Cuerdos Entre Locos: Grandes Experimentos Psicológicos Del Siglo XX — Lauren Slater / Opening Skinner’s Box: Great Psychological Experiments of the Twentieth Century by Lauren Slater

Este libro está escrito en 10 capítulos, uno por experimento. La escritura de Slater no sigue un solo patrón y parece casi caprichosa, y la mayoría de los capítulos tienen diferentes formatos. Esto puede molestar al lector estructurado, pero para mí solo mantuvo las cosas más interesantes, ya que de lo contrario me habría aburrido.
En cuanto a su prosa, a veces puede volverse un poco cursi, ya que toma algunas decisiones artísticas bastante cuestionables, por así decirlo. Pero no todo es dudoso, puedes encontrar alguna que otra buena metáfora. Sin embargo, un elemento que me desagradaba bastante eran sus conclusiones. Principalmente los de cada capítulo, a veces también los de párrafos individuales, a veces pueden volverse francamente horribles. Sin embargo, dado que son solo las últimas oraciones, no fue insoportable.
Slater a veces se desvía de las explicaciones sobre los estudios para sí misma, pero esto era de esperar ya que la propaganda pretende dar un contexto personal y social a estos experimentos. Cuando se ejecutaron correctamente, estos contextos fueron realmente bienvenidos, pero se volvieron un poco viejos al final del libro.
Lo que creo que más importa es la elección de los experimentos y cómo se explican. Slater brinda información sobre el contexto social de cada estudio, sobre los investigadores responsables de cada estudio, sobre la ejecución de los estudios mismos, sobre su efecto en el campo de la psicología, sobre lo que implican los estudios y sobre los puntos de vista opuestos y hallazgos (para que no veamos solo una cara de la moneda). Todo esto, en mi opinión, se hizo muy bien.
Puede que a algunos les resulte extraño pasar por alto sus adiciones personales tanto como lo hago, pero mi enfoque en el contenido científico me hizo valorar mucho más las partes sobre psicología, lo suficiente como para disfrutar de esta colección a pesar de sus puntos débiles.
Sin embargo, entiendo por qué esto podría molestar a algunos y, en consecuencia, por qué este libro no es para todos.
Nota: Algunas personas podrían cuestionar la ficcionalización de Slater de parte de lo que informa. Esta es una preocupación válida en ciertos capítulos, principalmente en el tercero, donde afirma haber intentado reproducir los resultados del experimento de Rosenhan y algunos detalles dispersos por todas partes.
Sin embargo, algunos podrían tratar de mencionar el hecho de que la hija de Skinner, Deborah, ha escrito una refutación de este libro en la que critica a Slater por perpetuar los rumores que rodean su relación con su padre. En realidad, Slater afirma explícitamente que las historias que circulan alrededor de Deborah Skinner son solo rumores y que ninguna de ellas es cierta (segunda página del primer capítulo, página 7 de mi edición). Incluso continúa más adelante en el capítulo que describe el tratamiento real de Deborah por parte de su padre, lo que se alinea perfectamente con la «refutación» de Deborah. Tras una investigación básica, parece que The Observer publicó un artículo que citaba incorrectamente a Slater, y Deborah lo tomó como un hecho y escribió su propia refutación en consecuencia.

En la década de los sesenta, Skinner concedió una entrevista al biógrafo Richard I. Evans en la que admitió abiertamente las implicaciones fascistas de sus esfuerzos en ingeniería social y la posibilidad de que fueran utilizados con fines totalitarios. La historia dice que Skinner deseaba nada menos que formar –y «formar» es aquí palabra operativa– la conducta de personas por medio de mecanismos, cajas y botones, convirtiendo en automatismo cuanto de humano tocaba. Cuenta la leyenda que construyó una caja para bebés en la que tuvo a su hija Deborah dos años cumplidos con el fin de adiestrarla, tomando nota de la trayectoria gráficamente. La leyenda cuenta también que cuando la niña cumplió treinta y un años lo denunció por malos tratos ante un verdadero tribunal de justicia, perdió el caso y se suicidó de un disparo en una bolera de Billings (Montana). Nada de todo eso es cierto, y sin embargo, el mito persiste. ¿Por qué? ¿Qué tiene Skinner que nos inspira tanto miedo?
Si escribimos «B. F. Skinner» en la barra del buscador, encontraremos miles de resultados, entre ellos, el sitio web de un padre indignado que lo condena por asesinato de una niña inocente; otro sitio web con una calavera y las siguientes palabras de Ayn Rand: «Skinner está obsesionado con el odio a la mente y la virtud humanas, un odio tan intenso y devorador que se devora a sí mismo y nos deja al final con sólo unas cenizas grises y un resto de cisco maloliente». ¿Cuál es el verdadero legado de Skinner? Para llegar a comprender los experimentos de Skinner quizá sea necesario discriminar en primer lugar, separar el contenido de la polémica.
Puso en juego lo que denominó programas de frecuencia fija y extinción. La variante del experimento llamada extinción consiste en retirar el refuerzo por completo. Descubrió que, si suprimía el premio, tarde o temprano las ratas dejaban de presionar la palanca incluso aunque oyeran el repiqueteo de las golosinas. Mediante un polígrafo conectado a la jaula, podía reflejar gráficamente el tiempo que tarda una respuesta en ser aprendida cuando se recompensa con regularidad, y el que tarda en extinguirse cuando se interrumpe la recompensa bruscamente. La consiguiente capacidad de medir esos índices con precisión y en diferentes circunstancias dio como resultado la obtención de datos cuantificables sobre el proceso de aprendizaje de los organismos y la posibilidad de predecir y controlar el resultado del aprendizaje. Con el logro de la previsibilidad y el control nació una verdadera ciencia del comportamiento, con sus curvas de campana, gráficos de barras, nubes de puntos y matemáticas, y Skinner fue el primero en hacerlo en un grado muy variado y polifacético.
Pero no se detuvo ahí. Después se planteó lo que llamó programas variables de refuerzo, y fue entonces cuando llegó a los descubrimientos más significativos. Experimentó premiando intermitentemente a los animales con comida cuando presionaban la palanca, pero sin darles premio la mayoría de las veces, sólo muy de vez en cuando, por ejemplo a la cuadragésima o sexagésima vez. La intuición nos dice que las recompensas aleatorias y alejadas en el tiempo llevarían a la inutilidad de la conducta en cuestión y, por tanto, a su extinción; pero no fue así. Skinner descubrió que premiando a las ratas intermitentemente, seguían presionando la palanca como drogadictos de dientes afilados, fuera cual fuere el resultado de su comportamiento.
Skinner fue ganando fama poco a poco. Continuó inventando máquinas de adiestramiento, elaborando una teoría de la adquisición del lenguaje como condicionamiento instrumental y adiestrando palomas para guiar misiles durante la Segunda Guerra Mundial. Escribió un libro titulado Walden dos en el que esbozó una propuesta de una comunidad basada en la «ingeniería conductual», en donde el poder del refuerzo positivo se utilizaba para controlar a los seres humanos científicamente. Según su punto de vista, dicha comunidad ideal no estaría gobernada por políticos sino por conductistas benéficos armados de bastones de caramelo y lazos azules.
¿Cómo definir a Skinner? Las implicaciones de sus experimentos son inquietantes. Por otra parte, los descubrimientos que hizo son plenamente significativos. En esencia, iluminan la estupidez humana, y todo lo que ilumine la estupidez humana es brillante.

