Caso Clínico — Graeme Macrae Burnet / Case Study by Graeme Macrae Burnet

Los periódicos del día siguiente condenaron sin excepción el comportamiento del doctor Braithwaite: era la personificación de lo peorcito de la Gran Bretaña moderna; sus libros estaban repletos de ideas terriblemente obscenas y exhibían la vertiente más ruin de la naturaleza humana.

Dorothy era una mujer muy inteligente que rondaba los veinticinco años. Era la mayor de dos hermanas y se crio en el seno de una familia de clase media en una gran urbe inglesa. Sus padres eran anglosajones de pura cepa. Dorothy nunca había presenciado una sola muestra de afecto entre ellos. Las discusiones, me contó, las solventaba su padre, un dócil funcionario, plegándose a las exigencias de la madre. Hasta la muerte repentina de esta última, cuando Dorothy tenía dieciséis años, su niñez no estuvo marcada por ningún trauma importante, si bien le resultaba difícil contestar a la pregunta de si había tenido una infancia feliz. Con el tiempo reconoció haberse sentido culpable desde muy pequeña por el hecho de disfrutar de una vida cómoda en comparación con la de muchos otros niños y, aun así, no sentirse feliz.

Esta no es la primera vez que el autor escocés Graeme Macrae Burnet entrelaza realidad y ficción. En su fascinante libro nominado al premio Man Booker, Un Plan Sangriento, presenta una serie de documentos históricos ficticios que se centran en un espantoso triple homicidio cometido por un granjero escocés adolescente que comparte el apellido del autor.
En caso clínico, nuevamente, el autor comienza con una confesión impresionante: después de escribir en su blog sobre un notorio psicoterapeuta de la década de 1960 (que escribió un libro con el audaz título Mata a tu yo), recibió una serie de cuadernos nunca antes revelados escritos por una paciente femenina del «gran hombre».
La mujer había buscado a Braithwaite con un nombre falso después de que su hermana se suicidara después de ser atendida por el psicoterapeuta. ¿Existió Braithwaite en realidad? La respuesta es sí. Era una especie de gurú de su época, que evitaba toda doctrina y creía que el yo, por así decirlo, es una presunción fraudulenta. Su línea arquetípica es: “Para escapar de la desesperación, no te mates; mátate a ti mismo”.
Intrigante premisa, sin duda. Al igual que en su trabajo anterior, Burnet disfruta combinando las posibilidades de la ficción con la realidad real y la realidad no tan real. El problema que tuve es que la autora de los cuadernos, autodenominada Rebecca Smyth, me parecía un personaje más definido y fascinante que Braithwaite. Cuando los dos están «en sesión», el libro hierve a fuego lento y chisporrotea. Pero se pasa demasiado tiempo lejos de estas interacciones y las secciones de Braithwaite, que pueden o no ser ciertas en su totalidad, se leen más como páginas de una biografía investigada.
Sorprendentemente, la prosa parece estar más alineada con el cambio de siglo que con la contracultura más libre de la década de 1960. Tal vez el comienzo del siglo inspire una mayor confianza o tal vez Burnet esté superponiendo un período de tiempo a otro.
En cualquier caso, la novela nos hace cuestionar la naturaleza de la identidad y el surgimiento de múltiples yos (y la forma en que actuamos, literalmente, para extinguir los yos que preferiríamos ocultar. Ojalá me hubiera sentido más comprometida.
El libro está escrito en primera persona y se centra en el ‘Dr’ (Arthur) Collins Braithwaite, un controvertido terapeuta escocés (que saltó a la fama a mediados de la década de 1960) que realmente no parece creer en la terapia y escribió sobre ella en su libro, Antiterapia.
El narrador de Caso Clínico ha escrito en su blog sobre Braithwaite, aprendemos, y emprendió otras investigaciones con la esperanza de publicar algo más sobre él. Luego es contactado por alguien (que desea permanecer en el anonimato) que tiene algunos cuadernos para arrojar más luz sobre el terapeuta.
Los cinco cuadernos se introducen (en su totalidad) en la narración. Aparentemente, están escritos por una mujer joven cuya hermana había sido tratada por Braithwaite y que se suicidó. Queriendo exponer o encontrar pruebas contra Braithwaite, la joven adopta un nombre y una personalidad falsos y comienza a visitarlo como paciente (o ‘visitante’ como él llama a sus pacientes). Es fascinante y, a medida que empezamos a aprender más sobre su vida (y la de su hermana), se da cuenta de que disfruta siendo Rebecca y los lectores tienen asientos en primera fila cuando comienza a dividirse.
El autor de Caso Clínico, GMB escribió sobre el ‘Dr’ Arthur Collins Braithwaite en su sitio en 2019 en The Strange Cases of Maeder and Braithwaite, por lo que deduzco que él es nuestro narrador y esta es una especie de biografía. De hecho, mi extensa investigación (es decir, Google) me informó que Braithwaite realmente existía y escribió Antiterapia.
Sin embargo, lo que no está claro es qué es ficción. Dado que GMB mismo llama a este libro una novela, asumo que los cuadernos son ficticios, aunque hay una escena al final que enturbia un poco esas aguas. (Aunque al mismo tiempo ofrece un cierre).
Sin embargo, me fascinó la historia de la joven. Es brutalmente honesta y deliciosamente graciosa. Y las sesiones que tiene con Braithwaite son muy esclarecedoras.

