Marie Curie. La Radioactividad Y Los Elementos — Adela Muñoz Páez / Marie Curie. Radioactivity and the Elements by Adela Muñoz Páez (spanish book edition)

Aún tenemos mucho que aprender de nuestros predecesores, no tan solo como cientificos, sino también es un simbolo de un persona que lucho y lucho sobrepasando todas las adversidades que se le presentaron; me quito el sombrero con esta mujer.

No hay ninguna otra mujer en la historia de la ciencia cuyos logros hayan sido tan universalmente reconocidos como Marie Curie. Ella fue la primera profesora de la Universidad de la Sorbona en sus más de 600 años de existencia, la primera mujer que obtuvo un premio Nobel y el primer científico que logró por segunda vez este galardón. Pero Marie fue sobre todo una persona apasionada que dedicó su vida a cultivar la más absorbente de las pasiones: la pasión por descubrir. Sin embargo, no es esa la imagen que nos ha llegado de ella. Marie ha pasado a la posteridad como la suma sacerdotisa que sacrificó su vida en el altar de la ciencia, una especie de diosa por encima de las pasiones humanas. Lo cierto es que la vida de Marie estuvo llena de pasiones: pasión por la ciencia, pero también pasión por su país, Polonia, que dio nombre al primer elemento químico que descubrió; pasión por sus hijas, pasión por los hombres de los que se enamoró. También defendió de forma apasionada su derecho a figurar en la historia de la ciencia en una época en la que las mujeres carecían de los derechos más elementales.
Las investigaciones de Marie se desarrollaron en París. A finales del siglo XIX la Ciudad de la Luz era la capital del mundo: capital del arte con los pintores impresionistas, de la literatura con escritores como Zola, de la arquitectura con obras como la Torre Eiffel, de la magia del cinematógrafo con la máquina de los hermanos Lumière, que atrapaba las imágenes en movimiento.
¿Qué era la radiactividad? ¿Por qué era tan relevante? En las últimas décadas del siglo XIX la ciencia parecía un edificio terminado y bien construido en el cual materia y energía eran mundos separados que se regían por leyes diferentes. Pero en torno al cambio de siglo, en un período de apenas veinte años, una serie de descubrimientos derribaron gran parte de los pilares sobre los que se asentaba el conocimiento de la naturaleza. La relevancia del descubrimiento de la radiactividad estribaba en que puso de manifiesto que materia y energía estaban relacionadas y podían transformarse una en otra. Los principales artífices de este descubrimiento fueron Pierre Curie, un genial pero desclasado profesor de la Escuela de Física y Química Industriales de París, y su esposa, Marie, una polaca recién licenciada en Física y Matemáticas en la Universidad de la Sorbona.
La tragedia irrumpió en la vida de Marie en 1906: Pierre murió atropellado por un coche de caballos. A Marie le ofrecieron una pensión como viuda de un «gran científico», pero la rechazó y afrontó la pena de la única forma que sabía: trabajando. Se hizo cargo de la cátedra de Pierre en la Sorbona y también de la dirección del laboratorio. En un caso sin precedentes, en 1911 Marie recibió un segundo premio Nobel, en solitario y de Química, por el descubrimiento del polonio y el radio y sus trabajos con ambos elementos. Sin embargo, aquel fue un año muy turbulento para Marie, pues fue entonces cuando estalló el denominado «escándalo Langevin», al hacerse pública su relación amorosa con uno de los alumnos de su marido. No hubo sangre en el duelo al que Langevin retó al periodista que escribió los peores libelos, pero la salud de Marie, que ya empezaba a acusar los efectos de la radiación, sufrió tan serio quebranto que estuvo alejada del laboratorio durante un año.

Cuando los inspectores rusos visitaban su colegio, Marie solía ser la alumna elegida para contestar sus preguntas porque hablaba y escribía ruso a la perfección, aunque le mortificaba extraordinariamente tener que atender a los requerimientos de quienes consideraba esbirros de las autoridades rusas. El sentimiento nacionalista anidó bien pronto en su corazón y permaneció siempre en él, a pesar de que con el tiempo Marie haría de Francia su país de adopción.
La rusificación de Polonia trajo más desgracias a la casa de Marie, pues cesaron a su padre Władysław Skłodowski como director del instituto en el que daba clase debido a su nacionalismo. El padre de Marie tuvo que ocupar puestos de menor categoría y salario, hasta que finalmente fue expulsado del sistema de enseñanza público. Para mantener a su familia se vio obligado a admitir huéspedes, a los que proporcionaba alojamiento, pensión completa e instrucción. Ello tuvo la consecuencia de dejar a dos de sus hijas, Marie y Helena, sin dormitorio: ambas pasaban la noche en los sofás del comedor, que debían desalojar al amanecer para que los huéspedes pudieran tomar el desayuno.
Józef Boguski había estudiado con el químico Dmitri Mendeléyev, del que posteriormente fue asistente. En 1869, un par de años después del nacimiento de Marie, Mendeléyev había creado la tabla periódica de los elementos químicos. Se trataba de una ingeniosa forma de ordenar los elementos conocidos hasta entonces en columnas que reunían a los que tenían propiedades químicas parecidas. Una de las intuiciones más geniales de Mendeléyev fue predecir la existencia de elementos aún no descubiertos que habrían de rellenar los «huecos» de su magna tabla. Cuando científicos franceses y alemanes descubrieron varios de los elementos cuya existencia había predicho Mendeléyev, este alcanzó fama mundial. Para que Marie tuviera la amplitud de miras que le permitiría en el futuro descubrir nuevos elementos, fue crucial el convencimiento de Mendeléyev de que había elementos químicos que tenían que existir, aunque nadie los hubiera descubierto aún.
A pesar de que en el Imperio ruso estaba vedado el acceso de las mujeres a la universidad, en Polonia —y la familia de Marie era un ejemplo de ello— abundaban las mujeres instruidas que ejercían una profesión independiente, como la madre de la futura investigadora, que había sido la directora del mejor pensionado de señoritas de Varsovia. Sin embargo, en Francia, donde las mujeres no tenían que hacer frente a ningún impedimento normativo, las estudiosas se veían como una especie de anomalía de la naturaleza. De este modo, la presencia de alumnas en la Sorbona, generalmente extranjeras, se consideraba como una excentricidad tolerada en un territorio eminentemente masculino. Una muestra de la imagen de las mujeres en la sociedad francesa nos la proporciona el escritor Octave Mirbeau (1848-1917), quien afirmaba que «la mujer no es un cerebro, es sexo, lo que es mucho mejor. Tiene un único papel en este mundo: hacer el amor y perpetuar la especie».

