Malas Mujeres — María Hesse / Bad Women by María Hesse (spanish book edition)

Una lectura muy amena y que nos hace reflexionar sobre los modelos femininos que se han ido construyendo y definiendo como se perciben las mujeres por todo tipo de sesgo negativo dado por su género que nos siguen afectando en la sociedad de hoy.
Además de esto, las ilustraciones de Maria Hesse son siempre de una gran sensibilidad y belleza y aportan un contrapeso de valentía, coraje y fuerza, restaurando la imagen feminina de esos arquetipos construidos.
Al fin y al cabo, eran mujeres que hicieron lo que pudieron y contaron su historia hombres desde un punto de vista sesgado y cómodo, sin cuestionarse a sí mismos.
A través de una perspectiva feminista realiza un análisis de personajes históricos o literarios conocidos por todos. Desde Juana la Loca a Britney Spears (ambas incapacitadas por «locas» cuando interesa adueñarse de sus riquezas). Desde Pandora a Eva la primera mujer pecadora, responsables de todos los males del mundo y del pecado capital. Desde la Virgen María hasta ese estereotipo de mujer asexuada y maternal del «Ángel del hogar» de la era Victoriana, sin otro papel que el de procrear y cuidar. No hay un rol intermedio entre santa o puta.
La mujer nunca es la protagonista ni la que corre las aventuras, está ahí para ser rescatada o ser objeto de deseo. Los personajes que se nos ofrecen como referentes nos ofrecen un panorama desolador: cuidado con las otras mujeres, no os unais, no confieis las unas en las otras, las otras mujeres son envidiosas y celosas y son tus enemigos (la madrastra de Blancanieves).
La narrativa sobre el rol de la mujer tradicionalmente se ha escrito por los varones y para los varones. Cuando una mujer escribe debe utilizar seudónimos masculinos (como Charlotte Brönte, la escritora de Jane Eyre) o bien se contempla como «literatura femenina» en contraposición al universal masculino, somos «la otredad», lo marginal, porque el discurso lo escriben los de siempre.
En ese discurso imperante y patriarcal existe una interpretación subjetiva e interesada con un escandaloso doble rasero: si el amante asesina a la mujer y luego se suicida es por culpa de la mujer (Carmen de Bizet), que es la hechiera, la bruja, la manipuladora, la lianta, la femme fatal y la puta… pero si el amante pierde los papeles por despecho ante la indiferencia del varón, entonces él no es un manipulador hechicero, sino que de nuevo la culpa recae sobre ella, que es la loca, la histérica, la inestable (Atracción fatal de Glenn Close).
Las mujeres que se salen del papel asignado son las malas, las locas o las putas y se les descalifica y alecciona sobre el trágico final que correrán (Madame Bobary o Karenina). Siempre las culpables de todo (Lewinsky, Yoko Ono). Temidas y odiadas si tienen poder al que llegan solo si renuncian a su vida personal (el Diablo viste de Prada).
Además de hacer una revisión crítica y lúcida y proporcionarnos un recorrido muy interesante de los referentes actuales, Hesse nos ofrece una narrativa diferente, en busca de otro tipo de referentes femeninos con los que nos podamos identificar. Sin renuncia, descalificación y culpa. Ocupando nuevos espacios por derecho propio.
Las ilustraciones como siempre maravillosas. El texto no aporta gran cosa. Sobre todo si ya se ha leído anteriormente sobre el tema.

Aurora, Blancanieves, Cenicienta. Todas eran jóvenes, bellas, pasivas y dóciles; y los príncipes, enérgicos, aventureros, potentes y, sí, quizá algo maniacos, por aquello de tomarlas como suyas sin preguntarles siquiera. ¿A quién podía ocurrírsele cuestionar esos romances? ¿Qué niña decente se habría preguntado acerca de las intenciones de los autores de aquellos relatos? Porque lo cierto es que ninguna de nosotras pensaba entonces que los hermanos Grimm eran hombres que contaban lo maravilloso que era ser hombre y lo aburridísimo que era ser mujer.
Nuestra meta era el amor del príncipe, y si para ello había que ser buenas, pues seríamos buenas, lo cual no significa protagonistas. Porque en los cuentos de hadas, nos dimos cuenta con el tiempo, las verdaderas protagonistas son otras mujeres: unas que no piensan en romances ni se quedan sentadas, y menos aún dormidas a la espera de que un hombre las salve. Son tan dueñas de su vida que era importante que entendiésemos que eso no estaba bien, así que las transformaron en malvadas y buscaron cualquier motivo que las convirtiera en nuestras enemigas. De nuevo el mensaje cala: nuestra naturaleza es perversa y ha de ser contenida, a ser posible por un hombre, al cruzar el umbral de la adolescencia, cuando dejamos de ser niñas inocentes para convertirnos en mujeres.

