Abrazar El Mundo. Geopolítica: Hacía Dónde Vamos — Jorge Dezcallar / Embrace The World. Geopolitics: Where Are We Going? by Jorge Dezcallar (spanish book edition)

Estamos hoy mejor que nunca se puede constatar tomando como ejemplo datos de salud, de longevidad y de violencia en el mundo.
Si comenzamos por la salud, tras la pandemia del coronavirus, extendido con mucha rapidez por todo el mundo, una respuesta descoordinada y dispersa ha sacado a la luz pública los problemas de la falta de liderazgo internacional, de la globalización, de la división internacional del trabajo y de unas cadenas de valor vulnerables. Todo eso es cierto y volveré sobre ello más adelante con mayor detalle, porque lo que ahora interesa destacar es que, a pesar de todo y desde el punto de vista de la salud, la situación es hoy infinitamente mejor que antes en la historia.
El hecho de que ahora enfrentemos el virus del COVID-19 no quita mérito a los éxitos obtenidos hasta la fecha con otros virus, bacterias y bacilos como los de la viruela, poliomielitis, tétanos, tifus, difteria, cólera, peste y ántrax. Y aunque quede aún mucho por hacer, pues seguimos peleando con la fiebre amarilla, la fiebre hemorrágica, el ébola, el dengue, el zika y el parásito de la malaria que todavía produce cuatrocientas mil víctimas anuales, es innegable que hoy estamos mejor que antes. Lo que es inaudito es que a estas alturas aún haya descerebrados que nos avergüencen con la búsqueda «medieval» de culpables de la actual pandemia en los judíos, como han hecho en Irán y en Turquía, o que algunos gobernantes hayan ofrecido recetas igualmente irracionales para combatirlo, como beber o inyectarse lejía. O que no quieran vacunarse.

Un libro actualizado que contiene no solo un buen análisis de la situación política mundial sino que se caracteriza, fundamentalmente, por aportar vivencias personales, opiniones, puntos de vista y posibles soluciones a problemas complejos.
Recomiendo este libro a cualquiera que esté interesado en política internacional. Contiene un análisis en profundidad de países árabes y los retos que presenta el auge de China y su cada vez mayor rivalidad con Estados Unidos.
El autor, diplomático de amplia experiencia y antiguo director del CNI, nos traslada su sedimentada visión sobre el mundo actual y reflexiona sobre su previsible futuro. Son aspectos relevantes:
– La Inadaptación a los meteóricos cambios secundarios a las revoluciones demográficas, tecnológicas, de la información y de la genética.
– La pugna entre democracia y libertad individual (menguantes) frente a autoritarismo y seguridad (crecientes).
– La sustitución del individuo como valor por la importancia del grupo o la religión.
– El fin del orden geopolítico surgido de la 2ª guerra mundial.
– El intento de diferentes países por ocupar el vacío creado por el repliegue de EEUU.
– La pugna entre EEUU y China por la hegemonía mundial.
– El desplazamiento del centro de gravedad mundial al Indo-Pacífico.
– La decadencia de una Europa sin política común.
– Los conflictos locales más significativos (a los pocos días de la edición comenzó la invasión de Ucrania).
– Los problemas globales más significativos (cambio climático, desigualdad, proliferación nuclear, terrorismo, migraciones).
– Los efectos económicos y políticos del COVID.
– La necesidad de soluciones globales en un mundo interconectado.
El autor empieza presentándonos los principales retos a los que nos enfrentamos en el mundo actual que, según su opinión, derivan de las cuatro grandes revoluciones que están teniendo lugar en nuestra época: la revolución tecnológica, la revolución demográfica, la revolución genética y la revolución de la información y, por otro lado, del final de la era que nació al final de la Segunda Guerra Mundial, con un mundo dividido en dos grandes bloques: el occidental y el comunista y con unos organismos internacionales a la medida de ese mundo, pero el mundo ha cambiado mucho en estos setenta años. Los Estados Unidos de América continúan siendo la potencia dominante, pero con cada vez menos ventaja sobre China, Europa se ha debilitado en el panorama internacional y otros actores menores han ido ganando poder e influencia entre sus vecinos (India, Pakistán, Irán, Corea, México…), de forma que los equilibrios internacionales ya no son los que eran y hay países que reclaman una revisión de los organismos y de los acuerdos internaciones que refleje mejor el equilibrio actual. Según el autor, la actual crisis mundial provocada por el COVID-19 debe de ser una oportunidad para reforzar la cooperación internacional y llegar a un nuevo orden que, como el surgido tras la Segunda Guerra Mundial, nos permita otro largo periodo de relativa paz y estabilidad.
Hay dos partes del libro que me han parecido especialmente interesantes. Una es en la que nos describe los intereses y los puntos de conflicto de los principales protagonistas de la política internacional actual (los Estados Unidos de América, Rusia, China, Irán…) y la otra es en la que nos argumenta que el ordenamiento internacional actual ha de ser revisado. Por el contrario, también hay una parte que me ha decepcionado, y es en la que el autor propone que este periodo de cambios ha de afrontarse con diálogo, consenso, acuerdos, etc. Como si la política internacional no estuviera dominada por el interés y la hipocresía y como si él, con toda su experiencia, todavía no se hubiera dado cuenta de ello.

