Asesinando La Esperanza: Intervenciones De La CIA Y Del Ejército De Los Estados Unidos Desde La Segunda Guerra Mundial — William Blum / Killing Hope: U.S. Military and C.I.A. Interventions Since World War II by William Blum

Durante los primeros días de la guerra en Vietnam, un oficial vietnamita dijo a su prisionero estadounidense: “Después de la Segunda Guerra Mundial ustedes eran héroes para nosotros. Leíamos libros norteamericanos y veíamos películas norteamericanas y era muy común en esos días decir que se era ‘tan rico y tan sabio como un americano’. ¿Qué fue lo que pasó?”.
La misma pregunta podía haber sido hecha por un guatemalteco, un indonesio o un cubano durante la década anterior, o por un uruguayo, un chileno o un griego en la década siguiente. La credibilidad y admiración que inspiraron los Estados Unidos al finalizar la Segunda Guerra Mundial se fue desvaneciendo país por país, intervención por intervención. La oportunidad de construir un mundo nuevo sobre las ruinas de la guerra, de establecer cimientos para la paz, la prosperidad y la justicia, se desplomó bajo el peso infame del anticomunismo.
El antiguo premier chino Chou En-lai observó en cierta ocasión: “Una de las delicias acerca de los americanos es que carecen absolutamente de memoria histórica”.

Una crónica sistemática de más de 50 intervenciones estadounidenses documentadas en los asuntos de países de todo el mundo, incluidos, entre otros, China, Italia, Alemania, Filipinas, Corea, Albania, Irán, Guatemala, Costa Rica, Siria, Indonesia, Guayana Británica. , Vietnam, Camboya, Laos, Haití, Francia, Ecuador, Congo, Brasil, Perú, República Dominicana, Cuba, Gana, Uruguay, Chile, Grecia, Bolivia, Irak, Australia, Angola, Zaire, Jamaica, Granada, Marruecos, Surinam, Libia, Nicaragua, Panamá.
Obviamente, las circunstancias y el nivel de participación de los EE.UU. varían en cada caso y cada intervención de la que hable. Algunos son casos límite de politik real que han ido demasiado lejos, pero muchos más son campañas flagrantes de destrucción basadas en mentiras muy deliberadas.
Como un niño de los años 90, mi instrucción sobre la historia militar de los EE. UU. fue básicamente: la Segunda Guerra Mundial, luego Corea, luego Vietnam, la Tormenta del Desierto, todo con una Guerra Fría en su mayoría no violenta aunque potencialmente desastrosa que se avecinaba en el fondo.
El tapiz que teje Blum con estas historias dispares es bastante diferente. Es un siglo XX virtualmente definido por la interferencia y el belicismo estadounidenses. De la misma manera que la nebulosa amenaza del fundamentalismo islámico se usa para justificar las guerras hoy en el Medio Oriente, está claro que la fobia al comunismo de la Guerra Fría fue un gesto coordinado para distraer al público votante de las acciones tomadas en interés de El comercialismo estadounidense y la expansión capitalista. Esto incluye los regímenes de clientela a menudo brutales establecidos para facilitar las condiciones para esta explotación económica.
En la mayoría de los casos, los gobiernos que estaban siendo derrocados por la CIA y el Pentágono fueron menos fichas de dominó en la expansión del comunismo internacional que intentos serios para que los estados poscoloniales implementaran las reformas sociales y agrarias que tanto necesitaban. Los países que no querían alinearse ni con la Unión Soviética ni con los Estados Unidos, pero que simplemente querían concentrarse en sus propios asuntos internos, fueron objeto de destrucción. Muchos de ellos también fueron elegidos democráticamente, lo que más que nada expone la verdad de la mentira de que Estados Unidos estaba tratando de exportar valores estadounidenses.
Lo que sería divertido si no fuera tan trágico es la tremenda tasa de fracaso de las intervenciones de la CIA. A menudo, al instalar regímenes clientelares de derecha, terminan radicalizando a los grupos de oposición, como en Irán, por ejemplo. O, a veces, los perros rabiosos que entrenan, como los muyahidines en Afganistán, terminan volviéndose contra Estados Unidos de manera espectacular.
Las noticias contemporáneas como la publicación del informe sobre torturas de la CIA de repente no parecen tan sorprendentes cuando se ven en el contexto de décadas de corrupción política, asesinatos en masa y represión. La exhaustiva investigación de Blum hace que esta conclusión sea casi inevitable.
Solo en términos de legibilidad pura, debo confesar que este libro es algo deficiente. Me gustó que se dividiera en intervenciones específicas que podrían consumirse en cualquier lugar entre 20 y 40 minutos. Pero la naturaleza entrecortada de la escritura, saltando de un lugar a otro, se interpone en el camino de una narrativa más amplia que él podría contar.

Los chinos dedicaron grandes esfuerzos a divulgar su reclamo de que Estados Unidos, en particular entre enero y marzo de 1952, había diseminado grandes cantidades de bacterias y de insectos hospederos sobre Corea y el nordeste chino. Presentaron testimonios de 38 aviadores norteamericanos capturados que habían transportado esa carga letal. Muchos de ellos dieron detalles de la operación: los tipos de bombas y otros contenedores utilizados, los tipos de insectos, las enfermedades que transmitían, etc. Al mismo tiempo se publicaron fotografías de las supuestas bombas de gérmenes y de los insectos. Luego, en agosto, se creó un Comité Científico Internacional, integrado por especialistas de Suecia, Francia, Gran Bretaña, Italia, Brasil y Unión Soviética. Después de una investigación en China de más de dos meses, el comité entregó un informe de cerca de seiscientas páginas, con numerosas fotos y la siguiente conclusión: “Los pueblos de Corea y China han sido sin lugar a duda objeto de armas bacteriológicas. Estas fueron empleadas por unidades de las fuerzas armadas de Estados Unidos, usando gran variedad de métodos, algunos de los cuales parecen haber sido desarrollados a partir de los aplicados por los japoneses en la Segunda Guerra Mundial”.
La última referencia alude a los experimentos de guerra bacteriológica realizados por los japoneses contra China entre 1940 y 1942. Los científicos nipones responsables de este programa fueron capturados por Estados Unidos en 1945, y se les concedió inmunidad a cambio de dar información técnica al Centro de Investigaciones Biológicas del Ejército en Fort Detrick, Maryland. Los chinos tenían conocimiento de esto en el momento de la investigación del Comité Científico Internacional.
En marzo de 1966, el secretario de Estado Dean Rusk habló ante un comité congresional acerca de la política norteamericana con respecto a China. Mister Rusk se sentía aparentemente perplejo pues “por momentos los dirigentes comunistas chinos parecen estar obsesionados con la idea de que están siendo amenazados y acosados”. Habló de la “idea imaginaria, casi patológica” de China “de que Estados Unidos y otros países alrededor de sus fronteras están buscando una oportunidad para invadir China y destruir el régimen de Peiping [Pekín]”. El secretario añadió:

Cuánto hay de genuino en el “temor” de Peiping hacia Estados Unidos y cuánto es artificialmente inducido por propósitos políticos internos sólo lo saben los propios dirigentes comunistas chinos. Estoy convencido, sin embargo, de que su deseo de expulsar nuestra influencia y actividad del Pacífico oeste y el sudeste asiático no está motivado por el temor de que constituimos para ellos una amenaza.