Las madres malvadas y crueles constituían un desafío a los valores familiares del siglo XIX, mientras que las madrastras, figuras que llegaban a la familia quién sabe de dónde, podían encarnar el mal sin arrastrar consigo las estructuras patriarcales. Si las madres no eran santas, Dios nos libre, todo lo que ellas tocaran podría acabar corrompido: léase, los niños. Difícil aceptar algo semejante. De modo que los Grimm en realidad creían estar poniendo a salvo la maternidad. Sí, la naturaleza pérfida de las madrastras también es un cuento.
En cualquier caso, los hermanos Grimm no fueron los primeros en construir nuestro imaginario. Antes de ellos ya lo hicieron otros, como los griegos, con sus mitos, sus tragedias y su filosofía, definiendo y sentando las bases de lo que era correcto e incorrecto para las mujeres. Y es que, para bien o para mal, la civilización grecolatina es la cuna de la cultura occidental, con todo lo que eso conlleva.
Tras Pandora, otras mujeres fueron creadas y perpetuaron la idea de que enamorarse, así en el cielo como en la tierra, lleva a la perdición. Bueno, a la de los hombres, porque para las mujeres será siempre el motor de nuestra vida.
La bella Afrodita es capaz de seducir y engañar a dioses y a hombres, a diosas y a mujeres, y se complace en ello. Sus poderes son perversos y frágiles una vez descubiertos, pero pueden permanecer escondidos, engañando, seduciendo y traicionando. Quizá porque, al igual que Pandora, nace de una venganza masculina.
Es un mito, claro, pero así comienza la historia del patriarcado. La mujer será sumisa y obediente al hombre, o su enemiga peligrosa.
En todos los relatos míticos, las reiteradas violaciones de Zeus quedan impunes. Sin embargo, a las mujeres se nos castigará por el mero hecho de existir, de ser. Y si no, que le pregunten a Medusa.
Lo que parece incuestionable, según esos poetas, es que si la mujer es un monstruo, está justificada su violación y ella debe cargar con las consecuencias. Y de paso, con el mito de Medusa vamos fortaleciendo la idea de que el peor enemigo de una mujer es otra mujer, que es quien la castiga y condena a muerte.

El caso de Nevenka no es una excepción. Cuando una mujer sufre una violación, parece obligada a demostrar su inocencia más que los propios acusados: ¿gimió?, ¿acaso no eran pareja?, ¿por qué no dijo que no?
El #MeToo ha enseñado al mundo que, ante la violencia y el abuso por parte de algunos hombres, las mujeres nos unimos para denunciarlo. Y que, desde luego, el largo de la falda o cualquier otra excusa no justifica ninguno de estos actos.
La imagen de Medusa como monstruo encarnó otro símbolo, esta vez a escala política: el de la mujer poderosa, agresiva, fea y poco femenina a pesar de que las luchas feministas intentaron reclamarla una y otra vez como figura del empoderamiento. Han sido muchas las ocasiones en las que se ha representado a mujeres de la política como a la gorgona; quizá el ejemplo más ridículo sea el de los memes que mostraban a Donald Trump con la cabeza cortada de Hillary Clinton llena de serpientes. Con esto dejaban claro el mensaje: o te callas o te callamos.
Y esto de callarnos también nos viene de los griegos.
La tradición grecolatina está llena de historias en las que la mujer es silenciada. Las metamorfosis de Ovidio son un claro ejemplo de ello. La más conocida es la de la ninfa Eco. Charlatana y divertida, bajo las instrucciones de Zeus se encargaba de entretener a Hera mientras el dios hacía de las suyas. Cuando Hera se enteró de las infidelidades de su marido, castigó a la pobre Eco quitándole su bien más preciado: la voz. Desde entonces solo podía repetir la última palabra que oyese. La desdichada ninfa acaba enamorándose del egocéntrico y presumido Narciso, y ese amor la lleva a la muerte.