Vivimos mejor que nunca, pero no parecemos valorarlo. Estamos inquietos, tenemos miedo ante un futuro lleno de incertidumbres y el desasosiego cunde en derredor, particularmente entre las clases medias cuyo nivel de vida se ve amenazado desde diversos frentes mientras caen una tras otra las columnas que sustentaban un mundo que se creía inmutable. O que pensábamos que si un día cambiaba solo podía hacerlo a mejor. Y no es verdad. Hoy nos avergonzamos de dejar a nuestros hijos una vida ciertamente no peor que la que recibimos en posguerras cutres y hambrientas, sino que la que con mucho esfuerzo hemos logrado construirnos para nosotros.
Incluso en pleno apogeo del COVID-19, en el primer trimestre de 2020, cuando la epidemia arreciaba con mayor intensidad, no pedimos ayuda a las Naciones Unidas, a la Organización Mundial de la Salud o al Fondo Monetario Internacional, sino al Estado y a nuestro sistema nacional de salud.
En definitiva, el Estado hoy se ha quedado pequeño, no es capaz de ofrecernos el cobijo y la seguridad que nos daba en otros tiempos (en proporción a las condiciones de cada momento) y esa es una buena razón para el desasosiego que sentimos.
Las cosas no han mejorado con la llegada del COVID-19. Por un lado, la globalización ha facilitado su expansión por el mundo gracias a la facilidad que ofrece para viajar. Por otro, ha puesto de relieve nuestra vulnerabilidad ante shocks particularmente intensos, pues la epidemia se propagó con velocidad, dejando muertos en todos los continentes menos en la Antártida, no se detuvo ante los puestos fronterizos, rompió las cadenas de valor… La pandemia exigía una respuesta global y no estuvimos en condiciones de ofrecerla.
La conclusión es que objetivamente estamos mejor que nunca, pero vivimos con miedo, nos preocupa el futuro y en consecuencia nos sentimos angustiados. Y, como hemos visto, no nos faltan razones para estarlo en un mundo que cambia a gran velocidad, el avance es vertiginoso porque hemos pisado el acelerador a fondo y como resultado se tambalean pilares que se creían eternos. La culpa la tiene la confluencia en nuestras vidas de las cuatro revoluciones antes citadas: tecnológica, demográfica, genética y de la información.

La robotización creará y destruirá empleo y esto es algo que ha pasado siempre y que siempre ha provocado una preocupación muy comprensible: durante la primera Revolución industrial, allá por principios del siglo XIX, el ejército británico tuvo que intervenir entre 1811 y 1816 para sofocar la rebelión de los luditas, trabajadores que se liaron a martillazos con la primera maquinaria textil porque pensaban que los grandes telares mecanizados les iban a dejar sin trabajo.
La tecnología destruye y crea empleo, pero que, al final, acaba creando más puestos de trabajo que los que desaparecen, sin que eso quiera decir que la transición sea fácil, pues los nuevos trabajos pueden ofrecerse en otros lugares, haber un intervalo temporal desde que uno desaparece hasta que el otro nace, ofrecer distinta remuneración y exigir otra formación y otras capacidades para su desempeño. McKinsey estima que tan pronto como en 2030 un 20 por ciento de los empleos en Europa y hasta un 30 por ciento en Estados Unidos se verán afectados por la robotización. En algunos lugares ya existen tiendas sin dependientes físicos y eso significa que, por una parte, son los trabajos con menor cualificación los que antes —pero no únicamente ellos— podrán ser sustituidos por máquinas (como una cajera de supermercado) y, por otra, que vamos hacia un mundo en el que el puesto de trabajo dejará —ha dejado ya— de ser para toda la vida y en el que la formación tendrá que ser permanente.
La revolución tecnológica nos permitirá estar más informados y multiplicará nuestras oportunidades de conocimiento y comunicación, pero también estaremos más vigilados, como demuestra el hecho de que ya hay cámaras de vídeo que registran nuestras caras y nuestros movimientos por todos los sitios, en las calles, las tiendas, los aeropuertos y los parques.

La Unión Europea está preocupada con la cada vez más frecuente difusión de bulos y ha formado una pequeña unidad que inicialmente integran dieciséis personas con no excesivos medios para tratar de luchar contra esta plaga. Por algo se empieza, aunque hay que desear que sea solo el embrión de algo más potente en un futuro próximo, porque lo que hay ahora es claramente insuficiente para combatir a grupos integrados por cientos o miles de personas que en ocasiones cuentan con gobiernos que les respaldan financieramente. Por la misma razón, la Unión Europea exige un mayor control de contenidos a las grandes plataformas como Google, Facebook etc., y en octubre de 2018 les obligó a suscribir un código de conducta promovido por la comisión que les requiere informes mensuales sobre avances en su estrategia para combatir y neutralizar las informaciones falsas.
Y parece que las cosas comienzan a cambiar, aunque no es fácil conciliar el naciente control de contenidos con la libertad de expresión.
Parece que comenzamos a entrar en una nueva era de mayor control de la veracidad de lo que circula por las redes, mientras también se reaviva el debate sobre los límites de la censura y la elección de los mejores medios para la protección digital de los bienes públicos.

El caso es que el futuro de la guerra vendrá definido por la inteligencia artificial, sistemas autónomos de armas y otras tecnologías novedosas que van a cambiar los términos en los que se ha combatido hasta ahora tanto en ataque como en defensa.
El fuerte crecimiento de la población exigirá el empleo de sumas enormes en educación y también en sanidad y en pensiones porque aumentará no solo el número sino también el porcentaje de ancianos, basta pensar en Europa donde el 9 por ciento de la población tiene más de sesenta y cinco años y en 2050 ese porcentaje subirá al 19 por ciento. Y tiene finalmente enorme impacto ecológico por la destrucción del medio ambiente con ampliación de las áreas de cultivo y la construcción de megalópolis, igual que lo tiene sobre el calentamiento global al incrementar la emisión a la atmósfera de gases de efecto invernadero. Hoy ya hay «refugiados ecológicos», expulsados de su hogar por la subida de las aguas marinas que amenazan con dejarles sin tierra sobre la que poner los pies, como les ocurre a los doce mil habitantes de Tuvalu, una isla-país que solo emerge 2,5 metros sobre el nivel del mar, está en mitad del océano Pacífico y habrá desaparecido a fin de este siglo, y cuyos habitantes ya andan buscando un lugar adonde poder trasladarse. Otras islas que pueden correr igual suerte a medio plazo son Kiribati, Vanuatu, Nauru, Maldivas y Salomón.

