El Último Mogol: El Ocaso De Los Emperadores De La India 1857 — William Dalrymple / The Last Mughal: The Fall of a Dynasty: Delhi, 1857 by William Dalrymple

Zafar llegó tarde al trono, al suceder a su padre con más de sesenta años, cuando el declive político de los mogoles era ya imposible de remontar. Pero, a pesar de ello, consiguió rodearse en Delhi de una corte esplendorosa. En el aspecto personal, fue uno de los monarcas más dotados, tolerantes y populares de su dinastía: un hábil calígrafo, un profundo pensador del sufismo, un entendido mecenas de los pintores miniaturistas y un inspirado diseñador de jardines y arquitecto aficionado. Pero, sobre todo, fue un muy destacado poeta místico, que escribió no solo en urdu y persa, sino en braj bhasha y punyabí, cuyo patrocinio propició en parte el que podría considerarse como el renacimiento literario más importante de la historia moderna de la India. Escritor de poesía gazala de gran belleza y mérito, la corte de Zafar sirvió también como escaparate para el talento del mayor poeta lírico de la India, Ghalib, y el de su rival, Zauq, respectivamente, el laureado poeta mogol y el Salieri del Mozart Ghalib.
Mientras que los británicos, poco a poco, iban acaparando más y más poder del emperador mogol, quitaban su nombre de las monedas, se hacían con el absoluto control incluso de la ciudad de Delhi, y elaboraban, por fin, planes para sacar de golpe a los mogoles del Fuerte Rojo, la corte se dedicaba a la obsesiva búsqueda del gazal más ingenioso, o del pareado urdu más perfecto. A medida que el panorama político se iba oscureciendo, la corte continuaba absorta en un último idilio con hermosos jardines, cortesanas y mushairas o recitales poéticos, oraciones sufíes y visitas a pirs, mientras la ambición literaria y religiosa sustituía a la política.
Una mañana de mayo de 1857, trescientos cipayosb amotinados y la caballería entraron en Delhi procedentes de Meerut, mataron a todo hombre, mujer o niño cristiano que encontraron en la ciudad y declararon a Zafar su líder y emperador. El nuevo líder no era amigo de los británicos, que le habían despojado de su patrimonio y le habían sometido a humillaciones casi a diario. Sin embargo, tampoco fue un insurgente convencido. Sus dudas eran muchas y su capacidad de elección escasa cuando le declararon líder oficial de una rebelión que desde el primer momento sospechó condenada al fracaso: un ejército caótico y sin oficiales, de soldados campesinos no retribuidos, enfrentado a las fuerzas de la mayor potencia militar del mundo, pese a acabar de perder la gran mayoría de los reclutas indios de su ejército de Bengala.
La gran capital mogola, inmersa en aquel momento en un extraordinario florecimiento cultural, se convirtió de la noche a la mañana en un campo de batalla. Ningún ejército extranjero estaba en situación de intervenir en apoyo de los rebeldes; por otra parte, sus municiones eran limitadas, carecían de dinero y los suministros escaseaban. El caos y la anarquía que se generaron en
el entorno rural resultaron mucho más eficaces para el bloqueo de Delhi que los esfuerzos por sitiar la ciudad protagonizados por los británicos desde sus posiciones en la Cordillera. El precio de la comida subió por las nubes y los suministros menguaron muy rápido. Pronto, el pueblo de Delhi y los cipayos se encontraron al borde de la inanición.

La figura titular en el centro de El último mogol de William Dalrymple es el rey Bahadur Shah Zafar II, el gobernante final de la dinastía Timurid. La historia de Zafar es trágica y presenta a un anciano mal equipado que se ve envuelto en una situación casi imposible de manejar, incluso para un hombre joven bien equipado.
A modo de historia de fondo, el Imperio Mogol había gobernado grandes franjas del norte y centro de la India durante dos siglos. De hecho, su gobierno comenzó incluso antes de que la Compañía Británica de las Indias Orientales hubiera transformado un puñado de puestos comerciales en una forma tóxica y letal de gobierno corporativo. Los mogoles, bajo Babur, descendieron primero a la India desde Asia Central, cruzaron el Hindu Kush y establecieron su dinastía en Delhi, en 1526. A pesar de ser gobernantes musulmanes en una tierra mayoritariamente hindú, la dinastía Timurid mantuvo una administración bastante eficaz, especialmente bajo su mejor líder, Akbar el Grande.
Sin embargo, cuando se abre el libro, el Imperio Mogol estaba decayendo. La Compañía de las Indias Orientales, a pesar de profesar lealtad a su “soberano”, fue la verdadera fuerza impulsora en la India. Con el tiempo, habían convertido el papel del rey mogol en una figura decorativa vacía. Sin embargo, incluso ese trabajo simbólico se estaba reduciendo. En particular, después de la disputa del rey Zafar con la Compañía de las Indias Orientales sobre su capacidad para elegir a su propio heredero, en lugar de que la realeza pasara automáticamente al hijo mayor, Zafar fue informado de que, pase lo que pase, él sería el último hombre en sentarse en el trono.
La eliminación gradual del Imperio Mogol ocurrió, no por coincidencia, en un momento de creciente tensión entre indios y europeos. Esta tensión finalmente explotó en una rebelión sangrienta que se conoce en Occidente como “el motín indio”, y por muchos en India como “la Primera Guerra de Independencia”. Para Dalrymple, es simplemente “el Levantamiento”, y cuenta la historia de este tumultuoso y complicado choque de armas, culturas y religiones centrándose en el personaje del Rey Zafar.
Según Dalrymple, la colonización de la India por parte de Gran Bretaña no fue una cosa aislada, sino que ocurrió en distintas fases. Una fase anterior, la época de los llamados «mogoles blancos», mostró algunas de las mismas tendencias integracionistas de la dinastía Timurid. Es decir, los funcionarios británicos trabajaron dentro de la cultura existente, en lugar de intentar cambiarla por completo. Se casaron con mujeres indias, tuvieron hijos y crearon una especie de sociedad híbrida. Eso cambió en la década de 1850 con la llegada de evangelizadores que intentaron imponer el cristianismo a innumerables hindúes y musulmanes que no estaban dispuestos a hacerlo. Al mismo tiempo, los funcionarios británicos planearon disolver el Imperio mogol tras la muerte del rey Zafar.
El levantamiento resultante de 1857 tuvo muchas causas, incluido el celo misionero no deseado antes mencionado, pero la chispa que finalmente encendió la pólvora fue la emisión de cartuchos de papel preengrasados para ser utilizados en los rifles Enfield entregados a las tropas indias. (A las tropas indias se las llamaba cipayos, de la palabra persa para soldado). Se pensaba que la grasa que recubría estos cartuchos, que el soldado tenía que morder para cargar el rifle, se derivaba del sebo de res y la manteca de cerdo. En otras palabras, se engrasaba con subproductos de animales que eran, respectivamente, sagrados para los hindúes y ofensivos para los musulmanes. Un motín en Meerut por estos cartuchos (apenas mencionado por Dalrymple) se propagó rápidamente y eventualmente envolvió a Delhi, donde se desarrolla por completo esta historia.
En el relato de Dalrymple, la insurgencia de Delhi, a diferencia del Levantamiento en su conjunto, fue motivada e impulsada religiosamente por musulmanes. Los combatientes musulmanes, junto con los cipayos anteriormente empleados por la Compañía de las Indias Orientales, acudieron al rey Zafar para buscar su aprobación para sus acciones. Atrapado entre la posibilidad de una muerte instantánea a manos de su propia gente, o la futura ira de Gran Bretaña si fracasa el Levantamiento, Zafar decidió respaldar el Levantamiento.
El resto es bastante desalentador. El Levantamiento en Delhi comenzó con la masacre de hombres, mujeres y niños británicos a manos de las fuerzas insurgentes. Terminó con un asedio de los británicos, coronado por la masacre de hombres, mujeres y niños por parte de las fuerzas de la Compañía de las Indias Orientales.
Dalrymple, que ha vivido gran parte de su vida en la India, tiene una sólida reputación como historiador de este período y ha escrito una serie de libros bien recibidos. Su estilo, como explica específicamente, es evitar las escuelas interpretativas cargadas de jerga e intentar presentar las perspectivas de todas las diversas facciones. A diferencia de los libros anteriores sobre el Levantamiento, que utilizaron principalmente documentos y relatos generados por los británicos (de los cuales hay muchos), Dalrymple hace un esfuerzo concertado para utilizar fuentes indias y no occidentales. Cita extensamente de manuscritos en urdu y persa; sigue a participantes no británicos, como el famoso poeta Asadullah Khan, conocido como Ghalib (un excelente observador); y utiliza los voluminosos registros judiciales de Delhi (que contienen las solicitudes, las quejas y los comentarios de los ciudadanos comunes de Delhi) con un efecto maravilloso (demostrando que, como en la mayoría de las guerras, quienes más sufrieron fueron los civiles aplastados entre los ejércitos en guerra).
Más allá del rigor y la amplitud de la erudición, Dalrymple es un excelente escritor. Puede construir escenarios maravillosamente detallados, como su primera narración de la procesión de la boda del hijo de Zafar, el príncipe Jawan Bakht. Dalrymple también ofrece retratos llenos de matices y comprensivos de las personas involucradas, especialmente Zafar. Ocasionalmente, incluso afilará un poco su pluma, como cuando describe al héroe/criminal de guerra británico John Nicholson como “este gran psicópata imperial”. Más que nada, está el amor de Dalrymple por Delhi, y algunas de las mejores secciones del libro están dedicadas a evocar los días del atardecer de la dinastía Timurid en esa gran ciudad.
El último mogol intenta ser fácil de usar. Los mapas son caricaturescamente insuficientes, pero hay un dramatis-personae que es útil.
No obstante, en general, este libro requiere un poco de conocimiento previo. Dalrymple se ha propuesto narrar el asedio de Delhi visto a través de los ojos del rey Zafar, y no se desvía de esa intención. Con ese fin, hay muy poco a modo de contexto general del Levantamiento. Los eventos que suceden en otros lugares apenas se mencionan, y mucho menos se describen. El motín inicial en Meerut, por ejemplo, se presenta de una manera frustrantemente elíptica. Personajes como William Hodson, de Hodson’s Horse, simplemente desaparecen de la historia. Tendrás que ir a otro lado para descubrir que Hodson murió en el Levantamiento. Dado que esto sucedió en Lucknow, y no en Delhi, Dalrymple no se molesta en abordarlo. En resumen, a diferencia del superior Return of a King de Dalrymple, sobre la Primera Guerra Anglo-Afgana, The Last Mughal no es independiente. Es una visión de un momento histórico épico y arrollador tomada a través de una mirilla. Lo que ves es muy bueno. Desafortunadamente, no ves lo suficiente.
El último mogol se publicó en 2006, en un momento en que el terrorismo y el choque entre Oriente y Occidente ocupaban un lugar destacado en la mente del mundo. Ese centro de atención obviamente ha cambiado dramáticamente, al menos por el momento. Aún así, es difícil discutir con la conclusión final de Dalrymple sobre el muy difamado Rey Zafar II. A pesar de su incapacidad para ejercer un liderazgo fuerte durante el Levantamiento, Zafar tenía una «actitud pacífica y tolerante ante la vida» y ponía énfasis en la coexistencia pluralista, en lugar del dominio. Estos son rasgos que son admirables, incluso vitales, aún hoy.

