Esclavos Unidos. La Otra Mirada Del American Dream — Helena Villar / United Slaves. The Other Look of the American Dream by Helena Villar (spanish book edition)

Estados Unidos como potencia económica es objeto de deseo mundial. Tanto entre las elites, que lo ven como lo más cercano a la utopía del libre mercado, la competencia y la privatización, como entre los más pobres, embebidos por un incesante imperialismo cultural que les graba a fuego el American Dream de la tierra de las oportunidades. Sin embargo, la realidad difiere bastante de la imagen que Washington proyecta ante el mundo, especialmente en el caso de la clase media y trabajadora, encadenada a producir beneficios sin descanso en un contexto de práctica ausencia de Estado del bienestar.
Así, el llamado «excepcionalismo americano», enarbolado hasta la saciedad para presumir de una construcción nacional superior al resto, podría ser utilizado de forma válida si se le dota de un significado de singularidad que, en este caso, dista de ser positivo. Porque Estados Unidos es el país con más habitantes en car ce lados del planeta, es el país con más armas per cápita de todo el mundo, tiene el mayor ejército, la esperanza de vida es similar a naciones latinoamericanas en desarrollo, tiene el porcentaje de pobreza juvenil más alto de la OCDE.
Una de las cosas que menos se cuentan es que Estados Unidos es el país del mundo con mayor número de ciudadanos encarcelados, niños incluidos, porque en 29 estados es legal procesar a niños a partir de cinco años. El 20% de presos del planeta están en ese país, aunque sólo viva el 5% de los habitantes mundiales. Una de las razones del bajo nivel de desempleo de Estados Unidos es que los pobres allí no están parados, están en la cárcel porque no pudieron pagar una fianza tras cometer un delito menor como sentarse en una acera o acampar por no tener vivienda.
Pero, eso sí, los políticos son todos muy religiosos, sólo un miembro del Congreso se declaró aconfesional en enero de 2021. Helena también nos desmonta el mito de un país económicamente poderoso. En 2021 tenía una deuda de 27 billones de dólares, es decir, 84 mil euros por cada ciudadano. Con esa deuda ya hubiera sido intervenido con los criterios económicos de la Comisión Europea como sucedió con Grecia.
Y con ese panorama, el «modelo americano» ha conseguido que el 100% de los estadounidenses pobres se consideren muy o bastante orgullosos de su nación.

Escuché a la autora hablar sobre este libro en la radio. Ella era muy interesante. Así fue el libro, por un tiempo, pero luego más y más páginas sobre las fallas de los Estados Unidos se volvieron un poco tediosas. Me encontré revisando continuamente para ver cuántas páginas quedaban antes de terminarlo en lugar de saborear los detalles. Perfectamente bien escrito y bastante bien organizado, pero, para mí, necesita un ajuste serio.
Este libro recopila todo lo que sabemos ahora sobre el «American Way of Life»: desigualdades, racismo, falta de bienestar social, élites, estilo de vida poco saludable, sistema educativo deficiente, atención médica inexistente, encarcelamiento masivo, etc. un libro impactante y fácil de leer con las historias de primera mano de esos verdaderos estadounidenses que no aparecen en su serie favorita de Netflix o la última película de Hollywood.