Sus excelentes notas hicieron que se le concediera una beca de la Fundación Alexandrowitch, destinada a los estudiantes polacos que destacaban y deseaban hacer estudios en el extranjero. Ello le permitió matricularse en Matemáticas el curso siguiente, de nuevo en la Sorbona. Se graduó en julio de 1894 con el número dos, lo cual para ella fue un «fracaso» que se reprochó durante años.
Tras esta segunda graduación Marie recibió otra beca, esta vez francesa, de la Sociedad para el Desarrollo de la Industria Nacional. Su objetivo era estudiar las propiedades magnéticas de los aceros bajo la supervisión del profesor Gabriel Lippmann, uno de sus tutores en la Sorbona. Cuando comenzó a realizar este trabajo, comprobó que en su laboratorio no tenía la instrumentación necesaria y que tampoco contaba con la colaboración de ningún científico experto en ese tema; no obstante, una feliz casualidad vino a solucionar ambos problemas. El doctor Józef Kowalski, a la sazón profesor de Física en la Universidad de Friburgo, estaba en viaje de novios en París tras haberse casado con una joven polaca, conocida de Marie de sus tiempos de institutriz en casa de los Zorawski. Cuando Marie se encontró con ellos y les contó sus problemas, Kowalski le dijo que conocía a la persona que mejor podía ayudarla, el científico que más sabía de magnetismo no solo en Francia, sino en todo el continente: Pierre Curie. Una tarde de la primavera de 1894 Kowalski los invitó a ambos.
El cambio más notable en la vida de Pierre tras la lectura de su tesis no fue variar su estatus académico, sino su estado civil. A priori, parecía difícil que dos personas que provenían de ciudades tan distantes, París y Varsovia, capitales de sociedades tan diferentes, la deslumbrante Francia de finales del siglo XIX y la Polonia desmembrada, pudieran llegar a entenderse. Pero a pesar de la distancia que separaba sus lugares de origen, había muchas cosas que los unían. Ambos provenían de entornos familiares parecidos, cuyos miembros estaban muy unidos y sentían gran devoción por el conocimiento científico. En las dos familias había mucha más formación académica que dinero, y los padres de ambos eran en cierto modo científicos frustrados.
Pero había una diferencia fundamental en su formación académica: mientras Marie fue una alumna modelo que obtuvo las máximas calificaciones en todos sus estudios, Pierre, debido a una especie de dislexia que le hacía difícil escribir, se educó al margen de la enseñanza reglada. El choque entre la férrea disciplina de Marie y la creatividad desbordante y caótica de Pierre debió de ocasionar numerosos conflictos, pero, a la postre, ambos caracteres se complementaron extraordinariamente, tanto en lo personal como en lo profesional. Su amor por la ciencia era tan incondicional como su desprecio por el dinero y la fama. Vivir de un modo espartano, sin concesiones a modas o caprichos, era considerado natural por ambos.

Lo primero que se planteó el matrimonio fue qué iba a investigar Marie para obtener el grado de doctor. Pierre era un científico de prestigio cuando conoció a Marie, hecho del cual ella era plenamente consciente, a pesar de la falta de reconocimiento por parte de las instituciones en las que se enmarcaba la ciencia oficial en Francia: la universidad, especialmente la Sorbona, y la Academia Francesa. Pierre había sido pionero en campos de investigación diversos y, como atestiguaban sus alumnos, era un excelente mentor. Marie, por tanto, podría haber realizado un trabajo extraordinario en cualquiera de los campos en los que Pierre era maestro. Sin embargo, ella estaba fascinada por los intrigantes «rayos uránicos» descubiertos por Henri Becquerel un par de años antes. De este modo, decidió que su tesis doctoral se centraría en esta materia; la estudiante polaca novata no se limitó a seguir la estela del brillante científico con el que se había casado, sino que decidió abrir su propia senda.
Se ha especulado sobre los motivos que llevaron al olvido los rayos descubiertos por Becquerel. Quizá al compararlos con los rayos X y comprobar que proporcionaban unas imágenes mucho menos nítidas que estos, resultaron poco atractivos. Por otro lado, no eran tan fáciles de producir, dado que hacía falta tener compuestos de uranio, lo que, a diferencia de los tubos de vacío y los generadores necesarios para producir rayos X, no estaba al alcance de todos los laboratorios. Pero lo más decisivo para su abandono fue que el fenómeno excedía la capacidad de comprensión de los científicos de la época, ya que por más experimentos que hacía Becquerel no era capaz de contestar a las preguntas más elementales sobre su naturaleza. La primera de ellas tenía que ver con la fuente de energía del proceso: dado que no necesitaban irradiación, ¿qué causaba los rayos uránicos y de dónde salía su energía? Aparentemente esta última era inagotable, por lo que la mera existencia del fenómeno parecía violar el principio de conservación de la energía.
Cuando todos parecían haberse olvidado de los rayos uránicos, una joven polaca graduada en Física y Matemáticas por la Sorbona, que acababa de tener una niña y estaba casada con un científico desclasado, se interesó por ellos. Y, según se dice, allí donde la aproximación física de Becquerel fracasó, triunfó la aproximación química de Marie. Sin embargo, la historia no fue tan simple. No hay duda de que el principal éxito de Marie fue poner a punto un método eficiente de separación de los nuevos elementos químicos. Pero para llegar al descubrimiento de los mismos tuvo que hacer infinitas medidas «físicas» de la carga eléctrica producida por los rayos, mediciones que también intentó Becquerel, aunque sin éxito. Es decir, que no triunfó la química donde había fracasado la física, sino que triunfó el genio creativo y el tesón de Marie. También fue determinante su aproximación al estudio del fenómeno libre de los prejuicios que podrían haberla atenazado si hubiera abordado un tema de investigación «heredado», como fue el caso de Becquerel. Y posiblemente, por encima de todo, fue decisiva la energía de la juventud de Marie, que tenía todo por demostrar, mientras que el maduro Becquerel ya tenía poco que ganar.
El procedimiento real debió de ser bastante complejo, por más que Marie dijera que llegó a hacerlo de forma automática. Según contó su nieta Hélène Langevin-Joliot, a finales del siglo XX nadie en el Laboratorio Curie era capaz de emplear el dispositivo utilizado por su abuela (el cual en la actualidad se halla en el Museo Curie). Sin embargo, con el primer prototipo, construido con materiales de desecho de los talleres de la Escuela de Física y Química Industriales, Marie realizó miles de medidas de la intensidad de los rayos uránicos. Las fotos que muestran a Marie en el laboratorio sentada en una mesa y mirando a través de un pequeño visor corresponden al empleo de este dispositivo. Con él comprobó qué sustancias emitían rayos uránicos y midió con gran precisión la intensidad de los mismos detectando corrientes extraordinariamente pequeñas, de diez billonésimas de un amperio (0,00000000001 A = 10−11 A). Para tener una idea de la sutileza de tales corrientes, recordemos que, por ejemplo, pequeños electrodomésticos tales como una máquina de afeitar funcionan con corrientes de 0,5-1,0 amperio.

