Hitler Y Las Teorías De La Conspiración. El Tercer Reich Y La Conspiración Paranoide — Richard J. Evans / The Hitler Conspiracies: The Third Reich and the Paranoid Imagination by Richard J. Evans

La idea de que en la historia nada sucede por azar, de que nada es en realidad lo que parece ser a primera vista, de que todo lo que ocurre es el resultado de las maquinaciones secretas de grupos malignos que lo manipulan todo entre bambalinas es tan vieja como la historia misma. Pero en el siglo XXI las teorías de la conspiración parecen resultar cada día más populares y habituales. Las potencia el ascenso de internet y las redes sociales; las posibilita la influencia menguante de quienes solían actuar como porteros de la opinión: los editores de prensa y de libros; y las fomenta la incertidumbre que rodea en nuestros días a la verdad y la falsedad, según se encarna en el concepto perverso de los «hechos alternativos».
Las teorías conspirativas no eran del todo ajenas al mundo de los nazis. Los historiadores han identificado algunas que entienden que influyeron en Hitler, otras que él habría dirigido y, por último, algunas en las que él habría tomado parte activa. El presente libro, trata sobre cómo la imaginación paranoide se ha centrado en Hitler y los nazis.

En Hitler y las teorías de la conspiración, Evans relata la historia de cinco teorías de las que más se ha hablado sobre Hitler y la Alemania nazi, demuele su credibilidad y evalúa su importancia duradera en el mundo actual. Estas cinco teorías analizadas en este libro son; fueron los Protocolos de Elder Zion una orden para el genocidio de los judíos europeos, fue el ejército alemán «apuñalado por la espalda» en 1918, el incendio del Reichstag, ¿por qué Rudolf Hess viajó a Gran Bretaña (mi favorito) y, por último, ¿Hitler sobrevivió al búnker? y escapar a Argentina.
Evans inspecciona cuidadosamente este puñado de delirios y engaños frecuentemente nocivos para revelar el funcionamiento de la «imaginación paranoica» y mostrar cómo la mentalidad conspirativa se arraiga y crece. Para Evans, algunos individuos no pueden aceptar el papel del azar en los grandes acontecimientos mundiales. «Las desconcertantes complejidades de la política y la sociedad se reducen a una fórmula simple que todos pueden entender». Una táctica de la teoría de la conspiración es etiquetar en negro a los historiadores que no aceptan sus puntos de vista como «oficiales» o que los escritores «tradicionalistas» estén al tanto de distorsionar la verdad. Lo interesante de la teoría de la conspiración es que se centra en los detalles minuciosos, pero, en contraste, los teóricos de la conspiración tienden a desproporcionar cualquier pequeña prueba que parezca respaldar sus ideas o tratar de conectar eventos sin ningún vínculo.
Para el lector, Evans ha tenido que desenredar los nudos de hechos, especulaciones, ilusiones y (a veces) mentiras descaradas que se encuentran en libros, panfletos, artículos, sitios web y películas de Hollywood equivocados que generalmente mantienen un control tenue sobre la racionalidad. Su sección final, sobre la supuesta fuga de Adolf Hitler de su búnker de Berlín en 1945, nos lleva al corazón mismo de la oscuridad conspiracionista. Dejándonos al final del libro para investigar adecuadamente cuál es la naturaleza de la verdad.

