Bobos En El Paraíso. Ni Hippies Ni Yuppies: Un Retrato De La Nueva Clase Triunfadora — David Brooks / Bobos in Paradise: The New Upper Class and How They Got There by David Brooks

Rebeldes y conservadores, contraculturales y tradicionales, bohemios y burgueses. De la unión de este sucesivo par nacen los Bobos, «Bourgeois» y «Bohemians». El ejemplar Bobo, emergido en los años noventa, es un híbrido en el que se mezcla la desobediencia de los años sesenta con la ambición de los ochenta. O bien, el Bobo es una mixtura entre el hippy y el yuppy, un alto profesional que no quiere concederle importancia al dinero ni a su ostentación, al contrario de los yuppies que se complacían en la exhibición de marcas y la proclamación de sus conquistas de lujo. El Bobo, una década después de los yuppies, es un producto tanto norteamericano como español acomodado económicamente pero más trufado de rebeldía espiritual. Como dice el autor incluyéndose en el grupo: «Somos gente adinerada pero que tratamos de no convertirnos en seres materialistas».
Por instinto, los Bobos son contrarios al establishment, pero se han convertido en el actual establishment.
Los sesenta y los ochenta fueron años en los que se vindicó con fuerza la libertad y el individualismo. En esto coincidían tanto los rebeldes como los conservadores, los bohemians como los bourgeois. Ahora los Bobos de todo el mundo lideran una tendencia que se dirige a reducir la libertad mediante el regreso a nuevas formas de autoridad (en las escuelas, en la familia, en las costumbres públicas, en el orden de las ciudades, en la batalla contra las drogas, la contaminación o el tabaco) y a requerir comunidad, asociaciones civiles, contribuciones sociales al voluntariado. Todo ello sin renunciar a nada; no mediante la revolución o la subversión, sino a partir de modales estéticos tan característicos de nuestro tiempo de ética indolora y compromisos tibios.
Los Bobos definen nuestra época. Representan el nuevo establishment, y su cultura híbrida es el aire que todos respiramos. Sus signos de estatus gobiernan la vida social de hoy, y sus códigos morales confieren estructura a nuestras vidas personales.

Mis sentimientos sobre este libro son mixtos. Explora la cultura de la bohemia burguesa y sus implicaciones para nuestra sociedad en términos de negocios, cultura intelectual, juego, política y vida espiritual. En muchos sentidos, me siento como un producto de la sociedad donde el intelecto es comercializable, el capitalismo se trata de elección y conciencia social y creatividad (al menos en la superficie), y cuestionar la autoridad es obligatorio. Supongo que me alegro por eso de alguna manera, pero también odio algo de eso: cosas como el turismo «significativo», la flexodoxia, necesitar que todo tenga «textura», usar equipo de senderismo serio todo el maldito tiempo.
El título de este libro dice que trata sobre la clase alta, pero eso me dejó un sabor amargo en la boca. Por un lado: creo que la clase alta de la que habla no adoptó lo bohemio sino que la cooptó. Él sugiere que la ética protestante del trabajo se destruyó, pero creo que empeoró: todo, incluso el placer, es una experiencia intelectual edificante. vomitar Además, supongo que quería saber, por razones personales y tal vez políticas, más sobre las implicaciones de este cambio al boboísmo para la gente, la clase media-baja y el cielo, los pobres. De alguna manera, creo que es más insultante que la pesadez de la clase alta de la vieja escuela. La inteligencia no lo es todo, pero equiparar la inteligencia tan claramente con la clase tiene muchas implicaciones que me ponen de mal humor. Y cosas como: a los bobos les gustan los pueblos pequeños y la gente auténtica y la iglesia auténtica y los esfuerzos de conservación y cosas así, pero solo en la medida en que lo disfrutan… puff. Me hace sentir que el boboísmo tiene tanto que ver con el desapego y la altura como con cualquier otra cosa. Qué asco. Algunas personas se preocupan por las cosas con el corazón y esas cosas.
Al final, creo que esto es interesante y bastante convincente. argumento para la cara de la clase alta de hoy, pero creo que tiene implicaciones preocupantes que Brooks pasa por alto. O tal vez realmente no tenía la intención de cubrir. Me recordó las clases de historia que tomé sobre cultura popular en la universidad y me hizo pensar en la rueda de la respetabilidad de la clase del Sr. Sutton en la escuela secundaria. Tomaré la sinceridad de tozudo cualquier día… ¿decir esto me convierte en una especie de Bobo-ish? Si. Probablemente lo haga.