El resultado más sorprendente que había obtenido Marie no aparecía en su primer informe. Lo anotó por primera vez en su diario de laboratorio el 17 de febrero de 1898: dos de los minerales de uranio que había estudiado, la chalcolita y la pechblenda, eran tres o cuatro veces más activos que el uranio puro. Estos resultados contradecían la observación anterior de que la actividad era proporcional a la cantidad de uranio. Repitió los experimentos y revisó el funcionamiento y la precisión de sus aparatos de medición, comprobando que todo estaba bien. Entonces sintetizó el principal componente de la chalcolita, el sulfato de cobre y uranilo, a partir de compuestos químicamente puros y midió su actividad: era la que cabía esperar dado su contenido en uranio. Ello significaba que la actividad de exceso de la pechblenda debía tener otro motivo, «algo» nuevo y desconocido, presente en el mineral, pero no en el compuesto que había sintetizado Marie.
Aunque los planes iniciales eran aislar los dos elementos, tras muchos esfuerzos tuvieron que abandonar el polonio y dedicarse solo al radio. A partir de sus experimentos previos habían llegado a la conclusión de que su química era más simple, por lo que debía de resultar más fácil de aislar. Pero había un factor adicional que convertía al polonio en un elemento inaprensible. Además de encontrarse en una bajísima concentración, parecía desaparecer, evaporarse. Como se supo mucho después, el polonio se desintegraba, se descomponía, dando lugar a plomo. El radio sufría un proceso similar, pero mientras que en el radio se desarrollaba a lo largo de miles de años, el del polonio requería poco más de cien días. Por si eso no fuera suficiente, la concentración de polonio era 4000 veces inferior a la de radio. Por ese motivo el polonio no se
dejó atrapar por Marie. A pesar de ser menos complejo, el aislamiento del radio tampoco era fácil. Con el tiempo se descubriría que tres toneladas de uranio no contenían más que un gramo de radio. Esas proporciones venían determinadas por el propio fenómeno de la radiactividad, porque como ya se ha indicado tanto el radio como el polonio se desintegraban dando lugar a otros elementos.

Las hipótesis que consignó Marie en enero de 1899 en una comunicación a la Revue Genérale des Sciences, tal y como las recoge Pierre Radvanyi en su texto dedicado al matrimonio Curie, eran las siguientes:
1.La radiactividad es una fosforescencia de larga duración producida por la luz. Esta hipótesis es poco probable.
2.El rayo es una emisión de materia acompañada de una pérdida de peso de las sustancias radiactivas.
3.La energía utilizable por las sustancias radiactivas disminuye constantemente.
4.El rayo es una emisión secundaria provocada por rayos análogos a los rayos X. Estos rayos excitantes vendrían del espacio, serían aún más penetrantes que los rayos X y solo serían absorbidos por elementos de gran peso atómico, tales como el uranio y el torio. Es posible suponer que en el espacio tienen lugar transferencias de energía de las que no tenemos noticia.
5.El rayo se produce a expensas del calor del medio, violando el principio de Carnot.
La hipótesis 1 era la de partida de Becquerel, pero él mismo la descartó a la vista de que las sales de uranio emitían rayos tras haber estado durante períodos prolongados en total oscuridad. La hipótesis 2 estaba en la línea de las primeras especulaciones que hizo Marie en 1897, inmediatamente después de detectar la radiactividad, según las cuales esta era una consecuencia de un cambio profundo a escala subatómica. Es la hipótesis que terminaría demostrándose como acertada. La estrambótica hipótesis 4 es la que le parecía más plausible a Pierre Curie, pero no solo se equivocó él, sino que arrastró a Marie en su error.

En el último año del siglo XIX Marie y Pierre no eran los únicos que se preguntaban por las causas de la radiactividad. El descubrimiento del polonio y el radio había provocado que otros científicos investigaran lo que ya era un nuevo campo de la ciencia. La radiactividad se había convertido en el tema de moda, y un selecto grupo de científicos trabajaba a ciegas en un mundo nuevo donde las certezas de antaño, como la indivisibilidad del átomo, se estaban resquebrajando. En medio de este frenesí, los Curie seguían suministrando generosamente a muchos de los investigadores con los que competían los preparados de radio obtenidos por Marie con tanto trabajo. Otros científicos, como el alemán Friedrich Oskar Giesel, siguieron el método desarrollado y descrito por Marie y establecieron fructíferas relaciones con la industria.
A pesar de ser una fuente de preparados de radio y de que era muy conocido en todos los laboratorios europeos, incluso en los que no estudiaban nada relacionado con la radiactividad, el laboratorio de los Curie era de los peor dotados en cuanto a instrumentación y personal. Así, por ejemplo, cuando al químico ruso-alemán Wilhelm Ostwald, que ganaría el premio Nobel de Química en 1909, le enseñaron el laboratorio de los Curie estando ellos ausentes no podía creer que, en ese antro, «mezcla de sótano, almacén de patatas y establo», Marie hubiera descubierto dos nuevos elementos químicos sin cobrar nada por su trabajo.
El más firme competidor de Marie y Pierre, el que habría de hacer los mayores descubrimientos en el campo de la radiactividad, era un joven neozelandés, Ernest Rutherford. Como la propia Marie, Rutherford era un outsider que no se había criado en el elitista sistema educativo británico. Pero a diferencia de la Académie francesa, el establishment inglés reconoció rápidamente los excepcionales méritos del joven Ernest. Rutherford había llegado a Cambridge en 1897 tras obtener la beca bianual que su Graciosa Majestad concedía al súbdito más brillante de las regiones de ultramar del Imperio británico con el fin de que realizara su tesis doctoral en la metrópoli. De este modo, Rutherford trabajaría con Joseph John Thomson, el director del laboratorio Cavendish que acababa de descubrir los rayos catódicos, poniendo de manifiesto que los átomos no eran indivisibles.
Aunque ni los Curie ni Rutherford podían imaginarlo entonces, la carrera definitiva para la comprensión de la radiactividad acababa de empezar y ellos habían salido en cabeza. Pierre y Rutherford fueron los más destacados a la hora de lanzar hipótesis que explicaran el fenómeno. Ambos eran creativos y brillantes, pero sus circunstancias personales eran muy distintas. Pierre tenía cuarenta años y su salud empezaba a resentirse por haber estado trabajando con sustancias radiactivas sin tomar ninguna precaución. Además, llevaba veinte años luchando para hacerse un hueco en el anquilosado establishment científico francés, que no le reconocía sus incuestionables méritos ni le daba el apoyo institucional y económico que necesitaba. Rutherford, en cambio, había trabajado en uno de los laboratorios pioneros en el estudio de la estructura del átomo, el Cavendish de Cambridge, y al finalizar su tesis obtuvo una cátedra en la Universidad McGill, en Montreal, Canadá. Allí dispuso de un laboratorio muy bien dotado para estudiar la radiactividad, aunque carecía de lo único que Marie y Pierre tenían en abundancia: fuentes de radio. Rutherford tenía veintisiete años, acababa de casarse y estaba en la plenitud de sus facultades físicas y mentales.
Rutherford dio con la clave que permitiría desentrañar todo el galimatías de la radiactividad. En cambio, el creativo, brillante y soñador Pierre no solo no encontró la solución, sino que se empecinó en no darle la razón a Rutherford durante años. Marie, por una especie de lealtad a su memoria, hizo suyo ese empecinamiento y dejó atrás esa mezcla de curiosidad y ausencia de prejuicios de la que había hecho gala al iniciar su tesis, gracias a la cual había abierto la puerta a un nuevo campo de investigación.

