Partisanos: Una Historia De La Resistencia — Sergio Luzzatto / Partigia: Una Storia Della Resistenza by Sergio Luzzatto

El libro es un acercamiento a las políticas profascistas de la República Social Italiana en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, a los partisanos que trataban de enfrentarlas por las armas en el Piamonte y, como hilo conductor, las vicisitudes de Primo Levi durante el tiempo que estuvo dentro de un grupo de partisanos en el valle de Aosta antes de ser detenido y enviado a un campo de concentración, en concreto cierto episodio oscuro que tuvo lugar aquellos días y al que el escritor aludió en algunas de sus obras de forma más o menos velada.
Sergio Luzzato escribió un libro ameno y en la segunda parte supo arrojar un fresco sobre la zona gris creada en el tránsito de la justicia caliente a la ordinaria, donde la segunda es quizás más atenta a las normas jurídicas, pero mucho menos a distinguir los culpables de las víctimas.

Unas semanas antes, tras el 25 de julio y la caída del Duce, Mario Pelizzari fue uno de los primeros en la fábrica en advertir el peligro y ponerse manos a la obra. El futuro Alimiro —el partisano más legendario de Ivrea— no se limitó a recorrer las calles de su ciudad junto con un colega, armado con un martillo y un cincel, para arrancar de las fachadas de los edificios públicos todos los fasces que se les pusiera a tiro. Junto con su jefe, el ingeniero Riccardo Levi, que dirigía la oficina técnica de la Olivetti y que había sido en cierto modo su maestro de antifascismo, Pelizzari intentó crear una comisión interna que funcionara como un primitivo núcleo de resistencia. A principios de septiembre se trasladó a Saint-Jacques, en el alto valle de Ayas, donde la Olivetti tenía una colonia de verano justo en la ladera del monte Rosa. Una colonia de postal, casi de ensueño. Si no fuera porque aquel era el verano de 1943 y el ejército alemán se disponía a ocupar toda Italia, incluido el pequeño valle de Aosta y el diminuto valle de Ayas. Y si no fuera porque decir ocupación alemana equivalía a decir peligro inmediato para los judíos italianos, para gente como el ingeniero Levi, que tenía mujer e hijos, para los muchos directivos y funcionarios de origen judío (familias de judíos ya poco judíos, pero que de un modo u otro seguían siéndolo) que habían contribuido a hacer de la Olivetti una fábrica en cierto modo especial.
Yo descubrí el pueblecito de Amay un día soleado del mes de septiembre de 2011. Hacía años que estaba estudiando el tema de los partisanos del Col de Joux, esta historia de resistencia y de Primo Levi en la Resistencia, pero todavía no había realizado ninguna inspección, no había explorado el escenario principal de la trama. Durante años, al pasar en coche desde Saint-Vincent en dirección a Turín o a Ginebra, alzaba la vista hacia la «colina» donde sabía que estaba Amay; durante años reconocí, desde el fondo del valle, los perfiles de las casas disimuladas entre el verde de la vegetación o dibujadas sobre el blanco de la nieve. Pero ni una sola vez salí de la autopista para ascender por las curvas de aquella colina, llegar al pueblo tras media hora de marcha, aparcar el coche donde se ensancha la carretera provincial y bajar por las callejuelas de una aldea prácticamente deshabitada. Nunca me había decidido a recorrerlo con mis propios pies y a mirarlo con mis propios ojos. Había olvidado la lección de Richard Cobb, estudioso británico de la Revolución francesa, para quien la historia ha de ser recorrida a pie además de leída, ha de ser visitada in situ además de en las páginas de los libros o en las carpetas de los archivos.
Desde hacía siglos, Amay era un lugar de parada en la antiquísima ruta de la sal y del vino que unía Aosta con Suiza a través del Col de Joux, el valle de Ayas y el paso del Teodulo. El declive del pueblo empezó en el siglo XIX, pero en las décadas de 1920 y 1930 el avance del turismo, aunque lento, ofreció alguna posibilidad de recuperación. ¿No hablaba el periodista Curio Mortari, en un reportaje de La Stampa de junio de 1932, de la colina de Saint-Vincent como de un «El Dorado alpino» y de Amay, «delicioso pueblo de contornos esmeraldinos», como de un país de jauja al alcance de la mano? En el mismo artículo, Mortari compartía con los lectores del periódico turinés una historia (o una leyenda) que los habitantes del valle se habían ido transmitiendo de generación en generación.