Arthur Collins Braithwaite nació en Darlington el 4 de febrero de 1925. Su padre, George John Braithwaite, era un próspero empresario local. George había nacido en 1892 y provenía de una familia de ferroviarios. Al igual que sus antepasados, era un hombre de complexión baja y fornida. Las fotografías muestran a un joven atractivo, con una mata de pelo ingobernable e intensos ojos oscuros. Durante la Primera Guerra Mundial, sobrevivió dos años en Verdún antes de resultar herido por metralla en 1917 y ser enviado a una clínica en Sussex para la convalecencia. Allí fue donde conoció a Alice Louise Collins, que ejercía de enfermera.
Alice era la hija del vicario del pueblo vecino de Etchingham. Era una chica de veinte años, con los ojos castaños y el pelo rubio, bonita pero simplona. George la entretenía contándole historias de sus aventuras en el frente y de su niñez en «Darlo». Debían de hacer una extraña pareja —siendo él un locuaz tipo del norte, y ella una reservada muchacha de los condados del sureste—.
Braithwaite conoció al psiquiatra escocés R. D. Laing. Este no conserva el menor recuerdo de sus encuentros —no tenía por qué hacerlo—, pero causó una impresión duradera en el joven auxiliar. Hasta aquel momento, Braithwaite había aceptado sin más que «los locos estaban locos, y que los hombres de bata blanca sabían lo que se hacían y tenían la mejor de las intenciones». Pero observar cómo trabajaba Laing cambió esta perspectiva: «No actuaba como un médico; no se movía como un médico; ni siquiera sonaba como un médico».

El día que cumplí diez años me regalaron, igual que a Veronica antes que a mí, un diario quinquenal. Era un grueso librito con tapas rojas de piel sintética y con un cierre de broche. Esa misma noche, mientras estaba sentada al borde de la cama sopesándolo en mis manos, me di cuenta de la importancia del cierre de seguridad: se trataba de una confirmación de que había alcanzado la edad en la que se me permitía guardar secretos; de que era lo bastante mayor para abrigar pensamientos que no deseara compartir con mi familia. Esas cosas no eran más que patrañas, claro. Había albergado pensamientos feos y maliciosos desde que tenía memoria, pero ese pequeño cerrojo me daba licencia. Contaba con un libro donde poder registrarlos y confinarlos.
Veronica era la última persona en el mundo a la que una habría considerado capaz de cometer un acto semejante, aunque solo sea por algo tan simple como que era terriblemente sosa. Cuando una piensa en un suicida, se imagina a un atormentado e insensato ser de ojos desorbitados. Veronica no era nada de esto. Al menos, no lo parecía. Pero quizá la imagen que presentaba al mundo fuera tan ficticia como la que yo había forjado en mi diario infantil. Quizá había otra Veronica, que ella mantenía cuidadosamente guardada bajo llave. Cuando una persona como Veronica se tira desde el paso elevado de Bridge Approach, una no puede sino evaluarla de nuevo. De repente se vuelve mucho más interesante. Y cuando una empieza a mirar las cosas bajo lupa, hasta los acontecimientos más inocuos adquieren una nueva complexión.