La elite protestante era también despreocupadamente antiintelectual. Sus representantes mencionaban a menudo con cortés desdén a «sesudos» y «lumbreras». Debían su categoría social, como F. Scott Fitzgerald había señalado algunas décadas antes, al «magnetismo animal y al dinero». A diferencia de la clase dirigente de hoy, tenían una actitud bastante simple hacia su riqueza. Sabían que era de mal gusto mostrarse ostentoso y tendían a la frugalidad, pero por lo visto no consideraban su dinero como una afrenta a los principios norteamericanos de la igualdad. Al contrario, casi todos ellos daban por sentada su pertenencia a la elite, diciéndose que dicha posición formaba parte del orden natural y beneficioso del universo. La aristocracia siempre existiría, de modo que la tarea de quienes nacían en su seno consistía en aceptar los deberes que acompañaban a los privilegios. En su esplendor estaban a la altura del código aristocrático; creían en el deber, el servicio, el honor, la acción más allá de las palabras.
En su esplendor, el establishment WASP poseía una ética del servicio público que no tiene parangón. Tal vez sus representantes se sintieran incómodos ante la idea de la ambición, pero en cambio eran muy conscientes de sus obligaciones. Concedían importancia a las buenas maneras y al autocontrol, y al mirar atrás, en ocasiones parecen tener un mayor peso específico que nosotros, sus sucesores, tal vez porque sacrificaron más. Sin pensárselo dos veces, jóvenes caballeros como George Bush se presentaron voluntarios para luchar en la Segunda Guerra Mundial, y un número desproporcionado de muchachos procedentes de familias WASP privilegiadas perdió la vida en ambas contiendas mundiales. Eran personas reservadas que carecían del espíritu rebelde de generaciones posteriores.

Los WASP se habían enfrentado con anterioridad a ataques contra su hegemonía cultural, ya fuera haciendo caso omiso de ellos, ya fuera mediante el contraataque. La primera mitad del siglo XX trajo lo que el historiador Michael Knox Beran denomina el «resurgimiento de la clase acomodada». Familias como los Roosevelt adoptaron una actitud firme y viril a fin de restablecer el vigor y la seguridad en sí misma de la elite de la Costa Este y así conservar su lugar privilegiado en lo más alto de la estructura del poder. En los años veinte, al detectar una amenaza contra la «personalidad» de sus instituciones, los administradores de la Ivy League endurecieron las condiciones oficiales y oficiosas de admisión de miembros judíos.
En otras palabras, antes de este período, las elites WASP dominaban la formación de prestigio y constituían un sector importante de la población universitaria. A finales de esta época, los WASP de buena cuna ya no predominaban en las escuelas de elite y constituían un porcentaje ínfimo de la clase culta. Las universidades de elite habían conservado su prestigio; la proporción de licenciados pertenecientes a la Ivy League que aparecen en el Quién es Quién ha permanecido constante a lo largo de los últimos cuarenta años, pero los centros universitarios han logrado mantener su dominio prescindiendo de la mediocridad de las viejas familias WASP y recurriendo a meritócratas de menor relevancia social.
A todas luces, la rauda expansión de la clase educada en las universidades habría de surtir un profundo efecto en Estados Unidos, al igual que la rápida urbanización ha afectado sobremanera a otros países en otros momentos de la historia. A mediados de los sesenta, los WASP de mediana edad aún ejercían cierta autoridad en el mundo empresarial. Aún poseían un enorme prestigio social y político, por no hablar del capital financiero. Sin embargo, habían quedado aplastados en los campus universitarios.

Los radicales más radicales de los sesenta estaban convencidos de que la única salida honrada consistía en rechazar de plano la idea del éxito. Abandonar la carrera por el progreso social y económico y retirarse a comunidades reducidas donde pudieran florecer auténticas relaciones humanas. Pero dicha visión utópica nunca adquiriría demasiada popularidad, sobre todo entre los licenciados universitarios. Los representantes de la clase culta aprecian sobremanera las relaciones humanas y la igualdad social, pero al igual que para tantas otras generaciones anteriores de estadounidenses, el éxito ocupaba el lugar más elevado en la escala de valores de los universitarios de los sesenta. A fin de cuentas, eran meritócratas y por tanto tendían a definirse a sí mismos por sus logros. Casi ninguno de ellos abandonaría los estudios ni se apalancaría en una comuna a oler las flores, criar cerdos y recitar poesía. Además, con el paso del tiempo descubrieron que las riquezas del universo yacían a sus pies.
Al principio, cuando el grueso de los universitarios del baby boom entraron en el mercado laboral, el hecho de poseer un título universitario reportaba pocas compensaciones económicas o cambios espectaculares en la vida de los jóvenes.
Las compensaciones del capital intelectual han aumentado, pero no así la recompensa del capital físico. Ello significa que incluso los licenciados en carreras de humanidades pueden despertar un día y encontrarse con que forman parte del segmento salarial más alto.
Las elites cultas no sólo ganan mucho más dinero del que jamás habrían soñado, sino que también ocupan puestos de enorme responsabilidad. A estas alturas, todos estamos familiarizados con los ejecutivos de hoy que han pasado del SDS [Students for Democractic Society] al cargo de CEO [Chief Executive Officer], consejero delegado, o del LSD a una OPU (oferta pública de venta). De hecho, en ocasiones uno tiene la impresión de que el movimiento en pro de la libertad de expresión generó más altos ejecutivos que la Escuela de Dirección de Empresas de Harvard.
Un fenómeno aún más increíble es el crecimiento de sectores lucrativos en los que todos los interesados son representantes de la clase culta. Sólo el veinte por ciento de los adultos estadounidenses está en posesión de un título universitario.