El último mes de la campaña electoral de 1948, el Times anunció que la posible victoria de la izquierda sería “el principio de la catástrofe”.
“Fue sobre todo este temor [ha escrito William Colby, antiguo director de la CIA] lo que llevó a la formación de la Oficina de Coordinación de Políticas, la cual dio a la CIA la capacidad de asumir operaciones políticas, propagandísticas y paramilitares en primer lugar”. Pero las operaciones encubiertas, al menos en lo que se conoce, tuvieron un papel relativamente menor en la campaña norteamericana para quebrar a la izquierda italiana. Fue la manera abierta en que se trabajó, sin ningún tapujo, lo que dio a todo el asunto un sello de singularidad y arrogancia —se diría incluso que de fanfarronería. La suerte del FDP comenzó a decaer con sorprendente aceleración ante una asombrosa movilización de recursos como los siguientes:
• Una campaña masiva de cartas de norteamericanos de ascendencia italiana a sus familiares y amigos en Italia —al principio escritas por los individuos con sus propias palabras, o con la guía de “cartas muestra” publicadas en periódicos, y pronto extendidas a cartas impresas y con porte pagado, cablegramas, “circulares educacionales” y afiches, que sólo requerían de una dirección y una firma. Al igual que medio millón de postales —emitidas por un grupo que se llamaba a sí mismo Comité para Ayuda a la Democracia en Italia— que ilustraban el terrible destino que esperaba a Italia si votaba por la “dictadura”, o incluso la “dictadura extranjera”.
En total se calcula que unos 10 millones de cartas y postales fueron escritas y distribuidas por periódicos, emisoras de radio, iglesias, la Legión Americana, individuos pudientes, etc.: los anuncios publicitarios de las empresas ofrecían enviar cartas a Italia incluso si las personas no compraban el producto publicitado.
Las cartas impresas contenían mensajes tales como: “Una victoria comunista arruinaría a Italia. Estados Unidos retiraría toda la ayuda y probablemente ocurriría una guerra mundial”. “Te imploramos que no entregues a nuestra hermosa Italia en manos del cruel déspota del comunismo. Norteamérica no tiene nada en contra del comunismo en Rusia [sic] pero ¿por qué imponerlo en otros pueblos, otras tierras, y de esa forma apagar la antorcha de la libertad?” “Si las fuerzas de la verdadera democracia perdieran las elecciones en Italia, el Gobierno norteamericano no enviaría más dinero al país y nosotros tampoco enviaríamos más dinero a nuestros familiares”.
• El Departamento de Estado respaldó las cartas anunciando: “Si los comunistas ganan […] no habría que considerar ningún tipo de asistencia por parte de Estados Unidos”. La izquierda italiana se sintió compulsada a asegurar a los votantes en reiteradas ocasiones que esto no sucedería en realidad, lo que provocó que los funcionarios norteamericanos, incluido el secretario de Estado George Marshall, repitieran su amenaza (Marshall recibió el Premio Nobel de la Paz en 1953).
• Se difundió una serie diaria de emisiones de onda corta hacia Italia, apoyada por el Departamento de Estado y con la participación de prominentes personalidades norteamericanas. (El Departamento de Estado estimaba que había un millón doscientos mil receptores de onda corta, en Italia en 1946.)
• Varias emisoras comerciales de radio difundieron a Italia servicios especiales que se realizaban en las iglesias católicas norteamericanas para rogar por el papa en esta “su hora más crítica”. En una estación cientos de italonorteamericanos de todas clases pronunciaron discursos de un minuto dirigidos a Italia por espacio de una semana íntegra, la emisora WOV en Nueva York invitó a las italianas que se habían casado con soldados norteamericanos durante la guerra a enviar mensajes a sus familias.
• Estados Unidos e Italia firmaron un tratado de “amistad, comercio y navegación”, válido por diez años. Fue el primer tratado de su tipo que asumió EE.UU. después de la guerra, algo que se destacó para consumo italiano.
• Un “Tren de la Amistad” recorrió EE.UU. recogiendo regalos, y luego viajó a través de Italia distribuyéndolos. El tren estaba pintado de rojo, blanco y azul, y llevaba grandes letreros que expresaban la amistad de los ciudadanos norteamericanos hacia el pueblo italiano.
• El Gobierno de EE.UU. declaró que favorecería la tutela italiana sobre algunas de sus antiguas colonias africanas, como Etiopía y Libia: una propuesta totalmente descabellada que nunca sería aceptada en el mundo de la postguerra (la URSS hizo una propuesta similar).
• Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia maniobraron en pos de que la URSS vetara por tercera vez una moción para que Italia fuese admitida en las Naciones Unidas (la primera negativa rusa se basó en que no se había firmado aún un tratado de paz con Italia. Después de la firma del mismo en 1947, plantearon que aceptarían la propuesta si se hacía miembros también a otros del bando enemigo en la guerra como Bulgaria, Hungría y Rumania).

A inicios de los 50, Grecia había sido moldeada como un cliente aliado de entera confianza para Estados Unidos. Era anticomunista de manera rabiosa y se integraba bien en el sistema de la OTAN. Envió tropas a Corea para apoyar la afirmación de EE.UU. de que no se trataba de una guerra norteamericana.
Es evidente que si la izquierda hubiese ocupado el poder, Grecia hubiera tenido una independencia mucho mayor de Estados Unidos. También habría sido independiente de la URSS, a la que la izquierda griega no debía nada. Al igual que Yugoslavia, que también comparte fronteras con la URSS, Grecia hubiera mantenido amistad con los rusos, pero habría seguido su propio rumbo.
Cuando en 1964 subió al poder un gobierno que acarició la idea novedosa de que Grecia era una nación soberana, EE.UU. y sus cohortes griegas extirparon con rapidez esta herejía.

¿Por qué la guerra de Corea no levantó las mismas protestas que la guerra de Vietnam? Todo lo que aprendimos a aborrecer y lamentar acerca de Vietnam tuvo su antecedente en Corea: el apoyo a una tiranía corrupta, las atrocidades, el napalm, la matanza masiva de civiles, las ciudades y poblados reducidos a ruinas, la manipulación de las noticias, el boicot a las conversaciones de paz. Pero el pueblo norteamericano estaba convencido de que la guerra en Corea era el bien definido caso de un país que invade a otro sin mediar provocación alguna. Un caso de malos atacando a los buenos, quienes debían ser salvados por los mejores; nada de la incertidumbre histórica, política y moral que constituyó el dilema de Vietnam. La guerra de Corea comenzó para los norteamericanos con una acción muy específica: Corea del Norte atacó a Corea del Sur en la mañana del 25 de junio de 1950, mientras que Vietnam… nadie parecía saber cómo comenzó, o por qué.
Y había poca base para hablar de “imperialismo” norteamericano en Corea. Después de todo, EE.UU. estaba peleando como parte del ejército de las Naciones Unidas. ¿Qué razón había para protestar? Y por supuesto estaba el maccarthismo, tan fuerte a inicios de los 50, que servía también para inhibir las protestas.
De hecho, había interpretaciones diferentes que se podían hacer acerca del porqué de la guerra, de cómo se estaba llevando a cabo, cómo comenzó, pero todas ellas sucumbieron con rapidez ante la fiebre guerrerista.
Poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial, la URSS y EE.UU. ocuparon Corea a fin de expulsar a los japoneses derrotados. Una línea de demarcación fue establecida entre las fuerzas rusas y norteamericanas a lo largo del paralelo 38. Su creación no tuvo nunca la intención explícita o implícita de dividir el territorio en dos países, pero pronto la Guerra fría haría su aparición.
Ambas potencias insistían en que la unificación del Norte y el Sur era la meta principal y más deseada. Sin embargo, también decidieron que esto se llevara a cabo de acuerdo con su propia imagen ideológica, y cayeron por tanto en un círculo vicioso de propuestas y contrapropuestas, acusaciones en uno y otro sentido, y tortuosas formalidades que impidieron la firma de un acuerdo en los años siguientes. Aunque tanto Moscú como Washington y sus respectivos líderes coreanos no estaban del todo en contra de la división del país (sobre la base de que medio país es mejor que ninguno), había funcionarios y ciudadanos de ambos lados que llamaban continuamente a la unificación.
Que Corea era todavía un solo país, con la unificación como meta, en el momento en que se inició la guerra, fue subrayado por el jefe de la delegación norteamericana en Naciones Unidas, Warren Austin, en una declaración que hizo poco después: “La barrera artificial que ha dividido a Corea del Sur y del Norte no tiene base para existir ni en el derecho ni en la razón. Ni las Naciones Unidas, ni su comisión sobre Corea, ni la República de Corea [Corea del Sur] reconocen esa línea. Ahora los norcoreanos, al dirigir un ataque armado a la República de Corea, han negado la realidad de tal división”.
Hubo una vez en que Estados Unidos llevó a cabo una guerra civil en la que el Norte intentó unificar por la fuerza de las armas el país dividido. ¿Acaso Corea o China o alguna otra potencia extranjera envió un ejército para masacrar norteamericanos acusando a Lincoln de agresor? ¿Por qué EE.UU. decidió desarrollar una guerra a gran escala en Corea? Sólo un año antes, en 1949, en la contienda árabe-israelí en Palestina y en la guerra entre India y Pakistán por la posesión de Cachemira, la ONU, con apoyo norteamericano, había intervenido para mediaren un armisticio, no para enviar un ejército a tomar parte y expandir la lucha. Y ambos conflictos eran de naturaleza menos adecuada al concepto de guerra civil interna que el de Corea. Si la reacción de EE.UU. y la ONU hubiera sido la misma en estos casos previos, Palestina y Cachemira podrían haber terminado convertidos en la tierra arrasada que fue el destino de Corea. Lo que los salvó, lo que mantuvo a las fuerzas armadas norteamericanas fuera, no fue otra cosa que la ausencia de comunistas en un lado del conflicto.