La boda del mirza Jawan Bakht alcanzó un nivel incomparable en la historia reciente de Delhi, pues llegó incluso a eclipsar las bodas de los hermanos mayores de Jawan Bakht. Sesenta años después, el joven cortesano Zahir Dehlavi, cuyo trabajo consistía en encargarse del cuidado del Mahi Maraatib o Estandarte del Pez,c todavía recordaba el aroma de las bandejas de comida enviadas a todos los cargos de palacio desde las cocinas reales y los espectaculares festejos que precedieron a la celebración principal: «nunca se había visto tanta belleza y magnificencia –escribió muchos años después en su exilio de Hyderabad–. Al menos en todos los años que yo he vivido. Fue una celebración que nunca olvidaré».
Los festejos habían comenzado tres días antes de la boda, con un desfile desde la casa de Walidad Khan hasta el palacio, en el que se acarrearon los principales regalos de boda, y al que siguieron unos fuegos artificiales: «una brillante caravana de elefantes, camellos, caballos y toda clase de carruajes», según la Delhi Gazette. A este le siguió la ceremonia del mehndi, en la que las manos de la pareja y las de sus invitados, incluidas todas las mujeres de palacio, se decoraban con henna; los festejos se prolongarían durante siete días más desde la celebración de la ceremonia nupcial.
La noche de la gran procesión, al comienzo de la vigilia nocturna conocida como la ratjaga, Zafar le había regalado a Jawan Bakht un velo de bodas elaborado con cadenas de perlas llamadas sehra, y se habían celebrado varias fiestas simultáneas a cada cual más grandiosa para las diferentes categorías de palacio, cada una con sus propios músicos y conjuntos de bailarinas. Algunos ciudadanos selectos estaban en un patio, los niños y los estudiantes de palacio en otro, los cargos más importantes en un tercero, y los príncipes en un cuarto.
En parte como resultado de esta falta de contacto habitual con los europeos, Delhi siguió siendo un lugar con una profunda confianza en sí mismo, bastante satisfecho con su propia brillantez y la superioridad de su tahzib, su culta y refinada urbanidad. Fue una ciudad a la que todavía le quedaba sufrir el derrumbamiento de la autoconfianza que acarrea la llegada de un abierto y desenfrenado colonialismo. Pero, en cambio, Delhi seguía siendo en muchos sentidos como una burbuja del conservador tradicionalismo mogol dentro de una India que cambiaba a toda velocidad. Cuando alguien de Shahjahanabad quería ensalzar a otro habitante de la ciudad, seguía recurriendo a los viejos patrones de la retórica medieval islámica, envuelta en gastadas metáforas poéticas: las mujeres de Delhi eran altas y esbeltas como cipreses; los hombres, generosos como Feridun, eruditos como Platón, sabios como Salomón; sus médicos, expertos como Galeno.
Los mayores tesoros del Fuerte Rojo ya se los había llevado el invasor persa Nadir Shah en 1739. Medio siglo después, en el verano de 1788, cuando Zafar era un niño de ocho años, el bandido Ghulam Qadir tomó la ciudad, se ocupó en persona de dejar ciego a su abuelo, Shah Alam II, y obligó a su padre, el futuro emperador Akbar Shah II, a que bailara para su deleite; no contento con eso, se llevó también la fabulosa biblioteca de Shah Alam, la mayoría de cuyos ejemplares vendió luego al nabab de Avadh, para indignación del emperador. No quedó más que un emperador ciego al mando de un palacio en ruinas: «un simple rey de ajedrez», en palabras de Azad.
Tras la muerte de Shah Alam II, la autoridad de los mogoles se redujo aún más, de modo que el control de Zafar ni siquiera llegaba a Palam. Su autoridad real terminaba en las murallas del Fuerte Rojo, como si fuera una especie de papa indio dentro de su propia Ciudad del Vaticano. Incluso allí, se veía limitado en algunos aspectos, ya que el Residente británico,i sir Thomas Metcalfe, mantenía una cordial relación, pero al mismo tiempo una férrea vigilancia, sobre la vida cotidiana de Zafar y, a menudo, le impedía ejercer unos derechos que el emperador consideraba sagrados.
Metcalfe empezaría a visitar todas las diversas antigüedades de la ciudad, y fundaría la Sociedad Arqueológica de Delhi, dedicada a revelar la historia oculta que subyacía a dichos monumentos, de la cual el joven sir Syed Ahmed Khan fue un miembro entusiasta y activo. La sociedad tenía su propio periódico, la mayoría de cuyos artículos Metcalfe encargaba en persona a los intelectuales de la ciudad, y él mismo traducía de forma puntual del urdu al inglés.
A diferencia de la mayoría de los funcionarios británicos –que consideraban su estancia en India como algo temporal y esperaban ansiosos el momento de poder regresar a casa con los ahorros acumulados para volver a establecerse de nuevo en Inglaterra–, Metcalfe tomó la decisión de trasladar todas sus posesiones familiares a la India, y mandó construir en Delhi, no una, sino dos grandes casas de campo, además de su nueva oficina del Residente, conocida como Ludlow Castle, enclavada fuera de las murallas de la ciudad, en la recién edificada zona de Instalaciones Civiles británicas, situada al norte de la población.

El plan de Jennings consistía en hacer pedazos todas las falsas creencias de la India, por la fuerza si era necesario: «las raíces de las antiguas religiones han calado aquí muy hondo, y los hombres deben ser capaces de desenmascararlas por completo para así poder arrancarlas de raíz». Su método era muy simple: aprovechar el poder del próspero Imperio británico, claramente el instrumento «del misterioso devenir de la providencia divina», para convertir a los paganos.
La Corona británica, argumentaba Jennings en su prospecto para la propuesta misión de Delhi, era ahora la orgullosa poseedora del diamante Koh-i-Noor, antes propiedad de los mogoles, la más importante dinastía de la India. En señal de gratitud, los británicos debían volcar ahora todos sus esfuerzos en procurar la conversión de la India y, así, «devolverle esa “perla de gran valor” [la fe cristiana] […]. Así como nuestro Imperio está avanzando tan magníficamente desde el este al oeste de la India», de igual modo deberían prepararse los británicos para conquistar el subcontinente para el anglicanismo y el único Dios verdadero. No debía, en su opinión, existir ningún compromiso con las falsas religiones.
Jennings había llegado a India en 1832 y enseguida se había ganado una reputación, en palabras de su hija, por «su lucha contra el descuido y la negligencia en el cumplimiento religioso». Aunque al principio fue designado para varios tranquilos destinos de montaña, y obligado a concentrar sus energías en cuestiones periféricas como diseñar sencillas lápidas para los cementerios cristianos de dichos lugares, llevaba largo tiempo soñando con inaugurar una misión en Delhi e involucrarse en trabajos más serios como «misionero de los paganos». Al final consiguió el puesto de capellán de Delhi en 1852, pasando directamente a primera línea, en el mismísimo Fuerte Rojo, al ser invitado a compartir los alojamientos de la puerta de Lahore del «peculiarmente intachable» capitán Douglas y su mujer inválida, a quien Jennings describía como «tan beata como yo […] una entusiasta colaboradora de la misión».
El principal aliado de los misioneros dentro de la propia India había sido el obispo de Calcuta, Reginald Heber. Este se había esforzado mucho en animar a las diferentes sociedades misioneras y en cooperar con los funcionarios de la Compañía en toda la India, con el fin de permitir que los misioneros se extendieran por el territorio controlado por los británicos. Esto lo habían prohibido de forma explícita los estatutos de la Compañía en fecha tan reciente como 1813 y solo pudo alterarse tras una petición mayoritaria del Parlamento, orquestada desde Londres por el evangélico Comité de la Sociedad Protestante, en la que se exigía la modificación de dichos estatutos para permitir «la rápida y universal promulgación» del cristianismo «en todas las regiones del este».

Las nuevas actitudes de los evangélicos eran solo un reflejo de la extendida y cada día más patente arrogancia de los cada vez más poderosos británicos. Desde que consiguieran conquistar y dominar a los sijs en 1849, los británicos se veían por fin dueños del sur de Asia; todos y cada uno de sus rivales militares habían sido vencidos: Siraj ud-Dowlah de Bengala en 1757, los franceses en 1761, Tipu el sultán de Mysore en 1799 y los marathas en 1803 y, de nuevo y definitivamente, en 1819.
Por primera vez, se tenía la impresión de que en lo tecnológico, en lo económico y en lo político, así como en la cultura, los británicos no tenían nada que aprender de la India y sí mucho que enseñar; así que la arrogancia imperialista no tardó en instalarse. Dicha arrogancia, combinada con el auge del cristianismo evangélico, llegó poco a poco a afectar a todos los aspectos y relaciones entre británicos e indios.
La Universidad de Delhi, al principio más una madrasa que una universidad occidental, fue remodelada por la Compañía en 1828 con el fin de impartir, además de sus estudios orientales, la enseñanza de la lengua y literatura inglesas. El objetivo consistía en «elevar» lo que el nuevo comité universitario consideraba ahora «el inculto y semibárbaro pueblo de la India». Tras este movimiento se encontraba Charles Trevelyan, el cuñado y discípulo de Thomas Babington Macaulay, el mismo Macaulay famoso por su declaración de que «un solo estante de una buena biblioteca europea valía por toda la literatura nativa de la India y Arabia».

En 1852, aunque los británicos y los mogoles habitaban en la misma ciudad e incluso algunas veces vivían en estrecha proximidad física unos con otros, ambos pueblos iban separándose cada vez más.
Mientras que los matrimonios mixtos –o, al menos, la cohabitación– había sido en tiempos algo muy común entre la pequeña comunidad británica de Delhi, ahora existía prácticamente un apartheid. El contacto diario se iba reduciendo más cada día, así como la disposición a la comprensión mutua. El ejemplo más claro de ello eran los dos principales periódicos de Delhi; de hecho, tal vez no exista indicio más claro de la creciente brecha de incomprensión que se iba abriendo en aquel momento entre los habitantes británicos e indios de Delhi, que una simple comparación entre las columnas de ambos periódicos. Si bien el Dihli Urdu Akbhar y la Delhi Gazette estaban de acuerdo sobre las más extremistas actividades misioneras del padre Jennings, no compartían ningún otro punto de vista aparte de este. Al leer la información de ambos periódicos sobre los hechos de 1852, había veces en las que se podría llegar a pensar que las noticias de un diario y del otro se referían a dos ciudades por completo distintas.
El Dihli Urdu Akbhar consideraba oficialmente su labor animar a sus lectores a «imbuirse de virtudes y rechazar los vicios».
En 1852, los británicos y los mogoles se encontraban en un difícil equilibrio: a la vez opuestos, pero nivelados, vivían sus vidas en paralelo. A pesar de la tensión sobre quién sería su heredero y del rechazo de Zinat Mahal a aceptar la sucesión del mirza Fakhru, entre el palacio y la Residencia se mantenía una tregua temporal.
Sin embargo, este equilibrio se rompió de la forma más dramática en 1853, por una serie de muertes. Hacia finales de aquel año, los tres funcionarios británicos que habían firmado el acuerdo de sucesión con el mirza Fakhru ya habían muerto, todos ellos en sospechosas circunstancias. La más sospechosa de todas –un caso evidente de envenenamiento, según los médicos que le atendieron– fue la lenta y larga muerte de sir Thomas Metcalfe.