Cuando el establishment protestante se desmoronó, Estados Unidos no se convirtió en un lugar mágico sin elites, jerarquías ni distinciones sociales y de etiqueta. Tal vez ello fuera cierto durante los años de transición. En los setenta y parte de los ochenta, costaba mucho discernir un orden social coherente. Sin embargo, aquella situación borrosa no podía durar, lo cual, con toda probabilidad, es positivo. Los países deben alcanzar nuevos estados de equilibrio social, y eso es lo que ha sucedido ahora en América. Triunfan nuevos códigos, distintos de los antiguos, pero que desempeñan muchas de las mismas funciones sociales de orden y coherencia.
Tampoco es cierto que el ocaso del viejo código de moralidad WASP haya sumido Estados Unidos en un vacío moral. Algunas personas asisten al declive del antiguo establishment protestante y lloran su pérdida. Se acabaron la caballerosidad, el sentido del deber y del servicio público, la solemnidad y la deferencia a la autoridad, la reserva y la modestia, la castidad y el decoro, los caballeros, las damas, el honor y el valor. Comprueban la desaparición de los códigos y reglas y presuponen que hemos entrado en una era nihilista.
De hecho, nuestra moral ha atravesado el mismo ciclo de degeneración y regeneración que nuestros modales. El viejo establishment protestante y su sistema ético se desvanecieron, dando paso a un período de anarquía. Pero más tarde, el nuevo establishment culto impuso su propio conjunto de normas.

En realidad, la historia de la clase culta empieza en el primer tercio del siglo XVIII. Tenemos que retroceder tanto en el tiempo porque, si bien demográficamente la clase culta no ha experimentado un verdadero auge hasta hace pocas décadas, los valores que representa son la culminación de una lucha cultural que comenzó en los albores de la era industrial. Debemos revisar el nacimiento del carácter burgués a fin de captar la esencia de ese modo de vida, para luego volver la vista hacia las primeras rebeliones bohemias, a fin de comprender los pilares ideológicos de esta corriente. Sólo después de examinar con detenimiento estos dos movimientos culturales rivales alcanzaremos a entender de qué modo entretejieron los Bobos devoradores de tostadas distintas cepas de las cosmovisiones burguesa y bohemia.
Los gustos burgueses surgieron por primera vez, al menos en Norteamérica, alrededor de 1720. Fue el período en que un considerable número de norteamericanos ricos descubrió el buen tono. Tras algunas décadas de lucha, muchos colonos podían permitirse vivir con más comodidades que los rudos pioneros. La sociedad norteamericana se había estabilizado, y los mercaderes de éxito querían que sus hogares reflejaran su interés por el buen gusto y la cultura.
La esfera burguesa era la esfera de los negocios y el mercado, mientras que el dominio bohemio era el arte. Los burgueses preferían los modos de pensamiento numéricos y mecanicistas, mientras que los bohemios se inclinaban por modos de pensamiento intuitivos y orgánicos. A los burgueses les gustaban las organizaciones; los bohemios valoraban la autonomía y consideraban a los burgueses como un rebaño de conformistas. A los burgueses les encantaban las máquinas, mientras que los bohemios preferían el humanismo íntimo del artesano preindustrial. En lo tocante a costumbres y consumo, los burgueses amaban la elegancia y el refinamiento, mientras que los bohemios, excepción hecha de los dandies, que fueron apareciendo y desapareciendo a lo largo del siglo XIX, admiraban la autenticidad y la naturalidad. Los burgueses adoraban el éxito; los bohemios crearon un conjunto de símbolos de clase en torno al antiéxito. La burguesía perseguía un progreso tangible. El principal objetivo de los bohemios consistía en ampliar el espíritu.
La guerra cultural entre bohemios y burgueses se alargó durante toda la era industrial. A lo largo de los años adquirió distintas formas y se libró en distintos campos de batalla, pero las motivaciones principales apenas si variaron. En Estados Unidos siempre existió una cepa burguesa, materialista, racionalista y tecnológica de gustos y costumbres refinados. Asismismo, siempre hubo una cepa bohemia, artística, antirracionalista y espiritual que admiraba los objetos auténticos, los estilos aventureros, las costumbres naturalistas.
Pero en los setenta y los ochenta sucedió algo curioso; los burgueses empezaron a resistirse. Durante el siglo XIX, la disputa entre burgueses y bohemios había sido unilateral. Los bohemios lanzaban sus elocuentes ataques, pero la burguesía se limitaba a seguir el consejo que les daban sus almohadas: vivir bien es la mejor venganza. Seguirían adelante con sus vidas, semiajenos al asalto contracultural. Podían mirar con desprecio a los radicales y los intelectuales, pero no respondieron con una crítica exhaustiva a la bohemia. Pero después de los sesenta y los setenta, el partido de la burguesía ya no podía hacer caso omiso del partido de la bohemia. La contracultura había tocado a su fin. Lo personal se había tomado político. La burguesía debía reaccionar.