Mientras, la ciudad que nunca duerme seguía siendo foco planetario de fallecimientos. Lunes: 731. Martes: 779. Miércoles 799. Cada día un récord de decesos nuevo confirmado por un gobernador que llevaba semanas luchando dialécticamente contra la Casa Blanca. Contrariamente a lo que Donald Trump aseguraba en sus ruedas de prensa diarias, Andrew Cuomo se encargaba de reforzar la idea de que no se podía reactivar la economía sin ni siquiera haber abordado el daño social causado hasta la fecha, o pedía ayuda federal para equipamiento sanitario, confesando que la ausencia de material y de una fuerte política unitaria suponía abocar a los estados a una insólita competencia por conseguir aquello que necesitaban. Esto, a la vez que el estado de Nueva York aprobaba unos presupuestos en pro de la austeridad y los recortes, hospitales incluidos, sin demasiado ruido mediático. Algo que sí circuló durante aquellos días vía redes sociales fueron las denuncias del personal sanitario afectado, quienes, para llamar la atención de la ciudadanía, no dudaban en posar con envases de comida preparada para explicar que era precisamente lo que estaban utilizando como protección a falta de mascarillas protectoras.
Más allá de los números y el discurso, el retrato de las víctimas comenzaba a conformarse. Sin salir de Nueva York, el 34% de quienes fallecían eran hispanos, pese a representar el 29% de la población. Una desproporción también significativa en el caso de los afroamericanos. Así, los pacientes en el Bronx registraban el doble de probabilidades de morir por coronavirus que el resto de la ciudad. En Chicago, donde el 30% de sus habitantes son afroamericanos, 70% era la tasa de fallecimiento por la covid-19, y Nueva Orleans, con un 65% de ciudadanos pertenecientes a esa minoría, era una de las que encabezaba las tasas de mortalidad del país. Puede que un virus no entienda de clases o razas pero sí de la vulnerabilidad ante el mismo.
El Congreso de Estados Unidos había aprobado el mayor paquete de ayuda económica de la historia hasta esa fecha: dos billones de dólares contra la crisis. Una mirada minuciosa al mismo revelaba, sin embargo, la enorme diferencia de presupuesto destinado para los trabajadores y las empresas. Para los primeros, 1.200 dólares por adulto, 400 por hijo, algún complemento a prestaciones por desempleo y tímidas líneas de crédito para el pequeño comercio. Para industrias consideradas con dificultades debido al coronavirus, sin distinción de beneficios previos o futuros como las aerolíneas, el Tesoro repartiría hasta quinientos mil millones.

La American Journal of Public Health calcula que, cada año, 530 mil familias se declaran en quiebra económica en Estados Unidos por no poder hacer frente a gastos médicos, una causa presente en el 66,5% del total de las bancarrotas, por delante de ejecuciones hipotecarias, préstamos universitarios o divorcios. Aunque existen programas públicos como Medicare o Medicaid, estos están diseñados para grupos de población limitados, como mayores de sesenta y cinco años y personas discapacitadas en el primer caso o con muy bajos ingresos en el segundo. No se aplica por igual en todos los estados ni cubren la asistencia sanitaria completa. «El copago puede ser muy alto. Sobre todo para algunas de las especialidades que cubrimos gratuitamente en esta clínica, en realidad les costaría de 200 a 500 dólares ver a ese médico», resume la doctora voluntaria Colleen Madigan.

La neoesclavitud es además una plaga generalizada. En el análisis realizado por Brookings, donde tuvieron en cuenta los datos de casi 400 áreas metropolitanas, observaron que la proporción de trabajadores con salarios bajos siempre está entre un 30 y un 60%. Aunque los lugares más afectados se sitúan sobre todo en el sur y el oeste de Estados Unidos, con una fuerte presencia de inmigrantes y, por lo tanto, mano de obra explotada,
como Yuma en Arizona o McAllen en Texas, las urbes más ricas tampoco escapan a la vergüenza. Economías productivas y que por lo general registran algunos de los sueldos más altos de la potencia económica global albergan entre sus lujosos edificios de oficinas cientos de miles de sujetos que apenas llegan a fin de mes. Casi un millón de trabajadores mal pagados en la región de la capital, Washington DC, 700 mil en Boston y San Francisco o más de medio millón en Seattle. Imaginen además sobrevivir en esa situación en una jungla asfaltada de precios desorbitados.
Las leyes de la clase trabajadora estadounidense Estados Unidos es la única economía avanzada donde por ley no estás obligado a tener vacaciones pagadas, todo depende del criterio del empleador. En general, la media otorgada suele ser de una quincena por año, muy lejos del tiempo mínimo requerido por ley en la mayoría de países comparables. Así, se calcula que uno de cada cuatro trabajadores estadounidenses no goza ni de vacaciones ni de festivos remunerados.
En Estados Unidos tampoco existen requisitos legales federales que garanticen el pago de las licencias por enfermedad. Aunque una docena de estados están introduciendo sus propias políticas en este sentido, con aproximadamente 10 días de máximo de baja por enfermedad anuales remunerados, según la Oficina de Estadísticas Laborales sólo la cuarta parte de los empleadores estadounidenses ofrece más de esos 10 días pagados por enfermedad al año. Eso sí, sólo pueden pedirse tras trabajar durante un año de manera continuada en la misma empresa.
En Estados Unidos no existe ley alguna que garantice los pluses de peligrosidad en determinados trabajos.

