Ohio — Stephen Markley / Ohio by Stephen Markley

Dentro del féretro no había ningún cuerpo. En su lugar, sobre el ataúd Star Legacy de acero calibre 18 y color platino rosado, entregado en préstamo por la sucursal local de Walmart, habían desplegado una gran bandera estadounidense. El féretro se desplazaba por la calle principal sobre un remolque de plataforma plana arrastrado por una Dodge RAM 2500 del color de una cereza excesivamente madura. Un adelanto del frío invernal había invadido el mes de octubre y una racha de aire glacial barría New Canaan con la impredecibilidad de un berrinche infantil. Lo que en un momento podía ser una brisa tranquila y tolerable se convertía de pronto en un helado chillido espectral que atravesaba la calle, congelando y dispersando la basura suelta y las hojas que un instante antes habían estado juntas, ahogando los comentarios superficiales, elevando las voces al cielo. Nadie se había molestado en sujetar bien la bandera antes de que la camioneta y su cargamento salieran de la estación de bomberos, el punto de partida de todos los desfiles de New Canaan desde el Día de Acción de Gracias hasta el 4 de Julio, y cuando el ataúd de exhibición llegó al centro, una ráfaga de viento se la llevó.
…Comenzaremos unos seis años después del desfile que se organizó en honor del cabo Rick Brinklan, en el febril hervor de una noche de verano de 2013. Comenzaremos con los perros de la historia aullando, sufriendo hasta el último nervio y músculo. Comenzaremos con cuatro vehículos y sus ocupantes convergiendo en esta ciudad de Ohio desde el norte, el sur, el este y el oeste. Específicamente, comenzaremos en una oscura carretera comarcal con una pequeña camioneta, con el chasis estremeciéndose, el tanque de gasolina vacío, lanzándose a través de la noche desde un origen aún desconocido.

El libro se centra en la historia de cuatro amigos de la escuela secundaria que se reencuentran una década después de graduarse. También gira en torno a la historia de uno de esos amigos que fue asesinado en Irak. De hecho, todo el comienzo del libro es un comentario extenso sobre el desfile fúnebre de este hombre que ocurre meses después de su entierro real, y que presenta un ataúd vacío prestado por Wal Mart. Hubo muchas partes de esta exégesis que me recordaron a Garrison Keillor y sus Cuentos del lago Wobegon. La escritura fluye con exceso y verborrea que es a la vez descriptiva y, bueno, exagerada. Hasta cierto punto, aunque no tan talentoso, también recuerda a William Faulkner que podía describir una escena de muerte.
Después de que finalmente termina esta apertura, Markley nos presenta personajes que son casi un estereotipo para los pequeños pueblos rurales del Medio Oeste. De hecho, Markley se crió en un pueblo tan pequeño como el que está describiendo, pero ha vivido en Los Ángeles durante muchos años.
Ohio es un examen del fervor que se produjo en muchos pueblos pequeños después de los ataques al World Trade Center. Oliendo sangre, los reclutadores militares pululaban en estos pueblos y agitaban el “patriotismo” como un hechizo por todo el país. Los que eran pobres, estaban aburridos o buscaban una salida de estos pueblos, compraban con avidez las mentiras que estos reclutadores repartían como caramelos. Como resultado, el Medio Oeste ahora se enfrenta a un mayor número de veteranos sin hogar, adicción a las drogas hasta el punto de crisis y delincuencia, que es necesaria para alimentar sus adicciones.
Este es un relato muy oscuro, muy descriptivo, demasiado, de la guerra, las drogas, la adicción y la desesperación.
Sin embargo, aunque me gusta la premisa del libro, mi crítica es doble. Markley afirma que el libro es una descripción precisa de las batallas de guerra y el reclutamiento durante este tiempo; también admite que «una vez estuvo muy en contra de la guerra». Sus sentimientos contra la guerra no me llegan en Ohio. Sus comentarios acerca de por qué no es tan categóricamente “anti-guerra”, me perturban en un nivel muy profundo. Los estadounidenses recién ahora están comenzando a ver el 11 de septiembre como «historia» en lugar de eventos actuales. Cada vez que un autor escribe al respecto, se revelan sus propios sesgos e inclinaciones. El hecho es que a muchos, demasiados, hombres jóvenes se les mintió, se les vendió una lista de bienes que estaban podridos y la «guerra en Irak» no fue más que un ejercicio militar para construir el Imperio estadounidense. No se puede hablar sobre el «cinturón de óxido» de Estados Unidos sin hablar directamente de la pérdida masiva de empleos, el recorte en la financiación de la educación, la falta de tratamiento médico, TODO cortesía del gobierno estadounidense. La oscuridad aquí, en mi medio oeste, es muy real. La crisis de los opiáceos es asombrosa. Pero las opiniones de Markley son simplemente más ficción añadida a la mezcla, militarmente precisas según los reclutadores con los que habló, pero todos sabemos cuán veraces pueden ser.
En segundo lugar, una queja que tengo con respecto a los escritores sureños es que usan treinta palabras para describir lo que podría escribirse brillantemente en diez. Markley escribe más como un escritor sureño que uno del medio oeste donde las palabras nunca se desperdician y la verbosidad es, casi, considerada un pecado. Este libro es demasiado largo, demasiado extenso, demasiado de todo lo que no es de calidad. Los lectores que piensen que el libro es oscuro verían una imagen más adecuada del cinturón de óxido si no tuvieran que meterse en la basura innecesaria. Quería gritar: “edita, edita, EDITA”. Lamentablemente, no hubo ninguno. Una lectura agridulce.