Los Bobos han invadido el mundo de los negocios e introducido sus esquemas mentales contraculturales en las viejas salas de juntas de la burguesía. No es casualidad que la zona de la bahía de San Francisco, epicentro del Verano del Amor, sea ahora también sede de un número desproporcionado de tiendas destinadas a la clase culta, como Gap, Restoration Hardware y Williams-Sonoma. Y también hay republicanos gazmoños que nunca fueron hippies, pero que han abrazado las secuelas de la radicalidad de los sesenta como filosofía corporativa. Tenemos la cultura híbrida de Silicon Valley, que mezcla la rebeldía unti-establishment con el liberalismo económico de los republicanos.
Sobre todo en los sectores económicos dominados por las élites de la era de la información, a saber, la alta tecnología, los medios de comunicación, la publicidad, el diseño y Hollywood, los líderes han adoptado una ideología oficial que resultará muy familiar a radicales y bohemios, basada en el cambio constante.
Las empresas intentan cultivar en sus empleados una facultad que en tiempos clásicos se conocía con el nombre de metis. Se trata de un término griego que el antropólogo James C. Scott ha revivido. Tal vez los franceses lo traducirían por savoir faire, y nosotros podríamos hablar de conocimientos prácticos, de ingenio o de tener mano para algo.
Una recapitulación del capitalismo Bobo. Universidad, aprendizaje, crecimiento, viajar, subir, descubrirse a sí mismo.
Y todo ello empapado del concepto del «yo», que este breve párrafo incluye en quince ocasiones. El hombre de organización está patas arriba. Whyte describía una conducta social que anteponía al grupo, mientras que la actual otorga más importancia al «yo».
De este modo, el trabajo se convierte en una vocación, una profesión en el sentido estricto del término. Y lo curioso es que cuando los empleados empiezan a pensar como artistas y activistas, trabajan con más ahínco para la empresa.

Los Bobos no se limitan a conferir una pátina de moralidad a lo que antaño era subversivo. No en vano son meritócratas de cabo a rabo. Así pues, no se conforman con disfrutar de los orgasmos, sino que logran orgasmos. En sus publicaciones, el sexo es como una clase en la universidad; se describe como un proceso continuo de mejora y expansión de uno mismo. Resulta increíble observar la cantidad de talleres, seminarios, institutos y academias de sexo que hay al servicio de personas empeñadas en aprender más sobre sus cuerpos.
Los Bobos hemos tomado el imperativo burgués de luchar para alcanzar el éxito y lo hemos casado con el impulso bohemio de experimentar nuevas sensaciones. El resultado es un conjunto de reglas sociales diseñadas para fomentar placeres física, espiritual e intelectualmente útiles, y por otro lado estigmatizan el disfrute inútil o nocivo. De este modo, la ética protestante del trabajo ha dado paso a la ética Bobo del juego, que es igual de exigente. Cuanto hacemos debe estar al servicio de la Misión, que consiste en cultivarnos, progresar y mejorar sin descanso.
No es de extrañar que las dos instituciones de ocio que mayor éxito tienen en la era Bobo sean los gimnasios y los museos. Ambos entornos ofrecen satisfacciones sensuales en lugares edificantes. En el gimnasio, uno puede disfrutar de los placeres que proporcionan unas buenas agujetas y el hecho de bajarse del aparato de steps, exhausto y sudoroso tras treinta y cinco minutos de ejercicio intenso, y admirar su imagen reflejada en los ubicuos espejos. En el museo, uno puede abandonarse a una cornucopia sensual, disfrutar de los colores y las formas de pinturas y materiales al tiempo que se mantiene informado gracias a la audioguía, los eruditos textos que llenan las paredes y la maravillosa librería de la planta baja. Los gimnasios y los museos se han convertido en las capillas y las catedrales de nuestra era.

En cuanto al consumo de alcohol en general, probablemente atravesemos la era más abstemia desde la ley seca o incluso la más abstemia de la historia estadounidense. En nuestros días, los viejos términos, como resopón, tomarse unas copas, ir de bares y demás pierden vigencia, aunque persiste una leve nostalgia de los puros y los martinis.
Los Bobos hacen esfuerzos sobrehumanos para distinguirse de los turistas pasivos y holgazanes que entran y salen de los autocares turísticos para ver a toda prisa los monumentos de toda la vida. Puesto que los turistas llevan cámara fotográfica, a los Bobos les da vergüenza llevarla. Puesto que los turistas se sientan en las plazas más famosas, los viajeros Bobos pasan enormes cantidades de tiempo en placitas desconocidas, contemplando pasatiempos no turísticos, por lo general a un puñado de ancianos jugando a la petanca.
Muchos críticos aducirían que la vida moral de la clase culta se empobrece si la sexualidad y el ocio se evalúan en primera instancia sobre la base de la salud, la seguridad y otros parámetros utilitarios. Si vivimos en una sociedad como la nuestra, donde casi nadie se escandaliza al oír pronunciar el nombre de Dios en vano, pero donde todo el mundo se indigna si ve fumar a una embarazada, vivimos en un mundo que antepone lo mundano a lo divino.
Los Bobos no son ciegos a esta crítica. Les cuesta someterse a cualquier manifestación de mandamiento formal porque valoran demasiado su autonomía. No obstante, tienen infinitas aspiraciones espirituales y anhelan alcanzar cierta trascendencia. No quieren renunciar a los placeres que parecen inocuos sólo porque se lo ordene una autoridad religiosa, pero sí quieren descubrir las implicaciones espirituales de la vida cotidiana. Esta lucha entre la autonomía y la sumisión, entre el materialismo y la espiritualidad.

