La Impostora. Cuaderno De Traducción De Una Escritora — Nuria Barrios / The Impostor. Translation Notebook of a Writer by Nuria Barrios (spanish book edition)

La traducción, como el amor, es a la vez posible e imposible. Es un puente entre nuestra identidad última y nuestras singularidades, entre nuestras semejanzas y nuestras diferencias, entre el reconocimiento y la extrañeza. Es un modo de negar la diferencia y, al mismo tiempo, de reivindicar lo diferente.
La única traición en una traducción es la falta de amor. ¿Qué es una mala traducción sino una declaración de indiferencia?.

Esta obra fue la ganadora del XIII Premio Málaga de Ensayo y destaco cuando habla de la necesidad de olvidar quién eres para traducir bien, y más si eres escritora. Las historias de traductoras que cuenta, o de traductores que supieron sacar partido de la jerarquía de autoridad que les daba ser hombres, son incontestables. Destaca cuando escribe como escritora, esa otra que la posee cuando no traduce, y que no quiere meter su yo en la ficción más allá de lo que se escape entre líneas, se nota incómoda, hablando de sí misma en el ensayo.
Brota humildad que te hace pensar en ella cuando traduce, realmente su desdoblamiento de identidad cuando se ve a sí misma traduciendo, empequeñecida y deseando el anonimato que le dará el que la traducción sea buena, para que nadie la vea, para que el lector de lo traducido se sienta leyendo lo que escribió el autor original, sin verla.

Durante años me resistí a ser traductora, hasta que un buen día acepté, por razones económicas, el encargo de traducir a Benjamin Black, heterónimo del autor irlandés John Banville. Acababa de morir el artífice de su voz en español, Miguel Martínez-Lage. Antes de abrir Vengeance, la obra sobre la que yo debía trabajar, leí las dos últimas novelas de Black de las que mi predecesor se había ocupado. Descubrí que Martínez-Lage tenía un estilo elegante y también muy personal. Con perplejidad, comprobé que mi lectura traductora era distinta a la suya. No variaba la historia, por supuesto, sino los matices, pero, en literatura, los matices tienen una trascendencia enorme. Cada traducción lleva la impronta de su autor, su manera de entender el oficio. Yo lo ignoraba, a pesar de que la mayor parte de mis lecturas habían sido traducciones. Siempre me había entregado a ellas con una confianza ciega, con la misma inocencia con la que los niños creen en las historias que les cuentan sus padres. Así había sido durante mi infancia, mi adolescencia, mi juventud. Había leído como si cada cuento, cada novela, cada libro de poesía, cada ensayo, cada libro de filosofía que abría, hubiese salido directamente en español de las manos de sus autores.
Un buen amigo, editor y traductor, me avisó de que traducir solo es rentable si se trabaja con rapidez. Yo no soy rápida, soy concienzuda y padezco un terrible espíritu perfeccionista, agravado por mi inclinación a vivir en el presente y no pensar en el futuro; es decir, en los plazos de entrega. La traducción me descubrió un mundo de tormentos literarios. No solo no sería para mí una ocupación rentable, sino que me crearía pesares insospechados.
La escritura siempre me había ayudado a hacer conocido lo desconocido. La traducción hizo desconocido lo conocido.
Traducir, una actividad que yo suponía un agradable quehacer, un viaje placentero entre palabras, reveló ser un perturbador viaje existencial al revelar la extrañeza del lenguaje e introducir esa extrañeza en la conciencia que tenía de mí misma: ¿quién soy yo?, ¿qué soy yo?…

Descifrar es traducir lo desconocido. Mientras los científicos traducían el virus, yo me desesperaba en casa. Encerrada, no conseguía escribir ficción, no lograba leer ficción. ¿Cómo leer, cómo escribir, cuando las propias palabras habían enfermado de ambivalencia? La casa, que había sido refugio, encerraba la cárcel. La normalidad, la anormalidad. El abrazo, el contagio. La vida, la muerte. El mundo que antes nombraban se resquebrajaba y nosotros, sus habitantes, sus hablantes, temblábamos ante la amenaza de quedarnos a la intemperie.
Nada parecía más irreal que la realidad en la que estábamos inmersos. Resultaba difícil separarse de ella para adentrarse en otros mundos, en otras vidas. No obstante, la literatura siempre me había ayudado a interpretar la vida en clave narrativa, a encontrar su sentido.