Milgram no fue el primer psicólogo que experimentó con la obediencia ni el primero en engañar a los sujetos (la «máquina de electocutar» era de mentira, el alumno y el investigador eran actores pagados), pero fue el primero que hizo ambas cosas a la vez sistemáticamente. Sin embargo, antes de Milgram existió un investigador misterioso llamado C. Landis que, en un laboratorio sin nombre de Gales, en 1924, descubrió que el 74 por ciento de los sujetos estaban dispuestos a decapitar a una rata ante la insistencia del investigador. En 1944, un psicólogo llamado Daniel Frank se dio cuenta de que podía lograr que sus sujetos realizaran los actos más extraños sólo porque se lo pedía vestido con la bata blanca.
En primer lugar, Milgram, que aspiraba a convertirse en experto en ciencias políticas, no se había matriculado de un solo curso de psicología en los cuatro años en que estudió en Queen College, de modo que no conocía a fondo la bibliografía pertinente. En segundo lugar, Milgram, un hombre locuaz y de baja estatura, reconoce la influencia que recibió. Nombra hacedor suyo, si es que un hombre puede hacer a otro, a Solomon Asch, científico social. Cuando estudiaba el último curso de la licenciatura, fue ayudante de Asch en Princeton. Asch estaba inmerso en un experimento sobre la presión del grupo. Mediante un estudio basado en líneas de diferentes longitudes, descubrió que los sujetos capitulaban ante la percepción general del grupo, de modo que si el grupo decía que la línea A era claramente más larga que la B, incluso cuando era evidente que no, el sujeto, perplejo, terminaba diciendo lo mismo y dejaba su percepción de lado para comportarse como los demás.
Milgram presentaba facturas de electrodos, treinta interruptores, etiquetas negras y equipo de sonido…, todo el atrezzo de una obra peligrosa que iba a poner en escena, la obra que literalmente conmovería el mundo y marcaría su carrera de tal forma que no llegaría a recuperarse por completo. Empezó con estudiantes de Yale y, para su sorpresa, todos y cada uno acataron las órdenes y cubrieron alegremente la escala completa de interruptores aplicando descargas eléctricas. El experimento de Milgram recibió fondos de la National Science Foundation.
Milgram era psicólogo social, lo cual significa que tenía que entender sus descubrimientos principalmente en función de la situación, puesto que ésa es la piedra angular de la psicología social. Para la psicología social, la personalidad –quién es cada cual– tiene menos importancia que el lugar –dónde está cada cual– y quería demostrar que cualquier persona normal puede convertirse en un asesino si se encuentra en el lugar en el que se impone matar. Mediante sus experimentos, y en mayor o menor grado a lo largo de los años, explicó la conducta atroz de My Lai en Vietnam y de la Alemania Nazi, donde su trabajo enlaza inextricablemente con la tesis de Hannah Arendt sobre la banalidad de la maldad en la persona del burócrata Eichmann, que ejecutaba órdenes ciegamente impulsado por fuerzas externas. Hoy, muchos días después del experimento de Milgram, la psicología social sigue tocando la misma tecla, sigue proclamando que lo fundamental es el contexto, no la psique.

El experimento de Rosenhan explora con elegancia la forma en que siempre vemos el mundo según el color del cristal con que lo miramos. Su experimento implica que somos inextricablemente inmanentes, que estamos imbuidos de subjetividad, y como tal, aporta tanto a la filosofía como a la psicología y a la psiquiatría.
Rosenhan desarmó la psiquiatría como ciencia y, al hacerlo, incitó y animó a muchos psiquiatras estadounidenses a lucirse mostrando la aguda penetración en que se basan sus afirmaciones, a menudo cuestionables:
La mayoría de los médicos no presupone que los pacientes que buscan ayuda mientan; por lo tanto, pueden ser engañados […]. No sería imposible llevar a cabo un estudio en el que unos pacientes preparados para simular un historial de infarto de miocardio recibieran tratamiento teniendo en cuenta sólo el historial (puesto que un electrocardiograma negativo carece de peso diagnóstico), pero sería ridículo concluir de tal estudio que la enfermedad física no existe, que los diagnósticos médicos son etiquetas falaces y que la «enfermedad» y la «salud» sólo existen en la cabeza del médico.
Los falsos pacientes no se comportaron como personas normales en el hospital, porque, de haberlo hecho, habrían acudido a la enfermera y le habrían dicho: «Verá, soy una persona normal, sólo quería comprobar si podía colarme en el hospital comportándome como un loco o diciendo tonterías. La cosa funcionó y me ingresaron, pero ahora quisiera que me dieran el alta».
El experimento de Rosenhan, es, quizá como toda gran obra de arte, multifacético, poderoso e imperfecto. Se puede discutir, como todos los anteriores.
En otro tiempo creíamos en la psiquiatría como en una deidad; era la época dorada, los años treinta, los cuarenta, los cincuenta, cuando el psicoanálisis llegó a dominar la disciplina y tenía respuesta para todo, prácticamente. La historia de nuestra propia vida podía curarnos; hazte un ovillo, y a llorar; las manías se consideraban «un deseo de comer, un deseo de ser comido y un deseo de ponerse a dormir».
Lo curioso del caso era que al psicoanálisis, que llegó a ser sinónimo absoluto de psiquiatría –hasta tal punto dominaba el terreno–, le preocupaba muy poco el rigor del diagnóstico en sí. Existía un manual, que existe todavía. Se titula Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders [Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales], el DSM, por abreviar. La primera edición se publicó en 1953, la segunda en 1968. La segunda edición era la que circulaba en la época del ingreso de los pacientes falsos.
A partir de Rosenhan, la psiquiatría ha hecho esfuerzos admirables por localizar los orígenes psicológicos de la enfermedad mental… inútiles en su mayor parte, aunque no del todo. En la década de 1980 se ideó un nuevo y prometedor análisis para diagnosticar la depresión llamado prueba de supresión de dexametasona, en el que se aislaba determinado metabolito en la orina de algunas personas tristes. El descubrimiento fue recibido con gran entusiasmo. Pronto, muy pronto, se podría diagnosticar la depresión como se diagnostica la anemia: póngase en cuclillas sobre este vaso, tres gotitas ambarinas en el portaobjetos, y voilà!.
Podría decirse que la incidencia de determinados diagnósticos no sólo aumenta y disminuye según la percepción del público, sino que los médicos que pegan esas etiquetas siguen haciéndolo sin tener en cuenta, quizá, los criterios que fija el DSM: criterios sólidos contra el diagnóstico aventurado, criterios de los que se deduce el tratamiento adecuado, la prognosis, la construcción del pasado de la persona, el futuro que se le presenta.