Los Bobos tienen un proyecto que dará forma a la política en los años venideros. Su proyecto político consiste en corregir los excesos de las dos revoluciones sociales que los auparon al poder.
Los bohemios sesenta y los burgueses ochenta eran polos opuestos en muchos sentidos, pero compartían dos valores fundamentales, el individualismo y la libertad.
El impulso principal de la política Bobo es el esfuerzo por restablecer los vínculos de la autoridad íntima. Los Bobos no están demasiado interesados en los grandes esfuerzos destinados a consolidar la autoridad a gran escala.
Profesan mayor respeto a la acción política emprendida a escala local, donde la comunicación puede darse cara a cara y donde el debate suele ser menos ideológico. Enfrentados a problemas nacionales escabrosos como la pobreza y la educación, los Bobos suelen decantarse por la subsidiaridad, por descentralizar el poder hasta el nivel más bajo posible. De este modo, cada persona o comunidad tiene ocasión de descubrir su propia solución pragmática sin necesidad de enzarzarse en debates fútiles sobre principios fundamentales.
La autoridad íntima se imparte, no se impone.
Los Bobos forman una elite joven que apenas es consciente de su carácter de elite y de sus capacidades. Es una clase de personas que crecieron con la palabra «potencial» colgada del cuello, y en muchos sentidos, su potencial todavía resulta más impresionante que sus logros. Han sido bien criados, educados y formados. Están exentos de algunas de las viejas represiones y han fijado nuevos vínculos. La inmensa mayoría de ellos no ha sufrido la depresión económica ni la guerra. En ocasiones pueden resultar un poco ridículos, pero si se ponen serios y formulan las preguntas fundamentales, tendrán la oportunidad de pasar a la historia como la clase que condujo a Estados Unidos a una nueva edad de oro.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/23/el-animal-social-las-fuentes-secretas-del-amor-la-personalidad-y-los-logros-david-brooks-the-social-animal-the-hidden-sources-of-love-character-and-achievement-by-david-brooks/

https://weedjee.wordpress.com/2022/08/14/bobos-en-el-paraiso-ni-hippies-ni-yuppies-un-retrato-de-la-nueva-clase-triunfadora-david-brooks-bobos-in-paradise-the-new-upper-class-and-how-they-got-there-by-david-brooks/

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Rebels and conservatives, countercultural and traditional, bohemian and bourgeois. From the union of this successive pair are born the Bobos, «Bourgeois» and «Bohemians». The Bobo specimen, which emerged in the 1990s, is a hybrid in which the disobedience of the 1960s is mixed with the ambition of the 1980s. Or else, the Bobo is a mixture between the hippy and the yuppy, a high professional who does not want to attach importance to money or his ostentation, unlike the yuppies who took pleasure in the display of brands and the proclamation of their conquests of luxury. El Bobo, a decade after the yuppies, is both an American and a Spanish product that is financially comfortable but more fraught with spiritual rebellion. As the author says, including himself in the group: «We are wealthy people but we try not to become materialistic beings».
By instinct, the Bobos are anti-establishment, but they have become the current establishment.
The sixties and eighties were years in which freedom and individualism were vigorously vindicated. Both the rebels and the conservatives, the Bohemians and the bourgeois agreed on this. Now the Bobos all over the world are leading a trend that is aimed at reducing freedom by returning to new forms of authority (in schools, in the family, in public customs, in the order of cities, in the battle against drugs, pollution or tobacco) and to require community, civil associations, social contributions to volunteering. All this without giving up anything; not through revolution or subversion, but from aesthetic manners so characteristic of our time of painless ethics and tepid compromises.
The Bobos define our time. They represent the new establishment, and their hybrid culture is the air we all breathe. Their status signs govern social life today, and their moral codes give structure to our personal lives.