Sir Thomas comenzó a sospechar que estaba siendo envenenado hacia el final del verano de 1853. No era un hombre que en general sufriera de mala salud y con su costumbre de comer con moderación y no salir ni acostarse tarde, se aseguraba de encontrarse sano y en forma. Entonces, de forma bastante repentina, a comienzos del monzón de 1853, comenzó a sentirse terriblemente enfermo. Los vómitos empezaron al poco tiempo. Pasó semanas enteras sin poder retener la comida. Su hija Emily estaba horrorizada por la velocidad a la que le veía irse deteriorando: «Parecía delgado y enfermo, muy pálido –escribió después de verle–. De continuo sufría náuseas y molestos vómitos de un líquido acuoso. Las pequeñas señales de viruela de su rostro, por lo general poco marcadas, se hicieron más pronunciadas. Era fácil darse cuenta de que estaba enfermo, aunque en apariencia no sufría ningún dolor».

En mayo de 1855 la Delhi Gazette publicó un extenso artículo escrito al parecer por «un antiguo oficial cipayo recién dado de baja e instalado en mi pueblo para el resto de mis días», pero que de hecho puede decirse con casi total seguridad que fue escrito por un oficial británico. Según el autor, ninguno de los potenciales reclutas de las aldeas deseaba ya unirse a «un ejército que en cualquier momento podía convertirse en una marina de guerra». Según el oficial, existían también fundados temores de que la profesión militar estuviera perdiendo su categoría y respetabilidad a medida que la Compañía se dedicaba ahora a reclutar y ascender cada vez más a hombres de castas inferiores. El alto mando de la Compañía había empezado a considerar a dichos soldados menos problemáticos e hipersensibles respecto a sus tradiciones; pero, para las tropas de aquel momento, se trataba de «hombres a quienes no conocemos y a quienes 1000 de los 1120 habitantes del pueblo desprecian», en palabras de este oficial. «Por mucho que sea el prestigio y la riqueza de la Compañía, no es tan fuerte como el prejuicio de casta».

La actitud cada vez más favorable de Zafar hacia el Levantamiento, aunque nunca fue muy entusiasta y siempre se mantuvo en la ambigüedad, cambió no obstante la naturaleza de la rebelión. Anteriormente se habían producido numerosos motines en la India británica, siendo el más notorio el de Vellore en 1806, y también muchos enfrentamientos armados por parte de la resistencia india hacia la expansión británica. Pero nunca hasta ese momento la supremacía británica se había visto desafiada por una combinación de fuerzas tan poderosa.
Dicha combinación de los ejércitos indios de la Compañía con la todavía potente mística de los mogoles hizo que la vacilante aceptación de Zafar como líder nominal de la revuelta acabara convirtiendo un motín militar secundado por la indiscriminada comisión de asesinatos y saqueos por parte de los civiles, en el desafío armado más grave al que se enfrentaría un imperio occidental, de cualquier parte del mundo, a lo largo de todo el siglo XIX.
Sin embargo, para Zafar, la cuestión más inmediata era si todo aquello no había servido nada más que para cambiar a unos amos por otros.

La mayoría de los príncipes se unieron al Levantamiento, al tener muy poco que perder y mucho que ganar, Zinat Mahal y su querido hijo, Jawan Bakht, tomaron la dirección opuesta, y por la misma razón.
Zinat Mahal era contraria por completo al camino que había empezado a seguir su marido, dado que lo consideraba muy perjudicial para el futuro de Jawan Bakht. Era también la primera vez desde que se había casado que Zafar no había seguido sus consejos respecto a un tema importante. Según recuerda el hakim Ahsanullah Khan, la reina «se quejó de que el rey no le hiciera caso. [Pero] este le respondió [simplemente]: “Dejemos que se cumpla la voluntad de Dios”».
Al parecer, Zinat Mahal había calculado que los británicos vendrían raudos a aniquilar a los cipayos, y que su lealtad hacia ellos podía valerles el reconocimiento de su amado hijo como sucesor; en todo caso, fueran cuales fueran sus razones, fue ella la que animó a Zafar a enviar con urgencia un mensajero a camello al gobernador de las provincias noroccidentales de Agra, la misma noche que estalló el Levantamiento. Más adelante, se aseguró de que Jawan Bakht se mantuviera a distancia de los insurgentes y no se implicara de ningún modo en sus actos de violencia. Cuando el mirza Mughal fue nombrado comandante en jefe, Jawan Bakht recibió el título nominal de visir, pero se le mantuvo alejado de los cipayos y no intervino en la administración de la ciudad.
A finales de la segunda semana del Levantamiento, hasta los que al principio se habían mostrado más entusiastas, como Maulvi Mohamed Baqar, comenzaban a replantearse lo que estaba sucediendo: «La población se siente acosada y harta del pillaje y los saqueos», escribió en un editorial del Dihli Urdu Akbhar el 24 de mayo.
Ya se trate de la gente de la ciudad, como de forasteros del este, todo el mundo se dedica al saqueo y la rapiña. Las comisarías de policía carecen completamente de control o autoridad. El saqueo del kothi de James Skinner fue tal que no puede describirse. Los gujjars y los jats han sembrado el caos en la ciudad y sus alrededores. Las carreteras están cortadas y miles de casas han sido saqueadas e incendiadas. Los ciudadanos respetables y acomodados de Delhi se enfrentan a un gran peligro […] la ciudad está siendo devastada.
Si los cipayos se negaban a obedecer a los subadares de otros regimientos cipayos, menos aún estaban dispuestos a recibir órdenes de la policía de Delhi; cuando esta intentaba evitar sus saqueos, los cipayos no dudaban en enfrentarse a ellos. Un policía que trató de impedir el saqueo de los tilangas recibió una enorme paliza: «Un barqandaz [agente de la policía armada] se dio cuenta de que, al pie de las murallas, apoyados contra una pared, había apilados algunos sacos que contenían el botín de algún saqueo y desafió a su propietario», informó después el jefe de la policía local al nuevo kotwal, Muin ud-Din.
El propietario, un tilanga, le replicó y desenvainó una espada. Hubo algunos empellones y gritos, hasta que llegaron otros tilangas [a ayudar a su camarada] y golpearon al barqandaz hasta hacerle sangre, tomándolo luego bajo su custodia. Se supone que los tilangas tienen que ser sirvientes del rey. Si esto sigue así, será imposible mantener el orden y la disciplina.
Zafar consiguió silenciar muy rápido a los yihadistas. No obstante, ocho semanas más tarde, cuando en la ciudad se habían congregado ya un gran número de muyahidines wahabíes procedentes de todo el norte de la India, la situación resultaría bastante más difícil.

Los británicos pudieron ver durante los días siguientes cómo los regimientos amotinados iban entrando uno tras otro en la ciudad a través del Puente de los Barcos y, lo que era más preocupante, desde la carretera Grand Trunk Road, situada justo a sus espaldas. Cada nueva unidad de amotinados que iba llegando no hacía sino manifestar la imposibilidad de que aquel reducido número de efectivos británicos pudieran ser relevados, al menos a una escala similar.
Al día siguiente, cuando las baterías de artillería rebeldes empezaron a hacer blanco en las expuestas posiciones británicas con sorprendente fuerza y puntería, y la constante sucesión de ataques diurnos y nocturnos iba haciendo mella en el número de efectivos británicos, muchos se dieron cuenta de que podía comenzar a producirse un curioso intercambio de roles.
Para un civil como yo, confieso que parecía algo imprudente soñar con la captura de Delhi con poco más que dos batallones de infantería, un reducido contingente de caballería europea y una fuerza de artillería no muy potente […] Habíamos venido a sitiar Delhi, pero pronto nos dimos cuenta de que, en realidad, éramos nosotros los sitiados, y los amotinados los sitiadores.
El bombardeo de Delhi comenzó el 10 de junio. Al principio, los daños fueron muy escasos. En aquel momento, los británicos tenían bastantes pocos cañones y unas armas de asedio de alcance bastante limitado, por lo que, para la mayoría de los delhiwallahs, los duelos de artillería apenas resultaron algo más que un entretenimiento. Los británicos estaban siendo claramente derrotados por las líneas de cañones pesados concentrados en los bastiones de las murallas de la ciudad y, como el propio William Hodson observó el primer día del asedio: «Son unos magníficos artilleros y nos superan en puntería». De modo que la gente de Delhi se subía a los tejados planos de sus casas, mientras «el rey y su familia ocupaban sus asientos en lo alto del palacio» y el salatin observaba desde los bastiones del Fuerte Rojo.2 «En aquellos días hacía mucho calor –recordaba Sarvar ul-Mulk–, y cada noche veíamos el resplandor de las balas de cañón pasar por encima de nuestras cabezas, mirándolos como si fueran fuegos artificiales».