Los rayos X se empezaron a emplear en medicina apenas unos meses después de su descubrimiento. Inicialmente se utilizaron en los diagnósticos, mediante el uso de radiografías análogas a la de la mano de la mujer de Roentgen, y poco después en terapia. Como la radiactividad tenía unas propiedades similares a los rayos X, Pierre pensó que podría afectar al cuerpo humano. En 1900 el dentista alemán Otto Walkhoff comprobó que tras poner una tela impregnada con una disolución de radio en contacto con su piel dos veces durante 20 minutos cada vez, se producía una inflamación que duraba dos semanas. Por otro lado, el químico alemán Friedrich Oskar Giesel, que trabajaba para la compañía Buchler —la cual obtenía radio siguiendo el procedimiento que había puesto a punto Marie—, comprobó que, si se acercaba un ojo cerrado a una caja también cerrada conteniendo sales de radio, percibía una sensación de luz en la retina. Por otro lado, se puso 270 mg de sal de radio en un brazo durante dos horas, y le produjo quemaduras que tardaron varias semanas en curar. De Giesel decían sus compatriotas Geitel y Elster que tenía el cuerpo más radiactivo que se podía encontrar: su aliento descargaba un electroscopio 18 horas después de haber dejado el laboratorio.
Conociendo estos resultados, a comienzos de 1901, en un experimento que hoy consideraríamos suicida pero que entonces se debía considerar normal a la vista de los realizados por los alemanes, Pierre estudió en su propio cuerpo los efectos del radio descritos por Walkhoff. Pegó un trozo de gutapercha impregnada con sales de radio a la piel de su brazo, y la mantuvo ahí durante diez horas. Tras retirarla, la piel se le fue enrojeciendo cada vez más conforme pasaban los días, adquiriendo el aspecto de una quemadura, aunque no sentía dolor. El tejido se ennegreció indicando que la lesión era profunda y se formó una herida que tuvo que vendar y tardó en curarse más de dos meses. A Henri Becquerel le causó una herida parecida un tubo sellado que contenía una sal de radio, que le había dado Pierre para usarlo en una conferencia y que había transportado en el bolsillo de su chaleco.
Marie no procesó uranio puro, sino restos de una de sus menas contaminadas con agujas de pino y otros materiales, por lo que la máxima proporción se aproximaba a 1 gramo de radio/10 toneladas de material. Por otra parte, el radio y el bario tienen propiedades químicas muy parecidas, por lo que es fácil que parte del radio fuera arrastrado por el bario, que además estaba en mucha mayor proporción. Y lo peor de todo, Marie desconocía la naturaleza de los procesos involucrados en la radiactividad, así como las propiedades del radio y la causa de que estuviera asociado al uranio y de que las concentraciones máximas esperables fueran tan extraordinariamente pequeñas. Quizá si lo hubiera sabido no habría abordado el proceso.
Por todo ello, la obtención de esos 120 mg de cloruro de radio puro fue una proeza extraordinaria no solo desde el punto de vista químico, sino desde el punto de vista físico y radiológico. Además, la mayor parte de ese proceso lo realizó sola, pues una vez que Pierre estuvo convencido de la existencia del radio, su curiosidad lo había llevado a investigar las propiedades de los rayos y sus efectos sobre el cuerpo humano.

La notoriedad que el Nobel y la muerte de Pierre habían dado a Marie hizo que la contienda trascendiera los círculos académicos y ocupara las primeras páginas de los periódicos. Y la misma prensa sensacionalista que poco antes se había extasiado con los logros científicos de la joven pareja que trabajaba en condiciones miserables y que había llorado con Marie la muerte de Pierre, fue bastante agresiva con la viuda que pretendía sacar los pies del plato. La elección tuvo lugar en enero de 1911 y Marie perdió por dos votos. Fue un mal comienzo para un año que habría de terminar de forma catastrófica.
Uno de los efectos más negativos del rechazo sufrido por Marie fue que a partir de entonces la investigadora limitó mucho su relación con otros miembros de la Academia. También dejó de publicar en su revista Comptes Rendus de l’Académie des Sciences, el foro en el que los científicos franceses presentaban sus trabajos, los cuales eran publicados de forma bastante ágil.
Las acusaciones de los diarios siguieron subiendo de tono y Gustave Téry, editor de un periódico sensacionalista, xenófobo y antisemita, llegó a insinuar que la muerte de Pierre podía no haber sido un accidente. Según Téry pudo haber sido un suicidio al tener conocimiento Pierre de una relación que habría empezado antes de su muerte. O incluso algo peor.