La traducción es el arte de descifrar. Y eso es la vida: la traducción en la que todos estamos embarcados. Desde que nacemos, nos esforzamos en traducir el mundo exterior, en traducir a los otros, en traducir nuestra relación con el mundo y con los otros, en traducirnos a nosotros mismos.
Este ensayo es una exploración existencial de la lengua, que es nuestra casa. Un andar a tientas. Un viaje de descubrimiento.
La transformación de escritora en traductora es un tránsito emocional. El tiempo de abandonar la máscara habitual y adaptar, y adoptar, el nuevo rostro parece breve y ligero como un soplo, pero encierra una tormenta. Por eso también espacio las traducciones. Temo el despojamiento inicial –la pérdida de mi voz, el trabajoso salir de mí–, pero al mismo tiempo tampoco deseo la rutina, la mecanización que implicaría traducir de una forma continuada. Debo de tener cierta inclinación al melodrama, porque prefiero las emociones, aunque sean poco placenteras.
La traducción me enfrenta con mis propias limitaciones como escritora. Me obliga a ampliar mi ámbito de trabajo para explorar zonas donde nunca me adentraría. En cierta manera, es un proceso de reinvención. Un autorretrato en un espejo convexo.

Aún mayor es el exilio de la traductora: su trabajo la expulsa del refugio más íntimo, que es la lengua. Al traducir se produce un desplazamiento en la relación espontánea que mantiene con su idioma materno. De la naturalidad pasa a la conciencia permanente del mismo. De la cotidianeidad, al alejamiento. Ese desplazamiento convierte lo que antes parecía sencillo en un problema. Su problema. Es como si viera su propia casa en un sueño. Es la misma, pero ha cambiado. Lo propio se hace extraño para que lo extraño se convierta en propio.
¿Existe una perspectiva de género al traducir? ¿Existe una perspectiva de género al leer?
Dos libros fundamentales pueden ayudarnos a contestar ambas preguntas: la Biblia, el libro más vendido de Occidente, el primer best seller de la historia, y El segundo sexo, el ensayo de Simone de Beauvoir, que desde su publicación se convirtió en best seller y es contemplado como una biblia contemporánea.
La traducción del Genésis, que trata del origen del mundo y de la humanidad, es especialmente reveladora. La historia de la creación de Adán y Eva ha determinado el lugar de los hombres y de las mujeres, nuestra jerarquía, en la civilización. Según la Biblia, Eva fue creada por Dios a partir de una costilla de Adán. Pero ¿qué sucedería si Eva no hubiese sido creada de la «costilla» de Adán, sino al «costado» de Adán?
Traducir es leer e interpretar. No existe un análisis definitivo, una revelación final. Los textos son porosos, como la piel.

La invisibilidad que forma parte del oficio de la traducción se extiende hasta sus orígenes. Para encontrar a los traductores hay que recorrer las carreteras secundarias que atraviesan el vasto paraje que forman las miles de lenguas diferentes, y mutuamente incomprensibles, que existen o han existido en nuestro pequeño planeta. En el horizonte se alza el primer rascacielos de la historia, la torre de Babel. A su sombra, surgieron los traductores.
Por temor se destruye la diversidad. La ambición de cualquier régimen totalitario es implantar una sociedad donde solo prime una lengua, la suya. Esa voz única requiere la destrucción de las demás. La tarea de la traductora es mostrar, preservar y defender la riqueza idiomática. Su trabajo es peligroso. Los traductores asesinados son una prueba, no siempre recordada, del riesgo que forma parte del oficio.

Los talibanes se relacionan con su lengua como si fuese el burka que oculta celosamente la belleza de sus mujeres; el desconocimiento del idioma por parte de los extranjeros es un velo bajo el que esconden su cultura, su sociedad, su país. Quien alce el velo merece ser destruido. Debajo de esa pendenciera actitud de propietario hay un miedo más profundo. La lengua es, sobre todo, nuestra identidad. Con palabras damos forma a nuestras emociones, a nuestros sentimientos, a nuestros pensamientos. Con palabras nos hacemos y nos deshacemos, nos construimos y nos destruimos. Hay en la enseñanza de la propia lengua al extraño una entrega de uno mismo. Hay un reconocimiento de la alteridad y, al mismo tiempo, un deseo de aproximación, de reencuentro. Esa ingenua alianza es para los talibanes, sin duda, la peor rendición imaginable.
La desesperación de los intérpretes de Afganistán es un grito que, como sucedió con Los versos satánicos, de Rushdie, dirige el foco a la peligrosa naturaleza de este oficio.

