No Society. El Fin De La Clase Media Occidental — Christophe Guilluy / No Society. La Fin De La Classe Moyenne Occidentale by Christophe Guilluy

El libro empieza muy bien y, desde luego, capta con acierto uno de los problemas -con sus causas y efectos- que están en la base de la transformación social que vivimos.
El análisis inicial, sobre todo de la primera parte, escoge con cuidado los argumentos y los datos que confirman ese análisis y lo hace con esmero y, posiblemente, bastante acierto en el fondo.
Pero más o menos a partir de la mitad el libro entra en una especie de bucle repetitivo. Utiliza esa causa como factor explicativo para muchos otros aspectos más complejos. Ya no se centra, pues, en el factor social como elemento para entender el cambio político y económico, sino de todos y cada uno de los sub-efectos: la migración, la cultura, la microeconomía, la macroeconomia, relaciones interencionales, etc.
Poco a poco se va confundiendo la causa con las consecuencias y los matices se van perdiendo. Las citas son forzadas y parciales, falta mucho análisis fino de aspectos. Al final el tono es muy panfletario: todo es culpa de una hipotética ‘clase alta’ que no se entera de nada… y apenas sale de ahí.
El autor se ve capturado por una idea, buena, que expone pronto: las explicaciones demasiado ‘cabales’ y ‘complejas’ -o, mejor dicho, la excusa de que un problema es complejo para no encarar su análisis y no dar una solución idónea y, a ser posible, sencilla- no sirven para las ‘clases populares’. Entonces él intenta hacerlo todo muy sencillo… y ahí cae en un error interpretativo básico: solo hay una explicación simple para todo.
El tema de la degradación está bastante presente en los medios, todo esto es bien conocido.
Ahora bien, este libro, después de recordar lo básico, nos permite reflexionar sobre algunos temas.
Los urbanitas globalizados votan abrumadoramente por Macron y usan una autoridad moral antirracista benévola para criticar a los pobres que votan FN bajo la apariencia de racismo. Sin embargo, las élites son las primeras en vivir en barrios caros alejados de la población inmigrante y cuentan con mecanismos de evasión (opción latina, universidad privada). Estos mecanismos de evasión son racismo disfrazado.
Las clases populares no tienen medios para salir de su clase, o casi. Una vez reprobados o parcialmente aprobados los estudios (obreros, docentes, enfermeros, personal de logística, empleados, etc.) tienen muy pocas posibilidades de movilidad social ascendente. Muchos, amargados, se encierran en su esfera cultural (el entorno local, las tradiciones, la familia cercana). Así, la llegada de inmigrantes que se concentran en un determinado barrio los estresa porque temen el relevo social (ya experimentado) y cultural (por venir). De ahí el aumento del voto del FN, Zemmour… Cada ola migratoria finalmente huye de la siguiente, ya sean italianos, portugueses, norteafricanos, subsaharianos… Una vez que un distrito fue el blanco de la nueva ola de inmigración, los últimos en llegar huyen con el patrimonio acumulado por miedo a sentirse luego una minoría en el barrio, que sus propiedades pierdan valor, que sus hijos se encuentren en clase con los hijos de inmigrantes aún más desvalidos que ellos.
Unas llagas bien intencionadas de la izquierda (electorado de Mélenchon) dan a ricos y pobres (electorado de Zemmour, FN) lecciones morales contraproducentes con un fin oculto: seducir al electorado inmigrante, a los LGBT, a los izquierdistas globalizadores, a los jóvenes ecologistas rebeldes anti capitalistas El autor subraya que los barrios favoritos de estas llagas son los barrios del este de París y apunta que el precio del m2 allí es de 7200€ (lejos de los 15000€ del siglo XVI pero igual). Estamos lejos de los barrios populares del 93. Ser pobre en París es ser rico para el común de los mortales.
Otra lección aprendida: la inaudibilidad de las políticas. Los franceses están tan desinteresados en la política que ni siquiera prestan atención a los elementos del lenguaje. Antes se reían o se burlaban de ello, sin embargo el nivel de desconfianza es tal que ya ni los escuchan. No se tiene en cuenta ninguna promesa política de las élites, ya que se las considera por encima del suelo. Esto genera una fragmentación de la sociedad entre las élites y la clase trabajadora, ignorándose mutuamente, sin siquiera tratar de entenderse.