Los protocolos de los sabios de Sion, un breve tratado que vio la luz inicialmente en los primeros años del siglo XX, es quizá una de las publicaciones más infames de todos los tiempos. «Hasta nuestros días», sostiene Michael Butter, reputado estudioso de las teorías de la conspiración, sigue siendo «el texto esencial sobre la conspiración mundial de los judíos» porque «ayudó a crear una atmósfera que acabó desembocando en el genocidio de los judíos europeos». En su estudio clásico sobre los orígenes y la influencia del tratado, Norman Cohn defendía que este había supuesto una justificación explícita del exterminio nazi de los judíos, y así lo recoge en el propio título de su ensayo.
Representó la expresión más influyente de la teoría según la cual los judíos habían emprendido una conspiración mundial con el fin de derribar la sociedad y sus instituciones —una teoría que desembocaría directamente en el Holocausto, en buena medida por la influencia que ejerció sobre Adolf Hitler—, no es de extrañar que historiadores y filólogos expertos en el análisis textual hayan dedicado una multitud de estudios al tratado. Además, en comparación con los tiempos de Cohn, ahora poseemos una documentación mucho más completa sobre los puntos de vista de Hitler, tanto de forma directa, por medio de ediciones de las obras hitlerianas, como indirecta, gracias a publicaciones nuevas como los diarios de Goebbels.
El documento que suele conocerse con el nombre de Los protocolos de los sabios de Sion se titula, con mayor precisión, Informes de los «sabios de Sion» sobre los encuentros mantenidos en el Primer Congreso Sionista, celebrado en Basilea, en 1897; por «protocolos», esencialmente, debemos entender «actas». Tal congreso se celebró en realidad, pero el documento sugiere que además dio lugar a encuentros sumamente secretos, mantenidos entre bambalinas. En este período de su historia, el sionismo era un movimiento minúsculo, un recién nacido —apenas conocido siquiera entre los propios círculos judíos— que aspiraba a animar a los judíos a mudarse a Palestina, que por entonces era un feudo del imperio otomano. En la década de 1920 todavía no había adquirido relevancia entre la opinión pública en general. Era, pues, fácil que una mayoría de los lectores interpretara que el Primer Congreso Sionista era ni más ni menos que una asamblea colectiva de la comunidad judía mundial, aunque de hecho tal cosa no existía.
Los «protocolos» documentan un total de veinticuatro sesiones, resumidas mediante una serie extensa de párrafos muy breves. Empiezan afirmando que en todas partes los adeptos del mal son más numerosos que los del bien y el mundo está regido por la fuerza y el dinero. Como «nosotros» —léase: «los judíos»— controlamos el dinero mundial, por lo tanto, controlamos el mundo. La ley que vale es la ley del más fuerte y para gobernar a las masas ciegas debemos actuar sin restricciones morales. Optaremos, pues, por los métodos del terror y el engaño y, para hacernos con el poder, destruiremos los privilegios de la aristocracia e impondremos en su lugar el gobierno de nuestros banqueros e intelectuales. Como también dominamos la prensa, podremos socavar las creencias que garantizan la estabilidad social…
Los protocolos es un documento farragoso, caótico y mal estructurado, que difícilmente se puede considerar como un ejemplo destacable de retórica antisemita multitudinaria. Se expresa en un lenguaje abstracto, es sumamente repetitivo y está lleno de contradicciones; la más llamativa, quizá, la referencia constante a la masonería en los encabezamientos de las subsecciones, sin que luego el texto se ocupe en efecto de los masones. En algunos puntos se habla de una revolución mundial general; en otros, el documento da por sentado que la revolución se producirá tan solo dentro de un Estado. Entre las excentricidades del texto figura la afirmación de que los judíos colmarán de explosivos los túneles de construcción de los metros —el ferrocarril subterráneo fue una iniciativa típica de la época, en muchas de las principales ciudades del mundo— y los detonarán todos si creen estar en peligro.
De Los protocolos cabe extraer, aunque no sin dificultad en algunos casos, unos pocos principios generales, entre ellos las ideas de que (1) ha existido y existe un grupo organizado de «sabios» judíos que conspiran, en una escala global, con el fin de socavar sistemáticamente las bases de la sociedad y levantar en su lugar una dictadura judía; (2) esto se logra por medio de la proliferación de ideologías divisivas, a saber: el liberalismo, el republicanismo, el socialismo y el anarquismo; (3) estos judíos organizados controlan la prensa y la economía y están utilizando su poder para empobrecer la sociedad y debilitar sus valores esenciales; (4) bajo la superficie de la forma en que percibimos tanto la vida cotidiana como las instituciones políticas y las estructuras económicas se oculta un poder maligno; (5) lo que creemos que es progresista y democrático, ya sea la ampliación del sufragio activo o la difusión de las instituciones liberales, es en realidad una táctica más de la conspiración mundial de los judíos para hacerse con el poder sobre el mundo no judío; (6) las guerras no se producen por conflictos de objetivos y creencias entre países distintos, sino, una vez más, por las maquinaciones de los «sabios de Sion»; y (7), de forma implícita, la idea de que antagonismos aparentemente muy arraigados —como el que enfrentaba a socialistas y capitalistas— también son obra de una conspiración judía que busca minar la sociedad no judía creando divisiones internas que la corroan.
Hitler mencionó Los protocolos por primera vez en las notas que preparó para un mitin celebrado el 12 de agosto de 1921. Según una noticia referida al discurso que pronunció en Rosenheim (sur de Baviera) el 19 de agosto de 1921, «Hitler muestra, con el libro de Los sabios de Sion, redactado en el Congreso Sionista de Basilea en 1897, que los semitas siempre han tenido y siempre tendrán como objetivo imponer su dominio por cualquier medio a su alcance». Ahora bien, en la biblioteca privada de Hitler, que acabó albergando más de 16.000 volúmenes, no había ningún ejemplar de Los protocolos. En realidad, que hubiera figurado allí tampoco habría sido una prueba de que lo había leído, puesto que casi todos los volúmenes de esa colección, sin lugar a dudas, no se llegaron a abrir nunca.
Según ha comentado Norman Cohn, el mito de la conspiración mundial «alcanzó su formulación más coherente y letal en el preciso momento en que los judíos, de hecho, estaban más divididos que nunca: entre ortodoxos y reformados, practicantes e indiferentes, creyentes y agnósticos, asimilacionistas y sionistas», por no hablar de las diferencias de clase o lealtad política y nacional. Los protocolos y el mito de la conspiración mundial de los judíos, a la postre, tenían «poco que ver con las personas reales, las situaciones reales y los conflictos reales del mundo moderno», algo que ya le resultaba evidente, al menos a posteriori.
El impacto de Los protocolos sobre Hitler y los nazis fue indirecto, más que directo. Establecer paralelismos entre la persecución antisemita de los nazis y las panaceas divulgadas por Los protocolos no resulta convincente, sobre todo a la luz de los contenidos del documento; e incluso si hubiera tales paralelismos, esto por sí solo no bastaría para demostrar que las acciones nazis eran resultado de la lectura de la obra. De hecho, los nazis no consideraron que el documento fuera ninguna revelación, sino que interpretaron su existencia como una confirmación de lo que ya sabían.