El SNAP, por sus siglas en inglés, es el programa de asistencia de nutrición federal más grande de Estados Unidos y proporciona una ayuda pública a personas y familias con bajos ingresos a través de una tarjeta de débito con la que pueden comprar determinados alimentos en determinadas tiendas. El programa es la versión actual de las estampillas de alimentos establecidas en los años treinta durante la Gran Represión y es un suplemento; no cubre todas las necesidades nutricionales del beneficiario. En el momento en que entrevistamos al director de ese banco de alimentos, previo a la pandemia, el Gobierno de Donald Trump había aprobado una regla que eliminaba el acceso de casi 700 mil personas al programa federal SNAP, del que comían unos 40 millones de estadounidenses. En esa primera fase, la retirada de la ayuda afectaba a adultos en edad laboral sin discapacidades y que no pudiesen demostrar que tienen personas a su cargo. Si quieren recibir ayudas, deberán probar que, pese a trabajar, no llegan a determinados ingresos. «Millones de personas que reciben beneficios podrían trabajar.
Hay que restaurar la dignidad del trabajo a un segmento considerable de nuestra población y ser respetuoso con los contribuyentes».

Amazon, empresa con un patrimonio neto superior a los 100 mil millones de dólares y una de las más valiosas del planeta, representa como pocas el binomio laboral estadounidense: condiciones abusivas para los de abajo, es decir, almacenes y transportistas. Grandes beneficios para los de arriba, los profesionales que desarrollan su trabajo en las oficinas. Este es un extracto de un informe de noviembre de 2019 titulado «Demasiado grande para ser gobernado», de la organización Economic Roundtable, sobre cómo opera el gigante al sur de California:
La cultura corporativa intensa y exigente de Amazon ha beneficiado a los que están en la cima, pero no necesariamente a los trabajadores que hacen el trabajo pesado de la red logística que trae paquetes a nuestros hogares. La proximidad a los barrios de bajos ingresos en la región de cuatro condados facilita el acceso de Amazon a una fuerza laboral hambrienta de trabajo. Al mismo tiempo, los salarios pagados por Amazon perpetúan la lucha económica en estos barrios. Los trabajos de almacén de Amazon son agotadores y de alto estrés.

En Estados Unidos más de seis mil miembros o exmiembros del ejército se suicidan anualmente desde el año 2008 según el Departamento de Veteranos, lo que se traduce a diario en una veintena. Son bastantes más las vidas que se pierden de esta forma que los caídos en combate. De ellos, son los miembros más jóvenes quienes registran las tasas más altas de suicidio, entre los dieciocho y los treinta y cuatro años. Concretamente en el año 2016, 45 por cada 100 mil habitantes, un aumento del 25,9% respecto al año anterior. Tal y como ocurrió en el caso de Tyler, los veteranos de guerra son más propensos que el resto de esta dounidenses a suicidarse con un arma. En 2016, el 70% de los suicidios de veteranos fueron con un arma de fuego. En el caso de los civiles, no llegan a la mitad. Si distinguimos por sexo, la tasa de suicidio en las mujeres soldado es unas dos veces superior a la de las mujeres civiles. «Tengo la sensación de que en el Departamento de Defensa, si admites que necesitas ayuda para un tratamiento mental, se considera una debilidad», asevera el portavoz de la organización de veteranos AMVETS.