«There is no society»: la sociedad no existe. Estas palabras las pronuncia Margaret Thatcher en octubre de 1987. La primera ministra británica no sabe entonces hasta qué punto, treinta años más tarde, esta declaración describirá el impasse en el que ahora está atrapado el conjunto de los países occidentales. Embarcada desde 1979 en una política de privatización y de reducción del gasto público, la Dama de Hierro estigmatizaba con esas palabras a los que «esperan demasiado de la sociedad y anteponen sus derechos sociales en detrimento de sus deberes». Su mensaje no solo llegó al campo conservador, sino también al conjunto de las clases dominantes occidentales.
En efecto, esta visión profética anunciaba la gran secesión, la del mundo de arriba, que, abandonando el interés común, iba a hundir a los países occidentales en el caos de la sociedad relativa.
En sintonía con las élites, los políticos siguen insistiendo en el mito de una clase media integrada y en fase de ascensión social. La vaguedad del concepto de clase media permite una confusión de clase entre los perdedores y los beneficiados del modelo económico, los proletas y los bobos (contracción de burgués y bohemio, clase dominante que vive en barrios gentrificados de las grandes ciudades), que, en su mayoría, aún creen formar parte de esta clase.
El mundo, las sociedades occidentales, están en mutación, en evolución, y casi se podría decir que están progresando, ya que, como dice una manida frase, «al progreso no hay quien lo pare». «Esta metafísica del progreso y del movimiento» es la de la clase dominante, de la nueva burguesía. Ha permitido justificar todas las reformas económicas y sociales desde hace un siglo en nombre del bien común. Aunque ciertas categorías minoritarias parecen temporalmente excluidas de ese movimiento positivo, solo son excepciones y así validan un modelo económico y social globalmente «inclusivo».
El terremoto populista no para de producir réplicas que no son fruto de un brote de fiebre irracional de la opinión pública, sino la consecuencia de un movimiento tectónico iniciado hace más de medio siglo por el advenimiento de un modelo económico y social que está acabando con la clase media occidental.

Con el surgimiento del mundo de las periferias ya no estamos hablando de los márgenes, solo de los obreros o los agricultores, sino también de los empleados, de los que desempeñan trabajos manuales o de oficina, de los jóvenes, de los jubilados, de los del campo, de los de la ciudad. La suma de estos márgenes acaba por formar un todo: la sociedad.
Asustados por la visibilidad de ese mundo de las periferias populares, los medios de comunicación y el mundo académico han procurado durante mucho tiempo minimizarlo insistiendo en la marginalidad de un fenómeno descrito como coyuntural o que amalgama fracciones minoritarias o en vías de desaparición del mundo antiguo. Así que estos seísmos populistas no serían más que los efectos de un ajuste social y político provocado por la adaptación de los países desarrollados a una nueva economía.
La desaparición de la clase media occidental no podía hacerse patente por, al menos, dos motivos. El primero, esencial, es que la desaparición de una clase que se supone que representa a la mayoría revela la debilidad de un modelo económico que no es capaz de darle forma a una sociedad. La reacción histérica de un puñado de universitarios al concepto de la Francia periférica o de los Estados Unidos periféricos es un buen indicador de la estrategia de invisibilización del fenómeno y del rechazo a tomar en consideración los efectos de la globalización. El segundo está relacionado con el progresivo infantilismo de las sociedades occidentales, ya incapaces de asumir e incluso de pensar en las nuevas conflictividades sociales y culturales. Todo análisis social, cultural, territorial debe inscribirse en el movimiento natural de la transformación del mundo. En este contexto, describir un mundo social y cultural en permanente conflicto no es una opción aceptable.
La desaparición de la clase media occidental es un proceso lento, poliédrico, que toma formas diferentes según los contextos económicos nacionales, pero que, en el fondo, en todas partes debilita las categorías que ayer representaban la base de una clase media integrada culturalmente y en una dinámica de ascensión social. Desempleo en Francia, precarización en Alemania o en Estados Unidos: la mayor parte de las clases populares occidentales sufre los mismos efectos de la división internacional del trabajo. Si el siglo XXI ha dado nacimiento a un nuevo mundo, el de los GAFAM y los BATX, de los medios de comunicación de masas, de las grandes ciudades globalizadas, del hipermercado, de la hipermovilidad, del hiperliberalismo, de los hiperricos, también ha provocado, a la inversa, el surgimiento del mundo, mayoritario, de las periferias populares.

