Ucrania. El Camino Hacia La Guerra — Alejandro López Canorea / Ukraine. The Road to War by Alejandro López Canorea (spanish book edition)

El destino de este continente, Europa, está lejos de ser fácil. Es muy sencillo dar cuenta de todas las guerras y escaramuzas que ha sufrido. Y cada siglo trae consigo nuevas pruebas, nuevos retos y nuevas guerras al suelo de este continente. Varias veces se han hecho intentos para detener esta cadena de trágicos acontecimientos, pero ahora nuestros esfuerzos pueden y deben dar sus frutos. Han pasado casi diez años y, por primera vez en la historia, los pueblos de Europa están unidos por valores democráticos comunes. Todos nosotros.
Boris Yeltsin, presidente de la Federación Rusa, en la Cumbre OTAN-Rusia de París, 27 de mayo de 1997.
Así se pronunciaba el líder ruso, Borís Yeltsin, en un momento clave de la historia europea. Moscú llamaba a las puertas de Occidente y sus valores comunes con la firma del Acta Fundacional sobre Relaciones Mutuas, Cooperación y Seguridad entre Rusia y la OTAN.

Con la invasión rusa de Ucrania son muchos los artículos, tertulias programas de tv, debates y podcast que por torpeza, intereses espurios o, simplemente ignorancia, ofrecen una visión alejada de la realidad. No es el caso de la recomendable obra que nos ocupa, pues, desde un punto de vista quasi imparcial, aporta una visión realista sobre el conflicto.
La historia conjunta ruso-ucraniana y la interpretación de la misma por las partes en litigio, la lucha soterrada tras el Maidán, las unidades en liza, los rucursos y, por qué no, el sentir de las poblaciones quedan muy bien expuestos ofreciéndo una panorámica culta y acertada de las aristas del litigio; consiguiendo de esta manera que, cualquier interesado en saber el qué, cómo, cuándo, dónde y por qué satisfaga su sed de conocimiento.
Para terminar, recomendamos la obra por su excelente exposición siendo los capítulos finales los que a nuestro juicio son los más interesantes junto al primero, a la vez que nos ha dado la sensación de intentar realizar algunos capítulos con premura sin desmerecer este extremo lo más mínimo el conjunto final. Lean y disfuten.
Es el mejor y mas objetivo análisis sobre la guerra en Ucrania que se puede encontrar hoy día en España. El autor describe con exhaustividad y de manera absolutamente objetiva los precedentes de la guerra y como se ha llegado a esta situación. Su lectura es imprescindible para no dejarse engañar por los medios de comunicación que deforman y manipulan la realidad tanto de Rusia como de Ucrania. Asistimos a un relato por parte de los medios occidentales, que nos cuentan totalmente sesgado y que nos presenta una versión interesada del conflicto.

Los debates sobre el origen común de Rusia y Ucrania han sido una fuente constante de controversias entre los círculos intelectuales y políticos de ambos estados. Las llamadas tesis normandistas afirman que la fundación de este primer Estado tiene su origen en poblaciones vikingas escandinavas, frente a las antinormandistas que, a grandes rasgos, defienden que el origen de la Rus de Kiev es eslavo. Este debate constituye una buena muestra de las divisiones existentes a la hora de interpretar la fundación de Rusia y Ucrania. Es innegable que los dos países comparten una vinculación histórica y un punto de referencia primigenio que es la monarquía feudal fundada en el siglo IX: la Rus de Kiev. La conformación de este proto-Estado no está exenta de discusiones entre los propios historiadores.
Cuando los bolcheviques triunfaban con su revolución y la guerra civil rusa comenzaba a dar sus primeros coletazos, se proclamaría la República Independiente de Ucrania en 1917. Las aspiraciones territoriales de sus dirigentes, tal y como se dispuso en la Conferencia de Paz de París de 1918, abarcaban áreas más amplias que el futuro Estado ucraniano. Las luchas internas provocaron un golpe de Estado de Pavló Skoropadski y la creación del II Hetmanato. Finalmente se establecerá la República Socialista Soviética de Ucrania con los límites territoriales que se mantendrían hasta 2013. Debido a la posición geográfica de Ucrania podrían concretarse varias distinciones territoriales: la parte occidental bajo dominio de los Habsburgo en el siglo XIX; Bucovina y la zona subcarpática vinculadas a la tradición rumana, otomana y húngara; o la Ucrania central y su pertenencia a la Mancomunidad Polaco-Lituana. El sur, poblado por campesinos rusos, y el este del país y su importante tradición minera hicieron que se convirtiese en destino de muchos trabajadores rusos. Durante la Unión Soviética, la RSS de Ucrania fue de las repúblicas más sobresalientes. Varios líderes de la URSS tenían origen ucraniano —como Leonid Brézhnev— y ocuparon importantes puestos en el Estado y
ocuparon importantes puestos en el Estado y el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS).
Con la llegada de los bolcheviques tuvo lugar un intento de alfabetización de todos los territorios. Cada república integrante de la URSS tenía un estatus oficial y, en el caso de Ucrania, una lengua, que hasta el siglo XIX no estaba muy desarrollada, pero que entonces comenzó a enseñarse. La idea de los bolcheviques, en un primer momento, fue enfatizar que las naciones eslavas tenían una relación de hermandad y se ponían de manifiesto sus distintas realidades.