La traductora es como una artesana china que hace una tetera que no es sino otra tetera más en el número infinito de teteras y, sin embargo, es única. Con ese espíritu, amasa el barro, lo alisa, lo corta, lo modela, lo observa, lo acaricia, lo golpea con sumo cuidado, lo hace girar entre sus manos una y otra vez para pulirlo.
Esa parte última, cuando toca pulir el texto, es la que más disfruto de la traducción, al igual que de la escritura. Es el momento en el que por fin se inicia la conversación tranquila entre el texto y yo. El nuevo texto. La corrección me devuelve el placer del juego literario. En este sentido, editar se parece a afinar un instrumento: punteo las palabras, pulso las frases, rasgueo los párrafos. El sonido de la escritura, su melodía, es una parte fundamental de la obra final. Ahí laten su belleza, su verdad. Traducir no consiste solo en encontrar la palabra justa, sino también el sonido justo, la cadencia adecuada, el ritmo que ayudará a que la frase fluya y las palabras encajen. La liviandad es imprescindible. Lo liviano no es contrario a lo hondo, al contrario. El texto, cuanto menos pesa, más veloz viaja y con más precisión alcanza su diana. Igual que una flecha.
Traducir es mirar a través de la ventana cómo el sol ilumina la copa de los olmos de jardín. La mirada hace de pasarela por la cual se desliza la luz al salón en sombra.

Para que los libros traducidos que llegan a nuestras manos sean la mejor versión posible, es preciso visibilizar a quienes traducen. El primer paso indispensable sería escribir sus nombres en la portada de los libros. La obra que el lector tiene entre sus manos es una traducción; esa versión y el original son, pero no son el mismo libro. Es necesario que quienes traducen salgan al escenario para que su trabajo pueda ser elogiado o criticado. «Si entendemos la traducción como una creación por propio derecho –algo que trasmite la esencia, el espíritu y, en la medida de lo posible, la forma de un texto ajeno, al tiempo que comunica un placer literario exclusivo–, entonces deja de ser una iniciativa imposible para convertirse (…) en una actuación susceptible de ser evaluada por sus propios méritos.
Es preciso reivindicar el oficio y mejorar sus condiciones.

Del mismo modo que no existe traducción definitiva, canónica, tampoco existe definición definitiva, canónica, de la traducción. A lo largo de este ensayo, que emprendí como un viaje de exploración, he buscado acotarla con la esperanza secreta de llegar al final de estas páginas con una guía práctica de traducción para los momentos de incertidumbre, tan numerosos. No lo he conseguido. La traducción, que tanta disciplina y rigor requiere, se escapa de cualquier tentativa de atraparla, como el agua entre las manos. Tan pronto creía haberla alcanzado mudaba en algo nuevo. Si buscaba una imagen precisa, solo he conseguido una imagen desenfocada, híbrida.

La traducción es el único modo humano de leer y escribir al mismo tiempo. Es un texto original que se inspira en otro. Es una ficción basada en hechos lingüísticos reales. Es un acto de amor retribuido palabra por palabra. Es una escuela de escritura. Es una escuela de lectura. Es una escuela sobre los recursos de la lengua materna. Es una escuela sobre los límites de la lengua materna. Es el arte de descifrar: convierte en conocido lo desconocido. Es el arte de la aproximación: convierte en desconocido lo conocido. Metamorfosis. Oficio en el que conviven el rigor y las ambigüedades. Es un pequeño arte. Es un trabajo esencial. Lleva siempre la impronta de su traductor. Es un oficio invisible. Es la demostración de la plasticidad infinita de las lenguas. Es una cuestión de confianza. Cuestiona la confianza que tiene la traductora en su lengua. Es una perturbadora preocupación existencial. Oficio artesanal.

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Translation, like love, is both possible and impossible. It is a bridge between our ultimate identity and our singularities, between our similarities and our differences, between recognition and strangeness. It is a way of denying difference and, at the same time, claiming what is different.
The only betrayal in a translation is the lack of love. What is a mistranslation but a statement of indifference?

