La Aldea Perdida — Max Gross / The Lost Shtetl: A Novel by Max Gross

Hasta en un pueblo feliz y tranquilo como el nuestro es posible encontrar a alguien a quien no quieras volver a ver.
Pesha Lindauer encontró a una de esas personas. Un hombre cuyo rostro la sacaba de sus casillas y cuya voz le hacía apretar los puños y rechinar los dientes. Un hombre que en sueños la perseguía y la atormentaba con látigos y fuego, y cuyo aspecto siempre le dejaba un ligero olor a azufre al despertar.
Tenía la doble desgracia de que el personaje en cuestión era su marido, Ishmael.
Pocos meses después de la firma del contrato matrimonial y del pago de la dote, Pesha le pidió el divorcio.

Este es el ganador de los Premios Nacionales del Libro 2020 del Consejo del Libro Judío y podría haber sido un libro excelente. Tiene una trama interesante, personajes, algo de fantasía y buena escritura. La ejecución está mal. Es demasiado largo, cronología confusa, tangentes serpenteantes, y ni siquiera sabemos quién es el narrador.
Kreskol, es un shtetl judío aislado de varios miles de residentes de habla yiddish en Polonia que ha estado totalmente aislado desde alrededor de 1900 y, por lo tanto, fue «pasado por alto» por los alemanes nazis en su aniquilación de los judíos en Polonia. No tienen conocimiento de ningún evento externo o tecnología, viven una vida de 1900 y Polonia no sabe nada al respecto.
En la actualidad, Yankel Lewinkopf es enviado por el pueblo para encontrar a los dos demandados desaparecidos en un amargo divorcio, Pesha e Ishmael. Cuando finalmente llega a la civilización, sin saber nada de polaco, trata de convencer a algunos médicos de que en realidad proviene de Kreskol, cuya existencia las autoridades polacas no tienen constancia. Se hace amigo y se muda con Karol, quien lo convence de perder su virginidad en un burdel donde conoce a Pesha, que ahora es prostituta y no puede escapar. Se enamoran y una buena parte del libro trata sobre sus esfuerzos por estar juntos.
El pueblo es redescubierto por el mundo exterior y con la consiguiente publicidad se ve acosado por todo tipo de modernidad, turismo, generosidad del gobierno, todo con resultados predecibles. Después de un tiempo, varios historiadores prominentes deciden que la historia es un engaño y los forasteros se retiran.
Un shtetl en Polonia está «perdido» para el mundo. Está aislado en sí mismo, por lo que todavía vive en un mundo anterior a la Segunda Guerra Mundial (en realidad, incluso antes). Un mundo completamente autónomo, hasta que un joven, Yankel, es enviado a buscar a una mujer que se escapó. Descubre el mundo moderno, con todas sus nuevas tecnologías impactantes. La novela trata sobre el redescubrimiento del pueblo y cómo afecta a los habitantes y también sobre Yankel abriéndose camino en el mundo exterior. El medio se arrastró un poco, pero en general la historia fue realmente atractiva. Todas las palabras en yiddish y polaco utilizadas se encuentran en notas al pie, por lo que es fácil de seguir. El final, pensé, fue especialmente conmovedor.

Por supuesto que cuando describí a Yankel Lewinkopf como un «huérfano», estaba empleando un eufemismo.
Era efectivamente huérfano en el sentido de que su madre había contraído el tifus y había fallecido antes de su octavo cumpleaños, y de que había crecido en varios hogares distintos. Vivió un año con una tía. Otro año con un tío. Y con su abuela hasta que tuvo la edad suficiente para empezar como aprendiz en la panadería de su primo.
Pero estaba claro que no era huérfano en el sentido de que su padre estaba vivito y coleando y era uno de los santurrones de Kreskol, aunque nadie pudiera afirmar con exactitud cuál de ellos era su padre.
Devorah Lewinkopf, la madre del muchacho, se había casado joven, y antes de cumplir veintiún años, su marido había desaparecido una noche de su alcoba.