En 1964 se cometió un extraño crimen en la ciudad de Nueva York que catalizó el interés de dos jóvenes psicólogos y los orientó hacia la investigación de la conducta de testigos. Aunque John Darley y Bibb Latané no eran judíos y nunca relacionaron su trabajo implícita ni explícitamente con la Alemania nazi, el resultado de sus experimentos sobre la conducta humana solidaria se ha puesto al servicio de una obsesión occidental característica del siglo xx: entender el holocausto. Darley y Latané idearon una serie de experimentos para estudiar las condiciones en que el ser humano pasa por alto la demanda de auxilio de sus congéneres, así como las condiciones en que se impone la compasión. Aunque el trabajo de Darley y Latané guarda cierta semejanza superficial con el experimento de Milgram, las diferencias son profundamente significativas. Milgram estudiaba la obediencia a una sola autoridad. Darley y Latané estudiaban lo contrario: lo que sucede cuando, en momentos de emergencia, no hay autoridad al cargo.
Cinco fases de la conducta solidaria:
1. Es preciso que quien puede prestar auxilio se dé cuenta de lo que está sucediendo.
2. Es preciso entender que el suceso requiere intervención.
3. Es preciso asumir la responsabilidad personal.
4. Es preciso decidir qué acción emprender.
5. Es preciso actuar en consecuencia.

Harlow fue a Madison, tenía intención de estudiar las ratas pero terminó estudiando monos, macacos de la India, una familia pequeña y ágil. Como eterno alumno de Terman, empezó por idear un test para medir la inteligencia de los monos, una especie de perfil de cociente intelectual de los simios, y tuvo un éxito clamoroso al demostrar que los pequeños primates eran capaces de resolver problemas de forma mucho más compleja de lo que anteriores investigadores habían imaginado. Su fama creció. Madison le cedió una vieja fábrica para que instalara un laboratorio de primates, y los estudiantes lo solicitaban. Para estudiar los monos, Harlow separó a las crías de las madres y de otras crías, y así fue como saltó a la fama. Estudiaba la cabeza de los monos, pero observaba también su corazón y se hacía preguntas. Cuando las crías eran separadas, establecían fuertes vínculos afectivos con las toallas de felpa que cubrían el suelo de la jaula. Se tumbaban sobre ellas, las agarraban fuertemente con sus manecitas y tenían pataletas si se las quitaban, exactamente igual que las crías de ser humano con una manta andrajosa o un osito de peluche. Los monos se encariñaban con las toallas. ¿Por qué? Era una gran pregunta. Hasta el momento, el apego se había considerado una respuesta al alimento recibido. Amamos a la madre porque amamos su leche. El bebé se aferra a la madre porque ve los pechos hinchados, la areola más oscura y el botón del pezón que se yergue entre los pliegues de la piel, y tiene hambre y sed. Clark Hull y Kenneth Spence habían dicho que todo lo relativo al apego humano se basaba en la satisfacción del instinto. El hambre es un instinto primario y queremos satisfacerlo, igual que la sed y el sexo. Desde la década de 1930 hasta la de 1950, la teoría de la satisfacción del instinto y su relación con el cariño no se puso en cuestión.
Sin embargo, Harlow empezó a replanteársela. Daba de comer a las crías de mono él mismo, con pequeños biberones de plástico y, cuando les quitaba el biberón, las crías se daban golpecitos en la boca y a veces se limpiaban un resto blanco de la peluda barbilla. Pero, cuando intentaba quitarles las toallas de felpa, los simios gritaban como si los llevaran al matadero, se tiraban al suelo con toda la fuerza de su cuerpecillo y agarraban la tela a puñados. A Harlow le fascinaba. Los simios chillaban (en otro tiempo y en otro lugar, Mabel, afelpada y blandita pero fría, miraba por la ventana a medio metro de su hijo. En un bosque personal, volaban animales cruzados por líneas negras que sangraban en rojo y azul). Observaba los chillidos de los monos y pensaba en el amor. ¿Qué es el amor? Entonces lo vio. Como escribe Blum, su biógrafa, la mejor forma de entender el corazón es destrozarlo. Y así comenzó su carrera, bella y brutal.
Los macacos tienen una herencia genética común con los humanos de aproximadamente el 94 por ciento. O lo que es lo mismo, el ser humano es macaco de la India en un 94 por ciento y persona en un 6 por ciento. Si ascendemos en la escala filogenética, somos orangutanes en un 98 por ciento, más o menos, y chimpancés en un 99, es decir sólo nos distingue de ellos la más escueta salpicadura de materia exclusivamente humana. Ése es precisamente el motivo de que la investigación psicológica se haya decantado desde hace mucho tiempo hacia la experimentación con chimpancés. Roger Fouts, investigador de primates, dice: «Los monos tienen un repertorio lingüístico completo, una inteligencia entera y compleja que no valoramos justamente sólo porque nos domina la visión cartesiana del mundo».
Harlow, igual que Milgram, tenía facilidad para lo espectacular, para la perversión lírica, y filmó a los monos agarrados a la madre de tela metálica y nieve, a la dama de hierro que los pinchaba. Las filmaciones tienen mucha fuerza, son demostraciones de desesperación muy fuertes, y él no temía enseñarlas. Sabía que la divulgación científica contiene un elemento artístico, de espectáculo incluso.
En 1958 fue elegido presidente de la American Psychological Association, un honor nada despreciable.

