El Lado Oculto De La Farmacia: Las Medias Verdades Y Mentiras Que Se Esconden Entre Sus Estanterías — Dra. Esther Samper / The Hidden Side Of The Pharmacy: The Half-Truths And Lies That Are Hidden Between Its Shelves by Dra. Esther Samper (spanish book edition)

La mentira más frecuente es aquella con la que una persona se engaña a sí misma: el engaño a los demás es una ofensa relativamente rara.
F.NIETZSCHE

Las oficinas de farmacia son espacios sanitarios donde se unen y conviven las distintas herramientas que son utilizadas para tratar, prevenir o aliviar los numerosos problemas de salud que aquejan al ser humano. Tenemos medicamentos de gran eficacia, de menos, de dudosa, nula, mal recomendados; productos pésimamente llamados medicamentos, como los homeopáticos, que solo tienen de medicamentos su nombre oficial impuesto por una terminología europea; complementos alimenticios o nutricionales, plantas medicinales, medicamentos «de uso tradicional»… Todas ellas constituyen una multitud de denominaciones que en ocasiones esconden un auténtico laberinto legal por donde se cuelan los oportunistas y los que hacen negocio con los miedos, las inseguridades y la desinformación de un porcentaje amplio de la población.
Todo ello mueve un inmenso negocio dirigido a satisfacer diferentes necesidades sentidas por una parte de la población que no lo son, tales como los suplementos vitamínicos en personas perfectamente nutridas, los «refuerzos» de la inmunidad en personas perfectamente inmunocompetentes —es decir, sin enfermedad inmunológica alguna—, en el tratamiento de situaciones normales de la vida diaria, etcétera.

Esther Samper hace un esfuerzo en mantenerse objetiva y en decir las cosas bien claras. Y prueba de ello es que ha seleccionado y analizado todo tipo de productos de farmacia que no sirven y engañan al consumidor, pero que se siguen vendiendo. Las farmacias son parte del sistema sanitario, y como tal, tienen una responsabilidad con la población. Si a alguien le molesta este libro, le aconsejo que revise su código deontológico. Para nosotros es una herramienta para defendernos de posibles compras innecesarias. Una buena lectura.

Antes de entrar de lleno en el terreno de las farmacias, tenemos que hablar seriamente sobre ciertos detalles. Unos que podrían parecer irrelevantes, pero que, en realidad, resultan fundamentales para entender por qué encontramos productos sin eficacia demostrada o de dudosa eficacia en las boticas. Este asunto no suele ser plato de buen gusto para bastantes personas y la razón es sencilla: supone echar por tierra nuestra experiencia personal como argumento válido para juzgar la efectividad de un determinado tratamiento.
Es conveniente aclarar primero un par de conceptos. Aunque en el ámbito cotidiano nos referimos a la eficacia y la efectividad como si fueran sinónimos (así lo recoge también la Real Academia Española), en el ámbito académico y médico son dos conceptos diferentes. La eficacia clínica de un tratamiento es el grado de beneficio que este aporta a la salud de las personas en las condiciones controladas y experimentales que se dan en los ensayos clínicos. La efectividad, sin embargo, es el beneficio para la salud que produce este tratamiento en el mundo real, tras la comercialización y con poblaciones amplias y muy diversas. Si exceptuamos el lado oculto de la farmacia, los productos que allí se encuentran son tan eficaces como efectivos. No obstante, es muy frecuente que ciertos productos resulten menos efectivos que eficaces, porque la población general dista, a veces, de ser la ideal comparada con las muestras de personas que participan en ensayos clínicos.

Puede que no sea el oficio más antiguo del mundo, pero la medicina se remonta a los orígenes de la humanidad y ha ido evolucionando junto a ella. Nació ignorante e inocente, rodeada de magia y fantasía. Durante milenios, las enfermedades fueron cosa de espíritus y dioses y los tratamientos cosa de chamanes. La medicina creció y adquirió conocimientos a tientas de los sumerios y antiguos egipcios y, más tarde, de los griegos y los romanos, casi siempre dando palos de ciego mediante la tradición y la experiencia directa a través de la observación de los hechos y el método de prueba y error. Tuvo sus momentos de iluminación entre los árabes de la Edad Media y la época del Renacimiento, pero también sus momentos de oscuridad entre los cristianos de la Edad Media.
En todo ese tiempo, la medicina crecía poco a poco en sabiduría, equivocándose mucho y acertando poco. Su mayoría de edad se cumplió en el siglo XVIII cuando, por fin, supo unirse a la ciencia y aprendió a recorrer su camino con firmeza sin depender de dogmas, magia ni autoridades. A partir de ese momento, la medicina no paró de descubrir y comprender la realidad tras el funcionamiento del cuerpo humano y las enfermedades, a la vez que hallaba tratamientos más y más certeros que hacían mejorar la calidad y la esperanza de vida de las personas.
En los años setenta del siglo pasado, un nuevo hito tuvo lugar, marcando el comienzo de la madurez y del pensamiento crítico de la medicina: el desarrollo sistemático de ensayos clínicos para poner a prueba los tratamientos. Nacía la medicina basada en la evidencia (MBE), la cumbre, hasta donde conocemos, de esta noble disciplina.

La razón por la que se venden medicamentos y otros productos que no son efectivos en las farmacias no se debe, en exclusiva, a nuestra dificultad para reconocerlos guiándonos por nuestra experiencia personal. Si están ahí es porque las leyes lo permiten o porque no se actúa para que se cumplan, igual que se permite que sigan existiendo curanderos, que se encuentran entre la impunidad y el limbo legal.
Además, los requisitos que tienen que cumplir determinados productos de la farmacia para comercializarse son muy diferentes según en qué grupo se clasifiquen. Profundicemos un poco en la legislación al respecto, intentando que sea lo más breve e indoloro posible.
En teoría, en España es obligatorio que un medicamento demuestre calidad, seguridad y eficacia en ensayos clínicos si un laboratorio farmacéutico desea su autorización por parte de la AEMPS o de la Comisión Europea y que se venda en farmacias. En el mundo real, esto no se cumple con diversos medicamentos: esas sustancias que han demostrado ser seguras (se trata de un criterio esencial), pero que no han demostrado en ningún momento su eficacia o esta ha quedado descartada o en entredicho tras la aparición de nuevos estudios. Afortunadamente, son excepciones y la mayoría de los medicamentos aprobados cuentan con un fuerte respaldo científico. De entre todos los productos que se pueden encontrar en la farmacia, los medicamentos son aquellos que nos ofrecen, con gran diferencia, mayores garantías y confianza gracias a los exigentes requisitos a los que están sometidos.
Aunque prácticamente todas las boticas en nuestro país vendan homeopatía desde hace mucho tiempo, debes saber esto: en el momento en el que escribo estas líneas todavía no hay ningún compuesto homeopático que haya sido autorizado por la AEMPS ni tenga registro sanitario. ¿Cómo es posible? Porque las autoridades sanitarias en España han mirado para otro lado durante décadas con respecto a la privilegiada situación de la industria homeopática, que vende sus productos disfrazados de fármacos. Así, desde 1994, los medicamentos homeopáticos han incumplido sistemáticamente la ley sin que las Administraciones movieran un dedo para velar por ella. Según el Real Decreto 2208/1994, el primer intento de regular la homeopatía en nuestro país, la autorización de los medicamentos
homeopáticos con indicación terapéutica requería los mismos procedimientos y requisitos que los fármacos convencionales (es decir, los de verdad). La realidad fue que este proceso de autorización no tuvo lugar. El sistema se colapsó por miles de solicitudes que no se pudieron tramitar en el plazo legal. En teoría, esto tendría que haber supuesto la retirada de los productos homeopáticos, al ser desestimados por silencio administrativo. Lo que ocurrió, en realidad, es que la homeopatía siguió tan campante en las estanterías de las farmacias con sus vistosas indicaciones terapéuticas, aunque no se aprobara ningún producto homeopático para su autorización.

Productos sanitarios
En este grupo se encuentran todos aquellos productos relacionados con la salud humana que no son medicamentos y que sirven para prevenir, tratar, aliviar, diagnosticar o controlar una enfermedad o problema de salud, entre otros objetivos. Cuentan con el marcado de conformidad europea (CE) —que da cierta garantía de seguridad— y dentro de esta categoría hay artículos extremadamente diversos: prótesis, implantes, preservativos, audífonos, lentillas, válvulas cardíacas, marcapasos, equipos de radiología, instrumental quirúrgico, dispositivos anticonceptivos… Algunos se venden en la farmacia, aunque la gran mayoría, no.
Dada la gran heterogeneidad de cada tipo de producto, tienen requisitos particulares según sus características, como pueden ser pruebas de funcionamiento, garantías de fabricación y esterilización, normas técnicas… Los ensayos clínicos pueden ser o no un requisito obligatorio para su comercialización.
Resulta que en Europa no existe una agencia central que se encargue de evaluar los implantes o dispositivos médicos que se pretenden comercializar, como ocurre con los medicamentos. En su lugar, los responsables de ello son alrededor de cincuenta centros, denominados organismos notificados, que estudian y analizan la evidencia científica detrás de estos productos sanitarios. Pues bien, las investigaciones que realizó este consorcio sacaron a la luz que ciertos centros (muchos privados) en países con regulaciones más laxas eran muy generosos con los productos que tenían que revisar para decidir si les otorgaban o no el certificado CE. Concretamente, se detectó que en estos lugares más del 90 % de las autorizaciones se realizaban sin estudios clínicos, simplemente con informes técnicos o estudios en animales. En otros casos, los estudios clínicos se limitaban a un número muy reducido de pacientes.

