Miserables — Gonzalo Visedo / Wretched by Gonzalo Visedo (spanish book edition)

Cruda historia sobre la pandemia pero explicada con un toque de humor. Si quieres saber cómo se gestionó el teléfono 112 cuando la pandemia comenzó a principios de marzo del 2020, Miserables es tu libro. Y no es que esté basado en hechos reales es que es un hecho real. Sí, aunque lo que aquí puedas leer te suene a ficción. Es así. Gonzalo Visedo lo cuenta tal y cómo él lo vivió. Cada día de esa semana horrible que él vivió en el teléfono 112 (no, no es sanitario, ni psicólogo). Un relato sin tapujos y sin filtros. No te dejará indiferente.
Este libro refleja a la perfección la sociedad tan asquerosamente egoísta e individualista en la que nos ha tocado vivir.

Todo empezó el 11 de marzo de 2020, una fecha que parece tener denominación de origen en la memoria colectiva por las connotaciones trágicas del pasado, que algunos recordamos, pero que volvió a repetirse en este año de la nueva peste. Para mí, imagino que será difícil de olvidar, aunque ya venía de pasar dos años igual de complejos, siempre por motivos relacionados con la que, a fecha de hoy, sigue siendo mi empresa.
Por aquellos días, la primavera comenzaba a asomar, ya podías tomarte un café en una terraza y, en mi caso personal, me encontraba en una situación de mobbing en una gran y tecnológica multinacional española.

Se puede decir que el primer día en el teléfono de atención del coronavirus, ese al que constantes anuncios en los medios de comunicación remitían si la gente empezaba a tener los primeros síntomas, era un puro caos. Las responsables agrupaban a los recién llegados en corrillos de ocho o diez personas. La formación consistía en mostrarnos la aplicación que teníamos que usar y en recordarnos que en ese trabajo había que tener psicología para tratar a la gente que llama, especialmente, con la oleada de terror que se nos venía encima. Obvio que todos los allí reunidos éramos psicólogos colegiados con experiencia en tragedias y pandemias globales. De pronto, a tu lado, alguien tosía y rumiabas que quizás solo sería gripe. Mejor no pensar nada. Como decía, la formación consistió en aprender qué botones tocar, qué cuadros clicar, cómo guardar los datos y formular las tres preguntas claves que eran pura psicología:
«¿Tiene fiebre?».
«¿Tiene tos seca?».
«¿Ha estado en contacto en los últimos días con alguna persona que haya sido infectada por el coronavirus?».

Los efectos adversos de la hidroxicloroquina:
Problemas en los ojos.
Convulsiones.
Debilitamiento del músculo cardíaco (cardiomiopatía).
Reacciones cutáneas graves, como ampollas y piel escamosa generalizada.
Ampollas o descamación de la piel alrededor de los labios, ojos, boca, nariz y genitales, síntomas gripales y fiebre (síndrome de Stevens-Johnson).
Erupción cutánea repentina con granos, fiebre y aumento del número de glóbulos blancos (pustulosis exantemática generalizada aguda).

Efectos Desconocidos:
Reacciones alérgicas. Los signos pueden incluir: erupción roja o grumosa, problemas para tragar o respirar, hinchazón de los párpados, labios, cara, garganta o lengua (angioedema).
Debilidad, cansancio, mareo, piel pálida, falta de aliento, moretones y posibilidad de contraer infecciones con mayor facilidad de lo normal (anemia, anemia aplásica, trombocitopenia, leucopenia o agranulocitosis).
Problemas hepáticos que pueden hacer que los ojos o la piel se vuelvan amarillos (ictericia).
Disminución del nivel de azúcar en la sangre (hipoglucemia).

Efectos adversos frecuentes:
Disminución del apetito (anorexia).

Efectos adversos poco frecuentes:
Náuseas, diarrea y dolor abdominal.
Erupción cutánea.

Tercer día en la UPA o Unidad de primera asistencia, del hospital Clínico San Carlos. Como cada mañana, un doctor de unos cuarenta y tantos y uniforme violeta que parecía estar al mando, además de tener un pelazo que daría envidia a nuestro expresidente Aznar, ese epítome del liberalismo y las abdominales, leyó una lista de nombres. Son los que se iban al improvisado hospital de campaña instalado en IFEMA. Al tercer día de estar en mi butaca reclinable, me nombró. Significaba que estaba mejorando. Como en una misión bélica, tras dar cuenta de todos los de la lista, nos deseó suerte.
Desde que estuve las primeras horas en la sala del Clínico, los SUMMA que recogían a los que iban al parque empresarial, les decían que allí se estaba mejor: había espacio, camas, incluso se podría cargar el móvil. No sé por qué, pero algo dentro de mí no se fiaba del todo. Llamé a mi anciana madre, que llevaba tres días sola en casa; cierto que ella se apaña por sí misma, pero también lo es que llevaba tres semanas encerrada sin salir de casa. No sé si me escuchó bien ni si me entendió, pero en principio todo parecía normal.
La medicación con hidroxicloroquina y Kaletra, como ya dije, la trajimos desde el Clínico. En el IFEMA tenían lo básico, no es un hospital, por tanto, no hay farmacia. Mis primeras horas de devenir existencial explicando a todos que necesitaba una medicación para dormir, resultaron en vano. Al principio, algunas de esas doctoras jóvenes te decían que intentarían buscarlo —recordé, antes del traslado, la llamada al móvil de alguien del IFEMA informando que allí tendríamos de todo—. A las doctoras jóvenes no volvías a verlas; por el control, cada día pasaban cientos de médicos y sanitarios a los que destinaban a zonas distintas.