La precarización de los jubilados es la última etapa del proceso de desaparición de la clase media occidental, su canto del cisne. Herederos de los Treinta Gloriosos, casi todos los jubilados aún siguen ligados a un modelo que aseguró su ascenso protegiéndolos de los efectos nocivos de la globalización. Así perpetúan el mito de una clase media integrada. Desde las más modestas a las más acomodadas, estas categorías representan la memoria de la antigua clase media y, en numerosos países, el salvavidas del sistema político. ¿Durante cuánto tiempo más? La degradación de los niveles de vida, pero también de la responsabilidad con los más dependientes, así como la relegación cultural de la que estos son víctimas, anuncian una próxima desconexión. En este sentido, el apoyo masivo de los jubilados británicos al Brexit es un precursor. Lo que se está dibujando en el seno de este grupo, que hacia 2060 representará un tercio de la población europea, es, en los entornos populares, la igualación de las condiciones de vida y de los comportamientos electorales de los jubilados con los de los jóvenes y la población activa. La caída programada de su nivel de vida (sobre todo por la mayor presión fiscal y el menor reembolso de los gastos de salud) anuncia su salida de la clase media. Una salida que puede afectar duramente a las relaciones sociales, porque los jubilados son protagonistas de la solidaridad y del compromiso asociativo y político.
La desaparición de la clase media occidental inicia el tiempo de la asociedad, el tiempo de la ruptura de los vínculos entre el mundo de arriba y el mundo de abajo. La lucha de clases se acabó, porque, como explica el multimillonario estadounidense Warren Buffett, hace ya mucho tiempo que la ganó la clase dominante. Ahora estamos en el tiempo de la gran separación social y cultural entre las clases superiores y las clases populares.
La ruptura no pasa por una lucha frontal entre las clases sociales, sino por todo lo contrario, por su negación, por una desorientación sabiamente orquestada y que desemboca en la invisibilidad de los más desfavorecidos. La nueva burguesía ha abandonado a las clases populares occidentales y, con ellas, la lucha de clases.
El fraude de la sociedad o de la ciudad abierta proporciona al mundo de arriba una superioridad moral que le permite disimular la realidad de su aislamiento geográfico y cultural. La sociedad abierta ( open society) es indiscutiblemente la fake news más flagrante de estas últimas décadas. En realidad, la sociedad abierta y globalizada es la del repliegue del mundo de arriba a sus bastiones, sus empleos, sus riquezas. Al abrigo de sus fortalezas, la burguesía «progresista» del siglo XXI ha alejado al pueblo y ya no piensa ocuparse de sus necesidades. Ahora el objetivo es disfrutar de los beneficios de la globalización sin ataduras nacionales, fiscales, sociales, culturales… y quizá, mañana, biológicas.

En Occidente, la técnica de la demonización de opiniones es, ante todo, una advertencia a todo intelectual, universitario y responsable económico que pretenda tenderle la mano a las clases populares con idea de desafiar el modelo único. Por el momento, la técnica está funcionando, pero la marea populista muestra que la estrategia del miedo tiene sus límites. Si la elección de Donald Trump en Estados Unidos ha causado tantas reacciones violentas en la élite globalizada, no ha sido porque el mandatario hable como un white trash, sino porque procede de la hiperclase.
Al mencionar el proteccionismo o la regulación de la inmigración, Donald Trump rompe el consenso ideológico dentro de la clase dominante. Así contribuye a un vuelco de una parte de las clases superiores que garantizan la supervivencia del sistema. El cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos no ganó porque obtuviese todos los votos de la clase blanca trabajadora ( white working class), sino porque logró la inesperada alianza entre una fracción del mundo de arriba y de la América periférica.
El victimismo, arma de representación y de reivindicación de las minorías, está convirtiéndose en norma en las sociedades relativas, que ahora incluye a la población mayoritaria y blanca. Genera los mismos instrumentos de defensa de grupo haciendo énfasis en las supuestas fobias de los grupos culturales competidores: islamofobia, negrofobia, judeofobia, cristianofobia y, mañana, blancofobia.
La inestabilidad geográfica participa en la generalización del miedo de muchos a convertirse en minoritarios en su propio pueblo, su barrio, su provincia, su región. Una angustia cada vez más perceptible en las categorías populares blancas, pero que también concierne a las minorías en función de las dinámicas locales (magrebíes y asiáticos en Francia, negros en Estados Unidos). En las sociedades multiculturales, la batalla por la hegemonía cultural o simplemente el lugar del grupo en el seno de las minorías no tiene fin.