Después de que Lilith abandonase su hogar en el paraíso, Dios se olvidó del barro, tomó una costilla de Adán y creó a Eva. Pese a ser todopoderoso, había entendido que una mujer independiente era un peligro, y se encargó de que la nueva esposa de Adán fuese dócil y sumisa.
En conclusión: no solo hemos traído todos los males a este mundo, sino que además nuestros sufrimientos son un castigo que tenemos merecido hasta el fin de los días por desobedientes. De ahí la necesidad de que ellos nos controlen.
Lilith es rebelde, insubordinada, no acepta las órdenes de su marido, incluso es vengativa. La primera mujer es todo lo que las mujeres no deben ser. Eva, sumisa por haber salido de una costilla de Adán, no es mala por naturaleza, pero sí algo tonta, y al caer en las redes de la serpiente arrastra con ella a toda la humanidad.
Lilith era pérfida. Eva era débil. Esa es nuestra estirpe.
En la religión cristiana, el conocimiento se transformó en pecado. En la mitología grecolatina, la curiosidad de Pandora en algo peligroso. Si es así, como dice Leticia Dolera en Morder la manzana
: ¡seamos peligrosas como Eva y Pandora!
Pero en el Antiguo Testamento no solo somos causantes de todo mal: también aparecemos como moneda de cambio.
Y es que a medida que la Iglesia católica se volvía más jerárquica y poderosa, iba dando otra vuelta de tuerca a las cargas femeninas bajo la influencia de sus grandes teólogos y pensadores, como el mencionado san Agustín (siglos IV-V) y santo Tomás (siglo XIII). A través de ellos, algunas ideas de la Antigüedad que hoy calificaríamos de misóginas sobrevivieron durante la Edad Media y llegaron hasta nuestros días.
Fue santo Tomás quien introdujo el pensamiento aristotélico en el seno de la Iglesia católica y, con él, estas ideas sobre las mujeres que el filósofo griego había formulado en un contexto cultural muy distinto. En su Suma teológica dejó reflexiones como esta: «Considerada en relación con la naturaleza particular, la mujer es algo imperfecto y ocasional. Porque la potencia activa que reside en el semen del varón tiende a producir algo semejante a sí mismo en el género masculino. Que nazca mujer se debe a la debilidad de la potencia activa, o bien a la mala disposición de la materia, o también a algún cambio producido por un agente extrínseco, por ejemplo, los vientos australes, que son húmedos».
Al cristianizar y desnaturalizar santo Tomás el pensamiento de Aristóteles, para nosotras nada volvería a ser lo mismo.
No en vano los padres de la Iglesia nos consideraron «el segundo sexo».
Eva no solo fue creada después de Adán, sino que también fue desobediente y, en consecuencia, no puede representar la imagen de Dios. Claro que si las mujeres somos hijas de Eva, también nosotras somos portadoras del pecado y, al igual que ella, la raíz del mal. ¿Cómo van a permitir entonces nuestra ordenación religiosa o que administremos los sacramentos? Nuestra hipoteca empezó el día en que Eva tomó la manzana y nos condenó por los tiempos de los tiempos.

Dueñas de un poder oscuro y antinatural, las brujas y hechiceras despertaban temor ya desde la Antigua Grecia, y mucho más si eran bellas. La peor de todas fue Circe.
Hija de Helios y de la oceánide Perséis, la hechicera Circe vivía tranquila en la isla de Eea acompañada de leones y lobos, recolectando plantas e investigando sus poderes. Homero la describe como «la diosa de hermosos cabellos», pero también como un ser astuto. Cuando los poetas antiguos admiraban a una mujer bella, no pensaban ni por un segundo en su personalidad. La belleza femenina es exclusivamente física, que no quepa duda: las mujeres que les gustan a los hombres son las que tienen los brazos níveos, las mejillas suaves, los cabellos abundantes… Todas cualidades que a duras penas se encuentran en mujeres de edad avanzada. Es decir, la edad es un obstáculo para ser bella: las mujeres que resultan atractivas, por las que los hombres luchan y a las que quieren conquistar, son jóvenes.
Porque las mujeres son seres débiles y nada inteligentes, pero son talentosas para hacer caer a los hombres en trampas que pueden llevarlos a la perdición. De Circe se cuenta que empleaba pociones mágicas con sus enemigos para hacerles olvidar su hogar, y que con una varita transformaba en animales a quienes la ofendían.

Más allá de los griegos, la Iglesia no solo reescribió su historia, sino que metió su mano en aquellos relatos en los que la mujer pecaminosa tiene demasiado poder. Un ejemplo es la historia de Morgana, la célebre hechicera de la leyenda artúrica. Hija de la futura reina Igraine y del duque de Cornualles, ve cómo Uther Pendragón mata a su padre y se casa con su madre, con quien tendrá a su hijo Arturo. A partir de ahí, Morgana lucha con la ambición propia de un hombre por lo que cree que le corresponde por nacimiento: su derecho al trono.
La Edad Media preservó a su modo la idea de la naturaleza femenina histérica difundida por los griegos (ya hablaremos de la histeria luego…). De hecho, la mezcló bien con la mentalidad cristiana de la época y la asoció con los síntomas de la posesión demoniaca, expresada en desinterés por el matrimonio, apetito sexual desmedido y comportamiento poco convencional, una idea que se desplegó en todo su esplendor en las cazas de brujas del siglo XVII.
La histeria es el diablo que se ha apoderado del cuerpo de las mujeres. No es una enfermedad que haya que tratar, sino un mal que erradicar. En realidad, un poco como esos siete demonios de María Magdalena.

La Francia revolucionaria de 1789 no fue más generosa: hablaba del hombre y el ciudadano, pero no dedicaba ni una palabra a las mujeres. Su función no estaba en el espacio público, sino a la sombra del varón que tuvieran más cerca.
Esa nueva vida moderna, que no ofrecía a las mujeres casadas más que placeres materiales y frustraciones carnales, se volvió tema recurrente de un nuevo género literario: la gran novela realista, protagonizada por heroínas insatisfechas y de moral dudosa que llegaron a ser, al mismo tiempo, figuras populares y objeto de escándalo y censura. Emma Bovary (Flaubert, 1857), Anna Karénina (Tolstói, 1877), Nora (Casa de muñecas, Ibsen, 1879), Nana (Zola, 1880) y Ana Ozores (La Regenta, Clarín, 1884) son mujeres que se comportan como solo un hombre podía hacerlo.
No es de extrañar que Madame Bovary, la gran novela del siglo XIX,
fuera censurada en su momento, aunque no lo fue por presentarnos la historia de una mujer libre —hay quien dirá que más bien caprichosa e histérica—, sino por cuestionar la razón de ser de la sociedad burguesa de la época.
Mujeres que reniegan de la maternidad y de los maridos, y que se interesan en el sexo y manejan a sus pretendientes a su antojo. Ellas fueron la contrafigura por excelencia de las esposas burguesas. Mujeres salvajes frente a madres virginales. Malas mujeres, pero también (o precisamente por ello) irresistibles e indomables, como en una versión moderna del contrapunto cristiano entre Lilith y María.
Sin embargo, ellas son una aberración, la excepción que confirma la regla. Porque a eso hemos venido las mujeres al mundo, a ser buenas madres, y cualquier desviación de ese camino bien merece recibir el nombre que le corresponde: una mujer contra natura.