Tres son los vectores principales que explican este cambio de ciclo: los titubeos de Estados Unidos y las oscilaciones de su política, la dificultad que experimenta Europa para reinventarse y la aparición en el escenario mundial de nuevos actores con vocación protagonista, como es el caso de China.
Lo que de verdad preocupa a Biden es el ascenso de China, y la retirada de Afganistán le ha permitido hacer un rápido giro hacia Asia. Hay consenso bipartidista en Washington sobre la amenaza que China supone para su hegemonía en el mundo. Su economía sobrepasará pronto a la norteamericana y ya pugna por la supremacía tecnológica con más de trescientos mil millones de dólares dedicados al desarrollo de la inteligencia artificial. El choque entre ambos en torno a las tecnologías 5G es conocido. Sus prácticas monetarias, comerciales y regulatorias son discutibles, sin excluir el recurso al dumping o a la piratería industrial. Su presupuesto de defensa es de doscientos cincuenta mil millones de dólares, solo un tercio del norteamericano, pero preocupa el hecho de que durante los últimos años está creciendo con rapidez, ya cuadruplica al ruso, y está invirtiendo mucho en desarrollar una armada potente, armas nucleares (ahora tiene trescientas cabezas, pero está construyendo mil silos de lanzamiento), armas hipersónicas y armas cibernéticas. También en el dominio del espacio. Por si todo esto fuera poco, amenaza con un indisimulado expansionismo hacia el mar del Sur de China y la propia república de Taiwán. Acaba de engullir a Hong Kong sin respetar los acuerdos hechos con el Reino Unido, y oprime en Xinjiang a la minoría uigur a cuyos miembros interna en «campos de reeducación» en lo que Washington ha calificado de «genocidio». Pero quizás lo más grave es que defiende un modelo alternativo de gobernanza global de corte autoritario con mucha aceptación entre países del Tercer Mundo.
China cree que Estados Unidos le es hostil, le acosa, no para de inmiscuirse en sus asuntos internos, le declara guerras comerciales e impide que ocupe el lugar que le corresponde por derecho propio en el reparto mundial de poder.

La Unión Europea es un caso de ingeniería político-institucional único y sin duda el más importante y exitoso del mundo. Un acuerdo que crea un mercado único con una unión aduanera, coordinación en las políticas e incluso, entre algunos países, un espacio sin fronteras interiores y una moneda única. Y todo ello con democracia, economía de mercado y un sistema de valores que al igual que nuestros estados de bienestar es envidiado en todo el mundo. Pero que no se hizo siguiendo una hoja de ruta con el claro objetivo de llegar adonde estamos ahora y que, como consecuencia, también tiene problemas y últimamente parece que aumentan.
Con motivo de la pandemia del COVID-19, Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea, ha escrito que Europa se enfrenta a un «encogimiento estratégico» porque al mismo tiempo que nuestra población se encoge, hace treinta años los países que hoy integran la Unión Europea representaban el 25 por ciento de la riqueza mundial y dentro de veinte años solo tendremos el 10 por ciento. Hay que reaccionar. En su opinión, la autonomía estratégica de Europa debe construirse en torno a seis pilares:

1.Reducir nuestra dependencia, no solo en el sector de la salud, sino también en el de las tecnologías del futuro, como baterías e inteligencia artificial.
2.Impedir que actores extraeuropeos tomen control de nuestras actividades estratégicas, lo que exige que sean claramente identificadas.
3.Proteger nuestras infraestructuras críticas de ciberataques.
4.Asegurar que la autonomía de nuestro proceso de toma de decisiones nunca será socavada por situar fuera de nuestras fronteras algunas actividades económicas, con la dependencia que eso crea.
5.Extender los poderes regulatorios europeos para cubrir tecnologías futuras e impedir que otros las regulen de una forma lesiva para nosotros.
6.Mostrar liderazgo en todas las áreas en las que la falta de gobernanza global destruye el sistema multilateral.

Hoy China, a lomos de un espectacular desarrollo económico, reclama una mayor participación en el reparto del poder global y un rediseño de las normas que rigen las relaciones internacionales con objeto de que sean más acordes con sus intereses y con su propia concepción autoritaria del mundo. China no se propone dominarlo, al menos no se lo propone a corto plazo porque sabe que no es posible, pero quiere ser la potencia hegemónica en Asia en una especie de adaptación a sus intereses de la Doctrina Monroe para exigir que Asia sea para los asiáticos. Que esto le preocupa a Estados Unidos no ofrece dudas y explica dos iniciativas tomadas por el presidente Biden inmediatamente después de su salida de Afganistán: la creación de AUKUS con Australia y el Reino Unido, y la resurrección de la vieja iniciativa japonesa del QUAD que incorpora a Estados Unidos con Australia, India y Japón. Ambos proyectos tratan de frenar las ambiciones marítimas de China y significativamente han dejado fuera a la Unión Europea que el Reino Unido ya había abandonado.

Los pobres no están solamente en África: en Inglaterra y Gales se estima que los ciudadanos de color tienen el doble de posibilidades de ser infectados por el virus que los blancos, y en Estados Unidos los negros y los latinos también sufren la pandemia, el desempleo, la violencia policial o la misma obesidad en mucha mayor proporción y el porcentaje de negros infectados por el COVID-19 supera en cinco veces al de los blancos. Las tensiones raciales que han seguido a la muerte de George Floyd en Minneapolis en mayo de 2020 han puesto crudamente de relieve la persistencia de una intolerable segregación racial en Estados Unidos que tiene infinitas consecuencias en educación, sanidad, nivel de ingresos, encarcelamientos, etc.

Tenemos el derecho de defendernos, pero esta defensa hay que hacerla siempre dentro de la ley y, en la medida de lo posible, cumpliendo cinco condiciones:

1.Definir con precisión las medidas que se adopten para evitar arbitrariedades y abusos.
2.Imponerlas con carácter restrictivo: solo si son absolutamente necesarias.
3.Imponerlas en el grado mínimo imprescindible.
4.Fijar límites temporales estrictos a su duración.
5.Situarlas bajo control judicial y parlamentario.

La pandemia del COVID-19 también se ha colado en este ámbito y así, al amparo de las medidas necesarias para combatir el virus, muchos países han declarado el estado de emergencia que conlleva limitaciones de derechos básicos como son el de movimiento o el de reunión al cerrar fronteras, obligar a guardar un tiempo de cuarentena, confinar a barrios enteros, usar mascarillas, restringir el ocio nocturno o cuando se rastrea telemáticamente a los infectados. Estas restricciones pueden estar justificadas porque son instrumentos poderosos que dificultan la extensión de las infecciones y pueden ser muy necesarias si se hacen con el instrumento jurídico adecuado, con proporcionalidad y con los debidos controles y supervisión, pero tienen el riesgo de que luego se mantengan más tiempo del necesario.