Biocidas
En España (por el momento, no hay uniformidad en Europa), los biocidas son los productos antisépticos para la piel sana y los desinfectantes de ambientes clínicos y quirúrgicos. Necesitan la autorización de la AEMPS para su comercialización y solo se aprueban aquellos que poseen sustancias activas que han sido previamente evaluadas e incluidas en la lista de sustancias activas aprobadas de la Agencia Europea de los Productos Químicos (ECHA, por sus siglas en inglés). Aquí encontramos repelentes de insectos, antisépticos con cloruro de benzalconio, etanol, clorhexidina… Curiosamente, aquellos productos antisépticos que tienen como ingrediente activo propanol-2-ol, peróxido de hidrógeno y yodo son competencia de otra institución, la Dirección General de Salud Pública, Calidad e Innovación. En cualquier caso, todos ellos deben demostrar en ensayos muy definidos tanto su seguridad como su eficacia para repeler insectos o para destruir o inactivar bacterias, hongos, virus u otros microorganismos.
Con la pandemia de coronavirus, la AEMPS creó una lista especial de productos de eficacia viricida demostrada, que difundió a los medios de comunicación. ¿La razón? Abundaban en el mercado geles y soluciones hidroalcohólicas que no cumplían con los requisitos para ser biocidas, pero sí que podían venderse legalmente como cosméticos, porque así lo permite la ley. Según el Reglamento (CE) 1223/2009, los geles de manos hidroalcohólicos cosméticos higienizantes pueden publicitarse para limpiar o asear las manos, pero no contener alegaciones de un supuesto efecto biocida, ya sea mostrándose como desinfectantes, sanitizantes, antisépticos, viricidas o cualquier otra terminología que induzca a pensar al consumidor que se trata de un producto con efecto biocida, porque su efectividad no está demostrada ni garantizada. Además, estos geles no han recibido la autorización de la AEMPS.

La venta de plantas medicinales a granel o al peso está prohibida. En teoría, debería existir también una lista de plantas cuya venta al público esté restringida o prohibida debido a su toxicidad, según el artículo 51.2 de la ley de garantías de los medicamentos, pero en la actualidad esta lista no está vigente y existe un vacío legal bastante peligroso. Resulta que la AEMPS confeccionó dicha lista en 2004, pero la Asociación Española de Fabricantes de Preparados Alimenticios Especiales, Dietéticos y Plantas Medicinales (Afepadi) la recurrió en los tribunales. En 2005, esta lista fue declarada nula en la Audiencia Nacional por un defecto de forma en la tramitación y no se ha vuelto a elaborar ni a impulsar una lista nueva.

Según el Real Decreto 1907/1996, sobre publicidad y promoción comercial de productos, actividades o servicios con pretendida finalidad sanitaria, y la Ley 29/2009, por la que se modifica el régimen legal de la competencia desleal y de la publicidad para la mejora de la protección de los consumidores y usuarios:
1. Las autoridades sanitarias y demás órganos competentes en cada caso […] controlarán la publicidad y promoción comercial de los productos, materiales, sustancias, energías o métodos que se anuncian o presentan como útiles para el diagnóstico, prevención o tratamiento de enfermedades o desarrollos fisiológicos, adelgazamiento, modificación del estado físico o psicológico, restauración, corrección o modificación de funciones orgánicas u otras pretendidas finalidades sanitarias, para que se ajusten a criterios de veracidad en lo que atañe a la salud y para limitar todo aquello que pueda constituir un perjuicio para la misma.
2. Los colegios profesionales, en el ámbito de sus competencias, podrán participar y colaborar en el cumplimiento de lo establecido en este real decreto.

Entre los múltiples responsables de que se dispensen productos de eficacia no demostrada en la farmacia no podemos olvidarnos de un colectivo clave: los médicos. Los facultativos ofrecen una gran confianza y credibilidad a la población y, de hecho, desempeñan una de las profesiones más valoradas por nuestra sociedad, junto con los científicos. Su labor (junto con otros profesionales sanitarios, como enfermeras, técnicos en cuidados auxiliares de enfermería, farmacéuticos, fisioterapeutas, psicólogos, dentistas, técnicos de farmacia, etcétera) es vital en el mantenimiento de nuestra salud y la curación o alivio de las enfermedades. Sin embargo, ¿son los médicos ajenos al mundo de los tratamientos de eficacia no demostrada? Desafortunadamente, no, aunque para ser justos hay que distinguir entre dos grandes colectivos en este asunto.
Por un lado, están los médicos que son devotos creyentes de una o varias pseudoterapias en general y hacen caso omiso a las evidencias científicas.
En el otro grupo de médicos que prescriben tratamientos de eficacia no demostrada se encuentran aquellos que saben perfectamente que lo que recetan en la práctica clínica son meros placebos. Aunque no sea un fenómeno muy conocido por la población general, lo cierto es que los placebos son un recurso extraoficial para el tratamiento de pacientes en muchas consultas. Y no me estoy refiriendo al uso estandarizado y reglado del placebo en la investigación de nuevos tratamientos. En Inglaterra, por ejemplo, alrededor de un 97 % de los médicos de familia reconocían haber recetado algún tipo de placebo al menos una vez en su trayectoria profesional.
¿A qué se debe este peculiar comportamiento? Las razones que aportan los facultativos para defender el uso de placebos son diversas y contrastan con la ética y la legalidad de la práctica médica en España. Cuando los médicos recetan placebos, la gran mayoría de ellos lo hacen pensando en el beneficio de sus pacientes cuando no existen opciones terapéuticas efectivas
o estas no han resultado útiles para el paciente. Dentro de estas situaciones encontraríamos a pacientes que sufren una enfermedad que carece de tratamiento efectivo o tienen un problema de salud sin causa conocida ni tratamiento definido. Ahí, el producto de eficacia no demostrada podría arrojar cierto beneficio a través del efecto placebo y las expectativas del paciente sobre su recuperación podrían ser mejores. En ese sentido, se ha observado que el efecto placebo puede ser bastante positivo en problemas de salud como el dolor, el insomnio o la depresión.

El propio Código de Deontología Médica consta de dos artículos que no dejan lugar para el placebo como tratamiento en la clínica:
Artículo 15.1. El médico informará al paciente de forma comprensible, con veracidad, ponderación y prudencia.
Artículo 26.2. No son éticas las prácticas inspiradas en el charlatanismo, las carentes de base científica y que prometen a los enfermos la curación, los procedimientos ilusorios o insuficientemente probados que se proponen como eficaces, la simulación de tratamientos médicos o intervenciones quirúrgicas y el uso de productos de composición no conocida.

Cuatro son los pilares principales de nuestro sistema sanitario: los centros de atención primaria, los hospitales, los centros de salud pública y las farmacias. Las boticas desempeñan un papel fundamental que va más allá de la venta de medicamentos y otros productos en el ámbito de la salud. El consejo del farmacéutico para asesorar y guiar a los pacientes en el cuidado de su salud es una faceta importante que jamás deberíamos olvidar. Además, las farmacias ofrecen una gran confianza a la población. Tanto es así que cuando ciertos productos de salud (protectores solares, cosméticos, etcétera) se pueden encontrar tanto en los supermercados como en las farmacias, muchas personas prefieren acudir a estas últimas porque piensan que les ofrecen mayores garantías.
Es una verdadera lástima que el Código de Deontología de la Profesión Farmacéutica sea pisoteado constantemente en muchísimas farmacias. Me refiero, en concreto, al artículo 12, que dice lo siguiente:
COMPROMISO CON LA EVIDENCIA CIENTÍFICA Y LA CALIDAD TÉCNICA
1. El farmacéutico tiene un compromiso con la evidencia científica. Deberá abstenerse de ofrecer productos y servicios ilusorios que se propongan como eficaces.
2. Cuando el farmacéutico proporcione consejo profesional, este debe basarse siempre en criterios profesionales, adecuados al conocimiento científico vigente, evitando cualquier consideración que no sea el legítimo interés del paciente.
3. El farmacéutico debe conocer los protocolos de práctica clínica y asistencial, basados en la evidencia científica, y los medios disponibles que le sean de aplicación en su ámbito de actuación profesional.
4. El farmacéutico ha de proporcionar una información veraz, científica y evaluada de los medicamentos, productos sanitarios y aquellos otros artículos comprendidos dentro de su ámbito de actuación, debiendo dicha información ser siempre adecuada a la legalidad vigente y a los conocimientos científicos del momento.

