El Tercer Paraíso — Cristian Alarcón / Third Paradise by Cristian Alarcón (spanish book edition)

Para escribir me encierro en un container al sur de la ciudad de Buenos Aires. Esta caja de metal ha viajado en barco por el mundo hasta encallar un día y convertirse en una cabaña rara que ahora me refugia del frío invernal sobre la pampa bonaerense. La casa y yo finalmente quietos. Son dos mil metros cuadrados de verde entre árboles y pastizales.
En pandemia todo el mundo debe estar encerrado.
A los cuarenta cedí ante el vértigo del trabajo y los viajes. Puse todas mis energías en reuniones, acuerdos, investigaciones, contratos, maestrías, conferencias, clases, talleres, congresos, ferias, festivales, proyectos; un sinfín encadenado de acontecimientos evitables que se me antojaban ineludibles, parte de lo que suelen decirnos se cosecha en la adultez antes de declinar hacia la tranquilidad ideal de la madurez. Intenté terminar dos libros imposibles. Me perdí en otras ciudades y en la producción maníaca. Crie un hijo. No me refugié en la naturaleza de mi porción de campo. Preferí ampararme en los viajes y en la noche. Me aislé rodeado de miles de otros. Supe lo que era estar solo en la multitud tan cerca de todos esos desconocidos.

Esta novela fue la galardonada con el premio Alfagura de novela 2022, un encuentro equilibrado entre uno de los libros más notables de la narrativa latinoamericana reciente: Un verdor terrible de Benjamin Labatut.
La fijación con trazar el pasado, reconocer el origen y el espacio del jardín o paraíso como un reflejo de esa búsqueda. Pero también un horizonte posible, deseable frente al encierro que impuso la pandemia.
De alguna manera extraña, como en ese libro, todo es parte de lo mismo; la botánica es una forma de lenguaje, escribir es cultivar y la novela o el libro, un jardín.
La jardinería fue una de las cosas que muchos adoptamos por la pandemia. Es un relato en primera y tercera persona donde nos cuenta 3 historias, la de una familia Chilena, de la botánica y la de construcción de un jardín mientras el mundo pasa por el covid.

Las dalias son mexicanas, y por ello la flor nacional de México. Mi abuela Alba debe haberlo ignorado mientras seleccionaba los bulbos en otoño para plantarlos en agosto. Algo así me pasa cuando miro videos que me enseñan a sembrarlas: hago algo que no puedo evitar, signado por un hecho distante y misterioso.
Las jardineras famosas parecen conocerse entre sí, ellas y sus viveros, sus clientes. Algunas se dicen paisajistas. Pronto iré comprendiendo que bulle un mundo, un mercado, un sistema de quienes disfrutan el lujo de tener y cuidar. Algunas de estas mujeres venden implementos, semillas, delantales, palas, bulbos de dalia. Terminaré rogando que me vendan alguno. Será inútil. Todo es escaso en este gremio. Si no llegas a tiempo debes esperar un año.

Daglipulli se levantó entre colinas unos doce kilómetros más allá de la autopista que conecta la longitud de Chile. Es necesario desviarse para llegar a una larga y sinuosa cuesta tras la que se distingue el caserío, primero la Aldea Campesina, que supo estar separada por pampa y campo del pueblo, y enseguida una bajada que permite ver las casas de madera con techos a dos aguas; muy pronto el puente sobre el río. Daglipulli está en un pequeño valle entre colinas, sus calles tienen leves pendientes, la gente las camina lento y nada parece apurar la vida de sus habitantes. Casi nadie sabe que aquí hubo una rebelión contra los malos tratos que los curas de una misión católica daban a los mapuche-huiliches. Tampoco que el capitán español capturó a uno de los caciques y ordenó cortarle la cabeza para enviarla a Valdivia, donde la exhibieron clavada en medio de la plaza pública en señal de escarmiento.
Como en todo el sur de Chile, se percibe la influencia de los alemanes en algunas construcciones antiguas y el paso de cien años en las casas que parecen detenidas en el tiempo. Los colores vivos se han desgastado hasta darle una textura nostálgica a la madera.
Daglipulli fue conocida por el mejor lino de todo Chile, fabricado en una industria centenaria que humeaba cercana al centro, y por una fábrica de lácteos famosa, la más grande del país, una cooperativa de lecheros regentada por alemanes. En las afueras del pueblo aún existe una mina de carbón y el primer molino movido por energía eléctrica producido con una usina propia. Hace unas décadas llegaron las madereras, que jodieron todo haciéndose del bosque nativo y reemplazándolo por la plaga vegetal: pinos y eucaliptos, la madera veloz, barata, masiva. Aun así, como pasa con toda la Región de los Ríos, Daglipulli y sus alrededores siguen siendo un rincón que resiste la destrucción de la naturaleza. Tiene un atractivo turístico central: el alerce milenario, el más antiguo del mundo. Para abrazarlo se necesitan varias personas.