En las décadas de 1960 y 1970, los científicos empezaron a investigar en la naturaleza de la adicción. Con modelos animales, intentaron recrear y cuantificar el ansia o deseo de consumir, la tolerancia y el síndrome de abstinencia. Algunos de los experimentos más extraños consistieron en inyectar LSD a un elefante con una escopeta de dardos y en administrar barbitúricos a gatos directamente en el estómago por medio de un catéter. Sólo con cocaína, todavía hoy se llevan a cabo más de quinientos experimentos al año, unos en monos sujetos a sillas con correas, otros en ratas, cuyo sistema nervioso, tan semejante al nuestro, al parecer, las convierte en sujetos razonables para el estudio de la adicción. Prácticamente todos los experimentos sobre la adicción realizados con animales parten de la noción de que determinadas sustancias son irresistibles, y a esa misma conclusión llegan esgrimiendo como prueba que los animales terminan autoadministrándose la neurotoxina por voluntad propia hasta morir. No obstante, Bruce Alexander y sus coinvestigadores Robert Coambs y Patricia Hadaway decidieron en 1981 poner a prueba la premisa fundamental de la adicción en la experimentación clásica con animales. La hipótesis de partida: atar a un mono a una silla durante días y días y darle la posibilidad de apretar un botón para aliviarse no dice nada respecto a la fuerza de las drogas, pero lo dice todo respecto a las ataduras sociales, físicas y psicológicas. Se propusieron someter a prueba a los animales en un entorno verdaderamente favorable y comprobar si el resultado seguía siendo, inevitablemente, la adicción. En tal caso, las drogas merecerían la demonización. En caso contrario, quizá, insinuaban los investigadores, el problema no fuera químico sino cultural.
Alexander, Coambs y Hadaway idearon algunas condiciones diferentes para el experimento con las ratas. Una recibió el nombre de «seducción». Esa condición se basaba en el hecho de que las ratas son golosas y raramente, en el mejor de los casos, se resisten a un dulce. Teniendo en cuenta la «seducción», los investigadores pusieron a dieciséis ratas en el selecto parque y a otras dieciséis en las jaulas típicas de laboratorio, con muy poco espacio vital y aislamiento extremo. Como la morfina sola es amarga y a las ratas no les gusta nada lo amargo, los investigadores dieron a ambos grupos de ratas un chorrito de morfina disuelto en agua espolvoreada de sacarosa, con muy poca cantidad de sacarosa al principio, que fueron aumentando día a día hasta que el brebaje era un verdadero daiquiri deliciosamente dulce que suministraba los opiáceos supuestamente irresistibles en un líquido irresistible. También administraron a ambos grupos agua normal del grifo, que debía de parecer muy gris y ligera al lado de los frascos brillantes y bien condimentados.
Y lo que averiguaron fue lo siguiente: a las ratas de las jaulas aisladas y estrechas les encantó el agua aliñada con morfina desde el primer momento, cuando era muy poco dulce; la sorbían ruidosamente y me imagino que se caerían redondas al suelo con sus rosados ojillos traspuestos y moviendo lentamente en el aire etéreo sus minúsculos pies arrugados. Sin embargo, los residentes del parque se resistían a beber la solución narcótica por más dulce que se la preparasen. Aunque alguna vez la bebieran (las hembras más que los machos), preferían sistemáticamente el H2O a palo seco, y cuando compararon los dos grupos, las ratas aisladas bebían hasta dieciséis veces más que las residentes del parque, un hallazgo de importancia estadística a todas luces. Es muy interesante el hecho de que, cuando añadieron naloxona al agua con morfina del parque, las ratas invirtieron la aversión al agua con narcótico y la bebieron.
El experimento de la seducción demostró que, en realidad, no hay nada inherente e inexorablemente atractivo en los opiáceos, y así se alzó como auténtico contraargumento de la mentalidad de la moderación que tanta prominencia ganó en este país cuando entró en vigor la Ley Seca, mentalidad que, de una forma u otra, tanto ha influido e influye en los estudios sobre la adicción.
Lo que este pequeño experimento me demuestra es (elíjase una opción):
a)En realidad, la morfina no es inherentemente adictiva, y los substratos psicológicos del síndrome de abstinencia se exageran.
b)Como diría Kleber, carezco del gen deficiente que aumentaría mi vulnerabilidad a la adicción.
c)En realidad, en ningún momento he corrido riesgo porque no me inyecté, lo cual me habría colocado mucho más y el haz prosencefálico medial habría recibido un estímulo más intenso.
d)Vivo en una colonia, no en una jaula.
e)Nadie lo sabe.