Para el mundo de arriba, la aparición de las nuevas clases populares, mayoritarias y periféricas es sin duda alguna la peor noticia de la globalización. La masacre de la antigua clase media no ha producido un mundo sin clases. Al contrario, ha activado otro conflicto de intereses basado en una nueva estructuración social que no solo enfrenta a los ricos contra los pobres, sino, de forma más amplia, a las nuevas clases populares contra las nuevas clases superiores.
Aunque este conflicto no ha alcanzado las formas tradicionales del enfrentamiento social (movimientos sociales de masas, revolución) y de la política (aparición de partidos contestatarios de masas como lo fue en su día el Partido Comunista), no es por ello menos radical. Ha llevado al colapso actual del sistema político tradicional y, sobre todo, al fin de la hegemonía cultural del mundo de arriba.
El reto no es, ya no es, gestionar la regresión social, sino volver a formar sociedad, no por altruismo, sino por necesidad. Este modelo globalizado, complejo, interdependiente y desigual ahora tiene que cohabitar con una sociedad del mundo de abajo más igualitaria, en que la gestión de los recursos y del patrimonio común no es una opción, sino una obligación. Pero esta convivencia solo será posible si las clases dirigentes occidentales toman conciencia de los límites del modelo. La crisis del modelo metropolitano, quintaesencia de la economía global, es un buen revelador de su agotamiento.
Sin referentes culturales o políticos, sin vínculo territorial, el mundo de arriba está en un callejón sin salida, perdido. Ese mundo duda. Hay que ayudarlo. Ayudar a las élites de Estados Unidos a comprender que los obreros no son todos «deplorables», ayudar a las élites francesas a comprender que las clases populares no son solo despreciables «desdentados», ayudar a los ricos, al mundo mediático, a los universitarios a regresar al camino de la paz con los del mundo de abajo. En el actual siglo XXI, las clases dominantes y superiores occidentales tienen que aprender de una vez a convivir con su pueblo. Está en juego la supervivencia de las sociedades occidentales. Está en juego su propia existencia.

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The book begins very well and, of course, correctly captures one of the problems -with its causes and effects- that are at the base of the social transformation we are experiencing.
The initial analysis, especially of the first part, carefully chooses the arguments and the data that confirm that analysis and does so carefully and, possibly, quite correctly in the background.
But more or less from the middle of the book enters a kind of repetitive loop. It uses that cause as an explanatory factor for many other more complex aspects. It no longer focuses, therefore, on the social factor as an element to understand political and economic change, but on each and every one of the sub-effects: migration, culture, microeconomics, macroeconomics, international relations, etc.
Little by little the cause is confused with the consequences and the nuances are lost. The quotes are forced and partial, there is a lack of fine analysis of aspects. In the end, the tone is very pamphleteer: everything is the fault of a hypothetical ‘upper class’ that knows nothing… and hardly gets out of there.
The author sees himself captured by an idea, a good one, which he exposes soon: explanations that are too ‘complete’ and ‘complex’ -or, rather, the excuse that a problem is complex so as not to face its analysis and not give an ideal solution and, if possible, simple – they are not suitable for the ‘popular classes’. So he tries to make everything very simple… and there he falls into a basic interpretive error: there is only one simple explanation for everything.
The issue of degradation is quite present in the media, all of this is well known.
Now, this book, after remembering the basics, allows us to reflect on some issues.
Globalized urbanites overwhelmingly vote for Macron and use benevolent anti-racist moral authority to criticize the poor who vote FN under the guise of racism. However, the elites are the first to live in expensive neighborhoods far from the immigrant population and have evasion mechanisms (Latino option, private university). These evasion mechanisms are racism in disguise.
The popular classes have no means to get out of their class, or almost. Once they have failed or partially passed their studies (workers, teachers, nurses, logistics personnel, employees, etc.) they have very little chance of upward social mobility. Many, embittered, close themselves in their cultural sphere (the local environment, the traditions, the close family). Thus, the arrival of immigrants who are concentrated in a certain neighborhood stresses them because they fear the social (already experienced) and cultural (to come) change. Hence the increase in the vote of the FN, Zemmour… Each migratory wave finally flees from the next, be it Italians, Portuguese, North Africans, sub-Saharans… Once a district was the target of the new wave of immigration, the The last to arrive flee with their accumulated wealth for fear of later feeling like a minority in the neighborhood, that their properties will lose value, that their children will find themselves in class with the children of immigrants who are even more helpless than they are.
Well-intentioned sores on the left (Electorate of Mélenchon) give rich and poor (Electorate of Zemmour, FN) self-defeating moral lessons with a hidden purpose: to seduce the immigrant electorate, LGBTs, globalizing leftists, young environmentalists anti-capitalist rebels The author emphasizes that the favorite neighborhoods of these sores are the eastern neighborhoods of Paris and points out that the price per m2 there is €7,200 (far from the €15,000 of the 16th century but the same). We are far from the popular neighborhoods of 1993. To be poor in Paris is to be rich for ordinary mortals.
Another lesson learned: the inaudibility of policies. The French are so uninterested in politics that they don’t even pay attention to elements of language. Before they laughed or made fun of it, however the level of mistrust is such that they don’t even listen to them anymore. Any political promises of the elites are not taken into account as they are considered above ground. This generates a fragmentation of society between the elites and the working class, ignoring each other, without even trying to understand each other.