Fue durante su segunda temporada en Oxford cuando el personaje de «Collins Braithwaite» nació como tal. Con veintiocho años cumplidos, Braithwaite era más mayor y tenía más mundo que la mayoría de los alumnos. Había vivido en Francia, visto un poco de mundo y, lo que era aún más importante, podía tirar de sus experiencias en Netley. Había dejado de sentir la necesidad de encajar con aquellos compañeros suyos provenientes de instituciones privadas y, más bien al contrario, exageró su cerrado acento norteño y sus bastos modales.
Cada reunión del Club Wagstaff se estructuraba en torno a un texto propuesto por Braithwaite. Acudían estudiantes de variedad de disciplinas e, incluso, algunos miembros jóvenes del profesorado. Las lecturas eran piezas de filosofía, literatura o psicología, dependiendo de la materia por la que le hubiera dado a Braithwaite en ese momento. Se consumían cantidades ingentes de cerveza y de whisky, y el debate se alargaba hasta bien entrada la madrugada. Braithwaite leía pasajes en voz alta antes de dar pie a las intervenciones. Asistían hombres y mujeres, pero, según Sara Chisholm, las chicas estaban allí para asentir a todo con entusiasmo y no se esperaba de ellas que expresaran en voz alta su propia opinión. Braithwaite hacía como que escuchaba con paciencia el resto de puntos de vista, antes de pronunciar un veredicto que, de manera invariable, era adoptado como la visión ortodoxa.
La tesis doctoral de Braithwaite, Fantasmas y alucinaciones, escrita durante este período, toma como punto de partida una disertación sobre el análisis del caso clínico de Anna O. que Josef Breuer llevó a cabo en 1895.
La vida en la agencia del señor Brownlee resultó ser bastante menos glamurosa de lo que me había figurado. Mis días consistían en mecanografiar cartas y contratos, abrir la correspondencia, visitar la oficina de correos y escuchar con actitud comprensiva a la andrajosa clientela del señor Brownlee. Esta tropa variopinta se componía en su mayor parte de actores noveles, magos de medio pelo y cantantes de baladas cuyos días de gloria en los espectáculos de variedades hacía tiempo que habían pasado a mejor vida.

Llegado el otoño de 1965, cuando la autora de los cuadernos contenidos en este volumen se presentó en Ainger Road, Braithwaite estaba alcanzando la cumbre de su fama, pero su ascenso no había sido ningún camino de rosas.
Tras completar su tesis doctoral, Braithwaite rechazó un puesto de docente en la universidad. Estaba más que harto de Oxford. Desde aquel roce con Colin Wilson tres años antes, tenía la sensación de que la vida estaba en otra parte. En junio de 1959 hizo autoestop hasta Londres, se buscó un cuarto de alquiler en Kentish Town y aceptó una serie de empleos menores. Estos incluían desde trabajar en la construcción hasta acarrear cajas en almacenes, pero Braithwaite ni era capaz de regirse por un horario fijo ni aceptaba que le dieran órdenes, y siempre lo acababan despidiendo tras una semana o dos.
Para finales de año, el carácter novedoso de esta vida sin rumbo había perdido su atractivo, y escribió a R. D. Laing, que por entonces era residente de último año en la Tavistock Clinic, una instalación psicoterapéutica en Beaumont Street. En su carta, Braithwaite describía cómo se había visto inspirado a regresar a Oxford para estudiar psicología después de ver el modo en el que Laing desarrollaba su trabajo en Netley. Le gustaría, decía, formarse bajo su tutelaje. Fue un instante único de deferencia por parte de Braithwaite. Laing respondió recomendándole que, si su interés por dedicarse a la psiquiatría era serio, primero debería estudiar Medicina. La carta de Laing era cortés y su consejo razonable, pero la sensación de Braithwaite fue que lo subestimaba.
“Mata a tu Yo» es un producto de su tiempo, tanto en el sentido que captaba el zeitgeist, como por el hecho de que se escribiera de manera tan apresurada. Que nadie se lleve a error: el libro es un desastre. Se trata de una mezcolanza de pasajes de la tesis de Braithwaite, cavilaciones sobre diversos fenómenos culturales e indisumulados puyazos contra Laing. Está repleto de afirmaciones y generalizaciones no corroboradas y con frecuencia resulta vulgar o simplemente imposible de leer. En sus mejores momentos, no obstante, destila una energía efervescente, y el talento de Braithwaite con los eslóganes adquiriría entre sus díscolos lectores contraculturales una trascendendia mayor que algo tan cuadriculado como la coherencia intelectual. En el prólogo, Braithwaite trata de hacer virtud de las deficiencias de su libro: «Se me sugirió que rescribiera algunos pasajes de este libro. Yo me negué. Al hacerlo, me estaría censurando, imponiendo un orden que no existe. Y eso significaría frustrar el propósito de mi propia obra». Si acaso, la impenetrabilidad de ciertos pasajes no hacía sino confirmar la genialidad del autor.
“Mata a tu Yo» puede verse como una especie de diálogo con el libro de Laing. Era mucho más en lo que los dos hombres estaban de acuerdo que en lo que diferían. Compartían un mismo recelo hacia la profesión médica preponderante y la ligereza para diagnosticar que caracterizaba a la práctica psiquiátrica convencional. La terapia electroconvulsiva, aseveraba Braithwaite, «es como tratar el miedo a volar empujando a una persona al vacío desde un avión: es posible que el paciente remonte el vuelo un rato, pero el beneficio dura poco». Ambos coincidían en la certeza de que los delirios psicóticos eran, para la persona que los experimentaba, al menos, reales, y que estas experiencias deberían ser abordadas en lugar de desestimarse. Además, compartían el deseo de deconstruir la presunción tradicional de que las experiencias y las manifestaciones del paciente son subjetivas y falsas, mientras que la interpretación que hace el terapeuta de esas experiencias es objetiva y veraz. «No hay razones para creer que el terapeuta esté más cuerdo que el paciente —escribe Braithwaite—. Es más, la lectura imparcial de cualquier ensayo psiquiátrico nos demuestra que lo habitual es que sea todo lo contrario.»