This work was the winner of the XIII Malaga Essay Prize and I stand out when it talks about the need to forget who you are in order to translate well, and even more so if you are a writer. The stories of female translators that she tells, or of translators who knew how to take advantage of the hierarchy of authority that being men gave them, are incontestable. She stands out when she writes as a writer, that other one who owns her when she doesn’t translate, and that she doesn’t want to put her self in the fiction beyond what escapes between the lines, she feels uncomfortable, talking about herself in the trial.
Humility sprouts that makes you think of her when she translates, really her split identity when she sees herself translating, dwarfed and desiring the anonymity that a good translation will give her, so that no one sees it, so that the reader of the translated sits reading what the original author wrote, without seeing it.

For years I resisted being a translator, until one fine day I accepted, for financial reasons, the commission to translate Benjamin Black, the heteronym of the Irish author John Banville. The architect of his voice in Spanish, Miguel Martínez-Lage, had just died. Before opening Vengeance, the work on which I was to work, I read the last two Black novels that my predecessor had dealt with. I discovered that Martínez-Lage had an elegant and very personal style. With perplexity, I verified that my translation reading was different from his. It wasn’t the story that changed, of course, but the nuances, but in literature, the nuances have enormous significance. Each translation bears the imprint of its author, the way of understanding his trade. I didn’t know, even though most of my reading had been translations. I had always given myself to them with blind trust, with the same innocence with which children believe in the stories their parents tell them. So it had been during my childhood, my adolescence, my youth. He had read as if every short story, every novel, every poetry book, every essay, every philosophy book that he opened, had come directly in Spanish from the hands of its authors.
A good friend, editor and translator, warned me that translating is only profitable if you work quickly. I am not fast, I am conscientious and I suffer from a terrible perfectionist spirit, aggravated by my inclination to live in the present and not think about the future; that is, in the delivery times. The translation revealed to me a world of literary torments. Not only would it not be a profitable occupation for me, but it would create unforeseen sorrow for me.
Writing had always helped me make the unknown known. Translation made the known unknown.
Translating, an activity that I supposed to be a pleasant task, a pleasant journey between words, turned out to be a disturbing existential journey by revealing the strangeness of language and introducing that strangeness into the consciousness I had of myself: who am I? it’s me?…

To decipher is to translate the unknown. While the scientists were translating the virus, I was desperate at home. Locked up, I couldn’t write fiction, I couldn’t read fiction. How to read, how to write, when the words themselves had become ill with ambivalence? The house, which had been a refuge, enclosed the prison. Normality, abnormality. The hug, the contagion. The life, the death. The world that they named before was cracking and we, its inhabitants, its speakers, trembled at the threat of staying out in the open.
Nothing seemed more unreal than the reality in which we were immersed. It was difficult to separate from her to enter other worlds, other lives. However, literature had always helped me to interpret life in a narrative key, to find its meaning.

Translation is the art of deciphering. And that is life: the translation in which we are all embarked. Since we are born, we strive to translate the outside world, to translate others, to translate our relationship with the world and with others, to translate ourselves.
This essay is an existential exploration of language, which is our home. A grope. A voyage of discovery.
The transformation from writer to translator is an emotional transition. The time of abandoning the usual mask and adapting, and adopting, her new face seems brief and light as a breath, but it contains a storm. That’s why I also space the translations. I am afraid of the initial dispossession –the loss of my voice, the laborious process of getting out of myself–, but at the same time I don’t want the routine, the mechanization that translating on a continuous basis would imply. I must have a certain penchant for melodrama, because I prefer emotions, even unpleasant ones.
Translation confronts me with my own limitations as a writer. It forces me to expand my scope of work to explore areas where I would never enter. In a way, it is a process of reinvention. A self-portrait in a convex mirror.

Even greater is the exile of the translator: her work expels her from the most intimate refuge, which is language. When translating, a displacement occurs in the spontaneous relationship that she maintains with her mother tongue. From naturalness it passes to permanent awareness of it. From everyday life, to distance. This displacement turns what previously seemed simple into a problem. Her problem. It is as if she saw her own house in a dream. It is the same, but it has changed. What is proper becomes strange so that what is strange becomes one’s own.
Is there a gender perspective when translating? Is there a gender perspective when reading?
Two fundamental books can help us answer both questions: the Bible, the best-selling book in the West, the first best seller in history, and The Second Sex, Simone de Beauvoir’s essay, which since its publication has become a best seller and it is regarded as a contemporary bible.
The translation of Genesis, which deals with the origin of the world and of humanity, is especially revealing. The story of the creation of Adam and Eve has determined the place of men and women, our hierarchy, in civilization. According to the Bible, Eve was created by God from Adam’s rib. But what if Eve had not been created from the «rib» of Adam, but from the «side» of Adam?
Translating is reading and interpreting. There is no definitive analysis, no final revelation. Texts are porous, like skin.