My feelings on this book are mixed. He explores the culture of bourgeois bohemianism and it’s implications for our society in terms of things like business, intellectual culture, play, politics, and spiritual life. I do, in many ways, feel like a product of the society where intellect is a marketable, capitalism is about choice and social consciousness and creativity (on the surface at least), and questioning authority is mandatory. I guess I’m glad for it in some ways, but also hate some of it– things like «meaningful» tourism, flexodoxy, needing everything to have «texture», wearing serious hiking gear all the damn time.
The title of this book says that is about the Upper Class but that left a sour taste in my mouth. For one: I think the Upper Class he is talking about did not adopt bohemianism so much as co-opt it. He sort of suggests the Protestant Work Ethic got destroyed, but I sort of think it got worse–everything, even pleasure, is an edifying, intellectual experience. Barf. Also, I guess I wanted to know, for personal and maybe political reasons, more about the implications of this shift to Boboism for the Folk, the lower-middle class and heaven forfend, the poor. In some ways, I think it is more insulting than old-school upper-class stodginess. Smarts aren’t everything, but equating smarts so clearly with class has lots of implications that make me grumpy. And shit like: Bobos like small towns and authentic people and authentic church and preservation efforts and stuff like that but only insomuch as they enjoy it…guh. Makes me feel like Boboism is as much about detachment and loftiness as anything else. Yuck. Some people care about things with their hearts and stuff.
In the end, I think this is an interesting, and fairly convincing. argument for the face of today’s upper class, but I think it has troubling implications that Brooks glosses over. Or maybe didn’t really intend to cover. It reminded me of history classes I took on popular culture in college, and made me think of the wheel of respectability from Mr. Sutton’s class in high school. I will take the sincerity of the Rough any day… does saying this make me sort of Bobo-ish? Yeah. It probably does.

The Protestant elite was also nonchalantly anti-intellectual. Their representatives often mentioned with polite disdain ‘brain’ and ‘brain’. They owed their social status, as F. Scott Fitzgerald had pointed out some decades earlier, to «animal magnetism and money.» Unlike today’s ruling class, they had a rather simple attitude towards their wealth. They knew it was bad taste to be ostentatious and tended toward frugality, but apparently they didn’t see their money as an affront to American principles of equality. On the contrary, almost all of them took their membership of the elite for granted, telling themselves that such a position was part of the natural and beneficial order of the universe. The aristocracy would always exist, so the task of those born into it was to accept the duties that accompanied the privileges. In their splendor they lived up to the aristocratic code; they believed in duty, service, honor, action beyond words.
In its heyday, the WASP establishment possessed an ethic of public service that is second to none. Their representatives may have been uncomfortable with the idea of ambition, but instead they were keenly aware of their obligations. They placed importance on good manners and self-control, and in retrospect they sometimes seem to carry more weight than us, their successors, perhaps because they sacrificed more. Without a second thought, young gentlemen like George Bush volunteered to fight in World War II, and a disproportionate number of boys from privileged WASP families lost their lives in both world wars. They were reserved people who lacked the rebellious spirit of later generations.

The WASPs had previously faced attacks on their cultural hegemony, either by ignoring them or by counterattacking. The first half of the 20th century brought what historian Michael Knox Beran calls the «resurgence of the well-to-do.» Families like the Roosevelts took a tough, manly stance in order to restore vigor and self-confidence to the East Coast elite and thus maintain their privileged place at the top of the power structure. In the 1920s, sensing a threat to the «personality» of their institutions, Ivy League administrators tightened the official and unofficial conditions for admitting Jewish members.
In other words, prior to this period, WASP elites dominated prestige training and constituted a significant sector of the university population. By the end of this time, well-born WASPs no longer dominated the elite schools and made up a tiny percentage of the educated class. The elite universities had retained their prestige; The proportion of Ivy League graduates who appear in Who’s Who has remained constant over the last forty years, but colleges have managed to maintain their dominance by dispensing with the mediocrity of the old WASP families and turning to meritocrats. less socially relevant.
Clearly, the rapid expansion of the university-educated class was to have a profound effect on the United States, just as rapid urbanization has greatly affected other countries at other times in history. In the mid-1960s, middle-aged WASPs still wielded some authority in the corporate world. They still possessed enormous social and political prestige, not to mention finance capital. However, they had been crushed on college campuses.

The most radical radicals of the sixties were convinced that the only honest way out was to reject the idea of success out of hand. Abandon the race for social and economic progress and retreat to small communities where authentic human relations could flourish. But such a utopian vision would never catch on, especially among college graduates. Representatives of the educated class highly value human relationships and social equality, but like so many previous generations of Americans, success was high on the scale of values of the university students of the sixties. After all, they were meritocrats and thus tended to define themselves by their achievements. Hardly any of them would drop out of school or join a commune to smell flowers, raise pigs, and recite poetry. Furthermore, over time they discovered that the riches of the universe lay at their feet.
In the beginning, when the bulk of college graduates in the baby boom entered the workforce, having a college degree brought few financial rewards or dramatic changes in young lives.
Intellectual capital rewards have increased, but physical capital rewards have not. This means that even liberal arts graduates may wake up one day to find themselves in the higher salary bracket.
Educated elites not only make far more money than they ever dreamed of, they also hold positions of enormous responsibility. By now, we are all familiar with executives today who have gone from SDS [Students for Democratic Society] to CEO, CEO, or from LSD to IPO. In fact, one sometimes gets the impression that the free speech movement produced more top executives than Harvard Business School.
An even more incredible phenomenon is the growth of lucrative sectors in which all concerned are representatives of the educated class. Only twenty percent of American adults have a college degree.

