Cuentos De Hadas Celtas: Gnomos, Elfos Y Otras Criaturas Mágicas — Roberto Rosaspini Reynolds / Celtic Fairy Tales: Gnomes, Elves, and Other Magical Creatures by Roberto Rosaspini Reynolds

El término «hada» deriva del latín fatum, término que define al destino. El vocablo se transformó posteriormente en el francés fée, del que nacen las palabras inglesas fey y fairy, y que en español dio origen al adjetivo feérico, poco difundido, que alude a todo lo «relativo a las hadas». El vocablo anglosajón fairy (hada), como así también muchas de sus traducciones a otros idiomas, tiene un significado mucho más amplio que su traducción hispana, ya que involucra a todos los seres elementales, masculinos o femeninos, que componen la familia de la «gente pequeña» o, como también se la conoce, «gente menuda», «buena gente», «vecinos olvidados» y muchos otros nombres. En esta ocasión, sin embargo, para unificar criterios respecto de los géneros gramaticales, hemos decidido utilizar el término «hada» para las entidades femeninas (sirenas, elfinas, brujas, ondinas, banshees, etc.), y «elfo» para las masculinas (duendes, gnomos, murrughach, silfos, pookhas y demás).
Ya Shakespeare, en su inolvidable Sueño de una noche de verano, separó las hadas de los elfos; las primeras mantienen en forma constante una apariencia humana, aunque pueden desplazarse por el aire —con alas o sin ellas—, y su tamaño suele variar entre unos pocos centímetros hasta la estatura humana o más; los elfos, por su parte, están divididos en varias especies. Sin embargo, existe una característica invariable para toda la «gente pequeña»: no son ni malos ni buenos; son criaturas extrañas, con principios éticos y valores (si pueden llamarse así) diferentes de los de los seres humanos, y pueden o no aceptarnos en su círculo. Poseen un poder mágico incomprensible para los hombres; son el poder y la inspiración, pero no piensan ni sienten como los humanos, y eso los hace encantadores algunas veces, y nefastos al minuto siguiente.
Entre los protagonistas integrantes de la «gente pequeña» se incluyeron seres bonachones y queribles, como «Koomara, el murrughach» y el sith de «La bella Janet y el príncipe sith»; otros de humor variable, como «Las hadas de Knockgrafton» y «Elidor y los elfos de St. Davis», algunos decididamente malos, como «Los duendes de Cova da Serpe» y «El hijo del rey de Erín y el rey de los silfos» y, finalmente, algún elemental, víctima de la maldad de los seres humanos, como «La trucha blanca de Lough Feaagh». Completan esta selección «El pookah de Offaly», un gnomo servicial transformado en asno; «Guilla na brâkon an gour y la princesa triste», un cuento extraído de una recopilación de Thomas Crofton Crocker del año 1825, y «Cormac McArt en el reino de la magia», que narra un episodio de la vida de este gran rey de Erín.

Hace ya tanto tiempo que la memoria se niega a reconocerlo, vivía en el pueblo de Dunmore, en el condado de Galway, Irlanda, un hombre bastante falto de luces que, a pesar de su absorbente afición a la música y de ser un gaitero medianamente bueno, en su vida había sido capaz de aprender otra tonada musical que no fuera «An róg-haira dubh». Sin embargo, con ella solía hacerse de algunas monedas de los parroquianos de las tabernas, que se divertían con sus patéticos pasos de baile y las intencionadas palabras de la canción.
Una noche en que el gaitero regresaba a su morada, después de haber interpretado media docena de veces su única canción en su taberna preferida, llamada «An derugrânoniâ» (Las bellotas), la consabida carga de buen whisky irlandés en sus entrañas hizo que, al cruzar por el cementerio, quizás un poco inseguro por el entorno, presionara el fuelle de la gaita y comenzara a tocar por séptima vez la única canción que conocía.
El gaitero no le hizo el menor caso, y tomó su gaita vieja, para demostrar al párroco que su relato era verídico; y en cuanto comenzó a tocar su antiguo instrumento, sonó una música maravillosa y, desde aquél día hasta que su brazo ya no tuvo fuerzas para presionar el odre de la gaita, nunca hubo en ningún condado de Erín un músico tan solicitado como Swenû, El Gaitero.