Una primera predicción es que el orden geopolítico surgido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial se derrumba como un castillo de naipes y delante mismo de nuestros ojos. Le tenemos que estar agradecido porque nos ha dado setenta años de paz, aunque lo haya hecho en un ambiente de confrontación y de guerra fría entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, con conflictos locales en la periferia de las respectivas zonas de influencia: Berlín y Corea en los años cuarenta y cincuenta, Cuba en los sesenta, Vietnam en los setenta. Luego vinieron Irak y Afganistán ayer y hoy mismo, pero sin que se produjera el desastre nuclear que ha sido todo este tiempo la gran pesadilla, una pesadilla de la que todavía no podemos decir que nos hemos librado totalmente.
La segunda tendencia, derivada de la anterior, es que hemos llegado al final de la hegemonía de Occidente en el mundo, una hegemonía que comenzó con la era de los descubrimientos y el colonialismo y que se afianzó con la primera Revolución industrial, la máquina de vapor, el carbón como fuente de energía barata y el dominio de las rutas marítimas. Hoy, el centro de gravedad del planeta se desplaza con rapidez hacia la cuenca del Indo-Pacífico donde ya está el 62 por ciento del PIB mundial, y el estrecho de Malaca reemplaza a lo que en el siglo XVII representó el de Gibraltar y muchos años más tarde el canal de Suez. Por eso digo que el riesgo de Europa es del «síndrome de Venecia». Entre Estados Unidos y Europa aún contamos con alrededor del 40 por ciento del PIB y del comercio mundial, pero nuestra ventaja decrece con rapidez al tiempo que envejece la población europea. En 2050, el 55 por ciento del PIB mundial lo generarán países que no son de la OCDE, y, de ese porcentaje, el 75 por ciento se producirá en Asia.
La tercera tendencia de la geopolítica actual es el paso de un mundo multilateral a otro multipolar, bastante más antipático, que acentuará la incertidumbre y la inestabilidad globales. Si el primero se basa en normas y en reglas claras de comportamiento, en la cooperación entre países, en alianzas, en la existencia de foros potentes donde tratar cuestiones de interés común y de instancias internacionales respetadas por todos para solventar las disputas que puedan surgir, el sistema multipolar no tiene ninguna de estas características. En él, los países y grupos de países compiten entre sí, las normas se discuten, son inexistentes o pierden fuerza coercitiva, se imponen con descaro los intereses nacionales egoístas, prima el proteccionismo, se levantan barreras al comercio e incluso se desencadenan guerras comerciales, no hay foros internacionales para resolver las controversias o están muy debilitados, como le ocurre hoy a la Organización Mundial del Comercio (OMC), y, en definitiva, se instaura una especie de ley de la selva donde cada uno va a lo suyo.

El nombre de «cisne negro» se le ocurrió al ensayista Nassim Taleb para referirse a acontecimientos inesperados que causan crisis profundas de duración y consecuencias impredecibles. Sobre esta base el medioambientalista, Adam Sweidan ha acuñado el término «elefante negro» que quiere ser un cruce entre un cisne negro y un elefante en la cacharrería, para referirse a un desastre que todo el mundo ve venir pero que nadie quiere enfrentar. Ambas metáforas sirven y son aplicables al COVID-19 en el sentido de que nos ha producido un problema descomunal cuyo origen es patológico y cuyas consecuencias son globales. Es, además, una crisis desconocida por lo novedosa, ante la que no hemos sabido inicialmente reaccionar, que nos ha pillado por sorpresa porque no se esperaba, y que nos ha obligado a improvisar, aunque no se pueda decir en justicia que haya sido algo que no supiésemos que podía ocurrir en cualquier momento. Porque era previsible y, de hecho, algunos nos habían advertido que en algún momento ocurriría.
François Heisbourg llama a esta pandemia «un poderoso enemigo que se comporta de acuerdo con sus propias reglas darwinianas. Tiene la habilidad de adaptarse y de cambiar de dirección», y eso hace más difícil combatirlo con eficacia porque muda y aflora variantes diferentes. Estamos ante un problema inicialmente sanitario que ha dado lugar a otro de carácter económico, que podría desembocar en graves crisis sociales… y quizás también políticas porque, de entrada, nos ha empobrecido a todos y porque no estamos solo ante un problema de salud, sino ante un problema político, porque política es la decisión de cómo salir de la pandemia, solos o unidos, con democracia o con modos autoritarios, con unos instrumentos u otros, con nacionalismo o con cooperación internacional. Todo es política, porque política es también, en definitiva, la falsa dicotomía entre salvar vidas y salvar la economía cuando, en realidad, hay que salvarlas a ambas a la vez, porque la única manera de reactivar la economía de forma sostenible es evitar rebrotes de la pandemia cuyos efectos podrían ser aún peores que la ola original, porque nos traerían los mismos problemas o mayores, quizás con mayor experiencia para combatirlos, pero con menos dinero.
COVID-19 está dando lugar a una auténtica revolución en la que científicos y laboratorios de todo el mundo han dejado atrás celos, protagonismos, cálculos egoístas y envidias para trabajar juntos y a contrarreloj en busca de la vacuna que nos librara del miedo y de la zozobra actuales. Al principio de la pandemia, un español en la cúpula de IBM, Darío Gil, puso en marcha desde su despacho en Armonk, Nueva York, y en solo cinco días, el mayor consorcio de supercomputadoras al servicio de la investigación contra el COVID-19. Sin firmar un solo papel —una muestra de envidiable flexibilidad anglosajona impensable en otras latitudes—, consiguió que los mayores ordenadores del gobierno federal, las principales empresas tecnológicas y algunas de las más prestigiosas universidades de Estados Unidos empezaran a trabajar en red con esta finalidad de servicio al bien común. La paradoja es que la lucha contra la pandemia nos exige al mismo tiempo aislamiento a los ciudadanos y cooperación a los científicos, y la realidad es que nunca antes tantos investigadores se habían concentrado en un mismo objetivo, aunque algo similar, pero a mucha menor escala, se hizo en la lucha contra el sida. La diferencia ahora es que los avances en informática, inteligencia artificial, Big Data y biomedicina permiten multiplicar la velocidad y el número de estos intercambios a unos niveles nunca antes vistos.