Durante el XIX los jardineros ingleses se fascinaron con las infinitas posibilidades de color que les daba el viejo método de polinizar con el polvo mágico de los filamentos de una planta silvestre los estigmas de otra clásica. Tal fue la masividad de la experimentación que la nomenclatura binominal se volvió caótica. Lo más probable es que los que sembré en mi jardín sean Gladiolus hybridus, como la mayoría de los que se pueden comprar por correo, simplemente porque en la confusión prefirieron estandarizar el bautizo. En la búsqueda de la distinción incesante del progreso se ha logrado una homogeneidad extraña, la de la infinita variedad.
Humboldt creyó enloquecer en París perseguido por el fantasma de su madre. Llegó a participar en ceremonias espiritistas para librarse de ella. Su matriz científica quedaba en la nada cuando se trataba de buscar cómo calmar la presencia demandante de ella. Viajar era todo lo que deseaba, alejarse de Europa y de esa mujer fría que volvía para cobrarle no sabía qué, aunque sospechaba que su deseo por la belleza masculina lo volvía débil ante la mirada de las sombras.
Alexander amaba la naturaleza y sus misterios como el cuerpo de los hombres y la compañía de sus amigos íntimos. Era enamoradizo. Sus biógrafos creen que destruyó cuidadosamente la correspondencia erótica, su vida sentimental.
Humboldt quiso ir a Laponia, Grecia, Siberia, Hungría, Filipinas, Egipto. Después de años se dio cuenta de que su pasaporte debía salir del reino de España, celoso custodio de los secretos de Sudamérica, pero el único que podría subirlo a un barco hacia el nuevo mundo. Hacía tres reinados que se impulsaba la incansable tarea de botánicos como José Celestino Mutis en Nueva Granada y alrededores. Él ofrecía su experiencia en minas, podría informar sobre nuevos filones a la corona. En 1799 logró zarpar en la fragata Pizarro junto a Bonpland y cargado con cuarenta y dos instrumentos de medición: telescopio, microscopio, reloj de péndulo, brújulas, varios barómetros.
Se asentaron en Cumaná, la ciudad donde cincuenta años antes había muerto el más querido de los discípulos de Linneo: Pehr Löfling. Pehr había dejado el camino abierto para Celestino Mutis.

Construir la huerta emociona a Antonio, creo que le interesa más plantar hortalizas que flores. La pensamos juntos. Será otro rectángulo, pero mucho más grande, y le haremos una estructura de madera con una base alta para protegerlo de inundaciones porque en esa zona la tierra es más baja. Tendrá parantes que nos permitirán cubrirla con un nylon a modo de invernadero y así podremos estar a salvo de las heladas y cosechar en invierno. Hacemos una lista de todo lo que puede ser plantado en otoño: acelgas, rúculas, puerro, cebolla de verdeo, albahaca, rabanitos, cebolla colorada, remolacha, perejil, cilantro, orégano, curry. En los bordes llenaremos de frutillas. Y entre las verduras pondremos algunas flores comestibles: copetes y pensamientos.
La pandemia rebrota con una velocidad impresionante. Nuevas cepas llegan al país y son más contagiosas, más voraces. Nos vuelven a encerrar en nuestras casas. La ceremonia Plantae es imposible, al menos como la imaginamos. La música, las bebidas, los platos exquisitos, el taller de huerta, las invitaciones. La pandemia nos ha enseñado a cambiar de planes sin pesar.