“There is no society”: society does not exist. These words were pronounced by Margaret Thatcher in October 1987. The British prime minister does not know then to what extent, thirty years later, this statement will describe the impasse in which all Western countries are now trapped. Embarked since 1979 on a policy of privatization and reduction of public spending, the Iron Lady used those words to stigmatize those who «expect too much from society and put their social rights before their duties.» Her message reached not only the conservative camp, but also the Western ruling classes as a whole.
Indeed, this prophetic vision announced the great secession, that of the world above, which, abandoning the common interest, was going to plunge the Western countries into the chaos of relative society.
In tune with the elites, politicians continue to insist on the myth of an integrated middle class in a phase of social ascension. The vagueness of the concept of middle class allows a class confusion between the losers and the beneficiaries of the economic model, the proletarians and the fools (a contraction of bourgeois and bohemian, ruling class that lives in gentrified neighborhoods of the big cities), who, in Most still believe they are part of this class.
The world, Western societies, are changing, evolving, and one could almost say that they are progressing, since, as a hackneyed phrase says, «no one can stop progress». «This metaphysics of progress and movement» is that of the ruling class, of the new bourgeoisie. It has made it possible to justify all the economic and social reforms for a century in the name of the common good. Although certain minority categories seem temporarily excluded from this positive movement, they are only exceptions and thus validate a globally «inclusive» economic and social model.
The populist earthquake does not stop producing aftershocks that are not the result of an outbreak of irrational fever in public opinion, but the consequence of a tectonic movement initiated more than half a century ago by the advent of an economic and social model that is putting an end to western middle class.

With the emergence of the world of the peripheries, we are no longer talking about the margins, only about workers or farmers, but also about employees, those who perform manual or office jobs, young people, retirees, from the countryside, from the city. The sum of these margins ends up forming a whole: society.
Scared by the visibility of this world of the popular outskirts, the media and the academic world have tried for a long time to minimize it by insisting on the marginality of a phenomenon described as circumstantial or that amalgamates minority fractions or those in the process of disappearing from the ancient world. So these populist earthquakes would be nothing more than the effects of a social and political adjustment caused by the adaptation of developed countries to a new economy.
The disappearance of the Western middle class could not be made apparent for at least two reasons. The first, essential, is that the disappearance of a class that is supposed to represent the majority reveals the weakness of an economic model that is not capable of shaping a society. The hysterical reaction of a handful of university students to the concept of peripheral France or the peripheral United States is a good indicator of the strategy of making the phenomenon invisible and of the refusal to take into account the effects of globalization. The second is related to the progressive infantilism of Western societies, already incapable of assuming and even thinking about the new social and cultural conflicts. All social, cultural, territorial analysis must be inscribed in the natural movement of the transformation of the world. In this context, describing a social and cultural world in permanent conflict is not an acceptable option.
The disappearance of the Western middle class is a slow, polyhedral process, which takes different forms depending on the national economic context, but which, deep down, everywhere weakens the categories that yesterday represented the basis of a culturally and socially integrated middle class. a dynamic of social ascent. Unemployment in France, precariousness in Germany or the United States: most of the Western popular classes suffer the same effects of the international division of labor. If the 21st century has given birth to a new world, that of the GAFAM and the BATX, of the mass media, of the large globalized cities, of the hypermarket, of hypermobility, of hyperliberalism, of the hyperrich, it has also provoked, inversely, the emergence of the majority world, of the popular peripheries.