Quien pensara que el Estado-nación estaba muerto tiene que hacérselo mirar. Hay una contradicción evidente entre la solidaridad global y el aislamiento nacionalista. El tribalismo cateto sigue vivo y se acentúa en los momentos de peligro como el planteado por el coronavirus, dando lugar en casos extremos a lo que António Guterres ha llamado «un tsunami de odio y xenofobia» de carácter miope y cortoplacista, porque sabemos bien que nadie estará realmente a salvo mientras los demás no lo estén, y así lo reconocía ya el final de la cumbre del G-20 reunida (telemáticamente) el 26 de marzo de 2020 en Arabia Saudita al principio de la pandemia. Lo vieron claro desde el primer momento, tenían razón, y los acontecimientos posteriores solo han confirmado esta postura. Lástima que no se lograra actuar en consecuencia.
La pandemia nos brinda la oportunidad de cambiar lo que haya que cambiar, de mirar el problema a los ojos y de coger el toro por los cuernos, porque, como ha dicho Ángel Gurría, secretario general de la OCDE, «el capitalismo que promueve la concentración del ingreso, las desigualdades y la destrucción del medio ambiente ya no es viable». Si adopta ahora un rostro más humano como consecuencia del examen de conciencia al que nos ha abocado la pandemia, bienvenido sea.
El coronavirus ha llegado en mal momento para la Unión Europea. Hace solo tres años que el entonces presidente de la comisión, Jean-Claude Juncker, reconocía que Europa estaba en «una crisis existencial» que es a la vez política, económica, social y de valores. Sobre esa situación incidieron luego el Brexit, que fue un amargo despertar para los que creíamos en una Europa crecientemente integrada y unida, y luego Donald Trump…
La recesión económica que sigue al COVID-19 es una buena ocasión para lanzar un programa keynesiano de fuertes inversiones públicas creadoras de empleo a nivel global tipo «Build Back Better», como preconiza Joe Biden, al mismo tiempo que se persigue la neutralidad en emisiones para 2050 en la lucha contra el cambio climático, que es un problema infinitamente mayor que el de este virus, aunque muchos no quieran verlo. Y ya de paso podríamos aprovechar para moderar la «hiperdesregulación» de los últimos años, que tan malos resultados ha dado.
Henry Kissinger ha escrito: «El reto histórico para los líderes es gestionar la crisis mientras construyen el futuro. Su fracaso puede poner el mundo en llamas». Yo solo lo matizaría en el sentido de que deseo que ese futuro se haga sin tener que renunciar a nuestros valores y sin perder nunca la esperanza, porque lo que pase acabará dependiendo de lo que nosotros queramos hacer y seamos capaces de hacer. Hoy, con todos los medios a nuestro alcance que nos da la época en la que nos ha tocado vivir, el mundo está en nuestras manos: podemos abrazarlo, modelarlo y hacerlo mejor o desentendernos de él. Nunca los humanos hemos tenido tanto poder en la corta y rica historia de la humanidad. Ojalá sepamos manejarlo con inteligencia y esa es nuestra enorme responsabilidad, porque de eso dependerá el mundo que dejemos a nuestros hijos.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/03/27/valio-la-pena-una-vida-entre-diplomaticos-y-espias-jorge-dezcallar-it-was-worth-it-a-life-between-diplomats-and-spies-by-jorge-dezcallar-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/11/22/abrazar-el-mundo-geopolitica-hacia-donde-vamos-jorge-dezcallar-embrace-the-world-geopolitics-where-are-we-going-by-jorge-dezcallar-spanish-book-edition/

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Today we are better than ever, as can be seen by taking as an example data on health, longevity and violence in the world.
If we start with health, after the coronavirus pandemic, which spread very rapidly throughout the world, an uncoordinated and dispersed response has brought to light the problems of the lack of international leadership, of globalization, of the international division of labor and vulnerable value chains. All this is true and I will come back to it later in greater detail, because what is now interesting to highlight is that, despite everything and from the point of view of health, the situation today is infinitely better than before in history.
The fact that we are now facing the COVID-19 virus does not detract from the successes achieved to date with other viruses, bacteria and bacilli such as smallpox, polio, tetanus, typhus, diphtheria, cholera, plague and anthrax. And although there is still much to be done, since we continue to fight against yellow fever, hemorrhagic fever, Ebola, dengue, Zika and the malaria parasite that still produces four hundred thousand victims a year, it is undeniable that today we are better off than before. . What is unheard of is that at this point there are still brainless people who embarrass us with the «medieval» search for the Jews to blame for the current pandemic, as they have done in Iran and Turkey, or that some rulers have offered equally irrational recipes to combat it, such as drinking or injecting bleach. Or who do not want to be vaccinated.

An up-to-date book that contains not only a good analysis of the world political situation but is fundamentally characterized by providing personal experiences, opinions, points of view and possible solutions to complex problems.
I recommend this book to anyone interested in international politics. It contains an in-depth analysis of Arab countries and the challenges presented by the rise of China and its growing rivalry with the United States.
The author, a diplomat with extensive experience and former director of the CNI, gives us his settled vision of the current world and reflects on its foreseeable future. They are relevant aspects:
– The maladjustment to the meteoric changes secondary to the demographic, technological, information and genetic revolutions.
– The struggle between democracy and individual freedom (decreasing) against authoritarianism and security (increasing).
– The substitution of the individual as a value for the importance of the group or religion.
– The end of the geopolitical order that emerged from the 2nd World War.
– The attempt of different countries to fill the vacuum created by the US withdrawal.
– The struggle between the US and China for world hegemony.
– The displacement of the world center of gravity to the Indo-Pacific.
– The decline of a Europe without common policy.
– The most significant local conflicts (a few days after the edition began the invasion of Ukraine).
– The most significant global problems (climate change, inequality, nuclear proliferation, terrorism, migration).
– The economic and political effects of COVID.
– The need for global solutions in an interconnected world.
The author begins by presenting us with the main challenges we face in today’s world which, in his opinion, stem from the four great revolutions that are taking place in our time: the technological revolution, the demographic revolution, the genetic revolution and the of information and, on the other hand, of the end of the era that was born at the end of the Second World War, with a world divided into two large blocs: the Western and the Communist, and with international organizations tailored to that world, but the world has changed a lot in these seventy years. The United States of America continues to be the dominant power, but with less and less advantage over China, Europe has weakened on the international scene and other minor players have been gaining power and influence among their neighbors (India, Pakistan, Iran, Korea, Mexico…), so that the international balance is no longer what it used to be and there are countries that demand a review of international organizations and agreements that better reflect the current balance. According to the author, the current global crisis caused by COVID-19 must be an opportunity to strengthen international cooperation and reach a new order that, like the one that emerged after the Second World War, allows us another long period of relative peace and stability.
There are two parts of the book that I found especially interesting. One is in which he describes the interests and points of conflict of the main protagonists of current international politics (the United States of America, Russia, China, Iran…) and the other is in which he argues that the international order current needs to be reviewed. On the contrary, there is also a part that has disappointed me, and it is where the author proposes that this period of change must be faced with dialogue, consensus, agreements, etc. As if international politics were not dominated by interest and hypocrisy and as if he, with all his experience, had not yet realized it.