La ira la he tratado durante años, como dije antes, primero con terapia Gestalt, donde el terapeuta me puso un espejo ante el problema, sobre ese padre y niño que todos llevamos dentro, en el que uno a veces se come al otro. Y tras mi primera baja laboral por ansiedad, me ha tratado una psicóloga de la Seguridad Social, y también he tenido una primera cita con un psiquiatra, aunque ha sido por teléfono y por el estado de alarma.
Tras lo ocurrido estos meses, la ansiedad que tenía se ha multiplicado por mil, pero muy especialmente la rabia. Todos te dicen lo mismo: tienes que afrontarla, aprender a vivir con ella. Es fácil decirlo. Un año antes, había vuelto al trabajo, tras cuatro meses de baja, precisamente para afrontar la ansiedad, pese a las pocas ganas que tenía de ver a cierta gente. De hecho, tenía que tomarme un Loracepam cada vez que oía los tacones de la jefa de equipo: el origen de todo el problema.
Sobre su forma de actuar, sobre su mezquindad, clasismo, racismo y cinismo, así que extenderme sobre esta clon mutada, mezcla de Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes, me produce una infinita pereza. Con esta comparativa visual quien lo lea podrá hacerse una idea de cómo es.

En el momento en que escribo este epílogo, estamos terminando el tan odiado 2020, nueve meses después de que me enviasen al teléfono de atención del coronavirus. Tampoco es que espere mucho del 2021, hay gente que piensa que con que cambie un dígito, puedan mejorar las cosas. Veremos lo que pasa con la vacuna, como siempre habrá negocio y de los buenos detrás de ella.
¿Qué posibilidades tenía entonces?
1.Volver a otro proyecto de la empresa que, al parecer, ahora son temporales, con bancos como clientes por el tema de las moratorias de hipotecas, pero las condiciones salariales son las mismas: un horror. Como ya he explicado, nunca tuve un problema en hacer el trabajo en el organismo, lo prefiero a trabajar para un banco, pero aun siendo un trabajador responsable, tengo claro que no encajo en el sistema en general, ya sea en una empresa como la mía o en una institución como el organismo público.
2.La otra opción es que me despidieran de manera improcedente, que en parte lo deseaba, aunque tendría que recurrirlo, tal y como manda la ley, especialmente tras la reforma laboral del PP. Eso sí, con ya cincuenta años, y como están las cosas, las posibilidades de encontrar empleo son nulas. Puedo hacerme rider, conductor de VTC durante sesenta y cinco horas semanales o teleoperador.
3.En el organismo no me querían, me quedé en una especie de limbo. Tras rechazar la jugosa oferta proveniente de la capital de Andalucía, solicité una reducción del horario. Como consecuencia de ello, mi sueldo mínimo quedaría reducido, pero era una forma de proteger mi empleo. Según el comité, como les había dado problemas, el objetivo era echarme o volver a destinarme en cualquier agujero hasta que me rinda. Y probablemente hagan algo así, pero al menos serán cinco horas de jornada. En el teléfono del coronavirus era algo parecido, pero parecía el doble.

————————–

Raw story about the pandemic but explained with a touch of humor. If you want to know how the 112 telephone number (Emergency Call Center) was managed when the pandemic began in early March 2020, Miserables is your book. And it is not that it is based on real events, it is that it is a real event. Yes, although what you can read here sounds like fiction. It is so. Gonzalo Visedo tells it as he lived it. Every day of that horrible week that he lived on the 112 phone (no, he is not a health worker, nor a psychologist). A story without hesitation and without filters. Will not leave you indifferent.
This book perfectly reflects the disgustingly selfish and individualistic society in which we have had to live.

It all started on March 11, 2020, a date that seems to have a designation of origin in the collective memory due to the tragic connotations of the past, which some of us remember, but which was repeated again in this year of the new plague. For me, I imagine that it will be difficult to forget, although I had already spent two equally complex years, always for reasons related to what, to this day, is still my company.
In those days, spring was beginning to appear, you could already have a coffee on a terrace and, in my personal case, I was in a situation of mobbing in a large and technological Spanish multinational.

It can be said that the first day on the coronavirus hotline, the one to which constant announcements in the media referred if people began to have the first symptoms, was pure chaos. The leaders grouped the newcomers into groups of eight or ten people. The training consisted of showing us the application that we had to use and reminding us that in this job you had to have psychology to deal with the people who call, especially with the wave of terror that was coming at us. It was obvious that all of us gathered there were licensed psychologists with experience in global tragedies and pandemics. Suddenly, next to you, someone coughed and you ruminated that maybe it was just the flu. Better not think anything. As I said, the training consisted of learning which buttons to touch, which boxes to click, how to save the data and ask the three key questions that were pure psychology:
«He has fever?».
«Do you have a dry cough?»
“Have you been in contact in the last few days with someone who has been infected with the coronavirus?”