Una razón fundamental por la que la primera guerra mundial no logró aportar paz y estabilidad a Europa y el mundo en general fue que los alemanes se negaron a aceptar el hecho de que habían perdido. Las condiciones que se les obligó a aceptar en el tratado de paz tampoco ayudaron. Pero no solo las consecuencias de la guerra resultaron ser inaceptables; también lo fue el hecho de la derrota en sí. Esta supuso un terremoto para la población alemana. Algunos historiadores han sugerido que la derrota cayó en el olvido, o fue reprimida; lejos de esto, en el ámbito político alemán siguió suponiendo una llaga abierta durante los años posteriores. A lo largo de las décadas de 1920 y 1930, cuando los alemanes hablaban de los «años de paz» hacían alusión a la época anterior a la guerra, no a la posterior. La guerra era un asunto inacabado y, cuando Hitler llegó al poder en 1933, lo hizo ante todo con el afán de retomarla y llevarla a una conclusión victoriosa.
¿Por qué la inmensa mayoría de los alemanes se negó a aceptar el hecho de la derrota de 1918? Una razón de peso fue el hecho de que la guerra llegó a su fin cuando las tropas alemanas todavía estaban ocupando territorio extranjero, en Bélgica, el norte de Francia y una extensa región de la Europa nororiental; la situación era, pues, muy distinta a la vivida con posterioridad a la segunda guerra mundial, porque en 1945 las tropas enemigas habían conquistado hasta el último centímetro del territorio alemán. La propaganda gubernamental alemana había estado cantando la victoria de las armas alemanas hasta prácticamente el último día de la guerra, en 1918.
Durante la guerra, los jefes militares de Alemania consideraron que toda crítica a su dirección y objetivos —entre estos, la meta de anexionarse grandes extensiones del territorio enemigo una vez lograda la victoria alemana— era poco menos que un acto de traición. Tomó muchas medidas para impedir que la perspectiva de los críticos se diera a conocer ante la opinión pública. Casi de inmediato se puso en funcionamiento un complejo sistema de controles militares, con la censura de periódicos, revistas y libros, más el arresto y detención de los principales opositores a la guerra; y estuvo vigente prácticamente hasta el último día. Pero el sistema fue incapaz de impedir que los políticos demócratas, liberales y de izquierdas abogaran por buscar un acuerdo de paz que pusiera fin a los combates.
La imagen de la «puñalada por la espalda» tardó aún cierto tiempo en utilizarse para expresar esta creencia. Invocaba una escena de un drama musical de Richard Wagner, El crepúsculo de los dioses, en la que el malvado Hagen clava una lanza en la espalda del valeroso héroe Sigfrido, al que nadie, ni siquiera un dios, puede derrotar en una lucha justa. La primera ocasión en la que se sabe que se empleó fue después de que el Reichstag aprobara una resolución de diputados de los partidos socialdemócrata, de izquierda liberal y de centro católico, el 19 de junio de 1917, solicitando una paz negociada y sin anexiones. El general Hans von Seeckt, un destacado oficial del Estado Mayor que tras la guerra ascendería a comandante en jefe del ejército.
La idea de la puñalada por la espalda recibió un nuevo impulso en 1919, cuando se emprendió una investigación oficial. Al acabar la guerra, destacados políticos aliados exigieron llevar ante la justicia a los alemanes que, a su juicio, habían tenido la culpa del conflicto. El intento por sentar al káiser ante un tribunal acabó por frustrarse —el exilio neerlandés lo protegía—, y los procedimientos legales abiertos contra un puñado de oficiales del ejército dieron pocos frutos tangibles. Entre tanto, no obstante, las acusaciones que unos y otros se lanzaron en la Asamblea Nacional que se había elegido en enero de 1919 hicieron que en agosto de aquel año el cuerpo adoptara una medida preventiva: una comisión de investigación propia, sobre los orígenes y la dirección de la guerra.
La idea de la puñalada por la espalda adoptó una forma muy distinta en 1944, después de que la resistencia militar-conservadora fallara en su atentado contra la vida de Hitler, el 20 de julio. En un principio Hitler intentó echar las culpas a un pequeño grupo de conspiradores que creía que «podían clavar la daga en la espalda, como en 1918». Aunque en los días y las semanas siguientes los líderes nazis recurrieron con frecuencia al sintagma de la «puñalada por la espalda», sin embargo, no lo hacían en referencia a los socialistas, ni siquiera a los judíos, sino que —a medida que la Gestapo y Heinrich Himmler, como jefe de la SS, descubrían que el número de oficiales y generales implicados en la conjuración era muy superior a lo que esperaban— se acabó empleando como inversión exacta de su formulación original.
El mito de la puñalada por la espalda fue una teoría conspirativa mucho más específica que la de documentos como Los protocolos, que atribuían a los judíos del mundo entero instintos conspirativos y subversivos determinados por su herencia racial. Para empezar, aquel mito se restringía en gran medida (aunque no del todo) a Alemania y se centraba en hechos históricos circunscritos a este país. Por otro lado, en sus repeticiones más definidas, señalaba a grupos concretos de la sociedad, ya fueran los socialistas, comunistas y pacifistas o (con una categoría que desde la perspectiva de la extrema derecha se solapaba con las anteriores) los judíos de Alemania, ayudados y espoleados por judíos de otros lugares, en particular de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. Al mismo tiempo, no era la clase de teoría conspirativa que acusaba con nombres y apellidos a supuestos culpables de la derrota de Alemania, salvo a unas pocas figuras representativas como Karl Liebknecht o Philipp Scheidemann (ninguno de los cuales era judío).

Rechazar la tesis de la autoría nazi no supone considerar que el incendio fuera necesariamente un hecho del todo azaroso. En los primeros meses de 1933, los nazis habrían acabado encontrando cualquier otra excusa para restringir las libertades civiles y, a la postre, abolirlas. Toda la violencia irrestricta y la propaganda extrema y mendaz que habían lanzado sobre el pueblo alemán durante la campaña electoral que culminó en la victoria en las urnas (con todos sus peros) del 5 de marzo de 1933 sugieren que se había puesto en marcha un movimiento casi incontenible en dirección a la dictadura. Así pues, ni siquiera el acto en solitario de Van der Lubbe no fue por entero azaroso: este antiguo anarcosindicalista ya había intentado (sin éxito) prender fuego a toda una serie de edificios públicos, como protesta contra el sistema político y social al que responsabilizaba del desempleo extraordinario que tanto sufrimiento y privación estaba causando. Sin la Depresión, no habría existido esta razón de peso para entregar a la hoguera los símbolos del gobierno burgués.
¿Qué consecuencias tienen para la democracia las dos posturas opuestas de esta polémica prolongada? Según Hett, el hecho de que Tobias concluyera que el incendio del Reichstag había sido una «simple casualidad, un error» que «puso en marcha una revolución» equivalía a «eliminar del archivo histórico el ansia de poder de los nazis y la determinación implacable con que lo persiguieron». Así pues, la obra de Tobias hedía a «intenciones apologéticas», para empezar, por culpar del incendio a una persona que ni siquiera era alemana.
Nada demuestra que Tobias pretendiera excusar a los nazis o quitar importancia a su violencia o sus ansias de poder; antes al contrario, Tobias comentó (en un pasaje que Hett no menciona) que durante su gobierno posterior los nazis cometieron crímenes mucho más graves que la supuesta destrucción intencionada del Reichstag, con lo que «su culpa es tan superior que en comparación no hay “exculpación” que valga».Así, lejos de ser un criptonazi que no había salido del armario, o de «disfrazarse de socialdemócrata», Tobias fue de hecho un socialdemócrata con muchos años de militancia genuina en este partido. Su verdadera preocupación —por otro lado, típica de la socialdemocracia moderada— se centraba en la polarización de la época, con una izquierda y una derecha cada vez más enfrentadas en una guerra fría que estaba a punto de alcanzar la culminación.
El incendio del Reichstag quizá no fue el acontecimiento decisivo y cataclísmico que a menudo se ha afirmado que fue. Si el Parlamento alemán no hubiera quedado reducido a cenizas, es muy probable que Hitler y los nazis hubieran encontrado otro pretexto para instaurar el estado de emergencia y poner en marcha la detención masiva de comunistas y socialdemócratas. Abundan los ejemplos en los que aprovecharon cualquier ocasión que se les presentó. Un caso claro es la expulsión del ministro de la Guerra, el general Werner von Blomberg: Hitler lo despachó en 1938 tras descubrirse que su esposa, una mujer mucho más joven, había trabajado como prostituta y posado para fotografías pornográficas. Resultó especialmente embarazoso para Hitler, que había asistido a la boda, y para Hermann Göring, que había sido el padrino. A otro general de la cúpula, Werner von Fritsch, también se le expulsó cuando empezaron a aflorar rumores de que había estado manteniendo un romance homosexual (rumores cuya falsedad no tardó en constatarse). El hecho de que se hubiera tratado en buena medida de sucesos casuales no significaba, sin embargo, que Hitler, Göring y el jefe de la SS, Heinrich Himmler, no hubieran tenido la intención de librarse de los dos hombres de una forma u otra; al igual que otras notables figuras conservadoras del régimen, estaban manifestando una cautela intolerable para un Hitler que aceleraba el ritmo de la agresividad exterior y los preparativos militares. Así pues, tarde o temprano, habrían encontrado algún pretexto: simplemente, como estas polémicas sexuales les dieron la ocasión de hacerlo cuando les parecía idóneo, no la dejaron pasar.

