El Ministerio Del Dolor — Dubravka Ugrešić / The Ministry of Pain (Ministarstvo Boli) by Dubravka Ugrešić

Dicen que los neerlandeses no hablan más que cuando tienen algo que decir. Aquí, donde me rodea el neerlandés y me comunico en inglés, a menudo experimento mi lengua materna como ajena. Tan sólo ahora que me hallo en el extranjero, me doy cuenta de que mis compatriotas se comunican entre sí en una suerte de semilenguaje, como si se tragaran la mitad de las palabras, como si escupiesen semivocales. Percibo mi idioma materno como el esfuerzo de un discapacitado que sufre dificultades del habla, que apoya todos y cada uno de sus pensamientos con profusión de gestos, muecas y tonos. Las conversaciones entre mis paisanos me parecen largas, abrumadoras e insulsas. Da la impresión de que, en vez de hablar, se dan palmaditas con las palabras, de que se empapuzan mutuamente con una consoladora saliva sonora.
Por eso tengo la sensación de que es aquí donde estoy aprendiendo a hablar. Me cuesta, cada poco tomo aliento sólo para no enfrentarme al hecho de que no soy capaz de decir lo que quiero.
Sólo sé que hacía tiempo que había emprendido un viaje y aún no había llegado a ninguna parte.

El Ministerio del Dolor trata sobre los emigrados de los países balcánicos en los Países Bajos y cómo lidian con la desintegración de Yugoslavia y los recuerdos de su antigua patria. Creo que Ugresic ha ganado elogios por su tema y porque hay pocos escritores croatas con los que competir. Personalmente, la novela me pareció torpe, llena de clichés y carente tanto de sutileza de expresión como de claridad de pensamiento. Definitivamente no fue abismal, pero hay demasiados buenos libros por ahí como para que la gente pierda el tiempo en ficción intermedia, aspirante a ser literaria.
Este libro es muy filosófico y contemplativo sobre la experiencia del exilio. En realidad, no hay una buena palabra para los personajes de este libro. Huyeron de la guerra de los Balcanes en la década de 1990, pero en realidad no son refugiados ni expatriados. Son emigrados conflictivos que se fueron de repente. Hay algunas ideas filosóficas melancólicas interesantes, pero más ocurrencias reales, alguna acción que explore los temas más allá de solo hablar, hubiera sido agradable. El final tiene un cambio realmente extraño e inexplicable en el personaje principal. No me gustó ni lo entendí. Sin embargo, el libro es una buena mirada a una mentalidad particular.

Aquella antigua Yugoslavia, el país en el que habían nacido o del que habían venido, ya no existía. Más o menos resolvían el problema utilizando el pronombre posesivo nuestro. De este modo el nombre de la antigua Yugoslavia era «ex Yuga» (y «Yuga», a su vez, era la antigua abreviatura de Yugoslavia que usaban los emigrantes). Los nombres de «Titolandia» y «Titanic» rodaban de un lado a otro como chistes. El gentilicio de los habitantes del país inexistente era los nuestros, nuestra gente, a veces yugovichis o yugos. El nombre de la lengua que hablaban, siempre que no fuera el esloveno, el macedonio o el albanés, era la nuestra, a veces nuestra lengua, nuestro idioma.
Abandonábamos el país como las ratas el barco cuando se hunde. Estábamos en todas partes. Unos se movían dentro de las fronteras de la antigua patria, escondiéndose por un tiempo, pensando que la guerra terminaría pronto, como si fuera un temporal y no una guerra. Se quedaban en casa de sus parientes, de sus amigos, de amigos de sus amigos, de gente bondadosa dispuesta a ayudar. Se agrupaban en campos de refugiados improvisados, en residencias de descanso desoladas, en hoteles que ofrecían alojamiento provisional, sobre todo en los hoteles de la costa adriática, «pero sólo en invierno, cuando no hay turistas, y luego tendrán que arreglárselas por sí mismos, volverán a sus hogares, la guerra no durará mucho, ninguna guerra dura mucho, la guerra agota a la gente, cuando la gente se cansa, la guerra se para…». Algunos se quedaron atrapados uno, dos o tres años, de todos modos los turistas no iban por allí. Otros continuaron su camino. Y todos tenían su propia historia.