El acuerdo político entre el sector de Yanukóvich y los líderes opositores sería para realizar cambios constitucionales que devolvieran el ordenamiento de 2004 y para adelantar las elecciones en un intento de lograr el desarme y cese de las protestas, contra las que iba a intervenir el ejército. Sin embargo, algunos líderes de las protestas no aceptaron el acuerdo impulsados por el punto crítico del día 20, y Víktor Yanukóvich, junto a parte de su gobierno, se marchó a Járkov. Una vez logrado el vacío de poder, el parlamento ucraniano, la Rada Suprema, se vio con las manos libres para destituir al presidente por «abandono de sus funciones». Su puesto le sería asignado de manera interina a Oleksandr Turchínov, exviceprimer ministro de Yulia Timoshenko, sin seguirse desde la Rada la sucesión constitucional en su elección y sin la firma ni presencia de Yanukóvich durante la reinstauración de la Constitución de 2004. Este documento reformado de la Constitución de 1996 había sido derogado por el Tribunal Constitucional en 2010, aunque dicho proceso se enmarcó en las acusaciones contra Yanukóvich de presiones políticas para la salida de varios magistrados.
Por otro lado, la injerencia extranjera en el caso del Maidán también fue muy evidente: sobre el terreno durante la revuelta del Maidán se encontraban Victoria Nuland, alto cargo de la Secretaría de Estado del gobierno de Barack Obama, y John McCain, senador de Estados Unidos y candidato republicano a la presidencia del país en 2008. De hecho, también habría habido conversaciones de Nuland con el embajador de Estados Unidos en Ucrania, filtradas semanas antes del golpe en las que hablaban sobre quién debía conformar el futuro gobierno tras la caída de Yanukóvich.
Finalmente el Maidán contendría todos los elementos: protesta liberal, protesta nacionalista, protesta de extrema derecha, golpe de Estado, intervención política extranjera, revuelta civil, revolución de color y revolución político-social. Pero a lo que abriría las puertas al final todo este proceso sería a la ruptura del enormemente frágil equilibrio político que representaban los Yanukóvich, Yúshchenko y Timoshenko tras la salida del presidente Kuchma. Esta ruptura sería extensible al equilibrio territorial debido al resquebrajamiento social, territorial y político. Ucrania se asomaba a un periodo donde nunca volvería a ser la misma y en el que cada actor quiso llevar el espíritu del Maidán por su lado, creando disonancias entre los movimientos nacionalistas y los liberales. La extrema derecha, presente en muchos grupos nacionalistas, protagonizaría importantes posiciones de la Ucrania post-Maidán. Y la reacción desde las áreas prorrusas no solo era algo esperable sino que era necesaria para los marginados en el nuevo reparto político del país.

La caída del gobierno ucraniano sería el primer paso hacia el final de todos los encajes de equilibrismo político construido durante años. Las protestas contrarias al espíritu del Maidán también se habían vivido, pero no se catapultarían hasta la marcha de Yanukóvich. La consecuencia de dicho cambio político sería el apoyo necesario de los liberales y los nacionalistas sobre la extrema derecha. Aunque esta fuera aún minoritaria a nivel político, era muy importante su papel social a nivel organizativo en las calles.
La primera decisión tomada por el nuevo régimen parlamentario sería la suspensión de la ley sobre principios de la política lingüística estatal, es decir, la ley que había dado la apertura a oficializar idiomas distintos al ucraniano si eran hablados por más de un 10% de la población en sus regiones.
La eliminación del legado ruso no se limitaría solo a la lengua sino que se orientó hacia el otro gran elemento aglutinador: la Iglesia ortodoxa rusa. Petro Poroshenko realizó una fuerte campaña para oficializar el estatus autónomo —autocefalia— de la Iglesia ortodoxa ucraniana, dado el habitual carácter nacional de las iglesias ortodoxas estatales. Durante el periodo posterior a la caída de la URSS coincidirían hasta tres iglesias ortodoxas en Ucrania: una dependiente del Patriarcado de Moscú, otra dependiente de un autoproclamado Patriarcado de Kiev y otra declarada autocéfala. La primera llevaba desde el año 1686 con jurisdicción sobre el territorio que entonces ocupaba Ucrania o, mejor dicho, sobre el antiguo Patriarcado de Kiev y todas las Rus antes de su traslado a Moscú durante la conquista de los mongoles en el año 1240. Tras el Maidán, se fomentó la división religiosa en Ucrania para decantarse por el abandono de la Iglesia ortodoxa dependiente del Patriarcado de Moscú y todas las Rus, que fue cayendo en número de fieles. En el año 2018, se unificaron la Iglesia ortodoxa ucraniana autocéfala y la Iglesia ortodoxa ucraniana dependiente del Patriarcado de Kiev —no reconocido por ninguno de los demás patriarcados ortodoxos— de cara a recibir una autocefalia oficial en 2019. El patriarca ecuménico de Constantinopla concedía ese año dicha autonomía oficial a la Iglesia ucraniana. Ante este tensionamiento sin precedentes a nivel religioso, el Patriarcado de Moscú —el más importante del mundo ortodoxo— rompió con el de Constantinopla —el considerado «primero entre iguales»—, causando un cisma histórico en la Iglesia ortodoxa. Ante el reconocimiento de la autocefalia de la Iglesia ortodoxa ucraniana, el Patriarcado de Moscú ha tenido que romper relaciones también con la Iglesia ortodoxa de Grecia, la Iglesia ortodoxa de Chipre y el Patriarcado de Alejandría y toda África.