When the Protestant establishment crumbled, the United States did not become a magical place without elites, hierarchies, or social and etiquette distinctions. Perhaps this was true during the transition years. In the seventies and part of the eighties, it was very difficult to discern a coherent social order. However, this blurred situation could not last, which, in all probability, is a good thing. Countries must reach new states of social equilibrium, and that is what has now happened in America. New codes triumph, different from the old ones, but which perform many of the same social functions of order and coherence.
Nor is it true that the decline of the old WASP morality code has plunged America into a moral vacuum. Some people watch the decline of the old Protestant establishment and mourn its loss. Gone are chivalry, the sense of duty and public service, solemnity and deference to authority, reserve and modesty, chastity and decorum, knights, ladies, honor and valor. They verify the disappearance of codes and rules and assume that we have entered a nihilistic era.
In fact, our morals have gone through the same cycle of degeneration and regeneration as our manners. The old Protestant establishment and its ethical system vanished, ushering in a period of anarchy. But later, the new educated establishment imposed its own set of rules.

Actually, the history of the educated class begins in the first third of the eighteenth century. We have to go that far back in time because while demographically the educated class may not have truly boomed until a few decades ago, the values it represents are the culmination of a cultural struggle that began at the dawn of the industrial age. We must review the birth of the bourgeois character in order to capture the essence of that way of life, and then look back at the first bohemian rebellions, in order to understand the ideological pillars of this current. Only after carefully examining these two rival cultural movements will we come to understand how the toast-eating Bobos intertwined different strains of the bourgeois and bohemian worldviews.
Bourgeois tastes first emerged, at least in America, around 1720. This was the period when a considerable number of wealthy Americans discovered good tone. After a few decades of struggle, many settlers could afford to live more comfortably than the rugged pioneers. American society had stabilized, and successful merchants wanted their homes to reflect their interest in good taste and culture.
The bourgeois sphere was the sphere of business and the market, while the bohemian domain was art. The bourgeois preferred numerical and mechanistic ways of thinking, while the bohemians favored intuitive and organic ways of thinking. The bourgeois liked organizations; Bohemians valued autonomy and regarded the bourgeoisie as a herd of conformists. The bourgeois loved machines, while the bohemians preferred the intimate humanism of the pre-industrial craftsman. When it came to customs and consumption, the bourgeois loved elegance and refinement, while the bohemians, with the exception of the dandies, who appeared and disappeared throughout the nineteenth century, admired authenticity and naturalness. The bourgeoisie loved success; Bohemians created a set of class symbols around anti-success. The bourgeoisie was pursuing tangible progress. The main objective of the Bohemians was to broaden the spirit.
The cultural war between bohemians and bourgeois lasted throughout the industrial age. Over the years it took different forms and was fought on different battlefields, but the main motivations hardly changed. In the United States there has always been a bourgeois, materialistic, rationalistic and technological strain of refined tastes and customs. Likewise, there has always been a bohemian, artistic, anti-rationalist and spiritual strain that admired authentic objects, adventurous styles, naturalistic customs.
But in the seventies and eighties something curious happened; the bourgeois began to resist. During the 19th century, the dispute between the bourgeoisie and the bohemians had been one-sided. The bohemians launched their eloquent attacks, but the bourgeoisie simply followed the advice given to them by their pillows: living well is the best revenge. They would get on with their lives, half oblivious to the countercultural assault. They could look down on the radicals and the intellectuals, but they did not respond with a comprehensive critique of the bohemia. But after the sixties and seventies, the party of the bourgeoisie could no longer ignore the party of the bohemia. The counterculture had come to an end. The personal had become political. The bourgeoisie had to react.

The Bobos have invaded the business world and introduced their countercultural mindsets into the old boardrooms of the bourgeoisie. It’s no accident that the San Francisco Bay Area, epicenter of the Summer of Love, is now also home to a disproportionate number of stores geared toward the educated class, such as Gap, Restoration Hardware, and Williams-Sonoma. And then there are prudish Republicans who were never hippies, but who have embraced the aftermath of 1960s radicalism as a corporate philosophy. We have the hybrid culture of Silicon Valley, which mixes unti-establishment rebellion with the economic liberalism of the Republicans.
Especially in the economic sectors dominated by the elites of the information age, namely high technology, mass media, advertising, design and Hollywood, the leaders have adopted an official ideology that will be very familiar to radicals. and bohemians, based on constant change.
Companies try to cultivate in their employees a faculty that in classical times was known as metis. It is a Greek term that the anthropologist James C. Scott has revived. Perhaps the French would translate it by savoir faire, and we could speak of practical knowledge, ingenuity or having a hand for something.
A recapitulation of Bobo capitalism. University, learning, growth, traveling, climbing, discovering oneself.
And all this steeped in the concept of the «I», which this short paragraph includes fifteen times. The organization man is upside down. Whyte described a social behavior that put the group first, while the current one gives more importance to the «I».
In this way, work becomes a vocation, a profession in the strict sense of the term. And the funny thing is that when employees start thinking like artists and activists, they work harder for the company.