El valor de los cipayos tenía impresionados a sus antiguos oficiales; sus tácticas, no. Es verdad que la visión de sus nutridas tropas resultaba espectacular desde las murallas de la ciudad: Zahir Dehlavi pensaba que aquel enfrentamiento constituía «una extraña y fascinante guerra como jamás se había visto ni conocido hasta entonces, tanto para los ejércitos del gobierno británico como para los rebeldes, entrenados también por los experimentados oficiales ingleses, ya que parecía una lucha entre profesor y alumno». Pero los descoordinados ataques de los cipayos, regimiento tras regimiento, dirigidos frontalmente contra las preparadas posiciones británicas, día tras día, rara vez hicieron mella en el ejército británico, a pesar de su reducido número. Así lo reflejó Hodson al afirmar, con su desdén y prepotencia característicos: «ellos apenas representan una molestia para nosotros, y el único daño que nos causan es que nuestros hombres tengan que pasar horas soportando este calor abrasador». Sin embargo, la estrategia de los cipayos fracasaba de forma estrepitosa a la hora de sacar partido a su abrumadora superioridad numérica y reflejaba el hecho de que, debido a las normas del ejército, ninguno de los líderes rebeldes tenía experiencia en el mando de unidades por encima del nivel de una compañía (100 hombres) ni había aprendido a dirigir los aspectos logísticos o estratégicos de una gran operación militar. Para empeorar aún más la situación, cada mañana había que reconquistar el terreno ganado el día anterior, dado que, cada noche, los cipayos regresaban a dormir a la ciudad, en sus distintos campamentos, fuera del alcance de los cañones ingleses, dejando la cordillera y sus inmediaciones en manos británicas.
En aquella fase del asedio, los yihadistas causaban todavía menos impresión que los cipayos, dado que rara vez se acercaban lo suficiente a las trincheras británicas para poder usar sus hachas.
Al principio, el número de pérdidas no pareció importarles mucho a los rebeldes, dado que cada día llegaban nuevas hornadas al campamento rebelde, incrementando cuantiosamente su número y reemplazando a los que caían acribillados cada mañana. Pero, a medida que el asedio se fue alargando y empezaba a entrar el mes de julio, el entusiasmo de los cipayos por enfrentarse a la lluvia de metralla de la artillería británica y en concreto a los kukris y las bayonetas de los gurjjas fue disminuyendo como es lógico. Entre los Documentos del Motín se encuentran algunas órdenes que parecen indicar un descenso del entusiasmo rebelde. Los guardianes del santuario de Qadam Sharif se quejan en una petición de que los cipayos eluden sus deberes y se esconden en el santuario, y de que, una vez allí, amenazan a los pirzadas (los gurús sufíes) y roban tablones, vigas, anillos y catres: «ya han desvalijado las habitaciones de los cazadores de pájaros, los fabricantes de cal y varios más. Pero si tratamos de impedirles que entren, nos sacan las pistolas y amenazan con matarnos […]».

Las noticias sobre la extraordinaria violencia y brutalidad de la respuesta británica ante el Levantamiento en el resto del país empezaban a llegar ahora a Delhi. Recientemente había arribado a Delhi un destacamento de sawars huido de la carnicería perpetrada por el «Escuadrón de Castigo» británico en Cawnpore, contando historias del asesinato en masa cometido por las tropas del general Nelly, una vez estas reconquistaron el enclave de la masacre: de cómo se había prendido fuego a todas las aldeas por las que había pasado dicho escuadrón, y de cómo ancianos, mujeres y niños habían muerto abrasados en el interior de sus casas; de cómo se había permitido a los sijs torturar, empalar y quemar vivos a los cipayos capturados; de cómo a otros se les había obligado a limpiar a lametazos el suelo del lugar de la masacre y, más tarde, tras despojarles ritualmente de su casta metiéndoles por la garganta «carne de cerdo, vaca y todo lo que sirviera para convertirlos en parias», les cosieron unas pieles de cerdo y les colgaron. Pero ni siquiera ahí acabó todo: Neill ordenó que, contrariamente a los dictados de ambas religiones, todos los hindúes «fueran enterrados y los mahometanos incinerados».

La noche del día 20, el general Bakht Khan se detuvo en la tumba de Humayun y trató de persuadir a Zafar para que le acompañara a Lucknow, donde pretendía continuar con la resistencia. De nuevo fue el hakim Ahsanullah Khan el que convenció a Zafar de que se quedara: «Recuerde que es el rey –dijo–. No está bien que se vaya. El ejército de los ingleses se amotinó contra sus jefes, luchó contra ellos, y ha sido completamente derrotado y dispersado. ¿Qué tiene su majestad que ver con ellos? Mantenga el valor, los ingleses no le considerarán culpable». Con estas palabras consiguió evitar que el rey acompañara al ejército en su huida. Entre tanto, el taimado mirza Ilahi Bakhsh persuadió al mirza Mughal para que se quedara.
William Hodson envió al mirza Ilahi Bakhsh acompañado de su «jefe de inteligencia», el maulvi Rajab Ali y una pequeña escolta de caballería irregular punyabí; también Hodson salió del Fuerte hacia la tumba de Humayun con un segundo escuadrón de caballería, de unos cincuenta hombres, «tras un breve lapso de tiempo».99 Su intención era que la expedición no solo sirviera para restablecer por completo su reputación dentro del ejército, sino también para que su nombre quedará inmortalizado para siempre en los libros de historia.
Todo estaba ya listo. Había llegado el momento de arrestar y traer cautivo al hombre que, según muchos británicos se habían convencido a sí mismos, se encontraba en el epicentro de toda la rebelión, como una araña en medio de su tela.

El plan de Hodson para capturar al rey tuvo unos inicios poco halagüeños.
Cuando el maulvi Rajab Ali y el mirza Ilahi Bakhsh se aproximaban a la tumba de Humayun, fueron víctimas de una emboscada por parte de unos yihadistas y cuatro de los miembros de su escolta de caballería resultaron heridos de gravedad, por lo que dieron la vuelta y huyeron en dirección a Delhi; no obstante, tras recorrer una escasa distancia, se encontraron con Hodson y les convencieron para continuar con su misión con el argumento de que el ataque «parecía haber sido obra de unos fanáticos y no del grupo del rey».
Sin embargo, por mala que fuera la situación de la familia real, sin duda era preferible a la de las personas corrientes de Delhi, la mayoría de las cuales se encontraban repartidas por las afueras de la ciudad, alojadas en mausoleos y ruinas, sobreviviendo a base de frutas silvestres o mendigando comida como podían. Solo unos pocos permanecían en el interior de las murallas de la ciudad y, de ellos, la mayoría estaban muriendo de inanición. Según Charles Griffiths:
Los tai-khanas, o sótanos de las casas, repartidos por toda la ciudad, estaban llenos de personas, las cuales, bien por edad o por enfermedad, no habían podido sumarse al éxodo general que había tenido lugar durante los últimos días del asedio. Cientos de ancianos, mujeres y niños, se encontraban hacinados y hambrientos en estos lugares, presentando la imagen más lamentable que he visto en mi vida.
En la ciudad, donde su presencia habría provocado una epidemia, no había manera de alimentarles; de modo que, por orden del general, se les obligó a abandonar Delhi.
Dentro de la ciudad, incluso para los más leales al gobierno británico que habían optado por permanecer en sus havelis, la vida resultaba imposible. Grupos de saqueadores, tanto de soldados rasos como de oficiales, iban de casa en casa rebuscando entre los montones de muebles rotos y los restos del expolio de las tiendas que yacían tirados por las calles, cogiendo lo que podían y obligando a quienes encontraban todavía escondidos en sus sótanos a mostrarles dónde habían ocultado sus objetos de valor.
Pero los británicos no solo trataron de arrestar y llevar a juicio a la familia real. Durante el Levantamiento, la mayoría de los terratenientes habían procurado mantenerse al margen y, aunque habían intentado apaciguar a ambos bandos, no habían prestado su apoyo a ninguno. No obstante, los británicos interpretaron la neutralidad como culpabilidad, y, uno detrás de otro, todos los nababs y rajás de la corte de Zafar, fueron detenidos, encarcelados, juzgados y colgados.
El amigo de Ghalib, el nabab Muzaffar ud-Daula, fue arrestado en Alwar, junto a otros dos destacados nobles de Delhi, y colgado cerca de Gurgaon «dado que el recaudador del distrito decía que no existía razón para enviarles de nuevo a Delhi y, por tanto, les ejecutó allí mismo». El líder chií y nabab Hamid Ali Khan, que había abandonado Delhi con la familia de Zahir Dehlavi, fue capturado cerca de Karnal. El hakim Mohamed Abdul Haq, el agente del rajá de Ballabhgarh, y el nabab Mohamed Khan, el mukhtar del mirza Khizr Sultan, que había liderado una facción del ejército rebelde en las batallas del Puente de Hindun y Badli-ki-Serai, fueron detenidos juntos «en el territorio del nabab de Jhajjar», y tras ser trasladados a Delhi para juzgarles, «fueron sentenciados a la pena máxima» el 25 de noviembre. El nabab de Farrukhnagar, al que apresaron en su palacio, resultó ser adicto al opio, por lo que sufrió un terrible síndrome de abstinencia cuando su suministro tuvo que verse interrumpido perentoriamente bajo el estricto régimen carcelario de Ommaney. Más tarde fue colgado.
En realidad, el Levantamiento evidenciaba todas las señales de haber sido iniciado por cipayos hindúes de castas superiores que reaccionaban contra unos agravios de carácter específicamente militar que se percibieron como una amenaza para su fe y su dharma; a continuación, se extendió con rapidez por todo el país, atrayéndose a un conjunto difuso y fracturado de otros muchos grupos alienados por las agresivamente insensibles y brutales políticas británicas. Entre ellos estaba la corte mogola y los numerosos musulmanes que llegaron a Delhi para luchar como yihadistas civiles, unidos contra el enemigo kafir. Sin embargo, la argumentación fanática e islamofóbica de Harriott simplificaba por completo este complejo panorama, convirtiéndolo en una conspiración musulmana global fácilmente comprensible, si bien bastante ficticia, protagonizada por la atrayente y visible figura de un odioso prisionero hacia quien podía dirigirse la merecida venganza.
Aunque la simplicidad de este planteamiento resultaba muy atractiva para los ignorantes y patrioteros lectores de prensa de Gran Bretaña, el argumento no convencía a ningún habitante de Delhi, entre otras cosas debido al hecho demostrable de que los odiados pandies, al menos en un 65 %, eran hindúes de castas superiores.

Se produjo una demora de siete meses, durante los cuales no dejaron de circular cartas entre Delhi, Calcuta, Rangún, las Andamán e incluso la colonia del Cabo, mientras los británicos trataban de encontrar un lugar adecuado para el exilio de Zafar. Existían algunos temores respecto a que se produjera un posible intento de rescate en caso de que Zafar fuera enviado hacia el sur antes de que hubiera cesado la lucha en las zonas más inestables del Indostán oriental.
Para concluir, a finales de septiembre de 1858, se decidió que ya no había peligro en enviar a Zafar fuera de Delhi, si bien aún no se había decidido su destino final. El teniente Ommaney quedaba encargado de acompañarle a su exilio, y asegurarse de que el prisionero de Estado (término con el que ahora se referían a Zafar) no mantenía comunicación con nadie durante la ruta.
A las cuatro de la madrugada del 7 de octubre, 332 años después de que Babur conquistara por primera vez la ciudad, el último emperador mogol abandonaba Delhi en un carro de bueyes. Con él iban sus esposas, los dos hijos que le quedaban, sus concubinas y sus sirvientes; un grupo de treinta y una personas en total, escoltadas por el noveno regimiento de lanceros, un escuadrón de artillería a caballo, dos palanquines y tres carruajes para transportar palanquines. El viaje se había mantenido en absoluto secreto, incluso para el propio Zafar, por lo que el anciano no supo nada de su marcha hasta que Ommaney le despertó a las tres de la madrugada y le dijo que se preparara.