…El doctor Laing se aferra a la noción de un «yo verdadero» igual que el iluso Lear al cuerpo sin vida de Cordelia. Su deseo es liberar al demente, pero la idea del «yo verdadero» es la camisa de fuerza que nos mantiene a todos nosotros en el manicomio. Solo existen identidades, y ese querer retroceder a un supuesto estado de identidad verdadera anclado en la infancia es la fuente misma de los problemas que describe. El camino de la liberación radica en aceptar que somos haces de identidades […]. Elevar una de estas identidades por encima de las demás supone establecer una falsa jerarquía que es el origen de lo que se denomina «enfermedad mental». En este sentido, aquellos a quienes etiquetamos como esquizofrénicos son, en realidad, los vanguardistas de una nueva forma de ser.

Mi reacción inicial a la muerte de Veronica fue, me avergüenza reconocerlo, completamente egoísta: ya no tendría que competir nunca más por el cariño de mi padre. Ya no me harían sentir como una estúpida en la cena o como si mi existencia fuera, de algún modo, inconsecuente. Al sobrevivirla, había ganado la partida por primera vez. Soy consciente de lo mezquinos y despreciables que eran estos sentimientos, pero no podían ser más dignos de mí. Desde que no era más que una niña entendí que soy una persona desagradable y malvada. Soy incapaz de contemplar un suceso de otra manera que no sea en función del beneficio que me pueda aportar o del daño que me pueda causar. Desconfío de quienes aducen actuar en interés del bien público o de quienes consagran su tiempo libre a actividades caritativas. Este altruismo pregonado a los cuatro vientos solo esconde, a mi parecer, el deseo de que piensen de uno lo admirable que es. Unas semanas después de la muerte de Veronica empecé a sentirme de otra manera, no obstante. Por una parte, esta revaloración de mi actitud iría en perfecta consonancia con mi egoísmo previo.

Ronnie Laing, quien a su vez sería detenido y acusado de posesión ilegal de LSD una década más tarde, recibiría la noticia de estos acontecimientos con júbilo, comentándole a su amigo John Duffy que hacía años que tenían que haber enchironado a aquel «odioso timador».
Braithwaite cumplió cuarenta días de condena en la prisión de Wormwood Scrubs. La sociedad penitenciaria, escribió, le había parecido «mucho más cuerda que la que se hallaba al otro lado de los barrotes […]. Durante esos seis meses en la cárcel aprendí más sobre la conducta humana que durante los seis años que pasé entre los pijos de Oxford».
A su salida de prisión, Braithwaite descubrió que lo habían desahuciado de Ainger Road. Sus muebles, ropa, libros y documentos habían sido empaquetados y depositados en un almacén de Acton. Halló refugio temporal en la casa de Notting Hill donde vivían Zelda Ogilvie y su nuevo novio, el dramaturgo Joe Carter, pero ella dejó claro desde el principio que no pensaba aguantarlo más que unos pocos días. Al final, se quedó un mes, dándole a la botella y fumando maría de manera impenitente, hasta que Carter le encontró un pisito en Finsbury Park y «lo instaló en él prácticamente a la fuerza».
Braithwaite no hizo ningún intento por volver a poner en marcha su negocio. Los derechos de sus dos libros seguían devengando ingresos, y le dijo a todo el que estuviera dispuesto a escucharlo que estaba harto de atender a «una panda de mediocres superprivilegiados refunfuñando sobre sus crisis de identidad». Había llegado el momento de escribir otro libro. Laing se dedicaba, por aquellos días, a recorrer los campus de las universidades europeas y estadounidenses impartiendo conferencias para auditorios ingentes de estudiantes encandilados. Braithwaite, que nunca había viajado más allá de Francia, se encaprichó con sacar tajada también. Cuando por fin logró convencer a Edward Seers de que lo invitara a almorzar, descubrió que este no se mostraba demasiado receptivo ante la idea. Seers sugirió que quizá le fuera mejor escribiendo una novela. «¿Una novela? —replicó Braithwaite—. ¿De qué sirven las puñeteras novelas?» Cuando Seers rechazó dilatar el almuerzo y convertirlo en una larga jornada de copeo, Braithwaite le dijo que se llevaría su libro a otra parte. Seers pagó la cuenta y le contestó que le parecía estupendo.