Durante los siguientes veinticinco años, el sha de Irán se mantuvo como el aliado más cercano de EE.UU. en todo el Tercer Mundo, a un punto que habría impactado al neutral e independiente Mossadegh. El sha colocó su país literalmente a disposición de los militares norteamericanos y de las organizaciones de inteligencia, para ser utilizado como arma de la Guerra Fría, una ventana y una puerta a la URSS, escuchas electrónicas y radares fueron ubicados cerca de la frontera soviética; la aviación norteamericana utilizaba Irán como base para realizar vuelos de vigilancia sobre la URSS; se infiltraron agentes a través de la frontera; diversas instalaciones militares estadounidenses punteaban el territorio iraní. El país era visto como un eslabón esencial en la cadena que forjaba EE.UU. para “contener’” a la URSS. En un telegrama al secretario británico actuante de Relaciones Exteriores, Dulles decía: «Pienso que si podemos movernos en coordinación con Irán de manera rápida y efectiva, cerraremos la brecha más peligrosa en la línea de Europa a Asia del sur”. En febrero de 1955, Irán se convirtió en miembro del Pacto de Bagdad, diseñado por EE.UU., en palabras de Dulles, para “crear una sólida banda de resistencia contra la Unión Soviética”.
Un año después del golpe, el Gobierno iraní completó un contrato con un consorcio internacional de compañías petroleras. Entre los nuevos socios extranjeros de Irán, los británicos perdieron los derechos exclusivos que habían disfrutado antes y se vieron reducidos a 40%. Otro 40% a manos de compañías norteamericanas, y el resto a otros países. Sin embargo, los británicos recibieron una generosa compensación por sus antiguas propiedades.
En 1958, K. Roosevelt dejó la CIA y fue a trabajar para la Gulf Oil Co., una de las firmas norteamericanas en el consorcio. Se desempeñó como director de las relaciones de la empresa con el Gobierno de EE.UU. y de otros países, y tuvo ocasión de tratar al sha. En 1960, fue nombrado vicepresidente. Luego, creó una firma consultora, Downs & Roosevelt, la cual, entre 1967 y 1970, recibió, según informes, 116 000 dólares anuales además de los gastos por sus esfuerzos en favor del Gobierno iraní. Otro cliente, la Northrop Corporation, una compañía aérea radicada en Los Angeles, pagó a Roosevelt 75 000 dólares anuales por ayudar a sus ventas en Irán, Arabia Saudita y otros países.
La CIA recurrió a su instrumento más seguro: el dinero. Para asegurar el apoyo al sha, o al menos la ausencia de oposición, la Agencia comenzó a pagar a líderes religiosos iraníes, siempre un lote caprichoso. Los pagos a los ayatollahs y mullahs comenzaron en 1953 y continuaron con regularidad hasta 1977, cuando el presidente Carter los interrumpió bruscamente. Una “fuente informada de inteligencia” estimaba que las sumas pagadas llegaban ya a los cuatrocientos millones de dólares al año, otros consideran que esa cifra es exagerada, lo que ciertamente parece. Se cree que la suspensión de los fondos entregados a los dignatarios religiosos fue uno de los elementos que precipitó el principio del fin del rey de reyes.

A Occidente no se le ha permitido nunca olvidar el Holocausto nazi. Durante cincuenta y cinco años ha existido un flujo continuo de relatos, memorias, novelas, filmes de ficción, documentales, series de televisión… estrenadas y retransmitidas en todos los idiomas; se han creado museos, erigido monumentos, organizado exhibiciones de fotos y ceremonias de recordación… ¡Nunca más! Pero ¿quién escucha las voces de los campesinos vietnamitas?, ¿quién tiene acceso a los escritos de los intelectuales vietnamitas?, ¿cuál fue la suerte de la Anna Frank vietnamita?, ¿dónde queda Vietnam?…

En 1996 se conoció que, en agosto de 1961, cuatro meses después de Bahía de Cochinos, Che Guevara se había entrevistado con Richard Goodwin, consejero especial de Kennedy, durante un encuentro internacional en Uruguay. Guevara envió un mensaje al presidente norteamericano: Cuba estaba dispuesta a abandonar cualquier alianza política con el bloque soviético, pagar en productos comerciales por las propiedades estadounidenses confiscadas y a considerar la disminución de su apoyo a los movimientos revolucionarios de izquierda en otros países a cambio del cese total de las acciones hostiles de EE.UU. contra la isla. De regreso a Washington, el consejo de Goodwin al presidente fue que “intensificara discretamente” las presiones económicas sobre Cuba. En noviembre Kennedy autorizó la Operación Mangosta.
Durante los finales de los 70 y los 80, los funcionarios del Departamento de Estado, en declaraciones a la prensa y testimonios ante el Congreso, apoyaron con solidez el reclamo indonesio de gobernar a Timor oriental (en contra del criterio de la ONU y la Comunidad Europea), y restaron importancia a las matanzas en buena medida. Mientras tanto, los omnipresentes asesores militares norteamericanos, los entrenamientos, las armas, helicópteros y todos los instrumentos necesarios para una guerra de contrainsurgencia moderna y eficiente, siguieron llegando a las manos de los militares indonesios. Puede que haya habido más, ya que Freitlin informó en varias ocasiones que los asesores norteamericanos dirigían, e incluso participaban, en los combates.

Uruguay fue en su tiempo el refugio ideal para exiliados políticos de regímenes represivos como los de Brasil, Argentina, Bolivia y Paraguay. La CIA, a través del espionaje y la infiltración en la comunidad de exiliados, recopilaba información con regularidad sobre sus actividades, vínculos, etc., para enviar a las estaciones de los países en cuestión y probablemente también a sus gobiernos, los cuales deseaban estar al tanto y no vacilaban en acosar a sus perseguidos más allá de sus fronteras.
“Otras operaciones [escribió Agee] fueron diseñadas para privar a los comunistas y otros elementos de izquierda del control de las calles, y nuestras escuadras, a menudo con la participación de policías fuera de servicio, desbarataban sus mítines y por lo general los aterrorizaban. La tortura fue utilizada por nuestros agentes de contacto en la policía al interrogar a comunistas y otros de extrema izquierda”.
La vigilancia y acoso de los diplomáticos comunistas por parte de la CIA, tal como se describió antes, era una práctica usual en la Agencia a través de todo el mundo. Esto rara vez pasaba de ser algo más que una acción refleja de la Guerra Fría: hacerles la vida difícil a los comunistas.