El trabajo de Marie había atraído la atención de patrocinadores generosos, particularmente los millonarios norteamericanos Carnegie y Rothschild, que tuvieron conocimiento de sus investigaciones cuando murió Pierre. Con sus aportaciones se estableció un programa de becas para trabajar en el laboratorio de Marie, si bien estos programas no recibían ningún apoyo por parte de las instituciones francesas.
Por otro lado, tras la muerte de Pierre, había surgido la idea de crear un laboratorio bien dotado para estudiar la radiactividad, que además sirviera para preservar su memoria. La idea se materializó cuando a finales de 1909 el doctor Émile Raoux, director del Instituto Pasteur y ferviente admirador de Marie, propuso crear el Instituto del Radio. Cuando este organismo privado lanzó la iniciativa, la Universidad de la Sorbona se unió a ella proporcionando los terrenos y parte de la financiación para la construcción del edificio. Constaría de dos pabellones, uno dedicado a realizar estudios biológicos y de tratamientos del cáncer, que se llamaría Pabellón Pasteur, y otro dedicado a la investigación de los aspectos físicos y químicos de la radiactividad, que se llamaría Pabellón Curie.
Entre los servicios médicos que Marie atendió durante la guerra fue el de radioterapia. Con la única ayuda de una pequeña bomba de vacío, Marie rellenó multitud de ampollas con la emanación desprendida del radio, que fueron distribuidas por los hospitales franceses para abastecer los servicios de radioterapia. Tampoco este trabajo debió de ser muy saludable.

Tuvieron que pasar sesenta años para que Marie Curie recibiera un reconocimiento oficial por parte del Estado francés. En abril de 1995 los restos mortales de Marie y Pierre Curie fueron trasladados al Panthéon de París, santuario laico donde reposan los restos de los grandes «hombres» de Francia. Fue uno de los últimos actos públicos de François Mitterrand, que presidió el acto junto al presidente polaco Lech Walesa, siendo una de sus protagonistas Ève Curie. El presidente francés destacó la capacidad de trabajo y el ingenio de Marie, su lucha por abrirse camino en un mundo de hombres, y su contribución a la grandeur francesa.
Cuentan que Einstein dijo de Marie que era la única persona a la que la fama no la había corrompido. No fue solo a la fama a lo que no sucumbió: nada consiguió doblegarla. Nunca.

Marie murió antes del ascenso del nazismo, que habría de determinar la puesta en marcha del Proyecto Manhattan que las fabricó, pero ese proyecto no habría sido posible si alguien no hubiera descubierto que los átomos se rompían liberando energía. Por ello, aunque de forma colateral, el Proyecto Manhattan forma parte de su legado.
No obstante, el legado de Marie Curie tiene otras facetas mucho más luminosas. Marie ha sido, y sigue siendo, un modelo que ha inspirado a innumerables jóvenes de todo el mundo. Su fama y excepcionalidad han hecho que su historia se examine desde todos los puntos de vista posibles: desde el hiperfeminista hasta el machista, pasando por el eco-feminista. Tanto se ha estudiado que se han llegado a encontrar connotaciones negativas en su trayectoria, respuesta lógica cuando se pretende emular a un mito de tanta envergadura, inalcanzable para la mayor parte de las mortales.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/08/historia-del-veneno-adela-munoz-paez/

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/08/la-buena-muerte-adela-munoz-paez/

https://weedjee.wordpress.com/2018/09/18/sabias-la-cara-oculta-de-la-ciencia-adela-munoz-paez-wise-women-the-hidden-side-of-science-by-adela-munoz-paez-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/17/sabias-en-la-segunda-republica-adela-munoz-paez-wise-women-in-the-second-republic-by-adela-munoz-paez-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/08/08/marie-curie-la-radioactividad-y-los-elementos-adela-munoz-paez-marie-curie-radioactivity-and-the-elements-by-adela-munoz-paez-spanish-book-edition/

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We still have a lot to learn from our predecessors, not only as scientists, but also as a symbol of a person who fought and fought overcoming all the adversities that were presented to him; I take my hat off to this woman!.

There is no other woman in the history of science whose achievements have been as universally recognized as Marie Curie. She was the first professor at the Sorbonne University in its more than 600 years of existence, the first woman to win a Nobel Prize, and the first scientist to win this award for the second time. But Marie was above all a passionate person who dedicated her life to cultivating that most absorbing of passions: the passion for discovery. However, that is not the image that has come to us of her. Marie has passed down to posterity as the high priestess who sacrificed her life on the altar of science, a kind of goddess above human passions. The truth is that Marie’s life was full of passions: a passion for science, but also a passion for her country, Poland, which gave its name to the first chemical element she discovered; passion for her daughters, passion for the men she fell in love with. She also passionately defended her right to figure in the history of science at a time when women lacked the most basic rights.
Marie’s investigations took place in Paris. At the end of the 19th century, the City of Light was the capital of the world: capital of art with the Impressionist painters, of literature with writers like Zola, of architecture with works like the Eiffel Tower, of the magic of the cinematograph with the machine by the Lumière brothers, who captured moving images.
What was radioactivity? Why was it so relevant? In the last decades of the 19th century, science seemed like a completed and well-constructed building in which matter and energy were separate worlds governed by different laws. But around the turn of the century, in a period of barely twenty years, a series of discoveries brought down much of the pillars on which the knowledge of nature was based. The relevance of the discovery of radioactivity was based on the fact that it revealed that matter and energy were related and could be transformed into one another. The main architects of this discovery were Pierre Curie, a brilliant but outclassed professor at the School of Industrial Physics and Chemistry in Paris, and his wife, Marie, a Polish recent graduate in Physics and Mathematics at the Sorbonne University.
Tragedy broke into Marie’s life in 1906: Pierre was killed by a horse-drawn carriage. Marie was offered a pension as the widow of a «great scientist», but she turned it down and faced her grief the only way she knew how: by working. She took over Pierre’s chair at the Sorbonne and also the direction of the laboratory. In an unprecedented case, in 1911 Marie received a second Nobel Prize, alone and in Chemistry, for the discovery of polonium and radium and her work with both elements. However, that was a very turbulent year for Marie, as it was then that the so-called «Langevin scandal» broke out, when her love affair with one of her husband’s students was made public. There was no blood in the duel to which Langevin challenged the journalist who wrote the worst libels, but Marie’s health, which was already beginning to show the effects of radiation, suffered such serious damage that she was away from the laboratory for a year.