Ohio no había sufrido la misma burbuja inmobiliaria que los estados del Sun Belt, pero los buitres habían rondado por los restos de las ciudades industriales moribundas —Dayton, Toledo, Mansfield, Youngstown, Akron—, ofreciendo préstamos hipotecarios y refinanciaciones. Toda aquella basura que le había estallado a la gente en la cara, como con las hipotecas subprime. Una flota de nuevos ricos charlatanes asoló el estado, avanzando desde los barrios de minorías donde las viudas negras beatas con ingresos fijos eran presa fácil hasta los enclaves de blancos de la clase trabajadora y luego hasta los suburbios más cercanos al centro. Los desahucios empezaron a surgir como setas y más tarde se convirtieron en campos de malezas que crecían rápido, reduciendo vecindarios enteros a carcasas abandonadas o rediles para drogadictos. Ameriquest, Countrywide, CitiFinancial: todos esos arteros hijos de puta que analizaban la destrucción de empleo del estado, los cierres de fábricas, sus problemas, su angustia, y planeaban la manera de ganar dinero a costa de la desesperación de la gente. En cada ciudad o pueblo del estado se veían grandes franjas gangrenosas que se parecían a New Canaan, esa misma geografía de zonas comerciales con el aspecto de un paciente de cáncer y con iluminados puestos de avanzada desde donde vigilaban las variaciones de los créditos usurarios a los consumidores. Esos emprendedores vieron que el estado estaba quebrándose igual que la camioneta de Bill y lo invadieron, tratando de vender como chatarra las últimas piezas que funcionaban.
Bill nunca podía estar seguro de con cuál de sus padres estaba más en desacuerdo. ¿Cuánto de su carácter podía atribuirse a haber pasado sus años formativos discutiendo con la vena pragmática de por-un-lado-esto-y-por-el-otro-lado-esto-otro de su madre, tan al estilo de Obama? La relación entre ellos dos se terminaría tensando tanto que estuvieron muchos años sin hablarse. También se producían discusiones similares con su padre, circulares e inútiles, pero el resultado de estas últimas fue que Bill sintiera un desinterés absoluto por la facultad de derecho, la facultad de medicina o, Dios no lo permitiera, la facultad de odontología. Toda esa educación formal no hacía más que convertir a las personas en necios mejor pagados o en necios más elocuentes, pero necios de todas maneras.

Mientras se sumía en el sueño, se dijo que ya no regresaría a los pantanos del delta del Misisipi para ahogarse lentamente en ellos. Todavía había mil dólares en la guantera, mil más en el bolsillo trasero y otra búsqueda, otra visión, que lo aguardaba. Incluso después de todo, siempre había una razón para volver a ponerse de pie. Para reunir el coraje necesario para vivir y estar vivo. Para enfurecerse contra la entropía despersonalizada, la salvaje lógica de la acumulación, que los devolvería a todos al exilio, que quería despojarlos de todo, de todos los sitios y de todas las personas a las que alguna vez habían amado. Para encontrar esperanza en la rebeldía, en el fuego subterráneo, y para soportar la Verdad por siempre y para siempre y para seguir luchando hasta la extinción.
Entró a tientas en sus sueños, llorando por los ríos y los prados de su tierra natal. La vio ardiendo en un fuego azul y rogó en sus plegarias tener la fortaleza para defenderla, para luchar por ella, para recuperarla con vida.