Bardonecchia, Sestrière, Courmayeur, Cervinia: cuántos relatos de vacaciones en la montaña llenaron las páginas del diario de Elena Bachi antes del verano de 1938. Para Elena, como para Primo Levi, el verano de Cogne. Julio, el hotel Miramonti, el prado, el tenis, los paseos por las alturas con el hielo del Gran Paradiso al fondo: pero en los periódicos el Manifiesto de los científicos racistas, y el anuncio político de las leyes antijudías.
Las gentes del valle de Aosta reaccionaron con una mezcla de actitudes opuestas ante la afluencia de judíos italianos o extranjeros que buscaban una ocasión para pasar de manera clandestina a Suiza o bien, simplemente, confiaban en ser menos visibles en la montaña que en la ciudad. Por un lado, los habitantes del valle consideraron esta afluencia como una dificultad suplementaria a la que hacer frente, puesto que los prófugos judíos también eran bocas que alimentar y amenazaban con menguar aún más los escasos recursos disponibles. Por otra parte, los lugareños reconocieron que se les presentaba una inesperada oportunidad económica, ya que los judíos estaban mucho más dispuestos a pagar por la comida y el hospedaje, teniendo en cuenta que no hacían turismo, sino que luchaban por su supervivencia. Y al contraste de posturas había que añadir un contraste de sentimientos. Por un lado, la situación de los judíos suscitó en los valdostanos un movimiento natural de comprensión humana, o de piedad cristiana. Por el otro, las condiciones de necesidad en que se encontraban los propios valdostanos les indujeron a sacar el máximo provecho del drama judío, hasta el punto de imponer a los fugitivos tarifas de hospedaje auténticamente abusivas.
Al contrario de lo que cabría suponer, los habitantes de Saint-Vincent habían adquirido durante la guerra una notable familiaridad con la figura del judío errante, como consecuencia indirecta del desarrollo de la ocupación de los Balcanes por parte de los países del Eje. Durante la segunda mitad de 1941, las redadas y las matanzas perpetradas en Serbia y en Croacia por las fuerzas alemanas y por los colaboracionistas ustachis provocaron la huida de miles de judíos hacia la zona de ocupación italiana de Yugoslavia, movidos por la razonable esperanza de que los soldados de Mussolini les dispensaran un trato menos inhumano que los soldados de Hitler. Unos dos mil judíos fugitivos fueron transportados de Dalmacia a Italia.
Tampoco distinguieron entre hombres y mujeres los oficiales de las SS que dos semanas más tarde, a principios de octubre, consiguieron capturar a la familia Ovazza al completo, padre, madre, hijo e hija: los judíos turineses que impulsados por el cabeza de familia, Ettore, habían representado en los años treinta la encarnación de una judeidad fascista al pie de la Mole.49 Interceptados en el valle de Gressoney, en el hotel Lyskamm de Saint-Jean, mientras buscaban una oportunidad para pasar clandestinamente a Suiza, los Ovazza fueron arrestados, despojados de su notable fortuna, transportados a Intra en el lago Mayor, fusilados en el sótano de una escuela y quemados en la caldera del instituto. Pero ninguna de estas dos primeras tragedias de judíos turineses fue de inmediato de dominio público. En la Italia ocupada, las noticias no circulaban libremente. Los diarios colaboracionistas silenciaban, como es natural, las actuaciones más sanguinarias de los destacamentos alemanes. Y la necesidad que tenían los judíos de huir, camuflarse y esconderse les impedía comunicarse adecuadamente entre sí, aunque fuese para informar de novedades luctuosas.