Antes de avanzar en el efecto que la ruptura de la Ucrania moderna pudo tener en la crisis con Rusia es necesario entender cómo se logró el salto a una fase de baja intensidad durante 2015. Y cómo su fracaso llevaría a una nueva intensificación e internacionalización paulatina hasta 2022. En los márgenes de una conmemoración del famoso desembarco aliado durante la Segunda Guerra Mundial, y en medio de la descomposición ucraniana, surgió el «formato de Normandía», creado el día 4 de junio de 2014, suponiendo el primer gran encuentro entre Vladímir Putin y Petro Poroshenko desde la crisis. El formato fue conformado entre Francia, Alemania, Rusia y Ucrania. Y sería empleado para buscar una solución diplomática a la guerra del Donbás. De los encuentros en este marco se firmarían los Acuerdos de Minsk (Protocolo de Minsk del 5 de septiembre de 2014 y Memorándum de Minsk del 19 de septiembre de 2014, conocidos como Minsk I, y Conjunto de Medidas de Minsk del 12 de febrero de 2015, denominado Minsk II), útiles para frenar la fase de alta intensidad de la guerra en Ucrania pero violados continuamente. El alto el fuego sería monitoreado por la Organización para Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), pero solo supuso el salto a una etapa de baja intensidad en la inacabada guerra tras la firma del Acuerdo Minsk II y hasta las grandes escaladas de 2021.
Minsk II se acordó en febrero de 2015 con 13 puntos, los mismos firmantes que Minsk I y la intención de especificar los pasos necesarios no solo para garantizar, esta vez sí, el cese de los combates, sino también un arreglo político que allanase el camino a un acuerdo de paz:
.Implementación estricta de un alto el fuego en «ciertas áreas de Donetsk y Lugansk» desde el día 15 de febrero de 2015.
.Retirada del armamento pesado de ambas partes hacia una zona de seguridad de, al menos, 50 kilómetros para los sistemas de artillería de un calibre mayor a 100 mm, de 70 kilómetros para los MLRS (Sistemas de Lanzamiento Múltiple de Cohetes) y de 140 kilómetros para los sistemas de misiles Tochka, Tornado-C, Uragan y Smerch.
.Garantía de monitorización y verificación del alto el fuego y la retirada de armamento pesado por la OSCE desde el primer día.
.Apertura de un diálogo sobre las elecciones locales de acuerdo con la legislación ucraniana y la ley del «autogobierno local interino en ciertas áreas de Donetsk y Lugansk» y sobre el futuro régimen de estas áreas. Adopción, en no más de 30 días, de una resolución por la Rada Suprema especificando las áreas que se acogerían al régimen especial en base al Memorándum de Minsk (Minsk I).
.Garantía de amnistía promulgando una ley que prohíba la persecución de los implicados.
.Garantía de liberación e intercambio en 5 días de todos los detenidos y rehenes.
.Garantía de un salvoconducto para la ayuda humanitaria.
.Definición de los métodos para reanudar las relaciones socioeconómicas, incluyendo transferencias sociales como pensiones, pagos e impuestos dentro del marco legal de Ucrania. Para tal fin Ucrania deberá reinstalar el segmento de control del sistema bancario de las áreas afectadas.
.Recuperación por el gobierno de Ucrania del control de la frontera del área de conflicto desde el día siguiente a las elecciones locales, finalizando para 2015 el arreglo político basado en las elecciones locales y la reforma constitucional según lo dispuesto en el artículo 11 y la implementación de un acuerdo con los representantes de «ciertas áreas de Donetsk y Lugansk» en el marco del Grupo de Contacto Trilateral.
.Retirada de todas las formaciones militares extranjeras, equipo militar y mercenarios del territorio de Ucrania. Desarme de grupos ilegales.
.Proceso de reforma de la Constitución de Ucrania antes de terminar 2015 con la descentralización como elemento central, incluyendo referencias a las especificidades de «ciertas áreas de Donetsk y Lugansk» acordadas con sus representantes.
.Acuerdo en el marco del Grupo de Contacto Trilateral con los representantes de «ciertas áreas de Donetsk y Lugansk» sobre las elecciones locales según la ley ucraniana y la monitorización de la OSCE.
.Intensificación del Grupo de Contacto Trilateral en la conformación de grupos de trabajo para la implementación de aspectos relevantes de los Acuerdos de Minsk.

El principal problema para lograr la descongelación política del conflicto ucraniano y evitar una nueva escalada hacia una guerra de alta intensidad sería la no implementación de los acuerdos ni en fecha ni en fondo. Ante esto, Ucrania apostó por su compromiso con lo firmado, pero no bajo la interpretación rusa, que le era notablemente desfavorable al haber sido firmado en un momento de debilidad militar y adolecer de un desbalance interno en favor de los nacionalistas. No se daría ningún paso sustancial desde Kiev para la implementación de la sección política y los siete años siguientes serían tiempo ganado para avanzar en la senda euroatlántica y rearmarse esperando congelar el conflicto del Donbás hasta un momento que les fuera más favorable que 2015. Rusia, por supuesto, era el primer interesado en dicha implementación y ha ido pidiendo a Kiev su compromiso para ello, pasando a presionar a París y Berlín primero para hacer lo propio con Washington después, al considerarles los verdaderos actores detrás del «títere», según Moscú consideraba al gobierno ucraniano. De ahí su negativa a reconocer la independencia de las repúblicas durante ocho años.

Rusia veía una amenaza en la opción militar ucraniana para retomar el Donbás y en la insistencia de Kiev para llevar a la OTAN a ejercicios conjuntos y rearmes. Aunque la entrada de Ucrania en la OTAN sería altamente improbable mientras tuviera conflictos territoriales con presencia de tropas rusas, como en Crimea, ya que el paraguas militar de la OTAN lo convertiría en un casus belli
instantáneo; la entrada de la OTAN en Ucrania sí sería una realidad, y se sentía desde Moscú con ánimo más amenazante especialmente desde la llegada de Joe Biden. Por lo tanto, el propósito ruso pasaba por una solución política acuciante para evitar un rearme. En esa empresa situó Moscú las esperanzas de su órdago. La operación militar, fuera una entrada completa o limitada, sería una opción real, pero se planteaba como último recurso, apostando por que el despliegue militar sirviera de coacción para forzar una nueva etapa de intensa actividad diplomática de alto nivel, como ocurrió con el primer encuentro telemático Biden-Putin del mes de abril. La diferencia en esta ocasión residiría en los detalles: el número de tropas seguiría incrementándose incluso durante la etapa diplomática que vendría después, la procedencia de de los grupos tácticos de batallones (BTG) indicaba un despliegue muy caro y logísticamente complejo para tratarse de una simple coacción, el final de los ejercicios militares de septiembre no supuso una desescalada significativa y por lo tanto Rusia se veía enfocada en llevar la crisis hasta el final.
La cuestión ucraniana debía ser solucionada definitivamente tras ocho años de guerra. Rusia no estaba dispuesta a dilatar más la solución al conflicto. Si el despliegue servía para forzar las conversaciones, la primera opción sería la diplomacia.