A menudo adaptaba mi pulso al de la ciudad y vivía sin más. Iba al mercado, compraba pescado, frutas, verduras, probaba las distintas clases de quesos holandeses, iba al cine, me sentaba en un café y observaba a los transeúntes, visitaba exposiciones y museos. Y la vida parecía relajada, «normal». Habitaba en el corazón de Amsterdam, que, o al menos ésa era la impresión que tenía a veces, en lugar de sangre, estaba lleno de algodón de azúcar. ¿O quizá mi vista estaba dislocada y mi corazón roto? ¿Quizá el instinto de supervivencia era ese imán que mantenía unido mi corazón resquebrajado, y a mí convencida de que todo era «normal»?.

Los suicidios habían llegado con la guerra… Mi madre me había contado que uno de los soldados que habían regresado del frente, un muchacho que apenas contaba veinte años, se fue a dar una vuelta por su antiguo colegio. La gente dice que estuvo rondando todo el día por el patio, repartió caramelos entre los críos y les enseñó cómo era una granada. A la mañana siguiente encontraron pedazos suyos por doquier. Algunos trozos del cuerpo habían llegado a las ramas de los árboles cercanos y allí estaban enganchados… Se había esparcido a sí mismo con la granada, muy temprano, hacia las cinco. Los del colegio no lo sabían, ¿cómo iban a saberlo? Los niños entraron ese día pisando restos ensangrentados.
Sí, los suicidios llegaron con la guerra. Se sucedían sigilosa, tranquila, inadvertidamente. Había demasiada desdicha y muerte alrededor, y las condolencias no sobraban para los suicidas. El suicidio era un lujo, y las condolencias en tiempos de guerra, de cualquier modo, eran deficitarias.
Se suicidaban de distintas maneras. Se mataban con el alcohol, la forma más barata. Fueron muchos los que murieron de sobredosis; la guerra había abierto las fronteras de par en par y la droga corría
a raudales. A muchos se les «partió» el corazón, simplemente. Los corazones y las venas del cerebro «estallaban» durante esos meses como bengalas navideñas. Otros que padecían enfermedades graves se negaron a recibir tratamiento, eso también era una forma de suicidarse.

Ines intentó consolarme. Dijo que yo estaba ciega, que no quería ver que las cosas habían cambiado, que estos de aquí, los holandeses, no apoyaban a ningún bando, pero que, no obstante, tenían claro que «uno más uno son dos». Dijo que yo tenía un gran corazón y que había intimado demasiado con los estudiantes. Y que ya se sabe que quien con niño se acuesta, amanece meado…

Las pesadillas habían empezado a hostigarme ya al principio de la guerra y también cuando Goran y yo nos fuimos de Zagreb. Tenían la misma estructura y estaban ligadas a la casa, al hogar. La casa de mis sueños tenía dos partes: un anverso y un reverso. Conocía el anverso, y descubría el reverso en mis sueños. El reverso era un «doble fondo», «una higa en el bolsillo», «una caja sorpresa con payaso». Solía encontrar en las pesadillas unas escaleras, una puerta, un pasadizo que me conducía a la parte paralela de la casa que nunca había imaginado que existía; o de repente me topaba con que la casa se sostenía en vilo, como un castillo en el aire. Si apartaba la estantería de la pared, podía hallar un gran agujero a través del cual soplaba un viento atroz, o advertía que faltaba todo el muro exterior, o que la casa pendía de una cuerda, deshilachada y fina como una hebra.
Los espacios paralelos en mis sueños eran siempre amenazadores, se revelaban como muecas horribles, como una advertencia hostil. Las pesadillas llegaban como una repentina ráfaga de viento, luego se aplacaban por un tiempo para volver con más virulencia. Así hasta que empezaron a escasear y por fin desaparecieron.
Los sueños acabaron tejiendo un ovillo delirante, y yo los olvidé. Sólo recuerdo uno de ellos más o menos entero. La casa se parecía a un laberinto, tenía varios niveles y la formaban piezas distintas que no se correspondían.