Un estudio de la CIA del 7 de septiembre de 1970, tres días después de la victoria electoral de Allende, concluía:
• 1.- EE.UU. no tiene intereses vitales dentro de Chile. Habría, sin embargo, pérdidas económicas tangibles.
• 2.- El equilibrio del poder militaren el mundo no se alteraría de manera significativa por el gobierno de Allende.
• 3.- No obstante, una victoria de Allende si crearía costos políticos y sicológicos considerables:
• A) La cohesión hemisférica se vería amenazada por el desafío que el gobierno de Allende implicaría para la OEA y por las reacciones que crearía en otros países.
• B) Una victoria de Allende representaría un retroceso sicológico definido para EE.UU. y un avance sicológico definido para los ideales marxistas.
Las pérdidas económicas tangibles se referían posiblemente a la esperada nacionalización de las compañías mineras norteamericanas. Esto ocurrió y no se pagó compensación alguna por la Unidad Popular que calculó que las compañías le debían dinero a Chile a causa de sus “ganancias excesivas”.

La complicidad norteamericana en el golpe de 1967 y sus consecuencias puede no llegar a ser nunca conocida en su totalidad. En los juicios efectuados en 1975 a los miembros de la junta y los torturadores, muchos testigos hicieron referencia al papel de EE.UU. Esta puede haber sido la razón para que se planease hacer una investigación de este aspecto por separado por parte de la Corte de Apelaciones griega. Pero al parecer no se informó nunca de los resultados de la misma, si llegó a llevarse a cabo. Philip Deane, tras su regreso a Grecia varios meses después de la toma del poder por los civiles, escuchó a destacados políticos decir “para conservar las buenas relaciones con EE.UU., la evidencia de la complicidad de EE.UU. no se hará pública por completo”.
Andreas Papandreou había sido arrestado en el momento del golpe y guardó prisión por ocho meses. Poco después de su liberación él y su esposa Margaret visitaron al embajador norteamericano Phillips Talbot, en Atenas. Papandreou relata lo siguiente: “Le pregunté si América podía haber intervenido la noche del golpe para impedir la muerte de la democracia en Atenas. Negó que pudieran haber hecho algo. Entonces Margaret hizo una pregunta crítica: ¿Y si hubiera sido un golpe comunista o de izquierda? Talbot respondió sin dudar: Entonces habrían intervenido, por supuesto, y habrían aplastado el golpe”.

Durante 1990 EE.UU. tuvo un papel esencial en la creación de una oficina de inteligencia sumamente secreta, con el abarcador nombre de Consejo de Seguridad Pública y Defensa Nacional. La nueva agencia fue encabezada por un hombre que había ocupado dos veces un alto ministerio en los gobiernos títeres de Noriega. Un funcionario dijo que la CIA estaba cooperando en el entrenamiento del personal de la nueva agencia y que otras formas de ayuda eran recibidas de la misión de entrenamiento policial del Departamento de Justicia norteamericano en Panamá. Según informes, una de las misiones de la agencia era reunir información sobre “individuos conflictivos”, entre los que se incluía a figuras de la oposición que organizaran demostraciones masivas. Otro blanco era la recién organizada Policía Nacional, formada por los remanentes del antiguo ejército de Noriega. “Vigilaremos a la policía [dijo un funcionario] no podemos dejar que el monstruo alce la cabeza de nuevo”. Esto dejaba abierta la pregunta de quién vigilaría a la nueva agencia. Al mismo tiempo, el Cuarto Grupo de Operaciones Psicológicas del Ejército estadounidense estableció una línea telefónica para que la gente denunciara a los partidarios de Noriega, criminales, subversivos y luchadores antinorteamericanos, que eran de inmediato arrestados y conducidos a campos de detención.
Washington insistió en que Panamá cambiara sus leyes de discreción bancaria para facilitar los esfuerzos estadounidenses de perseguir a supuestos violadores de la ley, en especial los que lavaban dinero de la droga. El controlador general de Panamá señaló que EE.UU. quería que Panamá persiguiera actos que eran considerados criminales en su país, pero no en el panameño. “No podemos cambiar todo el sistema legal por una sola cosa [la droga]”, alegó. Con el tiempo, después de numerosas amenazas de cortar la ayuda económica, Panamá firmó un tratado en abril de 1991 que daba a las autoridades norteamericanas acceso parcial a los registros bancarios panameños y el derecho a procesar individuos que depositaran ganancias ilegales provenientes de la droga. Sin embargo, los bancos extranjeros, en particular los colombianos, encontraron medios para burlar estos requerimientos y pronto estuvieron de vuelta en el negocio.
Un helicóptero norteamericano estaba ametrallando a quienes consideraba enemigos en la calle. Ernesto Cubilla estaba en la cocina de su casa. Una andanada de metralla atravesó el techo. Su hijo vino corriendo para encontrarlo tendido en un rincón. Perdió un pulmón y un riñón y sufrió daños en el hígado.

Para los estrategas de Washington, lo importante era que el Partido Socialista Búlgaro no tuvo, y no se le daría, la posibilidad de probar que una economía mixta democrática y de orientación socialista podía tener éxito en Europa del Este, mientras el modelo capitalista se derrumbaba a su alrededor. Tampoco se permitiría esto en la vecina Albania. El 31 de marzo de 1991 un gobierno comunista ganó con un margen aplastante las elecciones. Esto fue seguido de inmediato por dos meses de intranquilidad general, con manifestaciones en las calles y una huelga general que duró tres semanas y llevó al colapso final del nuevo régimen en junio. La NED había estado allí también, y entregó 80 000 dólares al movimiento obrero y 23 000 “para apoyar programas de entrenamiento y educación cívica”.

Después de la guerra, cuando el Gobierno iraquí reprimió una revuelta curda —alentada por EE.UU., pero que no apoyó luego—, Bush dijo: “Me siento frustrado cada vez que civiles inocentes son masacrados”. Era la segunda vez que EE.UU. había conducido a las ovejas curdas al sacrificio sin honrar sus compromisos. Washington también alentó a los musulmanes chiitas en Iraq a rebelarse y luego no los respaldó. Estados Unidos no buscaba auspiciar un gobierno curdo que irritara a Turquía, ni un gobierno chiita que pudiera volverse aliado de Irán o servir de inspiración a los fundamentalistas musulmanes en cualquier parte del Medio Oriente.
Los hospitales psiquiátricos y las prisiones norteamericanas alojan a muchas personas que alegan escuchar una voz en su cabeza que les ordena matar a determinadas personas, gentes a las que nunca conocieron, que nunca les hicieron ningún daño o los amenazaron. Los soldados norteamericanos fueron al Golfo Pérsico a matar al mismo tipo de personas, después de haber escuchado una voz que se los ordenaba: la de George Herbert Walker Bush.