¿Voló Hess a Escocia por órdenes de Hitler? Un amigo de Hess, Ernst Wilhelm Bohle, jefe del Departamento de Exteriores del Partido Nazi, no tenía ninguna duda de que había sido así.Para el hijo de Hess, afirmar que había volado por iniciativa propia «contradice las leyes de la lógica»; resultaba sumamente obvio que Hitler se lo había ordenado, cualquier otra posibilidad resultaba inconcebible.
El propio Hess nunca se apartó de su afirmación inicial de que había actuado tan solo por su propia iniciativa; su esposa también insistió siempre en que el vuelo había sido idea de él, y de nadie más. Si, cuando los británicos lo interrogaron, hubiera mantenido que estaba allí por orden de Hitler, esto sin duda habría reforzado su posición; pero el hecho es que desde el principio siempre lo negó. Durante el interrogatorio del 9 de junio de 1941, el vizconde Simon le preguntó: «Dígame, por favor: ¿ha venido aquí con el conocimiento de Hitler o sin que Hitler lo supiera?». Hess contestó: «Sin que lo supiera», y añadió: «Nada de nada (risas)».
¿Cuál habría sido la ventaja de atraer a Hess al Reino Unido? Hasta la fecha ningún defensor de la teoría de la falsificación del bando pacifista ha sido capaz de dar una respuesta convincente a esta pregunta. Es evidente que Hitler no intentaría rescatarlo; las sospechas de Stalin con respecto a los británicos se habrían redoblado, a cambio de nada; y la probabilidad de que la escapada convenciera a Hitler de cambiar de opinión sobre los objetivos o la dirección de la guerra era extraordinariamente remota. Y ninguna de estas teorías logra superar tampoco el problema fundamental de que en 1941, y no solo en Alemania, existía una conciencia clara de que Hess había pasado a ser uno de los miembros menos importantes y más marginales de la jerarquía nazi.
El «plan de paz» que Hess se llevó a Escocia tenía que haber incluido la división de la Antártida. Al menos no comparte la idea de varios entusiastas de los ovnis, según los cuales se asesinó a Hess para impedir que revelara el contenido de un archivo (el «Archivo Omega») que Hitler le había confiado e incluía detalles de las bases secretas que los nazis habían construido bajo la Antártida. Ya en 1946-1947 —apunta el autor— una expedición encabezada por el almirante estadounidense Richard Byrd se dedicó sin duda a buscar bases nazis bajo el hielo, puesto que ¿con qué otro fin habría ido allí, si no? Aquí hace aparición el inevitable asesinato misterioso, en este caso la «extraña» muerte del hijo de Byrd, ya adulto, en 1988, al que al parecer habrían matado por estar en posesión de un secreto «que otros temían que se diera a conocer». Sobre la idea de que la expedición de Byrd hubiera tenido un propósito científico, no se dice nada; tampoco sobre el hecho de que antes de la guerra, el almirante ya hubiera participado en tres expediciones antárticas. A la postre, la referencia de Farrell a posibles bases nazis bajo la Antártida (aun bases pequeñas) resulta inconcluyente; pero es que insinuar, sugerir y dar a entender son recursos básicos de los teóricos de las conspiraciones. Al final esta clase de conjeturas reviste más interés para los estudiosos de la conspiranoia que para el historiador. Lo interesante, desde este punto de vista, es hasta qué punto múltiples teorías conspirativas pueden intersecarse en el mundo del «saber alternativo» y sus comunidades, donde es probable que una teoría conspirativa sea compartida (al menos en parte) por quienes creen en otra.