Lo que Ghalib no decía era que muchas de las begums de Delhi se habían visto empujadas a la prostitución por las violaciones en masa que siguieron a la caída de la ciudad. Creyendo que las mujeres británicas de Delhi habían sido sexualmente agredidas durante el Levantamiento, un rumor que más adelante demostró ser falso, como concluyó una exhaustiva investigación encargada por Saunders, los oficiales británicos no hicieron mucho para impedir que sus hombres violaran a las mujeres de Delhi. Al mismo tiempo que la investigación de Saunders exoneraba a los rebeldes de todos y cada uno de los casos de violación, otro estudio establecía que es posible que unas trescientas begums de la casa real –sin incluir a las exconcubinas de palacio– «habían sido raptadas por nuestros soldados tras la caída de Delhi» y que muchas de las que no lo habían sido se ganaban la vida como cortesanas. El destino de las mujeres de la familia real fue algo que conmocionó profundamente a Ghalib, que no dejaba de mencionarlo una y otra vez en sus cartas: «Si hubieras estado aquí –le decía a su amigo el mirza Tafta–, habrías visto a las damas del Fuerte deambulando por la ciudad, con la cara pálida como la luna y las ropas sucias, las perneras de sus pijamas rasgadas y las zapatillas deshechas. No es una exageración […].
Con la desaparición de la corte mogola, desapareció gran parte de la reputación de la ciudad como centro de cultura y conocimiento. Sus bibliotecas habían sido saqueadas, sus preciosos manuscritos perdidos. Casi todas las madrasas fueron cerradas y la mayoría de sus edificios comprados –y más tarde demolidos– por prestamistas hindúes. La más prestigiosa de todas, la Madrasa -i-Rahimiyya, fue malvendida a uno de los principales baniyas, Ramji Das, que la utilizó como almacén.

En 1862, Zafar había alcanzado ya la longeva edad de ochenta y siete años. A pesar de encontrarse débil y muy mermado, y de que los médicos llevaban esperando su inminente fallecimiento durante unas dos décadas, este seguía sin mostrar ningún signo de sucumbir a sus predicciones, más allá de «una parálisis en la parte posterior de la lengua».
No obstante, a finales de octubre de 1862, al término de la época del monzón, el estado de Zafar sufrió un grave y repentino empeoramiento: era incapaz de tragar ni retener la comida, y Davies escribió en su diario que su vida «peligraba seriamente». El anciano se alimentaba solo de cucharadas de caldo pero, el 3 de noviembre, empezó a resultarle cada vez más difícil retener ni siquiera eso. El día 5, Davies escribió que «el médico civil no cree que Zafar pueda sobrevivir muchos días». A la jornada siguiente, Davies informaba de que «se estaba yendo, debido a la pura decrepitud y a una parálisis en la región de la garganta». Previendo su muerte, Davies mandó ir a buscar ladrillos y cal y empezó a preparar un lugar apartado situado detrás del recinto de Zafar, para su entierro.
Por supuesto, no todos los cambios fueron necesariamente para peor. Las estructuras políticas autócratas del gobierno mogol recibieron un golpe mortal y devastador. Solo noventa años separaron la victoria británica a las puertas de Delhi en 1857 del desalojo británico del sur de Asia a través de la puerta de India en 1947. Pero mientras el recuerdo de las atrocidades británicas de 1857 pudo contribuir al nacimiento del nacionalismo indio, como también lo hizo la creciente separación y el mutuo recelo entre gobernantes y gobernados que siguió al Levantamiento, los responsables de la marcha de la India hacia la independencia no fueron en ningún caso los pocos descendientes mogoles que sobrevivieron, ni ninguna vieja figura principesca o feudal. Por el contrario, el movimiento de liberación de la India fue liderado por la nueva e instruida clase anglicanizada del servicio colonial que salió de las escuelas de enseñanza en inglés a partir de 1857, y que en general utilizó modernas estructuras y métodos occidentales –como los partidos políticos, la huelga y las manifestaciones de protesta– para alcanzar la libertad.
Incluso después de la independencia, las artes cultivadas por los mogoles –la tradición de la pintura miniaturista, las delicadas formas de la arquitectura mogola– nunca volvieron a recuperar toda su vitalidad o prestigio artístico, quedando, al menos en algunos círculos, tan desacreditadas como los emperadores que las habían patrocinado.
Hoy en día, si visitamos la vieja ciudad mogola de Agra, para ver, por ejemplo, el Taj Mahal –el máximo exponente arquitectónico del Imperio mogol– nos damos cuenta de que sus glorietas están llenas de estatuas del Rani de Jhansi, Shivaji e incluso Subhas Chandra Bose, pero en cambio en ninguna parte se ha erigido ninguna imagen de ningún emperador mogol desde la independencia.

En la actualidad, Occidente y Oriente se enfrentan de un modo preocupante a una división que muchos ven como una guerra religiosa. Los yihadistas suicidas acometen lo que ellos consideran una acción defensiva contra sus enemigos cristianos y, de nuevo, masacran a mujeres, niños y civiles inocentes. Al igual que antaño, los políticos evangélicos occidentales tienden a catalogar a sus oponentes y enemigos como «la encarnación del demonio» y asocian la resistencia armada a la invasión y la ocupación con la «pura maldad». Una vez más, los países occidentales, ciegos ante los efectos que su política exterior desencadena en la escena internacional, se sienten agredidos ante lo que ellos consideran el ataque de unos salvajes fanáticos.
Frente a este desesperanzador dualismo, cabe valorar muy positivamente la actitud pacífica y tolerante de Zafar ante la vida, así como lamentar la forma en que los británicos barrieron e hicieron desaparecer de cuajo la pluralista y filosóficamente heterogénea civilización de los últimos mogoles.
Como hemos podido observar en los últimos tiempos, nada atenta más contra la vertiente liberal y moderada del islam que la agresiva intrusión occidental y su interferencia en Oriente, del mismo modo que nada radicaliza más a los neutrales y alimenta el poder de los extremistas: las respectivas trayectorias del fundamentalismo islámico y el imperialismo occidental a menudo se han visto estrecha y peligrosamente entrelazadas. De ello pueden extraerse elocuentes lecciones. Ya que, como rezan las célebres palabras de Edmund Burke, quien a la sazón fue un feroz crítico de la agresión británica en la India, aquellos que no aprenden de la historia estarán siempre condenados a repetirla.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2022/01/25/el-retorno-de-un-rey-william-dalrymple-return-of-a-king-the-battle-for-afghanistan-by-william-dalrymple/

https://weedjee.wordpress.com/2022/04/22/la-anarquia-la-compania-de-las-indias-orientales-y-el-expolio-de-la-india-william-dalrymple-the-anarchy-the-east-india-company-corporate-violence-and-the-pillage-of-an-empire-by-willia/

https://weedjee.wordpress.com/2022/08/15/el-ultimo-mogol-el-ocaso-de-los-emperadores-de-la-india-1857-william-dalrymple-the-last-mughal-the-fall-of-a-dynasty-delhi-1857-by-william-dalrymple/

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Zafar came to the throne late, succeeding his father in his sixties, when the political decline of the Mughals was already impossible to trace. But, despite this, he managed to surround himself in Delhi with a splendid court. Personally, he was one of the most gifted, tolerant, and popular monarchs of his dynasty: a skilled calligrapher, a profound thinker of Sufism, a knowledgeable patron of miniaturist painters, and an inspired garden designer and amateur architect. But, above all, he was a very prominent mystical poet, writing not only in Urdu and Persian, but also in Braj Bhasha and Punjabi, whose patronage was in part responsible for what could be considered the most important literary renaissance in modern history. India. A writer of Gazan poetry of great beauty and merit, Zafar’s court also served as a showcase for the talents of India’s greatest lyric poet, Ghalib, and that of his rival, Zauq, respectively the Mughal Poet Laureate and Mozart’s Salieri. Ghalib.
As the British gradually seized more and more power from the Mughal emperor, stripped his name from coins, took complete control of even the city of Delhi, and at last drew up plans to lure the to the Mughals of the Red Fort, the court was obsessively searching for the most ingenious ghazal, or the most perfect Urdu couplet. As the political landscape darkened, the court continued to be engrossed in one last idyll with beautiful gardens, courtesans and mushairas or poetry recitals, Sufi prayers and visits to pirs, while literary and religious ambition took the place of politics.
One morning in May 1857, three hundred mutinous sepoys and cavalry entered Delhi from Meerut, slaughtered every Christian man, woman, or child they found in the city, and declared Zafar their leader and emperor. The new leader was no friend of the British, who had stripped him of his heritage and subjected him to almost daily humiliation. However, he was not a convinced insurgent either. His doubts were many and his ability to choose little when he was declared the official leader of a rebellion that from the first moment he suspected was doomed to failure: a chaotic army without officers, of unpaid peasant soldiers, confronted with the forces of the greatest military power in the world, despite having just lost the vast majority of the Indian recruits to his Bengal Army.
The great Mughal capital, immersed at that time in an extraordinary cultural flowering, became overnight a battlefield. No foreign army was in a position to intervene in support of the rebels; on the other hand, their ammunition was limited, they were short of money, and supplies were scarce. The chaos and anarchy that were generated in the rural setting proved far more effective in blockading Delhi than the efforts to besiege the city by the British from their positions in the Cordillera. The price of food went through the roof and supplies dwindled very fast. Soon the people of Delhi and the Sepoys found themselves on the verge of starvation.