La alusión a un fármaco que requiere ensayos clínicos rigurosos para demostrar seguridad y eficacia, con homeopático, un placebo al que, en la práctica, no se le ha exigido demostrar nada de nada.
Estos productos son un negocio redondo para la industria por sus elevados y suculentos márgenes de beneficios. Vender pildoritas de azúcar a novecientos euros o más el kilo es un «milagro» del marketing que no está al alcance de cualquiera. Entre otras razones, porque en cualquier otro ámbito se consideraría muy probablemente un fraude. La homeopatía requiere, además, una inversión irrisoria en investigación y desarrollo (I+D) porque la ciencia es esa cosa que no va con ella. ¿Para qué? Si los productos homeopáticos no han necesitado siquiera ensayos clínicos para salir al mercado. En su lugar, la industria homeopática apuesta generosamente por el marketing para difundir desinformación sobre la eficacia real de sus productos, ya sea entre la población general, ya sea entre los profesionales sanitarios.
Solo en España, los laboratorios homeopáticos facturan decenas de millones de euros por sus productos cada año. Sin embargo, el panorama, tanto a nivel mundial como nacional, se presenta cada vez más complicado para la homeopatía. En los últimos cinco años, se ha observado un punto de inflexión: la homeopatía ya no disfruta de la gran tolerancia de las sociedades e instituciones de la que gozó hace años en multitud de países.
Aunque los productos homeopáticos siguen vendiéndose en la gran mayoría de las farmacias, también es cierto que su venta ha disminuido drásticamente en los últimos años. Boiron, por ejemplo, ha pasado de facturar en 2014 más de 25 millones de euros en España a «solo» 16,4 en 2018. Sus acciones también han caído en picado desde el año 2015. De un máximo de 111,35 euros por acción en dicho año, han pasado a valer alrededor de 38 euros en 2021. Dado que el valor de las acciones de Boiron lleva años diluyéndose poco a poco, esto significa, según uno de los principios de la homeopatía, que estas son cada vez más potentes.
1.La enfermedad es un desequilibrio de la fuerza vital
Según la filosofía de la homeopatía, la enfermedad se produce por una alteración energética invisible que afecta primero a la mente y después a los órganos. Según este principio, si te resfrías no es culpa de un virus, sino que el origen es una alteración energética que ha hecho que fueras proclive a la infección de un virus y por eso te has resfriado. Ni que decir tiene que la fuerza vital es un concepto filosófico que jamás se ha demostrado o detectado.
2.La ley de los infinitesimales
Según la doctrina de la homeopatía, cuanto más diluida esté una sustancia, más potente será su efecto. De esta forma, la práctica totalidad de los compuestos homeopáticos, salvo algunos que se desarrollan con muy pocas diluciones y aún conservan sustancias en pequeña cantidad, se preparan previamente con una sustancia que se diluye y diluye y vuelve a diluir en agua o en alcohol hasta que el preparado no contiene literalmente nada o casi nada de la sustancia original diluida.
3.La ley de la similitud o de los semejantes
Solo hay dos tratamientos de la medicina moderna que podrían pasar como aparentes ejemplos de la ley de la similitud.
* Las vacunas, con las que se administran virus o bacterias (atenuadas o inactivadas) causantes de enfermedades infecciosas, o sus diversos componentes biológicos (proteínas, ARN, ADN…) para que sea el propio cuerpo el que actúe contra esos microorganismos en un futuro gracias a la memoria inmunitaria.
* La desensibilización progresiva a alérgenos, con la que, a través de exposiciones pequeñas y repetidas a moléculas que provocan alergias, determinadas personas pueden atenuar o eliminar progresivamente su excesiva respuesta alérgica frente a estas moléculas.
Sin embargo, estos dos tratamientos presentan grandes diferencias con la ley de la similitud. En primer lugar, no se aplican en dosis infinitesimales, sino en pequeñas dosis. Además, su efectividad se limita a un tipo de respuesta muy particular que depende de las peculiares características del sistema inmunitario, con una gran capacidad para reconocer y memorizar agentes extraños. En el resto del terreno de la medicina, no hay nada que valide o muestre que el principio de la similitud sea cierto, sino justo lo contrario.

Llegados a este punto, es necesario aclarar que existen peculiares excepciones dentro de los productos homeopáticos que sí podrían ofrecer cierta eficacia para algunas indicaciones. ¿Y cómo es posible esta peculiar paradoja? En el mercado se venden algunos productos que se publicitan como homeopáticos, pero que, en realidad, contienen también sustancias de plantas no diluidas o muy poco diluidas, es decir, que se encuentran en concentraciones elevadas para ser homeopatía. En otras palabras, se trata de productos de plantas medicinales (fitoterapia) que sí tienen principios activos presentes, pero que se venden como homeopáticos
porque otras sustancias sí que se han preparado siguiendo los principios de la homeopatía. La mayoría de ellos son cremas, ungüentos, jarabes o espráis dirigidos a problemas de salud leves; como ejemplos, tenemos los productos Stodal, Cicaderma o Endhometrol. En cualquier caso, como buenos productos homeopáticos, no han tenido que pasar por ensayos clínicos para comercializarse, así que desconocemos si efectivamente tienen alguna utilidad para las indicaciones que aparecen en el etiquetado.
Estamos en Europa a finales del siglo XVIII y, en esta época, la medicina dejaba mucho que desear. La teoría del desequilibrio de los humores predominaba entre los médicos y ello implicaba que tratar las enfermedades requería reequilibrar los humores. Dicho así, puede sonar hasta coherente, porque si algo está desequilibrado hay que equilibrarlo. El primer problema era que este desequilibrio no existía o no tenía nada que ver con la causa de las enfermedades. El otro problemilla, más grave, es que el proceso de reequilibrado implicaba aplicar verdaderas animaladas, como sangrías, laxantes, purgas y dietas debilitantes que no solo no servían para nada, sino que solían dejar a los enfermos en una condición mucho peor que al principio.
Un médico alemán llamado Christian Friedrich Samuel Hahnemann estaba muy desilusionado con este panorama matasanil y, en un verdadero acto de coherencia, decidió abandonar la práctica de la medicina convencional. Así se refería este médico a las terapias de aquel entonces, que él describe como alopatía, en contraposición con la homeopatía: «Estos trastornos de la salud debidos a la fatal práctica de la alopatía, de la que se han visto más tristes ejemplos en los tiempos modernos, constituyen la más peligrosa e incurable de todas las enfermedades crónicas».
Aunque es cierto que el histórico médico se dedicó con gran intensidad a la investigación de la homeopatía, hay que tener en cuenta que partía de premisas erróneas y llegaba a conclusiones aún más equivocadas. Los ensayos que realizó en su día jamás se hubieran tomado en serio con los criterios actuales para la realización de estudios clínicos. Hahnemann sabía en todo momento qué estaban tomando y eso podía interferir con los síntomas descritos, ya fuera por sugestión o por autoengaño.
Los medicamentos homeopáticos sin indicación terapéutica probada debe cumplir tres requisitos:
1.Vía de administración oral o externa.
2.Ausencia de indicación terapéutica particular en la etiqueta o en cualquier información relativa al medicamento.
3.Un grado de dilución que garantice la inocuidad del compuesto; en particular, el preparado no deberá contener más de una parte por diez mil de tintura madre ni más de la centésima parte de la dosis más baja que eventualmente se emplee en medicina alopática (la convencional) de aquellos principios activos cuya presencia en un medicamento alopático implique la obligatoriedad de presentar receta médica.
Los laboratorios homeopáticos han incumplido de forma constante todos estos requisitos. Hasta junio de 2019, se podían encontrar en el mercado productos homeopáticos inyectables, que fueron retirados por la AEMPS tras décadas de hacer la vista gorda. No obstante, seguimos encontrando múltiples productos homeopáticos en la farmacia que incumplen tanto el segundo como el tercer apartado al realizar indicaciones terapéuticas particulares y poseer además principios activos poco diluidos.

– Apis mellifica 30 CH (en gránulos).
Tratamiento homeopático que se publicita como efectivo para las picaduras de abejas y avispas, quemaduras leves, edemas, conjuntivitis, dolor por angina o reumatismo, ardor al orinar, ovaritis, uretritis, nefritis y cistitis no complicada y contra ciertas alergias (estacional, urticaria, al polvo…), además de otras muchas indicaciones. El ingrediente empleado para la tintura madre es abeja entera (incluyendo su aguijón y su veneno) macerada, triturada y diluida en alcohol. Composición final y real del producto comercializado: sacarosa y lactosa (excipientes). Explicación de su eficacia, según la homeopatía: a altas dosis, ingerir una abeja provoca, supuestamente, decenas de síntomas diferentes, tales como edema, dolores «ardientes», «hablar obsceno», conjuntivas rojas y edematosas, piel roja, sensible y dolorida, micción ardiente, punzadas en el corazón, nariz hinchada… Al diluir infinitesimalmente el preparado con abeja se potencia la curación de los mismos síntomas que provocaba a altas dosis.
– Yersin serum 30 CH (en gránulos).
También llamado pestinum o suero antipestoso. Producto homeopático que originalmente se indicaba para la prevención y el tratamiento de la peste. En la actualidad, como la peste ya no diezma a la población como antaño (aunque sí se siguen registrando miles de casos al año en países en desarrollo), este remedio también está recomendado por homeópatas para tratar o prevenir multitud de enfermedades infecciosas como estimulante del sistema inmunitario: gripe (en combinación con otros productos homeopáticos), gastroenteritis aguda, eritema nudoso, enteritis aguda infantil, estados toxiinfecciosos graves de los pulmones o de la piel y septicemias (reacción inflamatoria grave a una infección) con ictericia y microabscesos en el hígado. Ingrediente empleado para la tintura madre: la bacteria Yersinia pestis, que provoca la peste. Para su fabricación, se inyecta este microorganismo en un pájaro, del cual se extraerá el suero que se utilizará para elaborar el producto homeopático a través de diluciones infinitesimales.