No fue hasta unos meses más tarde, al entrar en la universidad, cuando la furia, la tristeza y el dolor que había sublimado empezaron a ascender por su interior como burbujas. Ninguna persona de dieciocho años está preparada para entender que el amor puede inspirar tanta vergüenza, tanto odio por uno mismo. Incluso una década más tarde podía evocar aquella angustia, como un diente que está pudriéndose y que sientes con cada bocado, una vez que cayó en la cuenta de que probablemente jamás volvería a ver a Lisa. Quería poder hacer una sola llamada telefónica, tener al menos una oportunidad de gritarle, de desahogarse de todo aquello. Pero Lisa jamás le concedió esa oportunidad. Y eso la llevó a albergar pensamientos más oscuros. Al principio era solo la pérdida provocada por la ruptura y la angustia del secreto, pero aquel solitario primer año en Wittenberg Stacey probó la resistencia de la barra del armario de su habitación. Era alto y parecía lo bastante fuerte como para soportar su peso. Si acertaba con el largo de la cuerda, los pies no llegarían a tocar el suelo.

El viento sopló con más fuerza, una ráfaga imponente de aire atravesó los prados, chillando como cuchillos afilándose y esparciendo el pelo sobre su cara. Con él le llegó el olor del fuego, ese aroma agrio de combustión y carbón que hace que te pique la nariz. Llegó una tormenta eléctrica. El relámpago partió la noche y el aguacero rugió, acompañado de las andanadas de mortero de los truenos. Lluvia como fragmentos de cristal, surcando el aire desde el cielo. Se la llevaron. Tampoco importaba. Ya no volvería a dormir nunca más una noche entera sin sentir como una insolación el calor del fuego. Un sueño recurrente, mes tras mes, año tras año, siempre el mismo fuego rugiente, arrasando prados, pueblos y bosques, calcinando la noche, devorando el mundo conocido, mientras ella trataba de respirar un poco de aire fresco en el lindero del bosque. La tormenta descendió sobre el negro azulado de las colinas nocturnas, se abrió paso dentro de ella, salvaje y hermosa, y se instaló en su corazón, en su casa.

Ya sea que te enfrentes a él bruscamente o después de una larga marcha hacia la senectud, allí está ese momento eterno objeto de los cotilleos de todos los profetas: cuando ves la totalidad de ti mismo, lo asombroso que eras, lo vivo que estabas. Sin embargo, como descubriría Lisa, esa eternidad palidece en comparación con la extensión y la profundidad de la Noche que la sigue. Cuando avanzas entre estrellas caídas y cuásares remotos, bosques de pasmosos pinos y nieves invernales, montañas graníticas y nubes impenetrables, lava enfriándose, océanos negros y los ríos que desembocan en ellos, el canto de las orugas y el grito de los murciélagos, el solitario gemido de una ballena, praderas infinitas retorcidas por el viento, cielos granate y lluvia plateada, la tierra de tu extraño reino. Pero hasta la misma Noche tiene un final, más allá del cual solo está el vacío, el abismo. Es esa clase de oscuridad que conocías antes de temerla. Esa clase de oscuridad tan perfecta, de tinta, de óleo, que incluso cuando dilatas las pupilas para captar un poco de luz, no hace más que volverse más profunda, y lo único que sientes es la presión del aire en los globos oculares. El olvido consiste en ver todo el tiempo hacia atrás y hacia delante, con tu voz encerrada para siempre en todo ese polvo y ese derrumbe y esa angustia carente de profundidad. Pero lo que jamás puedes saber, lo que jamás podrías haber creído o esperado creer en ese largo e imponente viaje de regreso es que ese abismo es, en cualquier caso, sagrado. Entiendes que hasta el vacío es temporal, que la nada es inestable, y te lanzas, prácticamente al galope, hacia una nueva creación en orillas lejanas.