En tiempos de guerra, los camiones habían sustituido prácticamente a los automóviles como medios de transporte de las personas. En cuanto a Giuseppe Carrera, era un muchacho de diecinueve años (también un renuente de la quinta de 1924) que había transformado su casa de via Mantova 22, al otro lado de las vías de la estación del tren, en algo así como el epicentro de la resistencia casalesa de los primeros tiempos. Y precisamente Carrera llevó a Barbesino a via Mantova, «en los primeros diez días del mes de noviembre», para presentárselo al principal organizador de la expedición a la montaña, Italo Rossi, y a un colaborador suyo, Pierino Pagliolico.
Aosta tenía que enfrentarse con problemas de todo tipo: no solo políticos y militares, sino también económicos y sociales. Tenía que hacer frente a la crisis de vocaciones que hacía del Partido Fascista Republicano una pálida réplica del Partido Nacional Fascista, y tenía que poner remedio al caos que convertía a los distintos aparatos represivos —policía, guardia fronteriza y SS italianas— en órganos que competían entre sí en vez de estar unidos en la lucha contra las fuerzas subversivas. Debía ocuparse además de un aprovisionamiento endémicamente deficitario, de una decadente infraestructura de transportes, de industrias y talleres escasos de abastecimiento, y de todo cuanto hacía que la vida diaria bajo la República Social fuera más precaria aún que en los últimos años del régimen fascista. En el fondo, había algo tremendamente grandioso en hombres como Carnazzi, crecidos en la Italia del Duce y entregados a aquella Italia incluso tras el 8 de septiembre, incluso con los alemanes en casa, e incluso al precio de poner como primer y segundo puntos del orden del día una guerra sin cuartel contra los rebeldes y una persecución despiadada contra los judíos.
Casale Monferrato también había fascistas dispuestos a acusar a los judíos —los últimos judíos de la ciudad, los que tres o cuatro meses más tarde serían deportados a Auschwitz— de alimentar el fenómeno de la insumisión con su despreciable dinero. Así, Mario Guaschino, en un informe dirigido a las autoridades, atribuía los robos de vehículos ocurridos recientemente en Casale y alrededores a agentes a sueldo: jóvenes italianos ávidos de «dinero fácil» a quienes «los judíos malditos de Dios» incitaban a «traicionar continuamente a la patria». Por eso, argumentaban los fascistas del Monferrato más ferozmente antisemitas, era necesario proceder a la «concentración inmediata de todos los judíos» en lugares donde estuvieran sometidos a la más estrecha vigilancia, para que dejaran de hacer daño de una vez por todas.

El plan era el siguiente: un intercambio de prisioneros. Había que encontrar el modo de capturar a un fascista y luego entablar negociaciones con las autoridades de Salò: la liberación del fascista a cambio de la liberación de Primo Levi. En cuanto a los recursos humanos necesarios para tal empresa, debían salir de una cooperación conjunta entre los rebeldes del Biellese y los del Canavese. Para ello, Ada Della Torre, de acuerdo con Ortona, se dirigió a Riccardo Levi, el marido de su hermana Irma, el directivo de la Olivetti que, tras haber escondido a su familia en la Serra, se dedicó a la actividad clandestina entre Turín y Santhià. Ada no se dejó desalentar por la justificada perplejidad de su cuñado, que temía que la empresa temeraria acabara siendo una empresa suicida. El plan estaba ya tan perfilado que incluso se había decidido quién sería la víctima: el fascista sería un empleado de la Olivetti partidario acérrimo de Salò, que vivía en una casita a las afueras de Ivrea y que mantenía unos horarios tan regulares que facilitaban el rapto. El plan también incluía la identificación de los hombres integrantes del comando: serían partisanos del Biellese enviados por Ortona, conducidos por el discípulo más fiel del ingeniero Levi: el delineante de la Olivetti Mario Pelizzari.
El desastroso otoño de 1944 empezó anticipadamente en la «colina» de Saint-Vincent: a primeros de septiembre, en vísperas de la fiesta de San Grato, patrón de Amay y de Aosta. Comenzó con un rastreo alemán en la aldea de Moron, siguió con un ataque alemán contra la banda de Giuseppe Thuegaz («Firpo»), que respondía ante el comandante Ardes y estaba acampada más arriba, en la aldea de Salirod. Cuatro partisanos muertos, todos de veinte años y todos del lugar, ocho partisanos capturados y fusilados en los días o las semanas siguientes. «Al anochecer de una magnífica y triste tarde del 4 de septiembre», recordaría cuarenta años después Thuegaz, campesino de Saint-Vincent, él y Edoardo Page hicieron transportar los cadáveres de los compañeros a Amay, a la capilla de San Grato. «Al día siguiente, festividad del patrono del lugar, en vez de cánticos y ceremonias de alegría, se celebraron solemnemente los funerales de los cuatro partisanos muertos: Dagnès, Torrent, Ravet, Pellisier: ¡cuatro muertos por la libertad!»
Las crónicas de la Resistencia en el valle de Aosta referidas al otoño de 1944 prácticamente solo reproducen episodios negativos. Rastreos en cadena, represalias después de emboscadas partisanas, y la caída de las zonas libres: la reconquista casi completa del territorio por parte de los nazifascistas. El valle de Ayas, el Valtournenche, el valle de Champorcher, el Valsavarenche y el mismo valle de Cogne, donde se había creado una zona libre en el mes de julio y se había convertido, durante el verano, en lo más parecido a una «república» partisana, volvieron a caer, uno tras otro, bajo control alemán.