Después de la guerra en, Iraq en 1991, EE.UU. se hizo de bases militares en Arabia Saudita; Kuwait, Bahréin, Qatar, Omán y los Emiratos Árabes Unidos. Después de la guerra en Yugoslavia en 1999, EE.UU. se hizo de bases militares en Kosovo, Albania, Bulgaria, Macedonia, Hungría, Bosnia y Croacia. Después de la guerra en Afganistán, entre el 2001 y 2002, EE.UU. se hizo de bases militares en Afganistán, Pakistán, Kazajstán, Uzbekistán, Tadzhikistán, Kirguiztán, Georgia, Yemen y Djibouli. Después de los bombardeos y la invasión a Iraq en 2003. EE.UU. se apoderó de Iraq.
No se trató de sutilezas de política exterior, ni de operaciones encubiertas. Los hombres que dirigen el imperio norteamericano no se avergüenzan con facilidad. Y es por eso que el imperio crece —una base en cada vecindad, lista para ser movilizada para acabar con cualquier amenaza al poder imperial, ya sea real o imaginada. Cincuenta y ocho años después del término de la Segunda Guerra Mundial, todavía EE.UU. tiene bases militares importantes en Alemania y Japón; cincuenta años después del término de la guerra en Corea, decenas de miles de soldados norteamericanos continúan estacionados en Corea del Sur.
La aceptación de EE.UU. de que los inspectores de armas de la ONU regresaran a Iraq en diciembre de 2002 había sido una farsa para aplacar la inesperada oposición del mundo a la planeada invasión de Washington. Tres meses de inspecciones antes de que comenzara la invasión no ofrecieron prueba alguna de la existencia de armas prohibidas. En los años 90, durante siete años los inspectores de la ONU habían encontrado y destruido grandes cantidades de armas químicas, biológicas y nucleares en Iraq. Scott Ritter, el jefe de los inspectores de la ONU en el país, afirmó en 2002: “Desde 1998 Iraq ha sido desarmada en lo fundamental: entre 90 y 95% de las armas de destrucción masiva de Iraq se han eliminado probadamente. Esto incluye todas las fábricas utilizadas para producir armas químicas, biológicas y nucleares, y misiles de largo alcance: el equipamiento asociado a estas fábricas y la gran mayoría de los productos provenientes de las mismas”. En el mismo periodo, el director de la Agencia Internacional de Energía Atómica. Mohammed El Baradei, informó que su agencia había “desmantelado grandes instalaciones relacionadas con armas nucleares. Neutralizamos el programa nuclear de Iraq. Confiscamos su material utilizable con fines bélicos. Destruimos, eliminamos o inutilizamos todas las instalaciones y equipamientos importantes para la producción de armas nucleares”.

El bombardeo norteamericano a Afganistán, comenzado el 7 de octubre de 2001 y seguido por la ocupación militar de la mayor parte del país, dio lugar a docenas de acciones terroristas contra individuos e instituciones norteamericanas, cristianas y otras occidentales, tanto en el sur de Asia como en el Medio Oriente y otras partes del mundo: sólo en Paquistán hubo una docena de ataques (incluido el secuestro y asesinato del corresponsal del Wall Street Journal, David Pearl)37 y en Bali, Indonesia, tuvo lugar el más desastroso el 12 de octubre, pues en él murieron más de ciento ochenta personas, casi todas australianas, norteamericanas y británicas: los dos sospechosos principales arrestados en ese caso dijeron haber actuado en represalia por el ataque estadounidense contra Afganistán y los musulmanes. El ataque posterior contra Iraq —una guerra que nadie deseaba excepto la mafia imperial— puede haber decidido a miles más en todo el mundo musulmán a convertirse en la próxima generación de terroristas que lleve a cabo la jihad contra el gran Satán.
¿Ha aprendido algo la élite de poder norteamericana de los frecuentes ataques terroristas de los que ha sido blanco en todos estos años? James Woolsey, ex director de la CIA y miembro del Consejo Político del Departamento de Estado, al hablar dos meses después del comienzo de los bombardeos en Afganistán, defendió una posible invasión a Iraq y mostró su menosprecio por la reacción del mundo árabe: dijo que el silencio de los pueblos árabes ante las victorias norteamericanas en Afganistán probaban que “sólo el miedo restablecerá el respeto hacia EE.UU.» De manera similar, una frase atribuida a diversos dirigentes del Imperio Romano ha sido utilizada por funcionarios de la administración Bush: oderint dum metuant: que nos odien siempre que nos teman”.
El Departamento de Estado puede haber aprendido algo. Al cumplirse un año del ataque terrorista del 11 de septiembre y posteriormente, el Departamento efectuó conferencias acerca del modo de mejorar la imagen de Norteamérica en el extranjero a fin de reducir el nivel de odio. Pero sólo quieren modificar la imagen, no incluyen un cambio de política. Y los resultados registrados por esa política son los siguientes: desde 1945 hasta 2003, EE.UU. intentó derrocar a más de cuarenta gobiernos extranjeros, y de aplastar más de treinta movimientos nacionales populares que luchaban contra regímenes intolerables. Durante el proceso EE.UU. bombardeó cerca de veinticinco países y causó la muerte a varios millones de personas, aparte de condenar a muchos millones más a una vida de agonía y desesperación.
La idea es crear un entorno antiterrorista global [dijo al New York Times un alto funcionario del Departamento de Defensa en 2003] de modo que en 20 o 30 años el terrorismo será como la trata de esclavos, una total vergüenza”. El mundo sólo puede preguntarse cuándo las guerras de agresión norteamericanas, que disparan misiles en el corazón de una ciudad y utilizan uranio empobrecido y bombas de fragmentación contra la población serán una vergüenza total. De hecho ya lo son, pero EE.UU. que se dedica a la guerra con la misma intensidad con que otras naciones se esfuerzan por sobrevivir, no lo sabe aún. En lugar de eso practica la guerra perpetua por la paz perpetua.

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During the early days of the war in Vietnam, a Vietnamese officer told his American prisoner: “After World War II you were heroes to us. We read American books and watched American movies and it was very common in those days to say that you were ‘as rich and as wise as an American’. What happened?».
The same question could have been asked by a Guatemalan, an Indonesian or a Cuban during the previous decade, or by a Uruguayan, a Chilean or a Greek in the following decade. The credibility and admiration that the United States inspired at the end of World War II faded country by country, intervention by intervention. The opportunity to build a new world on the ruins of war, to lay foundations for peace, prosperity and justice, collapsed under the infamous weight of anti-communism.
Former Chinese Premier Chou En-lai once observed: «One of the delights about Americans is that they have absolutely no historical memory».

A systematic chronicle of more than 50 documented U.S. interventions into the affairs of countries across the globe, including but not limited to China, Italy, Germany, The Philippines, Korea, Albania, Iran, Guatemala, Costa Rica, Syria, Indonesia, British Guiana, Vietnam, Cambodia, Laos, Haiti, France, Ecuador, Congo, Brazil, Peru, Dominican Republic, Cuba, Gana, Uruguay, Chile, Greece, Bolivia, Iraq, Australia, Angola, Zaire, Jamaica, Grenada, Morocco, Suriname, Libya, Nicaragua, Panama.
Obviously, the circumstances and level of U.S. involvement varies in every case and every intervention you talk about. Some are borderline cases of real politik gone a bit too far, but many more are blatant campaigns of destruction built on very willful lies.
As a child of the 90s, my instruction about U.S. military history was basically: WWII, then Korea, then Vietnam, Desert Storm, all with a mostly non-violent though potentially disastrous Cold War looming in the background.
The tapestry that Blum weaves with these disparate stories is quite different. It is a 20th century virtually defined by American interference and warmongering. In the same way that the nebulous threat of Islamic fundamentalism is used to justify wars today in the middle east, it’s clear that the Cold War communism phobia was a coordinated bit of hand-waving to distract the voting public from actions taken in the interest of American commercialism and capitalist expansion. This includes the often brutal client regimes put in place to facilitate the conditions for this economic exploitation.
In most cases, the governments that were being toppled by the CIA and the Pentagon were less dominoes in the expansion of international communism than they were earnest attempts for post-colonial states to implement badly-needed social and land reforms. Countries that didn’t want to align with either the Soviet Union or the United States, but which wanted merely to focus on their own internal affairs, were targeted for destruction. Many of them were also democratically elected, which more than anything exposes the truth of the lie that the United States was attempting to export American values.
What would be funny if it wasn’t so tragic is the tremendous failure rate of CIA interventions. Often by installing right-wing client regimes, they wind up radicalizing opposition groups, like in Iran for example. Or sometimes the mad dogs that they train, like the mujaheddin in Afghanistan, wind up turning on the United States in spectacular ways.
Contemporary news items like the release of the CIA torture report suddenly don’t seem quite so surprising when viewed in the context of decades of political corruption, mass murder, and repression. Blum’s exhaustive research makes this conclusion nearly inevitable.
Just in terms of pure readability, I have to confess that this book is somewhat wanting. I liked that it was broken up into specific interventions that could be consumed in anywhere from 20-40 minutes. But the staccato nature of the writing, jumping from place to place does get in the way of a larger narrative that he could tell.