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Inside the coffin there was no body. Instead, a large American flag had been unfurled on top of the rosy platinum-colored, 18-gauge steel Star Legacy casket, loaned from the local Walmart branch. The casket moved down Main Street on a flatbed trailer pulled by a Dodge RAM 2500 the color of an overripe cherry. A foretaste of winter chill had invaded October, and a gust of frigid air swept through New Canaan with the unpredictability of a child’s tantrum. What might once have been a calm, tolerable breeze suddenly became an icy ghostly screech across the street, freezing and scattering loose trash and leaves that had been together a moment before, drowning out superficial comments, raising voices to heaven No one had bothered to secure the flag before the truck and its cargo left the firehouse, the starting point for all of New Canaan’s parades from Thanksgiving through July 4, and when the display coffin reached the center, a gust of wind carried it away.
…We will begin some six years after the parade that was organized in honor of Corporal Rick Brinklan, in the feverish boil of a summer night in 2013. We will begin with the dogs of history howling, suffering every last nerve and muscle. We’ll start with four vehicles and their occupants converging on this Ohio city from the north, south, east, and west. Specifically, we’ll start out on a dark country road with a small truck, chassis shuddering, gas tank empty, hurtling through the night from an as-yet-unknown source.

OHIO centers around the story of four high school friends who are reunited a decade after their graduation. It also circles around the story of one of those friends who was killed in Iraq. In fact, the entire beginning of the book is one long running commentary on the funeral parade for this man which occurs months after his actual burial, and which features an empty casket on loan from Wal Mart. There were many part of this exegesis that reminded me of Garrison Keillor and his Tales of Lake Wobegon. The writing flows with excess and verbiage that is both descriptive and, well, over-the-top. To a certain extent, though not as talented, it also reminds of William Faulkner who could describe a scene to death.
After this opening finally ends, Markley presents us with characters that are quite nearly a stereotype for small, Midwestern, rural towns. In fact, Markley was reared in such a small town very much like the one he is describing – but he has been living in L.A. for many years.
OHIO is an examination of the fervor that occurred in many small towns after the attacks on the World Trade Center. Smelling blood, military recruiters swarmed into these towns whipped up “patriotism” like a spell across the land. Those who were poor, bored or looking for a way out of these towns, eagerly bought the lies that these recruiters were dishing out like candy. As a result, the Midwest now if faced with higher numbers of veteran homelessness, drug addition to the crisis point and crime, which is needed to feed their addictions.
This is a very dark, very descriptive – overly so – account of war, drugs, addiction and despair.
However, while I like the premise of the book, my criticism is two-fold. Markley claims that the book is an accurate description of the war battles and recruitment during this time – he also admits that he “once was very anti-war.” His anti-war sentiments don’t come through for me in OHIO. His remarks about why he is not as adamantly “anti-war,” disturb me on a very deep level. Americans only now are beginning to look at 9/11 as “history” rather than current events. Any time an author writes about it, their own biases and leanings are revealed. The fact is, many – too many – young men were lied to, sold a bill of goods that were rotten and the “war in Iraq” was nothing except a military exercise to build the American Empire. You can not talk about the “rust belt” of America without directly talking about the massive loss of jobs, the cut back in education funding, the lack of medical treatment – ALL courtesy of the American government. The darkness here, in my mid-west, is very real. The opioid crisis is staggering. But Markley’s views are merely more fiction added to the mix, militarily accurate according to the recruiters with whom he spoke, but we all know how truthful they can be.
Secondly, one complaint that I have regarding Southern writers is that they use thirty words to describe what could be brilliantly written in ten. Markley writes more like a southern writer than one from the mid-west where words never are wasted and verbosity is, quite nearly, considered a sin. This book is too long, too drawn out, too much of everything that is not quality. Readers who think that the book is dark would see a more fitting picture of the Rust Belt if they didn’t have to wade through the unnecessary muck. I wanted to scream: “edit, Edit, EDIT.” Sadly, there was none. It was a bittersweet reading.