We live better than ever, but we don’t seem to value it. We are restless, we are afraid of a future full of uncertainties and restlessness is spreading around us, particularly among the middle classes whose standard of living is threatened from various fronts while the columns that supported a world that was believed immutable fall one after another. Or that we thought that if one day it changed, it could only be for the better. And it is not true. Today we are ashamed of leaving our children a life that is certainly not worse than the one we received in post-war crappy and hungry times, but rather the one that we have managed to build for ourselves with great effort.
Even at the height of COVID-19, in the first quarter of 2020, when the epidemic was raging with greater intensity, we did not ask the United Nations, the World Health Organization or the International Monetary Fund for help, but rather the State and our National system of health.
In short, the State today has become too small, it is not capable of offering us the shelter and security that it gave us in other times (in proportion to the conditions of each moment) and that is a good reason for the uneasiness that we feel.
Things have not improved with the arrival of COVID-19. On the one hand, globalization has facilitated its expansion around the world thanks to the ease it offers to travel. On the other hand, it has highlighted our vulnerability to particularly intense shocks, as the epidemic spread rapidly, leaving deaths on all continents except Antarctica, it did not stop at border posts, it broke value chains… The pandemic demanded a global response and we were not in a position to offer it.
The conclusion is that objectively we are better than ever, but we live in fear, we are worried about the future and consequently we feel anxious. And, as we have seen, we do not lack reasons to be in a world that is changing at great speed, progress is vertiginous because we have stepped on the accelerator to the fullest and as a result pillars that were believed to be eternal are tottering. The fault lies with the confluence in our lives of the four aforementioned revolutions: technological, demographic, genetic and information.

Robotization will create and destroy jobs and this is something that has always happened and that has always caused a very understandable concern: during the first Industrial Revolution, back in the early nineteenth century, the British army had to intervene between 1811 and 1816 to quell the rebellion of the luddites, workers who got involved with hammer blows with the first textile machinery because they thought that the great mechanized looms were going to put them out of work.
Technology destroys and creates jobs, but that, in the end, it ends up creating more jobs than those that disappear, without this meaning that the transition is easy, since the new jobs can be offered in other places, there is a time interval from that one disappears until the other is born, offer different remuneration and demand other training and other skills for their performance. McKinsey estimates that as soon as 2030, 20 percent of jobs in Europe and up to 30 percent in the United States will be affected by robotization. In some places there are already stores without physical assistants and that means that, on the one hand, it is the jobs with lower qualifications that before —but not only them— could be replaced by machines (such as a supermarket cashier) and, on the other, that we are heading towards a world in which the job will no longer be —it has already ceased— to be for life and in which training will have to be permanent.
The technological revolution will allow us to be more informed and will multiply our opportunities for knowledge and communication, but we will also be more closely watched, as evidenced by the fact that there are already video cameras recording our faces and our movements everywhere, in the streets, stores, airports and parks.

The European Union is concerned with the increasingly frequent spread of hoaxes and has formed a small unit initially made up of sixteen people with not excessive means to try to fight this plague. It starts with something, although we must hope that it is only the embryo of something more powerful in the near future, because what exists now is clearly insufficient to combat groups made up of hundreds or thousands of people who sometimes have governments that financially support. For the same reason, the European Union demands greater control of content from large platforms such as Google, Facebook, etc., and in October 2018 forced them to sign a code of conduct promoted by the commission that requires monthly reports on progress in its strategy to combat and neutralize false information.
And it seems that things are beginning to change, although it is not easy to reconcile the nascent content control with freedom of expression.
It seems that we are beginning to enter a new era of greater control of the veracity of what circulates on the networks, while also reviving the debate on the limits of censorship and the choice of the best means for the digital protection of public goods. .

The fact is that the future of warfare will be defined by artificial intelligence, autonomous weapons systems and other innovative technologies that will change the terms in which it has been fought so far, both in attack and defense.
The strong growth of the population will require the use of enormous sums in education and also in health and pensions because it will increase not only the number but also the percentage of elderly people, just think of Europe where 9 percent of the population is over sixty and five years and in 2050 that percentage will rise to 19 percent. And finally it has an enormous ecological impact due to the destruction of the environment with the expansion of cultivation areas and the construction of megacities, just as it has on global warming by increasing the emission of greenhouse gases into the atmosphere. Today there are already «ecological refugees», expelled from their homes by rising sea waters that threaten to leave them without land on which to set foot, as is the case of the twelve thousand inhabitants of Tuvalu, an island-country that only emerges 2.5 meters above sea level, it is in the middle of the Pacific Ocean and will have disappeared at the end of this century, and whose inhabitants are already looking for a place to move to. Other islands that may suffer the same fate in the medium term are Kiribati, Vanuatu, Nauru, Maldives and Solomon.

