Mientras Estamos Muertos — José Ovejero / While We Are Dead by José Ovejero (spanish book edition)

Un libro de cuentos donde lo autobiográfico sirve como hilo conductor del relato comunitario. Si no duele es que no ha sucedido. Ésta podría ser otra forma de contar este libro. Cómo matar a un perro. Así arranca el libro, con este cuento contundente, donde la violencia del padre sobre el hijo siembra una rabia que no se termina con el cuento, donde podemos ver la sombra que se hereda y que crece con la vida. Y desde esa primera rabia se abre ante nosotros un universo de cuentos que enraízan en las muchas formas que adopta la violencia en nuestro mundo. Ovejero explora situaciones de impotencia, de humillación, de desesperada sensación de noexistencia, a través de cuentos contundentes y, a veces, tristísimos. Desde el acoso escolar, hasta la violencia del sistema por convertirnos en tal o cual persona (perfil de persona), pasando por la educación severa y la relación contradictoria para con los demás animales.
Rabia y violencia son las dos ideas que podrían configurar el sentir de estos cuentos, porque en ningún relato de infancia que quiera ser verdadero pueden faltar.
Empieza y termina con la violencia del padre. El padre poderoso y el padre enfermo de Alzheimer. El padre severo y el padre muerto. Una lectura recomendadísima.

Hijo, que te he dicho que vengas.
Lo miro desde la puerta, indeciso. Tiene sobre las piernas la escopeta de dos cañones que me prohíbe tocar. Las armas no son para los niños. Pero de todas formas me regaló una escopeta de perdigones a medias con mi hermana. Nunca he matado un pájaro ni por supuesto un conejo, y no porque no lo haya intentado. No sé si es un problema de puntería o de impaciencia. Cada vez que fallo, mi padre sacude la cabeza entre decepcionado y burlón.
Supongo que era así en España en los años setenta (los años setenta: es como hablar de la vida en un planeta de otra galaxia). Los padres pegaban a los hijos porque no sabían qué hacer con ellos. Igual que nosotros pegábamos a los más débiles de la clase, nos reíamos de ellos, los torturábamos en la medida de nuestras posibilidades. Yo escupía cada mañana en el bocadillo de un compañero que no había aprendido a defenderse, todas las mañanas, un ritual ineludible al que él intentaba oponerse pero siempre acabábamos por quitarle el bocadillo…
Supongo que yo debería saborear el triunfo, pero no puedo. Me encojo de hombros, le devuelvo la escopeta y consigo salir del salón antes de que se me humedezcan los ojos, porque lo que yo de verdad querría haber hecho es negarme a disparar, decirle: mátalo tú si quieres. Y él habría disparado al animal para demostrarme que no es un blandengue. Y yo le habría mirado con ese desprecio que iré perfeccionando con el paso de los años. Pero nada de eso ha sucedido. He disparado aunque no quería, eso es un hecho.

Ojos que no ven. Lo que no se ve no existe, dicen. Pero él por primera vez mantiene la mirada en los ojos de Carrión, cuando vuelve la cabeza como para inspeccionar sus dominios. ¿Qué miras, maricona, te crees que te voy a dar de mi bocadillo? Otro mordisco feroz; igual que un hombre primitivo arrancando a mordiscos la carne cruda del animal que acaba de cazar. No es solo un abrir y cerrar la boca, masticar, deglutir. No corta con los incisivos. Los clava en el pan y tira con la cabeza hacia atrás. El placer de la fuerza. El gusto por desgarrar y vencer toda resistencia. ¿Que qué miras, puta?
Y él sonríe. Habría preferido tener un testigo para que el secreto se convirtiese en humillación. No hay testigos: todo queda entre él y Carrión.

Cuando nació Ángel, España estaba cambiando, la familia de mi padre también, y se pensó que al menos podían dar estudios al pequeño. «Dar estudios» es una expresión que no oigo desde hace años, porque en la mayoría de las familias más que darlos se exigen. Como los padres tenían claro que Ángel no era muy trabajador, pensaron que aunque no fuese a la universidad por lo menos podía hacer una formación técnica. Sé que se habló de enviarlo a la Escuela de Aparejadores, pero visto su rendimiento en matemáticas no parecía una posibilidad realista. Sí se mantuvo un tiempo la fe –con excepción de mi padre, que ante cada nueva propuesta decía: ¿ese?, ¿ese qué va a hacer?– en que podría matricularse en el inef, creado recientemente. Les parecía no solo que una formación deportiva exigiría menos esfuerzo, también que la actividad física era buena para el carácter, sobre todo el de los hombres: disciplina, virilidad, ejercicio al aire libre, un cierto culto fascista al cuerpo y a las actividades en equipo que había calado en el franquismo, la sana competitividad.
Abro aquí un pequeño paréntesis: en la generación de mis padres y mis abuelos también estaba arraigada la idea de que el servicio militar te hacía hombre.
Mi tío llevaba puestas las gafas de sol cuando se suicidó.