Hay una diferencia muy clara en la estrategia de armamento occidental a Ucrania en función del momento de la crisis. Mientras que los grandes envíos han ido llegando para fortificar la política de armamento que, también desde el lado ucraniano, se estaba llevando a cabo en el Donbás, muchos países occidentales daban apoyo bajo una actitud retóricamente calificada de «defensiva». En pleno proceso diplomático, mientras Rusia apostaba por la coerción durante las conversaciones, Occidente se decidía por subir la apuesta. Desde diciembre llegarían esos primeros grandes paquetes dentro del marco de la crisis de 2021-2022, especialmente desde países como Estados Unidos, Reino Unido o Canadá, pero también desde República Checa, Estonia o Lituania. Países centrales europeos trataron de impulsar la diplomacia entre los sectores belicistas rusos y occidentales, con Polonia y los bálticos a la cabeza. En ese escenario Alemania bloqueó el envío de armamento en distintos procesos europeos. Francia, por su parte, había tenido una larga relación comercial armamentística con Rusia. Pero una vez se dio el salto hacia la guerra ruso-ucraniana y los sectores otanistas se apoderaron de la política exterior y de defensa europea, Alemania comenzó no solo a desbloquear envíos de armas con componentes patrios en otros países sino a enviar armamento propio. El giro de Alemania también sería clave para entender la política de sanciones. Pero como el propio Joe Biden demostraba, lo único que podía hacer Occidente era elevar hasta los cielos el nivel de las sanciones, la ruptura ruso-occidental, armar a Ucrania sin entrar en tabúes como el armamento pesado y apostar por la defensa férrea del espacio euroatlántico, en su momento más reforzado desde la Guerra Fría. Ucrania y su envalentonamiento inicial chocaron con la realidad de que Occidente se negaba a convertir el conflicto en una guerra mundial, pero su apuesta lógica era la internacionalización como baza frente a Rusia, pudiendo ganar peso en las negociaciones o en la disuasión de una escalada aún mayor que la toma del sur y este del país.

Desde Alemania se anunciaba la suspensión indefinida de la certificación técnica pendiente para el gaseoducto Nord Stream 2, a lo cual seguiría la confirmación de su final, por el momento, con la cancelación de sus aseguradoras. El paso dado sobre el Nord Stream 2 supondría un terremoto en Alemania, otrora acusada de apaciguadora y cuyo papel durante el envío de armamento previo al estallido había sido duramente criticado por Ucrania, Polonia o Letonia, al haber bloqueado los comentados envíos de cargamentos con componentes alemanes. Una vez roto el tabú sobre el Nord Stream 2 llegarían varios pasos más significativos aún, ya que dicho gaseoducto ni siquiera estaba en funcionamiento, aunque la construcción de la infraestructura se hubiera completado. Aun así, esta decisión afectaría a socios de la rusa Gazprom que habían participado en el gaseoducto, como importantes empresas británicas, neerlandesas, austriacas, francesas y alemanas. Si el proyecto no es reconducido, en función del curso de la guerra, estas podrían reclamar compensaciones a Alemania, dado el carácter político de la decisión de su parálisis. Las consecuencias que traspasarían los límites de inversión a futuro, como podían ser los intereses de estas empresas o de las autoridades de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, corresponderían a las derivadas de la superposición de estrategia de la UE con la OTAN. La primera de ellas sería la decisión de enviar armas y apoyar la participación indirecta en el conflicto ruso-ucraniano, lo cual terminaba con el programa de Olaf Scholz respecto a su Ostpolitik (Política del [acercamiento al] este).
Era evidente de nuevo que las sanciones energéticas estadounidenses tampoco supondrían un golpe definitivo sobre Rusia, dado su bajo peso relativo en las importaciones. Pero los socios europeos no podían permitirse ese corte comercial, de ahí que el SWIFT no rompiese con los bancos rusos en lo que a las transacciones energéticas se refería. Una cosa era la cuestión, ya de por sí trascendental, que suponía la suspensión del Nord Stream 2 y otra era el suicidio energético de un continente no preparado para suplir el gas con energías verdes, receloso de programas nucleares —sin contar el modelo francés— y con el cierre del carbón como meta y objeto de sanciones en caso de incumplimientos como el de Polonia. Catar y Noruega habrían negado la posibilidad de suplir los volúmenes de gas natural necesarios para cortar la interdependencia UE-Rusia. Por lo tanto, aunque el tránsito de gas no fuese a incrementarse mediante el Nord Stream 2, que en el fondo aún no se encontraba operativo, Europa siguió acudiendo al gas ruso vía Ucrania hasta niveles superiores a los anteriores a la invasión. Aun así Alemania seguiría su acercamiento con Doha.