The titular figure at the center of William Dalrymple’s The Last Mughal is King Bahadur Shah Zafar II, the final ruler of the Timurid Dynasty. Zafar’s story is a tragic one, featuring an aged, ill-equipped man being thrust into a situation nearly impossible to handle, even for a young, well-equipped man.
By way of backstory, the Mughal Empire had ruled over great swaths of Northern and Central India for two centuries. Indeed, their rule began even before the British East India Company had transformed a handful of trading posts into a toxic – and lethal – form of corporate governance. The Mughals – under Babur – had first descended into India from Central Asia, crossing the Hindu Kush and establishing their dynasty in Delhi, in 1526. Despite being Muslim rulers in a mostly Hindu land, the Timurid Dynasty maintained a rather effective administration, especially under their finest leader, Akbar the Great.
By the time The Last Mughal opens, however, the Mughal Empire was waning. The East India Company, despite professing loyalty to their “sovereign,” was the real driving force in India. They had, over time, turned the role of Mughal king into an empty figurehead. Yet, even that symbolic job was shrinking. In particular, following King Zafar’s spat with the East India Company over his ability to choose his own heir – rather than the kingship going automatically to the eldest son – Zafar was informed that come what may, he would be the last man to sit upon the throne.
The phasing-out of the Mughal Empire occurred – not coincidentally – at a time of growing tension between Indians and Europeans. This tension eventually exploded into a bloody rebellion that is known in the West as “the Indian Mutiny,” and by many in India as “the First War of Independence.” To Dalrymple, it is simply “the Uprising,” and he tells the story of this tumultuous, complicated clash of arms, cultures, and religions by focusing on the personage of King Zafar.
According to Dalrymple, Great Britain’s colonization of India was not one discrete thing, but occurred in distinct phases. An earlier phase – the time of the so-called “White Mughals” – displayed some of the same integrationist tendencies of the Timurid Dynasty. That is, British officials worked within the existing culture, rather than attempting to change it wholesale. They married Indian wives, had children, and created a kind of hybrid society. That changed in the 1850s with the arrival of evangelizers who sought to impose Christianity on countless unwilling Hindus and Muslims. At the same time, British officials planned to dissolve the Mughal Empire upon the death of King Zafar.
The resulting Uprising of 1857 had many causes, including the aforementioned unwanted missionary zeal, but the spark that finally lit the gunpowder was the issuance of pre-greased paper cartridges to be used in the Enfield rifles given to Indian troops. (The Indian troops were referred to as sepoys, from the Persian word for soldier). The grease coating these cartridges – which had to be bitten by the soldier to load the rifle – was thought to be derived from beef tallow and pork lard. In other words, it was greased using byproducts of animals that were, respectively, sacred to Hindus and offensive to Muslims. A mutiny in Meerut over these cartridges (barely mentioned by Dalrymple) spread rapidly, eventually engulfing Delhi, where this tale entirely takes place.
In Dalrymple’s telling, the Delhi insurgency – as opposed to the Uprising as a whole – was religiously motivated and propelled by Muslims. The Muslim fighters, joined by the sepoys formerly employed by the East India Company, went to King Zafar to seek his approval for their actions. Caught between the possibility of instant death at the hands of his own people, or the future wrath of Great Britain should the Uprising fail, Zafar chose to back the Uprising.
The rest is all rather disheartening. The Uprising in Delhi began with the massacre of British men, women, and children by insurgent forces. It ended with a siege by the British, capped by the massacre of men, women, and children by East India Company forces.
Dalrymple, who has lived much of his life in India, has a strong reputation as a historian of this period, and has written a number of well-received books. His style – as he specifically explains – is to avoid jargon-laden interpretative schools, and to attempt to present the perspectives of all the various factions. Unlike earlier books on the Uprising, which used mainly British-generated documents and accounts (of which there are many), Dalrymple makes a concerted effort to utilize non-Western and Indian sources. He quotes extensively from Urdu and Persian manuscripts; follows non-British participants, such as the famed poet Asadullah Khan, known as Ghalib (an excellent observer); and uses the voluminous Delhi court records (containing the requests, grievances, and commentary of ordinary Delhi citizens) to wonderful effect (demonstrating that, as in most wars, the ones who suffered the most were the civilians crushed between warring armies).
Beyond the rigor and breadth of the scholarship, Dalrymple is a fine writer. He can construct marvelously detailed set-pieces, such as his early narration of the wedding procession of Zafar’s son, Prince Jawan Bakht. Dalrymple also provides nuanced and sympathetic portraits of the people involved, especially Zafar. Occasionally, he will even sharpen his pen a bit, as when he describes British hero/war criminal John Nicholson as “this great imperial psychopath.” More than anything else, there is Dalrymple’s love of Delhi, and some of the best sections of the book are devoted to evoking the sunset days of the Timurid Dynasty in that great city.
The Last Mughal tries to be user-friendly. The maps are cartoonishly insufficient, but there is a dramatis-personae, which is helpful.
Nonetheless, on the whole, this book requires a bit of foreknowledge. Dalrymple has set out to narrate the siege of Delhi as seen through King Zafar’s eyes, and he does not stray from that intent. To that end, there is very little by way of overall context of the Uprising. Events happening elsewhere are barely mentioned, much less described. The opening mutiny in Meerut, for instance, is presented in a frustratingly elliptical manner. Characters such as William Hodson, of Hodson’s Horse, just disappear from the story. You will have to go elsewhere to discover that Hodson died in the Uprising. Since this happened at Lucknow, and not Delhi, Dalrymple doesn’t bother addressing it. In short, unlike Dalrymple’s superior Return of a King, about the First Anglo-Afghan War, The Last Mughal is not self-contained. It is a view of an epic and sweeping historical moment taken through a peephole. What you see is very good. Unfortunately, you don’t see nearly enough.
The Last Mughal was published in 2006, at a time when terrorism and the East-West clash was at the forefront of the world’s mind. That locus of attention has obviously changed dramatically, at least for the time being. Still, it is hard to argue with Dalrymple’s ultimate conclusion about the much-maligned King Zafar II. Despite his inability to exert strong leadership during the Uprising, Zafar had a “peaceful and tolerant attitude to life,” and placed an emphasis on pluralistic coexistence, rather than dominance. These are traits that are admirable – even vital – still today.

The wedding of the mirza Jawan Bakht reached a level unparalleled in recent Delhi history, eclipsing even the weddings of Jawan Bakht’s elder brothers. Sixty years later, the young courtier Zahir Dehlavi, whose job it was to look after the Mahi Maraatib or Banner of the Fish,c still remembered the aroma of the trays of food sent to all the palace officials from the royal kitchens and the spectacular festivities that preceded the main celebration: «never had such beauty and magnificence been seen,» he wrote many years later in exile in Hyderabad. At least in all the years I have lived. It was a celebration I shall never forget.
The festivities had begun three days before the wedding, with a parade from Walidad Khan’s house to the palace, carrying the main wedding gifts, followed by fireworks, «a brilliant caravan of elephants, camels, horses and all sorts of carriages», according to the Delhi Gazette. This was followed by the mehndi ceremony, in which the hands of the couple and their guests, including all the women of the palace, were decorated with henna; the festivities would continue for seven more days after the wedding ceremony.
On the night of the grand procession, at the beginning of the night vigil known as the ratjaga, Zafar had presented Jawan Bakht with a wedding veil made of strings of pearls called sehra, and several simultaneous parties, each more grandiose than the last, had been held for the different categories of the palace, each with its own musicians and ensembles of dancers. Select citizens were in one courtyard, the children and students of the palace in another, the most important officials in a third, and the princes in a fourth.
Partly as a result of this habitual lack of contact with Europeans, Delhi remained a place of deep self-confidence, quite satisfied with its own brilliance and the superiority of its tahzib, its cultured and refined urbanity. It was a city that had yet to suffer the crumbling of self-confidence that comes with the arrival of open and unbridled colonialism. But Delhi remained in many ways like a bubble of conservative Mughal traditionalism in a fast-changing India. When someone from Shahjahanabad wanted to praise another inhabitant of the city, he still resorted to the old patterns of medieval Islamic rhetoric, wrapped in worn-out poetic metaphors: Delhi’s women were tall and slender like cypress trees; its men, generous like Feridun, learned like Plato, wise like Solomon; its doctors, experts like Galen.
The greatest treasures of the Red Fort had already been taken by the Persian invader Nadir Shah in 1739. Half a century later, in the summer of 1788, when Zafar was a boy of eight, the bandit Ghulam Qadir took the city, personally blinded his grandfather, Shah Alam II, and forced his father, the future emperor Akbar Shah II, to dance for his delight; not content with that, he also took Shah Alam’s fabulous library, most of whose copies he then sold to the nabob of Avadh, much to the emperor’s indignation. All that was left was a blind emperor at the helm of a ruined palace – «a mere chess king», in Azad’s words.
After the death of Shah Alam II, the authority of the Mughals was further reduced, so that Zafar’s control did not even reach Palam. His real authority ended at the walls of the Red Fort, as if he were a kind of Indian pope within his own Vatican City. Even there, he was limited in some respects, as the British Resident,i Sir Thomas Metcalfe, maintained a cordial but at the same time an iron grip on Zafar’s daily life and often prevented him from exercising rights that the emperor held sacred.
Metcalfe would start visiting all the various antiquities in the city, and found the Delhi Archaeological Society, dedicated to revealing the hidden history behind these monuments, of which the young Sir Syed Ahmed Khan was an enthusiastic and active member. The society had its own newspaper, most of whose articles Metcalfe commissioned in person from the city’s intellectuals, and he himself translated from Urdu into English on an ad hoc basis.
Unlike most British civil servants – who regarded their stay in India as temporary and looked forward to returning home with their accumulated savings to settle back in England – Metcalfe took the decision to move all his family possessions to India, and had not one but two large country houses built in Delhi, in addition to his new Resident’s office, known as Ludlow Castle, located outside the city walls in the newly built British Civilian Facilities area to the north of the town.

Jennings’ plan was to tear up all the false beliefs in India, by force if necessary: «the roots of the old religions have gone very deep here, and men must be able to unmask them completely in order to root them out». His method was simple: harness the power of the thriving British Empire, clearly the instrument «of the mysterious working of divine providence», to convert the heathen.
The British Crown, Jennings argued in his prospectus for the proposed Delhi mission, was now the proud possessor of the Koh-i-Noor diamond, once owned by the Mughals, India’s most important dynasty. As a sign of gratitude, the British were now to turn all their efforts to seeking the conversion of India and thus «restore to her that «pearl of great price» [the Christian faith] […]. As our Empire is advancing so magnificently from the East to the West of India», so should the British prepare to conquer the subcontinent for Anglicanism and the one true God. There should, in his view, be no compromise with false religions.
Jennings had arrived in India in 1832 and had quickly earned a reputation, in his daughter’s words, for «fighting against carelessness and neglect in religious observance». Although he was initially appointed to a number of quiet hill stations, and forced to concentrate his energies on such peripheral matters as designing simple gravestones for Christian cemeteries there, he had long dreamed of opening a mission in Delhi and becoming involved in more serious work as a «missionary to the heathen». He eventually secured the post of Delhi chaplain in 1852, moving straight to the front line, at the Red Fort itself, when he was invited to share the Lahore gate lodgings of the «peculiarly blameless» Captain Douglas and his invalid wife, whom Jennings described as «as pious as myself […] an enthusiastic supporter of the mission».
The missionaries’ main ally within India itself had been the Bishop of Calcutta, Reginald Heber. He had gone to great lengths to encourage the various missionary societies and to cooperate with Jesuit officials throughout India in order to allow the missionaries to spread into British-controlled territory. This had been explicitly forbidden by the Company’s statutes as recently as 1813, and could only be altered following a majority petition in Parliament, orchestrated from London by the evangelical Protestant Society Committee, demanding that the statutes be amended to allow for «the speedy and universal promulgation» of Christianity «in all parts of the East».

The new attitudes of the evangelicals were only a reflection of the widespread and increasingly evident arrogance of the increasingly powerful British. Since successfully conquering and dominating the Sikhs in 1849, the British at last saw themselves as masters of South Asia; each and every one of their military rivals had been defeated: Siraj ud-Dowlah of Bengal in 1757, the French in 1761, Tipu the Sultan of Mysore in 1799, and the Marathas in 1803 and again, finally, in 1819.
For the first time, there was the impression that technologically, economically, politically and culturally, the British had nothing to learn from India and much to teach; so imperialist arrogance soon set in. This arrogance, combined with the rise of evangelical Christianity, gradually came to affect all aspects of British-Indian relations.
Delhi University, at first more of a madrasa than a Western university, was remodelled by the Company in 1828 to provide, in addition to its Oriental studies, the teaching of English language and literature. The aim was to «elevate» what the new university committee now considered «the uneducated and semi-barbarous people of India». Behind this movement was Charles Trevelyan, the brother-in-law and disciple of Thomas Babington Macaulay, the same Macaulay famous for his declaration that «a single shelf of a good European library was worth all the native literature of India and Arabia».

