El Libro De Los Filósofos Muertos — Simon Critchley /The Book of Dead Philosophers by Simon Critchley

Este libro parte de una simple suposición: lo que en la actualidad define la vida humana en nuestro rincón del planeta no es sólo un miedo a la muerte, sino un terror desbordante a la desaparición. Es un pánico ante la inevitabilidad de nuestra defunción, con sus perspectivas futuras de dolor y posiblemente de sufrimiento sin sentido, como ante lo que hay en la tumba, más allá de nuestro cuerpo encerrado en una caja claveteada y entregado a la tierra para que se convierta en pasto de los gusanos.
Por un lado se nos anima a negar el hecho de la muerte y a lanzarnos de cabeza a los placeres aguados del olvido, de la intoxicación, y a la estúpida acumulación de dinero y de posesiones. Por otra parte, el terror a la muerte nos empuja ciegamente a creer en las formas mágicas de la salvación y en las promesas de inmortalidad que ofrecen ciertas variedades de la religión tradicional y muchas patrañas New Age…

Al igual que cualquier descripción general popular de la historia del pensamiento filosófico sobre un tema determinado, Critchley corta algunos atajos, derrumba distinciones importantes (especialmente en lo que respecta al cristianismo) y, en general, tiene que dejar de lado una gran cantidad de cosas interesantes solo para completar la historia. eligió contar. Dicho esto, esta es una meditación realmente divertida sobre la muerte a través de los pensamientos y las muertes de una amplia franja de filósofos (en su mayoría, pero no del todo occidentales) desde Tales y Platón hasta Foucalt y Derrida.
El libro está construido como una serie de breves artículos que detallan algunos de los pensamientos, experiencias y especialmente la desaparición real de los filósofos. Se puede leer directamente o de forma serpenteante, pero se filtra una filosofía general de cómo Critchley cree que debemos ver la muerte. Prefiere la mezcla de epicureísmo y estoicismo de Montaigne, que se olvida de cualquier pretensión de una vida después de la muerte y se enfoca más bien en vivir felizmente en el presente, anticipando la «muerte del filósofo», con suerte pacífica. Es un poco homilético en este punto.
Sin embargo, quizás lo más importante es que Critchley no está simplemente ofreciendo una forma de comprender mejor la muerte a través de las enseñanzas y las vidas de varios filósofos, sino una mejor forma de comprender la historia de la filosofía en general: una postura diferente hacia los muertos del pasado y, por lo tanto, una forma de repensar nuestro lugar en el presente. Intenta en su forma limitada difundir el reconocimiento de su visión de que los filósofos de todo el mundo contribuyen al ejercicio de pensar sobre lo que significa pensar y ser, que la filosofía es una actividad universal con todo el desorden de la humanidad, la pluralidad. El lazo común más obvio se encuentra en el hecho de que todos morimos, y por lo tanto presenta un gran punto de discusión. En general, creo que el concepto del libro en sí es mucho mejor que la ejecución real de Critchley (juego de palabras).
Más adecuado para alguien con al menos un poco de experiencia en filosofía. Si tomó un curso en un colegio comunitario y apenas lo aprobó, entonces esto no lo ayudará si necesita volver a tomar la clase. Aunque tomé dicha clase de colegio comunitario (y obtuve una A, gracias), ha pasado un tiempo, y aunque tengo un buen interés en la filosofía, con la gran cantidad de filósofos y la mayor cantidad de libros, es difícil para saber por dónde empezar.
El libro de Critchley probablemente sea más adecuado para alguien que haya leído algunos de los textos de los principales filósofos en particular, pero si no lo ha hecho, no debería necesariamente desanimarlo. Hay algunos temas de discusión interesantes que se plantean en el libro, lo que permite algunos momentos de reflexión sobre cómo uno ve la propia vida y cuál de estos filósofos encarna mejor nuestros propios puntos de vista. Aunque hay mejores libros para una introducción a la filosofía, este me pareció agradable y se lo recomendaría a alguien que haya leído otros libros producidos a partir del pensamiento filosófico.

Por convención se considera que la filosofía empieza con el proceso y ejecución de Sócrates, que fue condenado a muerte por las acusaciones falseadas de Meleto, Anito y Licón. Se formularon dos acusaciones contra él: corromper a la juventud de Atenas y negarse a reverenciar a los dioses de la ciudad. Según la versión de Platón, existe además una tercera acusación, que consistía en que Sócrates había introducido sus propios dioses «nuevos». Sea cual fuere la veracidad de esta última acusación, Sócrates siempre afirmó seguir su propio daimon, lo que Cicerón denominaba «algo divino»: un dios o un espíritu personal, aquello que uno tiende a considerar su conciencia. Sin embargo, el daimon de Sócrates no era ninguna «voz interior», sino una señal u orden exterior que le hizo parar en seco.
Se dice que la muerte de Sócrates es como el juicio político de escarmiento y ejecución de un disidente inocente a manos de un Estado tiránico. Sin embargo, no debe olvidarse que Sócrates contaba con algunos personajes bastante reaccionarios entre sus seguidores.
Sócrates insiste en que, independientemente de cuál de esas posibilidades sea la verdadera, la muerte no es algo de lo que haya que tener miedo. Si es aniquilación, entonces es un largo descanso sin sueños, y, ¿hay algo más agradable que eso? Si es un tránsito hacia otro sitio, es decir, hacia el Hades, entonces también es algo deseable, puesto que allí encontraremos a viejos amigos y a los héroes griegos, y podremos conversar con Homero, Hesíodo y el resto de la inmortal compañía.
Se cuenta otra anécdota sobre Sócrates: cuando le dijo un hombre: «Los Treinta Tiranos te han condenado a muerte», él contestó: «Y la naturaleza a ellos». Sócrates se impone a sus acusadores y al jurado, afirmando que deberían afrontar la muerte con confianza.
Ser filósofo, pues, es aprender a morir; es empezar a cultivar la actitud adecuada frente a la muerte. Como escribió Marco Aurelio, «una de las funciones más nobles de la razón es saber si es hora de dejar este mundo o no». Ignorante e inseguro, el filósofo sigue adelante.

El libro de los filósofos muertos es, más bien, una serie de recordatorios de la muerte, o memento mori. Lejos de ser el toque de clarín que anuncia un nuevo dogma esotérico, es un libro con más o menos 190 interrogantes que podrían facilitarnos afrontar la realidad de nuestra propia muerte.
El concepto epicúreo de la muerte tuvo una enorme influencia en la antigüedad, como puede comprobarse en la obra de Lucrecio, y fue redescubierto por filósofos como Pierre Gassendi en el siglo XVII. Representa una sub-tradición definida y poderosa en el pensamiento occidental a la que se ha prestado insuficiente atención: cuando la muerte es, yo no soy; cuando yo soy, la muerte no es. Por tanto es inútil preocuparse por la muerte, y la única manera de alcanzar la tranquilidad del alma es eliminar el angustiado anhelo de una vida después de la muerte.
Por muy tentador que resulte, el problema obvio de esta postura es que no consigue aportar una cura para la faceta de la muerte más difícil de soportar: no nuestra propia muerte, sino la muerte de nuestros seres queridos. Las muertes de las personas a las que estamos ligadas por amor son las que nos matan, las que descosen nuestro traje.