A las mujeres nerviosas del siglo XIX, el cambio de siglo les dio una pequeña tregua, y la histeria pasó a ser una suerte de consagración del feminismo. El movimiento sufragista británico llevaba más de cincuenta años intentando conseguir sin éxito el voto para la mujer, y aquella falta de resultados puso en marcha el activismo de las suffragettes y la creación de la Unión Social y Política de las Mujeres en 1903. Con el lema «¡Hechos, no palabras!», dio por tierra con la tradición moderada del feminismo y pasó a exigir con movilizaciones y protestas callejeras la igualdad de educación, trabajo y voto.
Las nuevas aspiraciones de las mujeres estaban lejos de ser un fenómeno estrictamente occidental: en 1917, la sufragista japonesa Komako Kimura viajó a Nueva York para recaudar fondos que impulsaran la lucha por el voto femenino en Japón. Su paseo vestida con kimono por la Quinta Avenida para reclamar también ella su derecho al voto horrorizó a los detractores de todo el mundo.
La defensa más obvia de aquellos sectores fue acusar a las feministas de locas.

Brujas, asesinas, malas madres, sufragistas, feministas… Cuando llegó el siglo XX ya no quedaba mala fama por crearnos, pero cuando se trata de las mujeres, los amantes del statu quo siempre han sido creativos. Y entonces llegó Sigmund Freud para explicarnos que sentíamos «envidia del pene» y que, por eso, ya desde pequeñas deseábamos ser hombres. Ni su independencia ni su libertad: queríamos su anatomía.
Curiosamente, fue una contienda la que finalmente acabó con el modelo de mujer decimonónica y abrió las puertas de una vez por todas para que la mujer ingresara en el siglo XX
sin pedir permiso: la Gran Guerra. Las nuevas necesidades de la industria bélica movilizaron una cantidad inédita de mano de obra femenina en Europa para cubrir puestos en las fábricas de municiones y armamento —algo que se repetiría durante la Segunda Guerra Mundial—. Aquellas mujeres trabajadoras no solo pasaron a ganar dinero: también se vieron libres de muchas de las restricciones que habían pesado sobre ellas en tiempos de paz.
Como una Pandora moderna, una vez acabada la guerra fue imposible devolver a la caja todos los males que había liberado, y a su lugar tradicional a las mujeres que habían probado un bocado de la esquiva libertad masculina.
Con la llegada del cine, las pantallas fueron llenándose de flappers, cazafortunas, coristas de Broadway y dependientas de tiendas y almacenes que buscaban mejorar su situación utilizando su sexualidad, ya fuera encontrando un amante rico o un esposo millonario.
El cambio moral de la época se reflejaba en que no había necesidad de redimir o condenar a aquellas mujeres que hacían lo que podían para salir de la pobreza. En el camino probablemente arruinaran a unos cuantos hombres, pero no era más que una forma de defenderse. Hacían daño, claro, pero tenían motivos para ello. Era bien simple: no era que fuesen malas, sino que ellas también querían vivir el sueño americano.

Las femmes fatales del cine negro son mujeres excepcionales, en el sentido de que son una excepción a la regla, y no ya en el aspecto físico, sino también en el social, el emocional y el intelectual. No solo engañan, matan o roban: usan todas esas armas a su alcance para lograr un propósito. Son complejas y elegantes, inteligentes y cínicas. Fascinan y aterran. Y no necesariamente llevan al hombre a la perdición literal: basta con que lo lleven a un terreno en que se sienta inseguro y vulnerable. Las mujeres fatales son iguales a los hombres. Tienen las mismas tentaciones, quedan igualmente comprometidas y son igualmente culpables. O sea, igual de libres, pero mucho más peligrosas, porque los hombres no saben cuidarse de ellas. De una manera u otra, acaban volviéndolos locos.
Si David Bowie se droga hasta tener alucinaciones es excéntrico, un artista; si lo hace Amy Winehouse, es una yonqui. Kurt Cobain se suicidó porque era muy sensible; Marilyn Monroe, porque estaba trastornada.
Acorde con la época de liberación sexual, amor libre y píldora anticonceptiva, el personaje encarnado por Jane Fonda era rebelde e inconformista y tenía como objetivo vital la búsqueda del placer que tantos disgustos debió de causar a sus respetables padres, pero era un personaje creado por hombres y dirigido a ellos.
Casi una década después apareció en escena Leia, la princesa indómita de La guerra de las galaxias (1977), pero pese al revuelo, la representación femenina seguía en manos de los hombres.
Con Ellen Ripley y Sarah Connor, la ciencia ficción dio una patada a aquellos estereotipos con personajes femeninos mucho más reales: mujeres activas, conscientes, física y mentalmente fuertes, no a la fuerza seductoras y, sobre todo, imperfectas.