En Estados Unidos es ilegal contratar, reclutar o dar referencias laborales de inmigrantes sin documentación legal, así como no exigirles o verificar el documento oficial que les autoriza a trabajar en el país. La multa por cada trabajador ilegal va de dos mil a 10 mil dólares en caso de infracción por tercera vez. Contratarlos a sabiendas puede conllevar hasta seis meses de cárcel y «darles refugio», hasta 10 años de prisión. Sin embargo, apenas se aplica, por lo que en determinadas industrias, como la construcción o la agricultura, a los empresarios les sigue saliendo a cuenta apostar ilegal: ni derechos laborales, ni salariales, ahorro económico y mucha probabilidad de impunidad. El Gobierno sanciona y procesa relativamente a muy pocos empleadores. Así, entre abril de 2018 y marzo de 2019, sólo 11 personas (ninguna empresa) fueron procesadas por este motivo. Durante ese mismo periodo y en comparación, 85.727 individuos fueron procesados por entrada ilegal al territorio y 34.617 por reingreso ilegal.

El tan cacareado «excepcionalismo» estadounidense nunca es mentado para una de sus características más excepcionales. Básicamente, la economía internacional tras la Segunda Guerra Mundial se estructuró de tal forma que Washington siempre pueda ganar. Desde la década de 1940, Estados Unidos ha sido el país con la moneda de reserva del mundo, el dólar es la divisa central en el sistema de cambios y, en ese contexto, es difícil que deje de ser considerada como la moneda más deseable. Así, la alta demanda del dólar ha ayudado en mucho a Estados Unidos a financiar su deuda, que, a su vez, puede controlar en beneficio propio la divisa. Algo así como un «la banca siempre gana» en versión geopolítica. Sin embargo, pese a la trampa, la situación es tan abismal que incluso el Fondo Monetario Internacional ya ha advertido en numerosas ocasiones que las finanzas públicas estadounidenses son insostenibles y cada vez son más los que auguran que una debacle del dólar podría asestar un duro golpe al país, acostumbrado a los bajos intereses. Es decir, a medida que ese contador suma números, el escepticismo empieza a incrementarse. Ante semejante escenario, cabría esperar cierta sensibilidad al respecto por parte de quienes gobiernan el país. En absoluto. Si bien Donald Trump, durante la campaña contra Barack Obama, usó la deuda como ataque a su predecesor, sólo durante sus primeros tres años de mandato el déficit subió casi un 50%. Biden, por su parte, prometió en campaña, y está previsto para antes del fin de su legislatura, que se aumenten los impuestos, pero no así que se recorte en gastos. Es más, diversos análisis advierten que, de ejecutarse los planes que promete, aumentaría todavía más el dispendio.
La realidad es que la arrogancia de Estados Unidos en este aspecto es tal que no sólo desoye las advertencias del riesgo que supone el crecimiento de una burbuja que cada vez tiene un grosor más fino y, por lo tanto, es susceptible de explosión, sino que, en su convencimiento de mantener el toro por los cuernos, utiliza su posición ventajosa como herramienta de castigo político a quien ose desafiarle internacionalmente. Una de las características de la prensa occidental a la hora de explicar la realidad de determinados países y conflictos es el desdén en desarrollar de manera detallada y profunda el papel que los bloqueos y las sanciones económicas del emperador terrestre ejercen en la realidad económica y social de determinadas naciones. Dejar clara la extrema ventaja que Washington ostenta respecto al resto del planeta para, aun así, no ser capaz de garantizar una vida digna para millones de sus ciudadanos.

Estados Unidos dispone de un largo abanico con el que implementar castigos económicos a quien le plazca: confiscación de propiedades en suelo estadounidense, congelación de cuentas bancarias, inhabilitación de visas y prohibición de entrada al territorio, o de toda relación con personas y empresas estadounidenses. En un mundo globalizado con un sistema financiero íntimamente ligado a Washington, el tema no es menor; por ejemplo, significa la imposibilidad de pagar con Visa o Mastercard. Esta forma de castigo económico fue creada bajo el mandato de Bill Clinton y, aunque en un primer momento tenía como objetivo luchar contra el narcotráfico, actualmente la sofisticación de la herramienta es tal que los motivos por los que alguien puede acabar padeciéndola son de lo más variopintos. Abuso de los derechos humanos en
el caso de Corea del Norte, ciberactividades maliciosas en el caso de Irán, actividades malignas en el de Rusia… Ni qué decir tiene que nunca hace falta demostrar dichas acusaciones, que, prácticamente en su totalidad, también se dan en y por Estados Unidos.