La muerte es el último gran tabú. No podemos mirarla a la cara por miedo a ver el cráneo que hay bajo la piel. En relación a las actitudes ante la muerte, distintos estudios han demostrado que lo que la mayoría de la gente desea es morir rápido, sin dolor, y como se suele decir, «sin suponer una carga para nadie». Lo que enmascara esta última obviedad es que la gente no quiere ser una carga porque en definitiva no confían en que sus hijos o sus seres queridos cuiden de ellos. El miedo a la muerte es un miedo a la debilidad en un estado de enfermedad, a que nos metan en una residencia degradante, a ser ignorados por nuestros abochornados amigos, y por nuestros ocupadísimos y distantes familiares.
El hecho de nuestra finitud hace que se tambaleen muchos de los axiomas que rigen nuestra forma de vivir.
El cristianismo no trata de otra cosa que de prepararnos para morir. Es una formación rigurosa sobre la muerte, una especie de muerte en vida que concede muy poco valor a la longevidad. El cristianismo, en manos de un Pablo, de un Agustín o de un Lutero, es un medio de aceptar la brevedad de la vida humana y de renunciar al deseo de riqueza, de bienes mundanos y de poder temporal. Nada es más contrario a la mayoría de las personas que se consideran cristianas que el verdadero cristianismo. Eso se debe a que en realidad están llevando unas vidas calladamente desesperadas y ateas, limitadas por un deseo de longevidad y por un terror a la muerte.
Ahí es donde el ideal de la muerte filosófica tiene un gran poder persuasivo, socavando los lugares comunes de nuestra época que niegan la realidad de la muerte. Puede decirse que la mortalidad es aquello de acuerdo con lo cual nosotros damos forma a nuestro yo. Es en relación a la realidad de la muerte, tanto de mi muerte como la de los demás, como el yo deviene más auténticamente él mismo.
Filosofar es aprender el hábito de tener la muerte continuamente en la boca. De esta forma podremos empezar a afrontar el terror a la muerte, que nos esclaviza y nos lleva a la huida o a la evasión. Al hablar de la muerte, e incluso al reírnos de nuestra fragilidad y mortalidad, aceptamos la limitación como criaturas que somos, que es la condición necesaria para la libertad humana. Esta libertad no es un estado pasivo de ser, ni la simple ausencia de necesidad o limitación. Por el contrario, es una actividad continua que exige la aceptación de la necesidad y la ratificación de la limitación dinámica de nuestra mortalidad. No es fácil, lo sé. Filosofar es aprender a apreciar esa dificultad.

Tales (siglo VI a.C.)
Tales era de la ciudad portuaria de Mileto, poderosa en otros tiempos, próxima a la actual costa de Turquía, cuyo puerto se había secado tiempo atrás gracias a las incesantes atenciones del lodo.
Tales fue probablemente el creador de la expresión «conócete a ti mismo», y fue famosa su predicción del eclipse solar de mayo de 585 a.C. Creía que el agua era la sustancia universal, y una vez cayó en una zanja tras salir a mirar las estrellas con una joven tracia. Al oírle gritar, la joven exclamó: «¿Cómo puedes pretender saberlo todo de los cielos, Tales, cuando ni siquiera eres capaz de ver lo que hay justo debajo de tus pies?». Algunos creen —puede que con razón— que ésa es una acusación de la que la filosofía nunca se ha librado por completo en los dos milenios y medio posteriores.
Tales murió a una edad avanzada, de calor, sed y debilidad, mientras veía una competición atlética.

Anaximandro (610-546 o 545 a.C.)
Anaximandro afirmaba de una forma bastante críptica que lo Ilimitado, lo que no tiene límites (apeiron) es el material original de todo lo existente. Descubrió su propio límite a la edad de sesenta y cuatro años.

Anaxágoras (500-428 a.C.)
Discípulo de Anaxímenes, Anaxágoras sostenía que el aire era la sustancia universal e ilimitada a través de la cual se hace posible nuestra existencia.
Sugería que el nous (la mente o el intelecto) era el principio motor del universo, y recomendaba a sus conciudadanos de Mileto que estudiaran la luna, el sol y las estrellas. Cuando alguien le preguntó: «¿No te preocupa tu tierra natal?», Anaxágoras respondió: «Me preocupa mucho mi tierra natal», y señaló a las estrellas.
Anaxágoras fue desterrado de Mileto tras un proceso en el que fue acusado de afirmar que el sol es una masa de metal al rojo vivo. Murió en el exilio y, según Plutarco, pidió que los niños tuvieran día festivo en el aniversario de su muerte.

Espeusipo (fecha de nacimiento desconocida, fallecido en 339 o 338 a.C.)
Era sobrino de Platón y fue su sucesor al frente de la Academia (que originalmente era un olivar a las afueras de la antigua ciudad de Atentas, donde Platón ofrecía educación en filosofía a quien le interesara). Espeusipo se suicidó debido a una enfermedad paralizante y dolorosa.

Xenócrates (fecha de nacimiento desconocida, fallecido en 314 a.C.)
Discípulo de Platón y sucesor de Espeusipo, murió a la edad de ochenta y cuatro años tras tropezar por la noche con un utensilio de bronce no identificado.

Arcesilao (316 o 315-241 a.C.)
Fundador de la que pasó a conocerse como «Academia Media», Arcesilao introdujo el escepticismo en la escuela, pero no escribió nada. Se negó a aceptar o a negar la posibilidad de la certidumbre, pero defendía la suspensión del juicio, o epoché, en todos los ámbitos. Murió por beber demasiado vino.

Zhuangzi o Chuang Tzu (369-286 a.C.)
A mi juicio Zhuangzi es, con mucho, el más interesante, el más profundo y el más ingenioso de los filósofos clásicos chinos. A diferencia del elevado moralismo de Mencio, de las sentencias y aforismos de Laozi y de la corrección moral de Confucio, el universo filosófico de Zhuangzi es lingüísticamente deslumbrante y filosóficamente inquietante.
El núcleo de la versión del taoísmo dada por Zhuangzi es la creencia de que debe permitirse que todo se conduzca según su naturaleza. El comportamiento adecuado consiste en dejar que las cosas sean, sin obligarlas a ser otra cosa mediante un esfuerzo de la voluntad ni a través de especulaciones vacuas. Es una forma de enfocar la idea de la «no acción», o «wu wei», que no significa no hacer nada, sino hacer sólo lo que concuerda con la naturaleza de una cosa.