El invierno es cruel. Me contagio con la nueva cepa del virus. Tengo miedo de morir. Me falta el aire. Vivo sin saber si es el día o la noche. Ruego, pido por favor salvarme. Tengo miedo de dejar solo a mi hijo. También comprendo que si ocurre tiene dos abuelos y dos tíos que lo aman. Tengo terror de ser entubado, dormido, de no resistir con mis defensas el ataque. Muy lentamente me recupero, y en esa recuperación el campo, la huerta, las flores sembradas, los pájaros y los árboles, todo lo que atesoro en mi jardín y en los jardines aledaños que siento también míos es indispensable. Así termino de sanar. Con la primavera permiten los encuentros al aire libre.

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To write I lock myself in a container south of the city of Buenos Aires. This metal box has traveled the world by ship until it ran aground one day and became a strange cabin that now shelters me from the winter cold on the Buenos Aires pampas. The house and I finally quiet. There are two thousand square meters of green between trees and grasslands.
In pandemic everyone must be locked up.
At forty I gave in to the vertigo of work and travel. I put all my energies into meetings, agreements, research, contracts, master’s degrees, conferences, classes, workshops, congresses, fairs, festivals, projects; an endless chain of avoidable events that seemed inescapable to me, part of what they usually tell us is harvested in adulthood before declining towards the ideal tranquility of maturity. I tried to finish two impossible books. I got lost in other cities and manic production. Raise a son. I did not take refuge in the nature of my portion of the field. I preferred to protect myself on trips and at night. I isolated myself surrounded by thousands of others. I knew what it was like to be alone in the crowd so close to all these strangers.

This novel was awarded the 2022 Alfagura novel prize, a balanced meeting between one of the most notable books of recent Latin American narrative: Un terrível verdor by Benjamin Labatut.
The fixation with tracing the past, recognizing the origin and the space of the garden or paradise as a reflection of that search. But also a possible horizon, desirable in the face of the confinement imposed by the pandemic.
In some weird way, like in that book, it’s all part of the same thing; botany is a form of language, writing is cultivating, and the novel or book is a garden.
Gardening was one of the things that many of us adopted due to the pandemic. It is a story in the first and third person where he tells us 3 stories, that of a Chilean family, of botany and the construction of a garden while the world goes through covid.

Dahlias are Mexican, and therefore the national flower of Mexico. My grandmother Alba must have ignored it while she was selecting the bulbs in the fall to plant them in August. Something like this happens to me when I watch videos that teach me how to plant them: I do something that I cannot avoid, marked by a distant and mysterious event.
The famous planters seem to know each other, they and their nurseries, their customers. Some call themselves landscapers. Soon I will understand that there is a world, a market, a system of those who enjoy the luxury of having and caring for. Some of these women sell implements, seeds, aprons, shovels, dahlia bulbs. I’ll end up begging them to sell me one. It will be useless. Everything is scarce in this guild. If you don’t arrive on time you have to wait a year.

Daglipulli rose between hills about twelve kilometers beyond the highway that connects the length of Chile. It is necessary to turn off to reach a long and winding slope behind which the farmhouse can be seen, first the Peasant Village, which used to be separated by pampas and fields from the town, and then a descent that allows one to see the wooden houses with gabled roofs. waters; very soon the bridge over the river. Daglipulli is in a small valley between hills, its streets have slight slopes, people walk slowly and nothing seems to rush the life of its inhabitants. Hardly anyone knows that there was a rebellion here against the mistreatment that the priests of a Catholic mission gave to the Mapuche-Huiliches. Nor that the Spanish captain captured one of the caciques and ordered his head cut off to be sent to Valdivia, where they exhibited it nailed to the middle of the public square as a warning sign.
As in all of southern Chile, the influence of the Germans is perceived in some old buildings and the passage of a hundred years in the houses that seem frozen in time. The bright colors have been worn down to give a nostalgic texture to the wood.
Daglipulli was known for the best linen in all of Chile, made in a smoky century-old factory near the center, and for a famous dairy factory, the largest in the country, a German-run dairy cooperative. On the outskirts of the town there is still a coal mine and the first mill powered by electricity produced with its own plant. A few decades ago, the loggers arrived, screwing up everything by taking over the native forest and replacing it with the plant plague: pines and eucalyptus, fast, cheap, massive wood. Even so, as happens with the entire Region of the Rivers, Daglipulli and its surroundings continue to be a corner that resists the destruction of nature. It has a central tourist attraction: the thousand-year-old larch, the oldest in the world. To hug him, several people are needed.