Según cuentan las antiguas leyendas gallegas, cuando la Serra da Cova da Serpe, en la región de la Coruña, se cubre de nieve, los lobos, arrojados de sus cubiles por el hambre y el frío, bajan en manadas por los faldeos, y más de una vez se los ha oído aullar en coros pavorosos, no sólo en los caminos, aterrando a los viajeros, sino hasta en las calles mismas de los pueblos, donde los habitantes se encierran en sus casas a cal y canto. Pero no son precisamente los lobos los merodeadores más terribles de la Cova da Serpe; en sus riscos superiores, en sus cimas desoladas y sus cuevas interminables, pululan unos espíritus diabólicos que por las noches bajan en enjambres por las laderas, juegan en las aguas de las fuentes y arroyos y se hamacan en las ramas de los árboles desnudos.
Ellos, y no otros, son los que aúllan a coro con los lobos, empujan inmensas bolas de nieve que bajan rodando desde los picos más altos, arrollando todo lo que encuentran en su camino, y los que bailan y corren como llamas azules, rojas y amarillas, sobre la superficie de los pantanos.
La codicia comenzó a disipar el miedo del pastor, quien, deslumbrado por la contemplación de tantas joyas, cada una de las cuales lo enriquecería de por vida, intentó recoger algunas de ellas, cuando, a pesar del bramido del río de lava, la profundidad de la roca, el rumor del arroyo y las risotadas de los gnomos, llegó hasta sus oídos el repique de la campana de la ermita del pueblo, llamando a los fieles a la oración de la tarde. Al oír su clamor, el pastor, que ya había sido visto por los gnomos y estaba a punto de ser alcanzado por ellos, cayó de rodillas, encomendándose a la protección de la Virgen de Cova da Serpe, patrona de la iglesia. Y así, en un abrir y cerrar de ojos, y sin saber a ciencia cierta cómo ni por qué medio, se encontró repentinamente fuera de la cueva, tirado a un costado del camino que conducía al pueblo, y aturdido como si hubiera salido de un largo sueño.
Desde entonces, los lugareños de la Serra da Cova da Serpe saben por qué la fuente del mercado trae a veces en sus aguas restos de un finísimo polvo de oro y, en ocasiones, en el murmullo que causa se mezclan palabras y suspiros confusos pero sugestivos, que los gnomos vierten en ellas, para seducir a los ingenuos y avariciosos que los escuchan, prometiéndoles riquezas que terminan por ser su perdición.

Había una vez, hace ya muchísimo tiempo, una joven y hermosa doncella que vivía en un castillo, a orillas del Lough Feaagh, de la cual se dice que era la prometida del príncipe de Inchagoill, con el cual iba a desposarse el día de la fiesta de Samhain. Pero, repentinamente, el príncipe fue asesinado y arrojado al lago y, desde luego, ya no pudo cumplir con el compromiso de casamiento que hiciera a la bella Aidù, que así se llamaba la bella joven.
A causa de esta decepción, y por ser frágil y tierna de corazón, Aidù enloqueció, y pasaba el día entero llorando a su prometido, hasta que un día, sin que nadie supiera cómo, desapareció, y los aldeanos atribuyeron esa desaparición a que las ninfas de Lough Feaagh se la habían llevado a su reino subacuático, para que se reuniera con su amado.
Sin embargo, poco tiempo después, en un arroyo próximo, cuyas aguas desembocaban en ese lago, la gente comenzó a comentar la presencia de una trucha completamente blanca, como jamás había visto nadie por aquella región.
Milady —clamó el mercenario, aterrado—, .cómo podría arrojar al río a una dama tan hermosa como tú? ¡Morirías ahogada! —Pero antes de que pudiera agregar una sola palabra, la joven se desvaneció y en el suelo apareció nuevamente la trucha blanca.
Aún aterrado por lo que había visto, el soldado tomó a la pequeña trucha y la llevó rápidamente al río, temiendo que si el prometido de la doncella llegaba en ausencia de ésta, su propia vida se vería en peligro. Pero, tan pronto como el pez tocó la superficie, las aguas se tiñeron de un rojo de sangre, hasta que la corriente lo fue diluyendo lentamente. Hasta hoy, en el costado de la trucha blanca35 (especie muy frecuente en los ríos de Irlanda —señal de un feliz encuentro entre Aidù y su prometido—), puede verse una mancha roja, que marca el sitio donde el mercenario intentara cortarla.
Lo cierto es que, a partir de ese día, el malvado mercenario cambió por completo sus costumbre; comenzó a asistir puntualmente a los servicios religiosos y ayunó los días de Cuaresma y para Pentecostés; pero jamás comió pescado durante esos días ni ningún otro día de su vida, porque el pescado nunca permanecía mucho tiempo en su estómago (si es que entienden lo que quiero decir).
Sea como fuere, el villano se convirtió en otro hombre, y no faltó quien dijera que, ya pasado algún tiempo, abandonó el ejército y se hizo misionero, y solía recorrer Irlanda atendiendo a los enfermos y rezando eternamente por el alma de la trucha blanca.