Han Fei Tzu (280-233 a.C.)
Han Fei Tzu fue el autor de El camino del gobernante. Tuvo un triste final en manos de un gobernante imprevisible. En una época donde la elocuencia era el arma política más poderosa, Han Fei Tzu tartamudeaba mucho. No obstante, escribía muy bien, pero eso fue la causa de su perdición. Sus escritos cayeron en manos del rey de Qin, que acabaría ascendiendo al trono como el primer emperador de China, Qin Shi Huang. El rey manifestó a su primer ministro, Li Si, su profunda admiración por los escritos de Han Fei Tzu. Ahora bien, Li Si era un antiguo compañero de estudios de Han Fei Tzu y tenía una terrible envidia de su brillantez literaria. Algún tiempo después, el rey de Qin sitió al gobernante de Han, el rey An, que siempre se había negado a seguir el Camino de Han Fei Tzu. Con la esperanza de salvar su Estado de la destrucción, el rey An envió a Han Fei Tzu al rey de Qin, que al principio pareció encantado. Sin embargo, el envidioso Li Si convenció al rey de que Han Fei Tzu siempre tendría su corazón a favor de los enemigos Han y nunca de los Qin. Han Fei Tzu fue encarcelado y antes de que el rey tuviera oportunidad de arrepentirse de esa decisión (cosa que al parecer ocurrió), Li Si envió veneno a la cárcel. Han Fei Tzu bebió de él y murió. Li Si se convirtió en primer ministro del primer emperador de China. Ésta es otra de las razones por las que los filósofos deben mantenerse al margen de la política.

Hipatia (370-415)
Hipatia era íntima amiga de Orestes, el prefecto pagano de Alejandría, y se rumoreaba que ella era el motivo de la oposición de Orestes hacia Cirilo, que fue elegido patriarca de Alejandría en el año 412. Después de que quemaran la famosa biblioteca de Alejandría y destruyeran las sinagogas judías, lo que condujo a la expulsión forzosa de los judíos de Alejandría en 414, las muchedumbres cristianas dirigieron su atención hacia la filósofa más célebre de la ciudad. Mientras se dirigía hacia el aula de conferencias, Hipatia fue sacada a la fuerza de su carruaje por una banda de cristianos y arrastrada hasta la iglesia de Caesareum. Tras ser desnudada, Hipatia fue asesinada con trozos de tiestos rotos. Después de desollarla usando conchas de ostra, su cuerpo fue troceado y quemado en un lugar llamado Cinaron. Tenía cuarenta y cinco años. Una frase atribuida a Hipatia dice: «Enseñar la superstición como si fuera verdad es la cosa más horrible».
Con el martirio, esta vez a la inversa, de Hipatia a manos de los cristianos, pasamos del paganismo al cristianismo. ¿Qué relación hay entre la filosofía clásica de la antigüedad y el cristianismo? Es una cuestión muy amplia, pero en las Stromata (Miscelánea) de principios del siglo III, Clemente de Alejandría afirma que la filosofía fue al mundo griego lo que la ley de Moisés a los judíos: «Un tutor que les escoltaba en su camino hacia Cristo». Desde este punto de vista, la filosofía no es errónea en sí, es simplemente una preparación para la verdadera filosofía, es decir, para el cristianismo.

Beda el Venerable (672 o 673-725)
Beda es el único inglés que consiguió entrar en el Paraíso de Dante. Puede que a algunos eso les parezca demasiado generoso. No obstante, la noticia de que Beda llegó al paraíso es especialmente grata, ya que aparentemente él expresó cierta ansiedad para con la muerte durante su agonía. En la carta hagiográfica de san Cuthbert sobre la muerte de Beda, se percibe un tono sorprendentemente distinto del que vimos en Antonio y Agustín. En su agonía, a Beda le gustaba citar las palabras de Pablo: «Es una cosa pavorosa caer en las manos del Dios viviente». En un momento insólita e intensamente humano durante la muerte de un hombre santo, se muestra a Beda desmoronándose y llorando por la temida separación de alma y cuerpo, y la inminencia del juicio de Dios.

Averroes o Ibn Rushd (1126-1198)
Tanto Averroes como Avicena consiguieron hacerse un sitio en el Limbo de Dante, junto a los filósofos paganos, aunque posiblemente Avicena, como hemos visto, merecía algo peor.
Nacido en Córdoba, en Al-Ándalus, Averroes pasó a conocerse en el Occidente cristiano como «El Comentador», por sus minuciosas explicaciones de Aristóteles. La influencia de Averroes en el desarrollo de la filosofía medieval cristiana, primero en Alberto Magno y después en Tomás de Aquino y otros, es inconmensurable. Esa influencia fue también enormemente controvertida, y condujo al desarrollo del averroísmo entre los filósofos cristianos.
En líneas generales, los averroístas defendían la autonomía de la filosofía y su separación de las cuestiones de teología y de fe religiosa. El más radical de los averroístas fue Sigerio de Brabante, quien tuvo un final difícil, como veremos más adelante. En 1277, el papa Juan XXI le pidió al obispo de París que examinara las posibles herejías que se estaban propagando en la Universidad de París. Existía el temor de que se estuviera utilizando a filósofos como Averroes para producir interpretaciones puramente filosóficas, y por tanto no teológicas, de Aristóteles, además de para muchas otras cosas. Tras una significativa investigación, una comisión de dieciséis teólogos proclamó una condena que fue muy influyente, en contra de cualquier concepto de la filosofía que afirmara ser independiente de la teología cristiana.

Shahab al-din Suhrawardi (1155-1191)
Fue un sufí iraní que desarrolló una filosofía mística muy influyente, y el fundador de lo que pasó a conocerse como la escuela de la iluminación. Fue ejecutado en Alepo, en Siria, por orden del hijo de Saladino, por cultivar creencias místicas heréticas. A veces aparece citado simplemente como Maqtul, «El Asesinado».

Guillermo de Ockham (1285-1347/1349)
El filósofo más influyente del siglo XIV era oriundo de Ockham, un pequeño pueblo de Surrey. Amante del debate, cáustico y polémico, con una predilección por la prueba empírica y el análisis lógico como forma de abrirse paso a través de la sinrazón, a Guillermo de Ockham a menudo se le considera un precursor de filósofos modernos como los positivistas lógicos.
Aunque Ockham nunca utiliza ese término, su nombre está asociado a la «navaja de Ockham». Eso debe entenderse como un principio de parsimonia, donde nada debe considerarse necesario a menos que venga dado por la experiencia, que sea establecido por razonamiento o que lo exija la fe. Ockham escribió acertadamente: «Es inútil hacer con más lo que se puede hacer con menos».
Sus polémicas contra lo que él consideraba los errores de los filósofos anteriores a él, como Tomás de Aquino y Escoto, le trajeron problemas y fue acusado de herejía por John Lutterell, antiguo canciller de Oxford. Ockham viajó en 1324 a Aviñón, a la sazón sede del papado, donde estuvo detenido durante cuatro años, aunque no se llegó a ninguna conclusión sobre si era o no un hereje.
Temiéndose lo peor, Ockham huyó de Aviñón con algunos compañeros franciscanos y acabó encontrando protección en Munich gracias al sacro emperador romano Luis de Baviera. Acusado de apostasía y excomulgado, Ockham pasó el resto de su vida en Munich escribiendo panfletos polémicos contra las aspiraciones papales al poder político.