Las imágenes fantasiosas sobre un Hitler aún vivo pueden servir como un argumento funcional, incluso entretenido, en el cine y la literatura. Sin embargo, a pesar de que McKale demolió por completo el mito de la supervivencia, toda una serie de autores y periodistas de diversa condición han continuado insistiendo en que la historia de la fuga del búnker posee una base real. De hecho, pese a todas las pruebas que demuestran lo contrario, en el siglo XXI se han dedicado más libros a la supervivencia de Hitler en Argentina que en el total de los cincuenta y cinco años precedentes. Más aún, «desde 2009 —se afirma en el análisis más reciente y riguroso sobre el tema— el debate histórico sobre la muerte de Hitler lo han dominado las teorías conspirativas».
La historia de la supervivencia casi siempre retrata a Hitler trampeando tanto a la muerte como a la justicia, venciendo a la historia y burlándose del mundo. Hace que Hitler goce de los placeres domésticos con Eva Braun, por lo general en un refugio argentino, hasta alcanzar la vejez; un Hitler que no hace daño a nadie, que quizá toma el sol en alguna playa sudamericana o disfruta de paseos tropicales en compañía de sus secuaces. De hecho, la película Grey Wolf se cierra con una escena en la que Hitler, a los noventa y seis años, pasea en una silla de ruedas impulsada por su nieta (el personaje de Hitler, claro, y el de la nieta, representados ambos por actores).
Como ha concluido Roger Clark, el mito de la supervivencia de Hitler ha convencido a miles de personas —peor aún, a millones, porque se ha diseminado gracias a una serie de televisión extensa y bien producida— de que es razonable despreciar a los historiadores de prestigio y la tradición académica y tildarlos de mentirosos y embaucadores; y ello a pesar de que quienes realmente saben de qué hablan no pueden dar el más mínimo crédito a ese mito. Sigue diciendo Clark:
Los teóricos conspiranoicos contaminan los pozos del conocimiento, se aprovechan de la falta de educación de personas a las que desdeñan, y agravan su ignorancia. Fomentan que la gente desconfíe de las obras académicas y arrastran por el suelo la reputación de los historiadores legítimos […]. Si dañamos la credibilidad de los libros y las películas que nacen de una buena investigación estamos instalando mitos en el lugar de la realidad. Si en efecto los historiadores serios se equivocan al respecto de la muerte de Hitler, si en verdad sobrevivió muchos años después de 1945, ¿no es acaso posible que se equivoquen también en todo lo demás… incluso en el Holocausto? Desazona constatar cuántos defensores de la supervivencia de Hitler son también antisemitas y niegan la existencia del Holocausto. La historia falsa hace daño de verdad. Ofende a los veteranos de guerra y a los millones de víctimas de los nazis. Sugerir que Hitler se retiró a algún refugio con la connivencia de los Aliados occidentales es insultante. Trivializa y niega la victoria sobre los nazis, que fue el fruto de un esfuerzo enorme. Retrata a Hitler y sus secuaces como unos superhombres astutos y habilidosos, más ingeniosos que sus enemigos. Nos quieren hacer creer que nadie derrotó nunca al Führer.
En algunas versiones, las teorías conspirativas, incluso aquellas que sostienen que Hitler sobrevivió a 1945, pueden parecer relativamente inocuas. Desde luego no todas responden a propósitos políticos malignos. Pero todas ellas tienen en común un escepticismo radical —aunque en algunos aspectos, ingenuo— que no solo arroja dudas sobre la verdad de las conclusiones obtenidas por medio de una investigación histórica minuciosa y objetiva, sino sobre la idea misma de la verdad. Y una vez desacreditada esta idea, lo que se está poniendo en cuestión es la posibilidad misma de organizar la sociedad de acuerdo con argumentos racionales y a partir de decisiones informadas y argumentadas.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/07/29/la-lucha-por-el-poder-europa-1815-1914-richard-j-evans-the-pursuit-of-power-europe-1815-1914-by-richard-j-evans/

https://weedjee.wordpress.com/2022/08/18/hitler-y-las-teorias-de-la-conspiracion-el-tercer-reich-y-la-conspiracion-paranoide-richard-j-evans-the-hitler-conspiracies-the-third-reich-and-the-paranoid-imagination-by-richard-j-ev/

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The idea that nothing in history happens by chance, that nothing is really what it appears to be at first glance, that everything that happens is the result of the secret machinations of evil groups manipulating everything behind the scenes is so old as history itself. But in the 21st century, conspiracy theories seem to be becoming more popular and common every day. They are powered by the rise of the internet and social networks; they are made possible by the waning influence of those who used to act as gatekeepers of opinion: newspaper and book publishers; and they are fostered by the uncertainty that surrounds truth and falsehood today, as embodied in the perverse concept of «alternative facts.»
Conspiracy theories were not entirely foreign to the world of the Nazis. Historians have identified some that they believe influenced Hitler, others that he may have led, and finally some in which he may have taken an active part. This book is about how the paranoid imagination has focused on Hitler and the Nazis.

In The Hitler Conspiracies, Evans recounts the history of five theories that has been the most talked about of Hitler and Nazi Germany, demolish their credibility and assesses their lasting importance in today’s world. These five theories analysed in this book are; were the Protocols of Elder Zion a warrant for European Jews genocide, was the German Army «stabbed in the back» in 1918, the burning of Reichstag, why did Rudolf Hess travel to Britain (my personal favorite) and lastly did Hitler survived the bunker and escape to Argentina.
Evans carefully inspects this frequently noxious handful of delusions and deceptions to disclose the workings of the “paranoid imagination”, and to show how the conspiracist mindset takes root and grows. For Evans, some individuals cannot accept the role of chance in major world events. “The puzzling complexities of politics and society are reduced to a simple formula that everyone can understand». A conspiracy theory tactic is to black label historians who don’t accept their views as “official” or have “traditionalist” writers be in the loop of distorting truth. What is interesting about conspiracy theory is it focuses on the minute detail but in constrast the conspiracy theorists tend to blow out of all proportion any tiny piece of evidence that appears to support their ideas or try to connect events without any link.
To the reader, Evans has had to disentangle the knots of fact, speculation, wishful thinking and (sometimes) outright lies found in misguided books, pamphlets, articles, websites and Hollywood movies that generally maintain a tenuous hold on rationality. His final section, on Adolf Hitler’s alleged escape from his Berlin bunker in 1945, takes us into the very heart of conspiracist darkness. Leaving us at the end of the book to properly look into what is the nature of truth.