There are three main vectors that explain this change in cycle: the hesitation of the United States and the oscillations of its policy, the difficulty that Europe experiences in reinventing itself and the appearance on the world stage of new actors with a leading role, as is the case of China.
What really worries Biden is the rise of China, and the withdrawal from Afghanistan has allowed him to make a quick pivot to Asia. There is a bipartisan consensus in Washington about the threat that China poses to its hegemony in the world. Its economy will soon surpass that of the United States and it is already fighting for technological supremacy with more than three hundred billion dollars dedicated to the development of artificial intelligence. The clash between the two around 5G technologies is well known. Its monetary, commercial and regulatory practices are debatable, without excluding the use of dumping or industrial piracy. Its defense budget is two hundred and fifty billion dollars, only a third of that of the United States, but it is worrying that in recent years it has been growing rapidly, already quadrupling that of Russia, and is investing heavily in developing a powerful navy, weapons nuclear (it has three hundred warheads now, but is building a thousand launch silos), hypersonic weapons, and cyber weapons. Also in the domain of space. As if all this were not enough, it threatens with undisguised expansionism towards the South China Sea and the Republic of Taiwan itself. It has just engulfed Hong Kong without respecting the agreements made with the United Kingdom, and oppresses the Uyghur minority in Xinjiang, whose members it interns in “re-education camps” in what Washington has described as “genocide”. But perhaps the most serious thing is that he defends an alternative model of authoritarian global governance with great acceptance among Third World countries.
China believes that the United States is hostile to it, harassing it, interfering in its internal affairs, waging trade wars on it, and preventing it from taking its rightful place in the global power-sharing.

The European Union is a unique case of political-institutional engineering and without doubt the most important and successful in the world. An agreement that creates a single market with a customs union, policy coordination and even, among some countries, an area without internal borders and a single currency. And all this with democracy, a market economy and a system of values that, like our welfare states, is envied throughout the world. But that it was not done following a roadmap with the clear objective of getting to where we are now and that, as a consequence, it also has problems and lately it seems that they are increasing.
On the occasion of the COVID-19 pandemic, Josep Borrell, High Representative of the European Union, has written that Europe is facing a «strategic shrinkage» because at the same time that our population is shrinking, thirty years ago the countries that today make up the European Union represented 25 percent of the world’s wealth and in twenty years we will only have 10 percent. You have to react. In his view, Europe’s strategic autonomy must be built around six pillars:

1.Reduce our dependence, not only in the health sector, but also in the future technologies, such as batteries and artificial intelligence.
2.Prevent non-European actors from taking control of our strategic activities, which requires that they be clearly identified.
3. Protect our critical infrastructure from cyber attacks.
4. Ensure that the autonomy of our decision-making process will never be undermined by placing some economic activities outside our borders, with the dependency that this creates.
5.Extend European regulatory powers to cover future technologies and prevent others from regulating them in a way that is harmful to us.
6.Show leadership in all areas where the lack of global governance destroys the multilateral system.

Today China, on the back of a spectacular economic development, demands a greater participation in the distribution of global power and a redesign of the norms that govern international relations in order to make them more in line with its interests and with its own authoritarian conception of the world. . China does not propose to dominate it, at least it does not propose it in the short term because it knows that it is not possible, but it wants to be the hegemonic power in Asia in a kind of adaptation to its interests of the Monroe Doctrine to demand that Asia be for the Asians . There is no doubt that this is of concern to the United States and it explains two initiatives taken by President Biden immediately after his departure from Afghanistan: the creation of AUKUS with Australia and the United Kingdom, and the resurrection of the old Japanese initiative of the QUAD that incorporates to the United States with Australia, India and Japan. Both projects seek to curb China’s maritime ambitions and have significantly shut out the European Union that the UK had already left.

The poor are not only in Africa: in England and Wales it is estimated that citizens of color are twice as likely to be infected by the virus as whites, and in the United States blacks and Latinos are also suffering from the pandemic, unemployment , police violence or obesity itself in a much higher proportion and the percentage of blacks infected by COVID-19 is five times higher than that of whites. The racial tensions that have followed the death of George Floyd in Minneapolis in May 2020 have starkly highlighted the persistence of an intolerable racial segregation in the United States that has infinite consequences in education, health, income level, incarceration, etc.

We have the right to defend ourselves, but this defense must always be done within the law and, as far as possible, complying with five conditions:

1. Precisely define the measures adopted to avoid arbitrariness and abuse.
2.Impose them with a restrictive character: only if they are absolutely necessary.
3.Impose them to the minimum essential degree.
4. Set strict time limits to its duration.
5. Place them under judicial and parliamentary control.

The COVID-19 pandemic has also crept into this area and thus, under the necessary measures to combat the virus, many countries have declared a state of emergency that entails limitations on basic rights such as movement or assembly. by closing borders, forcing quarantine time, confining entire neighborhoods, wearing masks, restricting nightlife or when those infected are tracked electronically. These restrictions may be justified because they are powerful instruments that hinder the spread of infections and may be very necessary if they are carried out with the appropriate legal instrument, with proportionality and with the proper controls and supervision, but they have the risk that they will continue later. time than necessary.

A first prediction is that the geopolitical order that emerged from the ashes of the Second World War is collapsing like a house of cards and right before our eyes. We have to be grateful to him because he has given us seventy years of peace, even though he has done so in an environment of confrontation and cold war between the United States and the Union of Soviet Socialist Republics, with local conflicts on the periphery of their respective zones of influence. : Berlin and Korea in the 1940s and 1950s, Cuba in the 1960s, Vietnam in the 1970s. Then came Iraq and Afghanistan yesterday and today, but without the nuclear disaster that has been the great nightmare all this time, a nightmare from which we still cannot say that we have completely freed ourselves.
The second prediction, derived from the previous one, is that we have reached the end of the hegemony of the West in the world, a hegemony that began with the age of discoveries and colonialism and that took hold with the first Industrial Revolution, the machine of steam, coal as a source of cheap energy and domination of sea routes. Today, the planet’s center of gravity is rapidly shifting towards the Indo-Pacific basin, where 62 percent of the world’s GDP is already located, and the Strait of Malacca replaces what the Strait of Gibraltar represented in the 17th century and for many years later the Suez Canal. That is why I say that Europe is at risk of the «Venice syndrome». The United States and Europe still account for about 40 percent of world GDP and trade, but our advantage is shrinking rapidly as Europe’s population ages. In 2050, 55 per cent of global GDP will be generated by non-OECD countries, and of that percentage, 75 per cent will be produced in Asia.
The third prediction in current geopolitics is the shift from a multilateral world to a multipolar world, much more unpleasant, which will accentuate global uncertainty and instability. If the first is based on norms and clear rules of behavior, on cooperation between countries, on alliances, on the existence of powerful forums to deal with issues of common interest and international bodies respected by all to resolve disputes that may arise, the multipolar system does not have any of these characteristics. In it, countries and groups of countries compete with each other, rules are discussed, are non-existent or lose coercive force, selfish national interests are brazenly imposed, protectionism prevails, barriers to trade are erected and even trade wars are triggered, there are no international forums to resolve controversies or they are very weak, as is the case today with the World Trade Organization (WTO), and, ultimately, a kind of law of the jungle is established where everyone does their own thing.