Giordano Bruno (1548-1600)
Si Copérnico inició una revolución en astronomía, y en toda nuestra forma de pensar sobre el universo, fue Bruno quien hizo cundir ese fuego por toda Europa, y acabó siendo engullido por el incendio. Sus teorías de un universo infinito y de una multiplicidad de mundos, combinadas con su fascinación por la tradición hermética de la magia y las artes de la memoria, dieron lugar a numerosas acusaciones de herejía contra él.
Tras su excomunión en Italia y una acusación de asesinato, Bruno se estableció durante un tiempo en París, en Londres, en Oxford y en diversas ciudades universitarias de Alemania. Durante una prolongada y muy influyente estancia en Inglaterra, donde hizo amistad con sir Philip Sydney, y donde puede que incluso llegara a conocer a Shakespeare, tuvo una famosa disputa con los doctores de Oxford.
En 1591 tomó la fatídica decisión de regresar a Italia, donde fue sumariamente juzgado por herejía en Venecia y durante siete largos años en Roma. Tras ser condenado a muerte por negarse a retractarse de sus ideas, lo que dijo a los jueces ha pasado a la historia: «Puede que vuestro temor al emitir vuestro juicio sobre mí sea mayor que mi temor a recibirlo». Fue amordazado y quemado vivo en la hoguera en el Campo de’ Fiori.
Bruno era el mago de una tradición hermética de las artes de la memoria.

Tommaso Campanella (1568-1639)
Tras ser denunciado ante la Inquisición por sus ideas heterodoxas y confinado a un convento, Campanella pasó veintisiete años en la cárcel por incitar a la rebelión en Calabria, en Italia meridional, contra el dominio español. Durante su cautiverio escribió su obra más famosa, La ciudad del sol, una utopía de tipo comunista en forma de diálogo, fuertemente influida por la República de Platón.
Tras cinco años de libertad, Campanella volvió a sufrir la amenaza de la cárcel una vez más y huyó a Francia, donde vivió y murió bajo la protección del cardenal Richelieu.

Giambattista Vico (1669-1744)
En la primera frase de El despertar de Finnegan, James Joyce habla de un «espacioso vicus de recirculación». Se trata de una alusión a la teoría cíclica de la historia de Vico, que proporcionó un patrón para la obra maestra y maravillosamente impredecible de Joyce.
Vico creía que la historia pasa por cuatro estadios: salvaje, divina, heroica y humana, en la que supuestamente ahora nos encontramos. A menos que el ciclo de la historia sea interrumpido por la divina providencia, hay un peligro constante de un retorno catastrófico a la era salvaje. Vico, el primer filósofo de la historia auténtico y exponente de lo que hoy llamaríamos antropología cultural, ejerció una influencia póstuma considerable sobre Herder, Hegel, Comte y Marx, lo que compensa con mucho la oscuridad de su vida.
Vico nació en Nápoles sumergido en una vida de pobreza extrema; fue en gran medida autodidacto, y su carrera de filosofía se vio marcada por las desilusiones. Obtuvo un puesto poco relevante en Retórica en la Universidad de Nápoles. Fue descartado para la prestigiosa cátedra de Derecho, vio morir a la mayoría de sus hijos, se vio obligado a vender lo poco que tenía para poder publicar su obra más importante, la Nueva Ciencia, y pasó sus últimos días en un estado de melancolía, estupefacción y silencio.
Después de su muerte la universidad se negó a hacerse cargo de los costes de su entierro.

Johann Gottlieb Fichte (1762-1814)
El gran filósofo del Yo pasó a ser No-Yo a los cincuenta y dos años de edad. Fichte contrajo el tifus de su mujer, quien cuidaba de los soldados heridos durante las guerras de liberación que estallaron entre 1813 y 1815, cuando Prusia intentaba desembarazarse de las fuerzas francesas de ocupación.
Fue una muerte adecuadamente patriótica para el filósofo cuya última obra importante, Discursos a la nación alemana (un libro que ha conocido cincuenta ediciones sólo en alemán), exhortaba al pueblo alemán a expulsar a los invasores napoleónicos, y a restablecer la unidad nacional y la finalidad moral.

Friedrich Hölderlin (1770-1843)
En 1806, mientras Hegel escribía su monumental Fenomenología del espíritu, Hölderlin, su íntimo amigo y ex compañero de estudios, fue ingresado a la fuerza en una clínica para enfermos mentales en Tubinga, en Alemania meridional. Fue confiado a los cuidados del renombrado doctor Autenrieth, inventor de una máscara facial que aplicaba a sus pacientes para que dejaran de gritar. Los artículos especializados en psiquiatría suelen coincidir en que Hölderlin padecía esquizofrenia catatónica. Diagnosticado como enfermo incurable y con un plazo máximo previsto de vida de tres años, Hölderlin fue dado de alta de la clínica y puesto en manos de un humilde artesano, Ernst Zimmer, junto al que permaneció durante los treinta y un años que le quedaban de vida a Zimmer. Hölderlin murió de pleuresía algunos años después, a la edad de setenta y tres años.

Benedetto Croce (1866-1952)
Croce fue el filósofo italiano más importante de la primera mitad del siglo XX y un símbolo de la oposición al fascismo de Mussolini. Tras quedarse huérfano por el terremoto de Casamicciola en 1883, su vida pasó a ser su obra. Poco antes de morir, a los ochenta y seis años de edad, a Croce le preguntaron por su salud. Apropiadamente Croce respondió: «Me estoy muriendo en mi trabajo».

Giovanni Gentile (1875-1944)
Aunque Croce era amigo de Gentile y ambos editaron entre 1903 y 1922 la revista La Critica, de enorme influencia, surgió una discrepancia permanente entre ellos debido a la adhesión de Gentile al fascismo. Gentile, descrito por Mussolini y por él mismo como «el filósofo del fascismo», fue nombrado ministro de educación y ocupó numerosos cargos políticos de peso en las décadas de los años veinte y treinta. El 15 de abril de 1944, tras la liberación de Italia, Gentile fue asesinado por unos partisanos a las afueras de Florencia, probablemente por orden del Partido Comunista Italiano.

Walter Benjamin (1892-1940)
Tras la llegada al poder de los nazis en 1933, Benjamin abandonó Berlín y se fue a París, donde trabajó en su monumental e inacabado Libro de los pasajes. Se trata de un estudio de la opulencia de la vida burguesa del siglo XIX vista a través del prisma de las galerías de París, con sus tiendas y sus techos de cristal.
Cuando Francia cayó en manos de Alemania en 1940, Benjamin se dirigió al sur con la esperanza de huir a Estados Unidos, vía España. Tras cruzar la frontera por una zona agreste de los Pirineos con un grupo de refugiados, Benjamin llegó a Port Bou, en la frontera franco-española. A partir de ahí, el orden exacto de los acontecimientos no está claro, pero parece que Benjamin se suicidó con píldoras de morfina en el Hotel de Francia la noche entre el 27 y el 28 de septiembre. Algunos dicen que el jefe de policía le dijo a Benjamin que iba a ser entregado a la Gestapo. Al ser judío, amigo de Brecht y de Adorno y dado que criticaba públicamente el nazismo, estaba claro que Benjamin no iba a recibir un trato benévolo.
Benjamin insiste en que el ángel de la historia está vuelto hacia atrás. Tan sólo mirando al pasado, repasando la historia a contrapelo, es como se puede mantener vivo lo que Benjamin denomina «un poder mesiánico débil». Ese poder débil, esa esperanza contra la esperanza, es la posibilidad de que en todos y cada uno de los instantes del tiempo pueda llevarse a cabo una transformación revolucionaria. En Benjamin, el judaísmo mesiánico y un marxismo revolucionario se funden en una visión desesperadamente apocalíptica.