De forma consciente o no, todos y todas buscamos referentes en la ficción, nos enganchamos a sus tramas, aprendemos y crecemos con ellas, hasta que de repente, en el caso de las mujeres, llega el vacío. ¿A partir de qué edad dejamos de existir? Muchas actrices luchan por no evaporarse y sucumben a la cirugía. A los veinte interpretaban papeles de treinta, y a los cuarenta se siguen agarrando a ellos porque no hay más donde buscar. El público incluso admira cómo han mejorado sus rostros…, hasta que la transformación se vuelve monstruosa, y entonces señalan cómo han perdido la cabeza y no supieron parar.
Hemos ido cambiando la cara de esos relatos de princesas pasivas y de crueles madrastras, de malas madres y de mujeres fatales, de locas encerradas en el desván y de secundarias perfectas.
Reivindicamos encontrar referentes diversos, y reclamamos que se nos escuche y se nos deje crear nuestras historias, nuestra vida, participar en igualdad de condiciones de ese mundo en el que vivimos. Y si esas historias rompen, si incomodan, entonces que incomoden, porque no vamos a encerrarnos en ninguna torre: es el momento de escuchar, hablar y ocupar los espacios que nos han sido negados.
Aún quedan muchos, y no vamos a regalarlos. Ahora sabemos que no hay que tener miedo a salirse de esas líneas caprichosas que otros marcaron, y que las que abrieron esas grietas buscando otros horizontes no estaban locas, ni eran perversas, ni malos ejemplos para otras. Si acaso, fueron mujeres valientes, fuertes, atrevidas, decididas. Rompedoras. Y si las llaman malas mujeres que se lo llamen; las paredes han caído y nosotras ya no estaremos ahí para oírlo.

Bienvenidas al aquelarre.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/08/26/bowie-una-biografia-maria-hesse-fran-ruiz-bowie-a-biography-by-maria-hesse-fran-ruiz-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/10/22/marilyn-una-biografia-maria-hesse-marilyn-a-biography-by-maria-hesse-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/10/25/frida-kahlo-una-biografia-maria-hesse-frida-kahlo-an-biography-by-maria-hesse-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/08/04/malas-mujeres-maria-hesse-bad-women-by-maria-hesse-spanish-book-edition/

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A very enjoyable read that makes us reflect on the feminine models that have been built and defined as women are perceived by all kinds of negative bias given by their gender that continue to affect us in today’s society.
In addition to this, Maria Hesse’s illustrations are always of great sensitivity and beauty and provide a counterweight of bravery, courage and strength, restoring the feminine image of those constructed archetypes.
After all, they were women who did what they could and told their men’s story from a biased and comfortable point of view, without questioning themselves.
Through a feminist perspective, she analyzes historical or literary characters known to all. From Juana la Loca to Britney Spears (both incapacitated for being «crazy» when she is interested in taking possession of her wealth). From Pandora to Eve, the first sinful woman, responsible for all the evils of the world and capital sin. From the Virgin Mary to that stereotype of the asexual and maternal woman of the «Angel of the home» of the Victorian era, with no other role than that of procreation and care. There is no intermediate role between saint or whore.
The woman is never the protagonist or the one who runs the adventures, she is there to be rescued or to be the object of desire. The characters that are offered to us as references offer us a bleak panorama: beware of the other women, do not unite, do not trust each other, the other women are envious and jealous and are your enemies (Snow White’s stepmother).
The narrative on the role of women has traditionally been written by men and for men. When a woman writes, she must use masculine pseudonyms (such as Charlotte Brönte, the writer of Jane Eyre) or she is considered as «feminine literature» as opposed to the masculine universal, we are «the otherness», the marginal, because the discourse is written by those of forever.
In this prevailing and patriarchal discourse there is a subjective and interested interpretation with a scandalous double standard: if the lover murders the woman and then commits suicide, it is because of the woman (Carmen de Bizet), who is the sorceress, the witch, the manipulator, the lianta, the femme fatale and the whore… but if the lover loses the papers out of spite for the indifference of the man, then he is not a sorcerer manipulator, but again the blame falls on her, who is the crazy, the hysterical, the unstable (Fatal Attraction by Glenn Close).
The women who get out of the assigned role are the bad ones, the crazy ones or the whores and they are disqualified and lectured on the tragic end they will face (Madame Bobary or Karenina). Always guilty of everything (Lewinsky, Yoko Ono). Feared and hated if they have power that they reach only if they give up their personal life (the Devil wears Prada).
In addition to making a critical and lucid review and providing us with a very interesting tour of current references, Hesse offers us a different narrative, in search of another type of female reference with which we can identify. No waiver, disqualification and blame. Occupying new spaces in its own right.
Wonderful illustrations as always. The text doesn’t add much. Especially if you have already read about it before.