The invisibility that is part of the translation profession extends back to its origins. To find the translators, you have to travel the secondary roads that cross the vast landscape made up of the thousands of different and mutually incomprehensible languages that exist or have existed on our small planet. On the horizon rises the first skyscraper in history, the Tower of Babel. In his shadow, the translators emerged.
Diversity is destroyed by fear. The ambition of any totalitarian regime is to establish a society where only one language prevails, its own. That single voice requires the destruction of the others. The task of the translator is to show, preserve and defend the idiomatic richness. Her job is dangerous. The murdered translators are proof, not always remembered, of the risk that is part of the job.

The Taliban relate to their language as if it were the burqa that jealously hides the beauty of their women; foreigners’ ignorance of the language is a veil under which they hide their culture, their society, their country. Whoever lifts the veil deserves to be destroyed. Beneath that quarrelsome owner attitude lies a deeper fear. Language is, above all, our identity. With words we shape our emotions, our feelings, our thoughts. With words we make and unmake ourselves, we build and destroy ourselves. There is in the teaching of one’s own language to the stranger a surrender of oneself. There is a recognition of otherness and, at the same time, a desire for approximation, for reunion. That naive alliance is for the Taliban, without a doubt, the worst imaginable surrender.
The desperation of performers in Afghanistan is a cry that, like Rushdie’s The Satanic Verses, shines a spotlight on the dangerous nature of this craft.

The translator is like a Chinese craftswoman who makes a teapot that is just one more teapot in the infinite number of teapots, and yet it is unique. With that spirit of hers, she kneads the clay, smoothes it, cuts it, shapes it, observes it, caresses it, hits it with great care, turns it over and over again in her hands to polish it.
That last part, when she touches on polishing the text, is what I enjoy the most about the translation, as well as the writing. It is the moment in which the quiet conversation between the text and me finally begins. The new text. The correction gives me back the pleasure of the literary game. In this sense, editing is like tuning an instrument: I pluck the words, I press the sentences, I strum the paragraphs. The sound of writing, its melody, is a fundamental part of the final work. There beat its beauty, its truth. Translating is not only about finding the right word, but also the right sound, the right cadence, the rhythm that will help the sentence flow and the words fit together. Lightness is essential. What is light is not contrary to what is deep, on the contrary. The less the text weighs, the faster it travels and with more precision it reaches its target. Just like an arrow.
Translating is looking through the window at how the sun illuminates the tops of the garden elms. The gaze acts as a catwalk through which the light slides into the shadowed room.

In order for the translated books that come into our hands to be the best possible version, it is necessary to make those who translate visible. The first indispensable step would be to write their names on the cover of the books. The work that the reader has in his hands is a translation; that version and the original are, but are not the same book. It is necessary for those who translate to go on stage so that their work can be praised or criticized. «If we understand translation as a creation in its own right –something that conveys the essence, spirit and, as far as possible, the form of a foreign text, while communicating an exclusive literary pleasure–, then it ceases to be an impossible initiative to become (…) an action capable of being evaluated on its own merits.
It is necessary to vindicate the trade and improve its conditions.

Just as there is no definitive, canonical translation, there is also no definitive, canonical definition of translation. Throughout this essay, which I have undertaken as a journey of exploration, I have sought to narrow it down in the secret hope of reaching the end of these pages with a practical translation guide for moments of uncertainty, so numerous. I haven’t got it. The translation, which requires so much discipline and rigor, escapes any attempt to catch it, like water in the hands. As soon as he thought he had reached it, he changed into something new. If I was looking for a precise image, I only got an out of focus, hybrid image.

Translation is the only human way to read and write at the same time. It is an original text that is inspired by another. It is a fiction based on real linguistic facts. It is an act of love paid word for word. It is a writing school. It is a reading school. It is a school on the resources of the mother tongue. It is a school on the limits of the mother tongue. It is the art of deciphering: it makes the unknown known. It is the art of approximation: it turns the known into the unknown. Metamorphosis. Trade in which rigor and ambiguities coexist. It is a small art. It’s an essential job. It always bears the imprint of its translator. It is an invisible job. It is the demonstration of the infinite plasticity of languages. It is a matter of trust. She questions the translator’s confidence in her language. It is a disturbing existential concern. Craftsmanship.

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