The Protocols of the Elders of Zion, a short treatise first published in the early years of the 20th century, is perhaps one of the most infamous publications of all time. «To this day,» argues Michael Butter, a noted conspiracy theorist, it remains «the essential text on the world Jewish conspiracy» because it «helped create an atmosphere that ultimately led to the genocide of European Jewry.» ». In his classic study on the origins and influence of the treaty, Norman Cohn argued that it had been an explicit justification for the Nazi extermination of the Jews, and this is reflected in the very title of his essay.
It represented the most influential expression of the theory that the Jews had embarked on a worldwide conspiracy to overthrow society and its institutions—a theory that would lead directly to the Holocaust, largely because of its influence on Adolf Hitler. , it is not surprising that historians and philologists who are experts in textual analysis have dedicated a multitude of studies to the treatise. Furthermore, compared to Cohn’s time, we now have much more complete documentation of Hitler’s views, both directly, through editions of Hitler’s works, and indirectly, through new publications such as Hitler’s diaries. Goebbels.
The document commonly known as The Protocols of the Elders of Zion is more accurately entitled Reports of the «Elders of Zion» on the Meetings of the First Zionist Congress, held in Basel in 1897; by ‘protocols’, essentially, we must understand ‘acts’. Such a congress was actually held, but the document suggests that it also gave rise to highly secret meetings, held behind the scenes. At this period in its history, Zionism was a tiny, newborn movement—hardly known even in Jewish circles themselves—that aspired to encourage Jews to move to Palestine, then a fiefdom of the Ottoman Empire. In the 1920s it had not yet gained relevance in general public opinion. It was thus easy for a majority of readers to interpret the First Zionist Congress as nothing more or less than a collective assembly of the world Jewish community, although in fact there was no such thing.
The «protocols» document a total of twenty-four sessions, summarized in a long series of very short paragraphs. They begin by stating that everywhere the followers of evil are more numerous than those of good and the world is ruled by force and money. Since «we»—read: «the Jews»—control the world’s money, therefore, we control the world. The law that is valid is the law of the strongest and to govern the blind masses we must act without moral restrictions. We will therefore opt for the methods of terror and deception and, in order to seize power, we will destroy the privileges of the aristocracy and impose in their place the government of our bankers and intellectuals. As we also dominate the press, we will be able to undermine the beliefs that guarantee social stability…
The protocols is a cumbersome, chaotic and poorly structured document, which can hardly be considered as an outstanding example of massive anti-Semitic rhetoric. It is expressed in an abstract language, it is highly repetitive and full of contradictions; the most striking, perhaps, the constant reference to Freemasonry in the headings of the subsections, without the text then dealing in effect with Freemasons. At some points there is talk of a general world revolution; in others, the document assumes that the revolution will take place only within a state. Among the eccentricities of the text is the statement that the Jews will fill the construction tunnels of the subways with explosives – the underground railway was a typical initiative of the time, in many of the main cities of the world – and they will detonate them all if they think they are in danger.
From The Protocols it is possible to extract, although not without difficulty in some cases, a few general principles, among them the ideas that (1) there has been and is an organized group of Jewish «sages» who conspire, on a global scale, with the in order to systematically undermine the foundations of society and erect in its place a Jewish dictatorship; (2) this is achieved through the proliferation of divisive ideologies, namely: liberalism, republicanism, socialism, and anarchism; (3) these organized Jews control the press and the economy and are using their power to impoverish society and undermine its core values; (4) beneath the surface of how we perceive everyday life, political institutions, and economic structures lurks an evil power; (5) what we believe to be progressive and democratic, whether it be the expansion of active suffrage or the spread of liberal institutions, is actually one more tactic in the worldwide Jewish conspiracy to seize power over the non-Jewish world ; (6) wars are not caused by conflicts of goals and beliefs between different countries, but, once again, by the machinations of the «elders of Zion»; and (7), implicitly, the idea that seemingly deep-seated antagonisms—such as the one between socialists and capitalists—are also the work of a Jewish conspiracy that seeks to undermine non-Jewish society by creating internal divisions that corrode it.
Hitler first mentioned The Protocols in notes he prepared for a meeting held on August 12, 1921. According to a news item referring to his speech in Rosenheim (southern Bavaria) on August 19, 1921, «Hitler shows, with the book of The Elders of Zion, written at the Basel Zionist Congress in 1897, that the Semites have always had and will always have as their aim to impose their rule by any means at their disposal. Now, in Hitler’s private library, which ended up housing more than 16,000 volumes, there was no copy of The Protocols. In fact, his having been there would not have been proof that he had read it either, since almost all the volumes in that collection, without a doubt, were never opened.
As Norman Cohn has commented, the myth of the world conspiracy «reached its most coherent and lethal formulation at the very moment when the Jews were, in fact, more divided than ever: between Orthodox and Reformed, practicing and indifferent, believers and agnostics. , assimilationists, and Zionists,» not to mention differences in class or political and national allegiance. The protocols and the myth of the world conspiracy of the Jews, in the end, had «little to do with the real people, the real situations and the real conflicts of the modern world», something that was already evident to him, at least in hindsight.
The impact of The Protocols on Hitler and the Nazis was indirect rather than direct. Drawing parallels between the anti-Semitic persecution of the Nazis and the panaceas disclosed by The Protocols is not convincing, especially in light of the contents of the document; and even if there were such parallels, this alone would not be enough to show that the Nazi actions were a result of reading the work. In fact, the Nazis did not consider the document to be a revelation, but rather interpreted its existence as confirmation of what they already knew.