Las salidas de Crimea y el Donbás serían los game changer de la nueva Ucrania, inevitablemente, en este caso, en manos del oeste:

– Incluso si Rusia hubiera logrado la claudicación ucraniana en torno a Crimea y la reintegración del Donbás en Ucrania mediante los Acuerdos de Minsk, resultaba difícil imaginar el retorno al equilibrio pre-Maidán ante la pérdida de una importante proporción oriental (Crimea y Sebastopol) y una radicalización nacionalista ucraniana.
– Una vez rotos los Acuerdos de Minsk con el reconocimiento de las repúblicas del Donbás por Rusia, la posibilidad de imaginar un retorno al equilibrio pre-Maidán de gobernabilidad para Ucrania ya pasaba a ser quimérica sin Crimea y el Donbás, decantando aún más la balanza hacia el oeste.
– Toda vez que Ucrania rechazaba reconocer la soberanía rusa sobre Crimea y la independencia del Donbás, incluso con las tropas rusas en plena invasión, las demandas rusas crecían de nuevo. Y Ucrania se enrocaba así en posicionamientos lógicamente más defensivos, poniendo en juego las batallas urbanas como paso imprescindible para que Rusia impusiera sus criterios de la futura Ucrania. En este escenario, Rusia debía llegar hasta Kiev para poder erigir su nueva hoja de ruta o rebajar sus pretensiones. Y esto llevaba de nuevo al tablero la posibilidad de restar más terreno a Ucrania, evocando el conato de Donetsk y Lugansk de conformar una entidad conjunta que uniera a varias repúblicas populares: Novorrusia. Esta región sin Estado representaría las secciones sureña y oriental del país con mayor proporción rusa o rusófona. Cuanto mayor fuera el alcance de una eventual Novorrusia o de los distintos satélites, no necesariamente unificados, que se pudieran conformar en el sur y en el este, menor posibilidad quedaba de reconciliación en torno a un equilibrio pre-Maidán.

La anexión de Crimea ya significaba el fin del equilibrio en Ucrania en cualquier escenario, incluso con la improbable depuración del Maidán. Sin embargo, era también una respuesta lógica ante el éxito más radical de los nacionalistas del Maidán. Independientemente de quién empezase la ruptura de la viabilidad de un equilibrio político este-oeste en Ucrania, el hecho es que no había posibilidad de implementar Minsk de manera voluntaria por los nacionalistas. La viabilidad del mismo Estado moderno ucraniano se ponía en duda a futuro sin la posibilidad de retornar a ese equilibrio. Por eso desde Rusia, certificando el fin de Minsk, se volvía a hablar antes de la guerra sobre la enmienda a la totalidad del Estado ucraniano, su origen en decisiones políticas soviéticas y la existencia de una tierra novorrusa. Se debía crear un nuevo equilibrio político. Reintegrar Crimea y Donbás quedaba fuera de todo cálculo salvo que Rusia perdiese contundentemente la guerra, por lo que el nuevo equilibrio político sería más sencillo de alcanzar mediante una división este-oeste o la federación forzada en, al menos, dos estados —modelo bosnio—. Pero plantear un nuevo equilibrio político sin los nacionalistas resultaba muy complejo si no se restauraban las fronteras previas a 2014, e incluso en ese escenario.
En cualquier caso, la Ucrania resultante de la guerra se encontrará con un contexto distinto en torno a un nuevo paradigma regional y mundial, ya sea de neutralidad o de parcialidad entre la ruptura Occidente-Rusia, y el terremoto que se materialice en las consecuencias geopolíticas del conflicto en un mundo sumido en una crisis palpable en la realidad material de múltiples esferas conectadas. Posiblemente esta sea la única certeza sobre el tablero ucraniano.

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The fate of this continent, Europe, is far from easy. It is very easy to account for all the wars and skirmishes it has suffered. And each century brings new tests, new challenges and new wars to the soil of this continent. Attempts have been made several times to stop this chain of tragic events, but now our efforts can and must bear fruit. Almost ten years have passed and, for the first time in history, the peoples of Europe are united by common democratic values. All of us.
Boris Yeltsin, President of the Russian Federation, at the NATO-Russia Summit in Paris, May 27, 1997.
This is how the Russian leader, Borís Yeltsin, pronounced himself at a key moment in European history. Moscow knocked on the doors of the West and its common values with the signing of the Founding Act on Mutual Relations, Cooperation and Security between Russia and NATO.

With the Russian invasion of Ukraine, there are many articles, talk shows, TV shows, debates and podcasts that, due to clumsiness, spurious interests or simply ignorance, offer a vision far removed from reality. This is not the case of the recommendable work that concerns us, since, from a quasi-impartial point of view, it provides a realistic view of the conflict.
The joint Russian-Ukrainian history and the interpretation of it by the parties in dispute, the hidden struggle behind the Maidan, the units in contention, the rucursos and, why not, the feelings of the populations are very well exposed, offering a panoramic cultured and successful of the edges of the litigation; thus achieving that anyone interested in knowing what, how, when, where and why satisfies his thirst for knowledge.
To finish, we recommend the work for its excellent exposition, the final chapters being the ones that in our opinion are the most interesting together with the first one, at the same time that it has given us the feeling of trying to make some chapters in a hurry without detracting from this extreme in the least. the final set. Read and enjoy.
It is the best and most objective analysis of the war in Ukraine that can be found today in Spain. The author exhaustively and objectively describes the precedents of the war and how this situation has come about. Reading it is essential in order not to be fooled by the media that distort and manipulate the reality of both Russia and Ukraine. We are witnessing a story by the Western media, which they tell us totally biased and which presents us with an interested version of the conflict.