Braithwaite pasó los últimos años de su vida en la casa familiar de Westlands Roads, en Darlington. Tras el fallecimiento de su hermano George en 1962, la casa nunca llegó a venderse. Para 1970 sus libros habían dejado de devengar derechos, y Braithwaite había agotado la paciencia de quienes hasta entonces habían estado dispuestos a prestarle dinero para pagar el alquiler o para financiar su vida cada vez más empapada en alcohol. Sus últimos meses en Londres los pasó en diversas pensiones del Soho, donde se dedicaba a hacer proposiciones a cualquier mujer que se cruzase en su camino y a soltar, también a cualquiera que estuviese al alcance del oído, arengas sobre editores pijos, el Sistema y «ese cabronazo de Laing». De manera rutinaria, se le solicitaba que abandonase el establecimiento en cuestión.
En una carta dirigida a Edward Seers en enero de 1971, escribió que Londres estaba «acabado» y que tenía intención de empezar desde cero en otra parte.
No se sabe si Braithwaite envió o no el manuscrito a alguien más. Si lo hizo, obtuvo una reacción similar. El libro nunca se publicó, y la única copia que existe del manuscrito se hospeda en el archivo de la Universidad de Durham. Unas semanas después, Braithwaite escribió a Seers pidiéndole que le enviara cualquier suma pendiente de liquidar por el devengo de los derechos de sus anteriores libros. No había nada que liquidar. Tanto Mata a tu Yo como Antiterapia habían sido descatalogados. Con todo, Seers, en un gesto conciliador, le envió un cheque por valor de veinte libras. Más o menos por la misma época, Braithwaite escribió también a Zelda.
El 14 de abril de 1972, Braithwaite fue a por una cuerda al cobertizo del jardín y se colgó de una viga en el descansillo de la
primera planta de la casa. El manuscrito de Mi Yo y otros extraños estaba encima de la mesa de la cocina. Sobre él había un pedazo de papel en el que había escrito lo siguiente:
Si mi empresa en el piso de arriba ha tenido éxito, consideren esta como mi nota de suicidio.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/01/25/un-plan-sangriento-el-caso-roderick-macrae-graeme-macrae-burnet-his-bloody-project-documents-relating-to-the-case-of-roderick-macrae-by-graeme-macrae-burnet/

https://weedjee.wordpress.com/2022/01/22/la-desaparicion-de-adele-bedeau-graeme-macrae-burnet-the-disappearance-of-adele-bedeau-georges-gorski-1-by-graeme-macrae-burnet/

https://weedjee.wordpress.com/2022/09/29/caso-clinico-graeme-macrae-burnet-case-study-by-graeme-macrae-burnet/

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The next day’s papers condemned Dr. Braithwaite’s behavior without exception: he was the epitome of the worst of modern Britain; his books were full of terribly obscene ideas and displayed the vilest side of human nature.

Dorothy was a very intelligent woman in her mid-twenties. She was the eldest of two sisters and grew up in a middle-class family in a large English city. Her parents were Anglo-Saxon through and through. Dorothy had never witnessed a single show of affection between them. The arguments, she told me, were solved by her father, a docile official, yielding to the demands of her mother. Until the latter’s sudden death, when Dorothy was sixteen, her childhood was not marked by any major trauma, although she found it difficult to answer the question of whether she had had a happy childhood. Over time, she admitted having felt guilty from a very young age for enjoying a comfortable life compared to that of many other children and, even so, not feeling happy.