Willard van Orman Quine (1908-2000)
Quine fue un filósofo de una enorme influencia profesional y de un considerable ingenio lingüístico (v. sus divertidas Quiddities, de 1987). Filosóficamente Quine era un naturalista, lo que significa que creía que el papel de la ciencia es explicar lo que existe y cómo existe. Por tanto, Quine rechazaba cualquier concepto de metafísica y cualquier intento de fundamentar la actividad científica en nada más que en sí misma. Desde este punto de vista, el campo de la filosofía se reduce drásticamente: la filosofía, bien hecha, es simplemente ciencia.
Al parecer Quine, puede que acertadamente, no quiso dar una opinión sobre la muerte, pero lo que sí hizo fue mandar que quitaran el signo de interrogación de su máquina de escribir y que lo sustituyeran por un símbolo matemático.
Murió tras una breve enfermedad el día de Navidad de 2000. Durante un charla de homenaje que se celebró en Harvard en 2001, su hija, Norma, cita la siguiente anotación de su padre: «Famosas últimas palabras: Continuará».

Roland Barthes (1915-1980)
El autor del famoso ensayo La muerte del autor murió, al igual que Camus, a consecuencia de un accidente vial. Barthes bajó de la acera y fue atropellado por un camión de una tintorería en una calle cercana al Collège de France de París, donde era profesor. Acababa de almorzar con Jack Lang, el futuro ministro de cultura francés.
Hay un aspecto turbador en la muerte de Barthes. En los meses inmediatamente anteriores al accidente, Barthes gustaba de citar la frase de Michelet: «La viellesse, ce lent suicide» («La vejez, ese lento suicidio»). Barthes se había vuelto cada vez más morboso y estaba cada vez más deprimido desde la muerte de su madre, ocurrida el verano anterior al accidente. Durante toda su vida Barthes había estado excesivamente vinculado a su madre, y al parecer ella tenía constantemente el nombre «Roland» en los labios. Aunque Roland tuvo que ocultarle su homosexualidad, parece que cuando ella murió, algo murió dentro de él y no tuvo ganas de seguir viviendo. Después del accidente prácticamente dejó de comunicarse y, según Hervé Algalarrondo, Barthes simplemente se dejó morir.

Guy Debord (1931-1994)
El autor de La sociedad del espectáculo y fuerza motriz de la Internacional Situacionista se pegó un tiro en el corazón en su recóndita casa de campo francesa. Aunque algunos han objetado que su muerte fue la afirmación situacionista definitiva, donde la muerte de Debord se convierte en un bien de consumo en un mundo de intercambio capitalista que se utiliza para vender sus libros, parece que se suicidó para poner fin al sufrimiento provocado por una forma de polineuritis derivada de beber en exceso.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/11/21/en-que-pensamos-cuando-pensamos-en-futbol-simon-critchley-what-we-think-about-when-we-think-about-football-by-simon-critchley/

https://weedjee.wordpress.com/2022/08/01/el-libro-de-los-filosofos-muertos-simon-critchley-the-book-of-dead-philosophers-by-simon-critchley/

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This book starts from a simple assumption: what currently defines human life in our corner of the planet is not just a fear of death, but an overwhelming terror of disappearance. It is a panic at the inevitability of our demise, with its future prospects of pain and possibly meaningless suffering, as at what lies in the grave, beyond our body locked in a nailed box and given to the earth to be buried. become fodder for worms.
On the one hand, we are encouraged to deny the fact of death and to plunge headlong into the watery pleasures of oblivion, intoxication, and the stupid accumulation of money and possessions. On the other hand, the terror of death compels us blindly to believe in the magical forms of salvation and in the promises of immortality offered by certain varieties of traditional religion and many New Age hoaxes…

Like any popular overview of the history of philosophic thought on a given subject, Critchley’s cuts some corners, collapses important distinctions (especially in regards to Christianity), and in general has to leave out a good deal of interesting stuff just to get through the story he selected to tell. That said, this is a really fun meditation upon death through the thoughts and deaths of a wide swath of (mostly but not entirely Western) philosophers from Thales and Plato to Foucalt and Derrida.
The book is built as a series of brief little articles detailing some of the thought, experiences, and especially the actual demise, of philosophers. It can be read straight through or by meandering, but a general philosophy of how Critchley thinks we ought to view death creeps through. He favors Montaigne’s mix of Epicureanism and Stoicism which forgets of any pretension to an afterlife but focuses rather on living happily in the present, anticipating the «philosopher’s death,» hopefully a peaceful kind. It’s a bit homiletic on this point.
Perhaps more importantly, though, is that Critchley isn’t simply offering a way to better understand death through the teachings and lives of various philosphers, but a better way to understand the history of philosophy in general—a different posture toward the dead of the past and thus a way to rethink our place in the present. He tries in his limited way to spread recognition of his view that philosophers the world over contribute to the exercise of thinking about what it means to think and be, that philosophy is a universal activity with all of humanity’s messiness, plurality. The most obvious common tie is found in the fact that we all die, and thus it presents a great point of discussion. Overall, the book’s concept itself, I think, is much better than Critchley’s actual execution (pun intended).
Best-suited for someone with at least a bit of a background in philosophy. If you’ve taken a course at community college and barely passed, then this won’t help you if you need to retake the class. Although I’ve taken said community college class (and got an A, thank you), it’s been a while, and although I have a good interest in philosophy, with the numerous amount of philosophers and the more numerous amount of books, it’s hard to know where to start.
Critchley’s book is probably better suited for someone who has read a few of the texts from the particularly major philosophers, but if you haven’t, it shouldn’t necessarily discourage you. There are some interesting topics of discussion brought up in the book, allowing for some moments of mulling over how one looks at one’s own life, and which of these philosophers best embody our own views. Although there are better books out there for an introduction to philosophy, I found this one enjoyable and would recommend it to someone who has read other books produced out of philosophical thought.