In 1852, although the British and Mughals lived in the same city and sometimes even lived in close physical proximity to each other, the two peoples were increasingly drifting apart.
Whereas intermarriage – or at least cohabitation – had once been common among Delhi’s small British community, there was now virtual apartheid. Daily contact was becoming less and less, as was the willingness to understand each other. The clearest example of this was Delhi’s two leading newspapers; indeed, there is perhaps no clearer indication of the growing gulf of misunderstanding that was opening up at the time between the British and Indian inhabitants of Delhi than a simple comparison between the columns of the two papers. While the Dihli Urdu Akbhar and the Delhi Gazette agreed on the more extreme missionary activities of Father Jennings, they did not share any views beyond this. Reading the reports of both newspapers on the events of 1852, there were times when one might have thought that the reports of one newspaper and the other referred to two entirely different cities.
The Dihli Urdu Akbhar officially considered it its job to encourage its readers to «imbibe virtues and reject vices».
In 1852, the British and the Mughals found themselves in an uneasy balance: at once opposed but level, they lived their lives in parallel. Despite tension over who would be their heir and Zinat Mahal’s refusal to accept the succession of the Mirza Fakhru, a temporary truce was maintained between the palace and the Residency.
However, this balance was most dramatically upset in 1853 by a series of deaths. By the end of that year, all three British officials who had signed the succession agreement with Mirza Fakhru had died, all in suspicious circumstances. The most suspicious of all – a clear case of poisoning, according to the attending physicians – was the long, slow death of Sir Thomas Metcalfe.

Sir Thomas began to suspect that he was being poisoned towards the end of the summer of 1853. He was not a man who generally suffered from ill health, and with his habit of eating in moderation and not going out or going to bed late, he ensured that he was healthy and fit. Then, quite suddenly, at the beginning of the monsoon of 1853, he began to feel terribly ill. The vomiting started soon after. He spent weeks at a time unable to keep food down. His daughter Emily was horrified by the rate at which she saw him deteriorating: «He looked thin and sickly, very pale,» she wrote after seeing him. He was continually suffering from nausea and annoying vomiting of a watery fluid. The small marks of smallpox on his face, usually not very marked, became more pronounced. It was easy to see that he was ill, although he was apparently not in any pain.

In May 1855, the Delhi Gazette published a lengthy article apparently written by «a recently discharged former sepoy officer and settled in my village for the rest of my days», but which in fact can almost certainly be said to have been written by a British officer. According to the author, none of the potential recruits from the villages wished to join «an army which at any moment could become a navy». According to the officer, there were also well-founded fears that the military profession was losing its status and respectability as the Company was now increasingly recruiting and promoting lower-caste men. The Company’s high command had begun to regard such soldiers as less troublesome and hypersensitive about their traditions; but, to the troops at the time, these were «men whom we do not know and whom 1000 of the 1120 villagers despise», in the words of this officer. «As much as the prestige and wealth of the Company is, it is not as strong as caste prejudice».

Zafar’s increasingly favourable attitude towards the Rising, although never very enthusiastic and always ambiguous, nevertheless changed the nature of the rebellion. There had previously been numerous mutinies in British India, the most notorious being that of Vellore in 1806, and also many armed clashes by Indian resistance to British expansion. But never before had British supremacy been challenged by such a powerful combination of forces.
Such a combination of the Company’s Indian armies with the still potent mystique of the Mughals meant that Zafar’s hesitant acceptance as nominal leader of the revolt eventually turned a military mutiny, backed by indiscriminate civilian murder and pillage, into the most serious armed challenge to be faced by a Western empire anywhere in the world throughout the 19th century.
For Zafar, however, the more immediate question was whether all this had served no purpose other than to exchange one master for another.

Most of the princes joined the Uprising, having little to lose and much to gain, Zinat Mahal and her beloved son, Jawan Bakht, took the opposite direction, and for the same reason.
Zinat Mahal was completely opposed to the path her husband had begun to follow, as she considered it very detrimental to Jawan Bakht’s future. It was also the first time since their marriage that Zafar had not followed her advice on an important issue. As the hakim Ahsanullah Khan recalls, the queen «complained that the king did not listen to her. [But] the king replied [simply]: ‘Let God’s will be done'».
Zinat Mahal had apparently calculated that the British would come swiftly to annihilate the sepoys, and that her loyalty to them might earn them recognition of her beloved son as successor; in any case, whatever her reasons, it was she who encouraged Zafar to urgently send a camel messenger to the governor of the north-western provinces from Agra on the very night the Uprising broke out. Later, he ensured that Jawan Bakht kept his distance from the insurgents and did not involve himself in any way in their acts of violence. When Mirza Mughal was appointed commander-in-chief, Jawan Bakht was given the nominal title of vizier, but he was kept away from the sepoys and did not intervene in the administration of the city.
By the end of the second week of the Uprising, even those who had initially been most enthusiastic, such as Maulvi Mohamed Baqar, were beginning to rethink what was happening: «The people feel harassed and fed up with looting and plunder,» he wrote in an editorial in the Dihli Urdu Akbhar on 24 May.
Whether it is the locals or outsiders from the east, everyone is engaged in looting and plundering. The police stations have no control or authority whatsoever. The looting of James Skinner’s kothi was beyond description. Gujjars and Jats have wreaked havoc in and around the city. Roads are cut off and thousands of houses have been looted and burnt. The respectable and well-to-do citizens of Delhi face great danger […] the city is being devastated.
If the sepoys refused to obey the subadars of other sepoy regiments, they were even less willing to take orders from the Delhi police; when the police tried to prevent their looting, the sepoys did not hesitate to confront them. A policeman who tried to prevent tilang looting was beaten up badly: «A barqandaz [armed police officer] noticed that at the foot of the ramparts, leaning against a wall, some sacks containing the spoils of some loot were piled up and challenged their owner,» the local police chief later reported to the new kotwal, Muin ud-Din.
The owner, a tilanga, retorted and unsheathed a sword. There was some shoving and shouting, until other tilangas came [to help their comrade] and beat the barqandaz to a bloody pulp, then took him into their custody. Tilangas are supposed to be servants of the king. If this goes on, it will be impossible to maintain order and discipline.
Zafar managed to silence the jihadists very quickly. However, eight weeks later, when large numbers of Wahhabi mujahideen from all over northern India had gathered in the city, the situation would become much more difficult.

Over the next few days, the British watched as one mutinous regiment after another entered the city via the Boat Bridge and, more worryingly, from the Grand Trunk Road behind them. Each new unit of mutineers arriving only served to demonstrate the impossibility of the small number of British troops being relieved, at least on a similar scale.
The next day, as the rebel artillery batteries began to hit the exposed British positions with surprising force and accuracy, and the steady succession of day and night attacks was taking its toll on British numbers, many realised that a curious exchange of roles could begin to take place.
To a civilian like myself, I confess, it seemed rather foolhardy to dream of capturing Delhi with little more than two battalions of infantry, a small contingent of European cavalry and a not very strong force of artillery […] We had come to besiege Delhi, but we soon realised that in reality we were the besieged, and the mutineers the besiegers.
The bombing of Delhi began on 10 June. At first, there was very little damage. At the time, the British had rather few guns and siege weapons of rather limited range, so for most of the Delhiwallahs, the artillery duels were little more than entertainment. The British were clearly being defeated by the lines of heavy guns concentrated in the bastions of the city walls and, as William Hodson himself observed on the first day of the siege: «They are superb gunners and out-gunners». So the people of Delhi climbed onto the flat roofs of their houses, while «the king and his family took their seats on top of the palace» and the salatin watched from the bastions of the Red Fort.2 «In those days it was very hot,» recalled Sarvar ul-Mulk, «and every night we saw the glare of the cannonballs pass over our heads, watching them as if they were fireworks.

The Sepoys’ courage impressed their former officers; their tactics did not. True, the sight of their large troops was spectacular from the city walls: Zahir Dehlavi thought the engagement was «a strange and fascinating war such as had never been seen or known before, both for the armies of the British government and for the rebels, trained also by the experienced English officers, for it looked like a struggle between teacher and pupil». But the uncoordinated attacks of the sepoys, regiment after regiment, directed frontally against the prepared British positions, day after day, rarely made a dent in the British army, despite their small numbers. This was reflected in Hodson’s characteristically disdainful and overbearing statement: «They are hardly a nuisance to us, and the only harm they do us is that our men have to spend hours in this scorching heat». However, the sepoys’ strategy failed miserably to capitalise on their overwhelming numerical superiority and reflected the fact that, due to army regulations, none of the rebel leaders had experience in commanding units above company level (100 men) or had learned to manage the logistical or strategic aspects of a large military operation. To make matters worse, each morning the ground gained the previous day had to be recaptured, as each night the sepoys returned to sleep in their various camps in the city, out of range of British guns, leaving the mountain range and its environs in British hands.
At this stage of the siege, the Jihadists made even less of an impression than the sepoys, as they rarely got close enough to the British trenches to use their axes.
At first, the number of losses did not seem to matter much to the rebels, as each day new batches arrived in the rebel camp, greatly increasing their numbers and replacing those who fell by the sword each morning. But as the siege dragged on into July, the enthusiasm of the sepoys to face the hail of shrapnel from British artillery and in particular the kukris and bayonets of the Gurjjas understandably waned. Among the Mutiny Papers are some orders that seem to indicate a decline in rebel enthusiasm. The guardians of the Qadam Sharif shrine complain in a petition that the sepoys shirk their duties and hide in the shrine, and that, once there, they threaten the pirzadas (the Sufi gurus) and steal planks, beams, rings and cots: «they have already plundered the rooms of the bird-hunters, the lime-makers and several others. But if we try to stop them from entering, they pull out their guns and threaten to kill us […]».

News of the extraordinary violence and brutality of the British response to the Rising in the rest of the country was now beginning to reach Delhi. A detachment of Sawars had recently arrived in Delhi from the carnage perpetrated by the British «Punishment Squadron» in Cawnpore, telling stories of the mass murder committed by General Nelly’s troops after they recaptured the massacre site: how all the villages through which the squadron had passed had been set on fire, and how old men, women and children had been burnt to death inside their homes; how Sikhs had been allowed to torture, impale and burn captured sepoys alive; and how others had been forced to be tortured, impaled and burnt to death; how others had been forced to lick the floor of the massacre site clean and then, after ritualistically stripping them of their caste by stuffing «pork, beef and anything else that would make them outcasts» down their throats, they were sewn into pigskins and hung up. But that was not the end of it: Neill ordered that, contrary to the dictates of both religions, all Hindus «should be buried and the Mohammedans cremated».