Somos bárbaros. No tenemos escritura, dejamos nuestras firmas al viento. Emitimos sonidos. Firmamos con un grito, con una voz, un aullido, un escupitajo. Así marcamos nuestro territorio. Con los dedos tamborileamos sobre todo lo que tocamos, los cubos de basura, los cristales y los canalones, al tamborilear divulgamos nuestra existencia. Nosotros alborotamos, nuestro alboroto es doloroso como un dolor de muelas.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/09/12/zorro-dubravka-ugresic-lisica-fox-by-dubravka-ugresic/

https://weedjee.wordpress.com/2022/09/28/el-ministerio-del-dolor-dubravka-ugresic-the-ministry-of-pain-ministarstvo-boli-by-dubravka-ugresic/

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They say that the Dutch only speak when they have something to say. Here, where Dutch surrounds me and I communicate in English, I often experience my mother tongue as foreign. Only now that I am abroad do I realize that my compatriots communicate with each other in a kind of semi-language, as if swallowing half the words, as if spitting out semivowels. I perceive my mother tongue as the effort of a handicapped person suffering from speech difficulties, who supports his every thought with a profusion of gestures, grimaces and tones. Conversations between my countrymen seem long, overwhelming and dull to me. It seems that, instead of speaking, they pat each other with words, that they smear each other with a consoling sonorous saliva.
That’s why I have the feeling that this is where I’m learning to speak. It’s hard for me, every now and then I catch my breath just not to face the fact that I’m not able to say what I want.
I only know that I had been on a journey for a long time and had not yet arrived anywhere.

The Ministry of Pain is about emigres from the Balkan countries in the Netherlands and how they deal with the breakup of Yugoslavia and their memories of their former homeland. I think that Ugresic has won acclaim based on her subject matter and because there are few other Croatian writers to compete with. Personally, I found the novel to be heavy-handed, cliched, and lacking in both subtlety of expression and clarity of thought. It definitely wasn’t abysmal, but there are too many good books out there for people to waste time on middle-of-the-road, wanna-be-literary fiction.
This book is very philosophical and contemplative about the exile experience. Actually, there isn’t a good word for the characters of this book. They fled the 1990s Balkans war, but aren’t really refugees or expatriates. They are conflicted emigres who left suddenly. There is some interesting melancholy philosophizing, but more actual occurrences, some action that explores the themes beyond just talk, would have been nice. The ending has a really strange and unexplained change in the main character. I didn’t like it or understand it. The book is a good look at a particular mindset, though.

That former Yugoslavia, the country in which they had been born or from which they had come, no longer existed. They more or less solved the problem by using the possessive pronoun Nuestro. Thus the name of the former Yugoslavia was ‘ex Yuga’ (and ‘Yuga’, in turn, was the old abbreviation for Yugoslavia used by emigrants). The names of «Titolandia» and «Titanic» rolled around like jokes. The demonym of the inhabitants of the non-existent country was ours, our people, sometimes yugovichis or yokes. The name of the language they spoke, as long as it wasn’t Slovenian, Macedonian or Albanian, was ours, sometimes our language, our language.
We left the country like the rats the ship when it sinks. We were everywhere. Some moved within the borders of the old homeland, hiding for a time, thinking that the war would end soon, as if it were a storm and not a war. They stayed with their relatives, with their friends, with friends of their friends, with kind people willing to help. They were grouped in makeshift refugee camps, in desolate rest homes, in hotels that offered temporary accommodation, especially in the hotels on the Adriatic coast, «but only in winter, when there are no tourists, and then they will have to fend for themselves.» , they will return to their homes, the war will not last long, no war lasts long, war exhausts people, when people get tired, the war stops…». Some were stuck for one, two or three years, tourists didn’t go there anyway. Others continued on their way. And everyone had their own story.