El credit score es un sistema en el que están incluidos la mayoría de consumidores estadounidenses y del que no tienen escapatoria posible. Se trata de una puntuación situada entre los 300 y los 850 que representa la solvencia de esa persona en función de lo que llaman historial crediticio: número de cuentas abiertas, cantidad total de deuda personal a base de créditos, refinanciaciones de la misma, así como otros factores. Cuanto más alta es la puntuación, más facilidades para acceder a nuevos préstamos a mejor interés. Cuanto más baja, más intereses por pagar o dificultades para acceder a préstamos. Es decir, el criterio es altamente punitivo; mientras que penaliza a quien menos tiene, condenándolo a pagar más por cualquier cosa, ofrece todo tipo de facilidades a quien ya de entrada no tendrá ningún problema en adquirir aquello que desee o necesite. Existen estimaciones que cifran en hasta un millón de dólares el coste de tener una calificación crediticia baja a lo largo de la vida. Alguien externo a esta sociedad podría pensar en optar por vivir al margen de pedir créditos para no entrar en otra espiral de pobreza; sin embargo, el credit score es un elemento más de la telaraña que el sistema teje con el objetivo de retenerte en él.
Es preciso destacar, no obstante, que una investigación de la Oficina de Protección Financiera del Consumidor en 2015 descubrió que 45 millones de estadounidenses, el 20% de la población adulta, caen en la categoría de crédito invisible o no calificable, en su mayoría minorías y hogares con bajos ingresos. Es decir, ni tan siquiera son considerados consumidores de pleno derecho. Si tener un credit score bajo penaliza al individuo, el no tenerlo directamente le aboca a acudir a empresas con prácticas de financiación más abusivas, prestamistas que se aprovechan de su situación económica, ahondando aún más en esa espiral de pobreza.
Pero vayamos al origen de este sistema. Esos tres dígitos tan determinantes en la vida del estadounidense promedio fueron creados en 1956 por la Fair Isaac Corporation (FICO) a partir de sistemas informáticos y software que predicen los resultados basándose en diferentes inputs. A su vez, Fair Isaac otorga licencias de su tecnología a las agencias de informes crediticios, quienes agregan sus propios datos y programas para producir las puntuaciones de crédito (las principales son Transunion, Equifax y Experian). Es decir, es un sistema puramente privado con el cual Fair Isaac se ha hecho de oro vendiendo más de 10 mil millones de puntuaciones sólo desde 1985. En enero de 2017, una investigación de la Oficina de Protección Financiera del Consumidor reveló que dos de esas agencias, Transunion y Equifax, habían estado mintiendo a los consumidores y se les impuso la correspondiente multa. Ambas agencias habían tergiversado los informes de las puntuaciones, dándoles a los consumidores un resultado diferente al que entregaban a los prestamistas.

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The United States as an economic power is the object of world desire. Both among the elites, who see it as the closest thing to the utopia of the free market, competition and privatization, and among the poorest, imbued by an incessant cultural imperialism that burns the American Dream of the land of opportunities. However, the reality is quite different from the image that Washington projects before the world, especially in the case of the middle and working class, chained to producing profits relentlessly in a context of the virtual absence of a welfare state.
Thus, the so-called «American exceptionalism», raised ad nauseam to boast of a national construction superior to the rest, could be used validly if it is given a meaning of singularity that, in this case, is far from being positive. Because the United States is the country with the most incarcerated people on the planet, it is the country with the most weapons per capita in the world, it has the largest army, life expectancy is similar to Latin American developing nations, it has the percentage of highest youth poverty in the OECD.
One of the things that is less reported is that the United States is the country in the world with the highest number of imprisoned citizens, including children, because in 29 states it is legal to prosecute children from the age of five. 20% of the planet’s prisoners are in that country, although only 5% of the world’s inhabitants live. One of the reasons for the low level of unemployment in the United States is that the poor there are not unemployed, they are in jail because they could not pay bail after committing a misdemeanor such as sitting on a sidewalk or camping because they are homeless.
But yes, politicians are all very religious, only one member of Congress declared himself non-denominational in January 2021. Helena also dismantles the myth of an economically powerful country. In 2021 it had a debt of 27 billion dollars, that is, 84 thousand euros for each citizen. With that debt, it would have already been intervened with the economic criteria of the European Commission, as happened with Greece.
And with that panorama, the «American model» has achieved that 100% of poor Americans consider themselves very or quite proud of their nation.