Uno de los pocos criminales de guerra del Monferrato que pagó con su vida fue el comandante Wilhelm Meyer. Era el comandante de la plaza fuerte alemana de Casale, y los partisanos le culpaban —más que de cualquier otro crimen— de la matanza perpetrada en Villadeati, en Valcerrina, el 9 de octubre de 1944: la ejecución de diez civiles, campesinos que nada tenían que ver con la Resistencia, junto con el párroco antifascista del pueblo, don Ernesto Camurati. Tras la rendición de los alemanes en el castillo de Casale, el comandante Meyer fue localizado por los garibaldinos en un campo de prisioneros cercano a Asti. El oficial de la Wehrmacht fue conducido a Villadeati, al mismo lugar de la matanza, el 10 de mayo de 1945 y, tras ser sometido a un simulacro de proceso popular, fue ejecutado detrás de una valla y enterrado en un prado a la sombra del cementerio, para no ensuciar la tierra consagrada con el cadáver. Años más tarde, en el momento de la exhumación del cuerpo, el forense estableció como causa de la muerte de Meyer la destrucción de la bóveda craneal provocada por una descarga de proyectiles en la nuca…
La Guerra Civil italiana había sido demasiado larga y feroz para acabar de forma breve e indolora. Inevitablemente, el 25 de abril se prolongó unas semanas más, hasta los meses de mayo y junio de 1945: la primavera de libertad fue también la primavera de la caza de los criminales de guerra grandes y pequeños, y el bautismo de la Italia democrática coincidió con el ensañamiento contra la Italia fascista. No se trataba tan solo de pedir explicaciones por los veinte meses de la República Social, por los errores y horrores de un Estado fantoche sometido a los peores designios del Führer de Berlín; se trataba de pedir explicaciones por los veinte años de régimen mussoliniano, por una historia de atropellos, de violencia y de opresión, que había comenzado en la época del escuadrismo y se había prolongado hasta el 25 de julio de 1943. Esto ayuda a explicar ese plus de rabia, de odio y de brutalidad documentados por las crónicas de aquella primavera italiana, el dantesco talión infligido por los antifascistas a muchos fascistas. En la Italia de la Liberación se saboreaba tanto la venganza como se había suspirado por la justicia durante un cuarto de siglo.
En el valle de Aosta, los partes de la jefatura de policía y de los carabineros hablaban a diario tanto de hombres secuestrados y desaparecidos como de cadáveres hallados en las aguas o en las orillas del Dora. «Probable homicidio», anotaba en su momento el registro general de la procuraduría del rey: desde Courmayeur hasta Pont-Saint-Martin, un centenar de fascistas fueron víctimas de ejecuciones sumarias. Mayor fortuna tuvieron los que fueron capturados por los partisanos, amontonados en el castillo Duca degli Abruzzi o en la Torre dei Balivi y entregados a los militares angloamericanos, que se encargaban de clasificarlos y enviarlos hacia el sur o a algún campo de prisioneros.

A De Agazio lo mataron dos asesinos en una calle de Milán la noche del 14 de marzo de 1947. El crimen tuvo una enorme resonancia, y los periódicos según su tendencia se inclinaban unos por un ajuste de cuentas dentro del neofascismo, otros por una venganza de los comunistas y otros incluso por una connection internacional: la mano de agentes estadounidenses o la de agentes soviéticos o yugoslavos. Hoy parece comprobado que a De Agazio lo mató un comando de la llamada Volante Rossa, ex partisanos de la región de Milán que querían castigarlo por haber denigrado a la Resistencia. Pero inmediatamente resultó evidente que el director del Meridiano d’Italia no se ocupaba solo de periodismo político, sino que también estaba implicado (o se pretendía implicarle) en tramas diplomático-militares. La noche de su muerte, De Agazio llevaba en el bolsillo una carta con fecha del 1 de febrero en la que el secretario del Movimiento Social Italiano, Giorgio Almirante, le rogaba que llevara a cabo un «misión urgente e importantísima»: coordinarse con los neofascistas de Turín —y con el arzobispo de la ciudad, el cardenal Fossati— para que se crearan en el Piamonte escuadrones secretos de acción anticomunista.