Los médicos de la psicocirugía actual –lobotomías, leucotomías y cingulotomías– insisten en que sus procedimientos no son experimentales; esa afirmación plantea interrogantes sobre la definición exacta del término en uso. Si definimos procedimiento experimental como procedimiento no aceptado institucionalmente, la psicocirugía no es experimental, sin duda, porque las pólizas de seguros la cubren. Con todo, tal como veremos en este capítulo, la lobotomía y su vástago, la cingulotomía, se basan en conjeturas, como el conocimiento mismo; dependen mucho más de la opinión que de los hechos y siempre son un viaje impredecible a la materia más gris. La larga historia de la psicocirugía, e irónicamente su leyenda negra, es quizá lo que más luz arroja sobre las cuestiones éticas fundamentales que ha planteado la psicología experimental a lo largo del siglo XX, y al mismo tiempo allana el terreno a las futuras excavaciones en la mente del ser humano.
Moniz publicó sus descubrimientos en 1937 en el American Journal of Psychiatry, y así fue como la lobotomía llegó a los Estados Unidos. Dos cirujanos, Walter Freeman y James Watts, empezaron a trabajar en la otra orilla del océano. Freeman y Watts desarrollaron un procedimiento llamado lobotomía transorbital que consistía en entrar en el cerebro con un instrumento puntiagudo muy afilado justo por encima del globo ocular y, pasándolo por el hueso de la órbita, accedían a los cuadrantes cerebrales. La diferencia esencial entre el método transorbital de Watts y Freeman y el frontal de Moniz es el acceso en sí. Moniz accedía por la línea del cuero cabelludo. Los cirujanos estadounidenses entraban directamente por la puerta más blanda insertando el instrumento por el ojo abierto y cortando después lo que podían.
Por horrendo que parezca este procedimiento, Freeman y Watts hicieron descubrimientos similares a los que había hecho Moniz cuando se limitaron a operar a pacientes de ansiedad y depresión. Freeman habla de una mujer de Topeka (Kansas) que padecía una grave inquietud y prefirió la intervención quirúrgica al ingreso en una institución mental.
Freeman escribió que los resultados fueron extraordinarios: «El razonamiento y la comprensión no parecen mermados, y la capacidad para disfrutar de acontecimientos exteriores ha aumentado visiblemente». En total, la pareja de cirujanos llevó a cabo una serie de cinco intervenciones en las seis semanas siguientes a la primera, y descubrieron que todos los enfermos que tenían en común «un substrato, un denominador común de preocupación, aprensión, insomnio y tensión nerviosa, experimentaron liberación del engranaje de la ansiedad».
Después, naturalmente, vinieron los fracasos. Ataques. Muertes. Hemorragias. Una cuchilla que se perdió en el cerebro. Infecciones posquirúrgicas. Recaídas. Incontinencia. Moniz cuenta que una mujer empezó a gritar obscenidades y a canturrear cuatro días después de la intervención; otros pacientes se infantilizaron, se aferraban a un osito de felpa y obedecían sumisamente. Freeman dejó escrito: «Los pacientes lobotomizados se convierten en buenos ciudadanos», un comentario que da escalofríos pero, en esencia, poco distinto a las críticas que reciben las drogas psiquiátricas que se administran hoy. Una cuestión fundamental, de los miles de cuestiones fundamentales, era si la lobotomía acarreaba cierta pérdida de «chispa vital».
Moniz nos abrió un camino para salir de la farmacología; nos dejó un método que llevó a otro método que ahora está dando lugar a otro tan pequeño y limpio como un microchip, por lo tanto, gracias. Gracias a él. Pero nos dejó una cosa más, creo. Todavía está por ver, pero de todos los grandes experimentos del siglo XX, el suyo nos dejó, es mi hipótesis, cierta reticencia entrañable que, aunque no nos impida embarcarnos en viajes quirúrgicos, nos demostrará una y otra vez que creemos que el cerebro es sagrado.

La psicología experimental, aun en contra de lo que digan los críticos, pertenece en verdad al mundo, sus cuestiones son por naturaleza crudas, apasionantes, horrorosas y raras. ¿Por qué carecemos de un centro moral donde nazca la rebelión? ¿Por qué no ofrecemos a nuestros vecinos ayuda inmediata e indiscriminada? ¿Por qué abandonamos una y otra vez nuestro propio ángulo de visión y capitulamos ante el ángulo dominante? Éstas son algunas de las preguntas fundamentales de la psicología experimental del siglo xx, y no sólo son interesantes por su evidente relevancia en el mundo, sino porque, extrañamente, no se tratan en psicoterapia, una subespecialidad de la psicología. ¿Cuál es el punto de encuentro de la psicología experimental y la clínica? Por lo visto no lo tienen.
Cuando sepamos cuál es la base neuronal de la obediencia, el amor, la tragedia, la compulsión, ¿no podremos arreglarlas, aplicarles radio, irrigarlas o hacerles lo que sea necesario?.
Pero, naturalmente, siempre surgirán nuevas preguntas, aunque sólo sea la pregunta de por qué no hay preguntas que hacerse y lo que eso implica, y ya hemos llegado de nuevo a la filosofía. Por lo visto, no hay escapatoria. Por muy competentes, tecnológicamente hablando, que sean los últimos experimentos, siempre toparemos con residuos de misterio y barro, y con ellos cargaremos. Buscamos respuestas. Probamos por aquí y probamos por allá. Amamos y trabajamos. Matamos y recordamos. Vivimos nuestra vida: cada una, una hipótesis divina.

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This book is written in 10 chapters, one per experiment. Slater’s writing doesn’t follow a single pattern and seems almost whimsical, with most chapters having different formats. This may annoy the structured reader, but to me it just kept things more interesting, as I would have gotten bored otherwise.
As for her prose, it can get a bit cheesy sometimes, as she makes some rather questionable artistic choices, so to speak. But it’s not all dubious, you can spot the occasional good metaphor. One element I quite disliked, however, was her conclusions. Mainly the ones to each chapter, sometimes those to individual paragraphs too, they could get downright awful at times. However, since it’s only the last sentence(s), it wasn’t unbearable.
Slater sometimes diverts from the explanations on the studies to herself, but this was to be expected since the blurb claims to give a personal and social context to these experiments. When executed properly, these contexts were actually welcome, but they did get a little old by the end of the book.
What I think matters most is the choice of experiments and how they are explained. Slater gives information on the societal context of each study, on the researcher(s) responsible for each study, on the execution of the studies themselves, on their effect on the field of psychology, on what the studies entail, and on the opposing views and findings (so we don’t only see one side of the coin). This, in my opinion, was all done very well.
Some might find it odd of me to overlook her personal additions as much as I do, but my focus on the scientific content made me value the parts about psychology much more, enough to enjoy this collection despite its weaker points.
However, I do understand why this might bother some, and, consequently, why this book isn’t for everyone.
Note: Some people might bring into question Slater’s fictionalisation of some of what she reports. This is a valid concern in certain chapters, mostly the third one, where she claims to have attempted to reproduce the results of Rosenhan’s experiment, and some details scattered throughout.
However, some might try to bring up the fact that Skinner’s daughter Deborah has written a rebuttal of this book in which she criticises Slater for perpetuating the rumours surrounding her relationship with her father. In reality, Slater explicitly states that the stories floating around Deborah Skinner are only rumours and that none of them are true (second pages of the first chapter, page 7 in my edition). She even goes on later in the chapter describing Deborah’s actual treatment from her father, which aligns perfectly with Deborah’s «rebuttal». Upon some basic research, it seems that The Observer published an article which misquoted Slater, and Deborah took it for fact and wrote her own rebuttal in consequence.