Debates about the common origin of Russia and Ukraine have been a constant source of controversy between the intellectual and political circles of both states. The so-called Norman theses affirm that the foundation of this first State has its origin in Scandinavian Viking populations, as opposed to the anti-Norman ones who, broadly speaking, defend that the origin of Kievan Rus is Slavic. This debate is a good example of the existing divisions when it comes to interpreting the founding of Russia and Ukraine. It is undeniable that the two countries share a historical link and a primeval reference point, which is the feudal monarchy founded in the 9th century: Kievan Rus. The formation of this proto-state is not exempt from discussion among historians themselves.
When the Bolsheviks triumphed with their revolution and the Russian civil war began to give its first blows, the Independent Republic of Ukraine would be proclaimed in 1917. The territorial aspirations of its leaders, as established in the Paris Peace Conference of 1918 , covered larger areas than the future Ukrainian state. The infighting led to a coup by Pavlo Skoropadski and the creation of the II Hetmanate. Finally, the Ukrainian Soviet Socialist Republic will be established with territorial limits that will remain until 2013. Due to the geographical position of Ukraine, several territorial distinctions could be made: the western part under Habsburg rule in the 19th century; Bucovina and the subcarpathian zone linked to the Romanian, Ottoman and Hungarian tradition; or central Ukraine and its membership in the Polish-Lithuanian Commonwealth. The south, populated by Russian peasants, and the east of the country and its important mining tradition made it become a destination for many Russian workers. During the Soviet Union, the Ukrainian SSR was one of the most outstanding republics. Several leaders of the USSR were of Ukrainian origin —such as Leonid Brezhnev— and held important positions in the State and
they held important positions in the State and the Communist Party of the Soviet Union (CPSU).
With the arrival of the Bolsheviks, an attempt to make all the territories literate took place. Each member republic of the USSR had an official status and, in the case of Ukraine, a language, which was not very developed until the 19th century, but then began to be taught. The idea of the Bolsheviks, at first, was to emphasize that the Slavic nations had a brotherly relationship and their different realities were revealed.

The political agreement between the Yanukovych sector and the opposition leaders would be to make constitutional changes that would return the 2004 order and to bring forward the elections in an attempt to achieve disarmament and an end to the protests, against which the army was going to intervene. However, some protest leaders did not accept the agreement prompted by the critical point of the 20th, and Viktor Yanukovych, along with part of his government, left for Kharkiv. Once the power vacuum was achieved, the Ukrainian parliament, the Verkhovna Rada, was given a free hand to remove the president for «abandonment of his functions». His position would be assigned on an interim basis to Oleksandr Turchínov, Yulia Tymoshenko’s former deputy prime minister, without following the constitutional succession in his election from the Rada and without Yanukovych’s signature or presence during the reinstatement of the 2004 Constitution. the 1996 Constitution had been repealed by the Constitutional Court in 2010, although this process was framed in the accusations against Yanukovych of political pressure for the departure of several magistrates.
On the other hand, foreign interference in the Maidan case was also very evident: on the ground during the Maidan revolt were Victoria Nuland, a senior Secretary of State in the Barack Obama administration, and John McCain, a United States Senator. United States and Republican candidate for the presidency of the country in 2008. In fact, there would also have been conversations between Nuland and the United States ambassador in Ukraine, leaked weeks before the coup in which they talked about who should make up the future government after the fall of Yanukovych.
Finally, the Maidan would contain all the elements: liberal protest, nationalist protest, far-right protest, coup, foreign political intervention, civil revolt, color revolution, and political-social revolution. But what this entire process would ultimately open the doors to would be the breakdown of the enormously fragile political balance represented by Yanukovych, Yushchenko and Timoshenko after the departure of President Kuchma. This rupture would be extensible to the territorial balance due to the social, territorial and political breakdown. Ukraine was entering a period where it would never be the same again and in which each actor wanted to carry the spirit of the Maidan by his side, creating dissonance between the nationalist and liberal movements. The extreme right, present in many nationalist groups, would lead important positions in post-Maidan Ukraine. And the reaction from the pro-Russian areas was not only expected but also necessary for those marginalized in the new political distribution of the country.

The fall of the Ukrainian government would be the first step towards the end of all the political tightrope lace built up over the years. The protests contrary to the spirit of the Maidan had also been experienced, but they would not be catapulted until Yanukovych’s march. The consequence of said political change would be the necessary support of the liberals and the nationalists on the extreme right. Although this was still a minority at the political level, its social role at the organizational level in the streets was very important.
The first decision taken by the new parliamentary regime would be the suspension of the law on principles of state language policy, that is, the law that had opened the door to making languages other than Ukrainian official if they were spoken by more than 10% of the population. population in their regions.
The elimination of the Russian legacy would not be limited only to the language but was oriented towards the other great unifying element: the Russian Orthodox Church. Petro Poroshenko carried out a strong campaign to formalize the autonomous status —autocephaly— of the Ukrainian Orthodox Church, given the usual national character of state Orthodox churches. During the period after the fall of the USSR, up to three Orthodox churches would coincide in Ukraine: one dependent on the Moscow Patriarchate, another dependent on a self-proclaimed Patriarchate of kyiv and another declared autocephalous. Since 1686, the former had had jurisdiction over the territory then occupied by the Ukraine, or rather, over the former Patriarchate of kyiv and all the Rus’ before its transfer to Moscow during the Mongol conquest in 1240. After the Maidan, the religious division in Ukraine was promoted to opt for the abandonment of the Orthodox Church dependent on the Patriarchate of Moscow and all the Rus, which was falling in number of faithful. In 2018, the autocephalous Ukrainian Orthodox Church and the Ukrainian Orthodox Church under the Kyiv Patriarchate—not recognized by any of the other Orthodox patriarchates—were unified in order to receive official autocephaly in 2019. The Ecumenical Patriarch of Constantinople granted that year said official autonomy to the Ukrainian Church. Faced with this unprecedented tension at the religious level, the Moscow Patriarchate —the most important in the Orthodox world— broke with that of Constantinople —considered «first among equals»—, causing a historic schism in the Orthodox Church. Faced with the recognition of the autocephaly of the Ukrainian Orthodox Church, the Moscow Patriarchate has also had to break relations with the Orthodox Church of Greece, the Orthodox Church of Cyprus and the Patriarchate of Alexandria and all of Africa.