Nabía encontrado mi techo, porque lo que me faltaba por obtener no lo obtendré nunca, ya no ganaré premios más importantes de los que he ganado, no entraré en el canon, me tendré que conformar con ser una nota a pie de página en la historia de la literatura, cosa muy fácil de hacer, pero también tengo que conformarme con que soy una nota al pie de página del presente, sí, sí, ya sé que seguir cultivando mi rencor es absurdo porque el joven que fui miraría con desprecio al adulto acomodado que soy, he recorrido una larga distancia, he crecido y caminado, he progresado, me he hecho un espacio a golpe de rabia, mi ambición ha sido el combustible que me impulsaba y el peso muerto que he arrastrado a través de desiertos, pero ya está, estoy poniendo punto final a mi ascensión social, no seguiré subiendo, he llegado adonde he llegado y veo que me he quedado por debajo de lo que había imaginado y por encima de lo que de verdad creía que conseguiría, he abierto puertas que suponía cerradas para mí, y no importa, de verdad que no importa tanto haberme estrellado contra el límite, hay parte de resignación y parte de decisión en ello, no seguir corriendo, dejar de batir las alas, descansar un poco, aunque tenga que quedarme donde estoy, es verdad, lo reconozco, aunque mi rencor de clase siga activo y por ello a veces maldiga y me enfurezca, admito que he dejado de ascender. Ya no subo. Ya no gano altura.

Es solo una foto, papá, le tranquilicé. ¿Te acuerdas de la Agfa?
De pronto me parecía como si lo estuviese utilizando sin pedir permiso para algo que él no habría deseado, que me aprovechaba de un anciano sin voluntad ni fuerzas. Puse la cámara delante de mi cintura y agaché la cabeza para mirar por el visor. Mi padre hizo un esfuerzo por erguirse, no como otras veces, que notabas que estaba incómodo por llevar horas y horas sentado y su cuerpo se inclinaba hacia delante como para intentar levantarse. Esta vez se echó hacia atrás y levantó unos centímetros la cabeza.
Aunque no quise alzar la vista para asegurarme, a través del pequeño visor, me pareció que me estaba mirando. Más bien, que miraba a la cámara. Pulsé el disparador y seguí observándolo unos segundos por el visor, deseoso de hacer otra foto, aunque sabía que era imposible. Cuando levanté otra vez la vista, mi padre no había cambiado de postura. Estaba tenso, erguido como nunca, con una intensidad en los ojos que más que ver parecían exigir ser vistos. Sonreía.

Yo no he llorado en el funeral de mi padre, tampoco cuando sabía que iba a morir. Por eso me resulta difícil responder a las condolencias, al te acompaño en el sentimiento. Porque la verdad es que no siento tanto la muerte de mi padre, salvo por lo que la rodea y por el dolor de mi madre. Puesto a sentir, siento que haya tenido que vivir así los últimos años; no se lo deseo a nadie y no lo deseo para mí.
Me siento mezquino, me gustaría ser diferente, más generoso; esa es la palabra, más generoso con mis sentimientos. Envidio el dolor fantasma de la orfandad porque es el síntoma de que allí había un miembro, una relación de parentesco encarnada en nosotros. Pero no me duele, no echo nada en falta, no llevo luto, no distingo ante mí brecha alguna.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2021/03/19/insurreccion-jose-ovejero-insurrection-by-jose-ovejero-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/03/28/humo-jose-ovejero-smoke-by-jose-ovejero-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/10/02/mientras-estamos-muertos-jose-ovejero-while-we-are-dead-by-jose-ovejero-spanish-book-edition/

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A book of stories where the autobiographical serves as the common thread of the community story. If it doesn’t hurt, it didn’t happen. This could be another way of telling this book. How to kill a dog. This is how the book starts, with this compelling story, where the father’s violence against the son sows a rage that does not end with the story, where we can see the shadow that is inherited and that grows with life. And from that first rage, a universe of stories opens up before us that are rooted in the many forms that violence takes in our world. Ovejero explores situations of impotence, of humiliation, of a desperate feeling of non-existence, through compelling and, at times, extremely sad stories. From school bullying, to the violence of the system for becoming this or that person (person profile), through severe education and the contradictory relationship with other animals.
Rage and violence are the two ideas that could shape the feeling of these stories, because they can be missing in any childhood story that wants to be true.
It begins and ends with the violence of the father. The powerful father and the father with Alzheimer’s. The severe father and the dead father. A highly recommended read.

Son, I told you to come.
I look at him from the door, undecided. He has on his lap the double-barreled shotgun that he forbids me to touch. Guns are not for children. But anyway he gave me a pellet shotgun half with my sister. I have never killed a bird or of course a rabbit, and not because I have not tried. I don’t know if it’s a problem of aim or impatience. Every time I fail, my father shakes his head between disappointment and derision.
I guess it was like that in Spain in the seventies (the seventies: it’s like talking about life on a planet in another galaxy). Parents beat their children because they didn’t know what to do with them. Just as we beat the weakest in the class, we laughed at them, we tortured them to the best of our ability. I spit every morning in the sandwich of a colleague who had not learned to defend himself, every morning, an unavoidable ritual that he tried to oppose but we always ended up taking the sandwich away…
I suppose I should savor the triumph, but I can’t. He shrugs me, I give him back the shotgun and I manage to get out of the room before my eyes water, because what I really wish I had done is refuse to shoot, tell him: kill him if you want. And he would have shot the animal to prove to me that he is not a softy. And I would have looked at him with that contempt that I will perfect over the years. But none of that has happened. I fired even though I didn’t mean to, that’s a fact.