Los funerales se celebraron en Sassi el 20 de octubre de 1945. Las honras fúnebres no incluyeron solamente a Luciano, todo el barrio lloró aquel día también a los hermanos garibaldinos Giuseppe y Eugenio Marzano. El primero en caer fue el más joven, «Genio», de diecinueve años, muerto en combate en San Benedetto Belbo en noviembre de 1944. «Bepi», de veintiún años, cayó cuatro meses más tarde, a finales de marzo de 1945, luchando en el valle de Aosta, en la Thuile. En las paredes de Sassi, una única esquela mortuoria incluyó los nombres y las fotografías de los tres partisanos, honrados con un santo rosario la noche del viernes 19, enterrados la tarde del día siguiente: «De sus carnes desgarradas por el plomo enemigo sale un grito. Están y estarán siempre vivos entre nosotros, y su sacrificio será ejemplo y estímulo de nuestras acciones futuras». En el cementerio de Sassi, en los ovales ribeteados de negro, los retratos de los hermanos Marzano comparten aún hoy la piedra con el retrato de Zabaldano y con los de los otros ocho partisanos del barrio caídos por la libertad. «Cuando voy al cementerio, siempre paso a saludar a tu tío Quarà, que a los doce años fue madrina de guerra de Luciano, que tenía dieciséis, la tarde que nos recibió en su casa, en la misma strada Mongreno.
A partir de junio de 1945, los partisanos de Saint-Vincent reunieron los cadáveres de algunos de sus caídos en un cementerio situado a medio camino entre la aldea de Amay y las alzadas de Frumy. Y ya en los años de la inmediata posguerra, el 7 de septiembre, los excombatientes locales de las bandas se reunían para conmemorar conjuntamente el día de San Grato y los rastreos que habían enlutado la «colina» de Saint-Vincent a principios de septiembre de 1944. En 1950, La Stampa definía el cementerio partisano del Col de Joux como «el único en su género» que quedaba todavía en las montañas, y destacaba el empeño en conservarlo por parte de Edoardo Page, el comandante Ardes. Al año siguiente, Page promovió la construcción junto al cementerio de una capilla de los Partisanos inaugurada en 1953, aunque los trabajos se prolongaron hasta los años sesenta. En la fachada de la pequeña iglesia edificada con piedras del lugar, una lápida escueta en palabras y fechas: A LOS CAÍDOS POR LA LIBERTAD, 9-9-1943 – 25-4-1945.

The book is an approach to the pro-fascist policies of the Italian Social Republic in the aftermath of the Second World War, to the partisans who tried to confront them by force of arms in Piedmont and, as a common thread, the vicissitudes of Primo Levi during the time that he was in a group of partisans in the Aosta Valley before being arrested and sent to a concentration camp, specifically a certain dark episode that took place in those days and to which the writer alluded in some of his works more or less less evening.
Sergio Luzzato wrote an enjoyable book and in the second part he knew how to throw a fresh light on the gray area created in the transition from hot to ordinary justice, where the second part is perhaps more attentive to legal norms, but much less to distinguishing the guilty of the victims.

A few weeks earlier, after July 25 and the fall of the Duce, Mario Pelizzari was one of the first in the factory to notice the danger and get down to work. The future Alimiro – the most legendary partisan of Ivrea – did not limit himself to walking the streets of his city together with a colleague, armed with a hammer and a chisel, to remove from the facades of public buildings all the fasces that were put on them. within range. Together with his boss, the engineer Riccardo Levi, who directed the Olivetti technical office and who had been, in a way, his teacher of anti-fascism, Pelizzari tried to create an internal commission that would function as a primitive nucleus of resistance. At the beginning of September he moved to Saint-Jacques, in the upper Ayas valley, where Olivetti had a summer colony right on the slopes of Monte Rosa. A postcard colony, almost dreamlike. If it weren’t for the fact that this was the summer of 1943 and the German army was preparing to occupy all of Italy, including the little Aosta Valley and the tiny Ayas Valley. And if it weren’t for the fact that to say German occupation was equivalent to saying immediate danger for the Italian Jews, for people like the engineer Levi, who had a wife and children, for the many directors and officials of Jewish origin (families of Jews and not very Jewish, but who in one way or another they remained so) that had contributed to making Olivetti a factory in a certain way special.
I discovered the little village of Amay on a sunny day in September 2011. For years I had been studying the subject of the Col de Joux partisans, this history of resistance and Primo Levi in the Resistance, but I had not yet carried out any inspection , had not explored the main setting of the plot. For years, driving from Saint-Vincent to Turin or Geneva, he would look up at the «hill» where he knew Amay was; for years I recognized, from the bottom of the valley, the outlines of the houses hidden among the green of the vegetation or drawn on the white of the snow. But never once did I get off the highway to go up the curves of that hill, reach the town after half an hour of walking, park the car where the provincial road widens and go down the alleys of a practically uninhabited village. I had never decided to go through it with my own feet and to see it with my own eyes. I had forgotten the lesson of Richard Cobb, British scholar of the French Revolution, for whom history has to be traveled on foot as well as read, it has to be visited in situ as well as on the pages of books or in archive folders .
For centuries, Amay had been a stopping place on the ancient salt and wine route that linked Aosta with Switzerland through the Col de Joux, the Ayas valley and the Teodulo pass. The town’s decline began in the 19th century, but in the 1920s and 1930s the advance of tourism, though slow, offered some chance of recovery. Didn’t the journalist Curio Mortari, in a report for La Stampa in June 1932, speak of the Saint-Vincent hill as an «alpine El Dorado» and of Amay, «a delightful town with emerald contours», as a country? of hauja within reach? In the same article, Mortari shared with the readers of the Turin newspaper a story (or a legend) that the inhabitants of the valley had passed down from generation to generation.