Before moving on to the effect that the rupture of modern Ukraine could have had on the crisis with Russia, it is necessary to understand how the jump to a phase of low intensity was achieved during 2015. And how its failure would lead to a new intensification and gradual internationalization until 2022. On the margins of a commemoration of the famous Allied landing during World War II, and in the midst of Ukrainian decomposition, the «Normandy format» emerged, created on June 4, 2014, assuming the first great meeting between Vladimir Putin and Petro Poroshenko since the crisis. The format was formed between France, Germany, Russia and Ukraine. And it would be used to seek a diplomatic solution to the war in Donbas. From the meetings in this framework, the Minsk Agreements would be signed (Minsk Protocol of September 5, 2014 and Minsk Memorandum of September 19, 2014, known as Minsk I, and the Minsk Set of Measures of February 12, 2015 , called Minsk II), useful to stop the high-intensity phase of the war in Ukraine but continuously violated. The ceasefire would be monitored by the Organization for Security and Cooperation in Europe (OSCE), but it only meant the jump to a low-intensity stage in the unfinished war after the signing of the Minsk II Agreement and until the great escalations of 2021.
Minsk II was agreed in February 2015 with 13 points, the same signatories as Minsk I and the intention to specify the necessary steps not only to guarantee, this time, the cessation of fighting, but also a political settlement that would pave the way to a peace agreement:
.Strict implementation of a ceasefire in «certain areas of Donetsk and Lugansk» from February 15, 2015.
Withdrawal of heavy weapons from both parties to a security zone of at least 50 kilometers for artillery systems with a caliber greater than 100 mm, 70 kilometers for MLRS (Multiple Launch Rocket Systems) and 140 kilometers for the Tochka, Tornado-C, Uragan and Smerch missile systems.
.Guarantee of monitoring and verification of the ceasefire and the withdrawal of heavy weapons by the OSCE from day one.
.Opening of a dialogue on local elections in accordance with Ukrainian legislation and the law on «interim local self-government in certain areas of Donetsk and Lugansk» and on the future regime of these areas. Adoption, in no more than 30 days, of a resolution by the Verkhovna Rada specifying the areas that would benefit from the special regime based on the Minsk Memorandum (Minsk I).
.Guarantee of amnesty promulgating a law that prohibits the persecution of those involved.
.Guaranteed release and exchange in 5 days of all detainees and hostages.
.Guarantee of a safe-conduct for humanitarian aid.
.Definition of methods for resuming socio-economic relations, including social transfers such as pensions, payments and taxes within the legal framework of Ukraine. To this end, Ukraine will have to reinstate the control segment of the banking system in the affected areas.
.Recovery by the government of Ukraine of control of the border of the conflict area from the day after the local elections, finalizing by 2015 the political settlement based on local elections and the constitutional reform as provided in article 11 and the implementation of an agreement with the representatives of «certain areas of Donetsk and Lugansk» within the framework of the Trilateral Contact Group.
Withdrawal of all foreign military formations, military equipment and mercenaries from the territory of Ukraine. Disarm illegal groups.
.Reform process of the Ukrainian Constitution before the end of 2015 with decentralization as a central element, including references to the specificities of «certain areas of Donetsk and Lugansk» agreed with their representatives.
.Agreement within the framework of the Trilateral Contact Group with the representatives of “certain areas of Donetsk and Luhansk” on local elections under Ukrainian law and OSCE monitoring.
.Intensification of the Trilateral Contact Group in the formation of working groups for the implementation of relevant aspects of the Minsk Agreements.

The main problem in achieving the political defrosting of the Ukrainian conflict and avoiding a new escalation towards a high-intensity war would be the non-implementation of the agreements neither on date nor in substance. Given this, Ukraine opted for its commitment to what was signed, but not under the Russian interpretation, which was notably unfavorable to it, having been signed at a time of military weakness and suffering from an internal imbalance in favor of the nationalists. No substantial step would be taken from kyiv for the implementation of the political section and the following seven years would be time gained to advance on the Euro-Atlantic path and rearm hoping to freeze the Donbas conflict until a time that was more favorable to them than 2015. Russia, Of course, it was the first interested in such implementation and has been asking kyiv for its commitment to it, going on to pressure Paris and Berlin first to do the same with Washington later, considering them the real actors behind the «puppet», according to Moscow. considered the Ukrainian government. Hence his refusal to recognize the independence of the republics for eight years.

Russia saw a threat in the Ukrainian military option to retake Donbas and in kyiv’s insistence on bringing NATO into joint exercises and rearms. Although Ukraine’s entry into NATO would be highly unlikely while it had territorial conflicts with the presence of Russian troops, such as in Crimea, since NATO’s military umbrella would make it a casus belli
instant; NATO’s entry into Ukraine would indeed be a reality, and it was felt in Moscow with a more threatening mood, especially since the arrival of Joe Biden. Therefore, the Russian purpose was through a pressing political solution to avoid rearmament. In that company Moscow placed the hopes of its órdago. The military operation, whether it was a complete or limited entry, would be a real option, but it was proposed as a last resort, betting that the military deployment would serve as coercion to force a new stage of intense high-level diplomatic activity, as happened with the first Biden-Putin telematic meeting in April. The difference on this occasion would lie in the details: the number of troops would continue to increase even during the diplomatic stage that would come later, the origin of the battalion tactical groups (BTG) indicated a very expensive and logistically complex deployment for a simple coercion, the end of the military exercises in September did not lead to a significant de-escalation and therefore Russia was focused on seeing the crisis through to the end.
The Ukrainian question had to be definitively solved after eight years of war. Russia was not willing to delay the solution to the conflict any longer. If the deployment served to force talks, the first option would be diplomacy.