In the 1960s, Skinner gave an interview to biographer Richard I. Evans in which he openly admitted the fascist implications of his social engineering efforts and the possibility that they might be used for totalitarian ends. The story goes that Skinner wanted nothing less than to shape – and “shape” is the operative word here – the behavior of people by means of mechanisms, boxes and buttons, turning everything human he touched into automatism. Legend has it that he built a baby box in which he kept his two-year-old daughter Deborah in order to train her, noting the trajectory graphically. Legend also tells that when the girl turned thirty-one, she denounced him for ill-treatment before a real court of law, she lost the case and shot herself in a bowling alley in Billings (Montana). None of this is true, and yet the myth persists. Why? What is it about Skinner that inspires us so much fear?
If we write «B. F. Skinner» in the search bar, we will find thousands of results, among them, the website of an outraged father who condemns him for the murder of an innocent girl; another website with a skull and the following words from Ayn Rand: «Skinner is obsessed with hatred of the human mind and virtue, a hatred so intense and devouring that it devours itself and leaves us with nothing but ashes in the end.» grays and a residue of smelly cisco”. What is the true legacy of Skinner? In order to understand Skinner’s experiments, it may be necessary to first discriminate, to separate the content from the polemic.
He put into play what he called fixed frequency and extinction programs. The variant of the experiment called extinction consists in withdrawing the reinforcement completely. He found that if he removed the treat, sooner or later the rats stopped pressing the lever even though they heard the treats rattling. Using a polygraph attached to the cage, he was able to graphically display the time it takes for a response to be learned when rewarded regularly, and the time it takes to extinguish when reward is abruptly interrupted. The resulting ability to measure these rates accurately and under different circumstances has resulted in quantifiable data on the learning process of organisms and the ability to predict and control learning outcomes. With the achievement of predictability and control came a true behavioral science, with its bell curves, bar charts, point clouds, and mathematics, and Skinner was the first to do so to a highly varied and multifaceted degree.
But he didn’t stop there. Then he came up with what he called variable schedules of reinforcement, and it was then that he came to the most significant discoveries. He experimented with intermittently rewarding the animals with food when they pressed the lever, but not rewarding them most of the time, only very occasionally, say on the fortieth or sixtieth time. Intuition tells us that random and distant rewards would lead to the uselessness of the behavior in question and, therefore, to its extinction; but it was not like that. Skinner found that by intermittently rewarding the rats, they continued to press the lever like sharp-toothed drug addicts, whatever the outcome of their behavior.
Skinner gradually gained fame. He went on to invent training machines, elaborate a theory of language acquisition as instrumental conditioning, and train pigeons to guide missiles during World War II. He wrote a book called Walden Two in which he outlined a proposal for a community based on «behavioral engineering,» where the power of positive reinforcement was used to control human beings scientifically. In his view, such an ideal community would not be governed by politicians but by beneficial behaviorists armed with candy canes and blue ribbons.
How to define Skinner? The implications of his experiments are disturbing. On the other hand, the discoveries he made are fully significant. In essence, they illuminate human stupidity, and anything that illuminates human stupidity is brilliant.

Milgram was not the first psychologist to experiment with obedience, nor was he the first to deceive subjects (the «electocuting machine» was a fake, the student and the researcher were paid actors), but he was the first to do both at the same time. time systematically. Before Milgram, however, there was a mysterious researcher named C. Landis who, in an unnamed laboratory in Wales in 1924, found that 74 percent of subjects were willing to decapitate a rat at the researcher’s insistence. In 1944, a psychologist named Daniel Frank realized that he could get his subjects to perform the strangest acts just because he told them to do so while wearing the white coat.
First, Milgram, who aspired to become a political scientist, had not taken a single psychology course in the four years he studied at Queen College, so he did not know much about the relevant literature. Second, Milgram, a short, loquacious man, acknowledges the influence he received. He appoints as his maker, if one man can make another, Solomon Asch, a social scientist. When he was a senior in undergrad, he was Asch’s assistant at Princeton. Asch was immersed in an experiment on peer pressure. Using a study based on lines of different lengths, he found that subjects capitulated to the general perception of the group, so that if the group said that line A was clearly longer than line B, even when it was clearly not, the subject Perplexed, he ended up saying the same thing and put his perception aside to behave like the others.
Milgram presented invoices for electrodes, thirty switches, black labels, and sound equipment—all the props for a dangerous play he was going to stage, the play that would literally move the world and mark his career in such a way that he would never get to see it. to fully recover. He started with Yale students and, to his surprise, each and every one heeded his orders and gleefully covered the full scale of switches by applying electric shocks. Milgram’s experiment received funding from the National Science Foundation.
Milgram was a social psychologist, which means that he had to understand his findings primarily in terms of the situation, since that is the cornerstone of social psychology. For social psychology, personality – who each one is – is less important than the place – where each one is – and he wanted to show that any normal person can become a murderer if he is in the place where killing is imposed. . Through his experiments, and to a greater or lesser degree over the years, he explained My Lai’s egregious behavior in Vietnam and Nazi Germany, where his work links inextricably with Hannah Arendt’s thesis on the banality of evil in the person of the bureaucrat Eichmann, who blindly executed orders driven by external forces. Today, many days after the Milgram experiment, social psychology continues to play the same key, continues to proclaim that the fundamental thing is the context, not the psyche.

Rosenhan’s experiment elegantly explores the way we always see the world based on the color of the glass through which we look at it. His experiment implies that we are inextricably immanent, that we are imbued with subjectivity, and as such, he contributes to philosophy as well as to psychology and psychiatry.
Rosenhan disarmed psychiatry as a science, and in doing so he goaded and encouraged many American psychiatrists to show off the keen insight behind his often questionable claims:
Most doctors don’t assume that patients seeking help are lying; therefore, they can be deceived […]. It would not be impossible to carry out a study in which patients prepared to simulate a history of myocardial infarction were treated on the basis of history alone (since a negative EKG has no diagnostic weight), but it would be ridiculous to conclude from such a study that physical illness does not exist, that medical diagnoses are bogus labels, and that «illness» and «health» only exist in the doctor’s head.
The fake patients didn’t behave like normal people in the hospital, because if they did, they would have gone to the nurse and said, «Look, I’m a normal person, I just wanted to see if I could sneak into the hospital behaving like a crazy person.» or saying nonsense. The thing worked and they admitted me, but now I would like to be discharged ».
Rosenhan’s experiment is, perhaps like any great work of art, multifaceted, powerful, and imperfect. It can be discussed, like all the previous ones.
In another time we believed in psychiatry as in a deity; It was the golden age, the thirties, the forties, the fifties, when psychoanalysis came to dominate the discipline and had an answer for practically everything. The story of our own life could heal us; curl up into a ball, and cry; manias were considered «a desire to eat, a desire to be eaten, and a desire to go to sleep.»
The curious thing about the case was that psychoanalysis, which became an absolute synonym of psychiatry – to such an extent it dominated the field –, cared very little about the rigor of the diagnosis itself. There was a manual, which still exists. It’s called the Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, the DSM for short. The first edition was published in 1953, the second in 1968. The second edition was the one that was circulating at the time of the entry of the false patients.
Since Rosenhan, psychiatry has made admirable efforts to locate the psychological origins of mental illness—mostly, but not entirely, futile. In the 1980s, a promising new test for diagnosing depression called the dexamethasone suppression test was devised, in which a certain metabolite was isolated from the urine of some sad people. The discovery was received with great enthusiasm. Soon, very soon, depression could be diagnosed the way anemia is diagnosed: squat over this glass, three amber droplets on the slide, and voilà!
It could be said that the incidence of certain diagnoses not only rises and falls according to public perception, but that the doctors who stick those labels continue to do so without taking into account, perhaps, the criteria established by the DSM: solid criteria against the risky diagnosis, criteria from which the appropriate treatment, the prognosis, the construction of the person’s past, the future that is presented to him or her are deduced.