Desde el año 2006 al 2016 la FDA acumuló informes sobre «eventos adversos» de más de trescientos setenta bebés que habían recibido gel o pastillas homeopáticas de la empresa Hyland’s para aliviar sus molestias en las encías. Ocho de ellos fallecieron tras tomar estos productos. Además, cuando los inspectores de la FDA acudieron a las instalaciones de Hyland’s en 2010 se encontraron con que sus prácticas de fabricación dejaban bastante que desear y en 2017 informaron de que habían encontrado cantidades variables de belladona (una planta venenosa) en sus productos para la dentición. Los efectos adversos que se detectaron en los bebés coincidían con los efectos tóxicos provocados por la belladona. Tras la alerta de la FDA y el correspondiente escándalo, Hyland’s dejó de comercializar los compuestos para la dentición, pero sigue ofreciendo otros muchos productos homeopáticos hoy en día en Estados Unidos y Canadá.

En el mercado farmacéutico español —y en el europeo— existen diversos tipos de medicamentos cuya eficacia o efectividad es dudosa, o incluso nula, en el peor de los casos. ¿Cómo puede ocurrir, si las exigencias para la comercialización de fármacos son tan elevadas? Por un lado, en el mercado persisten algunos medicamentos dinosaurios que se aprobaron en su día, con unos requisitos mucho más laxos que los actuales. Hace tiempo, antes de la segunda mitad del siglo XX, los criterios para la autorización de fármacos no eran tan estrictos como lo son ahora. En general, los ensayos clínicos no eran un requisito obligatorio para demostrar que eran seguros y eficaces en humanos y, cuando se realizaban, no tenían tanta calidad como los estudios actuales. Todo cambió con la tragedia provocada por la talidomida, un fármaco desarrollado en Alemania para calmar las náuseas en embarazadas que causó graves malformaciones congénitas en miles de bebés. A partir de entonces, las normas para la comercialización de medicamentos se volvieron mucho más exigentes.
Tras la comercialización de un fármaco, aparezcan estudios independientes posteriores que observen que su eficacia no es la que se esperaba por los ensayos clínicos originales. Esto puede pasar por muchas razones, pero aquí van tres principales:
1.La muestra de los pacientes era la ideal para que el fármaco fuera efectivo en estos estudios. Es decir, los criterios para seleccionar al azar a los participantes del ensayo estaban definidos de forma que excluyeran a personas (por ejemplo, ancianos) en las que el medicamento podría no dar resultados tan favorables.
2.Los ensayos se diseñaron para mostrar el perfil bueno de dicho fármaco. Una de las estrategias tramposas que se observan en estos casos es centrar los resultados en parámetros biológicos (colesterol en sangre, tensión arterial, estrechamiento del espacio articular…) y olvidarse de parámetros clínicos de mucha más importancia (supervivencia, hospitalizaciones, calidad de vida…).
3.Los ensayos clínicos que mostraban resultados negativos para un determinado medicamento no llegaron a publicarse.
En un mundo ideal, lógico, racional y sin intereses egoístas, todo ensayo clínico realizado debería publicarse para que tanto los médicos como los científicos y los voluntarios que se han arriesgado a participar en esos ensayos supieran los detalles de ese tratamiento experimental, independientemente de si resulta un éxito o un fracaso. Por desgracia, la realidad dista de ser tan amable y los resultados de un importante porcentaje de los ensayos clínicos realizados nunca han llegado a ver la luz, olvidados en los cajones o en los discos duros de los responsables de su realización. Hasta hace pocos años, la legislación en lugares como Estados Unidos o Europa no obligaba a la publicación de los ensayos clínicos finalizados, solo al envío de estos resultados a las agencias de medicamentos competentes. Esto genera un grave problema, porque los ensayos clínicos que no suelen revelarse son, con más frecuencia, aquellos que tienen resultados negativos (por motivos obvios), lo que crea un peligroso sesgo de publicación que sobreestima el valor de los tratamientos y minimiza sus efectos adversos. De hecho, se sabe que los ensayos clínicos positivos tienen el doble de posibilidades de publicarse que aquellos con resultados negativos.

Las epidemias de gripes, resfriados y otras enfermedades infecciosas respiratorias llevan acompañando al ser humano desde tiempos inmemoriales. En el Papiro Ebers (uno de los tratados médicos más antiguos, perteneciente al Antiguo Egipto y datado en torno al 1550 a. c.) ya se describían los síntomas del resfriado. Si avanzamos más en el tiempo, Hipócrates relataba en documentos del siglo V a. c. una enfermedad con síntomas que hacían sospechar de la gripe, que afectó con fuerza a la población del norte de Grecia y se expandió al sur durante el invierno. Aunque no contamos con registros aún más antiguos y fiables para verificarlo (y los restos óseos no resultan útiles en estos casos), todo apunta a que estas enfermedades infecciosas han afectado al ser humano desde el albor de los tiempos. Sin embargo, la agrupación de las personas en pueblos y ciudades cada vez más poblados e interconectados potenció las epidemias en otoño-invierno de estas enfermedades virales. Así hasta nuestros días, en los que cada año, durante los meses más fríos, resurgen con fuerza rinovirus, virus influenza y parainfluenza, adenovirus, coronavirus y otros muchos y diferentes virus respiratorios para amargarnos la existencia.
Solo para personas de riesgo (gente muy anciana o con ciertas enfermedades), a quienes la gripe puede provocar graves complicaciones, sí que hay ciertos tratamientos que pueden acortar ligeramente la duración de esta enfermedad, pero poseen potenciales e importantes efectos adversos y por eso no se recomiendan a la población general. El famoso Tamiflu (oseltamivir) o el zanamivir son antivirales indicados para la gripe en casos de riesgo, pero su eficacia es bastante penosa, pues solo han demostrado acortar la duración de esta enfermedad infecciosa entre doce horas y día y medio.
Esta cruda realidad terapéutica con respecto a gripes y resfriados no es obstáculo, sin embargo, para que cada año, durante el otoño y el invierno, se vendan multitud de productos en la farmacia que no tienen ninguna eficacia para tratar o prevenir estas enfermedades, o que cuentan con una eficacia que es, cuando menos, dudosa. La mayoría de ellos son complementos dietéticos, pero también encontramos diversos medicamentos.

En los últimos años, múltiples profesionales y colectivos sanitarios han denunciado públicamente que diversas influencers, casi siempre del ámbito de la moda y la belleza, transmiten información falsa y peligrosa sobre ciertos tratamientos médicos o dan consejos sanitarios erróneos a millones de personas.
Y, así, lo mismo te recomiendan un día un bolso de Dolce & Gabbana, que en otro te aconsejan un medicamento x para un problema de salud o estético sin tener la más mínima formación y conocimiento sobre ello. En otras ocasiones, te hablan de las bondades de ciertas dietas o productos alimentarios (como los batidos detox) sin ningún respaldo científico.
La historia de las toallitas Eridosis no empieza ni termina con las influencers, aunque podría parecerlo si nos quedamos en la superficie. En este asunto hay toda una cadena de irresponsabilidad con diferentes actores que se retroalimentan entre sí y las celebridades virtuales son solo el eslabón más visible y criticado de esta cadena. No debemos olvidar que, si las farmacias hubieran actuado correctamente, la imprudencia de estas falsas expertas no habría tenido consecuencias en su audiencia por un detallito clave: en teoría, Eridosis solo puede dispensarse con receta del médico. Desafortunadamente, en la práctica, esto no se cumplía: una gran cantidad de farmacias vendía Eridosis a quienes lo solicitaban sin exigir prescripción médica ni informar sobre las características del producto. No se trata de un suceso aislado; la venta de medicamentos que requieren receta a personas que no la tienen es un fenómeno muy frecuente. La implantación del Sistema Español de Verificación de Medicamentos (SEVeM) en febrero de 2019 reforzó un poco el control a la hora de administrar medicamentos en la farmacia, pero no supuso el punto final de esta mala práctica.

Los antidepresivos sirve muy bien para ilustrar las malas prácticas científicas que pueden tener lugar en la ciencia en general y en la medicina en particular.
1.Ausencia de publicación de un porcentaje considerable de los estudios científicos con resultados negativos de antidepresivos, que no llegaron a aparecer en las revistas científicas.
Este fenómeno también es conocido como sesgo de publicación o publicación selectiva.
2.Ocultación de datos importantes de los participantes en el estudio o selección de los resultados más favorables para su publicación (conocido como sesgo de informe selectivo de resultados). Básicamente, esta mala práctica consiste en maquillar los resultados de un estudio para que un determinado antidepresivo parezca más bonito de lo que es en realidad.
3.Difusión de información científica engañosa a médicos (marketing
disfrazado de ciencia).
Diferentes empresas farmacéuticas hicieron afirmaciones no basadas en la evidencia científica sobre sus antidepresivos en documentos remitidos a médicos. No se trataba solo de mensajes engañosos sobre la depresión como consecuencia del desequilibrio de neurotransmisores, sino también sobre la eficacia de los antidepresivos. Pfizer, por ejemplo, difundió folletos entre los médicos en los que se promocionaba la sertralina para muchos trastornos del ánimo, incluida la neurosis depresiva o la depresión tras un infarto al corazón.
4.Sobornos y corrupción.
Diversas farmacéuticas pagaron importantes cantidades de dinero a médicos de diferentes países para promocionar la prescripción de sus antidepresivos, tanto para la depresión en adultos como para indicaciones no aprobadas en otras enfermedades o para colectivos a los que no se recomendaban (niños y adolescentes). GlaxoSmithKline fue una de las declaradas culpables de estas y otras malas prácticas y tuvo que pagar una multa multimillonaria por ello.