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The term «fairy» derives from the Latin fatum, a term that defines destiny. The word was later transformed into the French fée, from which the English words fey and fairy are born, and which in Spanish gave rise to the adjective feérico, little spread, which alludes to everything «related to fairies». The Anglo-Saxon word fairy (fairy), as well as many of its translations into other languages, has a much broader meaning than its Spanish translation, since it involves all the elemental beings, male or female, that make up the family of the » little people» or, as they are also known, «little people», «good people», «forgotten neighbors» and many other names. On this occasion, however, to unify criteria regarding grammatical genders, we have decided to use the term «fairy» for feminine entities (mermaids, elves, witches, undines, banshees, etc.), and «elf» for masculine entities. (goblins, gnomes, murrughach, sylphs, pookhas and others).
Already Shakespeare, in his unforgettable Midsummer Night’s Dream, separated the fairies from the elves; the former constantly maintain a human appearance, although they can move through the air —with or without wings—, and their size usually varies from a few centimeters to human height or more; the elves, for their part, are divided into several species. However, there is one invariable characteristic for all «little people»: they are neither bad nor good; they are strange creatures, with ethical principles and values (if they can be called that) different from those of human beings, and they may or may not accept us into their circle. They possess a magical power incomprehensible to men; they are power and inspiration, but they don’t think or feel like humans, and that makes them charming one time, and nefarious the next.
The «little people» protagonists included good-natured and lovable beings such as «Koomara the Murrughach» and the Sith from «Fair Janet and the Sith Prince»; others of variable humor, like «The fairies of Knockgrafton» and «Elidor and the elves of St. Davis», some decidedly bad, like «The elves of Cova da Serpe» and «The son of the king of Erin and the king of the sylphs» and, finally, some elemental, victim of the evil of human beings, such as «The white trout of Lough Feaagh». Completing this selection is «Offaly’s Pookah», a helpful gnome transformed into a donkey; «Guilla na brâkon an gour and the sad princess», a story taken from a compilation by Thomas Crofton Crocker from the year 1825, and «Cormac McArt in the kingdom of magic», which narrates an episode in the life of this great king of Erin.

So long ago that memory refuses to recognize him, there lived in the town of Dunmore, in County Galway, Ireland, a rather dim-witted man who, despite his absorbing love of music and being a moderately good piper, well, never in his life had he been able to learn a musical tune other than «An róg-haira dubh». However, with her she used to get some coins from the patrons of the taverns, who were amused by her pathetic dance steps and the deliberate words of the song.
One night when the piper was returning home, after having performed half a dozen times his only song in his favorite tavern, called «An derugrânoniâ» (The Acorns), the usual load of good Irish whiskey in his bowels made him, crossing the cemetery, perhaps a little insecure because of the surroundings, he pressed the bellows of the bagpipes and began to play for the seventh time the only song he knew.
The piper paid no attention to him, and he took his old bagpipe, to prove to the priest that his story was true; and as soon as he began to play his ancient instrument, wonderful music sounded, and from that day until his arm no longer had the strength to press the skin of the bagpipes, there was never in any county of Erin such a sought-after musician as Swenû, The Piper.