Often I adapted my pulse to that of the city and lived without more. I went to the market, bought fish, fruit, vegetables, tasted the different kinds of Dutch cheeses, went to the movies, sat in a cafe and watched passers-by, visited exhibitions and museums. And life seemed relaxed, «normal.» He lived in the heart of Amsterdam, which, or at least that was the impression I sometimes got, was full of cotton candy instead of blood. Or maybe my eyesight was dislocated and my heart was broken? Perhaps the survival instinct was that magnet that held my broken heart together, and me convinced that everything was «normal»?

The suicides had come with the war… My mother had told me that one of the soldiers who had returned from the front, a boy who was barely twenty years old, went for a walk around his old school. People say that he was hanging around the patio all day, distributed candy among the kids and showed them what a pomegranate looked like. The next morning they found pieces of him everywhere. Some pieces of the body had reached the branches of nearby trees and were stuck there… he had scattered himself with the grenade, very early, around five o’clock. The school didn’t know, how could they know? The children entered that day stepping on bloody remains.
Yes, suicides came with the war. They followed each other stealthily, calmly, inadvertently. There was too much misery and death around, and condolences were not enough for the suicides. Suicide was a luxury, and condolences in wartime, however, were lacking.
They committed suicide in different ways. They killed themselves with alcohol, the cheapest way. There were many who died of overdose; the war had opened the borders wide and drugs flowed
in abundance Many were simply heartbroken. The hearts and veins of the brain «burst» during those months like Christmas sparklers. Others with serious illnesses refused treatment, that was also a form of suicide.

Ines tried to comfort me. She said that I was blind, that I did not want to see that things had changed, that these here, the Dutch, did not support any side, but that, nevertheless, they were clear that «one plus one equals two». She said that I had a big heart and that I had gotten too close with the students. And it is already known that whoever goes to bed with a child wakes up pissed…

The nightmares had started to haunt me already at the beginning of the war and also when Goran and I left Zagreb. They had the same structure and were linked to the house, to the hearth. My dream house had two parts: a front and a back. I knew the obverse, and discovered the reverse in my dreams. The reverse was a “double bottom”, “a fig in the pocket”, “a surprise box with a clown”. I used to find in nightmares some stairs, a door, a passage that led me to the parallel part of the house that I had never imagined existed; or suddenly I found that the house was held in suspense, like a castle in the air. If he pushed the bookcase away from the wall, he might find a great hole through which a fierce wind was blowing, or notice that the entire outer wall was missing, or that the house was hanging on a rope, frayed and thin as a thread.
The parallel spaces in my dreams were always threatening, revealed as horrible grimaces, like a hostile warning. The nightmares came like a sudden gust of wind, then died down for a while, then came back with more virulent force. So until they began to be scarce and finally disappeared.
The dreams ended up weaving a delirious ball, and I forgot them. I only remember one of them more or less in its entirety. The house resembled a labyrinth, it had several levels and it was made up of different pieces that did not correspond.

We are barbarians. We have no writing, we leave our signatures to the wind. We make sounds. We signed with a shout, with a voice, a howl, a spit. This is how we mark our territory. With our fingers we drum on everything we touch, the garbage cans, the windows and the gutters, by drumming we divulge our existence. We riot, our riot is painful like a toothache.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/09/12/zorro-dubravka-ugresic-lisica-fox-by-dubravka-ugresic/

https://weedjee.wordpress.com/2022/09/28/el-ministerio-del-dolor-dubravka-ugresic-the-ministry-of-pain-ministarstvo-boli-by-dubravka-ugresic/

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