Bardonecchia, Sestrière, Courmayeur, Cervinia: how many mountain vacation stories filled the pages of Elena Bachi’s diary before the summer of 1938. For Elena, as for Primo Levi, the summer of Cogne. July, the Miramonti hotel, the meadow, the tennis, the walks in the heights with the ice of the Gran Paradiso in the background: but in the newspapers the Manifesto of the racist scientists, and the political announcement of the anti-Jewish laws.
The people of the Aosta Valley reacted with mixed attitudes to the influx of Italian or foreign Jews seeking an opportunity to sneak into Switzerland or simply hoping to be less visible in the mountains than in the city. On the one hand, the inhabitants of the valley considered this influx as an additional difficulty to face, since the Jewish refugees were also mouths to feed and threatened to further reduce the scarce resources available. On the other hand, the locals recognized that they were presented with an unexpected economic opportunity, since the Jews were much more willing to pay for food and lodging, considering that they were not doing tourism, but were fighting for their survival. And to the contrast of postures it was necessary to add a contrast of feelings. On the one hand, the situation of the Jews aroused in the Valdostans a natural movement of human understanding, or of Christian piety. On the other hand, the conditions of need in which the Valdostans themselves found themselves induced them to make the most of the Jewish drama, to the point of imposing truly abusive lodging rates on the fugitives.
Contrary to what might be supposed, the inhabitants of Saint-Vincent had acquired a remarkable familiarity with the figure of the Wandering Jew during the war, as an indirect consequence of the development of the occupation of the Balkans by the Axis countries. During the second half of 1941, raids and massacres in Serbia and Croatia by German forces and Ustashi collaborators caused thousands of Jews to flee to the Italian zone of occupation of Yugoslavia, motivated by the reasonable hope that Mussolini’s soldiers will treat them less inhumanely than Hitler’s soldiers. About two thousand fugitive Jews were transported from Dalmatia to Italy.
Nor did the SS officers distinguish between men and women who, two weeks later, at the beginning of October, managed to capture the entire Ovazza family, father, mother, son and daughter: the Turinese Jews who, driven by the head of the family, Ettore, had represented in the thirties the incarnation of a fascist Jewry at the foot of the Mole.49 Intercepted in the Gressoney valley, at the Lyskamm hotel in Saint-Jean, while looking for an opportunity to sneak into Switzerland, the Ovazzas were arrested, stripped of their remarkable fortune, transported to Intra on Lake Maggiore, shot in the basement of a school, and burned in the institute’s boiler. But neither of these first two tragedies of Turinese Jews was immediately in the public domain. In occupied Italy, news did not circulate freely. The collaborationist newspapers silenced, as is natural, the most bloodthirsty actions of the German detachments. And the need for the Jews to flee, camouflage and hide prevented them from communicating properly with each other, even if it was to report sad news.