This is not the first time Scottish author Graeme Macrae Burnet intertwines fact and fiction. In his spellbinding Man Booker Prize nominated book, His Bloody Project, he presents a series of fictionalized historical documents focusing on a gruesome triple homicide by a teenage Scottish farmer who happens to share the author’s last name.
In Case Study, again, the author begins with a breathtaking confession: after he blogged about a notorious 1960s psychotherapist (who wrote a book with the audacious title, Kill Your Self), he received a series of never-before-revealed notebooks written by a female patient of the “great man.”
The woman had sought out Braithwaite under an assumed name after her sister did in fact kill herself after being ministered to by the psychotherapist. Did Braithwaite even exist in reality? The answer is yes. He was a sort of guru of his times, eschewing all doctrine, and believing that the self, as it were, is a fraudulent conceit His archetypal line is, “To escape despair, don’t kill yourself; kill your Self”.
Intriguing premise, for sure. As in his former work, Burnet enjoys layering the possibilities of fiction with veritable reality – and not-so-veritable reality. The problem I had is that the author of the notebooks – self-named Rebecca Smyth – seemed, to me, to be a more well-defined and fascinating character than Braithwaite. When the two are “in session”, the book simmers and sizzles. But too much time is spent away from these interactions and the Braithwaite sections – which may or may not be true in entirety – read more like pages of researched biography.
The prose, surprisingly, seems more aligned with turn-of-the-century than the more free-wheeling counterculture 1960s. Perhaps the early century inspires greater trust or maybe Burnet is layering one time frame upon another.
In any event, the novel does make us question the nature of identity and the emergence of multiple selves (and the way we act – literally – to extinguish selves we would rather hide. I just wish I had felt more engaged.
The book is written in first person and centres around ‘Dr’ (Arthur) Collins Braithwaite, a controversial Scottish therapist (rising to some fame in the mid 1960s) who doesn’t really seem to believe in therapy and wrote about it in his book, Untherapy.
Case Study’s narrator has blogged about Braithwaite we learn, and undertaken some other research in the hope of publishing something more about him. He’s then contacted by someone (who wishes to remain anonymous) who has some notebooks to cast further light on the therapist.
The five notebooks are introduced (in full) into the narrative. They’re ostensibly written by a young woman whose sister had been treated by Braithwaite and who suicided. Wanting to expose or find evidence against Braithwaite, the young woman adopts a fake name and personality and starts to visit him as a patient (or ‘visitor’ as he calls his patients). She’s fascinating and as we start to learn more about her life (and that of her sister) she finds she enjoys being Rebecca and readers are given front row seats as she starts to splinter.
The author of Case Study, GMB wrote about ‘Dr’ Arthur Collins Braithwaite on his site in 2019 in The Strange Cases of Maeder and Braithwaite, so I gather he is our narrator and this is a biography of sorts. Indeed, my extensive research (ie. google) informed me Braithwaite really did exist and wrote Untherapy.
What’s not clear however is what is fiction. Given GMB himself calls this book a novel I’m assuming the notebooks are fictional, although there’s a scene at the end that muddies those waters a little. (Although at the same time offering some closure.)
I was however fascinated by the story of the young woman. She’s brutally honest and delightfully droll. And the sessions she has with Braithwaite are very enlightening.

Arthur Collins Braithwaite was born in Darlington on February 4, 1925. His father, George John Braithwaite, was a prosperous local businessman. George had been born in 1892 and came from a family of railwaymen. Like his ancestors, he was a short, stocky man. The photographs show a handsome young man with an unruly shock of hair and intense dark eyes. During the First World War, he survived two years at Verdun before being injured by shrapnel in 1917 and sent to a clinic in Sussex for convalescence. It was there that he met Alice Louise Collins, who was a nurse.
Alice was the daughter of the vicar of the neighboring town of Etchingham. She was a girl of twenty, with brown eyes and blond hair, pretty but simple. George entertained her by telling her stories of her adventures on the front lines and her childhood in Darlo. They must have made an odd couple—he being a loquacious fellow from the north, and she a reserved girl from the southeastern counties.
Braithwaite met the Scottish psychiatrist R. D. Laing. He has no recollection of their encounters-he didn’t have to-but he made a lasting impression on the young auxiliary. Up to this point, Braithwaite had accepted without further ado that «crazy people were crazy, and that the men in white coats knew what they were doing and had the best of intentions.» But observing how Laing worked changed this perspective: “He didn’t act like a doctor; he didn’t move like a doctor; he didn’t even sound like a doctor.»

The day I turned ten, they gave me, like Veronica before me, a five-year newspaper. It was a thick little book with red faux-leather covers and a snap closure. That same night, as I sat on the edge of the bed weighing it in my hands, I realized the importance of the security lock: it was a confirmation that I had reached the age at which I was allowed to keep secrets; that I was old enough to have thoughts I didn’t want to share with my family. Those things were just bullshit, of course. I had harbored ugly and malicious thoughts for as long as I could remember, but that little lock gave me license. He had a book where he could register and confine them.
Veronica was the last person in the world one would have considered capable of committing such an act, if only for something as simple as her being terribly bland. When one thinks of a suicide, she imagines a tormented and insane being with wild eyes. Veronica was none of this. At least she didn’t look like it. But perhaps the image she presented to the world was as fictitious as the one I had created in my childhood diary. Perhaps there was another Veronica, which she kept carefully locked away. When a person like Veronica jumps off the Bridge Approach overpass, one can’t help but reevaluate her. Suddenly she becomes much more interesting. And when you start looking at things under the magnifying glass, even the most innocuous events take on a new complexion.