The Bobos don’t just put a patina of morality on what was once subversive. Not for nothing are they meritocrats through and through. Thus, they are not satisfied with enjoying orgasms, but they achieve orgasms. In his posts, sex is like a class in college; it is described as a continuous process of self-improvement and expansion. It is incredible to observe the number of workshops, seminars, institutes and sex academies that are at the service of people determined to learn more about their bodies.
Los Bobos have taken the bourgeois imperative to strive for success and married it to the bohemian urge to experience new sensations. The result is a set of social rules designed to encourage physically, spiritually, and intellectually useful pleasures, while on the other hand stigmatizing useless or harmful enjoyment. In this way, the Protestant work ethic has given way to the Bobo game ethic, which is just as demanding. Everything we do must be at the service of the Mission, which consists of cultivating ourselves, progressing and improving relentlessly.
Not surprisingly, the two most successful leisure institutions of the Bobo era are gyms and museums. Both settings offer sensual satisfactions in uplifting settings. In the gym, one can enjoy the pleasures of a tight shoestring and getting off the treadmill, exhausted and sweaty after thirty-five minutes of intense exercise, and admiring one’s reflection in the ubiquitous mirrors. At the museum, one can indulge in a sensual cornucopia, taking in the colors and shapes of paints and materials while being informed by the audio guide, the erudite texts that line the walls, and the wonderful ground-floor bookstore. Gymnasiums and museums have become the chapels and cathedrals of our age.

As for alcohol consumption in general, we are probably going through the most teetotal era since Prohibition or even the most teetotal in American history. In our days, the old terms, such as resopon, have a few drinks, go to bars and others lose validity, although a slight nostalgia for cigars and martinis persists.
Los Bobos make superhuman efforts to distinguish themselves from the passive and lazy tourists who rush in and out of tour buses to see the sights of a lifetime. Since tourists carry a camera, the Bobos are embarrassed to carry it. Since tourists sit in the more famous squares, Bobo travelers spend enormous amounts of time in unfamiliar little squares, watching non-tourist pastimes, usually a handful of old men playing petanque.
Many critics would argue that the moral life of the educated class is impoverished if sexuality and leisure are first evaluated on the basis of health, safety, and other utilitarian parameters. If we live in a society like ours, where hardly anyone is shocked to hear the name of God pronounced in vain, but where everyone is outraged if they see a pregnant woman smoking, we live in a world that puts the mundane before the divine.
Los Bobos are not blind to this criticism. It is difficult for them to submit to any manifestation of formal commandment because they value their autonomy too much. However, they have infinite spiritual aspirations and yearn to achieve a certain transcendence. They don’t want to give up seemingly innocuous pleasures just because a religious authority tells them to, but they do want to discover the spiritual implications of everyday life. This struggle between autonomy and submission, between materialism and spirituality.

Los Bobos have a project that will shape politics for years to come. Their political project consists of correcting the excesses of the two social revolutions that brought them to power.
The bohemian sixties and the bourgeois eighties were polar opposites in many ways, but they shared two fundamental values, individualism and freedom.
The main thrust of Bobo politics is the effort to reestablish the bonds of intimate authority. The Bobos aren’t too interested in big efforts to consolidate authority on a large scale.
They profess greater respect for political action undertaken at the local level, where communication can take place face to face and where the debate tends to be less ideological. Faced with thorny national problems such as poverty and education, the Bobos tend to opt for subsidiarity, for decentralizing power to the lowest possible level. In this way, each person or community has the opportunity to discover their own pragmatic solution without having to engage in futile debates on fundamental principles.
Intimate authority is imparted, not imposed.
Los Bobos form a young elite that is barely aware of its elite character and capabilities. This is a class of people who grew up with the word «potential» hanging around their necks, and in many ways, their potential is still more impressive than their achievements. They have been well raised, educated and trained. They are exempt from some of the old repressions and have established new bonds. The vast majority of them have not suffered from economic depression or war. They can be a little ridiculous at times, but if they get serious and ask the fundamental questions, they have a chance to go down in history as the class that ushered America into a new golden age.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/23/el-animal-social-las-fuentes-secretas-del-amor-la-personalidad-y-los-logros-david-brooks-the-social-animal-the-hidden-sources-of-love-character-and-achievement-by-david-brooks/

https://weedjee.wordpress.com/2022/08/14/bobos-en-el-paraiso-ni-hippies-ni-yuppies-un-retrato-de-la-nueva-clase-triunfadora-david-brooks-bobos-in-paradise-the-new-upper-class-and-how-they-got-there-by-david-brooks/

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