Out of sight. What is not seen does not exist, they say. But he holds Carrion’s eyes for the first time, as he turns his head as if to survey his domain. What are you looking at, queer, do you think I’m going to give you my sandwich? Another vicious bite; just like a primitive man biting off the raw meat of the animal he has just hunted. It is not just a blink of the mouth, chewing, swallowing. It does not cut with the incisors. He sticks them into the bread and pulls his head back. The pleasure of strength. The taste for tearing apart and overcoming all resistance. What are you looking at, whore?
And he smiles. He would have preferred to have a witness so that the secrecy turned into humiliation. There are no witnesses: everything is between him and Carrión.

When Ángel was born, Spain was changing, my father’s family too, and it was thought that at least they could give the little one studies. «Giving studies» is an expression that I haven’t heard for years, because in most families more than giving them is required. As the parents were clear that Ángel was not a hard worker, they thought that even if he did not go to university at least he could do technical training. I know there was talk of sending him to Surveyor’s School, but based on his math performance it didn’t seem like a realistic possibility. Yes, the faith was maintained for a time – with the exception of my father, who before each new proposal said: what is he going to do? – That he could enroll in the recently created inef. It seemed to them not only that sports training would require less effort, but also that physical activity was good for character, especially that of men: discipline, virility, exercise in the open air, a certain fascist cult of the body and team activities. that had permeated the Franco regime, the healthy competitiveness.
I open a small parenthesis here: the idea that military service made you a man was also ingrained in the generation of my parents and grandparents.
My uncle was wearing sunglasses when he killed himself.

I had found my ceiling, because what I needed to obtain I will never obtain, I will no longer win more important prizes than I have won, I will not enter the canon, I will have to settle for being a footnote in history of literature, a very easy thing to do, but I also have to settle for being a footnote to the present, yes, yes, I know that continuing to cultivate my grudge is absurd because the young man I was would look down on the adult wealthy that I am, I have traveled a long distance, I have grown and walked, I have progressed, I have made a space for myself in a rage, my ambition has been the fuel that propelled me and the dead weight that I have dragged through deserts, but that’s it, I’m putting an end to my social ascension, I won’t keep going up, I’ve gotten where I’ve gotten and I see that I’ve fallen below what I had imagined and above what I really thought I would achieve, I’ve opened doors that supposed to be closed to me, and it doesn’t matter, it really doesn’t matter so much that I crashed against the limit, there is part resignation and part decision in it, not to keep running, to stop flapping your wings, to rest a little, even if I have to stay where I am It’s true, I admit it, although my class grudge is still active and for that reason I sometimes curse and get angry, I admit that I have stopped ascending. I don’t go up anymore. I no longer gain height.

It’s just a photo, Dad, I reassured him. Do you remember Agfa camera?.
Suddenly it seemed to me as if he were using him without asking permission for something he would not have wanted, that I was taking advantage of an old man without will or strength. I put the camera in front of my waist and ducked my head to look through the viewfinder. My father made an effort to stand up, not like other times, when you noticed that he was uncomfortable after sitting for hours and hours and his body leaned forward as if trying to get up. This time he leaned back and lifted his head a few inches.
Although he didn’t want to look up to make sure, through the little visor, it seemed to me that he was looking at me. Rather, that he was looking at the camera. I pressed the shutter button and continued to watch him through the viewfinder for a few seconds, wanting to take another picture, even though I knew it was impossible. When I looked up again, my father hadn’t changed his position. He was tense, erect as ever, with an intensity in his eyes that seemed to demand to be seen more than to see. He was smiling.

I have not cried at my father’s funeral, nor when I knew he was going to die. That is why it is difficult for me to respond to condolences, as I accompany you in the sentiment. Because the truth is that I don’t feel so much about my father’s death, except for what surrounds it and for my mother’s pain. Made to feel, I feel that I have had to live like this in recent years; I don’t wish it on anyone and I don’t wish it for myself.
I feel petty, I would like to be different, more generous; that’s the word, more generous with my feelings. I envy the phantom pain of orphanhood because it is the symptom that there was a member there, a kinship relationship embodied in us. But it doesn’t hurt me, I don’t miss anything, I don’t wear mourning, I don’t see any gap before me.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2021/03/19/insurreccion-jose-ovejero-insurrection-by-jose-ovejero-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/03/28/humo-jose-ovejero-smoke-by-jose-ovejero-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/10/02/mientras-estamos-muertos-jose-ovejero-while-we-are-dead-by-jose-ovejero-spanish-book-edition/

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