It was during her second season at Oxford that the character of «Collins Braithwaite» was born as such. At twenty-eight, Braithwaite was older and more worldly than most of the students. He had lived in France, seen a bit of the world and, more importantly, he could draw on his experiences at Netley. He had stopped feeling the need to fit in with those of his peers from private institutions and, rather the contrary, he exaggerated his thick northern accent and his coarse manners.
Each meeting of the Wagstaff Club was structured around a text proposed by Braithwaite. Students from a variety of disciplines attended, and even some young faculty members. The readings were pieces of philosophy, literature, or psychology, depending on what subject he had given Braithwaite for at the time. Vast quantities of beer and whiskey were consumed, and the debate lasted well into the small hours. Braithwaite read passages aloud before giving rise to interventions. Both men and women attended, but, according to Sara Chisholm, the girls were there to nod enthusiastically and were not expected to voice their own opinion out loud. Braithwaite pretended to patiently listen to all other points of view, before rendering a verdict that was invariably adopted as the orthodox view.
Braithwaite’s doctoral thesis, Ghosts and Hallucinations, written during this period, takes as its starting point a dissertation on the analysis of the clinical case of Anna O. that Josef Breuer carried out in 1895.
Life at Mr. Brownlee’s agency turned out to be far less glamorous than I had imagined. My days consisted of typing letters and contracts, opening the mail, visiting the post office, and listening sympathetically to Mr. Brownlee’s ragged clientele. This motley crew was made up mostly of newcomers, middling magicians, and ballad singers whose variety show glory days were long gone.

By the fall of 1965, when the author of the notebooks contained in this volume showed up at Ainger Road, Braithwaite was reaching the height of his fame, but his rise had been no easy ride.
After completing her doctoral thesis, Braithwaite turned down a teaching position at the university. He was more than sick of Oxford. Ever since that run-in with Colin Wilson three years earlier, he’d had a sense that life was somewhere else. In June 1959 he hitchhiked to London, found a rented room in Kentish Town and took a series of menial jobs. These included everything from working in construction to hauling boxes in warehouses, but Braithwaite could neither keep to a set schedule nor take orders, and he was always fired after a week or two.
By the end of the year, the novelty of this aimless life had lost its appeal to him, and he wrote to R. D. Laing, then a senior resident at the Tavistock Clinic, a psychotherapeutic facility on Beaumont Street. In his letter, Braithwaite described how he had been inspired to return to Oxford to study psychology after seeing the way Laing developed his work at Netley. He would like, he said, to train under his tutelage. It was a unique moment of deference on Braithwaite’s part. Laing responded by recommending that if his interest in pursuing a career in psychiatry was serious, he should first study medicine. Laing’s letter was polite and his advice reasonable from him, but Braithwaite’s feeling was that he underestimated him.
«Kill Your Self» is a product of its time, both in the sense that it captured the zeitgeist, and in the fact that it was written in such a rush. Make no mistake: the book is a disaster. a hodgepodge of passages from Braithwaite’s thesis, musings on various cultural phenomena, and undisguised jabs at Laing. It’s full of unsubstantiated assertions and generalizations, and it’s often vulgar or just plain unreadable. At its best, though, it exudes effervescent energy, and Braithwaite’s talent with catchphrases would acquire a greater significance among his unruly countercultural readers than something as square as intellectual coherence.In the foreword, Braithwaite tries to make virtue of his book’s shortcomings: «It was suggested to me to rewrite some passages of this book. I refused. By doing so, I would be censoring myself, imposing an order that does not exist. And that would mean frustrating the purpose of my own work. If anything, the impenetrability of certain passages only confirmed the genius of the author.
«Kill Your Self» can be seen as a kind of dialogue with Laing’s book. The two men agreed much more than they differed. diagnose that characterized conventional psychiatric practice.Electroconvulsive therapy, asserted Braithwaite, «is like treating the fear of flying by pushing a person out of an airplane: the patient may take flight for a while, but the benefit is short-lived.» Both agreed that psychotic delusions were, to the person experiencing them, at least real, and that these experiences should be addressed rather than dismissed, and they shared a desire to deconstruct the traditional assumption that the patient’s experiences and manifestations are subjective and false, while the therapist’s interpretation of those experiences is objective and truthful. to believe that the therapist is more sane than the patient,» writes Braithwaite. Moreover, the unbiased reading of any psychiatric essay shows us that the opposite is usually the case.»

…Dr. Laing clings to the notion of a «real self» just as the deluded Lear clings to Cordelia’s lifeless body. His desire is to free the insane, but the idea of the «real me» is the straitjacket that keeps us all in the madhouse. There are only identities, and that wanting to go back to a supposed state of true identity anchored in childhood is the very source of the problems he describes. The path to liberation lies in accepting that we are bundles of identities […]. Elevating one of these identities above the others supposes establishing a false hierarchy that is the origin of what is called “mental illness”. In this sense, those whom we label as schizophrenics are, in reality, the vanguards of a new way of being.