La historia de la medicina está íntimamente ligada al uso de las plantas medicinales, sobre todo en sus orígenes más remotos. Aunque es imposible saber con certeza cuándo comenzó el ser humano a recurrir a remedios de origen vegetal, diversos hallazgos fósiles indican que estos ya estaban presentes en las sociedades prehistóricas del Paleolítico, hace alrededor de sesenta mil años. Sin apenas recursos para curar, prevenir o aliviar las diversas enfermedades que azotaban a las personas en aquel antaño, las plantas (flores, frutos, hojas, raíces, semillas o plantas completas) se convirtieron pronto en uno de los principales pilares de una rudimentaria medicina: la fitoterapia.
El descubrimiento del efecto terapéutico de las plantas se hizo a través del método de prueba y error, con multitud de sesgos y limitaciones. Se trataba de un proceso peligroso, pues requería, inevitablemente, la ingestión o aplicación al tuntún de diversos tipos de plantas, hasta dar con aquellas que tuvieran un efecto beneficioso en el cuerpo humano.
MITOS
Mito 1. Las plantas medicinales son inofensivas porque son naturales.
Mito 2. No pasa nada por combinar plantas medicinales con medicamentos.
Mito 3. Las plantas medicinales se llaman así porque han demostrado sus beneficios terapéuticos.
Mito 4. Para tratar una dolencia, solo importan el tipo de planta medicinal y la forma de preparación.
Mito 5. No existe ningún interés en realizar estudios clínicos para comprobar los efectos de las plantas medicinales.
Debido a que las plantas medicinales no son patentables y, por tanto, no se puede obtener un gran beneficio económico directo de ellas, muchas personas alegan que no hay interés en investigarlas científicamente para comprobar su verdadero efecto terapéutico como medicamentos. Es cierto que a las grandes empresas farmacéuticas no les suelen interesar las plantas medicinales como tales, con todos sus principios activos y sus moléculas sin interés médico mezclados y arrejuntados, ya que ni desde el punto de vista farmacológico ni desde el punto de vista empresarial les resultan productivas. No obstante, a las farmacéuticas sí que les interesa estudiar las plantas para descubrir moléculas aisladas útiles para la medicina y sacar derivados sintéticos con los que elaborar fármacos y conseguir con ellos mucho dinero.

La vitamina D, cuya principal fuente (80-90 %) es la exposición de la piel a la luz del sol, en la que la dieta tiene un papel muy secundario (10-20 %). A pesar de que en España tenemos sol en abundancia, sí que se dan con frecuencia déficits leves de esta vitamina entre la población general, y de forma más severa en ancianos dependientes. Varias son las razones que explican este peculiar fenómeno. Por un lado, existe una mayor concienciación de los ciudadanos sobre el cáncer de piel, lo que ha llevado a un incremento en el uso de productos de protección solar. Por otro, la exposición al sol durante los meses de otoño e invierno se reduce bastante y también hay un porcentaje pequeño de personas que, por diferentes motivos, se exponen poco al sol a lo largo del año. Aun así, no se aconseja realizar cribados universales en las consultas médicas para detectar los niveles de vitamina D en la población general, salvo que existan factores de peso para ello en casos concretos. De todas formas, aunque se detecte una deficiencia leve de vitamina D, las diferentes guías clínicas y sociedades médicas no aconsejan la suplementación en la población general, sino la exposición al sol (cara, manos y brazos) cada día durante una media de quince a veinte minutos sin protección solar. Este tiempo es suficiente para producir de forma óptima esta vitamina sin incrementar sensiblemente el riesgo de cáncer de piel.

Decálogo para el consumo responsable de complementos alimenticios:
1.No usar los complementos alimenticios como sustituto de una dieta equilibrada.
2.Desconfiar de aquellos suplementos con efectos milagro para los problemas.
3.No comprar a través de fuentes desconocidas y adquirirlos en canales de distribución de alimentos autorizados o en las farmacias.
4.Seguir siempre las instrucciones de uso del envase.
5.Prestar atención a los ingredientes por posibles alergias o intolerancia.
6.No consumirlos en dosis superiores a las que se indican en la etiqueta por posibles efectos perjudiciales para la salud.
7.Informar al médico de los complementos que se consumen, especialmente en caso de una intervención quirúrgica o embarazo, ya que no han sido estudiados en mujeres en estado ni en período de lactancia, o en caso de dárselo a un menor o si aparece cualquier reacción.
8.En caso de querer bajar de peso, se debe disminuir la ingesta de calorías, tener una dieta adecuada y aumentar la actividad física; el consumo de cualquier suplemento solo puede ser complementario.
9.Además, consumir una dieta variada y equilibrada con una correcta hidratación, incluso si se hace deporte, puede cubrir las necesidades nutricionales del cuerpo.
10.Un producto natural no es sinónimo de un producto seguro.

En definitiva, y según todo el conocimiento del que disponemos en la actualidad, recurrir a los complementos dietéticos estando sanos y sin tener ningún requerimiento nutricional especial es tirar el dinero. No tenemos ninguna certeza ni garantía de que su consumo pueda beneficiar a nuestra salud y sí muchos indicios científicos de que podría perjudicarla. Tener una dieta saludable, rica en multitud de nutrientes, es, hoy por hoy, la mejor decisión que podríamos tomar a favor de nuestra salud en el campo de la nutrición.

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The most frequent lie is the one with which a person deceives himself: deceiving others is a relatively rare offense.
F. NIETZSCHE

Pharmacies are health spaces where the different tools that are used to treat, prevent or alleviate the numerous health problems that afflict human beings come together and coexist. We have medicines of great efficacy, of less, of doubtful, null, poorly recommended; products badly called medicines, such as homeopathic medicines, which only have their official name as medicines imposed by European terminology; food or nutritional supplements, medicinal plants, «traditional use» medicines… All of them constitute a multitude of denominations that sometimes hide a real legal labyrinth through which opportunists and those who do business with fears, insecurities and misinformation sneak in of a large percentage of the population.
All this moves an immense business aimed at satisfying different needs felt by a part of the population that is not, such as vitamin supplements in perfectly nourished people, immunity «boosters» in perfectly immunocompetent people —that is, without disease some immunological-, in the treatment of normal situations of daily life, etc.

Esther Samper makes an effort to remain objective and to say things very clearly. And proof of this is that she has selected and analyzed all kinds of pharmacy products that do not work and deceive the consumer, but are still being sold. Pharmacies are part of the health system, and as such, have a responsibility to the population. If anyone is bothered by this book, I advise you to review your code of ethics. For us it is a tool to defend ourselves from possible unnecessary purchases. A good read.

Before entering fully into the field of pharmacies, we have to talk seriously about certain details. Some that might seem irrelevant, but that, in reality, are essential to understand why we find products without proven efficacy or of doubtful efficacy in pharmacies. This issue is not usually a plate of good taste for many people and the reason is simple: it means destroying our personal experience as a valid argument to judge the effectiveness of a certain treatment.
It is convenient to clarify a couple of concepts first. Although in everyday life we refer to efficacy and effectiveness as if they were synonyms (this is also the case in the Royal Spanish Academy), in the academic and medical fields they are two different concepts. The clinical efficacy of a treatment is the degree of benefit that it brings to people’s health under the controlled and experimental conditions that occur in clinical trials. Effectiveness, however, is the health benefit that this treatment produces in the real world, after marketing, and with large and highly diverse populations. If we except the hidden side of the pharmacy, the products found there are as effective as they are effective. However, it is very common that certain products are less effective than effective, because the general population is sometimes far from ideal compared to samples of people who participate in clinical trials.

It may not be the oldest profession in the world, but medicine dates back to the origins of humanity and has evolved alongside it. She was born ignorant and innocent, surrounded by magic and fantasy. For millennia, diseases were a matter of spirits and gods and treatments a matter of shamans. Medicine grew and acquired knowledge gropingly from the Sumerians and ancient Egyptians and, later, from the Greeks and Romans, almost always groping through tradition and direct experience through observation of facts and method. of trial and error. It had its moments of enlightenment among the Arabs of the Middle Ages and the Renaissance, but also its moments of darkness among the Christians of the Middle Ages.
In all that time, medicine grew little by little in wisdom, being wrong a lot and right a little. His coming of age was fulfilled in the eighteenth century when, at last, he was able to join science and learned to walk his path firmly without depending on dogmas, magic or authorities. From that moment on, medicine did not stop discovering and understanding the reality behind the functioning of the human body and diseases, while finding more and more accurate treatments that improved the quality and life expectancy of people.
In the seventies of the last century, a new milestone took place, marking the beginning of maturity and critical thinking in medicine: the systematic development of clinical trials to test treatments. Evidence-based medicine (EBM) was born, the pinnacle, as far as we know, of this noble discipline.