When the Russian inspectors visited her school, Marie was usually the student chosen to answer their questions because she spoke and wrote Russian perfectly, although she was extremely mortified to have to attend to the requests of those who she considered to be minions of the Russian authorities. The nationalist sentiment soon nested in her heart and she always remained in it, despite the fact that in time Marie would make France her adopted country.
The Russification of Poland brought more misfortunes to Marie’s house, as her father Władysław Skłodowski was dismissed as director of the institute where she taught due to her nationalism. Marie’s father had to occupy positions of lesser status and salary, until he was finally expelled from the public school system. To support his family, he was forced to take in boarders, to whom he provided lodging, room and board, and instruction. This had the consequence of leaving two of her daughters, Marie and Helena, without a bedroom: both spent the night on the sofas in the dining room, which they had to vacate at dawn so that the guests could have breakfast.
Józef Boguski had studied with the chemist Dmitri Mendeléyev, to whom he was later an assistant. In 1869, a couple of years after Marie’s birth, Mendeleev had created the periodic table of chemical elements. It was an ingenious way of arranging the elements known until then in columns that brought together those with similar chemical properties. One of Mendeleev’s most brilliant insights was predicting the existence of yet undiscovered elements that would fill in the «gaps» in his great table. When French and German scientists discovered several of the elements whose existence Mendeleev had predicted, he achieved worldwide fame. For Marie to have the broad-mindedness that would allow her to discover new elements in the future, Mendeleev’s conviction that there were chemical elements that had to exist, even if no one had discovered them yet, was crucial.
Despite the fact that in the Russian Empire the access of women to the university was prohibited, in Poland – and Marie’s family was an example of this – educated women who exercised an independent profession abounded, such as the mother of the future researcher , who had been the director of the best girls’ boarding school in Warsaw. However, in France, where women did not face any normative impediments, scholars were seen as a kind of anomaly of nature. Thus, the presence of female students at the Sorbonne, generally foreigners, was considered an eccentricity tolerated in an eminently male territory. An example of the image of women in French society is provided by the writer Octave Mirbeau (1848-1917), who stated that «woman is not a brain, she is sex, which is much better. She has only one role in this world: to make love and to perpetuate the species».

His excellent grades earned him a scholarship from the Alexandrowitch Foundation, intended for outstanding Polish students who wished to study abroad. This allowed him to enroll in Mathematics the following year, again at the Sorbonne. She graduated from her in July 1894 with number two from her, which for her was a «failure» that she reproached herself for years.
After this second graduation, Marie received another scholarship, this time French, from the Society for the Development of National Industry. Her goal was to study the magnetic properties of steels under the supervision of Professor Gabriel Lippmann, one of her tutors at the Sorbonne. When she began to carry out this work, she verified that her laboratory did not have the necessary instrumentation and that she did not have the collaboration of any expert scientist in this subject; however, a happy chance came to solve both problems. Dr. Józef Kowalski, then Professor of Physics at the University of Freiburg, was on his honeymoon in Paris after marrying a young Polish woman, an acquaintance of Marie from her days as governess at the Zorawski house. When Marie met them and told them of her problems, Kowalski told her that he knew the person who could best help her, the scientist who knew the most about magnetism not only in France, but in the entire continent: Pierre Curie. One afternoon in the spring of 1894 Kowalski invited them both.
The most notable change in Pierre’s life after reading his thesis was not his academic status, but his marital status. A priori, it seemed difficult that two people who came from such distant cities, Paris and Warsaw, capitals of such different societies, the dazzling France of the late nineteenth century and dismembered Poland, could come to understand each other. But despite the distance that separated their places of origin, there were many things that united them. Both came from similar family backgrounds, whose members were very close and had great devotion to scientific knowledge. In both families there was much more education than money, and both parents were somewhat frustrated scientists.
But there was a fundamental difference in their academic training: while Marie was a model student who obtained the highest marks in all her studies, Pierre, due to a kind of dyslexia that made it difficult for him to write, was educated outside formal education. The clash between the iron discipline of Marie and the overflowing and chaotic creativity of Pierre must have caused numerous conflicts, but, in the end, both characters complemented each other extraordinarily, both personally and professionally. His love of science was as unconditional as his contempt for money and fame. Living in a Spartan way, without concessions to fashion or whims, was considered natural by both.

The first thing the couple considered was what Marie was going to investigate to obtain her doctorate degree. Pierre was a prestigious scientist when he met Marie, a fact of which she was fully aware, despite the lack of recognition by the institutions in which official science was framed in France: the university, especially the Sorbonne, and the French Academy. Pierre had been a pioneer in diverse fields of research and, as his students attested, he was an excellent mentor. Marie, therefore, could have done extraordinary work in any of the fields in which Pierre was a master. However, she was fascinated by the intriguing «uranium rays» discovered by Henri Becquerel a couple of years earlier. Thus, she decided that her doctoral thesis would focus on this subject; The rookie Polish student did not just follow in the footsteps of the brilliant scientist she had married, but decided to blaze her own trail.
There has been speculation about the reasons that led to oblivion the rays discovered by Becquerel. Perhaps when compared to X-rays and finding that they provided much less sharp images than X-rays, they were unattractive. On the other hand, they were not so easy to produce, since it was necessary to have uranium compounds, which, unlike the vacuum tubes and generators necessary to produce X-rays, were not available to all laboratories. But the most decisive thing for its abandonment was that the phenomenon exceeded the understanding capacity of the scientists of the time, since no matter how many experiments Becquerel did, he was not able to answer the most elementary questions about its nature. The first of these had to do with the energy source of the process: since they did not need irradiation, what caused the uranic rays and where did their energy come from? Apparently the latter was inexhaustible, so the mere existence of the phenomenon seemed to violate the principle of conservation of energy.
When everyone seemed to have forgotten about the uranic rays, a young Polish woman graduated in Physics and Mathematics from the Sorbonne, who had just had a girl and was married to a declassed scientist, became interested in them. And, it is said, where Becquerel’s physical approach failed, Marie’s chemical approach succeeded. However, the story was not so simple. There is no doubt that Marie’s main success was developing an efficient method of separating the new chemical elements. But in order to discover them, she had to make infinite «physical» measurements of the electric charge produced by lightning, measurements that Becquerel also attempted, albeit without success. In other words, chemistry did not triumph where physics had failed, but Marie’s creative genius and tenacity triumphed. Her approach to the study of the phenomenon free from the prejudices that could have gripped her if she had approached an «inherited» research topic, as was the case with Becquerel, was also decisive. And possibly, above all, the energy of Marie’s youth was decisive, that she had everything to prove, while the mature Becquerel already had little to gain.
The actual procedure must have been quite complex, although Marie said that she did it automatically. According to her granddaughter Hélène Langevin-Joliot, at the end of the 20th century no one at the Curie Laboratory was able to use the device used by her grandmother (which is now in the Curie Museum). However, with the first prototype, built with waste materials from the workshops of the School of Industrial Physics and Chemistry, Marie made thousands of measurements of the intensity of the uranic rays. The photos showing Marie in the laboratory sitting at a table and looking through a small viewer correspond to the use of this device. With him, she checked which substances emitted uranium rays and she measured their intensity with great precision, detecting extraordinarily small currents, ten billionths of an ampere (0.00000000001 A = 10−11 A). To get an idea of the subtlety of such currents, let us recall that, for example, small electrical appliances such as a shaver run on currents of 0.5-1.0 amps.