In wartime, trucks had virtually replaced automobiles as a means of transporting people. As for Giuseppe Carrera, he was a nineteen-year-old boy (also a holdout from the 1924 villa) who had transformed his house in via Mantova 22, across the tracks from the train station, into something like the epicenter of the early Casal resistance. And precisely Carrera took Barbesino to via Mantova, «in the first ten days of November», to introduce him to the main organizer of the expedition to the mountain, Italo Rossi, and a collaborator of his, Pierino Pagliolico.
Aosta had to deal with problems of all kinds: not only political and military, but also economic and social. It had to deal with the crisis of vocations that made the Republican Fascist Party a pale replica of the National Fascist Party, and it had to remedy the chaos that turned the different repressive apparatuses—the Italian police, border guard, and SS—into competing bodies. each other instead of being united in the fight against subversive forces. It also had to deal with an endemically deficient supply, with a declining transport infrastructure, with industries and workshops short of supply, and with everything that made daily life under the Social Republic even more precarious than in the last years of the fascist regime. Deep down, there was something tremendously grandiose in men like Carnazzi, raised in the Italy of the Duce and devoted to that Italy even after September 8, even with the Germans at home, and even at the price of putting first and second points in the The order of the day is a merciless war against the rebels and a ruthless persecution against the Jews.
Casale Monferrato also had fascists ready to accuse the Jews—the last Jews in the city, those who three or four months later would be deported to Auschwitz—of feeding the phenomenon of insubordination with their despicable money. Thus, Mario Guaschino, in a report addressed to the authorities, attributed the recent vehicle thefts in Casale and surroundings to paid agents: young Italians eager for «easy money» who were incited by «God’s cursed Jews» to «betray continually to the homeland. For this reason, the most fiercely anti-Semitic fascists of the Monferrato argued, it was necessary to proceed to the “immediate concentration of all Jews” in places where they would be subjected to the closest surveillance, so that they would stop doing harm once and for all.

The plan was as follows: a prisoner exchange. It was necessary to find a way to capture a fascist and then enter into negotiations with the Salò authorities: the release of the fascist in exchange for the release of Primo Levi. As for the human resources necessary for such an undertaking, they had to come from a joint cooperation between the Biellese and Canavese rebels. To do this, Ada Della Torre, in agreement with Ortona, turned to Riccardo Levi, the husband of her sister Irma, the director of Olivetti who, after hiding his family in the Serra, dedicated himself to clandestine activity between Turin and Santhia. Ada was not discouraged by the justified perplexity of her brother-in-law, who feared that the reckless undertaking would end up being a suicidal undertaking. The plan was already so outlined that it had even been decided who would be the victim: the fascist would be an employee of Olivetti, a staunch supporter of Salò, who lived in a small house on the outskirts of Ivrea and who kept such regular hours that they facilitated the kidnapping. . The plan also included the identification of the men who were part of the commando: they would be Biellese partisans sent by Ortona, led by the most faithful disciple of the engineer Levi: the Olivetti draftsman Mario Pelizzari.
The disastrous autumn of 1944 began early on the «hill» of Saint-Vincent: in early September, on the eve of the feast of Saint Gratus, patron saint of Amay and Aosta. It began with a German search in the village of Moron, followed by a German attack on the band of Giuseppe Thuegaz («Firpo»), who answered to Major Ardes and was camped higher up in the village of Salirod. Four dead partisans, all in their twenties and all locals, eight partisans captured and shot in the days or weeks that followed. «At nightfall of a magnificent and sad afternoon of September 4,» Thuegaz, a peasant from Saint-Vincent, would recall forty years later, he and Edoardo Page had the corpses of the companions transported to Amay, to the chapel of San Grato. «The next day, the feast of the patron saint of the place, instead of songs and ceremonies of joy, the funerals of the four dead partisans were solemnly celebrated: Dagnès, Torrent, Ravet, Pellisier: four dead for freedom!»
The chronicles of the Resistance in the Aosta Valley referring to the autumn of 1944 practically only reproduce negative episodes. Chain searches, reprisals after partisan ambushes, and the fall of the free zones: the almost complete reconquest of the territory by the Nazi-Fascists. The Ayas valley, the Valtournenche, the Champorcher valley, the Valsavarenche and the Cogne valley itself, where a free zone had been created in the month of July and had become, during the summer, the closest thing to a « partisan republic» fell back, one after another, under German control.