By convention, philosophy is considered to begin with the trial and execution of Socrates, who was sentenced to death on the false charges of Meletus, Anito, and Lycon. Two accusations were made against him: corrupting the youth of Athens and refusing to bow to the gods of the city. According to Plato’s version, there is also a third accusation, which was that Socrates had introduced his own ‘new’ gods. Regardless of the truth of this last charge, Socrates always claimed to follow his own daimon, what Cicero called «something divine»: a god or a personal spirit, that which one tends to consider his consciousness. However, Socrates’s daimon was not some ‘inner voice’, but an external signal or command that made him stop in his tracks.
It is said that the death of Socrates is like the political trial of punishment and execution of an innocent dissident at the hands of a tyrannical state. However, it should not be forgotten that Socrates had some rather reactionary characters among his followers.
Socrates insists that, regardless of which of these possibilities is true, death is not something to be afraid of. If it’s annihilation, then it’s a long dreamless rest, and is there anything more pleasant than that? If it is a transit to another place, that is, to Hades, then it is also something to be desired, since there we will meet old friends and the Greek heroes, and we will be able to converse with Homer, Hesiod and the rest of the immortal company.
Another anecdote is told about Socrates: when a man said to him: «The Thirty Tyrants have condemned you to death», he replied: «And nature to them». Socrates prevails over his accusers and the jury, stating that they should face death with confidence.
To be a philosopher, then, is to learn to die; it is to begin to cultivate the proper attitude towards death. As Marcus Aurelius wrote, «one of the noblest functions of reason is to know whether it is time to leave this world or not.» Ignorant and insecure, the philosopher moves on.

The book of the dead philosophers is, rather, a series of reminders of death, or memento mori. Far from being the clarion call announcing a new esoteric dogma, it is a book with more or less 190 questions that could make it easier for us to face the reality of our own death.
The Epicurean concept of death had an enormous influence in antiquity, as can be seen in the work of Lucretius, and was rediscovered by philosophers such as Pierre Gassendi in the 17th century. It represents a definite and powerful sub-tradition in Western thought that has received insufficient attention: when death is, I am not; when I am, death is not. Therefore it is useless to worry about death, and the only way to achieve tranquility of the soul is to eliminate the anguished longing for a life after death.
As tempting as it is, the obvious problem with this approach is that it fails to provide a cure for the most difficult aspect of death to bear: not our own death, but the death of our loved ones. The deaths of the people to whom we are bound by love are the ones that kill us, the ones that rip our suit apart.

Death is the last great taboo. We cannot look her in the face for fear of seeing the skull beneath the skin. In relation to attitudes towards death, different studies have shown that what most people want is to die quickly, without pain, and as they say, «without being a burden to anyone». What this last truism masks is that people don’t want to be a burden because they ultimately don’t trust their children or loved ones to take care of them. The fear of death is a fear of weakness in a diseased state, of being put in a degrading residence, of being ignored by our embarrassed friends, and by our busy and distant relatives.
The fact of our finitude shakes many of the axioms that govern our way of living.
Christianity is not about anything other than preparing us to die. It is a rigorous training in death, a kind of living death that places very little value on longevity. Christianity, in the hands of a Paul, an Augustine or a Luther, is a means of accepting the brevity of human life and of giving up the desire for wealth, worldly goods and temporal power. Nothing is more contrary to the majority of people who consider themselves to be Christians than true Christianity. That’s because they are actually leading quietly desperate and atheistic lives, limited by a desire for longevity and a terror of death.
This is where the ideal of philosophical death has great persuasive power, undermining the commonplaces of our time that deny the reality of death. Mortality may be said to be that according to which we shape our selves. It is in relation to the reality of death, both my death and that of others, that the self becomes more authentically itself.
To philosophize is to learn the habit of having death continually in one’s mouth. In this way we can begin to face the terror of death, which enslaves us and leads us to flight or evasion. By speaking of death, and even by laughing at our frailty and mortality, we accept limitation as creatures that we are, which is the necessary condition for human freedom. This freedom is not a passive state of being, nor is it the simple absence of necessity or limitation. On the contrary, it is a continuous activity that demands the acceptance of the necessity and the ratification of the dynamic limitation of our mortality. It’s not easy, I know. To philosophize is to learn to appreciate that difficulty.

Thales (6th century BC)
Thales was from the once-mighty port city of Miletus, near the present-day coast of Turkey, whose port had long since dried up thanks to the incessant attentions of the mud.
Thales was probably the originator of the expression “know thyself”, and his prediction of the solar eclipse of May 585 BC was famous. He believed that water was the universal substance, and once fell into a ditch after going out stargazing with a young Thracian girl. Hearing him scream, the young Ella exclaimed, «How can you claim to know everything about the heavens, Thales, when you can’t even see what’s right under your feet?» Some believe—perhaps rightly so—that this is an accusation from which philosophy has never fully rid itself in the two and a half millennia since.
Thales died at an old age, from heat, thirst and weakness, while he was watching an athletic competition.

Anaximander (610-546 or 545 BC)
Anaximander stated rather cryptically that the Boundless, that which has no limits (apeiron) is the original material of all that exists. He discovered his own limit at the age of sixty-four.

Anaxagoras (500-428 BC)
A disciple of Anaximenes, Anaxagoras held that air was the universal and unlimited substance through which our existence is made possible.
He suggested that the nous (mind or intellect) was the moving principle of the universe, and he recommended that his fellow citizens of Miletus study the moon, the sun, and the stars. When someone asked him, «Aren’t you worried about your homeland?» Anaxagoras replied, «I am very concerned about my homeland,» and pointed to the stars.
Anaxagoras was banished from Miletus after a trial in which he was accused of claiming that the sun is a mass of red-hot metal. He died in exile and, according to Plutarch, asked that the children have a holiday on the anniversary of his death.

Speusippus (date of birth unknown, died 339 or 338 BC)
He was Plato’s nephew and succeeded him at the head of the Academy (originally an olive grove outside the ancient city of Atentas, where Plato offered education in philosophy to whomever he was interested). Speusippus committed suicide due to a crippling and painful illness.

Xenocrates (date of birth unknown, died 314 BC)
A disciple of Plato and successor to Speusippus, he died at the age of eighty-four after tripping over an unidentified bronze utensil at night.

Arcesilaus (316 or 315-241 BC)
Founder of what became known as the «Middle Academy», Arcesilao introduced skepticism into the school, but did not write anything. He refused to accept or deny the possibility of certainty, but defended the suspension of judgment, or epoché, in all areas. He died from drinking too much wine.

Zhuangzi or Chuang Tzu (369-286 BC)
In my opinion Zhuangzi is by far the most interesting, the deepest, and the most ingenious of the classical Chinese philosophers. Unlike the lofty moralism of Mencius, the dictums and aphorisms of Laozi, and the moral correctness of Confucius, Zhuangzi’s philosophical universe is linguistically dazzling and philosophically disturbing.
The core of Zhuangzi’s version of Taoism is the belief that everything should be allowed to run according to its nature. Proper behavior consists in letting things be, without forcing them to be something else by an effort of the will or through empty speculation. It is a way of approaching the idea of «non-action», or «wu wei», which does not mean doing nothing, but doing only what is in accordance with the nature of a thing.