There is a very clear difference in the Western strategy of arming Ukraine depending on the moment of the crisis. While the large shipments have been arriving to fortify the arms policy that, also from the Ukrainian side, was being carried out in Donbas, many Western countries gave support under an attitude rhetorically described as «defensive». In the midst of the diplomatic process, while Russia was betting on coercion during the talks, the West decided to up the ante. Those first large packages would arrive from December within the framework of the 2021-2022 crisis, especially from countries such as the United States, the United Kingdom or Canada, but also from the Czech Republic, Estonia or Lithuania. Central European countries tried to promote diplomacy between the Russian and Western warmongering sectors, with Poland and the Baltics in the lead. In this scenario, Germany blocked the shipment of weapons in different European processes. France, for its part, had had a long-standing arms trade relationship with Russia. But once the leap towards the Russo-Ukrainian war was made and NATO sectors took over European foreign and defense policy, Germany began not only to unblock shipments of arms with national components in other countries but also to send its own weapons. Germany’s turnaround would also be key to understanding sanctions policy. But as Joe Biden himself demonstrated, the only thing the West could do was raise the level of sanctions to the skies, the Russo-Western split, arm Ukraine without entering into taboos such as heavy weapons and bet on the iron defense of space Euro-Atlantic, at its strongest point since the Cold War. Ukraine and its initial courage collided with the reality that the West refused to turn the conflict into a world war, but its logical bet was internationalization as an asset against Russia, being able to gain weight in the negotiations or in dissuading an escalation even greater than the intake of the south and east of the country.

From Germany, the indefinite suspension of the pending technical certification for the Nord Stream 2 gas pipeline was announced, which would be followed by the confirmation of its end, for the time being, with the cancellation of its insurers. The step taken on the Nord Stream 2 would mean an earthquake in Germany, once accused of appeasing and whose role during the shipment of weapons prior to the explosion had been harshly criticized by Ukraine, Poland or Latvia, for having blocked the aforementioned shipments of shipments with components Germans. Once the taboo on Nord Stream 2 was broken, several more significant steps would follow, since the pipeline was not even in operation, although the construction of the infrastructure had been completed. Even so, this decision would affect partners of the Russian Gazprom that had participated in the gas pipeline, such as important British, Dutch, Austrian, French and German companies. If the project is not redirected, depending on the course of the war, they could claim compensation from Germany, given the political nature of the decision of their paralysis. The consequences that would go beyond the limits of investment in the future, such as the interests of these companies or the authorities of Mecklenburg-Western Pomerania, would correspond to those derived from the overlapping strategy of the EU with NATO. The first of these would be the decision to send arms and support indirect participation in the Russo-Ukrainian conflict, which ended Olaf Scholz’s program regarding his Ostpolitik (Policy of [approach] to the East).
It was clear again that the US energy sanctions would not be a definitive blow on Russia either, given its low relative weight in imports. But the European partners could not afford this commercial cut, hence the SWIFT did not break with the Russian banks as far as energy transactions were concerned. One thing was the issue, already momentous in itself, that the suspension of Nord Stream 2 entailed, and another was the energy suicide of a continent not prepared to supply gas with green energy, wary of nuclear programs —not counting the French model— and with the closure of coal as a goal and object of sanctions in case of non-compliance such as that of Poland. Qatar and Norway would have denied the possibility of supplying the volumes of natural gas necessary to cut the EU-Russia interdependence. Therefore, even if gas transit was not going to increase through Nord Stream 2, which was not yet operational, Europe continued to use Russian gas via Ukraine to levels higher than those prior to the invasion. Even so, Germany would continue its rapprochement with Doha.

The departures from Crimea and Donbas would be the game changers of the new Ukraine, inevitably, in this case, in the hands of the West:

– Even if Russia had achieved the Ukrainian capitulation around Crimea and the reintegration of Donbas into Ukraine through the Minsk Agreements, it was difficult to imagine a return to the pre-Maidan balance in the face of the loss of a significant eastern proportion (Crimea and Sevastopol) and a Ukrainian nationalist radicalization.
– Once the Minsk Agreements were broken with the recognition of the Donbas republics by Russia, the possibility of imagining a return to the pre-Maidan balance of governance for Ukraine became chimerical without Crimea and Donbas, tipping the balance even more westward.
– Every time Ukraine refused to recognize Russian sovereignty over Crimea and the independence of Donbas, even with Russian troops in full invasion, Russian demands grew again. And Ukraine thus entrenched itself in logically more defensive positions, bringing urban battles into play as an essential step for Russia to impose its criteria for the future Ukraine. In this scenario, Russia had to reach kyiv to be able to erect its new road map or lower its claims. And this again brought to the table the possibility of subtracting more ground from Ukraine, evoking Donetsk and Lugansk’s attempt to form a joint entity that would unite several people’s republics: Novorossiya. This stateless region would represent the southern and eastern sections of the country with the largest Russian or Russophone proportion. The greater the scope of an eventual Novorussia or of the different satellites, not necessarily unified, that could be formed in the south and in the east, the less possibility remained of reconciliation around a pre-Maidan equilibrium.

The annexation of Crimea already meant the end of the balance in Ukraine in any scenario, even with the improbable purification of the Maidan. However, it was also a logical response to the more radical success of the Maidan nationalists. Regardless of who started the breakdown of the viability of an East-West political balance in Ukraine, the fact remains that there was no possibility of implementing Minsk voluntarily by the nationalists. The viability of the modern Ukrainian state itself was called into question in the future without the possibility of returning to that balance. That is why from Russia, certifying the end of Minsk, there was talk again before the war about the amendment to the entire Ukrainian state, its origin in Soviet political decisions and the existence of a New Russian land. A new political balance had to be created. Reintegrating Crimea and Donbas was out of the question unless Russia decisively lost the war, so the new political balance would be easier to achieve through an East-West division or forced federation into at least two states —Bosnian model— . But proposing a new political balance without the nationalists was very complex if the pre-2014 borders were not restored, and even in that scenario.
In any case, the Ukraine resulting from the war will find itself in a different context around a new regional and global paradigm, whether it is one of neutrality or partiality between the West-Russia split, and the earthquake that materializes in the geopolitical consequences of conflict in a world plunged into a palpable crisis in the material reality of multiple connected spheres. This is possibly the only certainty about the Ukrainian board.

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