The reason why medicines and other products are sold in pharmacies that are not effective is not due exclusively to our difficulty in recognizing them based on our personal experience. If they are there, it is because the laws allow it or because no action is taken to enforce it, just as healers are allowed to continue to exist, who find themselves between impunity and legal limbo.
In addition, the requirements that certain pharmacy products have to meet in order to be marketed are very different depending on which group they are classified in. Let’s delve a little into the legislation in this regard, trying to make it as brief and painless as possible.
In theory, in Spain it is mandatory for a drug to demonstrate quality, safety and efficacy in clinical trials if a pharmaceutical laboratory wants its authorization by the AEMPS or the European Commission and for it to be sold in pharmacies. In the real world, this is not the case with various drugs: those substances that have been shown to be safe (this is an essential criterion), but that have never been shown to be effective or have been discarded or questioned after the appearance of of new studies. Fortunately, they are exceptions and most approved drugs have strong scientific support. Of all the products that can be found in the pharmacy, medicines are those that offer us, by far, the greatest guarantees and confidence thanks to the demanding requirements to which they are subject.
Although practically all pharmacies in our country have been selling homeopathy for a long time, you should know this: at the time I write these lines, there is still no homeopathic compound that has been authorized by the AEMPS or has a health registration. How is it possible? Because the health authorities in Spain have looked the other way for decades regarding the privileged situation of the homeopathic industry, which sells its products disguised as pharmaceuticals. Thus, since 1994, homeopathic medicines have systematically broken the law without the Administration lifting a finger to ensure it. According to Royal Decree 2208/1994, the first attempt to regulate homeopathy in our country, the authorization of medicines
homeopathic medicines with a therapeutic indication required the same procedures and requirements as conventional drugs (that is, the real ones). The reality was that this authorization process did not take place. The system collapsed due to thousands of requests that could not be processed within the legal deadline. In theory, this should have meant the withdrawal of homeopathic products, as they were dismissed due to administrative silence. What happened, in fact, is that homeopathy continued to be so prominent on pharmacy shelves with its colorful therapeutic indications, even though no homeopathic product was approved for authorization.

Medical devices
This group includes all those products related to human health that are not medicines and that serve to prevent, treat, alleviate, diagnose or control a disease or health problem, among other objectives. They have the European conformity marking (CE) —which gives a certain guarantee of safety— and within this category there are extremely diverse items: prostheses, implants, condoms, hearing aids, contact lenses, heart valves, pacemakers, radiology equipment, surgical instruments, contraceptive devices… Some are sold at the pharmacy, although the vast majority are not.
Given the great heterogeneity of each type of product, they have particular requirements depending on their characteristics, such as performance tests, manufacturing and sterilization guarantees, technical standards… Clinical trials may or may not be a mandatory requirement for their commercialization.
It turns out that in Europe there is no central agency in charge of evaluating implants or medical devices that are intended to be marketed, as is the case with medicines. Instead, those responsible for it are around fifty centers, called notified bodies, which study and analyze the scientific evidence behind these medical devices. Well, the investigations carried out by this consortium brought to light that certain centers (many private) in countries with more lax regulations were very generous with the products that they had to review to decide whether or not to grant them the CE certificate. Specifically, it was detected that in these places more than 90% of the authorizations were carried out without clinical studies, simply with technical reports or animal studies. In other cases, clinical studies were limited to a very small number of patients.

Biocides
In Spain (for the moment, there is no uniformity in Europe), biocides are antiseptic products for healthy skin and disinfectants for clinical and surgical environments. They need the authorization of the AEMPS for their commercialization and only those that have active substances that have been previously evaluated and included in the list of approved active substances of the European Chemicals Agency (ECHA) are approved. Here we find insect repellents, antiseptics with benzalkonium chloride, ethanol, chlorhexidine… Interestingly, those antiseptic products that have propanol-2-ol, hydrogen peroxide and iodine as active ingredients are the responsibility of another institution, the General Directorate of Public Health, Quality and Innovation. In any case, all of them must demonstrate in well-defined tests both their safety and their efficacy in repelling insects or in destroying or inactivating bacteria, fungi, viruses or other microorganisms.
With the coronavirus pandemic, the AEMPS created a special list of products with proven virucidal efficacy, which it disseminated to the media. The reason? Gels and hydroalcoholic solutions abounded on the market that did not meet the requirements to be biocides, but could be legally sold as cosmetics, because this is permitted by law. According to Regulation (EC) 1223/2009, sanitizing cosmetic hydroalcoholic hand gels can be advertised to clean or clean hands, but not contain allegations of a supposed biocidal effect, either showing themselves as disinfectants, sanitizers, antiseptics, viricides or any other terminology that leads the consumer to think that it is a product with a biocidal effect, because its effectiveness is neither proven nor guaranteed. Furthermore, these gels have not received authorization from the AEMPS.

The sale of medicinal plants in bulk or by weight is prohibited. In theory, there should also be a list of plants whose sale to the public is restricted or prohibited due to their toxicity, according to article 51.2 of the drug guarantee law, but currently this list is not in force and there is a legal vacuum quite dangerous. It turns out that the AEMPS made this list in 2004, but the Spanish Association of Manufacturers of Special Food Preparations, Dietetics and Medicinal Plants (Afepadi) appealed it in court. In 2005, this list was declared invalid in the National High Court due to a formal defect in the processing and a new list has not been drawn up or promoted.

According to Royal Decree 1907/1996, on advertising and commercial promotion of products, activities or services with intended health purposes, and Law 29/2009, which modifies the legal regime of unfair competition and advertising for the improvement of the protection of consumers and users:
1. The health authorities and other competent bodies in each case […] will control the advertising and commercial promotion of the products, materials, substances, energies or methods that are advertised or presented as useful for the diagnosis, prevention or treatment of diseases or developments physiological, weight loss, modification of the physical or psychological state, restoration, correction or modification of organic functions or other intended health purposes, so that they comply with criteria of veracity as regards health and to limit everything that may constitute a detriment for the same.
2. Professional associations, within the scope of their powers, may participate and collaborate in compliance with the provisions of this royal decree.

Among the many responsible for dispensing products of unproven efficacy in the pharmacy, we cannot forget a key group: doctors. Physicians offer great trust and credibility to the population and, in fact, carry out one of the most valued professions by our society, along with scientists. Their work (along with other health professionals, such as nurses, auxiliary nursing care technicians, pharmacists, physiotherapists, psychologists, dentists, pharmacy technicians, etc.) is vital in maintaining our health and healing or alleviating illness. However, are doctors outside the world of unproven treatments? Unfortunately, no, although to be fair we must distinguish between two large groups in this matter.
On the one hand, there are the doctors who are devout believers in one or several pseudotherapies in general and ignore the scientific evidence.
In the other group of doctors who prescribe treatments of unproven efficacy are those who know perfectly well that what they prescribe in clinical practice are mere placebos. Although it is not a phenomenon well known by the general population, the truth is that placebos are an unofficial resource for the treatment of patients in many consultations. And I am not referring to the standardized and regulated use of the placebo in the investigation of new treatments. In England, for example, around 97% of family doctors admitted having prescribed some type of placebo at least once in their professional career.
What is this peculiar behavior due to? The reasons given by doctors to defend the use of placebos are diverse and contrast with the ethics and legality of medical practice in Spain. When doctors prescribe placebos, the vast majority of them do so with the benefit of their patients in mind when there are no effective therapeutic options
or these have not been useful for the patient. Within these situations we would find patients who suffer from a disease that lacks effective treatment or have a health problem with no known cause or defined treatment. There, the product of unproven efficacy could have some benefit through the placebo effect and the patient’s expectations of recovery could be better. In this sense, it has been observed that the placebo effect can be quite positive in health problems such as pain, insomnia or depression.

The Code of Medical Ethics itself consists of two articles that leave no place for placebo as treatment in the clinic:
Article 15.1. The doctor will inform the patient in an understandable way, with veracity, consideration and prudence.
Article 26.2. Practices inspired by charlatanism, those lacking a scientific basis and promising cures for patients, illusory or insufficiently proven procedures that are proposed as effective, the simulation of medical treatments or surgical interventions and the use of cosmetic products are not ethical. unknown composition.

There are four main pillars of our health system: primary care centers, hospitals, public health centers and pharmacies. Pharmacies play a fundamental role that goes beyond the sale of medicines and other products in the field of health. The advice of the pharmacist to advise and guide patients in their health care is an important facet that we should never forget. In addition, pharmacies offer great confidence to the population. So much so that when certain health products (sunscreens, cosmetics, etc.) can be found both in supermarkets and in pharmacies, many people prefer to go to the latter because they think they offer better guarantees.
It is a real pity that the Code of Ethics of the Pharmaceutical Profession is constantly trampled on in many pharmacies. I refer, specifically, to article 12, which says the following:
COMMITMENT TO SCIENTIFIC EVIDENCE AND TECHNICAL QUALITY
1. The pharmacist has a commitment to scientific evidence. He must refrain from offering illusory products and services that are proposed as effective.
2. When the pharmacist provides professional advice, it must always be based on professional criteria, appropriate to current scientific knowledge, avoiding any consideration that is not the legitimate interest of the patient.
3. The pharmacist must know the clinical and healthcare practice protocols, based on scientific evidence, and the available means that are applicable to him in his field of professional action.
4. The pharmacist must provide truthful, scientific and evaluated information on medicines, medical devices and those other articles included within his scope of action, and said information must always be adequate to current legislation and current scientific knowledge.