Adverse effects of hydroxychloroquine:
Eye problems.
seizures
Weakening of the heart muscle (cardiomyopathy).
Serious skin reactions, such as blisters and generalized scaly skin.
Blistering or peeling of the skin around the lips, eyes, mouth, nose and genitals, flu-like symptoms and fever (Stevens-Johnson syndrome).
Sudden skin rash with pimples, fever and increased number of white blood cells (acute generalized exanthematous pustulosis).

Unknown Effects:
Allergic reactions. Signs may include: red or lumpy rash, trouble swallowing or breathing, swelling of the eyelids, lips, face, throat, or tongue (angioedema).
Weakness, tiredness, dizziness, pale skin, shortness of breath, bruising, and the possibility of getting infections more easily than normal (anemia, aplastic anemia, thrombocytopenia, leukopenia, or agranulocytosis).
Liver problems that can cause the eyes or skin to turn yellow (jaundice).
Low blood sugar level (hypoglycaemia).

Common side effects:
Decreased appetite (anorexia).

Uncommon side effects:
Nausea, diarrhea and abdominal pain.
Acne.

Third day in the UPA or First Assistance Unit, of the Hospital Clínico San Carlos. Like every morning, a doctor in his forties and purple uniform who seemed to be in charge, in addition to having hair that would make our former president Aznar envious, that epitome of liberalism and abs, read a list of names. They are the ones who went to the improvised field hospital installed in IFEMA. On the third day of being in my recliner, he named me. It meant that he was getting better. As in a military mission, after accounting for everyone on the list, he wished us luck.
Since I spent the first few hours in the Clinic room, the SUMMAs who picked up those who went to the business park told them that it was better there: there was space, beds, you could even charge your mobile. I don’t know why, but something inside me didn’t quite trust it. I called my old mother, who had been home alone for three days; It is true that she manages by herself, but it is also true that she had been locked up for three weeks without leaving the house. I don’t know if she heard me correctly or if she understood me, but at first everything seemed normal.
The medication with hydroxychloroquine and Kaletra, as I already said, we brought from the Clinic. At IFEMA they had the basics, it is not a hospital, therefore, there is no pharmacy. My first hours of becoming existential explaining to everyone that I needed a medication to sleep, were in vain. At first, some of those young doctors told you that they would try to look for him —I remembered, before the transfer, the call to the cell phone of someone from IFEMA informing us that we would have everything there. You never saw the young doctors again; Hundreds of doctors and health workers passed through the control every day, who were assigned to different areas.

I have treated anger for years, as I said before, first with Gestalt therapy, where the therapist put a mirror before the problem, about that father and child that we all carry inside, in which one sometimes eats the other. And after my first sick leave due to anxiety, a Social Security psychologist treated me, and I also had a first appointment with a psychiatrist, although it was by phone and due to the state of alarm.
After what happened these months, the anxiety I had has multiplied by a thousand, but especially the anger. They all tell you the same thing: you have to face it, learn to live with it. It’s easy to say. A year earlier, he had returned to work, after four months off, precisely to deal with anxiety, despite the reluctance he had to see certain people. In fact, I had to take a Lorazepam every time I heard the heels of the crew chief: the source of the whole problem.
About her way of acting, about her pettiness, classism, racism and cynicism, so dwelling on this mutated clone, a mixture of Esperanza Aguirre and Cristina Cifuentes, makes me infinitely lazy. With this visual comparison, whoever reads it will be able to get an idea of what it is like.

As I write this epilogue, we are winding down the hated 2020, nine months after I was sent to the coronavirus hotline. It is not that I expect much from 2021, there are people who think that with a change of one digit, they can improve things. We will see what happens with the vaccine, as there will always be business and the good guys behind it.
What chance did he have then?
1. Go back to another project of the company that, apparently, is now temporary, with banks as clients due to the issue of mortgage moratoriums, but the salary conditions are the same: a horror. As I have already explained, I never had a problem doing work in the organization, I prefer it to working for a bank, but even though I am a responsible worker, I am clear that I do not fit into the system in general, whether in a company like the mine or in an institution such as a public body.
2.The other option is that they dismiss me in an unfair way, which in part I wanted, although I would have to appeal it, as required by law, especially after the labor reform of the PP. Of course, with already fifty years, and as things are, the chances of finding a job are nil. I can become a rider, a VTC driver for sixty-five hours a week or a telemarketer.
3.In the organization they didn’t want me, I stayed in a kind of limbo. After rejecting the juicy offer from the capital of Andalusia, I requested a reduction in hours. As a result, my minimum wage would be reduced, but it was a way to protect my job. According to the committee, since I had given them trouble, the goal was to throw me out or redeploy me in any hole until I gave up. And they will probably do something like that, but at least it will be a five-hour day. On the coronavirus phone it was something similar, but it seemed double.

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.