Como cualquier proyecto de gran calado, el intento de arrastrar a Kreskol hacia la modernidad requería los esfuerzos de un gran burócrata.
El funcionario gubernamental que nos asignaron, Rajmund Sikorski, poseía muchos de los atributos que acompañan a dicho título. Era organizado. Mostraba un profundo respeto por los trámites. Y conocía la exhaustiva lista de requisitos que era necesario cumplir antes de poder implantar con éxito un colegio o un centro de salud en medio de la nada.
Nos hablaba con respeto y mantenía a raya los numerosos rasgos negativos que normalmente se asocian a un burócrata.
Y como el sistemático e inteligente empleado público que era, el señor Sikorski se dio cuenta de que aquella transición podía acelerarse de forma mucho más fluida si no tuviera que lidiar con alguien que a todas luces lo odiaba y estaba más que dispuesto a encargarse de que sus esfuerzos fracasaran: el rabí Sokolow.
Contrataron a cinco chicos adolescentes para que repartieran la correspondencia de cinco zonas distintas del pueblo. Les proporcionaron uniformes, les dieron unas cuantas lecciones básicas de polaco, les obligaron a estudiarse una cartilla de lectura, les hicieron un recorrido del sistema de cuadrícula que Berel había diseñado y les pagaron cuatrocientos eslotis a la semana por sus esfuerzos.
Durante todo aquel verano, se tendieron cables eléctricos a través del bosque para conectar el pueblo con la central más cercana, a unos sesenta kilómetros de distancia, y poco antes de queabriera la poczta, pudimos ver a distintos técnicos levantando postes en diversos puntos de la localidad. Se encargaron cuadros eléctricos para las más de cuatrocientas casas y edificios de Kreskol.

Los Cooperman habían contratado a varios delineantes y carpinteros a quienes habían pagado generosamente. También ellos se quedaron de repente sin trabajo y con un futuro económico incierto. Igual que les pasó a los delineantes que trabajaban en las otras tres casas del pueblo que estaban a medio construir. Se ofrecieron a hacer reformas donde fuera por una bicoca. De repente, a algunos de los hombres más fuertes y capaces de Kreskol no les quedó otra que quedarse en casa de brazos cruzados o ayudar a sus esposas a vender su género en la plaza del pueblo.
Todos los desventurados acudieron a Sokolow suplicándole que les diera consejo.
—Tal vez deberías intentar aprender un oficio distinto —sugería el rabí, en un gesto de impotencia, puesto que no sabía qué otra cosa decir.
Reb Zlotowitz, el encargado de las limosnas, informó de que en las arcas de la sinagoga quedaba muy poco dinero y de que se había producido un pico inesperado en los casos de beneficencia. Sokolow no podía creer lo que oía.
Desde el principio, el relato de Yankel generó desconfianza. Cuando las autoridades le preguntaron qué ocurrió la noche del incendio, respondió que simplemente pasaba por delante de la casa cuando vio lo que parecía un merodeador entrando en el sótano. Fue entonces cuando llamó por teléfono a los servicios de emergencia.

Puede que Yankel jamás conociera a su padre, pero sin duda su padre había pronunciado aquellas palabras. Y también el padre de su padre. Y así.
Escucha, Israel: ¡el Señor nuestro Dios es el único Señor!.

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Even in a happy and quiet town like ours, it is possible to find someone you never want to see again.
Pesha Lindauer found one such person. A man whose face unnerved her and whose voice made her clench her fists and grit her teeth. A man who chased her in her dreams and tormented her with whips and fire, and whose appearance always left her with a slight smell of sulfur when she woke up.
She had the double misfortune that the character in question was her husband, Ishmael.
A few months after the signing of the marriage contract and the payment of her dowry, she Pesha asked for a divorce from her.