According to ancient Galician legends, when the Serra da Cova da Serpe, in the Coruña region, is covered with snow, the wolves, driven from their dens by hunger and cold, descend in packs down the slopes, and more once upon a time they have been heard howling in terrifying choirs, not only on the roads, terrifying travelers, but even in the very streets of the towns, where the inhabitants shut themselves up in their houses. But the wolves are not exactly the most terrible marauders of the Cova da Serpe; On its upper crags, on its desolate peaks and its endless caves, devilish spirits swarm that at night swarm down the slopes, play in the waters of the springs and streams and swing in the branches of the bare trees.
They, and not others, are the ones who howl in chorus with the wolves, push huge snowballs that roll down from the highest peaks, crushing everything in their path, and those who dance and run like blue, red flames and yellow, on the surface of the swamps.
Greed began to dissipate the fear of the shepherd, who, dazzled by the contemplation of so many jewels, each of which would enrich him for life, tried to collect some of them, when, despite the roar of the lava river, the depth from the rock, the murmur of the stream and the laughter of the gnomes, the ringing of the bell of the village hermitage reached his ears, calling the faithful to evening prayer. Hearing his cry, the shepherd, who had already been seen by the gnomes and was about to be reached by them, fell to his knees, entrusting himself to the protection of the Virgin of Cova da Serpe, patron saint of the church. And so, in the blink of an eye, and without knowing for sure how or by what means, he suddenly found himself out of the cave, lying by the side of the road that led to the village, and dazed as if he had stepped out of a long sleep.
Since then, the locals of the Serra da Cova da Serpe know why the market fountain sometimes brings in its waters traces of a very fine gold dust and, sometimes, confusing but suggestive words and sighs are mixed in the murmur it causes. , which the gnomes pour into them, to seduce the naive and greedy who listen to them, promising them riches that end up being their downfall.

Once upon a time, long ago, there was a beautiful young maiden who lived in a castle on the banks of Lough Feaagh, who is said to have been betrothed to the Prince of Inchagoill, whom she was to marry on the day of his death. Samhain party. But, suddenly, the prince was killed and thrown into the lake and, of course, he could no longer fulfill the marriage commitment he made to the beautiful Aidù, as the beautiful girl was called.
Because of this disappointment, and because she was fragile and tender-hearted, Aidù went mad, and spent the whole day crying for her fiancé, until one day, without anyone knowing how, she disappeared, and the villagers attributed her disappearance to the fact that the Nymphs from Lough Feaagh had taken her to their underwater realm, to be reunited with her lover.
However, a short time later, in a nearby stream, whose waters flowed into that lake, people began to comment on the presence of a completely white trout, such as no one had ever seen in that region.
Milady,» cried the mercenary, terrified, «how could I throw a lady as beautiful as you into the river? You would drown! —But before she could add a single word, the young woman vanished and on the ground the white trout appeared again.
Still terrified by what he had seen, the soldier seized the little trout and carried it quickly to the river, fearing that if the maiden’s fiancé arrived in her absence, her own life would be in danger. But as soon as the fish hit the surface, the waters turned blood red, until the current slowly washed it away. Until today, on the side of the white trout35 (a very frequent species in the rivers of Ireland —sign of a happy meeting between Aidù and her fiancé—), a red spot can be seen, which marks the place where the mercenary tried to cut it .
The truth is that, from that day on, the evil mercenary completely changed his habits; he began to attend religious services punctually and fasted during Lent and for Pentecost; but he never ate fish during those days or any other day in his life, because fish never stayed long in his stomach (if you know what I mean).
Be that as it may, the villain became another man, and there were those who said that, after some time, he left the army and became a missionary, and used to travel around Ireland tending to the sick and praying eternally for the soul of the white trout .

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