My initial reaction to Veronica’s death was, I’m ashamed to admit, completely selfish: I would no longer have to compete for my father’s affections. No longer would I be made to feel stupid at dinner or as if my existence was somehow inconsequential. By surviving her, he had won the game for the first time. I am aware of how petty and despicable these feelings were, but they could not be more worthy of me. Ever since I was just a child I understood that I am a nasty and evil person. I am incapable of contemplating an event in any other way than in terms of the benefit it can bring me or the harm it can cause me. I distrust those who claim to act in the interest of the public good or those who devote their free time to charitable activities. This altruism trumpeted from the rooftops only hides, in my opinion, the desire to be thought of as admirable. A few weeks after Veronica’s death I began to feel differently, however. On the one hand, this reassessment of my attitude would be in perfect harmony with my previous selfishness.

Ronnie Laing, who himself would be arrested and charged with illegal possession of LSD a decade later, would receive news of these events with glee, telling his friend John Duffy that this «hateful swindler» should have been put in jail years ago. .
Braithwaite served forty days at Wormwood Scrubs Prison. Prison society, he wrote, had seemed «much saner than the one on the other side of the bars… During those six months in jail I learned more about human behavior than during the six years I spent among the posh Oxfords.
On his release from prison, Braithwaite found that he had been evicted from Ainger Road. His furniture, clothes, books and papers had been packed up and deposited in a warehouse in Acton. He found temporary refuge in the Notting Hill house where Zelda Ogilvie and her new boyfriend, playwright Joe Carter, lived, but she made it clear from the start that she wasn’t going to put up with him for more than a few days. In the end, she stayed a month, hitting the bottle and smoking weed unrepentantly, until Carter found her a little flat in Finsbury Park and «practically forced him into it.»
Braithwaite made no attempt to get his business back on track. The rights to his two books were still raking in revenue, and he told anyone who would listen that he was sick of catering to «a bunch of super-privileged mediocre people grumbling about his identity crisis.» It was time for him to write another book. Laing was dedicated, in those days, touring the campuses of European and American universities giving lectures to huge audiences of dazzled students. Braithwaite, who had never traveled beyond France, became infatuated with making a cut as well. When he finally managed to convince Edward Seers to invite him to lunch, he found that he wasn’t too receptive to the idea. Seers suggested that he might be better off writing a novel. «A novel? Braithwaite replied. What use are bloody novels? When Seers refused to delay lunch and turn it into a long day of drinking, Braithwaite told him that he would take his book elsewhere. Seers paid the bill and said that he thought it was great.

Braithwaite spent the last years of his life at the family home on Westlands Roads in Darlington. After the death of his brother George in 1962, the house was never sold. By 1970 his books had ceased to accrue royalties, and Braithwaite had exhausted the patience of those who had hitherto been willing to lend him money to pay the rent or to finance his increasingly booze-drenched life. His last months in London were spent in various Soho boardinghouses, where he would proposition any woman who crossed his path and unleash harangues about posh publishers, the System, and anyone within earshot, too. that bastard Laing.’ Routinely, he was asked to leave the establishment in question.
In a letter to Edward Seers in January 1971, he wrote that London was «finished» and that he intended to start from scratch elsewhere.
It is not known whether or not Braithwaite sent the manuscript to someone else. If he did, he got a similar reaction. The book was never published, and the only extant copy of the manuscript is housed in the Durham University Archives. A few weeks later, Braithwaite wrote to Seers asking him to send him any unpaid royalties from his earlier books. There was nothing to liquidate. Both Kill Your Self and Antitherapy had been discontinued. Nevertheless, Seers, in a conciliatory gesture, sent him a check for twenty pounds. Around the same time, Braithwaite also wrote Zelda.
On April 14, 1972, Braithwaite fetched a rope from the garden shed and hung from a beam on the landing.
first floor of the house. The manuscript of Me and Other Strangers was on the kitchen table. On it was a piece of paper on which he had written the following:
If my business upstairs has been successful, consider this my suicide note.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/01/25/un-plan-sangriento-el-caso-roderick-macrae-graeme-macrae-burnet-his-bloody-project-documents-relating-to-the-case-of-roderick-macrae-by-graeme-macrae-burnet/

https://weedjee.wordpress.com/2022/01/22/la-desaparicion-de-adele-bedeau-graeme-macrae-burnet-the-disappearance-of-adele-bedeau-georges-gorski-1-by-graeme-macrae-burnet/

https://weedjee.wordpress.com/2022/09/29/caso-clinico-graeme-macrae-burnet-case-study-by-graeme-macrae-burnet/

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