The most surprising result that Marie had obtained did not appear in her first report. She first noted it in her laboratory journal on February 17, 1898: Two of the uranium ores she had studied, chalcolite and pitchblende, were three to four times more active than pure uranium. These results contradicted the earlier observation that activity was proportional to the amount of uranium. She repeated the experiments and checked the operation and accuracy of her measuring devices, checking that everything was fine. She then synthesized the main component of chalcolite, copper sulfate and uranyl, from chemically pure compounds and measured its activity: it was what she would expect given its uranium content. This meant that the excess activity of the pitchblende must have had another reason, «something» new and unknown, present in the mineral, but not in the compound that Marie had synthesized.
Although her initial plans were to isolate the two elements, after much effort she had to abandon polonium and focus only on radium. From her previous experiments they had concluded that its chemistry was simpler, so it must be easier to isolate. But there was an additional factor that made polonium an elusive element. In addition to being in a very low concentration, it seemed to disappear, to evaporate. As it became known much later, polonium disintegrated, decomposed, giving rise to lead. Radium underwent a similar process, but while radium developed over thousands of years, polonium’s required little more than a hundred days. As if that wasn’t enough, the concentration of polonium was 4,000 times lower than that of radium. For this reason polonium is not
she let herself be caught by Marie. Despite being less complex, isolating radium was not easy either. In time it would be discovered that three tons of uranium contained no more than a gram of radium. These proportions were determined by the phenomenon of radioactivity itself, because, as already indicated, both radium and polonium disintegrated giving rise to other elements.

The hypotheses that Marie consigned in January 1899 in a communication to the Revue Generale des Sciences, as collected by Pierre Radvanyi in his text dedicated to the Curie couple, were the following:
1. Radioactivity is a long-lasting phosphorescence produced by light. This hypothesis is unlikely.
2.The lightning is an emission of matter accompanied by a loss of weight of radioactive substances.
3.The energy usable by radioactive substances is constantly decreasing.
4.The ray is a secondary emission caused by rays analogous to X-rays. These exciting rays would come from space, would be even more penetrating than X-rays and would only be absorbed by elements of large atomic weight, such as uranium and thorium . It is possible to assume that energy transfers take place in space of which we are not aware.
5.The ray is produced at the expense of the heat of the medium, violating Carnot’s principle.
Hypothesis 1 was Becquerel’s starting point, but he himself ruled it out on the grounds that uranium salts emitted rays after being in total darkness for long periods. Hypothesis 2 was in line with the first speculations made by Marie in 1897, immediately after detecting radioactivity, according to which it was a consequence of a profound change on a subatomic scale. It is the hypothesis that would end up being proven correct. The bizarre hypothesis 4 is the one that seemed most plausible to Pierre Curie, but not only was he wrong, but he dragged Marie into his error.

In the last year of the 19th century, Marie and Pierre were not the only ones wondering about the causes of radioactivity. The discovery of polonium and radium had caused other scientists to investigate what was already a new field of science. Radioactivity had become the hot topic, and a select group of scientists were working blindly in a new world where the certainties of yesteryear, such as the indivisibility of the atom, were breaking down. In the midst of this frenzy, the Curies continued to generously supply many of their competing researchers with Marie’s hard-earned radium preparations. Other scientists, such as the German Friedrich Oskar Giesel, followed the method developed and described by Marie and established fruitful relationships with industry.
Despite being a source of radium preparations and being well known in all European laboratories, even those that did not study anything related to radioactivity, the Curies’ laboratory was one of the worst equipped in terms of instrumentation and personnel. . Thus, for example, when the Russian-German chemist Wilhelm Ostwald, who would win the Nobel Prize for Chemistry in 1909, was shown the Curies’ laboratory while they were away, he could not believe that, in that den, «a mixture of basement, warehouse of potatoes and stable», Marie would have discovered two new chemical elements without charging anything for her work.
Marie and Pierre’s staunchest competitor, the one who was to make the greatest discoveries in the field of radioactivity, was a young New Zealander, Ernest Rutherford. Like Marie herself, Rutherford was an outsider who had not been brought up in the elitist British educational system. But unlike the French Académie, the English establishment was quick to recognize the exceptional merits of young Ernest. Rutherford had come to Cambridge in 1897 after obtaining the biannual scholarship that His Gracious Majesty granted to the most brilliant subject of the overseas regions of the British Empire in order to carry out his doctoral thesis in the metropolis. In this way, Rutherford would work with Joseph John Thomson, the director of the Cavendish laboratory who had just discovered cathode rays, showing that atoms were not indivisible.
Although neither the Curies nor Rutherford could have imagined it at the time, the ultimate race to understand radioactivity had just begun, and they had come out on top. Pierre and Rutherford were the most prominent when it came to launching hypotheses that would explain the phenomenon. They were both creative and brilliant, but their personal circumstances were very different. Pierre was forty years old and his health was beginning to suffer from having been working with radioactive substances without taking any precautions. In addition, he had been fighting for twenty years to gain a foothold in the stagnant French scientific establishment, which did not recognize his unquestionable merits or give him the institutional and financial support he needed. Rutherford, on the other hand, had worked in one of the pioneering laboratories in the study of the structure of the atom, the Cavendish in Cambridge, and at the end of his thesis he obtained a professorship at McGill University in Montreal, Canada. There he had a very well equipped laboratory to study radioactivity, although it lacked the one thing that Marie and Pierre had in abundance: radio sources. Rutherford was twenty-seven years old, newly married, and in the prime of his physical and mental faculties.
Rutherford hit on the key that would unravel all the gibberish of radioactivity. Instead, the creative, brilliant and dreamy Pierre not only did not find the solution, but he was stubborn in not agreeing with Rutherford for years. Marie, out of a kind of loyalty to her memory, made that stubbornness her own and left behind that mixture of curiosity and lack of prejudice that she had displayed when starting her thesis, thanks to which she had opened the door to a new investigation research niche.