On the evening of the 20th, General Bakht Khan stopped at Humayun’s tomb and tried to persuade Zafar to accompany him to Lucknow, where he intended to continue the resistance. Again it was the hakim Ahsanullah Khan who persuaded Zafar to stay: «Remember that you are the king,» he said. It is not right for you to leave. The army of the English mutinied against your chiefs, fought against them, and has been completely defeated and dispersed. What has your majesty to do with them? Keep your courage, the English will not hold you guilty. With these words he succeeded in preventing the king from accompanying the army in its flight. In the meantime, the crafty mirza Ilahi Bakhsh persuaded the mirza Mughal to stay.
William Hodson sent Mirza Ilahi Bakhsh accompanied by his «chief of intelligence», the maulvi Rajab Ali and a small escort of irregular Punjabi cavalry; Hodson also left the Fort for Humayun’s tomb with a second cavalry squadron of about fifty men «after a short delay».99 His intention was that the expedition would not only serve to fully restore his reputation within the army, but also that his name would be immortalised forever in the history books.
Everything was now ready. The time had come to arrest and bring captive the man who, many Britons had convinced themselves, was at the epicentre of the whole rebellion, like a spider in the middle of his web.

Hodson’s plan to capture the king got off to an inauspicious start.
As Maulvi Rajab Ali and Mirza Ilahi Bakhsh approached Humayun’s tomb, they were ambushed by jihadists and four of their cavalry escort were seriously wounded, so they turned and fled in the direction of Delhi; however, after a short distance, they met Hodson and were persuaded to continue their mission on the grounds that the attack «appeared to have been the work of fanatics and not of the king’s party».
However, as bad as the royal family’s situation was, it was certainly preferable to that of the ordinary people of Delhi, most of whom were scattered around the outskirts of the city, lodged in mausoleums and ruins, surviving on wild fruits or begging for food as best they could. Only a few remained inside the city walls, and of these, most were dying of starvation. According to Charles Griffiths:
The tai-khanas, or cellars of houses, scattered throughout the city, were full of people who, either through age or sickness, had been unable to join the general exodus that had taken place during the last days of the siege. Hundreds of old men, women and children were crowded and starving in these places, presenting the most pitiful picture I have ever seen.
In the city, where their presence would have caused an epidemic, there was no way to feed them, so, on the general’s orders, they were forced to leave Delhi.
Inside the city, even for those most loyal to the British government who had chosen to remain in their havelis, life was impossible. Groups of looters, both privates and officers, went from house to house rummaging through the piles of broken furniture and the remains of looted shops that littered the streets, taking what they could and forcing those they found still hiding in their cellars to show them where they had hidden their valuables.
But the British did not only seek to arrest and bring to trial the royal family. During the Rising, most of the landowners had tried to stay out of it and, while they had tried to appease both sides, they had supported neither. The British, however, interpreted neutrality as guilt, and, one after another, all the nababs and rajahs of Zafar’s court were arrested, imprisoned, tried and hanged.
Ghalib’s friend, the nabob Muzaffar ud-Daula, was arrested in Alwar, along with two other prominent Delhi nobles, and hanged near Gurgaon «as the district collector said there was no reason to send them back to Delhi and therefore executed them there». Shia leader and nabab Hamid Ali Khan, who had left Delhi with Zahir Dehlavi’s family, was captured near Karnal. Hakim Mohamed Abdul Haq, the agent of the raja of Ballabhgarh, and nabab Mohamed Khan, the mukhtar of Mirza Khizr Sultan, who had led a faction of the rebel army in the battles of Hindun Bridge and Badli-ki-Serai, were arrested together «in the territory of the nabab of Jhajjar», and after being brought to Delhi for trial, «were sentenced to the maximum punishment» on 25 November. The nabab of Farrukhnagar, who was imprisoned in his palace, turned out to be addicted to opium and suffered a terrible withdrawal syndrome when his supply had to be peremptorily interrupted under Ommaney’s strict prison regime. He was later hanged.
In fact, the Uprising showed all the signs of having been initiated by upper-caste Hindu sepoys reacting to specifically military grievances that were perceived as a threat to their faith and dharma; it then spread rapidly across the country, drawing in a diffuse and fractured set of many other groups alienated by the aggressively insensitive and brutal British policies. Among them were the Mughal court and the many Muslims who came to Delhi to fight as civilian jihadists, united against the Kafir enemy. Harriott’s fanatical and Islamophobic argument, however, completely simplified this complex picture into an easily understandable, if rather fictitious, global Muslim conspiracy starring the appealing and visible figure of a hated prisoner on whom vengeance could be meted out.
While the simplicity of this approach appealed to Britain’s ignorant and jingoistic newspaper readers, the plot did not convince any Delhiites, not least because of the demonstrable fact that the hated pandies, at least 65% of them, were upper-caste Hindus.

A seven-month delay ensued, during which letters kept circulating between Delhi, Calcutta, Rangoon, the Andamans and even the Cape Colony, while the British tried to find a suitable place for Zafar’s exile. There were some fears of a possible rescue attempt should Zafar be sent south before the fighting in the more unstable areas of East Hindustan had ceased.
In conclusion, by the end of September 1858, it was decided that there was no longer any danger in sending Zafar out of Delhi, although his final destination had not yet been decided. Lieutenant Ommaney was left in charge of accompanying him to his exile, and ensuring that the state prisoner (by which Zafar was now referred to) did not communicate with anyone en route.
4 a.m. on 7 October, 332 years after Babur first conquered the city, the last Mughal emperor left Delhi in an ox-cart. With him were his wives, his two remaining sons, his concubines and his servants; a party of thirty-one people in all, escorted by the 9th regiment of spearmen, a squadron of mounted artillery, two palanquins and three palanquin-carrying carriages. The journey had been kept absolutely secret, even from Zafar himself, so the old man knew nothing of his departure until Ommaney woke him at three in the morning and told him to get ready.

What Ghalib did not say was that many of Delhi’s begums had been driven into prostitution by the mass rapes that followed the fall of the city. Believing that British women in Delhi had been sexually assaulted during the Rising, a rumour that later proved to be false, as an exhaustive investigation commissioned by Saunders concluded, British officials did little to stop their men from raping Delhi’s women. At the same time that Saunders’ investigation exonerated the rebels in every single case of rape, another study established that as many as 300 begums of the royal household – not including former palace concubines – «may have been abducted by our soldiers after the fall of Delhi» and that many of those who had not been abducted made a living as courtesans. The fate of the women of the royal family was something that deeply shocked Ghalib, who kept mentioning it again and again in his letters: «If you had been here,» he told his friend the mirza Tafta, «you would have seen the ladies of the Fort wandering about the city, their faces pale as the moon and their clothes dirty, their pyjama legs torn and their slippers undone. This is no exaggeration […].
With the demise of the Mughal court, much of the city’s reputation as a centre of culture and knowledge disappeared. Its libraries had been looted, its precious manuscripts lost. Almost all the madrasas were closed and most of their buildings bought – and later demolished – by Hindu moneylenders. The most prestigious of them all, the Madrasa-i-Rahimiyya, was mis-sold to one of the leading baniyas, Ramji Das, who used it as a warehouse.

By 1862, Zafar had reached the ripe old age of 87. Although he was weak and very feeble, and doctors had been expecting his imminent demise for some two decades, he still showed no sign of succumbing to his predictions, beyond «a paralysis of the back of the tongue».
However, in late October 1862, at the end of the monsoon season, Zafar’s condition took a sudden and serious turn for the worse: he was unable to swallow or retain food, and Davies wrote in his diary that his life was «seriously endangered». The old man fed himself by spoonfuls of broth, but by 3 November, he was finding it increasingly difficult to keep even that down. On the 5th, Davies wrote that «the civilian doctor does not think Zafar can survive many days». The following day, Davies reported that «he was going, due to sheer decrepitude and paralysis in the throat region». In anticipation of his death, Davies sent for bricks and lime and began to prepare a secluded spot behind the Zafar compound for his burial.
Of course, not all the changes were necessarily for the worse. The autocratic political structures of Mughal rule were dealt a deadly and devastating blow. Only ninety years separated the British victory at the gates of Delhi in 1857 from the British eviction from South Asia through the India Gate in 1947. But while the memory of the British atrocities of 1857 may have contributed to the birth of Indian nationalism, as did the growing separation and mutual suspicion between rulers and ruled that followed the Rising, those responsible for India’s march to independence were by no means the few surviving Mughal descendants, nor any old princely or feudal figure. On the contrary, India’s liberation movement was led by the new, educated, Anglicanised colonial service class that emerged from the English-taught schools after 1857, and which generally used modern Western structures and methods – such as political parties, strikes and protest demonstrations – to achieve freedom.
Even after independence, the arts cultivated by the Mughals – the tradition of miniaturist painting, the delicate forms of Mughal architecture – never regained their full vitality or artistic prestige, remaining, at least in some circles, as discredited as the emperors who had patronised them.
Today, if we visit the old Mughal city of Agra, to see, for example, the Taj Mahal – the architectural crowning glory of the Mughal Empire – we notice that its arbours are filled with statues of the Rani of Jhansi, Shivaji and even Subhas Chandra Bose, but nowhere has any image of any Mughal emperor been erected since independence.

Today, the West and East are worryingly facing a division that many see as a religious war. Suicide jihadists are waging what they see as defensive action against their Christian enemies, again slaughtering women, children and innocent civilians. As in the past, Western evangelical politicians tend to label their opponents and enemies as «the devil incarnate» and associate armed resistance to invasion and occupation with «pure evil». Once again, Western countries, blind to the effects of their foreign policy on the international scene, feel aggrieved at what they see as the onslaught of fanatical savages.
In the face of this hopeless dualism, Zafar’s peaceful and tolerant attitude to life is to be welcomed, and the way in which the British swept away the pluralistic and philosophically heterogeneous civilisation of the late Mughals is to be deplored.
As we have seen in recent times, nothing threatens the liberal and moderate side of Islam more than aggressive Western intrusion and interference in the East, just as nothing radicalises the neutrals and fuels the power of the extremists: the respective trajectories of Islamic fundamentalism and Western imperialism have often been closely and dangerously intertwined. There are eloquent lessons to be learned from this. For, in the famous words of Edmund Burke, then a fierce critic of British aggression in India, those who fail to learn from history will always be doomed to repeat it.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2022/01/25/el-retorno-de-un-rey-william-dalrymple-return-of-a-king-the-battle-for-afghanistan-by-william-dalrymple/

https://weedjee.wordpress.com/2022/04/22/la-anarquia-la-compania-de-las-indias-orientales-y-el-expolio-de-la-india-william-dalrymple-the-anarchy-the-east-india-company-corporate-violence-and-the-pillage-of-an-empire-by-willia/

https://weedjee.wordpress.com/2022/08/15/el-ultimo-mogol-el-ocaso-de-los-emperadores-de-la-india-1857-william-dalrymple-the-last-mughal-the-fall-of-a-dynasty-delhi-1857-by-william-dalrymple/

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