappears: the fact that boomers are, in many ways, responsible for us, both literally (as parents, teachers, and instructors) and figuratively (as creators of the ideologies and the economic environment that would end up shaping us).
For years, millennials and Gen Xers have bristled at criticism from boomers, but there was little they could do about it. We were vastly outnumbered and surrounded by boomers: our parents were boomers, as were many of our bosses, teachers, and superiors in the workplace.

Not all boomers were yuppies—far from it—but yuppie behavior gives us insight into broader middle-class concerns of the baby boomer generation. They took shape throughout the 1970s, spread in the 1980s, and became ubiquitous in the 1990s. The end of prosperity is sometimes blamed on «big government» and a misunderstanding of global competition. It was acute during small economic downturns, with «recoveries» offering only slight relief. Some boomers managed to hold on to the class status of their parents, while others integrated themselves into what would come to be known as «the receding middle class,» also called the working middle class, whose jobs and class security had been jeopardized and , then, in many cases, they were completely destroyed. But for this generation, the question that both stimulated and unnerved them remained the same: where has our security gone and why can’t we get it back?

Millennials have internalized the need to find a job that corresponds to the expectations of their parents (stable, with a decent salary and identifiable as a «good job»), that is impressive to their peers (in a company » cool”) and that it fulfills what they have been sold as the ultimate goal of all that optimization in childhood: to dedicate themselves to something that they are passionate about, which will naturally lead them to obtain “better results in life”.
For millennials, Facebook shaped (and spoiled) much of our social lives when we were teenagers or early 20s. But nowadays most of the millennials I know have stopped using it. Facebook is toxic, Facebook is political, and it’s very hard to ignore how the company has exploited our personal information. Most of my millennial friends have started using it exclusively for groups: private, public and secret, oriented as podcasts, hobbies or debates on topics of interest.
A percentage of young millennials still use Snapchat; Twitter continues to be the go-to choice for many writers, academics, and nerds; Pinterest has its own psychological attractions; Reddit communities have an addictive pull; LinkedIn is like Twitter, but for people with an MBA. However, the social media platform most openly responsible for attrition is Instagram, as illogical as this may seem: Instagram’s appeal has long been that it is Facebook without the drama part, a synthesis of what made it truly interesting at first, that is, pretty pictures. But producing those elaborate images is exhausting. And the same could be said for those who watch them: an endless scroll of lives that not only seem more fascinating than their own, but also more balanced, more armed. The Instagram feed becomes a constant, unobtrusive lesson in how you haven’t worked your own shit out yet.

Every time millennials talked to me about their relationship with leisure, they repeated the same thing: it’s broken. Leisure, traditionally, was the time to «do what one wants», the eight hours a day that were not dedicated to work or rest. People developed all kinds of interests, from wandering aimlessly to building model airplanes. The important thing was that he wasn’t doing it to make himself more profitable, to make himself more desirable, to express his social status, or to get some extra money. It was done for pleasure. And that’s why it’s so ironic that millennials, who are stereotyped as the most navel-gazing generation, have lost sight of what it means to do something simply for the sheer joy of doing it.
Our leisure is seldom comforting or fun, and we hardly ever choose it ourselves.

Exhaustion engulfs our current relationship with capitalism. It conditions and infects each of our interactions; haunts every decision. It dulls and flattens us; it is so familiar to us that we forget to be afraid of it. We are only now beginning to see its long-term effects and take them seriously into consideration. And this means that it is time to act.
I do not have a list of specific measures for you. I try, to the best of my ability, to show it instead of tell it.
We don’t have to value ourselves and others based on the amount of work we put in. We don’t have to resent our parents or grandparents for having things easier than us. We don’t have to give in to the idea that racism or sexism will always be with us. We can reach the spectacular and radical conclusion that each of us is valuable for the simple fact of being. We can feel much less alone, much less exhausted, much more alive. But realizing that the way to get there is not by working harder takes a lot of effort.
Millennials have been denigrated and mischaracterized, we have been blamed for not knowing how to deal with situations that lead us to failure. But if we have the stamina, the skills, and the wherewithal to grind ourselves to death, we also have the strength to fight. Our savings are meager, and even more so our stability. We can barely contain our anger. We are a burning pile of ashes, a bad memory of our best selves. Underestimate us if you want: we have very little left to lose.

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.