During the 19th century, English gardeners became fascinated with the infinite possibilities of color that the old method of pollinating the stigmas of another classic plant with the magic dust of the filaments of a wild plant gave them. Such was the massiveness of the experimentation that the binomial nomenclature became chaotic. The ones I planted in my garden are most likely Gladiolus hybridus, like most of the ones you can buy by mail, simply because in the confusion they preferred to standardize the christening. In the search for the incessant distinction of progress, a strange homogeneity has been achieved, that of infinite variety.
Humboldt thought he was going mad in Paris, pursued by the ghost of his mother. He even participated in spiritualistic ceremonies to get rid of her. Her scientific matrix came to nothing when it came to finding a way to soothe her demanding presence. Traveling was all he wanted, getting away from Europe and that cold woman who came back to charge him he didn’t know what, although he suspected that his desire for masculine beauty made him weak before the gaze of the shadows.
Alexander loved nature and its mysteries like the body of men and the company of his closest friends. He was lovesick. His biographers believe that he carefully destroyed his erotic correspondence, his sentimental life.
Humboldt wanted to go to Lapland, Greece, Siberia, Hungary, the Philippines, Egypt. After years he realized that his passport had to leave the kingdom of Spain, jealous custodian of the secrets of South America, but the only one who could put him on a ship to the new world. He had been three reigns promoting the tireless work of botanists such as José Celestino Mutis in Nueva Granada and surroundings. He offered his experience in mines, he could report new veins to the crown. In 1799 he managed to set sail in the Pizarro frigate together with Bonpland and loaded with forty-two measuring instruments: telescope, microscope, pendulum clock, compasses, several barometers.
They settled in Cumaná, the city where fifty years before the most beloved of Linnaeus’s disciples had died: Pehr Löfling. Pehr had left the way open for Celestino Mutis.

Building the garden excites Antonio, I think he is more interested in planting vegetables than flowers. We think of it together. It will be another rectangle, but much larger, and we will make a wooden structure with a high base to protect it from flooding because the land is lower in that area. It will have uprights that will allow us to cover it with nylon as a greenhouse and thus we can be safe from frost and harvest in winter. We make a list of everything that can be planted in the fall: chard, arugula, leek, green onion, basil, radishes, red onion, beets, parsley, cilantro, oregano, curry. On the edges we will fill with strawberries. And among the vegetables we will put some edible flowers: tufts and pansies.
The pandemic is resurfacing with impressive speed. New strains arrive in the country and are more contagious, more voracious. They lock us back in our houses. The Plantae ceremony is impossible, at least as we imagine it. The music, the drinks, the exquisite dishes, the garden workshop, the invitations. The pandemic has taught us to change plans without regret.

Winter is cruel. I am infected with the new strain of the virus. I am afraid of dying. I am short of breath. I live without knowing if it is day or night. I beg, I beg please save me. I am afraid to leave my son alone. I also understand that if it happens he has two grandparents and two uncles who love him. I am terrified of being intubated, asleep, of not resisting the attack with my defenses. Very slowly I recover, and in that recovery the field, the orchard, the planted flowers, the birds and the trees, everything that I treasure in my garden and in the surrounding gardens that I feel are also mine is indispensable. That’s how I finish healing. With spring they allow outdoor gatherings.

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