The precariousness of retirees is the last stage in the process of disappearance of the Western middle class, its swan song. Heirs of the Thirty Glorious, almost all retirees are still linked to a model that ensured their rise by protecting them from the harmful effects of globalization. Thus they perpetuate the myth of an integrated middle class. From the most modest to the most affluent, these categories represent the memory of the old middle class and, in many countries, the lifeline of the political system. For how much longer? The degradation of living standards, but also of the responsibility towards the most dependent, as well as the cultural relegation of which they are victims, announce a forthcoming disconnection. In this sense, the massive support of British pensioners for Brexit is a precursor. What is taking shape within this group, which by 2060 will represent a third of the European population, is, in popular settings, the equalization of living conditions and electoral behavior of retirees with those of young people and the active population. The scheduled fall in their standard of living (especially due to greater fiscal pressure and lower reimbursement of health expenses) heralds their departure from the middle class. An exit that can severely affect social relations, because retirees are protagonists of solidarity and associative and political commitment.
The disappearance of the Western middle class begins the time of association, the time of the breaking of the links between the world above and the world below. The class struggle is over, because, as the American billionaire Warren Buffett explains, the ruling class won it a long time ago. We are now in the time of the great social and cultural separation between the upper classes and the popular classes.
The rupture does not go through a frontal struggle between the social classes, but on the contrary, through their denial, through a wisely orchestrated disorientation that leads to the invisibility of the most disadvantaged. The new bourgeoisie has abandoned the Western popular classes and, with them, the class struggle.
The fraud of the open society or city gives the world above a moral superiority that allows it to disguise the reality of its geographical and cultural isolation. The open society is undoubtedly the most blatant fake news of recent decades. In reality, the open and globalized society is that of the withdrawal of the world from above to its bastions, its jobs, its wealth. Sheltered by its fortresses, the «progressive» bourgeoisie of the 21st century has alienated the people and no longer intends to take care of their needs. Now the objective is to enjoy the benefits of globalization without national, fiscal, social, cultural ties… and perhaps, tomorrow, biological.

In the West, the technique of demonizing opinions is, above all, a warning to all intellectuals, academics and economic leaders who intend to reach out to the popular classes with the idea of challenging the single model. For the moment, the technique is working, but the populist tide shows that the strategy of fear has its limits. If the election of Donald Trump in the United States has caused so many violent reactions in the globalized elite, it has not been because the president speaks like a white trash, but because he comes from the hyperclass.
By mentioning protectionism or immigration regulation, Donald Trump breaks the ideological consensus within the ruling class. He thus contributes to an overturning of part of the upper classes that guarantee the survival of the system. The forty-fifth president of the United States did not win because he got all the votes of the white working class, but because he achieved the unexpected alliance between a fraction of the world above and peripheral America.
Victimhood, a weapon of representation and vindication of minorities, is becoming the norm in relative societies, which now includes the majority and white population. It generates the same group defense instruments emphasizing the supposed phobias of the competing cultural groups: Islamophobia, Negrophobia, Judeophobia, Christianophobia and, tomorrow, Blancophobia.
Geographical instability participates in the generalization of the fear of many of becoming a minority in their own town, their neighbourhood, their province, their region. An anguish that is increasingly perceptible in white popular categories, but that also concerns minorities based on local dynamics (North Africans and Asians in France, blacks in the United States). In multicultural societies, the battle for cultural hegemony or simply the place of the group within minorities has no end.

For the world above, the appearance of the new popular, majority and peripheral classes is without a doubt the worst news of globalization. The massacre of the old middle class has not produced a classless world. On the contrary, it has activated another conflict of interests based on a new social structure that not only pits the rich against the poor, but more broadly, the new popular classes against the new upper classes.
Although this conflict has not reached the traditional forms of social confrontation (mass social movements, revolution) and politics (appearance of mass protest parties such as the Communist Party in its day), it is no less radical for that. It has led to the current collapse of the traditional political system and, above all, to the end of the cultural hegemony of the world above.
The challenge is not, and is no longer, to manage social regression, but to re-form society, not out of altruism, but out of necessity. This globalized, complex, interdependent and unequal model now has to coexist with a more egalitarian society from below, in which the management of resources and common heritage is not an option, but an obligation. But this coexistence will only be possible if the Western ruling classes become aware of the limits of the model. The crisis of the metropolitan model, the quintessence of the global economy, is a good indicator of its exhaustion.
Without cultural or political referents, without territorial ties, the world above is in a dead end, lost. That world doubts. You have to help him. Help the elites of the United States to understand that the workers are not all «deplorable», help the French elites to understand that the popular classes are not only despicable «toothless», help the rich, the media world, the university students to return to the path of peace with those of the world below. In the current 21st century, the Western ruling and superior classes have to learn once and for all to live with their people. The survival of Western societies is at stake. Your very existence is at stake.

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