Han Fei Tzu (280-233 BC)
Han Fei Tzu was the author of The Way of the Ruler. He met a sad end at the hands of an unpredictable ruler. In an age where eloquence was the most powerful political weapon, Han Fei Tzu stuttered a lot. However, he wrote very well, but that was the cause of his downfall. His writings fell into the hands of the Qin king, who would eventually ascend the throne as China’s first emperor, Qin Shi Huang. The king expressed to his prime minister, Li Si, his deep admiration for the writings of Han Fei Tzu. Now Li Si was an old fellow student of Han Fei Tzu and was terribly envious of Han Fei Tzu’s literary brilliance. Some time later, the King of Qin besieged the ruler of Han, King An, who had always refused to follow the Way of Han Fei Tzu. Hoping to save his state from destruction, King An sent Han Fei Tzu to the King of Qin, who seemed delighted at first. However, the envious Li Si convinced the king that Han Fei Tzu would always have his heart for the Han enemies and never for the Qin. Han Fei Tzu was imprisoned, and before the king had a chance to repent of his decision (which he apparently did), Li Si sent poison to the jail. Han Fei Tzu drank from it and died. Li Si became prime minister to the first emperor of China. This is another reason why philosophers should stay out of politics.

Hypatia (370-415)
Hypatia was a close friend of Orestes, the pagan prefect of Alexandria, and it was rumored that she was the reason for Orestes’s opposition to Cyril, who was elected Patriarch of Alexandria in 412. After the famous library of Alexandria was burned and Jewish synagogues were destroyed, leading to the forced expulsion of the Jews from Alexandria in 414, Christian mobs turned their attention to the city’s most celebrated philosopher. As she made her way to the lecture hall, Hypatia was forcibly removed from her carriage by a gang of Christians and dragged to the Caesareum church. After being stripped naked, she Hypatia was killed with pieces of broken potsherds. After skinning her using oyster shells, her body was cut up and burned in a place called Cinaron. She was forty-five years old. A phrase attributed to Hypatia says: «To teach superstition as if it were true is the most horrible thing.»
With the martyrdom, this time in reverse, of Hypatia at the hands of the Christians, we passed from paganism to Christianity. What is the relationship between the classical philosophy of antiquity and Christianity? It is a very broad question, but in the Stromata (Miscellanea) of the early third century, Clement of Alexandria asserts that philosophy was to the Greek world what the law of Moses was to the Jews: «A tutor who escorted them on their way to Christ». From this point of view, philosophy is not wrong in itself, it is simply a preparation for true philosophy, that is, for Christianity.

Bede the Venerable (672 or 673-725)
Bede is the only Englishman who managed to enter Dante’s Paradise. Some may find that too generous. However, the news that Bede reached paradise is especially welcome, since he apparently expressed some anxiety about death during his death throes. In St Cuthbert’s hagiographical letter on Bede’s death, there is a strikingly different tone to that we saw in Antony and Augustine. In his agony, Bede liked to quote Paul’s words: «It is a fearful thing to fall into the hands of the living God.» In an unusual and intensely human moment during the death of a holy man, Bede is shown breaking down and weeping over the dreaded separation of soul and body, and the imminence of God’s judgment.

Averroes or Ibn Rushd (1126-1198)
Both Averroes and Avicenna managed to carve out a place for themselves in Dante’s Limbo, along with the pagan philosophers, although Avicenna, as we have seen, possibly deserved worse.
Born in Córdoba, in Al-Andalus, Averroes became known in the Christian West as «The Commentator», for his detailed explanations of Aristotle. Averroes’ influence on the development of medieval Christian philosophy, first on Albert the Great and later on Thomas Aquinas and others, is immeasurable. That influence was also hugely controversial, and led to the development of Averroism among Christian philosophers.
Broadly speaking, the Averroists defended the autonomy of philosophy and its separation from questions of theology and religious faith. The most radical of the Averroists was Sigerius of Brabant, who came to a difficult end, as we shall see later. In 1277, Pope John XXI asked the Bishop of Paris to examine the possible heresies that were spreading in the University of Paris. There was a fear that philosophers like Averroes were being used to produce purely philosophical, and therefore non-theological, interpretations of Aristotle, as well as for many other things. After significant investigation, a commission of sixteen theologians issued a highly influential condemnation of any conception of philosophy that claimed to be independent of Christian theology.

Shahab al-din Suhrawardi (1155-1191)
He was an Iranian Sufi who developed a highly influential mystical philosophy, and the founder of what became known as the school of enlightenment. He was executed in Aleppo, in Syria, by order of Saladin’s son, for cultivating heretical mystical beliefs. He is sometimes referred to simply as Maqtul, «The Murdered One».

William of Ockham (1285-1347/1349)
The most influential philosopher of the 14th century hailed from Ockham, a small town in Surrey. Debate-loving, caustic, and contentious, with a predilection for empirical proof and logical analysis as a way to cut through unreason, William of Ockham is often seen as a forerunner of modern philosophers such as the logical positivists.
Although Ockham never uses that term, his name is associated with «Ockham’s razor». This should be understood as a principle of parsimony, where nothing should be considered necessary unless it is given by experience, established by reasoning or required by faith. Ockham rightly wrote: «It is useless to do with more what can be done with less.»
His polemics against what he considered to be the errors of philosophers before him, such as Thomas Aquinas and Scotus, got him into trouble and he was accused of heresy by John Lutterell, the former chancellor of Oxford. Ockham traveled in 1324 to Avignon, then the seat of the papacy, where he was detained for four years, although no conclusion was reached as to whether or not he was a heretic.
Fearing the worst, Ockham fled Avignon with some fellow Franciscans, eventually finding protection in Munich thanks to the Holy Roman Emperor Louis of Bavaria. Accused of apostasy and excommunicated, Ockham spent the rest of his life in Munich writing controversial pamphlets against papal claims to political power.

Giordano Bruno (1548-1600)
If Copernicus started a revolution in astronomy, and in our whole way of thinking about the universe, it was Bruno who spread that fire throughout Europe, and ended up being engulfed by the fire. His theories of an infinite universe and a multiplicity of worlds, combined with his fascination with the Hermetic tradition of magic and the arts of memory, led to numerous accusations of heresy against him.
Following his excommunication in Italy and a murder charge, Bruno settled for a time in Paris, London, Oxford, and various university towns in Germany. During a long and highly influential stay in England, where he befriended Sir Philip Sydney, and where he may even have met Shakespeare, he had a famous dispute with the Oxford doctors.
In 1591 he made the fateful decision to return to Italy, where he was summarily tried for heresy in Venice and for seven long years in Rome. After being sentenced to death for refusing to recant his ideas, what he said to the judges has gone down in history: «Maybe your fear in passing your judgment on me is greater than my fear in receiving it.» He was gagged and burned alive at the stake in Campo de’ Fiori.
Bruno was the magician of a hermetic tradition of the arts of memory.

Thomas Campanella (1568-1639)
After being denounced to the Inquisition for his heterodox ideas and confined to a convent, Campanella spent twenty-seven years in jail for inciting rebellion in Calabria, in southern Italy, against Spanish rule. During his captivity he wrote his most famous work, The City of the Sun, a communist-type utopia in dialogue form, heavily influenced by Plato’s Republic.
After five years of freedom, Campanella was threatened with prison once more and fled to France, where he lived and died under the protection of Cardinal Richelieu.