Aurora, Snow White, Cinderella. They were all young, beautiful, passive and docile; and the princes, energetic, adventurous, powerful and, yes, perhaps a little maniacal, for taking them as their own without even asking them. Who could think of questioning those romances? What decent girl would have wondered about the intentions of the authors of those stories? Because the truth is that none of us thought then that the Brothers Grimm were men who told how wonderful it was to be a man and how boring it was to be a woman.
Our goal was the love of the prince, and if for that we had to be good, then we would be good, which does not mean protagonists. Because in fairy tales, we realized over time, the real protagonists are other women: some who don’t think about romance or sit around, let alone sleep waiting for a man to save them. They are so in control of their lives that it was important for us to understand that this was not right, so they turned them into evil and looked for any reason that would make them our enemies. Once again the message sinks in: our nature is perverse and must be contained, if possible by a man, when we cross the threshold of adolescence, when we stop being innocent girls to become women.

The evil and cruel mothers constituted a challenge to the family values of the 19th century, while the stepmothers, figures who came to the family from who knows where, could embody evil without dragging the patriarchal structures with them. If the mothers were not saints, God help us, everything they touched could end up corrupted: read, the children. Difficult to accept something like that. So the Grimms actually believed they were saving motherhood. Yes, the perfidious nature of stepmothers is also a story.
In any case, the Grimm brothers were not the first to build our imaginary. Before them others did it, like the Greeks, with their myths, their tragedies and their philosophy, defining and laying the foundations of what was right and wrong for women. And it is that, for better or for worse, the Greco-Roman civilization is the cradle of Western culture, with all that that entails.
After Pandora, other women were created and perpetuated the idea that falling in love, both in heaven and on earth, leads to perdition. Well, for men, because for women it will always be the engine of our lives.
The beautiful Aphrodite is able to seduce and deceive gods and men, goddesses and women, and she takes pleasure in it. Her powers are wicked and fragile once discovered, but they can remain hidden, deceiving, seducing, and betraying. Perhaps because she, like Pandora, is born of male revenge.
It’s a myth, of course, but that’s how the story of patriarchy begins. The woman will be submissive and obedient to the man, or the dangerous enemy of him.
In all the mythical stories, the repeated rapes of Zeus go unpunished. However, women will be punished for the mere fact of existing, of being. And if not, ask Medusa.
What seems unquestionable, according to these poets, is that if the woman is a monster, her rape is justified and she must bear the consequences. And by the way, with the myth of Medusa we are strengthening the idea that a woman’s worst enemy is another woman, who is the one who punishes and condemns her to death.

Nevenka’s case is no exception. When a woman is raped, she seems obliged to prove her innocence more than the accused themselves: did she moan? Weren’t they a couple? Why didn’t she say no?
#MeToo has taught the world that, in the face of violence and abuse by some men, women come together to denounce it. And that, of course, the length of the skirt or any other excuse does not justify any of these acts.
The image of Medusa as a monster embodied another symbol, this time on a political scale: that of the powerful, aggressive, ugly and unfeminine woman despite the fact that feminist struggles tried to claim her again and again as a figure of empowerment. There have been many occasions in which women in politics have been represented as the gorgon; Perhaps the most ridiculous example is that of the memes that showed Donald Trump with the severed head of Hillary Clinton full of snakes. With this they made the message clear: either you shut up or we’ll shut you up.
And this thing of keeping quiet also comes from the Greeks.
The Greco-Latin tradition is full of stories in which women are silenced. Ovid’s metamorphoses are a clear example of this. The best known is that of the nymph Echo. Chatty and funny, under the instructions of Zeus she was in charge of entertaining Hera while the god did his thing. When Hera found out about her husband’s infidelities, she punished poor Echo by taking away her most precious asset: her voice. Since then she could only repeat the last word she heard. The unfortunate nymph ends up falling in love with the self-centered and conceited Narcissus, and her love leads to her death.