I heard the author talking about this book on the radio. She was really interesting. So was the book, for a while, but then more and more pages about the failings of the USA became a bit tedious. I found myself continuously checking to see how many pages were left before I finished it rather than savouring the detail. Perfectly well written and well enough organised but, for me, in need of some serious trimming.
This book collects everything we now know about the «American Way of Life»: inequalities, racism, lack of social welfare, elites, unhealthy lifestyle, poor educational system, non-existent health care, mass incarceration, etc. a powerful and easy-to-read book with the first-hand stories of those real Americans who don’t appear in your favorite Netflix series or the latest Hollywood movie.

Meanwhile, the city that never sleeps continued to be a planetary focus of deaths. Monday: 731. Tuesday: 779. Wednesday 799. Every day a new death record confirmed by a governor who had been fighting dialectically against the White House for weeks. Contrary to what Donald Trump assured in his daily press conferences, Andrew Cuomo was in charge of reinforcing the idea that the economy could not be reactivated without even addressing the social damage caused to date, or he asked for federal aid for health equipment , confessing that the absence of material and a strong unitary policy meant leading the states to an unusual competition to get what they needed. This, at the same time that the state of New York approved some budgets in favor of austerity and cuts, including hospitals, without too much media noise. Something that did circulate during those days via social networks were the complaints of the affected health personnel, who, to attract the attention of the public, did not hesitate to pose with containers of prepared food to explain what it was precisely what they were using as protection in the absence of of protective masks.
Beyond the numbers and the discourse, the portrait of the victims began to take shape. Without leaving New York, 34% of those who died were Hispanic, despite representing 29% of the population. A disproportion also significant in the case of African Americans. Thus, patients in the Bronx were twice as likely to die from coronavirus than the rest of the city. In Chicago, where 30% of its inhabitants are African American, 70% was the death rate from covid-19, and New Orleans, with 65% of citizens belonging to that minority, was one of those that led the death rates. country mortality. A virus may not understand classes or races but it does understand vulnerability to it.
The United States Congress had approved the largest economic aid package in history to that date: two billion dollars against the crisis. A detailed look at it revealed, however, the enormous difference in the budget allocated to workers and companies. For the first, 1,200 dollars per adult, 400 per child, some supplement to unemployment benefits and timid lines of credit for small businesses. For industries considered in difficulty due to the coronavirus, without distinction of previous or future benefits such as airlines, the Treasury would distribute up to half a billion.

The American Journal of Public Health calculates that, each year, 530,000 families file for financial bankruptcy in the United States for not being able to afford medical expenses, a cause present in 66.5% of all bankruptcies, ahead of foreclosures, college loans, or divorces. Although there are public programs such as Medicare or Medicaid, these are designed for limited population groups, such as those over sixty-five years of age and people with disabilities in the first case or with very low income in the second. It is not applied equally in all states nor does it cover complete healthcare. “The copay can be very high. Especially for some of the specialties that we cover for free at this clinic, it would actually cost them $200 to $500 to see that doctor,” volunteer Dr. Colleen Madigan sums up.

Neo-slavery is also a widespread plague. In the analysis carried out by Brookings, where they took into account data from almost 400 metropolitan areas, they observed that the proportion of workers with low wages is always between 30 and 60%. Although the most affected places are located mainly in the south and west of the United States, with a strong presence of immigrants and, therefore, an exploited workforce,
like Yuma in Arizona or McAllen in Texas, the richest cities are also shameless. Productive economies that generally have some of the highest salaries in the global economic power house among their luxurious office buildings hundreds of thousands of people who barely make ends meet. Almost a million low-paid workers in the capital region, Washington DC, 700 thousand in Boston and San Francisco or more than half a million in Seattle. Imagine also surviving in that situation in a paved jungle of exorbitant prices.
The laws of the American working class The United States is the only advanced economy where by law you are not required to have paid vacations, it all depends on the discretion of the employer. In general, the average granted is usually one fortnight per year, far from the minimum time required by law in most comparable countries. Thus, it is estimated that one in four American workers does not enjoy paid vacations or holidays.
In the United States, there are also no federal legal requirements that guarantee the payment of sick leave. Although a dozen states are introducing their own policies, with about 10 maximum paid annual sick days, according to the Bureau of Labor Statistics only a quarter of US employers offer more than 10 paid sick days. year. Of course, they can only be requested after working continuously for a year in the same company.
In the United States there is no law that guarantees danger bonuses in certain jobs.