Giambattista Vico (1669-1744)
In the first sentence of Finnegan’s Awakening, James Joyce speaks of a «spacious vicus of recirculation.» This is an allusion to Vico’s cyclical theory of history, which provided a pattern for Joyce’s wonderfully unpredictable masterpiece.
Vico believed that history passes through four stages: wild, divine, heroic and human, in which we supposedly now find ourselves. Unless the cycle of history is interrupted by divine providence, there is a constant danger of a catastrophic return to the savage age. Vico, the first authentic philosopher of history and exponent of what we would today call cultural anthropology, exerted considerable posthumous influence on Herder, Hegel, Comte, and Marx, which more than makes up for the obscurity of his life.
Vico was born in Naples immersed in a life of extreme poverty; he was largely self-taught, and his philosophy career was marked by disappointments. He got a minor post in Rhetoric at the University of Naples. He was passed over for the prestigious law professorship, saw most of his children die, was forced to sell what little he had in order to publish his most important work, the New Science, and spent his last days in a state of melancholy, stupefaction and silence.
After his death the university refused to bear the cost of his burial.

Johann Gottlieb Fichte (1762-1814)
The great philosopher of the Self became Not-Self at fifty-two years of age. Fichte contracted typhus from his wife, who cared for wounded soldiers during the wars of liberation that broke out between 1813 and 1815, when Prussia was trying to get rid of the occupying French forces.
It was a suitably patriotic death for the philosopher whose last major work, Addresses to the German Nation (a book that has seen fifty editions in German alone), exhorted the German people to expel the Napoleonic invaders, and to restore national unity and purpose. moral.

Friedrich Holderlin (1770-1843)
In 1806, while Hegel was writing the monumental Phenomenology of Spirit, Hölderlin, his close friend and former fellow student, was forcibly admitted to a clinic for the mentally ill in Tübingen, southern Germany. He was entrusted to the care of the renowned doctor Autenrieth, inventor of a face mask that he applied to his patients to stop them from screaming. Specialized articles on psychiatry generally agree that Hölderlin suffered from catatonic schizophrenia. Diagnosed as incurably ill and with a maximum expected life span of three years, Hölderlin was discharged from the clinic and placed in the hands of a humble craftsman, Ernst Zimmer, with whom he remained for the remaining thirty-one years of his life. life to Zimmer. Hölderlin died of pleurisy some years later, at the age of seventy-three.

Benedetto Croce (1866-1952)
Croce was the most important Italian philosopher of the first half of the 20th century and a symbol of opposition to Mussolini’s fascism. After being orphaned by the Casamicciola earthquake in 1883, his life became his work. Shortly before he died, at the age of eighty-six, Croce was asked about his health. Appropriately Croce responded, «I’m dying at my job.»

Giovanni Gentile (1875-1944)
Although Croce was a friend of Gentile and both edited the enormously influential magazine La Critica between 1903 and 1922, a permanent disagreement arose between them due to Gentile’s adherence to fascism. Gentile, described by Mussolini and himself as ‘the philosopher of fascism’, was appointed minister of education and held many important political posts in the 1920s and 1930s. On April 15, 1944, after the liberation of Italy, Gentile was assassinated by partisans outside Florence, probably on the orders of the Italian Communist Party.

Walter Benjamin (1892-1940)
After the Nazis came to power in 1933, Benjamin left Berlin for Paris, where he worked on his monumental and unfinished Book of Passages. It is a study of the opulence of 19th-century bourgeois life seen through the prism of Paris’s galleries, with their shops and glass ceilings.
When France fell to Germany in 1940, Benjamin headed south, hoping to flee to the United States via Spain. After crossing the border through a wild area of the Pyrenees with a group of refugees, Benjamin arrived at Port Bou, on the Franco-Spanish border. From there, the exact order of events is unclear, but it appears that Benjamin committed suicide with morphine pills at the Hotel de France on the night between September 27 and 28. Some say that the chief of police told Benjamin that he was going to be handed over to the Gestapo. Being a Jew, a friend of Brecht and Adorno, and since he was a public critic of Nazism, it was clear that Benjamin was not going to be treated favorably.
Benjamin insists that the angel of history is turned backwards. It is only by looking to the past, reviewing history against the grain, that what Benjamin calls «a weak messianic power» can be kept alive. That weak power, that hope against hope, is the possibility that in each and every moment of time a revolutionary transformation can take place. In Benjamin, Messianic Judaism and a revolutionary Marxism merge in a hopelessly apocalyptic vision.

Willard van Orman Quine (1908-2000)
Quine was a philosopher of enormous professional influence and considerable linguistic ingenuity (see his amusing Quiddities of 1987). Philosophically Quine was a naturalist, which means that he believed that the role of science is to explain what exists and how it exists. Therefore, Quine rejected any concept of metaphysics and any attempt to base scientific activity on nothing but itself. From this point of view, the field of philosophy is drastically reduced: philosophy, well done, is simply science.
It seems that Quine, perhaps correctly, did not want to give an opinion on death, but what he did do was have the question mark removed from his typewriter and replaced with a mathematical symbol.
He died after a brief illness on Christmas Day 2000. During a tribute talk at Harvard in 2001, his daughter, Norma, quotes the following entry from her father: «Famous Last Words: To Be Continued» .

Roland Barthes (1915-1980)
The author of the famous essay The Death of the Author died, like Camus, as a result of a road accident. Barthes stepped off the sidewalk and was hit by a dry-cleaning truck on a street near the Collège de France in Paris, where he was a professor. He had just had lunch with Jack Lang, the future French culture minister.
There is a disturbing aspect to Barthes’s death. In the months immediately preceding the accident, Barthes liked to quote Michelet’s phrase: «La viellesse, ce lent suicide» («Old age, that slow suicide»). Barthes had become increasingly morbid and depressed since his mother’s death the summer before the accident. Throughout his life Barthes had been excessively attached to his mother, and she seemed to constantly have the name ‘Roland’ on her lips. Although Roland had to hide her homosexuality from him, it seems that when she died, something died inside him and he had no desire to continue living. After the accident he practically stopped communicating and, according to Hervé Algalarrondo, Barthes simply let himself die.

Guy Debord (1931-1994)
The author of The Society of the Spectacle and driving force of the Situationist International shot himself in the heart in his remote French country house. Although some have objected that his death was the ultimate Situationist statement, where Debord’s death becomes a commodity in a world of capitalist exchange used to sell his books, it appears that he committed suicide to end the suffering caused by a form of polyneuritis resulting from excessive drinking.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/11/21/en-que-pensamos-cuando-pensamos-en-futbol-simon-critchley-what-we-think-about-when-we-think-about-football-by-simon-critchley/

https://weedjee.wordpress.com/2022/08/01/el-libro-de-los-filosofos-muertos-simon-critchley-the-book-of-dead-philosophers-by-simon-critchley/

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2 pensamientos en “El Libro De Los Filósofos Muertos — Simon Critchley /The Book of Dead Philosophers by Simon Critchley

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