After Lilith left her home in paradise, God forgot about the clay, took a rib from Adam and created Eve. Despite being all-powerful, he had understood that an independent woman was a danger, and he made sure that Adam’s new wife was docile and submissive.
In conclusion: not only have we brought all the evils to this world, but also our sufferings are a punishment that we have deserved until the end of days for being disobedient. Hence the need for them to control us.
Lilith is rebellious, insubordinate, she does not accept her husband’s orders, she is even vindictive. The first woman is everything that women should not be. Eva, submissive for having come out of Adam’s rib, is not bad by nature, but she is somewhat foolish, and when she falls into the nets of her serpent, she drags all of humanity with her.
Lilith was wicked. Eve was weak. That is our lineage.
In the Christian religion, knowledge became sin. In Greco-Roman mythology, Pandora’s curiosity turned into something dangerous. If so, as Leticia Dolera says in Bite the apple
: Let’s be dangerous like Eva and Pandora!
But in the Old Testament we are not only the cause of all evil: we also appear as currency.
And it is that as the Catholic Church became more hierarchical and powerful, it was giving another twist to female charges under the influence of its great theologians and thinkers, such as the aforementioned Saint Augustine (4th-5th centuries) and Saint Thomas (13th century). Through them, some ideas of antiquity that today we would describe as misogynist survived during the Middle Ages and reached our days.
It was Saint Thomas who introduced Aristotelian thought within the Catholic Church and, with him, these ideas about women that the Greek philosopher had formulated in a very different cultural context. In his Summa Theologica he left reflections like this: “Considered in relation to the particular nature, woman is something imperfect and occasional. Because the active potency that resides in the male’s semen tends to produce something similar to itself in the male gender. That a woman is born is due to the weakness of the active power, or to the poor disposition of matter, or also to some change produced by an extrinsic agent, for example, the southern winds, which are humid.
By Christianizing and denaturalizing Saint Thomas the thought of Aristotle, for us nothing would ever be the same.
Not in vain the fathers of the Church considered us «the second sex».
Eve was not only created after Adam, but she was also disobedient and consequently she cannot represent the image of God. Of course, if women are daughters of Eve, we are also bearers of sin and, like her, the root of evil. How then are they going to allow our religious ordination or the administration of the sacraments? Our mortgage started the day Eva took the apple and condemned us for the ages of ages.

Owners of a dark and unnatural power, witches and sorceresses aroused fear since Ancient Greece, and much more if they were beautiful. The worst of all was Circe.
Daughter of Helios and the oceanid Persis, the sorceress Circe lived quietly on the island of Eea accompanied by lions and wolves, collecting plants and researching their powers. Homer describes her as «the goddess with beautiful hair», but also as a cunning being. When ancient poets admired a beautiful woman, they did not think for a second about her personality. Feminine beauty is exclusively physical, make no mistake about it: the women that men like are those with snowy arms, soft cheeks, abundant hair… All qualities that are hardly found in older women advanced. In other words, age is an obstacle to being beautiful: the women who are attractive, for whom men fight and whom they want to conquer, are young.
Because women are weak beings and not at all intelligent, but they are talented at making men fall into traps that can lead them to perdition. Of Circe it is said that she used magic potions with her enemies to make them forget her home, and that she with a wand of hers transformed those who offended her into animals.

Beyond the Greeks, the Church not only rewrote her history, but also put her hand in those stories in which the sinful woman has too much power. An example is the story of Morgana, the famous sorceress of Arthurian legend. Daughter of the future queen Igraine and the Duke of Cornwall, she sees how Uther Pendragon kills his father and marries his mother, with whom she will have her son Arthur. From there, she Morgana struggles with a man’s ambition for what she believes is her birthright: her right to her throne.
The Middle Ages preserved in its own way the idea of hysterical feminine nature spread by the Greeks (we’ll talk about hysteria later…). In fact, he mixed it well with the Christian mentality of the time and associated it with the symptoms of demonic possession, expressed in disinterest in marriage, excessive sexual appetite and unconventional behavior, an idea that was displayed in all its splendor in the 17th century witch hunts.
Hysteria is the devil that has taken over the body of women. It is not a disease to be treated, but an evil to be eradicated. Actually, a bit like those seven demons of Mary Magdalene.

The revolutionary France of 1789 was not more generous: it spoke of man and citizen, but did not dedicate a word to women. Their function was not in the public space, but in the shadow of the male closest to them.
This new modern life, which offered married women nothing more than material pleasures and carnal frustrations, became a recurring theme of a new literary genre: the great realist novel, starring dissatisfied and morally dubious heroines who became, at the same time, time, popular figures and object of scandal and censorship. Emma Bovary (Flaubert, 1857), Anna Karénina (Tolstóy, 1877), Nora (Dollhouse, Ibsen, 1879), Nana (Zola, 1880) and Ana Ozores (La Regenta, Clarín, 1884) are women who behave like only one man could do it.
It is not surprising that Madame Bovary, the great novel of the nineteenth century,
was censored at the time, although it was not for presenting us with the story of a free woman —some would say rather capricious and hysterical—, but for questioning the raison d’être of the bourgeois society of the time.
Women who deny motherhood and husbands, and who are interested in sex and handle their suitors at will. They were the counterpart par excellence of bourgeois wives. Wild women versus virginal mothers. Bad women, but also (or precisely for that reason) irresistible and indomitable, as in a modern version of the Christian counterpoint between Lilith and Mary.
However, they are an aberration, the exception that proves the rule. Because that is what we women have come into the world for, to be good mothers, and any deviation from that path well deserves to receive the name that corresponds to it: a woman against nature.