This is the Jewish Book Council 2020 National Book Awards Winner and it could have been a terrific book. It has an interesting plot, characters, some fantasy, and good writing. The execution is all wrong. It is too long, confusing chronology, meandering tangents, and we don’t even know who is the narrator.
Kreskol, is an isolated Jewish shtetl of several thousand Yiddish speaking residents in Poland which has been totally isolated since around 1900 and was thus “overlooked” by the Nazi Germans in their annihilation of the Jews in Poland. They have no knowledge of any outside events or technology, living a 1900 life and Poland knows nothing about it.
In today’s time, Yankel Lewinkopf is sent out by the village to find the two missing respondents in a bitter divorce, Pesha and Ishmael. When he finally reaches civilization, not knowing any Polish, he tries to convince some doctors that he in fact comes from Kreskol, which Polish authorities have no record of its existence. He is befriended and moves in with Karol who convinces him to lose his virginity at a brothel where he meets Pesha, who is now a prostitute and can’t get away. They fall in love and a good portion of the book is concerned with their efforts to get together.
The village gets rediscovered by the outside world and with the attendant publicity it is beset with all sorts of modernity, tourism, government largesse, all with predictable results. After a while, a number of prominent historians decide the story is a hoax and outsiders pull back.
A shtetl in Poland is «lost» to the world. It’s self-isolated, so it’s still living in a pre-WWII world (actually even earlier). A completely self-contained world, until a young man, Yankel, is sent out to find a woman who ran away. He discovers the modern world, with all its shocking new technologies. The novel is about the re-discovery of the town and how it affects the inhabitants and also about Yankel making his way in the outside world. The middle dragged a tiny bit, but overall the story was really engaging. All the Yiddish and Polish words used are footnoted, so it’s easy to follow. The ending, I thought, was especially poignant.

Of course when I described Yankel Lewinkopf as an «orphan,» he was using a euphemism.
He was effectively an orphan in the sense that his mother had contracted typhus and died before his eighth birthday, and that he had grown up in several different homes. He lived for a year with an aunt. Another year with an uncle. And with his grandmother until she was old enough to start as an apprentice in her cousin’s bakery.
But clearly he wasn’t an orphan in the sense that his father was alive and well and one of Kreskol’s sanctimonious people, although no one could say exactly which one of them was his father.
Devorah Lewinkopf, the boy’s mother, had married young, and before she was twenty-one, her husband had disappeared from her bedroom one night.

Like any big project, trying to drag Kreskol into modernity required the efforts of a big bureaucrat.
The government official assigned to us, Rajmund Sikorski, possessed many of the attributes that go with such a title. It was organized. He showed a deep respect for formalities. And he knew the exhaustive list of requirements that had to be met before a school or health center could be successfully set up in the middle of nowhere.
He spoke to us respectfully and kept at bay the many negative traits normally associated with a bureaucrat.
And like the systematic and intelligent public employee that he was, Mr. Sikorski realized that this transition could be accelerated much more smoothly if he did not have to deal with someone who clearly hated him and was more than willing to see that he did. their efforts fail: Rabbi Sokolow.
They hired five teenage boys to deliver mail from five different parts of town. They provided them with uniforms, gave them a few basic Polish lessons, forced them to study a primer, gave them a tour of the grid system that Berel had devised, and paid them four hundred zlotys a week for their efforts.
All that summer, electrical cables were strung through the forest to connect the town with the nearest power station, some forty miles away, and shortly before the poczta opened, we could see various technicians erecting poles at various points in the village. location. Electrical panels were ordered for the more than four hundred houses and buildings in Kreskol.

The Coopermans had hired several draftsmen and carpenters who had been paid handsomely. They, too, were suddenly left without a job and with an uncertain economic future. Just like what happened to the draftsmen who worked on the other three half-built houses in town. They offered to do renovations anywhere for a penny. Suddenly, some of the strongest and most capable men in Kreskol had no choice but to sit idly at home or help their wives sell their wares in the town square.
All the unfortunates turned to Sokolow begging him for advice.
«Maybe you should try to learn a different trade,» the rabbi suggested, in a helpless gesture, since he didn’t know what else to say.
Reb Zlotowitz, the almsman, reported that there was very little money left in the synagogue’s coffers and that there had been an unexpected spike in charity cases. Sokolow couldn’t believe his ears.
From the beginning, Yankel’s account generated mistrust. When asked by authorities what happened the night of the fire, he replied that he was just walking past the house when he saw what appeared to be a prowler entering the basement. It was then that he telephoned the emergency services.

Yankel may never have known his father, but his father had certainly spoken those words. And also the father of his father. And so.
Listen, Israel: the Lord our God is the only Lord!

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