In 1964, a strange crime was committed in New York City that catalyzed the interest of two young psychologists and directed them towards investigating the behavior of witnesses. Although John Darley and Bibb Latané were not Jewish and never implicitly or explicitly linked their work to Nazi Germany, the results of their experiments in caring human behavior have been put to work in the service of a characteristic twentieth-century Western obsession: understanding the Holocaust. Darley and Latané devised a series of experiments to study the conditions in which the human being ignores the request for help from his fellow human beings, as well as the conditions in which compassion is imposed. Although Darley and Latané’s work bears some superficial resemblance to Milgram’s experiment, the differences are profoundly significant. Milgram studied obedience to a single authority. Darley and Latané studied the opposite: what happens when, in moments of emergency, there is no authority in charge.
Five phases of caring behavior:
1. Those who can provide assistance must be aware of what is happening.
2. It is necessary to understand that the event requires intervention.
3. Personal responsibility must be assumed.
4. You need to decide what action to take.
5. It is necessary to act accordingly.

Harlow went to Madison, intended to study rats but ended up studying monkeys, rhesus monkeys, a nimble little family. As an eternal student of Terman, he began by devising a test to measure the intelligence of monkeys, a kind of IQ profile of apes, and had a resounding success in showing that small primates were capable of solving problems in a much more intelligent way. complex than previous researchers had imagined. His fame grew. Madison gave him an old factory to set up a primate lab, and the students were asking for it. To study monkeys, Harlow separated the young from their mothers and other young, and this is how he rose to fame. He studied the monkeys’ heads, but he also observed his heart and wondered. When the pups were separated, they bonded strongly with the plush towels that covered the floor of the cage. They would lie on them, grip them tightly with their little hands, and throw tantrums if they were taken away, just like human babies with a tattered blanket or teddy bear. The monkeys grew attached to the towels. Why? It was a great question. Until now, attachment had been considered a response to the food received. We love the mother because we love her milk. The baby clings to the mother because she sees the swollen breasts, the darker areola and the button of the nipple that rises between the folds of skin, and she is hungry and thirsty. Clark Hull and Kenneth Spence had said that everything related to human attachment was based on the satisfaction of instinct. Hunger is a primal instinct and we want to satisfy it, just like thirst and sex. From the 1930s to the 1950s, the theory of instinct satisfaction and its relation to affection was not questioned.
However, Harlow began to reconsider. He fed the baby monkeys himself, with little plastic bottles, and when he took the bottle away from them, the babies would smack their mouths, sometimes wiping a piece of white from their furry chins. But when he tried to take the terrycloth towels from them, the apes screamed as if they were being led to the slaughterhouse, throwing themselves to the ground with all the strength of their little bodies and grabbing the cloth in handfuls. Harlow was fascinated by it. The apes screeched (in another time and another place, Mabel, fluffy and soft but cold, looked out the window two feet from her son. In a personal forest, animals crossed by black lines that bled red and blue flew). He watched the screeches of the monkeys and thought of love. What is love? She then she saw it. As Blum, his biographer, writes, the best way to understand the heart is to break it. And so began his career, beautiful and brutal.
Macaques have a common genetic heritage with humans of approximately 94 percent. Or what is the same, the human being is 94 percent Indian macaque and 6 percent person. If we go up the phylogenetic scale, we are orangutans at 98 percent, more or less, and chimpanzees at 99, that is to say, we are only distinguished from them by the merest splash of exclusively human matter. That is precisely why psychological research has long gravitated toward experimentation with chimpanzees. Roger Fouts, a primate researcher, says: «Apes have a complete linguistic repertoire, an entire and complex intelligence that we don’t fairly value just because we are dominated by the Cartesian worldview.»
Harlow, like Milgram, had a flair for the spectacular, for lyrical perversion, and he filmed the monkeys clinging to the mother of wire mesh and snow, to the iron lady who pricked them. The films are very powerful, they are very strong demonstrations of desperation, and he was not afraid to show them. He knew that popular science contains an artistic element, even a show.
In 1958 he was elected president of the American Psychological Association, a not insignificant honor.