The Chinese went to great lengths to publicize their claim that the United States, particularly between January and March 1952, had spread large numbers of bacteria and insect hosts over Korea and northeast China. They presented testimony from 38 captured US airmen who had transported that lethal cargo. Many of them gave details of the operation: the types of bombs and other containers used, the types of insects, the diseases they carried, etc. At the same time, photographs of the alleged germ bombs and insects were published. Then, in August, an International Scientific Committee was created, made up of specialists from Sweden, France, Great Britain, Italy, Brazil and the Soviet Union. After an investigation in China of more than two months, the committee delivered a report of nearly six hundred pages, with numerous photos and the following conclusion: “The people of Korea and China have undoubtedly been the target of bacteriological weapons. These were used by units of the United States armed forces, using a variety of methods, some of which appear to have been developed from those applied by the Japanese in World War II.
The last reference alludes to the germ warfare experiments carried out by the Japanese against China between 1940 and 1942. The Japanese scientists responsible for this program were captured by the United States in 1945, and granted immunity in exchange for giving technical information to the Research Center. Army Biological Research at Fort Detrick, Maryland. The Chinese were aware of this at the time of the International Scientific Committee investigation.
In March 1966, Secretary of State Dean Rusk spoke before a congressional committee about US policy toward China. Mr. Rusk was apparently perplexed as «at times the Chinese communist leaders seem to be obsessed with the idea that they are being threatened and harassed.» He spoke of China’s «imaginary, almost pathological idea» «that the United States and other countries around its borders are looking for an opportunity to invade China and destroy the Peiping [Beijing] regime.» The secretary added:

How much is genuine in Peiping’s «fear» of the United States and how much is artificially induced for domestic political purposes is only known by the Chinese Communist leaders themselves. I am convinced, however, that their desire to expel our influence and activity from the West Pacific and Southeast Asia is not motivated by fear that we constitute a threat to them.

In the last month of the 1948 election campaign, the Times announced that the possible victory of the left would be «the beginning of the catastrophe.»
“It was above all this fear [William Colby, former CIA director, has written] that led to the formation of the Office of Policy Coordination, which gave the CIA the ability to take on political, propaganda, and paramilitary operations in the first place. place». But covert operations, at least as far as is known, played a relatively minor role in the US campaign to break up the Italian left. It was the open way in which it worked, without any hesitation, that gave the whole thing a stamp of singularity and arrogance—one might even say boastful. The fortunes of the FDP began to decline with surprising acceleration in the face of an astonishing mobilization of resources such as the following:
• A massive campaign of letters from Americans of Italian descent to their relatives and friends in Italy—at first written by individuals in their own words, or guided by “sample letters” published in newspapers, and soon extended to printed letters and with postage paid, cablegrams, «educational circulars» and posters, which only required an address and a signature. Like half a million postcards—issued by a group calling itself the Committee for Aid to Democracy in Italy—illustrating the dire fate awaiting Italy if it voted for “dictatorship,” or even “foreign dictatorship.” ”.
In total, it is estimated that some 10 million letters and postcards were written and distributed by newspapers, radio stations, churches, the American Legion, wealthy individuals, etc.: company advertisements offered to send letters to Italy even if people They did not buy the advertised product.
The printed letters contained messages such as: “A Communist victory would ruin Italy. The United States would withdraw all aid and a world war would probably occur.” “We implore you not to deliver our beautiful Italy into the hands of the cruel despot of communism. America has nothing against communism in Russia [sic] but why impose it on other peoples, other lands, and thereby extinguish the torch of freedom? «If the forces of true democracy lost the elections in Italy, the US government would not send more money to the country and we would not send more money to our families.»
• The State Department endorsed the letters by announcing: “If the communists win . . . no assistance from the United States should be considered.” The Italian left felt compelled to repeatedly reassure voters that this would not actually happen, prompting US officials, including Secretary of State George Marshall, to repeat their threat (Marshall received the Nobel Peace Prize in 1953).
• A daily series of shortwave broadcasts was broadcast to Italy, supported by the State Department and with the participation of prominent American personalities. (The State Department estimated that there were one million two hundred thousand shortwave receivers in Italy in 1946.)
• Various commercial radio stations broadcast to Italy special services being held in North American Catholic churches to pray for the pope in this “his most critical hour for him”. On one station hundreds of Italian-Americans of all walks of life gave one-minute speeches to Italy for a whole week, WOV station in New York invited Italian women who had married American soldiers during the war to send messages to their families .
• The United States and Italy signed a «friendship, trade and navigation» treaty, valid for ten years. It was the first treaty of its kind to be taken up by the US after the war, something that stood out for Italian consumption.
• A “Friendship Train” toured the US collecting gifts, then traveled through Italy distributing them. The train was painted red, white, and blue, and carried large signs expressing the friendship of American citizens for the Italian people.
• The US Government declared that it would favor Italian tutelage over some of its former African colonies, such as Ethiopia and Libya: a totally crazy proposal that would never be accepted in the post-war world (the USSR made a similar proposal).
• The United States, Great Britain and France maneuvered for the USSR to veto for the third time a motion for Italy to be admitted to the United Nations (the first Russian refusal was based on the fact that a peace treaty with Italy had not yet been signed). After the signing of the same in 1947, they stated that they would accept the proposal if other members of the enemy side in the war were also made members, such as Bulgaria, Hungary and Romania).

By the early 1950s, Greece had been cast as a trusted client ally for the United States. He was rabidly anti-communist and integrated well into the NATO system. She sent troops to Korea to support the US claim that it was not an American war.
It is evident that if the left had been in power, Greece would have had a much greater independence from the United States. She would also have been independent from the USSR, to which the Greek left owed nothing. Like Yugoslavia, which also shares borders with the USSR, Greece would have remained friendly with the Russians, but would have gone its own way.
When a government came to power in 1964 that cherished the novel idea that Greece was a sovereign nation, the US and its Greek cohorts quickly rooted out this heresy.