A major reason why the First World War failed to bring peace and stability to Europe and the world at large was that the Germans refused to accept the fact that they had lost. The conditions they were forced to accept in the peace treaty did not help either. But not only the consequences of the war turned out to be unacceptable; so was the fact of the defeat itself. This was an earthquake for the German population. Some historians have suggested that the defeat was forgotten, or was suppressed; far from this, in the German political sphere it continued to be an open sore during the following years. Throughout the 1920s and 1930s, when Germans spoke of the «years of peace,» they meant before the war, not after. The war was unfinished business, and when Hitler came to power in 1933, he did so primarily with the desire to resume it and bring it to a victorious conclusion.
Why did the overwhelming majority of Germans refuse to accept the fact of the 1918 defeat? One compelling reason was the fact that the war came to an end when German troops were still occupying foreign territory, in Belgium, northern France, and a large region of northeastern Europe; The situation was therefore very different from that experienced after the Second World War, because in 1945 the enemy troops had conquered every inch of German territory. German government propaganda had been singing the victory of German arms until practically the last day of the war, in 1918.
Throughout the war, Germany’s military leaders viewed any criticism of its direction and goals—including the goal of annexing large swathes of enemy territory after German victory—as little more than an act of treason. He took many steps to prevent the critics’ perspective from becoming known to the public. Almost immediately a complex system of military controls was put into operation, with the censorship of newspapers, magazines and books, plus the arrest and detention of the main opponents of the war; and it was in force practically until the last day. But the system was unable to prevent Democratic, liberal and left-wing politicians from advocating seeking a peace agreement that would end the fighting.
The image of the «stab in the back» took some time to be used to express this belief. It invoked a scene from Richard Wagner’s musical drama, Twilight of the Gods, in which the evil Hagen drives a spear into the back of the valiant hero Siegfried, whom no one, not even a god, can defeat in a fair fight. The first time it is known to have been used was after the Reichstag passed a resolution of MPs from the Social Democratic, Left Liberal and Catholic Center parties on June 19, 1917 calling for a negotiated peace without annexations. General Hans von Seeckt, a prominent General Staff officer who would rise to Commander-in-Chief of the Army after the war.
The idea of the stab in the back received a new impetus in 1919, when an official investigation was launched. At the end of the war, prominent Allied politicians demanded to bring to justice the Germans who, in their opinion, had been to blame for the conflict. The attempt to put the Kaiser before a court ended in failure – the Dutch exile protected him – and the legal proceedings opened against a handful of army officers produced few tangible results. In the meantime, however, the accusations that one and the other launched in the National Assembly that had been elected in January 1919 made the body adopt a preventive measure in August of that year: an investigation commission of its own, on the origins and the direction of the war.
The idea of the stab in the back took a very different form in 1944, after the military-conservative resistance failed in its attempt on Hitler’s life on July 20. Hitler initially tried to lay the blame on a small group of conspirators who he believed ‘could stick the dagger in the back, like in 1918′. Although in the following days and weeks the Nazi leaders frequently resorted to the «stab in the back» phrase, however, they did not do so in reference to socialists, or even Jews, but rather – as the Gestapo and Heinrich Himmler, as head of the SS, discovered that the number of officers and generals involved in the conspiracy was much higher than expected – it ended up being used as an exact inversion of its original formulation.
The myth of the stab in the back was a much more specific conspiracy theory than documents such as The Protocols, which attributed to Jews throughout the world conspiratorial and subversive instincts determined by their racial heritage. To begin with, that myth was largely (but not entirely) restricted to Germany and focused on historical events confined to this country. On the other hand, in its more defined repetitions, it singled out specific groups in society, whether they were the socialists, communists, and pacifists, or (using a category that from the perspective of the extreme right overlapped with the previous ones) the Jews of Germany, aided and spurred on by Jews from elsewhere, particularly Britain, France, and the United States. At the same time, it was not the kind of conspiracy theory that blatantly blamed alleged culprits for Germany’s defeat, except for a few representative figures like Karl Liebknecht or Philipp Scheidemann (neither of whom were Jewish).

Rejecting the thesis of Nazi authorship does not mean considering that the fire was necessarily a completely random event. In the early months of 1933, the Nazis would have found any other excuse to restrict civil liberties and eventually abolish them. All the unrestricted violence and extreme and mendacious propaganda that had been unleashed on the German people during the electoral campaign that culminated in the victory at the polls (with all its buts) on March 5, 1933, suggests that a movement had been launched. almost irrepressible in the direction of the dictatorship. Thus, even Van der Lubbe’s solo act was not entirely random: this former anarcho-syndicalist had already tried (unsuccessfully) to set fire to a whole series of public buildings, as a protest against the political and social system he held responsible for of the extraordinary unemployment that was causing so much suffering and deprivation. Without the Depression, there would not have been this compelling reason to burn the symbols of bourgeois rule.
What are the consequences for democracy of the two opposing positions of this prolonged controversy? According to Hett, Tobias’s conclusion that the Reichstag fire was a «mere chance, a mistake» that «started a revolution» amounted to «erasing from the historical record the Nazis’ lust for power and relentless determination with which they persecuted him.» Thus, Tobias’s work reeked of ‘apologetic intentions’, to begin with, by blaming the fire on a person who was not even German.
Nothing shows that Tobias intended to excuse the Nazis or play down their violence or lust for power; On the contrary, Tobias commented (in a passage that Hett does not mention) that during his later government the Nazis committed crimes much more serious than the alleged intentional destruction of the Reichstag, with which «their guilt is so greater that in comparison there is no » exculpation” that is worth”. Thus, far from being a Crypto-Nazi who had not come out of the closet, or “disguising himself as a Social Democrat”, Tobias was in fact a Social Democrat with many years of genuine membership in this party. His real concern—typical of moderate social democracy, on the other hand—focused on the polarization of the times, with left and right increasingly at odds in a cold war that was about to reach climax.
The Reichstag fire was perhaps not the decisive and cataclysmic event that it has often been claimed to be. If the German Parliament had not been reduced to ashes, it is very likely that Hitler and the Nazis would have found another pretext to establish a state of emergency and launch the mass arrest of communists and social democrats. Examples abound where they took advantage of any opportunity that came their way. A clear case is the expulsion of the Minister of War, General Werner von Blomberg: Hitler dispatched him in 1938 after it was discovered that his wife, a much younger woman, had worked as a prostitute and posed for pornographic photographs. It was particularly embarrassing for Hitler, who had attended the wedding, and for Hermann Göring, who had been best man. Another top general, Werner von Fritsch, was also expelled when rumors began to surface that he had been having a homosexual affair (rumors that were soon proven false). The fact that these had been largely random events did not mean, however, that Hitler, Göring, and SS chief Heinrich Himmler had not intended to get rid of the two men one way or another; Like other notable conservative figures in the regime, they were displaying an intolerable wariness for a Hitler who was accelerating the pace of foreign aggressiveness and military preparations. So, sooner or later, they would have found some pretext: simply, as these sexual controversies gave them the opportunity to do it when it seemed appropriate, they didn’t let it go.