In the 1960s and 1970s, scientists began to investigate the nature of addiction. With animal models, they tried to recreate and quantify the craving or desire to consume, tolerance and withdrawal syndrome. Some of the more bizarre experiments involved injecting LSD into an elephant with a dart gun and giving cats barbiturates directly into the stomach via a catheter. With cocaine alone, more than five hundred experiments a year are still carried out today, some on monkeys strapped to chairs, others on rats, whose nervous systems, so similar to ours, seem to make them reasonable subjects for study. of addiction. Practically all experiments on addiction carried out with animals start from the notion that certain substances are irresistible, and they arrive at the same conclusion using as evidence that animals end up self-administering the neurotoxin of their own free will until they die. Nevertheless, Bruce Alexander and his co-investigators Robert Coambs and Patricia Hadaway decided in 1981 to test the fundamental premise of addiction in classical animal experimentation. The starting hypothesis: tying a monkey to a chair for days and days and giving it the opportunity to press a button to relieve itself says nothing about the strength of drugs, but says everything about social, physical and psychological ties. . They set out to test the animals in a truly supportive environment and see if the result was still, inevitably, addiction. In such a case, drugs would deserve demonization. Otherwise, perhaps, the researchers hinted, the problem was not chemical but cultural.
Alexander, Coambs, and Hadaway devised a few different conditions for the rat experiment. One was called «seduction.» That condition was based on the fact that rats have a sweet tooth and rarely, at best, resist a sweet. With «seduction» in mind, the researchers put 16 rats in the select park and another 16 in typical laboratory cages, with very little living space and extreme isolation. As morphine alone is bitter and rats do not like bitterness at all, the researchers gave both groups of rats a dash of morphine dissolved in water sprinkled with sucrose, with very little sucrose at first, which was increased day by day. until the concoction was a veritable deliciously sweet daiquiri that delivered the supposedly irresistible opiates in an irresistible liquid. They also gave both groups regular tap water, which must have looked very gray and light next to the bright, well-seasoned jars.
And what they found was this: the rats in the cramped, isolated cages loved the morphine-laced water from the start, when it was very slightly sweet; they slurped it noisily and I imagine they would fall flat on the ground with their little pink eyes transfixed and moving slowly in the ethereal air their tiny wrinkled feet. However, the residents of the park were reluctant to drink the narcotic solution no matter how sweet it was prepared for them. Even if they did drink it once in a while (females more than males), they consistently preferred H2O to sticks, and when the two groups were compared, the isolated rats drank up to sixteen times more than the park residents, a finding of statistical significance to all. lights. Interestingly, when naloxone was added to the morphine-laced water in the park, the rats reversed their aversion to the narcotic water and drank it.
The seduction experiment demonstrated that there is, in fact, nothing inherently and inexorably attractive about opiates, and thus stood as a bona fide counter-argument to the moderation mentality that gained so much prominence in this country when Prohibition went into effect. mentality that, in one way or another, has influenced and influences addiction studies.
What this little experiment shows me is (choose one):
a) In reality, morphine is not inherently addictive, and the psychological substrates of the withdrawal syndrome are exaggerated.
b) As Kleber would say, I lack the defective gene that would increase my vulnerability to addiction.
c) Actually, at no time have I been at risk because I did not inject myself, which would have made me much more high and the medial forebrain bundle would have received a more intense stimulus.
d) I live in a colony, not in a cage.
e) Nobody knows.

The doctors of current psychosurgery – lobotomies, leucotomies and cingulotomies – insist that their procedures are not experimental; that statement raises questions about the exact definition of the term in use. If we define an experimental procedure as a procedure that is not institutionally accepted, psychosurgery is certainly not experimental, because insurance policies cover it. Yet, as we shall see in this chapter, lobotomy and its offspring, cingulotomy, are based on guesswork, like knowledge itself; they depend much more on opinion than on facts and are always an unpredictable trip to the most gray matter. The long history of psychosurgery, and ironically its black legend, is perhaps what sheds the most light on the fundamental ethical questions that experimental psychology has raised throughout the twentieth century, and at the same time paves the way for future excavations in the mind of the human being.
Moniz published his findings in 1937 in the American Journal of Psychiatry, and thus the lobotomy came to the United States. Two surgeons, Walter Freeman and James Watts, began work on the other side of the ocean. Freeman and Watts developed a procedure called transorbital lobotomy which involved entering the brain with a very sharp pointed instrument just above the eyeball and passing it through the orbital bone, accessing the cerebral quadrants. The essential difference between the transorbital method of Watts and Freeman and the frontal method of Moniz is the access itself. Moniz accessed along the scalp line. American surgeons entered directly through the softer door, inserting the instrument through the open eye and then cutting what they could.
Horrendous as this procedure may seem, Freeman and Watts made discoveries similar to those made by Moniz when they simply operated on patients with anxiety and depression. Freeman tells of a woman from Topeka, Kansas, who suffered from severe restlessness and preferred surgery to admission to a mental institution.
Freeman wrote that the results were extraordinary: «Reasoning and comprehension do not appear to be impaired, and the ability to enjoy external events is visibly increased.» In total, the pair of surgeons carried out a series of five operations in the six weeks following the first, and discovered that all the patients who had in common «a substrate, a common denominator of worry, apprehension, insomnia and nervous tension , they experienced release from the gear of anxiety.”
Then, naturally, came the failures. Attacks. Deaths. hemorrhages A blade that was lost in the brain. Post-surgical infections. Relapses. Incontinence. Moniz says that a woman began to shout obscenities and hum four days after the intervention; other patients became infantilized, clinging to a teddy bear and submissively obeying. Freeman wrote, «Lobotomized patients become good citizens,» a comment that is chilling but essentially little different from the criticisms of psychiatric drugs administered today. One fundamental question, of thousands of fundamental questions, was whether lobotomy entailed some loss of «vital spark.»
Moniz opened a path for us to get out of pharmacology; she left us a method that led to another method that is now leading to another as small and clean as a microchip, so thank you. Thanks to him. But he left us one more thing, I think. It remains to be seen, but of all the great experiments of the 20th century, his left us, it is my hypothesis, with a certain endearing reticence that, while it may not prevent us from embarking on surgical journeys, will prove to us over and over again that we believe the brain is sacred.

Experimental psychology, contrary to what the critics say, truly belongs to the world, its questions are by nature raw, exciting, horrific and strange. Why do we lack a moral center where rebellion is born? Why don’t we offer our neighbors immediate and indiscriminate help? Why do we repeatedly abandon our own angle of vision and capitulate to the dominant angle? These are some of the fundamental questions of twentieth-century experimental psychology, and they are interesting not only because of their obvious relevance to the world, but because, strangely enough, they are not addressed in psychotherapy, a subspecialty of psychology. What is the meeting point of experimental and clinical psychology? Apparently they don’t.
When we know what the neural basis of obedience, love, tragedy, compulsion is, can’t we fix them, apply radio, irrigate them or do whatever is necessary?
But, of course, new questions will always arise, if only the question of why there are no questions to be asked and what that implies, and we are back to philosophy again. Apparently, there is no escape. No matter how technologically competent the latest experiments are, we will always run into residues of mystery and mud, and with them we will carry. We look for answers. We tried here and we tried there. We love and we work. We kill and remember. We live our life: each one, a divine hypothesis.

2 pensamientos en “Cuerdos Entre Locos: Grandes Experimentos Psicológicos Del Siglo XX — Lauren Slater / Opening Skinner’s Box: Great Psychological Experiments of the Twentieth Century by Lauren Slater

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