For the nervous women of the 19th century, the turn of the century gave them a little respite, and hysteria became a kind of consecration of feminism. The British suffrage movement had been trying unsuccessfully for more than fifty years to get the vote for women, and that lack of results set in motion the activism of the suffragettes and the creation of the Social and Political Union of Women in 1903. With the motto «Deeds, not words!», he shattered the moderate tradition of feminism and went on to demand equality in education, work and voting with mobilizations and street protests.
The new aspirations of women were far from being a strictly Western phenomenon: in 1917, Japanese suffragist Komako Kimura traveled to New York to raise funds to advance the fight for women’s suffrage in Japan. Her kimono-clad walk down Fifth Avenue to claim her right to vote, too, horrified detractors around the world.
The most obvious defense of those sectors was to accuse feminists of being crazy.

Witches, murderesses, bad mothers, suffragettes, feminists… When the 20th century arrived there was no bad name left to create, but when it comes to women, lovers of the status quo have always been creative. And then Sigmund Freud arrived to explain to us that we felt “penis envy” and that, for this reason, since we were little we wanted to be men. Neither his independence nor his freedom: we wanted his anatomy.
Interestingly, it was a contest that finally ended the model of the nineteenth-century woman and opened the doors once and for all for women to enter the twentieth century.
without asking permission: the Great War. The new needs of the war industry mobilized an unprecedented amount of female labor in Europe to fill positions in the ammunition and weapons factories —something that would be repeated during the Second World War—. These working women not only began to earn money: they were also freed from many of the restrictions that had weighed on them in times of peace.
Like a modern Pandora, once the war was over it was impossible to return all the evils it had unleashed to the box, and to their traditional place the women who had tasted a morsel of elusive male freedom.
With the advent of the cinema, the screens were filled with flappers, gold diggers, Broadway showgirls and shop and store clerks seeking to improve their situation using their sexuality, whether it was finding a rich lover or a millionaire husband.
The moral change of the time was reflected in the fact that there was no need to redeem or condemn those women who did what they could to get out of poverty. They’d probably ruin a few men along the way, but it was just a way of defending themselves. They hurt, sure, but they had reasons for it. It was very simple: it wasn’t that they were bad, but that they also wanted to live the American dream.

The femmes fatales of film noir are exceptional women, in the sense that they are an exception to the rule, and not just physically, but also socially, emotionally and intellectually. They don’t just cheat, kill or steal: they use all those weapons at their disposal to achieve a purpose. They are complex and elegant, intelligent and cynical. They fascinate and terrify. And they do not necessarily lead man to literal perdition: it is enough that they lead him to a terrain where he feels insecure and vulnerable. Femme fatales are equal to men. They have the same temptations, they are equally compromised and they are equally guilty. In other words, just as free, but much more dangerous, because men don’t know how to take care of them. One way or another, they end up driving them crazy.
If David Bowie drugs himself into hallucinations he is eccentric, an artist; if Amy Winehouse does it, he’s a junkie. Kurt Cobain committed suicide because he was very sensitive; Marilyn Monroe, because she was upset.
In keeping with the era of sexual liberation, free love and the contraceptive pill, the character played by Jane Fonda was rebellious and non-conformist and had as her vital goal the pursuit of pleasure that must have caused her respectable parents so much trouble, but it was a character created by men and addressed to them.
Almost a decade later, Leia, the indomitable princess of Star Wars (1977), appeared on the scene, but despite the commotion, the female representation was still in the hands of men.
With Ellen Ripley and Sarah Connor, science fiction kicked those stereotypes with much more real female characters: active, conscientious, physically and mentally strong women, not necessarily seductive and, above all, imperfect.

Consciously or not, we all look for references in fiction, we get hooked on its plots, we learn and grow with them, until suddenly, in the case of women, the void arrives. At what age do we cease to exist? Many actresses struggle not to evaporate and succumb to surgery. At twenty they played roles of thirty, and at forty they continue to cling to them because there is nowhere else to look. The audience even admires how their faces have improved… until the transformation becomes monstrous, and then they point out how they have lost their minds and couldn’t stop.
We have been changing the face of those stories of passive princesses and cruel stepmothers, of bad mothers and fatal women, of crazy people locked in the attic and of perfect secondary schools.
We claim to find diverse references, and we demand that we be heard and that we be allowed to create our stories, our lives, participate in equal conditions in the world in which we live. And if those stories break, if they make us uncomfortable, then let them make us uncomfortable, because we are not going to lock ourselves in any tower: it is time to listen, speak and occupy the spaces that have been denied us.
There are still plenty left, and we’re not giving them away. Now we know that we shouldn’t be afraid to get out of those capricious lines that others marked, and that those who opened those cracks looking for other horizons were not crazy, nor were they perverse, nor were they bad examples for others. If anything, they were brave, strong, daring, determined women. Breakers. And if they call them bad women, let them call them; the walls have fallen and we will no longer be there to hear it.

Welcome to the witches’ sabbath.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/08/26/bowie-una-biografia-maria-hesse-fran-ruiz-bowie-a-biography-by-maria-hesse-fran-ruiz-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/10/22/marilyn-una-biografia-maria-hesse-marilyn-a-biography-by-maria-hesse-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/10/25/frida-kahlo-una-biografia-maria-hesse-frida-kahlo-an-biography-by-maria-hesse-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2022/08/04/malas-mujeres-maria-hesse-bad-women-by-maria-hesse-spanish-book-edition/

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