The name «black swan» came to the essayist Nassim Taleb to refer to unexpected events that cause profound crises of unpredictable duration and consequences. On this basis, the environmentalist, Adam Sweidan, has coined the term «black elephant» that wants to be a cross between a black swan and an elephant in the china shop, to refer to a disaster that everyone sees coming but that no one wants to face. Both metaphors serve and are applicable to COVID-19 in the sense that it has caused us a huge problem whose origin is pathological and whose consequences are global. It is, furthermore, an unknown crisis because of its novelty, to which we initially did not know how to react, which has caught us by surprise because it was not expected, and which has forced us to improvise, although it cannot be said in justice that it was something that we did not know that it could happen at any moment. Because it was predictable and, in fact, some had warned us that it would happen at some point.
François Heisbourg calls this pandemic “a powerful enemy behaving according to its own Darwinian rules. It has the ability to adapt and change direction”, and that makes it more difficult to combat it effectively because different variants change and emerge. We are facing an initially health problem that has given rise to another of an economic nature, which could lead to serious social crises… and perhaps also political ones because, from the outset, it has impoverished us all and because we are not only facing a health problem, but in the face of a political problem, because politics is the decision of how to get out of the pandemic, alone or united, with democracy or with authoritarian ways, with some instruments or others, with nationalism or with international cooperation. Everything is politics, because politics is also, ultimately, the false dichotomy between saving lives and saving the economy when, in reality, both must be saved at the same time, because the only way to reactivate the economy in a sustainable way is to avoid outbreaks of the pandemic whose effects could be even worse than the original wave, because they would bring us the same or greater problems, perhaps with more experience to combat them, but with less money.
COVID-19 is giving rise to a real revolution in which scientists and laboratories around the world have left behind jealousy, protagonism, selfish calculations and envy to work together and against the clock in search of the vaccine that will free us from fear and anxiety. current. At the beginning of the pandemic, a Spaniard at the top of IBM, Darío Gil, launched from his office in Armonk, New York, and in just five days, the largest consortium of supercomputers at the service of research against COVID -19. Without signing a single piece of paper —a sign of enviable Anglo-Saxon flexibility unthinkable in other latitudes—, he managed to get the largest computers in the federal government, the main technology companies and some of the most prestigious universities in the United States to start networking for this purpose of service to the common good. The paradox is that the fight against the pandemic requires isolation from citizens and cooperation from scientists at the same time, and the reality is that never before have so many researchers concentrated on the same objective, albeit something similar, but on a much smaller scale. , was made in the fight against AIDS. The difference now is that advances in computing, artificial intelligence, Big Data and biomedicine allow the speed and number of these exchanges to be multiplied to levels never seen before.

Whoever thought that the nation-state was dead has to make him look at it. There is an obvious contradiction between global solidarity and nationalist isolation. Hick tribalism is still alive and is accentuated in times of danger such as that posed by the coronavirus, giving rise in extreme cases to what António Guterres has called «a tsunami of hate and xenophobia» of a short-sighted and short-sighted nature, because we know well that no one will really be safe while others are not, and this was already recognized by the end of the G-20 summit meeting (telematically) on March 26, 2020 in Saudi Arabia at the beginning of the pandemic. They saw it clearly from the first moment, they were right, and subsequent events have only confirmed this position. Too bad it was not possible to act accordingly.
The pandemic gives us the opportunity to change what needs to be changed, to look the problem in the eye and to take the bull by the horns, because, as Ángel Gurría, secretary general of the OECD, has said, «the capitalism that promotes concentration of income, inequalities and the destruction of the environment is no longer viable”. If it now adopts a more human face as a result of the examination of conscience to which the pandemic has led us, welcome.
The coronavirus has come at a bad time for the European Union. It was only three years ago that the then president of the commission, Jean-Claude Juncker, recognized that Europe was in «an existential crisis» that is at the same time political, economic, social and of values. This situation was later influenced by Brexit, which was a bitter awakening for those of us who believed in an increasingly integrated and united Europe, and then Donald Trump…
The economic recession that follows COVID-19 is a good opportunity to launch a Keynesian program of strong public investment that creates jobs at a global level, of the «Build Back Better» type, as recommended by Joe Biden, while at the same time pursuing neutrality in emissions by 2050 in the fight against climate change, which is an infinitely bigger problem than this virus, although many do not want to see it. And by the way, we could take the opportunity to moderate the «hyperderegulation» of recent years, which has given such bad results.
Henry Kissinger has written: “The historical challenge for leaders is to manage the crisis while building the future. His failure may set the world on fire.» I would only qualify it in the sense that I want that future to be created without having to renounce our values and without ever losing hope, because what happens will end up depending on what we want to do and are capable of doing. Today, with all the means at our disposal that the times in which we live give us, the world is in our hands: we can embrace it, shape it and make it better or ignore it. Humans have never had so much power in the short and rich history of humanity. Hopefully we know how to handle it intelligently and that is our enormous responsibility, because the world we leave to our children will depend on it.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/03/27/valio-la-pena-una-vida-entre-diplomaticos-y-espias-jorge-dezcallar-it-was-worth-it-a-life-between-diplomats-and-spies-by-jorge-dezcallar-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/11/22/abrazar-el-mundo-geopolitica-hacia-donde-vamos-jorge-dezcallar-embrace-the-world-geopolitics-where-are-we-going-by-jorge-dezcallar-spanish-book-edition/

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