Ohio hadn’t suffered the same housing bubble as the Sun Belt states, but vultures had swarmed the remains of dying industrial cities—Dayton, Toledo, Mansfield, Youngstown, Akron—offering home loans and refinancing. All that crap that had blown up in people’s faces, like with subprime mortgages. A fleet of nouveau riche quacks swept through the state, advancing from minority neighborhoods where pious black widows on fixed incomes were easy prey to enclaves of working-class whites and then into the innermost suburbs. Evictions began to mushroom and later became fields of fast-growing weeds, reducing entire neighborhoods to abandoned carcasses or drug-addict pens. Ameriquest, Countrywide, CitiFinancial: all those cunning sons of bitches who analyzed the state’s job destruction, factory closings, its problems, its angst, and plotted how to make money off of people’s desperation. In every city or town in the state you could see great gangrenous swaths that looked like New Canaan, that same geography of commercial districts looking like a cancer patient and with illuminated outposts from which they watched the variations of usurious credits to the consumers. Those entrepreneurs saw that the state was going bankrupt just like Bill’s truck and they invaded it, trying to sell the last working parts for scrap.
Bill could never be sure which of his parents he disagreed with the most. How much of his character could be attributed to having spent his formative years arguing with his mother’s on-the-one-this-and-the-other-side-this-other pragmatic streak, so at the same time? Obama style? The relationship between the two of them would end up becoming so tense that they went many years without speaking to each other. There were similar arguments with his father, too, circular and useless, but the result of these was that Bill felt utterly uninterested in law school, medical school, or, God forbid, dental school. All that formal education did nothing but turn people into higher-paid idiots or more eloquent idiots, but idiots nonetheless.

As he drifted off to sleep, he told himself that he would no longer return to the swamps of the Mississippi Delta to slowly drown in them. There was still a thousand dollars in the glove compartment, a thousand more in his back pocket, and another quest, another vision, waiting for him. Even after everything, there was always a reason to get back on your feet. To muster the courage to live and be alive. To rage against depersonalized entropy, the savage logic of accumulation, that would send them all back into exile, that he wanted to strip them of everything, everywhere and everyone they had ever loved. To find hope in rebellion, in the subterranean fire, and to endure the Truth forever and ever and to keep fighting until extinction.
He groped in his dreams, crying for the rivers and meadows of his native land. He saw her burning in blue fire and begged in her prayers for her strength to defend her, to fight for her, to get her back alive.

It wasn’t until a few months later, as he entered college, that the anger and sadness and pain he had sublimated began to bubble up inside him. No eighteen-year-old is ready to understand that love can inspire so much shame, so much self-loathing. Even a decade later he could conjure up that angst, like a rotting tooth you feel with every bite, once it dawned on him that he’d probably never see Lisa again. He wanted to be able to make just one phone call, to at least have a chance to yell at her, to get it all off his chest. But Lisa never gave him that chance. And that led her to harbor darker thoughts. At first it was just the loss of the breakup and the anguish of secrecy, but that lonely first year at Wittenberg Stacey tested the strength of the closet rod in her bedroom. He was tall and seemed strong enough to support her weight. If she was correct with the length of the rope, her feet would not touch the ground.

The wind blew harder, a mighty gust of air across the meadows, screeching like sharpening knives, blowing hair across her face. With it came the smell of fire, that sour aroma of combustion and charcoal that makes your nose itch. An electrical storm arrived. Lightning split the night and the downpour roared, accompanied by the mortar rounds of thunder. Rain like shards of glass, streaking through the air from the sky. They took her. It didn’t matter either. She would never again sleep a whole night without feeling the heat of the fire like sunstroke. A recurring dream, month after month, year after year, always the same roaring fire, burning through meadows and towns and forests, burning the night, devouring the known world, while she tried to breathe a little fresh air at the edge of the forest. The storm descended on the blue-black of the night hills, forced its way into her, wild and beautiful, and settled in her heart, in her house.

Whether you come face to face with it abruptly or after a long march into old age, there is that eternal moment that is the gossip of all the prophets: when you see the totality of yourself, how amazing you were, how alive you were. However, as Lisa would discover, that eternity pales in comparison to the breadth and depth of the Night that follows. As you move between fallen stars and remote quasars, forests of stunning pine trees and winter snows, granite mountains and impenetrable clouds, cooling lava, black oceans and the rivers that flow into them, the song of caterpillars and the cry of bats, the lonely wail of a whale, endless wind-twisted grasslands, maroon skies and silver rain, the land of your strange kingdom. But even Night itself has an end, beyond which there is only emptiness, the abyss. It is that kind of darkness that you knew before you feared it. That kind of darkness so perfect, of ink, of oil, that even when you dilate your pupils to catch a little light, it only gets deeper, and all you feel is the pressure of the air in your eyeballs. Forgetting consists of looking backwards and forwards all the time, with your voice locked up forever in all that dust and collapse and that depthless anguish. But what you can never know, what you could never have believed or hoped to believe on that long and awesome journey back is that this abyss is, in any case, sacred. You understand that even emptiness is temporary, that nothingness is unstable, and you launch yourself, practically at a gallop, towards a new creation on distant shores.

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