One of the few Monferrat war criminals who paid with his life was Major Wilhelm Meyer. He was the commander of the German stronghold of Casale, and the partisans blamed him – more than any other crime – for the massacre perpetrated in Villadeati, in Valcerrina, on October 9, 1944: the execution of ten civilians, peasants who they had to do with the Resistance, along with the town’s anti-fascist priest, Don Ernesto Camurati. After the surrender of the Germans at Casale Castle, Commander Meyer was located by the Garibaldins in a prison camp near Asti. The Wehrmacht officer was taken to Villadeati, to the same place of massacre, on May 10, 1945 and, after undergoing a mock trial, was executed behind a fence and buried in a meadow in the shade of the cemetery, so as not to dirty the consecrated ground with the corpse. Years later, at the time of the exhumation of the body, the coroner established the cause of Meyer’s death as the destruction of the cranial vault caused by a discharge of projectiles in the neck…
The Italian Civil War had been too long and fierce to end briefly and painlessly. Inevitably, April 25 continued for a few more weeks, until the months of May and June 1945: the spring of freedom was also the spring of the hunt for war criminals large and small, and the baptism of democratic Italy coincided with the cruelty against fascist Italy. It was not just about asking for explanations for the twenty months of the Social Republic, for the errors and horrors of a puppet State subjected to the worst designs of the Führer of Berlin; It was about asking for explanations for the twenty years of the Mussolinian regime, for a history of abuses, violence and oppression, which had begun at the time of the squadronism and had lasted until July 25, 1943. This helps to explain that plus of rage, hatred and brutality documented by the chronicles of that Italian spring, the Dantesque retaliation inflicted by the anti-fascists on many fascists. In the Italy of the Liberation, revenge was as much savored as justice had been longed for for a quarter of a century.
In the Aosta Valley, the reports of the police headquarters and the carabinieri spoke daily of both kidnapped and missing men and bodies found in the waters or on the banks of the Dora. “Probable homicide”, noted at the time the general registry of the king’s attorney’s office: from Courmayeur to Pont-Saint-Martin, a hundred fascists were victims of summary executions. Greater fortune had those who were captured by the partisans, piled up in the Duca degli Abruzzi castle or in the Torre dei Balivi and handed over to the Anglo-American military, who were in charge of classifying them and sending them to the south or to a prison camp.

De Agazio was killed by two assassins on a street in Milan on the night of March 14, 1947. The crime had a huge resonance, and the newspapers, according to their tendency, were inclined towards a settling of accounts within neo-fascism, others towards revenge. of the communists and others even by an international connection: the hand of American agents or that of Soviet or Yugoslav agents. Today it seems proven that De Agazio was killed by a commando from the so-called Volante Rossa, former partisans from the Milan region who wanted to punish him for having denigrated the Resistance. But it immediately became clear that the director of the Meridiano d’Italia was not only engaged in political journalism, but that he was also involved (or was intended to be involved) in diplomatic-military plots. The night of his death, De Agazio carried in his pocket a letter dated February 1 in which the secretary of the Italian Social Movement, Giorgio Almirante, begged him to carry out an «urgent and very important mission»: to coordinate with the neo-fascists of Turin —and with the archbishop of the city, Cardinal Fossati— to create secret anti-communist action squads in Piedmont.

The funerals were held in Sassi on October 20, 1945. The funeral honors did not include only Luciano, the whole neighborhood wept that day also for the Garibaldino brothers Giuseppe and Eugenio Marzano. The first to fall was the youngest, «Genio», nineteen years old, killed in combat in San Benedetto Belbo in November 1944. «Bepi», twenty-one years old, fell four months later, at the end of March 1945, fighting in the Aosta Valley, in the Thuile. On the walls of Sassi, a single mortuary obituary included the names and photographs of the three partisans, honored with a holy rosary on the night of Friday the 19th, buried the afternoon of the following day: «From their flesh, torn by enemy lead, comes a scream. They are and will always be alive among us, and their sacrifice will be an example and encouragement for our future actions. In the Sassi cemetery, in the ovals bordered in black, the portraits of the Marzano brothers still share the stone with the portrait of Zabaldano and those of the other eight partisans from the neighborhood who fell for freedom. «When I go to the cemetery, I always stop by to greet your uncle Quarà, who at the age of twelve was Luciano’s war godmother, who was sixteen, the afternoon he received us at his house, on the same strada Mongreno.
Starting in June 1945, the Saint-Vincent partisans gathered the bodies of some of their fallen in a cemetery located halfway between the village of Amay and the Frumy uprisings. And already in the immediate post-war years, on September 7, the local ex-combatants of the gangs gathered to jointly commemorate the day of San Grato and the searches that had mourned the «hill» of Saint-Vincent at the beginning of September. 1944. In 1950, La Stampa defined the Col de Joux partisan cemetery as «the only one of its kind» that still remained in the mountains, and highlighted the commitment to preserve it by Edoardo Page, Commander Ardes. The following year, Page promoted the construction next to the cemetery of a Partisan chapel inaugurated in 1953, although the work lasted until the 1960s. On the facade of the small church built with local stones, a concise tombstone in words and dates: TO THOSE FALLEN FOR FREEDOM, 9-9-1943 – 4-25-1945.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.