The allusion to a drug that requires rigorous clinical trials to prove safety and efficacy, with homeopathic medicine, a placebo that, in practice, has not been required to prove anything at all.
These products are a big deal for the industry due to their high and juicy profit margins. Selling sugar pills at nine hundred euros or more per kilo is a marketing “miracle” that is not within the reach of just anyone. Among other reasons, because in any other field it would most likely be considered a fraud. Homeopathy also requires a derisory investment in research and development (R&D) because science is that thing that doesn’t go with it. So that? If homeopathic products have not even needed clinical trials to go on the market. Instead, the homeopathic industry relies heavily on marketing to spread misinformation about the actual efficacy of its products, either among the general population or among health professionals.
In Spain alone, homeopathic laboratories invoice tens of millions of euros for their products each year. However, the panorama, both globally and nationally, is increasingly complicated for homeopathy. In the last five years, a turning point has been observed: homeopathy no longer enjoys the great tolerance of societies and institutions that it enjoyed years ago in many countries.
Although homeopathic products continue to be sold in the vast majority of pharmacies, it is also true that their sale has drastically decreased in recent years. Boiron, for example, has gone from billing more than 25 million euros in Spain in 2014 to «only» 16.4 in 2018. Its shares have also plummeted since 2015. From a maximum of 111.35 euros per share in that year, they have become worth around 38 euros in 2021. Since the value of Boiron’s shares has been slowly diluting for years, this means, according to one of the principles of homeopathy, that these are increasingly powerful.
1.Illness is an imbalance of the vital force
According to the philosophy of homeopathy, the disease is caused by an invisible energy disturbance that first affects the mind and then the organs. According to this principle, if you catch a cold it is not the fault of a virus, but the origin is an energetic alteration that has made you prone to infection by a virus and that is why you have caught a cold. Needless to say, life force is a philosophical concept that has never been proven or detected.
2.The law of infinitesimals
According to the doctrine of homeopathy, the more diluted a substance is, the more powerful its effect will be. In this way, practically all homeopathic compounds, except for some that are developed with very few dilutions and still contain substances in small quantities, are previously prepared with a substance that is diluted and diluted and diluted again in water or alcohol until that the preparation contains literally nothing or almost nothing of the diluted original substance.
3. The law of similarity or similars
There are only two treatments in modern medicine that could pass as apparent examples of the law of similarity.
* Vaccines, with which viruses or bacteria (attenuated or inactivated) that cause infectious diseases, or their various biological components (proteins, RNA, DNA…) are administered so that it is the body itself that acts against these microorganisms in the future thanks to immune memory.
* Progressive desensitization to allergens, with which, through small and repeated exposures to molecules that cause allergies, certain people can progressively attenuate or eliminate their excessive allergic response to these molecules.
However, these two treatments present great differences with the law of similarity. First of all, they are not applied in infinitesimal doses, but in small doses. In addition, its effectiveness is limited to a very particular type of response that depends on the peculiar characteristics of the immune system, with a great capacity to recognize and memorize foreign agents. In the rest of the field of medicine, there is nothing that validates or shows that the principle of similarity is true, but just the opposite.

At this point, it is necessary to clarify that there are peculiar exceptions within homeopathic products that could offer some efficacy for some indications. And how is this peculiar paradox possible? Some products are sold on the market that are advertised as homeopathic, but which, in reality, also contain undiluted or very slightly diluted plant substances, that is, they are found in high concentrations to be homeopathy. In other words, these are medicinal plant products (phytotherapy) that do have active ingredients present, but are sold as homeopathic.
because other substances have been prepared following the principles of homeopathy. Most of them are creams, ointments, syrups or sprays aimed at minor health problems; As examples, we have the products Stodal, Cicaderma or Endhometrol. In any case, as good homeopathic products, they have not had to go through clinical trials to be marketed, so we do not know if they actually have any use for the indications that appear on the label.
We are in Europe at the end of the 18th century and, at this time, medicine left much to be desired. The theory of the imbalance of the humors prevailed among doctors and this implied that treating diseases required rebalancing the humors. Said like this, it may even sound coherent, because if something is unbalanced, it must be balanced. The first problem was that this imbalance did not exist or had nothing to do with the cause of the diseases. The other, more serious problem is that the rebalancing process involved applying real animalistic things, such as bloodletting, laxatives, purges and debilitating diets that not only served no purpose, but also used to leave the patients in a much worse condition than at the beginning. .
A German doctor named Christian Friedrich Samuel Hahnemann was very disillusioned with this Matasanil scenario and, in a true act of consistency, decided to abandon the practice of conventional medicine. This is how this doctor referred to the therapies of that time, which he describes as allopathy, as opposed to homeopathy: «These health disorders due to the fatal practice of allopathy, of which more sad examples have been seen in the modern times, constitute the most dangerous and incurable of all chronic diseases.
Although it is true that the historical doctor dedicated himself with great intensity to the investigation of homeopathy, it must be taken into account that he started from erroneous premises and reached even more erroneous conclusions. The trials he conducted in his day would never have been taken seriously by today’s criteria for conducting clinical trials. Hahnemann knew at all times what they were taking and that could interfere with the symptoms described, either by suggestion or self-delusion.
Homeopathic medicines without proven therapeutic indication must meet three requirements:
1.Oral or external route of administration.
2. Absence of particular therapeutic indication on the label or in any information related to the drug.
3. A degree of dilution that guarantees the harmlessness of the compound; in particular, the preparation must not contain more than one part per ten thousand of mother tincture nor more than one hundredth of the lowest dose eventually used in allopathic medicine (conventional) of those active ingredients whose presence in an allopathic medicine implies the obligation to present a prescription.
Homeopathic laboratories have consistently failed to meet all of these requirements. Until June 2019, injectable homeopathic products could be found on the market, which were withdrawn by the AEMPS after decades of turning a blind eye. However, we continue to find multiple homeopathic products in the pharmacy that fail to comply with both the second and third sections by carrying out particular therapeutic indications and also having poorly diluted active ingredients.

– Apis mellifica 30 CH (in granules).
Homeopathic treatment that is advertised as effective for bee and wasp stings, minor burns, edema, conjunctivitis, angina or rheumatism pain, burning urination, ovaritis, urethritis, nephritis and uncomplicated cystitis and against certain allergies (seasonal, urticaria, to dust…), in addition to many other indications. The ingredient used for the mother tincture is the whole bee (including its sting and its venom) macerated, crushed and diluted in alcohol. Final and actual composition of the marketed product: sucrose and lactose (excipients). Explanation of its effectiveness, according to homeopathy: at high doses, ingesting a bee supposedly causes dozens of different symptoms, such as edema, «burning» pains, «obscene speech», red and swollen conjunctivae, red, sensitive and sore skin , burning urination, stitches in the heart, swollen nose… By infinitesimally diluting the preparation with bee, the cure of the same symptoms that it caused at high doses is enhanced.
– Yersin serum 30 CH (in granules).
Also called pestinum or anti-plague serum. Homeopathic product that was originally indicated for the prevention and treatment of the plague. Nowadays, as the plague no longer decimates the population as it used to (although thousands of cases are still registered each year in developing countries), this remedy is also recommended by homeopaths to treat or prevent many infectious diseases as a mood stimulant. Immune system: influenza (in combination with other homeopathic products), acute gastroenteritis, erythema nodosum, acute infantile enteritis, serious toxi-infectious conditions of the lungs or skin, and septicemias (serious inflammatory reaction to an infection) with jaundice and microabscesses in the liver . Ingredient used for the mother tincture: the bacterium Yersinia pestis, which causes the plague. For its manufacture, this microorganism is injected into a bird, from which the serum that will be used to make the homeopathic product will be extracted through infinitesimal dilutions.

From 2006 to 2016, the FDA accumulated reports of «adverse events» from more than 370 babies who had received homeopathic gel or pills from the company Hyland’s to relieve their gum discomfort. Eight of them died after taking these products. Furthermore, when FDA inspectors visited Hyland’s facility in 2010 they found that its manufacturing practices left much to be desired, and in 2017 they reported finding varying amounts of belladonna (a poisonous plant) in its antibacterial products. dentition. The adverse effects that were detected in babies were consistent with the toxic effects caused by belladonna. Following the FDA alert and subsequent scandal, Hyland’s stopped marketing the teething compounds, but continues to offer many other homeopathic products today in the United States and Canada.