X-rays began to be used in medicine just a few months after their discovery. Initially they were used in diagnoses, through the use of radiographs analogous to that of the Roentgen woman’s hand, and shortly after in therapy. Since the radioactivity had properties similar to X-rays, Pierre thought that it could affect the human body. In 1900, the German dentist Otto Walkhoff found that after putting a cloth impregnated with a radium solution in contact with his skin twice for 20 minutes each time, inflammation lasted two weeks. On the other hand, the German chemist Friedrich Oskar Giesel, who worked for the Buchler company —which obtained radium following the procedure that Marie had perfected—, found that if a closed eye was brought close to a box also closed containing salts of radio, perceived a sensation of light on the retina. On the other hand, he put 270 mg of radium salt on his arm for two hours, causing burns that took several weeks to heal. Giesel’s compatriots Geitel and Elster used to say that he had the most radioactive body that could be found: his breath discharged an electroscope 18 hours after leaving the laboratory.
Knowing these results, at the beginning of 1901, in an experiment that today we would consider suicidal but that then should have been considered normal in view of those carried out by the Germans, Pierre studied the effects of radium described by Walkhoff in her own body. He glued a piece of gutta-percha impregnated with radium salts to the skin of her arm, and kept it there for ten hours. After removing it, her skin became redder and redder as the days passed, taking on the appearance of a burn, although he felt no pain. Her tissue blackened indicating the injury was deep and a wound formed which she had to bandage and took over two months to heal. A similar wound was caused to Henri Becquerel by a sealed tube containing a radium salt, given to him by Pierre for use in a conference and which he had carried in his waistcoat pocket.
Marie did not process pure uranium, but remnants of one of her ores contaminated with pine needles and other materials, so the maximum proportion of her was approaching 1 gram of radium / 10 tons of material. On the other hand, radium and barium have very similar chemical properties, so it is easy that part of the radium was dragged by the barium, which was also present in a much higher proportion. And worst of all, Marie did not know the nature of the processes involved in radioactivity, as well as the properties of radium and why it was associated with uranium and why the maximum concentrations expected were so extraordinarily small. Perhaps if he had known he would not have approached the process.
For all these reasons, obtaining those 120 mg of pure radium chloride was an extraordinary feat not only from a chemical point of view, but also from a physical and radiological point of view. In addition, most of this process was carried out alone, because once Pierre was convinced of the existence of radium, his curiosity had led him to investigate the properties of lightning and its effects on the human body.

The notoriety that the Nobel Prize and the death of Pierre had given Marie made the contest transcend academic circles and occupy the front pages of the newspapers. And the same sensationalist press that shortly before had been ecstatic with the scientific achievements of the young couple who worked in miserable conditions and who had mourned Pierre’s death with Marie, was quite aggressive with the widow who tried to get her feet out of the plate. The election took place in January 1911, and Marie lost by two votes. It was a bad start to a year that was to end catastrophically.
One of the most negative effects of the rejection suffered by Marie was that from then on the researcher severely limited her relationship with other members of the Academy. She also stopped publishing in her journal Comptes Rendus de l’Académie des Sciences, the forum in which French scientists presented her work, which was published quite quickly.
The accusations in the newspapers continued to escalate and Gustave Téry, the editor of a tabloid, xenophobic and anti-Semitic newspaper, went so far as to suggest that Pierre’s death might not have been an accident. According to Téry, it could have been a suicide when Pierre was aware of a relationship that had begun before his death. Or even worse.

Marie’s work had attracted the attention of generous patrons, particularly the American millionaires Carnegie and Rothschild, who became aware of her research when Pierre died. With her contributions, a scholarship program was established to work in Marie’s laboratory, although these programs did not receive any support from French institutions.
On the other hand, after Pierre’s death, the idea had arisen of creating a well-equipped laboratory to study radioactivity, which would also serve to preserve her memory. The idea materialized when at the end of 1909 Dr. Émile Raoux, director of the Pasteur Institute and a fervent admirer of Marie, proposed creating the Radium Institute. When this private organization launched the initiative, the Sorbonne University joined it by providing the land and part of the financing for the construction of the building. It would consist of two pavilions, one dedicated to carrying out biological studies and cancer treatments, which would be called the Pasteur Pavilion, and the other dedicated to research into the physical and chemical aspects of radioactivity, which would be called the Curie Pavilion.
Among the medical services that Marie attended during the war was radiotherapy. With the sole help of a small vacuum pump, she Marie filled a multitude of ampoules with the emanation given off by radium, which were distributed by French hospitals to supply radiotherapy services. Nor could this work have been very healthy.

It took sixty years for Marie Curie to receive official recognition from the French state. In April 1995, the mortal remains of Marie and Pierre Curie were transferred to the Panthéon in Paris, a secular sanctuary where the remains of the great «men» of France rest. It was one of the last public acts of François Mitterrand, who presided over the act together with the Polish president Lech Walesa, one of its protagonists being Ève Curie. The French president highlighted Marie’s hard work and ingenuity, her struggle to make her way in a world of men, and her contribution to French grandeur.
They say that Einstein said of Marie that she was the only person who had not been corrupted by her fame. She wasn’t just her fame that she didn’t succumb to: nothing about her got her down. Never.

Marie died before the rise of Nazism, which would determine the launch of the Manhattan Project that manufactured them, but that project would not have been possible if someone had not discovered that atoms break releasing energy. For this reason, although collaterally, the Manhattan Project is part of her legacy.
However, the legacy of Marie Curie has other, much brighter facets. Marie has been, and continues to be, a role model who has inspired countless young people around the world. Her fame and her exceptionality have caused her story to be examined from all possible points of view: from the hyper-feminist to the macho, passing through the eco-feminist. It has been studied so much that negative connotations have been found in its trajectory, a logical response when trying to emulate a myth of such magnitude, unattainable for most mortals.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/08/historia-del-veneno-adela-munoz-paez/

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/08/la-buena-muerte-adela-munoz-paez/

https://weedjee.wordpress.com/2018/09/18/sabias-la-cara-oculta-de-la-ciencia-adela-munoz-paez-wise-women-the-hidden-side-of-science-by-adela-munoz-paez-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/17/sabias-en-la-segunda-republica-adela-munoz-paez-wise-women-in-the-second-republic-by-adela-munoz-paez-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/08/08/marie-curie-la-radioactividad-y-los-elementos-adela-munoz-paez-marie-curie-radioactivity-and-the-elements-by-adela-munoz-paez-spanish-book-edition/

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