SNAP, for its acronym in English, is the largest federal nutrition assistance program in the United States and provides public assistance to low-income individuals and families through a debit card with which they can buy certain foods in certain stores. The program is today’s version of food stamps established in the 1930s during the Great Repression and is a supplement; does not cover all the nutritional needs of the beneficiary. At the time we interviewed the director of that food bank, prior to the pandemic, the Donald Trump administration had approved a rule that eliminated the access of almost 700,000 people to the federal SNAP program, from which some 40 million Americans ate. . In that first phase, the withdrawal of aid affected adults of working age without disabilities and who could not prove that they have dependents. If they want to receive aid, they must prove that, despite working, they do not reach certain income. “Millions of people receiving benefits could work.
We must restore the dignity of work to a considerable segment of our population and be respectful of taxpayers.

Amazon, a company with a net worth of more than 100 billion dollars and one of the most valuable on the planet, represents like few others the American labor binomial: abusive conditions for those below, that is, warehouses and carriers. Great benefits for those at the top, the professionals who carry out their work in the offices. Here’s an excerpt from a November 2019 report titled «Too Big to Govern» by the Economic Roundtable on how the giant operates in Southern California:
Amazon’s intense and demanding corporate culture has benefited those at the top, but not necessarily the workers who do the heavy lifting of the logistics network that brings packages to our homes. Proximity to low-income neighborhoods in the four-county region makes it easy for Amazon to access a job-hungry workforce. At the same time, the wages paid by Amazon perpetuate the economic struggle in these neighborhoods. Amazon warehouse jobs are exhausting and high-stress.

In the United States, more than six thousand members or former members of the military commit suicide annually since 2008 according to the Department of Veterans Affairs, which translates into twenty daily. Far more lives are lost in this way than those killed in combat. Of these, it is the youngest members who register the highest rates of suicide, between the ages of eighteen and thirty-four. Specifically in 2016, 45 per 100 thousand inhabitants, an increase of 25.9% compared to the previous year. As was the case with Tyler, war veterans are more likely than other Americans to commit suicide with a gun. In 2016, 70% of veteran suicides were with a firearm. In the case of civilians, they do not reach half. If we distinguish by sex, the suicide rate in female soldiers is about two times higher than that of female civilians. “I have a feeling that in the Department of Defense, if you admit that you need help for mental treatment, it is considered a weakness,” says the spokesman for the veterans organization AMVETS.

In the United States, it is illegal to hire, recruit or give job references to immigrants without legal documentation, as well as not requiring or verifying the official document that authorizes them to work in the country. The fine for each illegal worker ranges from $2,000 to $10,000 for a third-time violation. Hiring them knowingly can carry up to six months in jail and «giving them shelter» up to 10 years in prison. However, it is hardly applied, which is why in certain industries, such as construction or agriculture, employers continue to pay off gambling illegally: no labor rights, no wages, economic savings and a high probability of impunity. The Government sanctions and prosecutes relatively few employers. Thus, between April 2018 and March 2019, only 11 people (no companies) were prosecuted for this reason. During that same period and in comparison, 85,727 individuals were prosecuted for illegal entry into the territory and 34,617 for illegal re-entry.