In the Spanish —and European— pharmaceutical market, there are various types of drugs whose efficacy or effectiveness is doubtful, or even null, in the worst case. How can it happen, if the demands for the commercialization of drugs are so high? On the one hand, some dinosaur drugs that were approved in their day persist on the market, with much more lax requirements than the current ones. Some time ago, before the second half of the 20th century, the criteria for drug authorization were not as strict as they are now. In general, clinical trials were not a mandatory requirement to prove that they were safe and effective in humans and, when they were conducted, they were not as good as current studies. Everything changed with the tragedy caused by thalidomide, a drug developed in Germany to calm nausea in pregnant women that caused serious congenital malformations in thousands of babies. From then on, the rules for the marketing of medicines became much more demanding.
After the marketing of a drug, subsequent independent studies appear that observe that its efficacy is not what was expected by the original clinical trials. This can happen for many reasons, but here are three main ones:
1.The patient sample was ideal for the drug to be effective in these studies. That is, the criteria for randomly selecting trial participants were defined in such a way as to exclude people (for example, the elderly) in whom the drug might not work as well.
2.The trials were designed to show the good profile of said drug. One of the tricky strategies observed in these cases is to focus the results on biological parameters (blood cholesterol, blood pressure, joint space narrowing…) and forget about much more important clinical parameters (survival, hospitalizations, quality of life… ).
3.Clinical trials that showed negative results for a given drug were never published.
In an ideal world, logical, rational and without selfish interests, every clinical trial carried out should be published so that both the doctors and the scientists and the volunteers who have risked participating in those trials would know the details of that experimental treatment, regardless of whether it is a success or a failure. Unfortunately, reality is far from being so friendly and the results of a significant percentage of the clinical trials carried out have never seen the light of day, forgotten in the drawers or on the hard drives of those responsible for carrying them out. Until a few years ago, the legislation in places like the United States or Europe did not require the publication of completed clinical trials, only the sending of these results to the competent drug agencies. This creates a serious problem, because clinical trials that are not disclosed are more often those with negative results (for obvious reasons), creating a dangerous publication bias that overestimates the value of treatments and minimizes their effects adverse. In fact, it is known that positive clinical trials are twice as likely to be published as those with negative results.

Epidemics of flu, colds and other respiratory infectious diseases have accompanied human beings since time immemorial. In the Ebers Papyrus (one of the oldest medical treatises, belonging to Ancient Egypt and dated around 1550 BC) cold symptoms were already described. If we go further in time, Hippocrates recounted in documents from the 5th century BC. c. a disease with symptoms that made one suspect the flu, which strongly affected the population of northern Greece and spread to the south during the winter. Although we do not have even older and more reliable records to verify this (and skeletal remains are not useful in these cases), everything points to the fact that these infectious diseases have affected humans since the dawn of time. However, the grouping of people in increasingly populated and interconnected towns and cities fueled the autumn-winter epidemics of these viral diseases. So until today, in which every year, during the coldest months, rhinoviruses, influenza and parainfluenza viruses, adenoviruses, coronaviruses and many other respiratory viruses resurface with force to embitter our existence.
Only for people at risk (very old people or people with certain diseases), for whom the flu can cause serious complications, there are certain treatments that can slightly shorten the duration of this disease, but they have potential and important adverse effects and therefore do not are recommended for the general population. The famous Tamiflu (oseltamivir) or zanamivir are antivirals indicated for the flu in cases of risk, but their effectiveness is quite painful, since they have only been shown to shorten the duration of this infectious disease by between twelve hours and a day and a half.
This crude therapeutic reality regarding colds and flu is not an obstacle, however, so that every year, during the fall and winter, many products are sold in the pharmacy that are not effective in treating or preventing these diseases, or that have an effectiveness that is, to say the least, doubtful. Most of them are dietary supplements, but we also find various medications.

In recent years, multiple health professionals and groups have publicly denounced that various influencers, almost always from the field of fashion and beauty, transmit false and dangerous information about certain medical treatments or give erroneous health advice to millions of people.
And, like that, the same thing is recommended to you one day by a bag from Dolce & Gabbana, who in another advise you a medicine x for a health or aesthetic problem without having the slightest training and knowledge about it. On other occasions, they tell you about the benefits of certain diets or food products (such as detox shakes) without any scientific support.
The history of Eridosis wipes does not begin or end with the influencers, although it might seem that way if we stay on the surface. In this matter there is a whole chain of irresponsibility with different actors that feed off each other and virtual celebrities are only the most visible and criticized link in this chain. We must not forget that, if the pharmacies had acted correctly, the imprudence of these false experts would not have had consequences in their hearing due to a key detail: in theory, Eridosis can only be dispensed with a doctor’s prescription. Unfortunately, in practice, this was not done: a large number of pharmacies sold Eridosis to those who requested it without requiring a medical prescription or informing about the characteristics of the product. This is not an isolated event; the sale of medicines that require a prescription to people who do not have it is a very frequent phenomenon. The implementation of the Spanish Medication Verification System (SEVeM) in February 2019 somewhat reinforced control when administering medications in the pharmacy, but it did not mean the end of this bad practice.

Antidepressants serve very well to illustrate the scientific malpractices that can take place in science in general and in medicine in particular.
1. Absence of publication of a considerable percentage of scientific studies with negative results on antidepressants, which did not appear in scientific journals.
This phenomenon is also known as publication bias or selective publication.
2. Withholding important data from study participants or selecting the most favorable results for publication (known as selective outcome reporting bias). Basically, this bad practice consists of making up the results of a study so that a certain antidepressant seems more beautiful than it really is.
3. Dissemination of misleading scientific information to doctors (marketing
disguised as science).
Different pharmaceutical companies made claims not based on scientific evidence about their antidepressants in documents sent to doctors. These were not just misleading messages about depression as a result of neurotransmitter imbalance, but also about the efficacy of antidepressants. Pfizer, for example, distributed brochures to doctors promoting sertraline for many mood disorders, including depressive neurosis or depression after heart attack.
4. Bribery and corruption.
Various pharmaceutical companies paid large amounts of money to doctors in different countries to promote the prescription of their antidepressants, both for depression in adults and for unapproved indications in other diseases or for groups for which they were not recommended (children and adolescents). GlaxoSmithKline was one of those found guilty of these and other bad practices and had to pay a multi-million dollar fine for it.

The history of medicine is closely linked to the use of medicinal plants, especially in its most remote origins. Although it is impossible to know with certainty when humans began to use plant-based remedies, various fossil finds indicate that they were already present in prehistoric Paleolithic societies, around sixty thousand years ago. With hardly any resources to cure, prevent or alleviate the various diseases that plagued people in those days, plants (flowers, fruits, leaves, roots, seeds or complete plants) soon became one of the main pillars of a rudimentary medicine : phytotherapy.
The discovery of the therapeutic effect of plants was made through trial and error, with many biases and limitations. It was a dangerous process, since it inevitably required the ingestion or random application of various types of plants, until finding those that had a beneficial effect on the human body.
MYTHS
Myth 1. Medicinal plants are harmless because they are natural.
Myth 2. There is nothing wrong with combining medicinal plants with medicines.
Myth 3. Medicinal plants are so named because they have proven therapeutic benefits.
Myth 4. To treat an ailment, only the type of medicinal plant and the way of preparation matter.
Myth 5. There is no interest in conducting clinical studies to check the effects of medicinal plants.
Because medicinal plants are not patentable and, therefore, a great direct economic benefit cannot be obtained from them, many people argue that there is no interest in scientifically investigating them to verify their true therapeutic effect as medicines. It is true that large pharmaceutical companies are not usually interested in medicinal plants as such, with all their active ingredients and their molecules without medical interest mixed and put together, since neither from the pharmacological point of view nor from the business point of view they are productive. However, pharmaceutical companies are interested in studying plants to discover isolated molecules useful for medicine and extract synthetic derivatives with which to make drugs and make a lot of money with them.

Vitamin D, whose main source (80-90%) is skin exposure to sunlight, in which diet plays a very minor role (10-20%). Despite the fact that in Spain we have plenty of sunshine, mild deficiencies of this vitamin do occur frequently among the general population, and more severely in dependent elderly people. There are several reasons that explain this peculiar phenomenon. On the one hand, there is a greater awareness of citizens about skin cancer, which has led to an increase in the use of sun protection products. On the other hand, exposure to the sun during the autumn and winter months is considerably reduced and there is also a small percentage of people who, for various reasons, expose themselves little to the sun throughout the year. Even so, universal screening in medical consultations to detect vitamin D levels in the general population is not recommended, unless there are compelling factors for it in specific cases. In any case, even if a mild deficiency of vitamin D is detected, the different clinical guidelines and medical societies do not recommend supplementation in the general population, but exposure to the sun (face, hands and arms) every day for an average of fifteen to twenty minutes without sun protection. This time is enough to optimally produce this vitamin without significantly increasing the risk of skin cancer.

Decalogue for the responsible consumption of food supplements:
1.Do not use food supplements as a substitute for a balanced diet.
2. Be wary of those supplements with miracle effects for problems.
3. Do not buy through unknown sources and buy them in authorized food distribution channels or in pharmacies.
4. Always follow the instructions for use on the package.
5.Pay attention to the ingredients due to possible allergies or intolerance.
6. Do not consume them in doses higher than those indicated on the label due to possible harmful effects on health.
7. Inform the doctor of the supplements that are consumed, especially in the event of a surgical intervention or pregnancy, since they have not been studied in pregnant or lactating women, or in the event of giving it to a minor or if any reaction.
8.If you want to lose weight, you should reduce your calorie intake, have a proper diet and increase physical activity; the consumption of any supplement can only be complementary.
9.In addition, consuming a varied and balanced diet with proper hydration, even if you play sports, can cover the body’s nutritional needs.
10.A natural product is not synonymous with a safe product.

In short, and according to all the knowledge we currently have, resorting to dietary supplements while being healthy and without having any special nutritional requirements is throwing money away. We have no certainty or guarantee that its consumption can benefit our health and we do have many scientific indications that it could harm it. Having a healthy diet, rich in a multitude of nutrients, is, today, the best decision we could make in favor of our health in the field of nutrition.

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