Why didn’t the Korean War raise the same protests as the Vietnam War? Everything we learned to loathe and regret about Vietnam had its antecedents in Korea: support for corrupt tyranny, atrocities, napalm, mass killing of civilians, cities and towns reduced to ruins, news manipulation, the boycott of the peace talks. But the American people were convinced that the war in Korea was a well-defined case of one country invading another without provocation. A case of the bad guys attacking the good guys, who had to be saved by the best guys; none of the historical, political, and moral uncertainty that was the dilemma of Vietnam. The Korean War began for Americans with a very specific action: North Korea attacked South Korea on the morning of June 25, 1950, while Vietnam… no one seemed to know how it started, or why.
And there was little basis for talk of US «imperialism» in Korea. After all, the US was fighting as part of the United Nations military. What reason was there to protest? And of course there was McCarthyism, so strong in the early 1950s, which also served to inhibit protests.
In fact, there were different interpretations that could be made about why the war was taking place, how it was being carried out, how it started, but all of them quickly succumbed to war fever.
Shortly after World War II ended, the USSR and the US occupied Korea in order to expel the defeated Japanese. A demarcation line was established between Russian and American forces along the 38th parallel. Its creation was never intended to divide the territory into two countries, either explicitly or implicitly, but the Cold War would soon make its appearance.
Both powers insisted that the unification of North and South was the main and most desired goal. However, they also decided that this should be carried out in accordance with their own ideological image, and thus fell into a vicious circle of proposals and counterproposals, accusations in both directions, and tortuous formalities that prevented the signing of an agreement in The next years. Although both Moscow and Washington and their respective Korean leaders were not entirely against dividing the country (on the grounds that half a country is better than none), there were officials and citizens on both sides continually calling for unification.
That Korea was still a single country, with unification as its goal, at the time the war began, was underlined by the head of the US delegation to the United Nations, Warren Austin, in a statement he made shortly afterwards: «The The artificial barrier that has divided North and South Korea has no basis for existence either in law or reason. Neither the United Nations, nor its commission on Korea, nor the Republic of Korea [South Korea] recognize that line. Now the North Koreans, by leading an armed attack on the Republic of Korea, have denied the reality of such a division».
There was a time when the United States waged a civil war in which the North attempted to unify the divided country by force of arms. Did Korea or China or some other foreign power send an army to massacre Americans accusing Lincoln of being an aggressor? Why did the US decide to wage a full-scale war in Korea? Only a year earlier, in 1949, in the Arab-Israeli conflict in Palestine and in the war between India and Pakistan for possession of Kashmir, the UN, with American support, had intervened to mediate an armistice, not to send an army to take part and expand the fight. And both conflicts were of a nature less suited to the concept of internal civil war than the one in Korea. Had the US and UN reaction been the same in these previous cases, Palestine and Kashmir might have ended up as the scorched earth that was Korea’s destiny. What saved them, what kept the US military out, was none other than the absence of communists on one side of the conflict.

For the next twenty-five years, the Shah of Iran remained America’s closest ally in the entire Third World, to a point that would have shocked the neutral and independent Mossadegh. The shah placed his country literally at the disposal of the American military and intelligence organizations, to be used as a weapon of the Cold War, a window and a door to the USSR, electronic listening and radar were placed near the border soviet; US aviation used Iran as a base to carry out surveillance flights over the USSR; agents infiltrated across the border; various US military installations dotted Iranian territory. The country was seen as an essential link in the chain that the US was forging to «contain» the USSR. In a telegram to the Acting British Foreign Secretary, Dulles said: «I think that if we can move in coordination with Iran quickly and effectively, we will close the most dangerous breach in the line from Europe to South Asia.» In February 1955 Iran became a member of the Baghdad Pact, designed by the US, in Dulles’s words, to «create a solid resistance band against the Soviet Union.»
A year after the coup, the Iranian government completed a contract with an international consortium of oil companies. Among Iran’s new foreign partners, the British lost the exclusive rights they had previously enjoyed and were reduced to 40%. Another 40% at the hands of North American companies, and the rest to other countries. However, the British received generous compensation for their former estates.
In 1958, K. Roosevelt left the CIA and went to work for the Gulf Oil Co., one of the American firms in the consortium. He served as director of the company’s relations with the US government and other countries, and had the opportunity to talk to the shah. In 1960, he was named vice president. Later, he created a consulting firm, Downs & amp; Roosevelt, which, between 1967 and 1970, reportedly received $116,000 a year in addition to expenses for his efforts on behalf of the Iranian government. Another client, the Northrop Corporation, an airline based in Los Angeles, paid Roosevelt $75,000 a year to help its sales in Iran, Saudi Arabia and other countries.
The CIA resorted to its safest instrument: money. To ensure the shah’s support, or at least the absence of opposition, the Agency began paying Iranian religious leaders, always a capricious lot. Payments to the ayatollahs and mullahs began in 1953 and continued regularly until 1977, when President Carter abruptly stopped them. An «informed intelligence source» estimated that the sums paid were already reaching four hundred million dollars a year, others consider that figure to be exaggerated, which it certainly seems. It is believed that the suspension of funds given to religious dignitaries was one of the elements that precipitated the beginning of the end of the king of kings.

The West has never been allowed to forget the Nazi Holocaust. For fifty-five years there has been a continuous flow of stories, memoirs, novels, fiction films, documentaries, television series… premiered and broadcast in all languages; museums have been created, monuments erected, photo exhibitions and remembrance ceremonies organized… Never again! But who listens to the voices of the Vietnamese peasants? Who has access to the writings of Vietnamese intellectuals? What was the fate of the Vietnamese Anne Frank? Where is Vietnam?…

In 1996 it became known that, in August 1961, four months after the Bay of Pigs, Che Guevara had met with Richard Goodwin, Kennedy’s special adviser, during an international meeting in Uruguay. Guevara sent a message to the US president: Cuba was willing to abandon any political alliance with the Soviet bloc, pay in commercial products for confiscated US properties, and consider reducing its support for leftist revolutionary movements in other countries in exchange for the cessation of total US hostile actions against the island. Back in Washington, Goodwin’s advice to the president was to «quietly escalate» economic pressures on Cuba. In November Kennedy authorized Operation Mongoose.
During the late 1970s and 1980s, State Department officials, in statements to the press and testimony before Congress, strongly supported the Indonesian claim to rule East Timor (against UN and Commonwealth criteria). Union), and downplayed the killings to a large extent. Meanwhile, the ubiquitous US military advisors, training, weapons, helicopters, and all the instruments necessary for modern and efficient counterinsurgency warfare continued to trickle into the hands of the Indonesian military. There may have been more, since Freitlin repeatedly reported that American advisers were directing, and even participating in, the fighting.

Uruguay was in its time the ideal refuge for political exiles from repressive regimes such as those of Brazil, Argentina, Bolivia and Paraguay. The CIA, through espionage and infiltration of the exile community, regularly collected information about their activities, links, etc., to send to stations in the countries concerned and probably also to their governments, who wanted to be aware and did not hesitate to harass their persecuted beyond their borders.
“Other operations [wrote Agee] were designed to deprive communists and other leftist elements of control of the streets, and our squads, often involving off-duty police, disrupted their rallies and generally terrorized them. Torture was used by our contact officers in the police when interrogating communists and other extreme leftists.”
Surveillance and harassment of communist diplomats by the CIA, as described above, was common practice in the Agency throughout the world. This rarely went beyond being more than a Cold War reflex action: making life difficult for the communists.

A CIA study of September 7, 1970, three days after Allende’s electoral victory, concluded:
• 1.- The US has no vital interests in Chile. There would, however, be tangible economic losses.
• 2.- The balance of military power in the world would not be significantly altered by the Allende government.
• 3.- However, an Allende victory would create considerable political and psychological costs:
• A) Hemispheric cohesion would be threatened by the challenge that the Allende government would imply for the OAS and by the reactions it would create in other countries.
• B) A victory for Allende would represent a definite psychological setback for the US and a definite psychological advance for Marxist ideals.
The tangible economic losses possibly related to the expected nationalization of the North American mining companies. This happened and no compensation was paid by the Unidad Popular which calculated that the companies owed Chile money because of their “excess profits”.