Did Hess fly to Scotland on Hitler’s orders? A friend of Hess’s, Ernst Wilhelm Bohle, head of the Nazi Party’s Foreign Department, had no doubt that he had been like that. »; it was so obvious that Hitler had ordered it, any other possibility was inconceivable.
Hess himself never backed away from his initial assertion that he had acted solely on his own initiative; his wife also always insisted that the flight had been his idea, and no one else’s. If, when the British questioned him, he had maintained that he was there on Hitler’s orders, this would certainly have strengthened his position; but the fact is that he from the beginning he always denied it. During the interrogation on June 9, 1941, Viscount Simon asked him: «Please tell me: has he come here with Hitler’s knowledge or without Hitler’s knowledge?» Hess replied, «Unbeknownst to him,» adding, «Nothing at all (laughs).»
What would have been the advantage of attracting Hess to the UK? To date, no proponent of the counterfeit theory on the peace side has been able to give a convincing answer to this question. It is evident that Hitler would not try to rescue him; Stalin’s suspicions of the British would have been redoubled, for nothing; and the likelihood that the escape would convince Hitler to change his mind about the aims or direction of the war was extraordinarily remote. And neither of these theories manages to overcome the fundamental problem that in 1941, and not only in Germany, there was a clear awareness that Hess had become one of the least important and most marginal members of the Nazi hierarchy.
The «peace plan» that Hess took with him to Scotland should have included the division of Antarctica. At least he does not share the view of various UFO enthusiasts that Hess was murdered to prevent him from revealing the contents of a file (the «Omega File») entrusted to him by Hitler, which included details of the secret bases that the UFOs had used. Nazis had built under Antarctica. Already in 1946-1947 —the author points out— an expedition headed by the American Admiral Richard Byrd was undoubtedly dedicated to looking for Nazi bases under the ice, since for what other purpose would he have gone there, if not? Here comes the inevitable murder mystery, in this case the «strange» death of Byrd’s adult son in 1988, who was apparently killed for being in possession of a secret «that others feared would become known.» . On the idea that Byrd’s expedition had a scientific purpose, nothing is said; nor about the fact that before the war, the admiral had already participated in three Antarctic expeditions. In the end, Farrell’s reference to possible Nazi bases under Antarctica (even small bases) is inconclusive; but it is that insinuating, suggesting and implying are basic resources of conspiracy theorists. In the end, this kind of conjecture is of more interest to scholars of conspiracy than to historians. What is interesting, from this point of view, is the extent to which multiple conspiracy theories can intersect in the world of «alternative lore» and its communities, where one conspiracy theory is likely to be shared (at least in part) by those who believe in another. .

Fanciful images of a still-living Hitler can serve as a functional, even entertaining, plot in film and literature. Yet despite McKale completely demolishing the survival myth, a host of authors and journalists from all walks of life have continued to insist that the bunker escape story has a basis in fact. In fact, despite all the evidence to the contrary, more books have been devoted to Hitler’s survival in Argentina in the 21st century than in all of the preceding fifty-five years. Moreover, «since 2009 – it is stated in the most recent and rigorous analysis on the subject – the historical debate on the death of Hitler has been dominated by conspiracy theories.»
The story of survival almost always portrays Hitler cheating both death and justice, defeating history and mocking the world. He makes Hitler enjoy domestic pleasures with Eva Braun, usually in an Argentine refuge, until they reach old age; a Hitler who does no harm to anyone, who perhaps sunbathes on some South American beach or enjoys tropical walks in the company of his henchmen. In fact, the film Gray Wolf closes with a scene in which Hitler, at the age of ninety-six, walks in a wheelchair propelled by his granddaughter (Hitler’s character, of course, and that of the granddaughter, both represented by actors).
As Roger Clark has concluded, the myth of Hitler’s survival has convinced thousands of people—worse still, millions, because it has been disseminated thanks to a long and well-produced television series—that it is reasonable to despise the historians of Hitler. prestige and academic tradition and brand them as liars and tricksters; and this despite the fact that those who really know what they are talking about cannot give the slightest credence to that myth. Clark goes on to say:
Conspiracy theorists pollute the wells of knowledge, prey on the lack of education of people they disdain, and compound their ignorance. They encourage people to mistrust scholarly works and drag the reputation of legitimate historians to the ground. . . . If we damage the credibility of the books and movies that are born from good research, we are installing myths in the place of reality. If indeed serious historians are wrong about Hitler’s death, if he did indeed survive many years after 1945, isn’t it possible that they are wrong about everything else as well…including the Holocaust? It is disturbing to see how many defenders of Hitler’s survival are also anti-Semites and deny the existence of the Holocaust. False history really hurts. It offends war veterans and the millions of victims of the Nazis. To suggest that Hitler retreated to some safe haven with the collusion of the Western Allies is insulting. It trivializes and denies the victory over the Nazis, which was the fruit of an enormous effort. He portrays Hitler and his minions as cunning and cunning supermen, more resourceful than his enemies. They want us to believe that no one ever defeated the Führer.
In some versions, conspiracy theories, even those that hold that Hitler survived 1945, can seem relatively innocuous. Of course not all respond to evil political purposes. But all of them have in common a radical skepticism—albeit in some respects naive—that casts doubt not only on the truth of the conclusions reached through careful and objective historical research, but on the very idea of truth. And once this idea has been discredited, what is being called into question is the very possibility of organizing society according to rational arguments and based on informed and reasoned decisions.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/07/29/la-lucha-por-el-poder-europa-1815-1914-richard-j-evans-the-pursuit-of-power-europe-1815-1914-by-richard-j-evans/

https://weedjee.wordpress.com/2022/08/18/hitler-y-las-teorias-de-la-conspiracion-el-tercer-reich-y-la-conspiracion-paranoide-richard-j-evans-the-hitler-conspiracies-the-third-reich-and-the-paranoid-imagination-by-richard-j-ev/

2 pensamientos en “Hitler Y Las Teorías De La Conspiración. El Tercer Reich Y La Conspiración Paranoide — Richard J. Evans / The Hitler Conspiracies: The Third Reich and the Paranoid Imagination by Richard J. Evans

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