The vaunted American «exceptionalism» is never mentioned for one of its most exceptional characteristics. Basically, the international economy after World War II was structured in such a way that Washington can always win. Since the 1940s, the United States has been the country with the world’s reserve currency, the dollar is the central currency in the exchange system and, in this context, it is difficult for it to stop being considered as the most desirable currency. Thus, the high demand for the dollar has greatly helped the United States to finance its debt, which, in turn, can control the currency for its own benefit. Something like a «bank always wins» in a geopolitical version. However, despite the trap, the situation is so abysmal that even the International Monetary Fund has already warned on numerous occasions that US public finances are unsustainable and more and more predict that a dollar debacle could deal a serious blow to the country, accustomed to low interest. That is, as that counter adds numbers, skepticism begins to increase. Faced with such a scenario, one would expect a certain sensitivity on the part of those who govern the country. Absolutely. Although Donald Trump, during the campaign against Barack Obama, used the debt as an attack on his predecessor, only during his first three years in office the deficit rose almost 50%. Biden, for his part, promised during the campaign, and it is planned for before the end of his term, that taxes be increased, but not that spending be cut. Moreover, various analyzes warn that, if the plans he promises are executed, the waste would increase even more.
The reality is that the arrogance of the United States in this regard is such that it not only ignores the warnings of the risk posed by the growth of a bubble that is getting thinner and thinner and, therefore, is likely to burst, but also , in his conviction to keep the bull by the horns, uses his advantageous position as a political punishment tool for those who dare to challenge him internationally. One of the characteristics of the western press when it comes to explaining the reality of certain countries and conflicts is the disdain in developing in detail and depth the role that the blockades and economic sanctions of the terrestrial emperor exert in the economic and social reality of certain nations. To make clear the extreme advantage that Washington has over the rest of the planet for, even so, not being able to guarantee a decent life for millions of its citizens.

The United States has a wide range with which to implement economic punishments to whomever it pleases: confiscation of properties on US soil, freezing of bank accounts, disqualification of visas and prohibition of entry to the territory, or of any relationship with American people and companies. In a globalized world with a financial system intimately linked to Washington, the issue is not minor; for example, it means the inability to pay with Visa or Mastercard. This form of economic punishment was created under the mandate of Bill Clinton and, although at first it was aimed at fighting drug trafficking, currently the sophistication of the tool is such that the reasons why someone may end up suffering from it are very motley. human rights abuse in
the case of North Korea, malicious cyber activities in the case of Iran, malign activities in the case of Russia… Needless to say, it is never necessary to prove these accusations, which, practically in their entirety, are also made in and by the United States.

The credit score is a system in which the majority of American consumers are included and from which they have no possible escape. It is a score between 300 and 850 that represents the solvency of that person based on what they call credit history: number of open accounts, total amount of personal debt based on credits, refinancing of the same, as well as other factors. The higher the score, the more facilities to access new loans at better interest. The lower, the more interest to pay or difficulties in accessing loans. That is, the criterion is highly punitive; while it penalizes those who have the least, condemning them to pay more for anything, it offers all kinds of facilities to those who will not have any problem acquiring what they want or need from the outset. There are estimates that put the lifetime cost of having a low credit rating at up to a million dollars. Someone external to this society could think of choosing to live outside of asking for credits so as not to enter another spiral of poverty; however, the credit score is one more element of the web that the system weaves with the aim of retaining you in it.
It should be noted, however, that an investigation by the Consumer Financial Protection Bureau in 2015 found that 45 million Americans, 20% of the adult population, fall into the category of invisible or unqualified credit, mostly minorities. and low-income households. That is, they are not even considered full-fledged consumers. If having a low credit score penalizes the individual, not having it directly leads them to go to companies with more abusive financing practices, lenders that take advantage of their economic situation, deepening even more in that spiral of poverty.
But let’s go to the origin of this system. Those three digits that are so decisive in the life of the average American were created in 1956 by the Fair Isaac Corporation (FICO) from computer systems and software that predict results based on different inputs. In turn, Fair Isaac licenses its technology to credit reporting agencies, which aggregate their own data and programs to produce credit scores (mainly Transunion, Equifax and Experian). In other words, it is a purely private system with which Fair Isaac has made gold by selling more than 10 billion scores since 1985 alone. In January 2017, an investigation by the Consumer Financial Protection Bureau revealed that two of those The agencies, Transunion and Equifax, had been lying to consumers and were fined accordingly. Both agencies had misreported scores, giving consumers a different result than what they gave lenders.

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