US complicity in the 1967 coup and its aftermath may never be fully known. In the 1975 trials of the junta members and the torturers, many witnesses made reference to the US role. This may have been the reason why a separate investigation of this aspect by the Court was planned. of Greek Appeals. But apparently the results of it were never reported, if it ever took place. Philip Deane, after his return to Greece several months after the civilian takeover, heard leading politicians say “in order to preserve good relations with the US, evidence of US complicity will not be made fully public.»
Andreas Papandreou had been arrested at the time of the coup and was imprisoned for eight months. Shortly after his release he and his wife Margaret visited US Ambassador Phillips Talbot in Athens. Papandreou recounts the following: “I asked him if America could have intervened the night of the coup to prevent the death of democracy in Athens. He denied that they could have done anything. Then Margaret asked a critical question: What if it had been a communist or leftist coup? Talbot answered without hesitation: Then they would have intervened, of course, and crushed the blow.

During the 1990s, the US played a key role in creating a highly secret intelligence office, under the umbrella name of the National Defense and Public Security Council. The new agency was headed by a man who had twice held a top ministry in Noriega’s puppet governments. One official said the CIA was cooperating in training the new agency’s personnel and that other forms of assistance were being received from the US Justice Department’s police training mission in Panama. According to reports, one of the agency’s missions was to gather information on «troubled individuals,» including opposition figures organizing mass demonstrations. Another target was the newly organized National Police, made up of the remnants of Noriega’s old army. «We will watch the police [an official said] we cannot let the monster rear its head again.» This left open the question of who would watch over the new agency. At the same time, the US Army’s Fourth Psychological Operations Group set up a hotline for people to report Noriega supporters, criminals, subversives, and anti-American fighters, who were promptly arrested and taken to detention camps.
Washington insisted that Panama change its banking discretion laws to facilitate US efforts to go after suspected lawbreakers, especially those laundering drug money. The controller general of Panama pointed out that the US wanted Panama to prosecute acts that were considered criminal in his country, but not in Panama. «We cannot change the entire legal system for one thing [drugs],» he argued. Eventually, after numerous threats to cut off economic aid, Panama signed a treaty in April 1991 that gave US authorities partial access to Panamanian bank records and the right to prosecute individuals who deposited illegal drug proceeds. However, foreign banks, particularly Colombian ones, found ways to circumvent these requirements and were soon back in business.
An American helicopter was machine-gunning those it considered enemies in the street. Ernesto Cubilla was in the kitchen of his house. A volley of shrapnel tore through the ceiling. His son came running to find him lying in a corner. He lost a lung and a kidney and suffered liver damage.

For the strategists in Washington, the important thing was that the Bulgarian Socialist Party did not have, and would not be given, the chance to prove that a democratic and socialist-oriented mixed economy could succeed in Eastern Europe, while the capitalist model was collapsing. around it. Nor would this be allowed in neighboring Albania. On March 31, 1991, a communist government won the elections with an overwhelming margin. This was immediately followed by two months of general unrest, with street demonstrations and a general strike that lasted three weeks and led to the final collapse of the new regime in June. The NED had been there too, giving $80,000 to the labor movement and $23,000 «to support civic education and training programs».

After the war, when the Iraqi government suppressed a Kurdish revolt – encouraged by the US, but later not supported – Bush said: «I get frustrated every time innocent civilians are massacred.» It was the second time the US had led Kurdish sheep to slaughter without honoring its commitments. Washington also encouraged Shia Muslims in Iraq to revolt and then did not back them. The United States was not looking to sponsor a Kurdish government that would rankle Turkey, or a Shia government that might become an ally of Iran or inspire Muslim fundamentalists anywhere in the Middle East.
Mental hospitals and prisons in America house many people who claim to hear a voice in their head telling them to kill certain people, people they have never met, who have never harmed or threatened them. American soldiers went to the Persian Gulf to kill the same kind of people, after hearing a voice ordering them: George Herbert Walker Bush.

After the war in Iraq in 1991, the US acquired military bases in Saudi Arabia; Kuwait, Bahrain, Qatar, Oman and the United Arab Emirates. After the war in Yugoslavia in 1999, the US established military bases in Kosovo, Albania, Bulgaria, Macedonia, Hungary, Bosnia and Croatia. After the war in Afghanistan, between 2001 and 2002, the US acquired military bases in Afghanistan, Pakistan, Kazakhstan, Uzbekistan, Tajikistan, Kyrgyzstan, Georgia, Yemen and Djibouli. After the bombing and invasion of Iraq in 2003, the US took over Iraq.
It wasn’t about foreign policy niceties, or covert operations. The men who run the American empire are not easily embarrassed. And that’s why the empire grows—a base in every neighborhood, ready to be mobilized to put down any threat to imperial power, real or imagined. Fifty-eight years after the end of World War II, the US still has major military bases in Germany and Japan; Fifty years after the end of the Korean War, tens of thousands of American soldiers are still stationed in South Korea.
The US agreement to return UN weapons inspectors to Iraq in December 2002 had been a sham to placate unexpected world opposition to Washington’s planned invasion. Three months of inspections before the invasion began offered no evidence of the existence of prohibited weapons. In the 1990s, for seven years UN inspectors had found and destroyed large quantities of chemical, biological and nuclear weapons in Iraq. Scott Ritter, the chief UN inspector in the country, stated in 2002: “Since 1998 Iraq has been fundamentally disarmed: between 90 and 95% of Iraq’s weapons of mass destruction have been proven eliminated. This includes all the factories used to produce chemical, biological and nuclear weapons and long-range missiles: the equipment associated with these factories and the vast majority of the products that come from them.” In the same period, the director of the International Atomic Energy Agency. Mohammed ElBaradei reported that his agency had “dismantled large facilities related to nuclear weapons. We neutralized Iraq’s nuclear program. We confiscate your usable material for war purposes. We destroy, eliminate or disable all facilities and equipment important for the production of nuclear weapons».

The US bombing of Afghanistan, beginning on October 7, 2001 and followed by the military occupation of most of the country, led to dozens of terrorist actions against American, Christian and other Western individuals and institutions, both in South Asia as in the Middle East and other parts of the world: in Pakistan alone there were a dozen attacks (including the kidnapping and murder of Wall Street Journal correspondent David Pearl)37 and in Bali, Indonesia, the most disastrous took place on 12 December. October, as more than 180 people died in it, almost all Australians, Americans and British: the two main suspects arrested in that case said they acted in retaliation for the US attack on Afghanistan and Muslims. The subsequent attack on Iraq—a war that no one but the imperial mafia wanted—may have determined thousands more throughout the Muslim world to become the next generation of terrorists to wage jihad against the great Satan.
Has the US power elite learned anything from the frequent terrorist attacks it has been the target of over the years? James Woolsey, former CIA director and member of the State Department’s Policy Council, speaking two months after the start of the bombing in Afghanistan, defended a possible invasion of Iraq and showed his contempt for the reaction of the Arab world: he said that the silence of the Arab peoples in the face of American victories in Afghanistan proved that «only fear will restore respect for the United States.» Similarly, a phrase attributed to various leaders of the Roman Empire has been used by Bush administration officials: oderint dum metuant: let them hate us whenever they fear us”.
The State Department may have learned something. One year after the 9/11 terrorist attack and beyond, the Department held conferences on how to improve America’s image abroad in order to reduce the level of hate. But they only want to modify the image, they do not include a change of policy. And the results recorded by that policy are as follows: from 1945 to 2003, the US attempted to overthrow more than forty foreign governments, and to crush more than thirty popular national movements fighting intolerable regimes. In the process, the US bombed nearly twenty-five countries, killing several million people, as well as condemning many millions more to a life of agony and despair.
The idea is to create a global counterterrorism environment [a senior Defense Department official told the New York Times in 2003] so that in 20 or 30 years terrorism will be like the slave trade, a total disgrace». The world can only wonder when American wars of aggression, firing missiles into the heart of a city and using depleted uranium and cluster bombs against the population, will be a total disgrace. In fact, they already are, but the US, which is engaged in war with the same intensity as other nations are struggling to survive, does not know it yet. Instead he practices perpetual war for perpetual peace.

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